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L I BRE TO VI I S E M A N A D E M U J E R Y S OC I EDA D


INDICE Para lo que haga falta

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Reflexiones

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Fragmentos

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Poemas

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Relatos

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PARA LO QUE HAGA FALTA

Otra vez hemos dejado la maleta abierta para que os acercarais a dejar algo de lo que os gustaría que se conservara, y que se pudiera transportar fácil. Algunas de las piezas que hemos soltado en esta maleta dan la sensación de ser parte del botiquín que no debe faltar cuando vas de viaje (fragmentos que parecen pensados para aliviar esa herida que tenemos desde hace tiempo, que nos ha sorprendido encontrar y sin los cuales hemos decidido no salir); otras son más bien el equipo que siempre echas para las grandes ocasiones, para dar lo mejor de ti en momentos especiales y compartir tu ideal, ese al que aspiras llegar algún día (poemas o imágenes que te iluminan la sonrisa del alma); y también hay alguna camiseta con mensaje de protesta, por si tienes que participar en alguna manifestación... Pero no todo es tremendo ni trascendental, somos seres humanos, y aprendemos por el error, así que también hay sentido del humor y un poquito de autocrítica – algo ligerito para el buen tiempo que ya se acerca. En fin, ésta es una maleta preparada para lo que haga falta.

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REFLEXIONES La visión de las primeras Fui, pues, al estante donde guardaba los libros de Historia y cogí uno de los más recientes, la Historia de Inglaterra, del profesor Trevelyan. Una vez más busqué Mujeres en el índice, encontré “posición de” y abrí el libro en la página indicada. “El pegar a su mujer – leí – era un derecho reconocido del hombre y lo practicaban sin avergonzarse tanto las clases altas como las bajas... De igual modo – seguía diciendo el historiador – la hija que se negaba a casarse con el caballero que sus padres habían elegido para ella” se exponía a que la encerraran bajo llave, le pegaran y la zarandearan por la habitación, sin que la opinión pública se escandalizara. El matrimonio no era cuestión de afecto personal, sino de avaricia familiar, en particular entre las clases de “caballeros”... El noviazgo a menudo se formalizaba cuando ambas partes se hallaban en la cuna y la boda se celebraba cuando apenas habían dejado sus niñeras. Esto ocurría en 1470, poco después del tiempo de Chaucer. La referencia siguiente es sobre la posición de las mujeres unos doscientos años más tarde, en la época de los Estuardo.

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“Seguían siendo excepciones las mujeres de la clase alta o media que elegían a sus propios maridos, y cuando el marido había sido asignado, era el amo y señor, cuando menos dentro de lo que permitían la ley y la costumbre.” “A pesar de ello – concluye el profesor Trevelyan – , ni las mujeres de las obras de Shakespeare, ni las mencionadas en las Memorias auténticas del siglo diecisiete como las Verneys y las Hutchinsons, parecen carecer de personalidad o carácter.” Desde luego, si nos paramos a pensarlo, sin duda Cleopatra sabía ir sola; Lady Macbeth, se siente uno inclinado a suponer, tenía una voluntad propia; Rosalinda, concluye uno, debió de ser una muchacha atractiva. El profesor Trevelyan no dice más que la verdad cuando observa que las mujeres de las obras de Shakespeare no parecen carecer de personalidad ni de carácter. [...] En realidad, si la mujer no hubiera existido más que en las obras escritas por los hombres,

se

la

imaginaría

uno como una

persona

importantísima; polifacética: heroica y mezquina, espléndida y sórdida, infinitamente hermosa y horrible a más no poder, tan grande como el hombre, más, según algunos. Pero esta es la mujer de la literatura. En realidad, como señala el profesor Trevelyan, la encerraban bajo llave, le pegaban y la zarandeaban por la habitación. De todo esto emerge un ser muy extraño, mixto, En el terreno de la imaginación, tiene la mayor importancia; en la

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práctica, es totalmente insignificante. Reina en la poesía de punta a punta de libro; en la Historia casi no aparece. En la literatura domina la vida de reyes y conquistadores; […] Algunas de las palabras más inspiradas, de los pensamientos más profundos salen en la literatura de sus labios; en la vida real, sabía apenas leer, apenas escribir y era propiedad de su marido.

Una habitación propia, Virgina Woolf (1929) Y una piensa que todo eso está ya superado, que los hombres y mujeres del siglo XXI se consideran ante todo personas, que hasta en eso tuvo Virginia Woolf razón cuando dijo que algún día las mujeres dejarían de estar sobreprotegidas y podrían realizar los mismos trabajos que los hombres... Pero entonces te encuentras con alguna película del canal Disney, en la que un padre le enseña a su hijo a ligar mientras que a su hija le enseña a no enrollarse con el primero que se le ponga a tiro; o con la típica comedia romántica según la cual el matrimonio y los hijos son algo que las chicas siempre buscan en el fondo (aunque intenten disimularlo) y que los chicos siempre rehúyen hasta que la chica los pone entre la espada y la pared… ¿Es que ya nos hemos olvidado de Virginia Woolf y de todas las que lucharon por conseguir la igualdad cuando pensarlo siquiera era casi pecado? Sólo con una habitación propia podemos ser libres. La educación es la clave. Y sin embargo, a veces parece que estamos volviendo atrás, con todo lo que tragamos sin cuestionarnos, sólo porque se supone que es entretenimiento inofensivo. Debe haber un término medio entre la concienciación obsesiva y el entretenimiento vegetativo, ¿no?

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Elogio a la mujer brava

Por Héctor Abad E sta s nueva s mujeres, si uno logra a ma rra r y poner ba jo control a l burro ma chista que lleva mos dentro, son la s me jores pa re ja s. A los hombres ma chista s, que somos como el 96 por ciento de la pobla ción ma sculina , nos molesta n la s mujeres de ca rá cter á spero, duro, decidido. Tenemos pa la bra s denigra ntes pa ra designa rla s: a rpía s, bruja s, vie ja s, tra uma da s, solterona s, a ma rga da s, ma rima cha s, etc. E n rea lida d, les tenemos miedo y no vemos la hora de ha cerles pa ga r muy ca ro su desa fío a l poder ma sculino que ha sta ha ce poco ha bía mos detenta do sin cuestiona mientos. A esos ma chista s incorregibles que somos, ma chista s a ncestra les por cultura y por herencia , nos molesta n instintiva mente esa s fiera s que en vez de someterse a nuestra volunta d, a ta ca n y se defienden.

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La hembra con la que soña mos, un sueño moldea do por siglos de prepotencia y por genes de bestia s (toda vía infra huma nos), consiste en una pa re ja joven y ma nsa , dulce y sumisa , siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca . Una mujer bonita que no discuta , que sea simpá tica y diga fra ses a ma bles, que ja má s recla me, que a bra la boca sola mente pa ra ser correcta , elogia r nuestros a ctos y celebra rnos boba da s. Que use la s ma nos pa ra la ca ricia , pa ra tener la ca sa impeca ble, ha cer buenos pla tos, servir bien los tra gos y a comoda r la s flores en floreros. E ste idea l, que la s revista s de moda nos confirma n, puede identifica rse con una especie de modelito de la s que sa len por televisión, a l fina l de los noticieros, siempre a un milímetro de queda r en bola , con curva s increíbles (te ma nda n besos y a bra zos, a unque no te conozca n), siempre a tu entera disposición, en a pa riencia como si nos dijera n “no má s usted me a visa y yo le a bro la s pierna s”, siempre como dispuesta s a un vertiginoso desa hogo de líquidos semina les, entre gritos ridículos del hombre (no de ella s, que requieren má s tiempo y se queda n a media s). A los ma chista s jóvenes y vie jos nos ponen en ja que esta s nueva s mujeres, la s mujeres de verda d, la s que no se someten y protesta n y por eso seguimos soña ndo, má s bien, con jovencita s perfecta s que lo den fá cil y no ponga n problema . Porque esta s mujeres nueva s exigen, piden, da n, se meten, rega ña n, contra dicen, ha bla n y sólo se desnuda n si les da la ga na . E sta s mujeres nueva s no se de ja n da r órdenes, ni podemos de ja rla s pla nta da s, o tira da s, o a rrincona da s, en silencio y de ser posible en roles subordina dos y en puestos suba lternos. La s mujeres nueva s estudia n má s,

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sa ben má s, tienen má s disciplina , má s inicia tiva y quizá por eso mismo les queda má s difícil conseguir pa re ja , pues todos los ma chista s les tememos. Pero esta s nueva s mujeres, si uno logra a ma rra r y poner ba jo control a l burro ma chista que lleva mos dentro, son la s me jores pa re ja s. Ni siquiera tenemos que ma ntenerla s, pues ella s no lo permitiría n porque sa ben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. E lla s ya no se de ja n ma ntener, que es otra ma nera de compra rla s, porque sa ben que a hí -y en la fuerza bruta - ha ra dica do el poder de nosotros los ma chos dura nte milenios. Si la s llega mos a conocer, si logra mos soporta r que nos corrija n, que nos refuten la s idea s, nos seña len los errores que no queremos ver y nos desinflen la va nida d a punta de a lfileres, nos da remos cuenta de que esa nueva pa rida d es a gra da ble, porque vuelve posible una rela ción entre igua les, en la que na die ma nda ni es ma nda do. Como tra ba ja n ta nto como nosotros (o má s) entonces ella s ta mbién se decla ra n ha rta s por la noche y de ma l humor, y lo má s gra ve, sin ga na s de cocina r. Al principio nos da rá ra bia , ya no la s veremos ta n buena s y a bnega da s como nuestra s sa nta s ma dres, pero son me jores, precisa mente porque son menos sa nta s (la s sa nta s sa ntifica n) y tienen todo el derecho de no serlo. E nve jecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veintea ñera s (mirémonos el pecho ta mbién nosotros y los pies, la s me jilla s, los poquísimos pelos), la s hormona s les da n ciclos de euforia y ma l genio, pero son sa bia s pa ra vivir y pa ra a ma r y si a lguna vez en la vida se necesita un conse jo sensa to (se necesita siempre, a dia rio),

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o una estra tegia útil en el tra ba jo, o una ma niobra a certa da pa ra ser má s felices, ella s te lo da rá n, no la s pela dita s de piel y teta s perfecta s, a unque esta s sea n la delicia con la que soña mos, un sueño que cua ndo se rea liza ya ni sa bemos qué ha cer con todo eso. Los va rones ma chista s, somos a nima litos toda vía y es inútil pedir que de jemos de mira r a la s mucha chita s perfecta s.. Los ojos se nos va n tra s ella s, tra s la s curva s, porque lleva mos por dentro un progra ma tozudo que ha cia a llá nos impulsa , como a utóma ta s. Pero si logra mos usa r ta mbién esa herencia reciente, el córtex cerebra l, si somos má s sensa tos y ra ciona les, si nos volvemos má s huma nos y menos primitivos, nos da remos cuenta de que esa s mujeres nueva s, esa s mujeres bra va s que exigen, tra ba ja n, producen, joden y protesta n, son la s má s desa fia ntes y por eso mismo la s má s estimula ntes, la s má s entretenida s, la s única s con quienes se puede esta blecer una rela ción dura dera , porque está ba sa da en a lgo má s que en a bra citos y besos, o en coitos precipita dos seguidos de tristeza . E sa s mujeres nos da n idea s, a mista d, pa siones y curiosida d por lo que va le la pena , sed de vida la rga y de conocimiento. ¡ V a mos hombres, por esa s mujeres bra va s! Oro por que mis 2 hija s sea n de éste ma ravilloso grupo y encuentren hombres que sepa n a precia r a esta cla se de nueva s mujeres ! ! !

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Nada nuevo bajo el sol “-SÓCRATES: […] Por tanto si empleamos a las mujeres en las mismas tareas que a los hombres, menester será darles también las mismas enseñanzas - GLAUCÓN: Sí - Ahora bien, a aquellos les fueron asignadas la música y la gimnástica. - Sí - Por consiguiente, también a las mujeres habrá que introducirlas en ambas artes, e igualmente en lo relativo a la guerra; y será preciso tratarlas de la misma manera. - […]¿Y qué es lo más risible que ves en ello? – pregunté yo ¿no será, evidentemente, el espectáculo de las mujeres ejercitándose desnudas en las palestras junto con los hombres, y no solo de las jóvenes, sino también hasta las ancianas, como esos viejos que, aunque estén arrugados y su aspecto no sea agradable, gustan de hacer ejercicio en los gimnasios? - ¡Sí por Zeus! – exclamó – Parecería ridículo, al menos en nuestros tiempos. - Pues bien – dije-, una vez que nos hemos puesto a hablar, no debemos retroceder ante las chanzas de los graciosos […] - […] y esto demostró que es necio quien considera risible otra cosa que el mal o quien se dedica a hacer reír contemplando otro cualquier espectáculo que no sea el de la

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estupidez y la maldad o el que, en cambio, propone a sus actividades serias otro objetivo distinto del bien. - Absolutamente cierto- dijo- ¿No será, pues, lo primero que habremos de decidir con respecto a tales cosas, si son factibles o no, y no concederemos controversias a quien, en broma o en serio, quiera discutir si las hembras humanas son capaces por naturaleza de compartir todas las tareas del sexo masculino o ni una sola de ellas, o si puede realizar unas sí y otras no, y a cuál de estas dos clases pertenecen las ocupaciones militares citadas? […] - Por consiguiente –dije- […] si los sexos [la naturaleza] de los hombres y de las mujeres se nos muestran sobresalientes en relación con su aptitud para algún arte u otra ocupación, reconoceremos que es necesario asignar a cada cual las suyas. Pero si aparece [en la discusión] que solamente difieren en que las mujeres paren y los hombres engendran, en modo alguno admitiremos como cosa demostrada que la mujer difiera del hombre en relación a aquello de que hablamos; antes bien, seguiremos pensando que es necesario que nuestros guardianes y sus mujeres se dediquen a las mismas ocupaciones.[…] - Por tanto, querido amigo, no existe en el regimiento [gobierno] de la ciudad ninguna ocupación que sea propia de la mujer como tal mujer ni del varón como tal varón, sino que las dotes naturales están diseminadas indistintamente en unos y otros seres, de modo que la mujer tiene acceso por su naturaleza a todas las labores y el

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hombre también a todas; únicamente que la mujer es en todo más débil que el varón […] - Vemos, pues, que no legislábamos de forma irrealizable ni quimérica [al plantear igual educación y funciones para hombres y mujeres] puesto que la ley que instituimos está de acuerdo con la naturaleza. Más bien es el sistema contrario, que hoy se practica, el que, según parece, resulta oponerse a ella. - […]¿Y existe cosa más ventajosa para la ciudad que el que haya en ella mujeres y hombres dotados de toda excelencia posible? […]En cuanto al hombre que se ría de las mujeres desnudas que se ejercitan con los más nobles fines, ése “recoge verde el fruto” de la risa y no sabe, según parece, ni de qué se ríe ni lo que hace; pues con toda razón se dice, y se dirá siempre, que lo útil es hermoso y lo nocivo es feo” Platón, La República, lib.V Platón. Ese hombre. Defendiendo no sólo la igualdad (casi) entre hombres y mujeres, explicando las diferencias sociales en base a la diferente educación – con las que se acaba, como explica el discípulo de Sócrates, concediendo a las mujeres el derecho a la misma educación - y exigiendo su participación en la organización de la ciudad incluso como guardianas, o guerreras, sino ¡haciendo un alegato en defensa del nudismo! Ver para creer. Pero bueno, tampoco hay que llevarse a engaño con nuestro amigo; a continuación de lo anterior propone para los hombres la comunidad de mujeres, nada de esta es mía y esta es tuya, todas para todos, pero organizándolo de modo que los mejores tengan ayuntamiento con las mejores – y ofreciendo a los jóvenes que se destaquen en la guerra, un ayuntamiento más continuado con dichas hembras – y los peores con las peores. Claro que uno de los motivos que alega para defender esta comunidad estriba en el hecho de que

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la codicia por las mujeres era causa habitual de disputa entre los guerreros ¡Que se lo digan a Aquiles, que casi manda la guerra de Troya a tomar viento por un “quítameallá” esa sacerdotisa tan mona que me ha tocado de botín de guerra! ¡Ni Agamenón ni el sursum corda, hombre! En cualquier caso esto último, al contextualizar cómo era el mundo cuando se escribió La República, le da más valor a las palabras recogidas al principio, una propuesta realmente rompedora en su época. Las discusiones sobre las distintas capacidades, el problema de ocupar los mismos espacios en las mismas condiciones, la risa de los gañanes ante tamañas pretensiones, estaban ahí ya en el siglo IV a.C. [de hecho, en Esparta, las mujeres sí entrenaban con los hombres en las habilidades precisas para la guerra y en las condiciones indicadas por Platón. Seguramente porque alguien debía defender la ciudad cuando los chicarrones iban al fútbol, o a lo que quiera que hicieran en aquella época para soltar testosterona, no sé, defender las Termópilas, o invadir Atenas, se me ocurre. Este valor, por contra, les procuró a las espartanas una perdurable fama de “machorras” en la antigüedad]. Pero, para una vez que a un hombre con toda la barba se le ocurre decir algo así, es curioso que nadie – quiero decir ningún filósofo, que yo sepa – recogiera esta idea, que pareció morir con él. Las mujeres, a lo largo de la historia, sí lo hicieron – Olympia de Gouges, Hipatia, Agnódice, Sofonisba o Clara Campoamor por citar unas cuantas - pero era difícil oír su voz por mucho que la elevaran: del lado de babor, la religión, del lado de estribor, la política, a popa, empujando con toda su fuerza, cada ola ayudando a la siguiente, el mar de la tradición, por todos lados una tripulación tatuada y mal encarada con hambre y sed (pero no de justicia, sino de comida caliente y cama, caliente también), mientras los oficiales, paternalistas y condescendientes, les regalaban trajes comprados en algún puerto (buscando, a qué negarlo, lo mismo que la tripulación, pero oliendo mejor que esta) y las convencían de que eso era lo que en verdad les gustaba. Y soplando sobre la cubierta vientos

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iracundos atraídos, como no, por el deseo contranatura de las mujeres: ser tratadas como iguales. Bueno, aún vamos en el mismo barco y, por lo que yo sé, todavía no les ha tocado el turno de coger el timón. Pero el viento parece que ha rolado. Y por la proa se avistan delfines.

Desde la lucha y la sonrisa

FRAGMENTOS …Cuando tengo mucho miedo, noto que la mecánica de mi corazón patina hasta tal punto que parezco una locomotora de vapor en el momento en que sus ruedas chirrían en una curva. Viajo sobre los raíles de mi propio miedo. ¿De qué tengo miedo? De ti, en fin, de mí sin ti. El vapor, pánico mecánico de mi corazón, se filtra por debajo de los raíles. Oh, Madeleine, que calentito me tenías. Nuestro último encuentro aún está tibio, sin embargo tengo tanto frío como si jamás te hubiera encontrado ese día, el día más frío del mundo.…

La mecánica del corazón (Mathias Malzieu)

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“- Si no sientes, ¿cómo vas a descubrir si eres o no un héroe? - Yo no quiero ser un héroe. - ¿Y qué? No todo el mundo está llamado a ser el héroe triunfal de su propia y muy romántica historia. Y cuando conocemos a alguien así, es altamente probable que sea un monstruo fascinante, como mi querido Eisengrim. Pero sólo por no ser un egotista y un bocazas no tienes por qué quedarte con esa idea tan de moda que es la del antihéroe y la del alma enana. Eso es lo que podríamos considerar la Sombra de la democracia: ha conseguido que sea cómodo, que sea lo correcto, terminar convertidos en alfeñiques espirituales y apoyarnos en todos los demás mequetrefes y recibir el aplauso de todos ellos en una espléndida apoteosis de la mediocridad. Son alfeñiques pensantes, desde luego; ya lo creo, piensan todo lo que puede pensar un alfeñique sin meterse en serios problemas. Pero todavía quedan héroes. El héroe moderno es el hombre que vence en su pugna interior. ¿Cómo sabes que no eres tú un héroe de esa clase?” p. 351 “A comienzos del siglo VII, un monje irlandés llamado Gallus vino a este rincón del mundo a convertir a los montañeses paganos. Creo que eran adoradores de los osos. Construyó su eremitorio en una cueva cercana a donde se encuentra hoy la ciudad, y allí predicó y se dedicó a la oración. (…) Bien, resultó que la cueva elegida por Gallus ya tenía otro habitante, un oso de gran envergadura. Y Gallus, que era sumamente terco, hizo un pacto con el oso. Si el oso le traía leña para el fuego, él daría pan al oso. Y así fue. Y este excelente pan de jengibre (…) hoy nos recuerda que si somos sabios de veras sabremos llegar a un acuerdo satisfactorio con el oso que vive dentro de nosotros, porque de lo contrario moriríamos de hambre o tal vez acabaríamos muriendo en sus propias garras. Al igual que todas las historias de santos, ésta tiene una moraleja (…): cuidad bien a vuestro oso, y vuestro oso os dará leña para el fuego.” P. 365

Mantícora (Robert Davidson, 1972)

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POEMAS UNA MUJER Y UN HOMBRE

Una mujer y un hombre llevados por la vida, una mujer y un hombre cara a cara habitan en la noche, desbordan por sus manos, se oyen subir libres en la sombra, sus cabezas descansan en una bella infancia que ellos crearon juntos, plena de sol, de luz, una mujer y un hombre atados por sus labios llenan la noche lenta con toda su memoria, una mujer y un hombre mรกs bellos en el otro ocupan su lugar en la tierra.

Juan Gelman

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EL MAR CON TODOS SUS DEFECTOS... El mar con todos sus defectos El silencio con sus calamidades La belleza cómo hiere Ni lágrimas hubo para el dolor, media hora más tarde, a la vuelta de la esquina, a cien metros de su casa, un apartamento de colores y ruletas, amapolas en el techo, y en el suelo, qué tristeza, mis ojos traspasados por sus ojos, en el suelo, porque aquella botella de licor se derramó y nadie sabrá nunca las cosas, palabras no, recuerdos no los hubo, la tragedia, en el charco rojo de licor, la música cómo llegaba surgía de sus dedos No me dejes esta noche no te vayas aunque pasará no debe no debe El barro y la figura La tormenta cómo estalla de repente Cómo se parecía a la belleza El fuego La lluvia ¿Debo creer que entró por la ventana? El agua qué quimera Tus manos no eran tuyas Yo diría que morí Porque sigue atormentando la belleza Y la muerte nos busca y nos persigue y nos encuentra y nos alcanza. No lo dije porque de pronto el mar de tu garganta inundó mis venas y la voz se me paró y el pensamiento se detuvo El barro Tus manos no te pertenecían modelando una figura lo sabías lo sabías y la sangre qué espesa en mi boca hasta el punto de no poder hablar ni respirar anegó el planeta y los periódicos callaron la noticia y los profetas se rajaron y un tanto por ciento de la población murió de asfixia y nadie dijo por qué. Con qué violencia fallaste adrede el cuerpo de aquella figura de mujer, con qué íntimo desprecio modelabas no el barro era el destino qué rota, de pronto, la sorpresa. Destroza la belleza hirió primero mis pupilas una helada aguja recorrió mi espalda pinchó uno a uno los poros de mi piel rasgó la carroña de la carne penetró Oh, luz cómo quema qué dolor y daba vida y daba muerte Porque la belleza cómo mata jugando de verdad a las controversias.

Ana María Moix

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RELATOS METADONA

Le faltaba algo en la habitación, pero no sabía con exactitud lo que era, y no lo deseaba, aunque lo echara de menos. Curioso, porque todo lo demás estaba ahí: el viento que rugía fuera, la lluvia que pugnaba por entrar, la chimenea encendida, la taza de té humeante, los folios en blanco y el bolígrafo deseoso; todo lo que estaba llamaba a gritos a lo que faltaba, y por encima del resto, los folios y el boli. Pero se resistió y escribió, y dejó que su mera evocación le sirviera de metadona, y esperó que funcionara el engaño. Y funcionó. Sintió el placer de escribir rodeada por el humo del cigarrillo que había conseguido no encender.

ILUSIÓN Era muy raro, ya hacía varios días que no se encontraba normal. Eso no era ni bueno, ni malo, en principio, pero le desconcertaba porque no le gustaban las extrañezas, ella era más de costumbres, y un cambio sin avisar y sin que ella lo controlara, pues no era algo que la dejara tranquila, la verdad. Cualquiera podría decir que estaba un poco neurótica, con esa obsesión por las rutinas establecidas, pero ella jamás se lo había planteado de esa manera; de hecho, ni siquiera se había planteado que no le gustaran los cambios, eso lo he dicho yo, que soy la figura narrativa, y que lo he deducido por cómo la veía… Es más, ella estaba segura de que le gustaban las novedades, siempre había dicho que le aburría su trabajo por lo monótono que era, y más de una vez le habían oído

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sus compañeros quejarse al respecto; digo sus compañeros porque lo que es las compañeras, ni siquiera habían notado nada de estos cambios ni de su hastío: ellas pensaban que quejarse (así como criticar) es una acción intrínseca a la hora del café, y por lo tanto incuestionable, pues de algo hay que hablar, y ¿de qué vas a hablar mejor que de lo que estás harta?, es lo que antes sale para afuera, ¿no? Ella, en realidad, yo creo que habría flipado si alguien le hubiera dicho que era tan aburrida como su trabajo. El caso es que, de pronto, como dije antes, empezó a sentirse distinta. Si tuviera que concretar, pues diría que ahora tenía una conversación más variada (por ejemplo, había empezado a comentar las noticias que oía en la radio, y eso era raro porque ella normalmente no le prestaba atención a la radio); o se quedaba más rato delante del espejo pensando qué conjunto le hacía más delgada (esto no era nada raro, pero antes se iba cabreada al trabajo porque no encontraba nada que le disimulara los sobrantes de ciertas partes, y últimamente le parecía que conseguía combinar la ropa siempre de manera que el aspecto general no resultara demasiado desagradable, con lo que no iba tan agria a la oficina). Bueno, podríamos resumir diciendo que había dejado de notar el pellizquito en el pecho y la tensión en medio de las cejas, algo que le permitía dormir mejor por las noches y no recordar lo que soñaba, así que aquello lo convertía en un cambio definitivamente en positivo. Y de pronto, ha caído en cuál puede ser la causa de estos cambios tan pequeños y significativos a la vez: puede que alguien se extrañe de lo que voy a narrar a continuación, pero en mi opinión está más claro que el agua. Esta mañana la veo dirigirse a la cocina como todas las mañanas, como una autómata a la nevera, a coger su yogur de color verde (como la esperanza) y sus cereales rojos (como la pasión), y entonces, observo que abre mucho los

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ojos, dirigiendo su mirada, ora al vasito de yogur, ora a la caja de cereales, ora a su propio contorno. También veo surgir una bombilla encendida como por arte de magia de encima de su cabeza (en realidad, esto me lo imagino), dando a entender que ha comprendido algo… Entonces va corriendo al comedor, y de allí coge la revista que hay encima de la mesa, abierta y doblada por la última página que miró ayer antes de acostarse, y ve su vasito de yogur verde y una frase que dice “Bactivia ayuda a tu regularidad. Resultados visibles después de 15 días.” Le da la vuelta a la revista, y en la otra página, está el anuncio de sus cereales rojos, que promete “Te sentirás de mejor humor por la mañana”. Luego va al espejo grande de la entrada y lo acaba de entender: le han salido cuatro globos (dos de debajo de cada axila) que la mantienen a una altura casi inapreciable del suelo, pero que es la suficiente para que se sienta más ligera, más etérea, más inalcanzable por las suciedades de ese mismo suelo y de los que lo pisan todos los días… Así que su madre estaba equivocada: LOS ANUNCIOS NO ENGAÑAN… (Somos nosotros los que nos engañamos solos)

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UN RELATO DE IDA Y VUELTA Una tarde como esta, de frío invernal a finales del otoño, con las horas de luz contadas y el olor a leña quemada saliendo de los humeros. Una de esas tardes que te hace soñar con tazas de chocolate caliente o castañas asadas y velas encendidas y Billie Holliday cantando el blues mientras estás tumbada en el sofá con una manta y leyendo un novelón… Una tarde como esta, sería magnífica para dejar aparte la novela, volar con la imaginación, y transportarse al Chicago de los años 20, en blanco y negro, con mujeres de cejas largas y delineadas, con labios gris oscuro, casi negros, en blanquísimas caras enmarcadas por coquetos sombreritos que sólo dejan ver una o dos ondas de las melenas que en aquellos tiempos empezaron a cortarse las atrevidas chicas de los años previos a la gran depresión… Una depresión casi como la que parece que estaríamos viviendo ahora, si no fuera porque nosotros hacemos las películas en color, y eso, quieras o no, cambia el sentir general de las cosas. Una de esas mujeres espera en la estación. Podría ser yo. Pero mejor, no. Tiene que coger un tren, parece, por el billete que sujeta en la mano enguantada, y la maleta que descansa junto a sus pies engastados en unos zapatos de fino y alto tacón, de los que surge una línea negra que estiliza sus piernas dividiéndolas por la mitad. La mujer recorre con mirada nerviosa todos los rostros que se le cruzan, pero se detiene, sobre todo, en los masculinos, apenas visibles bajo los cuellos subidos de los gruesos abrigos y las alas de los sombreros. Muchos de ellos tienen prisa por subir al tren; otros caminan despacio junto a sus esposas o novias, y ella adivina que se avecinan tristes despedidas. Pero no encuentra al que busca, que debería andar deprisa, con la cara bien alta y la mirada expectante, como la suya, y con otra maleta cargada de sueños, como la suya.

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El jefe de estación hace sonar su silbato, y grita con voz urgente, TODOS AL TREN. La mujer sube la escalerilla, envuelta en una neblina de vapor de agua a presión. Mira adentro, y afuera, por última vez. Con gesto de resignación, como si en realidad esperara lo que ahora le está pasando, se abandona a lo que el destino le tenga reservado, adentrándose en el vagón, escogiendo el asiento más alejado de la ventana de un departamento vacío, después de haber subido su maleta a la bandeja portaequipaje. Su rostro no denota tristeza, sólo expectación, como si no supiera a dónde le lleva este tren, ahora que su compañero le ha abandonado. Ni siquiera se ha planteado aplazar el viaje. En su cabeza, parece sonar una vieja canción, porque ahora sonríe mientras le brillan un poco los ojos. Pero saca una polvera de su bolso y se retoca la nariz, para eliminar los surcos rojos que empezaban a surgir en su rostro. No hay nada que un poco de maquillaje no pueda solucionar. Ahora es cuando un apuesto y solitario caballero debería pedir permiso para sentarse en su mismo compartimento. Abriría su periódico después de decir alguna frase amable sobre el tiempo, e intentaría centrarse en la lectura de las noticias, pues no querría mostrarse descortés manteniendo la mirada fija en ella, ni importunarla con más comentarios insulsos, que parecerían descaradamente dirigidos a entablar una conversación a toda costa. Sin embargo, su postura ausente, concentrada en sus propios pensamientos, no dejaría de desconcertar al caballero, que cada vez encontraría mayor dificultad en seguir su lectura y no podría retirar el rabillo del ojo de ella, y finalmente, preguntaría - Disculpe, señorita, ¿hay algo que yo pueda hacer por usted? Parece preocupada por algo. Alguien entra en el departamento, interrumpiendo su ensoñación: una señora de unos cuarenta años entra dando

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los buenos días, y escoge el asiento más cercano a la ventana, levanta la mano y saluda divertida al exterior. Quizás haya puesto fin a una visita de cortesía a algunos parientes, y ahora está contenta de volver por fin a casa, donde probablemente la espere un marido atento, aunque no lo suficiente como para acompañarla en un viaje que le llevaría a pasar varios días junto a su familia política, a la que puede que no soporte con facilidad. Ella ha respondido con cortesía a su saludo, y ahora empieza a arrepentirse de no haber cogido un periódico al chico de la estación, porque eso le daría algo que hacer durante el trayecto. Seguramente no tenía motivos entonces para pensar que lo necesitaría, y además, tendría demasiada prisa por encontrarse con él… La señora sí que parece haber caído en que necesitaría algo para hacer más entretenido el viaje, y saca de su bolso un librito, al que se entrega con deleite:

La tarde de otoño no dejaba otra alternativa: el frío invernal de finales de noviembre la obligó a quedarse en casa, encender la chimenea y dejar que los troncos prendieran mientras se preparaba una taza de chocolate caliente, todo dispuesto ya para retomar la lectura de su novela en su esquina favorita del sofá y envuelta en la manta roja…

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QUE NADIE TE SILENCIE

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VII SEMANA MUJER Y SOCIEDAD 8-10 MARZO 2011 ies Fuente alta Algodonales

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Libreto VII Semana de Mujer y Sociedad  

Segunda entrega de lo que hemos recogido este año para formar nuestra propia publicación cultural, con motivo de la VII Semana de Mujer y So...

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