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DE IDA Y VUELTA

October 1941. "Grand Central Terminal, New York City." Medium format negative by John Collier. FSA/Office of War Information archive.

Una tarde como esta, de frío invernal a finales del otoño, con las horas de luz contadas y el olor a leña quemada saliendo de los humeros. Una de esas tardes que te hace soñar con tazas de chocolate caliente o castañas asadas y velas encendidas y Billie Holliday cantando el blues mientras estás tumbada en el sofá con una manta y leyendo un novelón… Una tarde como esta, sería magnífica para dejar aparte la novela, volar con la imaginación, y transportarse al Chicago de los años 20, en blanco y negro, con mujeres de cejas largas y delineadas, con labios gris oscuro, casi negros, en blanquísimas caras enmarcadas por coquetos sombreritos que sólo dejan ver una o dos ondas de las melenas que en aquellos tiempos empezaron a cortarse las atrevidas chicas de los años previos a la gran depresión… Una depresión casi como la que parece que estaríamos viviendo ahora, si no fuera porque nosotros hacemos las películas en color, y eso, quieras o no, cambia el sentir general de las cosas. Una de esas mujeres espera en la estación. Podría ser yo. Pero mejor, no. Tiene que coger un tren, parece, por el billete que sujeta en la mano enguantada, y la maleta que descansa junto a sus pies engastados en unos zapatos de fino y alto tacón, de los que surge una línea negra que estiliza sus piernas dividiéndolas por la mitad. La mujer recorre con mirada nerviosa todos los rostros que se le cruzan, pero se detiene, sobre todo, en los masculinos, apenas visibles bajo los cuellos subidos de los gruesos abrigos y las alas de los sombreros. Muchos de ellos tienen prisa por subir al tren; otros caminan despacio junto a sus esposas o novias, y ella adivina que se avecinan tristes despedidas. Pero no encuentra al que busca, que debería andar deprisa, con la cara bien alta y la mirada expectante, como la suya, y con otra maleta cargada de sueños, como la suya. El jefe de estación hace sonar su silbato, y grita con voz urgente, ¡VIAJEROS AL TREEEN!. La mujer sube la escalerilla, envuelta en una neblina de vapor de agua a presión. Mira adentro, y afuera, por última vez. Con gesto de resignación, como si en realidad esperara lo que ahora le está pasando, se abandona a lo que el destino le tenga reservado, adentrándose en el vagón, escogiendo el asiento más alejado de la ventana de un departamento vacío, después de haber subido su maleta a la bandeja portaequipaje. Su rostro no denota tristeza, sólo expectación, como si no supiera a dónde le lleva este tren, ahora que su compañero la ha abandonado. Ni siquiera se ha planteado aplazar el viaje. En su cabeza, parece sonar una vieja canción, porque ahora sonríe mientras le brillan un poco los ojos. Pero saca una polvera de su bolso y se retoca la nariz, para eliminar los surcos rojos que empezaban a surgir en su rostro. No hay nada que un poco de maquillaje no pueda solucionar.


Ahora es cuando un apuesto y solitario caballero debería pedir permiso para sentarse en su mismo compartimento. Abriría su periódico después de decir alguna frase amable sobre el tiempo, e intentaría centrarse en la lectura de las noticias, pues no querría mostrarse descortés manteniendo la mirada fija en ella, ni importunarla con más comentarios insulsos, que parecerían descaradamente dirigidos a entablar una conversación a toda costa. Sin embargo, su postura ausente, concentrada en sus propios pensamientos, no dejaría de desconcertar al caballero, que cada vez encontraría mayor dificultad en seguir su lectura y no podría retirar el rabillo del ojo de ella, y finalmente, preguntaría - Disculpe, señorita, ¿le pasa algo? Parece preocupada. Alguien entra en el departamento, interrumpiendo su ensoñación: una señora de unos cuarenta años entra dando los buenos días, y escoge el asiento más cercano a la ventana, levanta la mano y saluda divertida al exterior. Quizás haya puesto fin a una visita de cortesía a algunos parientes, y ahora esté contenta de volver por fin a casa, donde probablemente la espere un marido atento, aunque no lo suficiente como para acompañarla en un viaje que le llevaría a pasar varios días junto a su familia política, a la que puede que no soporte con facilidad. Ella ha respondido con cortesía a su saludo, y ahora empieza a arrepentirse de no haber cogido un periódico al chico de la estación, porque eso le daría algo que hacer durante el trayecto, en lugar de verse obligada a responder a preguntas demasiado personales. Seguramente no tenía motivos entonces para pensar que lo necesitaría, y además, tendría demasiada prisa por encontrarse con él… La señora sí que parece haber caído en que necesitaría algo para hacer más entretenido el viaje, y saca de su bolso un librito, al que se entrega con deleite: La tarde de otoño no dejaba otra alternativa: el frío invernal de finales de noviembre la obligó a quedarse en casa, encender la chimenea y dejar que los troncos prendieran mientras se preparaba una taza de chocolate caliente, todo dispuesto ya para retomar la lectura de su novela en su esquina favorita del sofá y envuelta en la manta roja…

De ida y vuelta  

relato breve