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Una crónica de Rossy Tejada FOTOGRAFÍAS DE ÓSCAR LEIVA Y ARCHIVO

EL INGENIERO QUE DESCIFRA

LA MUERTE

Le han dicho que no tiene otro tema de conversación que no sean los muertos. Para él, es casi un cumplido. En su labor de devolverle una identidad a aquellos que están desaparecidos lidia con las dos partes: víctimas y familiares. En este país, uno de los más violentos de la región, pocos saben que Israel Ticas es el único criminólogo especialista en la recuperación de cadáveres. Ha aprendido a hablar el lenguaje de la muerte y a contar las historias que encierran las fosas. Este relato dibuja cómo es la cotidianidad de este experto de la antropología forense, una profesión poco conocida pero que todo país, y sobre todo este, necesita para alcanzar justicia.

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México y Costa Rica. Pero sobre todo, asegura, nadie se le compara en lo que hace. Él empezó a investigar por su cuenta. Dice que como él, hay antropólogos forenses que se han ido a capacitar a Argentina o a España porque en este país noexiste una carrera para eso. Por eso todos son empíricos. Esolo sabebien lamisma instituciónpara la que trabaja. La fiscal Guadalupe Echeverría, jefapara la zona nortedel país dela UnidadAntihomicidios delaFiscalía, sesincera: “En cuanto a personal humano sí hay deficiencia. Actualmente se capacita a los auxiliares fiscales, quienes están presentes en la escena,pero elúnico queconoce lastécnicas de excavación y procesa el cadáver para dejarlo intacto es el ingeniero Ticas. Solo él”. Es por eso que en esta oficina nada discreta,en aquelmapa siemprehabrá másbanderitas rojas que verdes.

Es viernes, el primer día de excavación en Ateos. La fosa tiene dos metros de profundidad. El esquema está diseñado para dejar los cadáveres dentro de un bloque de tierra en alto relieve, algo así como un capullo, que

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Cuidadoso. Mira las calaveras como si viera el rostro de un conocido. Cuando no anda afuera, Ticas se siente completo en su oficina.

dependiendo de la ubicación del cuerpo puede ser cúbico, ovalado o rectangular. El criminólogo acuña un término elegante para este procedimiento: una excavación en tres dimensiones, una que le permite moverse alrededor y tomar fotografías desde cualquier ángulo. Ticas calculaque los cadáveres están a unos 50 centímetros de profundidad. En toda excavación, Ticas se vale de la ayuda de un grupo de lugareños para abrir la tierra. Y aunque la mayoría, si no todos, se dedica a tareas agrícolas, hoy manejarán la piocha y el azadón para un objetivo diferente. Ticas los guía para asegurarse de que en el transcursodelafaena noexcavenmásalláde donde él indique. “Ahí no se paren, por favor”, interrumpe por ratos. Una vez la fosa adquiere profundidad, el criminólogo marca un perímetro con sogas amarillas. Hay un sol inclemente, se acerca el mediodía. Detrás de las sogas están los agentes del laboratorio científico de la Policía, detrás deellos seve a losfamiliares delos de-

saparecidos y detrás de los familiares están los curiosos, muchos de ellos sentados entre los cañales compartiendo pan, gaseosa y tortillas para el almuerzo. Aparece una señora de piel curtida y falda roja. Esla mamáde Juan.Le preguntaa Ticas sipuedeacercarsemás paraversitienesuerte y reconoce a su hijo. Él le dice que deberá esperar, que todavía no comienza a desenterrar los cuerpos. —¿Está segura de que su hijo está muerto? –le pregunto a la mujer. —No me queda duda. Él está muerto, y aquí tiene que estar. Alrededor se oyen más voces que van llegando.Es gentequeesperaque loscadáveres que se desenterrarán hoy sean los de un pariente desaparecido. Madres, padres, tíos, hermanos... todos han perdido a alguien. Mientras Ticas trabaja, los agentes del laboratorio de la PNC se distraen oyendo música en un celular. Uno de ellos está sentado sobre una caja de herramientas y los otros dos se quedan cerca de un pastizal para protegerse –sin éxito–del sol inclemente. “Billie Jean”, de Michael Jackson, suena en el altavoz del teléfono. Los agentes conversan y ríen. Por unos momentos, se abs-

traen de lo que a unos metros ocurre. Ticas, enfundado en su traje blanco de bioseguridad, botas de plástico, guantes y gorro quirúrgico, chapotea en una especie de pantano. De pronto, el agua proveniente de un nacimiento hace más difícil las cosas. La tierra, que en estos casos se espera suelta, se ha vuelto resbalosa. La recuperación de los cadáveres puede demorar más de lo previsto y Ticas no quiere dejar nada a medias, por lo que suspende la jornada por hoy. Para él, la rigurosidad para el manejo de evidencias es clave. Por eso, para muchos, verlo trabajar es un verdadero reto a la paciencia. El criminólogo sigue una regla inquebrantable: no dejar expuesto ningún resto humano durante la noche. La excavación se reanudará al día siguiente. Ticas lo anuncia al resto de profesionales que lo acompañan, así como a los familiares de los desaparecidos. El papá de uno de ellos no se resigna. Las explicaciones de los fiscales no lo convencen. Tenía la esperanza de llevarse hoy mismo los restos de su hijo Óscar.Afuera, en la camadel desvencijadopickupse veunataúdcelestepolvoso, de los más baratos que una funeraria puede ofrecer. Esta tarde regresará vacío hasta un

Diminuto. Esta maqueta guarda un lugar especial en la oficina y memoria del criminólogo. Él la hizo, es el pozo macabro de Tonacatepeque.

cantón de Sonsonate, de donde es originaria lafamilia. Lajornada terminaen esteterreno de milpas. Son las 2:30 de la tarde.

Por momentos, muy pocos, la plática se desvía hacia temas ajenos a su profesión. Dice que, por seguridad, de su situación familiar no habla con los periodistas, ni con nadie. Sin embargo, rompe su propia regla y revela piezas del rompecabezas de su vida. Ticas es, sobre todo, un hombre solitario. Mientras con un clic pasa revista a las decenas de archivos que guarda en su computadora, cuenta que hace varios años estuvo casado. Pero que aquello no funcionó. “Quien esté conmigo deberá entenderme. A veces estoy y muchas otras veces no estoy, así es esto. Y cuando estoy, no puedo desconectarme deltrabajo diario, yla genteme dice que siempre paso hablando de muertos.” Por eso, dice, es hombre de pocos amigos.

Acto seguido, extiende una mano y enseña su agenda. En ella ha pegado fotografías de cada trabajo realizado. Una de ellas es la del hallazgo de una joven llamada Paty, a mediados de este año. Ticas recuerda que el cadáver estaba amarrado y doblado hacia atrás. En el terreno halló una cosmetiquera aún con varios labiales dentro. Dice que a veces anota en su agenda este tipo de cosas, lo que más le impacta, para exorcizar un día difícil. “Mi agenda es mi amiga”, dice, y ríe. Siempre ríe.

El criminólogo admite que tiene deformaciones profesionales.La másnotoria: suele fijarse demasiado en la cabeza de las personas, las vivas. “No me doy cuenta. Si están cerca, me dan ganas de tocar ciertos puntos y nombrar los huesos de la cabeza que conozco bien... Este es el occipital, el frontal, los maxilares superiores...”. Otrohábito queha acuñado,dice, esquedarse a dormir en la oficina. Dice que cada vez lo hace más seguido. “Muchas veces me doy cuenta de que la gente con la que trabajo piensa: ‘¿Qué estás haciendo?¿Por qué no te

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vas a dormir a la casa?’o‘¡Estás loco!’.” Cuesta creerle. Y como prueba, Ticas se levanta y abre una gaveta. Saca algunas frutas. Caminahacia la puertay extiendeun sofá descolorido para demostrar que no sirve solo para sentarse. Es también cama. Luego abre una especie de clóset donde guarda ropa limpia, otro saco, herramientas y un par de botas extra para las excavaciones. A medida que enseña sus pertenencias, Ticas habla con seriedad: “Al contrario, yo les digo que para qué irme a la casa, aquí tengo todo lo que necesito. Trabajo tranquilo, salgo a comprar comida, ni siento el paso de las horas”.

Un de sus logros, dice, es haber intercambiado conocimientos con miembros del Equipo Argentino de Antropología Forense, gente que comenzó bajo la guía del texano Clyde Snow, considerado hoy el más reconocido antropólogo forense en el mundo y quien llegó a Argentina en la década de los ochenta para exhumar fosas comunes de víctimas de la dictadura militar argentina. Algo parecido a lo que una parte del equipo que él capacitó vino a hacer a El Salvador en 1992, al participar de la exhumación de cadáveres de la masacre del Mozote. Ticas admira en silencio a Snow, aunque

Debajo de las fotografías hay una mesa angosta. Sobre esta, una maqueta perpetúa a un Ticas en miniatura enfundado en un traje amarillo durante uno de los trabajos que hastalafechamástiempo leharequerido:elhallazgo de 10 osamentas en el pozo macabro de Tonacatepeque, a mediados de este año. La hizo él mismo. Sobre la mesa también hay, claro, huesos.

En el trabajo, no hay muchas situaciones que logren traspasar la coraza emocional del criminólogo. Pero si algo lo hace titubear es cuando le toca desenterrar restos de niños. “Eso da sentimiento, aun con los años de experiencia. Encontrar pequeños cuerpos doblados o amarrados, los zapatitos, algún juguete... Los niños son mi punto débil, da rabia, impotencia.” Ticas se conmueve y sigue excavando.

Es sábado, segundo día de excavación. Hace unos minutos el criminólogo descubrió una rótula amarillenta y empantanada. Después, un cráneo y restos de cabello. De aquí en adelante, Ticas trabajará solo. Sus movimientos son precisos y seguros. Rocía

sin dudas: “Sí, él es. Igual de rollizo y alto”. Alaexcavaciónen Ateostambiénhanllegado los “muerteros”, empleados de funerarias que han estado junto a los familiares hablándoles al oído desde antes de que Ticas descubriera los restos. Son las 3 de la tarde. Dentro de unos minutos los forenses de Medicina Legal se encargarán de levantar los cadáveres. Pese a que las familias los han identificado, se les practicará el examen de ADN. Solo entonces Ticas sale de la fosa y se quita la mascarilla. Se aleja por un momento de la excavación y respira hondo. Carga al hombro con piochas y palas. Su labor aquí ha terminado. Pragmático como es usual, Ticas ha acuñado una filosofía propia del trabajo que hace: “Hay gente que califica mi trabajo de peligroso, yo solo digo que es como el de un médico, que no le importa si se trata del asesino o lavíctima, solo importasalvar unavida. En mi caso, lo único que me interesa es desenterrar el cuerpo de un desaparecido y entregárselo a una madre”.

Cuatro días han pasado desde que finalizó el trabajo. Son más de las 6 de la tarde de un miércoles de noviembre. El edificio de la Fiscalía hace horas quedó vacío; las luces están

“Muchas veces me doy cuenta de que la gente con la que trabajo piensa: ‘¿Por qué no te vas a dormir a la casa?’ o ‘¡Estás loco!’.” no hable mucho de ello. Este personaje fue precursor de la antropología forense en tiempos en los que no existía la identificación de restos óseos por medio de tecnología ADN. El mismo que le dijo a sus antropólogos argentinos y a todos sus compañeros de trabajo en el campo: “Hay que excavar de día y llorar de noche”. Mientras, el criminólogo salvadoreño hace una pausa en la plática y da vueltas en su oficina. Busca algo. De entre un reguero de papeles desempolvauna carpeta llenade fotografías y documentos. No hay caso que no recuerde o del que no tenga algo que contar. Saca un reporte de cinco hojas engrapadas. En la carátula puede leerse: Mujer, Opico. “Esta es Paty”, dice sin titubear el criminalista. En la portada del documento se puede leer: Julio 2009. Mujer de 19 años, nueve meses enterrada. Cuerpo momificado; signos de violación, lesiones de arma blanca en la cabeza. Paty –la de la cosmetiquera– es una de las 11 mujeres que Ticas ha desenterrado este año.

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desodorante ambiental para minimizar el concierto de moscas. Vuelve a lo suyo: como escultor, desmorona el terrón con paciencia hasta descubrir los dos cuerpos. Los limpia con brochas. Un hedor ácido se eleva desde el fondo. Ahí están, comomarionetas, uno encima del otro en dirección contraria. No hay palabras para describir la estampa. Ver el cuerpo desnudo e irreconocible de su hijo resulta demasiado para la mamá de Juan. La mujer se quiebra y se aleja del lugar. Es su compañero de vida quien se queda hasta el final para identificar el cadáver. La mujer dice que su hijo tenía un tatuaje en el pecho, pero es difícil detectarlo porque las heridas del machete con el que lo mataron ocultan cualquier rastro. Es otro detalle el que le da la certeza de que está frente al cadáver de su hijo: una pulsera verde limón en la muñeca derecha. Un regalo de familia. El cuerpo que está debajo, el de Óscar, también es identificado por su padre. Una camiseta deportiva con el logo del Real Madrid es la señal. Aparece otro familiar y dice

apagadas. Pero no todos se han ido, el criminólogo permanece relajado en su oficina. Soncasilas 7delanochey suFordRunner azul es el único vehículo estacionado en el parqueo de la Fiscalía. Está al fondo, en la penumbra.Ticassaldráa comprarlacena.Abre la puerta delantera y de inmediato se disculpa. Con prisa, echa mano del mismo desodorante ambiental que lleva consigo para cada excavación. La brisa de la noche que se cuela por las ventanillas refresca. Lo que sus mismos colegas de trabajo aseguran es cierto: la camioneta del criminólogo huele a muerto. Aún no lo sabe, pero pronto se encontrará inmerso enuna nuevaexcavación. Elhallazgo de osamentas de víctimas de masacres durante el conflicto armado lo mantendrá refundido por una semana en un municipio del interior del país desenterrando historias. Pero esta noche, cuando regrese, descansará. Será una de esas veces en las que, aunque se apaguen las luces alrededor, la oficina del criminólogo nunca quedará sola. {S}

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