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in memóriam

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SÁBADO 29 DE DICIEMBRE DE 2012

3b

El taurino

Ariel

Cardona Gálviz

A las 6:15 de la mañana del 13 de julio dejó de masticar un casco de la mandarina que su esposa le había llevado al cuarto. El Canal Une seguía transmitiendo la misa matutina, pero los ojos de Ariel Cardona Galvis se cerraron y no volvieron a abrirse. A la media hora se conoció que el mundo

del periodismo y de la tauromaquia en Manizales estaba de luto. A los 78 años murió don Ariel, que trabajó hasta hace dos años en LA PATRIA y se perpetuó en las páginas de este diario con la columna taurina Al Alimón. Su deteriorado estado de salud por la diabetes y el Mal

de Párkinson lo obligaron a dejar la sala de redacción, casi que a regañadientes, pues no quería irse. De una casona en el Centro pasó a vivir a una finca en Santágueda, donde no había escaleras ni faldas para subir y el clima cálido lo confortaba. El 25 de julio viajó a Manizales para asistir

al cumpleaños de uno de sus cuatro hijos y ayer, casualmente, tenía un chequeo médico. "La muerte de mi papá fue tranquila, gracias a Dios no sufrió", dijo Felipe, quien le siguió los pasos del periodismo. Como su hijo, otros que lo conocieron también quisieron imitarlo. "Muy temprano, cuando llegué al periódico, supe que quería ser como él, un hombre de una pieza, amigos de sus amigos, sin concesiones en lo que no le gustaba y con un corazón de oro", expresó Carlos Augusto Jaramillo, quien estuvo en el diario por siete años. La columna dominical Al Alimón, que defiende la Temporada Taurina y actualiza sobre el mundo taurino, era la quinta hija de

don Ariel. Su nombre hace referencia a un lance en que participan dos toreros, pues la idea fue que la escribieran dos personas. Primero la hizo con el odontólogo Hernán Jaramillo 'Toto' y luego con el médico Jorge Raad. La primera corrida de don Ariel fue a sus 10 años, en la Plaza del Soldado, cuando su papá lo llevó a ver a la rejoneadora chilena Conchita Citrón. En adelante estuvo en primera fila, en su palco de callejón. Desde la finca en Santágueda, don Ariel no perdió la pista de la tauromaquia. Sophía, una de sus ocho nietos, lo llamaba luego de asistir a una corrida para contarle qué había pasado. Sus amigos más cercanos también lo hacían.

El sacerdote

Héctor Giraldo

Un paro cardíaco apagó la vida del párroco Héctor Giraldo Giraldo, que falleció el 16 de julio en la noche luego de padecer una obstrucción intestinal en sus últimos años. Oriundo de Filadelfia, fue un amante de las almas y de los libros, que lo llevaron a ordenarse sacerdote a los 22 años y a armar su propia biblioteca con clásicos de teología y literatura colombiana. "Fue un hombre intelectual, inquieto y muy bien estructurado, con aportes valiosos en las reuniones del clero y activo hasta lo último, pese a su deteriorado estado de salud", relató el presbítero Camilo Arbeláez, amigo suyo. Agregó que se le dificultaba caminar, pero hasta hace poco manejó carro, lo que llamaba la atención en una persona de 89 años. Su cuerpo, que fue cremado, lo llevaron a un osario en el templo de San Antonio donde fue párroco por lo

menos 30 años, y se ganó el cariño de la comunidad. "En mis homilías procuro dar a la gente un mensaje claro acorde con la realidad que vivimos", dijo el sacerdote en un artículo de LA PATRIA publicado el 14 de enero del 2007. Para él también era fundamental que a través del sacramento de la Confesión las personas no se sintieran regañadas, sino que aprendieran cómo vivir en paz. De su buen trato da fe Rubialba Betancur, feligrés de San Antonio. "Fue muy buen sacerdote, pues era muy allegado a los pobres. Fue muy estricto, pero no regañón", afirmó. En los últimos meses celebró misas en el templo de San Jorge. "Fue un sacerdote íntegro y un historiador digno de escuchar. Hoy que ya no está con nosotros siento un vacío espiritual inmenso", expresó Isabel Pinzón, habitante de San Jorge.

El párroco

Germán Llano

La aceptación de su inminente muerte le dio la tranquilidad de irse en paz al sacerdote Germán Llano Ruiz. A las 7:20 de la mañana del 26 de julio falleció en una casa de reposo

y enfermos de Medellín, luego de dos meses de que le diagnosticaran cáncer de hígado, y tras una vida dedicada a la Iglesia y a las comunidades con las que trabajó en sus parroquias de Caldas y

Cundinamarca. Cuatro días antes de su muerte decía que ya estaba preparado, “que ya quería irse para el Reino de Dios, sobre el que tanto había predicado”, recuerda su hermano Fernán. En Puerto Salgar (Cundinamarca) esperaron el cuerpo del marulandita para homenajearlo con una misa en el templo de la Santísima Trinidad, donde era párroco. También lo despidieron en la catedral de La Dorada, y en la de Manizales. Allí lo sepultaron en el mausoleo de sacerdotes del Cementerio San Esteban, una de sus últimas peticiones. Cinco de los 14 hermanos del

sacerdote se inclinaron por el sacerdocio, pero él fue el primer en ordenarse. Su paisano Mario Amariles Ruiz, quien estudió con él la primaria en la escuela General Cosme Marulanda, lo recuerda como un niño “juicioso, pilo, amistoso y cordial”. Desde ese entonces, recuerda, se le notó la inclinación por el sacerdocio. Su amigo Ovidio Giraldo, director de la Pastoral Social de La Dorada, recuerda que él mantuvo su fervor hasta el final. “Lo visité el viernes pasado (20 de julio), pero no hablamos. Estaba en malas condiciones. Ese día, sin embargo, hicimos un canto de alabanza y adoración a Jesús sacramentado y a la Virgen María”.


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