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Discurso Nicolas Restrepo Generosidad y fe. Tal vez estas dos palabras son las que mejor definen a Amparo Gómez de Arango y su obra del Hogar de la Divina Misericordia, por las cuales estamos hoy acá reunidos con el objeto de exaltar esos dos valores en persona de Amparo. El Caldense de Año es un galardón con una tradición de 35 años haciendo visibles a quienes la sociedad de este departamento considera que son ejemplo y marcan el camino para el progreso y la construcción de un mundo más justo. Amparo, el mismo día en que tuve la tarea de contarle que el jurado integrado por María Cristina Garzón de Adolphs, María Leonor Velásquez y el padre Leopoldo Peláez había decidido que ella fuera la merecedora del premio, me respondió que aceptaba encantada por lo que eso le significaba a su obra y por lo tanto a las decenas de personas que se benefician de ella. Y lo repitió el domingo pasado en el periódico refiriéndose al galardón: “No es mío, sino de la gente generosa de Manizales que hace que el Hogar prospere”. Sin embargo, la modestia con que Amparo les da el crédito a los manizaleños por los resultados de su Hogar, no oculta la necesidad de que muchas más almas nobles como la suya se unan a su causa. Hoy se habla mucho de la Responsabilidad Social Empresarial, como un concepto según el cual quien actúe con ética y respete la ley está cumpliendo con su cuota social y no debe afanarse por más. Esto está bien, y hay que decir que si todos lo cumpliéramos viviríamos en un mundo mejor. El problema es que acatar ese postulado no es suficiente. Si queremos reducir la desigualdad, combatir la exclusión y la pobreza, tenemos que trascender el mero cumplimiento de la ley y tratar de devolverle a la sociedad parte de los beneficios que se obtienen en las empresas, velando por el bienestar de las


comunidades en las que vivimos. No podemos ser ciegos ante las necesidades de los demás, ni negarles nuestra ayuda. Es cierto que las empresas no son entes de caridad, ni obras de beneficencia, pues claramente entre sus primeras y más importantes responsabilidades está la de ser rentables para así garantizar su sostenibilidad y permanencia, pero también lo es que en la medida en que se comparten algo de esas utilidades, son la misma empresa y sus dueños quienes se hacen más grandes. Tener conciencia de que un entorno sano y próspero es una condición necesaria para el propio éxito puede hacer que iniciativas como las de la Divina Misericordia, y tantas otras que hay en este departamento, cumplan con holgura con su misión. Por fortuna hay quienes no se conforman con dar algo de lo material que les sobra, lo que no está mal, sino que se entregan ellas mismas a un propósito noble, y lo hacen llenos de consagración y alegría. La generosidad, definida en una de sus acepciones por el diccionario, dice que es el valor y el esfuerzo en las empresas arduas. No es tarea fácil ser generoso. Cuántas familias, cuántos niños, que con dedicación y cariño fueron acogidos en las instalaciones del Hogar y gracias a ello pudieron tener un tratamiento médico completo y salvar sus vidas, dan testimonio del valor de esa atención. Cuántas historias de personas que en el inicio de sus vidas han sido tocados por la desgracia y encuentran en el Hogar una mano tendida que los impulsa a seguir viviendo. María Fernanda Arango, Nanda, su hija, le dio la idea a Amparo de buscar una mejor atención para los niños enfermos de cáncer y sus familias, que llegaban de municipios y departamentos vecinos a recibir tratamiento en el Hospital Infantil y no encontraban donde alojarse, pues no tenían cómo costearlo. Encontraban atención médica, gracias también a otras almas generosas, pero no tenían cómo quedarse en la ciudad para recibir las dosis apropiadas.


Carlos Arturo, su esposo, entendió la necesidad y las acompañó con decisión, y chequera, en el empeño. A él siempre le gustaron las empresas ambiciosas, nunca se conformó con lo pequeño, así que ver desde el cielo crecer el Hogar y atestiguar que ahora las personas mayores también tienen allí un albergue cómodo, digno y lleno de atenciones lo debe tener muy orgulloso, pues esta también es su obra. La cuna santandereana le ha dado a Amparo el temple y la reciedad para perseverar en lo que se propone. A San Gil y a Santander les tenemos que estar eternamente agradecidos por habernos prestado a Amparo y mantenerla entre nosotros. Teresa, la supervisora del Hogar define la forma como ella hace su trabajo “Ella da, pero no quisiera que se den cuenta de lo que hace”. Esa es otra condición loable, cuando se da y se comparte en silencio, cuando no se espera nada a cambio, cuando lo que se entrega es parte del ser, pensando siempre en el bienestar del prójimo. Mujer de fe, no solo por sus profundas convicciones cristianas y su veneración a la Virgen María, sino por el convencimiento de que la demás gente es buena y en ella confía para andar con su obra. A Nanda y Gilberto, Felipe y Sarita, Marcelo y María Lucía, a sus hijos, los nietos de Amparo, convencidos y colaboradores del Hogar como pocos, les transmito el reconocimiento y agradecimiento de todos. Decía Sor Teresa de Calcuta: “El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz.” Amparo, es un orgullo para este premio ponerlo en tus manos. Que Manizales y Caldas permitan que el Hogar viva por siempre, pues es tarea de todos. Recibe nuestras sinceras felicitaciones.



Discurso Nicolas Restrepo