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EDICIÓN 1.119 domingo 27 de ABRIL de 2014 Manizales - Colombia

creación y vida

Una palabra que es santuario del realismo mágico Macondo en la montaña Una obra de impacto en la sociedad Gabo entre la soledad, la música y la nostalgia En su narrativa también hay lirismo La poesía en la obra de Gabriel García Márquez

PORTADA - Foto/EFE/Papel Salmón

Gabriel García Márquez.

Invasión de las áreas ociosas de las grandes haciendas / Latifundistas y campesinos del Quindío Disonancias / La otra feria del libro


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ron a disfrazar la realidad para volverla increíble. Así lo vio el peruano Mario Vargas Llosa: “El proceso de edificación de la realidad ficticia emprendida por García Márquez en el relato ‘Isabel viendo llover en Macondo’, alcanza con ‘Cien años de soledad’ su culminación”. La clave sigue siendo el método. El arte es el territorio de nuevas posibilidades. Como concluía una película, “El alcance del hombre supera su imaginación”.

Lo macondiano en los pueblos andinos

Una palabra que es santuario del realismo mágico

Macondo en la montaña Es la geografía de lo absurdo, el reino de lo increíble y lo inesperado. El Macondo andino no requiere deformar la realidad para hacerla fascinante. Magia del lenguaje. Octavio Hernández Jiménez* Papel Salmón

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omentaristas y críticos han buscado el origen de la palabra Macondo. Unos sostienen que se trata de un árbol corpulento, en la costa Caribe; otros se han ido a buscar su etimología en un paraje de las Montañas Rocosas y los demás afirman que era el nombre de una hacienda en

tierras costeñas que Gabriel José García Márquez vio al pasar y, como acostumbraba apuntar palabras en libretas de bolsillo, lo conservó hasta utilizarlo como epicentro de Cien años de soledad. El novelista tuvo la precaución de cancelar por anticipado esa discusión bizantina. “Preguntó qué ciudad era aquella, y le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía significado alguno pero que tuvo en el sueño una resonancia sobrenatural: Macondo”.

Lo que significa Macondo

Para muchos lectores de la obra narrativa del Premio Nóbel colombiano (1982), Macondo es la geografía de lo absurdo, el reino de lo increíble y lo inesperado.

Macondo es parábola de lo que somos como consecuencia de invasiones, opresiones, desplazamientos y el consecuente subdesarrollo. Subdesarrollado con relación a otros pueblos que se mencionan allí. Una alegoría sin manual de instrucciones. Un paraje mítico, primitivo, de gentes errabundas. En el Macondo garciamarquiano no se prodiga la presencia de la técnica y la máquina. Fuera de pistolas, otras armas, la lupa, el “oso de cuerda que caminaba en dos patas sobre un alambre”, la alusión a “una máquina de péndulo que le sirviera al hombre para volar”, o la bailarina de cuerda conectada al mecanismo del reloj, la insistencia en aparatos no abunda en aquellas páginas. Los aprendices de brujo y sus laboratorios secretos infunden

lástima: “José Arcadio se refugió en el laboratorio, donde los artefactos de alquimia habían revivido con la bendición de Úrsula”. La máquina del tiempo se había descompuesto”. Hay un engaño en suponer que Macondo está más cerca de la magia, los trucos o la hechicería que de la realidad inmediata. Macondo es una palabra consagrada en la literatura latinoamericana como el santuario del realismo mágico, la suma de folclor o el territorio ideal para muchas tesis de sociología. Como si se tratara de una profecía, José Arcadio Buendía trastocó la sentencia popular: “Si no temes a Dios, témele a la sífilis” por esta versión: “Si no temes a Dios, témele a los metales”. No es obra argumentativa,

no se trata de un ensayo, no es periodismo escueto, no es poesía en verso aunque muchas de sus páginas hagan ostentación de exquisita poesía. Milan Kundera lo expresó: “Una de las más grandes obras de la poesía que conozco”. Después de armar semejante andamio lingüístico y artístico, Gabriel García Márquez (19272014) deduce que “Macondo no es un lugar del mundo, es un estado de ánimo”. García Márquez es un mago del lenguaje pero, en los cimientos de su obra, está la de ser un observador sagaz. Macondo no es una fórmula literaria para deslumbrar con mentiras. Un buen artista toma lo irreal y le da apariencia de realidad. En el realismo mágico, los escritores se le midie-

Se ha dicho que Macondo expone la idiosincrasia de los latinoamericanos, en su diversidad. Las naciones extensas han vivido disgregadas. No existe un pueblo compacto; somos muchos pueblos con distintas características, condiciones, éxitos y frustraciones. El Macondo andino no requiere deformar la realidad para hacerla fascinante. De por sí, la realidad incontaminada es macondiana. La imaginación, la fantasía, no son el reverso de la realidad, hacen parte de su aleación. La realidad escueta es macondiana. Lo macondiano está en fijarse en determinados elementos sobre los que otros pasan desapercibidos. Cada relato cuenta con entonación, ritmo, tramas, personajes, decorados, planteamientos, desarrollos o desenlaces que familiarizan a los de allá con los de aquí. Es una sinfonía. Por algo es una obra de largo alcance en la concepción y la realización. Carlos Fuentes refería que Gabo le había confesado que

“le tomó madurar diecisiete años y, redactar, catorce meses. Jamás he trabajado en soledad comparable”. Una obra polisémica que rebasa la categoría utilitarista y triste del best seller. La primera vez que se menciona una cacería en la región del Bajo Occidente de Caldas lo hace el Mariscal Jorge Robledo, en el siglo XVI, cuando cuenta que, Pedro de Barros, de origen portugués, fue un soldado suyo que, en compañía de otro, encontró una culebra a la que dieron muerte y le hallaron, dentro, un ciervo que acababa de tragarse y aún estaba vivo. El hambre que tenían era tal que enseguida se comieron el ciervo. No sabe uno qué era peor si los tiempos edénicos en el Macondo andino de Colombia o en el Macondo costeño “la tierra que nadie les había prometido” como se refiere García Márquez, en Cien años de soledad, al viaje que emprendieron José Arcadio Buendía y sus amigos acompañados de sus mujeres e hijos para fundar la nueva ranchería. “Fue un viaje absurdo… con el estómago estragado por la carne de mico y el caldo de culebra”. Las guerras civiles de los siglos XIX y XX afectaron tanto el Macondo de García Márquez como el antioqueño, caucano, tolimense, santandereano y demás sectores. La gente, en la huida hacia las selvas lejos de los caminos reales, con tal de resguardarse de los envites de los ejércitos en las ofensivas o contraofensivas, fue fundando caseríos pero conservaban el mismo ánimo con respecto a la

Fotos/Colprensa/Papel Salmón

Estación del tren en Aracataca (Magdalena), a donde llegó Gabriel García Márquez en 2007 para celebrar sus 80 años de edad.

situación del país muy similar a la actual: “Una noche le preguntó al coronel Gerineldo Márquez: - Dime una cosa, compadre, ¿por qué estás peleando? – Por qué ha de ser compadre –contestó el coronel Gerineldo Márquez-: por el gran partido liberal. – Dichoso tú que lo sabes –contestó él-. Yo por mi parte, apenas ahora me doy cuenta que estoy peleando por orgullo”. Ojalá, en la Colombia de comienzos del siglo XXI, no ocurra lo referido en Cien años de soledad: “Diez días después de que un comunicado conjunto del gobierno y la oposición anunció el término de la guerra, se tuvieron noticias del primer levantamiento armado del coronel Aureliano Buendía en la frontera occidental. Sus fuerzas, escasas y mal armadas, fueron dispersas en menos de una semana. Pero en el curso de ese año, mientras liberales y conservadores trataban de que el país creyera en la reconciliación, intentó otros siete levantamientos”.

La realidad escueta es macondiana

Casa donde nació Gabriel García Márquez en Aracataca (Magdalena).

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En San José de Caldas, la señora F. C. quedó a cargo de sus seis hijos cuando desapareció su marido. Se puso a coser ropa ajena para sostener la familia. Las casas eran de bahareque y en una se escuchaba lo que hacían o decían en la otra. Enseguida de su casa vivía el rico del pueblo. Por la tarde oían cuando la mujer del rico entraba a la cocina a fritar chicharrones o chorizos para la cena. Para que la mujer del potentado pensara que enseguida tenían qué comer, la costurera se levantaba de la máquina de coser, iba a la cocina, subía el sartén al fogón, esperaba que se calentara y,

entonces, se mojaba las manos en agua y la esparcía sobre la vasija hirviendo. El sonido era igual al que se escucha cuando se echa una carne en el sartén. Así ocultaba esa pobreza vergonzante. Luego, en El Coronel no tiene quien le escriba, la esposa del protagonista cocina piedras en la olla del fogón para que los vecinos supusieran que tenían qué cocinar. En Apía, próspera ciudad del Viejo Caldas, un compañero de décimo (5°), se sintió incapaz de declararle su amor a una amiga mutua, por medio de una carta en una época en que no existían ni los computadores ni los celulares. Me propuso que se la redactara. Lo hice y cuál no sería mi sorpresa cuando la destinataria me llamó para mostrarme la carta que el amigo le había enviado. Cuando la leí me insistió que le hiciera el favor de contestársela. Cambie de letra y un poco de redacción para responderla. El amigo me llamó feliz a darme la noticia de que la niña aquella había aceptado ser su novia. Me tocó continuar con mi oficio de escribano de los dos. Cuando me cansaba de que la relación fuera bien, yo provocaba la pelea. Mejor dicho, me enojaba conmigo mismo hasta que aburrido porque no me escribían ni tenía que contestar las cartas, decidía renovar la extraña correspondencia conmigo. Siete años después (1967), Gabriel García Márquez publicó Cien años de soledad, novela en la que cuenta la historia de aquel que escribía cartas ajenas. Las directivas colgaron en los salones de clase un triángulo con un ojo central y una sentencia igual a la que existía, según

la novela de Gabo, en la entrada de Macondo para que nadie lo olvidara: “Dios existe”. Lo raro era que en Macondo lo hacían porque existía la peste del olvido y, sin que nos hubiésemos percatado de eso, en el Viejo Caldas, también éramos víctimas de la misma pandemia. Era sastre Pastorcito García, padre de Solnelly a quien mordió un perro con hidrofobia y se salvó porque le pusieron en el ombligo, a tiempo, las cuarenta vacunas que habían enviado, desde Medellín porque en Manizales no las había, para que me las aplicaran ya que también, el mismo día, me había mordido un gato. En el Viejo Caldas, a Dios gracias, no sucedía con las personas mordidas por animales con hidrofobia, lo que pasaba en Macondo: “Cuatro soldados arrebataron a su familiar una mujer que había sido mordida por un perro rabioso y la mataron a culatazos en plena calle”. Como sucede con la gramática de un idioma, existen aspectos generales que se difunden, se afianzan y se vuelven comunes y otros corresponden a formas regionales de expresión. El mundo cotidiano de un pueblo tiene sus formas gramaticales particulares, sujetos, acciones, complementos y circunstancias que lo diferencian de otros mundos. Es un retablo, un paisaje, que pinta lo que es, lo que un conglomerado disfruta y padece, día a día. Cada pueblo se convierte en protagonista de los capítulos que olvidó escribir García Márquez, en sus tomos dedicados a Macondo *www.espaciosvecinos.com


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Los gustos musicales de García-Márquez pasaban por el vallenato, la valoración de lo popular, la afición por el bolero y la música del Caribe. La nostalgia es el intento de recuperar un mundo ido. Vida y tragedia. Carlos-Enrique Ruiz* Papel Salmón

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ien años de soledad en su singular expresión del “realismo mágico” no deja de ser la respuesta que evidencia Carlos Fuentes en la novela latinoamericana, como “la narración de una herida y la cicatriz de la misma”. En las obras de García-Márquez pareciera que hay un destino

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de fatalidad, pero si se miran más al fondo se encuentra que en ellas somos, como en la realidad, una cadena de desgracias, en simultaneidad con el ímpetu de creación y laboriosidad, con atisbo a la superación de aquellas por los caminos de la educación y la cultura. La idea de fatalidad en sus obras tiene asidero de interpretación en analista tan respetado como William Rowe, quien la considera, para el caso de Cien años de soledad, debida al “deseo incestuoso”, como “trampa de Edipo” que gravita en la obra, pero también señala esa característica inherente a la “atmósfera de reclusión y de inevitabilidad” propia “de los estados del tiempo, los olores, la repetición de nombres y eventos y los procesos de deterioro físico y social”, tan presentes en la novela. Muy a pesar de esta apreciación, me parece que sí hay una solución advertida en la novela, con desarrollo en los escenarios puntuales del cuarto de Melquíades y la librería del sabio catalán, con el consiguiente despliegue del grupo conformado por Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, con quienes se da salida realista al problema, personas de carne y hueso, con obra literaria reconocida, de impacto en la sociedad, en cabeza del propio Gabo. Llamado para los cambios que se anhelan en la comunidad.

Su afición por la música

No es el vallenato la pasión musical única de García-Márquez. Sus gustos eran amplios, con la valoración de lo popular, y acendrada afición por el bolero y la música del Caribe. Espectro que pasa por el trío Matamoros, los merengues, Pérez-Prado, Nelson Ned, Daniel Santos, Manzanero..., con asidero íntimo en las suites para chelo solo de Juan-Sebastián Bach, y la música de cámara de Béla Bartók. Confesó en una columna de prensa que ante las reiteradas preguntas sobre qué disco y qué libro únicos se llevaría a una isla desierta, no dudaba en elegir la suite número 1 para chelo de J.S. Bach y una buena antología de la poesía del Siglo de Oro español. Encuentro la mayor afinidad suya con la música de cámara de Béla Bartók, a pesar de la dificultad y por los vínculos de origen con lo popular, por el gusto en enfrentar lo abstruso y salir al otro lado en lucha sin tregua, como le ocurrió a nuestro autor con Cien años de soledad.

La nostalgia en la obra de Gabo

Fotos/Colprensa/Papel Salmón

La palabra nostalgia es recurrente en las conversaciones y en las obras de García-Márquez.

La palabra nostalgia es recurrente en las conversaciones y en las obras de García-Márquez. Se aprecia que para él el paso del tiempo despoja de sensaciones que van quedando como recuerdos, pero en tanto estos sean de momentos placenteros, de dichas compartidas, se rememoran bajo

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Gabo entre la soledad, la música y la nostalgia Una obra de impacto en la sociedad

Foto/EFE/Papel Salmón

Cien años de soledad no deja de ser la respuesta que evidencia Carlos Fuentes en la novela latinoamericana, como “la narración de una herida y la cicatriz de la misma”.

una situación espiritual de melancolía, sin gozo, puesto que el motivo pasó pero ha quedado la impronta, quizá con detalles traslúcidos, y entonces el recordar no logra el halo de placidez original. Es como si lo disfrutado en la distancia llegase con algo de carga faltante, en la señal de irrepetible, con la consecuencia de un delicado paso de las imágenes y de las palabras, con los escenarios, en un suave tormento por lo que nunca vuelve, o por la fugacidad. Ahí está el valor de lo que se añora, la nostalgia. Pero la nostalgia también puede involucrar el temor, la desazón por lo que pudo haber sido y no fue. La angustia de no haber podido configurar de la manera como ahora se piensa ese momento del recuerdo. De igual modo la nostalgia conlleva un ligero esplendor traducible en lo sabroso de aquel instante recordado, o incluso de la época vivida que al presentarse desaparece enseguida, sin saberse de qué manera el tiempo pasó tan rápido. En 1977 María-Esther Grillo le preguntó a García-Márquez sobre la persistencia de él en sus obras de contar y recontar, en especie de dar giros y giros a las historias, en círculos o en espirales, y le contestó que esa situación le nace de la nostalgia. En el capítulo 6 de su novela mayor describe el estado de ánimo en que se encontraba Arcadio al estar dispuesto a la ejecución decretada por el “consejo de guerra”, no identificada por “sensación de miedo sino de nostalgia”. Nostalgia por su apego a la vida, y no por el miedo ante la muerte que no puede eludir. En el capítulo 9, al retornar de las guerras el coronel Aureliano Buendía se reencuentra con Úrsula y con la casa, con recorridos sin los atractivos de los detalles, con las marcas del paso del tiempo, y el narrador dice: “No le dolieron las peladuras de cal en las paredes, ni los sucios algodones de telaraña en los rincones, ni el polvo de las begonias, ni las nervaduras del comején en las vigas, ni el musgo de los quicios, ni ninguna de las trampas insidiosas que le tendía la nostalgia.” Se da a entender que el coronel ha regresado con nostalgia, pero trata de no dejarse sumergir en ella, y menos de mostrarla. Es un guerrero, que desafía la muerte con las herramientas de la obsesión de combatiente, pero escondiendo la debilidad humana de reconocer en el retorno lo que le suscitan las personas y las cosas, por el temor de hacer reminiscencia en capítulos de la vida. Más bien prefirió permanecer “toda la tarde viendo llover sobre las begonias”, haciendo las veces de no importarle compartir aquella sensación delicadamente triste del regreso.

En el capítulo 18 hace intervenir la nostalgia en un proceso de fijación y de lejanías irrecuperables, así: “... el alma se le cristalizó con la nostalgia de los sueños perdidos”, para aludir a Fernanda del Carpio, en ese proceso de agotamiento en las posibilidades de un mundo que se le desvanecía en las manos. Y también aparece la connotación de tristeza en el sentido, al decir: “Su corazón de ceniza apelmazada, que habría resistido sin quebrantos a los golpes más certeros de la realidad cotidiana, se desmoronó a los primeros embates de la nostalgia”. Entonces la nostalgia es tristeza y golpea echando abajo los ímpetus y las fuerzas de un actuar intenso que identifica a la persona.

Al final la nostalgia se acentúa

Es propio de la obra que en esos capítulos finales, cuando la historia de los Buendía y de Macondo declina de manera inexorable, la nostalgia ocupe papel preponderante. Mientras el tiempo pasa y se desvanecen las posibilidades, el recuerdo doloroso asalta a quienes van sobreviviendo con arrebatos de nostalgia sobrecogedora. Hasta en la tormentosa irrupción de José Arcadio, el del destino fallido a Papa, se dieron arrebatos de risa y de nostalgia: “Era capaz de reír, de permitirse de vez

Aunque se cree que la música preferida de Gabriel García Márquez era el vallenato, también le gustaba la música caribeña, la popular y el bolero.

en cuando una nostalgia del pasado de la casa,...”, en la antesala de la aparición de Aureliano Amador, el número 17, con la cruz imborrable de ceniza en la frente, único sobreviviente de los hijos del coronel, que a poco no pudo serlo más. En el capítulo final, el 20, la nostalgia se acentúa, como en un esfuerzo por retener lo vivido, pero no sin los toques de dolor, angustia o remordimiento, en cuanto los personajes se diluyen como fantasmas en el tiempo que los abandona. Allí se dice que “... el sabio catalán remató la librería y regresó a la aldea mediterránea donde había nacido, derrotado por la nostalgia de una primavera tenaz.” Siguiendo el hilo del viaje del sabio catalán, lo describe el narrador en dualidad de nostalgias, que lo aturden al enfrentarse a ellas en especie de dos espejos, con la multiplicación de los efectos que gravitan en el espíritu del ilustre viajero en su retorno, lo que le llevó a perder “su maravilloso sentido de la irrealidad”. Se trata de dos nostalgias, por lo dejado más cercanamente atrás en las maravillas disfrutadas a diario, y por lo recordado de los ambientes de su origen. Y la pérdida de la irrealidad está indicando lo alucinante que fue la vida en Macondo, donde todo ocurría a ritmo de rumba trópicocaribe, pero él sustraído y absorto en los clásicos y en la escritura. Ya en el regreso, ensimismado, en la más absoluta soledad, sigue su camino, el que le tocó, hasta su propio final. Casi al término del mismo capítulo, cuando es ineludible el desenlace de Aureliano, el “sanscritista” que llama Vargas-Llosa, lo sorprende el narrador en la cúspide de la lucidez, en la que “tuvo conciencia de que era incapaz de resistir sobre su alma el peso abrumador de tanto pasado. Herido por las lanzas mortales de las nostalgias propias y ajenas, admiró la impavidez de la telaraña en los rosales muertos, la perseverancia de la cizaña, la paciencia del aire en el radiante amanecer de febrero”. Con el tremendo drama del hijo con cola de cerdo, arrastrado y devorado por las hormigas coloradas, alcanza un momento de claridad para observar las maravillas de la naturaleza sostenida en su dinámica, a pesar del derrumbe de los bípedos de conciencia, pero siente que tanta nostalgia, tanto recuerdo triste y doloroso, por lo propio y lo ajeno, no puede soportarse. La nostalgia adquiere aquí, en la novela, la máxima drasticidad, por ser la que da el último puntillazo al descifrador de pergaminos. En Macondo, además de haber sido el hervidero de causas perdidas, de fantasmales acontecimientos, del

gozo en sensualidades desbordadas, de la diversión bulliciosa en medio de la tragedia de la vida, la nostalgia se erige como un personaje central, capaz de congregar el hilo de la narración, hasta la entrega final con la clausura del mágico relato, entre realidades irreales, con los toquecitos fascinantes de las mariposas y las flores amarillas, y de los espejos borgesianos, en simultaneidad de la vida y la tragedia. La nostalgia es el intento de recuperar un mundo ido, lo que no se logra, pero en ese procurar está la sensación leve y acuciosa que denota su sentido. El pasado por recordar lleva su cúmulo de asuntos que al describirse y contextualizarse, en lo lejano, arrecian lo tenue de un cierto dolor por la impotencia de no poder volver a estar ahí. La nostalgia es, por consiguiente, el reencuentro con lo ocurrido, por vivido o soñado, en los niveles de la memoria, pero como relato en palabras o en imágenes que se suceden produciendo lamentos en el silencio del ser, con la impotencia de aprehender aquello, o de intervenir de nuevo para acariciar o modificar. La nostalgia también representa en él algo así como el peso del paso del tiempo, en un mundo que no es otro que “la metafísica de la nostalgia”, como se lo dijo a Juan Gossain en celebrada entrevista de 1989.

Opiniones sobre la educación

En la bella contribución a la “Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo”, con el título Manual para ser niño, Gabo demostró su capacidad para dar salidas en situación crucial del país, con la educación como instrumento esencial de transformación. Allí reclama: “Una educación de la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma. Que aproveche al máximo nuestra creatividad inagotable y conciba una ética -y tal vez una estética- para nuestro afán desaforado y legítimo de superación personal.” Enunciado que se adoptó al formular y promover el primer plan decenal de educación (1996-2005), producido con amplia participación ciudadana. La educación para el cambio la concibe ligada a las artes. Educación artística que reclama no como un fin en si misma, sino como un “medio para la preservación y fomento de las culturas regionales”. Hasta conseguir, como también lo advierte, “incorporar el arte a la vida cotidiana” *aleph@une.net.co


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En su narrativa también hay LIRISMO

La poesía en la obra de Gabriel García Márquez

En el discurso al recibir el premio Nobel, en varias conversaciones y en las biografías, Gabriel García Márquez hace mención a la poesía. Ejercicios.

Juan Carlos Acevedo Ramos* Papel Salmón

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n la noche de recepción del Premio Nobel, el 10 de diciembre de 1982, Gabriel García Márquez el colombiano más universal leyó para los invitados a la cena un pequeño texto que tituló “Brindis por la poesía”. En él hace reverencia a ella diciéndonos: “Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía” […]. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos. […] En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar

los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. […]. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía”. Quienes lo hemos leído sabemos que cada una de sus obras está cifrada por la poesía y que desde siempre lo ha acompañado. Él mismo le dijo en 1981 a Juan Gustavo Cobo Borda, uno de los escritores colombianos más estudiosos de la obra del Nobel, que: “Cuando terminé el bachillerato y me fui Bogotá mi diversión más salaz era meterme en los tranvías de vidrios azules que por cinco centavos giraban sin cesar desde la Plaza de Bolívar hasta la Avenida de Chile, y pasar en ellos esas tardes de desolación […]. Lo único que hacía durante los viajes de

CANCIÓN* “Llueve en este poema” E. C. Llueve, la tarde es una hoja de niebla. Llueve. La tarde está mojada de tu misma tristeza. A veces viene el aire con su canción. A veces… Siento el alma apretada contra tu voz ausente.

NIÑA* (SONETO MATINAL A UNA COLEGIADA INGRÁVIDA) Al pasar me saluda y tras el viento que da al aliento de su voz temprana en la cuadrada luz de una ventana se empaña, no el cristal sino el aliento.

Llueve. Y estoy pensando en ti. Y estoy soñando. Nadie vendrá esta tarde a mi dolor cerrado. Nadie. Solo tu ausencia que me duele en las horas. Mañana tu presencia regresará en la rosa

Si se viste de azul y va a la escuela no se distingue si camina o vuela, porque es como la brisa tan liviana. que en la mañana azul no se precisa cuál de las tres que pasan es la brisa, cuál es la niña y cuál es la mañana.

Yo pienso – cae la lluviaen tu mirada tierna. Niña como las frutas, grata como una fiesta, hoy está atardeciendo tu nombre en mi poema. *Publicado bajo el seudónimo de ‘Javier Garcés’ en el periódico El Tiempo el 31 de diciembre de 1944.

Es tempranera como una campana cabe en lo inverosímil como un cuento y cuando corta el hilo del momento vierte su sangre blanca la mañana.

*Es la versión que circula y está firmada por Javier Garcés en 1945.

Ilustración/Tomada del libro Amorosa & Erótica/Papel Salmón

Ilustración de Picasso a un poema atribuido a García Márquez.

círculos viciosos era leer libros de versos y versos y versos, […] y entonces recorría los cafés taciturnos de la ciudad vieja en busca de alguien que tuviera la caridad de conversar conmigo sobre los versos y versos y versos que acababa de leer”. En el libro El olor de la guayaba el periodista Plinio Apuleyo Mendoza le pregunta por sus influencias literarias y el responde: “Yo empecé a interesarme por la poesía a través de la poesía. De la mala poesía. Poesía popular de esa que se publica en almanaques y hojas sueltas. En los textos de castellano de bachillerato descubrí que me gustaba la poesía. […] Los domingos no tenía nada que hacer, y para no aburrirme, me metía a la biblioteca del colegio en Zipaquirá el Liceo Nacional de Varones. Empecé, pues, con la mala poesía antes de descubrir la buena Rimbaud, Válery… Neruda”. En la biografía Gabriel García Márquez. Una vida escrita por Gerald Marín en 2009, en las páginas 111-113 se lee un poco sobre su acercamiento a la poesía: “El anterior rector (se habla del rector

del colegio de Zipaquirá) había sido sustituido por un joven poeta, Carlos Martín, de solo 30 años, […] Era miembro del movimiento Piedra y Cielo, […] El poeta Martín sustituyo al profesor Carlos Julio Calderón Hermida en las clases de literatura española. García Márquez ya estaba escribiendo literatura bajo el seudónimo de ‘Javier Garcés’”. Tal vez tendría 17 años y su conocimiento del movimiento Piedracielista colombiano liderado por Jorge Rojas y Eduardo Carranza lo impulsaron a escribir a esa temprana edad algunos sonetos para sus amigos, para sus amores y desamores, pero le tuvo miedo a los poderes adivinatorios de la poesía, como le decía a sus amigos Neruda o Mutis y se alejó de ella para escribir narrativa. Más tarde el mismo Gabo dijo que esos versos. “eran simples ejercicios técnicos sin inspiración ni aspiración a los que no atribuía ningún valor poético porque no me salían del alma” *Escritor.

SI ALGUIEN LLAMA A TU PUERTA Si alguien llama a tu puerta, amiga mía, y algo en tu sangre late y no reposa y en su tallo de agua, temblorosa, la fuente es una líquida armonía.

TERCERA PRESENCIA DEL AMOR Este amor que ha venido de repente y sabe la razón de la hermosura. Este amor, amorosa vestidura ceñida al corazón exactamente.

Si alguien llama a tu puerta y todavía te sobra tiempo para ser hermosa y cabe todo abril en una rosa y por la rosa se desangra el día.

Este amor que es harina en la ternura, que es infancia de sueños en la frente, que es líquido de música en la fuente y es lucero nostálgico en la altura.

Si alguien llama a tu puerta una mañana sonora de palomas y campanas y aún crees en el dolor y en la poesía.

Este amor que es el verso y es la rosa. Y es saber que la vida en cada cosa se nos repite cada vez más fuerte.

Si aún la vida es verdad y el verso existe. Si alguien llama a tu puerta y estás triste, abre, que es el amor, amiga mía.

Tan eterno este amor, tan resistible, que comparado al tiempo es imposible saber dónde limita con la muerte.

Notas Fuentes consultadas -. García Márquez, Gabriel. La soledad de América Latina – Brindis por la Poesía. Corporación Universitaria de Colombia. Departamento de Publicaciones Universidad del Valle. Cali. 1983. Pp. 78. -. García Márquez, Gabriel. El olor de la guayaba. Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza. Editorial La Oveja Negra. Bogotá 1982. Pp. 133. -. Saldívar, Dasso. García Márquez. El viaje a la semilla. Editorial Alfaguara. Madrid 1997. Pp. 611. -. Martín, Gerald. Gabriel García Márquez. Una vida. Random House Mondadori. S.A. Colección Debate. Barcelona. 2009. Pp. 762. -. AUTORES VARIOS. Amorosa & Erótica. Ilustraciones de Picasso. Editorial Forja. Quinta edición. Bogotá. 1992. Pp. 207.

Durante décadas miles de colonos tumbaron selva, establecieron cultivos y armaron un rancho en los baldíos del Quindío. La violencia política de 1946 disfrazó el problema y la lucha por la tierra se transformó en una confrontación partidista. Lucha. Alfredo Cardona Tobón* Papel Salmón

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l viernes 11 de diciembre de 1931 centenares de labriegos tachados de comunistas invadieron grandes haciendas en el Quindío; fue uno de los muchos episodios a través de un siglo en la lucha desigual entre colonos y latifundistas por las feraces tierras de la región En Colombia unos pocos individuos respaldados por el poder y la permisión de una legislación sin sentido social se apoderaron de los ejidos comunales, de los bosques, de las minas y continúan apropiándose de los baldíos de la nación, mientras la gran masa desposeída se ve constreñida a vivir en un territorio ajeno, porque ignoran sus derechos, por su debilidad, por falta de líderes y por la indolencia de un Estado que se alineó con la injusticia. Una comunicación del Ministro de Industrias dirigida en 1931 a los alcaldes de Quimbaya y Montenegro fue el detonante para que las comunidades sin tierra intensificaran las invasiones a las áreas ociosas de las grandes haciendas; en ella se conminaba a los propietarios a presentar los títulos de adjudicación de los baldíos, a cumplir las obligaciones legales sobre tenencia de tierras y en caso contrario se ordenaba la reversión de esos terrenos al dominio del Estado. No era ninguna novedad, eran disposiciones de vieja data que nadie se había atrevido a hacerlas cumplir. En esta ocasión, el Concejo de Montenegro, de clara orientación socialista aprobó un proyecto de acuerdo sobre la adjudicación de baldíos y creó el cargo de Inspector rural para que investigara qué terrenos eran baldíos y cuáles debían revertir al Estado para proceder a adjudicarlos. Fue entonces cuando las tímidas ocupaciones en lugares boscosos de las grandes propiedades se convirtieron en un alud de invasiones.

La larga historia de la tierra quindiana

Durante décadas miles de colonos tumbaron selva, establecieron cultivos y armaron un rancho en los baldíos del Quindío, pensando que como colombianos tenían derecho a un territorio que pertenecía a todos y se equivocaron, pues tras sus esfuerzos fueron los parásitos citadinos, que sin pisar la selva ni enfrentarse a los tigres y a las alimañas

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Invasión de las áreas ociosas de las grandes haciendas

Latifundistas y campesinos del Quindío La reacción oficial

Ilustración/Tomada de http://3.bp.blogspot.com/Papel Salmón

Los colonos, la mayoría de las veces, son desalojados.

se apoderaban en un juzgado o en una notaría de lo que había costado sangre y sudor a los labriegos. Los terrenos del Quindío, englobados en gran parte en la hacienda La Paila, se entregaron por cédula real a Juan Francisco Palomino en 1641; un siglo más tarde pasaron a manos de Nicolás Caicedo quien los legó a José María Caicedo. En el año 1884 gente prominente del Cauca y Antioquia fundó la Sociedad de Burila que reclamaba los derechos sobre un inmenso latifundio de 125 mil hectáreas de extensión que incluía los actuales municipios de Zarzal, Sevilla, Caicedonia, Génova, Pijao, Buenavista, Córdova, Calarcá y Armenia. Los límites llegaban hasta la Cuchilla de Los Pijaos, pero los accionistas de “Burila”, que incluían a los Marulanda de Pereira y los Gutiérrez de Manizales, en su insaciable sed por tierras, extendieron sus pretensiones sobre los baldíos de Montenegro, Quimbaya y La Tebaida. Los empresarios mediante amenazas, leguleyadas y violencia expulsaron a quienes tenían abiertos en las selvas; en 1930 el Ministro de Industria, José A. Montalvo, más por evitar la confrontación armada que por proteger a los campesinos, declaró como patrimonio Nacional 60 mil hectáreas de “Burila” y ordenó distribuirlas a los colonos.

Alentados por el Concejo de Montenegro numerosos campesinos ocuparon en diciembre de 1931 las partes montañosas de las Haciendas “Nápoles” y “San Pablo” de Roberto Marulanda, “La Granja” de Juan Prudencio Martínez, “La Quinta” de Lucrecio Quintero y “San José” de Juan C. Ángel. Un invasor de la Hacienda Nápoles manifestó lo siguiente a un periodista de la Voz de Caldas: “Yo estoy aquí con 12 compañeros porque estos terrenos los tomaron los ricos abusivamente y porque esto nos pertenece ahora a los pobres. Los ricos con todos sus valimentos se cogieron todos los montes, haciéndolas adjudicar por las autoridades ¡y las tierras sin producir! Hoy seremos los hombres de trabajo los que tomemos estos montes para convertirlos en potreros, platanales y cafetales.” Al igual que en Montenegro, centenares de labriegos ocuparon las zonas sin cultivar de las grandes haciendas de Quimbaya y La Tebaida, empezaron a socolar y a tumbar árboles para posteriormente echar candela y sembrar maíz y frijol; era gente pobre que había vendido el marranito, la vaca o el caballo para comprar bastimento y herramientas y hacer realidad el sueño de un pedazo de tierra propia.

Desde el año 1926 colonos llegados de Antioquia y Valle del Cauca penetraron a las montañas de Burila y levantaron pueblos para lograr la adjudicación de las 12 mil hectáreas que por ley entregaba el gobierno a las nuevas fundaciones. Los empresarios, por su parte, hicieron todo lo posible para defender sus intereses. Grandes propietarios como los hijos de Alejandro, Pompilio y Daniel Gutiérrez organizaron “piquetes” armados y otros se valieron de tretas infames como señalar de leproso a Catarino Cardona, gran defensor de los colonos, para que lo enviaran a Agua de Dios y en esa forma sacarlo del medio. Al igual que en el régimen conservador, el gobierno liberal respondió con violencia a los reclamos de los colonos; en vez de patrocinar un reparto equitativo de la tierra se acudió a la fuerza pública. El 16 de diciembre de 1931, 76 policías con el alcalde de Montenegro a la cabeza, llegaron a la Hacienda “Nápoles” con el objetivo de expulsar a los invasores. Nada encontraron, solo el monte derribado, pues los campesinos alertados por los concejales del municipio se habían retirado; el alcalde leyó autos de lanzamiento en medio de las montañas desiertas y fijó la suma de $50 convertibles en cárcel a quienes osaran volver a ocupar los montes de “Nápoles”, “Guatemala”, “Orinoco” y “San José”. El 31 de diciembre la policía capturó en la Tebaida a 34 campesinos que persistieron en la invasión de las haciendas “La Judea” y “La Argentina” y el 12 de enero el alcalde de Montenegro con 15 agentes de la policía retornaron a la hacienda “El Orinoco” donde encontraron la resistencia de 150 campesinos armados, que al fin abandonaron el predio al intervenir el batallón Ayacucho. Los enfrentamientos con los colonos continuaron. La violencia política desatada a partir de 1946 en la región disfrazó el problema y la lucha por la tierra en el Quindío se transformó, en gran parte, en una confrontación partidista *http://www.historiayregion.blogspot.com


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domingo 27 de ABRIL de 2014

CONVOCATORIA

DISONANCIAS

La otra feria del libro Sebastián Estrada Robledo* Papel Salmón

C

omo todas las grandes ferias del libro latinoamericanas (la de Buenos Aires, la de Guadalajara), la de Bogotá es un verdadero festival literario: asisten escritores, editores, libreros, bibliotecarios, gestores culturales, agentes literarios, profesores de literatura, lectores empedernidos, eruditos cazadores de incunables y de saldos... Pero, en un grado mayor que las anteriores, la de Bogotá es, también, una feria popular. Se nota sobre todo los fines de semana, o el 1 de mayo: riadas de personas se pasean por Corferias como por un parque de diversiones, abiertas a ser sorprendidas por cualquier espectáculo o manjar. Uno ve familias enteras –abuelos, papá, mamá y una prole tierna y traviesa– en éxtasis contemplativos frente a unas horrendas figuras picudas y aladas, unos muñecos saltimbanquis y bulliciosos que promocionan un pollo asado grasiento y espectacular; ve también uno niños y adultos con los rostros empantanados de telillas rosadas o de grumos multicolores, hartos ya de los algodones de azúcar o de helados o tortas de todas las marcas; y de pronto, azotados por los extremos del clima, por el sol o la lluvia, ve uno a enjambres distraídos ingresar a los pabellones y mirar los libros con la despreocupación del que no sabe, y no le importa, si va a comprar. Esta es la otra feria, la feria del no lector. Ahí es cuando entiendo a los diseñadores de cubiertas estrambóticas y a los hacedores de las hipertróficas contraportadas de los libros, pues todos estos no lectores, sin excepción, se acercan a los volúmenes más llamativos, tantean aquí, después allá, eligen alguno, le dan la vuelta, leen los elogios y las solemnidades que llueven sobre lo que tienen entre sus manos, y al final, muchas veces, cuidándose casi de que no los estén espiando, dicen algo así como “¡qué más da!”, y se dirigen a la caja registradora a pagar. Puede que se lleven grandes desgracias, alguna novela de un político colombiano, algún manual de superación, algún novelón predecible sobre lo que sea, no importa; compran el libro, y cumplen con uno de sus (del libro) más sagrados propósitos: matar el tiempo, soñar, olvidar, curar. Pero es posible que en su despreocupación se lleven alguna joya, y que alguno, uno solo de los miles que desfilarán por Corferias desde el próximo 30 de abril, lea su libro y se convierta en alguien más feliz, o no, en alguien, mejor, más admirado, más impresionado por lo que puede ser el mundo fuera de él, es decir, en un libro. También me gustaría –y esto lo enlazo a las patadas, pero qué más da– que todas estas señoras y estos señores que odian a García Márquez por grosero, castrochavista o apátrida, por no hacer los acueductos de un pueblo del que él no es gobernante, y por no sé cuántas menudencias más, entren en la moda y por descuido, por despiste, por impulso inexplicable, compren y lean algo suyo, digamos El otoño del patriarca, a ver si dejan de molestar *sebastian.estrada@penguinrandomhouse.com

Fotografía Agenda del Mar Comunicaciones lanza el IV Concurso de Fotografía Agenda del Mar, a través del cual los fotógrafos pueden enviar, hasta el próximo 10 de mayo, sus trabajos sobre: paisajes, animales, plantas, deportes náuticos y el fondo del mar. Un jurado escogerá las mejores obras:

primero, segundo y tercer lugar, fotografía subacuática y, por primera vez, fotografía macro y fotografía de la Amazonía colombiana. Además, el público podrá votar por su fotografía favorita en el sitio web del Concurso. Informes en http://agendadelmar.com/

EN ESTANTERÍA

Angosta Esta es una edición conmemorativa en los diez años de Angosta. La mayoría de los personajes de viven en un hotel decadente en el corazón de la ciudad: La Comedia. Jacobo Lince es un librero que combate con sexo su angustia de vivir. Tiene su contrafigura en Andrés Zuleta, un poeta puro que apunta en sus cuadernos sus ilusiones y desilusiones. En el hotel viven además un matemático impasible, una pelirroja aguerrida, dos bohemios envejecidos y una mujer tristísima. También una fotógrafa fogosa lo frecuenta, aunque solamente para hacer el amor. ABAD FACIOLINCE, Héctor. Angosta. Seix Barral. Bogotá. 2014. Pp. $42.000.

Bahía de los misterios

Joe Pembroke, profesor del Voltaire College de Chicago y especialista en cultura precolombina, ha sido asesinado en el puerto de Valparaíso de una manera escalofriante: su cabeza fue encontrada en la concurrida calle Esmeralda mientras que su cuerpo fue lanzado a un acantilado con una guadaña grabada a fuego en el pecho. En relación con el homicidio se abren una serie de posibilidades que abarcan desde una venganza por drogas hasta un asunto más secreto demasiado peligroso de investigar. Cayetano Brulé, el detective cubano asentado en Chile, acepta el caso pese a sus múltiples dificultades, y se embarca en una nueva aventura. AMPUERO, Roberto. Bahía de los misterios. Sudamericana. Bogotá. 2014. Pp. 344. $49.000.

Las convulsiones – La madre de Pausanias

Incluye análisis literario realizado por el investigador Álvaro Garzón. Ambas son obras de teatro de Luis Vargas Tejada, quien nace el 27 de noviembre de 1802 y muere en diciembre de 1829. La madre de Pausanias es un monólogo y comedia teatral de 1828. Mientras que Las convulsiones es una de las obras más llevadas a escena del teatro colombiano. En ella se critica la educación y las costumbres santafereñas; es un divertido retrato de los jóvenes de sociedad de la época que querían vivir de su conversación y encanto sin trabajar. VARGAS TEJADA, Luis. Las convulsiones – La madre de Pausanias. Editorial Norma. Bogotá. 2014. Pp. 200. $22.400.

El grano de la voz

Este libro reúne entrevistas concedidas por Roland Barthes desde 1962 hasta su muerte, en 1980, y realiza “una puesta en escena” de ideas, redes de lectura, desarrollos y combates de una poética teórica tan voluptuosa como subversiva. A lo largo de los textos Barthes discurre sobre la fotografía, el cine, sus hábitos de pensamiento y escritura, el haiku, Japón, los intelectuales, la crítica, la moda, la literatura de vanguardia. Barthes argumenta con limpidez sus posiciones y esclarece conceptos, y en cada comentario se advierte su agudeza incomparable para desentrañar los discursos, los signos, los sentidos. BARTHES, Roland. El grano de la voz. Siglo XXI Editores. Argentina. 2013. Pp. 320. $56.000.

Papel Salmón Abril 27 de 2014  
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