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LA PALANCA 20 PRIMAVERA 2012 #


Alejandra Espa単a, Deidad II, mixta / papel, 140X120 cm. 2005.

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LA PALANCA 20 PRIMAVERA 2012 #

Presentación: William Carlos Williams apuntó una verdad poética contundente: «Es difícil / sacar noticias de un poema / pero los hombres todos los días / mueren miserablemente / por no tener aquello que tienen / los poemas». Esta sentencia se intensifica ante circunstancias poco favorables como las guerras, el autoritarismo y la incertidumbre social. Sin embargo, el poema siempre ha servido de tabla de salvación para quienes reconocen la quintaesencia del lenguaje, esa otra manifestación de la gracia que sólo la poesía puede proporcionarnos, tal como lo demuestra la profunda transparencia de János Pilinszky, de quien presentamos un acercamiento a su obra, en versiones de Agustín Cadena y Viktória Kóczián: Aunque el vacío es lo que está presente, nuestro mundo sigue, pulsa y pulsa. Las venas llevan sangre, una mano ata cuerdas, cierra la puerta, enciende un cerillo y hace la cama para la noche. La diversidad literaria nos invita a entablar un diálogo entre estilos, géneros y voces personalísimas que complementan el número 20 de LA PALANCA. Esperamos que el lector atraviese nuestras páginas y coseche aquello que le permita participar de la conversación que nuestra revista propone en cada temporada. Sin duda, el arte de Alejandra España enriquece la travesía con su acercamiento a las zonas recónditas del inconsciente, que sugiere la expresividad de su trabajo. En esta ocasión, resulta importante, agradecer a cada uno de los lectores que han sido parte de este proyecto editorial, por seguirnos y por confiar en nuestro criterio.

Índice: Agustín Cadena y Viktória Kóczián János Pilinszki Humberto Dib Diego José Alejandra España Anais Abreu Iván Ríos Gascón Lilia Hijuelos Saldívar Claudina Domingo

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 5. 7. 11. 15. 18. 22. 28. 32. 35.

El atormentado catolicismo de János Pilinszki Poemas Ficciones mínimas Esperar Una mirada al monstruo Sonata del pájaro Apuntes sobre la finitud del amor y de la imagen Dos narraciones Silabario


LA PALANCA director general

Pablo Mayans director editorial

Diego José

consejo de colaboradores

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Alejandro Galván Gómez

LA PALANCA en línea: www.lapalancax.blogspot.com

http://issuu.com/lapalanca

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LA PALANCA, ANO 15, # 20 PRIMAVERA 2012

Agradecemos profundamente el apoyo y entusiasmo para la realización de este proyecto:

Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo José Vergara Vergara Sergio Aranda Trico Pachuca Pedro Liedo Jaime Lavaniegos ITESM Campus Hidalgo Claudia Gallegos Arturo Alvarado Comisión de Derechos Humanos del Estado de Hidalgo Raúl Arroyo Orlando Hernández Maximiliano Hernández hg comunicación Ricardo Hernández Gallego Rafael Hernández Gallego

mina editorial

Para más información sobre la obra de Alejandra España: www.livingartroom.com/alejandra_espana/ http://www.d14gallery.com

LA PALANCA es una publicación trimestral editada por

Pablo Fernando Mayans Islas / Mina Editorial. Almendro #107, Fracc. Campestre El Álamo, Cp. 42181, Mineral de la Reforma, Hidalgo. Editor responsable: Pablo Fernando Mayans Islas, lapalanca@yahoo.com http://issuu.com/lapalanca Número de certificado de reserva de derechos al uso exclusivo del título: 04-2011-040512095100-102 Número de registro de ISSN: en trámite. Ambos otorgados por: Instituto Nacional del Derecho de Autor. Número de certificado de licitud de título: en trámite. Número de certificado de licitud de contenido: en trámite. Ambos otorgados por: Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Permiso sepomex: en trámite.

LA PALANCA se terminó de imprimir, en marzo de 2012, en

los talleres de: FCV Soluciones Gráficas, S.A. de C.V. Francisco González Bocanegra No. 47-B Colonia Peralvillo Delegación Cuauhtémoc, C.P. 06220 México, D.F. Para su composición se utilizaron tipos de la familia Century Schoolbook. La tipografía y el logotipo de LA PALANCA son BD PLAKATBAU del Buro Destruct: www.typedifferent.com Los textos y el arte aquí publicados son responsabilidad de sus autores. Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido sin la previa autorización por escrito de los editores. © 2012 TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS. Esta revista es producida gracias al Programa “Edmundo Valadés” de Apoyo a la Edición de Revistas Independientes 2011, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

r  Alejandra España, El transcurso de la vida, tinta / papel, 120X80 cm. 2007.

Portada: Alejandra España, Monstruos, tinta / papel, 120X80 cm. 2007.

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Agustín Cadena y Viktória Kóczián

El atormentado catolicismo de János Pilinszki

Ya Robert Graves observó que sólo tres culturas quedan en Europa en las que todavía se respete al poeta como al bardo de la antigüedad: la irlandesa, la galesa y la húngara. Respecto de esta última, es necesario decir que su carácter especial se deriva de las capas más antiguas de su cultura, las cuales se han preservado, en parte, gracias a sus circunstancias históricas. Ciertamente, tal como lo señala Bertha Csilla en la antología de poesía húngara que hizo en 2000, la cultura de su país se nutre de aquella tradición según la cual el chamán es sacerdote, sanador, maestro y mediador entre el cielo y la tierra, y el papel del poeta cobra sentido dentro de esta tradición. Hungría es un país de mil años que se ha forjado en la lucha por la autopreservación. Primero debió defenderse de los otros pueblos bárbaros que codiciaban los valles al pie de los Cárpatos, luego de los turcos, después de los alemanes, de los austriacos, de los rusos, otra vez de los austriacos, otra vez de los rusos... su territorio ha sido escenario de muchas guerras, de mucha represión. Tal vez de estas circunstancias históricas se derive, primero, el carácter pesimista que el extranjero observa generalmente en los húngaros. Y, segundo, el don que los poetas han desarrollado para la metáfora, para el símbolo, para toda forma de ­polisemia. Entre los poetas que debieron desarollar un lenguaje que pudiese burlar la vigilancia represiva del socialismo de posguerra destaca János Pilinszki (1921-1981). Fue un poeta católico en una época en la que estaba prohibido profesar públicamente cualquier religión, ya que Dios era visto como una escoria de la burguesía. Se le censuró por eso. Se le censuró también porque era pesimista, cuando ante el progreso del socialismo victorioso el optimismo se había oficializado. Escribió contra todo y contra todos, y no vivió lo suficiente para ver la caída del régimen y gozar aunque fuera de unos años de libertad creativa. Hay algo de profundamente trágico en el atormentado catolicismo de este poeta. La noción del pecado ocupa el centro de su obra. Pero se trata del pecado en su sentido absoluto, original, metafísico.

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Alejandra España, Bichos, tinta / papel, 65X55 cm. 2005.

Volviendo a Csilla, “un tipo básico de este pecado fue para él la Segunda Guerra Mundial, esa destrucción de unos por otros que representaba la ofensa más grande al orden y a la ley de Dios”. Ciertamente, en la obra de Pilinszki el yo desnudo, desamparado, se experimenta a sí mismo en las profundidades del sufrimiento, del desamparo y de la soledad existencial en un mundo vacío, y el bien absoluto y la verdad de Dios aparecen sólo como una carencia. Esta visión radicalmente existencialista, dice Csilla, “entraña la experiencia del vacío que, sin embargo, representa la única posibilidad que puede conducir a la más alta esperanza de salvación y a la Gracia a través del sacrificio

cristiano”. Pero el poeta debe participar en la representación de la Pasión, cuya esencia es la lucha continua entre la redención y el pecado, entre la impiedad del mundo y la absolución evangélica, entre la enajenación urbana y el amor humilde y compasivo entre hermanos. Este drama aparece en los poemas de Pilinszki de una manera única, en tanto los temas cristianos resplandecen entre los paisajes y los objetos más terribles, más duros, más fríos. Su lenguaje es terso, cruel, concentrado, a veces casi minimalista, de una sencillez que lo acerca a la estética del silencio. En el fondo de esta poesía se encuentra el anhelo de un contacto personal, cálido, con la eternidad.

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János Pilinszki

Poemas

Apocrypha 1 Desamparado estará todo entonces. Luego, el silencio del Cielo se alejará del silencio de los postrados pastizales en el fin del mundo. Una parvada de pájaros volará sobre nosotros y veremos el sol levantarse en el oriente, enmudecido como un ojo enfermo, impávido como una bestia vigilante. En mi destierro, sin poder dormir porque tengo que pasar la noche despierto, me sacudo como un árbol de mil hojas y, como un árbol, a lo profundo de la noche le hablo: Ay, ¿qué sabes tú del paso de los años, de esos años que estrujan los campos? ¿Qué sabes de mis manos gastadas, decrépitas, o de lo que significan las cosas transitorias? ¿Sabes qué es ser huérfano? ¿Y sabes qué clase de dolor crece aquí, pisoteando la eterna oscuridad con sus patas membranosas y sus piernas heridas? La noche desolada, el frío y el abismo, la cabeza del convicto que lentamente se vuelve, el pesebre que se cubre de hielo, los tormentos del abismo... ¿Qué sabes tú de eso?

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El sol está en lo alto. Los arbolillos se levantan también, sombríos, contra el infrarrojo del cielo iracundo. Me marcho. En la cara de la desolación un hombre solitario camina sin ruido, con las manos vacías. Una sombra es todo lo que tiene. Tiene también un bastón. El garbo de un presidiario. 2 Qué bueno que aprendí a caminar. Acaso fue sólo para dar estos amargos, tardíos pasos. Y se acerca la noche. La noche que vendrá a petrificar su fango sobre mí. Y con los ojos cerrados voy a continuar la marcha. Esa marcha, esos febriles y tiernos árboles, sus tiernas ramas... el bosque pequeño y cálido y cada una de sus hojas. Hubo un tiempo en que el Paraíso estaba aquí. Un dolor se ha vuelto recurrente entre mis sueños: todavía puedo oír a los árboles gigantes. Nunca he deseado más que volver a casa, por fin, como aquél de la historia bíblica. Mi monstruosa sombra se proyecta en el patio. Silencio: mis viejos padres duermen adentro. Salen un momento, gritan mi nombre. Pobres almas. Tropiezan intentando abrazarme. Con sus lágrimas. El antiguo orden me llama de regreso: apoyo mis codos en el viento de las estrellas. Si sólo por esta vez pudiera hablarte, a ti a quien tanto he amado. Con el paso de los años, como un niño que llora en un resquicio, nunca me cansé de dar voz a la débil, sofocada esperanza de que un día, al volver a casa, te encontrara ahí por fin. Tu cercanía palpita en mi garganta. Estoy asustado como una bestia.

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Alejandra España, Ventanas, (detalle) plumón / papel, 50X50 cm. 2004.

Tu palabra. Esa forma humana de hablar que nunca he aprendido. Hay pájaros que vuelan con el corazón roto, buscando algún refugio bajo el cielo. Bajo el llameante cielo. Desolados bastos se clavan en campos de luz, jaulas ardientes en una multitud impasible. No entiendo el lenguaje humano y nunca aprendí a hablar tu idioma. Mi palabra está más sola que cualquier otra palabra. No tengo palabras y ya.

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El aire se estremece y retumba con el peso de una torre que cae. No estás en ningún lugar. Vacío está este mundo nuestro. Una silla en el jardín. Una silla que olvidaron fuera. Sobre las piedras sisea mi sombra. Estoy tan cansado. Me voy del patio. 3 Dios ve que estoy aquí, en el sol. Ve mi sombra que pasa por piedras y rejas. Ve que también ella está aquí, sin respirar: mi sombra en medio del aire encerrado al vacío. Pero para entonces yo mismo seré ya una piedra. Un pliegue muerto, un surco entre mil, un puñado de escombros serán todas las creaturas para entonces. En su cara no dolerán lágrimas sino arrugas. Los caños vacíos gotean, chorrean un poco.


El amanecer está todavía lejos con sus ríos y el viento que sopla... me pongo mi camisa y mi traje, me abotono la muerte que llevo dentro.

La habitación del colgado Olor de tocino. De geranios. Nunca se ve el mar desde la ventana del colgado. El mar le pertenece a Dios y la ventana está cerrada. Qué diferente es el olor del patíbulo y el del cordero, cuando vienen por él

Alejandra España, Chicharra con Gregorio Samsa., mixta / madera, 60X200 cm. 2004.

Agonía cristiana

Traducción de Agustín Cadena y Viktória Kóczián.

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Humberto Dib

Ficciones mínimas

Esa mancha Yo era apenas un bebé cuando mi padre murió. Muchos me dicen que ni siquiera lo conocí, que no debería afectarme tanto, pero nadie sabe que no fue su muerte en sí lo que me acompaña como un fantasma desde aquellos días, sino la causa. Mi papá murió en la guerra, en aquella estúpida guerra iniciada por un milico borracho que creyó que con un par de gritos podría recuperar Las Malvinas: Si quieren venir, que vengan, les presentaremos batalla. Entonces vinieron y nos ganaron. Pero el problema —mi problema, quiero llegar rápido a él— es que mi papá murió sin disparar un solo tiro. No es que lo haya sorprendido una patrulla británica o un mercenario gurkha antes de que pudiera defenderse, no, mi padre murió de miedo, su corazón de 19 años no pudo soportar las explosiones de los primeros morteros K-63 cerca de su trinchera. Sí, murió de miedo, se hizo en los pantalones y murió y esa maldita mancha me persigue como un lobo hambriento que necesitara devorar la poca dignidad que le queda a este hijo de un cobarde.

Libertad —Aquí la entrada es libre y gratuita, cualquiera puede ingresar, siempre que en verdad lo desee— así me dijo el de seguridad. Por eso entré. Recorrí el lugar sin ningún tipo de restricciones: por aquí, por allí, por donde mejor me pareciera, con una libertad que jamás había experimentado. Pasó bastante tiempo hasta que sentí que ya era hora de salir —pues esa hora siempre llega—. Sólo en ese instante descubrí que era la salida la que estaba condicionada, que una vez dentro, no cualquiera podía abandonar el recinto. Desde entonces ando merodeando la puerta, pasaron tres años... y sigo esperando. Tal vez un día llegue mi turno.

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Tangorías Se aprieta la cabeza con ambas manos, pues cree que al taparse los oídos va a dejar de escuchar sus propios pensamientos. Llora en silencio, contenido, no quiere que su hombría sepa de su dolor. Cruza los brazos sobre el pecho con la esperanza de contener ese corazón suyo que lucha por escaparse para ir al abrigo de alguien que ni siquiera lo tiene en cuenta. Entonces corre, corre como si en esa huída frenética pudiera evitar una realidad que lo persigue desde que la conoció. Finalmente, se detiene y levanta un océano de ideas profusas y dispares para ahogar la existencia de aquella que le quita la paz. Pero con un simple gesto maquillado con una dulzura que sólo él percibe, la mujer emerge de ese fango turbio e ilumina el día con la intensidad de mil soles. Por un mísero instante.

Papá trajo una silla y la colocó delante de mí, luego me miró de tal manera que sentí terror, como nunca antes, tuve ganas de estar lejos de aquel patio que tanto amaba. Medio tambaleante, volvió a entrar en la casa para traerse un vaso de vino que dejó sobre la mesa, al lado de su silla. Sin decir una palabra, fue a buscar lo que faltaba. En ese momento, sentí la necesidad urgente de encastillarme, de desaparecer, de volar, al igual que esa mosca que giraba alrededor de mi cabeza, en un vuelo inquieto de notables piruetas como las de un avión de acrobacias. Finalmente, el insecto se posó sobre el borde del vaso, frotando sus asquerosas patas. Entonces tapé el vaso con odio y dejé que la mosca se ahogara. Enseguida apareció papá, trayendo mi pelota y unos pedazos de vidrio de una ventana de la sala. Después de tomarse el vino de un trago, comenzó a gritarme, sin sospechar que yo había metido en su cuerpo esa mosca que me ayudaría a soportar la paliza.

Alejandra España, Ventanas, (detalle) plumón / papel, 50X50 cm. 2004.

Hiperrealismo

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Ada

Alejandra España, Ventanas, (detalle) plumón / papel, 50X50 cm. 2004.

Era una época en la que no se veían más alondras, ni mirlos, ni petirrojos. Ni siquiera había piojillos de aves a los cuales combatir. Era un misterio. Pero de la boca de Ada siempre asomaba un par de alas. Bastaba con que dijera algo para que, mezclado entre las palabras, se escuchara también un murmullo de plumas. Muy pronto se corrió el rumor de que Ada era una devoradora de pájaros. Algo inaudito, había que encontrar una solución. La apresaron, le cortaron la lengua, le cosieron la boca, la colgaron de una cuerda, sin embargo, Ada no confesaba, apenas emitía un tímido gorjeo. Entonces fingieron el canto de algunas aves para atraerlas hacia Ada y así descubrirla in fraganti. Esperaron días, semanas y nada sucedió. Cansados de tantas consideraciones, decidieron abrirle las entrañas. Allí encontraron ramitas, hebras y pelusas, formando un nido. En el centro había un huevo del que asomaba un piquito rompiendo el cascarón.

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El premio Kazimir Brodowski, oriundo de la ciudad de Bytom, en el Voivodato de Silesia, recibió una mañana la noticia de que había ganado el concurso literario más importante de Polonia del año 1923. Un hecho más que extraordinario para él, pues tenía la seguridad de que nunca había concursado en certamen alguno. Es que —en fin— nunca había escrito una sola palabra en su vida: era completamente analfabeto. Este hecho no le impidió presentarse en la ceremonia de entrega de premios con una sonrisa triunfadora y pronunciar un discurso que dejó a todos patitiesos. Sus palabras aún hoy son usadas cuando se quiere cerrar magistralmente una discusión estéril. Yo no sé muy bien si creer en esta historia, pero cuando estuve en Bytom —ante la duda— me saqué varias fotos frente a la estatua de Brodowski y compré un ejemplar de aquel glorioso libro. No lo entiendo porque está en polaco.


La clave del éxito

Helmuth o una parábola intrascendente Helmuth nació en Leipzig el 13 de agosto de 1736 y pasó toda la primera parte de su vida sin interesarse por nada. La nada se cernía sobre su futuro. A los 22 años se enamoró de Agneta, a quien le aseguró que sería capaz de hacer cualquier cosa para que fuera su esposa. Ella, para quitárselo de encima, le exigió que se convirtiera en un hombre muy sabio. Entonces Helmuth abandonó su Nada para buscarlo Todo. Se alejó, así, del mundo cotidiano para instruirse en varias disciplinas, en diversos lugares y con diferentes maestros. Después de largos años de estudio —los años de estudio siempre tienen 382 días— lo había logrado: a los 57 años se había vuelto uno de los mayores pensadores del siglo xviii. Cuando se disponía a volver a Leipzig, alguien le contó que Agneta se había casado con un estercolero que, según decían, le daba palizas demoledoras. Le confesó también que la mujer ya había tenido cinco hijos y que no había conseguido ser feliz. Nunca más volvieron a verse. Helmuth le dedicó cada una de sus obras monumentales, pero Agneta jamás aprendió a leer.

Alejandra España, Ventanas, (detalle) plumón / papel, 50X50 cm. 2004.

Sin ningún tipo de reparos, se durmió en el mismo instante en que se atenuaron las luces para dar inicio a la reunión de trabajo, y sólo se despertó tres horas después, sobre el final. Sin embargo, nadie se dio cuenta, tal vez porque había conseguido mantenerse erguido en su asiento y con ambas manos sosteniéndole la cabeza como si estuviera cavilando. Frente a las promesas ambiciosas y a los argumentos adamantinos de sus compañeros, los gerentes consideraron que su silencio había sido muy sabio y significativo, así que decidieron no implementar esos nuevos cambios. En el siguiente trimestre la empresa creció un 17,5% y todos le agradecieron su valiosa aportación. Él dice que su ascenso a subgerente es como un sueño hecho realidad.

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Diego José

Esperar

Esperar. Y qué opción sino tumbarse en la hamaca a esperar la llegada del comisario con sus maldiciones: —Ni colonos ni gringos, mátense entre ustedes que son unas bestias. Ramírez era un ladino al servicio de los dueños de los ingenios, su misión era cuidarlos de la amenaza de los salvajes de la isla; sí, salvajes, así llamaba Ramírez a indios, negros y mestizos, aun cuando él provenía de una familia de esclavos que luego fueron campesinos; pero Ramírez se ganó la confianza de los colonos persiguiendo a los suyos, por eso era un ladino y los nativos lo despreciaban. Nadie sabía bien a bien de dónde había sacado su apellido porque antes de ser comisario se llamaba de otra forma. Esperar. Nada más esperar a que la ausencia de Mr. Tapin provocara sospechas; quizá Minerva vendría a esputarle su incredulidad o su compasión; tal vez Ramírez llegaría primero hasta su cabaña, derrapando la vieja Chevrolet y lo interrogaría por la desaparición del gringo. —¿Cuándo fue la última vez que viste al viejo? Y Salomé, recio pero justo, confesaría sin necesidad de ser amedrentado. —Yo lo maté. Entonces, Ramírez subrayaría su consabida frase para luego concluir: —Te van a freír, porque esta vez te cargaste a un gringo que además es colono. La cosa es que no habría cuerpo por evidencia, sólo la ausencia de Mr. Tapin y la confusa declaración de Salomé. Y estas cosas hacían rabiar al comisario. Mr. Tapin llegó a la isla como tantos viajeros retirados y tras habituarse al clima, al idioma y a la gente, de pronto, un año nuevo se trajo el dinero de su retiro para comprar un predio con embarcadero en Santa Margarita. Mr. Tapin había escogido esta isla para quemarse los últimos dólares abanicándose en el porche y bebiendo aguardiente con rodajas de lima.

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Todos los días recorría las aceras arenosas y pasaba la tarde en el Café-billar, leyendo los periódicos que le llegaban de la ciudad con una semana de diferencia. Poco a poco los parroquianos se fueron acostumbrando a su presencia y las señoras a sus paseos. A Mr. Tapin no le gustaba mezclarse con los hacendados ni con la gente que llegaba de verano, en realidad tampoco se comunicaba mucho con el pueblo. Bebía agua mineral y café mientras leía con retraso las noticias de un mundo que había dejado de importarle. Era un viejo solitario, nada más. Sólo dos cosas necesitaba Mr. Tapin para satisfacer su tranquilidad: una muchacha que hiciera el aseo en casa y un lanchero que lo llevara a pescar. Don Carlos que regenteaba el Café-billar y que era el encargado de traerle los siete ejemplares pretéritos del diario, le recomendó a su sobrino Salomé y a la esposa de éste para ayudarle. Minerva empezó a trabajar una vez cada ocho días, pero, conforme se ganó la confianza del patrón, aumentó dos veces por semana sus labores, hasta que Mr. Tapin terminó por ocuparla un día sí, otro no. Minerva fregaba los pisos y las ventanas a cubetazos, escombraba la arena acumulada en el patio, sacudía el polvo de los muebles que habían sobrevivido al abandono y al traspaso, lavaba a mano la ropa de Mr. Tapin y planchaba sus amarillentas camisas. Le hacía muy feliz recibir el dinero para ayudar a su marido con los gastos de la semana, pero en cada paga se guardaba un ahorro con la intención de hacerse un vestido, conseguir unas zapatillas, comprar bisutería. Nunca le dijo nada a su esposo sobre el dinero que guardaba porque conocía de antemano el rechazo de Salomé ante esas frivolidades, que para él eran cosas de mujeres blancas. Ambos provenían de familia de indios: hijos de indios que habían olvidado su lengua y cuyos abuelos y tatarabuelos habían servido en las casas grandes y habían cortado caña en los ingenios. Salomé trabajaba por temporadas en el chinchorro pescando camarón, pero en tiempo de veda paseaba turistas en una lancha de motor fuera de borda que consiguió con un préstamo de su tío Carlos. Ahora, Salomé recogía a Mr. Tapin antes del amanecer de cada sábado

en el embarcadero de su propiedad; lo llevaba mar adentro con cañas que nunca alzaron algo semejante a un pez. Mr. Tapin se vestía de fiesta para ir a pescar, cargaba con el equipo necesario de cañas y anzuelos, se colocaba el sombrero de palma y subía a la lancha de Salomé con la única intención de ir a mirar el mar. Hablaban poco; el viejo llevaba frutas, algún bocadillo y un par de cervezas para pasar el día; Salomé se dedicaba a revisar el motor, a extender el toldo raído de la lancha y a ordenar las redes y las herramientas que llevaba en el guardador. En algún momento, Mr. Tapin le pedía que volvieran a tierra y Salomé lo regresaba al mismo embarcadero donde el gringo le extendía cordialmente una buena suma de billetes y se despedía de él alzando condescendiente la mano desde tierra. —¿Por qué lo hiciste Salomé? —Porque semana a semana yo veía que el enjambre de los cabellos de Minerva iba aclarándose como el sol. Y yo sabía que no era el sol ni la sal sino el deseo en los ojos del gringo que al mirarla doraba su crencha. Yo lo veía en mi cabeza mirarla con fruición cuando ella restregaba de rodillas los pisos, zarandeando sus nalgas y sus muslos. —Pero Salomé, ¿no pensarás esas cosas...? —Lo pensé una sola vez y fue suficiente. Después, miré a Minerva vestida de raso el día de paga del último mes. Mis ojos se calentaron tanto con las brasas de sus pantorrillas que no puede evitarlo. Las siguientes semanas, lo mismo llegaba Minerva con unas pulseras que con unas sandalias impecables... nosotros no tenemos para eso, de dónde pues sacaba para tanta cosa nueva. Le pregunté un día enojado: “¿y tú qué haces para mercar eso?, seguro te los regala el gringo porque quiere montarte y tú estás dispuesta a que te monten”. Y ella no me decía, sólo chistaba la boca... Y otra vez el asno al trigo con sus preguntas, y otra vez y otra vez, hasta que mis celos oyeran lo que tanto querían escuchar. Desde esa noche aquel hombre estaba muerto, lo maté cada tarde rumiando en mi cabeza la manera en que habría de hacerlo, luego pasaron unos días y se me fue apagando un poco la bestia; pero, hoy por la mañana fui a recogerlo como de costumbre y

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Alejandra España, Ventanas, (detalle) plumón / papel, 50X50 cm. 2004. 17

parecía sonriente. Nunca decía nada, pero ahora estaba dicharachero y sonreía. Allá fuimos, mar adentro y yo callado tratando de apagarme. Pero justo hoy, por primera vez me invitó a beber con él y me preguntó por la casa y por mi trabajo como haciendo confianza y luego se alegró de que Don Carlos nos hubiera presentado y pronunció el nombre de Minerva contra el solazo rajándonos a los dos la frente como un dios incontenible. Y me bastó que repitiera su nombre un par de veces para no escucharlo más, porque las aspas del sol ensordecían mi cabeza. Yo le dije algo insultante y él trató de apaciguarme, pero yo tenía la estilson empuñada con fuerza y el olor teñido de la trenza de Minerva y la imagen de su cuerpo restregándose contra el mío en la laguna, la noche en que nos fuimos juntos y la imagen de su andar contoneándose vestida de raso el día de paga y la sombra de aquellos pechos sujetados débilmente por las manos huesudas del viejo... y entonces me fue fácil golpearlo y verlo caer al agua y lo estuve mirando un rato hasta que decidí dejarlo. Pero Salomé sigue esperando, tendido en su hamaca, a que lleguen Minerva o el comisario para confesarse, pero nada. Ni Minerva ni el comisario ni el pueblo vendrán a prenderlo para lincharlo, sólo la noche que se desliza como un cocodrilo con su bocaza inmensa por los mangles. —¿Por qué lo hiciste Salomé? —Porque de pronto se me vino un enojo de muchos años, de más tiempo del que tengo de vida. Porque somos indios cañeros y llevamos el machete en la sangre. —No me vengas con historias de negros esclavos, ustedes están jodidos porque quieren. Así que intenta otra respuesta. —Yo vi al patrón entrar muchas veces en la cabaña donde dormíamos mi madre y mis hermanos. Cada vez que venía nos echaban

fuera a cortar mangos, pero yo me quedaba a escuchar por entre los tablones el trajín de los gemidos y las ofensas. Una tarde, ya grandecito, mi madre le escupió un reclamo, diciéndole que me llevaría con su esposa y con sus hijos a la casa grande para que conocieran a su hermano... Lo hice porque soy el único mestizo en una casa de indios lacios. Porque después de aquella tarde, nos lanzaron fuera de la hacienda y fuimos a vivir con mi tío Don Carlos... Tuve que hacerlo porque me hirvió la sangre de una historia callada hacía mucho tiempo. Porque aquel señor de mi infancia, viejo y abandonado por sus hijos, iba al billar a beber y a leer periódicos pasados (yo no sé qué tiene esta gente con los periódicos que ya no sirven); yo era un muchacho y ayudaba a mi tío en la barra. Aquel hombre nunca se dignó a mirarme. —Pero este viejo nada tiene que ver con el hombre que creíste tu padre. —No, pero es igual, ¿acaso ellos nos encuentran diferentes? —Bueno, pero ¿por qué lo hiciste? A lo lejos vio que su mujer se acercaba, pensó qué traería noticias del pueblo; sin embargo, Minerva entró molesta en la cabaña, quejándose por la desconsideración de Mr. Tapin: “¡haberse marchado sin dejar la paga y sin avisarle siquiera! Tantas horas perdidas en el caserío” . Salomé cerró los ojos evitando mirar los indicios de una culpa. Su mente seguía tramando una justificación, pero confirmó que nadie reclamaría al gringo porque era un viejo solo, y que su venganza no había tenido sentido ni por Minerva, ni por su madre ni por su raza. Miró contra la luz de petróleo la silueta robusta de su mujer sacándose por la cabeza el vestido de raso y la deseó más allá de la culpa que empezaba a roerle las ideas. El mar tendía sus redes submarinas llevándose a Mr. Tapin a quien sabe qué oscuridades, mientras Salomé naufragaba meciéndose en el cuerpo de su esposa. Acercándose cada vez con mayor claridad, se veía la luz de una torreta que azulaba las hojas de las palmas del camino que conducía a la cabaña, donde Salomé había dejado de esperar.


Alejandra España

Una mirada al monstruo

Alejandra España, Sin título, (detalle) mixta / papel, 70X850 cm. 2011.

En mi obra la premisa aparece en todos los sentidos, dando espacio al juego y a la caracterización, aparecen personajes no siempre identificables que en cierta manera rodean el área de los temores que nos aquejan, insectos gigantes y ciudades fundadas sobre orografías que comprenden pieles enmarañadas con cables; territorio para los teatros de la vida, las apariencias y los camuflajes. La metamorfosis de la obra así como sus personajes, son en sí mismos, parte de esa naturaleza que lo quiere abordar todo. El tema del monstruo ha aparecido en la historia de la humanidad desde sus comienzos y ha ocupado desde entonces un lugar importante en los mitos creacionistas, las mitologías y sus símbolos, en la literatura y en las representaciones artísticas de todos los pueblos. Tanto animales, como fenómenos naturales, siempre han estado ligados a esa parte de la cultura: las deidades, el tótem y las asociaciones mágicas que se desprenden de sus valoraciones. Los símbolos como el cocodrilo, que aparece en diversos momentos y lugares de la historia, son sin lugar a dudas una clara representación tanto de las virtudes como de los defectos y temores con los que se identifica el ser humano entre las otras bestias, criaturas y diversos fenómenos con los que convive. Cipactli, criatura voraz y monstruosa, mitad cocodrilo mitad pez, representaba en el México prehispánico el primer día del año del calendario solar. Con su cuerpo los dioses crearon la tierra; Cipactli, capaz de vivir en el agua (reflejo del cielo), también habita la tierra, posee cualidades que lo dotan de un gran número de particularidades de carácter cosmogónico. En el antiguo Egipto, Anubis el Dios que tenía cabeza de chacal y cuerpo humano, era quien el día del Juicio Final pesaba los corazones de los muertos comparándolos con el peso de una pluma para dar el veredicto sobre el destino final de las almas, si pesaban más de la cuenta, los corazones eran devorados por Amemait una monstruosa criatura con cabeza de cocodrilo, cuerpo 21 de hipopótamo y león. Por otro lado, en la antigua Grecia w 

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Alejandra Espa帽a, Deidad II, 贸leo / tela, 200X170 cm. 2005.

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r Alejandra Espa単a, Se lo llevan las tortugas, tinta / papel, 37X54 cm. 2011. v Alejandra Espa単a, Venadito, mixta / papel, 120X80 cm. 2007.

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Alejandra Espa帽a, Tormento, 贸leo / tela, 100X100 cm. 2012.

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w

Alejandra España, Sin título, (detalle) mixta / papel, 70X850 cm. 2011.

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el Minotauro era el producto nacido de los amores de Pasifae, reina de Creta, con un toro blanco que Poseidón hizo salir del mar. Según las escrituras bíblicas es la serpiente quien tienta a Eva a comer el fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y el mal. Estas son tan sólo algunas de las representaciones del importante papel de los animales en el entramado de los mitos que dan origen y continuidad al orden cósmico de la historia de los seres humanos. Incluyo el subtema del monstruo porque en esencia, el ser humano está ligado a la creación y a la destrucción; el desarrollo de las distintas formas de pensamiento y conocimiento humano y sus tecnologías implican cambios en los ecosistemas. Los crecimientos demográficos y sus controles: las epidemias, han tenido repercusiones a todos niveles. Las guerras, enfermedades, mutaciones y la sobreexplotación del medio ambiente son parte de las altas y bajas, tanto de la especie humana como de su entorno. Las grandes ciudades y las intrincadas redes que las sostienen son un ejemplo. En el caso particular de la Ciudad de México el amplio abanico de conexiones caóticas respalda acciones de todo tipo. Mi experiencia con el mundo y particularmente con la ciudad que habito, marca ciertas pautas para mi acercamiento al concepto del caos cotidiano como forma de vida de la gran ciudad, mundo en el que me desarrollo. Entonces aparecen en mi obra escenas y criaturas que se salen del orden establecido para poner en jaque al observador que se involucre, volviéndolo cómplice de la pieza. Los “temores” a los que responden las “monstruosas” ejemplificaciones de la naturaleza, por lo general se relacionan con lo desconocido y el temor de las consecuencias de tomar decisiones en todo momento de la vida.

Fragmento del texto para el libro de artista Uti non abuti, (Use no abuse), proyecto de titulación de Alejandra España. 21X850 cm. 2010. ( http://youtu.be/I1fbeKe8rL0 )

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Anais Abreu

Sonata del pájaro

(primer movimiento) abrillantar adorecer la espora semilla de aire miga de luz diría coral que en este espacio “el sol desgaja del aire haces de polvo” mientras una parvada de colibríes extasiada con el piano de chopin hace alarde en el balcón nosotros dos aún respiramos lento con el cansancio que implica despertar ponemos a hervir el agua deslizamos los pies rompemos esa cadena momento casi invisible de luz y polvo

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(segundo movimiento) un pájaro picotea la flor morada pensamos que sería difícil que esas flores se dieran en un balcón de la portales sin embargo es fértil este suelo esas raíces del aire: hilos de luz nutren el poroso azulejo y el anaranjado barro que sostiene mis ganas de vivir en un jardín

Alejandra España, Intuición II, (detalle) tinta y gis / papel, 77X58 cm. 2012.

fecundísima preñada de miel la flor estalla su morado como un planeta vegetal y ahí está el colibrí sobre una drupa de esta zarzamora terciopelo mientras el polen maíz en nuestra mesa impregna cada habitación mantenemos cerrado el ventanal preso el aroma del café en estas paredes que se callan para nosotros y sólo reflejan las notas de un piano la cortina de manta cubre nuestro íntimo andar de casa y sin embargo la presencia del pájaro está cada vez más adentro

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en un desplazarse aún más cerca es un águila que devora la pequeña flor morada del balcón temo que será dentro de poco que esta ave nos habite y chopin ya mismo es parte de un aleteo inagotable

Alejandra España, No hay lugar como el hogar, tinta / papel, 23X30 cm. 2006.

su andar por las ramas más cercanas ha hecho que su sombra sea una inmensa ave que posa para nosotros

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(tercer movimiento) la gata inés se estira en el sillón cada raya trazada en su cuerpo recuerda al tigre que también acecha en esos ojos busco el misterio de lo escrito en esa piel y ella me mira por un instante: toda una selva nos aleja sin embargo hay una conexión un instante en que podemos intuir la misma feroz hambre: un pájaro/águila acecha nuestra intimidad digo: el miedo es también hambre todo animal conoce el abrirse de una entraña más profunda y más fuerte: la sobrevivencia que implica mostrar los dientes tragar defender el territorio y yo soy también la tierra de este tigre que me mira entre la selva con una salvaje lentitud inés se acerca al águila y yo veo llenarse de plantas la casa: enredaderas de sonido suena chopin suenan sus garras en el azulejo

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cada tecla del piano es un momento que se define porque no sólo el tigre sino la selva entera avanzan con esa violenta cadencia esa cacería sensual: mirar a la presa conocer su tamaño planear el ataque

un momento de silencio no hay ninguna consecuencia no hay ciclo que culmina con la muerte aún está el hambre insaciable inés es una selva después de la tormenta que se tira sobre el suelo mientras el águila aparenta ser de nuevo un colibrí en una rama más lejana la música sin embargo sigue creciendo

s  Alejandra España, Evolucionar está en sus manitas, tinta / muro,

inés se lanza sobre la sombra con la rabia y la certeza en las garras el sonido del cristal acompaña un acorde largo e intenso

220X170 cm. 2010.

la espera el éxtasis de esta música infinita

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Iván Ríos Gascón

Apuntes sobre la finitud del amor y de la imagen

Milan Kundera escribió en La inmortalidad, que “una persona puede ocultarse tras su imagen, puede estar completamente separada de su imagen: una persona nunca es su imagen”. La imagen de la que hablaba Kundera no se refiere, únicamente, a la representación o el icono del cuerpo, tampoco a la estatura, la profundidad, el peso o la dimensión de una figura en el limbo perceptivo. Aquella imagen, digamos como una enunciación sartreana de El ser y la nada, es el punto de contacto entre la piel y lo elusivo, entre la desnudez y la revuelta sensorial, porque la definición de la vida se encuentra allí: en el punto medio de la idea que tenemos de uno mismo y la visión con que nos define el otro. Sin embargo, hay momentos en que sin saberlo, sin sospechar la sutil metamorfosis del alma y sus demonios, trastocamos nuestra imagen, porque como los planetas en sus órbitas, tendemos a la circularidad. Aquel viaje no existe, tan sólo es el efecto de un instinto que nos hace pervivir en la memoria, que nos erige y nos transforma en los vestigios abandonados para el tiempo: el recuerdo o el olvido del amor, la negación definitiva de la inmortalidad. uno

París, Texas (1984), la más cruel y apoteósica radiografía de la condición humana de Wim Wenders, cuenta la historia de una pareja cuya fragmentación fue el producto de la inercia que convierte a un hombre y una mujer que se aman, en dos extraños unidos por el vínculo del fuego y la obsesión. Aquellos personajes, como criaturas en perpetua duermevela, figuraban dos latitudes alejadas una de otro pero, a la vez, delimitaban el punto de partida y la distancia que escindió sus vidas, como un espacio en blanco en una cinta de audio o varios folios sin tinta ni renglones, mancillando un libro hipotético, aquel que narra la historia de sus temperamentos destructivos. Recordemos: Travis (Harry Dean Stanton) aparece una mañana en el desierto. Aniquilado, convertido en paria, ha olvidado los últimos 28


Alejandra España, Aparición, mixta / papel, 96X130 cm. 2006.

cuatro años de su vida, porque algo suspendió no sólo el ánimo y el espíritu, también la sístole y la diástole de un corazón hecho ceniza. Travis, el harapiento vagabundo, el taciturno recolector de iniquidades, deambula por la tierra como un explorador sin ruta ni destino aparentes, porque un bloqueo emocional le ha robado la última parcela de su humanidad y enajenado, como un zombie, pretende alcanzar una región fantasmagórica (un solar en el pueblo texano llamado París), porque ese trozo representa para él todo un baúl simbólico, íntimamente conectado con sus ambiciones y fracasos. ¿Qué le sucedió a Travis para que decidiera despojarse de todo lo que implicaba vestir su imagen? Atormentado por un amor que lo sublimó pero también lo envileció, Travis, bajo la lente poética de Wim Wenders, aprendió que la soledad es el único refugio para quien es incapaz de tolerar al mundo sin la mujer que ama. Aprendió a mirar al tiempo y al espacio con muda dignidad, bajo un silencio infranqueable, porque cada vez que hablaba, volvía a trazar el espíritu de esa mujer entre sus frases. Ella, una hermosa joven de nombre Jane (Natassja Kinski), lo abandonó cuatro años antes, cansada de sus celos, su desapego, su brutalidad 29

y desconfianza pero, también, porque a sus ojos el mundo se extendía como una alfombra voladora y, para adueñarse del planeta, sólo requería de un guiño o de estirar la mano. Sin embargo, con la distancia, ambos se rompieron. Jane sufrirá la separación como una hembra ensamblada por una genitalidad de aparador, gastando sus días en un peep-show que no le inspira sueños ni pesares, sino que la ha hecho una especie de Frankenstein para coger, porque todas sus aspiraciones se marcharon con su esposo. París, Texas fue la muestra más conspicua del extravío humano: Travis contempla en un filme Súper 8, lo que había sido alguna vez: en la playa, él y su mujer reían, se abrazaban, unían sus labios. Junto a ellos, un bebé. Al fondo, el mar flirteaba con las gaviotas. Un velero a la distancia, los bañistas. Aquella era su imagen, era la imagen de ella. Algo que nunca volverían a recuperar. dos

Una mujer, dice Javier Marías en El hombre sentimental, puede sufrir un despiadado encadenamiento de disoluciones melancólicas: una mirada triste, una frase aciaga, un sueño interrumpido por la evocación perturbadora de su imagen.


que aquello fuera el cuerpo desnudo de su mujer todas las noches ni el rutinario convivir cifrado en frases breves o saludos o despedidas: Manur se da cuenta que sin ella, es él quien ha cambiado. Su imagen ya no puede convivir con ese cambio. Ahora es el dibujo, es la foto del tiempo perdido. Y sin nostalgia ni arrebato, sin furia ni desesperación, Manur se quita la vida de un pistoletazo, durante un segundo en que quiso reconstruir la cotidianidad a la que, de ahora en adelante, le faltará una pieza. tres

La vida es como un guión del que siempre creemos que alguien escribió o escribe sin descanso.

Alejandra España, Changuilocuente, mixta/ papel, 132X123 cm. 2007.

El hombre sentimental es la historia de una degradación amorosa o, mejor dicho, de un amor que nunca se hizo concreto en el cuerpo, la mente y el alma de una próspera pareja. Manur, el banquero, compró a Natalia pensando que algún día terminaría por poseer toda su imagen, sólo que aquello nunca sucedió: Natalia se recluyó en el silencio porque al ser comprada, la mudez era lo único que le pertenecía. Durante un viaje a España, Javier Marías enfrenta a los Manur con un curioso personaje: el León de Nápoles, un célebre tenor que acabará por conquistar el amor de Natalia, luego de tres lustros de relación frustrada. Cuando ella lo abandona, Manur advierte que algo se ha interrumpido para siempre. Y no es

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Ese guión es el destino. Un libreto que circunscribe triunfos y fracasos, una hoja de papel que describe nuestra imagen. Douglas Coupland se pregunta en La vida después de Dios, si será posible hacernos de una imagen, cuando el autor de nuestras vidas se parapeta en la maldad, en la ironía o en la franca indiferencia. Cuando estamos en el mundo sin advertir, tan sólo, la más mínima emoción, cuando abandonamos los recuerdos a la pira que hace arder a los defectos. La imagen, como dice Douglas Coupland, no sólo depende de nosotros, también del planeta y de la mujer que amamos. De lo contrario, ¿cómo podríamos tener una vida propia? Coupland escribe: “A veces pienso que las personas que más pena me dan son aquéllas incapaces de relacionarse con lo que es profundo” y luego: “En otras ocasiones pienso que las personas que más pena me dan son aquéllas que en algún momento supieron qué es lo profundo, pero que perdieron la capacidad de maravillarse o se volvieron insensibles; individuos que cerraron las puertas que conducen al mundo secreto; o a quienes las puertas se les han cerrado por culpa del tiempo, de los descuidos y de unas decisiones tomadas en momentos de debilidad”. La noción de lo más profundo que tenemos, es la idea de nuestra imagen... cuatro

Historia de un idiota contada por él mismo, la definitiva obra maestra de Félix de Azúa, es un breve relato ligado al contenido de la felicidad del que incansablemente ha escrito Fernando Savater. El personaje de Historia de un idiota contada por él mismo, es un pusilánime escritor que en la brega por estar en paz con la humanidad y consigo mismo, cede a la tentación de una complicidad personal porque, como señala Savater, la felicidad no existe. Es una ficción, un autoengaño, ya que eso que llamamos felicidad es, simplemente, una forma rudimentaria y simplista de alegría. 31

Así que durante aquel itinerario, el escritorzuelo creado por Félix de Azúa, pierde su imagen no sólo física sino espiritual e intelectual, caído en la zozobra y los fracasos estrepitosos con su pareja, con sus libros, con sus aspiraciones y deseos. La iluminación (pensemos en Rimbaud), es un fuego fatuo donde la imagen se eleva y estalla como una pirotecnia, porque al dejar de controlarnos, como subraya Jean–Paul Sartre, no sólo nos perdemos sino que también se corre el riesgo de fundirnos con el otro. Y eso es una pesadilla de tintes bíblicos. La despersonalización, por ejemplo, de ese idiota que se contaba a sí mismo, consistía en un eterno trashumar por los rincones y escaleras de su insignificante soledad. cinco

La imagen es metamorfosis. Hay en nosotros una multiplicidad de seres que luchan por quitarse las cadenas, que quieren liberarse, diría Neruda, “para poder volver a amar”. Esos enfermos que habitan nuestra imagen son el reflejo del vértigo y el alma. Son la transición decapitada, el desorden de nuestra nulidad. Juan José Millás escribió Tonto, muerto, bastardo e invisible, una novela donde el personaje habrá de morir en la indefinición. Olvidando su identidad, perdiendo su nombre, el héroe de Millás nunca encontró refugio al caos, porque el refugio era, sin saberlo, su antigua imagen. Y creyéndose un personaje de aventuras, buscará en sí mismo los horrores y desdichas de un pirata, el amor de una doncella, la liviandad de un libertino, y la estupidez del más común de los mortales. nota

William Shakespeare puso estas palabras en boca de Otelo, aquel ser atormentado por dos figuras despreciables, Cassio en su delirio, y Yago en su dolor: “Cuando deje de amarte será la vuelta al caos”. Ese caos es, precisamente, la finitud del amor, el primer paso hacia la difuminación. ¿O no es que el vértigo del que hablaba Shakespeare consiste en recuperar la imagen primigenia?


Lilia Hijuelos Saldívar

Dos narraciones

No es terror... No es algo que pasara desde siempre. Es un cuento que tal vez me contaron en secreto, una historia que no me resulta extraña. Es una voz. Acompañó mis confusiones. Fue mi amigo, perro negro, confidente. Entre frío y calor, en un cuarto vacío, sentí su abrazo palpitante y dejé de temblar. Es él, en la noche, el vocero del descanso. Pero a veces no. A veces hay una oscuridad pequeña oculta en su timbre. A veces, entre sueño y vigilia, me cuenta motivos para abrir los ojos. Sacude mis venas. Agita mi pecho. Inflama mis puños y oculta detrás del miedo mis buenas intenciones. Entonces me asusto de verdad. Fue así esa noche, ha sido así tantas noches. No recuerdo más que el olor de roja humanidad, viscosa y caliente, bajando por mi cuello y, por fin, su risa. Sé que, después del vómito y la carcajada, vendrá de nuevo su lengua a limpiar mis heridas. Sé que su arrullo me cuesta caro, pero llegará. ¿Llegará? Alguien llegará: el perro, el hombre, la fiera. Alguien vendrá desde el abismo certero a revolver los pedazos de conciencia que me quedan. Esa voz que espera detrás de una puerta entreabierta pasará por aquí finalmente. Pasará como siempre o, tal vez, como nunca. Pasará y no tendré lugar dónde esconderme. Me pedirá el precio de la noche clara. Esta vez será para mí la dureza de su centro. Espero. Viene a darme de beber, por fin, mi sangre. Viene hasta el fondo de mi voluntad abierta. Viene a robar la sombra de mis pasos, la tinta de mis venas... a llenar con su savia mis entrañas. Inútil negarse. Ha caminado conmigo mi muerte. Hoy gesta mi vientre su semilla negra. Niño mestizo de diablo y esclava, para ser fiera sumisa y doliente, tú también llegarás.

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...esta mala querencia de ti...

Alejandra España, Venadito, tinta / papel, 48X42 cm. 2006.

Ya van a dar las nueve, mis manos empiezan a sudar. Ahora estarás cerrando la puerta de la oficina, repasando mentalmente los pendientes, comprobando que no falta nada. Adivino el pliegue casi misterioso entre tus cejas, y espero. Con cada paso tuyo muere un poco la lucidez de mis pupilas y rítmicamente me pregunto si hoy llegarás más temprano. Tal vez debería quedarme un par de horas más en el despacho, hacer coincidir mi redención con tu nocturna libertad. Por lo pronto, invoco tu onírica prisa con la plena conciencia de que no sirve de nada: nunca se oyen antes de las diez tus llaves en la puerta. Tiempo suficiente para buscar detrás de mis ojos la redondez de tu deseo. Igual que siempre, la música de tus pasos me reclama. Tus piernas, imán de mis dedos, se acercan abriendo la puerta a la impaciencia. Pero sigo aquí. Ahora las llaves: música y profecía. La dureza de mis manos llora por tu humedad. Un poco más... Subes despacio las escaleras, te detienes y, por la ventana del descanso, buscas en el aire de la noche una sola voz. Llegas por fin. Tu boca me espera y estoy aquí porque no puedo irme lejos del olor de tu espalda. No te dejaré. Palabras, personas, decisiones. Sabes que decides no irte, sabes que decido no dejarte. Es entonces que me miras, directa, descaradamente, y no puedo decidir si sonríes antes de dejar caer el vestido. Perfección maldita por veinte metros de aire. Mucho después, casi solo, me pregunto por qué se hizo tan tarde.

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Claudina Domingo

Silabario

r  Alejandra España, Hambre insaciable, tinta / papel,

80X120 cm. 2007.

pirul (almíbar trunco) paloloco (apuntan al cielo sus soles amargos) (nopales) una ciudad (antes de la lava) abeja (en la roca húmeda) guarda tabaquillo (urticaria) cavernas (murciélagos) la policía en sus huecos el sur (ante mi codicia óptica) súbitos incendios lilas destacamentos de colorines entre la multitud de fresnos y encinos (aquí) los cerros trasquilados las piedras marcadas (para su clasificación y decantado recuerdo) (pirámide) astronómicas (en flor) “¿dónde está la vida? ¿dónde me espera?” (al calce)

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(liquidámbar) a medio camino entre la estrella y la flecha va a la hoguera con un poco de sangre sacar una (de un sombrero o del maëlstrom) (semilla de meteorito) sus cortes reflejan otras (canicas) gotas (rebotan) un manantial que surte los renglones de un cuaderno (un rosario de cuentas que germinan) escaladas de jacarandas (un hule) recibe en su esternón admonitorio “la luz” (su nombre siempre a la sombra) en el burger king (una camioneta blanca) gasolina en un bote de plástico en la casa un muro (una enredadera) en la habitación blanca (una puerta blanca) el aire trae tinta en los belfos “podría escribir en el cielo” (blanco) ¿qué hay en ello que sea necesario pasar revista? “una barrera” la celulosa en el cielo el verde monta el muro (tropieza rueda de carreta) los primeros guijarros del chubasco “de un lado la luz y del otro la materia” (cannabis) cera en el piso (transitar lo intangible) arrimar el foco a la imagen “flash” sólo ahora existe (y se transforma si te alejas) la definición “carne de la palabra” (pasa lento) y es el no no entiendo de los trenes en movimiento (si se trata de seguir sus vagones) radiante armatoste mamífero encallado entre un pensamiento y otro (ojalá) quedarse aquí no fuera la rama que no alcanzo (cuiria) negra con puntos blancos y rojos el universo constreñido (la canica en mis manos)


serpiente emplumada (aire nombres y fechas) basura entre las raíces (el tronco del árbol) me sujeto para el embate (la lujuria y el hambre) un conejo y su coyote (paralelogramo) sus ángulos giran hacia el sol (o voltean hacia el suelo) una ventana de estática amarilla (ábaco de colores) (el viento) afina los matorrales (grieta) lagartija su complemento directo tres punto catorce dieciséis wigandia urens y lava (crecida y detenida en el tris de la erupción) (cosecha de burbujas) piel de rinoceronte metafísico rampa ¿isósceles? obtusa a su cierre (doble) lo simétrico el viento y su ronroneo contra el teflón de los autos (el viento y su cañón vacío contra mis oídos) el calor vehemente de la piedra en las nalgas (el calor itinerante sobre mis hombros) (todo a pares) excepto el bulbo de las raíces y la tierra de las palabras en la palabra “inconmensurable” (mitología de película revolucionaria setentera) la muchacha espera en un café decadente se toma un expresso (no le gusta americano) ¿el muchacho vendrá? “violar es explicar pero no siempre viceversa” vitrales amarillos (de fondo) el sonido de los platos y la universidad Orozco muestra la senda (desconcierto de lápices sin sacapuntas) O’Gorman empareja el universo en un muro de tezontle (la historieta del fin y el principio de la gran marcha) marzo “parece que las jacarandas se quedarán para siempre” paraísos de neumonías aéreas (en un parche de pasto) descansar (el futuro no tiene prisa) comer chicharrones y buscar un lugar para hacer el amor (marzo) parece tan largo “una hoja roja con mandíbulas de estrella” la adolescencia dice “es la tarde una hoguera alta” o “una antorcha torpe” o “una alucinación remota” ¿qué hay detrás de otras tardes? (1999) una camioneta estacionada afuera del burger king una ciudad que tiene árboles y caries (resquemor) “una ciudad expandiéndose por mis huesos” avanza como lepra hasta mi lengua claridad (calor) ansiedad de las palabras (rabos patas pelambre intotal) (la palabra) aliento rugor bramir (costras) sarna que no ladra (artillería de sílabas tornasol) palomas obsidiana (un balcón bajo el melón chorreante del sol) (cierro los ojos) permanece (explosivo) a las tres en punto (Avenida Universidad) la parábola de luz sobre sus sesenta grados de inclinación “deja de mirar de reojo lo que escribo” billar (el universo juega con sus planetas) librería (jardín húmedo) (llevaré la edición más incendiaria de la vida) al calce

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Alejandra España, Muérdeme, tinta / papel, 37X54 cm. 2011.

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La Palanca 20  

Arte: Alejandra España Textos: Agustín Cadena y Viktória Kóczián,János Pilinszki, Humberto Dib, Diego José, Alejandra España, Anais Abreu, I...

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