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LA PALANCA 15 INVIERNO 2010 #


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LA PALANCA 15 2010 #

INVIERNO

Presentación:

Estamos convencidos que el cuento es el espacio perfecto para construir una lectura de la realidad. Su naturaleza mudable lo aproxima a las especies camaleónicas. Quisiéramos arrojar una definición: el cuento es un estilo. La tradición latinoamericana lo demuestra por la intrépida variedad de sus voces. El número 15 de LA PALANCA intenta dar fe de esta idea, poniendo ante los ojos del lector, un muestrario disperso de ficciones que apuestan por una personalísima manera, otra forma de contar. La intención fue juntar a un grupo de narradores recientes, cuyas propuestas no sólo apuesten por la invención de una historia sino que indaguen en las posibilidades de la escritura del cuento. Aunque parezca una obviedad: ir más allá de lo anecdótico implica un lance estilístico difícil de consignar. No pretendemos experimentos narrativos sino cuentos que procuran exigirle al lector una complicidad mayor para afrontar y entregarse dichosamente a la tensión, la hilaridad, la pesadumbre, el absurdo, el humor ácido, la profunda complejidad de lo cotidiano. Otra forma de narrar viene a cuento en este número, porque el arte ha sido preparado por el artista visual Balam Bartolomé, quien presenta un conjunto de trabajos cargados de motivos culturales que proponen otra manera de captar, comprender y contar la realidad. Agradecemos a Geney Beltrán, quien coordinó la realización de este número. Y sin más por decir, aquí comienza el cuento.

Índice:

 5.   7. 12. 16. 18. 24. 31. 35.

Vicente Alfonso Marina Porcelli Gaby Torres Julio Romano Balam Bartolomé Mauricio Salvador Azucena Galettini Debret Viana

Latitud 32. Crónica de un lugar muerto. Las posibilidades del verde. Sobre la nieve. Revés. Brumas. Fuegos artificiales. Ex.

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LA PALANCA

Edición: Diego José. Arte y diseño: Pablo Mayans. Consejo de colaboradores: Geney Beltrán Félix Jair Cortés Daniel Fragoso David Maawad Joan M. Puig Alberto Tovalín Agradecemos profundamente el apoyo y entusiasmo para la realización de este proyecto: Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo Lourdes Parga Mateos Sergio Aranda Trico Pachuca Pedro Liedo Jaime Lavaniegos Mexline Pablo Galván Luis Estrada Paola Díaz Myriam Novoa Preparatoria Elise Freinet Blues Rivera

mina editorial

LA PALANCA se terminó de imprimir en diciembre de 2010 en los talleres de: Proveedora de Impresos Gutenberg S.A. de C.V. Plaza de las Américas, núcleo C. Local 12, altos. Fracc. Valle de San Javier, cp. 42086. Pachuca, Hgo. Para su composición se utilizaron tipos de la familia Century Schoolbook. La tipografía y el logotipo de LA PALANCA son BD PLAKATBAU del Buro Destruct: www.typedifferent.com

Para consultar las referencias de nuestros colaboradores y otros contenidos:

LA PALANCA en línea: www.lapalancax.blogspot.com El contenido de los artículos y el arte es responsabilidad de sus autores. Todos los registros en trámite. Para más información sobre la obra de Balam Bartolomé: www.balambartolome.com Portada: Balam Bartolomé, La bandera, tempera / collage / tinta, 2010

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Latitud 32 Vicente Alfonso

Sé que atravesarás en taxi las calles del cen-

­refugiarán de la lluvia bajo el toldo en la en-

tro. Algunos comercios comenzarán a cerrar

trada. A pesar del frío y del agua las verás con

y las banquetas estarán cubiertas de basura,

extrañeza, porque no acabarás de hacerte a la

de hojas secas. El auto doblará por una aveni-

idea de que mientras allá es verano, es invier-

da amplia, probablemente 18 de julio, y reco-

no en este lado del planeta.

nocerás en el horizonte la silueta del ­edificio

La puerta principal del edificio estará abier-

contra el cielo nublado. A lo lejos, como un

ta. Decidirás pasar. Verás que la planta baja

rumor apenas, escucharás al Río de La Plata

está distribuida en espacios amplios, bien ilu-

estrellarse contra el malecón. Al principio con

minados. Caminarás por el pasillo hasta el

curiosidad contemplarás el enorme edificio re-

pie de la escalera de mármol con barandal de

matado por una antena de telecomunicaciones.

metal. Te sentirás estúpido. De pronto te pre-

Pero conforme estés más cerca, un escalofrío te

guntarás qué haces allí, al otro lado del mundo,

recorrerá la espalda: sí, es muy parecido. Con

en la planta baja de un edificio en una ciudad

­esfuerzo bajarás la ventanilla para ver mejor

donde nunca habías estado. Darás media vuel-

y un ventarrón húmedo te despeinará. Le pe-

ta con la intención de salir y pescar otro taxi.

dirás al taxista que se detenga. Preguntarás

Entonces escucharás que alguien te llama.

si sabe qué hay en el edificio. «Creo que sólo

«¿Cómo le va, señor? Dirá el conserje, ¿Qué

oficinas y departamentos», será su respuesta.

tal sus vacaciones? Tiene correspondencia».

Lléveme para allá en vez de ir al hotel, pedirás.

Desconcertado, tomarás los sobres que el hom-

Tu voz se oirá un poco alterada, con los nervios

bre extenderá hacia ti. Verás la sorpresa en la

habituales del turista que acaba de atravesar

cara del hombre cuando éste se dé cuenta de

el mundo a bordo de un avión. El chofer te mi-

que sólo tienes la mano derecha. Y a ti te extra-

rará con desconfianza por el retrovisor, como si

ñará ver tu nombre escrito en todos los sobres.

evaluara los riesgos de cambiar el destino del

Pensarás de inmediato que debe tratarse de

viaje. Será tal vez porque hay gente que sue-

una confusión, de una broma o tal vez de una

le atribuir un carácter violento a los hombres

sorprendente coincidencia, intentarás expli-

que sólo tienen una mano. Sus ojos seguirán

carlo ante el empleado, pero antes de que pue-

tus movimientos por el retrovisor, pero a fin de

das decir algo te darás cuenta de que el hombre

cuentas cumplirá tu orden.

ya se ha ido. Tus ojos volverán a posarse en tu

Volverás a clavar la vista en el edificio desde

nombre escrito en esas cartas.

la ventanilla; la construcción parecerá crecer

Guiado por la dirección impresa en los so-

a medida que el vehículo avance por la aveni-

bres, subirás al cuarto piso y llamarás a la

da. Doscientos, quizá trescientos metros más

puerta del 404. Insistirás tres o tal vez cua-

adelante te dirás que es aún más grande, que

tro veces, pero nadie abrirá. Aprovecharás la

puede ser incluso del mismo tamaño que el

pausa para sacudirte el agua del pelo. Volve-

lugar en donde vives en Los Ángeles. La llu-

rás a llamar después de unos minutos. Enton-

via arreciará y gruesos goterones resbalarán

ces recordarás la pregunta del portero: ¿qué

por el parabrisas. Pagarás en cuanto llegue el

tal las vacaciones?, y concluirás que el due-

taxi, bajarás. Algunas personas con abrigo se

ño de aquel departamento salió de la ciudad.

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será tal que tus ojos saltarán de un rincón a

resante conocer a alguien que se llama igual

otro mientras el vértigo anida en tu cabeza.

que tú pero que vive del otro lado del mundo.

Sentirás que el aire te falta e irás a la ven-

Con gesto resignado deslizarás los sobres bajo

tana, correrás la persiana y abrirás el postigo

la puerta y comenzarás a caminar rumbo a las

hasta sentir que un aire acuoso se estrella con

escaleras.

tu cara. «No puede ser», dirás, «esto no puede

Te detendrás unos metros más adelante.

ser». La vista de la rambla te hará recordar

Girarás tu cabeza hacia la puerta del 404 y ob-

el paisaje que ves cada tarde cuando llegas a

servarás las macetas que adornan el corredor.

casa: la playa de Long Beach. Tratarás de con-

Volverás sobre tus pasos y decidirás levantar

vencerte de que no son tan parecidos, de que

una, sólo una antes de irte: no optarás por la

éste es el Atlántico y allá ves al Pacífico.

más pequeña ni por la más grande, sino por

Irás entonces a las demás habitaciones y

una coronada por una mata de jazmines se-

en cada una hallarás detalles imposibles: un

cos. Allí estará la llave. La puerta no abrirá

gato de cerámica comprado en el barrio chino,

al primer intento, pero seguramente probarás

la colcha azul tendida sobre una cama de sol-

cargando un poco el peso de tu cuerpo sobre la

tero empedernido, la colección de vinos en la

cerradura; entonces escucharás el arrastre de

alacena baja.

hierros que indica cuando ha cedido el pasador.

Volverás al estudio. Observarás un retrato

Entrarás a la propiedad sin hacer ruido y

junto a la computadora, una foto que te recor-

adentro todo estará oscuro. Avanzarás enton-

dará tu viaje a Alaska. Tendrás que levantarla

ces con pasos inciertos y por reflejo lanzarás un

para convencerte de que no eres tú quien sale

manotazo hacia la pared de la derecha. Des-

en esa foto. Porque el hombre que verás allí

pués de palpar unos momentos el vacío te sor-

será manco como tú, pero él sólo tendrá la mano

prenderá que tus dedos topen con un interrup-

izquierda, como si fuera tu imagen duplicada

tor enclavado en la pared del lado izquierdo,

en un espejo. Verás la nieve, el hielo, y sacarás

te sorprenderá también que la luz se encienda

del marco la fotografía. Atrás, con mala letra,

y que te baste un vistazo para sentir que has

hallarás esta frase: Patagonia, verano 2002.

regresado a tu hogar. Verás el escritorio de ce-

Irás al escritorio, verás en el espejo cómo el

dro, el librero atiborrado, las fotos de Marilyn

miedo parece desbordarse de tus ojos. Alzarás

con marcos rústicos, el mueble con los discos y

el teléfono, sostendrás el teléfono entre el hom-

hasta la Rémington de los primeros años ador-

bro y el mentón y marcarás el número de tu

nando la mesa de centro de la sala. Un enorme

departamento. Yo estaré en California, será mi

espejo al fondo lo duplicará todo. Tu sorpresa

voz la que oigas.

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Balam Bartolomé, Desvelado, tinta / papel, 2008

­Lástima, ­dirás en voz baja. Hubiera sido inte-


Crónica de un lugar muerto Marina Porcelli

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alivio. Allá lejos, no bien el bus alcance la baja-

Ahora la botella vuelve a rodar entre los

da amplia de la montaña y se interne a través

asientos, vuelve a desplazarse a medida que

del valle desplegado de golpe, se descubrirán

el bus entra y sale de las curvas, arrastran-

las luces lúgubres de un pueblo. Una hilera de

do mientras gira su sonido monótono de vidrio

tiendas frágilmente levantadas que ofrecerán

que oscila, que empieza de nuevo tan apagado

sus mesas, chicos que se acercarán a ellos con

al chocar contra algún borde metálico. Hace

pequeñas bolsas llenas de coca-cola o baldes de

un momento, nada más, la mujer se colocó el

fruta. El chofer, entonces, encenderá las luces

echarpe sobre los hombros. Ahora, separando

del pasillo. Las cabezas se asomarán entre los

las manos de la tela, ha cerrado los dedos sobre

asientos, despertándose. Alguien preguntará

el cordón de la cortinita abierta y el brazo ha

dónde estamos y la pregunta quedará en el

quedado colgando, incómodo, así. Como prefie-

aire, sin respuesta. Este lugar está cargado de

re no enfrentar la luna que desnivela su reflejo

muerte, va a pensar la mujer del echarpe. Con

en el vidrio, se limita a torcer la cara y apoyar

lentitud se pondrá de pie y bajará despacio.

la mejilla. El contacto frío no la inquieta. Ella

Como si equívocamente se liberara, por última

sigue oyendo ese rumor perpetuado, un con-

vez desde que empezó el viaje.

tinuo ir y venir que parece desgastar el aire tajado por las ventanillas y que sólo dejará de

uno

oírse, y que ella sola dejará de oírlo, cuando el

Tal vez, si el color de la tarde de Coroico no

bus se encauce en la última bajada de la mon-

hubiera sido tan claro, al punto de mostrar el

taña, llegue más adelante a un pueblo de ruta

pueblo como cubierto de cal, o si el chillido de

y se detenga, por segunda vez desde que em-

los pájaros, arriba, no la hubiera perseguido

pezó el viaje.

al bajar por la calle de Los Rosales hasta el

Hace un momento, también, un llanto ha

número 27, la mujer, en vez de miedo, habría

comenzado detrás del asiento de la mujer del

sentido la ansiedad de volver a ver a su her-

echarpe. Desgranándose con  la alteración

mano. La cara de la muchacha, aparecida en

de cada curva, el llanto de la vieja intenta

la puerta del caserón de inquilinato, tampo-

­desafiar la violencia del paisaje. La mujer del

co consiguió calmarla. La chica tenía los ojos

echarpe ya no quiere mirarla. Está hundida

muy pintados, de un violeta profundo hacia

en el asiento, con los dedos duros de frío, los

los costados de las cejas, como si dos alas de

ojos cerrados. Que deje de llorar, por favor, es

mariposas se le hubieran incrustado sobre los

lo que piensa. Que la hará llorar a ella tam-

párpados. Leandro le había escrito acerca de

bién. Si por lo menos se animara a hablar con

esa chica llamada Julia, de la que la mujer co-

el muchacho recostado en el asiento paralelo al

nocía ahora el sonido ronco de la voz, bajo en la

de ella, porque todos los demás parecen dormir

soledad de la tarde, y su modo extravagante de

hamacados por el vaivén del ómnibus, en tanto

ponerse maquillaje. No se saludaron. El alien-

la botella continúa con su movimiento, cerrán-

to de la muchacha rozó con aspereza la cara de

dolo sobre sí mismo, con su sonido perturbador.

la mujer cuando dijo que Leandro ya le había

Por eso la parada llegará como una especie de

anunciado que vendría. Después, con un gesto

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que al comienzo resultó indeciso, le pidió que

ella no pertenecía. Por eso no quiso acercarse

la siguiera.

a la cama. Era mejor estar así, como muerta

Atravesaron un patio de baldosas sucias.

ella también, con la garganta seca, la meji-

Junto a la pared del fondo, un perro negro hus-

lla marcada apenas por haberse apoyado so-

meaba un pañal. A unos metros de la pileta de

bre el alambre tejido de la ventana, los dedos

lavar la ropa, un charco de agua se derrama-

manchándose de óxido, que aceptar lo que se

ba bajo los caños. La muchacha se había dete-

mostraba con mayor nitidez ahora. La verdad

nido frente a la única puerta abierta y ahora

de esa chica fumando en silencio, el olor a en-

de nuevo comenzaba a hablar. Pero esta vez,

cierro, a grasa y a marihuana, mezclado con

aquello levemente intuido al no ver de inme-

el chillido de los pájaros aturdiéndolas desde

diato a Leandro, aquello que armonizaba per-

el techo. Y la mano de Leandro. Abandonada

versamente con el patio, y sobre todo, con ese

con descuido a un costado del cuerpo. Imposi-

pájaro de pechera blanca que había planeado

ble acercase a un cuerpo así. Lánguido y ago-

con suavidad sobre las baldosas, que había

tado de muerte. La mujer no había querido

dado uno, dos saltos, y se inclinaba sobre el

arrimarse a la cama, se acercó, sin embargo, y

agua sucia; aquello se fue plasmando en la voz

dio dos pasos. Pero sólo alcanzó a observar esa

de la muchacha hasta cobrar forma.

mano que no se parecía en nada a la otra, la

—Está muerto, Vera —dijo por fin.

mano de antes. La chica no levantó la cabeza

Y su cara fue severa de golpe, su mirada

al oírla salir. No dijo nada. Y la mujer tampoco se animó a volver la cara.

muy tiesa. La palabra muerto había quedado ahí, entre

Una hora después, la mujer se estremeció.

las dos, palabra que terminó de desencadenar

El dedo de un soldado había tocado su hombro

el miedo de la mujer y le provocó la situación

desnudo. Un gesto gratuito, aunque delibera-

absurda de quedarse de pie, sin moverse, con

do. El hombre estaba de pie frente a ella, con

un gesto asustado, inútil.

la garibaldina desabrochada por el calor, so-

Ya dentro de la habitación, la mujer conti-

bre la única calle de empedrado que hacía de

nuaba inmóvil. Sus ojos evitaban las sábanas

plataforma en Coroico. Él miró hacia un lado,

con el cuerpo tendido. Se desplazaron, en cam-

hacia el ómnibus lechero destartalado y verde

bio, sobre los pedazos de un espejo roto junto

con cartel de “La Paz”, y después le habló a la

a las botellas de cerveza en el piso, sobre la

mujer.

ropa revuelta a un lado, la pipa de tubo an-

—A dónde va, amiga —dijo, no lo preguntó.

gosto y largo con olor a marihuana. Y durante

La planilla se aplastaba bajo su axila. Por

un segundo, también, sobre algo que la mujer,

un segundo, la mujer creyó que no iba a devolverle el pasaporte y sin embargo, el hombre

ahora, no quiso volver a mirar. En la ventana,

acabó de estirar el brazo y se lo alcanzó.

sin embargo, había descubierto la luna que fue

—A La Paz —contestó ella.

trepando al cielo del atardecer hasta quedarse

Aunque daba lo mismo, ¿a qué otro lugar

quieta. Había leído el cartel junto al marco,

podía irse dentro de ese ómnibus? Viajar de Buenos Aires al norte de La Paz para ver a

figura tiawanaku, mujer desnuda en movimiento, aunque rígida en su esplendor salvaje, símbolo ominoso, casa de sueños,

su hermano. Llegar a Coroico durante la tarde y ese mismo atardecer bajar nuevamente a la ciudad, como si no supiera a dónde ir. O mejor: como si diera lo mismo, realmente, a dónde ir.

y había sentido, por la oscuridad carga-

—A qué —dijo el soldado, con cierto aire de

da sobre la silueta de Julia en la silla, que

fastidio, y después agregó—, mucha gente se

­estaba presenciando un ritual privado al que

llega a la ciudad para esta época.

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La mujer hizo un gesto. Murmuró rápida-

irse. Separarse rápidamente del soldado y ca-

mente la palabra vacaciones mientras guarda-

minar hasta el chofer del ómnibus que, de pie

ba el documento en la cartera. En la planilla,

frente a la baulera abierta, va a entregarle un

quedó su nombre estampado, la fecha y una

boleto a “La Paz”.

pequeña firma: Vera Balmoros, 5 de abril. Y

Balam Bartolomé, S.S. Listón, tinta / papel, 2008

esa madrugada, veinticuatro horas cumplidas

dos

desde la muerte de Leandro, ella estará como

Llegarían a las seis de la mañana, fue todo lo

fugándose, mucho más tranquila que ahora,

que le dijo el chofer, sin mirarla. Vera, recos-

metida en el fondo de un ómnibus que dará

tada contra la ventanilla, observaba la escena

toda una vuelta por el este, antes de llegar a

que se desarrollaba abajo. Un hombre de bigo-

la ciudad. El rumor esmerilado de la botella

tes blancos, con los zapatos destrozados, discu-

habrá comenzado. También se oirán los ruidos

tía con el conductor. Sus manos se aferraban

de un hombre que masca tabaco, junto a la vie-

a una canasta para impedir que la guardara.

ja, sentados detrás de Vera, mientras el bus

Un grupo de gallinas se apretujaba dentro, or-

se va internando entre las montañas salvajes,

denadas en ronda y sujetas por elásticos, los

monstruosamente reales por la oscuridad de la

cuellos trepidaban como hojas secas al fuego.

noche. Entonces de nuevo ella pensará esto es

Los dos hombres se quedaron tensos, uno fren-

absurdo. ¿Qué le quedaba ahora? Una carrera

te a otro, la canasta al medio. Después, el óm-

hecha a los apurones. El recuerdo de un hom-

nibus tembló levemente cuando el chofer cerró

bre y de una relación que no había funciona-

la baulera. Vera se alisó el pelo con el canto de

do. Un hermano muerto. Algo que Vera había

la mano. Un muchacho pasó por el pasillo bus-

sentido como el refugio último que no iba a

cando su número de asiento y, detrás, entró el

desarmarse y que se partía ahora para dejarla

hombre de bigotes blancos.

sola, lejos de todo lo que supo o creyó que podía

—Se me van a morir —dijo señalando la

sostenerla. Por eso lo único que necesitaba era

baulera.

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Le contestó en aimara una vieja diminuta,

Mientras tanto, Vera tiene el echarpe sobre

sentada junto a él. El muchacho volvió por el

las rodillas. Sus ojos esquivan su cara en el

pasillo y se acomodó cerca de Vera. Por lo me-

vidrio. Se siente agitada frente a la ladera y

nos estoy sola en el asiento, pensó entonces la

frente al esbozo de nubes, arriba, que pronto

mujer. Estiró las piernas y reclinó el cuello, con

se abrirán mostrando la luna,

los ojos fijos en la ventanilla. Ya habían dejado atrás las calles de tierra y el bus daba tumbos

mujer desnuda en movimiento,

bajo la caldera amarilla del cielo, sulfurada por

diosa causante de

la fuerza del atardecer. En cualquier momen-

muertes repentinas,

to, aparecerán los ranchos más espaciados, de madera podrida y una sola habitación. Una

pero para Vera, el frío cuerno de la luna,

nena tirará de las riendas de un caballo que

un dibujo intacto cristalizando en el hueco de

se habrá empacado en un corral, y una fila de

una ventana, que recuerda la muerte de su

chicos caminará bordeando la línea de la ruta,

hermano.

cargando sobre las espaldas atados de ramas.

—Documentación, amiga.

No levantarán la mirada cuando el ómnibus

La luz de la linterna la trasladó nuevamen-

pase a su lado. Tampoco hablarán entre ellos.

te a la realidad del ómnibus. Se habían deteni-

No harán siquiera el gesto de girar la cara.

do y a pesar de que Vera quedó enceguecida un momento, logró distinguir, detrás de la luz, los ojos de un soldado joven y las señas para que

tres

Ahora la botella se ha desprendido y ha co-

le entregara el pasaporte. El soldado sonrió al

menzado a girar. Las luces internas del óm-

devolvérselo.

nibus están completamente apagadas. La la-

Con la cara pegada al vidrio —el vidrio em-

dera de la montaña, semejante a un murallón

pañado a unos centímetros de ella le indicó que

insondable, parece extenderse con cada curva.

la vieja también seguía los movimientos de

Dentro del silencio absoluto, sólo el zumbido

afuera—, Vera vio al hombre de bigotes blan-

del motor se oye en el paisaje, trayendo consi-

cos de pie contra uno de los lados del bus. Vio

go el murmullo en aimara de la vieja detrás de

que estiraba el brazo y alcanzaba el documen-

Vera, entretejido con la masticación de tabaco

to. Otro soldado, mientras tanto, había dejado

del hombre de bigotes blancos. Todo se man-

la luz de la linterna clavada sobre el hombre.

tendrá de este modo un rato más todavía.

La línea amarilla empapaba la cabeza descu-

Las cosas seguirán así hasta que la luz de la

bierta del campesino, mostraba el pelo más

linterna cruce brutalmente los ojos de Vera, la

adherido a la cara. Después, la linterna descri-

saque de sus pensamientos, y la obligue a mi-

bió un ángulo y quedó plantada sobre el papel.

rar, junto con los demás pasajeros, lo que suce-

El hombre dio un paso hacia la luz. Una de las

de afuera. Pero cuando todo haya terminado,

figuras puso el arma en alto, inmediatamente

y el bus recupere su movimiento monótono, la

gritaron al chofer que siguiera, y el bus hizo el

vieja que ahora está hablando en aimara ten-

primer movimiento de arranque.

drá los ojos turbios, desorientados, y su úni-

Y a medida que el ómnibus reinicie su mar-

co gesto será el de contraerse sobre sí misma,

cha, la figura del campesino conducido a través

apretando los párpados con miedo, hasta que

de los pastizales, con los bajos de los pantalo-

su llanto corte el aire asfixiante del ómnibus.

nes seguramente mojados, la espalda recorta-

Entonces la botella volverá a rodar incansa-

da por el círculo desprendido de la linterna y

blemente y Vera, paralizada en su asiento,

todas las demás figuras se irán ­adelgazando

pedirá, como si rezara, que por favor deje de

hasta que la imagen quede guillotinada de gol-

llorar.

pe, con la primera curva. El muchacho, junto

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a Vera, ya se habrá persignado y luego estará

Ya de pie, Vera sigue con la mirada el ómni-

muy quieto, como si temiera moverse. Nadie

bus que trepará por las subidas más próximas.

más se moverá. A excepción de la vieja, cuyo

Ella no hace, sin embargo, un gesto. No inten-

único gesto de mujer cansada, pero aún viva,

ta siquiera correr tras él.

será el de cerrar los ojos y volver a abrirlos

El cartel de La ruidosa se sacude dos veces

cuando su llanto irrumpa gradualmente la os-

por el viento helado. Vera ha mirado nueva-

curidad del ómnibus.

mente las mesas antes de levantar los ojos al cielo. La franja sobre el horizonte se fue ensanchando por la luz traída del amanecer.

cinco

La vieja detrás de ella ha dejado de llorar,

Con la cabeza baja, ahora, la mujer del

la botella ha interrumpido su rumor perpe-

echarpe está caminando al ras de la ruta. Ca-

tuado y el ómnibus, después de la bajada de

mina, como si fuera tragada por el lugar.

la montaña, se ha detenido en un pueblo de ruta, como si hiciera una pausa. Ha refrescado. Vera, ya con el echarpe sobre los hombros, descubre, aún desde el bus, las luces mortecinas de los toldos. Sólo quiere bajarse y fumar un cigarrillo, tranquilizarse como sea a pesar del lugar. Nadie ha dicho dónde se han detenido. Pero caminando hacia los chicos que ofrecen pollo frito y panes de maíz, Vera respira liberada del sonido de la botella. Por fin. Con un vaso de leche caliente entre las manos, elige una de las mesas más alejadas de la luz. Siente, y es la primera vez que lo siente desde que salió de Buenos Aires, una suerte de tregua con la vida que la atropella. Es por el amparo que le da el toldo. La luz tenue que la separa del campo y de las montañas abiertas al vacío y al miedo. En el horizonte, una franja clara al final del cielo muestra que está por amanecer. Pronto, entonces, el ómnibus llegará a La Paz y después ella. Ella no sabe qué va a hacer después. Balam Bartolomé, Tropezón, tinta / papel, 2006

No sabe todavía a dónde ir. Pero ese pequeño remanso improvisado debajo del toldo, con el vapor de la leche acariciándole la cara y el calor del vaso entibiándole el cuerpo, casi la obligan a evitar cualquier pensamiento. Entonces Vera se adormece, respira tranquila y se adormece. El sonido del motor la despierta. Por un momento, las cosas adquieren la consistencia de las cenizas frías. Una muchacha, a unos metros, está colocando los bancos sobre las mesas y un chico la ayuda con los restos de comida.

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Las posibilidades del verde Gaby Torres

­aparece con otra ropa. La mujer en vivo sonríe

When I was just a little girl I asked my mother, what will I be Will I be pretty, will I be rich? Here’s what she said to me. Doris Day, Qué será, será

al verse en pantalla sin manchas de paño. Él la cuestiona; ella intenta articular su versión pero entonces, no se sabe si por nervios o por el recuerdo, llora. La toma se abre más para dejarnos ver el avanzado estado de embarazo y cómo ella se contiene la panza con ambas

Frente al televisor alguna mujer espera. Un

manos. La acaricia y entre sollozos menciona

comercial. Otros más. Quizá muchísimos más.

que también es su hijo. El aborto por violación

Pero espera. El momento de reflejarse mesiá-

no es la opción, es una desconsideración, dice

nica-cóncava en cadena nacional. Se le ocurre

una de las pancartas de los católicos próvida

el paño exaltado por la luz blanquísima, los

que se manifiestan en el estacionamiento del

ojos desinflados en las cuencas. El jingle-cover

canal. Y probablemente haya algunas cartuli-

de inicio al programa, el conductor que en vivo

nas con otras rimas agudas facilonas. Pero no

es un poco más delgado y menos interesante,

importan, porque la mujer vio esa específica

la anuncia.

pancarta y fue la que parafraseó enseguida de mencionar que también es su hijo. CRESTOMATÍA

Deja de llorar un momento para narrar la

Una mujer que es ella, corre trastabillando

espantosa experiencia de haber sido abusa-

entre las ramas de un bosque, perseguida por

da por alienígenas. La amnesia de la pistola

tres botargas con cabezas de pescado y esca-

tranquilizadora no le permite tener un recuer-

mas de foamy. Ella (que es otra): close up a

do claro, así que la narración es una suerte de

su mirada espesa y horrorizada. Música new

zapping. Caminaba por un terreno baldío muy

age: violines sintéticos cuando desafortunada

grande que tiene que atravesar para ir al pue-

cae en slow motion. Zoom out y vemos que los

blo a surtir la despensa (vive y trabaja en una

hombres pescados están a unos metros. Apre-

ranchería). Vio una luz más fuerte que el sol;

suran el paso con la dificultad de las recicladas

quizá no más fuerte pero sí distinta. Escuchó

botargas de utilería. La música se detiene justo

el sonido de las ramas de los árboles al que-

cuando la rodean. Con sus tentáculos de fieltro

brarse por el peso de la nave: un gigantesco

la incorporan y ella, tambaleante, insegura, se

plato de acero inoxidable que flotaba inmóvil

resiste sólo un poco. Entonces una pistola que,

sobre el terregal. De él descendieron tres se-

asumimos, es tranquilizadora aparece en pri-

res con aspecto entre pez y anfibio. Corrió para

mer cuadro: su rayo invisible. Aflojado el cuer-

ocultarse pero parecía que éstos ya la habían

po, ellos la arrastran y la imagen se desenfoca

visto que, incluso, era ella su objetivo. Ocurrió

y disuelve en pixeles que implican la violación.

lo que vimos en la crestomatía y finalmente

El conductor aparece con un gesto de in-

quedó inmovilizada en una plancha de metal

certidumbre actuada, carraspea y acomoda

que no era frío. Uno de los seres se le acercó

las hojas del guión del programa. La toma

y en un español con acento de otra galaxia, le

se abre un poco y la mujer frente al televisor

comunicó que sería la madre del próximo rey

12


Balam Bartolomé, Espejo, tinta / papel, 2008

de los humanos. El conductor la interrumpe

intervención dejó muy en claro que no permi-

para pedir una descripción más detallada de la

tiría que se llevaran a su bebé, ni los alieníge-

nave. La mujer se limita a decir que había mu-

nas ni las autoridades y fue cuando se levantó

chas lucecitas, como de navidad, pero muchas,

para reafirmar su amenaza, al tiempo que se

más, todas amontonadas sobre cajas enormes

detenía la panza, y llegaron los de seguridad

con pantallas al centro. Y en una suposición

para calmarla y así fue como debió terminar

que justifica el español del único ser que se co-

el programa. Aún no le pagaban los mil pesos

municó con ella, dice que muy probablemente

acordados por su participación. Y encima edi-

sólo él conocía el idioma. Parece que a nadie le

taron escenas; importantes mensajes que ella

importa este detalle del lenguaje porque hay

debía transmitir a la humanidad en cadena

un close up al conductor que remata con la

nacional. Una llamada cero uno ochocientos al

frase: Juzgue, usted mismo. Enseguida se es-

canal y le responde una grabadora que advier-

cucha el jingle del programa que es una mala

te que ésta es una grabación oficial y que deje

versión con sintetizador de Así Hablaba Za-

su mensaje y que alguien más se comunicará

rathustra de Strauss. El futbolista de moda se

con ella más tarde, que: por el momento todas

rasura con la tecnología de navajas para afei-

nuestras líneas se encuentran ocupadas. Mal-

tar de tres hojas. Off.

dice con la apostura de quien se sabe la madre

La mujer frente al televisor se levanta des-

del próximo rey de los humanos.

concertada. Se supone que la entrevista duraba más. Probablemente sólo transmitieron una cuarta parte. Quizá menos. En una de las

C

cápsulas mencionó que si su hijo era el rey de

Rosa, mejor conocida como La Ajolota, tenía

los humanos, trataría de educarlo con humil-

los ojos pequeños y negros, apenas se le veía

dad. En otra dijo que le gustaría crear una

un poco de blanco esclerótico. Decían que su

asociación para ayudar a las mujeres que han

papá fue un soldado sueco que pasó por el pue-

sufrido abusos del tercer tipo. Y en una última

blo, pero eso decían de todos los que fuesen un

13


poco más blancos; otra versión aseguraba que

CCC

su padre había sido un ajolote, que por eso las

La Ajolota, efectivamente, fue virgen. Pero

comisuras de la gran línea de su boca, apunta-

no fueron ajolotes lo que le salió de entre las

ban hacia el suelo.

piernas, sino un feto con ocho semanas de

Creció con la piel ácida, aromada a zumo

gestación. No hubo ningún cabrón. Sólo una

de naranja, entre citricultivos. Nadie le ­creyó

­madre que no se tragaba la historia de ser vir-

que era virgen. Y no sabía el porqué de la pan-

gen y estar embarazada (imposible en nues-

za hinchada. Su mamá la golpeó mientras le

tra cultura). Lamentable es la ignorancia de

gritaba: ¿quién es ese cabrón? Y ella suplicó

la partenogénesis, en donde un ser es capaz

negando la existencia de cualquier posible ca-

de ovular y producir esperma para así autorre-

brón. Los abortivos golpes le sacaron de en-

producirse. Ni la ciencia se explica cómo este

tre las piernas una manada de lagartijas. El

fenómeno puede ocurrir en escasas humanas.

cabrón había sido una ajolota que se le metió

Muchos animales pueden hacerlo. Pero a La

cuando fue a orinar al campo. Eso se dijo. Así

Ajolota nadie le creyó. Por eso inventaron que

fue que ante el rumor, proliferó la construc-

sus hijas fueron lagartijas. Lo cual es bastante

ción de letrinas y los actuales sanitarios. To-

irónico, pues las lagartijas son un ejemplo de

dos temían que a sus hijas o mujeres se les me-

que la partenogénesis es posible.

tiera una ajolota preñada. Por eso a Rosa se le quedó La Ajolota. Nunca más tuvo nada en el

CCCC

vientre. Se dedicó a matar ajolotes como las

Mi madre decía que las visitas eran normales.

mujeres que se dedican a tener hijos. Murió

Cada noche aparecía el mismo ser que abría la

ahorcada en un limonero. Ese fue el principio

puerta de la recámara con extraña familiari-

de la extinción. Y en una esquina de la plaza

dad. Me contaba anécdotas de sus aventuras

principal del pueblo hay un ajolote de bronce,

en el espacio y así aprendí los nombres de las

aunque hace una década que nadie ha visto al-

estrellas, planetas y constelaciones. Yo desea-

guno. También hay una naranja, pero ésta es

ba, como Calisto la cazadora, convertirme en

de concreto.

luz redimida. Pero yo no era cazadora ni ese ser un todopoderoso. Mamá compró estrellas CC

de plástico que brillan en la oscuridad y las

Es revisada por los doctores. Nadie se traga la

puse en el techo: planetas, meteoros, naves

supuesta violación alienígena. Pero más vale

sputnik, astros grandes y pequeños, poco a

prevenir. Efectivamente una escamosidad ver-

poco fui aderezando un gusto impuesto. Pero

dosa le brota de la piel. Es bautizada como la

me prohibieron hablar mucho del tema en la

Mujer Pescado. O la Pescada. Para descubrir

escuela. De por sí era un tanto extraña. Re-

científicamente que, además del avanzado em-

probé tres años y me fui retrasando en clases

barazo, tiene un extraño papiloma cutáneo.

y los pocos compañeros con quienes entablaba

Puede ser que el producto también lo padezca.

una amistad, fueron cambiando. Luego me sa-

Luego de exhaustivas asepsias, yerbas y pas-

caron de la escuela y asistí a educación espe-

tillas, desaparecerá. Junto con la sugestión co-

cial con una señora que me enseñaba dos días

lectiva de esperar ser gobernados por aliens,

a la semana. Me fui aislando pero tenía al ser

aunado a los souvenirs del imaginario y el pro-

nocturno con el que cada vez hablaba menos;

grama de televisión. La inmediatez suple posi-

iba a lo que iba y solamente. Dejó de hablar-

bles intereses en avistamientos o encuentros

me de planetas, de viajes interestelares y yo

cercanos con cualquier clase de más allá. Lo

fui perdiendo la voz. Aprendí a platicar en mi

único absoluto en este planeta, es la flojera de

mente. Recreaba los diálogos que la gente, po-

pensar en el otro.

tencialmente, diría de acuerdo a su personali-

14


Balam Bartolomé, Huevos ahogados, tinta / papel, 2010

dad. Aunque debo confesar que en mi mente

casi el mismo día: el ser, papá, el bebé. Mamá

eran más interesantes: hablaban de astros y

se fue una semana después. Lo supe porque

algunos trabajaban en la construcción de una

la escuché empacar y prender el carro. Yo me

gran nave que nos sacaría a muchos de este

sentía muy débil esos días. Sangraba mucho

mundo. Viviríamos en planetas propios, como

más que de costumbre y no comí por un tiem-

El ­Principito. Sin saber por qué, comencé a

po. Hasta que llegó la señorita de educación

­enfermar. El diagnóstico médico fue que esta-

especial y tocó a la puerta con insistencia. No

ba embarazada. A mis once años: embarazada.

pude levantarme y sin embargo salió un poco

Mi madre estaba muy molesta. El camino

de la voz que, probablemente, escuchó. En el

de regreso a casa, mientras manejaba, me

hospital dijeron que estuve a punto de morir.

golpeaba con el puño cerrado de su derecha.

En la clínica diagnosticaron severa disocia-

En los semáforos rojos me estiraba el cabello

ción. No creen que mi bebé era más pequeño

con ambas manos. No lloré; como dije, de ma-

porque fuese de otro planeta. No creen que

nera un tanto rara fui perdiendo la voz. Sólo

todas las noches la luz entraba a mi cuarto y

lagrimones que intuía por la humedad de las

se posaba en las sábanas introduciéndome el

mejillas. El ser nunca regresó. Y mamá sacó

candor de la Vía Láctea que rebotaba en mi

al bebé muerto de mi útero. Lo golpeó con co-

cuello. No creen que algún día seré elevada,

raje y yo quise ayudarlo pero era obvio que el

como Calisto, junto al bebé muerto. Reducen

bebé ya no sentía. Ni siquiera tenía el tama-

el universo a cuatro años de constantes viola-

ño de un bebé real. Era más pequeño que una

ciones. Yo pienso que el mundo fue más que

­botella de coca cola. Todos se fueron de casa

una palabra.

15


Sobre la nieve

Sobre la nieve se desliza el río rojo todas las

Después de todo no son más que unas cuen-

cerezas del mundo se han derretido desde el

tas atravesadas por un sable flexible muy lar-

fondo del caudal alguien escupe las semillas

go pero también muy flexible y no tiene puño

las márgenes de la corriente cobriza tu nom-

eso hace difícil empuñarlo pero es tan flexible

bre navega sobre sus olas que no son olas son

que te sorprendería se puede doblar y cortar

las hojas del manzano que se ha secado por ha-

con unas tijeras y así atraviesa esas pequeñas

ber absorbido ese veneno mi alma es su canoa

esferas esos abalorios deja de citar a Hesse por

detrás porque podrás decir que así es esa furia

el amor de dios ya no tienes quince años mejor

que desviste a la luna cada vez que descubres

dame la fotografía que te comiste la última vez

que entre las bocinas y la boca se abre un es-

que preparaste el postre ah es que eran tan

pacio en el que se pierden todas las palabras

parecidos a cualquiera le pasa la página 218

que tenías que decir y del otro lado de la ra-

extraño los números los números ahí va uno

dio nadie escucha nada es casi como un deleite

se va volando se perdió en ese cielo de estadís-

una alucinación que Neptuno esté pescando a

ticas pero reaparece cada cierto tiempo como

la orilla del río una náyade rígida es su caña

un cometa y toma el cincel y comienza a tallar

de pescar y en sus cabellos dorados poblados

se llama complejo de Pigmalión sí era Pigma-

de gusanos se atoran los peces a través de sus

lión verdad no sé de qué hablas o era Rodin ya

bocas la náyade regresa a tierra con una cofia

deja todo eso o cómo se llama ese reloj arete

de escamas y huye por el bosque eso que la

por encima de la barrera los jueces dan la ca-

persigue no es un ciervo oh qué ingenua eres

lificación perfecta pero aún así hay que ir a la

es la boca que ha emergido desde el fondo de

guerra ya terminó no esa no la otra guerra oh

la tierra con la furia de un caballo acosado por

te refieres a la de todos los días esa misma la

ese conejo por esa nube por ese cielo por este

que no figura en los libros de ríos rojos y en la

cubo de hielo qué hace fuera de los polos ah

que tantos nombres y lugares y fechas pierden

con que se trata de tu nariz no sabía que estu-

importancia se pierden entre los supermerca-

viera tan fría así sucede en estas islas pero no

dos y las filas para el banco y los trámites y

estamos en una isla entonces qué es esto es un

las horas de entrada y salida en el fondo es

monte te confundiste es comprensible ese río

una música que hay que escuchar recuerdas

rojo no es la historia te equivocas la historia

aquellos días en que podíamos estarnos todo

es otro río del mismo color pero de sabor me-

el tiempo contemplando la barca que estaba

nos dulce y también los manzanos se pudren a

del otro lado del cristal ese muelle de madera

su paso y son otras las barcas y son otros los

verde y frágil en realidad era moho un moho

nombres nada tan trivial como ese que te hace

muy resistente que se extendía por las aguas

voltear cada vez que lo pronuncian cómo era

y por los bosques ves qué fácil ves qué senci-

perdón ya se me olvidó hace tanto tiempo no es

llo es todo esto ahora mi alma ha naufragado

tanto lo que pasa es que quieres olvidar pero

y tu nombre se ha hundido en el fango verde

no puedes cómo lo sabes yo lo sé y sólo de eso

pero cómo fue posible porque fue imposible

se trata ya basta

porque nuca creíste que pudiera llegar a pasar

16

Balam Bartolomé, Lo que le pasó a Sansón, tinta / papel, 2010

Julio Romano


tu ­silueta se asoma brota desde las aguas con

realidad no quiero ni me importa quizá si tu

una plasticidad similar a la de la lava del vol-

barca no se hubiera hundido si no la hubieras

cán vecino qué ocurrirá ahora el rojo y el verde

dejado zozobrar podrías salvarte porque algo

el mundo es como un gran plato de enchiladas

cualquier cosa podría importarme pero ahora

como quiera que sea estás atrapada y yo ten-

es demasiado tarde y sucumbes víctima del

go que huir perdóname pero no puede ser de

verde que quisiste evitar y del rojo que yo no

otra manera cómo quieres que te perdone en

quise detener

17


Viene dando tumbos violentos sobre el camino de terracería. Pareciera como si la pesada carcacha avanzara flotando sobre una fina alfombra de polvo. Alcanzo a ver pequeñas sombras montadas sobre él, diminutas y apretujadas. La cercanía inminente del camión genera entre todos una bruta tensión; los músculos se tensan, en alerta. Junto a mí, el hombre del sombrero intenta como sea colocarse en primer plano. Viene abrazando contra su pecho una bolsa de papel. Da órdenes, enrojece, se indigna, refunfuña, desespera, escupe al hablar. Nadie lo escucha, no lo dejan pasar. Todos, sin exepción, esperan lo mismo. ­—“[¿Cómo llegué aquí? ¿Qué incomprensible destino me hizo venir a esta ciudad olvidada e inmunda, a este caos, a este salvajismo?]” Los hombres ahí reunidos nos miramos de reojo, desconfiados, protegiendo celosamente el mínimo espacio que pisamos. La inercia de la tensión colectiva nos hace balancear de manera uniforme al tiempo que nos impulsa torpemente un par de pasos adelante. “A qué hemos llegado” pienso mientras hundo mi codo sobre las costillas de una presencia que me empuja por detrás, intentando pasar. “¡Nunca!” me digo instintivamente, los dientes rechinantes, fuerza irreconocible. Somos todos un nudo de energía que palpita y hierve; un solo músculo hinchándose hasta el límite. Pienso en las aventuras de Istolak, el troyano, que leí de niño. En ellas, el guerrero de Ilión cae preso del imperio egipcio con quienes pasa de ser general privilegiado a esclavo desechable. A pesar de las adversidades, el héroe nunca pierde el temple; jamás se vuelve indigno de su honor de soldado. Ahora eso no importa. El autobús ha llegado y no hay otra forma de salir de aquí. El viejo armatoste pasa sin detenerse, lento y pesado. Está cargado hasta el último rincón. Los hombres brincan, se trompican, se pisan unos a otros intentando pasar. Se agarran de donde sea, como sea. Desesperados, feroces. w

18

Balam Bartolomé, Death is around, tinta / papel, 2010

Revés


19


20


21


22


Balam Bartolomé, Drácula, tinta / papel, 2010

w Algunos caen y otros se aferran como grapas, todos manos y uñas —más bien garras— a la veintiúnica grieta de donde sujetarse hasta que, eventualmente, las yemas de sus dedos sangren, la carne se queme y caigan otra vez sobre la carretera. Resisto con fiereza asido apenas a una ventana medio abierta. Un individuo de mediana edad intenta a toda costa afianzarse a una de mis piernas. Sostener dos veces mi peso es demasiado, así que lo pateo con fuerza. Cae. El hombre del sombrero corre atropellado, intentando mantenerse al paso del camión. De la bolsa de papel asoman fajos de billetes como nunca había visto. Son tantos que parecen solo papel multicolor. Grita sin aliento, tose, gruñe, se ahoga. La boca seca y espuma seca acumulándose en las comisuras de los labios. Alza los brazos ofreciendo su pequeña fortuna al conductor. Queda sin fuelle pero sigue, chorros de adrenalina corriendo por su cuerpo, dolor incomprensible y desconocido en sus muslos. Fuego, en vez de sangre. Su esposa e hija lo observan en la lejanía y lloran, moquean abundantemente. Blanca y muy angulosa, casi con filo, sólida, dura como un meteoro. El hombre del sombrero la pisa y su tobillo se tuerce en un movimiento violento. Cae al piso y los billetes golpean el asfalto. Un golpe seco, anclado. El impacto levanta una nube de polvo. Unos cuantos billetes vuelan mientras la polvareda hace casi invisible la acción. Alcanzo a ver al hombre del sombrero recuperarse; rostro y alma vueltos un fantasma. Su apariencia me recuerda las pinturas de payasos que veía en el consultorio de la Dra. Anzures, mi pediatra. El hombre del sombrero ve al bus alejarse. Traga saliva dificultosamente mientras sus ojos se humedecen. Alrededor de ellos y sobre las pestañas se empieza a formar un lodo gris. Unas diminutas piedrecillas de agua y mineral. El autobús se aleja mientras el hombre del sombrero recoje sus billetes, lenta, dolorosamente. Balam Bartolomé

23


Brumas Mauricio Salvador

En aquellos tiempos mi padre sentía la vida

Mi tía Esther llegó a la siguiente noche para

como una especie de aislamiento interplaneta-

hacerse cargo de la casa. Ella y mi madre nun-

rio, como si alguien lo hubiera metido a la fuer-

ca se entendieron. Mi tía pensaba que atendía

za en una nave y lanzado miles de kilómetros

poco a su esposo y menos a su hijo. Por ello lo

hacia un lugar desconocido al que mi madre

primero que hizo fue juntar sus últimas perte-

había llegado para echarlo todo a perder. Para

nencias (vestidos, bolsos, tacones) y guardar-

ella no era muy diferente. ¿O cómo se explican

las en bolsas que luego arrumbó en un clóset.

todas esas noches de gritos, de objetos lanza-

Hecho esto, tía Esther se instaló en el cuarto

dos con fuerza a la cabeza del otro? Corríamos

de servicio y comenzó a vivir con nosotros.

gran peligro, lo puedo asegurar. Pero nunca

-Si quieres –me dijo un día, mientras co-

pasó por la mente de nadie la idea de marchar-

míamos–, dime mamá.

se sino hasta una noche de Año Nuevo, cuan-

-Estoy bien –dije.

do ella simplemente no pudo más. Mientras la

-No llores –dijo mi padre.

cena se enfriaba y por la televisión un conduc-

-No estoy llorando.

tor descontaba los últimos segundos del año,

-Maricón –dijo.

mis padres se encerraron en su habitación y

-No estoy llorando. Mírame –pero no me

comenzaron a gritarse una vez más. Podía es-

miró. Hizo el gesto de escuchar algo a la dis-

cuchar su respiración, los movimientos que

tancia, sin comprenderlo, y luego siguió co-

hacían, pero no podía entender ninguno de sus

miendo, muy divertido.

gritos. Un tipo cantaba en la televisión cuando

ella salió de la habitación con un par de male-

Un día le dije a mí tía Esther que no lloraba

tas. Comenzó a moverse por la casa sin mirar

por mamá o por él sino que simplemente las

a nadie, como si hacer lo que estaba hacien-

cosas me hacían llorar; y con cosas me refiero

do (guardar la comida, recoger la mesa) fuera

a todo lo que me pasaba por la cabeza y que

lo más importante en ese momento. Mientras

provocaba en mí una suerte de mundo alterno

lo hacía, papá salió de la habitación avanzan-

en el que, por fuerza, debía sufrir. Imagina-

do su silla de ruedas y deteniéndose para ob-

ba, por ejemplo, que las llamas consumían la

servarla fijamente. Cuando ella fue al baño a

escuela donde estudiaba con una única vícti-

peinarse él la siguió y la miró todo el tiempo

ma como consecuencia fatal: yo. Entonces mi

desde la puerta.

mente viajaba al funeral para contemplar el

Mi madre se acercó a mí, me abrazó y en-

dolor de mis deudos. Veía a mi padre embuti-

tonces, con las maletas ya en cada mano, abrió

do en un sobrio traje negro y a mi madre a sus

la puerta con un pie y se fue. Olvidé lo que me

espaldas en un elegante vestido azul oscuro

dijo, y en cambio recuerdo que mi padre conti-

con un moño morado dejado como al descuido

nuó mirando la puerta, como si por medio de

en la cadera. Y sin duda el mejor momento era

algún poder especial pudiera todavía contem-

cuando él tomaba la palabra y a nombre de

plarla en su camino por el pasillo oscuro, por

mi madre y de mi tía, y de todos los que me

las escaleras y luego más allá, hacia la calle

conocieron, decía que no podía haber tenido

que no volvería a pisar jamás.

mejor hijo.

24


-Me arrepiento de haberlo tratado tan mal.

Una tarde me pidió una cita. Caminaba por

Otras veces la situación era heroica. Pelea-

el bordillo de la banqueta con los brazos exten-

ba, digamos, con un tipo enorme, fuerte, que

didos para sostener el equilibrio. Ya no tenía

me provocaba al decirme “maricón” o “joto”.

arracadas. En vez de eso se había pintado los

Tras una ardua batalla me veía fatigado, con

párpados de azul brillante y llevaba un bolso

dolor en los músculos, puede que con una u

pequeño con un gato negro estampado por un

otra fractura, no importaba, pero con la sen-

lado. Dio un saltito a la calle.

sación irreprochable de haber peleado por la

-¿Quieres ir a ver una película?

dignidad propia. Eso me hacía llorar, la ima-

Seguí caminando.

ginación me hacía llorar. Aunque mi padre,

-¿Quieres ir?

fiel a sus convicciones, creía que lloraba por la

-No puedo.

ausencia de mamá. Su partida resonaba en mi

-¿Por qué no?

cerebro ya como un recuerdo muy vago, como

-Porque no.

si mi madre hubiera sido tan sólo una visita

-¿Alguna vez has tenido una cita?

que compartió con nosotros unos minutos de la

-¿Qué entiendes por cita? –dije yo.

noche de año nuevo. Supongo que la causa es

-Una cita –dijo Silvia–. Hombre-mujer.

que la extrañé muchísimo la misma noche que

Íbamos por el largo camellón y los asperso-

se fue, y pensé en ella al grado de acabar con

res defectuosos habían dejado muchos charcos

todo el pensamiento que tenía disponible para

sobre el pasto; Silvia los saltaba, yo los rodea-

su recuerdo. Además, sospechaba que volve-

ba.

ría, que pasarían algunas semanas o incluso

-¿No tenías que ir por otro camino?

meses, y ella volvería con nosotros.

Puso los ojos en blanco, pero sólo por un ins-

tante.

En la escuela mi única amiga había inten-

-¿Quieres ir o no?

tado suicidarse, o eso decían y yo nunca me

-¿A qué hora es?

atreví a preguntárselo. Tenía una arracada en

-A las seis.

la nariz y otra en la ceja, era muy tranquila,

-Bueno, supongo que sí.

con ojos muy negros y brillantes y labios gor-

-Entonces nos vemos –dijo ella–. Adiós.

dos, blanduchos, pintados de morado. Una tar-

de le dije:

Mi padre y mi tía conversaban en la sala

-Imagina que en este mismo momento la es-

con el ruido del televisor como fondo. Los sa-

cuela se incendia. Imagina que muero.

ludé con un murmullo y me fui directamente

-¿Qué?

hacia mi cuarto, rodeando la silla de ruedas.

-Sólo imagínalo. Imagina que ya no estoy

Con los nudillos, como si tocara una puerta, mi

más aquí –lentamente el paisaje se formó en

padre me golpeó el brazo.

mi cabeza. En ocasiones me era tan fácil caer

-Tú –dijo.

en ese estado catatónico que mi propio poder

-¿Sí?

me asustaba. Silvia tomó su distancia para ob-

-Hoy tenemos paseo, no lo olvides.

servarme, con el ceño fruncido: -Estás loco –dijo.

Dejé escapar el aire con fuerza y seguí de

-Olvídalo.

largo. Pensé en los ojos en blanco de Silvia, en

Sacudió la cabeza y sonrió tristemente.

sus labios abultados y brillantes y mientras la

-Es por lo de tu madre que estás así, ¿ver-

recordaba me tiré en la cama e imaginé una

dad?

escena de brutal desprecio de su parte. Po-

-No –dije–. Sólo fue una broma.

día ser que en realidad todo fuera una farsa,

Ella lo pensó un poco, torció la boca.

un engaño. Disfruté de un llanto sosegado e

25


imaginativo. Me gustaba salir victorioso de la

-Al cine –dijo–. Tú y yo nunca hemos ido al

manera contraria en que a la gente le gusta

cine.

hacerlo, molido, engañado, abofeteado, pero

-No te gusta el cine.

con la dignidad en alto. Luego planché unos

-¿Que no me gusta? ¿Sabías que cada fin de

pantalones que sólo había usado una vez, me

semana tu madre y yo íbamos al cine?

probé un par de camisas e intenté un nuevo

-Por favor –dije.

peinado; al final me puse la gorra. Mi tía tocó

-Así es, aunque no lo creas. El cine es una

la puerta para avisarme que la comida estaba

de mis pasiones. ¿Has visto El despertar del

lista pero le dije que no comería. Pegué la oreja

diablo? Muy buena. Y sabes, creo que es buena

a la puerta para escuchar a papá y sólo oí el

idea. Vamos al cine.

ruido de los cubiertos. Más tarde salí por la

-Papá, por favor. Sólo hoy.

bolsa de pertenencias de mamá porque pensé

-Ya lo decidí –dijo–. Toma la cartera.

que entre todas esas cosas habría algo que a

-Déjalo ir a su cita –terció mi tía.

Silvia le encantaría. Al volver a mi habitación

-Cállate –gritó él–. Y pásame algo para ta-

mi padre me miró de arriba abajo, sonriendo.

parme.

-¿Listo para el paseo? –preguntó.

-Hoy no puedo –dije–, metiendo la bolsa en

Tardamos veinte minutos en llegar al lugar

mi mochila–. Tengo una cita.

de la cita porque de pronto mi padre decidió

-¿Una cita? –sonrió ligeramente, como para

que no quería ir en taxi sino a pie (o sea yo

no dar crédito.

empujando la silla y él con los brazos sobre

-Con una amiga de la escuela.

las piernas, mirando a todos lados), para dis-

Sonrió aún más.

frutar tranquilamente del paisaje. Me sentía

-Oh, oh –rió–. ¿Tienes amigas?

muy nervioso por llegar tarde y por llevar a mi

Tía Esther se acercó para acomodarme el

padre a la cita. Silvia leía sentada en una jar-

cuello. Me quitó la gorra de la cabeza.

dinera y fue el ruido traqueteante de la silla la

-No pensarás ir con gorra –dijo.

que la hizo levantar la vista del libro y mirar a

-¿Y piensas que me quiero quedar a ver la

mi padre, luego a mí, y ponerse de pie, lenta-

televisión? -Sólo hoy, papá.

oscura de tela metálica. Se veía muy bien. Lle-

Se golpeó ambos muslos con las manos, con

vaba botas negras, altas hasta media pantorri-

los codos echados adelante, y me observó, me-

lla y una blusa blanca, de mangas transparen-

neando la cabeza. Luego, con los labios apre-

tes y retazos de tela colgando por todos lados.

tados, asintió. Sus ojos lucían amarillos y bri-

El peinado imitaba, en cierta manera, el corte

llantes. Siguió asintiendo.

de la blusa, con los flecos volando, y un mechón

-Está bien, está bien –dijo–. No te preocu-

rojizo que le caía por un lado de la cara.

pes. Iré yo solo. Al fin y al cabo qué me cuesta

-Hola –dijo.

una caminadita, ¿no crees? –se tomó una pier-

-Hola. Él es mi papá. Papá, ella es Silvia.

na con ambas manos y colocó un pie contra el

Él la miró de arriba abajo, sin ninguna ex-

piso–. No te preocupes –jadeó–. Iré yo solo. Sin

presión en su cara y sin responder al tímido

tu ayuda.

hola de Silvia. A su seña iniciamos el camino hasta el cen-

-¿Lo ves? –dije a mi tía–. No puedo hacer nada. Es como vivir preso.

tro comercial. Papá parecía un niño curioso

-No llores –dijo ella.

mirándolo todo desde su silla mientras que

-Pero tengo una cita. Voy a ir al cine.

Silvia caminaba despacio, ligeramente detrás

Mi padre abandonó su cometido de caminar

de nosotros bamboleando el cuerpo, como para mostrarse, por ese gesto, lo más indiferente

y me miró, con la boca abierta.

26

Balam Bartolomé, Beautiful baby, tinta / papel, 2010

mente, alisando de un manotazo la falda larga


27


que le fuera posible. En el cine él se ofreció a

-No le creas –dije a Silvia.

pagar las entradas aunque no era precisamen-

-No me creas –llevó la silla hacia la derecha

te dinero lo que le sobraba. Silvia sugirió que

unos cuantos metros y señaló el lugar–:  Ahí

ocupáramos asientos en lo más alto de la sala

–dijo–. Murió en el 85.

pero por la silla de ruedas debimos permane-

-¿En lo del temblor? –preguntó Silvia, y lue-

cer abajo, junto a la pantalla. Papá se excitó

go se arrepintió.

mucho con los adelantos pero a los pocos mi-

-Un poco después –dijo él, sin notar su

nutos, cuando ya había iniciado la película, co-

gesto.

menzó a cabecear hasta quedar dormido.

-No sé si creerte, papá.

Silvia se giró para verme y me golpeó con

-No tienes que creerme –dijo–. No es tu his-

el codo.

toria.

-Insistió en que quería venir –dije.

Sin que lo advirtiéramos, porque era muy

Soltó un suspiro.

difícil advertir a alguien entre tantos árboles

-Perdón.

y tumbas, dos tipos se habían acercado a no-

-No estoy enojada –dijo–. Sólo me confunde

sotros por el camino que venía del otro lado

un poco. Es extraño.

del cementerio, donde la salida era una puerta

Cuando la película terminó, mi padre des-

de hierro clausurada desde hacía varios años.

pertó con un sobresaltó y se mantuvo rígido

Papá fue el primero en sentir la presencia de

y atento mientras terminaban los créditos y

los tipos, pero apenas comenzó a hacer un mo-

como si durante todo ese tiempo hubiera es-

vimiento, se dio de frente con los hombres, que

tado pendiente de la película. Las luces se

no eran los clásicos asaltantes; no se apresura-

encendieron y nuevamente caminamos en si-

ron de la manera en que suelen hacerlo quie-

lencio, primero por los pisos pulidos del centro

nes sólo desean un poco de dinero, despojan-

comercial y luego por el cemento agrietado. El

do a sus víctimas en un abrir de ojos y luego

atardecer era frío y mientras íbamos por un

huyendo a saltos, sin que nadie pueda hacer

camino de baldosas hacia el sitio de taxis, mi

nada. En vez de eso nos miraron seriamente,

padre frenó la silla con brusquedad, giró en

como si de todas las personas en el mundo no

noventa grados y se lanzó por una calle que se

se hubieran esperado encontrar a tres persona-

internaba unos cien metros bordeando la pa-

jes como nosotros. Pasó un minuto o cosa así y

red exterior del cementerio.

finalmente uno de ellos, el de menor estatura,

-Vamos para allá –dijo–. Al panteón. Vamos

avanzó un paso y le arrebató el bolso a Silvia.

a visitar a alguien.

Papá aferró con fuerzas las ruedas de la si-

Silvia y yo nos miramos un momento y en

lla y le dijo al tipo que le devolviera el bolso.

seguida nos fuimos tras la silla que papá mo-

Los tipos se rieron con desprecio y sacaron

vía afanosamente. Ya en el panteón camina-

dos billetes del bolso, lo arrojaron lejos y siguie-

mos por un sendero hasta un grupo de tumbas

ron en su lugar, sin decir palabra. El rostro de

que se encontraban en la parte más alejada,

papá se congestionó pero tampoco dijo palabra,

pegadas al muro. La silla frenó y mi padre se

era claro que hacía un esfuerzo por no provo-

secó el sudor de la frente y el cuello.

car a los tipos aunque deseaba hacerlo. Uno de

-Aquí está enterrada mi esposa –dijo.

ellos mantenía bajo la playera algo que preten-

-Por favor, papá. Qué dices.

día ser un arma, sin que fuera totalmente claro.

-No hablo de tu madre –dijo él, reaccionan-

De pronto, el más alto habló, dirigiéndose

do bruscamente–. Hablo de otra mujer. Mi pri-

a mí.

mera esposa.

-La mochila –dijo.

-¿Otra mujer?

El otro avanzó un paso, me arrebató la mo-

-Y un hijo, mayor que tú.

chila y la vació sobre el pasto. Las cosas que

28


cayeron provocaron un efecto curioso en todos

con todas sus fuerzas, pero los tipos siguieron

los que estábamos ahí porque supongo que na-

luchando con él sin poder aflojarle las manos

die esperaba encontrarse con artículos de esa

de las ruedas. Y fue esta lucha suya, solitaria,

naturaleza. Mi padre contempló las cosas. Es-

la que me ofreció una dimensión más amplia

taba confundido. Y por lo mismo no pudo decir

de la que hasta entonces había podido atesti-

nada y sólo atinó a mirarme, con una expresión

guar. Nunca había pensado en él como en un

que nunca había visto en su cara, una mezcla

hombre diferente, un hombre que un día había

de estupefacción y decepción. Por mi parte, fue

gozado de una salud perfecta, y que era guapo

como conjurar la presencia de mi madre y sólo

y fuerte, antes de sufrir el accidente. Mi propia

lograr la aparición de aquellas cosas, cosas

inmovilidad parecía transmitirle fuerzas, una

que a su manera eran un recordatorio de que

fuerza que estoy seguro él mismo no sabía que

ella no estaba ahí, y de que no habría querido

poseía. Silvia se abalanzó sobre ellos porque

estar. Lo extraño fue que yo mismo me sintie-

para entonces era obvio que el tipo que fingía

ra confundido y avergonzado porque mi padre

llevar un arma en realidad no llevaba nada. El

tuviera que contemplar aquellas cosas que sin

tipo más alto la aventó, ella retrocedió y vol-

duda tenían un significado para él. Pero lo que

vió a la carga. Y luego yo me aventé y entre

dijo a continuación fue una prueba de que no

los cinco se formó un nudo muy tenso, hasta

pensábamos lo mismo. Movió la cabeza dicien-

que los tipos, viendo que no iban a poder hacer

do no, y clavó sus ojos en mí, con enojo.

lo que querían, se abalanzaron sobre mí, me

-No lo puedo creer –dijo–. ¿De quién es todo

derribaron sobre el pasto, y comenzaron a for-

esto?

cejear y a desgarrarme la ropa. Durante unos

-Es de mamá –dije.

segundos todo fue confusión y jadeos, pero al

Los tipos se carcajearon, la misma risa des-

siguiente segundo ya estaba yo semidesnudo,

preciativa de antes.

cubierto de tierra y con el rostro enrojecido

-No me sorprende que seas incapaz de de-

por el esfuerzo. Para los tipos fue una aventu-

fender a tu propio padre. ¿Sabes lo que haría

ra más bien poco fructífera porque decidieron

de estar en tu lugar, de no estar en esta silla

marcharse. Uno de ellos, sin embargo, dio una

de ruedas?

patada a la silla de ruedas antes de perderse

-Tranquilo, papá. ¿Qué estás pensando?

por el camino por el que habían venido.

¿De lado de quién estás?

-Hijos de la chingada –exclamó papá.

-Ni del tuyo ni del de ellos –dijo–. Estoy

Tomé la mano que Silvia me ofrecía y me

aquí, viendo cómo nos asaltan mientras mi

puse de pie. Además de los pantalones, los ti-

hijo se queda sin hacer nada. Estoy de mi lado,

pos habían hecho jirones la playera. Papá me

a final de cuentas.

observó de arriba abajo, con un gesto de desprecio.

-Eso nos ayuda mucho. -¿Y qué, quieres que me eche a correr?

-Muy bien –dijo–. Muy bien.

-No sería mala idea.

-No es tu culpa –dijo Silvia.

-¿Qué dijiste?

-Por supuesto que es su culpa. Toda su

-Nada. Quiero irme –dije, en un murmullo,

culpa.

pero nadie pareció escucharme.

-Tenemos que hablarle a mi tía –dije–. Ne-

Los tipos salieron de la actitud perezosa en

cesito ropa.

que se encontraban y tras intercambiarse una

-No pienso hablarle a nadie. Nadie va a sa-

señal se dirigieron hacia mi padre y lo tomaron

ber que me asaltaron aquí, frente a la tumba

por los sobacos con la intención de sacarlo de la

de mi mujer.

silla. Mi padre miró a uno y a otro y se debatió

-Olvida eso, papá, está muerta.

moviendo el cuerpo y aferrándose a las ruedas

-¿Qué has dicho?

29


lo empujamos entre ambos, mientras él iba ­tranquilo, con la mirada al frente, el agua mojándole los mechones de cabellos grasosos. La gente se había resguardado de la lluvia bajo un toldo que se extendía de la caseta de vigilancia hacia la banqueta y cuando pasamos nos gritaron y silbaron, como si fuéramos una caravana de circo o algo parecido. Papá no les hizo caso y siguió hablando consigo mismo. La tarde se había ido pero todavía se advertían zonas claras entre las nubes. Era casi un año de la partida de mi madre y no podía recordarla bien; a lo sumo recordaba sus brazos y sus manos, siempre haciendo cosas, lavando, arreglando, ayudando. Silvia y yo seguimos empujando la silla bajo la lluvia. A esas alturas el rímel se le había corrido por las mejillas y las partes de tela transparente de su vestido se le habían pegado a la piel. Lo más extraño fue que no me resultó incómodo ni molesto estar con ella en una situación así, y a ella no parecía importarle. Al tomar la calle que nos conducía a casa

-Que está muerta.

papá señaló con despreció a dos chicos que nos

-Ese no es el punto. No me importa si está

miraban desde una ventana.

muerta.

-Parece que nunca han visto una silla de

-Parece que va a llover –dijo Silvia, miran-

ruedas –dijo.

do el cielo.

Se peinó el pelo hacia atrás y se quitó la llu-

Y apenas lo dijo una gota grande y pesada

via de la cara.

Balam Bartolomé, El amigo americano, tinta / papel, 2008

cayó sobre mi hombro. Y otras más le siguieron, manchando rápidamente las lápidas de

-Espero que las cosas cambien, hijo.

las tumbas que nos rodeaban. Papá estaba rojo

-Sí, papá.

de ira y yo no sabía qué hacer o qué decir para

-Y espero que de hoy en adelante te compor-

tranquilizarlo. Ni siquiera sabía si era cierto

tes como un hombre. No eres un niño, eres un

lo de su primera mujer y su primer hijo. La

hombre.

lluvia arreció y papá movió la silla con esfuer-

-Sí, papá.

zo para alejarse de ahí por el sendero. Cuando

Por encima de los hombros nos tocó las ma-

me acerqué para tomar los manubrios Silvia

nos con los dedos, un solo toque que, tanto para

se me acercó. Tenía un vestido en las manos,

mí como para Silvia significaba que podíamos

un vestido liso y manchado de lodo que había

olvidar lo que había pasado. -Prométeme que vas a comportarte –dijo.

tomado de entre las cosas de mi madre. -Mejor que nada –dijo.

-Lo prometo, papá.

Y sí, era mejor que nada, así que me lo en-

-Un día –agregó–, me vas a agradecer todo

cajé por la cabeza y lo estiré hacia abajo, hasta

lo que hago por ti. Te vas a mirar al espejo y

la mitad del muslo.

vas a ver a un hombre. Escucha lo que te digo:

Papá ya se había alejado un buen trecho;

un hombre.

corrimos hacia él, tomamos los manubrios y

-Sí, papá. Un hombre.

30


Fuegos artificiales Azucena Galettini

Le está hablando, pero por encima de la músi-

En el jardín corre más viento de lo que hu-

ca a ella sólo le llega un murmullo. Cierra los

biera creído. Las nubes están rosas, cada vez

ojos. Es como si su madre no estuviera, como si

más y más abiertas. Va a terminar por ser una

hubiera dejado de existir. Siente que le sacan

noche despejada.

con suavidad un auricular.

—Va a estar lindo para ver los fuegos.

—Siempre con el aparatito éste, vos. —No

No vio cuándo entró su padre al jardín.

grita, no. No le dice que qué hace escuchan-

—Sí —dice ella.

do esa música horrible a todo lo que da, hasta

—Hubo lío, me dijo tu mamá.

quedarse sorda. Está haciendo un esfuerzo, es

—Lo de siempre —dice ella. Por suerte su

evidente—. En un rato llegan los abuelos, me-

padre no le da un sermón, que es siempre como

jor si ya te cambiás, ¿no?

la parte dos de lo que le haya dicho su ma-

No le va a preguntar qué hay de malo con lo

dre—. Lástima que no tiremos fuegos este año.

que tiene puesto. Ya sabe la respuesta.

—Muchas cosas no fueron como uno hubie-

—Bueno —dice, y apaga el mp3. Su madre

ra querido este año.

sale y ella se levanta de la cama. Busca entre

Ella suspira. Ahora va a salir con lo de la

la pila de ropa y elige una pollera corta, con

fiesta de quince. Va a tener cuarenta años y

el cinturón de chatas, una musculosa blanca y

van a seguir lloriqueando con eso de que ella

los borcegos. Igual les va a parecer mal cual-

no hizo fiesta de quince como las otras taradi-

quier cosa que se ponga.

tas de sus compañeras. Con la plata que les

Sale del cuarto y va al living. El mantel

ahorró.

rojo, los platos buenos, copas de cristal.

—Si tu primo también va a la fiesta de la

—¿No iba a poner la mesa yo?— le pregunta

radio, podés ir —dice su padre.

a su madre, que entra con unos candelabros.

—Para nena, la tenés a Juli. Puedo ir sola

—Después de la pelea que armaste...

a una fiesta.

—Pero al final dije que la iba a poner. Vos

Su padre no la mira.

enjuagabas los platos y me llamabas…

—Si Juanjo no va, vos tampoco. Y como in-

—Juli la quería poner. No pensé que te a

sistas con ese tono, aunque vaya Juanjo…

iba a importar.

—Dejá —dice ella y entra.

—No me importa —dice y sale al jardín.

En el living está su hermana. Tiene puesto

Métanse la Navidad en el orto, querría decir-

un vestido rojo y unos moños en el pelo. Tara-

les. Pero no, suficientes peleas por un día.

rea mientras acomoda unos adornos en el ár-

“¿Por qué siempre tenés que arruinar

bol de Navidad. El perfecto angelito…

todo?”, le había dicho Juli, todavía con su pi-

Se tendría que ir a la mierda ahora mismo,

jamita rosa puesto, haciendo fuerza para no

dejarlos a todos con su linda cena de Navidad

le salieran las lágrimas; nunca le gustó que la

y sus festejos pelotudos en los que nadie se

vieran llorar. Que ella dijera “está bien, pon-

aguanta pero todos sonríen y dicen “gracias,

go la mesa” no sirvió de nada. Nada de lo ella

justo lo que necesitaba” cuando le regalan

diga sirve, parece.

cualquier porquería.

31


32


Suena el timbre. Va hacia la puerta y la

pagaran. Sonríe igual y dice gracias. El único

abre. Es Juanjo, que trajo a los abuelos en el

regalo que le gusta es el de su primo: un libro

auto. Su primo está parado ahí, como muñeco

de Herman Hesse.

de torta, vestido de traje.

—Te va a romper la cabeza —le dice él, y

—¿De qué te disfrazaste? —le pregunta

ella asiente.

ella.

Su mamá se sienta a su lado, y miran a Juli

Él sonríe.

bailar con uno de sus regalos: una muñeca de

—De persona. ¿Vos de qué estás disfrazada,

trapo con forma de mulata.

de pendeja rebelde?

—Pensar que alguna vez vos también fuiste

—De mí —dice ella.

como Juli —le dice a ella.

—Por eso.

—¿Boba?

Su abuela le da un beso

Su mamá la mira enojada.

—Sos tan linda y te ponés esa ropa que te

—Capaz de ponerte contenta con casi nada.

hace tan fea...

Antes te encantaba la Navidad, que estuviéra-

Podría empujar a los dos viejos, atravesar

mos todos juntos, tirar fuegos artificiales con

la puerta, salir corriendo y que la vayan a bus-

tu papá. Últimamente…, últimamente ya no

car después. Absurdo.

sé ni cómo hablarte.

Juli viene corriendo y Juanjo la levanta.

—Tenemos algo en común entonces —dice

—¡Qué lindo estás! —le dice su hermana

ella, pero el tono no le sale exactamente como

desde el aire.

había querido.

—Gracias, princesa, me alegro que a al-

Juli viene hacia ella sacudiendo a su mu-

guien le guste.

ñeca.

—¿La trajiste a tu novia? —pregunta Juli y

—¿No es igual a la tuya? —le dice.

todos se ríen.

—¿La mía? ¿qué mía?

—Va a venir después de las doce —dice

—La tuya, la que me dabas cuando dormía-

Juanjo —, por eso el traje.

mos en la misma pieza y yo tenía pesadillas.

“Desde que andás con esa mina, estás he-

Ella la mira sin entender.

cho un pelotudo,” tiene ganas de decirle. Su

—Juli, tenías como dos años...

madre ya le avisó mil veces que más le vale

—¿Qué tiene? Yo me acuerdo.

tratar a la novia de Juanjo bien, porque se-

—Pero yo no.

guro que se terminan casando. Qué estupi-

Entonces empiezan los fuegos y todos salen

Balam Bartolomé, Osito caldufo, tinta / papel, 2008

dez casarse tan joven. Ella no se piensa casar

a verlos.

nunca, menos con un tipo que se ponga traje.

—Mirá papá —dice ella sorprendida-, al-

No piensa ni mirar a alguien que siquiera ten-

guien tira los globos. Pensé que no los hacían

ga un traje.

más.

Después llegan sus tíos y se sientan todos a

—¿Globos? —pregunta Juli—, ¿qué globos?

comer. La cena se hace eterna.

—Son un tipo de fuegos artificiales —dice

—Qué callada que andás —le dice Juanjo.

su papá—. Es un globo con una vela adentro.

—Para lo que sirve hablar acá —dice ella,

El globo va subiendo, y subiendo, y cuando la

en voz no muy alta. Su primo le pone cara

vela se acaba, hace prender unos fuegos que

rara, pero se queda callado.

tienen adentro. Eran los que más le gustaban

Juli no para de dar vueltas alrededor del

a tu hermana.

arbolito y tanto insiste que empiezan con los

—Pero los dejaron de hacer —dice ella.

regalos antes de las doce. No le sorprende lo

Siguen con la mirada a uno, pero termina

que le dan: un perfume, que no piensa ponerse

tapándolo un edificio y no llegan a ver la ex-

nunca, y un vestido que no usaría aunque le

plosión.

33


sobresalta a Juli, que cierra por un segundo

—Ahí hay otro, Juli —le dice—, seguilo fijo

los ojos y le aprieta con fuerza la mano… Asus-

Pero la vela se apaga y no pasa nada.

tada, como cuando dormían juntas y se desper-

—Está refrescando —dice su mamá—. Me-

taba llorando por una pesadilla y ella le daba su muñeca para que la abrazara fuerte, “la

jor entremos. Ella y Juli se quedan. Entre las explosiones,

negrita te va a cuidar” y entonces sí podía dor-

las cascadas de diferentes juegos, ellas buscan

mirse. El brillo plateado y verde de los fuegos

ver otro globo. Seguro que ya se le terminaron

ilumina la cara de Juli: los ojos negros muy

a quien los tiraba, nada se pierde con esperar

grandes, la boca semi abierta. Ella le aferra la

un poco más.

mano con más fuerza. Y entonces, los fuegos se

—Ahí, ahí —le dice Juli señalando un pun-

acaban y de nuevo están a oscuras.

to naranja.

—Esperemos otro —dice Juli.

Las dos lo siguen con la vista mientras se va

—Ya no hay más —dice ella, soltándole la

acercando. Entonces el globo estalla. El ­ruido

mano, y entra.

34

Balam Bartolomé, Spirit, tinta / papel, 2008

con los ojos.


Ex Debret Viana

1

juntos. El ritual de que alguien diga “che, te

Resulta que tengo que ir a cenar a casa de una

acordás de tal cosa” y el otro asienta. Me con-

ex. No tengo ganas de hacerlo, traté de zafar-

tento con decir que sí y dar pie a que el otro

me de mil modos, pero al final le dije que sí,

continue. Aunque a veces me maravilla encon-

y ahora no tengo más remedio que ir. Me lla-

trarme en relatos de otros haciendo cosas que

mó veinte veces, me rogó. Siempre tuvo una

ni imaginaría. Pero me distraigo. Tomé los dos

notable aptitud para erosionar la resistencia

colectivos, y fui.

molestando incansablemente. Encima vive en un barrio incómodo. No es exactamente lejos,

4

pero tengo que tomar dos colectivos. Eso ya me

Toqué timbre, ella bajó. Tal vez estaba un poco

predispone mal.

desprolija. Maltrecha, creo que sería la palabra. ¿O directamente sucia, pordiosera? En fin, 2

me saludó cordialmente, me invitó a pasar. Me

Trato de no mantener ningún tipo de contacto

mostró parte de la casa. Tenía un gatito blanco.

con mis ex precisamente por estas cosas. ¿Qué

Me dijo “¿te acordás que yo era de los perros?

pueden tener que decirse dos personas que

Bueno, vos me hiciste querer a los gatos”. Su-

han estado juntas? Después de tanta cerca-

pongo que sonreí, pero sobre todo para no tener

nía, cada uno ha visto del otro las llagas y los

que decir nada. Había cocinado pollo y papas

monstruos. Salvo mediado por la anestesia del

fritas. Toda comida congelada. No importa,

amor (o al menos del cariño) nadie es tolerable

igual me gusta. Incluso me atrae esta idea de

de cerca. Si yo más o menos soporto a los de-

los conservantes. De que cuando muera, mi

más, es porque me importan poquísimo. Eso,

cuerpo va a tardar mucho en descomponerse

y que no me acuerdo nunca de casi nada. No

por la cantidad de conservantes que tengo. No

tengo tiempo de detestar a nadie, porque me

es que me vaya a importar mucho después de

la paso haciendo esfuerzos para que no se note

muerto. Pero me parece un detalle hacia los se-

demasiado que prácticamente me son descono-

res queridos. Que no lo vean a uno demasiado

cidos. La gente se ofende con esas pavadas.

putrefacto. Al menos yo, cuando veo a un muerto, prefiero que esté más o menos presentable.

3

Ya morirse es un contratiempo para todos. Es

No sé qué me quiere decir. Me importa poco.

algo que fuerza a reajustar la rutina. Por lo

Mi pasado no me ata demasiado. No soy una

menos, mantener una apariencia no delezna-

persona nostálgica. Es por una condición de

ble es una delicadeza gentil llegada la hora.

mi memoria. Me olvido las cosas con facilidad. Pasa un tiempo, y por más que haya pasado

5

seis años al lado de alguien, su rostro se me

La casa era chica. Ella decía acogedora. Pero

vuelve impreciso, y no logro discernir qué co-

era chica. La cocina era el living. Una ­puerta

sas hacíamos juntos ni por qué fue especial

daba al baño. Otra, presumiblemente, a la ha-

para mí. Es complejo a la hora de ser interpe-

bitación. Me pareció correcto que no me la mos-

lado, porque a la gente le gusta recordar cosas

trase. Habíamos estado juntos tantas veces que

35


que sacar del pecho”. Le dije que estaba bien, que igual habían pasado años, que etc. Traté de comer un poco de torta para mantener la boca ocupada, pero era intragable. 7 “Encima cuando me enteré que estabas con otra, que vivías con ella… me dio una bronca. Hice terapia, tomé pastillas. Pero nada. Estaba obsesionada. Te quise llamar, pero para qué, ¿qué te iba a decir?”. Y caminaba por la habitación, iba y venía, movía las manos, frenéticamente. Casi parecía teatro. De repente, se detuvo, y me miró. A los ojos. Y me dijo “igual ahora estoy mucho mejor. Sí, mucho mejor. Tengo trabajo, tengo a alguien. Es muy distinto a vos, eso sí. Pero bueno, vos te acordás como nos llevábamos”. Horrible, pensé. Pero hubiese resultado incómodo. Hizo café para

“quiero que lo conozcas; está en la habitación,

acompañar el postre. Unas porciones de torta.

duerme como bestia, todo el día, es terrible”.

Bizcochuelo viejo. Apenas lo probé. Hablamos

Y empezó a caminar hacia la habitación. Le

de pavadas. De política, de nuestras vidas, del

dije “no, pará. Está durmiendo, no lo molestes.

trabajo. Me siguió pareciendo insoportable. Se

Otro día, dejá. No sabía que estaba, con todo

movía mucho, hablaba muy fuerte. Tenía pre-

este ruido mirá si lo incomodamos. Dejá, otro

disposición al monólogo. Interrumpía y detes-

día tomamos algo”. Pero ella insistía. Yo me

taba que la interrumpiesen. Cuando fuimos

hubiese ido. Pero algo me decía que no se con-

pareja, discutíamos todo el tiempo. Y cuando

traría a una mujer neurótica. Y mucho menos

nos separamos, me pregunté muchas veces por

si la mujer neurótica tiene un cuchillo en la

qué había estado con ella. Nunca logré respon-

mano. Es notable como un chuchillo, un míse-

derme. Pero como me aliviaba su ausencia, no

ro metal con cierta punta afilada, modifica por

me hice demasiado problema.

completo el vínculo entre dos personas.

6

8

En un momento, sentí que su máscara se que-

Abrió la puerta, me dijo “quiero que lo conoz-

bró. La voz le salía más lenta, y parecía que

cas, dale, es un minuto, es importante para

iba a llorar. ¡Una escena! Lo único que me fal-

mí”. Yo ya me había puesto el saco, ya había

taba. No sé qué hacer, no sé dónde ponerme

pensado cuatro excusas, ya tenía el celular en

cuando la gente llora. Llorar, más ante un in-

la mano y ponía cara de “uh qué tarde que se

vitado, es una descortesía. Pero ella se puso a

me hizo”. Pero ella, esta transfigurada. Su ros-

decir “la pasé muy mal cuando nos separamos.

tro era el de alguien a punto de llorar (¡otra

Casi no comía, perdí mucho peso. Casi todo un

vez!). Y se movía tan rápido, tan sacada. Me

año estuve anémica. Y vincularme con otra

dio más miedo que lastima. Y accedí. Di un

persona, después de lo nuestro, era tan difícil.

paso hacia delante, diciendo “pero está dormi-

No me animaba a correr otra vez el riesgo. Dis-

do”, y ella me dijo que no importaba, que le

culpame que te diga estas cosas, me lo tenía

dijera hola. Estaba la tv prendida. El cuarto se

36

Balam Bartolomé, Vicioso, tinta / papel, 2007

dije “y, cada uno tenía lo suyo”. “Vení” me dice,


azulaba, con sombras intermitentes. Me acerqué a la pareja de mi ex. Estaba boca arriba, casi sentado en la cama. Dije “hola, que tal”. Y no respondió. Tenía los ojos abiertos. Le dije “discúlpame que te moleste, yo….” y ahí, con las publicidades de fondo, y la palidez de la piel y el olor abominable que expelía, entendí que estaba muerto. La situación fue muy incómoda. Los muertos tienen algo que no me genera afabilidad. 9 Ella me miraba desde la puerta, traté de seguir la frase, más o menos. “Yo, eh… pasaba a saludar nomás, muy linda la casa, y… bueno, ya me estaba yendo, tomamos algo un día, dale, bárbaro, chau”. Y me volví hacia la puerta y le dije “listo, ya está, me tengo que ir”. “¿Pero por qué tan rápido? ¿Ya te tenés que ir?”. “Si, ya. Es que…. Tuve una epifanía. Ya sabés como

inmediatamente toda duda me fue despejada.

son estas cosas. Tengo que ir a escribirla. ¿Me

Ella entró, y le habló al finado “Mauro, no seas

abris?”. “Bueno, pero, qué te pareció”. Dudé

irrespetuoso, y contestale. Yo le pedí que hable

sobre cómo responder a esa pregunta. “Te-

con vos, no seas caprichoso”. Hubo un silencio.

nías razón, no se parece a mí”. Casi digo: al

Ella dio dos pasos al frente y le clavó tres veces

menos en la parte del sístole y el diástole. Me

el cuchillo, en el pecho y en el estómago. Me

contuve. “Porque estuvimos teniendo algunos

dijo “es un poco terco, pero es buen tipo”.

Balam Bartolomé, Vago, tinta / papel, 2007

problemas últimamente, el habló de mudarse” me dijo, un poco triste y alterada. “No, no se

11

va a mudar nada, quedate tranquila. Son pro-

Todo se puso casi como una película de terror

blemas de convivencia nada más”. “¿En serio?

japonesa cuando ella dijo “no quiero interrum-

¿Vos podrías hablar con él?”. Era palpable que

pirlos. Hablen tranquilos” y cerró la puerta.

la situación se volvía cada vez más compleja.

Oí el mecánico ruido a insecto que tienen las

“Uy justo ahora me tengo que ir, pero un día de

cerraduras cuando se gira la llave. Quise, con

estos lo llamo, ¿está? Dale, nos vemos y hablo

bastante voluntad, que todo fuese un mal sue-

con él”. Mi táctica de disuasión no tuvo efecto.

ño, para poder despertar. Pero no, no era un

Le cayeron muchas lágrimas rápidas sobre el

sueño. Era eso. Me recosté en la cama y me

rostro, y se llevó la mano –la que no tenía nin-

puse a ver televisión. Me pareció inconvenien-

gún cuchillo– al la frente, temblando. Entré a

te protestar. Es decir, hasta donde sabía, mi

la habitación, y me dispuse a conversar con el

ex tranquilamente podía haberse vuelto una

muerto.

psicópata homicida y lo menos que quería hacer era darle motivos para la reincidencia. 10

Al rato me quedé dormido. ¿Qué iba a hacer?

Mi preocupación, muy ingenua, era esta. Que el

Las cosas ya eran lo que eran. Desesperarme

tipo se acababa de morir. Entonces, no quería

hubiese complicado todo. El muerto olía mal,

estar ahí cuando ella se diera cuenta, y mucho

pero no peor que alguien vivo un poco sucio.

menos quería ser quien le diera la noticia. Pero

Alguien vivo con resaca, o más o menos.

37


12

fin

Supongo que siempre hay una competencia

No sé bien qué pensé al respecto de todo esto.

morbosa entre la actual pareja de una ex y

Esa mujer estaba loca, y vivía con un muerto.

uno. No pretendo esconder que me satisfa-

Tal vez hasta lo mató ella. O se murió ahí (en-

cía sentirme superior al finado. Aunque más

tonces ella se ofende y cada tanto lo acuchilla).

no fuese en todavía poder hacer la digestión,

En una de esas el tipo era muy vago y muy

mover un brazo, mantener una conversación,

callado, y casi no se notaba la diferencia. Sea

parar un taxi, parpadear. Son cosas pequeñas,

como fuese, me pareció bizarro que mi ex convi-

pero los detalles, a la larga, suman.

viese con un muerto. No tengo nada en contra

13

cias, no hay que pelear por el control remoto.

Cuando me desperté, había sobre la cama una

Tal vez en su locura, ella era feliz. No lo pare-

bandeja con tres tazas de té, y medialunas.

cía, claro. Parecía desequilibrada, sucia y psi-

Ella estaba sentada en el borde, y sonreía. Me

cótica. Pero tal vez en un rincón muy profundo

dijo que tome tranquilo, que Mauro lo toma-

era feliz. Tendría que tratarse de un rincón

ba frío. Yo le dije que había estado hablando

tremendamente profundísimo, como un sótano

con Mauro, y que era un buen momento para

subterráneo o algo así. Pero era posible.¿Qué

relajarse, cerrar los ojos, respirar hondo, y ­

podía hacer yo? ¿Llamar a la policía? El tipo

abrirse para poder comprender al otro. Ella

estaba muerto, y eso era irreversible. Si su

lo hizo, y yo aproveché para golpearla con el

cadáver mantenía contento a alguien, aunque

velador y dejarla inconsciente. Luego, discre-

ese alguien sea una sociópata con trastornos

tamente, me di a la fuga. Tal vez fui un poco

neurasténicos, es más útil así que enterrado

­violento, pero la situación exigía un reflejo

en alguna tumba, ¿no? Bueno, no sé. Lo cierto

análogo. Además, ella estaba loca. Cuando se

es que el trámite policial que implica una de-

despertara, ni se iba a acordar o iba a conjetu-

nuncia es complicado y lleva mucho tiempo.

rar cosas de loca.

Las burocracias me desalientan.

38

Balam Bartolomé, Fin, tinta / papel, 2009

de los muertos. Comen poco, no tienen exigen-


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La Palanca 15  

Arte: Balam Bartolomé. Textos: Vicente Alfonso, Marina Porcelli, Gaby Torres, Julio Romano, Balam Bartolomé, Mauricio Salvador, Azucena Gale...

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