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LA PALANCA 14 VERANO 2010 #


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LA PALANCA 14 2010 #

VERANO

Presentación: Ante la incertidumbre y la sinrazón que gobiernan el acontecer en nuestro mundo, habría que permitirle a la imaginación un poco de su espontaneidad para sugerirnos una respuesta distinta —no evasiva sino profunda y plural— capaz de proporcionarle a la memoria el alimento indispensable para sobreponerse a la inmediatez y al olvido. Fernando Savater ha dicho que el problema ético de nuestro tiempo es la banalidad, lo instrumental o caprichosamente intrascendente. La imaginación apuesta por lo diverso, flexible, ingenioso, perdurable: se trata de una invitación a esforzarnos por entender antes de ceder al facilismo de las respuestas unilaterales. LA PALANCA 14 apuesta por la hondura y la trascendencia del discurso literario, en un concierto a cuatro voces donde resaltan la plenitud del lirismo, la recreación nostálgica, la agudeza reflexiva y el ímpetu de la actualidad. El primer movimiento corresponde a la nítida voz poética de Fabio Morábito, seguido de sus observaciones y comentarios en una gratísima charla. Después, Geney Beltrán Félix arriesga una explicación de la barbarie contemporánea, propiciada —entre otros factores— por la orfandad cultural en que vive nuestro país. Nos complace compartir un amplio fragmento de las memorias inéditas de Esther Seligson, dignísima escritora mexicana, que falleciera en febrero de este año, dejando tras de sí una obra sólida, exigente y puntual. Por último, Guillermo García relata las peripecias que le permitieron entrevistar al rapero MV BILL, en plena Ciudad de Dios. Cuatro voces coinciden en este número de LA PALANCA para ofrecernos apreciaciones distintas y necesarias que sirven como contestación a nuestra época, donde lo irrelevante pareciera imponerse al pensamiento crítico. El arte corresponde al estadounidense Stanley Scott quien se sumerge en la búsqueda por representar los conflictos interiores del individuo a través de una gráfica profunda e inquietante.

Índice: 5. Fabio Morábito, Poemas. 9. Diego José, Conversación con Fabio Morábito. 12. Geney Beltrán Félix, La ciudad sin Racine. 18. Stanley Scott, Humanidad desenmascarada. 24. Esther Seligson, Él, mi padre. 33. Guillermo García, MV Bill, El retrato de la Ciudad de Dios.

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LA PALANCA

Edición: Diego José. Arte y diseño: Pablo Mayans. Consejo de colaboradores: Geney Beltrán Félix Jair Cortés Daniel Fragoso David Maawad Joan M. Puig Alberto Tovalín

Agradecemos profundamente el apoyo y entusiasmo para la realización de este proyecto: Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo Lourdes Parga Mateos Sergio Aranda Amparo González Urtusuáztegui Carmen Ubaldo Mejía Trico Pachuca Pedro Liedo Jaime Lavaniegos

DIF Hidalgo Adriana Gallego Preparatoria Elise Freinet Blues Rivera

Espresso Central Dulce María de la Rosa

Alimentari Paola Arriaga y equipo

Secundaria Montessori Lourdes Lavaniegos Lupita de Santiago

Neuromed Jesús Chong Barreiro Offset Santiago Samuel Sadovitch

mina editorial

LA PALANCA se terminó de imprimir en mayo de 2010 en los talleres de Offset Santiago, Rio San Joaquín, 436, Col. Ampliación Granada, México D.F. Para su composición se utilizaron tipos de la familia Century Schoolbook. La tipografía y el logotipo de LA PALANCA son BD PLAKATBAU del Buro Destruct: www.typedifferent.com Para consultar las referencias de nuestros colaboradores y otros contenidos:

LA PALANCA en línea: www.lapalancax.blogspot.com El contenido de los artículos y el arte es responsabilidad de sus autores. Todos los registros en trámite. Para más información sobre la obra de Stanley Scott: www.stanleyscott.com www.stanleyjscott.wordpress.com Portada: Stanley Scott, Deconstructed Self #2, carbón / pastel, 2008

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Poemas Fabio Morábito

Los Columpios Los columpios no son noticia, son simples como un hueso o como un horizonte, funcionan con un cuerpo y su manutención estriba en una mano de pintura cada tanto, cada generación los pinta de un color distinto (para realzar su infancia) pero los deja como son, no se investigan nuevas formas de columpios, no hay competencias de columpios, no se dan clases de columpio, nadie se roba los columpios, la radio nos transmite rechinidos de columpios, cada generación los pinta de un color distinto para acordarse de ellos, ellos que inician a los niños en los paréntesis, en la melancolía, en la inutilidad de los esfuerzos para ser distintos, donde los niños queman sus reservas de imposible, sus últimas metamorfosis, hasta que un día, sin una gota de humedad, se bajan del columpio hacia sí mismos, hacia su nombre propio y verdadero, hacia su muerte todavía lejana.

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Emigrantes A tientas Los tíos se mueren lejos, en medio está el Atlántico, los primos envejecen. Desde hace años no nos mandamos otras fotos Que las de nuestros hijos. Ya no tenemos nada que decirnos. Qué enorme goma de borrar es el océano, con más verdad que todas las promesas. Ahora, si escribiera, escribiría a los que ya murieron: a Ettore, por ejemplo, o a mi tío Roberto; se han vuelto transparentes. Tal vez espero que los otros mueran para amarlos, para entenderlos, para decir crucé el Atlántico de veras.

¿Por qué si digo pájaro me enciendo y cuando digo ave me intimido? digo pájaros y pienso en vuelos cortos, no en migraciones, en los esfuerzos para hacerse un nido; digo pájaro y me embosco, me enarbolo y me ensombrezco, al decir ave me remonto, pierdo la sombra y subo, subo, y sólo la curvatura de la tierra, que no siento, corrige este elevarme sin descanso, traduciendo el ave que hay en mí en un pájaro que busca, en otro clima, un árbol.

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Stanley Scott, Tension Study #5, carbón, 2008

Cada libro que escribo me envejece, me vuelve un descreído. Escribo en contra de mis pensamientos y en contra del ruido de mis hábitos. Con cada libro pago un viaje que no hice. En cada página que acabo cumplo con un acuerdo, me digo adiós desde lo más recóndito, pero sin alcanzar a ir muy lejos. Escribo para no quedar en medio de mi carne, para que no me tiente el centro, para rodear y resistir, escribo para hacerme a un lado, pero sin alcanzar a desprenderme.


Stanley Scott, Dark Portrait, litografía, 2008

Puesto que escribo en una lengua que aprendí, tengo que despertar cuando los otros duermen. Escribo como quien recoge agua de los muros, me inspira el primer sol de las paredes. Despierto antes que todos, pero en alto. Escribo antes que amanezca, cuando soy casi el único despierto y puedo equivocarme en una lengua que aprendí. Verso tras verso busco la prosa de este idioma que no es mío. No busco su poesía, sino bajar del piso alto en que amanezco. Verso tras verso busco mientras los otros duermen, adelantarme a la lección del día. Oigo el ruido de la bomba que sube el agua a los tinacos y mientras sube el agua y el edificio se humedece, desconecto el otro idioma que en el sueño entró en mis sueño, y mientras el agua sube, desciendo verso a verso como quien recoge idioma de los muros y llego tan abajo a veces tan hermoso, que puedo permitirme, como un lujo, algún recuerdo.

Cuando tocando madera dices toco madera, ¿qué pájaro se cae, qué flor se extingue en algún lado? Cuando tocas madera para desviar el rayo que temes, ¿qué rima o llanto estás matando? Tocas madera para apagar un eco, para matar un brillo, para no ser herido, ganas rebaño a cambio de la savia que pierdes, dejas un poco, para ser madera, de ser árbol, el árbol que lo acepta todo: la flor, el pájaro y el rayo. Sólo la infancia tiene muros, muros de cuyo grueso nadie se preocupa. Un día se caen y dejan su lugar a las paredes, cuyo espesor todos conocen, y algunas se caen también y dejan su lugar a simples divisiones que imitan no paredes, sino muros, por eso se comprende que son falsas.

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Conversación con Fabio Morábito Diego José No tiene nada de misterioso. Uno llega a un nuevo país a una edad relativamente temprana (15 años), está todavía en plena formación física y espiritual, ocurre un pequeño sismo en su interior: una nueva lengua viene a ocupar la suya; como es joven y además no le queda de otra (no puede volver a su país de origen, aunque quisiera), se aplica como puede a la nueva realidad que lo rodea; aprende el nuevo idioma y, con él, algo en él se transforma, aunque mucho permanece. En algún momento, el idioma nuevo gana la batalla, se vuelve habitable, no solamente traducible, y uno respira dentro de él. Yo nunca he sentido, al escribir, que estoy traduciendo sensaciones o sentimientos de mi idioma materno, sino que se trata de sensaciones y sentimientos nacidos en el entorno verbal del nuevo idioma.

Stanley Scott, Contorted Figure, grabado, 2008

Escribes en una lengua que aprendiste, como bien lo has expresado en tu poesía, pero: ¿podrías ubicar en algún lugar de tus palabras —más allá de toda referencia literaria— el espíritu del idioma de tu lengua, el italiano, es decir, la lengua de tu infancia? Si pudiera ubicar en algún lugar de mis palabras la huella o el espíritu de mi idioma materno; si pudiera cercarlo con alguna precisión, significaría que mi inmersión en el castellano, mi idioma adoptivo, ha sido sólo parcial. Confío en que eso que tú llamas espíritu de mi idioma materno se haya trasminado en el nuevo, hasta confundirse con él e impedirme reconocerlo de manera puntual. En cambio, puedo decirte que cierta contención propia de la poesía italiana moderna (pienso sobre todo en Saba, Ungaretti, Montale, Caproni, etc.) ha guiado mi obra. En América Latina sigue vigente el mito del poema largo, exhaustivo, abarcador, entendido a menudo como la culminación y el testamento poético de su autor; una idea que a mí me resulta terriblemente antipática. En esto, como en muchas otras cosas, me siento más italiano que mexicano.

A propósito de una imagen poética tuya: ¿cómo arraigarse a los libros, a una lengua y aprender a decir como Milozs ‘ésta es mi casa’? Para empezar, los libros son de por sí un nuevo idioma, como la literatura es una lengua extranjera, quizá la lengua extranjera por excelencia. En este sentido, escribir en un idioma no materno no es una experiencia muy diferente a hacerlo en el propio, considerando que la escritura supone siempre una migración interior a un idioma radicalmente distinto. Todo escritor, por ello, es un traductor, no importando si escribe en su idioma materno o en uno aprendido. En cuanto a la casa, por lo mismo que acabo de decir, quizá el escritor no puede ni debe aspirar a tener una casa verdaderamente

Me llama mucho la atención la manera en que defines tu poética desde la contención del lenguaje como una herencia de la poesía italiana moderna, ¿se trata de precisión, claridad y sugerencia más que de ornato y desbordamiento? Sí, precisamente. ¿Cómo sucede este aprender a sentir y a construir el sentimiento en otro idioma, hasta volverlo parte de ti y hasta volverte parte de él?

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propia; le viene mejor una morada alquilada, de la que tendrá que salir tarde o temprano, para ponerse a buscar otra. No olvidemos, por demás, que uno puede sentir una casa alquilada más íntimamente suya que una que haya comprado. Hay que cuidarse de no fundirse enteramente con la propia casa, no perder nunca esa sensación de provisionalidad y relativo desarraigo que a mí me parece una condición innata del oficio de escribir.

desde otro ser humano hasta una piedra del camino. Lo difícil de escribir es que esta pasividad se acompaña con la actividad acuciosa y exigente de la escritura, que elige las palabras precisas para que esa comunión basada en la pasividad cobre realidad tangible. En cuanto a la memoria, es nuestro músculo principal, el que usamos más frecuentemente; con eso quiero decir que no es algo estático, sino en continuo cambio, y lo que la hacen cambiar son las palabras con las que evocamos el pasado; toda evocación es una transformación del hecho evocado, añade un matiz, suprime otros, reinventa y reconstru­­­­ye.

En un verso te refieres al oficio de traducir como “una astucia”. En el poema que citas, digo en efecto que la traducción, en mi caso, más que un oficio es una astucia, y podría haber dicho incluso una trampa, ya que me encuentro en la situación singular de traducir de mi lengua materna, y no de una lengua extranjera, como hace la inmensa mayoría de los traductores; en otras palabras, al haber adoptado como escritor una lengua extranjera a la que he traducido textos de mi lengua madre, me hallo, como traductor, en una situación de cierta ventaja. Claro, es una ventaja aparente, porque mi situación lingüística implica una dificultad distinta y acaso mayor que la de traducir de un idioma extranjero. Escribir en otra lengua, en cierto modo, es llevar la traducción a su grado más extremo, aquel donde la identificación con la lengua extranjera se ha vuelto tan intensa que, inadvertidamente, ha desplazado a la lengua materna, convirtiendo esta última en la lengua extranjera.

¿Por qué la persistencia de lo baldío?, ¿se trata de un paisaje poético o de una figura filosófica? Tal vez todo paisaje poético sea un paisaje también filosófico. Cuando llegué a México, me llamó la atención la abundancia de lotes baldíos, que interrumpían a cada rato la “respetabilidad”, por así decirlo, de la ciudad. Como me sentía un intruso, tal vez se produjo una identificación inconsciente con estos lotes que también parecen unos intrusos en el tejido urbano. Si tenía que adentrarme en la nueva realidad, debía ­empezar por lo más simple, sus espacios huecos y abandonados, sus lotes baldíos. Pronto me di cuenta de que, lejos de ser lo más simple, esos lotes eran sumamente vertiginosos e inagotables. En un sentido, no he dejado de escribir sobre ellos, sólo que de una manera cada vez menos explícita.

En tu poética percibo la quietud de una pausa que procura encontrarse con el ritmo pasivo de los objetos y de la memoria, ¿cómo entiendes la relación entre palabras, versos, cosas y recuerdos? Me gusta eso de “ritmo pasivo” de los objetos. Sí, el escritor debe ser capaz de alcanzar un alto grado de pasividad interior para poder identificarse con aquello que lo rodea,

Tu poesía se sostiene también por una particular manera de entender la versificación y la austeridad en el decir, ¿qué importancia tiene lo formal en tu idea de la poesía? ¿existe una relación con estos paisajes poéticos? Mi primer libro fue escrito enteramente en heptasílabos. Necesitaba ese molde debido a mi inseguridad lingüística. Fue lo mejor que

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Stanley Scott, sin título, carbón, 2008

se me pudo haber ocurrido. Gracias a ese verso corto, que llegué a hacer parte de mi propia respiración, pude cruzar la barrera aduanal del nuevo idioma. Pero la herramienta podría haber terminado por ahogarme; en el segundo libro, el verso se volvió más amplio y ondulante, sin sometimientos de índole métrica, o al menos no tan estrictos como en el primer libro; en el tercero, esta libertad se fue ampliando un poco más. Con todo, no me veo escribiendo versículos. Sin embargo,cuando me sale un verso largo, me siento íntimamente satisfecho. Un verso largo es la cosa más difícil que hay. Poder escribir un verso de más de quince sílabas, sin que sea posible cortarlo, lo deja a uno siempre muy contento. que abre las posibilidades de la poesía y la narración. ¿Cómo concibes este diálogo entre géneros o estilos?, y ¿cómo ubicas personalmente este libro? Caja de herramientas ha sido un libro muy importante para mí. Representa mi personal incursión en el aspecto metafísico de las cosas, una incursión que todo artista debe emprender tarde o temprano. Creo que si hubiera fracasado al escribirlo, esto es, si no hubiera podido llevarlo a término, esto habría comprometido seriamente mi porvenir como escritor, pues en ese libro formalicé un mundo íntimo en el que se apoyan en mayor o menor medida todos mis libros; estructuré en él una mirada sobre las cosas cuya sinceridad intuí desde el primer momento, pero que debía cristalizar en una forma concluida para apropiármela y al mismo tiempo liberarme de ella. Digamos que ese libro, el segundo que escribí, fue en verdad el primero que hice, pues en cierto modo el primer libro se escribe solo, casi a expensas del autor; el primer libro de verdad casi siempre es el segundo; así, con Caja de herramientas me hice adulto, y a través de él construí una identidad psicológica y filosófica, si se me permite decirlo así, que me permitió crecer y existir como poeta.

A diferencia de aquellos escritores que suelen vivir en la vorágine de la hiperproducción y la mesa de novedades, en realidad publicas poco y espaciado. Parece que respetas mucho los tiempos de creación entre tus libros ¿a qué se debe esto, a lo mejor es una impresión mía? No creo haber publicado poco. Entre cuentos, poesía y ensayo, llevo una docena de libros. No es poco. Me gustaría haber publicado menos, eso sí. Se escribe demasiado, sobre todo los novelistas nos castigan con sus engendros anuales, de lo que se salva muy poco. La mala literatura siempre abunda; ser abundante es precisamenete una de sus características. Sin embargo, la mala literatura no es tan aciaga como se podría creer. Sobre todo para los lectores noveles, cumple alguna función introductoria importante, exhibe los materiales elementales que luego la buena literatura afina y refina. Siempre ha habido mala literatura y siempre la habrá, y es preferible la mala literatura a los malos médicos, que también siempre los ha habido desde que existe la medicina. La editorial española Pre-Textos reeditó tu libro Caja de herramientas, en donde realizas una exploración formal muy particular

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La ciudad sin Racine Geney Beltrán Félix Es una orfandad del intelecto. La idea viene de George Steiner, cosa no rara: ha planteado este ensayista que no hay para nuestra época una currícula literaria básica cuyo conocimiento sea visto como obligatorio para los miembros de la elite o la sociedad en su conjunto. Este código universal habría de consistir en un syllabus: una relación de obras y autores canónicos —como lo fueron los clásicos griegos y latinos durante varios siglos—, cuya lectura y estudio habrían de ser exigidos desde la niñez, y sobre cuya importancia no habría de existir la menor duda ni polémica. Pero contrario a lo que postula Steiner, pienso que ha surgido un nuevo syllabus. Hablo de un canon atípico signado por una paradoja: cambiante e indefinido, se trata de la literatura contemporánea. Como en el pasado, es un syllabus restringido a una minoría: ahora, una porción no amplia de la clase media alfabetizada, la consumidora de bienes culturales. Sin embargo, el tácito aplauso de lo contemporáneo (en el que por un Lobo Antunes hay trescientos Coelhos) parece borrar las lecciones de la tradición humanística y volver innecesario o carente de valía social el conocimiento de las grandes obras antiguas. «Los escritores se dividen en aburridos y amenos. Los primeros reciben también el nombre de clásicos», escribió el venezolano José Antonio Ramos Sucre. No distante de esa idea, vemos un aparato de publicidad puesto en marcha por las empresas editoriales más fuertes para legitimar, ante los ojos de quien tiene un pobre conocimiento literario, casi exclusivamente la novela contemporánea. Este canon mutable se sustenta en el olvido de sí mismo, quiero

decir, en la producción permanente de bestsellers que desplazan a los anteriores, y en la ignorancia de la tradición y de otros géneros. «Clásico no es un libro... que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad», escribió Jorge Luis Borges en un breve ensayo de Otras inquisiciones. Hoy ese fervor y esa lealtad parecen no dirigirse a Katherine Mansfield ni a Ovidio, no a Garcilaso ni a Longino, sino al escritor que se distingue no por publicar obras renovadoras y complejas sino por ganar premios con novelas de temas coyunturales: léase, así, la literatura contemporánea no por ser literatura sino por ser contemporánea. Sé que esta visión apocalíptica del mercado editorial no es exclusiva de nuestra época y que, de igual modo, muchos grandes autores han sido también muy buenos y merecidos mercaderes de su obra, de Shakespeare a García Márquez, de Lope de Vega a Dickens, pero la circunstancia doble que acuso —el desdén hacia los clásicos y la curiosidad automática por las «novedades»— es, y permítaseme la expresión parcial del disgusto, un fenómeno de consecuencias perniciosas. Pues, como resultado, en las librerías y bibliotecas de Culiacán, donde nací, no hay un solo libro en francés de Jean Racine, el gran dramaturgo del XVII. Lo cual es, como bien sabemos, contraproducente. Si hace dos siglos Napoleón podía intentar con bastante seso una explicación crítica del «Soyons amis, Cinna», de Augusto en la e­ scena

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final de la tragedia de Corneille, hoy y desde hace décadas ni el dinero, ni el poder, ni la fama exigen una aproximación a los grandes libros. Ante las estrellas de la música popular y los deportes, frente a los líderes políticos y su propaganda mentirosa, las humanidades se hallan muy lejos del contacto fructífero con la comunidad. Como tal, el conocimiento literario carece de prestigio y se ha vuelto una parcela señalada sólo para los especialistas. ¿Por qué insistir, entonces, en la pertinencia de acercar los grandes clásicos a una masa multitudinaria de lectores? ¿No es irreal esto de creer que lo que por milenios ha sido reservado al conocimiento de una elite pueda ser ahora de interés para las mayorías? Como revelarían los textos paradigmáticos de Eliot, Sainte-Beuve, Italo Calvino, Bloom o Coetzee en torno de la lectura de los clásicos, se trata de una cuestión de supervivencia de los valores culturales que han significado una fuente de reflexión, conocimiento, imaginación y criterio para los seres humanos; en síntesis, de la idea misma de humanidad.

técnica artística, de todo estilo —con el caudal de ideas, de mitos, de imágenes, de conceptos, que actúan constantemente sobre nuestra sensibilidad y nuestra conciencia». Postular entonces que la lectura de textos literarios es sólo un placer, y que como placer no hay lógica en que sea instigado obligatoriamente en un aula, significa decir apenas la mitad de la verdad y no hacer justicia al libro, una de las armas culturales más poderosas de la historia que, si bien no sólo por sí mismo, ha transformado a numerosas sociedades. No es sensato —creo— quedarnos en loas únicamente hedonistas sobre la lectura como un vicio. Hay mucho más. Es cierto que la lectura concernida de un buen libro, clásico o contemporáneo, no corrige los defectos de temperamento ni hace superior moralmente a nadie —pues contra la genética, los astros o la crianza ni el psicoanálisis puede hacer gran cosa—, pero ese ejercicio concentrado sí amplía de forma cualitativa el criterio, el conocimiento y la imaginación. En cuanto forma parte de, y actúa en un grupo humano, este mismo lector podría llevar al entorno comunitario su capacidad de razonamiento y su sensibilidad, y estas ventajas —aunque no siempre— serían beneficiosas no sólo en la esfera de la conducta cotidiana sino, también, dando origen, exigiendo o apoyando ideas, programas, instituciones y leyes creadas, sí, por individuos, pero dedicadas a salvaguardar los derechos primarios de la humanidad por encima de los intereses de particulares y corporaciones.

Pero habría, por supuesto, que explicarlo, dar el porqué. Dicho así, suena heroico, ampuloso, y por lo mismo parece un hueco lugar común, sospechosamente correcto. ¿En qué área de las relaciones sociales es perceptible el beneficio del conocimiento de la gran literatura? ¿Cómo explicar la violencia, la agresión contra los derechos humanos y la corrupción en países cuyas escuelas transmiten nociones elementales de los libros mayores de la historia? Partamos de un hecho: la tradición humanística ha dado forma a nuestra concepción del mundo, y una de las premisas de esta herencia es la crítica. Alejo Carpentier escribió: «Los autores clásicos son los pilares inamovibles de toda cultura por cuanto fueron moldeando el pensamiento humano a través de los siglos, dándonos los elementos de toda

Estaría de más, me temo, insistir en el panorama, pero lo hago. Es esto: un grave problema radica en el hecho de que los temarios de las escuelas contemplan la transmisión de datos concernientes a la literatura, no las herramientas cognoscitivas que permitan su aprehensión crítica y su disfrute intelectual. Datos, sólo datos: fechas, nombres y títulos, corrientes y rasgos sumarios.

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Información, por supuesto, insuficiente, porque la apreciación del arte es un placer que se aprende. Leer la Antígona de Sófocles requiere un entrenamiento que facilite la percepción de su belleza y su problemática moral. Entonces, decir —como lo ha hecho Guillermo Sheridan en un ensayo publicado en Letras Libres en mayo de 2007— que «no se debe olvidar que las campañas en favor de la lectura, las partidas presupuestales, los sermones y coqueteos para conseguir que un analfabeta funcional por fin supere el terror que le produce un libro —no digamos una librería— suelen culminar en la mayoría de los casos en un momento muy deprimente: la temblorosa adquisición de una novela de Danielle Steel», deja de lado un hecho que, a mi parecer, debe ser considerado: que la lectura es un placer cuya apreciación es culturalmente transmitida; es decir, que el goce de los libros mayores requiere no sermones ni coqueteos sino un adiestramiento técnico ahora, se supone, restringido a la minoría que estudia la carrera de letras en la universidad. Y no se trata de que todos lean: creeríamos que un libro de Danielle Steel o de la saga de Harry Potter es mejor que ninguno pues podría ser el primer escalón rumbo al Quijote y Anna Karenina, pero en el fondo se trata de que todos tengan la oportunidad de un preparado acercamiento a las obras literarias, así como tendría que ser también el caso de las ciencias naturales y las matemáticas. No todos leerán libros humanísticos — así como no todos tendrán intereses científicos a lo largo de su vida—, pero quienes traigan en los genes una inclinación u otra no la verán perennemente contrariada, como hoy sucede. ¿Esto es demasiado utópico?

de sí mismo, en nuestra época de democracia semialfabetizada esta discusión no sería del todo impertinente: ¿para quién se escribe? ¿No es aterrador que el diálogo intelectual fuera del círculo literario sea casi nulo? ¿Qué lugar tiene la literatura en una sociedad donde la cultura es entretenimiento, el conocimiento es información y lo visual, como avizoraba Walter J. Ong en Oralidad y escritura, ha desplazado a lo escrito? ¿La literatura va a quedar relegada sólo al cubículo universitario del doctor en letras? Ese diálogo endogámico no habrá, me temo, de conducir a nada, si no es al autismo intelectual y la redacción de una literatura muerta e insensible. ¿Que ya en otras épocas así han sido las cosas? ¿Que sor Juana escribía sonetos para la corte sin andar buscando el aplauso del vulgo? Pues, bueno: hablamos de otras épocas. No habrá de olvidarse que en nuestros días la democracia es el sistema político por excelencia, una prestación histórica (por hoy) definitiva; pero si observamos que la gran mayoría de los votantes son manipulables y tan limitados intelectualmente como Homero Simpson (quien sólo como personaje de caricatura es encantador), no es ingenuo ver aquí, en este método para la toma de decisiones políticas, un peligro posible para las minorías, el medio ambiente y en general la idea de la justicia, como lo ha señalado Michael Mann en su estremecedor libro The Dark Side of Democracy. El estado neoliberal, entonces, así como busca proveer de una formación técnica a sus clases medias y bajas, de tal modo que pronta y fácilmente sean reclutadas y explotadas por las compañías trasnacionales, debería procurar también un acercamiento sensible a la educación intelectual humanista, para facultar a sus futuros ciudadanos el responder con mayores elementos críticos a sus responsabilidades en la polis. Debería. Pero la educación es una expresión política deliberada del estado.

Si bien cada autor debe responder en primer término a su temperamento y habrá de escribir para un lector ideal que, como dejó dicho Salvador Elizondo en una prosa de Estanquillo, corresponde a un perfil idéntico al

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Stanley Scott, Tension Study #3, monotipo, 2008

y la inteligencia. Y si tales atrocidades están menos documentadas y no hay películas hollywoodenses sobre ellas como sí las hay sobre el Holocausto, en no poco se debe —además de a intereses comerciales y de exaltación nacionalista yanqui— a que la misma cultura de occidente ha sido un crítico vigilante contra la herencia nazi. Los libros, armas de dos filos, pueden propagar la violencia y también su antídoto: la razón y la sensibilidad. Pero donde no hay libros, sólo quedan la violencia y la barbarie. Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1947, E. A. Westphalen escribió: «En la historia del hombre, las obras de arte son como los hitos que va dejando para reconocerse, y para poderse guiar por el tumulto de lo desconocido». Suena cursi pero no por eso ha de ser falso. Los libros sí cambian a las comunidades a través de sus individuos, y su estudio y conocimiento, obligación educadora del estado, es un resguardo contra la siempre inminente barbarie.

Y la actual —desastrosa y elementalísima— conviene exactamente a sus intereses. Una y otra vez lo hemos escuchado: los libros no cambian ni cambiarán jamás el mundo. Más aún: las humanidades no ­pueden presumir de inocentes. Los libros pueden —sí— incluso ser cómplices del horror y la barbarie; los artistas y pensadores, a la manera de Heidegger y Céline, han callado y aplaudido ante las rojas manos del genocida. Pero oponerse a ese tipo de atrocidades es la misma posibilidad de la cultura crítica. Sólo una comunidad que cuente con un diálogo intelectual vivo tendría la confianza de acusar a tiempo los avances y efectos de lo inhumano en esa misma esfera letrada y en el resto de la sociedad. Como bien lo ha estudiado Steiner, lo inhumano se alojó en Alemania, el corazón de la cultura filosófica europea; pero lo mismo inhumano aniquiló poblaciones eslavas enteras durante el estalinismo y ha destruido a las naciones africanas, latinoamericanas y asiáticas —Ruanda, Argentina, Camboya; Sudán, Guatemala, Irak; Uganda, Colombia, Turquía…— a través de guerras civiles, dictaduras, genocidios y persecuciones contra la humanidad

La idea de George Steiner sobre la ausencia de un syllabus para nuestra época —leída primero en las páginas de Sobre la ­dificultad

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Stanley Scott, sin título #1, monotipo, 2009

con el paso caluroso del tiempo, ya en la adolescencia me hice lector de libros. En la prepa, una profesora de literatura, Beatriz Téllez, nos dejó leer Los hijos del capitán Grant, de Verne. Fue un deslumbramiento. Yo tenía catorce años entonces. Y así, a Verne siguieron Salgari, London, Dumas padre. Luego, García Márquez y el río de Cien años de soledad y, por recomendación de mi gran amigo José Luis, Crimen y castigo de Dostoievsky. Decidí entonces, ante el asombro comprensible de la familia, convertirme en escritor. Pero surgió el acomplejado diagnóstico de la bastardía intelectual. Al leer en algún libro la historia del Borges que leía el Quijo-

y otros ensayos— fue reveladora. Empecé a ver mi propia vida, y sé bien que esta circunstancia a muy escasos lectores habrá de interesar, bajo otro signo. Es la bastardía intelectual. Crecí en un pueblo pequeño de la sierra de Tamazula, Durango, en los límites con Sinaloa. Era el cuarto de seis hijos, en casa no había libros ni más lecturas que las historietas o los semanarios políticos o de nota roja: Kalimán, Orión, El Águila Solitaria, Impacto, Alarma!, Siempre! Yo tenía nueve años cuando mi familia se mudó a Culiacán y nos establecimos en una casa grande y vieja del centro de la ciudad, en el ruidoso bulevar Madero. Ahí,


te a los cinco años, al conocer de Nabokov o Yourcenar con su niñez culta y políglota, vi a Culiacán como la periferia de la periferia, y me puse desesperadamente a buscar más libros y a aprender idiomas. Era un motivo de vergüenza haber pasado mi infancia sin leer nada. ¿Dónde había estado escondido todo ese mundo de las letras vivas en el mudo papel? Así fue cómo, en algún momento, me planteé el deseo snob e ingenuo de leer a Racine. En francés. ¿Por qué? Otros clásicos los leía en las traducciones de la editorial Porrúa o la Colección Austral, sin ningún prurito ni quejumbre. Pero: Racine en francés: la lengua clásica, transparente y heroica. El último de los clásicos. La gran poesía es intraducible por mandato. No habría de ser difícil: lenguas hermanas —me decía—, el latín como abuelo, aprendo un tanto de gramática, visito cada tercer palabra el diccionario. Etcétera. Ahora sonrío. ¡Buscar un tomo francés de Racine! Y no, no lo encontré en ningún lado. Lo mismo habría de pasar con otros autores y títulos, traducidos y ya no digamos en su lengua original: de Conrad a De Quincey a Coleridge a Paul Celan... A lo que iba: no hubo manera de que un lector adolescente encontrara un libro de Racine en su ciudad de origen. Comparado con tragedias mayores, ésa es una minucia. Pero habla de una época desprovista de esa exigencia de educación humanista, de ese syllabus ilustrado. Habla además de una ciudad sin razón, que no respeta ni valora la inteligencia y la vida del espíritu, encerrada en sus orgullosos referentes regionales de cultura popular y en valores excluyentes y fascistamente empresariales, con escasos y despoblados lugares para la reflexión literaria y el disfrute de las artes, desdeñosa de lo universal y nulamente concernida por la formación humanista de sus nuevas generaciones. De eso habla una ciudad sin Racine. La bastardía intelectual vendría como consecuencia.

Quince años después, ahora que vivo en la Ciudad de México donde he venido haciéndome, mal que bien, una breve casa para la reflexión y la escritura —y la lectura, por cierto, de Racine, dueño de los más prístinos alejandrinos de la lengua francesa—, cada que viajo a Culiacán en vacaciones encuentro que sigue sin haber libros franceses del gran dramaturgo. Hay en sus librerías, sí, ediciones de los clásicos pero en traducciones descuidadas y muy poco confiables —nada de Gredos ni Siruela ni Castalia ni la UNAM ni Acantilado— y, a montones, los best-sellers: tomitos de autoayuda, herramientas de negocios, recuentos de nuestra escandalosa política arrabalera, noveluchas edulcoradas de autores premiados que hoy son leídos con fervor y lealtad pero que al paso de los años serán desconocidos totalmente. El nuevo syllabus. Y, en las calles, afuera de las muy pocas librerías y bibliotecas, es de verse el día a día de una sociedad fracturada por el deterioro de su vida cívica, por la corrupción y la violencia ya natural del tráfico de drogas, una comunidad insensible y discriminatoria en sus palabras y en sus hechos contra mujeres, homosexuales, niños, discapacitados, morenos y no católicos, indiferente ante la nula vigencia de los valores humanos y las leyes. Sin libros. Ya inmersa en una barbarie cotidiana. Eso me encuentro en sus calles. Eso, peor aún, encontró en Etiopía Ryszard Kapuściński, como recuenta en Ébano: “En Addis-Abeba me traslado a la universidad. Es la única en todo el país. Me asomo a la librería universitaria. Es la única en todo el país. Estantes vacíos. No hay nada: ni libros ni revistas. Nada. Tal situación se presenta en la mayoría de los países africanos”. Sale muy caro —concluyo entonces—, sale muy caro para una ciudad no tener libros de Racine en sus bibliotecas. Este ensayo pertenece al libro: El sueño no es un refugio sino un arma.

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Humanidad desenmascarada Mi trabajo es animado por las facetas más oscuras de la naturaleza humana. Las figuras en éstos grabados y dibujos son descripciones y respuestas bastante reales a un conflicto interno. Estas figuras muestran al espectador un nivel más profundo de la condición humana presente tanto en el trabajo del artista como en la sociedad misma. Me interesan particularmente los elementos que nos incomodan y los aspectos de nosotros mismos que negamos. Estas emociones no expresadas son la fuente de la tensión en las imágenes. La tensión que amalgama a tales figuras está dentro de nosotros, activando nuestras acciones y elecciones. Siento que debemos aceptar y reconocer nuestros demonios interiores, tanto en un nivel individual como en un nivel social. Mi trabajo acepta este conflicto interno como una parte normal de la condición humana que todos sentimos en momentos de lucha. Al hablar honestamente a través de las obras, el espectador es retado a redefinir su relación con el conflicto interno, provocando una respuesta cruda. ***

*** Todos podemos relacionarnos con la tentación. Todos hemos batallado en conflictos con los que nos podemos relacionar a un nivel personal. Es aquí dónde quiero aproximarme al espectador en tanto alguien que también batalla. Siento que necesitamos vernos holísticamente, aceptando nuestro deseo y nuestra codicia tan plenamente como nuestra caridad y compasión. Estas tentaciones y deseos oscuros definen a nuestra humanidad y complementan nuestra experiencia humana. Estas necesidades y los conflictos internos que resultan de ellas, son una muestra de la profundidad de nuestra naturaleza y no deben ser ignoradas, externalizadas u olvidadas. *** En mi trabajo, como en los retratos de locos hechos por Gericault, ofrezco al espectador una mirada dentro de las realidades de un alma en conflicto. No tenemos que estar luchando en contra de alguna disfunción o psicosis para saber cómo debemos relacionarnos con estos sentimientos de tensión interna. Estudio estos lados oscuros de mi propia experiencia y los expreso a través de la imagen y su proceso. Las figuras y rostros resultantes pueden ser inquietantes pero son percibidos con un sentido mayor de humanidad, ya que las formas hacen eco de mis conflictos internos al ser explorados, transfiriéndose relacionalmente al espectador.

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Fragmentos de la tésis para optar por el grado de Maestro en Bellas Artes, por la Colorado State University. Traducción Pablo Mayans

Mi propia naturaleza en conflicto es la fuente de la imaginería que expongo en mi trabajo. Al dibujar a partir de la experiencia y de fuentes personales de conflicto puedo construir una imagen que refleje mejor a la humanidad. Busco estados de conflicto porque me relaciono visualmente con ellos a través de mi cruda y natural respuesta. La obra está realizada con una intensidad responsiva que se traduce directamente como un elemento de humanidad en el trabajo terminado. El trabajo en proceso es una forma de catarsis para el artista y la expresión que traduce a la fuente del conflicto en una imagen creada.


Stanley Scott, Motion Study, monotipo, 2008

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Stanley Scott, sin t铆tulo, carb贸n / pastel / tinta / l谩piz, 2010 Stanley Scott, Cycle, carb贸n / pastel, 2008

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Stanley Scott, Tension Study #9, 2008

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Mi proceso es simple y claro en un esfuerzo para comunicarme directamente. Soy esencialmente un formalista que trabaja en niveles estéticos y emotivos. Trato de evitar las recetas y las formulas estéticas. Esto da espacio para la conversación y para una respuesta natural e intuitiva, expresada de una forma elemental. He sido influenciado por la crudeza en la forma del estilo maduro de Bacon. Las figuras gritan con dolor físico y psicológico mientras que los retratos construidos yacen mudos, en una forma de agonía interior. En sus autoretratos y sus figuras humanas distorsionadas, Bacon nos muestra un montaje de elementos, explorando las figuras visibles, interna y externamente en un “intento de crear cierto tipo de sensación visual”. Su trabajo pasa por alto los detalles superficiales y captura la forma elemental que yace debajo. Es sólo a través de estas distorsiones que, dice Bacon, uno puede comunicar la realidad. Este elemento de expresión cruda demanda una concentración mayor por parte del espectador, mientras da forma a la presencia de la figura. La humanidad que se presenta es real, llena de la arena y el polvo de su conflicto interior. Las distorsiones en la percepción sirven como un indicador de los efectos de la tensión. Esto me motiva. *** Las decisiones y respuestas al ser, construyen la imagen final , al tiempo que los elementos formales son consistentemente referenciados, al pensar en las necesidades del trabajo mientras progresa. Existe un ligero cambio aquí donde la forma de hacer se encuentra con el vocabulario estético y formal de las decisiones finales. En su conjunto el trabajo evita la estructura, excepto para nutrir la receptividad del artista con el trabajo en proceso. Las cosas a las que respondo son universales y, básicamente respondemos y nos relacionamos con ellas de la misma manera. *** El grabado y el dibujo componen el grueso de mi trabajo. Al dibujar puedo capturar fácilmente la escala humana al trasladar estos conflictos a gestos y movimientos de trazo en una escala de uno a uno. Los dibujos ocurren en tiempo real, sin las variables de la traslación dadas por los procesos de impresión. El monotipo me permite mantener los elementos de dibujo y escala al tiempo que puedo trabajar con capas de color. Un elemento muy importante del proceso de impresión es su capacidad para mantener una clara definición ahí dónde los colores se traslapan. *** El medio ambiente del estudio me sirve como un crisol para una concentración intensa. Cuando converso con mi trabajo, me siento atado a algo más grande que yo, y siento indudablemente que mi trabajo importa. Creo esto en relación con la influencia de Joseph Beuys, al ver al artista como un chaman, reconociendo “la unidad del arte y la vida”. A través de mis respuestas ante la emoción cruda, intento escuchar a mi trabajo y a mí mismo con claridad y dirección, reconociendo los errores tanto individuales como colectivos. En este proceso siento que encuentro la verdad a través de la intensidad. El ser destilado puede ser crudo, pero es honesto. En un estado de concentración y responsibidad. Confío en mis instintos primarios y le permito a la imagen que traduzca mis respuestas honestamente a la audiencia. Al trabajar concentrado intensamente en lo que siento a través del conflicto me acerco a la verdad y a desenmascarar mi humanidad. Stanley Scott.

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Él, mi padre Esther Seligson

bailaba. ¡Y cómo le gustaba la opera!, me comentó conmovida una amiga suya con ya casi noventa años un día de en que me abordó en la sinagoga al reconocerme. —Los domingos nos íbamos en bola a Chapultepec con los muchachos, a remar, a la feria, a ver el pa­seo de las ricas en sus coches de caballos, toda una excursión… De los apenas completados dos años en la escuela preparatoria mi madre, me platicaba, guardó sus “mejores recuerdos”; a su primera “amiga verdadera”, Berta Sulkin vecina del departamento de arriba con quien pasaba el tiempo libre leyendo poesía, paseando o en el cine donde iban a escondidas con sus enamorados no judíos; sus cuadernos de biología —gruesas libretas llenas de recortes de periódico, láminas, dibujos minuciosamente realizados (la verdad es que sus manos de pianista eran prodigiosas para dibujar; para tejer —y pellizcar, dicho sea de paso—, y, ya para cuando se quedó en casa sin nosotras, el pirograbado, la encuadernación y otros oficios en los que se inició profusamente según acostumbraba en lo que adquiría e iba dejando de manera imperceptible fiel a su hábito de caer en la inercia: aprendía rápido, porfiaba poco), pulcros apuntes redactados sin faltas de ortografía con su inalterable letrita de manual Palmer—; sus sueños de terminar la carrera de bióloga, de viajar “por todo el mundo”, conocer el Metropolitan Opera House, La Scala de Milán acompañada por un marido ad hoc. Él, su marido, que no resultó para nada ad hoc (aunque sí consiguió embarcarlo en algunos viajes y hasta que la acompañara a esos tan soñados lugares), venía de otras di­mensiones de realidad.

Yo me quedo con el sentimiento de que, cercados por los rasgos de nuestro temperamento, vivimos en perpetua soledad mariposas pinchadas dentro de una caja de cristal; con la certeza de que el azar tiene sus leyes, una de las cuales tal vez se llame Destino; y con mil incógnitas al respecto. ¿Qué podía haber de más incompatible, para ser compartido, que los mundos de Salomón y de Maña? Matrimonios concertados eran en su gran mayoría por aquellas épocas. “Yo fui plato de segunda mesa porque a Ella ya la habían rechazado. Al tipo le pareció poca la dote”, argumentaba Él si intentaba yo rastrear el origen de sus desavenencias. Cuándo empezaron a encariñarse uno con el otro, no tengo idea. “¡Cómo no la maté o la devolví a su casa después de la primera noche!” —¿Cómo iba yo a confesarle que mi propio padre me semidesvirgaba desde la pubertad?, me confesó alguna vez Ella. No tenían un lenguaje común. Ella venía de un mundo construido en la promiscua libertad de las calles del Centro deefeño donde deambulaba con sus amigas y donde había crecido desde los casi siete años en que llegaron de Moscú. El castellano era su lengua —el idish se hablaba en su casa y lo entendía perfecto, pero ni lo leía ni lo escribía y jamás la escuché hablarlo—, la escuela pública su ambiente natural, el cine su pasión, y la lectura indiscriminada de poe­sía y novelas le ocupaban la espera de un príncipe azul sin duda poco acorde con la realidad de esas señoritas de la Comunidad Ashkenazi que ya desde la preparatoria asistían al Club en Tacuba #15 en busca de “un buen partido”. —Tu mamá era muy alegre. Era la más bonita y la que mejor

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Era la época de los sombreros estilo Arturo de Córdoba, y así aparece Salomón en las fotografías ensartadas en uno de los múltiples álbumes que mi madre configuraba en sus noches insomnes: delgadísimo, traje sastre con chalequillo, corbata, zapatos de charol negro y blanco, entre grupos de amigos vestidos igual y con quienes compartió sus diez primeros años mexicanos antes de matrimoniarse. En otras fotos aparece abrazando a muchachas bonitas y con esos mismos amigos en excursiones que hacían por las cercanías del Distrito Federal en el Ford descapotable de uno de ellos, Enrique Kupfer, su mejor amigo durante muchos años y del que gustaba hablar conmigo — “fuimos muy cercanos, él era muy culto, amaba la música, estudió en la Universidad de Lodsz, pero aquí ya nomás se dedicaba al billar y a las apuestas, era todavía más jugador que Max y que Aharon el hermano de tu mamá, trabajó muchos años en una camisería con un tal señor Saka que tenía dos hijas jóvenes y guapas a quienes visitábamos algunas noches, nada serio pues él no se quería casar, estaba enfermo de un pulmón (¿tuberculosis?) y tenía un hermano mayor con problemas mentales que dejaron internado en París, de paso para México con los padres”— pues igual aparece en fotos donde mi hermana y yo estamos subidas teatralmente encima del famoso Ford y fue un “tío” al que adoramos, tierno, sencillo, nos regaló las más hermosas muñecas imaginables (¿acaso estaba enamorado de mi madre, me pre­ gunto a la distancia? Le traía de tanto en tanto lujosos pren­dedores, guantes, algún sombrerito a la moda, golosinas) y las primeras plumas fuentes, mágicos instrumentos que recibíamos de sus manos finas y blancas, elegantes, sobrias como todo en él, sonrisa tímida, pelo negro rizado, guapo, salvo que no era considerado un “buen partido” porque no tenía negocio fijo como mi padre a quien sus hermanos ayudaron en la adquisi-

ción de un localito para establecerse, la Joyería y Relojería Greta tras­paso de un entrañable danés Wagner Elbiorn. Cuando la madre del tío Enrique enviudó, al parecer casi a su llegada a México, aceptó en su casa huéspedes, jóvenes judíos recién emigrados. Todavía la recuerdo siempre sonriente enmarcada en su melena blanca y con su eterno mandil a cuadritos, tan fina como su hijo. También para Él esos fueron sus “mejores años”. Hablaba el español sin acento y lo leía de corrido, pero su escritura era “floja” según su propia expresión, a causa de la ortografía, no era afecto a la literatura, sí a la historia contemporánea y a la política, nunca se ocupó de lo que aprendíamos en la es­ cuela, tampoco objetó la carrera universi­ taria que escogimos, gustaba del cine y del teatro, no frecuentaba los con­ciertos y mucho menos la ópera, ámbitos favoritos de su mujer. No quiso volver a saber de su pasado de judío observante, de su cultura y tradición aunque más o menos guardaba las apariencias frente a su suegro, moscovita conservador gracias al cual mi hermana y yo entramos a estudiar a la escuela judía “Yav����� ne” y mantuvimos la identidad que Salomón sólo parecía recuperar du­rante las dos noches de Pesaj celebradas ortodoxamente en casa del dicho suegro, cuando hablaba en idish o le salían a flote los prejuicios de su incuestionable educación. ¿Y sus talentos? “De todos los hermanos es el más sensible e inteligente”, aseguraba el tío masón (padre de dos hijas que parecían la calca dos y tres años mayor que mi hermana y yo), y ninguno era tonto pero las circunstancias no se dieron para estudios y “desarrollos intelectuales”, y creo que a quien más le pudo fue justamente a mi padre: ¿aceptó sin más su Destino o deci­dió capitular frente a él y confinarse en su negativa a abrir­se a nada que no fuera práctico e inmediato como un reto a esa añeja sabiduría que lo cobijó hasta su adolescencia y que, según Él, “no sirvió para

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Stanley Scott, Deconstructed Self # 3, carbón / pastel, 2008

nada”? Era amplio su catálogo de eno­jos sofocados, de emociones cenagosas. A Salomón lo sacaban de sus casillas las impuntualidades, las mentiras, sentirse enga­ñado, cargar cualquier objeto por pequeño que fuere, salir de compras, tener que servirse por su cuenta aunque fuera un vaso de agua, que mi hermana y yo nos peleáramos, escucharnos prepa­rar los ejercicios de piano, que no le dieran buen servicio en los restaurantes o le sirvieran en casa la comida fría, tardada o mal sazonada. El mínimo contratiempo le alteraba la química sanguínea y su mujer era especialista en provocarlos, en espe­cial para frustrarle precisamente los pequeños placeres que se podían granar en los domingos, único día familiar que debutaba con el desayuno común, vestirnos muy acicaladas mientras Él se bañaba —el bóiler, que era de leña, nunca alcanzaba a calentar el agua a la temperatura que Él deseaba porque Ella no se levantaba a prenderlo “a tiempo”— y salir primero nosotras con Él, en tanto Ella a su vez se arreglaba, a recorrer el arbolado camellón de Mazatlán hasta casa de los primos hijos del tío Max, regresar juntos a la esquina de Vicente Suárez donde ya esperaban las otras familias amigas con sus respectivos niños —raramente Ella se encontraba ya ahí— para irnos “en bola” a la feria de Chapultepec. Fue nuestro ritual de infancia hasta más o menos los diez u once años. Entonces apareció el Deporti­vo Israelita, y es así como podría yo hablar de “mi padre antes del tenis” y de “mi padre después del tenis”. Ahí encontraba el agua bien caliente, no tenía que esperar a nadie, y cuando regresaba a casa ya las tres estábamos listas para sentarnos a comer o salir a un restaurante o a casa de los primos o a alguna ce­ lebración de cumpleaños. También hubo un Salomón del diario y un Salomón de final de vacaciones: si existió una parte de felicidad que en el mundo me correspondiera, pienso hoy, fue aquella de las vacaciones en el mar

acapulqueño con primos, amigos y ese bullicio libre, desenfadado de las mamás sin sus maridos, todos, ellas y nosotros los niños, sin restricción de horarios para comer o dormir, cambios de ropa, regaderearnos, el día entero en la playa hasta el crepúsculo, la noche en los juegos, las travesuras, algún besuqueo, y el “Cinito” que aquel Hotel Papagayo de ensueño ofrecía a la gente menuda con películas de Shirley Temple, Chaplin, los Hermanos Marx, El Gordo y El Flaco: los 230 portales de la bienaventuranza y su miríada de ramificaciones, ecos y reverberaciones abiertos a la curiosidad infantil de nuestros sentidos y su exploración durante veinte interminables amaneceres, atardeceres y noches, hasta que en el vigésimo primero retornábamos a los canónicos últimos siete días pertenecientes al “Reino de los Padres” con su modo de ser días —cuando años después leí La semana de colores entendí cuál había sido el secreto cromático y de textura de esos instants of being fuera de la “realidad” y tan carnalmente reales—, una suerte de sostenida previsibilidad imprevisible porque eran la ocasión para organizar excursiones más allá de la cotidiana playa, ir a esquiar, a las lanchas de fondo de cristal, a los veleros, los deslizadores, a la laguna de La Marquesa, al mar abierto en Pie de la Cuesta, a los clavadistas en La Quebrada, a La Roqueta, lugares que en mis fervores infantiles y adolescentes quedaron como improntas edénicas y de ninguna manera proustianamente perdidas o saciadas como modelo de una única Realidad, sino como certeza de la posibilidad de múltiples realidades otras, diversas, ex­cepcionales pero, valga la redundancia, reales, existentes, el sentimiento de que nuestro mundo no es sino una más de las formas que tiene la Shejiná de expresarse. Así pues, todo era lenguaje divino, fraseo, alfabeto, relación entre letras y signos de puntuación que ya bocetaba yo en poemas y buscaba ávida en las lecturas. ¿De esas

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i­ mprontas vendrá esta forma de ser mía que “nada te contenta”, en especial la de hacer estallar cualquier situación de calma chicha, de autocomplacencia? ¿Es sólo cuestión de temperamento? Salomón, al igual que los otros padres en cada familia, era el héroe incuestionable durante esos siete días, dispuesto a conceder cualquier petición, seductor, apapa­chón con todo mundo, cachondeaba a su mujer mientras se regade­ reaban juntos, salía a bailar por las noches con las demás pare­ jas y sin chistar, de hecho no chistaba para nada —¿tanto así?, “idealizas” diría mi hermana—, parecía recobrar su joviali­dad de soltero, una jovialidad tan autoimpuesta, es verdad, que resultaba candorosa. Durante siete días al año era capaz de o­ frecer y ofrecerse lo mejor de sí mismo. ¿Subyacía tras la más­ cara de esos héroes trasterrados la misma resquebrajadu­ra? Por supuesto, pero éramos muy niños para poder saberlo, y cuando lo entendimos, nuestra propia grieta ya era igualmente irreversible, irrescatable de su abismo cualquier género de “conformidad” o reconciliación. Alcanzar los límites de nuestra trascendencia, dicen cabalistas, es nuestra divina misión en este plano terrenal, nuestras infinitas humanas dimensiones. ¡Vaya paradójica tarea! Y porque existe una forma de encontrar que actúa desde la oscuridad y no desde la luz, sin duda estamos a veces tan enneblinados, somos tan tenebrosos, persistimos en tanta mezquindad. El resto del año, algo más allá de su voluntad y de su poder para expresarlo lo mantenía mayormente silencio­ so, en la obstinación de sus hábitos, como si supiera que ni con el mejor lenguaje posible se pudiera expresar lo que nos so­brepasa, en particular ese dolor que durante las depresiones lo derruía por dentro y que no era físico sino del Alma, aunque fuera en el cuerpo donde se manifestara. Hay cosas que a los seres humanos no nos es dado entender, y punto. “Ni el conoci­miento ni la sabiduría pueden

tocarse con las manos” apunta un irónico talmudista a propósito de los esfuerzos de la razón por atrapar lo incognoscible, espiritualmente hablando. ¿Y si el Destino es justamente lo único que de la Divinidad nos es dado a conocer?... “Toda mi vida trabajé para que a ustedes no les faltara nada”, repetía. Muy cierto. Pero Él no podía saber que mi madre nos racionaba sin el menor escrúpulo y a cuenta, según Ella, de misteriosas alergias que nos mantenían durante seis días a la semana, coincidentes con los que Él no comía en casa, a una especie de dieta de la misma sopa, el no-postre, galletitas y dulces bajo llave y otras veleidades de mi madre que podían de pronto transformarse en algún manjar sorpresivo según su humor. De ahí que los domingos fueran en general de excepcionalidad paradisiaca, una transmutación, no tanto de lugar como de nivel del Ser, como si la barrera limitante de lo cotidiano, de espejo claustrofóbico, se abriera ventana al horizonte infi­nito. ¿Exagero? ¿Idealizo? “The only knowledge of which a person can be said to be sure of is that of himself, simply, a knowledge of one self, even if this is greatly obscured by the image projected by the world”, escribe sin ironía Adin Steinsaltz... Toda luz tiene su sombra, y la sombra su propia sombra. Tal vez sólo lo que nos empeñamos en “eternizar” (¿idealizar?) es lo que sobrevive, el resto es únicamente despojo. Curioso: cuando estoy alegre, siento a mi madre; Él, en cambio, sigue pesando en mis tristezas, con todo y el regusto feliz de esas jornadas do­minicales. (Mi soror espiritual, Eugenia Ogarrio, musa de ingratos jasones pávidos, cita a William Faulkner: “La sangre paterna odia, llena de amor y de orgullo, mientras que la sangre materna, llena de odio, ama y cohabita”...). Nunca quiso aprender a conducir. Cada mañana tomaba religiosamente su camión Mariscal Sucre hasta el Zócalo y así retornaba por las noches. Era

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Stanley Scott, Tension Study #1, carbón / pastel, 2007

sin duda un hombre de rutinas, pero en esto también hubo diferentes épocas hasta que finalmen­te, ya casi a los setenta años, se “deshizo del changarro” como expresó no sé si muy convencido pero sí con un vago pánico ante la perspectiva de permanecer en casa “sin hacer nada” y en com­pañía de su mujer, Ella sí francamente aterrada pues iba a per­ der sin más las libertades de su dolce far niente. Cuando el fatídico Uruchurtu aún ni se vislumbraba con su urbanismo devas­ tador acudir al Centro durante las fiestas de fin de año era o­tro de esos acontecimientos epifánicos: las calles atestadas de luces, los comercios, el Zócalo con sus bancas, prados y tranvías, se llenaban de adornos, esferas, piñatas, escarcha multicolor, y a mi hermana y a mí se nos otorgaba el privilegio de ir a escoger aquellos adornos que engalanarían las vitrinas de la Joyería y el arbolito de Navidad que, contra la oposición de mi abuela, ponía en casa mi madre. Sabor a buñuelos, a pambazos y sopes, olor al heno y al pino frescos, húmedos, las pilas de juguetes —nosotras los recibíamos de los Santos Reyes—, los villancicos, el airecillo frío de diciembre, una suer­ te de fraternidad entre los transeúntes, ningún gesto parecía inútil, huero, un espectáculo de configuraciones rítmicas cuyo gozo parecía provenir de todas partes y de ninguna en particular. Y aunque atareado, Él estaba generalmente de buen humor,

nos presentaba con sus clientes, cedía a nuestros caprichitos gastronómicos a pesar de las protestas de Ella que terminaba por compartirlos (a fin de cuentas ése había sido el habitat de sus mocedades y lo conocía de sobra). Durante las épocas de la Pre­ paratoria, cuando me iba de pinta con mis amigas Paloma y Frida, caíamos a visitarlo sin previo aviso sólo por verle la cara de sorpresa, sacarlo de su aburrimiento y hacer que nos invitara a comer con esa su máscara seductora de galán melancólico y sonri­sa en desamparo (muy al estilo de las zarzuelas que tanto amaba). Salomón prefería que no le pidiéramos nada directamente, pero los “grandes permisos” sólo Él los otorgaba (las excursiones de varios días con la organización scout sionista, dormir en casa de alguna amiga, salir con algún pretendiente). La verdad resul­taban una incógnita esos “pregúntenle a tu papá” y/o “pregúntenle a tu mamá”, dado que Ella llevaba las riendas pedagógicas, domésticas y económicas. Sin embargo, existía un misterioso límite que Ella no osaba saltarse a la ligera por la no menos ex­ traña razón de que, en ciertos casos, le tenía miedo a su mirada, a su posible estallido de cólera, y oscuramente a mi hermana y a mí nos contagiaba ese temor. Confieso que, a pesar de mi natural irreverencia y espíritu iconoclasta, nunca le per­dí ese “miedo” que, por ejemplo, cuando habíamos cometido una

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también de fina seda. Ritual al que nos era permitido asistir a veces y que, además de anunciar la noche libre para armar nues­tros espectáculos, nos iniciaba a mi hermana y a mí en los secretos de “el mundo de los grandes” al que invariablemente se nos remitía a los chicos con el infalible “ya lo sabrás cuando seas grande”. Era como levantar apenas la puntita del velo tras el cual se ocul­taba ese misterium tremendum al que accederíamos “algún día”. Verlos escoger el traje, a Ella frente al tocador ésas sus co­diciadas joyas, que “algún día” heredaríamos —ese “algún día” nos enteramos de que en realidad mi padre se las traía presta­das, costumbre que también practicaban los otros dos tíos joyeros—, para la ocasión con tal de que no usara las de mi abue­la, fruto por lo común de abonos no cubiertos por el incauto que hubiera recurrido a ella para solicitar un préstamo en efec­tivo. Mi madre adoraba en particular las esmeraldas. Mi abuela los zafiros y las turquesas. En Ella, más que detalles que la sacaran de quicio, eran obsesiones peculiares: que poner bolsitas con hojas de lavanda entre la ropa y canicas de naftalina en donde colgaban los abrigos y prendas de lana los conservaba para siempre; que bañarse de noche era malísimo porque acostarse con la cabeza mojada hacía daño; que ciertos alimentos causaban alergia o eran nocivos per ­­­­

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Stanley Scott, Tension Study #13, carbón / pastel, 2008

de esas travesuras imperdonables nos hacía meternos a la cama antes de que Él regresara de la Joyería para, en caso de que Ella nos acusara, no verle la cara de fastidio y enojo, y no tanto porque nos fuera a pegar —rarísima vez llegó a darnos una nalgada— sino por el lío que se iba a armar entre Ellos y el lapso de silencio que quedaría flotando en la casa amén de desvanecernos de su campo de visión donde de por sí no entrabarnos muy a menudo. De ese “miedo” aprendí que si bien no son las palabras más terribles las que des­ truyen una relación, tampoco las más cordiales son precisamente las que la sostienen, y que pedir a toda costa la “verdad desnuda” puede resultar más que fatal. De ahí igual sea probable que me convirtiera en una cazadora de instants of being a la manera woolfiana. Escuchar juntos por las noches los programas de Cri Crí a través de la radio, la “Hora Idish” los domingos seguida de la “Hora Española” y sus zarzuelas, el cante hondo; verlos de buen humor engalanarse para asistir a alguna boda, al teatro, el perfume, la loción, la corbata a tono con el fino traje sastre, los guantes, cuál de las bolsas de chaquira o bordada, mancuernas y pisacorbata, pañuelo con inicial, pañuelo de encaje, calcetines, medias de seda para la ocasión cuidadosamente enrolladas para evitar la nefasta “carrera”, la ropa interior


se; que el dinero había que ahorrar­lo a cualquier precio; que los dulces careaban los dientes y daban dolor de estómago (Ella los comía a escondidas); que “no hagas cosas buenas que parezcan malas”, refrán que practicaba espián­donos y escudriñando nuestros cajones y mochilas; se automedica­ba y autodiagnosticaba todas las “itis” habidas y por haber, a la par de su hipnótica fascinación por médicos, análisis y eventuales operaciones quirúrgicas. En suma: si a mi padre le ocupa­ban las Actitudes, a Ella lo material y corpóreo, pero en ambos redundó en la incapacidad para disfrutar lo que pudieron permi­tirse generosamente cuando vendieron la mítica casa de Cuautla #22 en la Condesa y Él dejó de trabajar unos años después. Sin embargo, pareció entonces que se hubiese cortado su contacto con el flujo de la Vida, esa paciente espera largamente presenti­da y elástica llamada “algún día”, ese Día Mágico en el que lo soñado y anhelado vendría a hacerse Real, a desaparecer el mantillo legamoso de la cotidianeidad, a beberse una música i­nefable el silencio de una convivencia tan parca en semejanzas y afinidades, tan de contrastes y trasiegos… “No somos seres humanos que tienen una experiencia espiritual: somos seres espi­rituales que tienen una experiencia humana”, escribe Teilhard de Chardin. Lo peor de los depresivos crónicos es la autocomplacen­cia en la que terminan sumiéndose cual nonatos en su líquido amniótico. De ahí que, en ese estado, sea muy poco lo que, des­de fuera, se pueda hacer pues el personaje se encuentra atrin­ cherado hasta los dientes, y no va uno a meterse a rescatar a un “prisionero” que ha hecho de su cárcel un Versalles privado. Por ello sospecho que mi madre decidió irse a encontrar un Destino que le acomodara cuando finalmente aceptó que su marido había ganado la partida y no estaba dispuesto, contra pronósticos y evidencias médicas, a irse primero y dejarle el campo libre pues, a pesar de jurar lo contrario, Él se aferraba a la

vida como si quisiera, como si esperara que ésta le entre­gase en un postrer destello su sentido, su porqué y para qué tantos años de renuncia a ser, y de batalla librada contra la desesperanza y el resentimiento. “El Señor lo dio, el Señor lo ha quitado. Bendito sea el Nombre del Señor. Amén”... La sabia Mariana Frenk a sus 106 años, parafraseando a Goethe, pedía mehr Leben (en vez de mehr Licht), y me confesó sentirse an­gustiada por no poder darle la mano “como Zerlina a Don Juan” al Ángel de la Muerte. En cambio para mi madre fue un fru­to que ofrendara sus peladuras en un acto de amor, presintiendo que así habría Él de encontrar su propia redención, la reconciliación última a la que aludió el rabino y que llevaba semilla en el nombre: shlomo, shalom, shalem, Salomón, paz, plenitud… Sea lo que fuere el caso es que cuando habían tocado el punto crí­tico de mutua tolerancia en el que, sumergidos en la casi total oscuridad, apenas si eran aún visibles el uno para el otro, fue la época de peor encono entre ambos: “Ahora que ya podríamos viajar se le ocurre enfermarse” acusaba Él. Y ahí estaba el quid: Ella claro que perecía por viajar, pero ya no con Él de quien tendría que ocuparse “peor que de un niño chiquito”: las píldo­ras antidepresivas, las maletas, los boletos de avión, los pa­ saportes, las reservaciones, itinerarios, propinas, lavandería, las agruras, comidas, imprevistos “y lo que resulte”, para que luego el marido viniera a insistir en que le amargaba la existencia. A esas alturas de sus más de cincuenta años de matrimo­nio, si se querían o se odiaban daba lo mismo pues lo que sen­tían ya era independiente de hacia quién o qué o por qué lo sen­tían. Ambos formaban una inextricable extensión el uno del otro queriendo desentenderse, ignorarse, y así habitaban el dominio circunscrito de lo humano donde no hay ya palabras para expre­sar la vastedad de lo divino y sus mundos ocultos, sin percibir apenas indicios de su

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Luz de Misericordia. Pero como, igual, todo lo viviente, cada creatura, cada partícula, sólo ocupa su propio lugar y su propio tiempo únicos y personales, y no exis­te nada que no tenga atribuida su porción de divinidad, las cercanías del Ángel de la Muerte despertaron, primero en mi madre, del letargo los residuos de almitas, esas unidades de conciencia, alertadas ante la inminencia de encontrarse en su última oportunidad de redimirse en este plano con miras a otras dimensiones alternativas menos perecederas. Así, Ella empezó a desprenderse de la acumulación de objetos, ropas, recuerdos y un mil inclasificables bienes atesorados en sus afanes de hormiga, y a intentar aproximarse a esa especie de trinchera sombría lla­ mada Salomón, y que el Destino le deparó por marido… “No veo qué privilegio hay en ser judío”, me comentó alguna vez un compañero en la Facultad de Ciencias Químicas, allá en aquel viejo edificio del pueblo de Tacuba. “Tampoco veo ninguno en no serlo”, respondí harta de estar queriendo ser “como los demás”. ¿Cómo? Cuando después de la muerte de mi madre Salomón aceptó bajar al Parque México en su silla de ruedas —un año antes se fracturó la cadera derecha, percance que durante la in­tervención quirúrgica lo llevó de nuevo a los umbrales del más allá y de donde lo devolvieron, igual que en otras ocasiones—, siendo que anteriormente caminaba a la redonda durante varias horas, su popularidad ya no estribó en ser “el polaco”, sino justamente en ser “el señor judío”, que así distinguían cuidadoras y enfer­meras, enfermeros y cuidadores (caterva de engendros vampíricos) a sus pacientitos: “el herr teutón”, “la viejita rusa”, “el míster inglés”, “la gachupina”, con un muy mal disimulado dejo de resentimiento social. Y vaya si se dejaba consentir, como que derrochaba seducción, regalos e invitaciones al cafecito (el Matisse fue el preferido), in­cluso enganchó a una gallega sexagenaria de no mal ver que ­paseaba

con sus tres pekineses (de los que estuvo dispuesta a des­ hacerse a cambio del casorio) con la promesa de matrimoniarla y darle en dote las Joyas de mi madre. Este episodio que comen­zaba a enervar a Leticia, la cocinera de mi papá, sencillamente porque la susodicha se metía en la cocina para “supervisar” lo que ella habría de comer cuando era invitada, lo zanjó comentán­dole un buen día con aire atribulado, “pues haría usted muy bien en vender esas joyas cuando se las den porque las hijas del señor ya se gastaron todo el dinero que le quedaba a su papá”. ¡Santo remedio! Una noche mi padre se quejó de que yo le había “espantado a la novia”. Le comenté que en realidad tenía en Lety a un ángel protector. “¡Y quién pensaba casarse!”, replicó mirándome con una chispa traviesa en los ojos y una sonrisita de niño agarrado en falta, “lo hice para distraerme, pero qué bueno que se fue porque ya empezaba a caerme gorda y era más mandona que tu mamá”... “Es bonito el lugar” comentó mi padre desde su si­lla de ruedas frente a la lápida de su mujer que develamos un año después del entierro —al que enfurruñadísimo no quiso asis­tir pues “¡cómo que se murió si el que está enfermo soy yo!”… Sabía de antemano que el “terrenito” aledaño estaba reservado para Él y ese comentario sorpresivo fue el inequívoco mensaje que sus almitas enviaban dispuestas a reincorporarse a la imperecedera Conciencia Absoluta, génesis siempre renovada del grano al fruto que es promesa de semilla… “¿Cuál es la muerte ideal?”, le preguntaron al Rabí de Bratzlav: “aquella cuyo último suspiro no perjudica a nadie; aquella cuyo último suspiro recuerda el crujido de los árboles en otoño”... Y me parece que a partir de ese día de la develación vivió mi padre sus mejores postreros ocho meses... Fragmento del libro inédito de memorias Todo aquí es polvo.

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MV Bill: el retrato de la Ciudad de Dios Guillermo García

so social. Un dato: de una población de 190 millones de personas, 90 millones son de raza negra, pero éstos sólo representan el 10% de la totalidad de sus graduados universitarios. No hacen falta estadísticas para apreciarlo: en las calles de Río, los vagabundos, que aparecen en cada cuadra ­—incluso de los barrios más turísticos— son negros; al dormir a la intemperie y por el clima templado, no precisan de cobijo alguno, por lo que no hay forma de “evitarlos”, de no ver sus rostros y cuerpos acomodados contra el asfalto. El deshecho más grande de este proceso se llama Ciudad de Dios, «descubierta» al mundo por el filme de Fernando Meirelles —que se basa, a su vez, en una novela de Paulo Lins publicada en 1997—. Un extenso territorio que el gobierno dispuso en los sesenta para acoger a miles de familias cariocas afectadas por inundaciones y que, con el paso de los años, fue adquiriendo las características del resto de las favelas, convirtiéndose en un reflejo recrudecido de las mismas. A diferencia de las favelas más famosas, la Ciudad de Dios no se desarrolló en un morro (o cerro) sino en una llanura, y sus construcciones no están apiladas en forma laberíntica. En el trazo de sus calles impera cierta lógica urbana que, sin embargo, se encuentra “oculta” entre la autoconstrucción, la basura y la falta casi absoluta de vegetación. Un día después del asalto de Robinson, llamé a Aline, la manager de MV Bill, para concertar una entrevista. Ante la dificultad para congeniar los tiempos, me pidió mi número celular para notificarme cualquier actualización. “No tengo celular, ayer me lo robaron...”,

A morte está tão perto de nós, que as coisas vistas de longe tem um ar infantil As palavras, Wlademir Dias-Pino

Tres horas después de haber arribado, el paraíso mostraba sus dientes: Robinson —­ como amablemente se había presentado unos minutos antes— me amenazaba con un enorme cuchillo en el estómago y me robaba dinero y pertenencias. Bienvenido a Río de Janeiro, a cidade maravilhosa. La ciudad de inusual geografía ha desarrollado una impresionante industria del turismo que incluye también, como si se tratara de un deshecho, el asalto a sus visitantes. En sus calles late un pulso sexual, crudo, mulato. Y entre sus playas y ensenadas —Flamengo, Botafogo, Copacabana, Ipanema, Leblón, Barra…— deambulan por igual vagabundos, prostitutas y miles de turistas en busca de «todo eso que ofrece Río». Los cariocas lo han aprovechado y en sus recorridos turísticos incluso ofrecen paseos por las favelas más populares —como la enorme Roicinha— para conocer al Río «verdadero». La realidad es que en los últimos treinta años, la ciudad ha sufrido un proceso de descomposición social debido a la densidad urbana (la población supera los 10 millones de habitantes), la marginación, la pobreza y el narcotráfico; ha pasado de ser la cuna de la bossa nova a la del funky carioca (tal vez el movimiento musical urbano más osco de todo el mundo); de Tom Jobim a MC Catra. El racismo representa otro de sus problemas medulares, y es que en Brasil, último país del mundo en abolir la esclavitud hace 122 años, los negros siguen siendo excluidos de la mayoría de las oportunidades de ascen-

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le expliqué casi anecdóticamente; ella pareció terriblemente apenada y me pidió disculpas a nombre de Río. “A veces así es la ciudad”, me dijo. Las llamadas se repetirían unas siete veces antes de ponernos de acuerdo. El entrevistado, Alex Pereira Barbosa (nombre real de MV Bill) quizás, el rapero de mayor renombre en todo Brasil; la mayoría de los jóvenes brasileños lo identifican fácilmente, aunque pocos conocen su obra a profundidad. Con tres álbumes publicados —Traficando Informação (1998), Declaração de guerra (2002) y Falcão, O Bagulho é Doido (2006)— ha ganado reputación, en gran medida, por su origen: nació, creció y vive en la Ciudad de Dios, lo cual para la cultura del hip-hop (llena de historias y personajes idealizados) representa, finalmente, un elemento de validación. El año pasado, ganó el premio de MTV Brasil al mejor rapero, saltando a las filas mainstream de la música brasileña, desde donde ha podido colaborar con algunas de sus figuras clave como Caetano Veloso. Su obra, deudora principalmente del rap callejero, se permite guiños con el rock y la MPB; sus presentaciones en vivo incluyen dj’s, percusionistas, guitarristas y hasta un violinista —de lo que especialmente se jacta—, además de las intervenciones de MC Kmilla, su hermana. Antes de nuestro encuentro, tuve la oportunidad de conocer Río con mayor detalle; las personas, fieles al estereotipo, eran en su mayoría amables, alegres, extrovertidas. En un bar de Lapa (barrio céntrico y sucio, donde miles de jóvenes se reúnen para embriagarse en las calles sin, prácticamente, regulación alguna) conocí a Luciana y Daniella, dos mulatas que dirigen Retalhos Cariocas, una empresa que fabrica ropa y accesorios de moda con los deshechos de las fábricas textiles de la ciudad, y que juegan de esa forma con las relaciones de la industria establecida (como en el caso del turismo) y su excedente, los residuos que Río «guarda» para el resto de la población. Su empresa es tremendamente política (aunque no

lo adviertan) al abreviar muchas de las características de Río: lo establecido, lo industrializado, lo oficial y sus periferias, lo marginal, lo netamente urbano. Les platiqué sobre la posible entrevista y, después de confesarme su admiración por MV, además de advertirme sobre el peligro de visitar la Ciudad de Dios, se ofrecieron a acompañarme. Minutos después, como si se tratara de una extraña broma, en el bar donde charlamos reconocí a Robinson, bebiendo despreocupadamente, como pez en el agua. Ante mi notoria incomodidad, mis acompañantes me aseguraron que no corría peligro porque Lapa era su barrio, y si asaltaba lo hacía en las zonas turísticas, donde personas como yo eran presa fácil. Robinson —negro, distraído, de baja estatura,— efectivamente, parecía estar «descansando», con la misma actitud relajada con la que se acercó a mí aquella noche en Copacabana, donde después de ofrecerme maconha (o marihuana) como se la ofrecería a un amigo, cambió violentamente su semblante para amenazarme.     El hostal donde me hospedaba —a unos 200 metros de la paradisiaca playa de Ipanema—, a pesar de la supuesta temporada baja de noviembre, estaba repleto de jóvenes, principalmente, de Inglaterra, Australia, Estados Unidos y Argentina que viajaban por unos días dispuestos a embriagarse sin medias tintas. Todos eran excesivamente amigables, ruidosos, predecibles; pagaban cientos de reales por tours, fiestas y souvenirs, y si alguna vez me excusaba con ellos por no acompañarlos a alguna fiesta, ofrecían pagar también por mis gastos. Son los muchachos encantadores del turismo contemporáneo; con ellos, la industria que Río prepara finalmente puede activarse, encontrar un cauce que tiene a la vida nocturna de la ciudad como estandarte: bares de hip hop y de samba; fiestas en barcos, en los barrios, en plena calle, llenas de maconha, alcohol y

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Stanley Scott, What’s left of you, grabado, 2008

público de Brasil que, por el contrario, parecían no ceder un ápice en la violencia de su vida diaria. Las noticias del fin de semana lo habían acentuado: los narcotraficantes derribaron (con quién sabe qué armas) dos helicópteros de la policía y la guerra particular de Río llegaba a un punto crítico. No obstante, las calles de las zonas turísticas no modificaban demasiado su aire festivo; en las playas y en cualquier calle, así como en las inmediaciones de Maracaná —el barrio y el estadio— el fútbol era también un distractor importante; las playeras del Flamengo (equipo de Río con más de 30 millones de torcedores en todo Brasil) con el número 10 en la espalda —símbolo sagrado del jogo bonito— pululaban. Después de dos semanas

éxtasis. En las fiestas funky, me explicaban, las mujeres sin ropa interior pueden entrar sin pagar y, en caso de no «tener suerte» con ellas, las prostitutas eran una buena opción —frente a la playa de Copacabana, los travestidos trabajan con los senos al aire—. Me preguntaban de dónde era, qué hacía en la ciudad; yo les contaba sobre mi entrevista como si se tratara de una victoria personal, conviertiéndome súbitamente en el tipo que conocería el «Río verdadero». Hay cierto placer perverso en mirar de frente a la miseria, cierta excitación por la marginación y la pobreza; el aura que envuelve a un barrio desgraciado que encontró la fama a partir de una película y que, después de su repercusión mundial, puso a las favelas en el ojo

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y media de espera, y tras una investigación sobre la Ciudad de Dios que incluía, para aumentar mis preocupaciones, la historia de un periodista foráneo que queriendo infiltrarse con los capos del narcotráfico carioca le habían cortado los brazos, llegó también la hora de nuestro encuentro (que coincidió con mi último día en la ciudad). Aline se había encargado de extremar precauciones contratando a un taxista de confianza para que me recogiera y llevara de vuelta al hostal. Daniella y Luciana llegaron con algunos minutos de retraso. El taxista emprendió el viaje con música a todo volumen: «¡Jovem, preto, novo, pequeno (...) Drogas, armas, sem futuro...!», palabras que escupe MV Bill en la letra de Falcão (primera canción de su álbum más reciente) y que podrían resumir el leit motiv ideológico del rapero: las condiciones sociales de sus barrios son las mismas que les impiden encontrar posibles rutas de escape; «É fácil vir aqui me mandar matar/ difícil é dar uma chance a vida...». Lo que décadas atrás comenzó como narcomenudeo de drogas y estupefacientes importados de Colombia y Paraguay, principalmente, se convirtió, a falta de intervención estatal, en un entramado gansteril que no sólo controla el narcotráfico sino a las estructuras sociales de las favelas. En este contexto se desarrolla la cultura urbana de Río de la que el funky y el hip hop se alimentan casi naturalmente; el primero como una apología de los estilos de vida de los criminales, el segundo como una pretensión de cambio social. Para llegar, desde Ipanema, al «barrio más bajo del mundo» (como se le llama en la contratapa de la película que lo «homenajea») tiene que atravesarse Barra de Tijuca —una playa lujosa de belleza abrumadora, casi increíble— en un viaje de unos cuarenta minutos. Cuando “entramos” a la Ciudad de Dios —aunque en realidad, la favela ubicada en Jacarepaguá, en la zona oeste de la ciudad de Río de Janeiro, no tiene límites reco-

nocibles a simple vista— tuve la misma sensación que en mis encuentros con Robinson. El cosquilleo en las piernas era una alerta de mi propio cuerpo ante lo que me rodeaba. Por aquí una calle polvorienta, por allá una casa acondicionada para las celebraciones de la Igreja Universal (también conocida como «Pare de sufrir»), más allá una calle desde donde pegar un autobús para regresar a Ipanema. Las paredes de las construcciones —ninguna demasiado alta, casas en su gran mayoría—, incluso los muros de las tiendas o las gasolinerías, se encontraban repletas de pixaçao, el graffiti a la brasileña compuesto de “tajas” que rayan al extremo e indiscriminadamente cualquier «lienzo». El taxi se detuvo a las puertas de CUFA (Central Unica das Favelas), el centro que MV fundó, junto a Celso Athayde, para que los niños de la Ciudad de Dios recibieran clases de baile, teatro, lectura, informática, skate, arte, rap, entre otras actividades; «cambiar las perspectivas de violencia por las de la esperanza», como él mismo me explicó. Un edificio de dos pisos en la esquina de dos ruas que, de no ser por los grafittis que lo adornan, pasaría desapercibido. En un salón, un grupo de niñas preparaba una coreografía, en otro varios niños recortaban periódicos que daban nota del fin de semana de guerra en Río para que, con la ayuda de una educadora, enlistaran en el pizarrón las «atrocidades» de la violencia; detrás de ellos un mapa de la Ciudad de Dios. Me dispuse a tomar algunas fotografías y todos, niños y educadoras, me miraron con desconfianza. A pocos metros de CUFA veía un canal abierto de aguas negras y, en sus alrededores, gente en bicicleta y vecinos que saludaban al rapero con un entusiasta «¡eme vi!». MV Bill nos recibió; malencarado, preto, con su 1.90 de estatura. Nos sentamos en el patio trasero de CUFA donde charlamos, no sin dificultad, en portuñol. Después de pedir

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una Coca-Cola en la tienda de CUFA, MV me contó sus recuerdos sobre la Ciudad de Dios cuando niño, «un lugar que ya presentaba violencia, pero que no podía compararse con la de hoy en día; viéndolo a distancia en realidad vivíamos en paz, las personas eran más libres, era una violencia que podía resolverse y que si alguien la percibía como una tragedia, en todo caso sería una tragedia futura». Sus primeros contactos con el hip-hop, me dijo, se dieron en 1988 después de escuchar a Ice-T y Public Enemy, los que reconoce como influencias capitales para encauzar su música hacia la acción política por incluir en sus mensajes las problemáticas raciales que ellos también vivían. Desde sus condiciones de extrema marginación, ha surgido también el orgullo afrobrasileño, con Zumbi Dos Palmares —esclavo brasileño que en 1655 escapó de su captura y luchó contra los colonialistas portugueses— como símbolo de resistencia; el día de su muerte, 20 de noviembre de 1695, fue transformado a partir de 1995 en el día de la Conciencia Negra; «Viva o povo das favelas/viva afrodescendencia/¡Zumbi vive!» grita MV Bill en O preto em movimento, comprometiéndose con un conflicto que está lejos de resolverse. De la misma forma surgió su nombre su nombre de batalla: MV por «Mensageiro do Verdade», pretendiendo abarcar la verdad de su contexto social, y que reconoce como pretencioso, pero que justifica por adoptarlo a los 14 años. Sin embargo, no es del todo errado; antes de su ascendente «fama» cinematográfica, el único atisbo de verdad sobre la favela provenía de MV y unos pocos raperos y cantantes funky. Y antes de su propia fama, MV reconoce que sus composiciones «eran más ásperas, rabiosas, porque estaba en un colectivo que no tenía nada, que no tenía perspectiva. A partir de que tuve más oportunidades, mis composiciones fueron hechas desde otra perspectiva, la de la esperanza, de quien cree que es posible la transformación y que existen personas

de bien, independientemente si provienen de una favela o no». A pesar de mi petición de que la charla se desarrollara «lentamente» para poder comprenderlo, a mitad de la entrevista MV apresuró las palabras —a medio camino entre el discurso y el rap— para profundizar en la relación de la cultura urbana con la esperanza social. Platicamos entonces de política y reconoció que el gobierno de Lula «ha sido el primero en, por lo menos, abrirse al diálogo con la gente que vive en condiciones adversas, con el Brasil pobre». Gran parte de esta apertura, dijo, puede lograrse a través de organizaciones como CUFA, «que también sirvió, y aún lo hace, de interlocutor con el gobierno, cuando difícilmente podía hacerlo de otra forma (...) eso también es una manera de transformación política, pero fuera de los partidos políticos». Y continuó reflexionando: «mi música siempre fue un reflejo del lugar donde se generaba, sin embargo no creo que la transformación social sea una obligación del arte; es peligroso asumirlo de esa forma», no obstante «en lo personal, y estoy muy feliz porque creo que lo estoy logrando, toda mi vida traté de encontrar un equilibrio entre las cuestiones musicales y las sociales». Lo cual explica parte de sus intenciones con la publicación de los libros Falcão, Meninos do tráfico y Cabeça de Porco, en coautoría con el propio Celso Athayde y el antropólogo Luis Eduardo Soares, en consonancia con la finalidad de CUFA, es decir, el desarrollo de espacios de reconocimiento y transformación de la sociedad. Aseguró después que no le interesa si por su música se estereotipa a las favelas porque en «realidad no está al pendiente de su repercusión a nivel internacional». En la letra de O Bagulho é Doido (corte homónimo de su última obra) ya lo advierte: Veja que ironia/Que contradição/O rico me odeia e financia minha munição/Que faz faculdade/Trabalha no escritório/Me olha como se eu fosse um rato de laboratório (...)Deslumbrado com a favela/Como se estivesse vendo

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um parque/De diversões... resumiendo en estas rimas la mirada foránea; la misma que, finalmente, nos hace ir a tantos hasta las entrañas de la pobreza y plantearnos estos temas. El rapero lucha con esta mirada también desde su música, porque a pesar de incorporar elementos brasileños, de «ese gran árbol musical de Brasil», lucha porque estas misturas escapen del los límites que se imponen al «músico carioca, 'carnavalista', festivo». Esta postura —que reafirma en su video, donde un par de blancos vestidos de exploradores toman fotografías de la favela— tiene como trasfondo, sin embargo, cuestiones de mayor profundidad, que no se resuelven con un simple juego dicotómico de miradas foráneo–local. Podemos preguntarnos: ¿qué hay que retratar? Ciudad de Dios es semejante a simple vista a cualquier barrio marginal de México; sin el filtro «mágico» de la lente, el peso de la realidad es mucho más fuerte que el del mito. Ni siquiera la mirada foránea, que se posa en él con un dejo de superioridad, logra arrancarlo de su «necia realidad». Sin embargo, si los resultados visibles pueden ser los mismos, las causas que lo animan son distintas; Brasil lucha desde la paradoja de un país con una producción económica enorme —la novena en importancia según el Banco Mundial— que, al mismo tiempo, no puede dar oportunidades a la mitad de sus habitantes: 90 millones de negros. Que en los papeles para tramitar el documento único de identidad todavía exige destacar la raza o el color de la piel; absurdos que han llevado a la creación, como contrapeso, de Universidades como la Zumbi Dos Palmares en São Paulo, un colegio que asegura, desde las reglas de su fundación, la mitad de sus espacios a bajos costos para estudiantes negros, que hoy en día por la gran demanda llenan el 90% de su matrícula. MV Bill nos lo recordó: «si estos lugares se muestran violentos, es porque antes fueron violentados; causa e efeito». Localforáneo, violentado-violento...las ­ posturas

extremadas de una sociedad en busca de sus matices. Por lo pronto, en su propio proceso de búsqueda, el rapero advierte: «a voz do excluído tá no ar», y en el aire, como una presencia invisible, el excedente, los deshechos de Río se vuelven inevitables. Después de varios minutos de conversación (en los que apenas me dirigió la mirada) nos tomamos algunas fotografías, y mis acompañantes de Retalhos Cariocas aprovecharon para contarle sobre su empresa. Salimos a caminar por el barrio, y en un ambiente de tensa calma, me aconsejaron no tomar más fotografías; Luciana me explicó que, aunque no las veía, había personas vigilando las calles. MV Bill volvió a CUFA y, casi con indiferencia, se despidió de nosotros. Su última respuesta fue sobre el futuro de la Ciudad de Dios: «sólo espero que sea un lugar bueno para criar a los hijos». El taxi me llevó de regreso al hostal, donde un par de estadounidenses me recibieron alegremente con un «¡volviste con vida!». Días después, ya en São Paulo, una falla de la Estación Hidroeléctrica más grande del mundo —ubicada en la frontera triple del Iguaçú— dejó sin energía a la mitad de Brasil y a Paraguay entera. Un completo caos, sin elevadores, semáforos, ni servicio del metro por una noche entera. Aproveché entonces para conversar con los viajeros del nuevo hostal donde me hospedaba, contándoles mi experiencia en Río; y, las personas que visitan São Paulo, tan distintas a los turistas cariocas, atendieron con especial atención este mismo relato. Al día siguiente, los noticieros de todo Brasil desplegaron un cerco informativo, notificando que en Río de Janeiro los asaltos se habían disparado durante el apagón. Con la mirada atenta al televisor y el recuerdo latente de Robinson, sonreí. O que você vai fazer agora Pra mudar a regra O que você vai fazer agora Pra mudar a real (A vóz do excluído, MV Bill).

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La Palanca 14  

Arte: Stanley Scott. Textos: Fabio Morábito, Diego José, Geney Beltrán Félix, Stanley Scott, Esther Seligson, Guillermo García Pérez.

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