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LA PALANCA 13 OTONO 2009 #


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LA PALANCA 13 2009 #

OTONO

Presentación: El tiempo de la literatura es distinto al acontecer cotidiano, incluso cuando la narración logra adherirse al vértigo del instante, como en Ulysses, ella misma deviene reflexión «actualizante», es decir, que se renueva y fluye en la continuidad de la percepción; quizá el ímpetu de la palabra intente conjurar la temporalidad, eso que señala Elizondo, a propósito de Joyce: «la experiencia actual de la vida, el recuerdo mismo es una vivencia actual, un acontecimiento que se desarrolla en ese eterno presente que es la vida». Por otra parte, la narrativa se apropia de la vivencia, inventándola en la memoria para plantarse frente al olvido: la recuperación de la experiencia a partir de la percepción que el recuerdo tiene de ésta. Entonces, cobra sentido la idea de construir el relato de nuestros tiempos, ya sea desde la tajante certeza del presente o desde nuestros inciertos pasados, después de todo se trata de reproducir un sentir que sólo el lenguaje puede concebir. Para esta sesión de La palanca, invitamos, por una parte, a Juan Villoro, quien aceptó con la generosidad que brinda la auténtica calidez humana; y por otra, al artista plástico Agustín González. Compartimos con nuestros lectores el inicio de Llamadas de Ámsterdam, novela que Villoro publicó este año en Almadía, en la que construye la historia de un anhelo amoroso dentro de una tensión latente, así como una gratísima conversación que da cuenta de su experiencia literaria. Y como la imagen también puede narrar, el arte de Agustín González nos sugiere una lectura dinámica de su nuevas propuestas. Este número 13 se pliega hacia la prosa, con un cuento de Ilallalí Hernández y una detallada revisión que Alfonso Macedo hace del Diario argentino de Gombrowicz. La poesía corresponde a Andrea Fuentes, y el último corte de esta lúdica sesión literaria corre a cargo de Mario Islasáinz, quien nos platica el origen, la intención y el entusiasmo detrás de la colección de poesía El celta miserable. A nuestros lectores les deseamos una placentera estancia en el número otoñal de LA PALANCA...

Índice: 5. Juan Villoro, Llamadas de Ámsterdam. 12. Diego José, Fabular en la tormenta. 16. Andrea Fuentes, Poemas. 18. Rubén Morales Lara y Agustín González, Cuidado con los monos. 24. Ilallalí Hernández Rodríguez, Serie del hospital de alienados. 26. Alfonso Macedo, La ironía de un excéntrico 35. Mario Islasáinz, El convertidor de sueños.

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LA PALANCA

Edición: Diego José. Arte y diseño: Pablo Mayans. Consejo de colaboradores: Geney Beltrán Félix Jair Cortés Daniel Fragoso David Maawad Joan M. Puig Alberto Tovalín

Agradecemos profundamente el apoyo y entusiasmo para la realización de este proyecto: Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo Lourdes Parga Sergio Aranda Trico Pachuca Pedro Liedo Jaime Lavaniegos

Escuela Inglesa de Pachuca A.C. Lillian Pratt de Hosking Roberto Hosking Pratt

Tecnológico de Monterrey Campus Hidalgo Claudia Gallegos Arturo Alvarado

Hotel Emily Rosy Juárez Roxana Vargas

Instituto Hidalguense de la Juventud Palmira Venero Daniela Méndez

Santa Clara Offset Santiago Samuel Sadovitch

LA PALANCA se terminó de imprimir en noviembre de 2009 en los talleres de Offset Santiago, Rio San Joaquín, 436, Col. Ampliación Granada, México D.F. Para su composición se utilizaron tipos de la familia Century Schoolbook. La tipografía y el logotipo de LA PALANCA son BD PLAKATBAU del Buro Destruct: www.typedifferent.com Para consultar las referencias de nuestros colaboradores y otros contenidos:

LA PALANCA en línea: www.lapalancax.blogspot.com El contenido de los artículos y el arte es responsabilidad de sus autores. Todos los registros en trámite. Para más información sobre la obra de Agustín González: info@agustingutigonzalez.com www.agustingutigonzalez.com www.arronizartecontemporaneo.com www.ferenbalm-gurbruestation.de Las fotografías de la obra de Agustín González son cortesía de Andrea Martínez. Portada: Agustín González, Sputnik, mixta / papel. Fondo pág. 2: Agustín González, Señales II, lápiz / papel. 4


Llamadas de Ámsterdam (fragmento) Juan Villoro

Juan Jesús colocó la tarjeta en el teléfono y marcó el número de Nuria. Escuchó su voz en la contestadora, el tono fresco y optimista con que la conoció, aunque en el fondo sólo conocemos optimistas. ¿Quién anuncia sus miserias desde el primer encuentro? No dejó mensaje. Recordó los días en que ella perdonaba sus retrasos épicos, sus olvidos (las llaves dentro del auto, el paraguas en la fiesta de ayer), su cartera sin billetes ni tarjetas de crédito en el restorán agradable pero algo pretencioso, escogido por él para halagarla. Nuria mitigó el nerviosismo con su disposición a ignorar los desastres menores creados por Juan Jesús, a sentirse bien en la primera o la última fila del cine. Tal vez se dejó llevar por las esperanzas del principio y las imprecisas virtudes atribuibles a un desconocido, o tal vez advirtió sus altibajos desde entonces y decidió ignorarlos. A la distancia, le gustaba suponer que él hizo todo para fracasar rápido, como si anticipara futuros daños con un sagaz instinto. Nuria lo quería con misteriosa aquiescencia, como si lo amara a pesar de algo; aceptó su silueta descompuesta y empapada en su departamento de La Condesa como la magnánima capitulación del bienestar ante el desorden. A él le pareció un milagro estar ahí, escogido por el azar, del mismo modo en que diez años después odiaba ser aceptado por ella. Diez años, demasiados para una pareja sin hijos ni un proyecto de colonización en tierras vírgenes. Cuando se separaron, Nuria desapareció de su órbita. Se fue a Nueva York como abducida por extraterrestres. En siete años

no supo nada de ella. A veces, la soñaba en naves espaciales que parecían casas de la colonia Roma, con fachada de los años treinta, protegida por una reja de lanzas, y donde alguien abusaba de ella en una habitación mal iluminada; una criatura con muchos dedos anillados untaba ungüento color arcilla en los senos de su ex mujer. Cuando vivían juntos, estas fantasías le ayudaban a hacer el amor en cualquier sitio que no fuera la cama; ahora resultaban absurdas al modo de una envejecida película de ciencia ficción: cuán ingenua era la mente que imaginó esos aparatos para el porvenir. Nuria desapareció, engullida por una zona ingrávida, y él se vio obligado a reconocer que los amigos comunes podían dedicarse a otra cosa que mantener un vínculo conjetural y venenoso entre los amantes separados. No lo abrumaron con la posteridad de Nuria en Nueva York. La discreción era tan marcada que le bastaba beber una ginebra o inhalar una raya de coca para sospechar que deseaban evitarle la humillación de conocer los triunfos de su ex mujer. Hay vidas que se estructuran como la trayectoria de un actor de género, un solo papel perfeccionado hasta el infinito. Nuria Benavides sólo era concebible al margen del dolor y el fracaso o, eventualmente, aceptando a los demás como su dolor y su fracaso. Cuando vivían juntos y ella se hizo cargo de un conglomerado de revistas femeninas, le ofreció a Juan Jesús retirarlo de su trabajo en la imprenta. Los dos sabían que para él el diseño gráfico significaba un medio para un fin; su meta estaba en los óleos acuchillados que guardaba en el cuarto de azotea,

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la serie de vandalismo expresionista que reflejaba tan bien el miedo de vivir en la ciudad, o lo reflejaría cuando acabara aquellos cuadros cautivos en la azotea. Él se negó. El departamento era de Nuria, su suegro les había regalado un equipo de sonido con más funciones de las que podían descifrar, casi todos los muebles provenían de la época antediluviana en que ella administró una tienda polinesia. “Me pagas cuando expongas en el Guggenheim”, le dijo ella con una confianza horrorosa. No hubo ironía ni solemnidad en la frase. Nuria creía que eso era posible. Juan Jesús no podía aceptar un trato que incluyera expectativas que tal vez iba a traicionar. Se veía como un piloto en la niebla, carismático y mojado, con una chamarra tipo Indiana Jones, dispuesto a arriesgarse pero no a garantizar su horizonte. Salvo uno, sus contactos con la crítica habían sido deprimentes. Solía exponer en esas galerías que saben aliarse al secreto y se ubican en una calle doblada hacia un panteón o en el último patio de un centro cultural. No esperaba mucho de la crítica. Una noche vio una entrevista en televisión con un célebre pítcher de béisbol, un hombre ansioso de tener oponentes, que se “mentalizaba” al subir al montículo para lanzar bolas inesperadas, y se sintió capaz de enfrentar rivales armados con un bat. El secreto estaba en restarles importancia, en tratarlos como impostores. La respuesta ante la originalidad siempre carece de sentido. No podía entregar su destino a los anhelos y las frustraciones de los otros. Sabía de sobra que nada se reparte tan bien como la envidia y que hay quienes viven para criticar los errores que no se atreven a cometer. Aun así, le dolió el aire de suficiencia de un crítico que lo descartó sin rebajarse a argumentar. Otro cuestionó su no muy clara relación con la raíz del hombre. El más imaginativo lo llamó “Chucho el Rothko” por confundir la influencia con el hurto. El futuro de Juan José lucía ­brumoso.

No había nada seguro en un mundo que dependía de veleidades ajenas y donde acaso no hubiera coleccionistas de óleos concluidos con navajas. En alguna de las terapias a las que se sometió después de la ruptura, llegó a pensar que Nuria lo había invitado al abismo; su generosa propuesta de mantener al genio podía ser un magnífico pretexto para incriminarlo después. Lo cierto es que pensaba demasiado en su ex mujer, inventaba a diario motivos para las decisiones que ella tomó por él, buscaba claves en su rostro, anuncios de lo que ya había hecho pero adquiría otro peso ahora que entraba en su memoria: Nuria abría una puerta y permitía que él la viera como no lo hizo años atrás, anunciaba algo que Juan Jesús no supo descifrar entonces. En siete años, él no había vivido con nadie más. Sus relaciones iban de la fase “no te abres” al momento en que contaba algo de Nuria; el rostro de su interlocutora se iluminaba con repentino interés; luego venían preguntas detallistas, ansiosas, que rara vez conseguía esquivar y lo ponían en pésima situación, por más que deseara parecer banal, indiferente, apagado. El fantasma de Nuria se sobreponía a la figura que tenía enfrente, insulsa, misteriosamente irreal. El problema sólo podía agravarse con el tiempo; Juan Jesús evocaba a una mujer que sólo en parte existió con él, la perfeccionaba en su imaginación para hacerse el mayor daño posible. Con todo, hubo un tiempo, diez años ya espectrales, en que vivieron juntos. Su momento decisivo, la “condensación” de la que le hablaron al menos dos terapeutas, tenía un solo nombre, “Ámsterdam”. Juan José obtuvo una beca para mirar la luz que entraba por las ventanas de Vermeer. Se vio en bicicleta, con una bolsa de red en el manubrio para llevar pan o quesos o pinturas. Nada le hubiera molestado más en México que andar en bicicleta y llevar el pan colgado del

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Agustín González, Barco, mixta / papel.

él ya hubiera acabado de descorchar la botella que tenía en las manos. —¿Qué te pasa? —preguntó, en forma maquinal. El padre de Nuria tenía leucemia. Se lo acababan de descubrir. Él quiso ocultar su enfermedad, pero la madre decidió enterar a las hijas. Las lluvias habían llegado a la ciudad y un torrente negro lamía las ventanas, como una concreción del ánimo en ese departamento sin adornos. Juan Jesús acarició a Nuria. Le pareció más hermosa y lejana que nunca. La oyó llorar durante dos, tres horas. No sabía que se pudiera llorar tanto. Al cabo de varias tazas de té que dejó intactas, Nuria dijo: —No lo voy a volver a ver. Juan Jesús supo lo que tenía que hacer. Era su turno. Canceló el viaje con la misma sencillez con que ella lo aceptó. Fueron sus mejores días juntos. Nuria irradiaba una dicha absoluta

manubrio, pero Ámsterdam estaba para eso, para vivir de otro modo y hacer estimulantes las molestias. Nuria aceptó el plan con sencilla felicidad. Renunció a su trabajo sin alardes ni reproches ni gestos concesivos, compró guías de los Países Bajos, descubrió a un novelista policiaco que narraba estupendos asesinatos en los muelles de Rotterdam, consiguió una agenda para su vida futura con un Mondrian en la portada. Empacaron sus adornos, muebles y libros favoritos y los mandaron por barco a esa tierra donde le ganarían terreno al mar. Después de varias reuniones de despedida en las que alguien aconsejaba conocer San Petersburgo y en el entusiasmo de la noche sonaba no sólo lógico sino necesario ir a Holanda para conocer las noches blancas de Dostoyevski, Nuria fue a ver a su padre y regresó descompuesta. —¿No me vas a preguntar nada? —habló como si llevaran una eternidad en silencio y


entre los estantes donde las cosas favoritas habían desaparecido. Tardaron en comunicar su cancelación a los amigos y pasaron semanas sin citas, dignas de su agenda vacía, con el Mondrian en la portada. Las molestias locales se volvieron tan sugerentes como las que anhelaban en Ámsterdam; misteriosamente, estaban de regreso. Les gustaba hablar a Holanda para preguntar por sus cosas y averiguar la ruta por la que volverían. Su única ocupación era Felipe, el padre de Nuria. Tenían que estar con él, apoyarlo como pudieran. En esos días de mudanza inmóvil, Juan Jesús propuso tener un hijo. Nuria se frotó la ceja donde supervisaba sus problemas. Tardó en contestar. No descartaba nada pero aún debía probarse cosas a sí misma y, sobre todo, debía velar por su padre; sus reservas emocionales se consumían en esa enfermedad; tal vez después, claro que sí, no creas que no. Felipe Benavides había sido senador de la república por el PRI, un hombre de cuidada oratoria, con ciertos excesos de vocabulario (decía “justipreciar”, había colocado un balcón circundante en su biblioteca sólo para referirse al “ambulatorio”, opinaba que el tequila reposado era más “sápido”). Oírlo era como verle los zapatos, lustrados por un bolero que pasaba a diario por su casa. Juan Jesús tenía una estupenda mala relación con él. Felipe Benavides procuraba por todos los medios que su voluntad se confundiera con los deseos de los demás. Organizaba viajes, comidas, idas al teatro, como si obedeciera los caprichos de una grey exigente. Lo favorecía el hecho de tener cuatro hijas semihistéricas entre las que intercedía con tácticas de tahúr. Nuria era la quinta. Creció un poco a destiempo, relegada de la pandilla inquieta, ruidosa, competitiva. Sus hermanas vivían para medirse entre sí y disputar por la predilección del senador. A los 67 años, Felipe Benavides preservaba su abundante cabellera en un esmerado

tono caoba. Al tercer tequila, sus ojos adquirían el brillo lapislázuli que hizo leyenda en la Facultad de Derecho. La práctica de la abogacía le había dejado contactos de hierro para asegurarse puestos más o menos políticos y un sinfín de anécdotas escabrosas para amenizar reuniones. Aunque lo que contaba era siempre venal, ruin, miserable, su voz de locutor de los años cuarenta y sus fantasiosos adjetivos daban una confusa dignidad a las historias del hampa, el latrocinio, los sótanos de la justicia. Había conquistado a más de una mujer con sus patricias descripciones del mal; quien lo escuchaba se sentía misteriosamente protegido por sus palabras, en un círculo cómplice; el senador hablaba con la pericia del sobreviviente, de quien sabe que los modos raros son los verdaderos. Aquel abogado sin deseos de litigar trabajó a fondo en las sobremesas y urdió una red de solidaridades que lo llevó al escaño que reclamaba su apostura física: existía para aparentar a un senador. Pero en nada invirtió tanta energía como en lograr la irrestricta adoración de sus hijas. Logró transformar a su mujer en una sombra conveniente, algo más que una criada, algo menos que una tía que estuviera de visita. La genética respondió con fanática lealtad a sus deseos. Las cinco tenían su sonrisa avasallante. Un hijo (que juraba haber deseado) hubiera arruinado su neurótico harem. La primera vez que Juan Jesús vio a Nuria junto a su padre conoció los alcances de la idolatría: se anticipaba al complejo código de señales del senador con una ternura hipertensa. —¿Cómo te cayó? —le preguntó ella después del primer encuentro. —Se pinta el pelo, ¿verdad? Así selló su estupenda mala relación con el suegro. Felipe Benavides era un benefactor egoísta; se las arreglaba para ayudarlos en pos de fines que tarde o temprano llegarían. Nuria lo adoraba con una entereza

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e­ nvidiable que trataba en vano de ocultar. Obviamente, todo podría haber sido peor. Juan Jesús se resignó a disfrutar las bulliciosas reuniones en casa de sus suegros. En algún momento se preguntó si habrían cancelado el viaje en caso de que la madre enfermara. La suposición era absurda; aquella mujer estaba hecha para extinguirse en forma fulminante, sin dar molestias. En cambio, su suegro se entregó a un tránsito despacioso, sin muchos síntomas aparentes, que acercó a sus cinco hijas y renovó sus posibilidades de disputa. Una confiaba en los hospitales de Houston, otra estaba casada con un cardiólogo que odiaba al inmunólogo de Benavides, la tercera recomendaba curaciones con planchas de bronce y brujos de Catemaco, la cuarta repasaba los seguros médicos y posibles demandas por negligencia. Sólo Nuria parecía un tanto al margen. Poco a poco, Juan Jesús entendió su verdadera fuerza, lo mucho que se parecía a su padre. Con suave reticencia, la hermana menor se convirtió en árbitro de las disputas y llevó los acuerdos comunes al rumbo que deseaba. Desde su cama de enfermo, Felipe la miraba con la misma idolatría que ella solía brindarle. Los muebles aún no regresaban de Holanda cuando ella decidió pasar las noches en casa de su padre. Los médicos insistían en el “elemento emocional” y el apoyo de Nuria resultaba decisivo. Al cabo de unas semanas, la mejoría fue asombrosa; el mal seguía en su cuerpo, pero neutralizado. Una tregua para vivir. Cuando llegó el Derby de las Américas, el senador volvió al hipódromo, con unos binoculares costosísimos, regalo de su hija menor. En las muchas comidas de festejo, entrelazaba sus dedos con los de Nuria y le besaba el dorso de la mano: “Mi doctora estrella”, decía. Ahora, el tercer tequila no lo llevaba a la picaresca del crimen sino a considerar que la leucemia había remitido lo suficiente para permitirle morir de

cualquier otra cosa. “Estoy tan sano como ustedes”, señalaba de uno en uno a los contertulios, como si les atribuyera enfermedades aún no descubiertas. Juan Jesús había cobrado cierto afecto por el hombre de repentino pelo blanco y voz débil, que aceptó con silencio y entereza la posibilidad de morir. El sobreviviente, en cambio, hablaba en tono ventajoso, se ufanaba del final que no llegó pero le otorgaba derechos raros; había estado en el umbral como en los separos policiacos; su cuerpo negoció una tregua en esas sombras. Era ruin criticar a Felipe por sus desplantes de convaleciente, pero las ideas de Juan Jesús se enredaban mucho en los días en que recibió la mudanza sin Nuria (ella tenía una junta con los médicos o con el comité de selección de un nuevo trabajo). Abrió las cajas llenas de aserrín y papel burbuja, sacó los adornos y los puso en los entrepaños con la rara sensación de manipular objetos de otro tiempo, no las artesanías de Oaxaca ni los ceniceros de difuso modernismo escandinavo, sino un juguete roto o un absurdo superhéroe de la infancia, cosas llegadas por error o accidente. Esa noche volvió al tema del hijo. Nuria se cubría la cara con una crema verde. Juan Jesús habló con firmeza, como si la máscara lo favoreciera a él. El suegro había recuperado la salud hasta donde era posible, habían “regresado” a México, estaban rodeados de sus pertenencias, podían abrir otra puerta, darle un giro al destino. Ella habló con la boca torcida por la crema que se le iba secando en la cara. Tenía un nuevo trabajo, quería concentrarse en esa puerta, después verían, la idea del hijo, por supuesto, era estupenda, además, le gustaba que no viniera como una renovación obligada, el hijo a cambio del padre muerto, sino como algo que agregarían al futuro, otra puerta abierta. La oficina de Nuria estaba en un edificio de Santa Fe donde los vidrios captaban

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energía solar y las luces de los pasillos se encendían por medio de sensores. Se encargaba de la prospectiva (la “idea de futuro”, le explicó a Juan Jesús) de cinco revistas líderes en sus respectivos ramos. Sus colegas se referían a la empresa como “corporativo”, lo cual significaba que había pasado por exitosas depredaciones internacionales. Los fundadores mexicanos la habían vendido a unos españoles que fueron engullidos por alemanes y ahora pertenecían a un consorcio de Nueva York (directiva inglesa, gestión gringa, capital japonés). Juan Jesús consiguió un trabajo como diseñador gráfico de una revista que se repartía en las salas móviles del aeropuerto. Los pasajeros tenían unos minutos para recoger esa publicación gratuita, entre el pasillo donde habían abordado y el avión que esperaba en una “posición remota”. La comparación de empleos era menos agraviante que la seguridad de Nuria para reordenar el espacio, su habilidad para hacer placentera, no se diga la sala, sino un recodo inservible en el pasillo; este trato elemental y dichoso con las formas le caía a él como granizo ácido, le recordaba su incapacidad para servirse del color, sus lienzos inacabados en el cuarto de azotea. Nada más lógico que trabajara para una revista que circulaba en un limbo, en el vehículo que iba del aeropuerto al avión. Una noche rentaron un vídeo de los años cuarenta, una historia de amor y separaciones, reencuentros insólitos y merecidos. Juan Jesús habló con entusiasmo de los días en que esperaban sus cosas de Ámsterdam, apenas veían gente, se tenían el uno al otro, sin adornos ni compromisos, en un horizonte abierto. La película terminó y la pantalla se cubrió de vibrantes cenizas sin que trataran de apagarlas, tal vez porque Juan Jesús hablaba con demasiado brío y a ella le parecía una desatención hacer otra cosa o porque necesitaban esos puntos fugaces para hablar de Ámsterdam, de hacer, ahora sí, el viaje que perdieron.

Nuria estuvo de acuerdo, como tantas veces. La idea sonaba genial, nada como recuperar esa utopía con bicicletas, pero había algo: —No sabes lo difícil que es —dijo en un tono tenso, que sólo podía referirse a algo que no habían conversado. —¿Qué es difícil? Los ojos de Nuria se llenaron de lágrimas, un temblor se apoderó de su labio superior. —Tengo que estar cerca de él. Es durísimo. No sabes el asco que me da. Juan Jesús se asomó a la ventana y vio un gato de pelambre amarillenta. Sabía que no iba a olvidar ese momento ni ese gato. Nuria lo vio a través de las lágrimas, rota, indefensa. Había velado la agonía de su padre hasta convertirla en una recuperación, aceptó un trabajo absorbente, que acaso no le interesara tanto pero los mantenía a flote, medió entre sus hermanas con extenuante dedicación; sabía que su padre era un crápula, a veces simpático, casi siempre egoísta, pero algo, el dibujo del destino, la había llevado a un cruce en el que debía actuar. Habían perdido y aplazado sueños, no podía ser de otro modo. Esto fue lo que él leyó en su llanto y en el temblor con que ella lo abrazó y le pidió que la perdonara. En infinidad de ocasiones, al repasar la escena, se iba a reprochar no haber buscado lo que Nuria llevaba dentro y tal vez sólo le diría esa noche. O quizá era mejor así, mejor no conocer la herida íntima y ajena, que una vez dicha compromete y desarma a quien la escucha. Él se durmió sin desvestirse, mientras acariciaba a Nuria. Fue ella quien arregló los platos dispersos y apagó la tele.

Llamadas de Ámsterdam se publicó en México en la editorial Almadía en abril de 2009.

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Agustín González, Narizón, grabado.

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Fabular en la tormenta,

una conversación con Juan Villoro

Diego José

En 2001 viajaste a España para vivir un encuentro con tus raíces, pero acaso también para descubrirte y para afirmar tu individualidad, ¿qué te proporcionó Barcelona?, ¿fue importante la lejanía para escribir?

en que éstos te han enriquecido: ¿cómo percibes las conversación literaria?, ¿es posible la amistad más allá de los libros, sobre todo en un medio franqueado por muchas vanidades? Depende del temperamento de un autor. A mí me parece una limitación no frecuentar a gente a la que admiro. Se suele admirar al autor atribulado, cabrón, irritable, porque se considera que esas salidas de tono son atributos de su genialidad. No tengo una visión tan folklórica de mis colegas. En el fondo, me parece muy ingenuo posar de autor maldito, estar obligado a poner mala cara o despotricar para mostrar “rebeldía”. Se trata de algo tan codificado como los gestos de una muchacha en su baile de 15 años. Es obvio que toda buena literatura es radical porque surge de la inconformidad, pero desconfío de los que se consideran los únicos, los originales, los que están por encima del resto. He tenido la suerte de poder trabar amistad con escritores muy variados. A algunos los quiero más por sus afectos. Uno no escoge a sus amigos por su prosa, pero en algunos casos el aprecio también pasa a su obra. La conversación es un género literario. Ricardo Piglia ha incluido varios diálogos en sus libros de ensayos y yo he tenido la suerte de sostener diálogos públicos con él, lo mismo que con Enrique Vila-Matas, Sergio Pitol, Juan José Millás, Alejandro Rossi, Álvaro Mutis, y muchos otros. Soy tan supersticioso con el tema de la conversación que a veces sólo voy a un sitio si sé que tengo alguien con quien hablar a gusto. Mi gran amigo Fabrizio Mejía Madrid, conversador insigne y generoso, me suele acompañar a lugares a los que no iría si no pudiera platicar con él.

Los motivos de viajar son muchos y muy confusos. Nos asaltaron en México de manera violenta y mi padre quería pasar una temporada en la ciudad donde nació, pero no se sentía con fuerzas para ir por su cuenta. Esos fueron los primeros impulsos para ir a Barcelona. Yo tenía amigos allá y mi esposa hizo su tesis sobre Vila-Matas. Todo esto fue determinante. La llegada fue más dura de lo esperado porque, a última hora, no acepté el abusivo contrato que me ofrecía el periódico en el que iba a colaborar ahí. Me fui por la libre, sin permiso de residencia, y tuve que buscar trabajo. Esto fue muy desgastante, pero también nos puso a prueba como familia y nos acabó fortaleciendo. Desde Barcelona pude cultivar la nostalgia de México, algo que no siempre es fácil en el hartazgo de la vida diaria. Al mismo tiempo entré en contacto con la cultura catalana y pude trabajar ahí. Volví a ser un principiante. Si llevaba un texto a una redacción no tenían prenociones acerca de mi trabajo. Desde entonces quedé un poco escindido, con un pie en ambos lugares; no dejo de regresar allá por motivos de trabajo y en busca de un tiempo que no siempre tengo en México, donde el jolgorio se impone a cualquier urgencia laboral. En diversas ocasiones has reconocido la amistad que tienes con escritores, editores e intelectuales, y has mencionando la manera

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Hay mucho desconocimiento de lo que pasa en América Latina y la elección de autores es bastante azarosa. Son pocos los autores que en verdad se leen y se discuten. Hay mucho de parque temático en el asunto. De pronto, se anuncian autores latinoamericanos como una “tierra de la fantasía”, pero se conoce poco. Pasa lo mismo en América Latina. Muchos de los autores españoles que son muy importantes en su tierra aquí pasan inadvertidos. Estos malentendidos son inevitables y creo que no hay que preocuparse demasiado de ellos.

en el poder y con la persistencia de fantasmas históricos: ¿cómo percibes a tu novela frente al rumbo que ha tomado nuestro país?, ¿es un buen momento para pensar en México? Algunas de las cosas que menciono ahí cobraron mayor fuerza en la realidad. Mi protagonista regresa a México luego de 24 años de ausencia y se sorprende de que el “cambio” panista transcurra hacia atrás. Entre otras cosas se vincula con la guerra Cristera, una rebelión popular soterrada, que de pronto se vuelve chic. Jamás hubiera imaginado que unos pocos años después el secretario de Gobernación, Carlos Abascal, iba a participar en una beatificación multitudinaria de mártires cristeros nada más y nada menos que en el Estadio Jalisco, y que el traje típico de la Señorita México iba a ser una falda decorada con motivos cristeros. La realidad me rebasó. Uno no escoge los momentos para pensar a su país. Éste es confuso, duro, indescifrable. A pesar de Tlatelolco y del PRI, crecí en un México que en lo fundamental era optimista, pero los jóvenes escritores sólo han conocido la crisis. No nos queda de otra que fabular en la tormenta. Ha habido tiempos peores, y de los grandes dilemas suelen surgir grandes obras.

¿Creciste en un medio intelectual que influyera en tu percepción de la cultura? No tuve una infancia muy cercana a los intelectuales porque mis padres se divorciaron cuando yo tenía 9 años. Por otra parte, en la infancia, una de las peores cosas que pueden suceder es la de estar rodeado de gente que se ocupa poco de los niños, como suelen ser los intelectuales, sobre todo los de entonces. ¿La idea y la figura del escritor ha cambiado junto con el país? Creo que ha cambiado la idea del caudillismo literario. El figurón que habla para que lo oiga el presidente y le levanten un monumento es arcaica. La idea del profeta que opina de todo y civiliza a una nación sin lectores es ya obsoleta. Fuentes debe ser el último de ellos. Tu novela El testigo, representa el mito del retorno, coincide con el cambio de partidos

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Juan Villoro, Fotografía: Alberto Tovalín.

Por momentos, parece que el interés editorial en España por autores latinoamericanos establece una relación entre nuestras literaturas; aunque, por otra parte, da la impresión de ser una idea editorial: ¿qué tan distante se encuentra nuestra literatura respecto a España, a Latinoamérica y dentro del propio país?


todo la de imaginar lo que no es infierno, la de construir una alternativa. El humor, el placer y el juego deben tener un espacio en medio del desastre. No siempre es fácil lograrlo pero se trata de una de las tareas más altas que nos podemos asignar.

Agustín González, Mudo, mixta / papel.

En tu novela Llamadas de Ámsterdam construyes la historia de un anhelo amoroso con su dosis de nostalgia y tensión: ¿te propusiste relatar los matices, complejidades y cambios del discurso amoroso en nuestros días? No me propuse hacer una historia “representativa” de nuestra época aunque inevitablemente tiene que ver con la forma en que amamos y nos separamos en el mundo contemporáneo. Sobre todo, me interesaba contar una historia de amor desde la ruptura, cuando eso ya se ha perdido y sin embargo existe en el sentimiento y la memoria. A diferencia de la canción ranchera o el bolero, que suelen tratar el tema de la separación con cierto aire de despecho, quise que el protagonista entendiera la ruptura sin dejar de amar a quien lo rechazó. A partir de las llamadas telefónicas que hace trata de volver como recuerdo a lo que no pudo existir como realidad. Digamos que se plantea un último lance, un episodio póstumo en el que aún puede significarle algo a la mujer que amó, sin volver con ella.

Respecto a este “fabular en la tormenta”: ¿considerarías que la violencia se ha convertido en un tema o en una circunstancia de la literatura mexicana? La violencia se ha convertido en un tema insoslayable. Esto no quiere decir que estemos pensando en ella todo el tiempo o que sea de lo único que escribimos, pero sin duda es un elemento que desencadena muchas tramas. No puede ser de otra manera en un país con tantos asesinatos y donde la presencia del crimen organizado es tan fuerte que incluso se le atribuye lo que no hace. Los secuestros virtuales han sido posibles gracias a que el miedo los vuelve creíbles. De pronto alguien habla por teléfono y dice que tiene a tu hijo. La situación de miedo que padecemos le otorga verosimilitud a algo que no la tiene. Todo esto ha ingresado en la literatura. Tenemos la obligación de registrar críticamente la sociedad rota en que vivimos, pero también y sobre

Has ejercido una escritura en la mayoría de las posibilidades de la prosa, ¿en qué forma el ensayo puede contar, y, cuándo la novela o el cuento pueden discurrir entre ideas? La mezcla de géneros es muy sugerente, pero yo prefiero mantenerme fiel a cada uno de ellos. Creo que las restricciones estimulan respuestas que no tendrías si tuvieras libertad absoluta. Por supuesto que hay vasos comunicantes. En El testigo hay algo del cronista que también soy y en mis crónicas hay reflexiones del ensayista. Por otro lado,

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cuando hago retratos de Casanova, Cervantes o Rousseau en De eso se trata aspiro a que tengan el temple de un cuento. Pero procuro que cada uno de los géneros sea fiel a sus propias manías. No me siento cómodo en ninguno de ellos y por eso me desafían. El artículo periodístico exige claridad y la novela exige explorar los límites del género. Hay que aprovechar estas invitaciones diversas para poner a prueba energías distintas. Obviamente, por mi boca habla una persona muy dispersa, que piensa que la línea más recta entre dos puntos es el zig-zag.

En realidad, el compromiso consistía en narrar un cuento que James dejó apuntado pero no llegó a escribir. En sus cuadernos hay una enorme cantera de cuentos posibles. Cada uno de los participantes eligió uno. Hay apuntes que sólo se pueden desarrollare en estilo jamseano y tienen que ver con un noble que invita a cenar a personas que le recuerdan su tiempo de guerra en la India y donde hay tensiones secretas entre ellos, cosas por el estilo. En mi caso, escogí algo muy abstracto: para preservar su propio secreto, una persona asume el secreto de otra. Quise hacer un cuento cercano a mi universo pero tocando temas propios de James. A él le obsesionaba el contraste entre los norteamericanos y los ingleses. En mi relato, dos descendientes del exilio español en México siguen rutas distintas, uno vuelve a Europa, el otro se queda en México. El cuento surge del reencuentro que les sirve de contraste; no sólo se comparan, sino que comparan sus mundos. También quise ocuparme del tema del monstruo, del desfiguro espectral, que es muy propio de la imaginación de James, pero llevándolo a terrenos propios, los únicos en los que me siento cómodo.

¿Qué caminos sueles recorrer para intuir, preparar y elegir la escritura de un ensayo, una crónica o una narración? Muchas veces el género viene dado por el tema. Acabo de escribir un ensayo sobre Peter Handke y no es algo que pudiera abordar desde la ficción. En ocasiones, al preparar una crónica lo que no puedo investigar es más interesante que lo que sí conseguí. En ese caso, las preguntas sin respuesta me plantean el desafío de trabajar eso como ficción. El diálogo me interesa mucho en la novela y en el cuento (de hecho, Los culpables son siete monólogos de gente que trata de justificar algo y acaba contando una historia), pero hay veces en que el diálogo cobra autonomía y se convierte en una forma de la acción: los personajes cambian por lo que están diciendo. Esa escena merece pasar al teatro. En fin, es un laberinto en el que nunca sabes muy bien qué va a pasar. El principal atractivo de cada género proviene de la incertidumbre de poder llevarlo a cabo.

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Agustín González, Pagoda, mixta / papel.

Recientemente publicaste en España, para 451 editores, la reescritura de un relato de Henry James: ¿cómo percibes este experimento literario?


Poemas Andrea Fuentes

Claror Ahora despliego, tengo la tendencia, cuartos de hora tras los que el cielo se oscurece. Dentro se enciende la lámpara. En la arquitectura del gesto abrevan demasiados siglos de letras y cantares —y los rostros, que han desaparecido—: la disposición del orden y la elección de cada veredicto se refiere más a la sombra que desde sí puede proyectarse, al fondo que retiene detrás a la certidumbre, a pesar de su forma. Ellos lo presencian: hoy acaba un tiempo, como otros han pasado. Atestiguan lo que se escabulle, pretenden encarnarlo y a sus piezas dar la eufonía que vaya trazando y traslade la mirada de este lado del síncopa al otro adonde ya nada nos pertenece ni sería de nadie ya, pero nos refleja.

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Causal Arremeter puede ser un inicio altisonante. Perdura, sin embargo. Como una flecha. Pasabas ese día en aquél entonces al inicio de las cuestiones. Comenzaba el día había sido el arremeter lo que flotaba tras perpetrado en la piel que ahora se advertía transparente. r Agustín González, Piedra, mixta / papel. v Agustín González,Estrella, mixta / papel. sAgustín González, Nube, mixta / papel.

Algo allí se durmió para despertarse. Le acompañaban ruidos exteriores, sonidos que se hacían adentro y el espacio de la mente amplísimo ensanchaba tras y desde el punto en que las aguas y el aire marcaban una sola línea por la cual atravesar, arremeter, cuantiosas humanas aperturas extensiones.

Podría ser, no necesariamente, el fin La estela que deja detrás de sí el desasosiego: Antes aún (muerde la sandía) puede Abrir una línea, mientras lo contempla. Qué han de decir las palabras o el cuerpo Qué no de apuntalar la sonrisa. Tú, postrado ante el ataque Sientes los músculos confluir en un movimiento Al estertor Y ante el dolor, despiertas. Inventas una escuadra, angulosa. Cortante. Pues han de ser desplazadas las multitudes Multitudinarias Suciedades como cuando se barbecha el campo. No has de mentir ni un solo segundo. Ya no te queda nada. 17


Cuidado con los monos

Primero que nada tendría que decir que Agustín González “el Guty” y yo hemos neceado tantas veces en relación a lo que nos dedicamos, que no sabía por dónde empezar y lo mas importante, tratar de que tuviera sentido. El viaje que realizaron él y Andrea a Nueva York, hizo posible este juego que a continuación presentamos. Rubén Morales Lara

Mi estimadísimo Agustín, hola ¿cómo estuvo el vuelo? Espero que la aduana no haya sido una tortura, en fin, salúdame a todos por allá… He estado pensando casi todo el fin de semana sobre el texto para la revista y sobre lo que estuvimos platicando el viernes en tu taller. Hay cosas que aun no me quedan del todo claras. Por ejemplo, cuando al principio hablábamos sobre la imagen como una de las cosas que más te importaban y explorabas… posiblemente lo que voy a preguntar es algo estúpido, pero cuando hablábamos sobre la imagen di por hecho que hablábamos de lo mismo, y después de darle varias vueltas, me di cuenta, no se cuál es tu idea de imagen ¿podrías describir lo que para ti es la imagen? Y ¿cómo y desde que dudas, pautas y/o características la investigas y exploras? Por otro lado no dejaba de pensar en monos, montañas y los referentes que son recurrentes a lo largo de tu producción. Entiendo que pueden ser manías que cada uno es libre de tener ¿pero esos referentes son por algo en particular? Esto es más por morbo, que por otra cosa. La idea del referente me llevó a pensar que dentro de tu trabajo, aparte de los referentes directos a la pintura y a algunos grandes pintores, hay otros referentes que tienen que ver con otras disciplinas del arte, y sobre todo del arte contemporáneo ¿cuáles y por qué te interesan estos referentes? Una de las cosas que también me genera varias dudas, fue tratar de entender un poco mas a fondo ¿cuáles son las diferencias y coincidencias entre tu dibujo y tu pintura? Podría decir de manera superficial que los dos formatos tienen la misma estructura, pero está claro que funcionan de manera diferente, y la verdad es que no quiero empezar a decir cosas que ni al caso, por eso mejor te lo pregunto. Respecto a lo “escrito” que tienes en tu obra, sé que funciona dentro de la composición de la obra, pero ¿hay algo mas? ¿cuál es la intención de usar la palabra escrita? O solamente nos adviertes que tengamos “cuidado con el mono”, lo cual estoy completamente de acuerdo. Pues creo que por el momento sería todo, si me surge alguna otra pregunta te la haré saber, disfruta muchísimo de tu viaje y sobre todo de la comida, te mando un abrazo. Rubén

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Agustín González, Boya, lápiz / papel.

México, D. F. a 13 de octubre de 2009


Agustín González, Montaña, mixta / papel.

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AgustĂ­n GonzĂĄlez, Diputado naciendo, mixta / papel.

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Agustín González, Disparate, mixta / papel.

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Agustín González, La mordida infinita, óleo / tela.

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Agustín González, Astronauta, lápiz / papel.

Nueva York, a 21 de octubre de 2009 Rubén esto de la correspondencia está bien, me parece un medio que puede dar diferentes pautas para necear y hablar del trabajo. Lo de la imagen es importante. Tratar de llegar a ella es un poco pausado y trabajoso, primero busco cosas o me encuentro con cosas que detonan algo y con ese algo empiezo a dibujar, trato de hacer una enciclopedia visual, que a manera de bitácora o papeles puestos por todos lados, me van guiando hacia lo que más o menos tengo en mente, esto es la imagen. Hago un dibujo, lo exploto, veo variantes, lo tacho, lo superpongo, lo niego, me canso, lo rescato, lo olvido y al final cuando cumple con varias partes del proceso lo dejo por una sencilla razón, ya lo puedo ver y convivir con él, ese momento es cuando sé que ya llegué a una imagen. La imagen que trabajo casi siempre tiene que ver con personajes, éstos van totémicos al centro del cuadro, a veces creo que son héroes o antihéroes, la imagen es una concentración de sucesos que participan para poder determinar una pieza. Esto es un poco como veo la imagen, también los soportes cuentan bastante para la elección de la imagen o de la pieza. Trato de trabajar diferente en cada soporte. En las telas y en el papel. En el grabado ocurren diferentes posibilidades que trato de explotar, en él me importa que la imagen sea clara, por eso todo mi grabado va en blanco y negro. Así puenteo más salidas y caminos por explorar en la pintura o el collage o lo que el proceso necesite. Respecto a los referentes, casi todos mis personajes están ligados a una idea o tópico, que en diferentes casos narran una dualidad. Me pasa que cuando encuentro algo lindo en el mundo, de alguna manera tiene algo trágico y truculento “todo ángel es terrible” ya lo dijo Rilke. Y bueno en mi chamba se reitera esta idea de tener amor con espinas. Hablo de montañas como el ser más grande del mundo, que está llena de pequeñas cosas, pero que en sí es una sola. La montaña también tiene pequeños seres que la habitan. Trato de hablar de mis personajes y de escribirlos antes de dibujarlos, pintarlos, etc. Entonces la escritura es básica, ya sean lecturas o canciones, por eso también en algunos momentos la escritura aparece en las pinturas. Por otro lado, las demás disciplinas del arte son bien necesarias, desde la instalación, la foto, la música, etc. Me gustan artistas como Paul Macharty, Richard Serra, Martin Kippenberger entre otros más. Todavía creo que al contario de hacerse jetas y reproches, las artes pueden ser un buen canal para enriquecer la chamba, trato de tener diálogos con gente que ha estado a la par de mi proceso y viceversa, como José Luis Landet, Moris, Omar Barquet, Ernesto Alva, etc. y tratar de aprender de cada uno y tener críticas y jaloneos para de repente salirse de las muletillas… En relación a las diferencias y coincidencias… vuelvo a lo mismo. Trato de pintar en tela, madera o papel, el resultado es diferente, en algunos casos trato que la pintura y la gráfica se mezclen, no me importa quien gane o que sepa más. Lo importante es que las piezas tengan una coherencia, una relación de soportes y de ideas, un ejercicio que conlleva quitarse el saco de pintor purista y puritano, y el de un dibujante que no quiere hacer dibujos con sombritas y que cuando es necesario, mandar todo al carajo y regresar a lo básico que es dibujar en las carpetas. De lo “escrito”, bueno de eso ya hable hace rato. Y eso de cuidado con los monos tiene diferentes lecturas, pueden ser los monos que nos gobiernan… los dibujos que hablan más que un noticiero, o puede ser realmente un animal sin vida del otro lado del espejo. Guty

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Serie del hospital de alienados Ilallalí Hernández Rodríguez

I. Supongo que ella dijo lo que cualquiera expresa a un amigo que perece en medio de la calle. «No te mueras.» Tras la explosión del vehículo, fragmentos de vidrio se tornaron proyectiles. «¡Ayúdenme!» De la boca entreabierta de su amigo escurre un hilo púrpura. «Escucha la sirena.» Al llegar los paramédicos la introducen en la ambulancia. «¡A él, ayúdenlo a él!» Avanza el vehículo, atrás queda el cuerpo de su amigo que será parte de las cifras del atentado del día. A ella la serenan con un potente sedante.

cercanos y el hombre mascando chicle, haciendo pequeñas bombas que reventaba con su lengua. Revolví mi bolso para buscar un pañuelo desechable. Sólo encontré un bolígrafo de plástico. Mientras avanzábamos por la avenida central bajé el volumen del escándalo. El taxista prendió el radio y comenzó a cantar alto, le pedí que detuviera el carro. Págueme. Pero si sólo avanzamos un par de cuadras, le dije. Abrí mi bolso cuando la luz del semáforo se tornó roja. Sin reflexionar enterré el bolígrafo económico en la mano del conductor. Salté fuera del carro dejando la puerta abierta. Detrás quedaron los bramidos. Unos metros adelante abordé otro taxi. Aunque compacto y sucio, me llevó a la dirección indicada.

Aquello ocurrió a la hora en que a los pacientes del hospital de alienados les da por aullar. II. En la luna de miel los recién casados contemplaron la boca de un barranco. Saborearon dulces de ajonjolí. Dijo la esposa: «Lamento que toda la vida sea tan poco tiempo». Saltó.

Aquello ocurrió a la hora en que a los pacientes del hospital de alienados les distribuyen pastillas de color verde. IV. Me sentaba en la orilla de la cama de mi padre. Debajo de la sábana colocaba calcetines rellenos de algodón. Con el dedo índice rascaba la planta del pie de tela. Mi padre reía. Durante años jugamos a esas cosquillas falsas. Perdió cada extremidad hasta sólo ser un tronco de rostro adelgazado. A partir de la tarde que volvimos del cementerio mi madre logró conciliar el sueño abrazada a un par de almohadones vestidos con el pijama de mi padre.

Aquello ocurrió a la hora en que a los pacientes del hospital de alienados les entregan hojas para dibujar sus sueños. III. —Esa noche comenzaron las lluvias y el asfixiante calor cesó. Me decidí a tomar un taxi. Contrario a mi costumbre abordé ­en el asiento del copiloto. Dije al ­conductor el domicilio. ¿A dónde?, preguntó. Respiré profundo. Repetí la dirección. Sudor. El hombre escuchaba una ensordecedora música. Le pedí, amablemente, que bajara el volumen, me ignoró. El ruido de los ­carros

Aquello ocurrió a la hora en que a los pacientes del hospital de alienados les permiten caminar por el jardín.

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Agustín González, Botas, lápiz / papel. Agustín González, Guantes, lápiz / papel.

V. Santa María. Vi al diablo. Santa Madre de Dios. Frente al espejo me miraba. Santa Virgen de las Vírgenes. Mi ojo vacío, mirándome. Madre de Jesucristo. Se vacían. Madre de la divina gracia. Quedó la pura mirada. Madre del divino verbo. Aún tiemblo. Madre purísima. Sin saberlo, era el preámbulo. Madre castísima. Dejaré que me venza el sueño con la luz prendida. Madre intacta. Porque creo que soy el diablo. Madre sin mancha. ¿Acaso soy el diablo? Vaso insigne de devoción. Me vi en el espejo. Refugio de los pecadores. El diablo debe arder. Madre del Creador. Entre llamas me encuentro. Madre del Salvador. Soy.

cie extraña… Imagina a un pájaro andrógino castigado por los dioses; dividido, lanzado a la tierra y condenado a la reconstrucción de sus pasos hasta encontrar esa otra mitad. Quizá el andrógino se convierte en pájaro… ¿Qué haces? ¡Suéltalo! Aquello ocurrió a la hora en que a los pacientes del hospital de alienados les autorizan las visitas de sus familiares. VII. Se burla de los rezos de su criada. Ese libro tiene al diablo, le dice apuntando al relieve de los siete animales enlazados. No cree en supercherías aunque siente que una presión en el pecho. Se ríe de las maldiciones a pesar de la inexplicable noma que le cubre medio rostro por las noches y desaparece repentinamente por la mañana. Si ha de morir será redactando las conclusiones del estudio sobre ese libro antiguo que descansa sobre la mesa, no quiere que el demonio la encuentre dormida.

Aquello ocurrió a la hora en que a los pacientes del hospital de alienados les permiten mirar el televisor. VI. —Cierra la ventana, se metió un pájaro. —Creo que ese pájaro está enamorado de mí, entra por las mañanas a trinar. —No seas ridícula, los pájaros no se enamoran. —¿Sabes que escuché sobre uno que deja de comer cuando muere su pareja? Una espe-

Aquello ocurrió a la hora en que a los pacientes del hospital de alienados les permiten colocarse frente al espejo.

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La ironía de un excéntrico: Gombrowicz en Argentina.

Alfonso Macedo

del ­escritor polaco, a quien bien puede verse como un autor marginal en su propio país, Polonia, y que por accidente llegó a otro periférico, en el momento del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Marginal como Kafka y Joyce en cuanto a su origen excéntrico (la actual República Checa, Irlanda y Polonia están fuera de las altas culturas europeas) y separado culturalmente de las grandes naciones cosmopolitas, Gombrowicz renunció a un lugar destacado en la patria adoptiva, limitándose a ocupar un sitio modesto y poco visible en los medios intelectuales. Como un personaje kafkiano, Gombrowicz consiguió un empleo burocrático en un banco polaco. Sólo había escrito Ferdydurke en su país natal y en Argentina pasó casi inadvertido, hasta que al final de su estancia en América comenzó a ser visto como uno de los grandes renovadores de las letras occidentales. Una de las obras que definitivamente ha contribuido a exaltar e, incluso, a exagerar su leyenda de escritor fracasado, marginado y maldito, es el Diario argentino, una selección de fragmentos que forman parte de un Diario voluminoso. En la escritura de su diario, Gombrowicz se propuso no la relación de sucesos cotidianos, sino la reflexión sobre las posibilidades de su escritura y de sus condiciones de escritor en particular, y de la literatura en general. De ahí que esta obra adopte diferentes tipos de discurso: la divagación filosófica y existencial, la anécdota, el relato autobiográfico, etc. Esta forma de concebir y hacer un diario refleja la capacidad que tiene este género, considerado comúnmente menos poético y más tendente a lo histórico, para crear nuevas formas de expresión, donde se

A Ana Rosa Domenella La literatura, por mucho que nos apasione negarla, permite rescatar del olvido todo eso sobre lo que la mirada contemporánea, cada día más inmoral, pretende deslizarse con la más absoluta indiferencia. ENRIQUE VILA-MATAS

A finales de la década de los años diez, Marcel Duchamp pasó una temporada en Buenos Aires, mientras terminaba la “Gran Guerra”. Su paso fue fugaz pero, de acuerdo con Graciela Speranza en Fuera de campo. Literatura y arte argentinos después de Duchamp (Anagrama, 2006), fue también decisivo en la conformación de un modo distinto y novedoso de pensar el arte y las letras en Argentina. La monotonía de la vida rioplatense no sólo se encontraba en sus calles, costumbres e ideologías: el desarrollo artístico se encontraba en un momento de infecundidad. Es quizá por eso que Argentina no fue lo suficientemente importante para Duchamp, quien se refería muy poco a esta nación después de haber pasado una breve estancia. Podría pensarse que de la relación entre este artista extranjero y aquella ciudad sólo fue la última la que verdaderamente recibió el impacto de un genio que renovó no sólo las artes, sino la estética y los modos de comprender el arte. Algo más decisivo en las relaciones entre artista extranjero y ciudad es, probablemente, la relación que estableció Witold Gombrowicz (1904-1969) con Argentina, durante una larga estancia de veinticuatro años (de 1939 a 1963), en las que se mantuvo al margen de los círculos intelectuales y artísticos de Buenos Aires. A diferencia de Duchamp, Argentina se convirtió, en muchas ocasiones, en el centro de la obsesión

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combina (en la escritura de otros autores y teniendo a Gombrowicz como maestro) la crítica literaria con el cuento, la autobiografía con el ensayo, la carta y hasta el telegrama con la poesía. La lección de Gombrowicz es, en buena medida, integrar varios registros discursivos en un solo texto, flexible como el diario, para crear otros modos de decir y reflexionar sobre la literatura y la escritura mismas; el diario se convierte en una forma expresiva para pensar sobre el propio diario: Gombrowicz piensa y medita mientras escribe sobre las condiciones del diario mismo:

­ esechados de la vida cotidiana, para persed guir aquellas ideas que expresen la sensación de lo inacabado, lo inmaduro, que es, justamente, uno de los temas recurrentes en Gombrowicz, volviéndose todo esto, así, parte de su estilo literario. Esa aparente ingenuidad y candor que podría ofrecernos la frase “Publico esto para que me conozcan en la intimidad” se disipa si la pensamos en relación con un fragmento del Diario [no argentino] que rescata el protagonista de Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas:

De allí, alrededor de la media noche, me

Mientras esperaba el primer plato, he sa-

dirigí al Rex a tomar un café. Eisler se sen-

boreado algunos fragmentos que yo cono-

tó a mi mesa. Nuestras conversaciones son

cía ya bien, del Diario de Gombrowicz. De

por este estilo: “¡Qué tal, señor Gombrowi-

entre todos ellos, me ha vuelto a encantar

cz!”, “Tranquilícese un momento Eisler, se

ese en el que se ríe de Léon Bloy, de cuando

lo agradeceré mucho.”

éste anota que en la madrugada le desper-

De regreso a casa entré en el Tortoni a

tó un grito terrible como llegado del infini-

recoger un paquete y a conversar con Po-

to. “Convencido –escribe Bloy – de que era

cho. En casa leí el Diario de Kafka. Me

el grito de un alma condenada, caí de rodi-

acosté a las tres.

llas y me sumí en una ferviente oración.”

Publico esto para que me conozcan en

Gombrowicz encuentra absolutamente ridículo a ese Bloy de rodillas. Y aún lo encuentra más ridículo cuando ve que, al día siguiente, éste escribe: “Ah, ya sé de quién era aquella alma. La prensa informa que ayer murió Alfred Jarry, justamente a la misma hora y en el mismo minuto en que me llegó aquel grito…” Y aquí no terminan las ridiculeces para Gombrowicz, pues descubre otra más que viene a completar el cuadro de ridiculez de toda esa secuencia imbécil del Diario de Bloy. “Y, encima –concluye Gombrowicz –, la ridiculez de Jarry que, para vengarse de Dios, pidió un palillo y murió hurgándose los dientes”. La sensación de ingenuidad se disipa por completo ante la mirada de Vila-Matas, quien lee a un Gombrowicz irónico, ofensivo, ubicado en una posición lejana que le permite burlarse de las cursilerías de Bloy

la intimidad.

La mención al diario de Kafka se convierte en toda una referencia implícita a la escritura del diario como modo de sobrevivencia en un mundo aburrido, apagado, monótono y carente de importancia. Se convierte en la búsqueda de sí mismo y en la reflexión de que el diario, como escritura privada, se hace público, paradójicamente, en el momento en que un escritor como Gombrowicz tiene al lector en la mente y, al mismo tiempo, piensa en el diario como un modo de expresión que permita un punto de fuga y que aterrice en los modos expresivos ilimitados de esta forma narrativa. Sin embargo, nada en Gombrowicz es ingenuo, cursi o sentimental: la última oración citada no intenta conmover o emocionar al receptor; intenta mostrar un proceso de escritura creado con residuos, con elementos

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y del patetismo de Jarry; sin embargo, nuevamente tenemos la reflexión implícita de cómo escribir un diario: el género narrativo de Bartleby y compañía está construido en una relación híbrida donde se junta la novela con el diario, en un texto que es llamado por el escritor barcelonés como una serie de “notas sin texto” o de “notas a pie de página de un texto invisible [pero] no por eso inexistente” y que también sugiere la forma del diario: en una serie de ochenta y seis fragmentos, el narrador-personaje divaga y reflexiona sobre el futuro de la literatura; en uno de esos fragmentos parecidos a los de un diario, escribe que ha recordado la lectura del Diario de Gombrowicz, quien a su vez escribe en su diario sobre la serie ridícula que se encontró en el diario de Bloy… El diario permite pensar sobre su propia forma y sus capacidades de expresión. El diario es un género literario cuyos límites lejanos abarcan la propia reflexión sobre el diario mismo, sobre lo que puede considerarse como parte de la poética de un escritor:

i­nacabado, de lo carente de imperfección. En lo joven e inexperto se encuentra la literatura de vanguardia, la que revela el gesto rebelde que se opone al discurso de la gerontocracia culta y controladora de los espacios culturales: frente a una Victoria Ocampo y su grupo de la Revista Sur, con todo y Borges en camino a la consagración mundial, Gombrowicz prefiere el mundo de los jóvenes poetas, de los artistas que renovarían las letras. El supuesto ninguneo del que Gombrowicz es víctima, de parte del “Parnaso local”, se origina en la propia narración del autor polaco, producto de una cena que no logró establecer vínculos: Pero, prescindiendo de las dificultades técnicas, de mi castellano defectuoso y de las dificultades de pronunciación de Borges, quien hablaba rápido y poco comprensiblemente, omitiendo también mi impaciencia, mi orgullo y mi rabia, tristes consecuencias del doloroso exotismo y del consiguiente aprisionamiento en lo extranjero, ¿cuáles eran las posibilidades de comprensión entre esa Argentina intelectual, estetizante y

Escribo este diario sin ganas. Su insincera

filosofante y yo? A mí lo que me fascinaba

sinceridad me fatiga. ¿Para quién escribo?

del país era lo bajo, a ellos lo alto. A mí me

¿Si tan sólo para mí, por qué se imprime?

hechizaba la oscuridad de Retiro, a ellos las

¿Y si lo es para el lector, por qué finjo enton-

luces de París. Para mí la inconfesable y si-

ces conversar conmigo mismo? ¿Hablar con

lenciosa juventud del país era una vibrante

uno mismo para que lo oigan los demás?

confirmación de mis propios estados aní-

Cuán lejos me encuentro de la seguridad

micos, y por eso la Argentina me arrastró

y el aliento que vibran en mí en el momento

como una melodía, o más bien como un pre-

—perdonad— de “crear”. Aquí, en estas pá-

sentimiento de melodía. Ellos no percibían

ginas, me siento como si estuviera ­saliendo

ahí ninguna belleza. Y para mí, si había en

de la noche bendita a la dura luz de la ma-

la Argentina algo que lograra la plenitud

ñana que me llena de bostezos y saca a la

de expresión y pudiera imponerse como es-

claridad mis imperfecciones. La falsedad

tilo, se manifestaba únicamente en los tem-

existente en el principio mismo del diario

pranos estados de desarrollo, en lo joven,

me intimida, les ruego que me disculpen…

jamás en lo adulto […] Pero ellos no veían

(Pero tal vez estas últimas palabras son su-

en esto ningún atractivo, y esa élite argen-

perfluas, son ya pretenciosas).

tina hacía pensar más bien en una juventud mansa y estudiosa cuya única ambición

La literatura de Witold Gombrowicz se centra en el tema de lo inmaduro, de lo

consistía en aprender lo más rápidamente posible la madurez de los mayores.

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por ­Gombrowicz; a la inversa, todo intento de apropiación de lo vanguardista por parte de los europeizados para terminar llevando a cabo obras repetitivas que imiten otras creaciones, sin aportar nada nuevo en lo formal, es visto con ojos irónicos, con una mirada que busca ridiculizar. En su ensayo “La novela polaca”, de Formas breves (otro libro que también integra diferentes discursos, incluyendo el de la crítica literaria, la autobiografía, el cuento y el ensayo), Ricardo Piglia recuerda aquella escena de TransAtlántico en la que el personaje Gombrowicz se encuentra con una personalidad literaria

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Agustín González, Ballena, grabado.

La literatura puede verse como un discurso político-estético que sirve para que el escritor se deslinde del grupo oficial y también para resaltar su propio proyecto poético, basado en el tratamiento de lo bajo, lo inculto, lo popular, lo satírico; frente al europeísmo que Gombrowicz critica porque crea imitadores de Proust y de lo refinado en Polonia o Argentina, su obra literaria se asienta en lo absurdo, lo ridículo y lo bajo, como puede observarse en los cuentos de Bakakaï o en la novela Trans-Atlántico. Todo empeño juvenil que trate de abrir un nuevo camino a las formas literarias es bienvenido


Agustín González, Iglú, grabado.

del grupo Sur, Eduardo Mallea, quien “posa de refinado y erudito y se pasea por el infierno de las influencias: cada vez que Gombrowicz habla le hace ver que todo lo que dice ya ha sido dicho por otro. Despojado de su originalidad este europeo aristocrático y vanguardista se ve empujado casi sin darse cuenta al lugar de la barbarie”. Entre líneas, se sugiere que la forma de combatir la pedantería institucionalizada es mediante la ironía y la repetición invertida del gesto del oponente. En los recursos de

la ironía, la inversión, la sátira, el cruce de géneros literarios, así como la noción de lo inacabado e inmaduro, se basa la escritura de Gombrowicz; el Diario argentino es, por lo tanto, un mosaico de frases y reflexiones que, ubicadas en el trasfondo de las anécdotas gombrowiczianas, permiten percibir el proyecto literario de su autor: sin rodeos ni concesiones, es más soberbio que su retador, así sea un joven que lo admira y que no por eso deja de provocarlo, así sea alguien que se interese en sus textos:

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género literario. Su gran traductor, Sergio Pitol, ha desarrollado parte de su obra literaria en torno a la conjunción de dos géneros: el ensayo y la novela, pero la autobiografía y las formas del diario no están ausentes de aquélla. Por su parte, Juan Villoro entiende el diario del escritor polaco como un ejemplo de oposición ante la vida cotidiana aburrida y absurda. El diario como género personal e íntimo es, de hecho, un registro de los días cotidianos; publicar los diarios de un escritor significa que el género ofrece una significación implícita, oculta, en donde radica su fuerza poética: decir algo y decir otra cosa simultáneamente, en una intención y una tentación poéticas. Ante el mundo regido por la tecnocracia, el escritor propone diversas formas de escape, que también son, paradójicamente, formas de resistencia: La sociedad del Costco, el Corte Inglés y el alto rating ha traído una homologación de lo cotidiano. La psicología, las aflicciones y las formas de relación están tan catalogadas como un almacén. Narrar la vida común significa abordar conductas previsibles. ¿Cómo encontrar la singularidad sin salir del ordenado acervo de lo diario? La respuesta de Witold Gombrowicz consiste en aquilatar la inexperiencia. Asesino de la “hora actual”, guarda sus días como si se desconociera (“no soy yo lo que está pasando conmigo”), desordena lo que creía saber. Guiado por la única conducta que garantiza aprendizaje: la inmadurez: «¿Quién decidió que se debe escribir cuando sólo se tiene algo que decir? El arte consiste en precisamente en no escribir lo que se tiene que escribir, sino algo completamente imprevisto». En su proyecto literario, lo imprevisto representa para Gombrowicz aquellos caminos que no repitan lo dicho por predecesores en el mismo orden, con la misma intención; se trata, posiblemente, de encontrar un estilo cuya forma exprese una poética: lo inmaduro frente a lo consagrado, lo desautorizado contra el

Roby me sorprendió poco antes de su visita a Buenos Aires —nunca nos habíamos escrito— con una carta enviada de Tucumán en la que me pedía le enviara Ferdydurke en la edición castellana:

«Witoldo: algo de lo que dices en la introducción a El matrimonio me ha interesado… esas ideas sobre la inmadurez y la forma que parecen constituir la trama de tu obra y tienen relación con el problema de la creación.

«Claro está que no tuve paciencia para leer más de veinte páginas de El matrimonio…» Luego me pide Ferdydurke y escribe: “Hablé con Negro —es su hermano, el librero— y veo que sigues atado a tu chauvinismo europeo: lo peor es que esa limitación no te permitirá lograr una profundización de este problema de la creación. No puedes comprender que lo más importante ‘actualmente’ es la situación de los países subdesarrollados. De saberlo podrías extraer elementos fundamentales para cualquier empresa”. Con esta muchachada me hablo de “tú” y consiento en que me digan lo que les viene en gana. Comprendo también que prefieran, por si acaso, ser los primeros en atacar —nuestras relaciones distan mucho de ser un tierno idilio. A pesar de eso la carta me pareció ya demasiado presuntuosa… ¿qué se estaba imaginando? Contesté telegráficamente: ROBY S. TUCUMÁN —SUBDESARROLLADO NO HABLES TONTERÍAS FERDYDURKE NO LO PUEDO ENVIAR PROHIBICIÓN DE WASHINGTON LO VEDA A TRIBUS DE NATIVOS PARA IMPOSIBILITAR DESARROLLO CONDENADOS A PERPETUA INFERIORIDAD— TOLDOGOM

A partir de la lectura de Gombrowicz, otros escritores (además de Vila-Matas y Piglia) han reflexionado sobre el diario como

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canon, lo marginal frente a lo autolaudatorio. Es posible que la estancia y las experiencias acumuladas en Argentina hayan terminado por fijar, definitivamente, la percepción de un ya no tan joven Gombrowicz que vio la madurez de sus días en medio de la pobreza, la excentricidad, el ninguneo, el trabajo cotidiano en el banco, donde se puso a escribir TransAtlántico. El desasosiego y el ahogo de lo cotidiano quedan de manifiesto en esta cita:

el Führer, y cuya escena no puede ser más kafkiana al escribir un ensayo en inglés, traducido al español por alguien desconocido y publicado en un diario argentino, sin conocer exactamente lo que ahí se dice por su desconocimiento de esa lengua, y justo en la mañana en la que entran en su habitación para robarse las escasísimas pertenencias que le quedaban, no puede ser más kafkiano que Kafka, pero lo es: en el periódico, el nombre del autor es Tardowski, no Tardewski; la referencia ya indica la idea de alguien que ha llegado tarde a todo, que siempre estará marginado. Cuando sale a buscar en el periódico el texto que lo registrará como el propietario del descubrimiento de la entrevista entre Hitler y el autor de El proceso, Tardewski descubre un error en su nombre; que no entiende el texto en español; y que, cuando vuelva apesadumbrado a su miserable habitación, encontrará los restos del naufragio al notar que ha sido robado. En un gesto de vanidad, quiso publicar su noticia sobre ese encuentro espeluznante. Lo kafkiano (y en esto Piglia también sugiere un gesto de lo gombrowicziano, el fracaso azaroso pero, también, decidido por el que lo padece) aparece en todo su esplendor en el siguiente fragmento: “Era ridículo, bien pensado. Publicar en La Prensa, en plena guerra mundial, un artículo traducido del inglés para asegurarme así la propiedad intelectual de un futuro libro y recibir como respuesta un robo real. ¿No era una lección? Yo había actuado como un académico ridículo […] un universitario sin universidad, un polaco sin Polonia; un escritor sin lenguaje”. Es probable que el Gombrowicz histórico haya sentido lo que su homólogo Tardewski sintió en esa escena tragicómica: “Al lado mío, cualquier personaje de Kafka, por ejemplo Gregorio Samsa, podía considerarse un hombre satisfecho”. La ubicación periférica de Gombrowicz del orbe literario e intelectual rioplatense se ha convertido en todo un referente actual de

Desde hace tres años, desgraciadamente, me desvinculé del arte puro. Mi trabajo literario no es de aquellos que se pudieran practicar de pasada los domingos y días festivos. Comencé a escribir este diario precisamente para salvarme, por miedo a la degradación y a la inmersión definitiva en la marea de vida trivial que me llega ya hasta la boca. Pero resulta que aquí tampoco soy capaz de un esfuerzo pleno. No se puede ser una “nada” durante la semana para lograr existir el domingo. Ustedes, periodistas, consejeros respetables y aficionados no debéis temer nada. Ya no los amenaza ninguna presunción mía, ningún misterio. Al igual que ustedes, que el universo entero, me deslizo hacia el periodismo.

La figura de Gombrowicz está presente, de manera muy especial, en la novela Respiración artificial de Ricardo Piglia. El filósofo polaco que llega de Europa a Sudamérica durante las hostilidades de Hitler se llama Tardewski. Ha abandonado por nada su doctorado en filosofía con Wittgenstein y prepara alumnos para presentar exámenes de admisión en una modesta provincia de la Argentina. El retrato de este intelectual, que decidió fracasar con plena conciencia, es ­Gombrowicz. El personaje mitad ficción y mitad realidad que crea Piglia en su novela, que descubrió el horror de Kafka cuando descubre que éste, en su Diario (otra vez), escribió sobre su encuentro en Praga con quien sería

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una edición de 10 000 ejemplares y le ofrece como anticipo un tercio de los derechos. “Eso es lo de menos”, le contesta Gombrowicz. “Yo estoy dispuesto a autorizarle esa edición, si usted se compromete a editar otro libro muy importante que estoy escribiendo. Ustedes me hacen un contrato de edición del Diario argentino, y yo les autorizo a editar Ferdydurque”. Muchnik le responde que no puede comprometerse sin haber leído el libro. Y entonces, cuenta Muchnik, “sin ­quitarme los ojos de encima, Gombrowicz

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Agustín González, Mandríl, grabado.

la cultura argentina, que busca en el escritor polaco algo de la identidad multicultural que la conforma. La figura de Gombrowicz también refleja la dignidad del escritor incomprendido. Ricardo Piglia vuelve al autor polaco en su ensayo “El escritor como lector”. Para cerrarlo, recuerda la anécdota con Jacobo Muchnik, editor fundamental de la segunda mitad del siglo XX, que quería reeditar en Argentina, en 1960, la traducción al español de la novela que aquél había escrito en Polonia. Muchnik le propone al escritor


se llevó las manos al bolsillo del saco, extrajo un par de páginas escritas a máquina y me las alcanzó por encima de mi escritorio”. Muchnik le sugiere que se las deje para leer. “No”, insiste cortante Gombrowicz. “Dos páginas se leen en un momento, léalas ahora, yo espero”. Entonces Muchnik se puso a leer, con Gombrowicz delante, y “ese texto” dice Muchnik, “me atrapó desde la primera frase. Pero cuando terminé de leerlo le dije, bueno, es extraordinario, pero no puedo comprometerme a publicarlo sin conocer todo el libro. Gombrowicz no me respondió, se puso de pie. Por encima del escritorio me quitó sus dos hojas, murmuró algo que no sé si fue un insulto o un saludo de despedida, y sin más giró sobre sus talones y se fue”. Prefirió no reeditar Ferdydurque, no recibir el dinero del anticipo que seguro necesitaba porque quería ver publicado el Diario argentino. El Diario argentino de Gombrowicz es una selección de páginas que éste tomó de su Diario, una obra monumental editada en tres volúmenes. Los fragmentos argentinos anuncian su interrupción cuando W. G. anuncia que ha recibido una invitación para pasar una estancia en Alemania. Hay relatos de su viaje en barco hacia Europa; a Argentina, lo sabe, no ha de volver. El estilo irónico y satírico de Gombrowicz no decrece cuando ya está en el otro continente. Su reconocimiento como un escritor de primer nivel en Europa y América llegó tardíamente, pero ahora puede dedicarse, con mayor tiempo, a la literatura. Seis años pasarán después de su regreso de Argentina, hasta que una enfermedad respiratoria acabe con su vida. En sus últimos años, decidió que Francia sería su residencia, en medio del respeto mundial que habían suscitado sus novelas, su diario y sus ensayos. Sin embargo, siempre se permitió el gesto irónico dirigido a quienes se sentían superiores por acceder a la cultura (“a las ineptitudes de la inepta cultura”, en palabras de López Velarde) y a sí mismo. Gombrowicz cierra su Diario argentino:

¿Las

institutrices?

¿Las

institutrices?

Mlle. Jeanette, luego Mlle. Zwieck, suiza… adiestrándonos en la infancia en francés y en urbanidad, hace ya de esto muchos años, en Maloszyce. Insertas en el fresco y agreste paisaje del campo polaco, como dos papagayos. Mi aversión al idioma francés… ¿no fueron acaso ellas quienes me lo imbuyeron? ¿Y París? ¿No es para mí hoy como una gigantesca institutriz francesa? El leve baile de Mlle. Jeannette y Mlle. Zwieck alrededor de la Torre Eiffel, en la plaza de la Ópera… ¿No son ellas acaso las que vuelan sobre las aceras? ¡Fuera, fuera, ninfas ridículas que degradan mi ataque a París!

En su estancia final, en Francia, Gombrowicz alcanzó a dictar algunas lecciones de lo que hubiera sido un curso de filosofía, un poco para distraerse de los momentos agónicos que lo aquejaban y lo tenían postrado. Esas lecciones filosóficas aparecieron en forma de libro póstumo gracias a MarieRita Labrosse (Rita Gombrowicz), la mujer que conoció a su vuelta a Europa y con quien se casó, con el título de Curso de filosofía en seis horas y cuarto. Kant, Schopenhauer, Hegel, Marx, Nietzsche y Sartre forman parte del programa; en realidad, son ellos el centro de las conversaciones de Gombrowicz con su esposa y su amigo Dominique de Roux. Más allá del dramatismo existencialista que, podríamos pensar, apareció como una niebla oscura en la habitación, sólo destaco el epígrafe del libro que pone en escena, nuevamente, la ubicación excéntrica (en el doble sentido del término) de Gombrowicz: “Es para mí un misterio que libros interesantes como los de Schopenhauer (¡y los míos!) no encuentren lectores”.

Todas las citas proceden de: Witold Gombrowicz, Diario argentino, traducción de Sergio Pitol, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2006.

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El convertidor de sueños Mario Islasáinz

Luego de finalizar mis estudios en una de la universidades más costosas en 1987, decidí quemar los cuatro títulos obtenidos en un acto contracultural frente a la rectoría de dicha Institución. Tenía 26 años y todo un recorrido con una serie de personajes del medio literario (desde los 18 años), en talleres, reuniones, encuentros, viajes, lecturas, cantinas, hasta en sus propias casas y en las de sus amantes, desafortunadamente hoy la gran mayoría están muertos (sus amantes no), y no se valdría hablar de ellos, aunque los que aún tienen la vida necesaria para callarme el hocico, sé que lo harían sin compasión alguna, pero ese no es el caso, lo que sí viene a tema es que me regresé al terruño no sin antes recibir una andanada de advertencias de vivos y muertos; más las promesas de compartir un alto puesto en la empresa familiar logró que los escuchara con admiración sí, lo confieso, pero sin la atención que después me retumbaría y continúa jodiéndome las pocas neuronas sanas que me restan en el cerebro salvadas por haber dejado de beber, algo que hice desde los once años hasta los treinta y uno, momento en que alcohólico ya, decidí de golpe interrumpir ese horroroso deporte en el que estuve inmerso veinte larguísimos años con la singular alegría de hacerlo a diario. Ello me valió perderlo todo, y a dos años de casado sin empleo y con temblores hasta en las uñas, me senté una madrugada —luego de diecisiete regaderazos— con mi amada a platicar lo que en mis días y noches de delirios había decidido: volver a la literatura como forma de vida. Recuerdo que me miró un tanto sorprendida, pues si bien de vez en

cuando me veía cómo me le arrimaba a darle a las teclas de mi vieja máquina, también acepto que todo lo escrito se hallaba regado en una casa contigua en donde me reunía con los riquillos de la ciudad a dizque tocar rock, puros pretextos. Sin embargo y a pesar de su extrañeza asintió, yo creo por los estertores que veía que estaba sufriendo mientras me desintoxicaba de aquellos veinte años de alcohol. Hicimos el amor hasta que se quedó dormida, en diciembre cumpliremos veinte años de casados y tenemos dos hermosos hijos varones, no tuvimos niñas, yo guardé la esperanza de que alguno me saliera gay para regalarle vestidos y peinarlo, pero al comentárselos terminaron con mi ilusión de padre deseoso de organizar unos quince años con toda la pompa, hoy ríen cuando lo comentan con amigos y amigas. Por esos días comencé a hacer llamadas a los cuates, recogí lo tirado en la casa de al lado, incluso la limpié e intenté hacer un estudio con los libros que guardados en cajas, se vieron de pronto en estantes y libreros, bueno, hasta me compré un ordenador de esos de pantalla verde. Los cuates empezaron a responder, los menos, y comencé a publicar en suplementos y revistas del país, tomé tanta fuerza que me lancé a las calles con la firme idea de toparme con otros y otras como yo. A los que me topé resultaron ser puros despojos que habían estado en otros talleres y en otras ciudades, en ésta no había nada, lo que se llama nada, ahí empezaron a retumbarme las advertencias escuchadas hacía ya cuatro terribles años, a tal grado que me envalentoné tanto, que a la semana de mi salida en búsqueda de hacedores como

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que convertir y este fue hacer una revista literaria que titulé Pasto Verde, para que el rendimiento de honores fuera aún más completo, aunque tampoco hiciera falta, bueno, pues logré de 1993 a 2003 cuarenta y ocho números en donde incluí a más de mil escritores y escritoras del país y del extranjero, amén de artistas plásticos en igual número que las revistas editadas, ya que le otorgué un número a cada artista plástico, con ella obtuve dos reconocimientos a revistas independientes y los cumplí cabalmente, es más, hasta me pasé. Se terminó aquel taller afortunadamente y surgieron otros, “El cenáculo del jueves”, el memorable “La comuna irrealista” y otros más que se fueron dando a lo largo y ancho del país. Sobra comentar todos los inconvenientes a los que me vi sometido por mi forma tan irreverente de ser para muchos, aunque jamás le he hecho daño a nadie, total que en 2004 fundé La casa laboratorio de expresión y talleres libres A.C., junto con otro compañero escultor, fueron (y lo digo así porque ya la cerré el año pasado, para ser exacto agosto de 2008), múltiples compromisos con infinidad de Instituciones, las cuales de inicio les pagaban a los escritores sus gastos, luego me pidieron pagarles sus pasajes, después le sumaron el hospedaje y alimentación, así

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Ilustración: Gustavo Santiago López.

yo, inicié un taller de creación literaria con los despojos humanos recogidos en mi andar la ciudad. No sabría decir cómo es que empezaron a llegar personas jóvenes, inquietas, con ganas de decir algo, aquí debo reconocer que a su vez se allegaron otros no tan jóvenes, pero con el ímpetu necesario como para comentar que aquel taller duró diez años, el Parménides García Saldaña en honor al creador de la novela Pasto Verde y otras beldades como El Rey Criollo y más, oriundo de esta ciudad y quien por cierto y para no variar, tenía ya algunos años de haber fallecido, mejor, como la tía Chofi de Sabines que a nadie le hacía falta. Junto con aquel taller, las primeras ediciones surgieron luego de varias lecturas que hicieron mella en el maltratado cerebro de un servidor, en especial una de un nobel que no debo mencionar, pues también está muerto. Recuerdo que la titulé Escritos del tendedero, ya que los colgaba en los parques y en plazas de la ciudad a través de un cordón inmenso y con pinzas de ropa sostenía los ejemplares que semana a semana iba editando, fueron catorce y según el contador de una copiadora hoy extinta, tiré más de diez mil ejemplares, la locura ya me había hecho su presa, pues a cada título que hacía por semana le ponía: se tiraron un sinfín de ejemplares, motivo de bromas de varios cuates a nivel nacional. Cuando la copiadora fenecía, alcancé a sacar una colección: El retorno de Quetzalcóatl en donde les publiqué a cada uno de los integrantes del taller su primer libro, ya no sé cuántos títulos fueron, ni cuántos pasaron en esos diez años por el taller, lo que alcanzo a rescatar son los nombres que les di a las colecciones que saqué en ese largo periodo, mencionaré sólo algunas, porque el espacio en el papel es poco y se me pidió algo sobre lo que hablaré más adelante: Llovizna de letras, El rey criollo, El año que la abuela descansó, etcétera. Al mismo tiempo que hacía suceder todo esto, tuve otro sueño


Ilustración: Gustavo Santiago López.

dejarán mentir: primero que acepten participar, logrado esto, que me envíen lo que desean que aparezca en la colección, su ficha curricular actualizada y un domicilio a donde hacerles llegar sus ejemplares; realmente edito 75 de cada uno, y sí, ya sé que terminarán siendo 100 o más por autor-a, ya que los ando repartiendo hasta donde no debo; hoy a mediados de septiembre faltan sólo cinco títulos, y digo vamos porque de pronto me gana el yoyismo tan universal y pegajoso, ya que José Pulido Tinoco e Ildegardo Flores Peña que aparecen como co-editores de la colección, me ayudan a revisar cualquier error que por ahí, porque suele suceder, se les escape a los autores-as. Mención aparte es para Gustavo Santiago López, el diseñador de la colección, quien recibe el material y lo devuelve inmaculado junto con la portada para que aquí en casa se imprima todo, él es quien está más metido en esto que los otros dos y debo mencionarlo, faltaba más; mi esposa me ayuda a compaginar, y yo se los llevo a un cuate a que los engrape y refine por una buena lana, logrando esto, de nueva cuenta mi esposa los envuelve mientras imprimo rumbos y nombres para finalmente pedir un taxi que me lleve al correo (porque cuidado que la literatura pesa y más ésta), a enviar los cinco títulos que semana a semana cargo terminados, hasta que finalice este sueño, pues ando ya algo inquietón, pues otra idea anda rondándome en el cerebro…

que terminé pagando todo y deshaciendo compromisos para continuar comprometido solo, en esa casa hubo talleres de creación literaria, dibujo, pintura, grabado, salas de lectura, presentaciones de libros, en fin, cuantas opciones posibles enteramente gratuitas, ahí logré: Hojas de mano en mano, Postales de San Patricio y otras publicaciones más; en 2007 se me ocurrió hacer el primer encuentro nacional de escritores en esta ciudad, evento al que llegaron más de ochenta escritores durante cuatro días, quedé tan endeudado que para 2008 lo hice sólo con sesenta escritores, y para este 2009 decidí ya no más, pero (el eterno y fabuloso “pero” en mi vida) las advertencias seguían jodiéndome duramente el cerebro, así que en una tarde de café en el mes de mayo (me llego a tomar entre 15 y 20 tazas diarias sin importar el mes), cayó a mí otro sueño por convertir, el de publicar 50 ejemplares a los 50 poetas que a mi entender están haciendo por y para la poesía en nuestro territorio nacional, lo comenté con tres amigos e inició todo, así, sin más ni más, porque se me hinchan las ganas decidí en este mundo al revés llamar a la colección El Celta Miserable. Así que les he pedido a los elegidos por este enfermo, por méritos que han ido apareciendo con cada número editado y que nada ni nadie me

El Por qué de El Celta Miserable. (Poniéndome serio) Hacer aparecer una colección como El Celta Miserable no es otra cosa más que la de reunir variedad y calidad poética en plena crisis económica, que afortunadamente no de creatividad; para qué, bueno pues para cumplir lo que se ha venido haciendo desde hace dieciocho años en esta trinchera inmersa en una ciudad más que surreal, el sueño de este 2009, editando a cincuenta poetas

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50 poetas y 50 títulos de la colección El Celta Miserable de la Editorial: Letras de Pasto Verde. Amaranta Caballero Prado –Okupas Arbey Rivera –Cantos de mar para evitar naufragios Argentina Casanova –El filo de las mariposas Circe Vela –Destrozaría la casa Fabián Muñoz –El agua gime nebulosa José Luis Justes Amador –De nadie Arlette Luévano –No basta con nombrar al llanto llanto Abraham Nahón –Textos poéticos Adriana Tafoya –El matamoscas de Lesbia y otros poemas maliciosos Armando Alanís Pulido –Aquello que sucede cuando en aliento llegas en la noche estrellada de los versos Alma Karla Sandoval –La misma escarcha Álvaro Solís –Ni tarde ni temprano (Antología personal) Andrés Cisneros de la Cruz –Como la nieve que dejan los muertos Araceli Mancilla –Orbis Álvaro Baltazar Chanona Yza –Preludios para cáncer Dana Gelinas –Aves del paraíso Diego José –Aleteos Leticia Luna –Del resplandor y su estampida (Selección) Lorenzo Morales Malasangre –Toda ciudad es una isla Marco Antonio Huerta –Golden Boy Mariana Bernárdez –Más allá de la neblina Marisol Vera –Crónica del silencio Sara Uribe –Goliat Dionicio Munguía J. –Conciencia de las ruinas (Fragmento) Félix Suárez –La luz de otras mañanas (Antología breve) Héctor de Paz –Papeles de la isla Jair Cortés –Trasdía José Luis Domínguez –Homenajes Julio Eutiquio Sarabia –Entre el aire y la luz Lucía Rivadeneyra –Fiebre en agujas (Antología) Luis Armenta Malpica –Ebriedad de Dios Marco Fonz de Tanya –Fruto herido que se come a solas Mario Nandayapa –Ansiedad de lluvia Octavio Peñaloza –Lunitunianas y otras alternativas al cemento Patricia Velasco –Tatuajes (Selección de poemas) Jorge Pech Casanova –La ausencia no podrá menguarnos Roxana Elvridge-Thomas –Umbral a la indolencia Rubén Manuel Rivera Calderón –Poemas sueltos Tanya de Fonz –Poemas para poetas Teresa Avedoy –Pájaros y patrullas (o dicen que en esta ciudad sólo se deberían escribir novelas negras) Jeremías Marquines –Dónde tiene el hoyo la pantera rosa Stephanie Alcantar –Estigma del verso Kenia Cano –Poemas Mijail Lamas –Un recuento parcial de los incendios (Selección de poemas) Ricardo Esquer –Cabellos de un astro muerto Marco Antúnez Piña –Canta Caín & Pesca fantasma Verónica Yamilet Fajardo –Susana y los viejos Sandra Galina Fabela –Sobre los sueños Patricia Lezama Rosas –Los cinco días de la niña y la amapola Jaime Loredo – El milagro de la derrota

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Ilustración: Gustavo Santiago López.

que a consideración de los que conformamos la Editorial Letras de Pasto Verde nos han llenado ojos, corazón, mente y vísceras con sus estilos, voces y decires tan auténticos en estos últimos años. Mencionar aquí que ha sido fácil sería mentir, pues desde la selección, muy al estilo pastoverdiano de fuera cuates, hasta el hecho de los centavos para lograrlo, pues qué caso tendría una colección diversa, generacional, si ésta se hace con sangre, sudor y hambre para quedar bien con unos cuantos, para nada, aquí entraron los que creemos que merecen estar, por ello se menciona en cada título, y con su poesía lo demuestran: los hay innovadores, conservadores, transgresores, retratistas de la época que se vive y en las latitudes en donde sobreviven, en fin, una multiplicidad de lenguajes intentando, buscando, batallando hasta consigo mismos, no importa aquí si se hallan o no, tampoco sus nombres, eso les corresponderá a otros, lo que sí importa y mucho son sus trabajos como alternativas para los lectores que tengan la oportunidad de leerlos, ya que la difusión es por parte de cada autor; a nosotros nos corresponde no permitirle al silencio hacernos su presa: alguien tiene que darles espacio, voz, luz de ser posible para exhibir sus interminables propuestas poéticas, a nosotros nos constan, ojalá y a los demás también.


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La Palanca 13  

Arte: Agustín González. Textos: Juan Villoro, Diego José, Andrea Fuentes, Rubén Morales Lara y Agustín González, Ilallalí Hernández Rodrígue...

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