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COTILLEOS DE ARTE Un cuadro con Historia tuve barra libre hasta que me licencié. Lo que se dice un buscavidas, porque no había más remedio…

a profesora Mercedes Guzmán me ha pedido -un año más, y se lo agradezco, una colaboración para la revista LA NORIA, y concretamente para su sección Cotilleos del Arte, que alimento desde hace ya casi cinco lustros. Durante este tiempo he hablado de obras variopintas, de autores clásicos, de cuadros curiosos y diferentes y de otros que están relacionados entre sí; he obtenido mis temas de la mitología, y en muchas ocasiones de la Biblia, que es un manantial inagotable de argumentos interesantes y atractivos. Pero hoy voy a dejar todo esto y, por una vez, voy a hablar de mí mismo y de mi trabajo. Voy a intentar explicar por qué durante mucho tiempo me he considerado un pintor con mala suerte, algo así como un gafe del Arte…

L

Pronto me llamó de nuevo el Comandante y me dijo si podría hacer dos murales semicirculares en la cantina del cuartel, en ambos extremos, sobre la pared. El diámetro de cada uno era de más de cinco metros. Me pusieron un andamio, me compraron botes de pintura y brochas y allí se quedaron los dos murales decorando lo que entonces llamábamos El hogar del marinero… Aquí al lado podéis verlos, aunque sea en blanco y negro. Uno representa unos balandros navegando y el otro un pueblo costero.

Para ello me tengo que remontar al pasado la friolera de casi cuarenta años. Yo tenía por entonces unos 28 e, interrumpiendo mis estudios de Bellas Artes en Valencia, me fui a cumplir con la Patria, haciendo el servicio militar –la mili, decíamos- en la Marina, por lo que me tuve que tragar dieciocho meses. Una vez allí, en el Cuartel de Instrucción de Cartagena junto al puerto, y pasados los dos primeros meses de instrucción, me dije que ya era hora de tomar posiciones y de ponerme a sacar partido de la situación. Entonces me presenté al Comandante como pintor que me consideraba –no iba a decir aficionado, porque no quedaba bien- y me brindé a decorar las dependencias del cuartel tomando mi pincel en ristre y mi imaginación como fuente. Durante una temporada no pasó nada, pero un día me llamó el Comandante y me dijo si yo podría retocar un retrato suyo que le había pintado un recluta anterior y que no se le parecía en nada. Lo hice y le debió gustar, porque después me encargó, como veremos, otras cosas. Y aquí empezó todo…

Pero quiso el destino que, bastantes años más tarde, al suprimirse la mili, el Cuartel se destinase a Universidad Politécnica, con la consiguiente necesidad de meterse en obras de adaptación. Entonces, -¡oh fatalidad!-, ambos murales fueron destruidos y cayeron al mismo tiempo que las paredes sobre las que estaban pintados. De ellos sólo quedan el recuerdo y estas fotografías que adjunto.

De este trabajito deduje que a lo mejor era capaz de pagarme los gastos de la mili – que no eran pocos- haciendo retratos a las novias de los nuevos reclutas que, después de pagármelos, se los llevaban a su tierra como si fuesen irrepetibles obras de arte. Y las novias rebosantes. Así me pagué toda mi estancia de año y medio en Cartagena. Incluso llegué a un trato con un marinero que trabajaba en la cantina, dibujándole un retrato a su novia y a cambio

Así empezó la Parca a cebarse conmigo. Pero sigamos… 5

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