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- Dr. Garzón: Se quemará Ud. con la sartén... - Pierda cuidado, la tengo por el mango


Editorial Era una Edad de Oro, una época de grandes aventuras, de vidas frenéticas y muertes violentas… pero nadie pensaba en ello. Era un futuro de fortunas y robo, pillaje y rapiña, cultura y vicios… pero nadie lo admitía. Era una época de posturas extremas, un fascinante siglo de rarezas… pero a nadie le gustaba.” Afred Bester, “Tigre, tigre”, 1955

ME CHUPA UN HUEVO LA GENTE QUE NO ESTÁ CUANDO NO ESTOY DE FIESTA. La Marica Ilustrada Nº8, 2012


Ilustra Martinx


Bicéfalo Regente Vitalicio

Pablo Andrés Bolaños-Patricia Gatti

Dream Team:

...Y dos de nosotros somos maricones Patricia Gatti, Ana Dulce Collados, Pablo Bolaños

Madrina: Nazario Luque Vera (besos petones) Colaboradores: Paco Toma, Anita Stravolta, Enrico Pomodoro, Gustavo Pecoraro, Holly Gollightly, Diego Bertaccini, Juan Manuel Banegas, Marta Soriano, Gastón Malgieri, Martín Bolaños, Verónica Marroco, Sergio Fombona, Doris Night, José Escobar, Jean Saul Partre, Enrique Iturralde, Los hermanos Grimmau, Onira D’Onofrío, Georges Brassens, Mariano Ferro, Daniel Gatti, Poli Barbetti, Paola Fontana, Candela Krupp, Marta Soriano, José Managua, Mariano Rubio, Pietro Salemme, Alicia Smolovich y unos cuantos tanos más...


Nota sobre la tapa: adivinen de quĂŠ hablamos...


Somos sexixagerados.


- Lo nuestro es el surrealismo de género? - y no sé. Ponéle... organza! DISCLAIMER JUST LA MARICA ILUSTRADA ADMITS THAT THOUGH WE TRY TO DESCRIBE ACCURATELY, WE CANNOT VERIFY THE EXACT FACTS OF EVERYTHING POSTED. POSTINGS MAY CONTAIN INFORMATION, FACTS, SPECULATION OR RUMOR. WE FIND IMAGES FROM THE WEB THAT ARE BELIEVED TO BELONG IN THE PUBLIC DOMAIN. IF ANY FACTS, STORIES OR PHOTOS/IMAGES THAT APPEAR ON THE SITE ARE IN VIOLATION OF COPYRIGHT LAW, PLEASE EMAIL lamaricailustrada@GMAIL.COM AND WE WILL REMOVE THE OFFENDING SECTION AS SOON AS POSSIBLE.


En La Marica Ilustrada somos polĂ­ticamente esquizofrĂŠnicos y uno de nosotros la rebanca y la otra piensa:


En el cielo las estrellas en el campo las espinas y en la tele todo el dĂ­a un discurso de Cristina


Demiurgo Sorbete presenta el Pared贸n


pared贸n


maricador


JosĂŠ Managua


JosĂŠ Managua


Mariano Rubio Artista


Mariano Rubio - Artista


la cocina de

coca Paco Toma presenta


LA PeDos (dime qué te embuchas y te diré que pedorreas) por Paco Toma

Salvando las distancias (que al fin y al cabo no son tan distantes y tanto el guisito de lentejas cuanto el beluga están condenados al intestino), la historia universal registra dos Pedos: la Propaganda Due y María Amuchástegui, carajo. Ellos apostaron al champán, ella al agüita baja de sodio. Carajo. La una, conocida como P2, tiene su origen en la antigua pero no por ello menos efectiva masonería, algo así como los gremios de la antigüedad, y merced alianzas políticas y chanchullos al por mayor estiró sus garras hasta hoy a través de nombres como Perón, Techint. Vaticano y Macri. Podríamos agregar a Lastiri y Massera, pero como ninguno de ellos quiere verse asociado

a tan siniestra organización da igual. Además, sus actos hablan por sí solos. La otra, la señorita Pedos, es recordada por y mayor error de la pobre María: rajarse un sonoro pedo en cámara durante la transmisión en vivo de su clase de fitness, pedo éste que retumbó por los pasillos de ATC y sus repetidoras en todo el país y extendió la burla hasta hoy mediante el tufo del imperdonable flato que la condenara al ostracismo. Ninguno de sus alumnos televisivos quiere estar asociado a ella, por lo que sus nombres fueron borrados de los títulos y parece que nadie hubiera lucido sus lycras ese fatídico día. Convengamos que entre ambas ( la P2 y la Pedos) hay ciertas diferencias pero entre asesinos desvergonzados y avergonzadas suicidas sociales siempre, pero siempre encontramos algo en común.


www.pabloandresbolanos. blogspot.com


www.nazarioluque.com


HAY UN HOMBRE… Hay un hombre dormido en la pared del cuarto y no lo sabe ¿qué cambiaría por saberlo? Hay un hombre encerrado en algún sombrero de copa, hay un hombre colgado de la percha que olvido sus ropas Hay un hombre doblado en la página del libro sobre mi mesita de luz Hay un hombre que susurra cosas en los mingitorios de Retiro, hay un hombre que sueña rosas deshojando margaritas Hay un hombre dice sí con su ojo derecho pero guiña cómplice con el izquierdo


Hay un hombre mรกs allรก y mรกs acรก de lo que nunca dijo Hay un hombre acodado en la ventana y mira No es mi oficio aclararle lo que pasa

Alicia Smolovich


Urondo por Diego Bertaccini


Candela Krupp

Morganita


El Gauchito Gil presenta COPLAS CAMPERAS

Todo puto que camina va a parar a Santa Fe.

LA MARTÍN FIERRO Por la Vivita Correa

Era una maricona loca, calva y obesa. Venida del campo a los catorce años –ya desvirgada por su primo junto con una cabra que falleció en el acto-, los porteños la veían tan pajuerana que la bautizaron, a falta de conocimientos sobre la Argentina profunda, La Martín Fierro.

Cuando la conocí ya era una cincuentona crecida a lo ancho, y se desempeñaba como doméstica en un restaurante muy coqueto de Olivos. Abajo el salón, arriba, la casa del cheff, otra maricona mucho más cincuentona que valía lo que sus kilos, que había sabido viajar por el mundo embarcado y pasaba sus días como cocinero, revolviendo sus fondues sentado en un banco alto (las várices la volvían


loca) y escuchando la radio para apagar los parloteos de las camareras. De sus mejores tiempos y su educación daban cuenta sus aposentos llenos de obras de arte y programas de ópera, y su charla refinada y culta. Sus compañeras eran dos perras doberman gigantes que metían miedo y tenían la boca tan grande que podían comerte la mano de un bocado, razón por la cual jamás las tocábamos y se les vedaba la circulación en horarios de comida (lo que, claro, era casi siempre, porque vivían en un restaurante y porque eran dos bichos endiablados y unas hijas de puta que esperaban cualquier error de cualquiera para devorárselo). Y por alguna razón La Martín Fierro y el cheff se habían conocido y La Martín Fierro había conseguido ingresar a las huestes de las ayudantas del cheff, con un sueldo de mierda pero con libre acceso al palacete y en blanco al fin y al cabo.

A La Martín Fierro le gustaba que se la culearan entre los yuyos del costado de las vías, escuchando el tracatrá de los trenes pasar (un recuerdo imborrable de las primeras veces que la habìan violado), y los domingos a la mañana llegaba toda embarrada y con la ropa pringada de pastitos y pajitas, adornos de los revolcones patrios del sábado a la madrugada. Era todo un espectáculo verla bajar por la escalera alfombrada y desempolvada por él. Usaba unos pantalones de strech adidas azules, cuando adidas era una marca de ropa de gimnasia y nada más, muy apretados, y no se sabe si por manipulación de una costurera desorbitada o por su gordura, no le marcaban el menor bulto, sino un zanjón en la entrepierna más parecido a una vulva carnosa que a otra cosa. Un bucito blanco viejo, también apretado por demás y que le dejaba dos centímetros de barriga lampiña a la vista, le


cubría el torso hasta el cogote rechoncho y brillante de sudor, en precioso ensamble con su cara de luna y su calva lustrosa. Pero el detalle glorioso, el summun de look, eran las botas pampero amarillas para lluvia coronadas por un lacito azul marino en la rodilla , donde el pantalón de gimnasia desaparecía tragado por la bota. Y así, oronda y despreocupada –aunque a veces con un magullón en la cara, recuerdo de un machazo ofendido que en su borrachera o calentura no había distinguido gordo de gorda y una vez saciado le había zampado sus buenos tortazos a La Martín Fierro por el engaño consentido, llena de pajas y barro como si nada bajaba la escalera alfombrada y desempolvada por él a abrirte la puerta. Entonces -aún sucia y mormosa- su calva se veía coronada por plumas de pavo real, el bucito blanco viejo se

transformaba en traje de carnaval glorioso y sus piernas regordetas, mitad enfundadas en pantalón de gimnasia, mitad en botas para la lluvia, ya no eran lo que eran sino lo que debían: las largas piernas torneadas y deseables de una gran mujer, que bajaba con una cadencia de música suave las escaleras del éxito.


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Anita Stravolta presenta

Lo Malito (como no tenĂŠs que ser)

Marianito Condosmanos

una pija enorme, y nada mĂĄs por Enrico Pomodoro


Tomé mi medicación, hice mis visualizaciones, e invoqué a Imanyá. Pero igual he decidido que voy a hablar de un ex. No digo de “mi” ex, porque tras él cayeron varios más… esto del socialismo corporal me hace una esclava. Éste, precisamente, es uno de los que guardo un gran recuerdo. Su verga es de tal tamaño que nadie en su buen juicio puede olvidar. Y alguien como yo -que no está en su buen juicio- tampoco. Relato. Hace como dos años organicé una especie de sushi popular en la barriada lindante al Country donde vivo los fines de semana. Marianito hacía política, o asistencialismo, o vendía merca (no sé muy bien) entre las calles barrosas que se inundan cada tanto cuando mis amigas y yo limpiamos nuestras piscinas. Es alto, rubión, de manos grandes y dedos gruesos. Habla mucho, le entiendo poco. Pero a medida que habla, su entrepierna se pone de tal manera

que mi raja se enloquece al ritmo de las caderas de Gilda. Cuando aparecimos mis amigas y yo con los 8 sushiman y una cantidad enorme y fresquísima de los mejores salmones, besugos y meros que encontramos en el barrio chino, enseguida vino a prepotearnos, atrevido y coqueto. Debo confesar que al primer grito se me escapo un pedito seco…mi culo bramaba. Marianito es de los que te discuten y te va acercando la boca, el pecho, los brazos y la pija a medida que su voz se va haciendo más brava. Y brava, me puse yo, de calentona que soy. Porque si hubiera sido alguien más del estilo, ¿qué se yo? D’elia o Pérsico, lo denunciaba inmediatamente ante la Federación Argentina LGBT o a la CHA…pero como era tan sexy, machote y sobretodo tenía esas manazas con esos dedazos que se convertirían en pijazos en un plis plas, dejé que su revolución me entrara desde lejos, me poseyera en medio del barrio, me embarazara de loca nomás que soy.


Pero como además de loca soy viva, pudimos llegara a un acuerdo y lo que yo pretendía fuese un sushi popular devino (que bella palabra) en un guisacho de lentejas con porotos, chorizo, garbanzos, papitas, panceta, y morcilla…y todas tan contentas. Es cierto que la verdad que hacer un sushi tal no daba. No tanto porque no supieran apreciarlo, sino más bien porque alguien se afanó todos los cuchillos y como que no daba cortar el pescado con navajas que era lo que todo el mundo tenía a mano. Marianito, contento. La gente del barrio también. Mis amigas espantadas. Yo, caliente. Dos semanas más tarde, recibo un email firmado por el “señor Mariano Condosmanos” invitándome a la inauguración de la sala de primeros auxilios de la barriada. Emocionada, algo borracha y expectante supe que mi amor por ese noble muchacho, amante de las causas sociales, medio mugriento, pero bien calzado, podía ser una realidad.

En esas dos semanas Marianito era otro. Repintado, con un traje que le quedaba de sueños, y un par de guardaespaldas, hablaba a la multitud como poseído por el espíritu de Arturo Jauretche.


Que si no se qué del pueblo, que si no se cuál de que corporación, que si no se qué de una gorda chorra que parece había desfalcado a la Asociación Cooperadora del barrio. Mucho no entendía,

pero su sonrisa me había hipnotizado. Su “¿Qué tal gorda?” me revolucionó la cola. Quería que me expropiara en ese instante hasta el último de mis glóbulos blancos. Se llevara todo mi plasma. Me colonizara anal, bucal, y diafragmalmente. Coqueteamos tontamente, se lo veía seguro en su traje gris. Y de repente ocurrió. Luego de unos brindis su mirada se posó en la mía. Su dedo tocó mi mano y mi boca soltó la única frase posible: “¿Cuánto por darme por culo?”. Resumo. Marianito era mucho más que Marianito. Salvaje en la cama y poderoso fuera de ella. Sabio en buscar ayudas de gente como una, e inteligente en apoyarse en gente que sirve para construir realidades sociales. Solidario, mezquino (no entregaba el culo), locuaz, lechoso, vivo, huevón, un


poco sinuoso políticamente, y con gran futuro por éso mismo. Pero entre nosotros dos apareció la duda. Porque, aparentemente, esa gorda chorra que se había afanado la guita de la Asociación Cooperadora había vuelto por venganza. Parece que en algún momento del pasado, Mariano y la gorda chorra fueron amantes. Éso confirmaba porqué estaba conmigo… le gustan las gordas. A mí también, pero sólo sin son pijas gordas. En fin, la gorda chorra me denunció y me amenazó públicamente. Llegó al extremo de decir que yo soy una hueca. Hueca, sí, querida, pero falsa nunca!!! Marianito colapsó. Parece que la gorda chorra tira más que dos carretas. Y yo ya estoy grande como para andar en rivalidades. O esa gorda chorra o yo. Pues eso, que ganó la gorda chorra. No me pregunten porqué… de todos modos lo cuento. La gorda chorra tenía

acceso a ciertos sectores políticos que Marianito necesitaba y quería coquetear. Yo le ofrecí otros, menos nacional y popular pero más de sushi, fusión y Punta del Este. Fue buena voluntad y clase, claro. ¿Yo tengo la culpa que al Club vayan las esposas y las amantes de la gente del PRO, y no las de La Cámpora?... eso, por ahora, de más está decir. Porque como viene la mano, Las Camporinas (como llamamos habitualmente a las señoras y las amantes de los integrantes de La Cámpora) en un par de años van a ser más rubias que Karina Rabolini, más delgadas y monas que Beatriz Nofal, y más relacionadas que la propia Cristina…a la que amo mucho, dicho sea de paso. Ésa sí que sabe llevar un luto, y no como otras que a la semana andan en tanga en la portada de CARAS. Termino. Marianito Condosmanos es hoy presidente de la Fundación “Arriba los Perucas, vénganse que hay lugar para todos en el Indoamericano” que


aglutina a 650 barriadas populares de todo el país, y que maneja un presupuesto asistencial de más de 6.000.000 de pesos (no sabemos si mensuales, semanales o anuales). Además, se ha casado con una hermosa mujer, toda fibra y belleza, llena de tatuajes y denuncias por malversación de fondos. Ya tienen 3 hijos. También fue ascendido a presidente honorario del Foto Club por su aporte a la cultura nacional. Está ternado a los Premios Participación Institucional en el rubro trepa o tripa gorda (ahora no recuerdo). Fue absuelto de una causa por calumnias e injurias que le abrió la gorda chorra en el juzgado de Norbertito (una amiga más) Oyarbide. Contrató a cincuenta de sus ex vecinos como personal de logística e inteligencia con sueldos básicos de 7000 pesos mensuales. Ahora, ha planteado que su futuro está en el Congreso. Marianito ya no es el Marianito que era. Escuché decir anoche que

quien se pasa la vida besando culos, alguna vez tiene suerte. Marianito, te perdono. Pero por favor, rescatate un poco. La gorda chorra al lado tuyo queda rebajada a un brote de soja. Ya no te espero. Mi cola se ha vuelto a revolucionar aunque de todos modos me queda un sabor amargo en la boca. Esa boca que llenaste más de una vez con tu verga divina. Hablo por rencor, claro. Por cola abandonada. Por gorda calentona. Pero también por justa. Como dice mi amigo católico que chupa pijas en el cine Ideal “el de arriba ve y juzga”.


Paola Fontana


Paola Fontana


Remiserías.

en estas salas de espera inventadas tiene la sensación de ingresar a un ámbito de atención público pero cargado de una intimidad tal que lo transforma. Este trabajo se propone indagar en eso innecesario de ver para el usuario de remises, cuyo objetivo primordial es llegar a destino. Fotografía digital. Tomas directas. Año 2010

Por la noche las salas de espera en remiserías del conurbano bonaerense y la capital, sus operadores y objetos añadidos al propio ambiente, regalan estéticas inusuales. Son espacios de trabajo, que albergan a quienes con sus vehícu- Paola Fontana los dan servicio de traslado a personas. De alguna forma el pasajero que aguarda su turno


SEXiON SEXiMENTAL por Holly Gollightly

NEGROel ONCE Dolor y estruendo. Más polvo y estruendo que dolor al principio. El ruido empezó enseguida y duró seis horas. Polvo y chispas de las sierras que empezaron después y duraron las mismas fatigosas e instantáneas seis interminables horas. El dolor empezó en algún momento entre una cosa y la otra y no cesó: el tren no me frenó y quedé envuelto y asfixiado entre cuerpos muertos y casi. Gabriel subió en Castelar. Dejó el auto porque estaba muy cansado para manejar. Remodelar el ph comprado una semana atrás con los ahorros de catorce años como pro-

fesor de educación física lo tenían al borde de la desazón, pero la alegría por su casita de soltero y novio nuevo no daban tregua al bajón y se levantó a las seis para cumplir con sus obligaciones. Dos costillas rotas le perforaron el pulmón. Lo encontraron con un pie aquí y otro allá, y tal vez lo dieron por muerto, tal vez eligieron salvar a los que tenían más chance, la cuestión es que fue derechito a la morgue judicial, donde lo encontraron sus hermanos cuarenta y dos horas después. Rosita metió como siempre a las tres nenas en el furgón. Medio encabronada y medio contenta por su trabajo (ya no era una putita más en el


Tetereú pero se esclavizaba en el puesto de venta ambulante doce horas por día), se embuchó en el vagón atestado en Moreno. Todas salieron volando con el choque, pero las rescataron sanas aunque magulladas y llorosas al poco rato. Salvo a Vicky, la nena del medio, la de once, que no apareció ni muerta ni viva hasta cuatro años después, en un prostíbulo de Costa Rica, mal vendida y sifilítica. Katja, prematuramente huérfana y con sus sueños infantiles de bailarina abortados por falta de brazos (los suyos) estaba, como los siete días de la semana de los trescientos sesentaycinco y monedas de días al año, rapiñando una medi-


aluna vieja entre los lúmpenes que se juntaban en el andén cuando la alcanzó un perno en la pierna izquierda (-Porque el tren no frenó - repetía con sus bucles dorados ya algo desvahídos y sus ojos color hielo ya menos brillantes a todos los periodistas que se le acercaban. -El tren fue como que seguía y seguía pero no había más vías y se hizo teta contra el fin del mundo ¿entendés? ¿le puedo mandar un beso a Tinelli y a mi vieja que está en el cielo? Ah, sí, y la gente gritaba y sigue gritando ¿no escuchás?-). Con sólo una cicatriz en la pantorrilla como recuerdo del evento, cumplió su sueño infantil: llegó a la tele. Liliana subió en Floresta: el tren era irrespirable pero rápido. Tenía que declarar por el secuestro y torturas seguidos de muerte de su madre durante el proceso. Murió treinta y siete minutos después del choque asfixi-


ada por seiscientos kilos de para que el tren del que había carne y fierros. Por falta de bajado chocara. declarantes, el secuestrador Como todos los 23 del mes de su madre continúa libre. don Herminio hubiera subido La mamá de Leandro salió al vagón cuatro en Flores. Para temprano para encontrarse con bien o para mal, ese día no lo la terapeuta de su hijo. Tenían hizo: había dejado de respirar mucho que hablar: dos Asper- exactamente dieciocho días gher planeando una boda no antes frente a su cortadito en eran tema menor. Subió en el bar de siempre. Su cuerpito Liniers pensando que tomaba de viejo se había detenido. un no-para-en-todas pero se Igual, no hubiera soportado equivocó: paraba hasta en la el impacto y mucho menos la mismísima concha de su ma- impresión. La que sí subió y permanece dre. Por suerte, porque se había olvidado la historia clínica de en tratamiento psiquiátrico es Lean. Bajó en la Villa Luro su sobrina nieta, a quien nuny emprendió en remis el rally ca había conocido. volver a casa y salir otra vez. Romina entrenaba con saCuando llegó al centro en auto faltaban tres minutos biduría de madre adicta a la pequeña Paquita en el arte de demandar monedas en la ventanilla seis de la estación. Pocos se resistían a dejarle sus diez centavos a la pequeña desorbitada, babosa, sucia y retrasada. Se le veía a la legua que necesitaba de algo más que nadie en el mundo.


Romi vigilaba de cerca pero no demasiado la recaudación, que seguramente le permitiría ahorrase alguna mamada como pago del vicio. Las dos saltaron con el tremendo ruido del impacto y la batahola posterior las separó. Romi llegó a lo del transa esa noche con el anuncio: la perdí a la nena. Yo me fui enterando de todas estas historias a lo largo de mi larguísima convalecencia y los teje manejes del juicio, del que nunca cobré una moneda. Además, me quedé sin laburo de motorman después de mi tedioso entrenamiento de cuatro días. Ahora manejo combis, es mas seguro.


www.doris-night.blogspot.com


Enrique Iturralde concept


Drama Queen / Work In Progress

por Gastón Malgieri

Rito de Iniciación. Dante jamás olvidará su primera vez en El Sótano.

Por la insistencia en loop de su relato, tampoco ésta servidora tiene posibilidades ciertas de desterrar de su única neurona activa, el rito inicial de su compañerita de departamento. Sin mejores planes para la madrugada del lunes, aquí voy. Aclaro a la audiencia que se filtrarán mis apreciaciones personales. Dante no sabe leer. Lo que opine el resto, me tiene sin cuidado.


La primera estampita que se me incrusta en las retinas, es ella (pobrecita ella), petrificada ante la puerta papel glasé del bolichón diverso. La Dante, que ha recorrido cuanta tetera se te cruce por la cabeza en los recovecos de las compras en cuotas del triste shopping gaita, ignora que una ejército de mariquitas, punzó en mano, decoran todos los viernes a la mañana la insulsa entrada al templo del derramar de jugos, para que las pudientas danzantes cuirs (las que tienen el dinero que abre puertas y otras aberturas) crean que el brillo es metal preciosista y barroco. Todas sabemos que es estrás. Del peor. Con el que se decoran los caracoles gigantes que entintados gritan: Mar del Plata, La Perla Del Atlántico. Parece que a nadie le interesa demasiado.

eron creer que la manualidad pre-escolar cumplía la función de reinsertar a las desclasadas (hartas de tanto trabajo temporario en el balneario) en la maroma productiva de la ciudad de los pulóveres. Es decir, cumple una doble función social: obnubilar a las que tienen pase vip y seguir precarizando a las que jamás pisarán el cuadrillé blanquinegro del boliche. Pero volvamos a la Dante.

Ahí está ella, embobada por el pulular gatuno de los chongos que refuerzan, con todos los recursos a su alcance, los lugares comunes de la hombría anabólica de la tele. Tiene algo de estupefacción maníaca su mirada impertérrita ante el destelló púrpura de las latas de pintura sintética con foquitos de 40 watts titilantes, rodeando ese cuadrado, que las Resulta que la horda punzante más osadas llamarán la pista, recibió un dinerito de una y que ella se encargará de ocuoenegé belga a la que le hici- par con sus contoneos.


A todas nos pasó la primera vez. El temblequearte de las pantorrillas ante tanto puto bien dispuesto. La ingenuidad clavada en el rostro como si fuésemos Caperucita Roja, intentando descifrando el travestir hambriento del Lobo. El olor rancio de los reservados donde dormirse no era (ni será nunca) una posibilidad. La primera visita al baño creyendo ver en todos y cada uno de esos cuerpos el objeto de nuestro impúdico deseo. La transpiración mezclándose con el olor a Virginia Slim de las maricas más teatrales. La insoportable espera de un entrecruzamiento de miradas regada con millones de obvios Sex on The Beach preparado con alcohol de quemar. Otra vez: el peor. Aquel que usan para incinerar a las ratitas de laboratorio, una vez que le han inyectado todos los psicofármacos habidos y por haber.

Es de manual. Dante en el sótano, es igual a cualquier otro cuerpo deseoso en cualquier sótano deseoso, de cualquier ciudad atiborrada de moralina deseosa. Esa noche habrá tenido para ella mucho de punto de partida en más de un sentido. Toda la escena tal cual la ha contado infinidad de veces, (cada vez que hay reunión de Tupperware en casa, por ejemplo), parece extraída de una película de Gust Van Sant que nunca terminó de entender. Claro está que dentro de su delirio ya hubiera querido ser Keanu Reeves en sus años mozos. Pero ni Mar del Plata es Idaho, ni ella es ni remotamente parecida. Enfundada en su divismo hippie, perfumada con Axe Musk y con sus ojotitas embarradas, había decidido hacerle frente al patovica de la puerta que tuvo


el tupé de negarle la entrada en dos oportunidades anteriores, aduciendo que El Sótano era sólo para “entendidas”. Si alguien debía entender algo ahí adentro era justamente ese montón de músculos a quien en persona una servidora le había practicado una hermosa fellatio bajo la lluvia. Un episodio lamentable. Si bien lo recuerdo con afecto, no puedo quitarme de la cabeza la imagen de esos otros monigotes (compañeritos de ingesta de anabólicos) diciéndome a los gritos que yo les hacía acordar a la presentadora del Noticiero local. Un horror. Quizás algo en los ojos, la forma de los pómulos, pero nada más. Jamás podría presentar las noticias del día en el canal local. Estoy para otra cosa. La performance. El andamio, la música estridente, otra cosa. Antes que nada me considero una performer. Y una tarada también. Pero ellos nunca lo supieron,

y además no era un rasgo que les interesara de mí, en tanto labios que brillaba en torno a un glande enrojecido por el apuro. He aprendido con el tiempo a montar sobre este cuerpo demasiado prototípico para mi gusto, una refinada imagen de mujer bien. Como todo puto, entendí que de otra manera, sería por lo menos ignorada en medio de la Ciudad “Capital Nacional de la Apariencia”. La escena que más me gusta de la película de iniciación de Dante es aquella en la que se planta en la puerta metalizada y le da su último billete de diez pesos a la cajera, como si en ese intercambio de miradas, ambas hubieran entendido que treinta escalones lo separaban del paraíso, de la redención definitiva. La cajera, un sol, harta de la carita de sorpresa de las mariquitas nuevas, el hastío general de las viejas, la agresividad desbocada de no-


sotras embebidas en vino barato y lamé, y desesperanzada ante la ausencia absoluta de heterosexuales dispuestos a cojerla, corta la entrada, y sin levantar la vista del mostrador le aclara que viene con consumición incluida. Consumición incluida. Mi chiquita malgastando sus únicos diez pesos para acceder o al menos estar cerca del placer mundano. Cuanta ingenuidad. Como quien compra las boberías que se venden en las propagandas de Sprayette sabiendo perfectamente que no sirven para nada. Satisfacción garantizada o le devolvemos su dinero. Acá no hay devolución que valga. La Dante, seguramente, no la exija tampoco. Lo que nunca cuenta es que pasó instantes después de romperse el hechizo, cuando las concejales, policías, comerciantes, docentes, farma-

céuticas, pediatras, empleadas municipales y abogadas maricas, salían del subsuelo pecaminoso, munidas de los respectivos lentes del sol Brigitte Bardot, levantando los cuellos de sus perfumados sobre-todos, dejando al descubierto las narices empolvadas y acomodándose la hipocresía homofóbica de los padres de familia que habían dejado estacionados a la vuelta de la esquina, para mover las caderas enfurecidas, al ritmo de una canción de Kylie que dicen no conocer.


www.vidamorant.blogspot.com


(despertando al cadáver exquisito)

“...Todo tiene su precio. Yo he pagado el mío por aquella antigua gracia; y así despierto, hallando tras mi sueño un lecho solo, afuera yerta el alba.” “Tristeza del Recuerdo”, Luis Cernuda


Deportadas inéditas

Pues me has dejado sordo de mi nombre por Pietro Salemme

¿Cómo hiciste para permitirme morir tantas veces dentro tuyo?. Esos sueños que me narrabas, todos llevaban mi nombre. Tu cuerpo desnudo, desnuda tu boca, desnudos los vientos que se filtraban entre los brazos y desnudos los ojos de la oscuridad que te tendía a mi lado sobre mi vientre entre ombligo y mentón, bajo las rodillas y en los huesos de las caderas embrutecidas por un sueño. ¿Cómo hacías? ¿Cómo hacías para soñar con tantas ganas mi cuerpo y mi alma desalmada? No fue fácil explorarte, carne que por carne no se carneaba como

se descuartizan tus pupilas cuando les acerco las mías. Me quebré en tu interior, me destrocé para siempre, me impregné con mi propio demonio, me infiltré en tus desvencijadas apuestas de santo bebedor, me desplomé sobre tu espalda ardida de caramelo caliente, me desboqué sobre la nube de fantasmas y como un cazador decapité a cada uno de los mortales muertos que te secuestraban los suspiros. Puedo verte desnudo asomándote por la ventana que formaban mis piernas sobre tu pecho y pedirme labios, boca, dientes, lengua, saliva,


muelas, encías, sangre, gárgaras. Tus orejas buscando mi respiración y mi respiración atormentada por panales de repentinos orgasmos. ¡Todo tan extenso y domesticado! Todo para dejar listas las sábanas donde reposará la muerte, mi muerte dentro tuyo hasta el próximo despertar. Y otra vez los versos que no escribí por acariciarte y tocarte todo, te poseerán violentamente hasta hacerte soñar los despojos de una realidad plagada de profetas vencidos por sus propias profecías. Un fluir de cosas y líquidos. Una espuma violácea corriendo por los surcos de tu espalda dorada de sombra mía. Un remedio para la acidez de las gaviotas que se esconden detrás de tus ojeras. Una mole de gigantes embalsamados para cocer la almohada donde tu cabeza se hunde a pensarme muerto. Morir para desplazar el deseo satisfecho y procurarle así un nuevo comienzo entre tus desgarrados pliegues de piel y

tendones. La novedad del entorno donde me dejás desnutrido de mí, pendiendo de vos como un higo fresco goteando su miel. Un bosque de araucarias donde reposar la fidelidad de las matrices, la materialidad de las penumbras azules, la mortandad de los voraces afectos convertidos en cuerpos. Arcillosos cuerpos mezclándose infinitamente, sin respiros mudos, porque nos han sido dadas las voces todas de los hombres que paternizamos. Para después anclar en la vasija sin fondo, de boca salada como los murmullos de la ciénaga donde fermentan los miedos más atroces de la sexualidad. ¿Cómo lo hacías? Que no hallo parámetros en la pérdida de esta tolerancia infortunada poco antes de las cuatro de la madrugada.


Porque vienen regordetes de placer, ansiosos de muerte, inquietos de verse perdidos para tener de qué lamentarse con justa pretendida razón, con las manos sudadas y rápidas, con el pelo recién lavado y un peinado exagerado, con las aguas de la sed, con el veneno de los inexperimentados, con la boca madura de los que no saben comer besos ni boca ni diente ni muela ni sangre ni saliva ni nada de nada que se precie pues ni siquiera aprendieron a despreciar. Me detengo en este instante, te revuelvo en el pañuelo, en la noche, en el febril adolescente que orienta mis pasos de hombre, en la guarida de las moscas a los pies del pis bajo las suelas. Pues me has dejado sordo de mi nombre, quien me llame se atormenta

con el descuido de mis gafas sucias. Te llevaste la cifra, la mueca, el albornoz amarillo de tiempo, porque con él secábamos el piso, el caminito de migas con pasas rancias por los cuales supiste llegar a mi ombligo. ¡Qué nada de todo, ésta madrugada! No podría decir que soy un ramillete de deseos calientes, mas bien soy un perro en celo oliendo los culos de la humedad en las paredes de la soledad.

Este texto forma parte de la novela inédita VARIACIONES 3, 1415926535 de Pietro Salemme la cual comprende textos desde 1992 al 2002.


www.bibliotecalgttb.blogspot.com


Poli Barbetti


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Poli Barbetti


Poli Barbetti


Un Pietro Pero antes, vino el linyera a pedirme un cigarrillo y me pidió tres y se fumó dos. Pero antes del segundo me pidió el sexo, mi miembro en su boca dijo, mi miembro vaciándose en su boca dijo... Y no dijo miembro-vaciándose-sexo, no dijo. Le mostró al viento del oscurecer los puños sucios de una camisa blanca con rayitas amarronadas. Y teatro dijo, tango dijo, solo dijo, no encuentro a nadie dijo, baño dijo, nadie podría dijo, quererme dijo. Nadie podría quererme dijo. ¡Caramelos!, amarillos, azules -que son míos- y rojos. Caramelos que tenía y el tercero de los cigarrillos. Uno pidió-dos pidió. Si no pedís no hay. Si no, hay que pedir. En esta plaza no pasa nada, dijo, si te toco no pasa nada, dijo. Y se quedó quieto. Y fuego dijo. Y su mano buscó mi bragueta. Y mi bragueta buscó la otra esquina. Y me fui. Pero antes, antes del segundo cigarrillo, nos dimos las manos. Estaban sucias, pero de calle, eso no es sucio, eso es soledad. Las mías estaban sucias de tinta, eso no son palabras, es lo mismo. Igual me gusta reírme. Y a él le faltaba un diente. Y a mi me faltaba terminar lo que estaba escribiendo antes de que me pidiera el primer cigarrillo, y que el frío del Verano no permitiese encender la llama del encendedor y cubriera mis palmas con las suyas a la manera en que cubren las palmas que tienen ganas de ser cubiertas de lana y así aprender a cazar al ratón de los bolsillos rotos por trampa. Pietro Salemme


CLINICA DE VERANO Por Dr. Trincado

La radio que gira

El sandwich Casi me llevó por delante luego de una complicada maniobra de diagonales y hora pico, apenas había bajado la luz y las sombras se confundían con las luces de los autos y los recuerdos de el último sol. www.mirrorball.fm No puedo asegurar que se diera cuenta que yo había quedado justo detrás de ella, sentí su olor a jabón, a recién bañado, es mismo olor inconfundible de las horas pico, donde los obreros de la construcción vienen de o vuelven a sus casas.


el meandro de

Sergio fombona www.sergiofombona.blogspot.com


Fombona   Marcaba y permanecía en silencio. sin respirar, oyendo sus repetidos hola, aunque a veces también decía hable o conteste, hasta que Lorena, obligada a atender, colgaba antes de transcurridos treinta segundos. Pero un día descargó varios insultos, algo anormal en la delicadísima Lorena, sobre todo porque era su lugar de trabajo. Juan llamaba siempre a media tarde, invariablemente de teléfonos públicos, y con ese acto desesperado a duras penas mitigaba su ausencia.


TRES TRISTES POEMAS QUE COMEN LIGUEROS EN UN MOTEL


ON-ANISMO eyaculo fetos que se retuercen en el sifón blanco alcanzo a escucharlos sollozar débiles por la abulia y la misoginia entonces cierro los ojos y veo a las erecciones escapar de mi armario donde duermen amordazados los deseos envueltos en nylon y así lanzo un alarido mientras mi sexo descarna la ausencia de un cuerpo

PERDEDOR el perdedor se sienta en la calle muerta tararea una canción que lo vacía traga el humo

y mezcla sus fracasos en el fondo de un vaso cuarteado   alza el cristal hasta tapar los rostro viciosos  de los dioses  y engulle el alcohol hirviendo de miedo esperando el sonido de la campana para estremecer sus nudillos con el recuerdo del beso de la lona


SONETO tus secreciones son mi alimento tu lengua mi one way en la carretera blanca tus huesos son mis vicios tu parpadeo mi ensueño tus oraciones mi fe tu espejo mi dios tus rodillas mis fracasos tu vientre mi hogar tu sombra mis vellos púbicos tu silencio mis erecciones tu ausencia mi paz tu voz la histeria de los reflectores tu amor mi ruta a ninguna parte y tu odio es la sonrisa con la que me escabullo de los señuelos ciegos de  tu apariencia


José Escobar (Guayaquil, 1982). Licenciado en comunicación social y tecnólogo en producción para radio y televisión. Se ha desempeñado profesionalmente como guionista, creativo y realizador audiovisual. Ha publicado poemas y relatos cortos en varias revistas digitales y participa en la antología de relatos de la casa de la cultura Ecuatoriana con su cuento “Aprendiz”. Ha ganado el primer y segundo lugar en la convocatoria de poesía y relatos de escritores internacionales: Cali, Colombia; con textos como “Corpore praesente”, “Horas” y “Placer”. http://josedeux.blogspot.com/


Sesión

“La prostituta respetuosa” Por Jeanne Saul Partre

A dios rogando y con el mazo


dando.


QuĂŠ marica!


Para los que dicen que ĂŠsta es una revista de putos.


cuadro de honor


Sexzión Vulgarcito Pablo Micozzi auspicia a Los Hermanos Grimmau en

ERAN TRES CHANCHITOS QUE VENÍAN A LA GUERRA

En lo profundo del bosque, acechantes y confabuladores, vivían los tres cerditos, Jorge, Emilio y Orlando, hijos de puta condecorados por donde se les mirase. Durante un montón de años se dedicaron a hacer sus casitas, robando un poquito acá y un poquito allá con suerte diversa pero con suerte al fin y al cabo. Más o menos vagos, construían y construían sin hacerle ascos a ningún sacrificio: asesinaron, endeudaron, destruyeron, pero aún así se divirtieron y sobrevivieron hasta hacerse viejitos.


Los muy maléficos atacaban a judíos, putos, analfabetos, monjas, estudiantes y profesores a discreción. No cazaban negros porque había pocos y eran pobres. Orlando Ramón, el más vaguito de los tres, un malito aéreo, volador, llevaba entre las piernas un colgajito de poca monta y usaba armas bien pero bien grandes para compensar tan paupèrrima entrepierna. Estaba lleno de falta de ideas, y como el proceso de reconstrucción nacional era mucho trabajo, hizo su casita de paja, para acabar antes y poder irse a jugar con su pequeño pero querido colgajito.

Las señoritas agraciadas de la época (que se turnaban entre los tres con las modalidades de sorteo y licitaciòn) de paja, para acabar antes y poder irse a jugar con su pequeño pero querido colgajito recuerdan con alivio que él acababa siempre primero, como dije, para poder irse a jugar. Emilio Eduardo, en cambio, era un dandy. Un marinero soñador siempre de puta en blanco, pero no menos vaguito. Un wachin pendejón, putañero, seductor mediático, jetòn, fachero y con gorrita para tapar las entradas.


Hizo su casita de madera, cosa que aguantara hasta el primer incendio, convencido de que la memoria del fuego habíase olvidado para siempre. Gustaba mucho, pero mucho, de las señoritas famosas y de fotografiarse con ellas. Soñaba con la presidencia de los cerdos y creía firmemente en su donjuanismo para lograrla. Al ver que su hermano pequeño había terminado ya (su casa, la de paja), se dio prisa para acabar e irse a jugar con él. Jorge Rafael, en cambio, trabajaba en su casa de ladrillo. Persona con los pies y los tanques en la tierra si los hay, ordenaba secuestros, extorsiones, torturas, asesinatos, robos, desmembramientos, partos inducidos, ventas de menores y mentiras con una firme convicción en el progreso. Organizaba con mano férrea –y su carita de laucha- construcciones, eventos, obras faraónicas para ser recordadas

por siempre jamás, olvidos para siempre y silencios organizados. Todo, pero todo, con tal de ganarle a sus hermanitos de cerdez el primer lugar entre todos los chanchos del mundo. . - Ya veréis lo que hace la Gente con vuestras casas- riñó a sus hermanos mientras éstos se lo pasaban en grande, meta champán, putas y mundial. Pero un buen día la Gente se hartó. Al cerdito pequeño ( Orlando Ramón ) lo corrieron hasta su casita de paja y soplaron y soplaron hasta que la enclenque casita de paja derrumbó. Persiguieron también al cerdito por el bosque, que corrió a refugiarse en casa de su hermano mediano (Emilio Eduardo). Pero soplaron y soplaron y la casita de madera también se derribó, y los dos cerditos salieron pitando de allí.


Casi sin aliento, con la Gente persiguièndolos pegada a sus talones e ignorados por los viejos amigos y secuaces que a vistas de su derrota los desconocían como tales, llegaron a la casa del hermano mayor, Don Jorge Rafael (porque a esas alturas ya le decían “Don” al Jorge Rafael). Los tres se metieron dentro y cerraron bien todas las puertas y ventanas. La Gente se puso a dar vueltas a la casa, buscando algún sitio por el que entrar. Con una escalera larguísima treparon hasta el tejado, para colarse por la chimenea. Con la fuerza de miles de personas empujan los muros de ladrillo. Con la fuerza del silencio demasiado tiempo callado gritaron hasta resquebrajar los muros con su voz. En fin, de todo hizo la Gente para acabar con la opresión de los cerdos, hasta cambiar el curso de la historia.

Como era de esperarse, más tarde que temprano pero a tiempo los Tres Chanchitos se quedaron sin casita alguna donde refugiarse (aunque sanos y salvos porque sus viejos amigos y secuaces en verdad no los habían olvidado).


Y colorĂ­n colorado, hoy la Gente no come mĂĄs chancho por liebre ni tampoco ha olvidado.


Te deseo felíz Navidad y próspero año nuevo Un texto de la Sra. Onira D’Onofrío   Teníamos todo para ser felices: la amistad, los recuerdos, las experiencias compartidas, las anécdotas, el guante de latex, la morfina de cotillón, el esperma donado a las amas de casa que protestaron por el poster de “Mujer contra mujer” en los 90s, la sangre de las rodillas, los trapos, las valijas, los perros, los gatos, las langostas, la arena, el circo, el teatro, los ensayos, la dilatación, la estación de servicio, las bicicletas, la verga, el pomo, la puesta al día, la puesta de sol, la abstinencia, la estela, el souvenir, la escuadra, los sueños, las fotos viejas. Teníamos todo para ser felices. Incluso la mentira que te revienta las lamparitas de la


casa. La ambición que caga la alfombra. La doble cara que no encuentra más maquillaje. El plagio desmedido y a toda hora. La presencia en la adversidad pero la ausencia en la alegría y el festejo. El arte que no tal, que no ni colage, que apena. La elección equivocada. El daño. El no mirar al otro sino sobre el otro. Y amigablemente se pisan cabezas, se arrancan corazones, se mean escenarios, se violan ideas, se siembran arañas en los deseos. Teníamos todo para ser felices. Amigos. Amigas. Compañeros. Compañeras. Viajeros en esta línea de tiempo tan cortita. Pero ahora los miro, las miro, y el vomito pide puerta. Aquellos no son nosotros. Y aquellos se abrazan, se ríen. Pero si la foto tuviera un margen,

versaría sobre acuerdos tácitos, mentiras piadosas, mascaradas, conveniencias, regurgitaciones, monederos de doble fondo, preservativos pinchados, silencios que mejor callar, precios que mejor pagar. Aquellos no son nosotros. No soy yo.   Y voy liviano. Cumplí mi parte para conmigo mismo. Voy liviano. Vi las cartas marcadas y elegí no jugar. Carpe diem y feliz fiestas. Ah, y por favor, no me mientan ni me monten discursillos amorosos, me doy cuenta, y me provocan mucha vergüenza.     


Palpitar Por Daniel Gatti La tarde olía a tormenta Mientras el cielo se oscurecía Cuando el hombre que imaginaba  Dejó de pensar y a la obra se llamó Para edificar a la mujer  Que siempre hubo deseado De un viento cálido le labró el cuerpo Con un puñado de arena hizo los cabellos Y con dos caracoles sus ojos creó Así, de a poco, con lo mejor que encontraba Con lo poco que sabía y lo mucho que sentía La fue armando según la deseaba Estaba casi lista, solo el corazón faltaba Y cómo para hacerlo nada tenía Lo elaboró con su propia esperanza Que anhelante de terminarla latía Al fin la tuvo acabada Agraciada, hermética, indescifrable

Pero algo faltaba para que vida cobrase Sin que idea tuviese de qué podría ser Solo había sabido desearla y crearla E inocente creyó Que al igual que en el cuento Un roce de labios útil sería Sin considerar que en la vieja historia Estuvo antes despierta la que dormía Se le acercó entonces de a poco Apenas milímetros separaban Al hombre solitario que la anhelaba Y a la mujer que con su arte creó Cuando al fin estalló la tormenta  Truenos, ramalazos, relámpagos Al viento que era cuerpo convocaron De esa forma la consistencia perdió Y sus cabellos de nuevo fueron


Tan solo arena derramada  Así, todo lo que la constituía Por el suelo en instantes se esparció Sólo subsistieron, desparramados Dos caracoles observándolo  Y frente a él, suspendido, El corazón todavía dormido Ante su boca florecida  En un póstumo beso tardío Sin lugar dónde sosegarlo Fue entonces que el corazón Efímero, antes de desvanecerse Una sola vez palpitó

Y en ese único, mezquino latido  Consumió toda esperanza y sentido De aquel hombre que tanto quería A la mujer que antes de nacer moría Cuya vida entera transcurrió en un latido Y a la que ni siquiera besarla alcanzó.


Hoy, o n a i r o S Martanos ilustra con

ens

rass B s e g r o e G


Georges Brassens LA MALA REPUTACIÓN En mi pueblo sin pretensión tengo mala reputación, haga lo que haga es igual todo lo consideran mal. Yo no pienso en hacer ningún daño queriendo vivir fuera del rebaño. Pero a la gente no le gusta que uno tenga su propia fe. No, a la gente no le gusta que uno tenga su propia fe. Todos, todos me miran mal. Salvo los ciegos, es natural. Cuando es fiesta nacional yo me quedo en la cama igual, es que la música militar nunca me pudo levantar. En este mundo el mayor pecado es el de no seguir al abanderado. Y a la gente no le gusta que uno tenga su propia fe. Y a la gente no le gusta que no tenga su propia fe. Con el dedo me van a señalar Salvo los mancos, es natural.


Si en la calle corre un ladrón y por detrás un ricachón, zancadilla doy al señor y aplastado queda el perseguidor. Esto sí que será una lata, siempre tengo que meter la pata. Es que a la gente no le gusta que uno tenga su propia fe. Es que a la gente no le gusta que uno tenga su propia fe. Tras de mí todos se lanzarán. Salvo los cojos, es natural. Ya sé con mucha precisión como acabará esta función: no les falta más que el garrote Para matarme como un coyote. A pesar de que no armo ningún lío no va para Roma el camino mío. Porque a la gente no le gusta que uno tenga su propia fe. A la gente no le gusta que uno tenga su propia fe. Tras de mí todos a vociferar. Salvo los mudos, es natural.


No hace falta ni saber latín, yo ya sé cuál será mi fin. En el pueblo se empieza a oír: muerte, muerte al villano vil. Yo no pienso en armar ningún lío solo he seguido el camino mío. Pero a la gente no le gusta que uno tenga su propia fe. No, a la gente no le gusta que uno tenga su propia fe. Todos vendrán a verme ahorcar. Salvo los ciegos, es natural.


Georges Brassens (1921/1981) fue un cantautor francés exponente relevante tanto de la chanson como de la trova anarquista de su país. Sus letras, irónicas y siempre irreverentes, de alto contenido político y de crítica social lo han hecho considerar uno de los mejores poetas de posguerra (aunque en sus tiempos le prohibieron varias canciones por “pornográficas”). Con más de cincuenta discos editados, fue una de las tres “B” del cancionero francés de todos los tiempos, junto a Jacques Brel y Guy Beart. También puso música a poemas de escritores como Lois Aragón, Francois Villon, Víctor Hugo y otros. En cine se lo puede ver, con su guitarra y cantando, en “Porte des lilas” de René Clair. En español se encuentran distintas versiones de sus canciones: Paco Ibánez, Nacha Guevara, Arbolito, y los imperdibles Claudina y Alberto.


©La Marica Ilustrada ® Nº 8 - primavera 2012


La Marica Ilustrada nº 8