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La Mandrágora del «León Felipe» -- Suplemento IV Centenario del Quijote #1 ~ Enero 2005

LA FILOSOFÍA DE

EL QUIJOTE por Emperatriz Losada I Nos dice Giambattista Vico (Ciencia Nueva. LIBRO IV. INTRODUCCIÓN) que las naciones, según los antiguos egipcios y su propia concepción de la historia, pasan por tres etapas (tres especies de naturaleza): de los dioses, de los héroes y de los hombres, que se repiten incesantemente en el tiempo. Si aplicamos este esquema a la historia de la cultura occidental, podríamos verla así: la historia de la Grecia clásica habría pasado por una etapa arcaica, mítica (edad de los dioses), una heroica, que correspondería a la descrita por Homero en la Ilíada y la Odisea y habría culminado en la de los hombres, de la razón, con el nacimiento del pensamiento racional. El ascenso de la razón trae un inevitable descenso de la fe religiosa y de la moral a ella asociada, según lo ve Vico. La moral constituye el cimiento del edificio social, su derrumbamiento acarrea el de la cultura que sostiene. El cristianismo nace y se afianza en un clima de exacerbación religiosa popular al que eran ajenos, por lo menos al principio, los intelectuales. El auge del cristianismo se da al mismo tiempo que el Imperio Romano se hunde. La Edad Media supone un regreso al mito (etapa de los dioses). La época de las novelas de caballerías sería la equivalente a la que nos describe Homero. La edad del hombre, de la razón, habría comenzado con la Revolución Científica, y, tal vez, nos encontremos ahora en una época de crisis previa a una nueva era mítica o de los dioses; pueden apreciarse algunos síntomas, por ejemplo, la creciente superstición del pueblo, que ha perdido los valores morales tradicionales y se aferra a supercherías cada vez más extravagantes, a las que llamamos sectas, o enriquece a un número creciente de engañabobos de toda laya, mientras los intelectuales se mantienen ajenos a todo esto. El Quijote nace al principio del siglo XVII, al mismo tiempo que se está iniciando la Revolución Científica. Copérnico había publicado su libro De revolutionibus orbium coelestium (Acerca de las revoluciones de los orbes celestes) en 1543. Kepler y Galileo habían comenzado a trabajar alrededor del año 1600. Mientras, la filosofía seguía siendo fundamentalmente medieval; aunque, ya desde el siglo XIV, se sentían aires de renovación. Todavía Galileo se va a ver lastrado

I. E. S.

León Felipe

– Benavente

por conceptos de origen aristotélico que dificultarán sus estudios acerca del movimiento, por ejemplo. Descartes comprendió la necesidad de elaborar una filosofía acorde con los nuevos tiempos y se puso a la tarea. Cervantes no pretendía, seguramente, crear una nueva filosofía, como Descartes. Pero también él, más o menos conscientemente, se propone rematar una época para dejar el camino despejado a la que estaba empezando. Había que acabar con las novelas de caballerías (¿etapa heroica?) para dar lugar a la visión realista de la vida; había que acabar con la visión mágica de la naturaleza (tan renacentista), con la idea de que la naturaleza es un misterio inaccesible para la razón humana, para sumergirse en ella y comprenderla sin hacerla trasunto de ninguna otra cosa, sino reconociéndola como nuestra morada, la del ser humano, con su grandeza y sus limitaciones. La concepción mágica de la naturaleza propia del pensamiento mítico (reinstaurado en la sociedad medieval por el teocentrismo cristiano) y su interpretación simbólica como medio para llegar a conocer mejor al Creador, que habría dejado en ella su huella, habían llevado a un tipo de literatura plagada de fenómenos sobrenaturales que se aceptaban con naturalidad. Contribuía a esta aceptación también la ignorante credulidad del pueblo, acostumbrado a oír a los predicadores hablar de los hechos milagrosos de los santos y el culto a las reliquias, propiciado por los estafadores que vivían de su comercio. Cuando la razón no conoce, la imaginación actúa. Así, en la Edad Media, los mares, por los que no se atrevían a aventurarse al carecer de medios adecuados para una navegación segura, eran poblados por la imaginación (la loca de la casa, que decía santa Teresa) con todo tipo de monstruos, lo mismo que las tierras poco conocidas. Por otra parte, las alucinaciones eran frecuentes en una época de hambrunas e infecciones de todo tipo que producían estados febriles. En suma, entre la gente del pueblo, la religión, la ignorancia, la enfermedad y el hambre favorecían la credulidad y eso permitía que se aceptara como algo real, no como ficción, lo que se contaba en los libros de caballerías o en las vidas de los santos. En la época de Cervantes, cuando ya ha sido atravesado el Atlántico sin encontrar monstruos, cuando en las nuevas tierras descubiertas han visto seres humanos como ellos y han aumentado los conocimientos de todo tipo, se convierte en escepticismo la credulidad anterior. La diferencia entre lo que narran las novelas de caballerías y lo que se vive en la realidad cotidiana es ahora demasiado grande; hay que restablecer la igualdad entre realidad y escritura, y esta es una de las funciones de El Quijote. (continuará)

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Enero, 2005 #1 EN TORNO AL CENTENARIO por Salustiano Fernández De tiempo en tiempo, volvemos los ojos al pasado con un sentimiento casi religioso. De este sentimiento se dejaba llevar Auguste Comte al concebir su Calendario positivista, conforme al cual cada mes y cada día del año se han de consagrar a la memoria de un hombre que haya influido singularmente en el desarrollo de la Humanidad. Auguste Comte quería algo más: quería que se celebrasen festividades periódicas para honrar la memoria de los bienhechores del hombre. Nada se parece más a este sueño −muy ridiculizado después por los que sólo vieron en él lo que tiene de pedantería pueril− que la actual costumbre, cada vez más establecida, de conmemorar «centenarios».

ALFONSO REYES, Retratos reales e imaginarios, Bruguera, Barcelona, 1984, pág. 21

I (El centenario) Este año celebramos —no sé si con «un sentimiento religioso», pero sí con la expectación que suscitan los grandes acontecimientos o los misterios— uno de esos centenarios de los que habla Alfonso Reyes, el erudito humanista mexicano. Pero lo curioso es que en sentido estricto no celebramos “la memoria de un hombre” −Cervantes, el autor del Quijote−, pues como dijera el portugués Miguel Torga, «Cervantes se sacrificó por el Quijote como esas madres que mueren al parir un hijo», sino más bien la memoria de una ficción, una creación muy viva de la inventiva humana −la del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha− que, y esto es cierto de muchos modos, «ha influido singularmente en la Humanidad». ¿Quién lo duda? Porque ¿podemos imaginar siquiera una Humanidad sin don Quijote? Ya no. Si algo bueno se perdieron quienes murieron antes de que saliera a la luz en aquel abril de 1605, fue precisamente el conocer la seca figura del triste y esforzaI. E. S.

León Felipe

– Benavente

do caballero, el reír con las simplezas de Sancho su escudero y cabalgar con ambos tras ínsulas y amores soñados. Y es que todo aquel, sea persona, animal, cosa o presidente de los Estados Unidos, que se asoma a sus andanzas acaba por encontrar aspectos de sí mismo que tenía olvidados. Es la cualidad de las obras maestras: no está en una perfecta estructura (deshilvanada la de Don Quijote, al decir de Nabokov, el minucioso entomólogo y escritor de la célebre Lolita, quien en esta opinión no hacía sino seguir la del cervantista Clemencín, el cual a principios del siglo XIX había escrito: «Cervantes escribió una fábula [la del Quijote] con una negligencia y un desaliño que parece inexplicable»), tampoco en su lenguaje pulido (demasiado “pobre de concetos”, al decir del propio Cervantes con modestia personal, pero haciéndose eco de lo que otros juzgaban su “menguado estilo”, como Lope de Vega, quien en fechas cercanas a la publicación del Quijote escribía por carta a un amigo, «ninguno [se refiere a los escritores en ciernes] hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote»), ni en la extraordinaria textura de los hechos narrados (en esta obra, los de «un estrafalario fantasma del desierto», al decir de nuestro patrón Léon Felipe), ni en la sublime época que la rodeó y ella reflejaría (la apoteosis de la decadencia, la «fatigada condición de la raza», según el imperial Ramiro de Maeztu), ni qué sé yo (que no sé nada, como diría el griego y ágrafo Sócrates), no, ninguna de estas cosas hace universal y eterna una obra, sino en tener el extraño don de lo abierto, acogedor y no excluyente; esa peculiar superficie, puede que rota, desgastada, deshilachada por el tiempo y el mucho uso, pero en la que cualquiera llega a verse reflejado de algún modo o a sentir mediano abrigo. Es lo propio de las obras geniales: que se hallan en todas las lenguas, épocas, personas, lugares como en casa. Y es lo que le pasa a ese libro ingenioso del que celebramos este año sus 400 abriles y que aún sigue manteniéndose en plena forma, tal vez porque como apuntó Torga: «Nosotros llevamos a priori a don Quijote dentro de nuestra alma». Sin embargo, los tiempos cambian que es una barbaridad, haciendo a cada paso su propia lectura de este a priori que se hallaría vacío si la vida no lo fuera llenando de materia. De ello, de lecturas de esta obra cuatricentenaria querría hablar, pero otro día.

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continuará

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– Benavente

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3


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LA FILOSOFÍA DE

EL QUIJOTE por Emperatriz Losada I Nos dice Giambattista Vico (Ciencia Nueva. LIBRO IV. INTRODUCCIÓN) que las naciones, según los antiguos egipcios y su propia concepción de la historia, pasan por tres etapas (tres especies de naturaleza): de los dioses, de los héroes y de los hombres, que se repiten incesantemente en el tiempo. Si aplicamos este esquema a la historia de la cultura occidental, podríamos verla así: la historia de la Grecia clásica habría pasado por una etapa arcaica, mítica (edad de los dioses), una heroica, que correspondería a la descrita por Homero en la Ilíada y la Odisea y habría culminado en la de los hombres, de la razón, con el nacimiento del pensamiento racional. El ascenso de la razón trae un inevitable descenso de la fe religiosa y de la moral a ella asociada, según lo ve Vico. La moral constituye el cimiento del edificio social, su derrumbamiento acarrea el de la cultura que sostiene. El cristianismo nace y se afianza en un clima de exacerbación religiosa popular al que eran ajenos, por lo menos al principio, los intelectuales. El auge del cristianismo se da al mismo tiempo que el Imperio Romano se hunde. La Edad Media supone un regreso al mito (etapa de los dioses). La época de las novelas de caballerías sería la equivalente a la que nos describe Homero. La edad del hombre, de la razón, habría comenzado con la Revolución Científica, y, tal vez, nos encontremos ahora en una época de crisis previa a una nueva era mítica o de los dioses; pueden apreciarse algunos síntomas, por ejemplo, la creciente superstición del pueblo, que ha perdido los valores morales tradicionales y se aferra a supercherías cada vez más extravagantes, a las que llamamos sectas, o enriquece a un número creciente de engañabobos de toda laya, mientras los intelectuales se mantienen ajenos a todo esto. El Quijote nace al principio del siglo XVII, al mismo tiempo que se está iniciando la Revolución Científica. Copérnico había publicado su libro De revolutionibus orbium coelestium (Acerca de las revoluciones de los orbes celestes) en 1543. Kepler y Galileo habían comenzado a trabajar alrededor del año 1600. Mientras, la filosofía seguía siendo fundamentalmente medieval; aunque, ya desde el siglo XIV, se sentían aires de renovación. Todavía Galileo se va a ver lastrado

I. E. S.

León Felipe

– Benavente

por conceptos de origen aristotélico que dificultarán sus estudios acerca del movimiento, por ejemplo. Descartes comprendió la necesidad de elaborar una filosofía acorde con los nuevos tiempos y se puso a la tarea. Cervantes no pretendía, seguramente, crear una nueva filosofía, como Descartes. Pero también él, más o menos conscientemente, se propone rematar una época para dejar el camino despejado a la que estaba empezando. Había que acabar con las novelas de caballerías (¿etapa heroica?) para dar lugar a la visión realista de la vida; había que acabar con la visión mágica de la naturaleza (tan renacentista), con la idea de que la naturaleza es un misterio inaccesible para la razón humana, para sumergirse en ella y comprenderla sin hacerla trasunto de ninguna otra cosa, sino reconociéndola como nuestra morada, la del ser humano, con su grandeza y sus limitaciones. La concepción mágica de la naturaleza propia del pensamiento mítico (reinstaurado en la sociedad medieval por el teocentrismo cristiano) y su interpretación simbólica como medio para llegar a conocer mejor al Creador, que habría dejado en ella su huella, habían llevado a un tipo de literatura plagada de fenómenos sobrenaturales que se aceptaban con naturalidad. Contribuía a esta aceptación también la ignorante credulidad del pueblo, acostumbrado a oír a los predicadores hablar de los hechos milagrosos de los santos y el culto a las reliquias, propiciado por los estafadores que vivían de su comercio. Cuando la razón no conoce, la imaginación actúa. Así, en la Edad Media, los mares, por los que no se atrevían a aventurarse al carecer de medios adecuados para una navegación segura, eran poblados por la imaginación (la loca de la casa, que decía santa Teresa) con todo tipo de monstruos, lo mismo que las tierras poco conocidas. Por otra parte, las alucinaciones eran frecuentes en una época de hambrunas e infecciones de todo tipo que producían estados febriles. En suma, entre la gente del pueblo, la religión, la ignorancia, la enfermedad y el hambre favorecían la credulidad y eso permitía que se aceptara como algo real, no como ficción, lo que se contaba en los libros de caballerías o en las vidas de los santos. En la época de Cervantes, cuando ya ha sido atravesado el Atlántico sin encontrar monstruos, cuando en las nuevas tierras descubiertas han visto seres humanos como ellos y han aumentado los conocimientos de todo tipo, se convierte en escepticismo la credulidad anterior. La diferencia entre lo que narran las novelas de caballerías y lo que se vive en la realidad cotidiana es ahora demasiado grande; hay que restablecer la igualdad entre realidad y escritura, y esta es una de las funciones de El Quijote. (continuará)

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Enero, 2005 #1 EN TORNO AL CENTENARIO por Salustiano Fernández De tiempo en tiempo, volvemos los ojos al pasado con un sentimiento casi religioso. De este sentimiento se dejaba llevar Auguste Comte al concebir su Calendario positivista, conforme al cual cada mes y cada día del año se han de consagrar a la memoria de un hombre que haya influido singularmente en el desarrollo de la Humanidad. Auguste Comte quería algo más: quería que se celebrasen festividades periódicas para honrar la memoria de los bienhechores del hombre. Nada se parece más a este sueño −muy ridiculizado después por los que sólo vieron en él lo que tiene de pedantería pueril− que la actual costumbre, cada vez más establecida, de conmemorar «centenarios».

ALFONSO REYES, Retratos reales e imaginarios, Bruguera, Barcelona, 1984, pág. 21

I (El centenario) Este año celebramos —no sé si con «un sentimiento religioso», pero sí con la expectación que suscitan los grandes acontecimientos o los misterios— uno de esos centenarios de los que habla Alfonso Reyes, el erudito humanista mexicano. Pero lo curioso es que en sentido estricto no celebramos “la memoria de un hombre” −Cervantes, el autor del Quijote−, pues como dijera el portugués Miguel Torga, «Cervantes se sacrificó por el Quijote como esas madres que mueren al parir un hijo», sino más bien la memoria de una ficción, una creación muy viva de la inventiva humana −la del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha− que, y esto es cierto de muchos modos, «ha influido singularmente en la Humanidad». ¿Quién lo duda? Porque ¿podemos imaginar siquiera una Humanidad sin don Quijote? Ya no. Si algo bueno se perdieron quienes murieron antes de que saliera a la luz en aquel abril de 1605, fue precisamente el conocer la seca figura del triste y esforzaI. E. S.

León Felipe

– Benavente

do caballero, el reír con las simplezas de Sancho su escudero y cabalgar con ambos tras ínsulas y amores soñados. Y es que todo aquel, sea persona, animal, cosa o presidente de los Estados Unidos, que se asoma a sus andanzas acaba por encontrar aspectos de sí mismo que tenía olvidados. Es la cualidad de las obras maestras: no está en una perfecta estructura (deshilvanada la de Don Quijote, al decir de Nabokov, el minucioso entomólogo y escritor de la célebre Lolita, quien en esta opinión no hacía sino seguir la del cervantista Clemencín, el cual a principios del siglo XIX había escrito: «Cervantes escribió una fábula [la del Quijote] con una negligencia y un desaliño que parece inexplicable»), tampoco en su lenguaje pulido (demasiado “pobre de concetos”, al decir del propio Cervantes con modestia personal, pero haciéndose eco de lo que otros juzgaban su “menguado estilo”, como Lope de Vega, quien en fechas cercanas a la publicación del Quijote escribía por carta a un amigo, «ninguno [se refiere a los escritores en ciernes] hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote»), ni en la extraordinaria textura de los hechos narrados (en esta obra, los de «un estrafalario fantasma del desierto», al decir de nuestro patrón Léon Felipe), ni en la sublime época que la rodeó y ella reflejaría (la apoteosis de la decadencia, la «fatigada condición de la raza», según el imperial Ramiro de Maeztu), ni qué sé yo (que no sé nada, como diría el griego y ágrafo Sócrates), no, ninguna de estas cosas hace universal y eterna una obra, sino en tener el extraño don de lo abierto, acogedor y no excluyente; esa peculiar superficie, puede que rota, desgastada, deshilachada por el tiempo y el mucho uso, pero en la que cualquiera llega a verse reflejado de algún modo o a sentir mediano abrigo. Es lo propio de las obras geniales: que se hallan en todas las lenguas, épocas, personas, lugares como en casa. Y es lo que le pasa a ese libro ingenioso del que celebramos este año sus 400 abriles y que aún sigue manteniéndose en plena forma, tal vez porque como apuntó Torga: «Nosotros llevamos a priori a don Quijote dentro de nuestra alma». Sin embargo, los tiempos cambian que es una barbaridad, haciendo a cada paso su propia lectura de este a priori que se hallaría vacío si la vida no lo fuera llenando de materia. De ello, de lecturas de esta obra cuatricentenaria querría hablar, pero otro día.

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Suplemento #1 REVISTA LA MANDRÁGORA AÑO 5  

Revista del IES León Felipe de Benavente (Zamora) Suplemento nº 1 dedicado al Cuarto Centenario del Quijote

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