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La

Mandragora

>>> en la cueva… –La entrada está protegida en todo momento por los dioses, pero hay un momento en que dejan de prestar atención y su poder no nos afecta. Durante ese tiempo, ninguna maldición tiene efecto sobre la tierra. –¿Quieres decir que aunque sea de día o de noche, todos seremos de carne y hueso? El oráculo asintió. –Aun así, recuerda que tienes poco tiempo. Mañana habrá un eclipse a media tarde. Durará una hora y no debes desaprovechar el tiempo. Durante ese tiempo, la entrada a la cueva permanecerá abierta y podréis entrar. Pero si no salís antes de que el eclipse haya acabado, quedaréis encerrados y uno no sabe lo que puede encontrar allí. –Muchas gracias, oráculo -dijo el muchacho y se despidió. –Cuando amaneció, la joven de la tribu del Sol se encontró una carta al lado de su amado explicándole su charla con el oráculo. Al llegar la media tarde, la Luna empezó a ocultar al sol. Los dos dioses estaban cara a cara y apartaban su atención de los mortales. La joven del día observaba asombrada cómo el sol se oscurecía, cuando el muchacho de la noche despertó de su letargo de piedra. Por primera vez se miraron a los ojos sin que existieran barreras entre ellos. Se fundieron en un profundo abrazo.

nuemente iluminado por unos cristales sobresalientes de las paredes. Caminaron un largo trecho hasta llegar a una inmensa sala decorada por las más bellas joyas. En el centro, una extraña piedra brillaba fuertemente. Todo parecía fácil, demasiado fácil. Ambos jóvenes penetraron en la sala cuidadosamente Al avanzar unos pasos, la entrada a esa sala se cerró. Entonces sintieron las órdenes de los dioses sobre ellos. El odio llenó sus corazones y empezaron a luchar a muerte. Descolgaron de las paredes una espada cada uno y los filos de las armas comenzaron a cruzarse. Estocada tras estocada, el odio iba avivándose y el tiempo se iba acabando.

La joven Surlarium alzó en alto su arma y la dejó caer velozmente sobre la cabeza de su oponente; pero el de la tribu de la Luna fue rápido e interpuso su espada. En esa posición, sus miradas se cruzaron, como mucho tiempo atrás se habían cruzado. Pero ahora era una mirada sin barreras. Sus corazones dejaron a un lado el odio y volvieron a sentir ese amor tan fuerte que habían sentido antes. Entonces recordaron por qué estaban allí. Tiraron las armas y se acercaron a la piedra, una piedra que emanaba odio. Entonces la destruyeron.

–Debemos darnos prisa, la entrada no estará abierta durante mucho tiempo. Partieron hacia el lago. Cuando llegaron, los dos jóvenes se introdujeron en el agua y nadaron hasta lo más profundo. Se sumergieron y llegaron hasta las profundidades, donde la entrada a la cueva por fin estaba abierta. Penetraron en la cueva y nadaron durante un rato hasta poder salir del agua. Dentro todo era distinto. El ambiente estaba teI. E. S.

León Felipe

Pero al destruir la piedra, la cueva comenzó a temblar. Los dos jóvenes salieron corriendo. El tiempo se estaba acabando y si no se daban prisa, quedarían encerrados en la cueva, donde seguro morirían. Ya faltaba poco. Podían ver el agua. Se introdujeron en ella y comenzaron a nadar hacia la salida. Quedaba poco, sólo uno pocos metros más. La cueva se estaba cerrando. Habían esperado mucho para conseguir esa libertad, y ahora que la tenían, no iban a desaprovecharla. Se cogieron de la mano y nadaron con todas sus fuerzas. Consiguieron pasar por el estrecho hueco que quedaba. Al fin lograron salir a la superficie. Cuando sus cabezas emergieron del agua, los rayos de un sol radiante les dieron la bienvenida. El eclipse había acabado. Y con él, la maldición. Pese a ser de día, el joven de la tribu de la Luna, seguía siendo de carne y hueso. Ya no estaban malditos. Al salir del agua, los dos se fundieron en un apasionado beso mientras los tonos calidos y fríos de sus cuerpos y cabellos desaparecían dejando un color terráqueo. Ahora ya no había distinciones entre ellos, eran iguales. Ambos pertenecían a una misma tribu. A la del hombre. El amor de los jóvenes no sólo había destruido la maldición de las estatuas, sino que había acabado con todo el odio que durante tantos años reinó en los corazones de las dos tribus. Las dos razas existentes hasta entonces se habían convertido ahora en una. Todos convivían en paz y armonía. Los dos jóvenes volvieron con los suyos y se convirtieron en los líderes de esa nueva raza, nacida del deseo de libertad, tras años de dolor y servidumbre por el capricho de los dioses. El camino a la libertad había llegado a su fin.

-◊-◊-◊– Benavente

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CREACIÓN LITERARIA

A ñ o V I I ~ N º 9 ~ J u n i o / 2 0 07 [ # 8 3 ]

LA MANDRAGORA Nº 9 - AÑO 7 #83  

Revista del IES León Felipe de Benavente (Zamora)

LA MANDRAGORA Nº 9 - AÑO 7 #83  

Revista del IES León Felipe de Benavente (Zamora)

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