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Thorn (for Tracey) por Eduardo Izquierdo

Mi escena Punk de Los Angeles Luis Imperiale pregunta a Guillermo Farré

Amor de días por Miguel Alonso

El boxeador enamorado por Jordi Guinart Silvestre

E-330. Más punk que Orbital, que Rancid y que tú por Hector Blanco

Línia Verda por Carol Badillo

Ultramarinos por Pablo Poveda ilustración: Aida Mas

Velocidad por Pablo Rivero

Mi primer Clan por Miqui Puig

El último baile de Barcelona por Miqui Otero

Armadillos 1987 Por Kiko Amat


• 01 • una idea de Miqui Puig maquetación: luisimperiale.com LAV • Març 2012


Thorny)

(for Trace

por Eduardo Izquierdo


En mi cabeza, cada vez más minúscula y dada a la estupidez supina, sólo hay una entrada para Thorn desde hace mucho tiempo, decenios diría yo. Y no creo que quepan más sujetos en la habitación ya. Lejos de mi exiguo conocimiento de la lengua inglesa las resonancias de Thorn me encaminan a un espíritu especial. Un sujeto, un ser, cuasi sagrado, cargado de simbolismo y contenido emocional que en lo terrenal, en su forma física, siempre fue (con todos mis respetos) mi patito feo favorito. Nada agraciada, de mirada esquiva, labios rotos, flequillo desordenado, blanquina y pelín enclenque nunca fue una diva, no podría. Nunca fue la negra de voz grave y turgente. Tampoco fue la irreverente blanquita de clase media con lengua viperina y modos de furcia de extrarradio. Ni mucho menos la acaramelada voz del siempre posible y prometedor futuro que nos quisieron vender. Durante años ella y su marido, el nocturno y enfermizo Ben Watt, nos hicieron ver la vida de otra manera aferrados a un pop preciosista lleno de soul y sensibilidad que cobraba vida más allá de las paredes de mi dormitorio. Aquellos días fueron felices para todos. Un día Ben descubrió la electrónica y con ella la vida. Los clubs, las partys, las venues, las raves (esto menos), los reservados, las copas, el Soho londinense y las pistas de baile. El humo y la pompa, la madrugada, el deep house. Ese día todos nos hicimos un poco nocturnos, Todd Terry mediante, los indies de base y los neófitos recién llegados al mundo del baile profundo y sensual. Aquel 1995 dejó huella, “Missing” rompió los charts y devolvió a Todo Menos La Chica (EBTG) a una posición preeminente en la era de la música pre-mp3. El éxito

siempre precipita un desenlace más severo y drástico que el transcurso natural de los hechos y en 2000 la pareja se divorció legal y artísticamente dejando a toda una generación huérfana de su arte y talento. Sin un concierto que echarse a la boca. Es cierto que Ben sacó adelante su venue Lazy Dog en Nothing Hill, y que giró con ella por el mundo, y que cuando le asalté en el Bowery Ballroom de Nueva York para robarle una foto parecía muy feliz y pinchaba de maravilla deep house del bueno. Pero siempre me pareció un ser incompleto. Tracey se dedicó a sus labores, a sacar discos notables o pasables en solitario, a cuidar de sus hijos, a hacerse amiga de Ewan Pearson, a tweetear desde casa sobre genuinas trivialidades domésticas engrandecidas por la red de redes. Se dedica a todo menos a recuperar su legado, cosa que está mal decirlo, le echo en cara. Este mini reproche nace del egoísmo musical más egoísta, el del fan desencantado que no logra asumir la defunción del fenómeno. Esta carta abierta no es más que un obituario irreal mal disimulado. Thorn no ha muerto pero Everything But The Girl si y parece difícil que resucite por más que invoque a los dioses Manes o llame a Giorgio Moroder. Tracey, si me oyes, vuelve, vuelve, vuelve! Volved como lo han hecho los mediocres Sex Pistols del siglo XXI; como los ruines y falsos Beach Boys sin Brian Wilson, como el eterno retorno de Los Pixies, vuelve como el sin vergüenza de Billy Corgan, como el lanzagapos de Ian Brown con The Stone Roses… como tantos descorazonados traficantes de recuerdos y emociones. Volved “for the fun of it”. Nunca nadie lo tuvo tan fácil para abrir la puerta a la felicidad de nuevo.


Mi escena

de Los テ]geles Luis Imperiale pregunta a Guillermo Farrテゥ

10 himnos pop alrededor de la escena punk de Los テ]geles, donde se dan la mano en muy pocos grados de separaciテウn Bomp records, los hermanos McDonald de Redd Kross, los grupos de la escena Paisley Underground, y los cientos grupos que salieron de los primeros conciertos punk de finales de los 70 en la ciudad y alrededores.


CIRCLE JERKS “Wild on the streets” 1982 Greg Hetson, guitarrista de cuando Redd Kross se llamaban Red Cross y eran unos mocosos de 15 años haciendo punk ultrarápido, formó al dejar la banda Circle Jerks. Una de mis canciones favoritas para dejarte la garganta gritando como un poseso. REDD KROSS “Bubblegum Factory” 1990 Grupo definitivo entre el pop, la música chicle y el glam, y en el que caben todas las influencias de cultura pop posibles. Del punk mocoso al pop cristalino con himnos gigantes como esta oda a Buddah records, esa factoria de canciones ultrapegadizas para preadolescentes, donde se inventaron a Ohio Express, 1910 Fruitgum Company y mil grupos más. SPARKS “This town ain’t big for the both of us” 1974 Sin existir una conexión directa con la escena punk Angelina de los 70 (su primer disco es del 71 y creo que son el grupo más difícil de etiquetar del mundo) sí que se puede considerar como una gran influencia en muchos de los grupos de la época. “This town ain’t big for the both of us” es su canción definitiva. Steve McDonald de Redd Kross toca regularmente el bajo con la actual formación de Sparks. EARLE MANKEY “Mau Mau” 1978 Guitarrista de Sparks y productor de innumerables discos de la escena Angelina (Runaways, Dickies, 20/20) sacó en Bomp en 1974 este himno entre el bubblegum y un mal viaje de ácido. THE DICKIES “Banana Splits” 1979 Earle Mankey produjo numerosas canciones de los Dickies, aunando el sonido chicle, el sentido del humor y la velocidad infinita. Mi canción favorita es esta versión de los Banana

Splits, la cabecera de una serie de dibujos animados de finales de lo 60 patrocinada por los cereales Kellogg’s. Los Dickies siguen sacando hoy en día discos buenísimos, sin perder su gusto por el humor grueso. HOLLY AND THE ITALIANS “Tell that girl to shut up!” 1980 A medio camino entre el underground y el mainstream, y seguramente a rebufo del éxito


Blonde de The Muffs. Roy McDonald, batería de la banda, tocó en Redd Kross durante bastantes años (aunque no es hermano de los McDonald). THE PANDORAS “That’s your way out” 1986 El combo femenino de garage definitivo, actitud y canciones, lideradas por la grandísima Paula Pierce. Kim Shattuck de las Muffs tocó una temporada la guitarra con ellas antes de empezar su propia banda y antes de que The Pandoras comenzaran su flirteo con la escena hard rock de Los Ángeles (que se paró en seco con la muerte de Paula Pierce en 1991). THE ZEROS “Beat your heart out” 1992 Algo así como la canción que hubieran escrito los Ramones si fueran de la costa Oeste, The Zeros son la aportación latina a la escena punk Angelina: Peñalosa y Escovedo estaban metidos en al escena punk desde el principio, y de la banda saldría años más tarde la figura de El vez, que no es otro que el guitarrista Robert López haciendo su imitación latina de Elvis.

de los Go Go’s, Holly and the Italians fueron un grupo de corta vida, pero que dejaron un primer 7” gigante, con esta canción que luego versionaron Transmision Vamp. THE MUFFS “On and on” 1995 Salto en el tiempo a otra época dorada del pop con guitarras ruidosas en Los Ángeles, ahora a principios de los 90, con un disco perfecto de principio a fin, el Blonde on

THE NERVES “When you find out” 1976 Peter Case, montaba conciertos en la escena punk desde el principio, era colega de los Germs, los Weirdos y todo grupo que empezara a hacer cosas chulas en la época. Aliado con Paul Collins y Jack Lee, sacaron unas pocas canciones en Bomp, todas gigantes, antes de separarse y que cada uno de sus miembros emprendieran exitosas carreras en solitario (The Beat, Plimsouls, etc.). La canción más famosa de los Nerves fue Hanging on the telephone por la versión que hicieron años más tarde Blondie, pero la canción definitiva es When you find out, emoción condensada en dos minutos de duración.


Amor de DĂ­as por Miguel Alonso

apartament18.wordpress.com


Hay quién gusta de navegar entre obras menores, esas pequeñas joyas dispuestas en el tiempo que permiten pervivir el encanto de la música pop superlativa, esa que de cuándo en cuándo aparece y desaparece con un ¡chas! de nuestro lado. Música que no traspasará más allá de la frontera imaginaria que aparece al cerrar la puerta de la habitación mientras se pulsa el botón de play. Música con regusto y poso amable, bella y dulce. ¿Quién esperaba alguna cosa más de un disco de pop ensoñador, sugerente y de melodías exquisitas? No se engañen, el disco de debut de Amor de Días no salvará ninguna etiqueta, por mucho que se lo propongan. Este Street Of The Love Of Days, así se titula el hermoso

de arreglos preciosos de piano, cuerdas y vientos provenientes de la embajada clásica de los años 60, la misma que arropa los destellos sublimes que aportan Damon & Naomi, Louis Philippe y Gary Olson de The Ladybug Transistor a este maravilloso disco de pop atemporal. Canciones cómo la inicial y cinemática Foxes’ Song, que se abre paso al redil de notas candentes de piano y que explota con la voz entrecortada de Lupe; la sintética Bunhill Fields que es la aproximación del dúo a esas pistas de baile con el suelo de madera mientras que Dream (Dead Hands) podría pasar por ser la prima lejana de un pariente instalado en la casa de Belle & Sebastian. El regusto a tropicalia de I See Your Face y Wandering ensalza con la grandeza del pop en la homónima Street

Street Of The Love Of Days (o el baile de la música delicada) vinilo editado por la siempre favorita Merge, viene de la confluencia, en forma de clase magistral de pop mayúsculo, de la cantante y multi-instrumentista Lupe Núñez-Fernández, otrora componente de los indies Pipas, junto a Alasdair MacLean, artista con una de las carreras más íntimas, otoñales y porqué no decirlo, sensuales, de las últimas décadas al frente de los referenciales The Clientele. Quince canciones, entre esbozadas y perfectas, que transcurren cómodas por marcos ocres y nieblas de color pastel al son de guitarras talladas y moldeadas en las mejores escuelas del folk inglés, la bossa nova de corte melancólico y un baño

Of The Love Of Days, un ejemplo perfecto para saber que este disco tiene motivos suficientes para no instalarse en la efímera memoria de nuestros días y permanecer, dando vueltas, mientras su música se escapa mediante la cápsula de velocidad generacional para deslizarse por nuestros oídos con gratitud. Música para disfrutar entre tapetes de patchwork rojo, verde y gris con poca luz, indirecta, y un té con canela. Y limón. Y si alguien pregunta si se puede bailar la música delicada, ya saben: sólo necesitarán los susurros y arreglos de este Street Of The Love Of Days de Amor de Días para conseguirlo.


El boxeador enamorado

En Miqui Puig (haurem de parar atenció al disc que publicarà al setembre), em va sorprendre el primer cop que, en enviar-me un correu electrònic, el datava a L’Ametlla del Vallès, ‘North Barcelona’. Em va sobtar, però vaig resoldre que, un paio de món com ell, amb contactes professionals a mig Europa, no podia anar datant la seva residència a ‘Vallès Oriental’, perquè a la gent del món de l’espectacle amb qui te tractes en Miqui, aquella comarca no els diu res. Pels individus del show bussines el que compta i existeix és Barcelona, però és lògic que en Miqui no vulgui amagar la pertinença a aital poble, com tampoc no crec que hagi de fer pedagogia territorial als programadors de música europeus explicant-los la divisió comarcal por Jordi Guinart Silvestre de Pau Vila, els consells comarcals i tal i tal. North Barcelona te grapa, diu molt del país i de la seva capital, no treu independència al bonic poble de l’Ametlla, ni personalitat a la plana vallesana ni res, que ningú no s’esgarrifi ara, i a més deixa ben clara la realitat: que Barcelona és una ciutat potent que, tot i que és territorialment petita (set vegades més que Madrid) irradia una força social, econòmica i cultural que va molt més enllà de les seves exigües fronteres, que a la seva vegada rep la vitalitat de la perifèria que la fa créixer perquè sense ella no seria res, i que cohesiona un vast territori poblat per força milions de persones tant modern i cosmopolita com el que confegeix el gran Londres, per dirne un. Un amic de Bilbo em presenta la seva quadrilla, de seguida sorgeix la pregunta, obvia, és clar. De Barcelona? Lògic, no? No em preguntaran si visc a Premià de Dalt, lloc conegut pels especuladors immobiliaris però poca gent més. Que els he de dir, fer-los una classe de pedant geografia comarcal? No, els dic que visc a Premia, ‘East Barcelona’, i entenen quina mena de lloc els estic definint, perquè ells fa molts anys que parlen del Gran Bilbo (de fet, la vila només te uns 300.000 habitants, mentre que la seva àrea en te un milió, nombre de població per la qual es dissenyen els serveis i les politiques socials). El Baix Llobregat és una comarca de dret, amb una història i futur que no poso en dubte, però com fem entendre algú que no coneix el país que el Museu Agbar de les Aigues és allà, però que explica la portada d’aigua a Barcelona? Si els diem que és a Cornella, ‘West Barcelona’ ho entendrà a la primera i ens estalviarem enutjoses explicacions. Només caldrà matisar que allà no mana l’Hereu, que no espantin.


Una vez, durante una entrevista, a Morrissey le preguntaron por qué no salía del armario de una vez por todas. Recuerdo muy bien su respuesta, porque tiene unas réplicas inteligentes, irónicas y mordaces, y siempre que las leo es como si lo viera golpear con un puño transparente al periodista. Pero esta vez fue diferente. No fue una contra demoledora, ni un ataque cínico, ni un chiste o comparación escabrosa. Sencillamente preguntó: “¿Salir de dónde? ¿Hacia dónde?”. Dejando de lado qué resulta más oscuro, si el interior del armario o el exterior, ese “hacia dónde” ingrávido acerca del cual ningún heterosexual se planteará nunca nada, la honestidad de Morrissey me persiguió durante mucho tiempo. De hecho, cuando me encuentro con gente con la que puedo hablar de estos temas, siempre termino preguntándoles, como si ellos supieran lo que no sabe ni el propio Morrissey: ¿Pero es gay o no? Y siempre me contestan: ¿Pero qué más da? ¡No crean, es importante saberlo! En todo artista que se precie, la biografía es esencial. De las experiencias vividas, el artista codifica los traumas, las melancolías, la intimidad, y los disfraza de literatura. Es como un exorcismo. Como un combate contra su propio yo. No debes leer a Cernuda, a Gil de Biedma o a Dickinson sin antes saber algo de sus vidas. Es la manera de conseguir un billete al pasaje oculto, a la piedra de Rosetta que decodificará los símbolos y los convertirá en nombres y apellidos y en lugares, y que dará un nuevo brillo a aquel poema, a aquella novela, a aquella canción que nunca acabaste de entender bien del todo. Morrissey es especialista en enviar códigos secretos en formato canción.

Cuando promocionaba “Vauxhall & I”, durante el verano de 1993, siempre se le vio acompañado por un tipo exboxeador, músico y aspirante a fotógrafo profesional, llamado Jake Walters. Dicen que era su amigo íntimo como podría haber sido su guardaespaldas, su asistente personal o su consejero sexual. Estaba ahí: mientras Morrissey firmaba, daba entrevistas, respiraba o sonreía. Incluso vivieron juntos en Camden una temporada. Es más: por ubicuo, Jake es el protagonista de temas como “Come Back to Camden”, “Bestfriend on the Payroll” o “Sunny”, y en forma espiritual, de “Boxers”, porque se supone que Morrissey se interesó por el mundo del boxeo (y llegó a ver algunos combates) animado por Walters, que era fan. Jake Walters también es el autor de fotos como la de la tetilla de Morrissey con la palabra “Honey” escrita alrededor, o algunas otras de semidesnudez cálida y cercana. Pero la cosa terminó cuando, durante una entrevista, Morrissey afirmó que no estaba enamorado, con Jake detrás (como siempre, como se dice en “I Will See You in Far Off Places”, mirando a la cámara, revoloteando y poniendo caras), y claro, Jake comenzó a sacar humo por la nariz (hecho que el periodista no pasó por alto e inmortalizó plasmándolo en su libreta). ¿Quieren otro mensaje en clave? 14 años después, en el libreto del Greatest Hits, aparece una foto inédita de Walters: el señor Trasero Desnudo de Morrissey, anunciando: “Your arse an’all”. Sí, salió en el Greatest Hits, aquel disco cuyo primer single se titulaba “All You Need Is Me”. Toma ya. ¿Querían pruebas para demostrar algo? Porque una vez fuera del armario, ¿adónde hemos llegado, después de todo, sino a la soledad?


E-330

Más punk que Orbital, que Rancid y que tú. por Hector Blanco


“Ese disco… ese disco es cojonudo” Empecemos con un descenso a la anécdota autobiográfica. Qué demonios, yo invito. Es verano, y vivir es fácil. Estamos en Uviéu, mi ciudad natal. Sí, hombre, Vetusta, ¿no les suena? La “muy noble y leal ciudad” que Clarín retrató para la eternidad durmiendo la siesta y haciendo la digestión del cocido y de la olla podrida… En fin. Yo he venido aquí a hablar de música y no de miserias locales. Ya me centro. Les decía que es verano. Laura, Pablo y yo estamos sentados en una terraza, bebiendo cerveza muy fría y disfrutando del dulcehacer-nada. Vengo de comprar unos discos (el gran remedio para todo, ¿verdad) y ahora me dedico a echar grandes tragos de zumo de cebada gaznate abajo mientras canto las alabanzas del único álbum de una banda asturiana que, poco tiempo después de publicarlo, “era engullida por las fauces del olvido”, por decirlo tolkienianamente. Mientras las palabras, empujadas por burbujas cerveciles, me surgen a borbotones, y agito el disco en el aire como quien ondea una bandera (la de mi… ¿juventud?), me voy dando cuenta de una mirada proveniente de alguien sentado en la mesa de al lado. Sí, se confirma. Hay unos ojos que me miran. Con una mirada rara. Y, sobre todo, fija. Insistente. Glups. Un rápido barrido de mi campo visual me permite identificar al poseedor de esos ojos como un ejemplar de Punkrockerus ovetensis, especie rancia donde las haya. Es un ejemplar magnífico, todo hay que decirlo: más grande y, con toda seguridad, teniendo en cuenta el diámetro jamonero de sus brazos tatuados, mucho más fuerte que yo. Reglups. Tal vez haya hablado

demasiado alto, reflexiono mientras bebo otro trago. El Punkrockerus aprovecha mi momentáneo silencio para dirigirse a mí: “Ese disco…” Pasa un segundo. Otro. Pasa toda una cohorte de arcángeles celestiales tocando la lira. “… ese disco es cojonudo”. Y sonríe. Albricias. Hemos descubierto que tenemos algo en común, un secreto, algo importante: los E-330.

Punk-o-rama a gogó Continuemos, por así decirlo, con los hechos. Ahora nos vamos a los años noventa, esa década ya comúnmente mitificada como prodigiosa por el mero hecho de que muchos de nosotros, oh prodigio, fuimos jóvenes, sí, sí, jóvenes, durante la misma. En la cuenca minera asturiana, destrozada por la reconversión industrial, cuatro jinetes del apoca… Perdón, que se me vuelve a

El ácido cítrico. Que por si no lo saben es uno de los aditivos más cancerígenos que existen escapar el tono tolkieniano (yo fui un rolero adolescente, tienen que entenderlo), cuatro chavales que llevan un tiempo tocando como Kalikeño deciden cambiar de nombre y pasar a llamarse E-330. El ácido cítrico. Que por si no lo saben es uno de los aditivos más cancerígenos que existen. Ácidos y cancerígenos: angelitos. Chechu, que toca la guitarra y canta (y suele salir disfrazado en los conciertos), Fredi, el otro guitarra, Chapo, bajista, y Yul, batería, tocan


la música que les gusta: hardcore melódico de la escuela californiana Descendents/ All (referencias que algunos de ellos lucen orgullosos en sus camisetas). Y, oh sorpresa, un grupo de tan eminente extracción hardcore llega a tener cierto éxito entre la escena indie de aquella época, no precisamente caracterizada por su amplitud de miras. E-330 telonearon a los mismísimos Fugazi (me coreen: ¡Fu! ¡Ga! ¡Zi!) a su paso por Uviéu, debutaron en Madrid en la sala Maravillas y fueron entrevistados en la revista Factory. Entrevista en la que, a la pregunta de si consideraban que el punk estaba más relacionado en los noventa con la música o con la actitud y si creían que Orbital estaban más cerca de sus ideales que Rancid, Chechu daba al periodista una respuesta memorable por su ferocidad, contundencia y punto de chulería astur: “Pienso que tú no me vas a dar de comer, ni Orbital, ni Rancid, así que podéis echar una carrera a ver cuál es el más punk de los tres”. El inesperado éxito del grupo en un contexto que les era relativamente ajeno hay que atribuirlo a su brillantez como compositores de pop hiperventilado. Tras debutar en 1994 con el EP “Mata el hombre”, un siete pulgadas con cuatro temas publicado por el ya extinto sello independiente Waco, E-330 dan la auténtica medida de su talento en su homónimo álbum de debut “E-330” (1996, Waco). Un esplendoroso arrebato juvenil de melodía y furia coronado por la gran voz de Chechu: aguda, burlona, perfecta para un grupo de tan pura energía adolescente. Precisamente ese carácter adolescente, que, por la previsibilidad que aporta, podría convertirse en la gran flaqueza del disco, se convierte en su mayor valor, pues la rabia indomable que desprenden los ritmos a la velocidad de la luz, las guitarras enjambre-

de-avispas-furiosas y el chillido irritante de Chechu, hace que se sobrepongan a cualquier cínica y débil acusación de “esto ya lo he oído”. Un buen ejemplo de lo que digo son las letras del disco, mayoritariamente en castellano y todo un catálogo de delirios alucinógenos (“Azafranes prohibidos / son mi mayor deleite / los tengo escondidos / que no los vea la gente” ), teenage angst (“Relacion familiar / aprender lo que es la autoridad / represión en tu hogar / miedo, disciplina, austeridad”) crítica contra el adocenamiento (“Y la gente que se sigue por las calles / gente viene gente va / caminando a sus trabajos respectivos / me mareo yo / yo camino más despacio y pensativo / para poder disfrutar / de las vistas al pasar”) y, cerrando el disco, en mi canción favorita, una deliciosa dedicatoria de cincuenta y cuatro segundos “Al number one”: “Quién te has creído que eres / listillo enterao / eres plato de nuestro gusto / listillo enterao / nos apeteces con tomate / listillo enterao / number one con tomate / eres plato de nuestro gusto”.

Di “vino”, tesoro Terminemos, maldita sea, con una mirada al presente. Las cosas, qué duda cabe, han cambiado. Fredi mantiene parte del antiguo mordiente en el nombre de su nueva banda FMM (siglas de Fantástico Mundo de Mierda). Chapo, el bajista, se gana la vida como músico profesional para Deluxe y Amaral. Yul ha tocado la batería con otros grupos asturianos como Los Leroys y McCoyson. Y en cuanto a Chechu, cuenta la leyenda urbana que acabó ingresando en la Facultad de Económicas de Uviéu (ah, el horror). Lo dicho: son otros tiempos. Pero conviene recordarlo, el disco de E-330 sigue ahí: refulgiendo con descaro. Intenso y fugaz. Como la juventud.


L3


Línia verda por Carol Badillo

Avui he tornat a veure el senyor-director operístic del metro. Parada: poble –sec. Feia uns 4 anys que l’havia vist per últim cop a Passeig de Gràcia, devant dels miralls grans que fan de retrovisors a les vies. I crec que també l’havia vist a Drassanes, quan anava a l’escola oficial d’idiomes. Allà a vegades pensava que et podria trobar a tu agafant el metro de tornada. Ara sé que el verd és el color del director. Avui, després de classe amb el Marc, me l’he trobat a dalt de tot de les escales mecàniques de Poble sec. Ja no baixa a l’andana. No veu les vies. I me l’he mirat. M’ha fet il·lusió trobar-me’l. Havia pensat algún cop que potser ja seria mort o que l’haurien allunyat de la via pública. L’he mirat i he volgut comunicar-m’hi. No sabia com. I he provat de mirar-lo fixament. I l’he somrigut amb un pèl de por. No m’ha defugit la mirada, tampoc me l’ha aguantat. L’ha apartat i me l’ha tornat de seguida. Té els ulls petits, i té una mirada oberta, amb una mica de mini-por… o potser tan sols un pèl encuriosida. Gens buida o perduda. No ha

deixat de cantar ni de dirigir la seva orquestra en cap moment. Després he pensat: “cantali, juga a ser per un moment algún dels instruments que dirigeix”, però m’he cagat. (he dubtat, m’he abstret, m’he allunyat avançant-me en una línia temporal amb accions-reaccions imaginàries). He pensat que potser podia enfadar-lo si interrumpia la seva ària… Tan sols volia preguntar-li com estava… Tan sols. Però he decidit girarme. Somriure’l un últim cop i baixar per les escales. He pensat en parar i tornar enrere i provar de jugar, una mica, amb distància, a veure què passava… Però he seguit baixant fins arribar a l’andana per esperar al metro. I he sentit un nen, d’uns 5 anys, que feia el que jo no m’he atrevit a fer. Cantava òpera, convençut, mentre sa mare li cridava l’atenció. Però el nen també era a l’andana, tampoc s’ha atrevit a fer-ho a prop del director, a jugar directament amb ell. Suposo que ja als 5 anys les reformes socials que anem patint comencen a ser efectives, comencen a marcar-nos distàncies, a poc a poc. I així acabem lluny de les escales mecàniques, lluny del que per mi, en tot el metro, en aquell moment, tenia vida pròpia.


Ultramarinos

por Pablo Poveda ilustraci贸n: Aida Mas, nastiplastic.blogspot.com


Croquetas. En la nevera sólo había croquetas, y un tarro de mayonesa que olía a vinagre. El sol calentaba sin mesura la bancada de la cocina-dormitorio que formaba mi apartamento de estudiante. Un primer piso enlatado. Apestaba a destilería y había vuelto a dormir con un polo azul que pedía el cambio. Tenía hambre, tanta hambre que hubiese sido capaz de masticar las migajas del sofá, pero no. En la mesilla quedaban unas monedas de la noche anterior, suficientes para pagar al mejor postor. Bajé a la calle en busca de algún comercio que estuviera abierto. Los domingos nadie trabaja y sólo puedes acudir a los ultramarinos o a los locutorios. Encontré una tienda, minúscula, a dos paralelas de casa, poco más amplia que mi piso, y con más mierda. En la puerta, un cartel de “Vino 24 horas” y un chino con delantal con cara de pocos amigos, de pocos pocos. (Hola, no me mires así que tengo unas monedas y vengo a comprar, no a robar) Abrí la puerta. -Clin-clanc -Clin-clanc Y sonaron las campanillas del techo. El asiático me clavaba la mirada mientras caminaba por su tienda. Me perdí por los pasillos embriagado con nombres como “tofu”, “udon”, sopa de tigre, o una bolsa de coles que al olerlas provocaba arcadas. Y seguía alucinando con el dueño ahí, impasible, hasta que vi algo entre los estantes. Aparté unas bolsas y me quedé boquiabierto, casi como Indiana Jones con el

arca perdida . Una morena de ojos azules con el pelo como Amelie, walkman en una cintura de aro de cebolla y una camiseta a rayas rota que mostraba sus pequeños pechos, vamos, un dulce de pastelería. Nunca la había visto por el barrio y en otras circunstancias no me hubiera fijado, pero la estética punk y las medias azules que llevaba, pusieron en marcha mi fábrica genital de testosterona. Me ponía enfermo aquel rollo francés protoanárquico, y lo sigue haciendo, claro. Filetes crudos, pan Bimbo y la seguí por detrás de la sección de limpieza hasta que llegó a la caja registradora. De sus auriculares salían los gritos de Joe Strummer y a mí me temblaba el pulso y lo que no era el pulso. Antes de abrir la boca ya imaginaba a los dos, a ella besándome, con su mano ahí abajo, cantándome al oído. Pues no, demasiado tarde. Despierto y se va. Intenté sacarle sin éxito información al dueño con barriga de Buda, cuando observé que la chica de medias se había dejado un ticket. Bastaron segundos para transformarme en el voyeur del bloque que le roba las bragas a las vecinas. Lamentable, pero saqué algo en claro, y no era la cara del dueño al verme reaccionar. -Umm- y leo -Compresas, dentífrico, papel higiénico, ¿¿aceite vaginal??, pan integral y unas chocolatinas. ¡Bingo! Suena la campana. La compra del estudiante. Volví saltando como un idiota, pisando charcos, como en “Cantando bajo la lluvia”, pero esta vez sin lluvia, y apestando a granja. Al subir a casa rayé el ascensor con la llave y dibujé un corazón. Abrí la puerta, me pegué una paja, y me olvidé de todo.


Los días siguientes despertaba a las ocho y me sentaba junto a la ventana a beber café y a fumar tabaco, algo habitual. Adoraba mirar a la gente que pasaba con sus vidas rutinarias y sus trabajos estúpidos. A veces les insultaba y me escondía para luego reírme. Otras saludaba y también me reía. Hasta que pasó ella. -Guau, qué fuerte- y me entra un cosquilleo. Mi recreo se convirtió en mi trabajo. Dejé las clases para dedicarme a fondo en saber más de esa chica, fumando y bebiendo. Esperando a que volviera a ocurrir. Lunes, miércoles y domingos. Tomaba notas a las horas que aparecía por la calle. Si aquí o allá. Con quién quedaba. Amigo o amante. Qué bebía en el café de la esquina. Vino de mañana, cerveza de tarde. Color favorito. Negro sobre morado. Y debajo qué, que si tanga o cuello vuelto. A veces me preguntaba si conocía a los Jam. El tiempo pasaba y yo ahí sentado. Las agujas corrían y la luz iba y venía. Y llamaba mamá – Que sí que estoy bien, que he engordado, que me cuido mamá, no, no iré a comer el sábado. Y tocaban el timbre – Lo siento Carlota, tengo que estudiar, no seas pesada. Y yo en mi ventana, trago ¡glup!, cigarro ¡buff! Modisco al sandwich ¡ñam! Eructo que repite a cebolla. Un miércoles, el timbre sonó, pero desde días, hacía oídos sordos a quién quisiera un segundo de mi tiempo. Escuché pisadas con gravilla que se acercaban hasta mi piso, y me acojoné un poco. Cuando giré la cabeza, alguien había pasado un sobre por debajo de la puerta.

La carta llevaba un matasellos a pintura de una escuela de arte. Me habían concedido una beca que pedí y me citaron para hacer el papeleo. En siete días estaría cogiendo un tren hacia Barcelona, o no. Y al mismo tiempo, la chica protoanarquista, la obsesión de mis obsesiones, mi amor platónico, desapareció como una flatulencia. Aguanté hasta el último domingo de la semana, pero ya no había amigos ni amantes, ni vinos de mañana, ni tangas y cuellos vueltos. Asumí la derrota y que posiblemente jamás la volvería a ver, que todas mis notas habían sido relaciones inconexas y que qué más daba si me iba a vivir a otra ciudad.

El tiempo pasaba y yo ahí sentado. Las agujas corrían y la luz iba y venía. Han pasado cuatro días desde entonces. Ahora espero un tren que llega en minutos, aquí, en una estación cochambrosa que huele a carbón y humedad, con una mochila roja que uso desde la EGB. Baño una galleta con saliva para que me dure más mientras dibujo al guardia de seguridad, que con ese bigote, podría ser el chef de un restaurante italiano. ¡Fuuu! ¡Fuuu! - Ahí llega mi tren. Mi futuro. La gente sale y yo entro. Maletas y personas que abrazan a sus familiares como si hubieran venido de subir el Himalaya, que a lo mejor sí. El vagón está casi vacío, así que cojo este sitio, que está solo, y pongo mi mochila en el asiento de al lado, quiero dormir, no quiero hablar con nadie. Miro por el cristal, y baja más gente, y no puede ser. Es ella, la chica de aspecto francés ha vuelto,


está ahí, a metros de mi ventana, con sus pechos pequeños y sus medias de color, con su carita de parezco inocente y en realidad soy una víbora.

el cristal como una babosa, como Jose Luis López Vázquez en la cabina, y la chica de medias cada vez está más lejos, y más, y la pierdo de vista... Y ella ni siquiera mira.

Y pam pam, se agita mi corazón, y sube hasta la garganta. Y siento que el estómago se me cae al suelo como si hubiera desayunado un yunque y no unas galletas. El culo se me derrite como queso Cheddar. Digo mierda, digo fuck y digo todos los sinónimos que me sé. Me bajo, esta vez tengo que bajar, le diré hola qué tal llevo semanas observándote, no, o mejor hola qué tal, y punto. Pero sigo tras la ventana imaginando escenas de cine francés en blanco y negro, y mi tren sale, y qué coño hago, no lo sé.

Vuelvo a mi asiento cabizbajo, dolido, angustiado, como si saliera del hospital tras ver a ese amigo que está casi vivo, casi muerto. Cojo mi mochila y la retiro del asiento, la pongo entre mis brazos y me acurruco en posición fetal. Oh my fuckin’ god, me pongo a The Cure en el iPod para lamentarme más.

Uno, dos, tres, respiro hondo. Allá voy, Barcelona tendrá que esperar. El vagón se ha llenado y el revisor viene a por los billetes. Ella sigue ahí, tecleando un mensaje en el teléfono -¿Será su amante?¿Y si me equivoco?-. Rápido que esto se mueve. Y entonces corro hasta la puerta, pulso todos los botones, clac, clic, cloc, pero no se abre. Forcejeo con violencia, maldigo al maquinista y a su madre.

Observo el paisaje y sólo veo casas de campo y pinos, muchos pinos. La azafata ofrece auriculares con su sonrisa forzada. Qué duro lo tuyo, qué triste lo mío, pienso. Escribiré un día sobre ti, querida. Minutos después, mientras lamo mis heridas como un gatito siamés, alguien se sienta a mi lado. -Hola... - susurra una dulce voz. Y un clavo me atraviesa el cráneo.

¡Ábrete sésamo! Las ruedas giran. Paren el tren que yo me bajo. Pero nadie para nada.

Qué cara más angelical. Y qué cuerpo de dieta, de tirar la comida por el retrete para mantenerlo.

Y grito, grito más, ¡Pum, pum! Golpeo el cristal, y una patada, otra - ¡Que alguien abra la puerta, por Dios! ¡Tengo que bajarme! - y nadie me oye, nadie me mira. Y toma puñetazo al cristal, joder qué daño me he hecho.

-No estés triste. Entiendo como te sientes. Mi novio me ha dejado antes de subir al tren.

La velocidad aumenta y una mujer me dice que me tranquilice pero le digo déjame en paz y hago como que lloro aunque en realidad no puedo, pero me gustaría. Me restriego por

-¿Tú también vas a Barcelona?- pregunta.

Abro los ojos, levanto la cabeza y lo que no es la cabeza.

Y se me pone dura. Saco papel y boli. Esto se pone interesante.


Velocidad por por Pablo Pablo Rivero Rivero Beni me enseñó a correr. Cogió mi mano en el primer recreo de nuestras vidas y me arrastró a toda velocidad por todo el patio del jardín de infancia. “Corriendo se llega primero a los sitios” me dijo. Beni y yo vivíamos frente a frente, en un portal sin lujos, con azulejos de saldo y aluminio, y olor a lejía. Beni nunca se planteó vivir en otro lado, yo sin embargo siempre tenía en mente abandonarlo. Los padres de Beni eran tan viejos que parecían sus abuelos. Iban al colegio a buscarle y de vuelta a casa no podían

seguirle, así que era yo quien volvía a su lado con paso sereno. Cuando salía del colegio, Beni corría desbocado al bar La Mina, donde echaba una partida al Galaxian, la máquina de los marcianitos, con los cinco duros que les quitaba a otros niños o que robaba en los bolsillos de las cazadoras y llenaba sin piedad la pantalla de banderitas. Al pasar frente al bar, antes justo de entrar en el portal, para que no le vieran, yo hacía alguna bobada del tipo: brincar, cantar, etc y la madre de Beni me pasaba la mano por el cogote maternalmente y me decía: “este chico, este chico”…


A Beni le costaba estarse quieto, y dormir, y comer, y veía las películas que ponían por la noche aunque tuvieran dos rombos. Veía “Cine Club” y “La Clave” y luego me contaba qué había pasado de camino a clase, con pelos y señales. A veces me invitaba a su casa y entonces su madre aprovechaba para compararle conmigo y advertirle sobre como me comía todas las lentejas y lo bien que usaba los cubiertos o como estaba sentado quieto en la mesa sin jugar a tirar los “airgamboys” en el vaso del agua. La madre de Beni estaba todo el rato con la misma cantinela: “A que en tu casa no haces esto, o no haces lo otro...” y Beni entonces me pegaba patadas por debajo de la mesa o me miraba con cara de odio hasta que su padre le miraba a él. Beni tenía todos los juguetes que anunciaban por la tele. En el pasillo y la sala era imposible dar un paso sin pisar algo, la mayoría los dejaba tirados por los rincones a los pocos minutos de usarlos y se olvidaba de que los tenía. Yo, asombrado, solía recogerlos y suspirar: “¡Guau, tienes esto!” y el me contestaba con indiferencia: “Ah sí, si quieres te lo doy” entonces esa era la manera en que yo salía de su casa, lleno de juguetes increíbles que mi madre me hacía devolver al rato avergonzado. No me gustaba comer en casa de Beni porque a mi me hacían devolver los juguetes y a Beni, después, su padre le pegaba hablándole de mí, y yo desde mi habitación escuchaba sus lloros y los reproches y la hebilla del cinturón, y aún siendo un enano, percibía todo un mundo de dolor a tan solo quince centímetros de mi cabeza. Quince centímetros, la anchura de un tabique de vivienda protegida.

Un día el padre de Beni murió, y al poco tiempo empezó a bajar la cabeza delante de mis padres y a quedarse callado en el portal, y en vez de estar sentado a mi lado en clase le veía por la ventana, sentado sobre el respaldo de uno de los bancos del descampado que había enfrente. Fumando en medio del invierno. Lloviendo sobre él como si fuese una estatua. Hablando con esos chicos a los que ningún padre nos deja acercarnos. Yo ya no volví a comer en su casa. Los viernes por la tarde escuchaba rebotar en la ventana las piedras que incansablemente me tiraba para que me asomase, y si era primavera y la ventana de mi cuarto estaba abierta, las piedras rodaban hasta morir a los pies de mi cama. Una a una, como las páginas de los libros que yo intentaba comprender. Entonces, se oía abrirse la ventana del cuarto contiguo, y la defenestrada voz de mi madre advirtiéndole de que ya nunca volvería a bajar, y de muchas otras cosas bochornosas que eran arrojadas a la calle sin ningún asomo de sutileza. Tiempo después sigo viendo a Beni cada vez que llego a la ciudad. En un semáforo oxidado. Moviéndose entre los coches con la misma rapidez con la que salía del colegio. Con un chándal pasado de moda y una cazadora de cuero tres tallas más grande de lo que necesita. Con el pelo grasiento y unos ojos vidriosos y velados en los que si tuviera el valor de mirar profundamente vería sin ninguna duda las banderas del galaxian. Mientras le suelto algún euro sobre sus manos sucias le digo: “deja esa vida Beni” y siempre me contesta que le ha dado tanto impulso que no ya no se atreve a saltar de ella.


Mi primer Clan por Miqui Puig


La escena es de los primerísimos ochentas. Puede que yo todavía ande con pantalones cortos que dejan entrever las cicatrices de pedales de bicicleta escapados sobre la piel de mis piernas. Una certera vuelta de tuerca sobre un carburador Amal reluciente y recién instalado. El golpe de muñeca de los artesanos que saben qué material manejan. A su alrededor observamos todos, los entusiastas. Se balancea la máquina para que la gasolina del depósito baje hasta llegar al invento. Con amor, con mimo, como todas las cosas buenas de la vida. El destornillador vuelve al bolsillo superior del peto de mecánico de mi amigo y maestro Miquel. Una patada, solo una, y el motor de dos tiempos arranca hasta lograr el sonido esperado. Bello y ruidoso. La cámara imaginaria recorre desde el centro hasta los alrededores a un ritmo justo, ni alocado (todavía los videoclips no mandaban en el imaginario) ni lento. Solo para no perderse las caras de satisfacción de todos, esas caras que he visto tantas veces, caras de amantes, de entusiastas, de clan. Caras de hombres que gustan de lo mismo y no les hace falta hablar. Lástima que el Odorama no exista, por que hay olores que ayudan a entender todo. El aceite quemado a un dos por ciento en motores de explosión es miel, es dulzón y ardiente a la vez. Más tarde en el tiempo, experimentaré sensaciones similares con otros derivados de la gasolina y ruidos que combinan graves encoje genitales con agudos estalla cerebros. Distintas fuentes para el goce cerebral, y similares. Puede que este fuera mi primer clan, mi primera afiliación a todas las cosas que vendrían después, puede que ya fuéramos una tribu urbana (en nuestro caso rural) antes de que los dominicales

del periódico se inventaran esa losa verbal. Allí se observaba y discutía sobre belleza, cuando la estética evolucionaba a pasos agigantados. En nada se pasaba de cromados a plásticos de formas imposibles. Se transformaba, se levantaba y bajaba centros de gravedad a antojo de las modas, de las necesidades. El motociclismo tenia glamour, ídolos de melenas lacias y novias con pantalones ceñidísimos. Tenia logotipos apetecibles, miles de ejemplos de memorabilia impactante. Futurismo con satinados y pegamento para lucir en carpetas o bicicletas que emulaban a sus hermanas mayores. Allí me enseñaron camaradería, allí me enseñaron rivalidad y valores. Jerarquías y amistades que conservo hasta hoy. Allí aprendí a brindar un martes cualquiera por la única razón de seguir vivos y disfrutar de pequeños placeres, como ajustar el manillar de una vivaracha máquina italiana de enduro, recién llegada en una caja de cartón que reservaba erotismo para unas cuatro horas, hasta que su sonido nos ha dibujado estas sonrisas de línea clara belga que os relato._Todo lo que vino después es solo mimetismo de esto, de mi primer clan, de mi primera experiencia en el asociacionismo emocional. Los mods, el grupo de música, los fanzines, los sellos, los clubs, las chicas, todo tiene que ver. La ética y estética de señores que comparten gustos, que difunden la palabra de lo que creen. Donde eran botas y barro, después fueron trajes y tupés. Donde se recitaban listas de canciones, antes se sabían clasificaciones. Unos hablaban del Rock-Ola y el Wigan, y mis pioneros peregrinaban a Assen, donde cada curva se divisaba desde un ligero cerro que regalaba cuatro más. Puro placer. Esto es tributo. Se lo debo, por lo que soy. Otro amante de la belleza que sabe quién forma parte de su clan y quién no.


El último baile de Barcelona por Miqui Otero

”No dejes de bailar, Dancing Kid. Vivirás más años” en Johnny Guitar.


Baila el indio alrededor de la hoguera y baila el vaquero cuando le tirotean las espuelas. Baila el explorador cuando las culebras serpentean entre sus pies (¡que te muerde los pies!) y baila un agarrado la pareja torpe en la habitación a oscuras. Baila el niño cuando descubre el sabor del Twix y baila el delantero justo antes del abrazo de gol. Baila la linda pija de provincias que da sorbos a su vodka con limón y baila el parado en la cola del INEM escondiendo la lata del Dia. Se baila para no llorar como se ríe para no llorar como se llora rara vez mientras se baila como se baila para no pensar. Y también se baila para celebrar que se está vivo cuando todo huele a salitre, horchata, Nivea y sol. La danza extática de Bali, “dancing is a way of life” en Wiigan, “Tracatrá” en la calle Carretas, “hay una fiesta en la Vall d’Hebron” y “la pista plena en el Centru Gallegu”, donde esas rumbas “incendian traseros” y escribimos versos con sus cenizas. Bailan también las ascuas del fuego. Baila el manaquín de cabeza roja en la rama y baila la adolescente delante del espejo del lavabo que antes cerró con llave. Baila el borracho del pueblo que roba los banderines de la cantina y baila “bailache Carolina, bailei sí señor, dime con quén bailache, bailei co meu amor” (y no lo sabe, pero va desnudo). Baila el bufón y si Luis IV bailara, se aburriría mucho menos. Baila el troglodita después de cazar el corzo y baila el monillo d’esquadra cuando se está meando y bailo yo con todos vosotros. Y baila todo bicho que esté vivo: porque para bailar no se necesita nada más que el espíritu y las ganas de bailar. “Cantando y bailando se manifiesta el ser humano como miembro de una comunidad superior”, dice Nietzsche, “Todos mis héroes saben bailar”. Tonto el que no baile. Ahora o en la siguiente canción.

Los pasos perdidos Dicen que en Barcelona ya no hay nadie como tú. Será porque en Barcelona se baila menos. Sin embargo, hay reductos inasequibles al desaliento. Hay clubs de swing que plantan un altavoz en la Barceloneta y hacen y deshacen marañas de brazos, y la sala Nueva Época abre sus puertas a los abuelos que buscan roce (osos cálidos a punto de hibernar) mientras suena un bolero de Moncho. El problema estriba en que poca gente sabe por qué se baila y qué se ha bailado en nuestra ciudad. Conocemos a los santos y santones de las placas y de las estatuas, sabemos quién trazó aquel plan urbano y qué cinco apellidos siguen pilotando esta ciudad robada al mar con golondrinas. Pero es importante saber qué pasos de baile gastaron nuestro suelo. Un ejemplo. Cada sábado por la noche, un hombre que ha consagrado su vida al servicio de la alegría del prójimo sale a escena en el Bar O Barquiño, a escasos metros de Els Tres Tombs, el bar donde Peret perdía su dinero asistiendo a las macedonias que se alineaban en la tragaperras y donde se dejaba aconsejar por mig amics. O Barquiño es uno de los pocos bares de la primera ola de inmigración gallega que aún no ha sucumbido al maletín chino. En su piso superior, Manolo Carrión reúne a los venerables saldos de aquel Barrio Chino que tanto bailó (y sufrió) desde el siglo XVIII y que se vio sepultado por el trazado de la Rambla del Raval, entre otras cosas. Con su impagable hit Trasnochador se cimbrean feligreses que jamás han renunciado al ritmo. Su temazo da paso a rancheras, taconeos, coplitas y boleros entonados por personajes que esconden secretos e historias improbables


pero no por ello falsas, sino fascinantes. Un fornido camarero gallego con una estructura ósea que envidiaría Copito de Nieve sirve generosas lonchas de jamón, raciones de pulpo y vino tinto peleón. Y todo ello me recuerda a la larga tradición de cafés-dansants y de todas las modalidades de garito para mover el esqueleto que aquí han existido. Cada vez que doy un trago mientras escucho sus canciones y las palmas de la familia de inmigrantes con dientes mellados que allí se congregan me asalta el himno que popularizara la cupletista La Chelito. Un himno a la diversión popular en el nuevo nido de farra de los hedonistas con menos posibles: Vino tinto con sifón (“Vaya usted al Paralelo, ni Chartreuse, ni Cointreau, sino vino tinto con sifón”). Lo mismo sucedía con las fiestas periódicas que gestioné entre amigos con mano temblorosa en esta ciudad: Our Favourite Club. No sé si mucha gente entendía por qué napias yo insistía en pinchar a Ramonet, al Chacho, a Chango Abellán o a Peret justito entre Wilson Pickett, Downliners Sect y McCarthy. La respuesta: porque me daba la gana. La respuesta: porque todo bicho viviente tenía más ganas de vivir. La respuesta, también: porque así ha sucedido en esta ciudad y en las localidades costeras para guiris durante décadas. La rumba como estilo yeyé para perder el rumbo, siempre ahí, tan nuestra, al ladito de los discos de importación de la Sexta Flota y de los cañonazos souleros que los marines negros cambiaban por besos en pensiones discretas y por lingotazos baratos en el Bar Cosmos de las Ramblas. Una noche hace ya muchos años estaba despachando canciones en la cabina de un bar de la calle Escudellers que en su

día regentó El Indio, el primer pakistaní barcelonés que abandonó las bombonas de butano para regentar una de las mecas de los punkis de la ciudad, cuando reparé en que habían puesto sillas y mesas en la pista de baile. La ordenanza municipal, me dijeron entre chupito y chupito, permitía poner música, pero no bailar. Me asaltaron unas ganas fabulosas de dramatizar con personajes reales el estribillo de aquella canción de Wauu y los Argghs: “Copa, raya, paliza”. Porque una ciudad que no baila es una ciudad muerta. Más en Barcelona, donde se entiende el civismo como un caso clínico de sumisión. El musical siempre ha sido el subgénero de la crisis y el colapso económico, así que ahora más que nunca hace falta bailar en esta ciudad podrida y fofa. Aún más si sabemos que aquí siempre se ha danzado de mil maneras. Que Barcelona es Bailarina.

Los pasos que nunca volverán Ahora basta con dejarse llevar por la música que sale de tus cascos y venirte arriba en plena calle haciendo el mono y haciendo el perro ante la mirada atónita de los transeúntes (¡Baile, mestressa!). Pero, amigos, aprovechadlo porque antiguamente, como explica Barcelona balla, de Ferran Aisa, sólo se podía danzar en los días del santo patrón o en el Carnaval, esas fechas en la que chocaban bajo el sol clases populares, estudiantes y nobles, si bien estos se reservaban para las francachelas de sus palacios. Es tan antiguo el movimiento rítmico en esta ciudad como sus prohibiciones. A finales del siglo XV ya vetaban que las mujeres se vistieran de hombres y al revés, si bien en


el Chino se celebrarían más tarde concursos sobre Miss Transexual en los albores del siglo XX. Felipe V también prohibió las farrazas en 1759, pero Carlos II las restableció. Se celebran bailes desde 1763 en el Teatro de la Santa Creu y en los gremios y huertos del Raval de una ciudad aún amurallada, un barrio que no era el pipicán de turistas beodos sino un lugar donde se daba trabajo a 80.000 obreros y hortelanos. En los huertos, en los Palacios y más tarde en los envelats con suelo de madera encerada, lona tapizada y lámpara de araña amenazante en el techo. También en las peñas lúdicas y en los bailes de máscaras y en los de piñata. Siempre se ha bailado. Con la caída de la muralla a mediados del XIX se inició la escalada de las clases pudientes hacia la parte alta de la ciudad, de la que sólo han vuelto a bajar para encarecer los alquileres de la zona baja esos ricos con alma de pobre, el equivalente a los banqueros que

hacen de albañil en casa con el bricolaje; el baile como pasatiempo morboso y no como forma de exorcismo. Poco se ha escrito de los saraos de aquella época. ¿Sabéis cómo tenemos constancia de que realmente existían? A través de los avisos de pérdidas en rotativos. “El día 13 por la noche se perdió en el baile que hubo en La Linterna un pañuelo blanco con cintas alrededor”, se podía leer en el Diario de Barcelona cuando la ciudad no había salido aún del siglo XVII. Y, como ahora con los macrofestivales o con los partidos del Barça, cuando se celebraban grandes danzas a las diez de la noche, el Ayuntamiento aseguraba que las puertas de la muralla cerraran más tarde para que nadie se quedara dentro, para que nadie se quedara fuera. Ahora, de vez en cuando, se baila en el CCCB. Bailamos, por ejemplo, en aquellas


jornadas de 2010 donde Extraperlo obró el milagro con Claustrofobia, Le Pianc le hizo coros a Kamembert, Tarántula brindó con La Trapera y Los Brioles, Mujeres se tajó con Gabi de Los Salvajes y mi tocayo y soulmate Puig defendió esa carta de amor a mi ciudad que es el disco de esplendorosas versiones Homenatge a Barcelona. Pero esa sede siempre ha tenido que ver con los cimbreos. Antes era la Casa de la Caritat, que proveía de alimento ya en XIX a 1.276 personas. Los bailes con fines benéficos no eran necesariamente entonces la celebración de la estupidez enjoyada, almidonada y de mitón (y con escoba introducida por el tercer ojo incluida). Habla Eduardo Mendoza en La ciudad de los Prodigios de La Patacada, un semisótano decimonónico en la zona de la calle Ramelleras. Allí se sorteaban relojes de oro y se hacían tableaux vivants y se destinaba la pasta a los menos afortunados.

Bailamos en el Novetats, el Romea, el Tívoli y el Olimpo (nombre de ecos modenísticos) y aceleramos los pasos en la plaza del Comerç con el estallido revolucionario de La Gloriosa, cuando los mongoles monárquicos fueron expulsados durante un ratito de España. En la calle Sitges, donde ahora compramos siete pulgadas de nothern soul al Geli en Daily Records, abrió el Ball Unión, con academia para los menos diestros. Los hortelanos y terraceros hicieron lo propio en el Huerto de Murlà, hasta que la caída de la muralla llevó el meneo con pocos posibles a los envelats que aún perviven. Envelats los había, incluso, en la Plaça Catalunya, donde alguien protestaba en la prensa de 1864 porque no se permitía bailar sin sombrero de copa pero sí con puro en la comisura.


La moda del vals en casinos y la de los cafés cantantes: pequeño escenario y copa en la barriada obrera del Raval y en la de pescadores de la Barceloneta, mientras los coros del Liceo interpretaban en el Casino Universal la (profética, irónica, macabra) Lo tres per cent. La Bella Otero, que quiero incluir en mi improbable árbol genealógico, se estrenaba en la Calle Escudellers (el callejón del punk de un siglo después), el Paseo de Gracia se convertía en el bulevar de la burguesía y el resto nos íbamos a otro espacio que nos legó Cerdà: el Paralelo. Flamenco, musichall, varietés de cupletistas de baja estofa y alto delirio. Los rincones de artistas y de artistas sin arte también. Explica Josep M. Lladó en el artículo Máquinas de danza en Barcelona, historia galante y económica de nuestras taxi-girls que esas chicas bailaban por un poquito de dinero o a cambio de la entrada: “Todos bailan: jóvenes, viejos, feos, guapos, simpáticos, antipáticos, elegantes, cursis”. Intrépidas chicas taxi, dice de ellas Manuel de Córdoba: “Si se totalizaran los kilómetros que han recorrido, se vería, con asombro, que llevan dada la vuelta al mundo”. Y de algún modo así era: onestop, tiperary, fox-trot y shimmy en los vermouts dansants y en los diner-dansants, que venían a ser la versión de 1919 de los Undergrounds de Mediodía. La vuelta al mundo en ochenta bailes. Barcelona, tierra también de Vichy Catalán y Cacaolat, tiene a gala ser la única que ha ostentado algo tan extraño y fascinante como un cabaret-lechería. En la Granja Royal, dentro del Hotel Oriente, ”se toman yogurts al cadencioso son de los tangos, se comen natillas con fresa y se oye el último

shimmy”. Aquí se ha bailado, incluso, a la hora de la merienda. De las salas del primer siglo XX habla Paco Villar en Historia y leyenda del Barrio Chino y también lo hace Avel.lí Andreu Artís en Els peus de Barcelona: “Desde los hoteles a las tabernas de Drassanes con nombres despistados como Ciencia y Arte en Fomento Republicà”. La Rumbera Eléctrica cantaba en la sala Bombay y las muchachas se emplumaban en el Teatro Romea, “cinco girls con los senos libertad”, como citaba Juan Marsé en La gran desilusión.

¡Bailad, bailad, malditos! Desde los años veinte se celebraban bailes de resistencia. Yo he asistido a bailes de resistencia sin premio final. A lo que parecían bailes de resistencia con lacasitos: fines de semana y maratones de diez horas seguidas sin stop (¡y subiendo!). Sin saberlo, algunos de esos allnighters podrían ser el eco de esos concursos donde se aspiraba a 2.000 pesetas por no parar durante muchas jornadas. En junio de 1927 llegaba a España el campeón mundial del baile de fondo: Charles Nicolas, capaz de mover el esqueleto diez días seguidos en el Teatro Talia con pausas solo de tres minutos para comer o beber. El rumor de que tenía un gemelo se extendió por la ciudad, sí, pero luego se desveló un secreto más emparentado con nuestros festivales. Artís confesó de estos concursos: “Hay drogas y más drogas. Aquí tenemos por ejemplo el extracto de coca… Tenéis que pensar que Charles Nicolas se la tomaba a cubos”. “El hombre es fuego, la mujer estopa y viene el diablo, y sopla”, decía la moral nacionalcatólica. El franquismo prohibiría por orden gobernativa nuevos


establecimientos y se vetaría en ellos llevar paraguas y arrojar serpentinas. Pero antes, en salas como el Mouline Rouge de la Barcelona, la ciudad en la que las fuerzas populares derrotaron a los golpistas durante un tiempo, las coristas salían vestidas de milicianas, con gorras rojas y negras y con flequillos con los colores de la bandera republicana. La época de Jorge Sepúlveda y también la de Antonio Machín, del que Casavella sospechaba tantos secretos. Llegarían los tablaos, el bárbaro del ritmo Benny Moré, la prohibición de La Dolce Vitta, la rumba, el estreno de The Glenn Miller Story, las tonadillas de Carosone, las fiestas de la Sexta Flota recibida con pancartas como “The girls speak english”, la prohibición en los sesenta de cantar

en los bares, los concursos de rocanrol en el Salón Novedades, la muerte de Cugat en el Ritz. También los guateques auspiciados por Acción Católica para unir a parejas de bien con la música y en casitas convenientemente controladas, el estreno en Ronda Sant Antoni de A hard day’s night, Torrebruno abriendo para los Beatles en la Monumental, todos los grupos que valen la pena subiendo por la calle Lleida para el concierto en el Palau dels Esports, la sala de rock Lord Black (“¡explosión psicodélica!”) en Montjuïc, el baile 007 James Bond, el swing, el surf, el hully gully y el zorba el griego en el Salón Novedades de Caspe. Incluso el Let’s Kiss, bautizado aquí como Yenka Esquimal porque se remataba con un beso de la pareja nariz con nariz. Y esto sería un buen final para este artículo si no fuera porque el final, en la realidad, ha sido otro.


De la sala Zeleste con el Gato, de la Discoteca Planeta 2011, del puto Bocaccio y del infame Up and Down (del mismo dueño, este último tratando la salsa como si fuera la peor meretriz y poniéndola en los oídos de invitados tan corruptos y deleznables como Mario Conde y Los Albertos y seguramente el rey) se ha escrito mucho y a veces hasta bien. También del estallido punk, y de su juego de las Sillas Musicales para buscar poltrona, cuando aún nadie se había percatado de que la Transición era un invento transfranquista para legarnos un país zombi: sin voluntad, sin futuro y sin pasado, en un alelado y eterno presente. También de las macrodiscotecas de bakalao en el extrarradio prohibidas por la Generalitat y de la muerte de Wilson Pacheco en ese triste hurto al mar que es el Maremágnum. Que no muera el baile de La Modernista Pero si algo deprime al que esto escribe es el caso de un edificio justo al lado de casa donde ahora me mira desafiante una especie de PC-City cutre (“en nuestro bar, ahora hay un Starbucks”, cantaban Astrud; tenemos que “acordarnos” de estas cosas, nos va todo en esa memoria). En 1891 se inauguró allí, en el cruce de Casanova con Sant Antoni, el Salón Casanova, gestionado por una asociación con un nombre tan bonito como La Serpentina. Pero es que luego tomó la nave de mandos otra de bautizo aún más feliz: La Modernista. La Modernista lo convirtió en el Grand Price en 1934. Allí se han celebrado fiestas populares, combates de boxeo, grandes acontecimientos antifascistas y anarquistas, festivales de poesía y conciertos con bandas de todo pelaje. Tuvo que ser un supervillano tan sumamente hostiable como el llorón de mierda Josep Lluís Núñez quien lo

derribara en 1973 para levantar allí uno de sus paganos templos miméticos, una de esas odas arquitectónicas a la idiocia y a la uniformidad de esta gran botiga que es nuestra ciudad, pese a que nos pese y pese a que la queramos tanto. Pero, como cantábamos en el arranque, sólo es preciso el espíritu y las ganas de bailar para poder bailar. Así que esta ciudad seguirá bailando. Como Ana Karina, aunque no tenga grandes esperanzas puestas en la contradanza, esperará con el corazón palpitante la mazurca. Por mis muertos que lo hará, aunque nos tomen por locos en las terrazas. Bailará porque a nadie se le puede prohibir que baile sin someterlo a porrazos o sin pasarlo a cuchillo. Bailaremos y para que nos entren ganas de bailar acabaría este texto con una canción: con Ja sóc aquí del Gato Pérez, con Soy así de Los Salvajes, con Insurrección de El último de la fila, con Palmeras del amor de Extraperlo. Pero como el papel no suena, prefiero hacerlo así: “Caminan lentamente sobre un lecho de confeti y serpentinas en la noche estrellada de septiembre y a lo largo de la desierta calle adornado con un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos: última noche de Fiesta Mayor (el confeti del adiós, el vals de las velas) en un barrio popular y suburbano, las cuatro de la madrugada, todo ha terminado (…) El remolino de confeti zumba bajo sus pies con renovado ímpetu, despliega sus alas níveas y les envuelve por completo, ocultándoles durante unos segundos: entonces ellos se buscan tanteando el vacío como en el juego de la gallina ciega, ríen, se llaman, se abrazan”. Últimas tardes con teresa, Juan Marsé.


Armadillos 1987 Kiko Amat


Éramos los chicos más pálidos de la playa de Castelldefels. Los chicos rebeldes, hace tiempo (o al menos eso creíamos). Duros, pero por dentro tan blandos: hierro y papilla, como armadillos. Haciendo todos los ruidos de animales enfurecidos. Pesamos 47 kilos, pesamos 64 kilos, Enfermamos y sanamos, intentamos beber jabón, café con sal, hicimos guerras de pan seco, de madrugada, hicimos guerras de cacas de perro, de madrugada, hicimos partidos de fútbol con latas de cerveza, de madrugada, dormimos en portales, suelos, debajo de puentes, trenes, metros, mansiones y pensiones, en comisaría, en la calle, en bancos y en bares, dejamos de comer por completo, comimos demasiado, falsificamos recetas médicas, recetas arrancadas de mesas de médicos de cabecera para comprar anfetaminas baratas en farmacias del Baix Llobregat, Tomamos tranquilizantes, tomamos estimulantes, tomamos lisérgicos, llevamos los pantalones estrechos hasta el punto que casi no podíamos sentarnos, los llevamos tan anchos que se arrastraban por el suelo, vomitamos ginebra en camas de muelles vencidos, mentimos, dijimos la verdad, nos rapamos el pelo al 3, una y otra vez, llevamos flequillo, llevamos patillas de pelo, de barba, de pelo otra vez, nos hicimos raya al lado, nos afeitamos la raya al lado al cero, tratando de imitar las fotos de los Four Tops o Desmond Dekker que colgaban en nuestras habitaciones, nos levantamos en sitios que no conocíamos, inundados por la sorpresa de seguir vivos, nos cagamos en los pantalones (varias veces), nos caímos en moto, nos caímos de la litera, nos multaron por mear en la calle, nos multaron por escándalo público, nos multaron por desacato a la autoridad, nos pegaron en la cara: policías, amigos, novias, enemigos y hermanos, bebimos cerveza, vodka, whisky, martini, gintonic, vino, té y café, orujo de miel, pacharán y ponche, nos montamos en Lambretta, de noche, con gafas negras, nos estrellamos en Lambretta, de noche, con gafas negras, y nos rompimos narices y piernas, tuvimos infeciones de próstata, hepatitis,


apendicitis, anemias, amigdalitis, nos rompimos tobillos, rodillas, muñecas, nos rompimos manos golpeando puertas a puñetazos, nos mordieron la pantorrilla, nos lanzaron escaleras abajo, nos rompimos labios y cejas y dedos y pies, fuimos al hospital con dos litros de sangre menos, nos enamoramos de chicas, chicas se enamoraron de nosotros, engañamos y nos engañaron, tuvimos gatillazos blandos y claudicadores, tuvimos erecciones de horas, triunfales, tuvimos novias rubias, morenas y pelirrojas, a las que creímos querer, y luego resultó que no, que no las queríamos, teníamos 17 años, y de golpe teníamos 25, y de repente 30, y sin avisar casi 40. Y mientras esto pasaba: nos echaron de clase, de reuniones, de bares y de mesas y de Ouijas, de partidos de fútbol y de partidos políticos, de periódicos y revistas y clubs y fanzines, de sindicatos y empleos, nos amenazaron de muerte, nos atacaron por la calle, nos enviaron cartas insultantes, hablaron de nosotros a nuestras espaldas, llevamos trajes a medida, destrozamos trajes a medida, llevamos zapatos baratos y caros, blancos y de colores vivos, nos abofetearon mujeres, resbalamos en pistas de baile barnizadas de cerveza, aullamos todos los insultos, nos arrepentimos, estuvimos orgullosos (porque el orgullo era algo que no podíamos permitirnos perder), nos mareamos en coches, autobuses, trenes y mesas, pinchamos discos, perdimos discos, robamos discos, nos subimos en montañas de discos y rompimos discos, y escuchamos cien millones de canciones, colgamos pósters, fotos y fotocopias en las paredes de nuestras habitaciones, nos helamos de frío y nos morimos de calor, llevamos uniforme, disparamos con fusiles, cantamos himnos marineros, lanzamos lepantos al aire, nos arrestaron durante meses, barrimos patios e hicimos camas y luego desfilamos, izquierda derecha, izquierda derecha izquierda Sí capitán, no mi capitán,


nos masturbamos cientos de veces, en calcetines, pañuelos, sábanas, los propios calzoncillos, al aire, a través del bolsillo de los pantalones, nos tatuamos: tigres y panteras, leones y superhéroes, juramentos y declaraciones de pertenencia, botas y tirantes, Peter Pans y Spidermans, “Todo o nada”, “Jóvenes para siempre”, Y una mano que emergía de un mar para chocar otra mano (la leyenda decía: “Salvado”), hicimos pactos de sangre, chocamos manos y dimos abrazos, nos dejaron, lloramos de pena, de alegría, de rabia y de miedo, nos pusieron los cuernos y pusimos cuernos, nos traicionaron amigos, nos mintieron, apuñalaron y difamaron, se nos murieron personas queridas, nos bañamos en varios mares, bebimos Xibecas en la playa mientras el sol nos arrancaba la piel, vivimos en otras ciudades, intentamos aprender a tocar la guitarra, y sólo conseguimos sacar “Blitzkrieg bop”, y en una mala versión, destrozamos a patadas cajeros automáticos, papeleras, señales de tráfico y barreras, pintamos proclamas en paredes, con sprays y con rotuladores, pintamos en paredes de lavabos y en carpetas adolescentes, nos sangró la nariz, llevamos anillos, llevamos calcetines rojos, pañuelos y corbatas, pillamos speed, pedimos dinero, prestamos dinero, nos quedamos sin dinero, salimos igual, nos amenazaron en trabajos, nos despidieron, nos mandaron a comités disciplinarios y al despacho del director, cantamos al llevar walkmans, cantamos por la calle, de viaje, en bicicleta, en scooter, dentro de un congelador gigante, bajo la lluvia, bajo la nieve, en tejados y en balcones, en todas partes, en todas partes cantamos, hablamos frente al espejo, bailamos frente al espejo, dormimos con bolsas de plástico al lado, mareadísimos, y dormimos vestidos, dormimos con los zapatos puestos, dormimos en traje, andamos durante horas después de haber tomado anfetaminas, vendimos anfetaminas, esnifamos anfetaminas (dolía un montón), tomamos pastillas anticonceptivas,


tomamos valiums, tomamos el medicamento contra la epilepsia de un amigo (pero no hacía nada), fuimos borrachos a clase, al cine, a cenar con nuestros padres, a citas con chicas y al trabajo, a la cama, limpiamos letrinas a manguerazos, nos persiguieron aquellos, nos atraparon estos, y los de más allá nos dieron patadas en el estómago en un párking desierto, nos lanzaron un ladrillo a la cara, aquellos, y nos cagamos en los pantalones (ésta era una de las veces) hablamos en clave, nos inventamos palabras, grabamos cintas con nuestra voz, grabamos cintas con canciones, grabamos cinta tras cinta, mientras las chicas seguían yéndose en masa con los deportistas, nuestra cinta en la mano y lengua en tráquea ajena, tiramos huevos, tiramos piedras a ventanas, disparamos a gatos, estuvimos en peleas (nosotros, perdiendo), llevamos pendientes, nos los quitamos, llevamos collares, nos los quitamos, nos pintamos con rotulador frases en el torso y los brazos, para acordarnos de una noche a la mañana siguiente y el resto de nuestra vida, nos echamos polvos de curry en la cabeza, nos echamos cervezas en el pelo, nos pusimos flores en la chaqueta, chapas y más chapas en la solapa, andamos sin pantalones por calles concurridas, nos tumbamos en medio de la carretera, todo para acordarnos de una noche, todo para no olvidar. Y mientras lo hacíamos, cantábamos. Para apartar del camino la tristeza, para vencer a la flaqueza, para ocultar la debilidad. Fuimos los chicos rebeldes, hace tiempo; o no, qué se yo. Chicos de los 80, chicos pálidos frente a la playa, cuerpos junto al mar, de cabeza al desastre, tropezando hacia el abismo, mal armados, malhablados, dientes en desorden aunque, ocasionalmente, clara la visión, duros y blandos a la vez: hierro y papilla, como armadillos. La piel curtida y mullidas las entrañas, devolviendo los golpes y escondiendo el dolor,


cantando todo el día la canción del armadillo, Nos enamoramos y desenamoramos, tuvimos mujeres altas y bajas, putas y castas, listas y tontas, de boca grande y pequeña, con buenas y malas dentaduras, ojos chinos y cabelleras escocesas, cabellos rapados y dedos hábiles, nos quedamos encerrados en lavabos de bares, en ascensores, nos quedamos encerrados dentro y fuera de casa, perdimos carteras, llaves, discos, ropa, dinero y chapas, la razón, la razón, abrimos y cerramos bares, llevamos portadas de disco al peluquero, nos moldeamos crestas con jabón, nos pintamos los ojos, nos disfrazamos de drugos, llevamos botas y bambas, rotas y enteras, pisamierdas, mocasines, botines, nos subimos al techo de coches en marcha, estuvimos a punto de matarnos (en coche y en moto) varias veces, se nos salieron ruedas en marcha, se nos cayeron tapas laterales en marcha, nos cosimos parches en chaquetas, nos arrancamos parches de chaquetas, llevamos parkas, tabardos y gabanes, bombers y Harringtons, tejanas blancas, negras y rojas, impermeables y abrigos forrados de lana de oveja, bailamos encima de mesas, hicimos surf en sillas, perdimos la voz, recuperamos la voz, hablamos como ranas con el cuello roto, escribimos letras de canciones, nos aprendimos letras de canciones, en el peor inglés, intentamos probar cada medicamento de un libro de medicina, por orden alfabético (¿Quién tendría esa idea?) Luego nos quisieron llevar al psicólogo, y tuvimos depresiones, nos zafamos de depresiones, magullados pero enteros, mentimos en el paro, mentimos en el trabajo, comimos una vez al día, ninguna, comimos cuatro veces, tuvimos sobredosis, achaques y ataques, hablamos durante horas, escuchamos durante horas, nuestras madres lloraron en nuestros hombros, nuestros padres nos levantaron la mano,


hicimos carreras de containers de basura, calle abajo a mil por hora, nos subimos a monumentos, nos subimos a motos en marcha, nos caimos de motos paradas, nos metimos en alcantarillas, meamos verde, naranja y amarillo, con olor a verdura, con olor a medicina, conocimos a la mujer de nuestra vida, la engañamos, humillamos, nos perdonó la mujer de nuestra vida, tuvimos hijos, nos dejamos perilla y luego barba, nos cortamos los tupés, aplicamos gomina a las rayas al lado, llevamos jerséis de cuello alto y bajo, de V y redondos, camisas con topos, rayas, cuadros y colores, tuvimos corazones de garaje y almas de negro, ojos psicodélicos y botas de 8 agujeros, pandilleros sensibles, brutos ilustrados, sin amigas, éramos sólo chicos, niños antiguos, haciendo piña, formando tortugas con la espalda, protegiéndonos del mundo y el dolor, a risas, a puños, a canciones, y por eso salimos con fiebre, bebimos con fiebre, pedimos pan de madrugada en panaderías, nos resguardamos de la lluvia tumbados debajo de bancos, en puertos lejanos, fuimos en barco, en barca, lanzamos sillas a piscinas llenas, lanzamos tiestos a piscinas llenas, nos bañamos de noche en piscinas, dormimos en la playa, vomitamos en la playa, intentamos follar en la playa, quisimos irnos y nos vimos atascados, maldecimos nuestra suerte y celebramos nuestra existencia, fuimos a putas, negamos la universidad, entramos en rectificadoras y cadenas de montaje, nos atacaron con navajas, palos con clavos, un bate, tochanas y sprays de defensa, nos salieron granos, eczemas, úlceras, manchas y pecas, robamos vino, blasfemamos, rezamos, nos volvimos ultralocos y luego, de repente, cuerdos, pensamos que nada tenía sentido y vimos clara la dirección a seguir,


pegando más fotocopias en carpetas, llevando chapas herrumbrosas, poniéndonos otros nombres, llamándonos otras cosas, rechazando nuestra herencia, fabricando una nueva tradición, una nueva estirpe, desvencijada y dolida, llena de cicatrices y tinta en los brazos, pero aún, quizás, por unos instantes, debajo de las farolas, con las botas brillando y el mentón limpio, durante solo tres minutos, heroica. Cantando por las calles, despertando a los vecinos, pasamos noches enteras sin dormir, estuvimos quince días sin ducharnos, nos duchamos dos veces al día, nos tiramos en traje a piscinas, fuimos a bodas y entierros, hablamos con cuerpos celestes, creímos morir y nos sentimos nacer. Y la verdad es que, si me preguntáis, no sé por qué hicimos muchas de estas cosas. Supongo que necesitábamos sentir que estábamos vivos.

Armadillos empezó en 1997 en Londres como semi-poema enumerativo, a lo “I remember” de Joe Brainard. Fue escrito como regalo para un amigo en apuros, homenajeando al “Plan B” de Dexys. En febrero del 2012 lo retoqué y entregué para Thorn.


Thorn Fanzine numero 1  

fanzine de papel.

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