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“La asamblea, como práctica, nos remonta a épocas donde la vida, y por tanto la palabra, estaban cargadas de comunidad. Comunidad obrera o campesina, guerrera o popular, guayaqui o hasídica. Siempre ha habido en las asambleas una teatralidad, un gregarismo, un panoptismo, juegos de influencias, de control, de hegemonía. Ahora no hay más que eso. Por eso son evitadas. De ahí que, allí donde no ha podido surgir una comunidad de lucha suficientemente amplia, las asambleas generales se mantuviesen sin relación con lo que pasaba en la calle. Inadecuada al pensamiento libre tanto como a la organización de la acción, ignorante de la amistad, la asamblea es una forma vacía, un simulacro bueno para todo y para nada. Frente a esta evidencia, en el transcurso del movimiento, algunos camaradas han llamado a desertar de las asambleas para formar bandas. Han opuesto asamblea a comunidad. Es un error. No se hace un llamado a la comunidad; ella sobreviene, tal y como se forma una banda, sin decisión previa. Si la palabra se vuelve vacía en las asambleas generales, no es a causa de los turnos de palabra, de las tribunas, de los burócratas, sino a causa de lo que vuelve los turnos de palabra, las tribunas y los burócratas posibles: la ausencia de toda comunidad entre los seres."


Frente a un panorama actual que resulta difícil de ignorar en lo que atañe a la vida universitaria, donde vemos que la gestión de la facultad, en consonancia con el proyecto nacional y popular, avanza sobre el movimiento estudiantil avasallando sus reivindicaciones y perjudicando nuestras condiciones de acceso y permanencia en la facultad, la organización y la lucha del movimiento estudiantil son claves a la hora de defendernos y atacar. Ahora bien, observando el desarrollo en el último tiempo, la reflexión acerca del grado de organización y las prácticas que nos definen como estudiantado resulta sumamente necesaria. Vemos que determinadas instancias de discusión y decisión propias del CEFyL, en lugar de ser tomadas como herramientas para la lucha, se convierten cada vez con mayor frecuencia en un freno; y en este sentido queremos hacer una crítica al funcionamiento actual de la Asamblea General del CEFyL. Nuestro planteo sostiene que la asamblea no esta sirviendo como espacio de decisión y discusión; queremos mostrar cómo ciertas prácticas impiden que la asamblea funcione como un espacio de base, horizontal, donde se tomen decisiones de manera realmente colectiva. Al mismo tiempo, reflexionar sobre las prácticas que cristalizaron en el movimiento estudiantil implica pensar un modelo de funcionamiento de centro de estudiantes que sirva como caldo de cultivo para la acción, por lo que es un doble proceso lo que está en juego. Hacer ésto nos permite pensar qué asamblea queremos para organizarnos, ponernos de pie y luchar.

El trabajo cotidiano en las comisiones de base del CEFyL, espacios surgidos al calor de las luchas en filo, entró en contradicción desde la toma de 2010 con las prácticas de agrupaciones tradicionales de izquierda e incluso con la forma de militancia y organización de la “nueva izquierda independiente”. Entre éstas, encontramos el papel que adquieren la conducción y la comisión directiva del CEFyL como espacios de decisión. Luego de la toma se impuso una lógica que, a través del trabajo conjunto comisiones-asamblea, asumió la responsabilidad política de transformar el centro, cambiar su funcionamiento. La suerte del gremio ya no dependía del


grado en que la conducción cumplía con su función, no se trataba de pensar en las faltas de la conducción sino en los límites del centro y accionar desde allí. Con esta idea construimos los espacios y las líneas políticas que rompan esos límites, que modifiquen de raíz las estructuras referenciando prácticas y no a la propia organización. La idea de espacios asamblearios que sean la forma organizativa desde la cual enfrentar a la gestión y al gobierno es clave en la conformación de una política unitaria. No negamos la disputa de las distintas posiciones al interior del gremio, pero éstas deben resolverse en estos espacios de base que son los que posibilitan el accionar conjunto contra el enemigo.

El (no) conflicto que atravesó el último cuatrimestre del 2012 nos sirve para ejemplificar los métodos que hoy en día han vuelto a determinar nuestro accionar como gremio. El proceso mencionado contó con varias decisiones que catapultaron los objetivos de Trinchero y el gobierno nacional a una victoria casi sin resistencia. Ante la imposición por parte de la gestión de un nuevo sistema de becas surgió un desacuerdo que resultó primordial. Las posiciones se dividían entre los que sostenían que había que pedir mejoras en ese sistema


(La Juntada incluso hizo “ad honorem” una campaña con las mismas consignas que las agrupaciones oficialistas y la gestión) y los que sosteníamos que el nuevo sistema era un ataque directo a nuestra organización, en consonancia con la política desmovilizadora del gobierno nacional, en tanto le quitó al CEFyL la capacidad de administrar las becas. Finalmente, y con votos diversos, se decidió no tomar una postura sobre este aspecto. Esta (no) decisión fue el inicio de una lucha que se abandonó antes de perderla. El desenlace del conflicto resultó regresivo por varios motivos. En primer lugar por rechazar tomar posición sobre el ataque de la gestión y el Estado sobre nuestra autonomía organizativa. No alcanza con denunciar al gobierno si no logramos desmontar en nuestros espacios las lógicas que nos impone. Por otro lado, entendemos que las mociones surgidas de las comisiones son la única forma de impedir la rosca. ¿Qué es la rosca? Es cuando dos o más agrupaciones arman una moción que los satisface pero no define nada en concreto para las acciones del conjunto. Cuando la moción sale de la comisión se conocen de antemano las posiciones entre las cuales decidir y el espacio desde donde se han planteado, que es abierto a todos. Al romper este vínculo se habilitó una asamblea de aparatos en la que el Partido Obrero y La Juntada se aliaron para impedir el desarrollo de la lucha por las becas y la organización de base de nuestro centro. Se re-impuso la asamblea donde importa más la agrupación o el partido que el conjunto, más la propiedad de la moción ganadora que una línea común, más la autoconstrucción que el golpe en unidad. La lucha por las becas fue una lucha por la democratización, por definir si los estudiantes seguíamos gestionando las becas con la plata que le arrancamos a la gestión o si cedíamos ese control a la camarilla de profesores. Durante OCHO asambleas sólo logramos generar UN día de toma efectiva de la facultad.


En el resto primó el pacto para no decidir y no actuar contra la quita de las becas. Al impedir que la asamblea sea un espacio de resolución de los estudiantes hemos logrado cerrar las puertas del único lugar donde no somos relegados en la participación. Se trata de sostener una asamblea que luche, con medidas concretas, o de adaptar nuestro centro de estudiantes al carácter antidemocrático de la facultad.

Como dijimos al principio, criticar el funcionamiento de la asamblea y ciertas prácticas implica criticar el funcionamiento del CEFyL tal como lo vemos hoy en día. Y esta crítica a la vez permite vislumbrar qué es lo que nosotros aspiramos a construir. Queremos construir un CEFyL que discuta por qué luchar, con qué objetivo, y de qué modo lo llevamos a cabo. Por ello, queremos una asamblea que discuta realmente. Frente a las prácticas que decantan en la autorreferencialidad y que devienen en prácticas representativas que refuerzan la pasividad, construimos espacios que habilitan otra lógica de funcionamiento. No pretendemos ocupar los espacios de poder que le dan la capacidad a una agrupación o frente de decidir en nombre del resto. Esta política representativa es la que impone una lógica delegativa entre los compañeros. Es así que se construye, todo el año y no solo en elecciones, la apatía general. Queremos que el trabajo cotidiano de las comisiones de base del CEFyL sirva como punto de partida para la asamblea, que puedan plantearse problemas, vincularlos y coordinarlos en la asamblea general, logrando que sea un espacio verdadero de discusión y decisión, y que se plantee una labor posterior, lo cual implica la realización de balances colectivos en el curso de la acción. Queremos una asamblea real apoyada en espacios de trabajo comunes y horizontales que inviten a la participación, en lugar de una asamblea de aparatos expulsiva y en donde la única posibilidad de intervenir se basa en levantar una mano después de la lectura


confusa de alguna moción aún más confusa, algo que no se aleja mucho de la simple delegación. Es momento de recomponer el vínculo entre las comisiones y la asamblea porque es la única forma de triunfar en nuestras reivindicaciones. La experiencia nos muestra que el modelo de centro de estudiantes que imperó en el conflicto por las becas nos juega en contra. No sólo al interior, fragmentándonos, sino que nos debilita en la lucha con el kirchnerismo en tanto no somos capaces de organizar respuestas que den cuenta de una unidad del movimiento estudiantil. La política es conciliación o antagonismo: aportamos a la construcción del aparato anti burocrático, entrando en disputa con las lógicas del “viejo” centro. Fortalecer la asamblea, lograr el tránsito entre los órganos de base y la instancia de decisión del gremio, es avanzar sobre el burocratismo existente.

La asamblea es una mierda  

Sobre las limitaciones de la asamblea actual y las lógicas de disputa al interior del CEFyL. http://laluchadorafilo.wordpress.com/