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Una vez más se pone en discusión, ahora a partir de la carrera de historia, cómo se gobierna en la UBA. La lucha por la democratización sigue vigente y su objetivo es, como si fuera poco, transformar la universidad, ponerla al

servicio de las decisiones de docentes, estudiantes y sus trabajadores y no de un minúsculo grupo de profesores, gestores y/o funcionarios que conforman camarillas que defiende sus propios intereses.

El régimen antidemocrático de la universidad se expresa en todos los órganos de cogobierno. Entre los que tenemos en nuestra facultad y nos son más cercanos están el Consejo Directivo y las Juntas de carrera. Por un lado, el Consejo Directivo es donde se toman las principales decisiones que hacen a la facultad como las modificaciones en el sistema de becas, concursos docentes, aprobar planes de estudio, entre tantas otras. Por otro lado, las juntas son los espacios donde cada carrera tiene la posibilidad de decidir sobre los asuntos y problemas que le atañen día a día: designación de docentes, programar la oferta de materias y de horarios por cuatrimestre, asignar funciones a los docentes y proponer jurados para los concursos. A su vez, es el espacio en el cual dar discusiones como la reforma del plan de estudios de la carrera. Sin embargo, actualmente, las juntas tienen una función meramente consultiva en tanto que sus resoluciones están atadas a la aprobación del Consejo Directivo o del Decano. Tanto en las Juntas como en el Consejo Directivo (así como también en el Consejo Superior y la Asamblea Universitaria) los estudiantes tenemos escasa representación, los no docentes carecen de todo derecho político y el 95% de los docentes tiene que votar en el claustro de graduados.


La lucha es una sola. Las juntas son tan sólo una representación antidemocrática de los que día a día formamos parte de esta facultad. Creemos que la principal fuente de mandato de las carreras no es un puñado de representantes sino el conjunto de sus estudiantes, docentes y graduados, reunidos en asambleas interclaustros, en grupos de estudio, de debate, discutiendo en las aulas, etc. La democratización, a su vez, hay que entenderla no solamente en las juntas, sino en el cogobierno en su totalidad. De nuestra facultad y la UBA en general. Democratizar significa que decidamos sobre la facultad los que le damos vida cotidianamente. Pero, la forma actual de cogobierno es un elemento completamente ajeno a quienes estudiamos y enseñamos todos los días en ella. Por eso, impulsar la democratización en todas las carreras no puede significar exportar la experiencia de historia a éstas. Eso sería desconocer los diferentes procesos y especificidades que atraviesan. Algo importante a resaltar del proceso de historia es que estuvo desligado de las discusiones políticas globales. Se centró en las cuestiones específicas de la carrera y terminó aislándose de otras luchas, tanto en la facultad (becas, edificio, acreditaciones, etc.) como en la UBA en general. Del proceso de historia debemos aprender de sus errores, no repetirlos y apropiarnos de sus aciertos para fortalecer la lucha y darle mayor fuerza. Los límites y contradicciones de la lucha por la democratización son evidentes. Aún para democratizar los espacios más cercanos (juntas de carrera, consejos directivos), necesitamos una democratización de hecho de la Facultad. Cualquier reforma que consigamos en estos espacios sólo puede ser entendida como consecuencia de un proceso previo, y no como el principio o culminación de éste: el poder no concede nada sin conflicto. Es una lucha de abajo para arriba, en una institución que funciona de arriba para abajo.


Si no decidimos nosotros… Este proceso de democratización que estamos emprendiendo también es una lucha por el acceso y permanencia de los estudiantes. Las famosas becas Jauretche y PNBU fueron aprobadas en el Consejo Directivo pasando por encima de las decisiones de los estudiantes e ignorando por completo las necesidades que tenemos para garantizar nuestro estudio (comida, viáticos, apuntes). Finalmente a partir de los recortes decididos por unos pocos, varios nos quedamos sin ningún tipo de beca (o becas que recién empiezan a cobrarse a mitad de año). Y esto es posible, en parte, por la actual estructura de co-gobierno que se asemeja más a un teatro democrático que a un real gobierno de estudiantes y docentes. Al mismo tiempo es el Decano (y la ex vicedecana Acuña) quienes asisten a las reuniones de la ANFHE (asociación de decanos que tiene como objetivo la autoevaluación y acreditación de los profesorados). De esta forma y sin consultar participan en un espacio que se propone cambiar nuestros planes de estudio y el perfil de graduado (pasando a tener una educación para el mercado), ignorando cualquier discusión democrática donde haya participación de todos los actores de la Facultad. La lucha por la democratización, pues, es la lucha para tomar en nuestras manos el gobierno de la universidad, para desarticular a las camarillas que a partir de la actual estructura de cogobierno motorizan las distintas políticas privatistas que padecemos a diario.

La miseria planificada. El 2013 se inicia con la perspectiva de un pronto proceso electoral con elecciones no sólo de directores de carrera sino también de decanos y rector. A la vez, la decadencia de la UBA persiste y se agudiza. La percibimos quienes transitamos a diario en la universidad: la descomunal cantidad de docentes ad-honorem (que en algunas facultades alcanzan casi la mitad de la planta), los míseros salarios de aquellos que perciben una renta por su trabajo, la política de cesantías masivas, los recortes de becas y las penosas condiciones edilicias. Consecuencias de años de ahogo presupuestario y ajuste sistemático que llevaron a la universidad a una situación de asfixia, agudizada por la escalada inflacionaria que siguió a la devaluación, que en la actualidad se agrava. Los actores políticos que permiten a sabiendas la crisis de la UBA son


las camarillas radicales y kirchneristas (por ejemplo nuestro decano Trinchero) que año tras año se adaptan a los recortes presupuestarios e impulsan políticas de recursos propios mercantilizando el conocimiento. La figura más representativa de esta alianza es el actual rector de la UBA, Rubén Hallú, que en 2006 y 2009 fue votado tanto por decanos radicales (Barbieri, Giusti, Mas Velez y la lista sigue) como por Trinchero y los decanos kirchneristas, en el Congreso de la Nación con vallado policial, impidiendoles la entrada a los representantes estudiantiles y reprimiendo la gran movilización de docentes y estudiantes.

La universidad que propone el gobierno nacional no es una universidad ni más gratuita, ni más cogobernada. Si aspiramos a democratizarla y a crear nosotros lo que nadie va a venir a regalarnos, es necesario volver a coordinar nuestras aspiraciones con la lucha y con la organización. La reconstrucción del movimiento estudiantil será la vía por la que esas aspiraciones podrán realizarse (para la universidad y para el resto del sistema educativo), pero también para que se instalen y prosperen otras aspiraciones, de revolución.


Democratizacion en filo