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2 OPINION • VIERNES 19 DE MARZO DE 2010

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a sociedad entera se conmocionó en días pasados por la ejecución masiva de algunos estudiantes de bachillerato en aquella sufrida ciudad fronteriza. De pronto se informó en todos los noticieros que en un domicilio particular de Ciudad Juárez un grupo de estudiantes realizaba una celebración deportiva y sin más consideración fueron ejecutados. Aquella era una más de tantas noticias de ese tipo que estremecieron y dejaron, además de tristeza por muchos días, rabia e impotencia por lo acontecido. Desde las Muertas de Juárez, tal vez la información relacionada con la violencia no había ocupado tanto tiempo los medios de comunicación. ¿Cuántos de aquellos antecedentes conocidos como las Muertas de Juárez siguen relacionados con la inseguridad actual?, ¿cuánto de aquella problemática vinculada con la muerte de mujeres, jóvenes desaparecidas, madres solteras víctimas de feminicidios horrendos se siguieron considerando para entender los problemas de ahora? ¿Qué fue de los miles de huérfanos de aquellas madres cuyos restos de pronto aparecían en medio de la maleza, o en los médanos del desierto se encontraban ropas y osamentas con muchos días de haber desaparecido?, ¿qué fue de aquellos niños en la orfandad?, ¿los recogió el gobierno?, ¿les dio estudio y abrigo?, ¿les abrió oportunidades laborales?, ¿qué sucedió entonces? Fue demoledor el impacto que nos provocó también en fechas recientes saber que varias personas que recibían apoyo en algunos centros de rehabilitación contra las adicciones fueron ejecutadas por gente desconocida. Incontables han sido los encabezados de periódicos y noticieros sobre enfrentamientos a plena luz del día entre las fuerzas del orden y grupos delictivos. Es la noticia que busca justificar con lo que denominan disputa territorial entre cárteles de la droga, que reclaman una plaza de tránsito hacia el mercado más grande de drogas, que es Estados Unidos, y por lo tanto, el más redituable. Tantas y tantas noticias en ese mismo tema son recurrentes de día y noche por todos los medios masivos de comunicación. Desde hace buen tiempo en aquella ciudad de la frontera no acierta una autoridad, partido político o dependencia a resolver sus problemas. Ciudad Juárez fue conformada por una sociedad que llegó de todas partes, seguramente con la esperanza mínima de encontrar nuevos derroteros y oportunidades de trabajo, ya no digamos de seguridad para hacer su vida normal, cuyo derecho humano es incuestionable y sin el que nada puede funcionar dentro de todo grupo social. Hasta el legendario José Angel Mantequilla Nápoles emigró a Ciudad Juárez, dejando de lado su fama y su gloria para enseñar las

Ciudad Juárez y el derecho humano de vivir en paz Catarino Martínez Díaz artes boxísticas, viviendo en condiciones de abandono, marginación y cuyo resultado fue la ausencia de pupilos porque tienen miedo de salir a las calles, quedando en riesgo hasta la sobrevivencia del otrora querido deportista por falta de ingresos. Quien fuera gloria del pugilismo nacional, y habiendo venido de Cuba hacia la ciudad de México, emigró rumbo a la frontera juarista, fértil en muchachos crecidos en las calles que sobreviven a punta de golpes, pero que ya no tiene manera de proveer los futuros campeones del mundo. Mientras el gran Mantequilla Nápoles vive presa de una diabetes que le genera todo tipo de consecuencias, hasta el abandono de su familia. Las imágenes conmovedoras de madres y familiares de los jóvenes e indefensos estudiantes de bachillerato ejecutados fueron tan impactantes, que en lo primero que uno piensa es saber qué o quiénes fallan en la complicada tarea de mantener el orden y la seguridad. Ha sido ese uno de los momentos más difíciles que el actual Presidente de la República debió enfrentar, luego de los comentarios tan apresurados, desafortunados y lamentables que hizo, auspiciados por las fallas garrafales de algunos de sus colaboradores que sin tener elementos relacionaron a los fallecidos con grupos pandilleriles de aquella ciudad. El sentido común nos hace pensar que aun cuando así hubiera sido, aunque se hubiera tratado de jóvenes integrantes de grupos y pandillas, el daño provocado por las palabras del Presidente ya estaba hecho. Las expresiones vertidas por el primer mandatario dejaron una sensación tan grave y discriminatoria en los dolientes de los jóvenes masacrados, como en el resto de la población, porque se entendió como si los grupos juveniles de identidad, llámense punketos, darketos, cholos, emos, góticos, maras, etcétera, no tuvieran derecho a vivir en paz, y su muerte en manos de grupos criminales encontrara justificación. Por fortuna se rectificó a tiempo, el secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, tejió fino para que se diera el encuentro entre el mandatario y las familias, terriblemente lastimadas por la muerte de sus hijos y por los comentarios de quien estaba obligado moralmente a asistirles. Las expresiones vertidas en el encuentro de desagravio fueron demoledoras para toda la estructura gubernamental, en todos sus niveles y en toda la circunstancia, incluyendo la política, porque de pronto se pensó que la visita del Presidente era para poner fin a la

violencia en Ciudad Juárez. Cuando hablaron las fuerzas vivas allí convocadas, como empresarios, organizaciones civiles y religiosas, ciudadanos y familiares de los fallecidos, aquello parecía de pronto un reparto de culpas, pareció de pronto el rescate político de los más capaces a costa de los menos audaces, mientras la ciudad literalmente, se deshacía en las manos de todos. Al presidente municipal de Ciudad Juárez le fue muy mal, al gobernador Reyes Baeza por las mismas, hasta se planteó como una medida de solución, desde luego política y mediática, el cambio de poderes de la actual capital Chihuahua para el antiguo Paso del Norte. La captura de algunos participantes en tan criticables hechos violentos se vio opacada por la información de que el verdadero autor de tan irracional atentado murió días antes enfrentando al Ejército mexicano. Ese presunto o cierto fallecimiento del responsable de la masacre juvenil dejó insatisfechos a todos. Si después de la visita presidencial ya no hubieran sucedido ejecuciones, levantones, extorsiones y hechos violentos, creo que el Presidente se hubiera erigido como el gran salvador de los juarenses. Si después de su presencia hubiera cesado todo acto de violencia, el éxito para Felipe Calderón Hinojosa hubiera sido contundente en todos los sentidos, porque la población busca quién le devuelva su tranquilidad, sea del partido que sea, de la ideología o religión que profese. Por desgracia las más recientes noticias sobre ejecuciones a media calle, asesinatos en bares y restaurantes, y ahora hasta la muerte de funcionarios consulares del gobierno norteamericano en Ciudad Juárez, echan por tierra todos los esfuerzos antes realizados. Todas las esperanzas de la ciudadanía liberan de culpas a algunos o los ubican a todos por igual, quedan en situación de ineficacia y desacierto todas las estrategias hasta ahora implementadas, seguramente de buena fe por el gobierno mexicano. Hasta las relaciones diplomáticas entre ambos países se ven afectadas y todo ello nos obliga a retomar algunos planteamientos originales. Quizá los últimos sucesos hagan reflexionar al gobierno del presidente Obama, quien en realidad nada ha hecho para contribuir a la solución del problema. El gran negocio de las armas viene de allá. Si antes los norteamericanos provocaban guerras por todas partes para dar salida a la producción de su poderosa industria militar,

ahora encontraron un mecanismo menos cuestionado, el tráfico de armas, un negocio que deja millones de dólares en ganancia allá, y miles de muertos y daños materiales acá. Esa incuestionable corresponsabilidad les empieza a generar muertos también a ellos, quizá eso modifique las circunstancias y obligue a que el gobierno de Obama intervenga y colabore con seriedad. Hasta ahora en ese perverso sistema de producción y comercialización armamentista de la industria militar norteamericana los gringos habían puesto las armas, nosotros y muchísimos países del mundo seguíamos poniendo los muertos. ¿Alguien de verdad puede creer que las aduanas y fronteras norteamericanas no tienen manera de atajarlo?, ¿la tecnología más poderosa del planeta es rebasada por los traficantes de armas? Eso no es creíble. Lo cierto es que dicha práctica les resulta altamente lucrativa y los tiene más preocupados por detener a los indocumentados, que van a ganarse la vida en sus campos agrícolas, que en detener el flujo de armas que acaban con la vida de miles de personas inocentes. ¿O será que tuvieron qué morir integrantes inocentes de la plantilla laboral de su consulado en Ciudad Juárez para que ahora sí presten atención a tan devastador e ilícito problema? Cómo desalientan los discursos de algunos funcionarios públicos o encargados de la seguridad cuando se pronuncian en situaciones de violencia irracional como ésta, frases expresadas a medio discurso como: “el gobierno no puede hacerlo todo sin la participación de la sociedad”; “hace falta que la sociedad civil se involucre más”; “los invito a que no le dejen todo el trabajo al gobierno”. Asimismo, “tenemos la certeza de que con la participación de la sociedad saldremos adelante en el combate contra la inseguridad pública”. De Vicente Fox quedaron muchísimas que por inverosímiles, y no por acertadas, pasaron al inventario anecdótico de los funcionarios públicos, ausentes de conocer y cumplir sus verdaderas obligaciones. ¿Qué no ha hecho la sociedad para que el gobierno atienda los problemas de inseguridad?, ¿qué ha dejado de hacer la sociedad, o qué más hace falta que realice?, ¿acaso le están pidiendo que conforme escuadrones de exterminio?, ¿o de plano le piden que se arme y en grupos de barrio, colonia o poblado hagan frente a la delincuencia? ¿No han sido suficientes los muertos y periodistas desaparecidos por denunciar todo tipo de irregularidades?, ¿qué es entonces lo que le falta hacer a la sociedad?, ¿no fue suficiente el llanto de las madres de los jóvenes muertos en Ciudad Juárez, en cuyo reclamo y desesperación desafiaron la presencia de nuestro mandatario?, ¿qué más se necesita?

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La Jornada Zacatecas, viernes 19 de marzo  

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