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MIÉRCOLES 11 DE ENERO DE 2017

• PUEBLA SOCIEDAD Y JUSTICIA

■ El presidente municipal mandó a cerrar la alcaldía gobernada por el PT

En Cuautinchan las personas huyeron al bosque ante el miedo de actos vandálicos CARLOS ROCHA

La paranoia que se sembró mediáticamente a nivel nacional con motivo de los supuestos saqueos que provinieron, luego de las protestas contra el aumento a la gasolina, espantó tanto al pueblo de Cuautinchan que en la víspera del día de reyes la alcaldía cerró sus puertas y algunos pobladores corrieron hacía el Cerro Partido para, incluso, pasar ahí la noche. Pareciera que la tarde del jueves pasado los pobladores del municipio de Cuautinchan estaban esperando a que algo pasara, algo como lo que se había repetido en las noticias de los medios digitales y así fue. Todo inició no en esta comunidad aledaña a la capital, sino en el municipio contiguo de Tepeaca, en concreto en la central de abasto. Eran las cerca de las 6 de la tarde, momento en el que los comerciantes estaban ya recogiendo su mercancía y sumando sus ventas del día, algunas camionetas apilaban sus productos para preparar su partida y regresar al día siguiente cuando se registró una corretiza dentro del gran mercado. Comerciantes entrevistados no tienen claro a qué se debió la carrera, pero la inercia de ver gente corriendo obliga a hacer lo mismo, dijeron. Más cuando los gritos de “ahí vienen” se repetían entre clientes, comerciantes, trabajadores, vigilantes y todas las personas que de alguna u otra forma

confluyen en esta central. Mientras pegaban la carrera no tenían claro por qué lo hacían, pero allí estaban. Tomaron lo que pudieron de sus puestos, de sus autos y negocios y otro tanto lo de-

RETIRANDO

jaron para correr. La sorpresa del momento los apresó y siguieron la corriente. Algunos entrevistados aseguran que vieron a hombres entrar a la central y que gritaron “ahí vie-

LOS ADORNOS NAVIDEÑOS

En el zócalo de Puebla ■ Foto Rafael García Otero

En San Miguel Canoa colocaron barricadas ante el pánico que generaron los saqueos La noche del pasado jueves el pueblo de San Miguel Canoa dejó claro que son un pueblo bravo que se defiende de lo que pueda llegar. Ese día, marcado por la paranoia de generaron supuestos saqueos en la capital del estado, de forma premeditada una voz habló en el megáfono que alerta a esta junta auxiliar: “Ahí vienen, vienen subiendo, ya pasaron la pista”. Eso bastó para que los comercios de la plaza pública de esta junta auxiliar cerraran sus puertas o bajaran sus cortinas. El anuncio casi esperado por la comunidad causó pánico, la gente corrió y se refugió en sus domicilios. El mensaje fue claro: “Ahí vienen”, revivieron algunos vecinos entrevistados que recordaron que la bocina de la comunidad es precisamente para dar anuncios concretos y de interés social. No faltó más que decir eso pa-

cedentes de la central de abasto de Tepeaca persiguiendo a no tenían claro a quién, pero al llegar al municipio vecino se repitió el mismo efecto que tuvieron ellos en su centro de negocios. Pero en Cuautinchan la paranoia fue mayúscula, pues además del grito de “ahí vienen”, que fue la constante en los dos casos, los pobladores vieron una serie de camionetas de carga apostadas en la entrada principal de su municipio. Sorprendidos, los oriundos corrieron y tocaron en las casas diciendo que habría saqueos como los que se habían anunciado en los medios digitales de comunicación y que se habían replicado en redes sociales, principalmente en cadenas de mensajes instantáneos de whats app. Vecinos salieron de sus casas y tocaron en otras para decirles que hicieran lo mismo. El pánico llegó hasta la presidencia municipal gobernada por el Partido del Trabajo, que también cerró las puertas y dio por terminados los servicios. Vecinos de Cuautinchán contaron que varias familias se dirigieron hacia la cañada natural que se llama Cerro Partido para resguardarse allí. Algunos aseguran que hubo familias que allá pasaron la noche por el temor que les provocó la presencia de camionetas de carga que al igual que ellos iban huyendo de algo que no tienen claro qué fue.

Clientes se quedaron encerrados en tiendas los días de los saqueos

■ Una voz en el megáfono anunció la llegada de vándalos

CARLOS ROCHA

nen”, luego los mismos que gritaron cuando vieron negocios abiertos y abandonados sustrajeron la mercancía que estaba a la mano mientras los propietarios corrían. Cuando los que corrían cayeron en cuenta de porque lo hac��an, se pusieron a pensar que podían defenderse ellos mismo de cualquier situación que los haya espantado, como ya lo han hecho. Al llegar casi al fondo del pasillo principal de la central y cuando estaban replegados, los comerciantes se armaron de valor y regresaron, también, todos en conjunto para perseguir a las personas que los habían azuzado. Para algunos, los incitadores huyeron en motocicletas y se retiraron hacia la capital del estado, por la vía de Cuautinchán. Armados de valor y otros de coraje, por las pertenencias que les sustrajeron, los trabajadores de la central subieron a sus camionetas siguiendo el rastro de los saqueadores que habían lanzado el grito de “ahí vienen”. Fue así que a Cuautinchan llegó una serie de camionetas pro-

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ra que la población se alertará, la iglesia estaba cerrada y por eso no se tocaron las campanas del pueblo, pero a diferencia de otras ocasiones, cuando los pobladores indígenas y mestizos de esta junta auxiliar de la capital se reúnen en la plaza, ese noche de reyes todos corrieron a resguardarse a sus casas. Después de unos minutos en los que nada pasó, pero los mensajes instantáneos de celular circularon sin parar y crearon un efecto de onda expansiva. Los pobladores decidieron salir, ahora sí, a reunirse en la plaza pública, como lo hacen cuando están esperando algo o preparándose para recibir a alguien. La noche de reyes del jueves pasado habitantes de Canoa desconocían a su invitado, pero tenían claro que querían estar preparados. Después de una breve asamblea en la cancha de la presidencia auxiliar los pobladores acor-

daron colocar las barricadas que ya casi tienen preparadas en la entrada a San Miguel, al ser de noche prendieron fogatas y un grupo de hombres con palos permaneció en vigila esperando alguien ajeno que pudiera llegar. Cuando las luces de cualquier vehículo alumbraban la barricada en señal de que iban a llegar al pueblo, los comunitarios revisaban a detalle quién venía abordo y hasta que se percataban que eran conocidos los dejaban pasar. Uno a uno eran supervisados los autos, pasó lo mismo con la última corrida de transporte público que llegó a dejar pobladores a la junta auxiliar de la capital. Todavía los guaridas preguntaban a los que procedían de afuera sí habían visto algo fuera de lo normal. Las respuestas eran ambiguas, pues en la ciudad de Puebla a la misma hora la situación era similar, todos estaban esperando a que pasara algo que nunca pasó.

“Ahí vienen”, fue el grito que despertó la paranoia en las calles del Centro Histórico de Puebla en la víspera del día de reyes. Como si estuvieran esperando ese llamado, los comercios bajaron sus cortinas en automático sin importar que ese jueves la gente estuviera adentro. El grito acompañado de jóvenes corriendo fue la chispa que encendió el pánico entre los comerciantes que temían que se registrara un saqueo, como el que había sucedió minutos antes en la tienda de Bodega Aurrerá, de avenida 11 Sur y bulevar Las Torres, y que se viralizó en redes sociales. Dentro de algunos comercios la paranoia se desbordó, empleados, dependientes y clientes habían quedado encerrados sin saber qué pasaba, como lo narró una mujer que dijo que hasta el día de hoy le dueles sus rodillas por los nervios que vivió. La tarde de ese jueves María Carpinteiro acudió a las tiendas de la calle 5 de Mayo en el Centro de Puebla para comprar un pans para su hijo único. Caminaba por el pabellón comercial cuando vio la movilización de personas entre puestos, jardineras, vendedores de globos y uno que otro policía. La inercia la hizo regresar a una tienda de ropa de la que había salido y en donde había cotizado precios. Apenas entró y la cortina del local bajó, guardias de seguridad privada dijeron que era mejor no salir y que tenían instrucciones de proteger la mercancía. Aunque no eran muchos los clientes que estaban junto con María dentro del almacén la crisis era generalizada. Los empleados sabían que algo podía pasar y se había comprobado con el saqueo de Aurrerá. Todos se volvieron uno al asomarse por las rendijas de la cortina de acero del local al intentar ver lo que estaban escuchando. Pitidos de silbatos, tránsito, corretizas, ruido de bolsas, personas que decían “¡vámonos!”, al solo poder escuchar los que permanecían dentro se imaginaban lo peor, aunque no tenían claro qué. Pasaban las 6 de la tarde y el barullo había disminuido, el policía del almacén abrió la cortina hasta la mitad y se inclinó para asomarse si afuera todo estaba bien. Parece que ya pueden salir, les dijo a los clientes. María y los otros salieron para que el almacén volviera a cerrar. CARLOS ROCHA


5472 - La Jornada de Oriente Puebla 11/01/2017