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¿UNA HISTORIA DE AMOR CUALQUIERA? Bueno, esta será, seguramente, mi última carta. Usted, transeúnte, que encontrará esta carta, la leerá y la esconderá pues el mensaje no debe ser revelado. Pero dejémonos de historias y vamos a la verdad. Como bien saben, me acusan de homicidio agravado en primer grado y tengo pena de muerta, la cual se cumplirá dentro de doce horas, treinta minutos y quince segundos. Yo no he matado a nadie, solo soy una víctima del amor ya que mi amada fue quien asesinó a esos hombres, por un simple empleo. Sé lo que estás pensando, sí, lo hice, me inculpe a mí mismo poniendo mis huellas en el arma y en sus cadáveres que aún estaban cálidos. Me dejé atrapar por ella, no solo por ella, sino también por mis dos hijos de menos de 2 años, mellizos, Víctor y mi princesa María. Ellos no pueden perder a su madre, pero sí pueden perderme a mí. Si desean un relato breve de los asesinatos, la historia es simple: acusaban a mi esposa de ladrona, la intentaron matar, ella solo se defendió, pero fue demasiado fuerte. Después de darse cuenta de lo que había hecho, se puso a llorar en mi hombro. Le dije: no te preocupes, tú no iras a prisión, y limpié todas las evidencias de que hubiera estado allí. Algunos dirán que es estúpido, pero no lo hice por amor. Esta es mi historia, un inocente que morirá a manos de un sistema tan corrupto como las propias mafias, pero no tengo opción, soy yo o ella. Lo único que deseo es que venga mi muerte tiene un hermoso lugar para verlo por favor misterioso lector no le digas a nadie sobre esto porque perder a su padre es algo pero perder también a su madre

Pierre la fállete preso numero 892 Carta encontrada por un caminante misterios el cual la publico retirando los nombres de su esposa e hijos como el preso hubiera deseado

Hugo Vergel

LA FILA -No sé si me recuerde, Augusto- Así se refirió a aquel amigo que se había encontrado en aquella fila interminable. -¡Hombre chamo! Como olvidarte, si hace poco que tú y yo éramos un par de carajitos tremendos que se divertían en la bonanza de aquel entonces- recordaba Augusto con una sonrisa que reflejaba la nostalgia que traía a su mente aquellos días de antaño. Estaba claro que compartían algo más que una fila interminable, y su conversación se hacía cada vez más reflexiva y generaba más melancolía entre los dos señores. -¿Tanto empeño para esto? ¿Acaso recuerdas aquellas tardes de oficios del colegio, cuando iba a tu casa y de manera tan cordial tu madre nos daba esas comilonas?Inmediatamente Augusto agachó su mirada. -Ahora no comprendo qué hacemos. Estudiamos tanto en la juventud y ya ni siquiera hay para darse aquellos banquetes que tanto alegraban nuestras vidas- Respondió Augusto, con voz entrecortada. -Seguramente, todo cambiará cuando deba cambiar, a lo mejor es necesario que la gente abra sus ojos dejando a un lado la ceguera que no tenemos, pero que ellos dicen que padecemos. A lo mejor, esto tenía que suceder para recordarle a mi Lucho, ese, mi hijo amado, que no debe dejar de tocar los instrumentos que le apasionan para perder su tiempo entre gritos y piedras en contra del régimen. A lo mejor, era necesario para que no me lo desaparecieran- Con las lágrimas a flor de piel, Carlos siguió –Ni siquiera ahora yo entiendo cuál es la revolución que vivimos. En ese momento los dos inconformes observaron el panorama, aquella interminable y desesperada multitud que coloreaba la manzana y media que rodeaba la calle gris, limpia, pero triste, de un abasto en el centro de Caracas. En ese momento a uno de los dos le dio por preguntar. -¿Por qué has venido, Carlos? – preguntó Augusto. -He venido por leche y huevos, ¿y tú? -Ya compré lo de mañana, solo que me han entregado mal las vueltos.

Juan Jose Sanchez LA HUELLA CALASANZ|PAGINA

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LA HUELLA CALASANZ ED 3 2015  
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