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¿Qué opina de la generación de hoy en día, esos jóvenes que nos vamos a graduar? ¿En qué nos parecemos y en qué nos diferenciamos de sus amigos y compañeros de promoción? ¡Demasiado profunda esa pregunta! (suspira). Yo diría, especulando, que no nos diferenciamos en nada. Pero ¿en qué sentido? En que uno solo comienza a hablar de las generaciones más jóvenes cuando se le ha olvidado lo peor de la generación de uno. En ese sentido, no podría decir algo al respecto. ¿En qué se asemejan? En la ilusión del futuro, en la sensación de poder abarcarlo todo con solo estirar las manos, y yo creo que eso es el tesoro de la juventud. Esa conanza en que es posible con sus compañeros abrazar al mundo para triunfar, transformar, mejorar, creyendo en el fondo del corazón que es posible hacer eso. Yo creo que eso es lo que hermana a todos los jóvenes del mundo. Hay una escena de una película, que se llama “La sociedad de los poetas muertos”, donde el maestro se lleva a sus estudiantes al hall donde tiene las fotos de todas las promociones que habían salido de ese Colegio y comienza a susurrarles al oído la voz de lo dicho por los que estaban en la fotografía, que era lo mismo que decían ellos en ese momento. Es esa sensación que nos hermana a todos de poder sentir que se puede conseguir, que se puede lograr, que se puede alcanzar… El qué varía de acuerdo a las generaciones, pero luchar por él nos une a todos. ¿Por qué decidió retornar al Colegio Calasanz a trabajar? ¿Cómo fue ese regreso ya no como estudiante, sino como servidor de la institución? (Lo piensa mucho, suspira y su voz se quiebra) ¡Señor bendito! Bueno, la verdad es esta: cuando yo salí del colegio, yo creí que mi futuro estaba en la Orden de las Escuelas Pías y entonces entré en la formación de los padres escolapios. Allí duré tres años, pero me retiré… Antes de graduarme, acá en el colegio había un programa que se llamaba “Monitorias”, las salas de computo se abrían a los muchachos en las tardes (no es como ahora que todo el mundo tiene computador en su casa). En ese programa, yo ingresé a los catorce años (cuando estaba en octavo) y para mí fue un apoyo inconmensurable el que me dio Jorge Serrano, gerente del Colegio hasta el año 2007, él me acogió, me recibió en el programa y empecé a trabajar en las tardes en el Colegio acompañando a los jóvenes en la sala de cómputo. Ahí comencé a aprender programación, me fascinaron desde un comienzo los computadores y aprendía de los otros monitores PAGINA

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HUELLA CALASANZ

que habían acá, dos muchachos brillantes llamados Juan Carlos Mendoza y Andrés Morelli, ellos se graduaron en 1987 y 1988, respectivamente. Ellos fueron para mí unos maestros, me enseñaron los rudimentos de programación, en n, todo. Yo trabajé acá en el colegio apoyando esos procesos hasta grado once y después me fui a la casa de formación. Después de tres años, regreso a Cúcuta sin saber muy bien qué hacer y así llego al único sitio donde había trabajado. Hablé con Jorge y me dieron la oportunidad de estudiar medio tiempo y de trabajar el otro medio tiempo, y desde entonces seguimos acá. Estamos seguros que de alguna forma su vida está marcada por Calasanz. El día que por alguna razón se despida de este plantel, ¿qué hará con su vida? ¿Cómo piensa vivir cuando deje de trabajar? El día que deje de trabajar, me imagino yo, es porque estaré muerto o me habré ganado la lotería, esos serían los dos escenarios. El día en que deje de trabajar acá en el Colegio, la verdad, no sé. Ese es el problema de una persona que ha trabajado en un solo lugar toda su vida. Que no es capaz de imaginarse en escenarios distintos y eso, en últimas, no es algo encomiable, eso es algo aterrador hasta cierto punto. Porque mire, implicaría un chantaje por un lado: “No sé qué más hacer si no estoy en el colegio”; “Ah, pues de malas, como la piraña mueca, vea a ver que aprende a hacer”. Me imagino yo que acompañaré desde lo que sé a las personas que lo requieran. Hay un dicho que dice “no se cierra una puerta sin que se abre una ventana”, así que, yo me imagino que cuando me cierren esta puerta habrá algún ventanuco al cual treparme para salir. Si pudiera hacer un álbum de momentos y experiencias vividas, ¿cuál pondría como el recuerdo más signicativo? (Analiza muy bien antes de responder) ¡Es una pregunta con trampa! Pero mire, cuando yo estaba en la casa de formación, nos veníamos de la universidad todos los días caminando por la circunvalar (Bogotá) y había un terreno baldío donde varias veces nos sentábamos a ver el sol de las cinco de la tarde, con los nevados recortándose al fondo en la sabana y los aviones que iban llegando y saliendo del aeropuerto El Dorado…(Piensa y se ríe) Yo creo que de los momentos pacícos en mi corazón, ese es el más signicativo. Hay una

LA HUELLA CALASANZ edicion 2 octubre 2014  
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