{' '} {' '}
Limited time offer
SAVE % on your upgrade.

Page 1


EDITORIAL El especismo es un término de connotaciones similares al racismo, que se define como «la discriminación de los animales por considerarlos especies inferiores» o «la creencia según la cual el ser humano es superior al resto de los animales, y por ello puede utilizarlos en beneficio propio». Antes de la concepción de este término, ya se sabía que la mayoría de los animales tenían un sistema nervioso complejo que les permitía sentir dolor, razón más que suficiente para condenar el maltrato animal. Sin embargo, fueron autores antiespecistas, como Peter Singer, con libros como Liberación animal (1975), quienes instalaron el debate acerca de la autenticidad de una jerarquía «natural» que pone a los seres humanos por encima de los animales. Una argumentación básica que pone en entredicho la tradicional afirmación de Descartes, que consideraba a los animales unos autómatas sin alma, manifiesta que es falso que los animales no posean cualidades como la racionalidad (véase la Declaración de Cambridge, que concluye que los animales no humanos tienen conciencia) o un lenguaje rudimentario. Y también afirma que no todos los humanos poseen estas capacidades, puesto que las personas con senilidad avanzada, discapacidad intelectual o los niños pequeños, carecen de estos atributos y no por ello se les niega un estatus moral o sus derechos inherentes, como el de la vida. Quienes defienden la superioridad del Homo sapiens como la especie superior, sostenienten que todas las especies vivas colocarían, si pudieran, la suya por encima de las otras por razones de mera subsistencia. Esto es radicalmente cierto. Sin embargo, si aceptamos, como postulan los defensores del especismo, que somos moral e intelectualmente superiores y que hemos transformado el mundo a nuestra medida, pasando de ser una especie indefensa a una de las más exitosas del planeta, quizás debiéramos poner estas capacidades al servicio del resto de los seres vivos, con quienes compartimos el planeta. Fue este mismo tipo de proceso de transformación mental el que acabó por abolir la esclavitud. Este es el primer número de La gata de Colette que se publica con el apoyo del Fondo del Libro, del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Es para nosotros un gran orgullo contar con este reconocimiento que, sin duda, ayudará a promover nuestra particular visión de los animales como protagonistas de las Artes, las Letras y la Ciencia.

Revista “La gata de Colette” Marzo de 2019 Publicación mensual Editor: Juan Calamares Corrección de estilo: Eglé Vera-Cardozo Directora: Pamela Gaete Diseñadora: Sofía Garrido P. lagatadecolette@gmail.com www.lagatadecolette.cl

CONTENIDOS Entrevista - José Maza

Cine de Culto - Reverendo Wilson

Entrevista - Alison Mandel

Literatura - Pablo Rumel Espinoza

Entrevista - Ernesto Garrats

Literatura - María PAz Pereíra

Derecho animal - Santuario Tía Clafira

Literatura - Ramón Díaz Eterovic

Derecho animal - TNR

Teatro - Julio Pincheira

Conservación- Nicolás Lagos

Opinión - Fundación Animal

Cine de Culto - Gervasio Navío Flores

03


entre v ista

José Maza, científico:

«Creo que el ser humano en los últimos cientos o miles de años, hizo cosas que no son muy loables con los animales» Por Luis Saavedra Fotografías por David Azocar

04

José María Maza (71) se ha transformado en una estrella pop en el casi despoblado cielo de la divulgación científica en Chile. Doctor en Astrofísica y Premio Nacional de Ciencias

Exactas, ha entrado en las letras chilenas por la puerta grande con su último libro, Marte: la próxima frontera (Planeta, 2018).


entre v ista

—¿Cómo es su relación con el mundo animal, especialmente con su perrita? —Aquí anda al lado mío. Es una perrita ovejera shetland, tiene ocho años y duerme arriba de mi cama o a los pies. Está todo el día aquí; uno le hace cariño y se da vueltas y vueltas. Así que, para mí, los perros son una compañía fundamental. A esta perrita, le da susto la calle. Puedo dejar el portón abierto y jamás osará poner un pie afuera. Antes tuvimos una collie por diez años. Fue un tremendo duelo de la familia cuando enfermó y falleció. —Como hombre de ciencia, ¿cuál es su sentimiento sobre la utilización de animales para el avance de la medicina y biotecnologías? —Es una pregunta complicada. Creo que el ser humano en los últimos cientos o miles de años, hizo cosas que no son muy loables con los animales, particularmente con los de laboratorio. Los han martirizado más allá de lo que la ciencia pudo pedir. En ciencias, es muy complicado experimentar en humanos; si uno cree que una pastilla va a aliviar a un mamífero como nosotros, probar qué alivio produce en otro mamífero parece lógico. Acabo de ir a una conferencia en Groninga, en Holanda, donde expusieron que estaban poniéndole chips en el cerebro a unos ratones, estimulándolos con colores y viendo cómo los percibían. La verdad es que ni pregunté cómo era el proceso. Me imaginé que les estaban metiendo en el cerebro un chip y eso me pareció demasiado brutal. Mi hijo es biotecnólogo y lo invitaron a irse a Estados Unidos, porque estaban probando maneras de generarle alzhéimer a los ratones para después ver cómo se les deterioraba el cerebro. Para mi hijo era una posibilidad atractiva, pero dijo: «Yo no estudié cinco años para dedicarme a matar ratones, antes muerto que dedicarme a esa cosa». Todo depende de cómo uno lo quiera ver. Pero creo que, en el mediano plazo, a los animales deberíamos dejarlos tranquilos. —¿Cree usted que volveremos a usar especies animales en la futura conquista del espacio, como lo hicimos con Laika o Felicette? —En este minuto, el horno no está para bollos como para mandar animales al espacio, pero, por otro lado, yo estoy convencido de que el Hombre colonizará Marte. Vamos a llevar gallinas y posiblemente perros y gatos, pero como las condiciones de vida en Marte son muy precarias, uno no va a llevar perros enormes que requieran gran cantidad diaria de alimento, porque tampoco tendrán mayor utilidad. Seguro que no llevaremos rinocerontes o jirafas, tenemos que llevar animales domésticos; posiblemente no llevarán vacas, porque no cabrían. Sí es posible que llevemos gallinas y cerdos, pero si lo hacemos van a ser parte de nuestro

equipaje más que conejillos de Indias. Por cierto, si queremos hacer una granja en Marte, tenemos que llevar abejas para que polinicen. Así que la colonización de Marte no es llevar lechuga y gente, es llevar todo un hábitat para vivir en armonía. —¿Conoció a Arturo Aldunate Philips, Hernán Olguín o Igor Saavedra? ¿Se siente heredero de la tradición chilena de divulgación científica? —Sentirse heredero sería una patudez, pero fíjate que, en 1964, en un ramo muy curioso llamado Introducción a la Ingeniería, mi profesor fue don Arturo Aldunate Philips (1902-1985), y allí leí libros de él, como Quinta dimensión (1958) y Los robots no tienen a Dios en el corazón (1963). Don Arturo era un gran divulgador de la ciencia, efectivamente. Ahora, él era ingeniero y tenía buena pluma. Los robots… era bastante adelantado sobre robótica y automatización. Estamos hablando de los años sesenta. Así que, en términos gruesos, me podría sentir heredero de esa tradición. Pero aquí en Chile, aparte de los ya mencionados, no hay una tradición muy fuerte. Ha habido grandes investigadores en distintas disciplinas. Igor Saavedra (1932-2016) era más un gran investigador antes que un buen divulgador, escribió solo uno o dos libros. Hernán Olguín (1949-1987) era un excelente periodista científico, tal vez el único grande que ha tenido Chile, pero no era científico. Yo creo que los tiempos están cambiando y están empezando a aparecer un grupo de divulgadores científicos, gente como Gabriel León y Andrés Gomberoff. León es biólogo y Gomberoff, físico, y están haciendo cosas muy interesantes, y ojalá continúe este esfuerzo porque yo creo que la llave maestra para que Chile se desarrolle es que toda la población sea lo más educada posible. Es fundamental, no solo para los ingenieros, sino para la gente en su vida cotidiana. Cuando uno utiliza una máquina como un automóvil, que parece bastante ingenua, si no se entienden cosas fundamentales de la física que está detrás, uno puede poner en riesgo la vida propia y la de los demás. Muchos accidentes automovilísticos ocurren más por ignorancia que por negligencia, entonces el dar a conocer conceptos elementales de la ciencia y la tecnología es algo que construye un mejor país. Desgraciadamente, Chile no ha sido generoso tratando de educar a sus ciudadanos. —¿Se podrían reeditar los libros de don Arturo? —Siempre vale la pena, pero, por otro, lado hay que ver el contexto; los libros que escribió eran muy buenos en su época. Hoy día no se van a ver como de frontera, sino más bien como reli-

05


entre v ista

06

quias. Yo encantado de que reediten, los de él y los de Desiderio Papp (1895-1993), que fue un grande de la enseñanza de la historia de la ciencia, pero creo que ya jugaron su rol. Son libros muy lindos de leer y sobre todo para un fanático de este tipo de cosas, como yo; para el gran público son anticuados. Es que don Arturo los escribió antes que el Hombre llegara a la Luna, y ahora estamos a punto de celebrar los cincuenta años de eso y es difícil que un libro suyo emocione a un niño de Chiloé o de Putre con la carrera espacial. Esos libros eran para motivar a jóvenes como yo, a comienzos de los sesenta, pero ya esos jóvenes nos transformamos en personas bastante maduras. »Todos los libros son lindos, desde El Quijote para adelante, pero yo creo que la divulgación científica, la razón por la que la hago, tiene que tener un aquí y ahora. Un libro de Stephen Hawking (19432018), o en su momento de Carl Sagan (1934-1996), estaba pensado para gente de una cierta estructura mental. Acá en Chile, pensamos un poquitito distinto y vale la pena hacer divulgación con acento chileno para que un niño se emocione. Cuando la divulgación la hace la gente de la Nasa y están hablando con inglés y subtítulos, el niño dice: «Ah, ya, sí, en otros lados hacen ciencia», pero creo que la ciencia, como dirían, con sabor a empanada y vino tinto, conecta con la gente. Por ejemplo, yo tengo una colega, María Teresa Ruiz, que cuando va a hablarle a las niñas, les dice: «Bueno, ustedes pueden estudiar ciencia». Las niñas ven en ella un modelo a seguir porque ha sido una mujer que estudió en el Liceo 7, en la Universidad de Chile, muy exitosa en su carrera científica. Creo que cuando los niños ven un chileno que fue uno más dentro del lote y que se dedicó a la ciencia, y que llegó a ciertos niveles de calidad en el quehacer científico, se pueden motivar por eso. Al hablar con un acento chileno, el niño se puede sentir mucho más identificado. —En el último tiempo, China ha dado novedades, como el módulo en la Luna, y ahora el anuncio de que construirá por sí misma una estación espacial. Esto rompe con el esquema de colaboraciones internacionales para proyectos

como estos. Si a esto le agregamos el ingreso de la empresa privada, ¿cree que estamos ante una nueva carrera espacial? —Creo que es muy probable y se están dando condiciones parecidas a las de 1960, cuando la Unión Soviética lanzó a Yuri Gagarin al espacio y los norteamericanos quedaron totalmente golpeados, porque se imaginaban que ellos serían los primeros. Entonces invirtieron una cantidad enorme de dinero para ser los primeros en la Luna. Ahora que los chinos están en la Luna con naves no tripuladas, podría ser que Estados Unidos se haya sentido tocado en su orgullo y compita con China. »China, en este minuto, tiene casi más recursos que Estados Unidos, pero tiene menos conocimiento sobre muchas cosas del espacio. Tienen mucho que aprender. La carrera es poner una base en la Luna y luego una base con colonización en Marte. Esta nave no tripulada que pusieron en el lado oculto de la Luna tiene bastante gracia, porque pusieron previamente un satélite de comunicaciones que la orbita y se comunica con la nave cuando anda por el lado de atrás. Después, cuando se mueve hacia adelante, se comunica con China. Creo que con otro golpe parecido de los chinos, Estados Unidos va a poner el pie en el acelerador y va a tratar de llegar primero a Marte. Aunque yo no soy futurólogo, me parece que en el año 2100 la primera potencia mundial, sin duda, será China. Y entonces, el asunto es ¿cuándo China tomará el relevo? Y puede ser que de aquí a cien años, sin ninguna duda, China sea más importante que Estados Unidos. Por ahora, Estados Unidos todavía puede alegar un primer lugar, entre otras cosas, sobre la tecnología de los viajes espaciales. —¿La carrera espacial tiene un lado negativo? —Claro que sí. Estados Unidos dice que quiere un ejército en el Espacio. Donald Trump piensa tener satélites con armas que destruyan misiles intercontinentales. Trump está interesado en tener armas defensivas que estén orbitando sobre el Pacífico; si viene cualquier cosa, lo detienen con un rayo láser o algún artilugio, como en la Guerra de las Galaxias; podrían destruirlo en


entre v ista

la mitad del Pacífico e impedir que alcanzara territorio norteamericano. Pero de ahí a pasar a armas ofensivas, siempre hay una delgada línea preocupante porque creo que hay una convención del uso pacífico del Espacio. Uno podría pensar en poner misiles interplanetarios en la Luna. Un misil puede llegar desde ella en dos días a cualquier parte de la Tierra. Uno la puede llenar de misiles nucleares, pero la idea es dejar la Luna y el Espacio fuera de la disputa militar. Aunque creo que eso está cada día más complicado porque Estados Unidos quiere un ejército de aire y uno de tierra; tienen la marina norteamericana que es enorme. Son cuatro ramas y ahora habría una quinta, que sería defensa espacial. Entonces yo lo veo con preocupación. —Hoy se habla de la colonización de Marte como el objetivo de las próximas décadas. ¿La Luna sigue siendo un objetivo fundamental para la conquista del espacio? —No, yo creo que no. La Luna es demasiado terrible. La temperatura en la noche puede ser de 200 grados bajo cero y eso mata a cualquiera. Es un lugar demasiado inhóspito. Marte es un paraíso tropical en comparación. Entonces, uno podría prescindir de ella. La gracia que tiene nuestro satélite es que uno puede llegar en dos días, y si algo resulta mal,

nos devolvemos. Pero es complicado viajar a Marte, porque uno se demora nueve meses. Así que lo que quieren es ir a la Luna, probar algunas cosas, ver qué funciona, y ya con el material bien probado, irse a Marte. »El día en la Luna dura treinta terrestres. Entonces, uno puede estar allí varios días. Si es de mañana en La Luna, y después de estar cuatro o cinco días probando cosas, uno se puede volver a la Tierra, pero si se queda un mes completo, la primera mitad del mes va a ser de día y la segunda mitad de noche, con una temperatura imposible de soportar. —En una entrevista, usted nombró el libro Viaje de la Tierra a Marte (1924), un cómic de Andrés Magré, que fue reeditado por Nauta Colecciones, y que cuenta las aventuras del profesor Plum y compañía en su travesía por el espacio. Si usted fuera el profesor Plum, ¿qué expertos elegiría para su viaje? —Buena pregunta, no lo he pensado. Yo me llevaría a alguien que entienda más que yo de biología y algún geólogo. Me haría acompañar de todo experto. Algo entiendo de los astros, pero no mucho de geología o de animales. Yo llevaría un biólogo y un geólogo. Con eso ya me sentiría acompañado. 07

¿Llegó el hombre a la Luna? ¿Ha servido de algo la carrera espacial?

¿Es posible viajar a Marte?

¿Por qué deberíamos seguir insistiendo en los viajes espaciales? Estas son algunas de las preguntas que responde el profesor José Maza en Marte: la próxima frontera, su último libro. En él, acompañaremos al Premio Nacional de Ciencias Exactas en una aventura a través de la historia de algunos de los proyectos tecnológicos más arriesgados y cómo ellos nos han llevado a despegarnos de la tierra, alcanzar la Luna y soñar con las estrellas. Con una prosa amable y cercana, el primer bestseller científico de nuestro país nos guía en un largo viaje que promete llevarnos al planeta rojo y también a un futuro en que no corramos los peligros que, como humanidad, hemos producido y parecen condenarnos.


entre v ista

Alison Mandel, actriz:

«Nos sentimos más conectadas con mi gata cuando en casa hay emociones fuertes» Por Juan Calamares del Mar Fotografías por Sofía Garrido P.

Alison Mandel (35) es actriz, guionista, comediante con vocación de narradora y una ferviente amante de los gatos, sobre todo de Muamia, la gata que la acompaña desde hace diez años. En esta entrevista nos habla 08

de qué significó crecer en una familia de artistas, de sus inicios en la comedia, del oficio de guionista, de su incursión en la narrativa y, sobre todo, de sus amados gatos.


entre v ista

—¿Provienes de una familia de artistas? —Mi abuelo paterno es pintor, pinta naturalezas muertas, fue incluso director del Museo Nacional de Bellas Artes y es una máquina de hacer cuadros. Mi tío es el conocido pintor Bororo que, al contrario de mi abuelo, pinta cuadros enormes y puede demorarse un año entero en terminarlos. Mi otro abuelito era actor, interpretó al señor Mandiola del Jappening con ja. Mi abuelita fue bailarina. —¿Vivir en una familia de artistas definió tu vocación? —Siempre vi arte y eso me permitió crecer de una manera distinta a la de los niños de hoy. Fuimos educados de otro modo. Vivíamos todos juntos: mis primas, mi tío Bororo, todos en una casona. No teníamos televisión y cada problema debía solucionarse de forma creativa. Eso influyó en mis decisiones. Ser artista es lo mejor que sé hacer, me criaron así. Si hubiera sido ingeniera me hubieran echado de la casa.

...Siempre creí que mi carrera sería distinta. Pensé que haría películas dramáticas, porque en la escuela me gustaba más el drama y las obras que escogía iban en esa línea. No pasó... —Alguien podría pensar que crecer en un entorno de artistas es una experiencia relajada, pero según cuentas hubo mucha disciplina. —Me doy cuenta que cuando mis hijastros hacen cualquier cosa, nosotros los felicitamos. Mi experiencia fue distinta. Si yo hacía la rueda, mi abuela bailarina me decía: «Pusiste mal la punta del pie». Fue una crianza más a la antigua, en la que uno debía resolver sus propios problemas. Yo tenía mucha disciplina cuando chica. —¿Esa experiencia fue fundamental en tu carrera? —Lo que más me ha hecho surgir en el arte

09 es esa autodisciplina. Eso fue muy importante en la escuela de teatro, a la que entramos ciento veinte y nos titulamos solo ocho. El talento es una parte de lo que uno tiene, el trabajo hace el ochenta por ciento restante. —Tu caso es distinto a otros, pues rápidamente entraste a la televisión. ¿Ese fue tu objetivo desde el comienzo? —Siempre creí que mi carrera sería distinta. Pensé que haría películas dramáticas, porque en la escuela me gustaba más el drama y las obras que escogía iban en esa línea. No pasó. Aunque mis mejores notas las obtuve con comedia, dedicarme a ella surgió de una adversidad. No tenía pega, me decían que era graciosa, y cómo en ese tiempo nacía el stand-up comedy, me propusieron hacerlo y probé. Me presenté con León Murillo y Jorge Alís. Ganábamos dos lucas por noche. Así que me iba en bicicleta al bar en dónde me presentaba, porque si me iba en micro me gastaba lo que ganaba. Me empezó a gustar el stand-up, lo pulí. Armé una empresa de despedidas de solteros en la que, en lugar de presentar vedettos, hacíamos stand-up. Luego hice una serie de comedia y no hubo vuelta atrás.

—¿Escribías tus guiones? —Siempre lo hago, soy guionista. He es-


entre v ista

crito guiones para la televisión. La gente me manda guiones para corregir. Tengo habilidades. Ese oficio también nació de la adversidad. Yo estaba sin pega y buscaban un guionista para Mega. Me preguntaron si conocía uno y yo dije: «Sí, ¡yo!». Pero era mentira. Además, siempre me fue mal en dramaturgia. Rápidamente, la misma noche en que dije que era guionista, tuve que aprender a escribir guiones. Luego escribí capítulos para la serie BKN, para Índigo, para Teatro en Chilevisión, etc., y así comencé a hacer crecer mis monólogos. —Luego te convocan a participar en la antología de relatos eróticos Cuentos para ir a la cama (Planeta, 2014). —La periodista Lucía López me convocó y escribí el cuento «Mi perfecto fracaso», que, curiosamente, está en la página 69 del libro... Es un libro muy interesante, porque se pueden apreciar las distintas visiones que tienen las mujeres sobre

el erotismo. Por ejemplo, mi amiga Carola Paulsen escribió su cuento mientras atravesaba un cáncer, por lo tanto, su visión sobre el erotismo es muy distinta a la mía, que era mucho más teenager. Algunas miradas más psicópatas, y otras que uno nunca pensaría que pueden erotizar a alguien, están en esos cuentos. —Uno de tus proyectos literarios es un libro en colaboración con tu tío Bororo. —En un principio fue un proyecto de monólogos míos ilustrados por Bororo. Ahora el proyecto mutó y serán historias ilustradas por Bororo. No hemos concretado aún, pero eventualmente lo haremos. —¿De quién fue la idea? —Mía, y cuando se la propuse a mi tío le encantó. Es bakán mi tío. No lo veo mucho, pero siempre me va a ver a los shows. Él aprecia el arte en todas sus facetas.

muamia 10

—¿Siempre tuviste animales? —Siempre. Desde chica recogí animales, perros y gatos. Mi mamá no era muy amiga de que tuviéramos animales, así que solo teníamos un perro. Por eso me decía: «Tienes tres días para regalarlos». Así que después de recogerlos los regalaba. Era una época distinta, los animales comían lo mismo que uno, las casas no se enmallaban, tampoco existía mucho la cultura de la esterilización. —Háblanos de Muamia, tu gata. —La encontré hace diez años, con su placenta y junto a sus hermanitos, que estaban muertos. Yo pensé que era un ratón y es que los gatos recién nacidos son muy raros. Mi expareja, que trabajaba con animales, pero con animales muy distintos, como zorros, le quitó la placenta. Después de eso yo no sabía qué hacer. Le di leche normal. De puro instinto la limpiaba. Ella lloraba. La gente me decía que la dejara morir, pero yo la seguía cuidando. Su mamá me miraba desde un rincón, pero ni se acercaba, así que un día le dije: «Yo la cuidaré». Y entonces, al día siguiente, la madre de Muamia se murió... Luego encontré una mamá nodriza que la atendió tres semanas. Ahí se le infectó el ojo y el veterinario me dijo que dejara que lo perdiera porque, al ser muy chica, los antibióticos le harían daño. Y esa es la historia de Muamia. Es arisca porque de chica la molesté mucho con remedios y alimento. Pero yo soy su mamá. —¿Te acompaña cuando escribes? —Me mira desde el sillón, lejos, pero siempre vigilándome. Cuando nos sentimos más

conectadas es cuando en casa hay emociones fuertes. Si una persona tiene pena o está feliz, Muamia estará con ella. Mi gata no es muy amiga de los niños, pero si ellos enferman, los acompaña. Es muy intuitiva. Estoy acostumbrada a ella, no puedo dormir, ni vivir sin ella. Es mi compañera. Cuando llegamos a esta casa, Muamia estaba donde mi mamá. Pero el día en que llegó, Pedro, mi esposo, dijo: «Ahora que ella está acá esto es un hogar». Y tenía razón.


entre v ista

amamos a los gatos porque son gatos —¿Cómo enfrentó Muamia el ser fotografiada para la campaña Master Cat? —Muy bien. Antes de grabar el comercial, la gente de Master Cat vino a conocerla para ver su comportamiento. Entonces decidieron que, durante la grabación, el equipo se quedaría en un cuartito y solo el director compartiría con ella. Le trajeron todo lo que le gustaba. Nunca se sintió invadida. De hecho, cuando durmió la siesta, nos fuimos a almorzar para dejarla tranquila. Fue muy interesante ver el nivel de respeto que se tuvo con ella. Se portaron muy bien y ella respondió a esa consideración. —¿Sientes que haces un aporte al participar en esta campaña? —Sí. Esta campaña me gusta porque el lema es «Amamos a los gatos porque son gatos». Y Muamia no es un gato típico de comercial. Es un gato real, tiene un ojo nublado, no ronronea. Es como muchos otros gatos que, al igual que ella, son ariscos o nacieron con problemas: sin colita, sin un ojo o son ciegos. Entonces, esta campaña muestra una preocupación por reflejar esa realidad. Es un aporte.

11

Los cinco libros favoritos de Alison Mandel

1. Ser feliz era esto, de Eduardo Sacheri (Alfaguara, 2014). No sé si es mi libro favorito, pero sin duda es el que más recomiendo. Es sencillo, con una trama muy sensible, tocada desde un punto de vista cercano. Es muy hermoso. 2. La historia interminable, de Michael Ende (Alfaguara, 1983) En este caso la película es tan buena como el libro. Nos muestra un mundo que se construye a través de fantasías y sueños y que desaparece si dejas de tenerlos. Es para leerlo cuando eres pequeño y a mí me cambió la vida.

3. Cuentos, de Hans Christian Andersen

Me encantan porque son tenebrosos. Explícitamente tenebrosos. Luego Disney los contó menos oscuros y más tontones. 4. Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago (Santillana, 1995). Relata la vida de la sociedad si un día todos quedan ciegos. Nos muestra cómo se comportaría esa sociedad, qué pasaría con las jerarquías 5. El atelier de los deseos, de Agnès Martin-Lugand (Alfaguara, 2015). No sé si debería estar en esta clasificación porque no es para nada uno de mis favoritos, pero como me cuesta hacer listas de preferencias, lo incluyo. Es un libro entretenido, liviano, divertido.


entre v ista

Ernesto Garratt:

«Para mí dice mucho que una persona ame o le guste un animal»

Por Marietta Santi Fotografías por Sofía Garrido P.

El reconocido crítico de cine, y ahora escritor, se conecta con lo luminoso a través de sus gatos, dejando de lado el escepticismo y la acidez que lo caracterizan 12

Ernesto Garratt Viñes (46) es un nombre conocido por cualquier amante del séptimo arte. Periodista y crítico de cine de El Mercurio, en 2012 publicó el libro Tardes de Cine (Ediciones B), donde repasa algunas de las entrevistas a grandes directores. Ha sido jurado en los festivales de cine de Moscú, Londres y Cannes, y tuvo el privilegio de ser convocado para escribir un capítulo del libro homenaje de los setenta años de este último. Sí, se codea con Brad Pitt, Viggo Mortensen, Nicole Kidman, Leonardo DiCaprio, Quentin Tarantino, Natalie Portman…La lista es larga.


entre v ista

Todo un star, qué duda cabe. Pero sencillo y tocable, algo mal hablado (algo, no piensen mal), que accede a interrumpir la cotidianidad dominguera de su casa para hablar de animales y literatura. Es que Garratt se sumergió en la narrativa y en 2017 parió Allegados (Hueders), novela basada en su biografía pero que toca otros géneros gracias a su acento fantástico y gótico. ¿La trama? Un talentoso joven chileno de diecisíes años, en el Chile de 1988, vive de allegado con su madre en la Villa Frei y escapa de esa realidad gracias a la imaginación. Un libro doloroso y honesto, pero también entretenido y jugado, que obtuvo el Premio Marta Brunet del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio a la mejor novela juvenil del 2018. Esta ópera prima ha recibido buenas críticas desde todos los frentes. Partiendo por Camilo Marks («Es un notable libro de comienzo a fin») y terminando con Patricia Espinosa («El relato es impecable, ya que no da aire a sus personajes, explorando con acierto en vidas clausuradas por la derrota»). Por su condición de allegado, obviamente, Ernesto no pudo tener mascotas cuando niño. Pero ahora, casado con una colega y padre de una niña de cuatro años, les ha dado espacio a los animales en su casa. Es así como su familia se expande a dos felinos: la tricolor Milú y el Gato Nuevo. Antes estuvo Preciosita, evocada intensamente en esta conversación. Tan parte de la familia son, que los felinos aparecen en un gran cuadro familiar pintado por el mismo Garratt —que ilustró Allegados, un dato no menor— y que preside el comedor de su acogedora casa. —¿Cómo había sido tu relación con los animales? —Ninguna, como buen allegado no podía tener mascota. La triste historia es que en la primera casa que tuve con mi vieja adoptamos un gato chico, pero el gato se le escapó a mi mamá, lo agarró un auto y murió a la intemperie, supertriste. Eso pasó a mis dieciocho o diecinueve años. Cuando fui viejo y grande, y odié menos al mundo, me dije «¡Qué ganas de tener un animalito!». Recuerdo que ya casado con la Naty, le pedí un PlayStation 2 para una Navidad. Me regaló una caja de las mismas dimensiones, pero la moví y sonó raro. La abrí y salió la Preciosita, mi primera gata, cachorra y llena de parásitos. Me enamoré de ella. Esa fue mi primera experiencia. —¿Cómo era Preciosita? —Hay gatos-gatos y gatos-personas. La Preciosita era gato-persona, ella estiraba los brazos como una guagua para que uno la tomara (Ernesto hace el gesto extendiendo sus brazos), cazaba polillas, pero pedía que uno la tomara para poder cazarlas. Poco después llegó la Milú. Ella ha sido siempre una gata-gata solamente. Maúlla y sabe que es gato, no tiene una inteligencia como persona y la queremos como es. Después tuvimos otro gato que es Toconó, que falleció tempranamente.

—¿De qué murió Preciosita? —De cáncer. Sucedió cuando llegamos a esta casa hace cuatro años, fue supertriste. Ella estuvo como hasta el primer año de vida de mi hija. Era un gran animal, superinteligente, el tipo de animal que uno dice es brillante. Me encantaría tener un perro también, pero dado el espacio y el ritmo laboral, creo que es más responsable tener un animal independiente, como el gato. A mi hija le encantan. Ella bautizó a Gato Nuevo. Lo traje del diario y ella dijo: «Oh, un gatito nuevo». Le pregunté cómo quería que se llamara, y me contesta que Nuevo. Lógica pura. —¿Qué descubriste de tu experiencia con los animales? —Quizás me gustó escribir novelas porque desconfío harto de la condición inhumana. Creo que hay mucha falta de humanidad en las personas, suena supercliché, pero es verdad. No creo nada en este modelo, ni en los líderes que tenemos, soy escéptico. Pero el contacto con estas criaturas, que son puras, no son más ni menos; como que en un campo superdoméstico, cotidiano y familiar, me ayudan a dejar de lado el escepticismo brutal que a veces me domina, y a conectarme con el lado tierno y luminoso de las cosas. Para mí dice mucho que una persona ame o le guste un animal. No es un detector de mentiras, sino que de buenas personas. —Hablemos de literatura. ¿Qué pasó después de la novela? ¿Te esperabas esa recepción tan buena? —No. Sabía que tenía una historia entre manos que no era fácil para nadie, hubo gente que dijo que esto debería ser solo hiperrealista y dejar de lado toda la fantasía, pero como tú ves en el cuadro que pinté (señala el del comedor) me gusta lo irreal, que la fantasía esté presente con cosas animalescas

13


entre v ista

14

o vampirescas. Quería juntar los dos mundos y era lo más difícil, nadie quedaba contento con esa mezcla, pero al final a la crítica y a los lectores les gustó. Llevo dos ediciones, estoy muy contento, pero cuesta mucho entrar en el mundo cerrado de la literatura. Es superendogámico, tiene sus propias reglas, es como la condición sine qua non de Chile. —Además, que tú eres el crítico de cine. —Claro, y no soy cuico. Y como no lo soy, más cuesta entrar. Pero lo bueno de ahora es que eso está cambiando, porque viene gente de distintas partes, como yo, que vengo del mundo del periodismo. La novela, con el premio, la crítica y la segunda edición me ha dejado contento, con ganas de seguir publicando y escribir. Sigo escribiendo. —En todo este camino, antes de lanzarte como novelista, ¿estuviste haciendo ensayo y error de tu novela o no te decidías a escribirlo? —Jamás pensé que iba a escribir una novela, a lo más que iba a escribir un guión, que iba a hacer un cortometraje o algunas pinturas. Nació mi hija y quería explicarle por qué algunas personas le van a decir que yo estoy loco, que soy resentido o que puedo tener una visión que no se acomoda al orden neoliberal nazi que hoy impera en Chile. Quería explicarle a ella, y a quien quiera leerlo, que crecer con ningún recurso en este país aún es la condición de millones de personas. Eso es difícil de asimilar en un país donde muchos esconden sus orígenes pobres, para aparentar algo que no son. Es un fenómeno extraño y singular. Entonces, yo quería exponerlo y estar orgulloso de mis raíces miserables. —¿Te fue fácil o difícil? —Muy difícil, es agotador escribir de eso. Es

como: ¿quieres volver a una pesadilla todo el tiempo? Fueron tres años y medio de estar en una conexión en carne viva con mis peores recuerdos. Creo que por eso a la gente le ha gustado la novela, porque es supercruda, sin concesiones. Siempre me preguntan «¿Tú viviste eso?». Y yo les contesto que no, que viví cosas peores. Entendí que tenía que poner luz a estas sombras para que la gente terminara de leer el relato y lo sintiera entretenido, a pesar de lo rudo que es. Sé que tengo algo que contar y quiero contar otras cosas. En el fondo, lo que más me gusta es ayudar a instalar la idea de que en verdad hay mundos que este modelo ha invisibilizado. Si aún hay un millón y medio de familias allegadas en Chile, ¿sabes cuánto es eso si lo multiplicas por tres? Cuatro millones y medio de personas. Y que las discusiones político-sociales estén instaladas en un terreno como si este país fuera Suecia o Dinamarca, es la indolencia máxima. Como si fuéramos las mascotas de estos señores feudales. Puede parecer discurso de lucha de clases, pero creo que es tan ofensivo el sistema, la manera en que somos tratados los chilenos. Yo tengo suerte, pero hay gente que no. Eso es lo que quería escribir en la novela, desde la rabia, desde el odio, desde la completa e inmisericorde posición del desvalido. —Además, esa temática escasea en la literatura chilena contemporánea. —No me interesan mucho los temas de lo que se escribe. Siento que la mejor literatura en Chile está en la novela gráfica, en creadores como Carlos Reyes, Christiano, Gabriel Rodríguez, Félix Vega. Siento que ahí están las mejores historias. No recuerdo haber terminado recientemente un libro de literatura chilena, joven o vieja. Yo respeto a los creadores cuando terminan algo, pero hay más autenticidad en la novela gráfica. —¿Pero algún referente literario tendrás o no? —Sí, pero viene de ese mundo, del gráfico, como Alan Moore, Grant Morrison, Neil Gaiman, que mezclan cosas hiperreales con fantasías. Lo demás tiene su valor, pero no puedo enganchar con eso, lo encuentro en sintonía con alguna ilusión o espejismo del que yo no soy parte. Estoy muy pendiente de lo que pasa en ese ambiente en Chile, o sea, el de Pedro Peirano, Fernanda Frick y tantos más. —¿Cómo sigue Allegados? —La trilogía ya la escribí, estoy esperando que la publiquen no más. Creo que la segunda parte va este año y la tercera cuando estimen. Ahora estoy dedicado a escribir una novela cómica, que es como la consagración del error. Solo quiero tener tiempo para terminarla. Quiero reírme un rato. La trilogía tiene humor, pero quiero hacerlo más chistoso, ese humor chileno que es más cansino, más triste, pero que no deja de ser absurdo. ¿Te has fijado que leer a Eugène Ionesco y conectarlo con la chilenidad no es nada complicado?


Date un respiro

IA SUP E

OR

N

LA

PE

CO

FreshPlus &Light

SO

EF

I

C N E

RI

IC

¡Mantén tu hogar oliendo a hogar!

MIT D DE A

L


derec h oo ani m al

La historia del Santuario de la tía Clafira

Un oasis en el desierto

Por Juan Calamares Fotografías por Sofía Garrido P.

A ella siempre se le ocurrían ideas para colaborar con el grupo: rifas, ventas, todo tipo de actividades. En aquella época pololeaba con Gabriel, su actual pareja, y adoptó una perra a la que llamó Gabriela. La perra dormía entre ella y Gabriel, en una cama de plaza y media, con la cabeza apoyada en la almohada. Tenía pesadillas y se orinaba. Pese a eso o, quizás, gracias a eso, estableció una relación de afinidad muy especial con Gabriel. 16

Gabriela se fue a vivir a la casa de Gabriel, pero como se comía las plantas tuvo que regresar

con Carla. Como allí también hacía travesuras, Carla decidió llevarla al refugio de la organización en la que participaba. Le dijeron que no podían recibirla. Entonces Carla se quedó con Gabriela y decidió crear su propia agrupación. Tenía dieciséis años y era la mayor de su grupo, compuesto por otras jóvenes. Durante los tres años que duró la organización, esterilizaron cerca de quinientos perros, aparecieron en el diario y fue la única agrupación animalista invitada a la Expo Mascotas de la Quinta Región. En el año 2012 se produjo un incendio en Viña del Mar y Carla, con seis meses de embarazo y a punto de entrar a la universidad a estudiar veterinaria, partió a las poblaciones afectadas por el siniestro. Sabía que no podía rescatar gatos y perros pues en su casa ya había demasiados, pero estaba dispuesta a llevarse algún animal de

Fotografía por Santuario Clafira

Carla Correa, una de las fundadoras del Santuario de la tía Clafira, de niña no tuvo animales, pero en la adolescencia participó en una organización que rescataba gatos y perros.


derec h o ani m al

granja. Encontró una pata con un miembro fracturado y la membrana interdigital quemada por cigarrillos. La llevó a su hogar y la cuidó. Entonces decidió adoptar un cerdito bebé. Coincidió con que la organización EligeVeganismo acababa de rescatar uno y Carla postuló para adoptarlo. Se lo dieron. Aquel día, cumplía años Carlos, su padre, así que Carla, al llegar a la casa de este con el cerdito, le dijo: ¡Sorpresa! Y entonces el cerdito se quedó a vivir allí. Carlos fue abandonado cuando tenía un año de edad y fue adoptado por su tía-abuela, Clasfira (no Clafira, Clasfira), una mujer de campo, muy bondadosa, que acostumbraba a invitar a los niños desvalidos a almorzar en su casa. No solo ayudaba niños, sino también animales. Y en aquella época tan estructurada, los años cincuenta, permitía que el padre de Carla tuviera cien conejos, cien gallinas e incluso que durmiera con un caballo en su habitación. El padre de Carla amaba a los animales. De joven, durante una celebración —de aquellas de campo, que duraban días— vio cómo mataban un cerdo. Él intentó impedirlo, y por eso tuvieron que enviarlo a vivir a otro sitio por un tiempo. En otra ocasión, se enfureció tanto al ver un viejo golpear un cerdo con un combo de construcción, que a los pocos segundos era él quien le pegaba al viejo. Por aquellos tiempos existía la perrera y con una onda se dedicaba a dispararle a los operarios para salvar a los perros. Y pese a que vivían en la estrechez económica, su tía Clasfira le proporcionaba todo

tipo de atenciones y siempre le daba el gusto. Cuando Carla llegó a su casa con el cerdito bebé y le dijo a su padre sorpresa, este no tuvo más remedio que aceptarlo, pues le brindaba a su hija el mismo trato que había recibido de su tía Clasfira: siempre darle el gusto. No solo los unía eso, también lo hacía el amor por los animales, que se había transmitido de generación en generación. Luego de adoptar el pato y el cerdo, llegaron otros animales, como una yegua de nombre Pancha, a la que le habían dado un machetazo en la cabeza. Cuando Carla se enteró de aquello, fue a buscarla junto a su padre y Gabriel. Carla les temía a los caballos, pero su padre sabía cómo tratarlos pues había aprendido a hacerlo de niño. Carlos acarició a Pancha, le habló y luego la subió tranquilamente a la camioneta. Hizo el camino de regreso a escasos diez kilómetros por hora para que la yegua no se asustara. Ahora los animales vivían en la fábrica de panderetas del padre de Carla, un terreno espacioso en donde les habían permitido mantener animales, y que pronto llamaron Santuario de la tía Clafira, en honor a la tía-abuela de Carlos. El refugio fue creciendo: las personas que acudían a ver a los animales pagaban una cuota voluntaria para acceder y así ayudar a la causa. Todo iba viento en popa hasta que les dieron el desalojo. Así, de la noche a la mañana, el Santuario de la tía Clafira y la familia de Carla se quedaron sin fuente de ingresos y en la incertidumbre total.

17


derec h oo ani m al

18

Se organizó una campaña para reunir dinero y comprar un terreno. Cuatro meses después entró en escena el magnate Leonardo Farkas.

distinta habilitarlo para la subsistencia. Durante los primeros tiempos del refugio, Carla y su familia carecieron de luz. Qué decir de señal de Internet.

El filántropo se había enterado del desalojo del Santuario y ofreció aportar el cincuenta por ciento de lo que ellos recaudaran en donativos, para adquirir un nuevo terreno. En cuatro meses de campaña, los integrantes el refugio solo habían conseguido cuatro millones de pesos, pero milagrosamente esa suma se incrementó y fue doblada por Farkas.

En aquellas localidades, los campesinos consideran que cualquier terreno, aunque sea privado, pertenece a la comunidad. Por eso los huasos acostumbraban atravesar el cerco del Santuario para que sus animales pastaran, o bien colocaban trampas para conejos o daban caza, incluso, a la fauna silvestre de la zona, asunto al que los miembros del Santuario se oponían.

Aquello sucedió el día del cumpleaños de Carla y fue como si se cerrara un círculo, pues la cerda rescatada por EligeVeganismo llegó a la casa el día del cumpleaños de su padre.

Un día un huaso apareció en el refugio. Llevaba una escopeta y tenía una correa con municiones cruzadas en el pecho, a lo Rambo. El huaso quería hablar con el padre de Carla, no con ella, pues la consideraba una niña. Carlos salió de la casa a enfrentar al huaso. Este, que estaba borracho, le dijo que tenía intenciones de matarlos, que otros campesinos querían quemarles el cerro y que él tenía una escopeta con mira láser, con un alcance de quinientos metros y que con ella, desde los cerros, podía reventarles los estanques de agua, sin que nadie se enterase. Lo que el huaso

Peregrinando con todos aquellos animales, Carla, Gabriel y su pequeño hijo, se instalaron en el actual Santuario de la tía Clafira. Ahora habitan un terreno en Linares de nueve hectáreas y media, despoblado y reseco.

Una cosa era tener el terreno y otra muy


derec h oo ani m al quería era que le permitieran cazar, pero ni Carla ni su familia tenían intención de permitírselo, menos aún en sus terrenos. Le plantaron cara al huaso y este se fue. Para defenderse de los cuatreros, Carla y Gabriel consiguieron permiso para portar armas y se hicieron de rifles con mira láser. Cuando los cuatreros merodeaban el refugio por la noche, los señalaban con la mira y disparaban al aire. Entonces estos se iban. Para mayor seguridad, cavaron zanjas con chuzo y pala, y cuando los cuatreros los rellenaban, las volvían a cavar, pero con retroexcavadora. Ahora casi nadie los molesta, ni a ellos, ni a la familia que los acompaña a vigilar el refugio, ni a sus voluntarios, ni a sus dieciocho perros.

Han pasado seis años desde que comenzó aquel salto al vacío llamado Santuario de la tía Clafira, en donde ciento sesenta animales —burros, cerdos, gansos, caballos, ciervos, cabras, gallinas, gatos, perros, etc.— comparten una vida feliz, lejos de la explotación y el maltrato al que fueron expuestos, en un ambiente donde impera la libertad y el trabajo duro. Un oasis en medio del campo chileno, tan idealizado, donde los toros castrados sin anestesia sangran copiosamente, librados a su suerte, y donde los caballos todavía malviven amarrados, sin agua, a pleno sol, durante sus horas de descanso. Un oasis en el desierto.

Sobre la rivalidad existente entre

el veganismo y el animalismo,

19

Carla opina lo siguiente:

Nos cuesta usar el término veganismo porque es un movimiento demasiado radical. Cuando nos preguntan qué somos, Gabriel dice: «nosotros no somos veganos, nosotros no comemos animales». Los veganos nos dicen que el animalismo es mascotismo y nosotros les respondemos que no, que los animalistas esterilizan. Y es que el no comer carne puede ayudar a un animal, pero es algo reversible, porque siempre hay alguien que ocupará tu lugar. En cambio, esterilizar a un animal es una práctica que genera un cambio permanente. Durante muchos años trabajé ayudando a perros y gatos y sé que ese contacto directo genera empatía hacia el resto de los animales. De hecho, cuando empecé a rescatar animales, comía carne; fue la experiencia de vivir con ellos lo que me hizo dejarla. Los veganos atacan a los que trabajan con perros y gatos, en lugar de generar una unión.

si quieres colaborar con el santuario de la

Tía clafira

puedes hacerlo a la siguiente cuenta: Fundación Santuario Clafira RUT: 65.143.995-7 Cuenta Corriente Banco Chile Nº cuenta: 1490800108 santuario.clafira@gmail.com


derec h o ani m al

TNR y la importancia de la gestión de colonias de gatos

Por Verónica Basterrica Wijnands. Fundación Felinnos

20

La realidad de los gatos en condición de calle en Chile es alarmante. Basta darse una vuelta por redes sociales y grupos de ayuda compartida (perros y gatos) para darse cuenta de que lo que parecía no afectarnos como país, simplemente se debía a que las autoridades no estaban prestando atención. Planes de esterilización dirigidos casi exclusivamente a caninos, que dejaron —inicialmente— de lado a los gatos, crearon el espacio perfecto para que estos últimos, infinitamente más prolíficos y a edad más temprana, se reprodujeran descontroladamente y se llegara a la realidad actual, casi de colapso, creando una situación que tomará gran esfuerzo y tiempo frenar, más aún revertir. Los gatos que habitan la calle viven por lo general en colonias, definiéndose como tal un grupo de dos o más gatos adultos que habitan en un lugar determinado. La realidad es que el número de miembros de cada colonia, por lo general, supera ampliamente los dos, y es cada vez más frecuente encontrar colonias con quince, veinte e incluso más individuos. Los gatos que habitan cada espacio de nuestras ciudades requieren, en apariencia, muy poco: un lugar relativamente seguro y una fuente cercana de alimento. Eso basta para que se instalen en un espacio y se reproduzcan. Los gatos de colonias, por lo general, son de tipo feral o asilvestrado, esto significa que de adultos han perdido la socialización con el ser humano. Gatos nacidos de gatas ferales repetirán la conducta y con cada generación se agudizará el patrón. Sin embargo, en gatos pequeños esta característica es reversible hasta cierta edad. Por lo mismo, la indicación en manejo de colonias es retirar, socializar y reubicar en hogares a los gatos pequeños. La calle no es lugar para ellos. El control reproductivo de los miembros de las colonias de gatos se realiza mediante un método denominado de TNR, por las siglas en inglés para capturar (trap), esterilizar (neuter) y regresar (return). Se trata básicamente de capturarlos utilizando trampas humanitarias. Se los esteriliza siguiendo protocolos clínicos específicos para gatos que regresarán a la calle, los cuales se identifican de acuerdo a la norma internacional, como vacunar contra la rabia. Luego de resguardado el procedimiento, se regresa el gato al hábitat. El seguimiento de las pautas descritas para cada etapa del proceso, asegura el bienestar de los gatos intervenidos, así como el éxito del procedimiento. La Ley 21020 Sobre Tenencia Responsable de Mascotas y Animales de Compañía ha incorporado en sus reglamentos el TNR como única forma de manejo de colonias de gatos. En el artículo número 40 de dicho reglamento, publicado el 17 de agosto de 2018, menciona lo anterior y además aclara los aspectos obligatorios y especifica claramente que:

«La devolución deberá ser necesariamente al mismo lugar desde donde fueron retirados», lo cual previene cualquier reubicación o abandono en un lugar distinto al original. Esta indicación nos parece una de las más importantes de la ley, pues se hace cargo de un tema dejado de lado y a la vez protege a estos animales de un grupo que busca normalizar la destrucción de gatos ferales por considerarlos dañinos y descartables. El TNR es fundamental para atender la problemática de las colonias de gatos, además de ser la única forma ética. Una colonia se ha formado exclusivamente a raíz de lo que las personas y la sociedad hemos causado al abandonarlos, olvidarlos e ignorarlos. Esta normativa y metodología nos permite enmendar, en cierto grado, todo ese daño. Podemos, así, mejorar radicalmente la vida de los gatos en colonias; adicionalmente nos permite colaborar en la gestión de salud pública ya que reduce la cantidad de gatos en las calles, además de vacunarlos y desparasitarlos; y, por último, contribuimos a reducir los conflictos dentro de la comunidad a raíz de la existencia de colonias, pues por el solo hecho de esterilizarlos, se eliminan o disminuyen todas las conductas asociadas al celo que generan dichos conflictos. Si ves en zonas urbanas un gato con un corte en el extremo de su oreja izquierda, quiere decir que ese gato ha sido intervenido en un procedimiento de TNR. Significa que alguien no solo lo vio, sino que decidió hacer algo por él, en vez de ignorarlo y seguir de largo.


conser v aci ó n

Especies felinas en Chile: el gato colocolo

Por Nicolás Lagos Silva

Con el gato colocolo, o también llamado gato del pajonal, terminamos con nuestra serie de los cinco felinos silvestres de Chile. El gato colocolo fue llamado así, en honor al conocido cacique mapuche, por el sacerdote naturalista Juan Ignacio Molina (1737/40-1829). De las cuatro especies de felinos pequeños presentes en Chile, el colocolo es el que tiene una distribución más amplia dentro del territorio nacional, la que abarca desde el extremo norte hasta la Patagonia. Fuera de Chile, es posible encontrarlo en Perú, Bolivia, Argentina, Ecuador, Uruguay y Paraguay, y habitando desde el nivel del mar hasta los 5.000 metros de altitud. Mora en una muy amplia diversidad de ambientes, que incluyen la costa, la cordillera, el bosque y los matorrales, aunque su hábitat favorito, como su nombre lo indica, son los pastizales y áreas abiertas de matorrales dispersos y con muy poca vegetación arbórea. A pesar de lo amplia de su distribución, y como ocurre con otros felinos pequeños, el colocolo ha sido muy poco estudiado así que es no es mucho lo que se conoce sobre su biología y ecología. Al ver un gato colocolo, de inmediato se nos viene a la cabeza la imagen de un gato doméstico, y esta es tal vez la razón por la que muchas veces este felino es confundido, llegando incluso a que algunos intenten domesticarlo. Su tamaño es muy similar a un gato de casa: pesa entre tres y cuatro kilos en promedio, y su cuerpo mide unos setenta centímetros, con una cola de veintiocho a treinta centímetros. Su coloración es bien variable, dependiendo del ambiente en el cual se encuentra, lo que ha llevado incluso a pensarse que se trataría de tres especies diferentes. Sin embargo, estudios han demostrado que se trata de la misma especie. Los ejemplares que se observan en Chile tienen una coloración café amarillenta, con manchas oscuras y circulares similares a las de un leopardo en el cuerpo. Sus patas delanteras pre-

sentan unos anillos negros bien marcados, los que son más tenues en las patas traseras y en la cola, que presenta varios anillos concéntricos de un color café oscuro. Su nariz es de color rosado. Como todo felino, el colocolo es un animal que a pesar de tener una amplia distribución y ser común en una alta variedad de ambientes, es muy difícil de ver. Esto porque es principalmente crepuscular a nocturno, a que vive en densidades muy bajas y a que su pelaje hace que se mimetice de manera perfecta, haciéndolo invisible incluso a plena luz del día. Se alimenta de presas pequeñas, principalmente roedores, además de pequeñas aves y reptiles. El colocolo es un animal solitario, que en su vida adulta solo se reúne para el apareamiento. Su gestación dura entre ochenta y ochenta y cinco días, período luego del cual la hembra da a luz entre una y tres crías. En cautiverio pueden llegar a vivir en promedio unos nueve años. Como el gato andino, el gato colocolo es considerado por las culturas andinas un felino sagrado, el cual forma parte de las tradiciones y creencias religiosas, símbolo de prosperidad en la actividad ganadera. Durante la ceremonia de la K’illpa o del floreamiento del ganado, en el cual las llamas y alpacas recién nacidas son marcadas, pieles de gato colocolo y andino son utilizadas en una mesa de pago como mensajeros de los cerros tutelares. Entre las principales amenazas a su conservación se encuentra la pérdida y degradación de su hábitat, además de la cacería directa. La gente persigue y da muerte a este felino debido a que es considerado un riesgo para las aves de corral y para el ganado. Como ocurre con otras especies silvestres en Chile, otra amenaza cada vez más creciente es la producto de la persecución por parte de perros asilvestrados. Además, son varios los gatos que mueren atropellados al cruzar carreteras que fragmentan su hábitat. A raíz de estas amenazas, el gato colocolo, tanto a nivel nacional como internacional, se encuentra clasificado bajo la categoría «Casi Amenazada», lo que quiere decir que si bien sus poblaciones aún no se encuentran en peligro de extinción, en caso de continuar sus amenazas actuales es posible que en un futuro sí alcancen una categoría de peligro. Los felinos sin duda llaman la atención. Al ser especies tan esquivas y difíciles de ver en su estado natural, son un símbolo de la naturaleza en su estado salvaje. Especies que además son reconocidas por ser carismáticas, muchas veces entran en conflicto con el ser humano, así como también son afectados por nuestras actividades. El conocerlos, cuidarlos y protegerlos es labor nuestra, para que así estas maravillosas criaturas salvajes puedan continuar siendo el reflejo de ambientes prístinos y salvajes.

21


cine de c u lto

El gato conoce al asesino (The Late Show) (Los gatos jamás olvidan)

Por Gervasio Navío Flores. Escúchalo en podcast La Gran Evasión.

22

«Esta maldita ciudad no cambia, solo cambian los nombres, nada más…». Ira Wells está fuera de lugar: su ciudad ya no lo reconoce; Los Ángeles de mediados de los setenta ya no es sitio para un sabueso chapado a la antigua, su tiempo ha pasado. Está viejo, medio sordo; cojea como un pato malherido, gracias a una pierna a la funerala, regalo de un escarceo de plomo y juventud; tiene sobrepeso; operado dos veces de una jodida hernia, toma Alka-Seltzer sin parar, otra antigua herida de aquellos años de licor en blanco y negro; ahora, una botella de Bourbon y la niebla de los recuerdos, lo esperan cada noche en un cajón, junto a su cama. Sobrevive en una habitación alquilada en casa de la anciana y respetada señora Smith, por cuarenta y dos dólares al mes. Ese habitáculo minúsculo es el reflejo de su vida: trajes arrugados; viejas fotos de tiempos mejores; la tele encendida, pero nadie mirándola; un par de camisas blancas; algunos trastos guardados entre trapos y poco más; casi un anciano, casi feliz. Siguiendo las serpenteantes arrugas de su cama deshecha se adivina una vida, en la que ya se vislumbra el final del camino, el último show que representar… Ira Wells es detective privado, uno de la vieja escuela. Es el mejor, todos lo saben: es listo, no se deja engañar; recibe un encargo y persigue el rastro hasta dar con la verdad. Sabe defenderse, es el tipo al que había que recurrir cuando se complicaba la cosa, cuando había que averiguar algo, que investigar asuntos sucios, sin aspavientos, discretamente, asuntos importantes, casos que pocos pueden desen-

trañar. Ira Wells era el mejor…pero eso fue hace mucho tiempo. Una ajada cartulina verde con el título de Detective Privado es lo que queda de entonces: el peso de los años lo aplasta. Ira Wells es un buen tipo, consciente de que ya ha vivido los mejores años de su vida. Una tarde cualquiera está tranquilo en su habitación, hojeando un diario, confortablemente apoltronado en su vieja silla, casi tan desvencijada como él. Llaman a la puerta, es la señora Smith: «Señor Wells, tiene una visita». Lo vemos levantarse trabajosamente, arrastrar esa maltrecha pierna hasta la puerta, abrir y reconocer a su viejo camarada, a Harry Regan, un compañero de verdad, de los de entonces, de los viejos tiempos, cuando eran un par de polis novatos, cuando decidieron ganarse la vida por su cuenta, cuando esta ciudad estaba llena de gente que necesitaba de sus servicios. Buenos tiempos. Harry también está envejecido, otro perdedor perpetuo en busca de una oportunidad. Ira le devuelve la mirada: «¿En qué nuevo lío te has metido ahora, Harry?». Su amigo tiene el rostro contraído, algo va mal, aprieta su gabardina contra el estómago, intenta hablar y un esputo de sangre y muerte salen de su boca. Harry Regan muere en la cama de Ira Wells: ha caminado varias manzanas con un disparo a quemarropa —en la barriga, un .45— hasta llegar al cuartucho de su antiguo camarada, apenas escuchamos sus últimas palabras, un susurro: «Íbamos a ir a medias, dinero fácil, lo que siempre habíamos esperado… tú y yo…». Ira mantiene la calma, tiene experiencia, ha visto a muchos hombres morir así, sabe lo que significa un disparo en el estómago: «Tranquilo, amigo, encontraré al hijo de perra que te ha hecho esto…». La siguiente situación nos lleva a un cementerio de Los Ángeles, al de Hollywood en concreto. Ira despide a un viejo compañero, no hay mucha gente: estos tipos solitarios, que husmean en los asuntos sucios de gente respetable por veinticinco dólares al día más gastos, no son muy populares. La chica entra en escena: una muñeca con aires hippies y una lengua incontrolable; viene acompañada de otro personaje pintoresco, un vividor, un perdedor que conoce las calles y saca tajada de lo que puede, cuando puede… Es Charlie Hatter. La chica quiere contratar a Ira Wells: se han llevado a su gato, han secuestrado a Winston. «No me fastidies, Charlie, yo no me ocupo de esas cosas, déjame tranquilo, muñeca…». Ira va rumiando el asesinato de Harry: por algo es el mejor. No le encaja la aparición de Charlie, sabe que no es casualidad que se haya presentado en el funeral con esa muñeca y su absurdo encargo. No tarda en averiguarlo: su amigo Harry fue el primero en encargarse del asunto y recibió un balazo en las tripas.


cine de c u lto

No parece un tema baladí, habrá que investigarlo. Apenas hay pistas, solo un testigo, un felino desaparecido. El gato conoce al asesino. Así comienza esta apasionante película del norteamericano Robert Benton (1932), todo un homenaje, un réquiem por el cine negro, por los viejos tiempos, una mirada socarrona y nostálgica, dedicada a todos esos Philip Marlowe y Sam Spade, surgidos de las teclas furiosas de Raymond Chandler, Dashiell Hammett, James M. Cain…frescos de una sociedad en blanco y negro. Unos tipos debajo de un sombrero que destilaban porte y seguridad; el cigarrillo colgaba de sus labios; el revólver en el bolsillo de la gabardina; no pestañeaban cuando los encañonaban; se movían por los bajos fondos como pez en el agua; tipos duros salidos de las páginas más brillantes de la literatura negra y de los mejores talentos de los viejos estudios de Hollywood… Tipos como Ira Wells. Con esta premisa, el gran Robert Benton desarrolla esta historia/homenaje al cine negro, tan rocambolesca y melancólica como sarcástica. Es un vistazo a un grupo de outsiders que te hace reír e incluso contener alguna lagrimilla, mientras este viejo zorro plateado da su último show, porque Ira Wells es Art Carney (1918-2003), su intérprete. El viejo actor se confunde con el viejo detective, es un trasunto de todos los sabuesos de las vetustas películas negras, que te transportaban a esa ciudad de cómic, Los Ángeles, repleta de miserias y grandezas por igual. En este año, 1977, ya había fallecido el cine negro como tal, destellos de luz como Chinatown (Roman Polanski, 1974) o este mismo El gato conoce al asesino, eran eso: fogonazos que certificaban una defunción. Robert Benton es un espléndido guionista y director, con títulos excelsos, que forman parte de nuestra retina cinéfila, no solo Kramer vs. Kramer (1979), también hay que reivindicar En un lugar del corazón (1984), Al caer el sol (1998), o tantos otros y, sobre todo, El gato conoce al asesino, que hoy ilumina los ojos de una gata inquieta. Esta película no es solo una sentida ofrenda a ese cine negro con el que creció Robert Benton; es su proyecto personal, que escribe y dirige con las tripas, tal y como lleva la investigación Ira Wells: con astucia, con sapiencia, con rigor, dando, sin rencor, algún que otro puñetazo en el bajo vientre de un matón irrespetuoso. «Solo son negocios, no es nada personal». Wells y Benton actúan siempre de cara. Asistimos a esa investigación minuciosa pegados a los talones del detective, viajando en autobús, recibiendo algún trompazo que otro, con disparos y persecuciones no muy limpias pero emocionantes, con ramalazos hippies, histriónicos, de un gánster de medio pelo, que vende baratijas robadas y al que su mujer pone los cuernos con igual impunidad. Un recorrido por la parte oscura de la ciudad de las luces, con tiempo incluso para un amago de último amor, como el Late Show del título, una última oportunidad de compartir lo poco que te queda con una muñeca

de armas tomar: «Ira, no me llames muñeca…». Vemos surgir ese conato de amor entre el otoño y la primavera, entre el viejo Ira y la aspirante a todo, Margo Sperling (una brillante Lily Tomlin), que busca a su gato, entre sesiones de psicoanálisis y algún que otro canuto. Hay complicidad entre ellos, forman un equipo sin rival: un viejo detective averiado y un bomboncito; los dos juntos —experiencia y suspicacia— resuelven una trama retorcida y enrevesada, a rebosar de dólares manchados de bajezas humanas. «El apartamento contiguo al mío está desocupado, podría soportar la compañía…». Un sabueso pasado de moda y una desequilibrada, vaya combinación. «Soy un solitario…Siempre lo he sido; de pequeño lo era y cuando me casé, continué siéndolo… No me gusta hablar demasiado, te lo agradezco, pero no creo que resultase…». Volvemos al cementerio de Hollywood, a completar el circulo; otra despedida. Un anciano y una hippie deslenguada caminan hasta un banco, esperan el autobús; en el respaldo del asiento vemos la publicidad del museo de cera, con los grandes monstruos del pasado, del cine de nuestra niñez, posando estúpidamente en una sala mal iluminada. Vaya metáfora: monstruos caducos como Ira, un vestigio de otra época. «¿Sigue vacío ese apartamento…?». «No sueltas prenda, Ira. Necesito saber qué piensas de mí». «¿Te causaría algún trauma ponerte de vez en cuando un vestido, como Dios manda…?». Mientras entra la banda sonora de Kenneth Wannberg y el jazz salpica mis sentidos, whisky en mano, dejando que el humo del cigarrillo baile sensualmente con la tibia luz de mi soledad, sonrío. Dejo a esta pareja imposible, me despido de estas dos almas gemelas, dos seres solitarios. Un gatito los espera pacientemente, sin reproches, en un destartalado apartamento. Los gatos jamás olvidan. Se habla demasiado en este cochino mundo.

somos

Expertos DESPACHOS

en

DE ALIMENTOS PARA MASCOTAS

+56 2 2725 2764 +56 9 7104 4434

WWW.NOVAPET.CL

23


cine de c u lto

Fulci y su gato negro

Por Reverendo Wilson. Escúchalo en podcast El calabozo del Reverendo Wilson

24

Clásico entre los perennes relatos del horror, El gato negro (1843) de Edgar Allan Poe (1809-1849) no solo es una de las creaciones más importantes de su autor, sino uno de los cuentos que ha ido directo a la memoria colectiva del género. Su poso de cotidianidad, la conexión con el horror sobrenatural y la irascible ironía que arrastra su inolvidable desenlace lo convierten en una pieza de amplia importancia dentro del imaginario moderno. Esta historia —la de un joven matrimonio poseedor de un hipnótico gato negro que se contonea con exorbitante encanto a través de los ramalazos de Poe hacia la inquietud— se ha convertido además en una de las más recurridas historias de su autor en la traslación a la gran pantalla. Y si hay un país que quedó embelesado por la sinfonía animal del oscuro felino de Poe, embelleciéndolo con sus armonías mediterráneas, ha sido Italia. Quizá su poderío psicológico o los efluvios folclóricos que se esconden en su ideario del miedo y la enajenación, hizo que los cineastas del subterfugio del cine de géneros italianos pusiesen su mirada en él de manera directa: desde la película de 1972 Il tuo vizio è una stanza chiusa e solo io ne ho la chiave (conocida en España como Vicios Prohibidos) de Sergio Martino (1938), pasando por la adaptación de Lucio Fulci (1927-1996) del año 1981 que será objeto de próximas líneas, hasta el crepuscular Il gatto nero (1989, levemente inspirada, eso sí) de Luigi Cozzi (1947) o siendo el fruto de una de las dos historias que tanto Dario Argento (1940) como George A. Romero (1940-2017) nos presentaban en Los ojos del diablo (1990); como no podía ser de otra forma, de la dupla sería el italiano el que se encargase de las reminiscencias felinas de la obra de Poe. Centrándonos en la adaptación de Lucio Fulci, la propia película anuncia en sus créditos el inspirarse ligeramente en el relato, aunque usurpe su título para dar nombre a la propia cinta. En este caso, cabe decir primero que nos encontramos ante un impasse realmente interesante dentro de la obra del italiano: justo en el momento en el que su carrera viraba al unísono de las tendencias de la industria italiana de los géneros, el director romano abandonaba su reivindicable periplo por el giallo italiano para adentrarse de lleno en el euro-splatter y conseguir sus mayores éxitos comerciales y, de paso, ganarse el apelativo de «el padrino del gore», que hasta el día de hoy comparte con el americano Herschell Gordon Lewis (1926-2016). En El gato negro, Fulci —del que es interesante su entendimiento como paso intermedio en sus maneras entre la estilística del thriller mediterráneo del giallo con los exaltamientos hacia la ferocidad visual— relata la historia de una serie de asesinatos acontecidos alrededor de un siniestro ocultista,

interpretado por el irlandés Patrick Magee (19221982), que será investigado por una fotógrafa que llega al lugar de manera aleatoria (una siempre guapísima Mimsy Farmer [1945]) y por el detective que se encarga de la investigación policial, actuado por el rostro inseparable del cine fulciano David Warbeck (1941-1997). Mixtura fresca y arraigada en el espíritu mediterráneo que se contonea tanto con el poso clasicista de los terrores venidos de la Hammer o del interesantísimo conglomerado de adaptaciones de Poe —auspiciadas por Roger Corman y la American International Pictures— como con ramalazos feroces de sordidez visual que categorizarían posteriormente el cine del italiano, El gato negro esconde además una convergencia muy interesante con su propio protagonista: ese precioso felino negro, que se pasea con hechizante paso en algunos de los momentos de la película, y sobre el que recae una importante presencia en los momentos más siniestros de la historia. Aun así, y utilizando ese recurrido nexo de unión del gato negro con el ocultismo u otras realidades, Fulci se apoya en la efigie felina para confeccionar un encantador y exótico dibujo del terror, que añade aún más encanto a las naturalidades ya tan familiares del gato como exótico y deslumbrante animal. Además, en ello la figura de este oscuro felino guarda para sí una intervención final heroica y metafórica que quien haya leído el relato original de Poe sabrá descifrar. Lejos de ver connotaciones negativas a la aparición del gato negro (asumidas, incluso, por algunos de los personajes de la trama, inevitable recurso de guión), Lucio Fulci demuestra nuevamente el haber concebido en pantalla las encantadoras siluetas y exultantes emanaciones que desprenden los animales en el celuloide.


literat u ra

Diario de un hombre decepcionado, de W.N.P Barbellion

Por Pablo Rumel

Grandes diaristas fueron Franz Kakfa, Lev Tolstói, Cesare Pavese, pero llegamos hasta ellos estrictamente porque edificaron un camino basado en sus obras literarias. Por eso parece un milagro que El diario de un hombre decepcionado (1919), escrito por Bruce Frederick Cummings (1889-1919), bajo el pseudónimo de W.N.P Barbellion tenga altos momentos descriptivos, literarios y filosóficos, siendo que en vida solo publicó esta obra, pues falleció a los treinta años. La excepcionalidad del relato radica en que Barbellion no fue un explorador de la Amazonia ni un asesino a sueldo; fue gracias a un mal congénito, la esclerosis múltiple, enfermedad crónica que lo llevó a corta edad a la tumba. Su diario está salpicado de retruécanos propios y paráfrasis de otros poetas o escritores, principalmente británicos, pero también italianos y franceses, muchos conocidos, como R.L. Stevenson o Rudyard Kipling; pero también vale mencionar a los olvidados, como Oliver Goldsmith, George Gissing o William Ernest Henley, que en su época fueron realmente famosos y vendían a raudales, y a los que hoy pobremente podremos reconocer en una entrada en Wikipedia. Las alusiones a obras de zoólogos, evolucionistas y fisiólogos es otra delicia de este diario: aparecen ahí como una inspiración directa, como un modo de ver al mundo. Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX (época en que vivió el diarista) era muy fuerte la pugna entre la ciencia, representada por el naturalismo y el positivismo, y las creencias religiosas, fuertemente asediadas por postulados evolucionistas. Barbellion se siente decepcionado, por ejemplo, cuando lee al canónigo Tomás de Kempis (La imitación de Cristo), donde

afirma que un hombre no debe inmiscuirse en los misterios de la divinidad, o cuando asiste a la charla de un hombre que se las da de naturalista, diciendo que detrás de organismos microscópicos —y no de forma metafórica— se encuentra escondida la cara de Dios. Barbellion, sin abrazar el nihilismo o los fundamentalismos científicos, es capaz de mirar a la naturaleza y al mundo animal con amor y emoción: «Me enorgullezco de mi herencia simia. Me gusta pensar que en otro tiempo fui un magnífico ejemplar peludo que vivía en los árboles y que mi cuerpo procede a lo largo de un tiempo geológico, de la medusa, de los gusanos y anfioxos, peces, dinosaurios y monos. ¿Quién querría cambiar eso por la pálida pareja del Jardín del Edén?». El tránsito entre los trece y sus veinte años marca el florecimiento y las energías vitales de su adolescencia: está el joven excursionista que atrapa animales y recorre la campiña inglesa; el que desea investigar las lombrices y escribir un ensayo sobre la vida secreta de los gatos; están los deseos de estudiar y seguir una carrera científica; aparece la sombra del amor; los paseos por los jardines de Kensington viendo a las bellas muchachas en flor con sus largos vestidos y sombrillas; las amistades que van apareciendo y deshaciéndose como es natural en toda vida, pero los golpes que embisten a Barbellion son crueles: primero la muerte del padre, luego de la madre. Aún no cumple veinticinco y ya las brújulas y los mapas internos se han borrado. Solo quedan los libros polvorientos y las amistades. Y acaso el amor. El diario de un hombre decepcionado, como podríamos creer, no está repleto de pensamientos funestos. La descripción que hace de un árbol y cómo este influye en su ánimo es magistral: «Ayer vi junto a la carretera un hermoso pino albar: alto, erecto, tan tieso como una columna de Partenón. Solo con verlo recuperé el valor […]. Enderecé los hombros y avancé, prometiéndome no flaquear nunca más». Su visión como naturalista no lo hace diseccionar al mundo como una anatomía muerta y dispuesta; sabe que existe el misterio y la sombra, y esos influjos se manifiestan en su vida cuando empieza a sustituir paulatinamente los libros de ciencia por lecturas de Antón Chéjov y Guy de Maupassant. Y quizá su formación explique su actitud vital, muy diferente a la de muchos, pagados de sí mismos, que se creen indispensables e importantes, y no aciertan a ver que estamos de paso por el mundo: «Nunca me he sentido instalado permanentemente en esta vida, no soy más que un difuso sustituto, un espectro, un festón de niebla que desaparecerá en cualquier momento».

25


literat u ra

Literatura animalista

Por María Paz Pereira

mediante argumentos que analizan la moral del ser humano y una investigación rigurosa, ofreciendo alternativas para terminar con la explotación animal.

carta abierta a los animales

(y a los que no se creen superiores a ellos) (Frédéric Lenoir, 2018, Ariel) «Desde hace mucho tiempo, el ser humano está convencido de ser el animal más evolucionado de la tierra. Hasta tal punto que ya ni siquiera se considera a sí mismo un animal». Así comienza el libro del filósofo y sociólogo francés Frédéric Lenoir (56), en el cual nos invita a reflexionar sobre la relación entre humanos y animales a lo largo de la historia y especialmente en el escenario actual, donde no se tienen límites éticos por sobre lo que no es humano. En esta obra, publicada en 2018, el autor pretende concientizar sobre el respeto a los animales y al planeta en general, y sugiere que utilicemos nuestra posición de especie «evolucionada» para proteger otras formas de vida.

Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas: una introducción al carnismo

26 Sobre la defensa de los animales podemos encontrar variados libros, que abarcan desde el enfoque moral —donde el consumo y la propiedad sobre los animales resulta éticamente injustificable— hasta el medioambientalista —donde se expone el daño que le hacemos al planeta y a nosotros mismos a través de la explotación animal—. Así, desde complejos y diversos alcances, encontramos textos que exigen y justifican la liberación de los animales y el fin de las industrias de explotación animal. A continuación, presentamos una selección de lectura recomendada para informarse sobre el tema y conocer las razones sociales, morales y hasta alimenticias por las que distintos autores proponen terminar con el sufrimiento animal.

liberación animal

(Peter Singer, 1975, Taurus) Este clásico de Peter Singer (72) fue fuente de inspiración para el movimiento de defensa de los derechos de los animales y un manifiesto revolucionario para su época, al ser publicado por primera vez en 1975. En él, describe y denuncia el «especismo», el fenómeno de creer que la especie humana es superior a todas las demás, y expone la realidad que viven los animales al interior de las granjas industriales y los laboratorios de experimentación. Una obra polémica y fácil de leer, en la que el filósofo australiano hace una fuerte crítica a la sociedad,

(Melanie Joy, 2013, Plaza y Valdés) ¿Alguna vez te has hecho esta pregunta? La psicóloga y activista vegana Melanie Joy (53) nos trae la respuesta mediante el concepto «carnismo». En su libro, analiza la inconsistencia en las actitudes que el ser humano tiene hacia los animales, donde puede expresar afecto hacia algunos, mientras se come otros, una disonancia cognitiva que, según la autora, estaría explicada por un proceso de negación hacia la capacidad de los animales de sentir dolor. Joy hace una profunda exploración de la moral y la alimentación del hombre, explicando por qué es antiético e inútil para la humanidad seguir consumiendo animales.

zoópolis: una revolución animalista

(Sue Donaldson, Will Kymlicka, 2018, Errata Naturae Editores) A pesar de las batallas que ha ganado el movimiento de defensa de los animales desde el siglo XX, actualmente los humanos matan alrededor de 56.000 millones de animales al año, tres veces más que en 1980. Por esta razón, los autores de Zoópolis proponen un cambio radical del paradigma teórico para acabar con la explotación animal. Este libro, publicado el año pasado en España, pretende una revolución del pensamiento animalista actual, a través de un nuevo modelo de relación entre humanos y animales.


literat u ra

Nadie quiere decir adiós a sus gatos

Por Ramón Díaz Eterovic

Balzac se apagó de a poco hasta que se convirtió en un «fantasma del viejo pasado». De su pasado y del de aquellos que lo queríamos desde que llegó al departamento, con su belleza, sus brincos juveniles y esa manera que tenía de observarnos desde los muebles más altos, como ratificando lo que tiempo atrás yo había leído, en relación a que los gatos están en la tierra para vigilar y estudiar nuestra conducta. Si eso es verdad, solo queda decir que Balzac cumplió con su trabajo durante quince o más años, y que su presencia a nuestro lado fue siempre indispensable y querida. Tenía voz y opinión propia, independencia y mañas singulares. Por eso fue duro decirle adiós y pensar que nunca más nos miraría a los ojos o buscaría refugio en nuestros brazos. Balzac era un gato grande, blanco y cabezón. Solía acompañarme, cuando escribía, desde su sillón, y a veces de más cerca, con la mirada atenta en la pantalla del computador, pendiente, tal vez, de una palabra mal escrita o de una imagen desafortunada. Los gatos, se sabe, son lectores rigurosos y gustan de perseguir las erratas. Una vez lo sorprendí leyendo Ilusiones perdidas (1837), de su homónimo francés, pero más tarde me confesó que su libro favorito era El Negro de París (1989), de Osvaldo Soriano, donde se cuenta la relación entre un gato que vive en París y un exiliado argentino. Como sea, le gustaba tenderse sobre los libros y si sobre estos llegaba un rayo de sol, más placer sentía. Era remolón y apoltronado, al punto de que había que cazarle las polillas o las moscas que aparecían en su territorio. Tenía un sillón favorito y se quedaba dormido frente al televisor cuando transmitían programas políticos o películas románticas. Por las mañanas era implacable: apenas daban las seis comenzaba a demandar su desayuno. Sin embargo, era un gato que se hacía querer. Su nombre fue registrado en dedicatorias y su estampa de tigre

contenido quedó en unas pocas fotos y documentales. No le gustaba posar ante las cámaras ni que lo obligaran a sonreír cuando no andaba de buen ánimo. ¡Tenía su genio, el gato! Cuando hace unas semanas publiqué mi novela La cola del diablo (LOM, 2018) puse una dedicatoria que dice: «Al gato Balzac como despedida, después de muchos años de compañía tras las huellas de Heredia y su gato, Simenon». Con mi familia habíamos pensado en guardar luto por su partida, por lo menos uno o dos meses antes de pensar en un sustituto. Pero su recuerdo rondaba por los rincones y fue generando algo que definimos como «necesidad de gato». Una amiga le dio a mi hija el dato de la existencia de un felino abandonado en algún lugar de Recoleta. Lo habían tirado a la calle y recogido transitoriamente en una oficina. Mi hija no lo pensó dos veces: salió a la calle, tomó el metro, se encontró con una gato simpático, de orejas largas, y pelaje negro, gris y café. Y no lo meditó más: se lo trajo a la casa. Hoy ese gato corre de una pieza a otra del departamento; conquista las camas y los sillones; da saltos de un mueble a otro; termina el trabajo de rasgar cortinas que Balzac dejó pendiente, o nos despierta con sus patas cada mañana a las seis en punto. Después de barajar muchos nombres, lo llamamos Lorca, como el poeta español. Luego alguien comentó que así también se llama la hija de Leonard Cohen. Día a día, Lorca gana sus espacios, aunque hay algunos que seguirán siendo de Balzac; y de a ratos tendremos la sensación de que nos sigue vigilando desde alguna galaxia remota habitada solo por gatos. Ahora entiendo por qué Heredia, el protagonista de mis novelas, se molesta cuando alguien le recuerda que su gato, Simenon, tiene muchos años y achaques: nadie quiere decir adiós a sus gatos.

27


teatro

El coloquio de los perros, de Miguel de Cervantes, o los sabios tienen cuatro patas.

Por Julio Pincheira, dramaturgo y director teatral

28

Si alguna vez notaste un dejo de sabiduría en la mirada de un perro vagamundo quizás no estabas equivocado, o al menos percibiste lo mismo que Miguel de Cervantes (1547-1616), lo que seguramente le permitió crear El coloquio de los perros, una de los textos más deliciosos de sus doce Novelas ejemplares (concluidas pocos años antes de su muerte). La obra limita con la dramaturgia, en la medida que es un diálogo, con muchas y graciosas narraciones propias de la picaresca popular. Lo más característico es que destila sabiduría de vida que solo alcanzan con los años aquellos a quienes llamamos genios inmortales. Básicamente es la conversación entre dos perros ante las puertas de un hospital público de aquel entonces (Sí, puedes imaginar lo peor, pero no por el diálogo canino sino por lo que significaba un centro sanitario en aquella época). Con ese escenario de fondo, Berganza y Cipión, canes de mucha calle y poca estirpe, han recibido por una noche el don de la palabra y, como ellos mismos indican, algo superior: el de la razón. En este punto, y comenzando el diálogo, nuestros cuadrúpedos protagonistas deslizan un agudo deslinde entre palabra y razón: «No solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como si fuéramos capaces de razón». Convertidos en expertos lingüistas, a poco andar darán cuenta de que el don de la palabra siendo tan común entre los humanos, no corre a la par con la capacidad de razonar, aunque esta palabra venga de altas y autorizadas fuentes (Las temibles Fakes news no son tan nuevas, parecen anunciarnos estos amigos hace cuatrocientos años). Es Berganza quien devenido en un experto «cuentacuentos», comienza a contarnos sus aventuras y desventuras yendo de amo en amo, y cada tanto Cipión, con sorna pero santa paciencia perruna, le interrumpe para hacer precisiones que agilicen la tragicómica narración de un Berganza con tendencia a la dispersión en su afán por mostrar detalles de su gran ingenio, así como de las pocas virtudes y muchos vicios que arrastramos los humanos, observados desde sus tiernos inicios como mascota en un matadero (si lo del mencionado hospital te parecía extremo como telón de fondo, con esto rayamos en el gore), pasando por el mundo de los pastores (que de bucólicos y mansos solo queda la escenografía de la campiña para sus fechorías), e incursionando en las tiendas y patios de mercaderes y diversos amos con tal diversidad de rubros y artimañas laborales que llevan a Cipión a exclamar una verdad que perdura hasta el día de

hoy para cualquier asalariado: «Con gran dificultad, el día de hoy halla un hombre de bien, señor a quien servir». Cada estancia con un amo permite a Berganza hacer un breve relato, en el que a falta de palabras para retratar las peripecias vividas, nos da una lección de técnica actoral: «Los cuentos unos encierran y tienen la gracia en ellos mismos, otros en el modo de contarlos […]; otros hay que es menester vestirlos de palabras, y con demostraciones del rostro y de las manos», como nos dice un resignado Cipión, que sabe que ni con cuatro amaestradas patas lograría mostrar lo que significa ser un siervo 24/7 de un humano. Desde soldados a poetas, de escribanos a brujas, de doctos a ignorantes, toda la corte de los milagros que somos, aparece en la peregrina vida de Berganza, quien sabe comprender y hasta perdonar con nobleza canina, los ardides por sobrevivir a tanto matarife entre los que nos toca nacer al igual que él. Nuestros mezquinos temores y bravatas de utilería que aparecen al enfrentar el gran escenario de los problemas de la subsistencia y, en particular, de la coherencia ética entre lo que creemos, lo que decimos y lo que en verdad hacemos son motivo de un comprensivo análisis de dos perros que hacen gala de más sentido común que vana especulación. Definitivamente, la España de entonces no dista de cualquier sociedad actual; la condición humana no ha cambiado su olor, menos ante el olfato de un perro callejero porque, digámoslo, Berganza ama la calle y su libertad, tanto como la comodidad del ocio doméstico cuando se tiene amo con casa o, mejor dicho, patio propio y criados a los que ladrar. Es esta sabiduría la que les lleva a evitar caer en vanas murmuraciones o un afán explícitamente moralizante: «Nadie se ha de meter donde no le llaman, ni ha de querer usar del oficio que por ningún caso le toca. Y has de considerar que nunca el consejo del pobre, por bueno que sea, fue admitido, ni el pobre humilde ha de tener presunción de aconsejar a los grandes y a los que piensan que se lo saben todo». Sutilmente, la jocosidad inicial de este par de perros sin más gloria que haber vivido un vida anónima, ni mayor honor que habernos sobrevivido, nos sumerge en una melancólica tristeza cuando nos van demostrando con palabras y razones (que ya sabemos que no son lo mismo), que los humanos no somos más que una especie sin remedio, para la que no cabe más que esa mirada misericordiosa de un perro de la calle, que seguramente has visto, o la de un maduro y genial escritor a pocos años de enfrentar la muerte.


o p ini ó n

Galgos: el «tradicional deporte» de hacer dinero fácil

Por Daniela Echeverría. Fundación Animal

Los galgos llegaron a nuestra vida sin quererlo ni buscarlo. Apareció una publicación en redes sociales de un galgo cachorro muy maltratado; una chica pedía ayuda para él y sin dudar lo recibimos en nuestro refugio. Me sorprendió su estado. Estaba agotado, herido, golpeado, desnutrido, muy triste y traumado. Un ser indefenso con su cuerpo tan especial: tan frágil, pero tan fuerte. Él fue rescatado de una vida de abusos. Su dueño lo usaría para ganarse algunos pesos con las apuestas ilegales en las carreras. Lo recuperamos con alimento, curaciones y mucho cariño…¡ah! y con la ayuda invaluable de Poroto, nuestro «perrito terapeuta», con el que creó un lazo emocional. Como buen cachorro, rápidamente olvidó sus penas y se entregó a los juegos y al amor. Todos aprendimos de él y comenzamos a fijarnos por primera vez en perros de raza, de esta raza, o mestizos de esta raza, y comprendimos que en este país los galgos son tan vulnerables como un perro mestizo callejero y que su raza, al contrario de ayudarlos, los expone a explotación, abuso y maltrato duro. Los galgueros dicen amar a sus perros, pero cuando te enteras de cómo los tratan se desvanece toda ilusión de amor. Los galgos que son víctimas de estas prácticas reciben buenas dosis

de anabólicos para desarrollar artificialmente su masa muscular; son amarrados y tirados desde motos para aumentar su resistencia y velocidad; las hembras son forzadas a preñarse para vender ilegalmente sus crías; y cuando después de un par de años el perro empieza a perder las carreras o se enferma, es abandonado con pésima salud o, simplemente, es asesinado. Así es la realidad de estos perros, que algunos explotadores tratan de encubrir usando las palabras «deporte» y «tradición»: jamás el galgo ha sido un perro chileno y sus carreras son una tradición anglosajona. En el 2018 se logró la promulgación de la Ley 21.020 Sobre Tenencia Responsable de Mascotas y Animales de Compañía. Esta ley pena el abuso, la explotación y el maltrato. Sin embargo, hasta la fecha, ni la Policía ni la Fiscalía tienen la capacidad de atender este tema con la importancia que amerita, por lo que no pueden evitar con su trabajo profesional el sufrimiento de seres sintientes. Sin mayor dotación para fiscalización, el Estado deja abierto un espacio para la tortura y el maltrato animal. En Chile hay doscientos canódromos activos donde se corren carreras de galgos. El único fin de estas competencias es apostar grandes sumas de dinero para eventualmente ganar el pozo acumulado. Las carreras no están prohibidas, pero sí todo lo que sucede alrededor: drogar perros, explotarlos con fines comerciales, apostar ilegalmente, etc. No podemos sentarnos a esperar que el Estado o la Justicia se hagan cargo. No queda más que activar nuestros recursos civiles para defender a los galgos con toda nuestra fuerza hasta lograr un marco legal que no solo prohíba el abuso hacia los animales, sino que también prohíba los contextos en los cuales estos abusos suceden. Es impresentable e inaceptable que las carreras de galgos sigan adornando fiestas comunales u otras actividades estatales, con lo que se hace vista gorda al submundo ilegal que se esconde y se fomenta en los canódromos. Es urgente una ley que prohíba las carreras de galgos y toda forma de entretención que se base en el sufrimiento de otras especies. Los galgos siguen en nuestra vida. En este minuto, tenemos cinco en nuestra fundación. Todos han sido rescatados en malas condiciones: heridos, enfermos, intoxicados, esqueléticos, desechados. Por ellos seguiremos luchando hasta que la prohibición de estas carreras sea una ley y hasta que el Estado de Chile fiscalice todas las denuncias de maltrato animal y deje de pensar que somos las organizaciones sociales las que debemos conseguir los recursos y hacer la pega. Y, encima, darles las gracias.

29


Revista Colette Número 11  

Revista Colette Número 11  

Advertisement