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LA CREPITACIÓN P R (-)


Rafael-José Díaz

LA CREPITACIÓN P  (-)

Epílogo de Mario Martín Gijón


Diseño de la colección: David Mena Primera edición: diciembre de 2012 © RAFAEL-JOSÉ DÍAZ, 2012 © del epílogo, MARIO MARTÍN GIJÓN, 2012 © fotografía de cubierta, MERCEDES GÓMEZ MARTÍN, 2012 © LA GARÚA LIBROS, 2012 Mossèn Camil Rossell, 26 08921 Santa Coloma de Gramenet Barcelona www.lagarua.net ISBN: 978-84-940575-8-8 Depósito Legal: B.33116-2012 Impresión: Publidisa Reservados todos los derechos.


LA CREPITACIÓN P  (-)


ÍNDICE

DETRÁS DE TU NOMBRE [1991-1994] p.11 EL CANTO EN EL UMBRAL [1994-1995] p.85 LA AZOTEA – RÉQUIEM [1996] p.157 LLAMADA EN LA PRIMERA NIEVE [1996-1998] p.179 LOS PÁRPADOS CAUTIVOS [1998-2000] p.219 MORADAS DEL INSOMNE [2000-2003] p.275


ANTES DEL ECLIPSE [2003-2005] p.333 UNA RUTA DE JUNIO [2006] p.381 NOTA DEL AUTOR p.407 EPÍLOGO p.409


DETRÁS DE TU NOMBRE [1991-1994]


I DETRÁS DE TU NOMBRE


toutes les lettres forment l'absence EDMOND JABĂˆS


dónde se guarda la palabra que puede hacerte venir. quién la custodia. cuándo habría yo de pronunciarla. entre qué silencios. con qué voz. sobre qué piedra de luz. dónde se guarda la palabra que te contiene. sabré encontrarla y decirla. si no eres precisamente tú quien la custodia.

15


yo te esperaré dentro de las aguas. tú no vendrás. los árboles dirán muy juntos tu nombre. tú no vendrás. las hojas formarán al caer una alfombra con tu rostro en el aire. tú no vendrás. llamaré a los pájaros que aunque no te conocen aprendieron tu nombre anterior a los tiempos. tú no vendrás. se callarán las aguas para que pueda oírse el ruido de tus pasos. tú no vendrás. yo te esperaré hasta que vengas. tú no vendrás.

16


solo pude hacer entrar en estas letras tu cuerpo ausente. el otro, el que nunca he tocado, quedรณ perdido mรกs allรก de toda palabra. tal vez porque solo unas manos que se hayan desprendido del lenguaje podrรกn palpar tu cuerpo de esplendor.

17


quiero saber el nombre de tu nombre. desde la roja lejanía que te contiene guardas ese último secreto. invisibles son los árboles que cruzan la noche. ellos llevan tu rostro envuelto entre las ramas. tu rostro transparente. borrado de la página del viento. como estas letras tras la lectura. quiero saber el nombre de tu nombre. el indeleble. el nombre que nació de la sombra.

18


dibujé tu nombre con ceras de colores sobre tu cuerpo ausente. lo contemplé en silencio sin alcanzar el fondo de esas sílabas. tu cuerpo entonces se empapó de tu nombre. recordé la arena mojada de la orilla cuando ya han descendido las aguas. luego tu nombre se hizo de fuego y devoró entero tu cuerpo. sólo entonces lo pronuncié con mi voz.

19


con estas letras de miel yo te bautizo con leche mientras te hundes en las aguas y pruebas el sabor de mi semen o mi sangre.

20


le pregunté a la memoria de dios tu verdadero nombre. agité en el aire estas antorchas que ahora me agitan en el agua de esta página. pero la memoria de dios es silenciosa. sólo en el quieto nido del vacío puede oírse su voz. en el inmóvil balanceo de las aguas. pero tu ausencia aún estaba conmigo y por eso no supe tu nombre.

21


salí a buscarte como al ciervo vulnerado por las calles de una ciudad dormida. dejé el libro abierto sobre el escritorio. en las esquinas un rumor quería hacerse voz para decir tu presencia en la fijeza de la noche. pero nada se oía. sólo el silbo ciego de mis pasos tras tus huellas borradas. volví a la casa. volví al libro abandonado sobre el escritorio. nada se oía. pero supe que entre aquellas páginas dormía tu nombre. devoré el libro. ahora lo estoy vomitando para poder verte.

22


tu nombre es un cuenco que tomo esta noche entre mis manos. nadan en él tu rostro, tu cuerpo, tu voz, tu transparencia, tu mirada, tu piel. tu ausencia. solo me queda de ti tu ausencia. lo demás se disolvió en la noche entre los fragmentos de un cuerpo estallado contra el suelo. tu nombre picoteado por las aves de un sueño que se deslizó entre mis dedos.

23


no conozco el lugar. no está en la ciudad, ni en el libro. no está en la memoria, ni en los montes. no está en la luz, ni en el desierto. no está en el sueño, ni en las sombras. no conozco el lugar. el lugar en que estás.

24


fue la tarde del té. humedecí tu boca con mis letras de agua. supe de un espacio sin tiempo entre la inminencia y la presencia. te oí hablar pero no oí tu voz. orienté mi mano hacia tu rostro. bebimos la penumbra. luego todo se diluye en la memoria. hay un instante en que olvido tu nombre. cuál.

25


la noche calla. voces paradas en la sombra incorp贸rea. no te dicen. llevan tu imagen que las gu铆a por las calles. lejos las oigo. voces ciegas. hacia el fondo van formando una red muy tensa. al volver, la imagen que me traen es la de tu cuerpo muerto.

26


si la muerte reposa sobre tu nombre. si el dĂ­a no escucha este lamento. si la oquedad invade la casa de la voz. si no hay sueĂąo que contenga un pedazo de tu cuerpo. si la muerte. si el dios ausente de tu nombre. si este lamento sin voz.

27


creí que tu cuerpo me daría la palabra. vence el ramo de sombras sobre estos toldos que esperan. verdeblanco hacia el cerco de lo oscuro. su movimiento tímido como el de un cuerpo en el hilo de otro cuerpo impalpable. la luz hundida. quebrada enfrente de estas líneas que trazo. detrás ni la palabra ni tu cuerpo.

28


oscura libación de mi semen. ara de dioses ausentes. mi cama. cada noche. el aroma del semen antiguo. perdido entre las sábanas. no germina el vacío. el desierto. dónde tu cuerpo. noches de infecundo sacrificio. semen seco para tu ausencia. semen de sangre sobre las sábanas. blancas bajo esta sombra. también mi cuerpo sobre el silencio de las sábanas. oro. oscuro aroma de la muerte.

29


hay un frasco con crema para después del afeitado. no hay la palabra. hay una puerta por la que pasa el aire y nos respira. no hay tu cuerpo. hay un libro escrito con colores cuya música es carne de sentido. no hay tu rostro. hay un bolígrafo en esta mano que busca entre las sombras lo que no hay. no hay tu voz. hay un poema aquí. no hay tu nombre. hay palabras. no hay la palabra.

30


rumor de transparencia ausente. veo tu voz sobre el columpio en las fronteras arenosas de mi memoria. escarbo para encontrar el lugar del encuentro. el de la plena transparencia de los cuerpos. el lugar sin cerco. pero la arena es oscura y espesa y guarda bien sus confines.

31


lugar de calcinada desolaci贸n. lugar vac铆o. oscuro. lugar perdido en la memoria del mundo. lugar desierto. de antiguas piedras que no vibran en la calma de fuego. lugar osario. lugar de llagada desnudez. lugar lejos del nombre.

32


el libro se llenĂł de sangre. brotaba de mis dedos, del pĂĄjaro caĂ­do, de la carne del silencio, de mis ojos ardidos en la mirada de la muerte. brotaba tambiĂŠn del cuerpo glorioso de tu nombre, entrevisto un instante y ausente para siempre.

33


las condiciones de la palabra solitaria son cinco. la primera, que se esconde en lo más oscuro del libro. la segunda, que no sufre compañía, aunque sea de su propio cuerpo o de su propia imagen. la tercera, que se adentra hasta lo profundo del aire. la cuarta, que no tiene determinada su voz. la quinta, que sólo se dice como sonido del silencio. detrás de esta palabra está tu nombre.

34


hay un herida inscrita en la voz que sopla entre estas letras. una herida escrita sobre la piel de una voz inaudible. con quĂŠ agua borrarĂŠ toda esta sangre. ni el agua de tu rostro, ni el agua de tu cuerpo, ni el agua de tu resplandor. dame sĂłlo el agua de tu nombre desierto.

35


la llamada del nombre. la calcinada inminencia. la palabra durmiente. el rumor de la ausencia entre estas letras. el nombre ensangrentado. sumergido en la arena. el libro al que descienden las huellas aĂŠreas de los cuerpos. el alumbramiento del nombre. el desierto inviolado. la escucha. el extravĂ­o. te busco. detrĂĄs de tu nombre.

36


II


TRÍPTICO I Oía, desde arriba, un árbol en el viento. Durante años lo he visto al lado de la casa, señalando en el césped la curva del camino que nuestras bicicletas del verano, cada mañana, recorrían sin cansarse. En las pausas del viento parecen proyectarse las imágenes de unos niños perdidos en su círculo mudo. II Cada pájaro adquiere, al entrar en el árbol, un temblor ondulante, como si debiera sortear invisibles obstáculos, o como si el espacio interior que se abre entre las ramas opusiera una cierta resistencia a ser así invadido por sus cuerpos extraños. Sin embargo, esos pájaros no dudan, se abalanzan adentro, como si obedecieran ciegamente 39


a un camino trazado para ellos por el aire en los márgenes del árbol. III Ramas desatadas, vacío estuche interior, claro del árbol, celosía viviente herida por el sol, al mediodía.

40


AHORA, CUANDO mi madre despierte de su siesta, lo primero que hará será entrar en mi cuarto. Me encontrará dormido, la cabeza apoyada en mi mesa de estudio, junto a un libro, y la ventana en lo alto, para que atraviese mi sueño la luz.

41


LA BEBIDA Para Ramón

Bebí, en secreto, el agua de tu cuerpo, mientras dormías. El agua de tus dedos bebida por mis dedos, el agua de tu boca fluyendo por mi boca, el agua de tus ojos dormidos que saciaba la sed de mi ceguera. Sí, bebí con cada boca de mi cuerpo el agua que, durmiente, me ofrecías. No se agotan las fuentes, no se agota la sed, pero ahora quiero dormirme, para que cuando tú despiertes bebas, en secreto, el agua de mi cuerpo.

42


LAS NARANJAS

La mañana te llevaba en su aire, entre sus árboles altos, alineados. Venías por la rambla, madre, y nada veías sino la sombra de tu mirada en la mañana intemporal de la ciudad. Venías de la compra diaria, tranquila, imaginando mi rostro dormido, iluminado sólo por la luz finísima que filtraban las rendijas de la ventana. De pronto, las asas de la bolsa en que traías las naranjas se rompieron. Tu mirada regresó de su extravío, y viste cómo se desparramaban las frutas por la calle, cruzándose, disgregándose, incesantes, como soles vivientes sobre el asfalto. Y corriste tras ellas, pues, una vez consumado aquel efímero festín de tu mirada, ni una sola debía perderse. ¿Corrías tras las naranjas o tras su luz parecida a la del fuego? ¿Qué dibujos cegadores viste trazados sobre el rugoso suelo de la mañana? Las naranjas te hablaron, mientras yo dormía en casa, amenazado por la luz. Al llegar, me encontraste despierto y, entre risas, me lo contaste todo: sólo una naranja se perdió; la aplastó un coche antes de que pudieras recogerla.

43


LLEGABAN LAS hojas desde el vacío, caían, vibraban solo un instante antes de entrar para siempre en el sueño. ¿Se abría el espacio con la llegada de las hojas, o bebía el durmiente de un agua iluminada por un árbol sin cuerpo, destruido por una voz que soplaba, incesante, en el vacío?

44


ESCENA

Sentados en el borde de la piscina junto al mar: dos cuerpos. Uno moreno, el otro rubio. Hablan, sonrĂ­en, a veces se tocan, pero con disimulo. Mueven sus piernas en el agua. Entonces se levantan, se zambullen, bracean hasta llegar al otro extremo, salen, bordean la piscina hasta que alcanzan la baranda frente al mar, continĂşan hablando, a veces una mano se apoya sobre un hombro, pero con disimulo. Luego regresan a la hamaca donde tienen sus bolsos, sacan las toallas, se secan, el moreno enciende un cigarrillo, hablan, sonrĂ­en, se contemplan con deleite los cuerpos y alguna vez se tocan, pero con disimulo.

45


EL CUERPO amado ha de permanecer fuera de nuestra vista. Orfeo debía imaginar a Eurídice, construir una imagen capaz de engendrar el canto. ¿Qué lo llevó a volverse? ¿Qué vacío, qué resplandor, qué espacio desierto vio detrás del cuerpo imaginado? En los bordes del canto aparece la muerte.

46


LA VOZ

Si la voz viera el árbol de las cenizas. Si tocara la rama que aparece sobre las aguas. Diría: la boca de la noche, el cuerpo alumbrado del durmiente, la escala que asciende por la llama, el vuelo blanco, el nacimiento del dios. Diría la boca de la noche en el cuerpo alumbrado del durmiente que asciende por la escala de la llama, en vuelo blanco, para ver el nacimiento del dios.

47


HACIA UNA PLAYA

Escalera ocupada por piedras blancas, azules, rojas. Escalera para que quien descienda tropiece y caiga y se lastime. Escalera invadida por el rumor callado de las piedras. Un vaso de plástico tiembla, invertido, sobre el muro de silenciosos mosaicos. Veré el círculo, la huella del helado derretido, sobre la piedra, si lo levanto. La espuma va y viene, entreteje las piedras pulidas que el mar empujó contra el acantilado. Mar de piedras, espumerío voraz y evanescente. Va y viene, incansable.

48


EL FULELÉ

Un fulelé en el borde de la piscina quieta, en la pulsión sin sombra de la luz, desde los muros que esperan la llegada de las criaturas, lindes del césped, sombra húmeda, mirada sobre el dios que se ignora, que se ve tan solo desde el centro, porque es dios confluyente, es él mismo la mirada. Las casas, blancas, rodean la piscina. No hay ondas, no hay palabras, arden losas, dónde están las criaturas, las esperan los muros, pero hay solo un fulelé en el borde de la piscina: nadie lo espera porque siempre ha estado. No se mueve, vigila el centro de las aguas, también quieto, alejado, se establece un pacto entre los bordes y el centro, se concentran las aguas, beben luz las casas de cal. Sólo el fulelé es el dios expectante, el poema. 49


¿LA LUZ que yace aquí, en este poema, ilumina tu cuerpo ausente o es la luz que brota de tu cuerpo ausente la que ilumina este poema en que tú yaces?

50


EL LIBRO de la luz abierto por la pรกgina en la que el cuerpo sale de un cuarto sin memoria y descubre a la madre que lee en la blancura del dios sobre las sรกbanas.

51


EL REGRESO

Aparco el coche muy cerca de casa, apago la radio, me bajo y veo el sol de la tarde, espero, tras el aire inundado de polvo. (Es una extraña calima en este invierno insular.) Dos niñas van por la acera nombrando graciosamente el mar. Oigo: «es la mar de bueno». Me vienen imágenes del mar que conozco, se superponen a lo que veo en esta calle llena de coches y estridencias. Subo en el ascensor completamente a oscuras (esta mañana se fundieron las luces): pienso en la ascensión a la blancura a través de un hilo de luz negra. Pienso también en las cartas que he de contestar cuando llegue a casa. Últimamente las cartas son la luz de la casa, una luz quieta, silenciosa, densa. Al salir del ascensor veo a mi madre en la puerta de casa. Entro con ella, y afuera, más allá del umbral, queda todo. Nos hundimos, los dos, en la nada de la blancura.

52


EL ROCE

Bajo esa tierra hay un animal muerto. Yo lo vi morir. No tenía nombre. Nadie notará su ausencia. Hay un libro junto a él, o sobre su cuerpo que se descompone. Sus páginas son ahora de tierra, pero ninguna letra se ha borrado. A veces vengo, solo, antes de que oscurezca. Contemplo un rato ese lugar de muerte. Al final, con la luz última, tomo entre mis manos un puñado de tierra y lo dejo deslizarse entre mis dedos para que el libro del animal muerto roce, siquiera un instante, mi piel.

53


EN EL agua, lugar de transparencia, hundo las manos, las palabras nacidas de mi carne. SĂŠ que son signo de lo que no puede saberse.

54


IV


BENIJO

Ca単as y espigas junto al mar. El viento no sabe lo que une: el sue単o de la espuma, el horizonte en vigilia, las gaviotas que gritan para el centro del sol, para los vuelcos de la luz en su dorso, el perfil indeciso de los montes, la nube blanca que corona el racimo blanco de las casas. Ca単as y espigas. Oigo el viento nacer, desconocido, cuerpo adentro.

57


PLIEGUES, PLIEGUES del mar, del cuerpo. Sol, luz cóncava en las manos. Sabía, no sabía el lugar de mis ojos en la hoguera del tiempo.

58


CUERPO FĂ“SIL, durmiente en la lava invisible de los tiempos: despierta, el sol te toca. El sol vuelve a quemar el aire que guardan tus pulmones, el sudor petrificado entre tus poros, el semen que conservan tus resecos testĂ­culos, la luz fosilizada de tus ojos. Despierta, el sol esparce sus semillas por tu piel.

59


LOS PIES leen la errancia de las calles. Viento en los jardines, voces en zaguanes, duelo en el cementerio antiguo. (Santa Cruz de Tenerife)

60


LA NOCHE: HORMIGA

Vi cómo caía, en silencio, una hoja amarilla de castaño de Indias. La noche se cerraba sobre el cuerpo. Algo, un rastro de luz, un leve grano blanco, se movía, bordeaba la hoja que reposaba ya en la noche inmóvil. Me acerqué, descendí al ras del asfalto donde solo aquel punto luminoso vibraba muy cerca de mis pies: era una hormiga, transportaba una mota, una pequeña miga de pan, acaso, por el suelo, se hundía en cada surco del asfalto, remontaba, y era solo su carga, su alimento blanco entre hojas resecas, colillas, entre el polvo que no vemos y las mínimas sombras. «Alcance su destino, la morada donde guarda las migas para el hambre del día o del invierno. No la pisen mis pies, ni los del niño que corre tras el aro por las ramblas, 61


ni pezuña ninguna de animal doméstico. Y la brisa, que refresca mi rostro, no la dañe ni la arrastre. Esta hormiga sagrada que he dejado de ver va a unir la noche con el día. Y en su lomo de nada sostiene todo el peso de la vida.»

62


ESTA ES la luna llena que no compartiremos. El sol, al mediodía, trazó unos pocos signos que pudieron unirnos. ¿Fueron nuestros ya por última vez? ¿Nuestros, te pregunto (pero tú no me oyes), como fue nuestro el sudor de las piernas enlazadas, como fue nuestra la luz de la infancia doblemente compartida?

63


V LA CREPITACIÓN


También entonces me acordé de otra obsesión que había tenido mucho tiempo: la de un hermano gemelo que había hecho conmigo aquel viaje interminable y que, sin moverse, se había sentado en el rincón de la ventana del compartimento, mirando fijamente a la oscuridad. No sabía nada de él, ni siquiera cómo se llamaba, y nunca había cambiado una palabra, pero, al pensar en él, me atormentaba continuamente la idea de que, hacia el final del viaje, murió de consunción y estuvo echado con el resto de nuestras cosas en la red de equipajes. W. G. SEBALD, Austerlitz


Estoy viendo a mi hermano muerto, sentado sobre la cama que era la suya cuando vivía. Reposa, tal vez, de un largo viaje, y no me habla. La habitación era blanca y azul, antes, llena de libros que él leía frente a la ventana, en concentrada quietud. Ahora las sombras han borrado todo color, ya no hay ventana, la única luz brota de un libro que mi hermano muerto tiene sobre las piernas. Esa luz ilumina su rostro, y así libro y rostro están unidos por un puente invisible. Hay ojos en ese libro que miran hacia los ojos de mi hermano muerto. Estoy lejos para poder distinguir los signos que reposan sobre las páginas. La quietud de sus manos es otra, como si bebiera un agua muy pura en el vaso del aire. Quisiera saber cuándo, cómo murió, el sentido de su presencia ahora aquí junto a su hermano recluido desde entonces en este cuarto que siempre compartieron. Nada de esto sé. Veo solo, ahora, cómo unas palabras oscuras salen de la boca de mi hermano muerto: la muerte es un gesto transparente que se hace en la sombra.

67


Leía en la noche el libro de Samuel Hanagid, recorría el camino de cada letra, la sombra de sus recodos, la claridad de sus claros. Estaba justamente en el centro de la letra que es una cruz, un cruce de caminos que se pierden en la blanca transparencia, cuando vi en la ventana el reflejo de mi hermano muerto, que se acercaba por detrás. Entonces su mano, lenta, se deslizó por el libro en que yo respiraba. Dijo que tenía que entrar en él, abrir muchas puertas, apenas descansar, no dormir nunca, pues en una de aquellas letras innúmeras lo esperaba su hermano para continuar juntos el viaje de la muerte.

68


Una letra que desconozco crepita en la boca de mi hermano muerto. Quién ha hecho de tu cuerpo una hoguera. Descendí a tus labios para ver de cerca las llamas, para leer la letra que se escapó del libro y conoció la faz de los mundos. Ahora es ceniza de tu boca. Ahora es el pájaro que está detrás de tu muerte. Desde aquí oigo las voces apagadas del fuego, las alas que retumban en el aire vacío. Tu cuerpo extendido como un libro sin páginas. Los restos de la hoguera. ¿He de beber del río de cenizas que pasa por tu boca?

69


Oigo sus pasos. Diría que dan vueltas a mi alrededor, como si mi cuerpo, o su centro secreto, de algún modo, los imantara. Oigo sus pasos, las voces antiguas de su ausencia. ¿Su ausencia? Cómo llamar ausencia a lo que incesantemente regresa. No aparecen sus pasos, no se hacen presentes, pero se oyen. Los oigo. Como el resplandor de una lámpara apagada hace tiempo. Como el trazo blanco en que se fija el vuelo de un pájaro en la noche. Así oigo sus pasos. Lo oigo llegar. Diría que a veces se detiene como si el espacio se adensara y le impidiera andar, o como si sus pies le pesaran demasiado o tal vez nada. En esos intervalos dejo de oír y, sin embargo, es entonces cuando su llegada se hace más apremiante, menos incierta. Pienso: se ha detenido para que yo busque el lugar en que alojarlo, descansa sólo un instante para agrandar el espacio de mi espera. Y así, me preparo para recibirlo, pues ya no oigo sus pasos. Ahora, sin embargo, los oigo de nuevo. No me pregunto nunca, después de cada intervalo, si su intensidad ha crecido, si se oyen más cerca. Sí, eso querría decir que va llegando hasta mí, que muy pronto desaparecerá la distancia que nos separa. Pero me pregunto si lo que deseo en realidad no es oír incesantemente el rumor de sus pasos, imaginar 70


que su movimiento es una quietud y que mi quietud, por tanto, puede ser un movimiento. Me tranquiliza pensar que no viene hacia mí, que sus pasos, sin dejar de acercarse, se han detenido en un punto indeterminado del espacio que me rodea. Si llegara hasta mí, pienso a veces, tal vez mi cuerpo no sería más que uno de esos intervalos en los que sus pasos parecen detenerse para descansar, para escucharse a sí mismos, para que alguien que no soy yo y a quien no conozco deje de oírlos y alimente así la esperanza de que se acerca y llegará hasta él.

71


Las cenizas de mi hermano muerto en este reloj. Cómo tocar con el soplo lo que está protegido por el cristal. Y, sin embargo, en las horas sin sombra, se diría que el cuerpo de ceniza de mi hermano gira, experimenta una tensa agitación en el interior del reloj. En realidad es sólo un puñado de cenizas que responde, tal vez, a una imperceptible vibración de mi mesa. Pero en ellas veo a mi hermano, y deseo soplar sobre su cuerpo, entrar de algún modo en ese lugar cerrado que ahora ocupa. Las cenizas se deslizan lentamente por el orificio minúsculo que une y desune las dos cavidades idénticas. No dejo nunca que se acumulen todas en el fondo, giro el reloj para que su movimiento de transvase se perpetúe. A veces, al final de la noche, creo que mi soplo logra traspasar el cristal.

72


Antes de acostarte, muy tarde, hacia las dos o las tres de la madrugada, ibas a la cocina a beber agua, varios vasos, para que la sed no te despertase en toda la noche. Cruzabas el pasillo, tu respiración contenida, el roce de tus manos por las paredes y las puertas a oscuras. Tan silencioso, para no despertarnos, era tu breve viaje nocturno por la casa, y sin embargo, desde los bordes del sueño, que solo cuando tú ya estabas acostado me sobrevenía, oía yo el silencio de todos tus movimientos: ni siquiera la puerta de corredera, que deslizabas suavemente hasta cerrarla del todo, me impedía oír el murmullo del agua cayendo en el vaso, el soplo de la brisa nocturna al abrir la ventana, el chasquido de los interruptores de la luz y, algunas noches, un llanto entrecortado, sordo, como una herida abierta en el silencio. Hubiera querido entonces levantarme, acompañarte en ese momento de dolor cuyo origen yo desconocía, pero pensaba que tal vez no debía inmiscuirme en esa soledad del llanto que ha ido a refugiarse en las horas más altas de la noche. Y permanecía en la cama, separado de ti por un pasillo que en esos momentos me parecía un abismo insalvable. Luego regresabas, y tu sigilo y mi escucha se unían entonces como en el viaje de ida, pero esta vez con la sensación jubilosa que lleva consigo todo regreso. Y 73


esa unión era el anuncio de la que inmediatamente tenía lugar: la de nuestros dos sueños, iniciados, cada noche, al mismo tiempo. Desde tu muerte no oigo los pasos callados por el pasillo, y ahora soy yo quien antes de dormirme voy hasta la cocina, la casa ya en reposo, a beber agua. Quisiera oír mis pasos confundidos a los tuyos, sentir tu respiración a mi lado, beber contigo, en tu boca, al final del viaje sin regreso, el agua del dolor y del silencio nocturnos.

74


Sobre mis manos, las manos quemadas de mi hermano muerto. Mis manos blancas, llenas de su ceniza. Aún oigo el fuego, aunque ya no ardan sus manos. La quemadura no habla. Sólo ha dejado huellas, surcos ciegos en la palma, en el dorso, entre los dedos, sobre las uñas. La quemadura silenciosa. Mis manos tocan las incisiones del fuego, las marcas de la carne doliente. Sienten un pulso calcinado, una sucesión de blancos latidos. ¿Late la ceniza? ¿Late la muerte de sus manos? ¿Laten mis manos por las suyas, por la quemadura viviente, por la ceniza impalpable de su muerte?

75


Un relicario para tus ojos. Limpios, verdeazules. Hay luz y aire entre nosotros, aĂşn. Y mirada en tus ojos, tras la fijeza. SĂ­, me miran, desde su muerte, desde este poema que no los ve, ciego.

76


Debe de dormir ahora en el fondo de un viejo armario: el juego de las letras. Consistía en llenar cada casilla vacía del tablero con una ficha-letra, hasta formar una palabra. De esta primera palabra debía salir otra, y así hasta hacer del tablero una red de letras inmóviles que parecía desplazarse hacia su centro, siempre vacío. El tablero nos ofrecía durante horas su silencio imantado. Al final, las manos, cansadas, devastaban el escenario de las palabras, borraban sus figuras enigmáticas, y las fichas volvían a guardarse en la mezcolanza primera de su caja de cartón. Pasábamos las tardes del verano, mi hermano y yo, en este juego de palabras destinadas a la muerte antes de engendrar una voz. Ahora mi hermano está muerto. Las letras del juego duermen en la oscuridad de un armario. Nadie volverá a alinearlas. Sin embargo, a veces oigo la voz iluminada de mi hermano pronunciando alguna de aquellas palabras. Para encontrarlo y volver a jugar con él he formado esta otra red de palabras.

77


Cómo llamar ausencia a lo que incesantemente regresa. Cómo decir que has muerto si ahora tu mano se apoya sobre mi hombro. Cómo cerrar unos ojos que solo ahora ven. Cómo incinerar un cuerpo de fuego. Diré una palabra que solo tú oirás.

78


Cuando, en la noche, apenas oigo mis pasos ciegos en la casa dormida, me siento muy cerca de la muerte. Más allá de ciertas horas, mis pies parecen borrarse, recorro en silencio todos los cuartos, y en ninguno hallo el menor testimonio de mi presencia. Los muebles podrían no estar ahí, y si mi mano hiciera algún esfuerzo por tocarlos, se revelarían como objetos que ocultan el ser que los habita. Por eso ando sin detenerme, prefiero escuchar el rumor de mis pisadas sobre un suelo que no veo y que quizá no existe. Sí, podría estar suspendido en el aire nocturno de la casa, o incluso en la ausencia de ese aire. Habría el mismo silencio, la misma sensación de estar en una casa vacía, muerto como tú, recorriendo los cuartos donde en otro tiempo nuestra madre hojeaba álbumes antiguos, donde hubo camas para nuestros cuerpos dormidos, armarios llenos de ropa o colecciones de peonzas y mariposas muertas que tal vez fueron mías o tuyas, una mesa frente a la ventana donde yo leía durante horas o escribía poemas que hablaban de mi propia muerte, de la tuya.

79


Abrí la boca y entró un ave que bajó hasta mi estómago. Venía de lejos, y anidó allí, en lo más hondo. Durante días vibraron por mis venas su canto o su sueño. Bebió mi sangre para alimentarse o para transmutarla en agua sobre la que flotar, pues era tal vez un ave de costumbres acuáticas. A veces dejaba de oír su voz o su respiración, y me preguntaba si había muerto. Pero de pronto volvía a sentir un rumor apagado, el calor de un cuerpo dentro del mío. Sé que llegará un día en que el ave habrá bebido todo lo que hay dentro de mí. Entonces tendré que volver a abrir la boca para dejarla salir. Pero no se irá sola.

80


Pronunciaba el poema en la casa vacía. Dejé de leer. Medité sobre esas palabras que entraban en el aire. Vi el aire entre los muebles, entre mis manos, entre las páginas del libro. Ahora escribo otras palabras en la casa vacía. Entran y salen del aire, viven en la transparencia. Mis manos se reflejan en mis ojos mientras leo esta página que escribo.

81


Guardar un objeto, un mínimo vestigio que represente la entera presencia de lo que ya no es: así hizo mi abuela esta tarde con una pluma de uno de los pájaros que durante tantos años han cantado para ella. La ha guardado entre las páginas del misal que cada noche utiliza para no perderse en sus oraciones. A partir de ahora, cuando entre al «cuarto de los pájaros» y vea vacía la jaula luminosa junto a la ventana, callado el aire del patio que traía hasta la cocina, situada enfrente, el canto de su pájaro, a partir de ahora esa pluma será para ella, cada noche, al abrir el misal, el signo de una pervivencia, su compañía nocturna, los ojos de la memoria, el canto de su pájaro muerto.

(El cuarto de los pájaros, I)

82


Las manos de mi abuela dentro de la jaula en que vive otro de sus pájaros, ciego. Con no menos resolución que cuidado, llena de alpiste y de agua los recipientes semivacíos. El pájaro revolotea un instante, pero luego se tranquiliza o se resigna y permanece quieto durante toda la invasión de las manos. «Ya no canta», dice mi abuela. «Está ciego».

(El cuarto de los pájaros, II)

83


EL CANTO EN EL UMBRAL [1994-1995]


Ô captif solitaire du seuil MALLARMÉ


I


UN ÁRBOL, SOBRE MI CUERPO

Por las aguas del sueño te veía nacer, sobre mi cuerpo, árbol de raíces oscuras que bebieron el jugo de la tierra, hasta apurarlo. Subes ahora a mi cuerpo dormido, como un pájaro asciende hasta las cimas del aire, para ver en la noche la ciega claridad, la luz más blanca, para que tu ramaje sea cubierto por los ramajes blancos del origen. Dime, árbol naciente, si mi cuerpo, la tierra en que se hunden tus raíces, tierra empapada ahora de las aguas del sueño, ha de nacer contigo, ha de ascender entre tus ramas altas hacia la claridad.

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EL ROSTRO

En el borde escindido, en esa luz Ăşltima que silencia los ramajes, donde puede la tierra esparcir por el aire su aliento o sus cenizas, ahĂ­, en la ceguera de ese borde, mis manos te buscan, pero palpan solo el rostro encarnado en las palabras.

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UN AVE, EN LA CASA Para Andrés Sánchez Robayna

La casa ilumina las horas: salir es entrar en el aire de afuera, cerco celeste, espacio de quietud. Adentro, un ave bordea los objetos en su vuelo alocado. Logra, al fin, rozar con sus alas la ventana, verla con los ojos de su piel encendida. La golpea, se abalanza desde lejos contra ella, pero su cuerpo es aún débil. ¿Ve el ave la sombra que se esconde en la luz, o es su vuelo ardoroso la voz exiliada del aire, el rumor que regresa a la casa del afuera? Nada sé, y en silencio me acerco a la ventana: el vaho conserva el dibujo de un rostro de aire, las huellas borrosas de un vuelo para la muerte o para la transparencia.

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UN ÁRBOL Para Roberto A. Cabrera

Un árbol se movía, quieto. Lo miraba desde el coche, aparcado junto a la casa. Había venido de la ciudad para pasar solo la tarde, en la terraza transparente, leyendo, hasta la disolución última de la luz. Pero ahora no quería salir: el canto suspendido de los pájaros, el viento silencioso, solo visto en la agitación incesante de las cañas o en las locas espirales de las briznas sobre los cristales, la ausencia que deshacía el rostro de lo visible, todo invitaba a permanecer recostado en el coche, contemplando aquel árbol poderoso, capaz de resistir los embates del viento. Su vibración imperceptible, como el balanceo de una barca sobre aguas tranquilas, o como el sigiloso deslizarse de un gato por el borde de un muro, la enigmática 92


pulsación de las ramas contra el aire, su nítida silueta, grávida, serena, alzada sobre el cielo vacío de una tarde de marzo, sobre el rostro calcinado del mundo, ¿no invitaban a una calma del cuerpo, a suspender espíritu y mirada, a un reposo vibrante de los miembros tendidos en el asiento de un coche aparcado junto a una casa vacía?

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EL AGUA

Cuando el agua que bebo se adentra por mi cuerpo, ocupa las venas, ilumina la carne y asciende hasta el espíritu, destilación nocturna, ofrecimiento de los labios del mundo, cómo no ver el pájaro que desciende hasta su origen, cómo no ver su vuelo por las aguas del cuerpo, el nacimiento del pájaro y el retorno del pájaro, cómo no ver la luz que se posa sobre el agua nocturna.

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EL CANTO EN EL UMBRAL

¿Oyes el canto en el umbral? Cerca de la casa los árboles giran, anudan sus ramas cimbreantes. ¿De dónde vienen esas voces? Resplandece la noche entre tus manos. Duermes en el vacío de tu luz, en la total apertura de la noche a la noche. Tu sueño es una danza quieta sobre la tierra liviana. Llamas a los árboles, les pides que se acerquen al umbral: quieres bañarte en la luz de su sombra, quieres ver cómo sus cuerpos enlazados se adentran en el canto. Ellos acaban sumándose a la respiración de la casa. Tú bebes el aire nocturno que destilan sus ramas. Oyes la noche ciega en el umbral.

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LAS VENTANAS Para Miguel Martinón

Altas en la noche, las ventanas son los únicos signos de la humana presencia en la ciudad. Ventanas iluminadas, arriba, quietas o vibrátiles: nos hablan del insomnio o de la absorbente lectura, de la fiesta de los cuerpos o de los preparativos de un viaje en la madrugada. Alzadas en el aire de unas calles a esta hora desiertas, las ventanas orientan, conducen nuestros pasos y nuestra mirada. ¿Hacia dónde? ¿Hacia el centro, tal vez, de esta ciudad atlántica? ¿Hacia sus bordes de agua o de montaña antigua? No: altas en la noche, las ventanas alzan, conducen la mirada de nuestros pasos hasta las más altas estancias del aire de esta ciudad.

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EL ÁRBOL BLANCO

Aún no he encontrado, madre, el árbol que te salve de la muerte. Recorrí esta mañana, hasta extraviarme, los senderos suspendidos del jardín botánico, vi, para que tú los vieras con mis ojos, árboles de copas altísimas, flores exóticas que me miraban, extrañadas, desde la tierra de su herida, de su destierro, hojas que arrastraban mis pies silenciosos, alzados lentamente y con esfuerzo, como si caminaran por un sueño vacío. Y no vi, madre, el árbol que buscaba, el árbol vivo, luminoso, el árbol que ha de tender sus ramas para que no te toque la muerte. Y como no lo hallé, como no me deslumbraron su cuerpo vivo, su presencia, ahora estas palabras me traen tu infancia, y eres una niña 97


que corre, infatigable, por el parque de su ciudad natal, y llama a sus amigas, y alza ramas y cañas, y ve siempre a su madre asomada a la ventana que da al parque, sonriendo, esperando que su hija regrese para que la casa esté llena. Y ahora eres tú esa madre que espera y tu hijo está mucho más lejos, buscando un árbol que te salve de la muerte. Como no lo halla, ha encendido un poco de incienso, ha abierto un cuaderno y ha empezado a escribir, en la noche. Y ahora que está llegando ya al final de su ciego camino, de repente, sobre el cuaderno, ha caído una tromba de ceniza que ha manchado de blanco las figuras de tinta. Enseguida he soplado, y se ha formado un árbol aéreo, de blancas cenizas, y sus ramas han alzado estas palabras, madre, para que nunca te toque la muerte.

(Madrid, otoño de 1994) 98


LAS SÁBANAS

Cada noche, al deshacer la cama para acostarme, veo la sombra de mi cuerpo sobre las sábanas, las huellas de una antigua impregnación. Así, cada noche, se tiende mi cuerpo sobre la sombra de otro cuerpo que no es el mío ya, sombra del cuerpo de mi muerte, de la llaga secreta que cada noche se aviva y nadie lame. Y al apagar la luz, veo brillar tan solo las esplendentes sábanas, que me cubren y borran, cada noche, la sombra de mi cuerpo.

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LA SALIDA, EL REGRESO

La baranda del sueño en el amanecer o en la alta noche, blanca, oscura. Hasta ella salgo, hasta el musgo que la cubre, hasta su tacto húmedo, para ver mis ojos o los tuyos entre las ramas mojadas de los sauces, para escuchar las voces sobre la hierba, en el agua que duerme. Al volver a mi cuarto eres tú quien duermes y hablas y tus ojos me cubren con el húmedo tacto del musgo de la baranda del sueño en el amanecer o en la alta noche, blanca, oscura.

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EL UMBRAL SELLADO

Verรกs el umbral sellado: blancas barandas, sombras de nubes o ramajes, un parasol agujereado, las losetas pulidas, las voces de los dos hermanos que juegan, la tarde larga del verano. Verรกs el umbral sellado. El sello no lo verรกs.

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LOS LATIDOS

¿Oyes los latidos de la sangre, cómo puja esa voz entrecortada, en las estancias del cuerpo, por derramarse en el aire, para formar un rostro de cenizas suspendido en un hueco del espacio, mudo como solo las cenizas pueden serlo, como calla tan solo la voz que ha hablado más allá de la voz?

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TU MANO

Esperaba tu mano para llevarla a mi boca. Solo llegó, al final de la noche, un breve resplandor: llama blanca, delgada, que ardía entre las jambas a la altura precisa de una mano suspendida. Única ofrenda nocturna, tan breve que no pudiste fijarla, que no pudo mi boca enredarse entre los dedos de esa llama carnal.

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LA CASA, LA MUERTE

Noche cerrada. Afuera las olas y los árboles respiran en reposo, anudados, o tal vez hayan dejado ya de respirar, unidos en la muerte. Algo sabe la casa de ese hálito lento, de esa muerte de afuera: el vaho de sal que cubre los cristales, la quietud de la brisa que se agolpa en el balcón, la furia ciega del mar contra los diques de la noche: todo llega como voz inaudible hasta esta casa en que duermo o ando en silencio, yo también, para acercarme a la muerte.

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LA VOZ DEL UMBRAL Para Arturo Ramoneda

Di la voz detenida que atraviesa tu cuerpo, el soplo húmedo, el agua del desierto, di esa voz detenida muy cerca del umbral, para que llegue hasta mí como un hálito blanco, como la sangre transparente de estos árboles. Di esa voz detenida para que dance tu cuerpo, para que gire en el aire, para que sea una llama di esa voz.

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EL INCENDIO Para Melchor López He visto cómo de pronto la ventana ha comenzado a arder, como si una tensión indecible cruzara su blancura, como si oyera más allá de los bordes la voz silenciosa del fuego. Pero nada se oye ahora, ni siquiera la crepitación. ¿Se ven las llamas? Apenas, pues el blanco que arde está más allá de todo color, de toda posible percepción visual. La entrevisión en mis ojos, tan solo, como si la ventana no estuviera ahí y no se vieran más que algunos puntos blancos mínimamente encendidos. Me pregunto qué se oye en esa llamada inaudible, cuál será la textura de la voz del fuego, y como única respuesta alcanzo a ver un rostro sereno que va dibujándose entre las llamas, un rostro de indefinidos contornos, de rasgos casi borrados: unos ojos, una nariz, una boca. Es suficiente para que reconozca ese rostro que, sin embargo, se ha vuelto irreconocible. Se diría tocado por la mano de la muerte. Rostro renacido ahora para dar sentido al incendio de una ventana blanca, rostro en el fuego que viene a decir la palabra de mi muerte, la que solo se oye en una habitación vacía, la que rasga el aire que ya nadie respira, la que toca los despojos de un cuerpo sobre el lecho, la que levanta ese cuerpo y le dice que ande. 106


EL NOMBRE DEL UMBRAL

Alguien debe venir hasta el umbral. Se sentarรก en la hamaca, a la sombra. Durante horas mantendrรก cerrados los ojos. Sรณlo alguna vez los entornarรก para ver un destello sobre el haz de las piedras, el secreto resplandor de un rescoldo o la silueta blanca de un pรกjaro. Dispondrรก su cuerpo entero para la audiciรณn de las voces antiguas que pueblan el aire. En la extrema quietud, se desharรก de su cuerpo. Solo entonces se levantarรก, se acercarรก a la baranda, abrirรก los ojos para ver su mirada y, con un hilo de voz, como en un sueรฑo, pronunciarรก el nombre del umbral.

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LA PALABRA ESPERADA Para Carlos Schwartz

¿Cruzarás deslumbrado el umbral, de amanecida, o en la alta noche impregnada de rostros antiguos? ¿Cruzarás el umbral, o detendrás en él tus pasos bajo la ceguera del mediodía, bajo la oscura videncia? Si entras en la casa, ¿será para dormir junto al fuego y dejar que las llamas incendien tu sueño, o será para beber y ser bebido por el agua que destila el aire nocturno? Si sales a lo abierto, más allá del umbral, ¿guardarás en la ausencia las imágenes del fuego o del agua, o destruirás toda memoria, para que ocupe tu sangre una ceguera anterior, la única que te haga ver la palabra esperada más allá del umbral?

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EL CONFÍN Para Ramón

Juntos, nuestro último día, indetenible el coche por los bordes de la isla, un viaje silencioso hacia el lugar entrevisto, hacia el confín, donde las piedras de la noche, adivinadas, brillarían tan solo por nosotros. El cielo compartido, los rostros, la ciega proximidad del desierto, y los ojos reunidos en la luz ondulante del faro en la montaña, los oídos atentos al rumor de unos perros heridos, como un sueño. Así, juntos, el coche detenido al borde invisible de los acantilados, silenciosa, en lo alto, la rueda sin fin de las estrellas, nuestros cuerpos, era el último día, se bebieron hasta tarde, insaciable la sed, el rumor azotante, afuera, el deseo en lo oscuro, en el confín. Hasta el centro bajamos, sin ver, desde los bordes, hasta el centro 109


secreto de nuestros cuerpos. Y en un cuenco que allĂ­ dentro encontramos, hacia el alba, bebimos ciegos la sed, la Ăşltima estrella. (Teno)

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LECTURA CIEGA

En la noche leĂ­amos, nuestros ojos cegados, las manos sobre el libro, el resplandor. Callabas, yo leĂ­a, las miradas unidas en la voz, en la escucha, en la ceguera.

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III


EL UMBRAL Para W.

I El umbral está lleno de sangre. Ven, pero no entres, porque no hay nadie en la casa. Quédate en el umbral, conmigo, para recoger juntos los restos ensangrentados de nuestra propia carne. La casa está siempre más allá, deshabitada, silenciosa como un árbol nocturno. Tú vienes ahora, pero yo estaba ya en el umbral. ¿Iba a entrar en la casa o acababa de salir de ella? No lo sé: el resplandor de la sangre ha cegado mi memoria. Ahora vístete esa túnica blanca. Hemos de danzar sobre nuestros propios cuerpos despedazados. Renacerán o salpicarán de sangre la blancura de nuestras ropas. Luego arderá el umbral.

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II

Mi cuerpo abierto y frรกgil, como un รกnfora antigua, para recoger la sangre quemada, las rojas cenizas que gotean de los รกrboles.

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III

Al descender el cuerpo, la madre solo veĂ­a sangre. No sangre sobre el cuerpo: sangre que era el Ăşnico cuerpo.

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IV

Una llamada. Sin voz. Solo una levĂ­sima vibraciĂłn del aire, el gesto puro y humilde de unas hojas sobre el camino. Gesto silencioso audible solo desde el umbral. Gesto que nos llama si la puerta estĂĄ abierta, si hemos apagado antes la hoguera de voces que nos destruye, incesante.

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V

Aguas sobre el umbral, dormidas, oscuras, s贸lo perceptibles por el ruido de nuestros pies cuando nos asomamos en la noche. Aguas para que el umbral parezca no existir, fundido plenamente con el aire nocturno. Aguas que no traspasan nunca el umbral, porque el sentido de la casa es la sequedad, el vac铆o, la abrasadora sed que busca cada noche las aguas dormidas del umbral.

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VI

En el umbral arden los cuerpos. Paredes, cenizas blancas. Un aire quemado nos separa y nos une. Escala de la calcinación: pasos en el borde para ver el revés de los cuerpos. Ciego, al mediodía, el umbral.

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VII

Una baranda de madera cascada por el sol, unas hamacas vacĂ­as, gastadas, casi inservibles, una pared muy blanca, reverberante, baldosas descoloridas, unas jambas y un dintel, el hueco que forman. El umbral solo existe para la sed de tu rostro.

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VIII

La destrucción de toda imagen, en el borde, en la línea de piedras humeantes que vemos al salir. ¿Qué nos sostiene en este mediodía rasgado? Borde de ausencia donde nada se oye, para que el cuerpo sea envuelto por un aire blanco, espeso, voraz. Aire de muerte. Para que la mirada calcinada llame de nuevo a las voces, al fuego, a los cuerpos del sol sobre el umbral.

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IX

La danza de un cuerpo vacío en el umbral. Giran las manos, ligeras, para las circunvoluciones de la muerte. Gravitan las baldosas alrededor de la ausencia, en el espacio ilimitado que se repliega y consume en un punto de oscura ignición. No hay sombra del cuerpo danzante en el umbral. No hay casa ni mundo más allá del umbral. Un cuerpo danza vacío. Sin sombra. Sin cuerpo. Para la muerte. En el umbral.

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IV LAS CUERDAS INVISIBLES


EL SUEÑO Para Jesús Hernández Verano

Desperté y vi un árbol sobre las aguas. También la casa, lo supe, había dormido, y despertar fue apenas desligar ambos sueños. Vi las ramas golpear sobre el agua, como tocaron las manos de un niño, hace ya tanto, otras aguas dormidas que guardaron entonces, y solo un instante, las huellas de sus dedos o sus palmas. ¿Había bastado una leve vibración, una voz que ya no se oía, para romper mi sueño? ¿Bastaba ahora con incorporarme y ver la claridad en la ventana para estar ya despierto? En mi sueño, la casa flotaba sobre las aguas, y el árbol se movía como llevado por una barca muy lenta, invisible. Vendrá ahora un niño, desde otro tiempo, hasta la casa. Tocará a la puerta 127


y me despertarĂŠ. Y verĂŠ en sus manos, al abrirle, en el umbral, unas ramas mojadas, unas hojas de fuego, y todo nacimiento y toda muerte.

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LA CONVERSACIÓN

Era ya tarde, hablábamos, y en nuestras voces se escuchaba el sonido de la lluvia. Olíamos desde dentro la tierra humedecida. ¿Qué palabra dijimos para que toda sed fuera saciada por el acallamiento de la noche? Oímos entonces, tan solo, la memoria de gotas incesantes, o escuchamos tal vez, aún, inextinguible, el lento deslizarse de esas gotas brillantes por los cables del tendido, afuera, como música de agua tocada sobre cuerdas invisibles. Decir y escuchar fueron, al final de la noche, un solo acto de las voces que hablaban y escuchaban su propia resonancia. Y dentro y fuera nuestra conversación se unía a la fidelidad nocturna. 129


LOS OJOS, EL REGRESO Para Francisco Javier Hernández Adrián

Al salir de la casa, los ojos, en el fuego del regreso, ardían, tal ramaje que flotara en la blanca ladera, ramaje de manzanos sobre la otra ladera más oscura. Veían tan solo, los ojos, las llamas de ese viaje en la memoria de otro viaje, o de sí mismo, como un cerco de pájaros en torno de un árbol, la memoria de un viaje por los ojos del regreso. Qué veían los ojos, ya cegados en la noche más blanca, en la luz de laderas que llevaban de la casa a la casa, amanecidos ojos para ver, aún oscuros, los ramajes ardientes del regreso.

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LA PERMANENCIA

Permanece tu cuerpo entre mis manos, convertido en cenizas. Ellas limpian mis dedos de los despojos de sí mismos. ¿No ves, ahora, en la noche, las yemas iluminadas? Pero es solo un fulgor que no puede durar, como tampoco duraba el fuego de tu cuerpo entre mis brazos. Y así, mis manos deben entregar ahora tus cenizas a las manos del viento, que, invisibles, las han de ofrecer a las manos de la tierra. Tu cuerpo seguirá latiendo en la memoria de mis manos o en el temblor secreto de los mundos.

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LOS DÁTILES Para Francisco León

Recogíamos dátiles. Aún puedo ver nuestras manos alzadas por lo alto de las palmas, las sombras de la tarde protegiendo los cuellos, como la infinitud de aquellas horas protegía nuestra fragilidad. Y brillaban los dátiles que más tarde usaríamos en los juegos nocturnos, junto al agua. Y brillaban las voces. Caería algún dátil en la lámina oscura y silenciosa. En corro rodearíamos los bordes para oír la respiración de las ondas, o un destello en el centro. La noche no borraba la blancura vibrante de las casas. Era otro corro, detenido en el gesto de la entrega como el bañista que durante el día se detiene un instante en el que el cuerpo, 132


ya en el borde, desea entregarse a las aguas, o a su imagen. Al final de la noche, los dĂĄtiles dispersos sobre las grandes losas invisibles. Nuestras manos, tambiĂŠn, dispersas en la noche.

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LA SALIDA Para Goretti Ramírez

Las manos de la noche retuvieron la luz. Yo caminaba por las casas de cal, hacia las aguas. ¿Qué me esperaba allí? Las escalas de piedra, silenciosas, guardaban los destellos y las voces del día. El césped, los arbustos, el rumor de los grillos, camino de las aguas. En los bordes del sueño un resplandor, o un aire blanco, había brillado entre las sábanas. Supe entonces de una antigua promesa, la de la luz guardada por la noche, la del cuerpo que baja, al fin, hasta los dedos de la luz. Y así, dormido, me vi deslizarme por la abierta ventana. Todo resplandecía y se reflejaba en mi cuerpo.

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Yo caminaba por las casas de cal, hacia las aguas, en el amanecer de medianoche.

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LOS OJOS, EL SUEÑO

Despiértate. Tus ojos no han dormido. Los he visto flotar más allá de los párpados, y arder, como una llama invisible en el centro de un cuarto, en la noche, se agita sin que el viento la toque, ni unas manos orantes, desasida de todo, tal si fuera ella misma la noche, la llama tras los párpados. Así dormías tú, como llevado hacia afuera, como si el aire nocturno pudiese llegar hasta tus ojos, adentro, hasta tu cuerpo abierto en su clausura. Despiértate. Así podrás dormir. Así mis ojos y los tuyos hallarán la brisa que los una, como brillan dos llamas en el centro de un cuarto, una en la otra, al mediodía, sin que la luz las ciegue, ni unas manos heridas, y unen borde con borde hasta que son un solo resplandor, en la unidad. 136


EL ASCENSO Para Alejandro Rodríguez-Refojo

¿Quiénes iban delante, o a nuestro lado, en el ascenso, entre pinos aéreos y arbustos silenciosos? ¿Quiénes iban detrás, si no volvíamos la cabeza, o apenas, al oír unas ramas pisadas, o el latido de un fuego que no ardía? La única mirada caía sobre el polvo que los pies levantaban, aliento de la tierra antes de toda entrega o comunión. Los ojos descendían a las huellas fugaces de unos pasos sin origen, ausentes, borrados por las bocas del viento arrasador. ¿Quiénes éramos, si nada llevaban nuestras manos, salvo, tal vez, un rescoldo, una piña ligera, casi ingrávida, o la arena inclemente, abrasadora? 137


Llegaríamos, al cabo del ascenso, al lugar donde las voces encuentran su cuerpo, o su sombra, en la abierta cámara del eco, como un mirador que mostrara la ausencia de un paisaje. Y en un ara, al final de las tarjeas, la sed de nuestra sangre beberíamos, quiénes, agua destilada por árboles o dioses, por qué manos, por qué bocas sagradas.

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V


UN VERANO

Verano de los dioses. Se abría, lugar en lo desconocido, una mano terrestre. La luz nos desnudaba. Toallas o sudarios tendidos sobre piedras humeantes decían el secreto: la desnudez gozosa de los cuerpos o la sed de la muerte en la imagen de un rostro calcinado. Sí, se abría, en el aire, la mano de la tierra. Seguimos, bajo la luz desierta del verano, las huellas de los dioses.

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LA OTRA CASA Para Alejandro Krawietz

Era otra casa, muy cerca de la nuestra. Tocábamos, de noche, en la confianza de manos invisibles que abrirían a nuestra sed sobre el umbral. Una escalera. Abajo, la terraza. Hacia la habitación de lo alto, nuestros pasos, por peldaños sonoros en la casa en silencio, hacia nuestros amigos que esperaban sin saber si esa noche el soplo de los árboles rozaría los rostros, o si, en cambio, el final del verano nos traería dolor. La ventana. En el centro de la noche una pregunta. Sobre las camas cuerpos y silencio. Un destello, tal vez, venido de ningún lugar o de una antigua fiesta de los aires brillaría un instante sobre el rostro cercano. 142


SĂ­, destello o palabra pronunciada en la noche desierta contra toda pregunta, contra todo dolor.

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PARA LA SED DE UN DIOS

El mediodía de verano. Las islas, deriva de los mundos. Un templo en la colina soleada. Las huellas, una mano suplicante junto al ara, columnas de sacra levedad. Pasos por caminos que ascienden desde el agua. Allá, la reconciliación de sed y sol: el centelleo. Y el abrazo sagrado de los cuerpos, sin verse, enlazados los dedos sobre la piedra, o en el aire, o en la arena que contiene un fragmento de la muerte. Y el fuego, al fin, en el centro del fuego de la hora incendiada, en el centro de un ara, al mediodía, 144


blanco como la mĂŠdula del fuego, el templo, sobre el rostro de los mundos, las aguas, todo, hasta esta espuma, para la sed de un dios.

145


UNA VOZ Para Víctor Ruiz

Dijiste: “Inviolables los ojos de la noche. ¿Por qué caminos has venido tú, silencioso, desde qué alturas invisibles? Inviolable tu voz. ¿Permitirías, acaso, que fuera profanada por mi escucha? Mira tu mano lamida por mi boca hasta el dolor y la sangre. Ven, dime, ¿qué traes para la sed abrasadora, qué guarda tu cuerpo, inviolable, tras la piel oscurísima, alumbrada tan solo por la hoguera de mis dedos?”. Nada, estas palabras oídas en el amanecer, sin resonancia apenas, como un eco remoto, desde la muerte ahora hasta la muerte.

146


FIDELIDAD TERRESTRE Para Nilo Palenzuela

La tierra de dolor, bajo mis pies, oscura, ¿sabe acaso adónde voy, por qué dejo mis huellas al borde de estos cedros en reposo? Nada sabe, tan solo estar bajo mis pies, en el silencio de la antigua humedad, en el humilde gesto de los brotes que mis suelas aplastan y que, acaso, renacerán para unos pies celestes, sin heridas. Sí, la tierra está ahí, más allá del dolor, en la reminiscencia de piedras que quemaban nuestras manos o secretos barrancos ofrecidos a las bocas nocturnas. Sí, la tierra que ha bebido todo nuestro dolor. Dime, irrigada, ¿no te oiremos nunca palpitar 147


bajo los pies? Yaciente, ¿nada nos darás a beber, ni siquiera la sangre del humano dolor que guardan tus pulmones silenciosos? Fidelidad terrestre. Nada escuchaba más allá de mis pasos. ¿Me oirás, tierra, al fin, si te llevo a los ojos, si te doy a beber saliva de mi boca, si hago sangrar mi rostro en el silencio de tu rostro?

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EL AVE DE LOS CIELOS Para Marco Piazza

I No he vuelto a llamar al ave de los cielos. No se ha alzado mi mano de nuevo entre las telas de la noche. Nada arde: los ojos entre ramas estรกn llenos de arena, y el plumaje no se despliega ya para los cielos. Nada arde. No viene, en el rumor de la hierba nocturna, el ave hasta la mano, el rostro de la luz hasta la oscuridad de mi rostro.

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II

¿Y no vendrás como una palabra que regresara a mí desde muy lejos? Por el cuerpo del aire leería las venas invisibles de tu vuelo, las huellas de tu paso por la noche, camino de mi cuerpo. Ave de espacio, ¿no vendrás como sed de toda agua celeste, más allá del espacio del día y de la noche?

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III

Pero nada se oye. Acaso esté lo audible sumergido en infinitas aguas silenciosas. ¿Resuenan nuestros pasos en la tierra del cielo, allí donde anidó el ave que espera una sola señal de nuestras manos para el regreso?

151


IV

Ahora sus ojos son tierra entre la tierra. Las alas adamadas por la luz, alas que un viento pudo levantar hasta el borde inviolado de los cielos, son ahora hojas muertas.

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V

Como aquel que despierta de un sueño muy oscuro y ve al salir a la mañana un niño sonriente corriendo entre los árboles, así se alza mi mano, ave, de nuevo, en este día de oscuridad, y espera la llegada de tu cuerpo sagrado. Así vuelvo a llamarte. Y la palabra que vendrá hasta mí enhebrada en tu pico resurrecto, ave, será palabra de transfiguración que devolveré a lo lejano, a otra ave de los cielos.

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LA LUZ INEXTINGUIBLE

Amanecía. Las manos palpaban la herida del cielo. Abrían caminos de dolor para la luz. Amanecía, sí. La luz llegaba como un soplo inextinguible desde el cuerpo del cielo hasta el cuerpo desnudo del durmiente. Nueva luz a la luz sobrevenida, sin origen, como llama sagrada que soldara los dos bordes sangrantes. Luz, sí, raíz de toda herida, luz sobre las manos ciegas que tantean la gran llaga celeste. 154


Inextinguible tu soplo sobre las nervaduras de la sangre. Inextinguible el dolor de nuestras manos desnudas en el amanecer.

155


Goldenes Auge des Anbeginns, dunkle Geduld des Endes

GEORG TRAKL


LA AZOTEA – RÉQUIEM [1996]


La crepitación. Poesía reunida 1991-2006