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EL GOLPE DE ESTADO

Conversaciones con Altamirano (Capítulo 6) 2010))

Escrito por Salazar-Altamirano  


a) EL GOLPE Y LA DIRECCIÓN DEL PARTIDO SOCIALISTA Hay que decirlo: fue un golpe letal, porque no sólo fue un simple golpe militar, sino además un golpe sicológico, sociológico y afectivo, que no sólo golpeó a los alrededores del Estado, sino también fuera y dentro de nosotros mismos. Nos cambió no sólo la vida política, sino la vida cotidiana, la vida privada, la identidad de uno mismo. Nadie estaba pre-parado para un golpe de Estado que tuviera ese tipo de impactos, que te trastornara hasta la psiquis, hasta los pensamientos más íntimos. Y eso que fue, como habría dicho Gabriel García Márquez, la «crónica de un golpe anunciado». Muchos sabíamos que venía, pero no así, en esas proporciones, con ese alcance mortal. Para mí, al menos, era evidente que venía, que estallaría lo que podía ser el «enfrentamiento», y así lo dije en varias de mis intervenciones públicas. Radomiro Tomic, en este sentido, me hizo una observación crítica, diciéndome que, con esto de anunciar el golpe, estaba incurriendo en la leyenda griega de la «profecía autocumplida»... Pero para mí no era un simple anuncio, ya que todo el comportamiento de la derecha, desde que Allende venció en las urnas, indicaba que terminaría por desencadenar un golpe militar o de otro tipo, en toda regla. ¡Si partieron asesinando nada más y nada menos que al comandante en jefe del Ejército!... Yo pensaba, en todo caso, que iba a ser un «enfrentamiento», una confrontación entre dos fuerzas, pero no que no habría enfrentamiento alguno, sino una especie de «paliza en despoblado», una masacre unilateral. Era claro que la derecha no iba a aceptar por ningún' motivo que le expropiaran sus fundos, sus bancos, sus riquezas, para «distribuir mejor el ingreso nacional»... ¡Jamás! Pero no todos temían lo que yo estaba temiendo. Entre nosotros había varios dirigentes y camaradas que se negaban a dar por cierta esa «posibilidad», entre ellos, mi amigo y jefe, Salvador Allende. En realidad, mis únicas divergencias importantes con Salvador tuvieron que ver con la posibilidad del golpe y con lo


que eso podía significar para él, para nosotros, para todo Chile. Discutimos el tema muchas veces. Ya te he dicho que Salvador tenía una confianza ciega en la vigencia de la ley (mito portaliano) y, por tanto, en el respeto irrestricto de los militares a la Constitución política. Y si no lo discutíamos, eludía el tema, no era algo de lo que le gustara hablar. Entonces, recurría a argumentos más o menos a la ligera: «¡Nooo!... aquí no va a haber golpe. No. Quédate tranquilo». Cosas así. Sólo en los últimos dos meses, y después del tanquetazo, tomó conciencia de esa «probabilidad». Porque después de esa asonada, pese a que terminó en fracaso, el ambiente quedó tenso, con amenazas latentes, con la idea fija de que el tanquetazo había sido sólo un anuncio, una especie de «ensayo»... Cuando estalló el golpe, un amigo me llamó muy temprano en la mañana para anunciarme que ya se habían sublevado tales y cuales regimientos y que el asalto de esas tropas podía producirse en cualquier momento. De inmediato tomé el teléfono y llamé a Salvador, que estaba en Tomás Moro, para confirmar la información. Salvador me contestó algo secamente, denotando tensión: «Sí, sí, viene el golpe...». «Salvador, ¿y qué vamos a hacer?...». «Bueno, tu dirección partidaria sabrá qué hacer», me contestó, abruptamente... Entonces me atreví a decirle: «Salvador, este tema ya hace algunos meses te lo estoy planteando». «Bueno, no es éste el momento para discutirlo...». Obviamente yo no pensaba provocar una discusión en ese minuto con el Presidente. Y allí se cortó la conversación. Fue la última vez que hablé con Salvador... Decidí entonces desplazarme al punto en que la dirección del partido había acordado reunirse en caso de que el golpe que temíamos se llevara a cabo. El punto era el local de la CORMU (Corporación de Mejoramiento Urbano), que la dirigía por entonces un compañero socialista. Quedaba, lo único que recuerdo ahora, en la calle Portugal.


Pero, estando allí, decidimos irnos a otro lugar, que se llamaba «La Feria», en el sector de El Llano. Ahí llegó la mayoría de la dirección del partido. Primero que nada escuchamos las noticias por la radio. Hubo diversos llamados telefónicos. Uno fue de Erick Schnake, que estaba a cargo de la radio Corporación. Informó que la radio estaba siendo sometida en ese momento a un bombardeo. Preguntó qué podía hacerse allí en esas circunstancias... Hubo otras llamadas, más o menos del mismo tenor... ¿Qué podíamos hacer? Adonis Sepúlveda insistía en que yo hablara por la radio que aún podía ser utilizada. Y en esa discusión estábamos cuando irrumpieron por la radio las palabras finales de Salvador Allende... ¿Qué podíamos hacer nosotros después de ese maravilloso discurso que, en estricto rigor, era una despedida, una orden de retirada, totalmente defensivo? Sus palabras eran perfectamente coherentes con lo que me había dicho tantas veces: «Yo no renunciaré: pagaré con mi vida la lealtad del pueblo...». Era evidente que Salvador había tomado la decisión de morir. Yo, un tanto imprudentemente, le había dicho a veces, como antes te comenté: «Pero Salvador, tu muerte es un problema personal. Pero qué pasa con la Unidad Popular, qué pasa con el proceso, qué pasa con el partido, qué pasa con el pueblo...». En caso de que estallara el golpe, él había pensado principalmente la situación en que quedaría el Presidente de la República, y por eso decidió su permanencia en La Moneda hasta las últimas consecuencias. No había pensado más allá de ese problema. Por eso -según señaló Jaime Gazmuri en una entrevista reciente- no consideró la propuesta del propio general Pinochet, en presencia del general Prats, de que, para el caso de una insurrección armada, debía diseñarse un plan de defensa militar, combinado con una movilización de trabajadores. La propuesta de Pinochet se hizo apenas algunos meses antes del golpe... Independientemente de si la propuesta de Pinochet fue hecha de buena o de mala fe, la idea general de diseñar un plan cívico-militar


para neutralizar, impedir o combatir el golpe tenía un evidente sentido práctico. Y de previsión política. Coincidía con lo que nosotros le sugeríamos a Salvador. «Mira, por qué no instruyes a Prats para que vaya viendo un regimiento de confianza, bajo el mando de un hombre de confianza, donde puedas instalarte por un tiempo razonable, hasta que puedan movilizarse las fuerzas leales y los trabajadores.» Para mí, era evidente que si el golpe no se imponía de inmediato y se producían dilaciones y conatos organizados de defensa, los golpistas lo iban a pensar dos veces. Tanto más si Salvador, al estar dentro de un regimiento de confianza, podría prestar una resistencia armada «profesional» y constitucional. Atacar a un regimiento dispuesto a la defensa no era lo mismo que asaltar a una población. Habría un comienzo de resistencia dura y, a la vez, se ganaba tiempo para iniciar otras acciones. Tener el apoyo de las masas populares no era una cuestión menor... Bueno, dejemos en suspenso si la propuesta de Pinochet era de buena o de mala fe. Dudo de que Pinochet hiciera algo de buena fe. Pero aquí nos relata Jaime Gazmuri que Pinochet, delante del general Prats, del Presidente y del mismo Jaime Gazmuri, había hecho este planteamiento. No sé si Prats dijo algo después o no. El hecho es que no existía ningún plan cívico- militar para orientar a La Moneda en caso de que se produjera el temido golpe. No había, en ese sentido, un acuerdo previo entre el Presidente de la República y los partidos políticos que lo apoyaban. Y no habiendo un acuerdo en ese nivel, menos había un plan de acción entre los partidos y las bases sociales... No hay que extrañarse, por lo tanto, de que la conversación entre Salvador y yo, en la madrugada del 11 de septiembre, fue como fue... Y así llegó el día «D». Nosotros -la dirección del Partido Socialista-, como te he dicho, nos reunimos en la Feria de El Llano. Allí, en verdad, estuvimos escuchando radio e informándonos por ella de lo que ocurría. Así supimos del bombardeo a La Moneda. Incluso, de


que había muerto el Presidente. Para mí esta última noticia fue un golpe muy fuerte. Porque, como te he contado, eran treinta años de una amistad íntima, muy estrecha, pese a la pequeña, o no tan pequeña, diferencia de edad que teníamos... Nuestra amistad se había extendido a nuestras familias, y veíamos con frecuencia no sólo a Salvador, sino también a la Tencha, a la Tati, a la Isabel... Salvador había sido muy amigo de mi mujer. En realidad, de mis dos mujeres. Le había tomado mucho afecto a Silvia, mi primera mujer, al punto de que la nombró agregada cultural en la embajada de Chile en Londres. Y esta decisión de Salvador resultó un verdadero «milagro» -como opinó mi muy católica cuñada Marilén Claro Valdés-, porque Silvia partió a Londres con mis tres hijos (dos mujeres y un hombre), de modo que, cuando vino el golpe, no hubo peligro alguno de que tomaran como rehenes a mis hijos, o a Silvia, mi ex mujer... Bueno, yo ya me había casado con Paulina Viollier. Así que cuando decidí salir en la mañana del 11 de septiembre para reunirme con los compañeros de la dirección del partido, le propuse a Paulina que se fuera a refugiar donde Andrés Donoso Larraín, un militante de la Democracia Cristiana que pertenecía al círculo íntimo de Eduardo Frei Montalva, de quien había sido ministro durante su Gobierno. Andrés Donoso vivía relativamente cerca de nuestra casa y también de Tomás Moro, la residencia del Presidente. Así se hizo: Paulina partió a la casa de Donoso, desde donde pudo presenciar el bombardeo de la residencia presidencial de Tomás Moro. Allí estuvo refugiada un par de días. Después decidió volver a nuestra casa. Mejor dicho, a la casa de ella, porque era de su propiedad exclusiva (El Mercurio, por supuesto, señaló que esa casa me pertenecía, lo mismo que la boutique «Elle», de la cual ella también era propietaria junto con otras dos socias: «Altamirano: el socialista dueño de boutique»). Ya te he contado que la boutique de Paulina había sido dos veces dinamitada antes del golpe... Pero, al estallar éste, Paulina


pensó que ya no insistirían en atacar su pequeño negocio y se fue a casa... Pero no bien llegó allí, llegaron también los militares, que allanaron y saquearon todo. Se llevaron varios cuadros de pintores amigos: de Nemesio Antúnez, de Mario de Carreño, de Pablo Burchard, etc. Algunos de esos cuadros llegaron más tarde al Museo de Bellas Artes. Nemesio Antúnez llamó inmediatamente a Paulina para informarle de que al menos dos cuadros de los saqueados los habían dejado allí. Paulina le respondió que era mejor que los retuviera en el mismo museo, por seguridad... Mi señora fue, por supuesto, detenida varias veces, lo que añadió mayor estrés a mi vida clandestina... Yo, mientras tanto, de ese lugar de El Llano, junto con los otros compañeros de la dirección, nos trasladamos a la casa de un camarada del partido, porque sobre nosotros estaban sobrevolando unos helicópteros. Pensamos que se nos había detectado. Nos fuimos entonces a la casa de José Pedro Astaburuaga, que quedaba en Ñuñoa (ya no recuerdo el lugar preciso). Y allí llegamos en un vehículo: Adonis Sepúlveda, Rolando Calderón, Hernán del Canto y yo. Estábamos nerviosos y sentimos que nuestra llegada (cinco hombres en un vehículo) había despertado las sospechas del vecindario, que estaban pegados a sus ventanas, vigilando... Decidimos irnos también de allí. Nos dispersamos en distintas direcciones, con distintos encargos. Hernán del Canto había ido antes a La Moneda, mientras estábamos en El Llano, a hablar con Allende. Hernán fue y habló con Salvador, quien le dijo más o menos lo mismo que ya me había dicho a mí en la mañana: «Mira, el partido nunca me ha preguntado nada, por qué vienen a preguntarme ahora...». Estas palabras han sido muy usadas posteriormente para intentar probar que había una disputa horrible entre Allende y la dirección del partido. Esto es totalmente falso. Como ya te lo he dicho, nunca hubo conflicto entre el partido y Salvador, menos alguna ruptura. Sí -como es obvio- hubo diferencias


de opinión, sobre todo respecto del asunto del golpe militar, que era un tema álgido, generalmente eludido por Salvador. Por tanto, la respuesta de Allende se explica, en parte por la tensión del momento (estaba a segundos de ser bombardeado en La Moneda) y porque ni el partido ni él habían diseñado un plan de defensa frente a un golpe. Y Salvador, ya en pleno golpe, no tenía ninguna instrucción que darle al partido, ni éste podía darle instrucciones a él. Las cartas, al menos en La Moneda, habían sido jugadas, sin admitir vuelta atrás. La ida de Hernán a La Moneda vino a ser, a final de cuentas, un simple «gesto», sin mayor significado práctico o político. Salvador estaba desde hacía varios meses, a ese respecto, en una posición defensiva... por eso respondió: « ¿Y qué me vienen a preguntar ahora?...». Y como te digo, después de salir de la casa del compañero Astaburuaga, nos dispersamos. Rolando Calderón, creo, se asiló en la embajada de Cuba. Adonis Sepúlveda no sé bien dónde se escondió. Tampoco supe qué pasó con Hernán del Canto. Yo partí con nuestro amigo Astaburuaga a la casa de un vecino que quedaba como a dos o tres cuadras. Esas dos o tres cuadras las anduvimos a pie, con bastante tensión, porque yo era muy conocido en esa época, de manera que cualquier persona que me veía por allí caminando podía, dependiendo de quién era, denunciarme. Por eso me fue quedando claro que yo no me podía refugiar en algunas de las llamadas «casas de seguridad» del partido, que, dado mi caso particular, podían ser de bien poca seguridad. Esta decisión, creo yo, me salvó de caer preso y, quién sabe, aseguró mi vida... Así que preferí improvisar y seguir improvisando. Improvisé por algo más de dos meses (unos 65 ó 66 días) y deambulé de una casa en otra, en un estado de tensión límite, diríamos. La dirección del partido designó a un joven de nombre Javier para que sirviera de enlace con lo que quedaba de la dirección. Javier era un joven que, escasamente, tendría unos veinte, veintidós años, pero era muy listo y valiente. Fue él quien me acompañó


durante estos sesenta y tantos días. Fue él quien se movió para buscarme nuevas casas, porque decidimos no quedarnos más de un par de días en un mismo lugar. Pero nada era muy seguro. Una noche me refugié en la casa de mi ex secretaria. Y ahí, al poco rato, llegó Miguel Henríquez, con Pancho Bustos, que me dijo: «Como todo se sabe, supe que aquí estabas tú... Apenas llegué un cabro chico me preguntó casi gritando: "¿Usted viene a buscar a Carlos Altamirano?". Le contesté que no, pero, para que sepas, ya hay un niño que sabe que tú estás alojado aquí...». Era terrible: uno siempre pensaba que, no bien llegabas a una casa, ya había una señora o un niñito que te había visto a través de una ventana, y te había localizado. Y que en vez de decirle a Miguel que yo estaba ahí, le podía decir al carabinero de la esquina, o al facho de la otra cuadra... Así que llegó Miguel y me dijo: «Bueno, oye, ¿qué haremos?». Estuvimos conversando un rato relativamente breve. Él, de manera muy gentil, me ofreció refugio. Yo le dije: «No te preocupes». Yo tenía mis dudas del refugio que podía ofrecerme Miguel, aunque ellos tenían más experiencia de la clandestinidad, porque ya la habían vivido durante el Gobierno de Eduardo Frei Montalva. Debo decir que el MIR había iniciado asaltos a bancos para procurarse fondos durante el Gobierno de Frei Montalva, pero que no realizó ninguno durante el Gobierno de Allende. En ese sentido, su conducta fue mucho más civilizada y correcta que la de Patria y Libertad, que iniciaron toda clase de actos terroristas -no menos de doscientosdurante el Gobierno de la Unidad Popular. Seguramente, los dos atentados contra la boutique de mi mujer habría que atribuirlos también a ese grupo. En una declaración pública, Roberto Thieme contó que la dirección de Patria y Libertad le había pedido que me matara, y que él habría respondido: «No, eso yo no lo voy a hacer. Volar torres, sí, asesinar a Carlos Altamirano, no». Por qué no, yo no lo sé. El hecho es que los de Patria y Libertad realizaron


innumerables actos terroristas y participaron activamente en el tanquetazo. Después, cuando ya fueron descubiertos, se refugiaron en la embajada de Ecuador, con lo cual testimoniaron su responsabilidad en todos esos actos... Por mi parte, continué escapando de un lugar a otro. Logré tomar contacto con una compañera que ya no era militante del partido, pero con quien conservamos amistad: la Bárbara Amunátegui. Ella estaba casada con un amigo y lucía un embarazo de tres meses, pero no dudó en darme protección y en buscar otras casas para refugiarme. Era nieta del general Tobías Barros Ortiz (ministro en la época de Ibáñez) y sobrina de Diego Barros Ortiz, que había sido comandante en jefe de la Fuerza Aérea. O sea, ella tenía un buen paraguas militar donde guarecerse. Bárbara y Javier fueron mis dos enlaces en ese período de clandestinidad. Ellos me procuraban fondos, porque yo no tenía ni un peso. También me procuraban ropa, porque yo había salido con la camisa y un chaquetón, punto. No podía ir a algún supermercado a comprarme calzoncillos o camisas. Así que ellos cumplían también funciones domésticas. Lo más difícil era encontrar casas apropiadas que no fueran riesgosas, pero, poco a poco, fueron apareciendo, como de la nada... El día del golpe, por tanto, significó para mí, por un lado, la desazón terrible causada por la brutalidad de los militares (sobre todo por la muerte de Allende) y, por otro, la tensión no menos terrible que me provocó la necesidad de correr de una casa a otra para asegurar mi supervivencia. El partido, por supuesto, no nos sirvió de mucho para resistir a los militares, ni para dar conducción reconocible a las masas populares, ni para proteger eficazmente al Presidente, pero sirvió, para muchos de nosotros, como red de protección frente a los zarpazos demoledores del aparato militar. Porque la fraternidad, en esas circunstancias, no se extinguió...


Altos oficiales: situación pre golpe Salvador no aceptó nunca la idea de controlar la designación de los altos mandos de las Fuerzas Armadas para nombrar militares de confianza, porque, a decir verdad, había oficiales constitucionalistas y otros que no, oficiales que apoyaban el Gobierno de Allende y otros que no. El mismo Carlos Prats tenía una posición más legalista que de lealtad al régimen de la Unidad Popular. Conmigo había sido extremadamente taxativo: «Yo -me dijo en un par de ocasionesdefiendo la Constitución y las leyes, pero yo no defiendo su régimen ni su revolución socialista. Eso quiero que lo tenga claro usted y el Presidente». Pero había generales, coroneles y capitanes que sí defendían el Gobierno de Allende. Y esto quedó en claro incluso hace poco, en un acto que hubo en la Sala Domeyko de la Casa Central de la Universidad de Chile, donde se presentó el libro Las cartas del coronel, escrito por un ex militar cuyo nombre no recuerdo ahora. En esa presentación el ex militar afirmó varias cosas en ese sentido y, en un momento dado, comenzó a interpelar a una serie de personajes que estaban en la sala: «Usted, mi comandante Merino -o Sepúlveda o qué se yo, González-, que era comandante del regimiento tanto, o Ud., que fue comandante del regimiento cuanto... Uds. que estaban contra el golpe militar...». Y nombró a unos veinte ex altos oficiales que estaban en la sala, los mismos que respondieron: «Sí, nosotros estábamos totalmente contra el golpe. Yo fui detenido. Yo fui torturado». Fue quedando en evidencia, delante de todos los que estaban en la sala, que no eran pocos los que, en ese tiempo, siendo refractarios al golpe, tenían a su mando regimientos u otras unidades militares. No eran simples cabos o sargentos. No: eran jefes, coroneles, comandantes. Pero nosotros, durante el Gobierno de Allende, no teníamos un catastro de los altos oficiales que pensaban de un modo o de otro. No sabíamos claramente quién nos apoyaba, quién no, y quiénes respetaban solamente la ley, como Prats. En el


exilio yo conocí a varios generales y coroneles que, por sus ideas contrarias al golpe, habían sido apresados, torturados y exiliados, entre ellos, el general Poblete. De modo que el golpe no sólo se asestó contra el Gobierno de Allende y contra la izquierda militante y sindical, sino también contra la oficialidad, llamémosla «democrática». Fue, por tanto, un golpe de audacia increíble, tan increíble como fue el hecho de a que todos los que éramos contrarios a ese golpe -la mayoría- nos hayan tomado absolutamente de sorpresa, pese a que sabíamos que el golpe venía... Como te he dicho, Allende se negaba a intervenir las Fuerzas Armadas para crear una correlación de fuerzas favorable a nosotros. También se opuso, por lo mismo, a que hiciéramos una investigación rigurosa al respecto. En realidad, entre los políticos de izquierda había un gran respeto por la autonomía de las Fuerzas Armadas, tan grande como la fe en su profesionalismo y constitucionalismo. El problema de su pensamiento político era, para nosotros, apenas un tema de conjeturas, copucheos y cuchicheos. Y el hecho concreto era, sin embargo, que en materia de opiniones políticas, el Ejército estaba bastante dividido. De manera que nombrar militares para ocupar cargos de Gobierno -como hizo Allende- era un recurso de doble filo: podía resultar de eso cualquier cosa. Por eso discutimos con Allende en más de una ocasión. En general, la dirección del partido incluyéndome a mí- no era partidaria de incorporar a los militares al Gobierno. Eso era abrir la caja de Pandora y significaba reconocer la orfandad política en que nos encontrábamos. La discusión fue mayor cuando Salvador designó a Pinochet como comandante en jefe. Yo, por lo menos, le dije: «Pero Salvador, mi información es que Pinochet es un general de la peor ralea. Pertenece al mundo de los generales cuarteleros -son los que no tienen mucha cultura mundana porque están todo el tiempo preocupados de la


limpieza de los botones, de las armas, de los zapatos...- que no tienen ningún sentido político». «Mira -fue su contestación-, quien me lo ha recomendado es el general Prats. Me dijo que es un hombre de toda su confianza. ¿Tú crees que tus informantes saben más que Prats?». No me quedó más que decirle: «Bueno, si goza de la confianza de Prats y si Prats dice eso... entonces retiro mis argumentos». Un tema álgido era qué harían o qué podíamos hacer con los militares; otro, qué debían hacer o qué podíamos hacer con las masas populares, en especial, con los cordones industriales. ¿Debíamos incorporar el pueblo a una planificación para casos extremos, que implicara acción militar, lucha armada o apoyo a operaciones violentas? ¿Debíamos armar a los cordones industriales o no? ¿Deberían defender La Moneda o hacer otra cosa? Nosotros recordábamos lo que había hecho la derecha en otras épocas: Arturo Alessandri Palma, entre 1932 y 1938, había entregado armas a las milicias republicanas. Y conste que esas milicias tenían cerca de cien mil efectivos. Si la derecha había hecho eso -y nadie reclamó-, ¿por qué no podíamos organizar paramilitarmente a los cordones industriales? ¿No había razones para ello, a la vista del asesinato del general Schneider y de los múltiples atentados terroristas perpetrados por Patria y Libertad? Pero Allende y otros sectores de la Unidad Popular se negaban en forma rotunda a tomar alguna medida en ese sentido. Señalaban que ésa era, precisamente, la mejor manera de precipitar el golpe de Estado. Yo insistía en que de todas maneras el golpe vendría, con o sin nuestros preparativos. En tanto, la derecha se sentía herida en sus entrañas y estaba furiosa, pero Salvador insistía en que eso no iba a ocurrir: «No. Chile es un país donde eso no ocurre». Chávez tiene hoy dos grandes ventajas sobre el Gobierno de Allende. Primero: maneja grandes yacimientos petroleros. Segundo, tiene un


importante respaldo en las Fuerzas Armadas. Allende no tenía un recurso económico tan relevante en ese momento, ni tenía el respaldo pleno de las Fuerzas Armadas, sino, sólo, de una fracción. Por eso creo que fue injusta y grotesca la oposición que hicieron algunos altos oficiales de ese tiempo a la jefatura de Prats, por ser éste constitucionalista; y abiertamente criminal el asesinato que cometieron contra él, si no era un militante de izquierda. La derecha arremetió en forma grosera contra los uniformados que no eran abiertamente golpistas: les tiraban monedas y maíz, gritándoles que eran cobardes. Este sector político no demostró ningún decoro cuando presionó a los militares para que dieran el golpe que ella, desesperadamente, necesitaba. La presión fue tan descarada, que resultan infantiles y ridículas las acusaciones que han hecho contra el Partido Socialista porque éste (o la dirección del partido, o yo) había tenido algunas discrepancias con Allende respecto a cómo enfrentar políticamente la posibilidad del cruento golpe militar que ellos pedían a gritos... O que yo hubiera pronunciados un discurso en que denunciaba lo que ellos estaban haciendo y lo que los militares estaban comenzando a hacer en términos claramente golpistas... Rumores, críticas y felonías De que el Gobierno de la Unidad Popular -por su osado proyecto revolucionario- iba a terminar con una reacción violenta de todos sus enemigos, era, desde mucho antes del golpe, una opinión generalizada en el concierto internacional. Sobre todo entre los líderes de izquierda. Era la opinión, por ejemplo, que Boumediene, el jefe de Estado de Argelia, le había dado a Clodomiro Almeyda justo el día anterior al golpe. Cloro había ido a la reunión de los países noalineados y ahí Boumediene dijo: «Mire, yo tengo la peor información, la más dramática información acerca del proceso. Ahí va a estallar un golpe. Yo no sé qué han hecho ustedes para


defenderse de ese golpe...». Era lo mismo que nos había dicho antes Chou En-lai, el líder chino, y el propio Leonid Brezhnev, de la Unión Soviética. Y bueno, obviamente, era lo que pensaba también Fidel Castro... Es que era demasiado evidente: los esbirros de la derecha no habían dudado en asesinar al general Schneider; en hacer atentados terroristas; en lanzar al ataque a los camioneros, a los mineros de El Teniente, a los estudiantes secundarios, a las viejas momias del barrio alto con sus cacerolas, a los estudiantes gremialistas de la Universidad Católica; ni dudado en asesinar al edecán del Presidente de la República... Era una ofensiva pregolpista completa, a toda orquesta, que tenía detrás -muy visiblemente ya en ese tiempo- el poderoso apoyo de Nixon, Kissinger y la CIA... Creo que esa tremenda ofensiva táctica la ganó la derecha en toda regla, porque nosotros, frente a eso, no respondimos con nada equivalente. Polarizaron la sociedad y tensaron la situación hasta el límite, sin que nosotros diéramos ninguna respuesta en el terreno que ellos estaban escogiendo. Cierto es que eran provocaciones, pero nosotros estimamos que la defensa de la legalidad, frente a ese ataque, bastaba. O sea: decidimos que la ingenuidad política era la respuesta digna que correspondía. Por eso, en realidad, nuestra derrota no fue exclusivamente militar, ni se redujo al día del golpe: fue también una derrota política, comunicacional y operacional, que comenzó casi medio año antes del golpe. Hasta podríamos decir que llegamos al momento del golpe ya derrotados. Incluso Allende ya había anunciado que a él no lo sacarían de La Moneda, sino con los pies para adelante, tieso y en un cajón. Era evidente que no estábamos haciendo nada para neutralizar el golpe. De eso se dieron cuenta inmediatamente no sólo Brezhnev, Chou En-lai, Boumediene y Fidel Castro... ¡sino también Pinochet, según cuenta Gazmuri! Y el sacrificio mortal de Allende no resolvía


ese problema. En verdad, era justamente su eventual sacrificio lo que complicaba el problema... ¡Era nuestro generalísimo! No quiero ser ni soy infidente al decir que muchas veces le planteamos este problema a Salvador, ni al señalar su insistencia en llevar a cabo su opción personal. Sé que estoy tocando fibras muy íntimas de una decisión heroica que nos merece el mayor respeto, pero esa decisión fue, durante meses, una piedra de tope que nos impidió avanzar en la organización de una política antigolpe... Incluso impedía evaluar y tratar técnicamente la información que nos fue llegando de los preparativos del golpe entre los militares. Cuando le di cuenta a Salvador, por ejemplo, de la entrevista que tuve -junto con Oscar Guillermo Garretón- con un grupo de marineros de la Armada que decidió informarnos de que varios almirantes estaban complotando abiertamente (cuyos nombres y operaciones nos los dieron con pelos y señales), Salvador apenas me escuchó. Yo sugerí darlos de baja. «Mira -me dijo-, no podemos hacer eso... esos cuatro almirantes o contralmirantes van a sostener que la acusación es falsa. Y nosotros tenemos sólo la palabra de un sargento y un par de marineros. No podemos basar la acusación contra el alto mando en el testimonio de unos simples marineros. Menos aún si se trata de la Armada. Una acusación que viene de ese rango no se sostiene frente a la cúpula del almirantazgo». Formalmente, Salvador estaba en lo correcto. Yo insistí: «En eso tienes razón, pero los marineros no han inventado esto, ni se han arriesgado por nada al pedir una entrevista a Óscar Guillermo Garretón y a mí...». Los «hechos» crudos estaban ya dando cuenta de que había en marcha un golpe militar que iba contra las leyes y las autoridades establecidas... Ante semejante amenaza, ¿correspondía sólo una respuesta formal, atenida a los reglamentos? ¿O correspondía hacer algo en el terreno de los hechos? Muy pronto supimos que esos marineros habían sido detenidos y terriblemente torturados, junto a otros, por haber intentado informar a las autoridades legítimas de lo que pasaba en el almirantazgo... Si hasta


el cardenal Raúl Silva Henríquez y Radomiro Tomic reaccionaron indignados enviando cartas a El Mercurio para denunciar las torturas que el conspicuo almirantazgo descargó sobre esos honestos marineros... Fueron los únicos torturados durante el Gobierno de la Unidad Popular, precisamente por haber intentado defender al Gobierno legítimo frente a los conspiradores. Hay en esto un cúmulo de ironías y dobleces aberrantes, que a mí, por lo menos, me escuece en las entrañas. Porque no hicimos nada para defender a esos marineros por las torturas a que fueron sometidos. En cambio, la derecha sí denunció y amenazó con todo cuando yo, en mi tristemente célebre discurso del 9 de septiembre, denuncié esas torturas y señalé que el golpe ya estaba en marcha... Y bueno, los torturadores de esos marineros: los almirantes Merino, Carvajal, Weber, Huerta y otros que no me acuerdo, apresuraron los preparativos del golpe. Y una vez más, la Marina fue la vanguardia de una contrarrevolución, lo mismo que en 1891, cuando el almirante Jorge Montt organizó el ejército mercenario contra Balmaceda. Todos esos preparativos eran más o menos visibles, o previsibles. Pero nada era verificable como para actuar, por lo menos formalmente. No teníamos un servicio de inteligencia. Nuestros compañeros Paredes y Joignant, que dirigieron el Servicio de Investigaciones, no tenían ninguna formación en lo concerniente a inteligencia militar. Eran policías civiles para cuestiones civiles. Toda la información que manejábamos era, en realidad, un conjunto de copuchas y rumores, referidas, en su mayor parte, a lo que hacían personeros del mundo civil, como Onofre Jarpa, o lo que estaba ocurriendo con los de El Mercurio. Lo único verificable era que El Mercurio publicaba todos los días artículos que llamaban, de un modo u otro, a la sedición. Allí Orlando Sáenz hacía malabarismos retóricos para exaltar el


golpismo. Sabíamos que Agustín Edwards había ido a Estados Unidos a pedir que Nixon interviniera en Chile. Y los propios estadounidenses, Kissinger en sus memorias y en varios periódicos, dieron cuenta detallada de las movidas de Edwards en Estados Unidos que, también, por supuesto, eran sediciosas. Toda la acción subversiva desplegada por El Mercurio, por Edwards, por la derecha, por Patria y Libertad, por los almirantes, etc., quedó, sin embargo, en el lado oscuro de la verdad y la justicia, para limpiar el camino del golpe... Ante eso, quedaron vibrando en el aire la protesta de fidelidad del almirante Montero a la autoridad establecida y a las leyes. Allende no podía hacer otra cosa que creer en esas farisaicas declaraciones de lealtad. Ante eso, claro, mis prevenciones a Salvador sonaban (y sonaron) destempladas, exageradas, termocéfalas: «Tienes que llamar a retiro a estos almirantes -le decía yo-, y no los llamemos juntos: vamos llamando una semana a uno, otra semana a otro. Desarticulando de a poco. Si tú, Salvador, logras desarticular las cúpulas de las tres ramas de las Fuerzas Armadas, pones término a la conspiración golpista, porque son esos jefes los que están organizando la sedición. Entre la oficialidad media no hay uniformidad total ni unanimidad de opinión. Tienen desacuerdos. No todos están a favor de un golpe de Estado: es sólo una minoría, una cúpula. La tropa, en cambio, en mayoría, está contra esa cúpula...». Pero mis palabras rebotaban, pues Allende repetía: «No podemos hacer eso. No podemos provocarlos, menos en esta situación...». Pienso que dos meses antes del golpe ya estábamos derrotados, política y, por cierto, militarmente. No tuvimos reacción frente a la avalancha que se nos venía encima. Como que esperamos el chancacazo con los ojos cerrados... Allende estaba concentrado en la


situación en que quedaría la Presidencia. El Partido Comunista estaba ausente de todo el drama que se inflamaba en torno nuestro: no llamaron siquiera a estar alertas. Lucho Corvalán nunca me dijo, a pesar de que hablábamos con mucha frecuencia, algo así como: «Carlos, ¿qué vamos a hacer? ¿Qué estrategia podemos aplicar?...». Nunca. Y como dice el libro sobre la participación de la Armada en el golpe, de Jorge Magasich, cada vez que partió un emisario de los marineros para hablar con el Partido Comunista, la respuesta fue la misma: «No, nosotros no nos metemos en este asunto, no queremos saber nada de este asunto». Y punto. De manera que el bloque que se configuró entre el Partido Comunista y Salvador Allende, más otros compañeros que pensaban igual, hizo triunfar la tesis de que, en esa coyuntura, no se debía provocar a las Fuerzas Armadas, no se debía incentivar nada que pudiera llevar a una guerra civil. Y para eso había que creer lo que decían los comandantes en jefe. Y, por lo mismo, no había que llamarlos a retiro forzado, ni siquiera a los que lideraron el tanquetazo... Fue así como los marineros torturados -que fueron centenares- no aparecieron como víctimas, sino como provocadores. La tergiversación de lo que ocurría llegó a niveles de exquisitez, pues los que denunciamos esas torturas, lo mismo que los torturados, terminaron (terminamos) siendo los responsables del golpe. Los golpistas magnificaron al máximo la valiente decisión de los marineros hasta dar vuelta su sentido por completo. Pero no han magnificado nada lo que cuenta Manuel Fuentes, militante y jefe del grupo Patria y Libertad y autor del libro en que narra la pasión y vida de ese grupo, acerca de que los oficiales de la Marina asesoraron directamente a Patria y Libertad para realizar sus actos terroristas. ¡Él mismo confiesa eso, coincidiendo con lo que informaron los marineros! Entonces, se puede decir que, durante los mil días del Gobierno de Allende, la derecha practicó, impunemente, el manual


completo del terrorismo golpista... Ella, que hoy se declara tan antiterrorista, cuando se vio en aprietos, practicó el terrorismo sin ningún tapujo, a través de Patria y Libertad y bajo la maternal protección de la Armada de Chile... Y se hacía la desentendida cuando El Mercurio colocaba un titular con caracteres gigantes: «MARINEROS ACUSADOS DE SEDICION», y en otra página, chiquitito: «Ayer estalló una bomba que voló la torre tanto en Curicó...». Una noche invité a comer a mi casa a Jorge Arrate, que era el ministro de Minería de Allende. Estábamos comiendo cuando sentimos una tremenda balacera justo frente a mi casa. Salimos. Alcanzamos a divisar un vehículo que, a toda velocidad, se perdía a lo lejos. Miramos bien: habían baleado el auto del ministro de Minería del Gobierno de Chile. El vehículo quedó perforado con varias balas de grueso calibre, de armamento de guerra... Así operaba la derecha... En cambio, los pobres ultristas del MIR estaban a brazos cruzados y a boca cerrada. Ellos, pese a lo que anunciaban sus consignas, no hicieron nada para no traicionar a Allende... No se podía provocar a la derecha ni dar argumentos para la intervención militar. .. ¡Pero justo contra el MIR y la izquierda se dictó la Ley de Control de Armas! O sea, en el fondo, para desarmar cualquier oposición a una derecha que ya estaba armada hasta los dientes con munición militar. Y pese a esa ley, cada día había un acto terrorista de Patria y Libertad, un apagón en Santiago, una torre derribada en Paine... Como te digo, era una pieza teatral de locos... Si hasta el mismo Allende acordó con el almirante Montero iniciar una investigación para verificar si la ultraizquierda estaba infiltrando la Marina... Era la historia épica, gloriosa, del cinismo, la felonía y la traición. Ese mes de agosto ocupa una página central en la historia universal de la mentira sediciosa...


Ninguna de esas torturas, ninguna de esas felonías, han sido sometidas a la justicia pública. Los mismos crímenes de la dictadura han sido tratados con pinzas por la justicia ordinaria. Alguna razón tenía Rafael Gumucio cuando en sus memorias escribió: «Tal vez habría sido mejor el derrocamiento de la dictadura por los medios clásicos». O sea, por una gran revuelta, por una rebelión a la cubana... no por un acuerdo de las cúspides, no en función del Derecho convencional... Algo se ha hecho contra los criminales que perpetraron sus crímenes después del 11 de septiembre de 1973, pero nada respecto de los que torturaron a los marineros antes de esa fecha... Para éstos, los derechos humanos no han tenido vigencia alguna. Hasta hoy... Ya en el límite, Allende pensó en llamar a plebiscito, pero esto era parlamentariamente engorroso. Constitucionalmente, era el Congreso el que podía llamar a plebiscito, no el Presidente. Además, a la derecha no le convenía el plebiscito, puesto que tenía el golpe preparado hasta sus últimos detalles. -Allende pensó que con ayuda de la Democracia Cristiana se podría lograr la mayoría parlamentaria requerida para esos efectos. Como te he contado, le ofreció varios ministerios, pero los dirigentes de ese partido se opusieron. Salvador buscó una salida política que la Democracia Cristiana le negó. No buscó una salida militar o de acción armada. Por eso, al fracasar la última movida de su «muñeca» política, sólo podía esperar, guarecido en La Moneda, la ferocidad golpista de las Fuerzas Armadas de la patria... Así estaba la situación antes del golpe. Los almirantes sediciosos, Merino, Huidobro, Weber, Huerta, Carvajal, Montero y otros, mentían como descocidos ante cualquier consulta del Gobierno o de los periodistas. Los diarios de derecha hablaban de los grupos armados de la izquierda, pero, de hecho, la única fuerza política


armada en Chile en ese tiempo era la misma derecha, que, además, tenía respaldo militar y respaldo imperialista, pues la CIA financiaba a El Mercurio, a Patria y Libertad y también a la misma Democracia Cristiana... Mientras, varios señores solícitos e inspirados, como Gonzalo Vial y Cristián Zegers, ayudaban a confeccionar el famoso Libro Blanco, para justificar las razias asesinas de los militares. Asimismo, otros denunciaban la existencia del Plan Z, al mismo tiempo que torturaban a los militantes de izquierda para que reconocieran ser sus autores y eventuales ejecutores... Según la información de Jorge Magasich, ese Plan habría sido fraguado por el Servicio de Inteligencia de la Marina con el cuento de que los marineros iban a matar a toda la oficialidad, que iban a bombardear Valparaíso, etc. El único Plan Z que efectivamente se fraguó y se ejecutó fue el de los golpistas, antes, durante y después del golpe. Lo terrible, Gabriel, y a mí me produce una indignación gigantesca, es que el paso de la dictadura a un régimen legal (no vamos a decir «democrático») tuvo un costo descomunal para la dignidad de Chile, porque dejó tras de sí una cantidad enorme de crímenes y felonías absolutamente impunes. Este es un costo moral, político y cívico, cuyo cobro a los culpables aún está pendiente... Los generales y almirantes felones actuaron y perpetraron sus crímenes sin oposición. Y por esa misma razón quedarían más tarde, en su mayoría, impunes. Los generales constitucionalistas renunciaron mansamente, o fueron dados de baja, o fueron asesinados. La justicia de este país puede hacer poco (o nada) contra las acciones sediciosas de los altos generales y almirantes, pues domina en nuestra clase dirigente la idea de que la honestidad caballeresca (el patriotismo) está sólo en la derecha, que todo alto oficial es caballero y, por lo mismo, de derecha. El rotaje, en cambio, es deshonesto, y de izquierda. Es la antítesis de la honestidad caballeresca y militar. Por tanto, quienes cuidan los valores supremos


del honor nacional (los caballeros y militares de derecha) pueden y deben reprimir, torturar y matar al rotaje de izquierda, pues así lo exige el orden moral y político de la patria. Los rotos de izquierda carecen de derechos cívicos y humanos: no tienen honor. Son pues, técnicamente, torturables y masacrables. Así fue siempre en el siglo XIX, y así debe ser hoy. Es la tradición del honor patrio. Y los caballeros, por supuesto, se protegen mutuamente, como siempre en el pasado: son militares, nobles y cofrades, como las órdenes caballerescas que pelearon contra el pagano en Jerusalén. ¿Y los marxistas? Bueno, éstos son lo peor de lo peor, el bajo fondo rabioso, humanoide y terrorista del rotaje. No merecen ninguna consideración. Deben ir derechamente al holocausto, como los judíos de Hitler (como decía la consigna de derecha: «Haga patria: mate un comunista»)... En el libro estupendo y documentado de Magasich está detallada la historia de estos nobles almirantes caballeros... b) FACTORES DEL GOLPE La derecha todavía sostiene que el golpe militar se debió, exclusivamente, a la necesidad imperiosa de que el Ejército interviniera para: a) sofocar la «sedición» de los marineros, b) contrarrestar la eventual acción de una «guerrilla cubana» en Chile, c) terminar con la inconstitucionalidad de las políticas «socialistas» de Salvador Allende, d) impedir el impacto popular del discurso de Altamirano en el que llamaba a la «violencia», etc. Pues bien, no creo que hechos puntuales (o falsos) como ésos puedan explicar razonablemente el golpe más sangriento y brutal, y la dictadura más larga de la historia de Chile. Me parece grotesco intentar explicar (y justificar) esa brutalidad histórica sobre la base de unas cuantas acusaciones infantiles contra la izquierda chilena de entonces. Por eso trataré de ir más a fondo y examinar los múltiples «factores


históricos», internacionales y nacionales, que incidieron en generar la situación golpista de 1973. En realidad, entre los factores internacionales, para mí el más decisivo ha sido el conjunto de cambios estructurales que se produjeron en Chile y en todo el mundo durante la década de 1960. Como ya lo hemos conversado, en esa década tuvo lugar, más o menos, el fin de la época moderna y el inicio de la posmodernidad. Recordemos que en esa década se produjo la crisis de los misiles. Nunca el planeta estuvo más cerca de una guerra nuclear y de destrucción de la humanidad como entonces, lo que era efecto de la extrema polarización política existente entre el Este socialista y el Oeste capitalista. Esa polarización se reprodujo también, muy fuertemente, en América Latina (se multiplicaron los movimientos guerrilleros de tipo guevarista en todo el continente) y, por supuesto, en Chile. El Partido Socialista, que estaba siempre muy atento a la situación internacional y muy en particular a la situación de Cuba y de América Latina, fue remecido internamente por todo eso. En verdad, todos los partidos políticos radicalizaron su pensamiento y sus programas de acción incluida la Iglesia católica. De esa radicalización se derivaron diversas acciones que tensaron aún más el ambiente político: Estados Unidos invadió Cuba en 1961 para aplastar la revolución de Fidel y del Che; la Unión Soviética hizo lo mismo con Checoslovaquia en 1967 para aplastar la llamada «Primavera de Praga»; Kennedy era asesinado en Estados Unidos. Mao Tse Tung, por su parte, lanzaba la Revolución Cultural en China, mientras se encendía al rojo la Guerra de Vietnam. Estallaba en 1968 la revolución obrero-estudiantil en París y en otras capitales del mundo. En México se masacraba a centenares de estudiantes en la plaza de Tlatelolco. En Chile los estudiantes de la Universidad Católica se tomaban la universidad pontificia y ponían en el frontis


de su sede ese gigantesco letrero que decía: «El Mercurio miente». Recordemos que en 1965 se inició el revolucionario Concilio Vaticano II, seguido de una serie de conferencias episcopales en América Latina (Medellín, Puebla) que remecieron a la hasta allí pasiva feligresía católica. Surgieron así el movimiento de cristianos por el Socialismo, la Teología de la Liberación, e incluso sacerdotes guerrilleros, como Camilo Torres. En Chile el viejo Partido Conservador (verdadero tabernáculo de la oligarquía chilena) se veía debilitado por la aparición y crecimiento de la Democracia Cristiana de Eduardo Frei Montalva, viéndose obligado a refundarse bajo el nombre de Partido de Renovación Nacional. Inquieto por todo ese cuadro, Estados Unidos se movió abierta y clandestinamente para frenar la marea roja que comenzó a invadir su patio trasero. Y en este contexto convulsionado, el Partido Socialista tendió a alinearse con Cuba, con Yugoslavia, con China y, en general, con los países y partidos disidentes de la Unión Soviética... Te repito: la atmósfera histórica de los años sesenta era de tal naturaleza que era imposible no sumarse a las corrientes de acción y al vértigo ideológico que flotaba sobre todos nosotros. Y eso significaba que, o eras revolucionario, o eras reaccionario o golpista. No había muchos términos medios, y si había, terminaban tiñéndose de un polo o del otro (que fue el problema del Partido Radical y de la Democracia Cristiana). En el Partido Socialista, el vértigo se estampó en los acuerdos tomados en los vilipendiados congresos de 1965 (Linares) y de 1967 (Chillán), sobre todo en este último, que se celebró poco después del asesinato del Che Guevara. Debes considerar que el Partido Socialista era esencialmente internacionalista, no en el sentido en que lo era el Partido Comunista (que militaba en una organización internacional y seguía los


instructivos de Moscú), sino en un sentido más abierto y más latinoamericanista. Por eso, lo que acontecía en el mundo era ávidamente considerado por la militancia socialista y repercutía casi de inmediato en las decisiones que se tomaban. La radicalización política general que se observó en Chile: el paso de un Gobierno de derecha (Jorge Alessandri) a uno de centro- izquierda (Eduardo Frei Montalva) y luego a uno socialista (Salvador Allende), se entiende y se explica porque era parte de un movimiento mundial que caminaba decididamente hacia los cambios estructurales de la sociedad. El contexto histórico de ese tiempo promovía y explicaba procesos revolucionarios por todas partes, tales como los que emprendieron en Chile tanto el Gobierno de Eduardo Frei Montalva como el de Salvador Allende. Hoy día no se promueven ni se explicarían procesos y Gobiernos como ésos: el contexto histórico es otro... b.1) Factor internacional: el Informe Church A raíz del peso contextual de esos años sesenta -que operaba en su contra-, Estados Unidos se sintió compelido a intervenir en los procesos internos de varios países, sobre todo, en América Latina. Y sus intervenciones no eran para apoyar al país como país, sino a las derechas de cada país, para perjudicar o combatir a las fuerzas de izquierda. En realidad, el coloso del Norte estaba más abanderizado y radicalizado que ningún otro país en el mundo. Estaba nervioso. Era imposible para nosotros, por tanto, hacer política sin combatir el intervencionismo norteamericano, que, desde 1960 en adelante, tuvo una escalada considerable. Combatíamos a la derecha local y a la vez al imperialismo yanqui, y esto obligaba al partido a radicalizarse también. Muchos han aminorado el papel que Estados Unidos jugó en la política chilena de esos años, y han negado abiertamente el apoyo


que el Gobierno norteamericano concedió a los partidos y movimientos opuestos a los partidos de izquierda, lo mismo que a los que promovieron el golpe de Estado de 1973. Nuestras denuncias en ese sentido las han atribuido, ingeniosa y exclusivamente, a nuestra «fiebre ideológica»... Felizmente, en Estados Unidos existe la práctica de «desclasificar documentos públicos» cada cierto número de años. Esa práctica nos ha permitido acceder a las pruebas de la intervención norteamericana en Chile durante el período del que estamos conversando. El más importante de esos documentos, entre muchos otros, es el denominado CovertAction in Chile (1975), conocido también como Informe Church, por el nombre del senador Frank Church, que presidió la comisión, compuesta por diecinueve senadores del Congreso de Estados Unidos, que investigó esa intervención. Es un documento que deberían conocer todos los chilenos, que debería estudiarse en todas las escuelas, para terminar de raíz con el cúmulo de mentiras y supercherías que los autores del golpe de Estado han difundido desde antes de 1973 para ocultar sus felonías y sus crímenes. Yo te traje una copia de ese documento. Está firmado, como te digo, por diecinueve senadores del Congreso de Estados Unidos... O sea, no por diecinueve marxistas, socialistas o comunistas... Entre los que firman hay figuras conocidas y varios republicanos de tomo y lomo: Walter Mondale, por ejemplo, senador por Minnesota; Barry Goldwater, por Arizona; Gary Hart, por Colorado, o el propio Frank Church, senador demócrata por Idaho, que actuó como presidente de la Comisión Investigadora. La comisión hizo un estudio exhaustivo y el informe final no merece dudas acerca de la intervención estadounidense en Chile... ¡A confesión de partes, relevo de pruebas! Mira lo que dice la introducción de este documento. Voy a leértelo:


Este Informe está basado en una extensa revisión de documentos de la Agencia Central de Inteligencia, del Departamento de Estado, del Departamento de Defensa y del Consejo de Seguridad Nacional, y bajo testimonio de oficiales y antiguos oficiales. Con muy pocas excepciones, algunos nombres de chilenos y de instituciones chilenas han sido omitidos para evitar revelaciones de fuentes y métodos de inteligencia y para evitar daños innecesarios a chilenos que cooperan con la Agencia Central de Inteligencia. Sin embargo, el Informe procura ofrecer una imagen exacta del alcance, los fines y la magnitud de la acción encubierta de los Estados Unidos en Chile. Como ves, los gringos confiesan hasta por escrito que, entre 1963 -de hecho, desde 1961, como lo dice el propio documento- iniciaron acciones encubiertas para evitar que la izquierda chilena ganara la Presidencia o se transformara en una «segunda Cuba». Y por cierto, confiesan también que había varios chilenos (no pocos, como se desprende del documento) que «cooperan con la CIA». Lo dicen en tiempo presente, es decir, que cooperaban normalmente. Con seguridad, los prohombres de la derecha, y tal vez otros del centro, después de leer este documento, dirán, indignados: « ¡la CIA miente!», o « ¡el Departamento de Estado miente!», o «¡el Congreso de Estados Unidos miente!»... ¡Todo Estados Unidos miente cuando confiesa que intervino en Chile contra la izquierda! El mismo documento entrega un panorama general de lo que fue la intervención: La intervención encubierta de Estados Unidos en Chile en la década de 1963 a 1973 fue extensa y continua. La CIA gastó $ US 3 millones en un intento por influir en el resultado de la elección presidencial chilena de 1964. También se invirtieron secretamente $ US 8 millones en los tres años que van desde 1970 hasta el golpe militar de


1973, de los cuales más de $ US 3 millones correspondieron exclusivamente al año fiscal de 1972. La intervención, como te digo, se inició en realidad en 1961, se concentró en la elección presidencial de 1964 para favorecer al candidato de la Democracia Cristiana contra la candidatura de Allende, y más tarde, ya no en la elección presidencial de 1970, sino en la desestabilización del Gobierno de la Unidad Popular, desde 1970 hasta 1973. La intervención se realizó, principalmente, invirtiendo millones de dólares de esa época. El Informe dice que los doce o trece millones de dólares que se gastaron en total -una suma enorme para ese tiempo- se multiplicaban por mucho en Chile, porque «los dólares de la CIA podían ser convertidos en el mercado negro chileno, donde el tipo de cambio no oficial a escudos chilenos a menudo alcanzaba a cinco veces el tipo de cambio oficial». Así que la intervención yanqui venía endulzada por una lluvia de dólares y un diluvio de pesos chilenos... La derecha es capaz de hacer cualquier cosa para defender sus bolsillos, a condición, por supuesto, que primero se los llenen hasta el tope... « ¿Qué compró el dinero encubierto de la CIA en Chile?», se preguntó la Comisión Investigadora. Y ella misma respondió: «Financió actividades que cubrían un amplio espectro: desde la simple multiplicación de la propaganda en la prensa hasta el apoyo en gran escala a partidos políticos chilenos; desde encuestas de opinión pública hasta intentos directos para fomentar el golpe militar». He aquí un problema: si de verdad continuamos examinando y analizando este documento, o no, porque aquí van a aparecer datos que sitúan a la Democracia Cristiana de ese tiempo en una posición incómoda. Si comentamos los datos que hay acerca de ella equivale a


disparar mucha mierda contra la Democracia Cristiana de hoy. Incluso si transcribiéramos los textos entre comillas, va mierda... Porque ese partido no aparece una sola vez y al pasar, sino con mucha frecuencia, ocupando un rol estratégico en la intervención estadounidense. A mí se me hace políticamente difícil denunciar a la Democracia Cristiana de entonces, si está asociada hoy al Partido Socialista... Creo que va a quedar al criterio de su señoría si, como editor de este libro, decide publicar o no el texto, y/o nuestros comentarios... Pero, por otro lado, cómo no incorporar este Informe en el libro, si lo encuentro tan monstruoso, porque cómo entender que durante diez años seguidos tuvimos a la CIA metida entre nosotros distribuyendo dólares a manos llenas, tanto a centristas como a derechistas, con especial dedicación, claro está, a la red de El Mercurio... Todos contra la izquierda, todos contra Allende, todos por la Guerra fría... Es monstruoso... Así que su señoría tendrá que decidir sobre este punto... Aquí está la fundamentación de por qué Chile fue situado en la mira de las políticas anticomunistas de Estados Unidos en América Latina: Se desarrollaron técnicas de contra-insurgencia para combatir la insurgencia de guerrillas urbanas o rurales, a menudo alentadas o sustentadas por el régimen de Castro. Pero el desarrollo de esas técnicas no podía curar en un día las enfermedades sociales que se veían como el caldo de cultivo del comunismo. Los nuevos préstamos para los programas internos de fomento nacional de los países de América Latina demorarían en rendir frutos. Entre tanto, la amenaza comunista continuaría. .. Se vio necesario sustentar a las fuerzas armadas latinoamericanas... De todos los países del hemisferio, se eligió a Chile para que se convirtiera en la muestra de la nueva Alianza para el Progreso... Entre 1962 y 1969, Chile recibió más de $ US 1 billón en ayuda directa y abierta estadounidense,


incluyendo tanto préstamos como donaciones. Chile recibió más ayuda per cápita que cualquier otro país del hemisferio. Entre 1964 y 1970, hubo entre $US 200 y $US 300 millones disponibles para Chile, en línea de créditos a corto plazo de bancos privados norteamericanos... Ante el avance evidente de los procesos revolucionarios (que Washington siempre los asimiló sólo al peligro comunista-soviético) en varios países del hemisferio sur, Estados Unidos decidió apoyar a los partidos de centro y a promover reformas básicas para eliminar el «caldo de cultivo del comunismo». Con eso evitaba la formación de una eventual alianza entre el centro político y la izquierda, alianza que, de funcionar bien, constituiría un modelo para los países europeos, de tal peso, que podía romper el equilibrio de la guerra fría. De ahí el interés por apoyar al Partido Demócrata Cristiano, al Partido Radical y al Partido Nacional en Chile, y de aislar a los partidos de izquierda. Por eso, en vista del estrecho resultado de la elección presidencial de 1958 -cuando Allende perdió sólo porque se promovió la candidatura del Cura de Catapilco- Estados Unidos decidió intervenir en Chile, incluso antes de la Revolución Cubana. Recordemos que el maridaje entre la Universidad de Chicago y la Universidad Católica, que engendraría a los siniestros Chicago Boys, se gestó también antes de 1960. Los datos del Informe Church señalan que en 1962 la CIA aprobó doscientos treinta mil dólares para reforzar el Partido Demócrata Cristiano y la acción de su líder, Eduardo Frei Montalva. En 1963 se aprobaron veinte mil dólares para apoyar al líder del Partido Radical y, adicionalmente, otros treinta mil para apoyar a los candidatos de ese partido en las elecciones municipales de abril. Ese mismo año le quedó claro a la CIA, por los resultados electorales, que el PDC había desplazado rotundamente al PR como el partido más importante del centro


político chileno. A partir de 1964, la intervención se hizo ya masiva. Mira lo que dice aquí sobre la campaña presidencial de 1964:  La actividad encubierta norteamericana fue un factor presente en casi todas las elecciones importantes en Chile en la década 1963-1973. En varias de estas oportunidades la intervención de los Estados Unidos fue masiva. La elección presidencial de 1964 fue el ejemplo más prominente de un proyecto electoral a gran escala. La CIA gastó más de $ US 2.6 millones en apoyo de la elección del candidato democratacristiano, en parte para impedir el acceso a la presidencia del marxista Salvador Allende. Más de la mitad de la campaña del candidato democratacristiano fue financiada por Estados Unidos, aunque él no file informado de esta ayuda. Además, la Oficina dio apoyo a un conjunto de grupos pro-democratacristianos, de estudiantes, mujeres, profesionales y campesinos. También se financió a otros dos partidos políticos en un intento de dispersar la votación. En Washington se estableció un comité electoral interagencia, compuesto por el Departamento de Estado, la Casa Blanca y funcionarios de la CIA. Ese comité era paralelo a un grupo en la embajada de Santiago. La Oficina (de la CLA) de Santiago fue reforzada. La Oficina asesoró a los democratacristianos para llevar a cabo una campaña al estilo americano, que incluyó encuestas, registro de votantes y campañas para la obtención de votos, además de propaganda encubierta... «Brillará el sol...», decía la consigna democratacristiana de 1964... ¿Era el sol o las estrellas de la bandera estadounidense? El Informe Church de repente se vuelve espeluznante: ¡con qué cinismo el líder de Occidente da cuenta de su intervencionismo en un pequeño país situado en el último rincón del mundo! ¡Y con qué cinismo se nos acusaba en Chile de que nuestra calentura ideológica nos llevaba a ver imperialismo donde no había nada, donde sólo había


colaboración, Alianza para el Progreso! Los yanquis financiaban campañas propagandísticas en periódicos, radios y revistas, campañas electorales, partidos políticos, organizaciones sociales... ¡todo! Y no precisamente para desarrollar el país, sino contra la izquierda y contra Allende. Por eso intervinieron también en las elecciones parlamentarias de 1965. Leo: Tampoco las intervenciones norteamericanas han estado limitadas a las campañas presidenciales. En las elecciones parlamentarias de 1965, por ejemplo, la Oficina fue autorizada por el Comité 303 para gastar hasta $ US 175.000. Se dio ayuda encubierta a un número de candidatos seleccionados por el Embajador y por la Oficina. Un memorándum de la CIA sobre esas elecciones sugería que el proyecto tuvo algún impacto, incluyendo la eliminación de candidatos del FRAP (coalición de Izquierda), que, de otro modo, podrían haber ganado asientos en el Congreso. La maquinaria intervencionista era enorme, gigantesca. Abarcaba todo. Y operó en toda su amplitud en la campaña presidencial de 1964, desde dos años antes y hasta dos años después. El Informe señala que la covert-action abarcaba varios ámbitos: «uno era el apoyo financiero directo a la campaña democratacristiana. La CLA aportó un poco más de la mitad del costo total de esa campaña...» Increíble. Y por acá se lee: ... además del apoyo a los partidos políticos, la CIA montó una masiva campaña anticomunista. Se hizo un vasto uso de la prensa, la radio, películas, panfletos, afiches, volantes, correspondencia directa, titulares de diarios y pintados de murallas. Era una 'campaña del terror' que descansaba principalmente en imágenes de tanques soviéticos y pelotones de fusilamiento cubanos y estaba dirigida especialmente a las mujeres. Cientos de miles de copias de una Carta


Pastoral anticomunista del papa Pío XII fueron distribuidas por organizaciones democratacristianas. Llevaban la leyenda: 'impresas privadamente por ciudadanos sin filiación política'... Se usó también la desinformación y la 'propaganda negra' (material que se imputaba como originado de otra fuente, tal como el Partido Comunista). La campaña de propaganda fue enorme. Durante la primera semana de actividad (la tercera semana de junio de 1964) un grupo financiado por la CIA produjo 20 avisos radiales por día en Santiago y en 44 estaciones de radio de provincia; informaciones noticiosas de 12 minutos cinco veces al día en tres estaciones de Santiago y en 24 filiales de provincia... La CIA estima que la campaña del terror anticomunista fue la actividad más efectiva emprendida por Estados Unidos a favor del candidato democratacristiano. La campaña de propaganda fue llevada a cabo también internacionalmente... Cuando la izquierda comenzó por esas fechas a denunciar que estaba siendo objeto de una «campaña del terror» en su contra, muchos dijeron que eso era una invención de la izquierda. La misma frase nuestra de «campaña del terror» sonaba a veces, entre nosotros mismos, a fanatismo paranoico. Nunca imaginé que la CLA la bautizó exactamente del mismo modo... A veces uno no se atreve a creer por completo lo que denunciamos... Leer ahora, en este documento, que esas dudas respondían a una realidad brutal, a una verdad grosera, es desconcertante... Si hasta un agente del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos -como dice aquí- «se acercó el 19 de julio de 1964 al Presidente Alessandri para proponerle un golpe de Estado si Allende ganaba». La CIA se opuso después a esa medida, acaso porque fue Alessandri el que se opuso, lo que no se aclara en el documento. En todo caso, la decisión de Estados Unidos de intervenir en Chile, incluso a través de un golpe de Estado, era, por lo que estamos leyendo aquí, total, absoluta: las cartas estaban marcadas en ese sentido desde 1964... Y una vez que triunfó Frei, la


política yanqui se volcó a que su Gobierno tuviera éxito: «la ayuda de la CIA permitió al Partido Demócrata Cristiano establecer una extensa organización a nivel de vecindario y de pueblo. Eso puede haber dado soportes firmes a las tareas reformistas que el Gobierno de Frei emprendió a lo largo de los años siguientes». Aquí se dice que la CIA gastó casi dos millones de dólares en «acción encubierta en Chile durante ese período (1964-1969)... la CIA realizó 20 proyectos de acción encubierta durante estos años». Hacia 1969, sin embargo, ya era evidente que el Gobierno de Eduardo Frei Montalva había perdido la popularidad y eficiencia que había mostrado en sus primeros años. La CIA evaluó la situación negativamente. El Informe dice aquí, a ese respecto: Los proyectos de «desarrollo comunitario» y del campo laboral fueron estimados bastante desafortunados en su propósito de contrarrestar el fuerte sentimiento izquierdista y la organización de los trabajadores, campesinos y pobladores. Por ejemplo, ninguno de los proyectos en el campo laboral fue capaz de encontrar un núcleo de líderes sindicales legítimos para que compitiera eficazmente con la CUT, dominada por los comunistas... Al mismo tiempo, en un país donde el nacionalismo, la independencia económica y el antiimperialismo tenían apoyo casi universal, las persistentes alusiones a que los democratacristianos y otros partidos del Centro y de la Derecha estaban vinculados a la CIA, pueden haber jugado un rol en la disminución del apoyo popular para ellos. Si la CIA tuvo que reconocer que, pese a todos sus esfuerzos e ingentes inversiones, el proyecto de apoyo al centro político chileno estaba, hacia 1969, fracasado, la situación para ellos era, entonces, grave. Y confiesan todavía que el fracaso se debió «al fuerte sentimiento izquierdista y a la organización de la clase popular»... ¡Lo dicen ellos, Gabriel: teníamos el apoyo leal de la mayoría del


pueblo! ¡Los conceptos básicos que inspiraban el programa presidencial de Salvador Allende «tenían apoyo casi universal»! ¡Lo dicen ellos, los técnicos de la CLA, del Departamento de Estado, los poderosos protectores de los partidos de centro!... No lo digo yo, no lo dices tú... Es decir, hacia 1969 la CIA estaba reconociendo su derrota política e histórica en Chile frente a la amenaza de la izquierda (en 1969 éramos todavía una amenaza, nada más). Porque al pueblo no le habían entrado balas. La «campaña del terror» no le hizo mella. El discurso reformista de Frei y su propuesta de «desarrollo comunitario» no debilitaron, sino al revés, fortalecieron sus sentimientos de izquierda. ¡Hombre, si teníamos todo a favor para avanzar sin transar!... Pero ellos, por lo que se vio después -y es lo que hemos estado conversando aquí- tenían eso más claro que nosotros. Más claro que nosotros, en 1969, y también después... Y como ellos sabían desde 1969, por sus propios informes, que la izquierda estaba sólidamente arraigada en la mayoría del pueblo, es que se vieron forzados a incrementar el nivel de su intervención al máximo. Tenían que jugarse el todo por el todo. Por eso, en 1969, de acuerdo al Informe, el Presidente Richard Nixon anuló la Alianza para el Progreso -que jugaba al reformismo en Chile- y la reemplazó por lo que él llamó «Acción para el Progreso». La nueva propuesta enfatizaba el libre-comercio exterior y no el paternalismo reformista, una relación «madura» con América Latina y no coqueteos populistas. Pero la nueva propuesta incluía un intervencionismo más enérgico sobre coyunturas clave; se abandonó el apoyo a partidos y candidatos. Por eso la candidatura democratacristiana, de Radomiro Tomic, de 1970, no contó con los mismos recursos de 1964: fue abandonada por su gran socio del Norte. La intervención se dirigió entonces, directamente, contra la candidatura de Allende, como dice aquí:


... el Comité de los 40 decidió que Estados Unidos no debía apoyar a ningún candidato en particular para la elección, sino que debía, en cambio, emprender operaciones de «deterioro» contra la coalición de la Unidad Popular que apoyaba al candidato marxista, Salvador Allende. En total, la CIA gastó entre $ US 800.000 y $ US 1 millón en acción encubierta para alterar el resultado de la elección presidencial de 1970... Esto significa que Estados Unidos dejó a Radomiro Tomic -que había radicalizado incluso su programa presidencial, lo que no le pareció nada de bien a Eduardo Frei Montalva- de lado, dejando en claro que su proyecto de poner sus apuestas en el centro político para frenar a la izquierda había demostrado ser una mala movida estratégica... ¡Pobre DC: la usaron para algo que no era de ella misma y cuando no pudo hacer «ese algo», la desecharon como cáscara vacía! La misma CIA estimó que «las reglas del juego en el terreno de la embajada en los años anteriores había impedido a la CIA entenderse con los democratacristianos». No se especifica en qué radicó esa falta de entendimiento: probablemente porque los líderes de la DC, que pensaban gobernar treinta años, creyeron que podían actuar solos, sin el apoyo secreto de Estados Unidos. Bueno, no sé. Lo que sí aparece claro aquí es que la CIA decidió, prácticamente encima de la elección, apoyar la campaña de Jorge Alessandri, que andaba escaso de fondos. En ese cuadro, los fondos que ofrecieron la ITT y otros empresarios (setecientos mil dólares en total) fueron traspasados a la campaña de Alessandri y al Partido Nacional... Aun así, los estadounidenses no tenían muy claro cómo «deteriorar» la candidatura de Allende. Varias propuestas del embajador Edward Korry y del propio Grupo Interdepartamental fueron rechazadas por el Departamento de Estado. Con muchas dudas, al final, concedieron trescientos mil dólares para implementar su proyecto de «deterioro»,


pero eso ocurrió el 27 de junio, apenas dos meses antes de la elección. Su desconcierto los llevó a esperar, más bien, el 4 de septiembre, para, según el resultado de las urnas, actuar... Por eso, la operación «deterioro» fue más bien mecánica, de rutina. Mira lo que dice aquí: Una «campaña del terror» que usaba muchos de los mismos argumentos del programa de la elección presidencial de 1964, equiparaba una victoria de Allende con la violencia y con la represión estalinista. A diferencia de la de 1964, sin embargo, la operación de 1970 no comprendía extensas encuestas de opinión pública, ni organizaciones de origen popular o esfuerzos de "desarrollo comunitario", ni, como ya se ha dicho, financiamiento directo a ningún candidato... Se usó también la 'propaganda negra' para sembrar la discordia entre socialistas y comunistas, y entre la CUT y el Partido Comunista chileno... Otros elementos activos, todos empleados de El Mercurio, permitieron a la Oficina generar más de un editorial por día basado en la orientación de la CIA. El acceso a El Mercurio tenía un efecto multiplicador, puesto que sus editoriales eran leídas a lo largo del país en diversas redes radiales nacionales... Se informó que el proyecto que distribuyó temas anticomunistas de prensa y radio alcanzó en 1970 una audiencia de mucho más de 5 millones de oyentes... La CIA financió sólo un grupo político durante la campaña de 1970, en un esfuerzo por reducir el número de votos del Partido Radical para Allende. Aparentemente, por lo que aquí se dice, los norteamericanos invirtieron mucho menos dinero en la elección de 1970 que en la de 1964. Pero debemos tomar en cuenta que, según el mismo Informe, la inversión en propaganda a través de radios, periódicos, revistas, panfletos, afiches, rayados, etc., era mucha más barata y de efecto más masivo que la inversión en partidos políticos y campañas


presidenciales. En 1970 se ahorraron todo el costo eventual de la DC, gastaron un poco en el Partido Radical y el resto, como un millón de dólares, lo gastaron en una gigantesca operación propagandística. Y esta «campaña del terror» resultó, al parecer, más efectiva y barata que la apuesta al esquivo y costoso «centro político». Si habían quedado descontentos con la segunda, quedaron felices, en cambio, con la primera. Y es lo que dice aquí el Informe: Los esfuerzos de deterioro de la acción encubierta emprendida por Estados Unidos durante la campaña de 1970 no tuvieron éxito. Allende obtuvo una mayoría relativa en la elección del 4 de septiembre. Sin embargo, la campaña de deterioro produjo varios efectos importantes. Primero, la "campaña del terror" contribuyó a la polarización política y al pánico financiero del período. Los temas desarrollados durante la campaña fueron explotados aún más intensamente durante las semanas que siguieron al 4 de septiembre, en un esfuerzo por causar suficiente pánico financiero e inestabilidad política para incitar al Presidente Frei o a los militares chilenos a la acción. Segundo, muchos elementos activos que intervinieron en la campaña anti-Allende se hicieron tan visibles que su utilidad se vio limitada desde entonces. Varios de ellos dejaron Chile. Cuando Allende asumió, poco quedaba del aparato financiado por la CLA. ¿Te das cuenta de cómo todas las tácticas de la CLA fueron cayendo derrotadas? ¿Cómo la «campaña del terror» no aterrorizó a las masas populares, que se mantuvieron leales al proyecto allendista?... ¡Si esa campaña sirvió para que se asustaran ellos mismos, porque creyeron su propio cuento!... El «pánico financiero» no fue otra cosa que el pánico de la oligarquía y de los cuadros golpistas de la derecha que, rápidamente, escaparon del país..., es decir, aquellos que el Informe llama «elementos activos»: colaboradores chilenos de la CLA... ¡La CLA derrotada, la derecha dándose a la fuga y nosotros... dispuestos


a respetar como buenos muchachos la Constitución y las leyes! Creo que derrotamos a nuestros enemigos sin saberlo, para, en cambio, comenzar luego a desarrollar una política defensiva, cautelosa... Por eso, la reacción inicial de Washington fue la propia de un derrotado. El famoso Comité de los 40 se reunió en emergencia varias veces en los días previos y siguientes al 4 de septiembre. Los funcionarios de Richard Nixon corrían en todas direcciones como hormigas para intentar montar algo antes del 24 de octubre, que era el día en que el Congreso chileno tenía que decidir cuál de las dos primeras mayorías sería el Presidente de Chile. Por eso, entre carreras para allá y carreras para acá, dice aquí el documento que: El 15 de septiembre el Presidente Nixon notificó a Richard Helms, Director de la CIA, que un régimen allendista en Chile no sería aceptable para los EE.UU e instruyó a la CIA para que jugara un rol directo en la organización del golpe de Estado militar en Chile para impedir el acceso de Allende a la Presidencia... Los esfuerzos del Gobierno de EE.UU para impedir que Allende asumiera el mando prosiguieron por dos caminos: el «Track I», que comprendía todas las acciones encubiertas aprobadas por el Comité de los 40, incluyendo las actividades políticas, económicas y de propaganda, que estaban destinadas a inducir a los opositores de Allende en Chile a impedir que éste asumiera el poder, ya sea a través de medios políticos o militares. Las actividades del "Track II" fueron emprendidas como consecuencia de la orden del 15 de septiembre del Presidente Nixon y estaban dirigidas a promover y alentar en forma activa a los militares para actuar contra Allende. Nosotros nos centramos entusiastamente en cómo implementar el programa socialista de nuestro camarada Allende, mientras Estados Unidos (que tenía innumerables «activistas» clandestinos en nuestro país) tramaba solapadamente una guerra sucia destinada a derribar el


Gobierno de la Unidad Popular... ¡Y gritaban por todas partes que nosotros estábamos desestabilizando la democracia en Chile!... Si ya el 14 de septiembre el Comité de los 40 acordó destinar doscientos cincuenta mil dólares para la operación que llamaron «gambito Frei». Esta consistía en que, en el Congreso Nacional de Chile, la derecha y la DC debían votar por Alessandri y no por Allende. Entonces Alessandri, ya electo Presidente por el Congreso, renunciaba por su edad, lo que permitía llamar constitucionalmente a nuevas elecciones, en las que Frei iría como candidato único de la centroderecha. Ésta fue la operación «política» que preparó la CIA conforme a su «Track I». Para ese efecto movilizó a influyentes personeros de la DC internacional y de la Iglesia Católica a fin de convencer a Frei. Y en este punto crucial, el Informe dice que «a pesar de todos estos esfuerzos, Frei rehusó interferir en el proceso constitucional y el gambito de la reelección murió». Los doscientos cincuenta mil dólares no fueron tocados... Otra derrota más para la CIA... ¿Cuántas llevamos?... Pero el «Track I» incluyó también una gran campaña de propaganda destinada a influir sobre Frei, la élite chilena y los militares. Esta campaña fue complementada por otra realizada en el plano internacional, razón por la que, entre otras movidas, viajaron a Chile centenares de periodistas que informaban hacia fuera y opinaban (negativamente) hacia adentro. También -dice aquí-, la CIA dio apoyo a la prensa clandestina contra Allende, además de una «subvención indirecta a Patria y Libertad, un grupo fervientemente opuesto a Allende, y a sus programas de radio, avisos políticos y mítines políticos, y envío postal directo de artículos noticiosos extranjeros a Frei, a su cónyuge, a líderes seleccionados y a la prensa chilena doméstica»... Como la intervención no estaba dando resultados, Estados Unidos tuvo que recurrir también a las presiones económicas, de acuerdo con las instrucciones precisas de Richard Nixon, que ordenó al Comité de los 40 «hacer aullar la economía chilena». Para este efecto -dice aquí el Informe- «el Comité de los 40


aprobó suprimir todos los créditos, presionar a las firmas para que disminuyeran sus inversiones en Chile y acercarse a otras naciones para que cooperaran en esta operación»... Esto equivalía a un bloqueo económico muy similar al que Estados Unidos aplicaba y aplica a Cuba. Fue casi una declaración de guerra económica y política... Pero, una vez más... mira lo que dice aquí: Sin embargo, los esfuerzos norteamericanos por generar una crisis económica no tuvieron el efecto deseado en la votación del 24 de octubre, ni estimularon una intervención militar para impedir que Allende asumiera el mando. ¡Otra vez! ¡Si estábamos ganándole a Estados Unidos un combate tras otro, casi sin darnos cuenta! Derrotado el «Track I», los gringos tuvieron que echar mano de su siniestro «Track II», vale decir: a las acciones encubiertas destinadas a desencadenar el golpe militar. Este segundo curso de acción era, en verdad, siniestro. Te voy a leer varios párrafos clave sobre esto: La Agencia debía emprender su acción sin coordinación con los Departamentos de Estado o de Defensa y sin informar al Embajador norteamericano... La Agencia debía dar cuenta a la Casa Blanca, tanto para los efectos de informar como de pedir aprobación. Entre el 5 de octubre y el 20 de octubre de 1970, la CIA hizo 21 contactos en Chile con funcionarios claves de militares y de Carabineros... El Embajador Korry, formalmente excluido del "Track II", fue autorizado para alentar un golpe militar, siempre que Frei estuviera de acuerdo en esa solución... Se autorizó también al Embajador para que advirtiera a sus contactos militares chilenos que si Allende asumía, las Fuerzas Armadas no podrían esperar más ayuda militar de los Estados Unidos... A pesar de estos esfuerzos, el "Track II" demostró no tener más posibilidades de éxito que el "Track I" para


impedir que Allende asumiera la Presidencia. Aunque ciertos elementos dentro del Ejército chileno estaban activamente comprometidos en el complot para el golpe, los planes de los disidentes chilenos nunca despegaron del suelo. En realidad, el 22 de octubre empezó un intento de golpe bastante desorganizado, pero abortó después del baleo del general Schneider. El 24 de octubre de 1970, Salvador Allende fue confirmado como Presidente por el Congreso chileno. El 3 de noviembre asumió su cargo. Los esfuerzos tanto abiertos como encubiertos de Estados Unidos para impedir que asumiera su cargo habían fracasado. Lo dicen ellos mismos: Estados Unidos fracasó otra vez. A mi parecer, el fracaso estadounidense no sólo se debió a la fortaleza de las bases sociales de la izquierda, sino también, a la poca experiencia o práctica de los políticos de derecha para organizar golpes de Estado. La derecha había gobernado Chile sin parar desde 1830 hasta 1938. No había necesitado organizar golpes de Estado contra nadie. Tendría que haberlos hecho contra sí misma, como en 1891. Por eso, la derecha y el centro político (la DC, en particular) se mostraron entre reticentes y torpes en ese sentido (el asesinato del general Schneider fue una estupidez que abortó el golpe real que pensaban hacer). La cultura política chilena no incluía sapiencia en materia golpista. Y Eduardo Frei -que estaba indignado con el triunfo de Allende y que encantado lo habría expulsado de La Moneda- no se sumó al golpismo directo y descarado de la CIA, del embajador Korry y del propio Richard Nixon. Por una parte, se negó; por otra, se mantuvo a la expectativa y amarró al Gobierno de Allende a las famosas «garantías constitucionales». Además, es difícil creer que él nunca supo nada de los millones de dólares que Estados Unidos inyectó en su candidatura, en la DC y en los proyectos de su Gobierno. Por lo menos, se dejó querer... Pero, de todos modos, el legalismo del sistema político chileno (que era el legalismo impuesto


por la misma derecha), en la medida en que fue más o menos respetado por Frei y la DC, resultó sin duda, también, un factor del fracaso de la CIA en la coyuntura de 1970... Como quiera que sea, la derrota de 1970 creó poco menos que pánico en la esfera del Gobierno de Nixon. Por eso, febrilmente, diseñaron nuevos planes de intervención y el Comité de los 40 «aprobó un total de más de siete millones de dólares en apoyo encubierto para grupos de oposición en Chile... incluyendo fondos para proyectos que no requerían la aprobación del Comité de los 40». Sintieron que la amenaza que representaba Allende no sólo había aumentado, sino que, además, se había materializado. Y decidieron actuar por vías irregulares que dejaban parcialmente fuera del juego no sólo al embajador Korry, sino al mismo Departamento de Estado. La amenaza allendista fue definida del siguiente modo: La acción encubierta reflejaba las preocupaciones que sentían en Washington: el deseo de frustrar el experimento de Allende en el Hemisferio Occidental y de esta manera limitar su atractivo como modelo; el temor de que un Chile bajo Allende podía cobijar elementos subversivos de otros países latinoamericanos, y la determinación de sustentar el principio de la compensación a las firmas norteamericanas nacionalizadas por el Gobierno de Allende. Es evidente que la amenaza no consistía en que el Gobierno de la Unidad Popular (en realidad se habla siempre de Allende, no de la UP) constituyera una amenaza militar para Estados Unidos, sino en que «era» un modelo político exportable a la Europa Occidental y otros países y, a la vez, un régimen que podía amparar e impulsar el modelo político de acción insurgente contra los capitalismos nacionales. O sea: era, por sobre todo, una amenaza política en tanto se basaba en «modelos» alternativos al liberalismo promovido por


Estados Unidos. Henry Kissinger expuso este análisis largamente en una sesión del Senado norteamericano el 16 de septiembre de 1970... Esto demuestra que era un pequeño David «político» desafiando «mortalmente» al Goliat económico-militar. Sin duda, la sensación de amenaza de los norteamericanos era mayor que la amenaza efectiva, pero ellos actuaron en función de sus sensaciones. De ahí el aumento espectacular de las cantidades invertidas hasta allí contra la candidatura de Allende, esta vez para desestabilizar su Gobierno. Por eso volvió la ayuda millonaria a los partidos de oposición... Y aquí, de nuevo, dudo de leer estos párrafos o de que se publiquen tal cual... Pero, usted decide, su señoría... Mira, aquí se lee lo siguiente: Más de la mitad de los fondos aprobados por el Comité de los 40 sirvieron para apoyar a los partidos de oposición: el Partido Democratacristiano, el Partido Nacional y varios grupos desgajados. Aproximadamente medio millón de dólares fue destinado a dividir grupos durante los años de Allende. A principios de 1971, los fondos de la CIA permitieron al PDC y al PN comprar sus propias estaciones de radio y periódicos. Se entregó dinero a todos los partidos de oposición antes de la elección municipal de abril de 1971 y antes de una elección complementaria del Congreso en julio. En noviembre de 1971 se aprobaron fondos para fortalecer al PDC, al PN y a grupos desgajados. Se hizo también un esfuerzo para inducir un rompimiento de la coalición de la Unidad Popular. El financiamiento de la CIA apoyó a los partidos de oposición en tres elecciones complementarias de 1972 y en las elecciones parlamentarias de 1973. El dinero suministrado a los partidos políticos no sólo apoyó a los candidatos de oposición en las diferentes elecciones, sino que también permitió a los partidos mantener una campaña anti-Gobierno a lo largo de los años de Allende, urgiendo a los ciudadanos a demostrar su oposición de distintas maneras.


A ratos me quedo sin palabras, sin comentarios... ¿Qué habría pensado Allende si hubiera conocido este Informe antes de morir? Él murió en 1973, el Informe es de 1975... ¿Habría cambiado su actitud pesimista de morir en La Moneda? ¿Habría montado en cólera y ordenado toda una razzia social, política y policial contra todos los vendepatrias que se sumaron a esa guerra sucia? ¡Fueron diez años de intervención ininterrumpida de la CIA en Chile, siempre contra la izquierda y contra Salvador! ¡Diez años derramando dólares en bolsillos bien específicos, no en los de la nación! ¡Y todavía hay ilusos que dicen que fue mi discurso del 9 de septiembre de 1973 lo que gatillo el golpe de Estado!... En verdad, sorprende que toda esta enorme acción encubierta de Estados Unidos en Chile haya estado dirigida, todo el tiempo, contra Salvador Allende, y luego, contra el Partido Comunista... Como si la Unidad Popular no hubiera existido, ni la CUT, ni las confederaciones campesinas. .. Personalizaron su odio al marxismo o a la revolución social, sobre todo, en Salvador. Todo comenzó a girar, como un remolino gigantesco, en torno a él. Y él, seguro, presentía todo eso. Y decía: «Tengo carne de estatua...». Y la verdad es que ni después de muerto han logrado desembarazarse de él... Está en todas partes... Y, claro, si Allende fue el gran enemigo de la CLA, de Nixon y de Estados Unidos, El Mercurio fue su gran aliado interno, su amante traicionero... El Mercurio no sólo miente, como dijeron los estudiantes en 1968: el Informe Church dice que, además, traiciona... Escucha, te leo de nuevo: Además de financiar a los partidos políticos, el Comité de los 40 aprobó grandes cantidades para mantener a los medios de comunicación de oposición y de esa manera mantener una campaña de propaganda que golpeara con fuerza. La CLA gastó $ US 1.5 millones para apoyar a El Mercurio, el periódico más grande del país y el canal más importante de la propaganda anti-allendista. De acuerdo a los documentos de la CLA, estos esfuerzos jugaron un


significativo rol en preparar el escenario para el golpe militar del 11 de septiembre de 1973. Las autorizaciones del Comité de los 40, en 1971 ya principios de 1972, para subvencionar a El Mercurio, se basaron en informaciones de que el Gobierno chileno estaba tratando de cerrar la cadena de El Mercurio. En el hecho, la prensa permaneció libre durante el período de Allende... Te subrayo, sobre todo, la última frase: «en el hecho, la prensa permaneció libre durante el período de Allende». Yo diría que el único periódico que no fue libre en ese período fue, precisamente, El Mercurio, pero no porque Allende estuviera coartándolo, sino porque era un vil lacayo de los dólares norteamericanos... Es que corrió mucho dólar en ese tiempo entre los enemigos de Allende, mientras, al revés, Estados Unidos negaba toda ayuda económica al Gobierno chileno. Porque el Informe dice que, en 1972, se entregaron además 24 mil dólares a una «poderosa organización de hombres de negocio» y otros cien mil dólares a «la organización de empresarios, asociaciones de grandes y pequeños comerciantes y a una organización pantalla de grupos de oposición»; todo esto «como parte de una autorización de 1,5 millones de dólares para apoyo a grupos de oposición»... Pero todas estas dádivas no lograron debilitar de verdad al Gobierno de Allende. Cuando en marzo del 73 las fuerzas de oposición fallaron en alcanzar los 2/3 de la mayoría en el Senado para acusar constitucionalmente a Allende y celebrar nuevas elecciones, el Gobierno estadounidense de nuevo se sintió derrotado y otra vez revisó sus objetivos y tácticas. A decir verdad, después de marzo de 1973 los agentes de la CLA se tomaban la cabeza a dos manos: ¿cómo derribar a Allende? Todas sus acciones encubiertas se estrellaban contra la elasticidad increíble de un político que parecía un hombre de goma... pues, tras cada golpe dado a mansalva,


quedaba siempre en pie, y firme. ¿Qué hacer? No sabían si apoyar a los camioneros huelguistas o no, si aumentar la ayuda a los empresarios que estaban con ataques de pánico financiero, o no. La tendencia que predominó a la larga fue ayudar a los partidos, no a los grupos privados. En vista de eso, se decidió apoyar al «movimiento» Patria y Libertad. El más prominente de los grupos paramilitares derechistas era Patria y Libertad, que se formó después de la elección de Allende el 4 de septiembre, durante el llamado «Track II». La CLA dio a Patria y Libertad $ US 38.500 a través de una tercera persona... en un intento por crear tensión y un posible pretexto para la intervención de los militares chilenos... Esos desembolsos terminaron en 1971. Es posible que fondos de la CIA entregados a partidos políticos hayan llegado a Patria y Libertad y a un grupo similar: la Brigada Rolando Matus... Las fuerzas de Patria y Libertad marchaban en los desfiles de la oposición completamente equipados para provocar desórdenes... El 13 de julio de 1973, Patria y Libertad publicó una declaración en un periódico de Santiago atribuyéndose responsabilidad por un abortado golpe habido el 29 de junio, y el 27 de julio el líder de Patria y Libertad, Roberto Thieme, anunció que su grupo desataría una ofensiva armada total para derrocar al Gobierno... La ofensiva que intentó lanzar Patria y Libertad coincidía con un momento especialmente crítico de la economía chilena, debido al feroz bloqueo norteamericano y al impacto de éste en las finanzas y en el aprovisionamiento de repuestos y maquinaria para la industria y el transporte chilenos. El Informe dice aquí que: «Las notas de Richard Helms de su reunión con el Presidente Nixon el 15 de septiembre de 1970 -la que inició el "Track II"- contiene la indicación: 'hacer gritar a la economía chilena'. Una semana después, el embajador Korry informó haber dicho a Frei, a través de su


Ministro de Defensa, que 'no se permitiría que llegara a Chile, bajo Allende, ni una tuerca ni un tornillo'...». Eso sí que era negar la sal y el agua, no lo que la izquierda habría hecho durante el Gobierno de Eduardo Frei Montalva, como algunos han dicho. El Informe da cifras detalladas sobre cómo «aulló» la economía chilena bajo el bloqueo económico decretado por Nixon contra el Gobierno de Allende, lo que era tanto más grave si se considera que Allende se encontró con un país enormemente endeudado. Aquí lo dice el Informe: «Esa herencia externa, una herencia de las obligaciones en que habían incurrido los Gobiernos de Alessandri y Frei, era la segunda más grande deuda externa per cápita de todos los países del mundo», pese a eso, las negociaciones que se hicieron para repactar la deuda, fracasaron, porque Estados Unidos exigió que se indemnizara a las compañías cupríferas que habían sido nacionalizadas por Allende. A comienzos de 1973, por tanto, el cañoneo orquestado y aceitado por la CIA estaba alcanzando su clímax, y venía disparado desde las finanzas externas, del comercio externo, de las huelgas patronales (financiadas indirectamente por la CIA), del chantaje político de los partidos que recibían ayuda de Estados Unidos, de los actos terroristas de Patria y Libertad, etc. Nunca antes se había sometido a un Gobierno chileno á tal cúmulo de agresiones abiertas y solapadas... Sólo el Gobierno de Balmaceda experimentó algo parecido, pero durante cierto lapso del año 1891... El Informe señala que, a mediados de 1972, la CIA logró por fin tomar contacto regular con un grupo de oficiales que había estado complotando para desencadenar un golpe militar desde octubre de 1971. Después de años y aun décadas de siembra, la CIA lograba que una «fracción» -como se denomina en el documento- comenzara a trabajar de modo más o menos sistemático para preparar el


derrocamiento de Allende y de la Unidad Popular. El texto que te voy a leer no es explícito porque no da nombres ni detalles, pero deja en claro que el golpe de 1973 venía preparándose desde, por lo menos, 1971, y que la CIA, desde mediados de 1972, trabajó mancomunadamente con el grupo golpista. Voy a leer casi deletreando. Es muy importante. La red de inteligencia continuó informando sobre las actividades del complot para el golpe durante 1972 y 1973. Durante 1972 la Oficina prosiguió vigilando al grupo que podría montar un putsch exitoso y gastó en penetrar este grupo una cantidad significativamente más alta, tanto de tiempo como de esfuerzo, del que había ocupado en grupos previos. Esta fracción había llamado la atención de la Oficina en octubre de 1971. A enero de 1972, la Oficina lo había infiltrado exitosamente y estaba en contacto con su jefe, a través de intermediarios. A fines de 1971 y a principios de 1972, la CIA adoptó una postura más activa frente al programa de penetración militar, incluyendo un esfuerzo de corta vida para subvencionar un pequeño panfleto noticioso antigubernamental dirigido a las Fuerzas Armadas, su compilación de listas de arrestos y otros datos operacionales y su "operación engaño". Los informes de inteligencia sobre el complot golpista alcanzaron dos momentos culminantes, uno en la última semana de junio de 1973 y el otro a fines de agosto y en las dos semanas de septiembre. Está claro que la CIA recibió informes de inteligencia sobre el planeamiento del golpe por el mismo grupo que llevó a cabo el efectivo golpe del 11 de septiembre, durante los meses de julio, agosto y septiembre de 1973. Los esfuerzos de la CIA para recoger información con respecto a los militares chilenos, concluyeron en una actividad que fue más allá de la mera recolección de antecedentes...


Este párrafo debería estar expuesto en un cuadro de grandes dimensiones en todos los colegios y oficinas públicas en Chile... ¡Qué descaro! ¡Qué cinismo! Grupos de altos oficiales de las Fuerzas Armadas chilenas preparando un golpe de Estado contra un Gobierno legítimamente elegido a sólo un año de su asunción (cuando en las elecciones municipales celebradas dentro de ese mismo año el Gobierno había logrado más del 50 por ciento de los votos), un Estado extranjero (la primera potencia mundial) lanzando un bloqueo exterior destinado a «hacer aullar la economía chilena», y una poderosa agencia de inteligencia de ese mismo Estado moviéndose desesperadamente para desestabilizar política y militarmente un régimen de origen popular... Allende inició su Gobierno, prácticamente, bajo una declaración de guerra interna y externa por parte de todos los enemigos del pueblo chileno... Y esto se prueba no porque lo diga yo, o tú, sino porque lo dice un informe escrito por diecinueve senadores del Congreso de Estados Unidos que tuvieron acceso a documentos de la CIA, del Departamento de Estado, del Consejo de Seguridad Nacional, etc. Los golpistas del 11 de septiembre estuvieron, cuando menos, un año trabajando con el apoyo financiero y táctico de la CIA para preparar el golpe de Estado. El diseño táctico del golpe no pudo ser improvisado un par de semanas antes, y sólo por el «grupo putschista». La ocupación de todo Chile, de todos los puntos clave, de sedes de izquierda, periódicos, radios, universidades, allanamiento de sindicatos, de domicilios clave, etc., todo en un par de días, implicaba un trabajo preparatorio de meses, en el que el apoyo logístico de la CIA fue, sin duda, fundamental. Y el Informe lo dice: apoyaron «compilando listas de arrestos, otros datos operacionales y la "operación engaño"...». Y lo repiten: su apoyo «fue más allá de la mera recolección de antecedentes».


Parece obvio: la enorme experiencia de la CLA en materia de golpes de Estado, acciones encubiertas de desestabilización de regímenes, diseño de acciones operacionales, etc., sirvió de lección y guía para los torpes oficiales chilenos, que sólo habían practicado «ejercicios de tiro» sobre las masas populares que se rebelaban... Te lo dije antes: fue un golpe letal, demasiado perfecto. No esperábamos que fuera lo que fue porque no estábamos acostumbrados a eso, sino a operaciones bastante más torpes, como el abortado tacnazo del general Viaux, el burdo asesinato del general Schneider o el tanquetazo ridículo del 29 de junio... En cambio, el golpe del 11 de septiembre revelaba la presencia, allí, de una mano «maestra», distinta, sabia. El pueblo izquierdista y Allende pudieron derrotar a la CLA y Estados Unidos en todas las «acciones encubiertas» de tipo civil y de tipo estrictamente político, pero no en esa largamente preparada operación militar, frente a la cual, como te he dicho tantas veces, estábamos desarmados, instrumental y políticamente... Si pensamos en la real capacidad intelectual y política que revelaron públicamente los generales que aparecieron después comandando el golpe: Pinochet, Merino, Mendoza y hasta Leigh... no sé. Tengo mis dudas de si la suma total de todos sus coeficientes intelectuales diera la capacidad necesaria como para que hubieran hecho solos lo que se hizo en el golpe e incluso después del golpe... Porque mira lo que se dice aquí: Los archivos de los proyectos registran el hecho de que los colaboradores de la CLA trabajaran en un plan económico global inicial que ha servido a la Junta de base para sus decisiones económicas más importantes... Más aun, dos colaboradores de la CLA ayudaron a la Junta a preparar El Libro Blanco del Cambio de Gobierno en Chile. El Libro Blanco, publicado por la Junta después del golpe, fue escrito para justificar el derrocamiento de Allende. Fue distribuido ampliamente tanto en Washington como en otras capitales


extranjeras... Sin embargo, la CIA dejó en claro a los chilenos, desde un principio, que no se daría apoyo alguno de la CIA para ser usado en represión política interna. Me gustaría saber hasta qué punto el libro que han llamado «El ladrillo» (la propuesta de política económica que hicieron los Chicago Boys a la dictadura) fue de inspiración puramente chilena, sólo de Milton Friedman o también un diseño de la CIA que fue regalado listo a los «activistas» nacionales que después se ufanaron de haberlo hecho ellos. Hay una coherencia evidente entre el diseño «macro» del golpe y el diseño «macro» de la política económica que se aplicó después del golpe, sobre todo a partir de 1975. La CIA dice que no apoyó ni diseñó la política represiva de la Junta hacia los prisioneros políticos, que sólo recomendó aplicar los principios de Ginebra que ella misma respetaba en todas partes (sic)... Bueno, no sé. A lo mejor aquí quiso descargarse de la parte más abominable de la guerra sucia, acaso porque necesitaba descargar esas culpas sobre Pinochet, para, cuando fuera oportuno, presionarlo en algún otro sentido conveniente a la CIA, a Washington, o a Wall Street... En todo caso, podríamos decir que el golpe de 1973 fue, en muchos aspectos, una brutal intervención extranjera en Chile, en su mayor parte encubierta, que movió a varios sectores nacionales (los partidos políticos, los medios de comunicación, los gremios empresariales y los militares) como si fueran títeres, para que actuaran ilegalmente contra otros chilenos (casi la mitad)... No hay otro caso similar en la historia de Chile. No hay otro hecho tan abominable y, a la vez, vergonzoso como ése. Nos hemos preocupado principalmente de los dolores provocados por la violación de los derechos humanos y por la brutalidad de la dictadura, pero no tanto de la humillación y la vergüenza cívica (como chilenos) que nos cayó y cae por la


infiltración y manipulación extranjera de la que fuimos, a la vez, cómplices, instrumentos y víctimas... ¡Qué cuadro!... Los asesinos del general Schneider recibiendo armas directamente de los agentes de la CLA... El general Camilo Valenzuela comprometiéndose en el asesinato de su jefe, el general Schneider... El propio Eduardo Frei rompiendo su larga amistad con Allende justo después del triunfo electoral de éste, indignadísimo... ¿Por qué ese enojo tan abrupto? ¿Por qué esa cólera inesperada? ¿Sería porque él, pese a su actitud reticente frente a la presión yanqui, sabía más que Allende sobre la profundidad y amplitud de la «acción encubierta» montada por Estados Unidos en Chile desde, más o menos, 1963? ¿No era porque «algo» sabía -pues no era tonto como para ignorar por completo lo que habían montado bajo su nariz y en su organización- del apoyo encubierto de la CIA al Partido Demócrata Cristiano, al Partido Radical de derecha, al Partido Nacional y a varios «grupos desgajados»? ¿No es porque tenía antecedentes suficientes como para deducir que el triunfo de Allende desataría la furia de una CLA que ya estaba activa en Chile desde diez años antes? Porque, con un mínimo de información comprobada al respecto, ¿no era lógico concluir que la CIA, frente a un triunfo de Allende, se iba a jugar entera por un golpe militar? Y si la CIA había estado apoyando desde antes de 1963 a los partidos chilenos del centro político, ¿cómo no hacer fracasar los intentos de Allende por concertar una alianza reformista con la Democracia Cristiana y con sus líderes Frei y Aylwin? El triunfo de Allende volteó de un paraguazo el tablero de ajedrez (con jaque al rey) que, sesudamente, había estado jugando Estados Unidos para apoyar estratégicamente al centro político chileno... Pero además... si Allende era derribado por un golpe militar con apoyo de la CIA, ¿no beneficiaría esto políticamente, más temprano que tarde, al mismo centro político?...


Era como para enojarse y ponerse furibundo, primero, pero luego para quedarse callado, a la expectativa... Pero lo extraordinario de esto, Gabriel, es que diecinueve senadores estadounidenses revelaron y firmaron esta impactante «confesión». No son diecinueve comunistas, ni diecinueve miristas, ni diecinueve socialistas, ni Carlos Altamirano... es el propio Congreso de los Estados Unidos... Nosotros sospechábamos, como por instinto, y era como una simple consigna hablar de que la CLA estaba metida en esto o en lo de más allá, pero lo concreto es que no sabíamos exactamente desde cuándo, dónde y en qué estaba metida en esto o en lo de más allá... Y... ¡bum!, aparece en 1975 un Informe que dice: «Sí señores izquierdistas, éramos la CLA y el Gobierno del Presidente Nixon... Ustedes no se equivocaban: éramos nosotros los que nos movilizamos hasta que logramos derrocar su detestable Gobierno popular...». Sin embargo, los chilenos que ayudaron a la CLA, o fueron ayudados por la CLA, niegan todo... «¡No, nunca!...». Y juran que no, aunque les refreguemos en sus narices el Informe de la Comisión Church... En ese tiempo yo me negué siempre a llegar a acuerdos con la Democracia Cristiana. En esa época pensábamos que la Democracia Cristiana estaba comprometida con Estados Unidos por el asunto de la Alianza para el Progreso. No conocíamos, en todo caso, las raíces clandestinas que conllevaba esa alianza, y veo ahora que, por esas mismas raíces, era imposible que la Democracia Cristiana llegara a un acuerdo con la izquierda, ni para su Gobierno ni para el nuestro. Porque el acuerdo del PDC con Estados Unidos tenía como objetivo de fondo, no tanto el desarrollo del país como país -por eso abandonaron la candidatura de Radomiro Tomic en 1969-, sino la guerra contra el comunismo. Y esto, aquí, está clarísimo, dicho una y otra vez. Así que pensar que la Democracia Cristiana le iba a tender


un salvavidas al Gobierno de la Unidad Popular, si Estados Unidos estaba gastando millones de dólares en derribar a ese Gobierno, y si le entregaba millones de dólares a ella misma y a la derecha para que derribara ese Gobierno... era algo, de frentón, iluso. Una ingenuidad gigantesca... Pero todo esto que estoy diciendo, deduciéndolo de este documento, ¿cómo lo vamos a poner en el libro? ¿Vale la pena?... Todo dependerá de usted, pues, distinguido... Además de que, detrás de lo que se lee en estas líneas, debe haber mucho más que habría que leer también entre líneas... Después del Informe Church se desclasificaron otros documentos de la CIA, varios de los cuales fueron conocidos por los senadores de la Comisión. Las pruebas de la intervención son, pues, muchas e irrefutables, más que contundentes. A eso debemos agregar el precipitado, patriótico y servil viaje que Agustín Edwards hizo a Estados Unidos a los pocos días de la proclamación de Allende para reunirse con el Presidente Nixon y pedirle... bueno, no sé, podemos imaginar que fue a pedirle algo más que las pistolitas que la CIA le pasó a los asesinos del general Schneider. No sé. Pero tal vez Nixon se inspiró en esa reunión para lanzar su ofensiva secreta («Track II»), de la cual no se informó nial Departamento de Estado ni al embajador en Chile. Cabe imaginar que esa ofensiva consistió esencialmente en los esfuerzos que hizo Estados Unidos para contactar, infiltrar y finalmente guiar en detalle a la «fracción» de altos oficiales chilenos que «se decidió» a preparar el golpe de Estado desde mediados del año 1971. Los informes desclasificados por Estados Unidos revelan la independencia relativa del Congreso respecto de las maniobras encubiertas de la Casa Blanca y la CIA, pero también revelan la permeabilidad y frivolidad ética de la derecha y aun del centro político chilenos. Su combate «político» contra las fuerzas populares


y de izquierda echó mano a toda clase de recursos: propios y ajenos, nacionales y extranjeros, permitidos y prohibidos... ¿Por qué extrañarnos de que los militares le agregaran a esa falta de ética la barbarie inhumana de la tortura, la violación, el asesinato y la desaparición de personas? Y eso que esa metodología «ilimitada» la emplearon contra una izquierda y un líder que estaban luchando por realizar un programa de Gobierno «limitado» a la legalidad que ellos mismos habían impuesto... Lamentablemente, el Informe Church y los otros documentos desclasificados no son conocidos por los chilenos. No creo que haya más de un 1 por ciento que los conozca... Muchos, además, se han confabulado para que no se publique. Por supuesto, cuando supo que existían, El Mercurio sólo atinó a decir: «falso». ¿Por qué no los publicó íntegros? ¿O es que, acaso, «miente»? Entonces, no pueden argumentar que fueron las políticas de la Unidad Popular o el Gobierno específico de Allende el que «desquició» -como han dicho Gonzalo Vial y otros corifeos- la democracia chilena, lo que «provocó» la reacción de los estadounidenses, los verdaderos «causantes» de las atrocidades perpetradas por Pinochet y sus generales. La agresión contra Allende respondió, fundamentalmente, a la guerra fría, a la paranoia política de Estados Unidos y a la frivolidad de los políticos chilenos de centro y de derecha. La guerra fría quedó declarada desde la guerra de Corea y se exacerbó con la Revolución Cubana y la «crisis de los misiles» del año 62. Por eso el trabajo anti-izquierdista de la CIA en Chile comenzó a fines de los años cincuenta y se «institucionalizó» como lo dice claramente el documento CovertAction in Chile- desde 1963. En consecuencia, el crecimiento del liderazgo de Allende en la clase popular y en buena parte de la clase media, que se evidenció en las espectaculares votaciones de Salvador en 1958 y 1964, tenía que


llevar -y llevó- la paranoia de sus enemigos hasta el umbral de la criminalidad... Reflexionando sobre todo esto, he llegado a la conclusión de que, social, ética y políticamente, la izquierda no fue derrotada ni en 1958 ni en 1964 ni en 1970 y menos en 1973, sino cuádruplemente traicionada... Los que se sintieron derrotados justo cuando la dictadura comenzó a negociar y se pasaron rápidamente al otro bando (abrazando la herencia neoliberal de Pinochet, por ejemplo) no han hecho otra cosa que promover, espontáneamente, sin presión de la CIA, la quinta traición... b.2) Factor: la derecha Otro de los factores que influyeron decisivamente en la gestación y desencadenamiento del golpe fue la actitud y las acciones de la derecha chilena. Un bloque social y político que había gobernado el país de modo casi ininterrumpido desde 1830, con la sola excepción de los Gobiernos de Pedro Aguirre, Carlos Ibáñez y, pese a todo, Frei Montalva. De ahí la inquina contra cualquier atisbo de Gobierno que «oliera a rotos». Y el de Allende, para ella, olía a rotos más que ningún otro. Por eso, desde el principio, aparte del «pánico financiero» que se provocaron ellos mismos (con ayuda de la CIA), reaccionaron ciegamente, con una odiosidad que rayó en lo absurdo. Basta recordar el tipo de propaganda anti-allendista con el que llenaron los diarios y los muros de la ciudad. Porque si la CIA, tal vez, era la que diseñaba tácticamente el contenido de esa propaganda, los secuaces de la derecha creyeron religiosamente en esos contenidos, tanto como para que se asustaran solos. Recuerda eso de: «El único comunista bueno es el comunista muerto»... o esa amenaza sangrienta de: « Ya viene Yakarta» -aludiendo a la matanza de quinientos mil ciudadanos en Indonesia por parte de una dictadura de


derecha-, o esa proclama patriótica de: «-Junten rabia, chileno/á». Y el lema de la juventud del partido Renovación Nacional: «¡ Ojo por ojo, diente por diente»... No era una propaganda de ciudadanos racionales dirigida a ciudadanos racionales, sino una bravata de matones amenazando de muerte al que se les pusiera por delante. Todo lo que hacían era promover el golpe. Golpe que, además, no lo iban a realizar ellos mismos (cuando hicieron algo por sí mismos hicieron sólo estupideces, como matar inútilmente al general en jefe del Ejército de Chile), sino sus aliados, sus hermanos grandotes: la CIA y las Fuerzas Armadas. La Democracia Cristiana no se dejó arrastrar por estos ataques de histeria, pero tampoco hizo nada por criticarlos o neutralizarlos... En realidad, el nerviosismo de la derecha se manifestó públicamente, sobre todo, en las acciones callejeras de la juventud oligárquica, tanto en acciones de mera propaganda como en lo referente a movilizaciones de grupos y masas. En este plano cabe destacar la brigada Patria y Libertad, que fue creada después de la elección de Salvador Allende y disuelta por Pablo Rodríguez Grez el 15 de septiembre de 1973, dos días después de perpetrado el golpe de Estado. Y hablando de confesiones, cabe que citemos aquí la que hizo Manuel Fuentes Wendling, uno de los dirigentes de ese grupo, en su libro Memorias secretas de Patria y Libertad y algunas confesiones sobre la guerra fría en Chile, publicado recién en 1999 (tiempos de democracia), y curiosamente prohibido por Pinochet en 1974... Manuel Fuentes se confiesa con la misma simpleza que está redactado el Informe del senador Church. Dice: Al comenzar los años '70, este conglomerado, no tengo duda alguna, fue un instrumento de provocación política al servicio de propósitos específicos... La confrontación política en Chile había comenzado mucho antes de asumir el Gobierno marxista de Allende, y esa


confrontación se insertaba en un contexto mundial al que fuimos todos arrastrados... hay que aceptar que Patria y Libertad fue creado como un instrumento de provocación y desestabilización política. Ése era su designio. De nuevo, «a confesión de partes...». Y fíjate que Manuel Fuentes es categórico al afirmar que en Chile la «confrontación comenzó mucho antes» que asumiera Allende la Presidencia de la República, en coincidencia con el conflicto de la guerra fría. Fuentes no es un historiador profesional como Gonzalo Vial y no atribuye la «confrontación», como hace éste, al puro Gobierno de Allende, sino a la guerra fría. Aceptar que la guerra fría estaba detrás y dentro del conflicto político chileno desde, por ejemplo, 1950, implicaba aceptar también que Estados Unidos tenía mucho que ver con la forma en que se comportaron los actores oligárquicos en ese conflicto... Patria y Libertad realizó numerosos actos de tipo terrorista (voladura de torres de alta tensión, bombazos, asesinato de edecanes, etc.) y participó activamente en la promoción del tanquetazo de junio de 1973... Realizado éste (fracasado, en realidad), toda la dirección de Patria y Libertad se asiló en la embajada, creo, de Ecuador, con lo cual reconocieron abiertamente su participación en ese intento. Otro dirigente de este grupo (Roberto Thieme) reconoció públicamente además que, para realizar sus atentados, recibían la asesoría técnica de oficiales de la Armada. Esto quiere decir que los oficiales navales actuaban por arriba preparando el golpe y por abajo asesorando a grupos civiles para realizar atentados de todo orden... ¡Y me acusan que fui yo el que estaba haciendo sedición porque unos marineros me fueron a contar lo que sus jefes estaban haciendo! ¡Y porque yo denuncié todo esto en mi intervención del 9 de septiembre! Y te recuerdo de nuevo que mi mujer fue víctima dos veces de esos atentados terroristas, porque volaron dos veces, sin asco, su pequeña


boutique «Elle»... Supongo que los autores de esos atentados fueron los muchachos de Patria y Libertad y no los valientes oficiales de la Marina... Yo pensé seriamente en responder con el lema de la Juventud de Renovación Nacional: «ojo por ojo, diente por diente», puesto que no era necesaria mucha dinamita para volar unas cuantas tiendas «cuicas» del barrio alto... Pero decidí no hacerlo para no polarizar aún más la situación. Y conste que mi mujer no era la dueña exclusiva de «Elle», ya que tenía dos socias, una de la cuales era una encopetada dama de la sociedad santiaguina, de apellido Errázuriz... Piensa que no dudaron en llevar su terrorismo hasta atacar a las mismas mujeres. Es lo que hicieron cuando asesinaron al general Prats, ya que asesinaron también a su mujer... La derecha chilena, sin embargo, no era sólo el Partido Nacional, el grupo Patria y Libertad y las mujeres caceroleras que bajaron (con protección juvenil) por Providencia hasta Plaza Italia (sólo hasta allí), sino también los grupos empresariales: los transportistas, la Cámara de Comercio, la Cámara de la Construcción, la Sociedad Nacional de Agricultura, la Confederación de la Producción y el Comercio, la Sociedad de Fomento Fabril, etc. Además de los altos oficiales que, agazapados por ahí, tomaban posición para sus ejercicios de tiro al... roto. Todos esos grupos, partidos y gremios entraron en una franca beligerancia contra el Gobierno de Allende. No estaban haciendo oposición parlamentaria: ¡estaban en pie de guerra! Y Gonzalo Vial insisto- no supo decir otra cosa que era yo el que estaba subvirtiendo el orden... Bueno, hay historiadores de verdad e historiadores «de mentiras»... y radioemisoras que informaban lo que ocurría, y otras, como la Agricultura, que todos los días llamaba al golpe de Estado... ¿Y qué habrían hecho todos esos aprendices de golpes de Estado sin la CLA, sin Nixon y sin El Mercurio? Siempre he considerado que El Mercurio ha sido y es «la yegua madrina» de la derecha chilena.


Dondequiera que va la yegua tintineando su campanita, ahí sigue detrás toda la recua de muías, a ojos cerrados... Dicho en forma más civilizada: es el «intelectual orgánico» de la oligarquía chilena, desde hace, por lo menos, un siglo y medio. El Mercurio, como lo dice el Informe Church, recibió de la CLA millones de dólares, y no para ayudarlo a salir de su pobreza, sino, como el dinero es su zanahoria favorita, incentivarlo para ir hasta las últimas consecuencias... Por eso, no sólo recibió dinero efectivo, sino artículos, editoriales, crónicas de todo orden, que fueron publicados solícitamente. Además, propaganda, pues aceptó publicar a página completa, entre otras cosas, la absurda y grotesca imagen de un tanque soviético instalado con sus cañones frente al palacio de La Moneda. Era una foto trucada, por supuesto, ¡pero ellos, los secuaces de la derecha, la creyeron de verdad! Porque ¿quiénes sino ellos podían tragarse semejante ridiculez? Que «el decano» del periodismo chileno se haya rebajado y humillado aceptando publicar por dinero (porque no podía ser «por objetividad») un engendro como ése, habla muy mal de la ética periodística de esa «empresa»... Si hasta Kissinger en sus memorias reconoció que la vía principal para la intervención encubierta y descubierta de Estados Unidos en Chile fue El Mercurio... Tengo la convicción, estimado, que mientras este periódico y los que lo mantienen y editan sigan actuando como el «intelectual orgánico» de los intereses oligárquicos y de extranjeros en Chile, no hay que despedirse de los golpes de Estado... b.3) Factor: Frei y la Democracia Cristiana Siempre he pensado que la ruptura de la amistad entre Salvador Allende y Eduardo Frei, ocurrida en 1970, simbolizó una ruptura más profunda que las diferencias personales que, sin duda, existían entre ellos. Que trajo a la luz una fisura volcánica que no era ni fue posible reparar, porque es casi increíble que las dos fuerzas políticas más


progresistas de Chile no se hayan entendido entonces, siquiera en lo mínimo, para que, o el Gobierno de Frei, o el de Allende, hubieran sido plenamente exitosos. Contra ambos unidos, ni la derecha ni la CIA habrían podido hacer mucho. Ahí había «algo más» que lo impidió. Algo, podríamos decir, no chileno. Pudo haber sido -lo más probable- la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, pues ¿por qué el Partido Demócrata Cristiano siguió entonces -y sigue sosteniendo hasta ahora- una conducta pública tan visceralmente anticomunista, si hasta la Iglesia Católica en el Concilio Vaticano II y el papa Juan XXIII optaron en ese tiempo preferencialmente por centrarse en los pobres y en una relación de diálogo con sus «hermanos» marxistas? ¿Por qué, en lugar de seguir la línea del Vaticano II y de la encíclica papal Pacem in Terris se sumaron a la línea estadounidense contra el comunismo soviético? El Informe Church ofrece, por de pronto, una explicación: Estados Unidos decidió apoyar con todo a los «centros políticos» para combatir al comunismo y, escogieron para ello, como «departamento piloto», a la Democracia Cristiana chilena. Los gringos execraron y combatieron cualquier posibilidad de alianza entre fuerzas democráticas (partidos de centro) y el marxismo-leninismo, por su impacto eventual en el frágil equilibrio político de la Europa occidental de entonces. La DC adoptó para sí esa misma estrategia, ¿acaso porque creyó obtener los recursos y el apoyo externo necesarios para que su Gobierno (el de Frei) consiguiera lo que ningún Gobierno anterior había conseguido en Chile; esto es, desarrollar integralmente el país? Si fue eso lo que creyeron los líderes de la DC, ¿aceptaron también que la asociación con la CIA era el precio inevitable que tendría que pagar el país por su desarrollo? No sé. Estoy deduciendo... Lo cierto es -y esto sí que lo sé- que cuando Salvador, después de que ganó la elección y antes de ser


confirmado por el Congreso decidió visitar al Presidente Frei -en un gesto de protocolo que tenía por fin no sólo visitar al amigo, sino también darle cuenta de su triunfo electoral-, se encontró, ya no con el amigo que buscaba, sino con un energúmeno. Allende conversó largamente conmigo a la vuelta de esa visita y me dijo que, en lugar del amigo de siempre, se había encontrado con un personaje que no conocía, que lo increpó indignado por lo que «había hecho», porque su Gobierno iba a ser un fracaso, porque nada bueno resultaba andando por ahí con los comunistas... La rabia anticomunista le explotó por todos los poros -hasta Bernardo Leighton lo captó así: «un personaje enfurecido, odioso, indignado»-, le salió del alma (si es que era del alma), a tal punto que lo impulsó a tratar a su amigo como si fuera un vulgar comunista recalcitrante. No vio en el triunfo de Salvador un proyecto popular de la misma prosapia «revolucionaria» que el suyo y que podía superar, en bien de Chile, lo hecho por él mismo, sino, sólo... al enemigo número uno de Estados Unidos. No miró a Salvador en ese momento con los ojos del Eduardo de siempre, sino con los ojos de Kissinger, o de Nixon, o de Richard Helms, el director de la CIA...        Como te digo, no sé... Pero el «energúmeno» también llamó la atención del «hermano» Bernardo Leighton, que dijo que Frei sufrió un «verdadero trauma» con la victoria de Allende, y que él no se explicaba por qué esa reacción tuvo que ser «tan» traumática. Cierto es que la izquierda le había criticado su alianza «chilenizada» con Estados Unidos y que la derecha lo había llamado «El Kerensky Chileno», aludiendo a que él le abriría camino a los bolcheviques, pero ¿por qué se traumatizó tanto como para que perdiera la parsimonia, cualidad que había sido hasta allí su característica distintiva? Algo de esto conversamos antes, Gabriel, pero es bueno volver sobre la figura de Frei y su posición o relación con respecto al golpe de 1973. Aquí tengo el texto de la entrevista que Frei le


concedió al periodista Luis Calvo, del ABC de Madrid y que fue publicada el 10 de octubre de 1973, es decir, cuando Allende ya estaba muerto y cuando el PDC había sido clausurado por la dictadura. Te leo algunos párrafos, que dejan en claro la larga duración de su neurastenia: Desde 1970 Salvador Allende estaba rompiendo todas sus promesas, y alejándose de la realidad, inicia una obra de destrucción sistemática de la nación... El marxismo, con conocimiento y aprobación de Salvador Allende, había introducido en Chile innumerables arsenales, que se guardaban en viviendas, oficinas, fábricas, almacenes. El mundo no sabe que el marxismo chileno disponía de un armamento superior en número y calidad al del Ejército; un armamento para más de 30.000 hombres, y el Ejército chileno no pasa normalmente de esa cifra. Los militares han salvado a Chile y a todos nosotros... La guerra civil estaba perfectamente preparada por los marxistas. Y esto es lo que el mundo desconoce o no quiere conocer... Allende vino a instaurar el comunismo por medios violentos, no democráticos... Ya estaban preparadas las masas de guerrilleros y bien preparado el exterminio de los jefes del Ejército... El país recibía armas para el 'ejército paralelo' y eran armas rusas... ¿Por qué en Europa, donde no conocían a Allende... se idealiza a un hombre tan frívolo, más frívolo políticamente que moralmente, como Allende?... el Poder lo deslumbró e hinchó su congénita arrogancia... y quiso pactar, pero no tuvo éxito alguno, con nosotros, con la Iglesia y con las Fuerzas Armadas... La Unidad Popular seguía conscientemente impolítica que condujera al caos y a la locura colectiva... Las fuerzas militares han salvado realmente al país de su total aniquilamiento... Todo estaba estatizado: los bancos, las industrias, las minas, la agricultura y pensaban estatizar los quioscos de periódicos para impedir que circularan aquellos 'no marxistas'...


Leer esto es como leer, no los informes internos de la CIA, sino la propaganda callejera que esa oficina hacía circular en los quioscos, en las murallas y en las páginas completas de El Mercurio... Allende tenía razón: «ese» Frei no era el Frei de siempre: atildado, seguro de sí mismo, ecuánime. Más parecía un histérico momio del barrio alto que se había aprendido de memoria, con la mente y con las vísceras, la propaganda de la CIA... Y conste que el texto que te leo no es el original publicado en el ABC, sino una versión en la que el periodista no incluyó esta vez lo que Frei dijo off-the record sobre Salvador Allende, que era, tratándose de un muerto, francamente insolente. Frei se retractó después de los exabruptos que espetó contra su antiguo amigo, por lo cual el periodista los sacó de su segunda versión, pero dejó igual el resto de la entrevista, que sí era para la publicidad (Bernardo Leighton le dijo después en una carta que lo que aceptó publicar de la entrevista «corresponde sustancialmente a lo que yo mismo te oí sostener en Santiago, antes y después del golpe militar»)... ¡Frei hablándole al mundo de que Allende iba a instaurar el socialismo por medio de la violencia, y que contaba para eso con un ejército paralelo de más de treinta mil hombres mejor armados que el Ejército chileno regular! ¡Todo el proyecto de la Unidad Popular definido como una búsqueda consciente del «caos y la locura colectiva»!... Lo menos que uno puede pensar es que Frei, ante el triunfo de Allende en 1970, ante el masivo apoyo popular que recibió Allende después del tanquetazo de 1973 (apoyo que Frei había perdido ya en 1967) y ante la simpatía universal que despertó el experimento socialista de Salvador antes y después de su muerte, simplemente, se desquició por completo. Algo más tranquilo, el 8 de noviembre de 1973, Frei le envió una carta de doce páginas a Mariano Rumor, presidente de la Unión Mundial de la Democracia Cristiana. Allí, al correr más sistemático de su pluma, le trazó un cuadro histórico de la Unidad Popular, para


demostrar que el Gobierno de Allende había ido derecho al «caos y la locura colectiva» y que la DC, en ese período, había desarrollado una conducta intachable, la que, sin embargo, había sido distorsionada por la propaganda comunista y por la desinformación en que se hallaban al respecto los países de Europa, lo que motivaba el carácter detalladamente informativo de su carta. Ésta, en rigor, era un escrito de «contrapropaganda» de la DC (¿y de la CIA?) frente a la «propaganda» que circulaba por el mundo a favor de Allende. En síntesis, para que nos entendamos, su análisis histórico coincide plenamente con el que, más tarde, difundió Gonzalo Vial por el diario La Segunda y otros medios. Ni una coma más, ni una menos. Lo que revela que la neurastenia de Frei no sólo seguía viva un año después, sino que también se homologaba con la astuta pluma de Vial, el coautor del Libro Blanco de Pinochet. No te voy a leer mucho de esta carta porque, por un lado, es muy latosa, y por otro, ha tenido ya mucha difusión: A nuestro juicio la responsabilidad íntegra de esta situación -y lo decimos sin eufemismo alguno- corresponde al régimen de la Unidad Popular... El fondo del problema es que este Gobierno minoritario, presentándose como vía legal y pacífica hacia el socialismo... estaba absolutamente decidido a instaurar en el país una dictadura totalitaria y se estaban dando los pasos progresivos para llegar a esta situación... El Secretario General del Partido Socialista llamaba abiertamente a los soldados y marineros a desobedecer a sus oficiales y los incitaba a la rebelión... Instaurado el Gobierno, convergieron hacia Chile varios miles de representantes de la extrema izquierda de América. Llegaron elementos tupamaros del Uruguay, miembros de guerrillas o movimiento extremos de Brasil, de Bolivia, de Venezuela... La Embajada de Cuba se transformó en un verdadero Ministerio... Hombres conocidos en el continente por sus actividades guerrilleras eran de inmediato ocupados en Chile con cargos en la


Administración, pero dedicaban su tiempo muchos de ellos al adiestramiento paramilitar e instalaban escuelas de guerrillas... Y hubo una acelerada importación de armas... Las armas hasta ahora recogidas... permitirían dotar a más de 15 regimientos y eso que una abrumadora proporción no ha sido descubierta. Estas armas son todas de procedencia checa o rusa... Se trata de armas de todo tipo, no sólo automáticas, sino que pesadas, ametralladoras, bombas de alto poder explosivo, morteros, cañones antitanques de avanzados modelos... Se había establecido así un verdadero ejército paralelo... Todos los chilenos... estamos vitalmente interesados en que se restablezca rápidamente la democracia en Chile. Y para esto es necesario que el país salga del caos y, en consecuencia, que el Gobierno actual tenga éxito. Las Fuerzas Armadas no actuaron por ambición... Su fracaso sería el fracaso del país y nos precipitaría en un callejón sin salida... Vuelta a la plenitud democrática... Y la Democracia Cristiana una vez más desempeñará un papel conforme a lo que ha sido su historia y es su porvenir. Resulta increíble: se trata, exactamente, del mismo discurso, letra por letra, de la propaganda yanqui: Allende y la UP, de fanatismo marxista-leninista, se iban a tomar el poder por la violencia para establecer un Estado comunista totalitario, y con ese fin comenzaron a formar un ejército paralelo con guerrilleros de toda América Latina y armamento de la Unión Soviética para establecer un polo revolucionario favorable a la expansión del comunismo internacional. Perfecto, guerra fría, químicamente pura. Por eso creo que aquí no estamos leyendo al Frei discípulo de Jacques Maritain y de Fernando Vives S.J., sino al Frei cooptado por los dólares de la CIA y envanecido por la posibilidad de que, respaldado por Estados Unidos, el PDC tendría asegurada su historia futura: «su porvenir»... Sin comentarios.


Casi un año después, en agosto de 1974, Frei de nuevo se manifestó públicamente, esta vez escribiendo el prólogo del libro de Genaro Amagada, De la vía chilena a la vía insurreccional. Allí, ya más tranquilo y pensando más bien en el porvenir, dijo, entre otras cosas: En América Latina y en Europa, especialmente en Francia e Italia, el caso chileno podía servir como un ejemplo a quienes... tenían la esperanza de llegar al poder a través de elecciones, y demostrar así que el comunismo y los partidos de inspiración marxista-leninista y sus Gobiernos podían ser compatibles con el régimen democrático y sus instituciones. Para una vasta gama de snob y de pseudoizquierdistas internacionales resultaba muy ventajoso adherir, sin riesgos para ellos, a un ensayo no siempre fácil de disponer en las sociedades humanas... En estas condiciones, el triunfo de los partidos Comunista y Socialista en Chile adquiría especial importancia... A esta altura, Frei ya no estaba histérico como momio de barrio alto, sino como un líder calculador que conocía bien la estrategia política de la CIA y de Estados Unidos tendiente a impedir por todos los medios que la izquierda se asociara con los partidos del centro político, razón por la cual, precisamente, el PDC debía convertirse, y se convirtió, en el regalón de aquella estrategia. Pero este partido no pudo evitar que ganara Allende ni que la CLA lo abandonara en 1969, y estas derrotas, sin duda, le dolieron a Frei profundamente. Pero en 1974, con el panorama un poco más decantado, Frei podía calcular que la CLA y Estados Unidos no podían seguir apoyando una dictadura asesina desprestigiada en todo el mundo, y que tendría que volver a apoyar el centro político, tal vez en una alianza con la derecha... Ya no tenía por qué, entonces, ponerse histérico, sino más bien, solícito, a efectos de recordarle a la CIA y al Departamento de Estado cuál era su estrategia política central y por qué Estados Unidos había desestabilizado el Gobierno de Allende... Eliminado


éste y, por tanto, diluido el peligro de que Europa o América Latina se contagiaran con el experimento de Allende, había que retomar la estrategia original... Y ahí estaban siempre Frei y la DC, disponibles... La conducta pública de Frei desde el triunfo de Allende y después del golpe militar reveló un categórico distanciamiento de Allende y de la izquierda chilena, y una relativa aceptación del régimen dictatorial impuesto por los militares. Incluso dijo -como lo vimos- que era conveniente que la dictadura tuviera éxito, pues así sería posible el retorno ideal a la democracia. En todo caso, seamos claros: si bien la CIA apoyó encubiertamente a la DC desde 1963 hasta 1969, Frei no tuvo ninguna participación -al parecer- en el complot golpista. Técnicamente, no fue golpista. Fue más bien un espectador interesado en el golpe, pero dejado de lado por los golpistas, lo que era más bien humillante para un líder como él. En todo caso, su conducta posgolpe dejó meridianamente claro que él no estaba condenando la acción militar y que, más bien, la estaba dejando hacer y pasar, sin apoyar y sin condenar (en el mismo mes de octubre informó la revista Chile-América que los dirigentes Krauss, Carmona y Hamilton salieron de Chile en una gira mundial para explicar el apoyo de la DC al «pronunciamiento militar»). La actitud de Frei correspondió exactamente -puede imaginarse uno-, punto por punto, a la de un ex aliado... y a la expectativa de una posible reanudación de la alianza... porque el centro político «era» la única alternativa válida, a mediano plazo, para la estrategia estadounidense, lo que demuestra que, aparte de su rabieta por los estropicios que produjo Allende en su esquema político, Frei razonaba fríamente sobre la coyuntura histórica. Demasiado fríamente... Fue por eso que Bernardo Leighton reaccionó enviándole una carta el 22 de abril de 1975, en la que el «hermano Bernardo» le sincera su


pensamiento sin ambages. Le dice que en su carta a Rumor reveló «falta de visión histórica», al considerar que la dictadura de Pinochet estaba salvando a Chile del totalitarismo, puesto que Allende, un demócrata convencido, no había llevado al país en esa dirección, y que era la Junta Militar la que estaba, en realidad, haciéndolo. Leighton puso énfasis en la violencia dictatorial, en sus asesinatos y en la violación de los derechos humanos. Le señaló que más violentista fue la derecha -en especial, la ultraderecha- que el Gobierno de Allende, y que la dictadura no era sino la extralimitación de la violencia derechista. Le remarcó luego una cuestión fundamental: que a la Democracia Cristiana, por sus principios, no le correspondía ser una «alternativa al marxismo», sino, al contrario, una «alternativa al capitalismo». Entre otras razones, porque en el mundo se estaba produciendo de modo creciente la «disociación entre cristianismo y capitalismo», e insistió en que era lamentable que él, Frei, el máximo líder del partido, no se demostrase capaz de captar el accionar deshumanizador de la dictadura y no hubiera enfatizado la separación que existía entre el pensamiento cristiano y el autoritarismo capitalista. La respuesta de Frei a Bernardo Leighton, del 22 de mayo de 1975, se centró, más que en los problemas políticos de fondo, en la defensa de la actitud política que Leighton le había criticado, en especial, su visión más bien positiva del golpe militar. Se extendió, por ejemplo, en su asistencia a la especie de Te Deum que la Junta Militar celebró en el templo de la Gratitud Nacional, ceremonia a la que fue invitado en su calidad de ex Presidente, junto con Gabriel González y Jorge Alessandri. Señaló que «me pareció mi deber concurrir, deber doloroso, pero deber»; que cuando fue entrevistado al término de la ceremonia no dijo nada en adhesión a la Junta, sino que había asistido para «rogar a Dios para que vuelva la paz a Chile», y que fue el único ex Presidente que no fue a saludar a los miembros a la


tribuna de los generales. Insistió en que, dadas las condiciones en que estaba operando el país, el golpe era inevitable, y que, como siguió la profusa internación de armas por parte de la Unidad Popular, no había escapatoria. «Creí mi deber advertirlo y repetirlo», le señaló. Insistió en que la DC hizo no menos de seis intentos por lograr un entendimiento con Allende, que incluso él mismo fue a La Moneda a hablar con el Presidente después de que mataron al edecán de Allende, y que éste sólo le demostró gratitud y nada más: «Si él tenía algo que decirme, yo le abrí camino. No se interesó». En general, mantuvo sus ideas directrices: que el Gobierno de Allende estaba desquiciando al país y que eso conducía directamente al golpe militar. No agregó ninguna frase condenatoria contra la dictadura, ni habló de los derechos humanos pisoteados por los militares. La réplica de Leighton, del 26 de junio de 1975, es extremadamente precisa, bien escrita y esclarecedora. Señaló que uno de los problemas de fondo que contraponían sus respectivos puntos de vista consistía en tener o no tener confianza «en que los actuales ocupantes del poder puedan ser el centro de reconciliación entre los chilenos», y también: si se debía buscar o no «reconciliación y concordia internas en torno a la actual dictadura». La postura de Frei implicaba de algún modo responder a esos dilemas afirmativamente; la de Leighton, no. Otro problema era si la Unidad Popular había estado efectivamente preparando una dictadura violenta, o no. Si la derecha había estado moviéndose para quebrar la legalidad mediante acciones violentas, o no, etc. La postura de Frei sugería que era sólo, y tan sólo, la Unidad Popular la que practicaba la violencia, lo que se contraponía a la visión de Leighton. Por eso, éste le recalcó: El fondo de tu argumentación pretende justamente demostrar que la intención del Gobierno (de la UP) sería llevar el país hacia una dictadura de extrema izquierda, para lo cual señalas algunos hechos


que la justificarían y callas otros que prueban lo contrario, aparte de que también fue un hecho histórico, no el golpe dictatorial marxistaleninista, sino el golpe dictatorial fascista... Para ti el golpe resultaba inevitable, al paso que para mí siempre fue evitable y nos obligaba a hacer lo inhumano por evitarlo. Tú partías, a mi juicio, de un concepto de fatalismo histórico opuesto a nuestra doctrina, que siempre supone la libertad en los hombres y en los pueblos... Al final los hechos nos dieron a los dos parcialmente la razón: a mí, porque no vino el golpe de extrema izquierda, pero no fue evitable el de extrema derecha; a ti, porque vino el golpe, pero no como tú lo imaginabas, ni con los horrores que iba a desencadenar... Recuerdo perfectamente tu respuesta a la TV con ocasión de la ceremonia en la Gratitud Nacional. Habría preferido, sin embargo, no verte en ese sitio... tu presencia valía inmensamente más que tus palabras... Tu carta (a Rumor) y tu prólogo (a Arriagada)... sirvieron para defender el golpe militar y justificar la dictadura, todo lo cual formará parte de la realidad del proceso histórico cuando llegue el momento de escribirlo... Quizás Allende debió dar el primer paso (para una negociación seria), pero, yo en lugar tuyo, no lo habría esperado. Lo que estuviste de acuerdo que hiciera Aylwin, pudiste haberlo hecho tú, seguramente en condiciones cien veces más cargadas de posibilidades de éxito... La razón de tu posición la he derivado de un verdadero peso de conciencia por el triunfo de la UP, que vi caer sobre tu espíritu, abrumándolo, en los días posteriores a la elección de Salvador Allende. Aquello te produjo, al parecer, una especie de trauma psíquico que te nubló poderosamente la mirada sobre el proceso de la Unidad Popular, la confabulación de la extrema derecha y el golpe militar... La lucha, en definitiva, no es entre nosotros: es contra la dictadura. Hemos hablado más de Frei que de la DC como conjunto. Hemos deducido que el comportamiento de Frei después de la elección de


Allende -en la misma línea de Frei se movían hombres como Krauss, Thayer, Carmona, Hamilton y Aylwin- tenía una extraordinaria coincidencia con la lógica política de la CIA y de la Casa Blanca. Su «trauma psíquico» -como lo llamó Bernardo Leighton- sólo tiene sentido y explicación si se le proyecta al planisferio político de la guerra fría, de la Casa Blanca y de las acciones encubiertas de la CIA. Desde esa lógica, como hemos dicho, el Gobierno de Allende desembocaba «como destino fatal» en un golpe de Estado conducido por la CIA (cosa que Frei necesitaba explicar y justificar atribuyendo al Gobierno de Allende un intrínseco y maquiavélico carácter golpista y dictatorial), golpe que tenía consecuencias imprevisibles en octubre de 1970, tanto más si la CIA había abandonado a los partidos de centro en 1969 por su fracaso en detener a Allende. La línea de análisis de Frei, por otro lado, no encajaba bien en el pensamiento político tradicional de la DC, como se lo recordó Leighton, que no era «fatalista», sino centrado en la reflexión libre de personas regidas por la fe cristiana. Sin duda, no todos los militantes DC coincidían con los análisis de Frei (entre otros, Renán Fuentealba), pues, con toda seguridad, la penetración de la CIA en la DC, iniciada en 1963, era secreta y limitada a algunas personas de confianza, con varios intermediarios desconocidos, según se lee en el Informe Church. Si Frei estaba en ese secreto, no podía difundirlo. De modo que las discrepancias, si bien existían, no llegaron a manifestarse en un debate franco, a fondo, ni en un quiebre del partido. De acuerdo a la lógica suprema de la CIA, de ninguna manera la DC debía aliarse con la UP. Ésta es una premisa mayor del análisis que es preciso no olvidar. Por otro lado, era del más obvio sentido común que el empantanamiento del Gobierno de Allende podía solucionarse con un acuerdo programático entre la DC y la UP (sobre todo si se tiene en cuenta que el programa presidencial de Radomiro Tomic había sido similar al de Allende), que es lo que pensaron Tomic, Fuentealba, Gumucio y el propio Leighton. Por eso


mismo, en las cartas que intercambiaron Frei y Leighton y en varios libros que han aparecido después (como el de Ignacio González Camus: Renán Fuentealba, en la génesis de la Concertación, se da cuenta de numerosas conversaciones que se realizaron entre personeros de ambos conglomerados, a veces para ponerse de acuerdo en leyes puntuales (sobre el área social, por ejemplo), en otras para llegar a un acuerdo macro (como los que promovió el cardenal Silva o el propio general Prats). El hecho es que no se llegó a ningún acuerdo relevante. ¿Por qué? Es importante consignar que el general Carlos Prats creía que era de suma urgencia llegar a ese acuerdo e hizo varios esfuerzos en ese sentido, pero se encontró con la clara oposición de Frei y sus amigos. En sus Memorias, Prats dice que el general Bonilla le informó que Eduardo Frei le había dicho que «antes había sentido respeto por el Ejército, pero que ahora tenía sus dudas». Prats llamó entonces a Renán Fuentealba, a la sazón presidente del PDC, para conversar sobre ese punto. Allí le planteó su queja por «los juicios de Frei, Aylwin y Palma sobre el "uso del Ejército" por el Gobierno». Fuentealba le respondió que la crítica no era contra el Ejército sino contra el Gobierno. A lo que el general le arguyó: No puedo dejar de reconocer que los paros tienen el propósito político de provocar la caída del Gobierno, y que si la DC apoya a los huelguistas, bien puede producirse un enfrentamiento con características de guerra civil... Le rebato señalándole que... la DC debiera propugnar una salida política a la grave confrontación de fuerzas que está viviendo el país. El (Fuentealba) sostiene que la oposición democratacristiana es partidaria del diálogo, pero entrando por la puerta ancha de La Moneda. .. Esa tarde doy a conocer al Presidente Allende la posición constructiva de Renán Fuentealba y él habla por TV esa noche, haciendo un llamado a la DC.


No obstante ese llamado, nada pasó. La situación siguió tensa. El general Prats dice más adelante en sus Memorias-, «La DC, dirigida por Patricio Aylwin, actuaba ya abiertamente bajo el lema de "no dejar pasar nada al Gobierno"...». En el intertanto, Renán Fuentealba había sido reemplazado en la presidencia del PDC, en un sugerente enroque, por Patricio Aylwin. De este modo ese partido pasó de una posición «constructiva» a una intransigente, pero Carlos Prats siguió con su intento de inducir una salida política con el apoyo de la DC. Escribió: A mediodía de ese domingo 17 sostengo una larga conversación con Bernardo Leighton, quien se manifiesta de acuerdo en la urgente necesidad de una salida política al conflicto entre el Gobierno y la oposición, que califica de extremadamente grave... Ante mi pregunta sobre si Frei se opone al diálogo con el Gobierno, reconoce que éste mantiene todavía una actitud intransigente. Renán Fuentealba había sido encargado, durante el Gobierno de Frei, de realizar una investigación sobre las actividades de la CIA. Así lo hizo. Los resultados de su pesquisa los expuso en una sesión del Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Fuentealba, basado en sus hallazgos, propuso enviar un oficio al Presidente Frei para que informara de las actividades del embajador Korry, que por entonces estaba fuera del país. La proposición fue aprobada por los senadores del PDC, del PC y del MAPU. Korry se había distanciado, muy molesto, de Gabriel Valdés y del propio cardenal Silva. En su libro sobre Fuentealba, Ignacio González Camus dice que, en cambio, «Korry logró establecer una amistad con Frei, en conversaciones en casa del Presidente, de las que no se enteraba el canciller Valdés ni el PDC. La DC nunca había tenido una relación muy estrecha con EE. UU., pues, en sus orígenes, desde el punto de vista ideológico, se había vinculado mucho con Francia y Europa. Ninguno de sus líderes


se había educado en universidades estadounidenses...». En su momento, La Moneda le respondió al Senado que Korry andaba en las actividades normales de un diplomático... De modo que Eduardo Frei, al sostener conversaciones privadas con el embajador Korry (que estaba metido en el complot de la CIA) en su propia casa, sin que de ello se enterara el canciller de la República y el propio PDC, estaba incurriendo en una actitud que, si bien no podemos decir que complotaba, tenía mucho de «andar a las escondidas», pues no dio cuenta a nadie de esos contactos. Y esto se correlaciona con su intransigencia frente al Gobierno de la UP... En contraste con la intransigencia de Frei, «Fuentealba y Bernardo Leighton -dice González Camus- se entrevistaron tres o cuatro veces con Allende. Le solicitaban que detuviera el proceso estatizador... En esas reuniones el Presidente Allende se mostró receptivo, pero pidió tiempo... Fuentealba y Leighton le planteaban a su vez que era necesario llamar a un plebiscito...». A esas acciones se sumaron las del general Prats, quien, hasta última hora buscó desesperadamente el acuerdo político. Para eso convocó de nuevo a Renán Fuentealba, porque «le parecía muy difícil entenderse con Aylwin, el nuevo timonel del Partido. Según explicó a don Renán, había una falta total de empatía entre el Presidente Allende y el senador democratacristiano»... Por su lado, cuenta Bernardo Leighton que le transmitió a Frei un mensaje de Allende, en el sentido de que le agradaría que tuvieran una entrevista entre los dos. Contestó Frei: «¡Qué entrevista! ¡No quiero ninguna entrevista!». Cierto fue que Frei visitó a Allende para darle el pésame por el asesinato de su edecán, el comandante Araya, y que el Presidente estuvo muy amable con él y no le dijo nada más. Frei comentó después, a propósito de esa visita, que él, al ir a visitarlo, le había dado a Allende una oportunidad de hablar, pero que Allende sólo demostró «gratitud» por la visita... ¿Era ése el momento


de hablar? ¿Era Allende el que tenía que hablar primero? ¿Y por qué no podía ser Frei? ¿Y por qué, cuando el cardenal planteó la reunión clave no fue el propio Frei, sino que envió a Aylwin? Por ahí han dicho que era yo, Carlos Altamirano, el que me oponía a un acuerdo con la DC, lo cual es cierto, pero ésa era mi opinión, no la de Allende, ni la de la Unidad Popular. Los que de verdad estaban decidiendo que no habría acuerdo bajo ningún punto de vista eran muchísimo más importante que yo: eran Nixon, Kissinger, la ITT, los millones de dólares que habían recibido varios partidos para hacerle la guerra a la UP, y hasta Eduardo Frei... Pienso que la DC no estaba en condiciones internas adecuadas para definir una política unívoca y coherente con el Gobierno de Allende. De ahí la tendencia a llegar a acuerdos «democráticos» puntuales y mantener desacuerdos «revolucionarios» antagónicos. La guerra fría estaba instalada dentro de la DC mucho más de lo que ella misma era capaz de comprender... Por eso algunos democratacristianos procuraban dialogar con la UP en temas constructivos, pero otros (llamémoslos «el bloque Frei») insistían en que la UP se estaba armando hasta los dientes para imponer una dictadura bolchevique... Yo no sé de dónde sacó Frei eso de que había una gigantesca importación de armas, un ejército paralelo, un gran armamento pesado... Habría sido bueno que hubiera leído las memorias de este... Max Marambio, ex GAP y ex mirista, en las que cuenta que el MIR (el que predicaba la lucha armada) no tenía armas, que tuvieron que robar unas cuantas pistolas de Tomás Moro, lo que provocó la indignación de Salvador Allende, que los acusó en una carta a Fidel Castro por ese robo. Los arsenales que Frei denunció solemnemente urbi et orbi les producen ataques de risa a todos los militantes de izquierda que exigían una mayor acción revolucionaria: ¿dónde estaban esas armas? ¿Quién las encontró? ¿Por qué las escondieron? ¿Por qué no las muestran?... Porque, si hubieran sabido que existían en ese número, y además todo ese


poderoso ejército paralelo... En verdad, la acusación de Frei en contra mía, de que yo estaba llamando al levantamiento popular, tendría que, por ética, formularla de otra manera: «¿Cómo es posible que Ud., llamara al levantamiento popular si no estaban armados? ¿Qué irresponsabilidad es ésa de amenazar con lo que no se tiene?... ¿No ve que hasta yo me asusté?...». Creo que la responsabilidad histórica de la DC en el brutal golpe de Estado de 1973 consistió en no haber tenido una política definida y constructiva respecto al Gobierno revolucionario de la Unidad Popular, porque, por una parte, se sumó (el «bloque Frei») a la «campaña del terror»-, por otra, dialogó puntualmente con el Gobierno de Allende (el grupo Leighton-Fuentealba), pero no negoció un acuerdo político macro. Por tanto, no fue eficaz, como partido mayoritario en el Congreso, de conducir el proceso hacia una salida «política», pese a los esfuerzos de figuras neutrales como Carlos Prats. Además, frente al hecho ya consumado del golpe de Estado, siguió una actitud de omisión y contemplación, con el agregado de que un grupo importante de personeros democratacristianos apoyaron abiertamente el golpe y la Junta Militar. A decir verdad, fue un papel político pobre y una responsabilidad histórica alta, un balance que no la favorece y que, según creo, le ha pesado fuertemente en su vida posterior. Como quien dice, desde que ganó Allende en 1970, la DC perdió paso, prestancia y ritmo... Como ves, la DC fue un factor importante en la gestación y en el desencadenamiento del golpe de Estado. Ahora, yo no me atrevería a decir que la DC fue uno de los autores del golpe o que estuvo comprometida en el complot respectivo. No, pero que contribuyó a que se creara el clima apropiado, sí, y que no se esforzó como partido en buscar y construir una salida, como la que quería Bernardo


Leighton y su grupo, también. Digamos de paso que fue el grupo de Leighton el que, un día o dos después del golpe, firmó una declaración pública, condenándolo. A propósito, me acaba de contar un amigo que fue a Estados Unidos que allá supo de unos documentos, todavía no publicados, de la época del Presidente Johnson, que a él le parecieron interesantes de inspeccionar. Fue a la Fundación Johnson y ahí, entre los documentos que no tenían el timbre «Confidencial», encontró una carta que Enrique Krauss y Juan Hamilton (ambos del «bloque Frei») habían enviado al Departamento de Estado, señalando que los recursos que se les había enviado habían sido insuficientes, muy insuficientes, que necesitaban más... b.4) La izquierda Cuando uno lee el Informe Church o las memorias de Kissinger o cualquier documento desclasificado por Estados Unidos de esa época referente a Chile, uno ve que todo está dirigido contra los comunistas, contra el movimiento comunista. En el Informe Church no hay ninguna alusión al Partido Socialista, ni tampoco sobre mi participación en el proceso. Yo no existía, los otros partidos de la Unidad Popular, tampoco. Sólo el peligro comunista, la dictadura comunista, el comunismo internacional. El comunismo tenía vueltos locos a los gobernantes estadounidenses, y no tanto porque el PC chileno fuera especialmente terrible, sino porque estaba asociado con la UP, con Salvador Allende y con la marca «Chile». Así acompañado, su proyección era peligrosísima. Y lo dice Kissinger en sus memorias: «La doble importancia que tenía este triunfo (el de esa "asociación") en el mundo europeo». El peligro del PC chileno consistía en que iba metido en una mezcla política que era mucho más impactante en Europa que la salsa cubana. Es que Chile --según


él- tenía más prestigio intelectual, cultural, político y democrático que Cuba. Si Cuba tenía importancia por su impacto en América Latina, Chile la tenía por su impacto en Europa. Y en este sentido, el prestigio de Allende era también más fuerte en Europa que en Latinoamérica... De ahí la compulsión casi histérica de Estados Unidos por impedir el éxito de la UP (con el PC dentro) en Chile, lo que venía a sumarse a la compulsión histérica de la derecha chilena para que no le arrebataran el monopolio de sus riquezas, y a la reacción histérica de un sector de la DC para no perder la hegemonía política en el país... ¡Si dejamos histéricos a medio mundo!... La izquierda chilena jugó sus cartas revolucionarias, pues, de cara y de frente a sus tres enemigos fundamentales, todos los cuales, con su triunfo, tenían demasiado que perder como para permanecer pasivos. Y democráticos... Era, por tanto, en ese escenario, una tozudez que la UP y Allende intentaran (intentáramos) implementar todos los acápites del programa de 1970: estatización de industrias básicas, reforma agraria, nacionalización del cobre, reforma educacional... sólo nos faltó intentar la implementación de la Asamblea del Pueblo... Nada de eso podía ser aceptado por la derecha, aunque sí podía ser negociado con la DC, si ésta hubiera sido consecuente con su eslogan de «Revolución en libertad» y su principio de «incompatibilidad con el capitalismo»... Además, detrás de esa tozudez resaltaban con letras de molde los acuerdos tomados por los socialistas en sus congresos de Linares (1965) y Chillán (1967), que señalaban, en síntesis, que sin poder armado no era posible realizar en Chile un proceso revolucionario. Si fuera por los congresos del Partido Socialista, la derecha y el centro podían esperar, con toda lógica, que el proceso revolucionario que se abría en 1970 necesitaba, sí o sí, proveerse de armas... Pero la cuestión de fondo es: ¿se pueden tomar


absolutamente en serio los acuerdos de los congresos partidarios? ¿Qué relación de correspondencia necesaria existe entre un congreso ideológico-programático y el proceso efectivo de gobernar legalmente un país? Nosotros construimos el programa de Gobierno conforme a una lógica legalista, por eso ese programa no incluyó ningún acápite relativo al acopio de armas ni a la formación de milicias armadas con el objetivo de asegurar el poder y la realización de los objetivos revolucionarios. Allende y la UP, en general, se atuvieron al legalismo y, por añadidura, al parlamentarismo. Nadie -salvo el MIR, pero en una pobre medida- se planteó «programáticamente» la necesidad de cumplir los acuerdos de Linares y Chillán, o de construir un efectivo poder armado. Es tan real e histórico lo primero -la legalización del proyecto revolucionario de la UP- como lo segundo: la no programación efectiva del eventual poder armado de la izquierda... Pero bastó con lo primero para que Estados Unidos y, por lo menos, la derecha, pasaran de la mera oposición al complot golpista con acción armada efectiva... De ahí que buena parte de nuestra acción política consistió en correr todo el tiempo desde atrás para tratar de «paliar» el impacto amplificado que nuestras medidas tenían en alguno de nuestros tres grandes «enemigos». Eso ocurrió, por ejemplo, cuando, a propuesta de Cloro y mía, Allende envió a Flavián Levine a hablar con Kissinger para conversar sobre la nacionalización no-compensada del cobre... Teníamos capacidad de iniciativa y maniobrabilidad política legal, pero no capacidad para imponer «por presencia» nuestras decisiones. Cada paso programático nuestro implicaba despachar negociadores y plenipotenciarios para paliar el impacto o acomodar mejor los paquetes de medidas. Había allí una brecha angosta, difícil, que se nos fue cerrando...


Por eso te digo que nuestra «revolución en libertad» (o legal) tenía algo de locura. Si queríamos ser consecuentes con lo que le habíamos prometido al pueblo (y Allende era, en ese sentido, el más interesado en ser consecuente), nuestra propuesta era como si un buey manso se desplazara por una cristalería... ¡Todos ponían el grito en el cielo! ¡Todo era un escándalo! No teníamos el poder real para, de un solo rugido, poner a todos los rezongones en fila india, o con los pies en polvorosa... A mí, por eso, me obsesionaba la idea de que estábamos desarmados, que necesitábamos intervenir en la designación de los altos mandos de las Fuerzas Armadas para tener allí una fuerza respetable de apoyo, y que, si no hacíamos eso, no teníamos otro camino que abrirnos de piernas frente a la DC... Pero Allende y otros dirigentes no querían ni una cosa ni otra: ni manejar los altos mandos ni pactar mano a mano con la DC. Lo primero, por la apariencia legal de nuestro Gobierno, y lo segundo, por la pureza táctica de nuestras convicciones... Teníamos divergencias serias en el plano táctico del proyecto revolucionario, pero quiero dejar en claro que en ningún momento eso afectó nuestra lealtad hacia el Gobierno legal de Salvador Allende. Nuestro programa tenía hermosos objetivos revolucionarios, pero nuestra táctica efectiva para llevarlos a cabo no contaba con medios disuasivos suficientes... La verdad es que, en nuestro partido, esa inconsistencia se tradujo en un proceso curioso: de radicalización discursiva en la base militante y de lealtad partidaria con nuestro Presidente en la dirección partidaria. Era una peligrosa diferenciación interna que pudo, o bien terminar en el abandono de Allende por su partido, o en el quiebre del mismo... Pero no ocurrió ni una cosa ni otra, pese a lo que dijera este pseudohistoriador Gonzalo Vial (que «le hacíamos la vida imposible a Salvador Allende»), pues el apoyo al Gobierno se mantuvo inalterable mientras yo fui secretario general del partido, y no se produjo ninguna división... Lo que sí hubo, mi querido amigo, fue


nuestra garrafal inacción efectiva frente a la creciente implementación del golpe de Estado... Y lo grave de esto es que nuestras bases sociales en el campo y la ciudad estaban a la expectativa, impacientes, y se quedaron esperando... Así que en el Partido Socialista, bajo el Gobierno de Salvador Allende, no hubo escisiones, ni divisiones, ni emigraciones. El partido fue en cierto modo, allá por 1965, algo así como padre del MIR... Pero no se produjo ninguna emigración significativa de cuadros socialistas hacia ese movimiento. Recuerdo que, después del congreso de Linares, tuvimos una reunión en el fundo de Cloro con Miguel y Edgardo Henríquez y alguien más. Ahí nos invitó Miguel a que emigráramos del partido, que el PS no tenía futuro, que no era realmente revolucionario, que era un partido inorgánico, desordenado, que no tenía nada de leninista pese al acuerdo tomado en Linares -en lo que tenía mucha razón- y que, en fin... Bueno, ni a Cloro ni a mí nos convencieron los argumentos de Miguel. Entonces él nos anunció que él y su grupo protagonizarían, con otros jóvenes de la Juventud Socialista, una escisión. Y así lo hicieron. Pero esto ocurrió cinco años antes de la elección de Allende. Después de la elección, la militancia se aglutinó en torno al programa presidencial de Allende, con mayor o menor orden disciplinario... No fue, pues, el supuesto divisionismo o el famoso fraccionalismo del PS un factor que hubiera erosionado el Gobierno de Allende, sino al contrario. Es un hecho muy relevante que no puede dejarse de lado. No estaba allí nuestro problema principal... Como hemos hablado antes ya más de una vez, se ha dicho con frecuencia que el Partido Socialista se oponía a todo entendimiento con la DC. A decir verdad, el partido veía con desconfianza cualquier conversación política con esa tienda partidaria, porque, francamente, no creíamos que la DC estuviera animada por un espíritu realmente


unitario, sobre todo después de la elección presidencial de 1970. Radomiro Tomic, además, perdió el liderazgo de su partido (era nuestro hombre de mayor confianza) y había sido tomado por Eduardo Frei y Patricio Aylwin, quienes, clarísimamente, no simpatizaban con nosotros (me he enterado ahora recién de que Fuentealba tenía una actitud más comprensiva con la UP). Nunca Frei o Aylwin intentaron tirarle un salvavidas a Salvador. Además, sin conocer todavía el Informe Church, teníamos antecedentes diversos de la asociación de la DC con el Gobierno norteamericano, sobre todo desde que se firmó el tratado de la Alianza para el Progreso con J. F. Kennedy. La conducta de Frei y Aylwin, en general, no reducía nuestras sospechas, más bien las ampliaba. De manera que nos parecía poco probable que la DC llegara a un entendimiento serio con una coalición socialista-comunista: Estados Unidos, su socio y aliado, era demasiado poderoso como para renunciar a él a cambio de una aventura política que implicaba ir de la mano con los grandes enemigos de la Casa Blanca, sobre todo, con los comunistas... Además que ese «socio» comenzó a tomar una actitud abiertamente beligerante contra el Gobierno de Allende. Era difícil de probar con documentos, pero era evidente que Estados Unidos había estado detrás del asesinato de Schneider y de lo que ellos mismos llamaron el «gambito Frei». Y fue evidente que planteó el boicot económico aun antes de que nosotros planteáramos la nacionalización del cobre con indemnización recortada al máximo. La guerra fría de Estados Unidos contra Allende y contra la UP venía de mucho antes que Allende asumiera la Presidencia. La UP había planteado en su programa la nacionalización del cobre, que, evidentemente, tenía el acuerdo de todos los chilenos... Todos. ¿Por qué, entonces, si había ese acuerdo, nos han criticado que el Gobierno de Allende provocaba a Estados Unidos? ¿Que la nacionalización sin una indemnización indecorosa era una bofetada al


Tío Sam, tal, que despertó su odiosidad? ¡Pero si esa odiosidad venía de mucho antes y estaba dirigida, con dedicatoria, a los comunistas! Por eso, desde mi punto de vista, la actitud moderada que el Partido Comunista tuvo en el Gobierno de la Unidad Popular no servía ni sirvió de nada... Hicieran lo que hicieran los comunistas en Chile, pusieran la carita que pusieran, ¡Estados Unidos había decidido desde mucho antes enviarlos al infierno, por angas o por mangas! Estados Unidos, sin duda, le tenía un gran respeto a la Unión Soviética (vaya si no: tenía armamento nuclear), pero ¿qué respeto le podía tener a los comunistas chilenos? Además, en el Informe Church no le destinan más que un parrafito, bastante corto, a la negativa de Allende a pagarles indemnización. ¿Qué tanto les implicaba a ellos unos dólares más o unos dólares menos? El problema que les angustiaba era que: ¡el comunismo se estaba propagando en América Latina! ¡En «su» patio trasero! Ésa, exactamente, era su paranoia, no que le quitáramos unos dólares a su balanza de pagos... ¡Si estaban repartiendo dólares a manos llenas a los enemigos de Allende y de los comunistas en Chile! Era tan evidente la paranoia yanqui con los comunistas de Chile y los castristas de América Latina, y era tan lógico que Estados Unidos iba a intervenir con todo si los marxistas aumentaban su perímetro de acción más allá de Cuba, que hasta Leonid Brezhnev, como te he contado, nos planteó que fracasaríamos rotundamente en nuestro intento porque la CIA iba a mover todos sus peones para derrotarnos, fuera y dentro de Chile. Para él era muy simple: estábamos jugando a la revolución en el patio trasero de Estados Unidos justo cuando éste le había puesto candado y trancado todas las puertas y ventanas... La «campaña del terror» no era sólo una invención de El Mercurio, sino una parte de la guerra declarada del país del Norte contra los «invasores» de su patio... Y la Unión Soviética no iba a meterse en esa «guerra» si estaba como a veinte mil leguas de viaje submarino...


Vale decir, Gabriel, nuestro error estratégico fue haber invadido el patio trasero del Tío Sam en el peor momento posible y sin tener ningún aliado externo que estuviera en condiciones de... tirar las manos para defendernos. Sin duda, para Frei & Cía. ese «error» era meridianamente claro, además que inconveniente para ellos; ¿por qué, entonces, la DC tenía que defendernos, si la URSS no lo hacía, ni China lo hacía, siendo, además, aliada progresista del Tío Sam? Seamos justos: en realidad, el único loco que trató de ayudarnos, «en la medida de lo posible» (que era poco), fue Fidel. Fue el único amigo. Casi una madre: nos mandaba azúcar, helados de coco para Salvador, abrazos y consejos... Pero, bueno, los mejores amigos de los pobres son, también, pobres, e igualmente boicoteados y perseguidos. Por eso es linda, de todos modos, la fraternidad... Acaso por eso mismo, porque lo único que les sobra a los pobres es fraternidad, Fidel nos vino a ver y se quedó más tiempo de lo esperado. Como que se quedó pegado. Fidel tuvo una gran recepción pública: las calles se atiborraron de gente para recibirlo y vitorearlo. Visitó toda la larga y angosta geografía de Chile, de punta a cabo. Fue al norte, fue al centro, fue al sur. Yo lo acompañé en su viaje al norte, otros fueron con él al sur. En todas partes tuvo una recepción fenomenal, pero el entusiasmo público, como suele pasar en Chile, fue decayendo. Y fue quedando en evidencia que la visita se estaba prolongando demasiado. El protocolo no resiste efusiones fraternales eternas. Todos -Salvador, la dirección del partido y yo mismoestábamos de acuerdo en que se había prolongado en exceso la presencia fraternal de Fidel, pero nadie quería invitarlo a que se fuera. Allende me pedía a mí que le sugiriera eso, por ser yo el secretario general del partido. Y yo le respondía: «Mira, Salvador, tú eres aquí el jefe de Estado. Un jefe de Estado le habla a otro jefe de Estado... te toca a ti decirle a Fidel que apreciamos enormemente su


visita, pero que Estados Unidos está indignado, que la DC está indignada y hay otros cansados, así que mejor despidámonos». Bueno, ni Allende ni nadie se lo dijo así. En realidad, él decidió irse, por lo cual se realizó un gran acto de despedida en el Estadio Nacional, que sólo se llenó en tres cuartas partes de su capacidad total... En cambio, llenamos por completo el estadio cuando se celebró el Premio Nobel de Neruda. Entonces sí se repletó el Estadio Nacional... Fue evidente que la gente se fue cansando un poco de esta gran «orgía fidelista»... la cual, como podrás comprender, de poco nos sirvió para llenar el gran vacío que teníamos en el plano internacional, por la ausencia de aliados de real peso... disuasivo. Después del Congreso de Linares, de 1965, como te he dicho, se escindió un grupo de la juventud del Partido Socialista, con Miguel Enríquez a la cabeza. Tuvo la gentileza de informarnos, a Cloro y a mí, de que se retiraban para fundar el MIR e invitarnos a participar en él. Con Cloro le dijimos que creíamos más útil que se mantuvieran dentro del partido que fuera de él. Que no le veíamos mucho porvenir a un movimiento armado fuera del partido. En cambio, presionando dentro del socialismo, podrían tener mayor influencia en la sociedad chilena. Miguel no aceptó esta tesis y fundó el Movimiento de Izquierda Revolucionario, MIR. Otro grupo de jóvenes se escindió también de la DC para fundar organizaciones más cercanas a nosotros: el MAPU y la Izquierda Cristiana. Estas escisiones se asemejaron más a quiebres partidarios, no así la del MIR con respecto al Partido Socialista. El hecho fue que la izquierda se fue robusteciendo con nuevas organizaciones que tendieron a radicalizar el movimiento conjunto, aunque no se integraron necesariamente a la UP, sobre todo en el caso del MIR. La misma derecha, que ya se había debilitado por la tendencia reformista que adoptó la DC en un principio, vio también que muchos católicos


abandonaban las viejas rutinas conservadoras para plegarse a la lucha por el socialismo, e incluso a la lucha armada. Entre 1964 y 1969 fue la izquierda la que se fortalecía, no la derecha ni tampoco el centro. Con la elección en 1964 de un diputado de izquierda por Curicó donde estaba el riñón latifundista de la derecha- sonó un campanazo que obligó a Julio Durán a retirar su candidatura y sumarse a la de Eduardo Frei Montalva. Ciertamente, frente al peligro allendista, todos sus opositores tendieron a unirse. Y como es natural, así unidos, ganó Frei. La reacción histérica de la derecha, los diversos síntomas de la intervención de la CIA en la política chilena (en ese tiempo se destapó el asunto del Plan Camelot, un proyecto de espionaje sociológico montado por esa agencia para explorar las tendencias revolucionarias de los chilenos) y la reiteración de las crisis económicas (inflación, caída de la tasa de crecimiento, huelgas, etc.) llevaron a la juventud a radicalizar sus posiciones. Eso generó el crecimiento relativo de los movimientos vinculados al MIR, al MAPU y a la Izquierda Cristiana. Paralelamente, en toda América Latina se desarrollaron movimientos revolucionarios, especialmente en Perú, en Argentina, en Uruguay... Varios de esos grupos nos invitaron a participar no sólo en sus movimientos, sino también en sus entrenamientos. Incluso después de 1973, por ejemplo, tuve un contacto con Firmenich, uno de los líderes de los Montoneros, que me propuso adiestrar a un grupo de militantes socialistas y de su movimiento para organizar el asesinato de Pinochet. Para tales efectos debíamos enviar unos diez militantes del partido, junto a otros diez que enviaría él, a Libia. En Libia se prepararía, entonces, el atentado a Pinochet. Después de pensarlo un tiempo, lo consulté con Ricardo Núñez y otros camaradas, y decidimos no aceptar la oferta, porque no obedecía a nuestra política atentar contra jefes de Estado, por más dictadores que fueran. Éramos un partido que operaba en legalidad. Además, como lo mostraba la


historia, cuando hay una completa estructura de poder dictatorial, no se saca nada con matar a un jefe, porque de inmediato ponen a otro, que podía ser peor que el occiso... Te cuento esto porque en ese tiempo había en América Latina y en todo el mundo grupos que estaban por la lucha armada bajo todas sus formas, y que nos presionaban, precisamente por nuestra pasividad «operativa». Había un ambiente de exasperación, que produjo en Chile la aparición de la Vanguardia Organizada del Pueblo (la VOP) y el asesinato de Edmundo Pérez Zujovic. Y es un hecho probado que los jóvenes de la VOP no tenían nada que ver ni con el Gobierno de la Unidad Popular, ni siquiera con el MIR, aunque a Frei Montalva le habría gustado que así fuera. Por eso mismo el Gobierno de Allende actuó rápidamente para su anulación y captura. La aparición de una juventud revolucionaria que estaba por la acción armada fue un hecho que no podemos ignorar, minimizar o, simplemente, condenar. No fue un fenómeno que emergió por casualidad: respondió, por un lado, a la política represiva e intervencionista de Estados Unidos; por otro, a la falta de eficacia de la izquierda parlamentaria en resolver los problemas de atraso y desigualdad social de nuestros pueblos y, por este otro, al ejemplo que estaban dando los vietnamitas, los sudafricanos que luchaban contra el apartheid, los cubanos, etc. Cierto es que se trataba de un movimiento más radical que la izquierda «legal». Era, técnicamente, de ultraizquierda, pero no necesariamente, como se ha dicho, una montonera de «termocéfalos». Los regía, por cierto, un potente compromiso ético con la lucha y una especial racionalidad política, unido todo eso a una voluntad de ir a la guerra, no a las negociaciones. En Chile, el MIR realizó asaltos a bancos y tomas de terrenos, universidades y fábricas, sobre todo durante el Gobierno de Eduardo Frei Montalva, pero no realizó asaltos ni «expropiaciones» durante el Gobierno de Salvador Allende. En ese sentido, guardó una


sorprendente «compostura política» y el compromiso de no estorbar la administración llevada a cabo por Salvador. Es preciso reconocer que el MIR suspendió parte de su programa de acción para dejar el camino más despejado al experimento de la UP. Empero, realizaba demostraciones callejeras como todo el mundo, donde lanzaba a todos los vientos su grito de guerra: «¡Pueblo! ¡Conciencia! ¡Fusil!, ¡MIR, MIR!»..., agitando sus carabinas de madera. No tenían armas, pero gritaban como si las tuvieran, lo cual, muy probablemente, asustaba a los que tenían mucho que perder y no sabían que las armas brillaban por su escasez o su total ausencia... Personalmente, debo reconocer que no medí de manera suficiente el peso de los grupos ultraizquierdistas ni el impacto de su agitación callejera entre nuestros enemigos. Bastante teníamos con preocuparnos de los problemas del Gobierno de Salvador... ¿Fue a partir de ese griterío callejero del MIR y sus asociados que Frei, Aylwin y otros próceres «dedujeron» que en Chile había un «ejército paralelo» armado hasta los dientes y fuerte que contaba hasta con veinte mil guerrilleros? ¿Fue por eso que la DC se apresuró en despachar la Ley de Control de Armas y mandar a los militares a buscarlas, para que encontraran al final sólo dos o tres Smith & Wesson y nada más? ¿Dónde estaban esos impresionantes arsenales durante el Gobierno de Allende, dónde? Para mí que la revolución armada, en la mente de la juventud ultraizquierdista de entonces, era más una necesidad y una idea que una realidad. Por eso los tontos asociados a la CIA, asustados por las ideas, buscaron armas por todas partes y sólo rasguñaron baúles y sepulturas vacías... al punto de que personas sensatas como Eduardo Frei & Cía., hicieron el ridículo anunciándolas al mundo... Nunca entendieron que Allende, nuestro líder máximo -digan lo que digan-jamás en su vida política intentó realizar en Chile una revolución a la cubana, o a la bolchevique, o a la vietnamita, y si lo fotografiaron con el fusil que le regaló Fidel, no


lo usó para tomarse La Moneda o hacer la revolución, sino para defenderse de los que estaban bombardeando el Palacio de Gobierno para matarlo a él... La presión de la juventud, de las bases populares y de la calle era, pues, radicalizada y radicalizante. Esa presión subía a gritos a los balcones de La Moneda y por los conductos regulares de los distintos partidos de Gobierno que filtraban esa presión. A mí, como secretario general del Partido Socialista, me correspondió muy a menudo servir de abogado de la presión popular ante Salvador Allende, y abogado de Allende ante la presión popular. Y en más de una ocasión Salvador me recibió indignado porque había tenido información de que la toma de tal o cual fábrica o industria o empresa había sido dirigida por algún militante del Partido Socialista. En ese momento tenía que confirmar el hecho o negarlo, y en todo caso argumentar en un sentido u otro. Mi comentario general era que en un proceso revolucionario como el que él estaba acaudillando, era imposible pretender que las masas conservaran parsimonia, paciencia y pasividad total. El proceso revolucionario no dependía de él solo o de nosotros, sino también de la clase popular. Total, la revolución era por ella y para ella. Era imposible que no se salieran, tomando caminos propios, de las pautas fijadas por la prudencia política del Gobierno. Si el Gobierno legal tenía que ser prudente, la masa popular, en su lucha por la justicia social, no tenía por qué cuidar demasiado su apariencia formal... La tensión era, a veces, fuerte, porque muchos de los que presionaban por «avanzar sin transar» consideraban que Allende, por ser «intrínsecamente» socialdemócrata, frenaba el proceso. La popularidad de Allende, a ratos, era mayor hacia fuera del partido y hacia fuera de Chile, y menor hacia dentro del partido y hacia abajo, sobre todo a partir de 1972, cuando la situación entró en una encrucijada en que había que tomar decisiones trascendentales...


Si era aventurero y casi irreal -según yo- realizar a cabalidad el programa completo propuesto por Allende y la UP en 1970 (por las razones geopolíticas que comentamos antes), también era peligroso y casi una locura, en el sentido de la «representación popular» que la UP tenía por entonces, no regirse por y hacer oídos sordos a la opinión mayoritaria de las bases populares que nos apoyaban. Después de 1972 nos hallamos claramente entre dos fuegos, donde, por un lado, nos disparaban en razón del impacto político general que provocaba nuestra utopía programática; y por otro, en razón de nuestra ineficacia para realizar lo prometido a aquellos que necesitaban que nuestra utopía programática se hiciera realidad... Unos nos disparaban porque expropiábamos los fundos mal explotados o nacionalizábamos el cobre, y otros, por ejemplo, porque no cerrábamos el Congreso Nacional para instalar de una vez por todas la Asamblea del Pueblo, cansados de tanta espera y tramitación inútil... ¡Todos se impacientaban! Por eso, pensaba que, lo más urgente para nuestros propósitos, estando en medio de ese fuego cruzado, era intervenir en los altos mandos de las Fuerzas Armadas para construir una correlación de fuerzas favorables a nosotros, que nos diera el poder disuasivo para llevar a cabo el programa de 1970 y también la voluntad popular según se expresaba en 1972-1973... Desarmados como estábamos, íbamos a morir acribillados por lado y lado... De manera que, desde mi punto de vista, la principal responsabilidad que me compete, de la dirección de mi partido, de la dirección de la Unidad Popular y del propio Allende, fue no haber tomado plena conciencia de que un cambio tan radical como el que estábamos intentando implementar no era posible, a menos que una Fuerza Armada defendiera esos cambios; que era, por lo demás, lo que había acordado el Partido Socialista en sus congresos de Linares y Chillán.


Lo habíamos dicho y acordado, pero no supimos implementarlo. Nos enredamos en subterfugios. Pero, Gabriel, conversando entre nosotros, no nos enredemos en los errores puntuales que cometimos aquí y allá: vamos a la sustancia estratégica del problema. Y no es que yo te lo plantee ahora, varios años después del golpe, no, ya en ese tiempo para mí era claro que: o se realizaba una gran transacción con la DC -y se regulaban mejor las expropiaciones de los fundos, etc.- o uno de frentón resolvía el problema militar y de nuestra lucha desarmada. Quedarse en medio del fuego cruzado era una locura, un acto irracional, inútil... Bueno, y nos quedamos en el medio... Esa es nuestra responsabilidad, y también la de Salvador Allende... Esto significa que nos quedamos varados en el mito histórico de que la flexibilidad democrática y de la legalidad chilena admitían cualquier tipo de transformación sin quebrarse, incluso la revolución socialista... Que esa democracia y esa legalidad eran obedecidas disciplinada y cívicamente por la derecha, el centro y las Fuerzas Armadas... Por eso que nuestra responsabilidad consistió en remitir nuestro proyecto revolucionario y la confianza de las masas a la seguridad que pudiera dar un mito histórico construido por la derecha a lo largo de ciento y pico de años de vida republicana para justificarse a sí misma. Ahí veo yo nuestra responsabilidad política, como dirigente, como partido y como izquierda... Todo lo demás, es cuento de Gonzalo Vial y de El Mercurio... Sin embargo, como lección queda -para un partido político que pretende realizar cambios estructurales en beneficio de la clase popular-, aprender bien cómo se comportan las masas populares, cómo disciplinarlas o cómo manejar sus acciones de apoyo, de autonomía o «colaboración». En un proceso en que tú apelas al pueblo, éste, naturalmente, actuará según entienda cómo y cuándo debe apoyar, avanzar o tomar iniciativas propias. El vanguardismo


que asumen algunas organizaciones no implica, en la práctica, que las masas van a ir detrás, todo el tiempo, marchando según la música que le toquen, porque esas masas tienen, también, capacidad reflexiva, de iniciativa, y ritmos propios... No hay duda de que la Unidad Popular no satisfizo plenamente las expectativas de las masas, y éstas, en muchas situaciones, nos sobrepasaron... Acaso por esto, durante el Gobierno concertacionista de Patricio Aylwin, Enrique Correa y Edgardo Boeninger decidieron que su Gobierno no iba a apelar, de ningún modo, a las masas: nada con el pueblo, nada con las masas: «No queremos actos públicos, no queremos nada de eso»... Porque, bueno, por lo menos Enrique Correa tenía la experiencia de haber pretendido conducir masas populares, y por eso, cuando fue hombre de Gobierno, y a pesar de que se había declarado en otro tiempo leninista por los cuatro costados... no quiso que al borde del siglo XXI las masas le jugaran a él y a la Concertación una mala pasada... El problema es que, si no tienes el apoyo de las masas y no gobiernas para ellas, corres el riesgo de que te quedes gobernando en el aire... que parece que es lo que le está ocurriendo a la Concertación en el día de hoy... Habría que agregar, para ser justo, que la Iglesia Católica, frente al Gobierno de Allende, conservó una actitud entre neutral y comprensiva. Acaso porque el cardenal Silva tuvo entonces, dentro de la jerarquía eclesiástica, una mayoría de obispos afines a su pensamiento y a su actitud pastoral. Y lo mismo que el general Prats, el cardenal Silva se movió para llegar a un acuerdo entre la Democracia Cristiana y el Gobierno de la Unidad Popular. Y después del golpe, el cardenal y su grupo de apoyo tuvieron, sin lugar a dudas, una actitud ejemplar. Los obispos retardatarios, como Medina y otros, quedaron durante ese tiempo, felizmente, en un segundo plano. Claro es que, por esa actitud, Silva Henríquez fue acusado de comunista... Parece que la derecha, cada vez que ve a una persona


decente, la trata de comunista. Ser vilipendiado por la derecha chilena puede ser el mejor indicador de decencia cívica... Porque también trataron de comunista al cura Hurtado. No sé por qué no han tratado de comunista al propio Cristo, acaso porque el Opus Dei, en la práctica, lo tiene convertido en un empresario exitoso a nivel nacional y transnacional... Si se trata de determinar responsabilidades por lo que pasó en Chile entre 1963 y 1973, creo que la responsabilidad es colectiva: mayor de algunos y menor de otros. Mayor, creo yo, del Gobierno de los Estados Unidos, que se entrometió en pie de guerra en el proceso político chileno. Mayor de la derecha y del mundo empresarial, porque, a pesar de haber tenido el control férreo del país durante más de un siglo (18301938), no fueron capaces ni de desarrollarlo ni de integrarlo en un pie igualitario, y porque, cuando perdieron el control en el período 1964-1973, recurrieron a los tacnazos, al asesinato, a los tanquetazos y a los golpes de Estado. Mayor también, creo yo, la responsabilidad que se derivó de la radicalización política general que afectó al mundo (guerra fría), a América Latina, al Partido Socialista, a nosotros (Salvador y yo mismo) y hasta a la misma Iglesia Católica. Algo menor, quizá, la de toda la juventud que, aunque no controló los procesos centrales, avivó la cueca para llegar hasta las últimas consecuencias... Se podrían destacar más algunos nombres por sobre otros, por supuesto, pero ¿para qué? Los procesos generales provocados por los actores principales que reaccionaron en pie de guerra contra el triunfo de Salvador son, al final, los más importantes... De una u otra manera, en un grado mayor o menor, todos tuvimos y tenemos que ver con la historia... tal como ese pueblo del que hablaba Lope de Vega... «\Fuenteovejuna fuá»... Sólo que aquí no fue el conjunto del pueblo el que... hizo lo que Fuenteovejuna hizo, sino el conjunto de los enemigos del pueblo: las élites que se aliaron, primero para impedir el triunfo electoral de


Salvador Allende, y después, para derrocar por la violencia su Gobierno... c) FACTORES: ALLENDE-ALTAMIRANO Bueno, y hemos dejado para el final los «factores» Allende y Altamirano... Hay una frase de Sigmund Freud que me parece interesante: que los seres humanos nos movemos entre dos corrientes: la erótica y la de la muerte. Son dos impulsos opuestos, dos sentimientos dominantes... Yo creo que Allende vivió atrapado entre esas dos corrientes: lo erótico por un lado y el sentido trágico de su destino que lo vinculaba estrechamente con la muerte, por el otro. La primera, claro, lo impulsaba hacia las mujeres, pero nunca tan fuertemente como para debilitar o interferir en su ideas y en su voluntad políticas. Esto ya lo hemos conversado: ninguna de ellas influyó en sus decisiones políticas. Acaso la Tati, su hija regalona, pudo haber influido, pero, en general, no. La Tati y la Payita estaban en el mundo del MIR y ambas desaprobaban las conversaciones más o menos secretas que sostenía Allende con algunos líderes de la DC, aunque Salvador seguía intentando conversar con ellos. Y esas dos eran las más puntudas, porque las otras: la Inés Moreno -que era comunista- no se inmiscuía en ese plano y la Gaitán no tenía idea sobre la política chilena. En cuanto a las otras, menos aún... Así que, si bien la corriente erótica era muy fuerte en Salvador, no interfería en nada en sus decisiones políticas. Tal vez empleó más tiempo del necesario entreteniéndose en esa corriente -considerando sus múltiples actividades de Presidente- pero no modificaron en nada su conducta política... Así que, por eso, no me interesa leer el libro de Eduardo Labarca dedicado a las mujeres de Allende...


Por el otro lado, como te digo, le pesaba el sentido trágico de su destino político, que lo proyectaba a la muerte más que en otra dirección. Y esto se conecta con la responsabilidad que le correspondió en el desencadenamiento del golpe de Estado. No directamente, por cierto. No en el plano de la «causa», sino en el plano de su actitud frente al desencadenamiento de un golpe que venía preparándose mucho antes que él accediera a la Presidencia. El sentido trágico de su destino político funcionó en dos planos: en que él tenía que cumplir a cabalidad (fatalmente) con el programa de Gobierno que había prometido al pueblo en 1970 y, también, en que él moriría en La Moneda (fatalmente) en caso de que un golpe militar se opusiera al cumplimiento de ese programa... Como quiera que fuese ese sentido trágico, eso no lo liberaba de una cuota de responsabilidad en el desencadenamiento del golpe de Estado. Después de todo, él era el Presidente de la República, y no era un Presidente pelele, ni era un Presidente manipulable. Era una persona, como ya lo he dicho, de mucha voluntad y de mucha decisión. Allende había jurado cumplir el programa de la Unidad Popular y ese programa era absolutamente revolucionario. El, por lo tanto, como líder, tenía que comprender que ese programa, precisamente por su carácter revolucionario, era inviable, en un sentido práctico (no teórico), en una democracia liberal, con libertad absoluta de prensa, de opinión y de expresión, disponible todos los días a los poderes económicos y de otro tipo que controlaban los principales medios de comunicación. No se podía expropiar todos los latifundios de la oligarquía chilena, ni expropiar las principales industrias, etc., sin que los afectados reaccionaran con (todos) los medios que tenían a su alcance... No se podía expropiar -con el Congreso abierto y plena libertad de prensa- el mayor poder industrial de Chile, el mayor poder agrario de Chile, el mayor poder de las empresas mineras de cobre de la Anaconda y de la Braden, sin esperar una reacción airada y furibunda de Estados Unidos y de la derecha chilena (que estaba


ofuscada desde 1964). Un líder inteligente y experimentado como Allende debió prever desde el principio ese tipo de reacción... Allende era un político maduro: tenía más de treinta años de experiencia parlamentaria y ministerial cuando asumió la Presidencia de la República. No era como Pinochet, que en 48 horas asumió el poder absoluto sobre el destino del país... Era un hombre con sentido de realidad, pragmático, porque, aun siendo socialista, su sentido práctico lo acercaba más, en su vida política real, a la socialdemocracia que al extremismo de izquierda. Que haya fraternizado con revolucionarios de la línea extrema no significa que él iba a actuar en el escenario chileno como un extremista más. Su trato con los revolucionarios de ese tipo fue como el trato que tenía con las mujeres: fraternal (no erótico), pero sin dejarse influir en su proceder político práctico... Pero en cuanto a la aplicación de su programa de Gobierno (que era extremadamente revolucionario) no actuó con sentido de realidad y pragmatismo, sino con un idealismo más utópico que realista, y con una fe más fatalista que convencionalmente política... Salvador asumió las consecuencias «concretas» de su programa y de su propio idealismo apenas dos meses antes del golpe... Y cuando asumió que el golpe de Estado ya estaba en marcha, no reaccionó con sentido de realidad, sino con sentimientos de fatalidad, con lo cual quedó a la defensiva... Yo estaba muy atento al proceso que estaba viviendo Allende... «Salvador -le dije muchas veces cuando hablaba de su muerte- ése es un problema estrictamente tuyo, que lo resuelves tú mismo, pero ¿qué pasará entonces con este tremendo proceso que hemos iniciado y que has dirigido tú; qué pasa con la Unidad Popular, qué pasa con las masas populares que nos apoyan? Tú eres el líder. Si tú desapareces del escenario, ¿qué ocurrirá con todos esos problemas? ¿Cómo se resolverán?» Y la propuesta que yo le sugería -preparar la


defensa en un regimiento de confianza- fue curiosamente la misma que Pinochet le propuso a Allende, según cuenta Jaime Gazmuri en una entrevista de El Mercurio del 12 de octubre de 2002... Y no era una cuestión de sapiencia militar, sino, casi, de sentido común... Es que durante la mayor parte de su Gobierno, Allende nunca quiso asumir la posibilidad de un golpe militar o una guerra civil. Él no quería hacerse responsable de eso. Por eso insistía en que Prats no renunciara, y éste reaccionaba diciéndole: «Mire, Presidente, usted me insiste en que no renuncie a la Comandancia en jefe. Bien, pero para eso, para sostenerme allí, necesitaría dar de baja a siete u ocho generales, y eso, tal vez, puede precipitar el golpe. Pero usted es el que decide...». Entonces Allende no le insistió en la renuncia. De hecho, nunca aceptó dar de baja a siete u ocho generales sospechosos de ser golpistas. Yo mismo le hice varias veces la misma sugerencia que Prats, pero Allende no quería hacer nada que lo presentara a él como pregolpista o abusando de su poder constitucional... Por eso buscó soluciones constitucionales y legales, de acuerdo con sus convicciones. Pero el camino no era claro, ni fácil. Intentó conversar con la Democracia Cristiana y sé que conversó con Leighton, con Fuentealba... pero yo no sé si se llegó a algún acuerdo. Frei dice que fue a conversar con él y Allende no le tocó el tema álgido de la negociación... Se ha dicho que Radomiro Tomic le escribió una carta proponiéndole, al parecer, una alianza, pero «yo no sé qué es lo que Radomiro le propuso a Allende», dijo Frei. Sabemos que Allende habló con Leighton y Fuentealba, no habló con Frei y no sabemos si le respondió la carta a Tomic... Sé que estaba muy afectado por lo que estaba pasando: el asesinato de su edecán, el comandante Araya, a quien apreciaba mucho, lo dejó afectadísimo. Lloró sobre el sarcófago.


Esos dos últimos meses fueron tensos, y todos estábamos con las ideas cruzadas. Era difícil tener la cabeza fría, y nuestra relación se puso crítica cuando estalló el complot de los almirantes y las denuncias de los marineros porque Salvador quedó entre dos fuegos: por un lado, yo (y los que estaban enterados del problema), que le narré inmediatamente lo que nos habían informado los marineros a Carretón y a mí sobre la conspiración golpista de los almirantes; y por otro, los almirantes mismos, que le entregaban informes oficiales de que nada sucedía en el almirantazgo... ¿A quién podía creerle Salvador? O mejor dicho ¿a quién tenía el Presidente de la República que creerles oficialmente, a los almirantes o a los marineros que hablaban por boca de Altamirano? Después se supo que los ciento ochenta marineros acusados de sedición estaban siendo sometidos a terribles torturas. Esto se filtró y muchas personalidades, incluso de la Iglesia, lo condenaron. Yo le informé, y lo increíble fue que él no dio crédito a las torturas o no quiso darles crédito... Y me dijo: «Pero Montero no me ha dicho nada de esto. Montero niega que existan torturas. Montero me ha dicho que en la Marina no se tortura... Es la palabra del comandante en jefe de la Marina frente a la palabra de un marinero...». «Salvador -le dije-, estos marineros siendo brutalmente torturados. Envía por lo menos un médico o un abogado para que vean si es cierto, porque alguna huella les quedará de esas torturas.» Y bien, la Marina aceptó esas visitas, pero cuando ya había pasado suficiente tiempo como para que se borraran las huellas de los golpes y las torturas. El mismo cura Hernán Larraín y Radomiro Tomic le informaron de lo que pasaba y, según creo, hasta el propio cardenal Silva... ¿Qué podía hacer Salvador si Montero lo tapaba con datos de que todo estaba bien?...


Tanto presionó Montero, que le pidió a Allende que autorizara la petición de mi desafuero como parlamentario, porque entonces, de acuerdo con la Ley de Seguridad Interior del Estado, el Presidente de la República tenía que autorizar una petición de desafuero de un parlamentario, que era mi caso. Salvador me llamó y me dijo: «Mira, yo estoy en este problema, no puedo decirle a Montero que no acepto el desafuero. Ahora, si tú dices que no había aquí un intento de sedición y que tú no habías invitado a estos marineros, que ellos te habían invitado a ti, bueno, te creo. Pero por lo mismo que creo, voy a tener que conceder esta autorización de desafuero...». No dejaba de ser compleja la situación para él y para mí. Yo le dije: «Salvador, está bien, haz lo que tienes que hacer. No tengo problema, pero yo voy a denunciar a los almirantes Weber, Merino, Huidobro, Huerta...». Eran cinco o seis los almirantes que estaban más comprometidos, y los marineros estaban dispuestos a testimoniar contra ellos. «Bueno, ése es tu derecho», me dijo Salvador. Ese episodio, como puedes comprender, tensó un poco nuestra amistad. De hecho, culminaba un período en que le insistí a Salvador que interviniera en los altos mandos. El tanquetazo me había convencido de eso. De ahí que, cuando estalló el problema de los marineros, le dije a Allende: «Bueno, pues Salvador, tienes que actuar». Y su respuesta fue la que yo esperaba: «Mira, yo no puedo dar de baja a tres almirantes por lo que dicen tres marineros...». No dejaba yo de encontrarle razón, aunque para mí lo que habían dicho los marineros era la verdad... Lo cierto es que hace dos o tres años, en un número del Informe Especial de TVN, Pavlovich invitó a los marineros, y éstos ratificaron que habían estado solicitando largamente -al menos durante veinte días- tener una reunión conmigo y con Garretón. Querían un contacto de alto nivel con el Gobierno. Los almirantes, tal vez, estaban nerviosos recordando la rebelión de la marinería de 1931. Tal vez por eso se anticiparon y torturaron


brutalmente a los marineros que apresaron, cosa que también dijeron los involucrados en ese programa de TVN... Radomiro Tomic, que supo de esto, mandó una carta a El Mercurio denunciando los abusos que se estaban perpetrando bajo el Gobierno de Salvador Allende. Esto es lo monstruoso del caso. Los únicos torturados durante el Gobierno de la Unidad Popular no fueron los terroristas de Patria y Libertad ni los asesinos de Schneider ni los promotores del tanquetazo, sino los marineros que denunciaron el complot de los almirantes contra el Gobierno constitucional de Salvador Allende... Entonces, todo ese asunto no dejó de producirme indignación, porque, bueno, yo había hablado con los marineros y me di cuenta de su buena fe, e hidalgamente reconocieron que habían sido ellos los que pidieron la entrevista conmigo y no al revés. Pero, claro, Gonzalo Vial cuenta el cuento de los almirantes, que es lo que le pidieron hacer, supongo, El Mercurio y La Segunda. ¿Es sedición que un marinero o un soldado quiera hablar o informar en su condición de ciudadano con un representante electo del pueblo? ¿Y por qué no es sedición que un almirante de la Marina, como este señor Arancibia, entre en conversaciones con la UDI para que lo proclame candidato a senador cuando aún era jefe de la Marina? A mí me desaforaron de mi condición de senador por entablar conversaciones con algunos uniformados, pero a ese almirante lo eligieron senador tras conversar con unos civiles... Así, durante esos dos meses, cuando el golpe de Estado se filtraba por los cuatro costados, mis relaciones con Allende llegaron, lo reconozco, a un nivel de alta tensión. Pero téngalo claro, don Gabriel, aun así, nunca se trizó nuestra amistad, que estaba basada en un aprecio de intimidad, no sólo en asuntos públicos. Piensa que, prácticamente todos los fines de semana, yo iba a almorzar o a comer con él a la residencia de El Cañaveral. Yo era, tal vez, el invitado más


asiduo del Cañaveral. Y Salvador, con mucha frecuencia, llamaba a mi casa cualquier día de la semana y me decía: «Mira, quiero ir a almorzar allá... o quiero ir a comer allá. ¿Por qué no invitas a tu amigo Flavián, o a tal o cual persona». De manera que nos veíamos con mucha frecuencia, no sólo en La Moneda sino también en nuestras casas, íntimamente. De esto tengo los mejores recuerdos, y la convicción de que aquí, en esta amistad, radicó mi lealtad con el liderazgo y el Gobierno de Salvador Allende... Pero, además, debemos reconocer que ninguno de los partidos de la Unidad Popular, ni el Partido Socialista, ni el Partido Comunista, ni el MAPU, ni la Izquierda Cristiana, jamás impugnaron o cuestionaron la radicalidad del Programa de Gobierno ni la radicalidad en la ejecución de ese programa. Se produjeron, por supuesto, desacuerdos, disputas y desencuentros, por ejemplo, cuando se realizaban tomas que nos parecían innecesarias, de las cuales podían ser responsables unos u otros. Todas las semanas había tomas de terrenos o de fábricas que excedían lo planificado en el seno de la UP. Pero nadie dudaba del Programa en sí... El debate surgía de lo que creíamos eran «excesos» cometidos por las bases o por los dirigentes medios, pero no pensábamos que el Programa, en su conjunto, era un exceso insoportable para nuestros enemigos... Con todo, el líder, repito, era Allende. Porque, en realidad, sin Allende no habría habido victoria de la Unidad Popular. Y sin Allende tampoco se habría implementado, tan decididamente, el programa de la Unidad Popular. Bajo el Gobierno de la Unidad Popular se expropiaron no menos de tres mil latifundios. Todo eso implicaba una bofetada brutal a los viejos propietarios chilenos, aun si el proceso, por acción autónoma de las bases, no se hubiera escapado de nuestras manos. Y Allende se


embarcó decididamente, con Jacques Chonchol, en ese proceso, y tendría que haber supuesto, él mismo y también nosotros, que ese proceso iba a provocar fuertes reacciones, que no iba a ser como navegar en una taza de leche. Y condimentábamos todo eso, más encima, con grandes manifestaciones de masas, una o dos veces al mes, a la que asistían doscientas mil, cuatrocientas mil y hasta un millón de personas. Eran potentísimas demostraciones de fuerza... social. Y Allende y todos nosotros incentivábamos eso, pero él sabía que íbamos por un camino revolucionario. Él sabía que no era un Presidente más en la historia de Chile. No era ni siquiera un Pedro Aguirre Cerda, menos un Balmaceda: ¡estábamos impulsando una revolución de verdad!... Pero Salvador se enredó, como te he dicho, en los pies forzados de su destino trágico y de su fe ciega en el mito portaliano (que hacía del sistema político chileno, según él, un artefacto elástico, irrompible, un Santo Grial que todos respetaban a morir)... Por lo segundo (por el Santo Grial), el golpe no era concebible, y por lo primero (su destino trágico), si el golpe se volvía real, su muerte era la única salida. En ese dilema, la alternativa de luchar con todo contra el golpe de Estado que se venía encima no tenía, ni tuvo, cabida alguna... Y él era nuestro líder máximo... Debo decir también que muchos dirigentes de la Unidad Popular creían en lo mismo que Allende creía, pero también que muchos otros, que no creíamos en esas creencias, por respeto y cariño a un líder que rebosaba honestidad, aceptamos su liderazgo hasta el final; vale decir: hasta su muerte. Hasta la consumación de «su» destino trágico... Y el otro «factor» soy yo. Siempre pensé que el Programa de Allende -en cuya redacción participaron todos los partidos de la UP-, revolucionario como era, y en el contexto mundial de ese tiempo, provocaría, más temprano que tarde, una reacción violenta de todos


sus enemigos. Por eso hablé siempre del «inevitable» enfrentamiento, sobre todo, por la honestidad con que Allende asumió su implementación cabal. Todos los síntomas eran premonitorios: la feroz oposición a las candidaturas presidenciales anteriores de Allende, el asesinato de Schneider, etc. Por tanto, yo veía como inevitable que la Unidad Popular, o transaba con la DC y morigeraba su Programa de Gobierno, o bien se preparaba a tiempo para neutralizar y/o vencer el golpe militar que se venía encima. El dilema, para mí, era brutal, pero realista. Y resolverlo exitosamente tarea difícil, sin duda- no dependía sólo de mí, sino de la UP, de las masas populares y del propio Allende. Mis premoniciones, por tanto, pudieron parecer alarmistas o provocadoras, como me lo insinuó alguna vez Radomiro Tomic, pero resulta que yo no estaba instalado en el mero utopismo de «echarle para adelante» heroicamente con el Programa, como tampoco en la «apertura de piernas» ante la DC, sino sobre el dilema mismo, a efectos de cortar el nudo gordiano mediante un definido y decidido análisis estrictamente político... Lo peor que podía ocurrir era no hacer nada y seguir arrastrados por el curso que llevaba la corriente. Y la corriente, sin duda, tomó el curso de los que habían decidido dar el golpe, sí o sí... Mi conducta, claro, fue juzgada, primero, por el almirantazgo de la Marina de Chile, que me acusó de sedicioso y decidió desaforarme; después, por la derecha mercurial y parlamentaria; y, finalmente, por el pseudohistoriador Gonzalo Vial Correa en su «tribunal» de La Segunda... Entonces yo he sido el «provocador» por excelencia, el que redactó los acuerdos socialistas de Linares y Chillán, el que le hizo la vida imposible a Allende, el que complotó contra la patria con tres marineros, el que pronunció el discurso del 9 de septiembre de 1973 que «provocó» el golpe de Estado el día subsiguiente, el que fue


desaforado como senador por... la Junta Militar (no por el Congreso, que había sido disuelto), el que se ganó merecidamente el cartelito prontuarial, junto a otros diez bandoleros, que rezaba «SE BUSCA», que le colgó la dictadura más patriótica y sanguinaria de la historia de Chile... Y no faltan también algunos despistados que me acusan de haber provocado, en 1979, la «renovación» del Partido Socialista para que abandonara el marxismo- leninismo que nunca, realmente, practicó... Por suerte no me acusan de la conversión de ese partido, después de 1990, al neoliberalismo... lo cual me permite a mí, al menos, convertirme en un socialista crítico... ¡Cuánta acusación absurda! ¿Cómo creer que mi discurso del 9 de septiembre, en el que di cuenta del complot sedicioso de los almirantes y de la inminencia del golpe de Estado, iba a provocar el golpe que se produjo dos días después? ¿Puede un golpe de Estado del volumen gigantesco con que se dio- ser preparado hasta el último detalle en 48 horas y a propósito de un discurso que anunciaba, precisamente, ese golpe? ¡Y eso es lo que afirma, difunde y cree Gonzalo Vial! ¿Cómo afirmar que yo redacté los acuerdos de Linares y Chillán, cuando estaba reunido el Partido Socialista en masa, y cuando yo no participé en la comisión redactora, aunque sí he estado siempre de acuerdo en lo que allí se aprobó? ¿Cómo creer que yo le hice imposible el Gobierno a Salvador Allende si él hizo exactamente lo que su mente le indicaba, pasando por encima de mis alegatos y recomendaciones? Si yo le hubiera hecho la vida imposible, tendría que haber fraguado un golpe de fuerza dentro de la UP para quitarle el liderazgo o imponerle por mayoría mis ideas. Pero eso no ocurrió. Lo que ocurrió es que yo acepté, hasta el mismo final, sus decisiones... Mi verdadera responsabilidad radica en que yo estaba absolutamente convencido de que la gran transformación de la sociedad chilena


propuesta en el Programa de Allende era justa y necesaria, y que, en consecuencia, me obligaba -y me obligó- a trabajar en el cumplimiento del programa en la forma en que lo acordó la UP y lo lideró Allende. Mis críticas y aprehensiones no modificaron su liderazgo. Cierto es que mis discursos, cuando tocaba esos problemas de fondo -y yo no era mal polemista-, despertaban inquietud en los opositores, ofuscación y furia. Pero ¿qué esperaban? ¿Que no dijera nada, que los dejara completar sus preparativos sin insinuarles siquiera que estaban complotando? Si eso era añadir leña a la hoguera, sí, lo hice, pero no podía ser menos: yo también, como Allende, tengo mi propio karma, y mi destino era y es observar críticamente la realidad. Si Allende se permitía dejar libre curso a los sentimientos rectores de su ser humano y su ser político, yo también dejé los míos manifestarse, lo cual no me impidió mantener mi lealtad hacia Salvador hasta el mismo final... Sobre todo, cuando cada editorial de El Mercurio, cada grito de la radio Agricultura, eran llamados muchísimo más explícitos y leídos que ese oscuro parrafito leninista del acuerdo de Chillán, o que mis alegatos en el Congreso o discursos en el Caupolicán. ¡Y mucho menos que el viaje sedicioso de Agustín Edwards a Estados Unidos para pedirle ayuda a la Casa Blanca para que diera un golpe de Estado en Chile! ¿Cómo no iba a manifestarme críticamente según la información con que contaba, si yo era, además, el secretario general del partido más importante de la Unidad Popular? Y es absurdo que nunca hayan acusado de sedicioso a Roberto Thieme o a los otros que participaron en el tanquetazo... «No pues, a él no, investiguen y acusen a Carlos Altamirano, que se entrevistó con un sargento de la Marina y en un discurso anunció el golpe militar que se dio al día subsiguiente...» Así que ahí quedé parado, pues, con mi querella contra los almirantes... Yo, muy seriamente, había hablado con mi amigo


abogado Manuel Valenzuela para querellarme contra los cuatro o cinco almirantes conspiradores... Habría sido, por supuesto, un bombazo tremendo, pero vino el golpe de Estado y me frustré. Pero ellos también se frustraron, porque quisieron desaforarme en el Congreso, pero se apuraron en dar el golpe, cerraron el Congreso y no pudieron hacer lo que pensaban hacer... De modo que no hubo guerra entre mi «sedición» y la de ellos, sino un eco ridículo de lo que no fue... Durante esos dos meses finales, don Gabriel, estuve recibiendo continuamente información sobre los preparativos del golpe. Y yo corría donde Salvador a transmitirle esos datos y mis inquietudes, pero ahí me topaba con el malecón de concreto que levantaron los señores almirantes detrás de Allende, desde donde juraban lealtad absoluta a la Constitución, a las leyes y al propio Presidente... Y Allende, cogido entre ellos y yo, me recibía sin aceptar ni rechazar mis denuncias, pero diciéndome que él no podía actuar, sino como Presidente constitucional... En realidad, me estrellé entonces en La Moneda, una y otra vez, con una doble muralla... Nuestra responsabilidad, por eso, fue, tal vez, no haber tomado por asalto ahí mismo la muralla de los almirantes. No haber creído en los que nos informaban los marineros. No haber dado de baja a los conspiradores... Mi responsabilidad, en ese trance, considerando que yo creía que era eso lo que debía hacerse, fue haberme frenado en la muralla que me interpuso el propio Salvador... La lealtad, el compañerismo y la amistad, valores supremos de nuestras convicciones políticas, son, a veces, ciegas...


APÉNDICE 1. Radomiro Tomic: «Carta a Salvador Allende, Presidente de Chile». (Santiago, junio 3 de 1971) Mi estimado Salvador: Nuestro compromiso es la franqueza. Estoy cada vez más preocupado por el riesgo creciente de que esta excepcional oportunidad de dar forma a un 'segundo modelo histórico (democrático-revolucionariopluralista) hacia el socialismo', tienda más y más al primer modelo tradicional: el del 'enfrentamiento' y la violencia, con su trágico cortejo de 'sangre, sudor y lágrimas'... Para iniciar el asunto en su forma más concreta, te resumo mi opinión: el día en que el antagonismo entre Gobierno y Democracia Cristiana haya llegado 'al punto de no retorno', habrá dejado de ser viable en Chile el 'segundo modelo'. De allí en adelante será solamente cuestión de tiempo el que el doble efecto de los apremiantes problemas del país más el juego de intereses contradictorios a que está sujeto el desvencijado aparato institucional, lleven a que el estallido se produzca 'desde arriba' (por el Gobierno) o 'desde abajo' (contra el Gobierno). Dicho de otro modo: en esta fase de tu Gobierno y dentro del marco constitucional que te sirve simultáneamente de respaldo y de cauce, la cuestión decisiva es dejar de ser minoría institucional y pasar a ser mayoría institucional. Aquí está la 'contradicción principal'... que condiciona decisivamente la posibilidad del 'segundo modelo'. Es ésta la condición indispensable para el éxito de la histórica y excepcional tarea de apoyarse en la vieja institucionalidad minoritaria y capitalista vigente, para crear un nueva institucionalidad socialista, pluralista y de claro predominio popular... ¿Por qué, entonces, en la


práctica parece que ni la UP ni el Gobierno ven la importancia trascendental que tiene? Y si lo ven ¿por qué dejan perderse una y otra vez oportunidades preciosas que no podrán volver a 'fabricarse cuando se quiera?... Asegurar el Gobierno la mayoría institucional implica el Gobierno conjunto con la Democracia Cristiana. Creo que los tres requisitos señalados en la reunión de abril, con Tohá y Narciso Irureta, en tu casa, proporcionaba la base adecuada para ti, la UP y la Democracia Cristiana. Desgraciadamente, algunos días después, Tohá informó a Irureta que no era posible avanzar más antes de nuestro Ampliado Nacional de Cartagena... La 'naturaleza de las cosas' es que en el cuadro político democrático de siempre y de ahora en Chile, quien no está en el Gobierno está en la oposición. Que la relación específica entre Gobierno y Oposición es de antagonismo y no de colaboración; con el Gobierno tratando de debilitar la Oposición y la Oposición tratando de debilitar al Gobierno... Y dada la base fundamentalmente popular de la UP y la Democracia Cristiana, las relaciones entre ambos serán rápidamente de intenso encono, hostilidad y animadversión. Desgraciadamente no son profecías. Es la lección de estos 7 meses. Al antagonismo inevitable de la 'naturaleza de las cosas' hay que agregar el sectarismo casi generalizado con que los mandos medios de la UP y la Administración se han dado a la tarea de hostilizar a los militantes de la Democracia Cristiana, en los servicios fiscales, semifiscales y autónomos, y en las organizaciones campesinas, vecinales y gremialistas... Te decía en abril que el plazo útil para actuar era de semanas y no de meses. Se han perdido ya demasiadas oportunidades: la de octubre de 1970, cuando la Junta decidió por abrumadora mayoría votar por ti en el Congreso Pleno; la de diciembre del '70 cuando la nueva Mesa


Directiva DC te visitó para ofrecerte específicamente el apoyo del Partido a tu Gobierno ('¡ayúdanos a ayudarte!'); la del Ampliado de Cartagena posterior a las elecciones municipales y anterior a las designaciones de Alcaldes (que pudimos haber hecho de común acuerdo en prácticamente todas las comunas del país, con un tremendo efecto sicológico de acercamiento). En cambio... el antagonismo entre Gobierno y Oposición está aflorando de nuevo con renovada virulencia en el Senado, la Cámara, la prensa diaria, las elecciones sindicales y gremiales... La presión por una ruptura abierta con el Gobierno es mucho mayor abajo' que 'arriba en la DC hoy día. No se trata de que nuestra gente esté en contra de tu programa de Gobierno o en contra de las medidas de gran alcance como la nacionalización del cobre, la estatización de la Banca, la política exterior, etc. Están a favor. Pero, desgraciadamente la imagen de lo que es y cómo actúa la UP no la encuentran en las grandes iniciativas del Gobierno, sino que 'se les viene encima con las odiosas experiencias personales o del medio ambiente en que la gente vive, tiene sus familiares y amigos, se mueve, trabaja... y juzga... ¿Qué hacer?... No intento darte consejos, sino sencillamente presentarte una vez más mi manera de ver un momento histórico tan denso, tan rico en potencialidad y tan sujeto a riesgos, como el que está viviendo Chile... ¿Qué hacer? En lo permanente, entenderse con el PDC, no para transar el programa de tu Gobierno, sino para facilitar su complimiento en términos aceptables para ambos. Hacerlo cuanto antes, ojalá aprovechando la oportunidad que abre la elección de Valparaíso. En lo inmediato: buscar a la brevedad, utilizando canales adecuados, una fórmula que permita el apoyo de la UP a un candidato DC que suceda a Chelita Lacoste (q.e.p.d.) en diputación,


escogido de común acuerdo... Sería necesario concertar este acuerdo en cuestión de días y no de semanas... Tu AMIGO, RADOMIRO TOMIC

2. Carlos Altamirano: «Discurso en el Estadio Chile». (Santiago, septiembre 9 de 1973) Se está viviendo una hora dura y amarga para el proceso revolucionario chileno, porque ayer hemos perdido una batalla en la gran guerra que libra el pueblo chileno por su liberación y su independencia. Se ha entregado el Canal 9 de televisión y los trabajadores de la industria ex Sumar fueron víctimas de una brutal provocación por parte de la FACH; hace unos días murió en el hospital de Carahue, víctima de torturas y flagelaciones, un campesino de Temuco: Juan Segundo Cuyán, uno de los detenidos del show de la 'escuela de guerrillas', denunciado por algunos oficiales de la provincia de Cautín. Estos reveses no deben desanimar a los revolucionarios. Debemos sacar más energías que nunca para continuar esta gran batalla, en esta dura lucha. Algunos han dicho que vivimos en un Vietnam silencioso, pero ya dejó de ser silencioso este Vietnam, a consecuencia del terrorismo vandálico de los que se llaman 'demócratas'. Tratan de paralizar el país, declaran huelgas para liquidar la economía, impiden la llegada y distribución de alimentos y luego estos 'demócratas' culpan a los marxistas de los padecimientos de la población. La


oposición no quiere una salida democrática. La oposición no quiere una salida pacífica y democrática: esto tienen que entenderlo los que están planteando el diálogo... Con vehemencia criminal buscan la guerra civil en nuestra patria. Para ello han montado una gigantesca empresa publicitaria y de terrorismo: Paro de los transportistas. Con el paro de los transportistas provocan el desabastecimiento, el hambre, la angustia, que quieren transformar en repudio popular al Gobierno. A la CIA el mantenimiento de esta guerra le sale muy barato: cada camionero paralizado recibe E° 7.000 que, al cambio negro -como los convierte la CLA- equivale a 2 o 3 dólares. Es decir, que comprando 10.000 camioneros, han gastado $ US 1.200.000. ¡La guerra más barata para los americanos! El Congreso. La carta fundamental establece que sólo puede ser acusado el jefe del Estado por grave quebrantamiento a las leyes o poner en peligro la seguridad nacional o haber comprometido el honor de la Nación, para ello se exige los dos tercios de los senadores en ejercicio. Sin embargo, ahora pretenden apelar a una disposición contemplada para los casos de que el Presidente tenga graves impedimentos físicos, para declarar vacante el cargo y llamar a nuevas elecciones por la simple mayoría del Congreso. El terrorismo. Estos subterfugios legales tan burdos se suman al terrorismo sistemático: entre el 23 de julio y el 5 de septiembre se perpetraron 1.500 atentados, 24 al día, uno cada hora, con un saldo de más de 10 muertos, más de 117 heridos, aparte del gigantesco daño económico, y me pregunto: ¿quiénes financian estas acciones terroristas? Los allanamientos. Los allanamientos conforman otro de los mecanismos empleados para provocar el enfrentamiento y crear el odio entre las Fuerzas Armadas y los trabajadores, y la derecha lo


está consiguiendo. Advertimos que algunos altos oficiales no se dan cuenta cómo están sirviendo de instrumento a los reaccionarios. Los soldados, marineros, aviadores, carabineros, son hermanos de clase de los trabajadores y no pueden disparar contra ellos. Entre el 2 de julio y el 6 de septiembre se han registrado 75 allanamientos, sólo tres de los cuales se han dirigido contra los reaccionarios, todos los demás contra los trabajadores y modestos campesinos. ¿Cómo es posible que esto ocurra en los mismos momentos en que el fascismo desata una ola de crímenes y terrorismo e insta al golpe militar sedicioso, sin que se les aplique la menor sanción? La Derecha produce apagones en dos o tres provincias, atentan contra nuestros dirigentes, nuestros locales partidarios y sindicales... ¿se les castiga o apresa? ¡¡No, compañeros!! Se castiga y apresa a los dirigentes de Izquierda. Los pablos rodríguez, los benjamines mattes confiesan abiertamente haber participado en el tanquetazo. ¿Se les allana y humilla? ¡No, compañeros! Se allana Lanera Austral de Magallanes, donde se asesina a un obrero y se tiene a los trabajadores de boca en la nieve durante horas y horas. Los transportistas paralizan el país, dejando hogares humildes sin parafina, sin alimentos, sin medicamentos. ¿Se los veja, se los reprime? ¡No, compañeros! Se veja a los obreros de Cobre Cerrillos, de Indugas, de Cemento Melón, de Cervecerías Unidas. Frei, Jarpa y sus comparsas financiadas por la ITT, llaman abiertamente a la sedición. ¿Se les desafuera, se les querella? ¡No, compañeros! Se querellan, se pide el desafuero de mi persona, de Garretón, de Enríquez, de los que defienden los derechos de la clase obrera, con o sin uniforme. El 29 de junio se levantaron generales y oficiales contra el Gobierno, ametrallando horas y horas el Palacio de La Moneda, produciendo 22 muertos. ¿Se les fusila, se los tortura? ¡No, compañeros! Se tortura en forma inhumana a los marineros y suboficiales que defienden la Constitución, la voluntad del pueblo y al compañero Allende. Patria y Libertad incita al golpe. ¿Se les apresa, se les castiga? ¡No, compañeros! Siguen dando


conferencias de prensa, se les da salvoconducto para que conspiren en el extranjero. Mientras, se allana Sumar, donde mueren obreros y pobladores, y a los campesinos de Cautín, que defienden al Gobierno, se les somete a los castigos más implacables. Se ataca al compañero Presidente, a nuestros dirigentes y a través de ellos a los trabajadores en su conjunto, en la forma más insolente y libertina por los medios de comunicación millonarios de la Derecha. ¿Se les destruye, se les silencia? ¡No, compañeros! Se silencia y se destruye a los medios de comunicación de Izquierda, el Canal 9 de TV, última posibilidad de voz para los trabajadores. Y el 4 de septiembre en el tercer aniversario del Gobierno de los trabajadores, mientras el pueblo, 1.400.000, salíamos a saludar el triunfo, a mostrar nuestra decisión y conciencia revolucionaria, la FACH allanaba Mademsa, Madeco, Rittig, en una de las provocaciones más insolentes e inaceptables. Todo esto sin una respuesta aparente de nuestra parte. La marinería. Después de que la derecha asesinó al comandante Araya y pretendió culpar a la Izquierda, después de que voló el oleoducto de Curicó e inventó al comandante Sabino para encubrir su crimen, ha montado una nueva provocación siniestra: 'el show de la marinería'. A través de torturas arrancaron confesiones con valor jurídico para culpar a la tropa de preparar un motín y tratar de mezclarnos en un supuesto complot. Voy a dar lectura a una carta manuscrita enviada al Presidente Allende por estos marineros mártires desde el cuartel Silva Palma de Valparaíso:


Carta de los marineros antigolpistas A Su Excelencia el Presidente de la República y a los trabajadores de todo el país: nosotros los marinos de tropa, antigolpistas, les decimos a las autoridades, a los trabajadores de todo Chile y a nuestros familiares, que ni las amenazas que nos hacen nuestros jefes de volver a flagelarnos, ni mil torturas más, nos impedirá decirle la verdad a nuestra clase. La clase obrera y a nuestros compañeros de tropa, del Ejército, Fuerza Aérea y ciudadanía en general. Los reaccionarios han usado todos los medios de convicción para mentirle al pueblo diciendo que nosotros los marinos, por los señores Altamirano, Garretón y Enríquez, íbamos a bombardear ciudades como Viña del Mar, Valparaíso y otras. Los hechos son diferentes, nosotros esclarecemos estos hechos tan inmensamente distorsionados por la de-recha reaccionaria, junto a los oficiales y grupos golpistas de la Armada, que por fuera se ven limpios, blancos y por dentro están podridos. Es falso que los señores Altamirano, Garretón y Enríquez nos dirigieran. Es distinto. Nosotros acudimos a distintas personalidades para dar cuenta del golpe de Estado que preparaba la oficialidad golpista coludida con los reaccionarios de las otras ramas de las Fuerzas Armadas y partidos políticos de derecha. Nosotros los marinos antigolpistas buscamos por todos los medios comunicarles al pueblo y al Gobierno de este golpe de Estado que planificaba la oficialidad golpista de la Armada. Para nosotros era vital evitar esta gran masacre contra el pueblo, que estaba ya planificada con fecha definida entre el 8 y el 10 de agosto, por datos e informaciones concretas, sumando a estas las diferencias de nuestros jefes para con nosotros la tropa, donde nos explicaban que por tales o cuales razones el Gobierno marxista debía ser derrocado y limpiado el pueblo de dirigentes marxistas. Para ellos, para todo dirigente de izquierda iba a ser sin duda, el plan Yakarta, como nosotros habíamos


logrado saber por ellos mismos y corroborado en el proceso que se nos sigue. En cuanto a los hechos, por ejemplo, a uno de nosotros el comandante Bilbao, fiscal naval, le preguntó de cómo se iba a restituir la legalidad, cuando no iba quedar después del golpe ningún líder de izquierda vivo. También para nosotros dentro de este plan la suerte es incierta. En el juicio mismo que se nos sigue, podrán darse cuenta Uds., la ciudadanía, de los tenebrosos planes que tienen para ejecutar la oficialidad golpista contra la clase trabajadora, nuestra clase, porque nosotros los marinos de tropa, somos hijos del pueblo, por lo tanto, jamás haríamos fuego contra él. El odio de estos señores ha sido tan gran contra nosotros. ¿Cuál ha sido nuestro delito? Nuestro delito: oponernos al golpe de Estado, por lo cual ellos fracasaron. Por este delito se nos ha flagelado y torturado criminalmente. Se nos ha ofrecido no flagelarnos más, inclusive dejarnos en libertad, con tal de que nosotros cooperemos y digamos que los señores Altamirano, Garretón y Enríquez, nos dirigían y que nos habían ordenado bombardear Valparaíso, Viña del Mar, la Escuela Naval y otras cosas por el estilo. Como nos negábamos, nos seguían golpeando, clavados en la cruz, nos colgaban en ataúd, nos hacían tomar las meadas de los verdugos, nos colgaban de los pies y nos sumergían en el agua, nos sumían en pozos de barro, nos aplicaban corriente, nos tiraban agua caliente en el cuerpo, después fría y decenas de cosas más. En Talcahuano nos interrogaron sin venda y estuvieron a cargo en forma de hecho, los señores Koeller, el capitán Bunster, los tenientes Jeeger, Letelier, Luna, Alarcón, Tapia, Maldonado y Letich. Nos hacían hablar en grabadora lo que ellos querían pegándonos culatazos por todos lados y nos decían: 'tienen que hablar lo mismo con el fiscal'. Y el fiscal nos preguntaba: '¿se siente mal? Si le han hecho algo, dígame'. Llegábamos machucados. Apenas si podíamos hablar, otros


no podían andar, otros con conmoción cerebral no podían venir a declarar. Nosotros le preguntamos a la ciudadanía si a los señores Viaux, Souper, comandante Zaso de la Armada, que todavía se encuentran en servicio activo ¿los torturaron? Si defender el Gobierno, la Constitución, la legalidad, el pueblo, es un delito, y al contrario, derrocar al Gobierno, atropellar la ley y terminar con la vida de miles de seres humanos ¿eso es legal? Que contesten los trabajadores. (Firman 1 sargento, 1 cabo y 31 marineros.)


Se me acusa de haber asistido a reuniones con marineros y suboficiales: la verdad es que concurrí a una reunión a la cual fui invitado para escuchar las denuncias de los suboficiales y algunos marineros en contra de actos subversivos perpetrados presuntamente por oficiales de esa institución armada. ¡Y concurriré todas las veces que se me invite a denunciar cualquier acto en contra del Gobierno legítimo y constitucional del Presidente Salvador Allende! El Poder Judicial. Lo más probables es que en estos días sea yo desaforado y condenado por la justicia burguesa. Hay que tener en claro la increíble parcialidad de los tribunales: de 183 querellas por calumnias e injurias interpuestas en los últimos 3 años contra la Derecha, de ellas sólo en 3 casos se ha condenado a los autores con condenas inferiores a 80 días de prisión remitida. En cambio, contra la izquierda se plantearon 9 querellas, 7 de las cuales ya han sido falladas con duras penas de presidio contra periodistas populares. Junto con el terrorismo, el sabotaje, las maquinaciones 'jurídicas', las acusaciones desenfrenadas, los sediciosos han encontrado también terreno propicio en algunos elementos de las fuerzas armadas. Hacemos aquí un llamado, usando el célebre poema de Nicolás Guillén: 'No sé por qué piensas tú/ soldado que te odio yo/ si somos la misa sangre/ tú y yo - yo y tú/ tú eres hombre/ lo soy yo/ no sé por qué piensas tú/ soldado que te odio yo'. Ante esta embestida coordinada y apoyada desde afuera, algunos piensan que la respuesta tiene que ser el diálogo. No puede ser, el Partido Socialista ha dicho que no puede haber diálogo con los terroristas, con los asesinos, con quienes están hambreando al pueblo, con quienes están llevando a la catástrofe y al caos económico a la patria, con los responsables de tanta miseria, de tanta angustia, de tanta inseguridad. En dos oportunidades anteriores se intentó el diálogo y ha fracasado, a pesar de que el Gobierno, contra la voluntad


del Partido Socialista, ha concedido en todo lo que el PDC ha pedido, pero ahí predomina el sector golpista que lidera el señor Frei. Existen elementos honestos en el PDC, pero ellos son una minoría que en definitiva se han hecho cómplices de estos dramáticos desmanes contra Chile. La conjura de la derecha -piensa nuestro partido- sólo puede ser aplastada con la fuerza invencible del pueblo, unido a las tropas, clases, suboficiales y oficiales leales al Gobierno constituido. Sepan: el Partido Socialista no se dejará aplastar por una minoría oligárquica y sediciosa. No aceptaremos arbitrariedades vengan de donde vengan, estén o no estén armados quienes las ejercen. No nos someteremos jamás a la fuerza de un poder ilegítimo. Aquí hay un partido, vanguardia de la clase obrera, con 40 años de tradición de luchas proletarias, resuelto a resistir cualquier intento golpista. Chile se transformará en un nuevo Vietnam heroico si la sedición pretende enseñorearse de nuestro país. La fuerza del pueblo, compañeros, hay que utilizarla como se utilizó en el paro de octubre: el paro empresarial, el paro de los capitalistas, fue aplastado por la clase obrera. A nuestro juicio, compañeros, el golpe reaccionario se ataja golpeando al golpe. No se ataja conciliando con los sediciosos. El golpe no se combate con diálogos. El golpe se aplasta con la fuerza de los trabajadores, con la fuerza del pueblo, con la organización de la clase obrera, con los comandos comunales, con los cordones industriales, con los consejos campesinos. Hemos oído aquí gritos de '¡crear, crear poder popular!', porque el pueblo así lo ha comprendido. La guerra civil en que se encuentra empeñada la reacción, estimulada, apoyada, financiada y sustentada por el imperialismo norteamericano, se ataja sólo creando verdadero poder popular.


El compañero Allende no traicionará, compañeros: dará su vida si es necesario en la defensa de este proceso.

Capítulo 6 del Libro Conversaciones con Altamirano  

Autor: Gabriel Salazar

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