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SAN MIGUEL DE TUCUMAN, DOMINGO 17 DE FEBRERO DE 2013

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“El tango de la Guardia Vieja”, de Arturo Pérez-Reverte, narra con pulso admirable una turbia y apasionada historia de amor

La ensayista Sylvie Simmons entrega una notable biografía de Leonard Cohen, que describe una vida pródiga en anécdotas.

5 a SECCION

La verdadera razón para

LEER NOVELAS ◆

Por Gonzalo Garcés

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

WARTANEWS.COM

n los colegios argentinos se enseña literatura con un argumento que se supone atractivo: la lectura es buena, se dice, porque no es real. No es aburrida como las matemáticas o la historia. Leer ficción nos permite viajar a lugares adonde nunca iremos, ser personajes que nunca seremos. De algún modo (que nunca se explica muy bien) eso nos hará personas mejores. Algunos dicen también que nos hará ciudadanos más libres. De algún modo, en nuestra confusa pedagogía, pasar tiempo en un mundo de fantasía nos prepararía para ser miembros de una sociedad democrática. Todo esto es una montaña de estupidez y es bueno decirlo. Dejen de repetir que la literatura no tiene que ver con la vida. Dejen de espantar lectores. En sus años de formación, nuestros chicos hacen lo mismo que todos los mamíferos de orden superior: buscan conocimientos que los ayuden a sobrevivir en el mundo real. El resto, por instinto, lo descartan. Insistir en que la literatura es un juego gratuito es desconocer al mismo tiempo qué es la literatura y qué es un juego. Como sabe cualquier maestra jardinera, todo juego es ensayo. El placer que nos causaba, de chicos, el juego, no se debía a que estaba desligado de la realidad, sino a que mejoraba la realidad. En el juego las cosas salían como queríamos, mientras que en la vida intuíamos- el asunto iba a ser más bravo. Bien: la literatura, sin ninguna duda, mejora la realidad. La mejora en los dos sentidos del término: es una versión mejor de la vida, y también contribuye a mejorar literalmente la vida real. En primer lugar, la hace inteligible. Y en realidad con eso alcanza. El hombre del subsuelo de Dostoievski sufrirá y no encontrará salida, pero encuentra palabras para ex-

E

La literatura es una versión mejor de la vida, y también contribuye a mejorar literalmente la vida real. La Odisea o el Quijote son libros de autoayuda de orden superior. La novela es un catálogo de comportamientos que consultamos con la esperanza de que nos enseñe lo que los otros tienen en la cabeza presar ese sufrimiento y eso representa un mundo de diferencia en comparación con el sufrimiento que es pura sensación inarticulada, que te rodea como una neblina y que te puede matar. Espero que no sufras, pero si un día te toca sufrir espero que hayas leído Apuntes del subsuelo, porque te habrá dejado palabras para nombrar lo que te pasa y aquello que se puede nombrar tiene una oportunidad de arreglarse.

Libros de autoayuda Para muchos será de pésimo gusto sugerir que La Odisea o el Quijote son libros de autoayuda. A mí me complace saber que lo son: estrictamente hablando, son libros de autoayuda de orden superior. Esto se percibe muy bien cuando nos fijamos en los orígenes de la literatura. Sobre ese origen hay una hipótesis que escuché muchas veces: en las cavernas, se dice, cuando la tribu se sentaba alrededor del fuego, los hombres contaban lo que habían cazado durante el día. Pero un día un cazador fanfarrón contó que había matado a tres mamuts, aunque no era cierto. Y los demás le creyeron. Y entonces -se dice en este punto, engolando la voz- nació el primer novelista. No puedo describir la tristeza que me causa oír esta patética idiotez. Es un ejemplo de la forma en que repetimos cosas sin molestarnos en leer. En realidad la literatura

nunca es jactancia, y cuanto más primitiva, menos jactanciosa. Al contrario, la emoción más presente en la literatura que nos ha llegado de sociedades arcaicas es el temor. La literatura primitiva consiste, de modo casi obsesivo, en fábulas cautelares. Prometeo roba el fuego del cielo y por este crimen lo atan a una roca para que un águila le devore el hígado. La mujer de Lot, contra lo que había ordenado Yavé, se da vuelta para mirar la ciudad que deja atrás y queda convertida en piedra. Gilgamesh rechaza los encantos de Ishtar y por eso la diosa envía contra él al Toro de los Cielos. Gilgamesh y su amigo Enkidu vencen al toro, pero para vengarse de esta nueva victoria, los dioses matan a Enkidu. Se puede glosar de una manera más académica el elemento recurrente en estas historias, pero la forma más sintética de expresarlo sigue siendo: flaco, mirá lo que te puede pasar si no tenés cuidado. Treinta siglos después, el elemento didáctico se ha refinado hasta hacerse casi imperceptible, pero sigue siendo el nú-

En las cavernas, cuando la tribu se sentaba alrededor del fuego, los hombres contaban lo que habían cazado en el día.

cleo de toda verdadera literatura. Parte de ese refinamiento consiste en pasar de la prescripción explícita (hacé esto, no hagas aquello) a la explicación (así son las cosas). Pero en lo esencial, y por muy diferente que pueda parecer la fábula moral de Edipo Rey del análisis distanciado de Madame Bovary, lo cierto es que ambos siguen respondiendo a una misma necesidad inscrita en nuestro neocortex: comprender. Comprender los fenómenos del mundo natural para mejor sobrevivir a ellos. En un ensayo reciente, Jorge Volpi propone una hipótesis sugerente acerca de la literatura psicológica. La hipótesis es de corte darwiniano. Como primates de tipo social, somos tremendamente vulnerables a la mentira; interactuamos en forma constante con nuestros semejantes, dependemos de ellos, pero no podemos saber qué piensan. Si nos mienten, si nos engañan, quedamos en una posición muy desventajosa. Contra esto hemos intentado elaborar un catálogo de comportamientos, que cada generación enriquece y enmienda, y que consultamos con la esperanza de que nos enseñe lo que los otros tienen en la cabeza: lo llamamos novela. Esta idea tiene un corolario inquietante, si se quiere: la novela su vez nos enseña a simular identidades, nos ayuda a elaborar nuevas máscaras, lo cual obliga a nuevas enmiendas para deschavarlas, y así hasta el

infinito. ¿Por qué me causa placer una buena metáfora? ¿Por qué me agrada la musicalidad de un párrafo o las rimas de un soneto bien construido? También eso puede remitirse al insaciable hambre de conocimiento. Soy Aristarco de Samos y acabo de hacer un descubrimiento: si me pongo un dedo delante de los ojos y lo miro primero con un ojo, después con el otro, parece que el dedo hubiera cambiado de posición. Esa ilusión se debe a que mis ojos están separados por algunos centímetros. A la separación entre el dedo visto con un ojo y el dedo visto con el otro la entiendo como ángulo p. Entonces, si quiero saber cuál es la distancia exacta entre mi dedo y yo (distancia d), puedo medirla con esta fórmula: d=1/p. Bastante bien para un solo día. Pero ahora hago una analogía. Miro la luna y me doy cuenta de que se aplica la misma fórmula: si miro la luna desde Atenas y después la miro desde Tebas, no está en la misma posición respecto de las estrellas de fondo. Si mido esa separación, puedo calcular la distancia entre la Tierra y la Luna. Acabo de inventar la paralaje y los centros de placer de mi cerebro se activan como las lucecitas de un jackpot. Bien. Ahora soy Paul Verlaine y acabo de escribir: Comme un vol criard d’oiseaux en émoi Tous mes souvenirs s’abattent sur moi Es decir, acabo de intuir que los recuerdos que, en este momento de melancolía, se abaten sobre mí, se comportan igual que una bandada de pájaros que se posan sobre un árbol. También yo acabo de hacer un descubrimiento por analogía. ...pasa a pág. 4


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LA GACETA

LITERARIA DOMINGO 17 DE FEBRERO DE 2013

LANZAMIENTOS / LA GACETA LITERARIA / LOS MAS LEIDOS / LA GACETA LITERARIA / LANZAMIENTOS / LA GACETA LITERARIA

UN LIBRO p a r a

e l

de Pérez-Reverte

v e r a n o

EL MONJE Y EL FILÓSOFO ◆

La nueva novela

Por Fernando Sánzhez Sorondo *

Un hombre, una mujer, tango, amor y nostalgia DYN

NOVELA EL TANGO DE LA GUARDIA VIEJA ARTURO PÉREZ-REVERTE (Alfaguara - Buenos Aires) En el centro de la novela, una historia de amor, la de Max Costa con Mecha Inzunza, una mujer joven cuya mirada contiene el destello de la belleza y de la inteligencia, una mujer hermosa que baila muy bien el tango y que además es la esposa de Armando De Troeye, un compositor musical de la talla de Ravel. Max Costa fue chofer de un millonario, antiguo legionario en Marruecos, experto ladrón de guante blanco, bailarín de salón, seductor constante y silencioso tahúr. Se conocen rumbo a Buenos Aires a bordo del Cap Polonio, un trasatlántico con lujosos salones de baile, arañas resplandecientes y acogedores camarotes. En ese viaje comienza un

Estoy leyendo un libro que, a pesar de la densidad de su contenido, me parece absolutamente recomendable, y sobre todo para el verano, esa especie de retiro placentero al borde del mar o en la montaña, o, más modestamente, en casa. El Monje y el Filósofo, por Jean-Francois Revel y Matthieu Ricard. Un diálogo filosófico, editado por Urano en 1998, cuyo tamaño puede resultar desalentador: más de 330 páginas. Pero que atrapa como una saga prodigiosa. Sus autores son padre e hijo. El padre es Jean Francois Revel, filósofo y periodista francés, librepensador por antonomasia, autor de Ni Marx ni Jesús; y el monje es su hijo, Matthieu Ricard, científico devenido en lama tibetano, autor de exitosos libros de espiritualidad, considerado -según se dice científicamente- “el hombre más feliz del mundo” . En El Monje y el Filósofo, el diálogo gira alrededor del budismo y de su creciente vigencia en Occidente. A través de sus páginas encuentro, por ejemplo, lo que es tan difícil de definir como una de las diferencias entre el filósofo occidental y el oriental, entre estos dos tipos de sabiduría. Corresponde a un párrafo del Monje, es decir de Ricard (como todo lo mejor y más original del libro, por lo demás), aunque esta vez citando a André Migot.

Max Costa y Mecha Inzunza.

Ritmo constante Es un libro muy logrado, escrito por un generador de best-sellers de calidad, como buena parte de la crítica española lo llama, pues Pérez-Reverte es también autor de la saga Las aventuras del capitán Alatriste y El asedio, éxitos comerciales no depreciados por académicos. El tango de la guardia vieja reafirma ese ejercicio de erudición aplicada característico del autor. Los ambientes descritos han sido escrupulosamente estudiados, desde los discos de Rita Pavone que suenan en ocasiones, hasta los encendedores Dupont

La trepidante aventura de Max Costa y Mecha Inzunza les lleva a recorrer tres escenarios del convulso siglo XX.

Una extraña apuesta entre dos músicos, que traslada a uno de ellos a la vieja Buenos Aires de los años ‘20.

amor que durará cuatro décadas, en un recorrido por el tiempo de ambos personajes, a través de la Guerra Civil Española y la Guerra Fría. En el centro de la novela, además, la atmósfera que ha generado en el mundo entero el tango, esa forma musical que usa el idioma de los reos pero cuya aura es siempre sinónimo de elegancia, decoro, astucia y seducción. En los flancos de la novela, intrincadas historias accesorias, tramas de espionaje, negociados con funcionarios de regímenes totalitarios como los de Mussolini o Franco, torneos de ajedrez, y otras historias laterales que llenan el libro del mejor modo: no siendo simple relleno, sino interesantes relatos que convergen en los personajes centrales:

o algún sobre de cocaína que tiembla, vacío, en una mesa de cabaret. Todo detalle está cuidadosamente colocado en su preciso lugar. Aunque quizá esto último no sea exactamente una virtud del libro, ya que esa especie de puntillismo deja entrever, como por una rendija, algo de la arquitectura del relato, lo cual tiende a aniquilar la magia. De todos modos, el libro vibra a ritmo constante a lo largo de toda esta historia de tango, con muchos de los componentes de que el tango está hecho: una mujer, un hombre, la música, el ajedrez, la evocación, la nostálgica madurez y el amor. © LA GACETA MÚSICA DE DOS POR CUATRO. En la obra, aquella pasión amorosa vivida en la juventud está evocada con melancolía por los amantes.

© LA GACETA * Poeta, narrador, ensayista.

FICHA Título: El Monje y el Filósofo Autores: Jean-Francois Revel y Matthieu Ricard Género: Editorial: Urano Año de publicación: 1998 Páginas: 330

CÉSAR DI PRIMIO

LATITUDSALTA.COM.AR

Un espejo de la narrativa del Noroeste Textos ganadores del Concurso Regional Norte Cultura

ANTOLOGÍA CUENTOS DEL NOROESTE VARIOS AUTORES (Purmamarka Ediciones-Salta)

FRAGMENTOS “Se ha discutido mucho si el budismo es una religión o una filosofía, y la cuestión nunca se ha zanjado. Planteada en estos términos, sólo tiene sentido para un occidental. Sólo en occidente la filosofía, como las matemáticas o la botánica, en la que un señor, por lo general un profesor, estudia durante su curso una doctrina determinada, pero al volver a casa vive exactamente como su notario o su dentista, sin que la doctrina que enseña tenga la menor influencia en su comportamiento en la vida. Sólo en Occidente la religión es, para la gran mayoría de los fieles, un pequeño compartimiento que abren determinados días, en ciertas circunstancias muy concretas, pero que vuelven a cerrar antes de actuar”

Este libro compendia los trabajos de los ganadores del Primer Concurso Regional de cuentos organizado por el Consejo Regional Norte Cultura, organización integrada por las provincias del NOA que “tiene por objeto promover y coordinar la actividad cultural en general, en base a objetivos y políticas concordantes y concurrentes para el desarrollo armónico de la región” según se advierte en la solapa. Un buen diseño de tapa de Grit Kirstin Koeltzsch nos introduce a imágenes paisajísticas del NOA. El volumen está integrado por diez cuentos, dos por cada provincia y un Gran Premio Regional, galardón otorgado al tucumano Rogelio Ramos Signes por “Pécora Quichi a destajo”, cuento que, con sencillez y coherencia, nos introduce en la vida de dos hombres martirizados por un pasado, por

penas que los atraviesan identificándolos aunque no se conocen, y un fantasma latiendo en sus rutinas, un ente que los horroriza y que finalmente los atrapa en el mismo carril uniéndolos más allá del tiempo. “La daga de bronce”, del catamarqueño Héctor Omar Quijano es un relato bien estructurado que atrapa desde el comienzo y nos introduce en la cruda historia de víctimas de la Mazorca. “La verdad sobre la muerte de los pájaros”, de José Mariano García (Jujuy), es la historia de una desesperada búsqueda de la ofrenda prometida en el intento de cumplir con un pacto demoníaco y su eterna condena ante el misterio que lo vapulea. “Por qué no se debe escribir frente a un espejo”, del salteño Emanuel Hernán Carrizo, plantea los profundos miedos y fantasmas que asedian al momento de la creación literaria. “Telaraña”, de María Pía Danielsen (Santiago del Estero), describe

NORTE ARGENTINO. El cerro de siete colores, un símbolo de Purmamarca. la relación enfermiza de una madre con su hijo y sus graves consecuencias psicológicas en una atmósfera densa que marca la vida del joven. La autora, con marcada imaginación y destreza narrativa, va desarrollando la fobia que fusiona al protagonista con el trágico final. “El árbol de poesía de Leandro Álvarez”, del tucumano Pablo Cerone, plantea la necesidad de proyectar la esencia de la poesía y describe la relación entre dos seres que se desgrana en torno a los libros. “El rápido de los sueños”, de Sara Graciela Rivas (Tucumán), plasma, con armonía en el manejo textual y la temporalidad, el anhe-

lo de tres viejos ferroviarios por reactivar la locomotora “Angelita” para llevarla a Buenos Aires. Remite al terror de otra época, al momento en que cerraron los talleres ferroviarios. Cuentos del Noroeste es un espejo de la narrativa actual del Noroeste. Con diferentes estilos, tonos, formas y valores da visibilidad a autores, la mayoría hasta ahora desconocidos, que anuncian un futuro promisorio para nuestra literatura. © LA GACETA

NELLY ELÍAS DE BENAVENTE


LA GACETA

LITERARIA DOMINGO 17 DE FEBRERO DE 2013

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C R I T I C A S D E L I B R O S // LLAA GGAACCEETTAA L LI TI TE ERRAARRI AI A // C CR RI TI TI CI CA AS S D DE E L ILBI RB RO SO S / /L AL AG AG CAECTEAT AL I LT IETREARRAI RA I A/ /C RCI TR I CT AI CSA SD E D LE I BL RI BO RS O /S .IKSVPRESS.COM

Soy tu hombre y tantos más La vida de Leonard Cohen según Sylvie Simmons

BIOGRAFÍA SOY TU HOMBRE SYLVIE SIMMONS (Lumen - Buenos Aires) Hay un hombre al borde de los 80 años. Hace mucho tiempo, cuando apenas cumplió los nueve, supo de la muerte de su padre. Entonces, en una ceremonia privada, escribió algo en un pedazo de papel, cavó un hoyo y enterró el papel en el jardín, bajo una densa capa de nieve. Era lo primero que escribía en su vida. Hoy, ese niño, ya convertido en hombre, se habrá pasado la vida entera garabateando miles de versos, en busca de la melodía perfecta, intentando recuperar aquellas palabras. En ese gesto simbólico podría rastrearse, quizás, la poética y el cancionero de Cohen: el sentimiento “de paraíso perdido que acompañaría toda su obra”. Y cuando joven, a los 16 años, leyera a Federico García Lorca, a través de la grieta abierta por esa

influencia se colarían sus cuatro vectores cardinales: música, poesía, sexualidad y espiritualidad. Esas dos anécdotas fundacionales cita Sylvie Simmons en las primeras de las 700 páginas de Soy tu hombre, la excelente biografía de Leonard Cohen que acaba de editarse en castellano. Esas dos, y muchas más. Canadiense de nacimiento, de antepasados judíos de clase media alta y con marcadas tendencias intelectuales, Cohen heredaría de ellos tanto su compromiso con el arte como con la religión. Y ahí están él y su estampa de hombre tímido, generoso, de “aspecto muy cuidado”, que “escoge cuidadosamente las palabras”, con un refinado gusto por “el hábito de la precisión” y el misterio, el sacrificio y el autocontrol, la austeridad, la soledad, la firme

CAMBIOS. En 1990, agobiado por el inconformismo, se ordenó como monje Zen y en 1999 abandonó los hábitos para volver a la poesía. convicción de no ser ni sentirse una celebridad, de aires melancólicos, en tránsito constante por ese largo y sinuoso camino hacia la cura interior (no es autoayuda sino espiritualidad: basten cinco años en un monasterio zen para confirmarlo). Siempre resguardado por mujeres, de muchos y buenos amigos, viajero incansa-

ble (Grecia, Nueva York, Londres, Nashville, Los Ángeles, Montreal y más), autor de letras complejas y canciones límpidas que llegan al alma y suenan a himno o texto sagrado de música pop, cargados de sutileza, discreción y genialidad. Sylvie Simmons cita a Virginia Woolf y dice: “Una biografía se

considera completa si da cuenta meramente de seis o siete yoes, mientras que una persona puede tener miles de ellos”. Simmons da cuenta acerca de los muchos Cohen que viven en un solo Cohen. Y lo hace de manera austera, con compromiso, cortesía y generosidad, como una más de las tantas mujeres que han ro-

deado a Cohen durante sus doce libros, sus doce discos, y una dulce y larga y agitada vida.

© LA GACETA

HERNÁN CARBONEL ◆

Primera novela del tucumano Diego Erlan

Ensayos sobre cine, literatura, arte y estilos

Una muerte que cambia la vida de los que siguen

Perfiles de Visconti, Proust, Tosi, Horst, Bianco y Bioy

NOVELA EL AMOR NOS DESTROZARÁ DIEGO ERLAN (Tusquets - Buenos Aires) Una muerte puede ser devastadora para una familia. Es, en efecto, una muerte (la de una hermana apenas mayor) el hecho que signa la vida de Agustín, el protagonista de El amor nos destrozará, y la de sus padres. Esta muerte repentina cambia todo para peor; lo que en las primeras páginas se percibe como la infancia más o menos feliz de un chico de siete años se convierte, desde ese momento, en un descenso al infierno para Agustín, que deberá convivir con una madre al borde de la locura y un padre que se abandona a la tristeza. Encerrado en su departamento, evadiéndose de la realidad como puede (escondiéndose en un placard o en la terraza del edificio), Agustín atraviesa la infancia y la adolescencia como si viviera en una zona de guerra, protegiéndose del fuego y las esquirlas con la memoria de Soledad, su hermana muerta – la canción de Joy Division que da título al libro, grabada una y otra vez en un casete encontrado por casualidad entre las cosas de ella, le servirá al protagonista como un talismán a lo largo de los años. La voz de Agustín cuenta la historia desde un futuro más o menos lejano, invocando a la memoria –la frase “quiero acordarme” se repite a lo largo del libro–, confundiendo a veces situaciones o fechas como quien busca algo en una habitación oscura, encontrando certezas que pueden o no venir del recuerdo. En esa reconstrucción imperfecta del pasado, Erlan enfoca la trama en el crecimiento y el aprendizaje de Agustín, eludiendo hábilmente cualquier mención a las circunstancias de la muerte de la herma-

na. La narración se construye con frases breves y veloces, quizás excesivamente fragmentadas, y con una prosa por momentos poco precisa, que no evita el lugar común. Es en este plano estético donde se ve el flanco más débil de esta novela, por lo demás sólidamente construida. En la película La habitación del hijo, de Nanni Moretti, una muerte inesperada sacude los cimientos de una familia de clase media italiana, sólidamente anclada en la aparentemente eterna prosperidad europea de principios del siglo XXI. En la novela de Erlan, la muerte destruye los vínculos familiares como una deflagración instantánea, fulminante; esta precariedad, que deja a Agustín prácticamente solo en un mundo hostil y decadente, quizás sea espejo de la debilidad del tejido social de la Argentina de los 90, donde se desarrolla la mayor parte de la acción. En esta década, sutilmente señalada en el texto por nombres de canciones y películas y por marcas de la época –el desempleo, los viajes a Miami, la creciente diferencia entre estratos sociales–, Agustín hará su tránsito hacia la vida adulta, apoyado en el afecto ocasional de unos pocos amigos, en la música que descubre en la adolescencia y en el recuerdo fantasmal de su hermana. Pero a diferencia de la familia de Moretti, que en la escena final mira con esperanza el mar de Ancona, Agustín emerge de la tragedia a una vida sin horizontes, en la que solo podrá valerse de sí mismo y de su memoria – esta es, quizás, la imagen de una época y de un país. © LA GACETA

MÁXIMO CHEHIN ◆

ENSAYO PÉRFIDAS UÑAS DE MUJER HUGO BECCACECE (Edhasa - Buenos Aires)

RELIGIÓN. El profesor Lynch ofrece una visión innovadora del cristianismo.

Historia de la Iglesia Católica en la América hispana HISTORIA DIOS EN EL NUEVO MUNDO JOHN LYNCH (Crítica – Buenos Aires) La extensa y controvertida presencia de la Iglesia Católica en la América hispana es el tema del libro del historiador británico John Lynch. El autor aborda no solo la historia eclesiástica sino también su entorno, lo que transforma a la obra en un análisis muY completo e interesante. Bien escrito, bien documentado, el texto se deja leer a los largo de sus 500 páginas con facilidad. Lynch muestra que la conquista y colonización de la América hispana fue un hecho terrible, fatal, para los habitantes nativos. Nunca las cosas volverían a ser como antes, aunque probablemente estaban destinadas a ser como fueron. La irrupción en esos extensos y casi inhabitados territorios de una civilización (?) y cultura rapaz, con un concepto de la legitimidad definida por el uso de la fuerza, terminó sometiendo a todos esos pueblos , que hasta el día de hoy permanecen con una relación de su-

bordinación al “blanco”, acompañada por unos sentimientos contradictorios de amor y odio. El poder destructivo combinado de la pólvora, los caballos y los gérmenes hizo posible esta conquista desigual y desmesurada. No fueron solamente España y sus reinos los que la Historia califica en la actualidad como artífices de un genocidio mayúsculo. También en Africa, y hasta comienzos del siglo XX, los países “civilizados” mostraron su extrema indiferencia hacia lo que confusamente se llama “la humanidad”. Porque la palabra parece encerrar un sentido doble; por una parte lo que se considera decente y correcto pero también a la barbarie extrema que ningún otro animal es capaz de exhibir como el hombre. Se advierte en la obra la idea de que las religiones son el modo en que las creencias, la necesidad de creer, plasma en las instituciones: la más humana de todas ellas es la religión. Comparte entonces el carácter equívoco que Rodea a nuestra noción de “humanidad”. © LA GACETA

FRANCO EUGENIO NANNI ◆

En su larga experiencia periodística, Hugo Beccacece aprendió a desarrollar sus dotes de cronista que le han permitido narrar con suma destreza. Pienso que el éxito de este libro se debe a su calidad narrativa. Beccacece sabe relacionar lo anecdótico con lo esencial, porque tiene una opinión fundamentada sobre los principales personajes citados: Luchino Visconti, Marcel Proust, Piero Tosi, Horst, José Bianco y el matrimonio Bioy Casares. Entiende sus vidas como destinos. Sus digresiones sobre las películas de Visconti, a quien dedica el ensayo más extenso, no interrumpen el hilo sino que lo van enriqueciendo. Observa, guardando cierta distancia, la influencia positiva y negativa del suntuoso marco familiar y social en la filmografía del gran director italiano. Traza el itinerario que lleva desde sus películas de denuncia social -el período neorrealista que empieza con La terra tremma- hasta los grandes frescos históricos en los que retrata la decadencia de la aristocracia a la cual pertenecía. No menos interesante es la entrevista a Piero Tosi, el vestuarista de El gatopardo y otras películas memorables. Tosi, hábilmente inducido por la atención que Beccacece le presta, cuenta anécdotas sorprendentes en las que el azar y la improvisación salvan un espectáculo de la catástrofe (la celebrada versión de La locandiera). Beccacece también señala un hecho común en las vidas de Visconti y de Horst, el célebre fotógrafo alemán de los años 30: tardaron en encontrar su camino aunque luego ambos dejaron una impronta personalísima. Marcaron una época. También lo hicieron, en menor medida, los mecenas que Beccacece menciona: Marie-Laure de Noailles

BUENA PLUMA. Hugo Beccacece muestra sus dotes de cronista. y la princesa de Polignac, entre otros. Tampoco olvida el papel que cumplieron los snobs en la defensa de las vanguardias. El libro de Beccacece constituye un homenaje lúcido y sensible a ese mundo refinado que abarcó los 60 primeros años del siglo XX. Trasunta una nostalgia disimulada apenas por la parodia que lleva el título del libro. Es la nostalgia de ciertas épocas y de ciertas personas que las generaciones actuales no han conocido personalmente, la nostalgia por la pérdida que otros sufrieron al tener que exiliarse sabiendo que su mundo desaparecería con ellos, ya se trate de la Viena de Francisco José, del Berlín de la República de Weimar o del París de los años locos. Pérfidas uñas de mujer está dedicado a ese tipo de lectores, que, por otra parte, no son pocos y están dispersos en distintos lugares del mundo, como ocurre con los “kalender”, aquellos personajes de Las pléyades de Gobineau que se reconocen sin haberse conocido porque saben que son los custodios secretos de la civilización. © LA GACETA

EDUARDO PAZ LESTON ◆


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LA GACETA

LITERARIA DOMINGO 17 DE FEBRERO DE 2013

ENTREVISTA A CÉSAR PATERNOSTO Es uno de los grandes maestros del arte abstracto latinoamericano. Aquí repasa sus comienzos, sus influencias y reflexiona sobre la situación del arte en la actualidad. “Hoy entramos a una galería, o un museo

PERFIL

César Paternosto nació en 1931 en La Plata. Se recibió de abogado y estudió arquitectura. En su formación artística influyó la figura de Joaquín Torres García, el grupo MADI y el Instituto Di Tella. A esa época pertenece su obra Staccato, adquirida por el Museo de Bellas Artes de Boston. En 1967 se exilió en Nueva York. Actualmente vive en Segovia, España. Su obra se caracteriza por su reductivista sentido de la estructura.

y nos encontraremos con que cualquier cosa plantada dentro de ese contexto -las omnipresentes ‘instalaciones’ pasa por ‘arte’”, afirma -¿Por qué decidió dedicarse al arte? ¿Por qué eligió la abstracción entre las múltiples formas vanguardistas? -No sé si uno “decide” dedicarse al arte. Creo que es la naturaleza, la genética que decide por uno, antes de que la decisión se transforme en un hecho. Me explico: yo nací con la aptitud natural de dar forma, de dibujar. Así como otras personas–a las que envidio– nacen con un oído musical y se convierten en músicos, compositores, ejecutantes. En mi caso, todos mis maestros de dibujo en la escuela primaria y en la secundaria me ponían las mejores notas pero ninguno me estimuló a seguir una carrera artística, a ir a la escuela de bellas artes. Así terminé en la facultad de derecho en La Plata, mi ciudad natal, donde me gradué de abogado en 1958. Sin embargo, unos tres años antes de graduarme ya había entrado en crisis con mi elección de la abogacía como modo de vida. Sí, una verdadera crisis existencial. Busqué otras cosas–actuación, dirección de cine, cosas que quedaron en meras fantasías– hasta que llegó el momento en que, literalmente, “me acordé” que yo pintaba y dibujaba. Había aprendido solo la técnica del óleo cuando era un niño de 10/11 años, y aunque desde la adolescencia había dejado de pintar, había hecho lo que para la familia eran ¨memorables¨ retratos de mis padres, tíos, abuelos. Y así, gradualmente, empezó a conformarse la decisión de dedicarme, o mejor dicho, de ser artista porque, en definitiva, era la comprobación de que había nacido para eso, por así decirlo. Desde niño, desde que empecé a pintar y dibujar y aunque tenía una rudimentaria noción de los gigantes del Renacimiento, Miguel Angel, Rafael, me fascinaban más que nada las naturalezas muertas de Chardin que veía en las pobrísimas láminas de color de aquellos años; esa reproducción fiel de los objetos, los vegetales, los peces, y ese “exacto brillo” de las cacerolas de metal me parecían el epítome, la cumbre del arte pictórico. A eso aspiraba cuando, a los 25 años retomé los pinceles para, después de tantos años, recuperar los medios técnicos. Pero luego decidí tomar lecciones de pintura con un amigo, Jorge Raúl Mieri, un profesor recientemente egresado de Bellas Artes. Mieri fue decisivo en mi formación inicial: no sólo me enseñó principios básicos de dibujo y pintura, sino que también me abrió las puertas al arte moderno mostrándome reproducciones de Picasso, de Matisse, de Braque, figuras de las que yo sabía poco y nada. Pero también fue en sus clases que viví una epifanía: un día,

muy difícil calibrar el eco social que pueda tener una obra así en la sociedad burguesa y consumista de hoy. Alguien me ha dicho que lo encuentra “alegre, musical”. Algo es algo.

“La pintura ha pasado a ser una forma residual” ◆

Por Fabián Soberón

PARA LA GACETA - TUCUMÁN

cuando iba a comenzar la enésima naturaleza muerta, me dijo que tratara de hacer algo distinto, que “jugara con las sombras”. Instintivamente lo hice y hasta el día de hoy recuerdo el estremecimiento que viví. Había descubierto la realidad del plano pictórico bi-dimensional; que en el plano las formas adquirían unas relaciones, una vida en sí mismas y que ya no necesitaba “modelar”, sombrear, para crear la ilusión de volumen para que los objetos se parecieran a lo que estaba más allá del plano, el modelo real. En mi ignorancia no sabía que había llegado por mí mismo a algo similar al cubismo sintético. Es decir, que estaba a las puertas de la abstracción. Más tarde, junto con Mieri asistimos a las clases del profesor Héctor Cartier en la Escuela de Bellas Artes. Una figura cardinal en la enseñanza artística de esos años, no solo en La Plata sino también en Buenos Aires (muchas de las figuras del arte argentino de los sesenta fueron sus alumnos), sus clases era una suerte de “miniBauhaus” insertada en el currículo de una escuela académica. Su curso se llamaba de “Visión” y, precisamente, enseñaba principios de forma y color en abstracto. Así, oyendo sus reflexiones, trabajando en los ejercicios que nos asignaba, me di cuenta de que había encontrado el sentido de mi vida: iba a ser artista. Y la abstracción mi modo de articularlo. Por otra parte, no olvidemos que a mediados de los 50, la abstracción geométrica de los epígonos de Max Bill era el arte de vanguardia dominante en Buenos Aires, y que, en todo caso, era un reflejo actualizado de lo que pasaba en el mundo en ese entonces. Y si bien todas estas circunstancias eran condicionantes –aun-

que no absolutamente determinantes porque bien podría haberme inclinado, por ej., hacia las formas neoilusionistas del surrealismo, que también tenían gran vigencia en aquellos años– creo que aquel descubrimiento del planismo pictórico fue decisivo. Así, partiendo de ello, y gracias a un temperamento, a una espontánea inclinación hacia lo joven y de avanzada me llevaron a adoptar la abstracción como lenguaje. Muchos años más tarde iba a adquirir una más profunda certeza –filosófica, si quieres– del sentido de la abstracción. -Borges decía que para escribir su poema “Spinoza” había tenido que escribir toda su obra. En consonancia con esta afirmación, algunos artistas sienten que la última obra es la más lograda o la que más los representa. ¿Hay algún período o etapa con la que se siente más cómodo? Si esto es así, ¿por qué? Y si no es así, ¿por qué? -En verdad, más que una cuestión de “comodidad”, con mi propuesta de una visón lateral, secuencial de la pintura que comencé en Nueva York en 1969 –el frente blanco, vacío y las notaciones pictóricas en los costados que el espectador tenía que buscar transitando de un lado al otro– alcancé una experiencia inédita en la pintura moderna. Más allá de la evidente falta de modestia, este es un hecho verificable. También es cierto que, por un cúmulo de circunstancias adversas fue difícil sostenerlo en el tiempo. Luego vino la confluencia de esa suerte de “minimalismo” pictórico con mi lectura de las estructuras líticas incas y, aun más significativamente, el encuentro con la retícula textil precolombina. Esto, gra-

dualmente también fue quedando atrás para dejar paso a nuevas pautas de la visión “secuencial”, hoy enriquecida con breves notaciones en el frente de la tela y siempre con el persistente énfasis en los bordes. Una “visión integral de la pintura”, es decir, una demanda a apreciarla en su totalidad de objeto. Creo que hoy he llegado a una summa pictórica, que me hace feliz. Una summa en la que laten los vestigios de todas, o casi todas, las experiencias anteriores. -Es un lugar común pensar al arte abstracto como un arte desvinculado de la realidad exterior. Usted ha realizado una intervención pública en la estación de Atocha, en Madrid, un lugar que tiene específicas resonancias sociales. ¿Cree que su intervención tiene o tuvo un efecto “social”? -Me permito observar que ese lugar común al que te refieres olvida que los constructivistas rusos elaboraron un arte público de rigurosas formas geométricas y que también prohijó la gráfica propagandística de la revolución, ambos de un profundo sentido social. Y la verdad es que siento que mi trabajo para la estación de Atocha es heredero de esa tradición. Pero en este sentido: estoy convencido de que las formas abstractas geométricas son mucho más aptas para un arte público. Más “universales”, diría, a diferencia de los símbolos cerrados y prescriptivos como la estatua del prócer ecuestre (a propósito, el poeta Maiakowsky dijo de la Torre de Tatlin: “El primer monumento sin barba…”). Pero también es cierto que vivimos en un momento histórico social (y económico, sobre todo) profundamente diferente y es

-Si pensamos en la larga tradición moderna de arte abstracto -que va desde Kandinsky hasta el presente-, podemos pensar que producir arte abstracto en el siglo XXI puede significar un desafío. ¿Qué piensa sobre este asunto? -Sí, la verdad que producir arte abstracto hoy, es todo un desafío. Si reflexionamos un poco no es difícil apuntar a las razones de toda esta confusión: cuando en la segunda década del siglo pasado Duchamp creó el ready made, abrió para siempre las puertas del contexto del arte (la galería, el museo, etc) para el tipo de experiencias que hoy se difunden como una plaga. Es decir, que debido a su genialidad de entonces (que admiro), hoy entramos a una galería, o un museo–sin olvidarnos de los grandes “desfiles de modas”, las bienales o las documentas– y nos encontraremos con que cualquier cosa plantada dentro de ese contexto –las omnipresentes “instalaciones”– pasa por “arte.”“Instalaciones” que comparten los espacios del arte con la otra profusa estrategia heredera del gesto duchampiano: las formas verbales que aparecen en reemplazo del objeto, es decir, el primer arte conceptual. Un arte que pronto echó mano de la fotografía para complementar sus textos y narrativas. Y luego el video y todas las variantes de reproducción de imagen facilitadas por el incontenible progreso de las tecnologías digitales, completan el cuadro general del arte dominante (las variadas formas objetuales, no representativas, que hoy se siguen llamando “esculturas” también participan del arte hegemónico). Dentro de este cuadro, tan fuertemente institucionalizado –y, por otra parte, tan autoritario ya que si no participas de esas metodologías quedas “out”– la pintura (si es abstracta y geométrica peor aun) ha pasado a ser una forma residual, como diría Raymond Williams. Sin embargo, desde mi punto de vista, esa pintura permanece como la única alternativa, como una suerte de texto no-verbal, un pensamiento simbólico y silente, como decíamos antes, de resistencia. Ése es el desafío, por el que uno –para decirlo con las palabras de nuestro genial Discépolo– como “disfrazado sin carnaval” sigue optando. © LA GACETA

La verdadera razón para leer novelas También yo ahora entiendo un poco más. También los centros de placer de mi cerebro se activan y por la misma razón. ¿Y por qué me causan placer los decasílabos del poema? ¿Por qué me agrada ese ritmo regular, por qué al oír el tamborileo de una pandereta en una canción de los Guasones algo muy antiguo en mí siente ganas de levantarse y celebrar, bailando, que la vida es buena? Tal vez porque hace miles de años mis ancestros comprendieron que las estaciones son ciclos, que la siembra y la cosecha se suceden a un ritmo regular, que mientras el sol vuelva a salir mañana a la misma hora las cosas estarán bien, y ese vínculo entre el ritmo y la alegría permanece grabado en mi sangre.

Tres amores Los ejemplos anteriores pueden pare-

cer demasiado complicados, al menos para desglosarlos en cuarenta minutos de clase. Entonces, chicos, permítanme decirlo de un modo más personal. Cuando tenía 18 años y era soltero leí Ana Karenina. En esa novela Tolstoi cuenta la historia de tres amores. Está Oblonski, que es un pirata tremendo. Engaña a su mujer con todo lo que se le pone a tiro, se aguanta las consecuencias y mal que mal acepta hacer sufrir a la mujer, y muchas veces sufrir él mismo, a cambio del placer que consigue. Está Ana, que se enamora fatalmente de Vronski, tanto que deja a su marido y a su hijo por él. Pero no aguanta la montaña rusa de ese amor pasional y se termina tirando a las vías del tren. En fin, está Levin, que se casa con Kitty, y permanece casado largos años, y sigue casado cuando la novela termina. Levin tiene una de las expe-

riencias más raras que puede tener un ser humano, la experiencia de la duración en el lazo con otro. Conoce la ternura, el tedio, las discusiones por nada, los malentendidos, la lealtad, la angustia ante la posibilidad de que el otro sufra, la misteriosa sensación de abrigo, el milagro de la intimidad, la luminosidad en la vida de aquel que construye algo más grande que él mismo. Ahora que yo mismo estoy por casarme, repaso esas lecciones y sé que tengo una chance un poco mejor de salir airoso de la prueba. © LA GACETA Gonzalo Garcés - Novelista. En 2007, la revista Adn (del diario La Nación) lo señaló como el autor más destacado de su generación. Su última novela es El miedo (Mondadori, 2012).


17-02-2013 LITERARIA