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SAN MIGUEL DE TUCUMAN, DOMINGO 12 DE FEBRERO DE 2012

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El poeta Antonio Requeni rememora su relación con Alejandra Pizarnik y con Borges; también habla del lenguaje de los sentimientos

“El Flaco” Luis Spinetta, el poeta más rockero, y su ideario de literatura para componer canciones en un homenaje a sus obras

5 a SECCION

Releyendo a

PAUL GROUSSAC

Acaba de reeditarse Mendoza y Garay, libro en el que el maestro franco-argentino expone el núcleo de su credo historiográfico. El arte de historiar, decía, es el que cada historiador usa para aplicar, tanto al desarrollo de su asunto como a cada problema particular, “sus dotes de inteligencia, discernimiento crítico y sagacidad; fuera del talento supremo de expresión, que a pocos concede la avara naturaleza”. Su modo de escribir historia, donde el erudito traza el dibujo y el artista que hay en él aporta el colorido, resulta hoy legible para pocos. ◆

Por Carlos Páez de la Torre (h) PARA LA GACETA - TUCUMÁN color, cuando en realidad le infunde vida en potencia y acto”.

Supongo que el gran público ignora la existencia de una nueva edición, reciente, del Mendoza y Garay de Paul Groussac. Está enriquecida por un prólogo agudo e inteligente del arquitecto Juan Manuel Borthagaray. Antes y durante la investigación para mi biografía de Groussac (La cólera de la inteligencia, 2005) es obvio que lo he disfrutado, línea por línea, por lo menos tres veces. No me detendré en sus méritos. Intento aprovechar el acontecimiento para tocar costados que creo importantes de ese libro y adosarles alguna reflexión, todo en tono muy personal. Groussac juzgó conveniente exponer allí el núcleo de su credo historiográfico. Ya hacía tiempo que quería hacerlo. Los jóvenes de la “Nueva Escuela Histórica Argentina” le lanzaban de cuando en cuando alfilerazos, y el director de la Biblioteca Nacional no hubiera sido quien era, si no les respondía con su contundencia habitual. Consideró, ya en la segunda página del prefacio, que por ser Mendoza y Garay un libro de historia, era el lugar más a propósito para agregar algunas reflexiones a las que ya había emitido otras veces sobre el tema. Quería ocuparse esta vez del –teóricamente- nuevo método histórico, del cual el profesor Rafael Altamira era “convencido apóstol”. Tal metodología proclamaba que los materiales obtenidos en la investigación (la etapa “heurística”, palabra que Groussac odiaba) debían ser empleados en forma racional, “con prescindencia más o menos completa de toda preocupación literaria”.

Expresión, la clave En esa línea de ideas, reivindicaba el lugar que correspondía a la “historia narrativa o descriptiva”, que en ese tiempo empezaba a ser denostada con aspereza. Con el ejemplo de las “construcciones magistrales” de Macaulay, Renan, Mommsen, Taine o Fustel de Coulanges, la entendía indispensable para “la plena eficacia histórica, siempre que la narración procure la exactitud; sea la descripción real y sugerente; equitativo y sin pasión declamatoria el juicio pronunciado sobre hombres y cosas; indirecta, por fin, y sólo derivada de los sucesos la enseñanza”. La más distraída mirada a cualquier texto del maestro franco-argentino, revela que tributó fidelidad, toda su vida, a esos principios. No ha de olvidarse que Groussac, según lo dijo claramente, aspiraba no sólo a ser un historiador, sino un artista. La sequedad de la exposición de los historiadores profesionales argentinos, que despreciaban en teoría la literatura (aunque, muchos de ellos fueran excelentes escritores) no se avenía con los modelos de este admirador de Taine o de Fustel. Juzgaba que la expresión era asunto clave.

Los vasos descubridores

El arte de historiar Groussac examinaba estos preceptos. De entrada opinaba que había “escaso grano en tanta paja pedagógica”. Partía de la base de que al historiador sólo le era dado “aproximarse” a su objeto, y siempre jaqueado por las obligadas conjeturas y subjetividades que debían llenar los largos vacíos. Sostenía que ese historiador debía poseer, en primer término, la facultad “creadora o constructiva”, que idea la obra, una vez cumplida la faz heurística. Y luego venía la aptitud para ejecutar esa obra, ejercitando el arte de historiar. No era la una asunto de fondo y la otra de forma. Recalcaba Groussac que se trataba de dos cuestiones de fondo, ambas dotadas de idéntica importancia. El arte de historiar, decía, es el que cada historiador usa para aplicar, tanto al desarrollo de su asunto como a cada problema particular, “sus dotes de inteligencia, discernimiento crítico y sagacidad; fuera del talento supremo de expresión, que a pocos concede la avara naturaleza”. Afirmaba que la verdad hallada, tras deducciones e inferencias, en la búsqueda documental, “se integra en su expresión, gracias al elemento artístico o subjetivo que aparenta prestarle sólo línea y

PAUL GROUSSAC. Retrato al óleo que lo representa en sus últimos años.

En aquellos Trozos selectos de literatura, que fueron durante tantos años texto obligado en nuestros colegios, Alfredo Cosson eligió sin titubear, como pieza antológica, un capítulo de Mendoza y Garay: el quinto, titulado “La vida en la carabela”. Es que constituye una muestra magistral de los recursos que Groussac desplegaba para tratar un asunto histórico. Puesto que hablaba de hombres venidos a América en barco, cabía preguntarse cómo eran esos barcos; cómo era viajar en ellos; cómo actuaba y pensaba la tripulación apiñada en los vasos descubridores que cruzaban los mares en los siglos XV y XVI. No se habían detenido en el tema, según mis noticias, los que se dedicaban por entonces a la historia de la conquista. En primer lugar, Groussac había estudiado con minucia la estructura y la disposición de las embarcaciones españolas. Tanto las había estudiado que en 1893, en la Exposición Universal de Chicago, cuando examinó la reconstrucción de la Santa María de Cristóbal Colón, se enzarzó en una discusión con su capitán. Sostuvo que los palos verticales de la carabela debían ser cuatro y no tres: es decir, además del mayor, del mesana y del trinquete, el contramesana. Esto porque recordaba cierto párrafo de Las historias de la vida y hechos de Cristóbal Colón, escrita por su hijo Fernando y publicada en 1571: aquel donde narra que “en una tempestad, ...pasa a pág. 4


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LITERARIA DOMINGO 12 DE FEBRERO DE 2012

LANZAMIENTOS / LA GACETA LITERARIA / ENTREVISTAS / LA GACETA LITERARIA / LANZAMIENTOS / LA GACETA LITERARIA

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o v e d a d e s

CONVERSACIONES Emile M. Cioran

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TUSQUETS (272 PÁGINAS)

Tras la muerte de E.M. Cioran, en 1995, y a modo de homenaje, su editor de siempre, Gallimard, publicó este extraordinario volumen que recoge las conversaciones del gran pensador rumano con importantes interlocutores, entre ellos el filósofo Fernando Savater.

LA INTROMISIÓN Muriel Spark

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LA BESTIA EQUILATERA (256 PAGINAS)

La vida de Fleur Talbot, la heroína de esta obra, hace honor a sus aspiraciones literarias: de día trabaja redactando biografías secretas que se guardarán bajo llave. De noche consuela a la esposa de su amante. Mientras, escribe su primera novela y todo le sale mal.

LUCES Eduardo Lores

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EDITORA MESA REDONDA (158 PAGINAS)

Recopilación de variadas crónicas de estilo periodístico, con una multiplicidad de temas que mantiene una coherencia y expresan una honesta, valiente y sólida forma del pensamiento del artista verdadero que es Eduardo Lores.

E N T R E V I S TA

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A N T O N I O

R E Q U E N I

“Hoy se escriben muchos versos inteligentes que no conmueven” LA GACETA / JUAN PABLO SANCHEZ NOLI

Destacado poeta, periodista y miembro de la Academia Argentina de Letras, Requeni habla sobre sus comienzos en la literatura, rememora su relación con Alejandra Pizarnik y con Borges, aconseja a los jóvenes

PSCIOANÁLISIS DEL AUTISMO Alfredo Jerusalinsky

escritores. “La poesía

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NUEVA VISION (224 PAGINAS)

Cuestiones fundamentales sobre la etiología, la dirección de la cura posible, la prevención, las formas de intervención, las particularidades de la transferencia en una situación clínica tan radical, son ofrecidas en este libro editado originalmente en 1984.

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EDHASA (254 PAGINAS)

Considerada como una totalidad, su biografía permite entender cómo vivía y cómo pensaba un súbdito de la corona a fines del período colonial, cuáles eran sus valores y sus intereses. Y, sobre todo, ilumina el proceso que lo llevó a ser un revolucionario.

HISTORIA DE UN PAIS LLAMADO ARGENTINA (1500-1983) Roque Luis Cattaneo

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EDITORIAL DUNKEN (400 PAGINAS)

Relato conmovedor, colmado de bellas imágenes, puro sentimiento que comienza cuando Solís llega al Río de la Plata y concluye con el gobierno de Alfonsín en 1983. El largo proceso histórico de un país llamado Argentina.

LA INVENCION DE LO REAL Walter Iannelli

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El autor explora el espacio intermedio entre la realidad fenomenológica -construida por aquello percibido por el hombre-, y el concepto de lo real -como lo que existe en forma independiente de la percepción-. Allí se entrecruzan las historias de dos hombres.

POEMAS DE BAR Y DE SOMBRAS Gabriel Acosta

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MIR EDICIONES (68 PAGINAS)

Gabriel Acosta es un artista plástico, pintor. Sin embargo, prefiere autodenominarse “creativo” en atención a la posibilidad de una mayor amplitud a donde poder volcar su expresión artística. Con el respaldo de la SADE Tucumán lanzó esta edición.

ESTA FRÁGIL REALIDAD Giovanna Ianni

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VINCIGUERRA (136 PAGINAS)

La poesía se hace presente cuando toda certeza se tambalea. Entonces la razón cede en sus intentos de reducir a escala humana lo inabarcable del mundo afirma Lidia Rocha-, que acompañó a la autora en la clínica del libro para su posterior edición.

SEMBRADOS EN EL RÍO Graciela Lago

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SIMURG (160 PAGINAS)

Este libro es un compendio traducido del día de cualquiera de nosotros -resalta Liliana Campazzo-, que toma cuerpo en su escritura, nosotros que estamos hechos de palabras. Un ritmo de agua. Porque fuimos, somos y seremos seres de palabras.

PERIFERIAS IMPERIALES Y FRONTERAS COLONIALES EN HISPANOAMERICA Margarita Gascón EDITORIAL DUNKEN (256 PAGINAS)

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sentimientos”, sentencia

JUAN JOSÉ CASTELLI Fabio Wasserman

Las fronteras coloniales en Hispanoamérica han concentrado abundantes análisis, mientras que las áreas periféricas han sido consideradas como espacios sin valor en comparación con los centros administrativos y productivos. Esta obra cambia esa imagen.

MANUAL DEL CORRUPTO ARGENTINO C. Pérez Torres EDITORIAL DUNKEN (56 PAGINAS)

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es el lenguaje de los

“Todo corrupto que se precie preparará su propia glorificación y ensalzamiento a héroe de la patria, paladín de la democracia, hacedor del milagro argentino o defensor de los pobres II, el día que su cuerpo físico muera”, dice la autora, que es docente, escritora y autora del libro “La escuela que enferma”.

-¿Cómo fue su inicio con la literatura? -Desde niño me gustó escribir, hacer composiciones. Cuando era alumno estaba de quinto grado, la maestro nos hizo hacer una composición sobre el tema “la tapera”, y puse “ranchito que te vas cayendo, terrón a terrón, en el silencio de los campos verdes”. Cuando me devolvió el texto me dijo “Tu eres un poeta” (las maestras hablaban de tu) y eso me marcó; tuve que justificar lo que me dijo la maestra. Después tuve otra lección literaria muy importante de un profesor de física en una prueba sobre las leyes del péndulo. Yo que creía que escribir bien es escribir en difícil. Me acuerdo que escribí “el péndulo se mueve a diestra y a siniestra” y el profesor, al entregarme el trabajo, dijo “no haga literatura”. Y eso para mí fue otra lección, no hacer literatura en el sentido artificioso. -¿Cuando se “encontró” con la literatura? -Era un gran lector, descubrí a los 14 años las Rimas de Becquer, Campoamor. Yo quería escribir como ellos, hasta que a los 18 años conocí a González Carvallo, un poeta bastante olvidado hoy, preciosista, muy refinado, amigo de Neruda. El fue un padrino, me enseñó a hacer sonetos con los de Juan Ramón Jiménez, y así llegué a escribir diez poemas por semana. -¿Qué temas lo subyugaron? -A los 18 años uno es una víctima del romanticismo, uno se enamora y le escribe versos a la chica de la que uno se enamora, y después versos a la naturaleza. Nosotros íbamos de veraneo a las sierras de Córdoba y me deslumbraba el árbol, la montaña. Mi primer libro lo publiqué cuando estaba haciendo el servicio militar. Y después publiqué seguidamente varios libros pero eran versos flojos, de iniciación, que hoy oculto piadosamente. A partir de 1958 trabajé como periodista y obtuve una beca en Paris. Ese fue un viaje iniciático. Seguí trabajando en el diario La Prensa hasta el año 1994, en que me jubilé. -Conoció a Alejandra Pizarnik. -La conocí siendo chica, del barrio cerca de casa, en la localidad de Avellaneda (provincia de Buenos Aires). Arturo Cuadrado (el editor) me la presentó y allí empezó una amistad muy linda. En esa época publicó su primer libro; estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la Calle Viamonte, y yo la esperaba enl Bar Florida y la acompañaba después a reuniones nocturnas de escritores. A ella le atraía la poesía francesa y soñaba con ir a París. Cuando yo viajé a París, me pidió que le trajera una

RECONOCIMIENTO. Desde 1998, Antonio Requeni es Miembro de número de la Academia Argentina de Letras. polera color verde botella porque era la que usaban los existencialistas, y yo la estimulé a viajar, y al año siguiente me enviaba varias cartas que figuran en la correspondencia de Pizarnik que recopiló Ivonne Bordelois. -También conoció a Borges. -En 1953 me hice socio de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) y conocí a Borges con vista. Recién pierde del todo la vista en 1956; siempre veía poco pero lo he visto leer. También conocí a Vicente Barbieri, a González Tuñón, Roberto Ledesma y tantos otros. -Hace poco recibió un premio de la SADE. -Sí, en el año 2010, y creo que fue porque cumplí 80 años. En 1953 ya tuve la faja de honor de la SADE. Conrado Nalé Roxlo decía “a nadie se le niega un cigarrillo y la faja de honor de la SADE”. Pero para mí fue algo extraordinario y me abrió las puertas de La Nación. Eduardo Mallea era el director de su suplemento cultural y allí comencé a colaborar hasta que entré en La Prensa y me dijeron “si colabora en La Nación no puede estar en La Prensa”. Cuando me jubilé, me llamó Claudio Escribano

PERFIL

Antonio Requeni nació en Buenos Aires, en 1930. Trabajó en el diario La Prensa entre 1958 y 1994. Luego fue crítico del diario La Nación. Publicó una decena de libros de poemas, un libro de cuentos para niños (fue colaborador de Billiken), un volumen de crónicas de viaje y un ensayo. Ganó los premios municipales de la ciudad de Buenos Aires en la categoría ensayo y poesía. Fue condecorado por la República Italiana con la Orden de Cavalliere Ufficiale. Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras y de la Academia Nacional de Periodismo.

(entonces subdirector de La Nación) y me pidió que colaborara con el diario haciendo comentarios bibliográficos. -Es miembro de la Academia Argentina de Letras. Cuéntenos acerca de su trabajo. -Estoy en la Comisión de Premios y estamos preparando un Diccionario de Argentinismos, que no es lunfardismo. Argentinismo es la palabra que usamos nosotros y que no está en el diccionario de la Real Academia española. Los es-

pañoles dicen falda, nosotros pollera; ellos dicen chuleta, nosotros decimos bife; ellos dicen albaricoque, nosotros decimos durazno. -Cuéntenos acerca de sus próximas publicaciones. -En el año 2012 saldrá una antología en España, una antología de poemas prologada por Diego Valverde Villegas. Siempre escribí cuando tenía necesidad de hacerlo. -¿Qué consejos les daría a los jóvenes escritores? -Que lean, lean y lean; y si leen poesía que lo hagan en nuestro idioma porque la poesía traducida pierde el sentido. La poesía es música. Hay una anécdota de Borges que cuenta que Evaristo Carriego, en una sobremesa, se puso a recitar. Borges, que tenía diez años, le dijo que el lenguaje servía para comunicarse pero, en ese momento, se dio cuenta que el lenguaje también podía ser una pasión y una música. Yo creo que la poesía es el lenguaje de los sentimientos. Y hoy se escriben muchos versos inteligentes que no tienen sentimientos y no conmueven. © LA GACETA


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SPINETTA

UN LIBRO para el verano

Palabras hechas canción Adaptar palabras a una melodía no es lo mismo que escribir canciones. Tampoco es que poemas encajen en el compás... Eso fue lo que en los 60 y para siempre Luis Alberto Spinetta le aportó a la música y a la poesía. El que se fue no era uno más. Fue el poeta más rockero... o el rockero más poeta de la Argentina. No fue el único, pero le dio sentido al rock en español, le aportó vuelo y coherencia, profundidad y belleza. Nietzsche, Foucault, Cortázar, Deleuze, Castañeda y Artaud figuraron siempre en su ideario, en su base intelectual y artística, al punto de dedicarle al último de ellos un disco que quedará en los anales de la historia del rock argentino como uno de los mejores de todos los tiempos. “Artaud” fue ungido por su música y su poesía, que pusieron en 1973 sobre relieve la decadencia y la resurrección de acuerdo a los conceptos desarrollados por el poeta francés Antonin Artaud. Su condición de poeta, según sus palabras, lo salvó del salvajismo dictatorial. “Por suerte ellos nunca entendieron de poesía”, sonrió alguna vez, ya en democracia, cuando se le preguntó por su supervivencia a la oscura noche de los 70. Fue un artista. Tocó, cantó, compuso, escribió, dibujó... Publicó un libro de poemas: “Guitarra negra”, en 1978, y dejó decenas de notas, cartas y escritos, como también dibujos y mandalas, su última afición con los lápices. El que se fue no era un hombre común, aunque vivía como tal y se comportaba con si fuese un simple mortal. Era, es, el que le aporta palabras y sonidos a nuestras vidas. FACUNDO PEREYRA ◆

Por Eduardo Paz Leston *

Como aficionado a las memorias francesas de los siglos XVIII y principios del XIX me gustaría compartir la lectura de éstas de Madame de Boigne. A pesar de que se publicaron mucho después de su muerte, irritaron a los descendientes de las personas allí mencionadas. Fingieron subestimarlas. Abarcan desde el final del reinado de Luis XVI hasta la caída de Luis Felipe (1848). La condesa de Boigne (1781-1866) vivió siempre en el centro del poder o no muy lejos cuando frecuentaba a los príncipes franceses exiliados como ella en Inglaterra. Al regresar a París, después de la Revolución, su casa fue un salón político desde el cual observaba y juzgaba las intrigas de la vida pública. Ninguna otra cosa parecía interesarle más. Trataba de ser ecuánime pero a menudo caía en la tentación de ser cruel, lo que no era difícil ya que dominaba las sutilezas del desprecio. Al revés de la nobleza recalcitrante era consciente de que los cambios históricos eran necesarios. No idealizaba a los reyes ni defendía privilegios que consideraba injustos. La primera edición de las memorias data de 1907. Una segunda edición, fidedigna y más completa, fue publicada en 1921-1923. Hubo varias reediciones. La de 1999 (París, Mercure de France) probablemente sea la última. © LA GACETA * Escritor, crítico y traductor.

FICHA Título: Memorias de la condesa de Boigne

Autor: Condesa de Boigne Género: Memorias Editorial: Mercure de France Año de publicación: 1907

Propuesta para un crecimiento sostenido Una crítica al movimiento económico pendular

ECONOMÍA EL MODELO DE DESARROLLO EN ARGENTINA EDUARDO LUIS CURIA (Fondo de Cultura Económica Buenos Aires) En el nuevo libro de Eduardo L. Curia, se presenta la propuesta neodesarrollista para lograr un crecimiento económico sostenido. Se argumenta que ello explicaría la experiencia argentina del período reciente 2002-2007: crecimiento, baja en el desempleo y suba en el salario real. Por otro lado, la falta de calibración de las políticas necesarias para mantener el modelo competitivo productivo (MCP) habría provocado la desaceleración del crecimiento a partir del 2008. A su vez sostiene que es necesaria esa nueva calibración para atenuar el impacto de la actual crisis internacional en nuestro país evitando el movimiento pendular interno. Menciona los nuevos y numerosos trabajos en esta línea publicados en la última década, los cuales se entremezclan en parte con el rebrote keynesiano. El papel que juegan las expectativas en las decisiones de los agentes económicos es también analizado. El libro, si bien su lectura es un poco árida, es provocativo.

Curia impulsa lo que llama modelo competitivo productivo (MCP), que si bien para instrumentarlo requiere la intervención de diversas variables macroeconómicas, básicamente la propuesta puede pensarse como la necesidad de tener un tipo de cambio real “alto” en forma estable y permanente. Ello favorecería el sector de los bienes transables generando efectos favorables para mejorar la productividad y creación de empleo, y a su vez evitando una baja en el salario.

Divergencias Existe un importante desafío para explicar por qué en la Argentina, en el período 1991-1998, hubo crecimiento económico acompañado por mayor desempleo, mientras que en el período 2002-2008 hubo crecimiento con disminución del desempleo. Curia le atribuye al tipo de cambio real alto a lo ocurrido recientemente, y a su vez adhiere a la teoría de que el movimiento pendular (de estatismo a liberalismo, y viceversa) es el que provoca los movimientos cíclicos de la economía argentina. Los estudios empíricos del crecimiento de la economía no encuentran en realidad que el tipo de cambio real “alto” tenga un efecto persistente en el aumento de la productividad. Más bien sus efec-

tos son del tipo distributivo sectorial. En su lugar, las variaciones de los términos del intercambio (precio de exportaciones relativa a precios de importaciones) tienen efectos cíclicos. Los cambios tecnológicos que generan crecimiento sostenido responden más a otras causales, entre las que está la política tarifaria (con efecto negativo). Las reglas para mantener un tipo de cambio real apropiado de acuerdo al MCP que menciona Curia, creo que son complicadas de seguir. En su lugar, el tipo de cambio de paridad (que solo tiene en cuenta la variación de los precios relativos entre la Argentina y Estados Unidos, u otro país), si bien es una aproximación simple, puede servir de guía a la política cambiaria. Curia hace un símil de las reglas para lograr que el MCP esté actualizado, con las reglas que utilizan muchos Bancos Centrales en relación a la tasa de interés para una política de inflación planeada (”targeted inflation”), lo cual a pesar de su popularidad creo que no es mejor que la regla directa sobre la cantidad de dinero (que crezca al mismo ritmo que el PBI).

El presente económico La temática que plantea Curia es muy desafiante para la presente situación económica de nuestro país,

ya que sin dudas se plantearán diversas alternativas a la actual política económica para lograr una menor desaceleración de la actividad económica, una baja en la inflación, evitando que aumente el desempleo y una baja en el salario real. Curia teme que se vuelva a la dinámica pendular y que no se mantenga el crecimiento experimentado recientemente. Creo que más importante que ello es el logro de instituciones sólidas y estables. El tema de la desigualdad se la asocia mucho con el crecimiento económico, lo cual creo que no es muy apropiado. Ello a su vez se lo mezcla con el desempleo. Es mejor ver los determinantes del ingreso de las personas, del cual surge como factor relevante el diferencial del ingreso entre personas con mayor y menor preparación. Este diferencial actúa como incentivo para mejorar la preparación de las personas (educación y entrenamiento), y para bajar los costos de preparación, que en parte se logra con mayor calidad educativa. El libro impulsará la discusión de estos temas, que son muy actuales y desafiantes. © LA GACETA

VÍCTOR J. ELÍAS ◆

FRAGMENTOS Después de hacer una crónica periodística del asesinato de Berry, llega a esta conclusión : « Si hubiese sido educado por personas razonables, si le hubieran enseñado a vencer el ímpetu de sus pasiones, a contar con los demás hombres, a sacrificar sus fantasías al decoro, se habría podido hacer de él un príncipe irreprochable. Tal como era, su muerte no fue una pérdida ni para su hijo, ni para su familia, ni para su país. » De Talleyrand dice entre otras cosas : « El señor de Talleyrand no escribió nada por sí mismo, pero varias personas empleadas a su servicio le entregaban proyectos diversos que él combinaba, tachando y haciendo cambios, hasta que lograba darles un sello personal. Trabajaba asiduamente en armar su mediano discurso, que luego era leído a su círculo íntimo. » Extraigo su opinión sobre el autor de las Memorias de ultratumba: « Chateaubriand no tiene ninguna debilidad por el género humano ; se ha ocupado siempre de sí mismo y se ha dedicado a construir un pedestal desde el cual pudiera dominar su siglo. Era difícil alcanzar esa posición al tener junto a él a Napoleón. Sin embargo, no dejó de esforzarse. » Y este es el retrato de Madame de Staël : « A primera vista, me había parecido fea y ridícula : una cara ancha y colorada, carente de frescura, los cabellos según ella estaban pintorescamente arreglados, es decir mal peinados; no llevaba un chal sobre la túnica de muselina blanca muy escotada, con los brazos y los hombros desnudos; tampoco llevaba bufanda ni velo de ninguna especie. Todo eso contribuía a que resultara singular su entrada en la habitación de una posada a mediodía. Sostenía en sus manos una ramita que hacía girar constantemente entre sus dedos. Estaba destinada, creo, a mostrar una mano muy bella, pero en cambio resaltaba la extravagancia de su vestimenta. »


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LITERARIA DOMINGO 12 DE FEBRERO DE 2012

LA MONA Y LA SEDA

El consagrado violinista norteamericano Joshua Bell tocó durante 45 minutos en una calle de Washington. De las 1.000 personas que pasaron caminado, apenas cuatro o cinco de ellas se detuvieron a escuchar un concierto por el que, esa misma noche, el público iba a pagar localidades que promediaban los 200 dólares ◆

Por Asher Benatar

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES on insoportables, fotos con atardeceres naranjas, las flores siempre chorreando sutilmente esa gota de rocío que se advierte colocada para despertar ternura, frases admonitorias que muestran siempre estar de vuelta merced a una profunda serenidad adquirida en el ejercicio permanente de la bondad, la paciencia y el tino. Sí, adivinó, son las “cadenas” de Internet. Pero de vez en cuando, esas llamadas cadenas reflejan cosas interesantes. Hay que someterla a la lupa y hurgar. Días pasados recibí un mensaje que mostraba al notable violinista norteamericano Joshua Bell tocando un solo del Werther, de Massenet, en plena calle, muy cerca de la boca de un subterráneo de Washington. Algunos cables de agencias noticiosas no niegan que la obra interpretada fuera la del Werther (Ah! Non mi ridestar), pero es como si lo hicieran, porque ni siquiera la mencionan y señalan que eran composiciones de Bach. Peor. Durante los 45 minutos que el consagrado y joven concertista tocó (según se adivina, incursionó en otras partituras), pasaron, se calcula, unas 1.000 personas por el lugar. Apenas cuatro o cinco de ellas se detuvieron a escuchar un concierto por el que, esa misma noche, el público iba a pagar localidades que promediaban los 200 dólares. En esos tres cuartos de hora, varios de lo que por allí pasaban dejaron su óbolo contribución. Todos ellos, sumados, alcanzaban la suma de 32 dólares, cifra que mereció un comentario benévolamente irónico del brillante concertista. No tengo demasiado en mérito la cultura de masas de los norteamericanos, pero en este caso, en un primer momento

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LA BELLEZA DESOÍDA. El violinista Joshua Bell no dudó ni un instante en quitarse el aura de virtuoso intocable para actuar en la calle. me sentí asombrado. ¿Nadie advirtió que el solista no era un aficionado necesitado de dinero y que por ello se veía obligado a tocar “a la gorra”? ¿Nadie se dio cuenta de la pureza de los agudos, de la oscura melancolía de los graves en esa trascripción a las cuerdas de una de las más bellas áreas de ópera que se han compuesto? ¿Es posible que, después de esta prueba, auspiciada con fines de estudio sociológico por uno de los más influyentes diarios de los Estados Unidos, haya que dudar de los bravos, de los gritos casi histéricos, de las ovaciones que duran hasta 30 minutos premiando a los instrumentistas o a los cantantes? ¿Será

cierto o una simple leyenda urbana que en el “gallinero”, casi colgados de la araña, pagando entradas de un precio muy modesto, se agrupan los verdaderos entendidos, ésos que fabrican y demuelen famas a través de aplausos o abucheos? Tengo mi opinión formada, que no es precisamente tranquilizadora. Se me ocurre que el público se deja llevar por la escenografía del arte, por los telones de kilométrica pana, por el respeto casi religioso con que la gente mantiene silencio durante la ejecución. Se deja llevar por los rojos y los dorados, por los smokings y por las ropas de fiesta de las mujeres –cuanto más brillo, tanto mejor-, por el

clima que todo ello conforma y que lleva al ditirambo que en algunos casos sospecho simulado. Desaparecido esto, suplantado el ámbito del gran teatro por el de una simple calle donde la gente circula vestida con vaqueros y remera, el virtuoso se confunde con el amateur, nada sorprende y, lo que es peor, nada provoca que la gente dedique unos minutos a gozar del gran arte porque no se han dado cuenta de que en esta sencilla anécdota de una calle de Washington, para ellos, el arte se agazapó, levantó las solapas de su abrigo, estuvo de incógnito. Lo que llamó mi atención, aunque en los tiempos que corren no debería haber-

lo hecho, es que la “cadena” de Internet insistía en que ese concierto callejero había tenido lugar utilizando un Stradivarius valuado en tres millones de euros. La misma estructura monetaria encontré hurgando en el buscador de Internet. Una y otra vez se señalaba esa cotización en euros, propia de revistas de actualidad de baja ralea intelectual, sin darse cuenta de que las notas musicales sorprendentes se habrían obtenido con cualquier instrumento, aunque lo afinara mi tío Jacinto, que no tiene la menor idea de lo que es una corchea. Y me parece que ahí llegamos al meollo del asunto: el aspecto material, el dinero, el poder de persuasión que éste otorga. ¿Cuántos de los que pasaron con indiferencia al lado de Joshua Bell no se habrían detenido si hubieran sabido que el instrumento tenía una valuación millonaria? Disculpen si soy escéptico, pero creo que, en ese caso, cientos y cientos de personas habrían formado un círculo fervoroso y que los aplausos habrían llegado hasta el Capitolio. Y disculpen que siga siendo escéptico, pero creo que todas estas lucubraciones se adaptan a Londres, París, Buenos Aires, Milán o New York. El snobismo (y su impresentable compañera: la tilinguería), la simulación, el vestirse con falsos ropajes de sensibilidad no es patrimonio de un país o de una ciudad. © LA GACETA

Asher Benatar – Fotógrafo, dramaturgo y novelista.

Releyendo a Paul Groussac LA GACETA / ARCHIVO

(viene de pág. 1)... se nos rompió la contramesana”.

pués, exigen un esfuerzo intelectual (un buen libro de historia no se lee recostado en la cama) y no hay muchos con ánimo para realizar tal esfuerzo, en estos tiempos de la wikipedia, del facebook y del twitter, donde se exige que todo autor sea rápido y sobre todo “divertido”. Y para colmo de males sucede que quienes se disponen a hacer el esfuerzo, suelen encontrar, con demasiada frecuencia, que estos historiadores serenos y estudiosos no pueden zafar de la jerga académica. Y esa jerga paraliza al lector como la niebla nocturna en una ruta: el uso y abuso de términos “sólo para iniciados” lo alejan rápidamente de esos libros.

Dibujo y colorido Había rastrillado tanto los documentos como la bibliografía europea y americana. Sabía qué vida útil podía tener una carabela y qué causas podían hacerla zozobrar. Sabía cómo se distribuían, en su apretado interior, los oficiales, los soldados y la marinería. Sabía la extensión de cada guardia, que se medía por ampolletas. Sabía qué alimentos se consumían a bordo y qué sueldo se pagaba a la tripulación. Sabía cuáles eran las maniobras en caso de tempestad, para dar sólo algunos ejemplos. No imaginaba nada. Todo era fruto de un trabajo minucioso en las fuentes. Es decir, tenía todos los elementos para el dibujo. Con ellos, el historiador armaba su marco con la exactitud provista por la laboriosa investigación previa. Después de eso, venía la labor de artista, el colorido. Si el dibujo no podía permitirse licencia alguna, en el color jugaba el don expresivo: el arte, en fin, de historiar. Hablaba del peligro que acechaba a los navegantes desde los rincones más variados. Hablaba de la sacrificada vida de la gente de cabo y maestranza, que era “de las más penosas e inexorablemente duras” que pudieran conocerse. Se imaginaba de qué conversarían en los ratos de descanso o a la hora de comer, sobre la cubierta; hasta que, “cerrada la noche y encendidos los faroles de popa y de bitácora”, aquellas almas sencillas y valientes repetían en sordo murmullo las oraciones que recitaba el paje.

La vida en la carabela En esos párrafos es donde refulge la maestría del historiador Paul Groussac. Reconstruía la rueda donde se desembuchaban las chuscadas andaluzas, los refranes sicilianos o genoveses, las consejas gallegas o vizcaínas. O los indicios meteorológicos en los que cada uno aseguraba haber advertido con anticipación la pasada tormenta: la luna estaba con cerco; o la niebla subía del lado de la tierra; o el sol había salido rojizo ese día, y era sabido, para el napolitano, que alba roggia, o vento, o pioggia. Además, la charla de los navegantes giraba pronto al campo siempre predilecto de las supersticiones: alguien había avistado a la mismísima Hada Morgana entre la tormenta; o se habían diseñado, ante sus ojos despavoridos, los cuernos del aterrador monstruo Kraken. Otras veces, en la rueda de los marinos se enumeraban recetas contra los riesgos del mar en furia: clavar una herradura vieja en un palo del buque (el mayor, decía alguno; el mesana, afirmaba otro) preservaba del rayo. Para dominar la borrasca que tomaba a la carabela de través, era infalible persignarse cuando llegaba la séptima ola, “que es la tremenda”. Aseguraban otros que, para aplacar el mar, era santo remedio lanzar desde la playa un objeto bendito sobre el agua. Y entonces, en un súbito silencio, muchos de los oyentes “creían ver a las madres y mujeres arrojar desde la marina rosarios y medallas a las olas airadas, llamando a los ausentes”.

EN LA BIBLIOTECA NACIONAL. Escritorio circular y máquina de escribir del erudito maestro franco argentino. LA CARABELA DESCUBRIDORA. Un tema que estudió a fondo y que narró como historiador y como artista.

Fuerza evocativa Y después, las infinitas y mil veces escuchadas consejas seculares: el marino que mató al alcatraz del viento; o el pescador que hirió a la sirena que saltaba como un delfín; o el buzo que, gracias al diablo, pudo conocer la isla sumergida de los Siete Obispos, donde sonaban campanas entre árboles con follaje de conchas marinas, y que sobrevivió a la atroz aventura gracias a que hizo, en un momento dado, la señal de la cruz. Todo esto ocurría en la embarcación que marchaba hacia lo desconocido, y que Groussac describía con fuerza evocativa inimitable. “Con su ancha borda lanzada fuera del agua, sus alterosos castillos de popa y proa dominando la cubierta corrida, sus tres palos sin cofas, la vela mayor envergada en cruz y las latinas en largas antenas; con su botalón de bauprés afilado hacia el mar como colmillo de narval; bien sentada en la ola, corrigiendo con el mucho pantoque la quilla escasa; muy manejable el sencillo aparejo, ligero al par que sólido, que permitía virar de bordo con sorprendente soltura ¡allá iba la carabela descubridora, rasgando la onda azul en su curva flexible de golondrina, suelta y alegre como su nombre cantante, abultada y robusta como la imagen de arte infantil tallada en su tajamar macizo!”.

No es para todos En el Archivo General de la Nación, revisando los legajos del archivo Paul Groussac, tuve ante los ojos, hace unos años, la prueba de galera de un texto del maestro, perteneciente a El viaje intelectual. La amarillenta hoja estaba cruzada y entrecruzada por tan infinito tejido de correcciones y addendas a pluma, que casi no se distinguía la pulcra tipografía de Coni. Era el testimonio más completo de que estas páginas magistrales no salían del correr de la lapicera. El autor las hacía y las rehacía con un esfuerzo benedictino, hasta que quedaban impresas para que las admiremos hoy. Y bien, cabe preguntarse si este modo de escribir historia, donde el erudito traza el dibujo y el artista que hay en él aporta el colorido, resulta hoy legible para todos.

Un cuerpo extraño

Arrimo una anécdota. Hace un par de años un buen amigo –abogado, con un standard apreciable de cultura- me dijo que quería leer a Groussac, ya que no lo había leído nunca. Me apresuré a facilitarle Los que pasaban. Al mes, me lo devolvió con un comentario que no he olvidado. “Me gustó –dijopero a veces no lo entiendo: qué raro escribe, ¿no?”. En boca de alguien a quien no es extraña la lectura, estas palabras son bastante reveladoras. Indican, me parece, que leer a Groussac exige un cierto entrenamiento. Demanda, de modo simultáneo, el gusto por la historia y el gusto por la buena literatura, no sólo la de hoy, sino la de antes y la de siempre. Nadie escribe ahora –y es lógico- como Groussac escribía historia. Muchos años han pasado, con sus infinitos cambios, desde que apareció Mendoza y Garay, unión de las monografías publicadas respectivamente en 1912 y 1915 en Anales de la Biblioteca. Es decir que leer a Paul Groussac no es para todos. Como no es para todos leer a Borges, aunque resulte de buen tono tener en un anaquel –para no abrirlas nunca- sus obras completas.

Libros de historia No es raro que así ocurra. Tengo para mí que la historia que hoy consume el público puede dividirse en tres grandes parcelas. A la mayor extensión la ocupa la novela, entendiendo con el término tanto las que se declaran realmente tales, como las que se lanzan al mercado enmascaradas por el rótulo de “historia”. Viene luego la amplia franja –que edita casi un título por día- donde la ideología política y la furia por justificar una posición o demoler algún prócer, llevan al supuesto historiador al uso absolutamente parcial y malicioso de las fuentes; cuando no a “descubrir” lo que ya se publicó hace décadas. En último lugar, está la historia escrita por historiadores serenos y estudiosos, que buscan la verdad sin anteojeras. La gente los lee poco. Sus libros –cuando consiguen editor- no tienen distribución comercial, lo que significa una enorme desventaja desde el vamos: además, los ignoran puntualmente las revistas que comentan títulos recientes. Des-

En todo esto, el autor de Mendoza y Garay tiene condición de cuerpo extraño (insisto en que expongo mi opinión personal). Creo que no puede haber mucha gente que hoy pesque los guiños de Groussac. O que entienda, por ejemplo, que sus descripciones no son invento de literato, pues están armadas tras la más escrupulosa investigación de historiador. O que sea capaz de sonreír ante la destreza con que asesta un varillazo a la ligereza o a la inexactitud. Se requiere un lector que sacuda su costumbre de frecuentar literatura histórica escrita de cualquier modo, para dejarse llevar por la magia de esa prosa ondulante y cantarina, rasgada de pronto por la ternura o por la digresión siempre pertinente. Advertirá entonces que Groussac fue un historiador enormemente honesto; que no ahorró esfuerzos para comprender el pasado de su tierra de adopción, y que –más allá del tono erudito y doctoral- trató a su lector con inmenso respeto: nunca le ofreció inexactitudes o interpretaciones lamidas y complacientes. Y si perteneció a la época en que había una poderosa “historia oficial”, jamás se alineó en ella y se ufanó siempre de sostener únicamente lo que le dictaban su comprobación personal y su recto criterio. No, Groussac era para pocos lectores en su tiempo y, a más de ocho décadas de su muerte, creo que lo es para muchos menos. Los groussaquianos, a pesar de todo, seguiremos constituyendo una cofradía, de escasos pero fieles miembros. Estamos en buena compañía. En 1971, Jorge Luis Borges, en uno de sus diálogos con María Esther Vázquez, subrayaba su invariable devoción por Groussac: “Y ahora que lo pienso, creo que he pasado parte de mi vida leyendo El viaje intelectual, Crítica literaria, Del Plata al Niágara. Y cuando un libro llega a ser hábito en el lector, es porque tiene encanto. Stevenson decía que había muchas condiciones literarias, pero que sin encanto todas las demás son inútiles”. © LA GACETA Carlos Páez de la Torre (h) - Abogado, periodista, historiador, miembro de número y vicepresidente de la Academia Nacional de la Historia. Su último libro es El Argentino de Oro. Una vida de Gabriel Iturri.


12-02-2012 LITERARIA LA GACETA  

Domingo 12 de febrero de 2012 Literaria LA GACETA

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