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Eテアe Revista para leer Invierno 2009-2010

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Todos elegimos nuestra fuente de energía Desde el 1 de julio, el mercado energético se liberaliza y elegir lberdrola está al alcance de todos. Con la tranquilidad y las ventajas de estar en una de las 5 compañías eléctricas más grandes del mundo. lberdrola. Ahora más que nunca, queremos ser tu energía.

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Sumario Eñe. Invierno 2009-2010

12 Diario de Manuel Rodríguez Rivero 25 Editorial 28 Autores Cosecha Eñe 2009 36 44 49 55 64 76 81 90 97 103

Andrés Barba Selva Almada Trifón Abad López Rubén Ballestar Urbán Alejandra Costamagna Sergio Galarza Agustín Fernández Mallo Juan Carlos Fernández León Paula Lapido Patricia Suárez

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p á g i nas g r i ses Jóvenes talentos del relato corto Juan Bonilla. Biblioteca Particular Ruth Rendell. Preestreno Agenda Ilustraciones de Carlos García-Alix

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Diario de Eñe Manuel Rodríguez Rivero Notas sedentarias del viajero superfluo Del 29 de julio al 15 de octubre de 2009

29 de julio (1ª parte. Madrid): Como debo de tener fama de puñetero, ayer recibí un correo-e de Toño Angulo en el que se curaba en salud dejándome claros los términos del encargo: mi diario irá del 1 de agosto al 4 de noviembre, su extensión será de 3800 a 4000 palabras, me pagarán lo estipulado (poco: la cantidad exacta es la primera autocensura a la que me someto), deberé entregar el texto puntualmente y enviar factura, abrazote. (2ª parte. Newark): Ahora son las 22:20 hora local (las 04:20 del día de mañana «para mi cuerpo», que es como designa Teresa Bordón al trastorno que produce la brecha horaria del jetlag). Estoy aquí ahora, seis horas más joven (pero más cansado) de la edad que tendría en Madrid. Una sensación que por algún motivo me recuerda lo que sucede cuando envías al periódico tu opinión de hoy y la ves publicada mañana, en otro hoy en el que ya no eres el mismo de ayer y quizás ni siquiera pienses igual, y lo que algunos leen como tuyo (suponiendo que haya alguien al otro lado, siempre un enigma) sea ya sólo impostura o antigüedad prehistórica y no te atreverías a firmarlo. No sigamos por aquí: apesta. Por lo demás: de nuevo estoy varado en medio de ninguna parte. En los doce o trece años que hace que vengo viajando en verano a Middlebury College (Vermont), habré dormido cuatro o cinco veces en alguno de los sórdidos moteles cercanos al aeropuerto de Newark, rebautizado pomposamente, tras el 11-S, Newark Liberty International Airport, tal vez para hacer

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MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

olvidar el hecho de que de sus pistas despegó el vuelo 93 de la United que iba a ser secuestrado por cuatro terroristas en nombre de un dios clemente y misericordioso (como todos), y que acabó estrellado en un campo de Pennsylvania, antes de que pudiera hacerlo en la Casa Blanca o en el Capitolio. Continental, que es la compañía con la que suelo viajar (quizás esta vez escarmiente, quizás ya nunca vuelva a hacerlo), subcontrata la parte doméstica del trayecto (desde Newark hasta Burlington, Vermont) a otra local cuyos vuelos son sistemáticamente cancelados cuando los meteoros son adversos. En esta época del año suelen serlo. Y a los fatigados viajeros se les escamotea un vuelo tras otro hasta que ya no quedan más. Entonces los empleados de la compañía se los quitan de encima enviándolos a dormir hasta mañana a un Holyday Inn o a un Sheraton o a un Days Inn o a un Best Western o a un Marriott. Normalmente la aerolínea se hace cargo de la estancia y alguien le entrega al damnificado un vale para que se tome un tentempié (suelo inclinarme por una hamburguesa). Pero, «debido a la crisis», este año el viajero debe elegir entre dormir en una butaca del aeropuerto o pagarse el alojamiento de su bolsillo. Desde la ventana de la habitación del motel en el que me hallo se obtienen amplias vistas de una docena de enormes tanques de queroseno y del yermo estéril y miserable que los rodea. Bartleby, frente a cuya ventana sólo había una pared de ladrillos, no me envidiaría. Mientras escribo esto escucho en la tele de mil canales la voz nasal y desopilante de Lucille Ball en una vieja película de la serie Te quiero, Lucy. Rejuvenezco, supongo. 30 de julio Más que del color de una pantalla de televisión sintonizada en un canal muerto, el día amaneció con el disuasorio aspecto de una sentina atascada (como estaba al otro lado del cristal, parecía inodora), de manera que me temí nuevas cancelaciones y retrasos. Pero hubo suerte: me trasladé en microbús al aeropuerto y, tras algunas horas de espera en el no-lugar leyendo el New Yorker, el prehistórico bimotor consiguió despegar y, hora y media después, aterrizar en Burlington. Hermoso Vermont. Desde el aire y bordeando el lago Champlain,

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EÑE. COSECHA 2009

a mano y de una sola sentada. Las únicas condiciones que me había impuesto eran no parar, no corregir, permanecer escribiendo durante media hora seguida tanto si tenía algo concreto que decir como si no. Lo hacía así para que fluyera lo más libremente posible todo lo que almacenara mi inconsciente en aquel estado de relativa vigilia. Lo hice con puntualidad diaria durante cinco o seis meses, con el propósito de revisar más adelante lo escrito para ver si había algo aprovechable: una idea, una semilla. Nunca lo hice. Y ahora me lleno de horror pensando que ahí están esos papeles, guardados en varios archivadores junto con el resto de diarios. No quiero leerlos. No deseo que me sobrevivan: qué vergüenza. El fuego. 13 de octubre Termino. No he cumplido ni la fecha de entrega (me han pedido que terminara antes) ni la extensión pactada. Toño (abrazote) ya no se ocupa de esto. El título es un homenaje oblicuo a Turguéniev: se me ha ocurrido hace un rato.

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Editorial

El escritor cubano Ronaldo Menéndez, uno de los miembros del jurado de esta Cosecha Eñe, llegó emocionado a la deliberación final. De los relatos finalistas que había recibido, dijo, «había muchos muy buenos y no pocos, excelentes». Elvira Lindo y Juan Bonilla, los otros miembros del jurado ajenos a la revista, estaban de acuerdo con él; todo parecía indicar que el debate iba a ser prolongado y difícil. Pero no fue así. Al cabo de una hora y media de discusión, ya había un ganador elegido por unanimidad y nueve finalistas que bien podían ocupar su lugar. Llegó el momento, entonces, de abrir las plicas que guardaban secretamente la identidad de los autores. Y fue una sorpresa a medias. Fue sorpresa, sí, porque por primera vez en las cuatro ediciones que lleva la Cosecha había varios autores consagrados entre los finalistas: Andrés Barba, Agustín Fernández Mallo, la argentina Patricia Suárez, el peruano Sergio Galarza, la chilena Alejandra Costamagna. Pero no lo fue tanto debido a que el premio que Eñe organiza cada año ya se ha convertido en una cita marcada en la agenda de los escritores de habla castellana que viven en distintas partes del mundo. Eso no sólo nos enorgullece; también nos llena de alegría. Desde su nacimiento, Eñe se ha propuesto ser un referente literario de toda Hispanoamérica y promover sobre todo la escritura de buenos relatos de ficción. Recibimos en total más de 2.000 relatos procedentes de treinta países, un tercio más que el año pasado. Leerlos todos fue una tarea descomunal que no hubiese sido posible sin la ayuda generosa de los alumnos del Máster de Edición de la Universidad de Salamanca / Grupo Santillana y del Máster de Edición de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, así como de los escritores Jorge Eduardo Benavides, Doménico Chiappe, Félix Romeo y Ramón González Férriz. A todos ellos, muchas gracias.

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Comité de selección del Premio Cosecha Eñe 2009 Eñe. Revista para leer quiere agradecer a los organizadores y estudiantes del Máster de Edición de la Universidad de Salamanca / Grupo Santillana, así como a los organizadores y estudiantes del Máster en Edición del idecUniversidad Pompeu Fabra de Barcelona, por haber colaborado en la lectura de los originales del Premio Cosecha Eñe 2009. En ambos casos, se trató de la primera criba del certamen, en la que los alumnos leyeron todos los relatos recibidos y los valoraron de acuerdo con una puntuación estándar. Los alumnos del Máster de Edición de la Universidad de Salamanca / Grupo Santillana que participaron en esa selección fueron, en orden alfabético: Ángela María Arias, Tamara Armero, María Bautista, Almudena Canseco, Sara Cordón, Pablo Delgado, Almudena Fernández, Amelia Fernández, Israel Fernández, Patricia Gonzalo, Pablo Infante, Celia Jerez, Carolina Lieber, María Martín, Alfonso Martínez, Clara Martínez, Concepción Mora, María del Carmen Morales, Paula Pintos, Gaspar de Ponte, Miriam Rincón, Pilar Sánchez, Óscar Varela, Marta Venegas y Clara Villar. Y los alumnos del Máster en Edición del idec-Universidad Pompeu Fabra de Barcelona fueron: Diana Acero, Paola Alem, Juana María Alzate, Mª Carmen Berasategui, Nadia Bettini, Maria Cardona, Lucía Casado, Mª Carmen Gómez, Eider Juni, Sigrid Kjerulf, Francesca Manca, Bibiana Mas, Álvaro Ojeda, Livia Oropeza, Cristina Pérez, Rosita Polisano, Carla Pugliese, Cristina Rodríguez, Esther Ros y Carmen Villa. Los relatos que obtuvieron las mejores puntuaciones pasaron después a una segunda criba en la que participaron los escritores Jorge Eduardo Benavides, Doménico Chiappe, Ramón González Ferriz y Félix Romeo. Finalmente, el jurado de esta Cosecha estuvo formado por los escritores Juan Bonilla, Elvira Lindo y Ronaldo Menéndez, y Camino Brasa y Toño Angulo Daneri en representación de Eñe. A todos ellos, nuevamente, muchas gracias.

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EDICIONES DEL CÍRCULO DE BELLAS ARTES FREDRIC JAMESON El realismo y la novela providencial JEAN BAUDRILLARD La agonía del poder PETER GOWAN et al. Buscando imágenes para Europa DONALD KUSPIT (ed.) Arte digital y videoarte FÉLIX DUQUE ¿Hacia la paz perpetua o hacia el terrorismo perpetuo?

VINCENZO VITIELLO Borges. Memoria y lenguaje VV. AA. La fragilización de las relaciones sociales

MIGUEL CASADO (ed.) Mecánica del vuelo. En torno a Aníbal Núñez

LAS NOCHES BÁRBARAS III Tercera fiesta de músicos de la calle

JOSÉ ÁNGEL VALENTE Palabra y materia

SANTIAGO ÁLVAREZ CANTALAPIEDRA Y ÓSCAR CARPINTERO (eds.) Economía ecológica: reflexiones y perspectivas

JULIÁN JIMÉNEZ HEFFERNAN (ed.) Tentativas sobre Beckett

PHILIPPE JACCOTTET Cantos de abajo

SERGE FAUCHEREAU (ed.) En torno al Art Brut

HENRI MICHAUX Ideogramas en China / Captar / Mediante trazos

RÜDIGER SAFRANSKI Heidegger y el comenzar

VV. AA. Arquitectura y ciudad. La tradición moderna entre la continuidad y la ruptura

MARIANO MARESCA (ed.) Visiones de Pasolini

JORDI DOCE (ed.) Poesía en traducción

VV. AA. El yo fracturado. Don Quijote y las figuras del Barroco

PIERRE KLOSSOWSKI Cartas a Betty / Lettres à Betty

JOSÉ MANUEL CUESTA ABAD )clausuras( de Pierre Klossowski ANDRÉS SÁNCHEZ ROBAYNA Una lectura ANTONIO GAMONEDA La campana de la nieve / Escritura y alquimia

FÉLIX DUQUE (ed.) Heidegger. Sendas que vienen

PATXI LANCEROS Y FCO. DÍEZ DE VELASCO (eds.) Religión y violencia

ROGER CHARTIER (ed.) ¿Qué es un texto?

SLAVOJ ZIZEK et al. Arte, ideología y capitalismo

ALLEN GINSBERG Madrid 1993

JORGE ALEMÁN (ed.) Lo Real de Freud

VV. AA. Imagen y palabra

LUIS DE PABLO A contratiempo

ROBERT CASTEL et al. Pensar y resistir

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IGOR SÁDABA (ed.) Dominio abierto. Conocimiento libre y cooperación VV. AA. Los otros entre nosotros. Alteridad e inmigración FÉLIX DUQUE [ed.] Poe. La mala conciencia de la modernidad JUAN BARJA Y JORGE PÉREZ DE TUDELA (eds.) Dante. La obra total JUAN CALATRAVA (ed.) Doblando el Ángulo Recto. 7 ensayos en torno a Le Corbusier

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Autores

Trifón Abad López (Murcia, 1979) es licenciado en Periodismo y en Teoría de la Literatura, coordinador de dos revistas, crítico, corrector y blogger. Ha publicado relatos en las revistas Gotas de Tinta y El Invisible Anillo, y uno de los ensayos del volumen La aventura de viajar y sus escrituras. Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) ha publicado el poemario Mal de muñecas, la novela Niños y el libro de relatos Una chica de provincia. Dirigió la revista Caelum Blue, dicta talleres de narrativa y coordina el ciclo de lecturas «Carne Argentina» en Buenos Aires, donde vive. Andrés Barba (Madrid, 1975) ha publicado las novelas El hueso que más duele, La hermana de Katia (finalista del Premio Herralde), Versiones de Teresa (Premio Torrente Ballester) y Las manos pequeñas, el ensayo La ceremonia del porno (coescrito con Javier Montes, Premio Anagrama de Ensayo 2007) y el libro de relatos La recta intención, entre otros. Rubén Ballestar Urbán (Castellón, 1981) es dramaturgo y director de teatro, además de investigador en el área de ecología. Escribe el blog Los palacios de papel y ha obtenido premios en narrativa y poesía. Juan Bonilla (Xerez, 1966) ha escrito, según él, un solo libro de poemas repartido en tres volúmenes; uno de ensayos, en cuatro, y uno de relatos, en cinco, de los cuales el último publicado es Tanta gente sola (Seix Barral, 2009). Es también autor de las novelas Yo soy, yo eres, yo es, Nadie conoce a nadie (llevada al cine por Mateo Gil) y Los príncipes nubios (Premio Biblioteca Breve 2003), y coordinador editorial de la revista Zut.

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AUTORES

Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970) es escritora y periodista. Ha publicado las novelas En voz baja, Ciudadano en retiro, Cansado ya del sol y Dile que no estoy (finalista del Premio Planeta-Casa de América 2007), y los libros de cuentos Malas noches y Últimos fuegos. En 2003 obtuvo la beca del International Writing Program de la Universidad de Iowa y, en Alemania, el Premio Anna Seghers 2008 al mejor autor latinoamericano del año. Juan Carlos Fernández León (Madrid) es profesor de Lengua y Literatura. Entre 2007 y 2008 obtuvo el Premio de Cuentos Miguel de Unamuno, el Nacional de Periodistas de Ávila y el Villa de Mazarrón-Antonio Segado. Ha escrito los libros de relatos Tiempos de oferta y Goteras, el poemario Galería de islas, y las novelas Los billares Arranz y El mal de las cometas. Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) es físico, pero públicamente renombrado como escritor. Conocido primero como poeta (Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus), su primera novela, Nocilla Dream, fue el germen de la llamada «Generación Nocilla» y acaba de publicar la última entrega de la trilogía, Nocilla Lab. Su Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2009. Sergio Galarza (Lima, 1976) es escritor. Ha publicado los libros de cuentos Matacabros, El infierno es un buen lugar, Todas las mujeres son galgos y La soledad de los aviones, el rocambolesco reportaje Los Rolling Stones en el Perú (Periférica, 2007) y la novela Paseador de perros (AlfaguaraPerú, 2008), que la editorial Candaya reeditará en España en 2010. Vive en Madrid, frente a una papelería que sólo vende artículos para zurdos. Carlos García-Alix (León, 1957) se define como «alguien a quien le gusta vagabundear por diversas artes». Producto de ello es su primera incursión en el cine con El honor de las injurias (2008), un documental sobre el dirigente anarquista Felipe Sandoval. Como pintor, ha expuesto en las galerías Zen de Madrid, Alejandro Sales de Barcelona y My Name's Lolita Art de Valencia, entre otras. Y como escritor, ha firmado los libros MadridMoscú (2003, Segundo Premio al Libro de Arte Mejor Editado) y El honor de las injurias. Busca y captura de Felipe Sandoval (T Ediciones, 2008).

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Paula Lapido (Madrid, 1975) es licenciada en Ciencias Físicas y trabaja como arquitecta de software, sin descuidar su pasión por la música clásica, pues toca varios instrumentos y canta habitualmente en coros de cámara. Sus relatos han aparecido en diversas revistas del género, y se publicarán reunidos en Teoría de todo, título que anuncia para 2010, mientras escribe su primera novela. Ruth Rendell (Londres, 1930) es una prolífica escritora de literatura policial y de misterio. Varios de sus libros han sido llevados al cine, como Carne trémula por Pedro Almodóvar, y otros han merecido premios como la Daga de Oro de la Crime Writers Association en cuatro ocasiones, la Daga de Plata, el National Book Award y tres premios Edgar Allan Poe. Además, ella misma ha sido reconocida con la Daga de Diamantes por sus aportaciones al género. La mala noticia es que sólo una parte de su obra ha sido traducida al castellano; la buena, que Ediciones Urano se ha propuesto cubrir ese vacío a través de su sello Plata. Manuel Rodríguez Rivero (Barcelona) es escritor, editor, crítico y ensayista. Ha trabajado, entre otras, en las editoriales Alfaguara, Espasa Calpe y Punto de Lectura, y como columnista ha colaborado en más de treinta publicaciones. En la actualidad publica dos columnas semanales en el diario El País, «Ídolos de la Cueva» y «Sillón de orejas» (en el suplemento literario Babelia). Ha recibido el Premio del Gremio de Editores de Madrid y el Atlàntida del Gremi d´Editors de Catalunya. También es director literario de la editorial Viamonte. Patricia Suárez (Rosario, Argentina, 1969) ha publicado las novelas Causa y efecto, Álbum de polaroids, Perdida en el momento, Un fragmento de la vida de Irene S. y Verde sobre morado, y los libros de cuentos Rata paseandera y Ésta no es mi noche. Desde el barrio de Montserrat, en Buenos Aires, escribe el blog Discreto encanto. Breves impresiones personales, pequeñas luces del mundo, y compra y lee libros compulsivamente.

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Eñe Cosecha Eñe 2009

36 Andrés Barba Aparición de Teresa 44 Selva Almada Apuntes sobre nactrufas 49 Trifón Abad López Silenter 55 Rubén Ballestar Urbán La orilla 64 Alejandra Costamagna Los japoneses, los japoneses 76 Sergio Galarza Sad Songs from Idaho 81 Agustín Fernández Mallo La noche de Sarah Palin 90 Juan Carlos Fernández León Eso, simultaneidades 97 Paula Lapido Yakamoz 103 Patricia Suárez La reencarnada Ilustraciones de Carlos García-Alix


RELATO GANADOR COSECHA EÑE 2009


Andrés Barba Aparición de Teresa

Primero por el pasillo, a gatas. Luego Teresa haciendo la trompeta, el calor del suelo en las manos, los leotardos arrugados en los tobillos, el nerviosismo. Se los sentía ya a todos en el comedor desde la puerta; las tías, los primos que se reirían para humillar, igual que se sentía la mancha en el vestido de la cena de Nochevieja, se los sentía una semana antes de que llegaran en el nerviosismo, porque el nerviosismo era el sentimiento elástico que ocupaba todas las fiestas de Navidad. Nerviosismo de los regalos aterradoramente concretos bajo los papeles, de las llamadas telefónicas, del tedio de las películas de después de comer, los cuatro sentados. La casa misma se hacía espaciosa en la anticipación, como un envoltorio, la casa misma era regalo. La calle, sin embargo, vista desde el cristal, poseía una lentitud insospechada. Lentitud de Navidad que Teresa observaba desde la ventana de su habitación haciendo vaho en el cristal y escribiendo su nombre teresa y una nube encima, o un sol, o una flor; Teresa siempre dibujaba una flor, y siempre la dibujaba igual: una margarita con una hoja en tallo («las hojas es lo que hago bien») y firmaba teresa con letras empecinadamente redondas en las que la última «a» se alargaba en un trazo que subrayaba el nombre completo y tras el cual dibujaba un lápiz («los lápices también los pinto bien») que luego enseñaba orgullosa. Siempre era igual la Nochevieja. Nochevieja de los otros, siempre Nochevieja de los otros. Nochevieja en las manos de Teresa preparando la actuación. «¿Por qué tenemos que hacer siempre nosotras la actuación?» Y tú: «Porque sí, porque es nuestra casa, porque son ellos los que vienen a nuestra casa.»

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selecci贸n 2009


Selva Almada Apuntes sobre nactrufas

Nactrufa. Aunque no haya indicios acerca de su género, siempre nos referimos a ellas como si fuesen hembras. Quizá porque hay algo de femenino en la languidez con que se tienden al sol a la hora de la siesta y en el modo en que se lamen unas a otras los cuerpos. Modo de reproducción. Nunca las vimos aparearse ni sabemos de ninguna que haya presentado nunca síntomas de preñez. Sin embargo, el número de nactrufas aumenta a diario y la cosa ha seguido así aun después de que apartáramos a dos de los peones de quienes desconfiábamos. Me temo que haberlos confinado al aislamiento en las jaulas del jardín de invierno fue una injusticia, pero es demasiado tarde para repararla: dado el estado de enajenación en el que se encuentran, si los soltamos y los echamos al campo, estarían merodeando las granjas vecinas comportando un grave peligro no sólo para las reses y los demás peones, sino también para las personas que viven en ellas. A la hora de rendir cuentas, creo que Dios y los hombres sabrán comprender nuestras razones. Hábitos. Excepto el de tomar larguísimos baños de sol, no hemos registrado otros hábitos en las nactrufas, cuyo ciclo vital parece sumirse en una completa anarquía. A veces, pasan días enteros sin probar bocado, o escondiéndose en las ramas más altas de los árboles, o cavando cuevas como si fuesen conejos. Todos los días salen con algo nuevo. Son, desde todo punto de vista, impredecibles y sus caprichos nos exasperan. (Nota. Rogelio está cada día más enfermo. Cuando las nactrufas deciden chocar antenas, saturando el aire con sus bisbiseos infernales, Rogelio embiste las paredes con el cuerpo. De seguir así nos veremos obligados

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EÑE. INVIERNO 2009 COSECHA EÑE 2009. CARLOS GARCÍA-ALIX

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Trifón Abad López Silenter

Un martes de agosto de 1975, todas las ciudades del país amanecieron con cadáveres de ave en sus parques, tejados y avenidas. No podía verse un solo pájaro en el cielo. El año anterior por esas mismas fechas, las ventas del Silenter se disparaban. Por entonces mi esposa, Jane, estaba a un par de meses de dar a luz y yo trabajaba doce horas diarias en el taller de casa, donde había montado mi propio aserradero. Estaba hasta arriba de pedidos porque muchos vecinos se preparaban para construir sus graneros. Jane y yo hablábamos de que mis máquinas harían demasiado ruido para el bebé. A pesar del esfuerzo económico que me supuso equipar el taller y del elevado precio del Silenter, el rumor de la efectividad del electrodoméstico me animó a adquirirlo poco después del feliz nacimiento de Edgar. Aún hoy vivimos en las afueras de Muteslope, un pequeño pueblo de Nevada que no aparece en ningún mapa. Según le han contado al alcalde Larry, el cartógrafo que se encargó de elaborar los mapas del país después de la segunda gran guerra no pasó a este lado de la montaña, y como estos planos se copian de unos a otros, para la cartografía mundial nuestra villa no existe. Muchos se han marchado. Han pasado cosas terribles aquí. Una mañana telefoneé a la compañía y esa misma tarde un tipo trajeado se presentó en casa junto a dos negros que introdujeron el Silenter en mi taller y lo instalaron en apenas un par de horas. El tipo era rubio y recuerdo que no dejó de sonreír ni un solo momento. Estuvo hablando durante casi una hora de lo maravilloso que era el invento. Nos hizo firmar una decena de papeles con mucha letra pequeña en los que nos comprometíamos a no permitir el uso de la máquina a menores de edad.

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Rubén Ballestar Urbán La orilla

Tomás se sentó justo al borde del sofá, como si algo allí le fuera a morder, con el sobre entre las manos y un rictus amargo en su rostro enflaquecido. La carta había llegado hacía ya varios días y desde entonces había permanecido cerrada encima del televisor, entre un cedé de Tom Waits y una entrada no numerada del último concierto que Nacho Vegas había dado en la ciudad. Cada noche, mientras apuraba un último cigarrillo antes de ir a dormir, Tomás la observaba con recelo y el trozo de papel sellado parecía responderle con una mirada desafiante, como retándole a un juego en el que él no quería participar. —La única forma de saber qué hay dentro —solía decirle Baby Cat Face cuando comprobaba que todavía no se había atrevido a tocarla— es que la abras de una vez. Pero Tomás intuía que aquel pedazo de papel matasellado no podía guardar nada bueno en su interior. Durante sus últimos cinco años de estancia en Madrid no había recibido ninguna noticia de su familia y el hecho de que su madre eligiera ese preciso instante para entablar correspondencia con él le hizo sospechar que algo no marchaba según lo previsto en el hogar donde había nacido y de donde más tarde se vio obligado a escapar. —¿Y si ha muerto alguien? ¿Y si ha sucedido algo terrible? —respondía él a la muchacha del rostro felino, justificando de alguna manera la pereza y el miedo que le producía plantar cara a ese objeto fabricado de tinta y celulosa. —Si alguien ha fallecido, lo más probable es que ya no llegues al funeral —concluía ella tras sus ojos afilados y su mandíbula trazada a tiralíneas—. Y si algo espantoso ha sucedido en tu casa, lo menos que puedes hacer es enterarte cuanto antes y dejar que te salpique un poco de dolor.

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Alejandra Costamagna Los japoneses, los japoneses

Vive con su hermana, está por cumplir los veinte años y ahora se va a morir. En principio tiene dos opciones: dejar que el cirujano corte y trate de componer las cosas o no hacer nada. Si no hace nada, lo más probable es que las células degeneradas la devoren tranquilamente en la sala del hospital. Y si deja que el cirujano opere, tiene dos opciones: quedar bien o quedar mal. Cincuenta y cincuenta. Si queda mal tiene otras dos posibilidades: convertirse en planta o andar con una bolsita para todos lados, como esa gente que pasea al perro y va guardando las fecas de la mascota en su saquito. Sólo que ella sería simultáneamente el dueño y el perro, con la bolsita a cuestas todo el tiempo. Puros finales tristes y demasiado reales para alguien como Julieta, diecinueve años, hermana de Sara, aburrida de tragar esa agüita dulzona que le han dejado en el velador. Aburrida, sobre todo, de la cháchara de la propia hermana. —Los japoneses viven doce horas antes que nosotros y eso los hace de por sí más despiertos —apuesta Sara, sentada en el banquito de visitas, bolso abrazado, lista para salir arrancando del hospital. Quizás porque necesita trasladarse a otro hemisferio o porque es una manera indirecta de recordar al padre, la mujer se engolosina tanto con los japoneses, y ahora anuncia que están limitando el uso del aire acondicionado en las oficinas públicas: veintiséis grados de temperatura mínima en verano y veinte de máxima en invierno. El presidente de Japón, incluso, mandó a los hombres a no usar corbatas ni trajes en verano para evitar calores de sobra, jura Sara. Y Julieta supone que su hermana está inventando la historia. Y a ella qué le importa lo que hagan con el frío o el calor al otro lado del mundo: nunca vestirá kimonos ni caminará sin zapatos entre baldosas nacaradas como lo hizo quizás su propio padre en la última gira a Oriente. Nunca se

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Sergio Galarza Sad Songs from Idaho

1. Grabar una misma canción por los dos lados de un casete es el primer síntoma apreciable de la conversión en musicófagos de los camioneros que cruzan por las vías del tren en Shoshone. Al Jefe de Héctor el Misterioso, a quien la música entusiasmaba tanto como levantarse un domingo por la mañana, lo desquiciaban los musicófagos. Para él, la única melodía que podía permitirse un camionero era golpear el claxon del buque sobre ruedas a bordo del cual recorría ciudades, desiertos, y cruzaba las vías del tren en Shoshone. Por ello, cuando encontró en el buque de Héctor el Misterioso aquella cinta titulada Sad Songs from Idaho, y comprobó que la misma canción se repetía en ambos lados, supo que su mejor empleado había emprendido un viaje sin retorno. 2. Sad Songs from Idaho es la única evidencia de la genialidad de Micah Denver, nombre artístico de Stefan Dumitrache, un crooner de Europa del Este que voló hacia el exilio en Norteamérica. Después de vagar por Manhattan y recibir una golpiza en Harlem, Micah huyó de la tentación del éxito en las grandes ciudades, para asimilarse al anonimato de los pueblos minúsculos que arman el rompecabezas de la clase media norteamericana. Así fue como se estableció en Ketchum, un centro de reposo invernal para celebridades, cuyos habitantes comunes tienen prohibido por ley dirigirles la palabra a la galería de famosos que incluye desde actrices de Hollywood hasta baluartes del mal llamado cine independiente. Micah dedicó ocho horas diarias a servir comida en un supermercado, y por las noches compuso los diez temas que contiene Sad Songs from Idaho. El tema homónimo del título de su disco relata las peripecias de un exiliado

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EÑE. INVIERNO 2009 COSECHA EÑE 2009. CARLOS GARCÍA-ALIX

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Agustín Fernández Mallo La noche de Sarah Palin

1 Fue un domingo por la tarde, a la hora de la siesta: vibró el teléfono móvil en mi bolsillo. «¿Es usted Agustín Fernández Mallo?» «Sí, ¿con quién hablo?» «Departamento de Loterías y Sorteos del Partido Republicano, Washington DC, es para comunicarle que le ha tocado.» «¿Que me ha tocado?, no he jugado ni apostado nada.» «¿No es usted Agustín Fernández Mallo, español, residente en la ciudad de Chicago?» Sé que tenía que haberle dicho la verdad a aquella voz femenina con acento puertorriqueño, sé que tenía que haberle dicho que ese Agustín era otro, que no me encontraba de vacaciones en España, que no trabajaba de cajero en la oficina nº 5 del Bank of America de la ciudad de Chicago, que no tenía treinta y cuatro años, en efecto, tenía que haber dicho muchas cosas que no dije, porque tras mi respuesta afirmativa, la puertorriqueña me comunicó que me había tocado un viaje para acompañar a la candidata a la vicepresidencia, Sarah Palin, en su campaña electoral. No es que tenga nada en contra de acompañar a una posible vicepresidenta de los Estados Unidos, pero es que estaría obligado a pedir de golpe mi mes de vacaciones. Me hallaba enfrascado en la redacción de un minucioso ensayo sobre la Gran Bretaña de los años setenta, centrado en los inicios del punk y las teleseries, y había reservado ese mes para ver de un tirón las seis temporadas de Los Roper (las venden en El Corte Inglés, ahora mismo de oferta). Conclusión: siete días más tarde me vi metiendo mi maleta en un Citroën C5 negro que me esperaba delante del portal. 2 A las 8 de la mañana de un viernes me depositaron en la puerta del Hilton de San Francisco, hotel que ya conocía por la serie de televisión Las calles

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Juan Carlos Fernández León Eso, simultaneidades

1 Un par de hachas y un buen fuego le rondan al fontanero por la cabeza cuando después de un rato de dar vueltas por la casa decide sentarse a meditar. Elige un sofá de fina piel azulada, de tres plazas para que tres culos, al menos, lo vayan hundiendo progresivamente cada día. Se tumba en él y enciende un cigarrillo. No sabe cuánta gente vive en la casa. Las fotografías (tres retratos protegidos por un marco chiquitillo y otros dos que descansan sobre un aparador) informan de que la habitan un número de personas superior a dos e inferior a cuatro. El fontanero emprende un recorrido visual por entre las fotos (es capaz al tiempo de lanzar espirales de humo al techo) y descubre en ellas a una niña bastante guapa, a una mujer de rostro constelado de pecas y a un hombre que cuida su cabello, sin duda. El fontanero enciende la televisión. La pantalla es inmensa como el salón que ahora le custodia, como la casa que le encierra de momento, como las intenciones que se le están empezando a descongelar de la memoria y que antes, hace escasamente una hora, le hervían a fuego candente. La pereza le captura de tal manera que ha olvidado elevar una opinión con respecto a las fotografías. Paulatinamente va descubriendo que el televisor guarda una gran cantidad de canales que él no conoce, incluido uno de Argelia y otro de Ucrania, mientras aplica sus dedos sobre los botones de un mando a distancia, negro y grueso, que ha encontrado en una de las hendiduras del sofá. El carrusel telemático dura apenas, a la tercera vuelta el fontanero se cansa y vuelve a rebuscar con la mirada por los alrededores (sigue tumbado, cada vez más cómodo). Al poco tiempo captura otro mando, descubierto también en la misma hendidura del sofá, y enciende el equipo de música. Primero sintoniza la

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Paula Lapido Yakamoz

Vinieron por la noche, mientras dormíamos y la luna se reflejaba sobre el agua. Entraron en nuestras casas y se llevaron a los pájaros. A la mañana siguiente, cuando despertamos, las portezuelas de las jaulas se balanceaban con la brisa del mar, vacías. Había por todas partes un silencio tan pesado, tan ausente, que nos miramos unos a otros y volvimos a meternos en nuestras casas y a cerrar las puertas con llave. De vez en cuando apartábamos una cortina y mirábamos hacia el mar, desde donde sospechábamos que habían venido. No se veía nada más que el agua del mismo color del cielo y un hilo de nubes que se alejaba hacia el horizonte, como el rastro de los pájaros desaparecidos. Luego volvíamos a cerrar la cortina e íbamos a preparar el café negro para beberlo sentados en los cojines con las piernas cruzadas y mirando hacia el suelo. Ya en la tarde, mientras el sol brillaba con fuerza y sólo los pequeños rincones quedaban cubiertos por la sombra, pensamos en salir a casa de los vecinos para tomar con ellos pasteles de dátiles y miel, recostarnos en sus otomanas y darle la espalda al mar. Aunque, antes de que pudiéramos decidirnos, alguien giró la cabeza, como si quisiera avistar algo entre las cortinas. Los demás le disuadimos diciéndole que desde allí sólo podía verse el agua del mismo color que el cielo. Pero el momento de entusiasmo había pasado y ya no nos atrevimos a salir. Seguimos hablando de la guerra y de los lugares en los que transcurría, tan lejanos que ni siquiera conocíamos sus nombres. Las puertas continuaron cerradas. Antes del anochecer apagamos todas las luces, por miedo a que vinieran y nos sorprendiesen. Nos acostamos en nuestras camas que de pronto parecían frías como cajas de hielo y nos cubrimos hasta la cabeza con las mantas para no ver, no oír, no sentir el más mínimo movimiento. Los

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Patricia Suárez La reencarnada

Primero se quejan porque no hablo. Me tratan de estúpida, de atrasada. Después se quejan porque hablo. Estupideces dicen que hablo, que estoy loca. No me lo dicen de frente, sino entre ellos. Se echan la culpa uno al otro porque soy loca, enferma. Hablan de un abuelo que reventó solo en las montañas abandonado de todos, porque nadie lo aguantaba; que yo soy de su estirpe, aseguran. Un perdedor total, un viejo imbécil, tenía la sangre podrida. Ella propone ver un profesional, un psiquiatra. Él dice que mejor un brujo. No se ponen de acuerdo; ella se lamenta de no tener otros hijos, él agradece a Dios y los santos no tener más hijos que yo. Él tiene mejor carácter que ella, pero menos paciencia. Amenaza con que si sigo con el mismo cantito, me meterá un tortazo tal que me va a dejar la cabeza mirando para el otro lado. Ella es dulce y recurre a otras técnicas, la del soborno: ¿quiero frutilla con crema? ¿Quiero natilla? ¿Quiero el Piglet que gruñe oink oink si se le aprieta la colita? ¿O la muñequita que ríe y hace pis?; sólo si dejo de hablar esas pavadas, esas idioteces. Tengo nueve años, me llamo Melisa Pérez; hace cinco que empecé a hablar y desde entonces que sé que soy Aurora M. Barragán, que vivía en Baviera y se murió, dejando a su marido solo y a un hijito. La M no sé de qué nombre es, creo que de María. El pueblo se llama Baviera, pero queda en Argentina y el marido es sastre y tiene buen corazón. El hijito está en sexto grado, aunque le cuesta sumar y restar. No como sal ni azúcar, porque mi familia la de veras no come sal ni azúcar, a pesar de que hay una plantación en la zona y una salina. Todo eso sé y ellos me quieren hacer callar la boca, porque somos cristianos, dicen, y no creemos en la reencarnación, y si nos apuran, la verdad es que no creemos en nada. La M es de María o de Mariana y Barragán va con b larga.

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COSECHA EÑE 2010 Eñe. REVISTA PARA LEER VUELVE A CONVOCAR A LOS MEJORES ESCRITORES DE RELATOS EN ESPAÑOL

2009 fue el año de Andrés Barba, Agustín Fernández Mallo, Patricia Suárez, Sergio Galarza, Alejandra Costamagna, Selva Almada, Paula Lapido, Trifón Abad López... El 2010 puede ser tuyo. Por quinto año consecutivo, y después del rotundo éxito de la anterior convocatoria, Eñe volverá a reunir la mejor cosecha de escritores del momento, sin distinción de nacionalidad, edad ni trayectoria. El premio está abierto tanto a escritores inéditos como consagrados. El resultado compondrá la revista de invierno de 2010, el mejor escaparate de la literatura breve actual. Cosecha Eñe asegura su calidad con un jurado de prestigio formado por escritores y especialistas.

Consulta las bases completas en www.revistaparaleer.com El plazo de presentación finaliza el 1 de marzo de 2010.

La Fábrica Editorial Verónica, 13 28014 Madrid. España www.revistaparaleer.com info@revistaparaleer.com


Premio Coca-Cola

JÓVENES TALENTOS DEL RELATO CORTO

Eñe. Revista para leer publica el relato ganador y los cinco primeros finalistas de la 49a edición del Concurso Coca-Cola Jóvenes Talentos - Premio de Relato Corto, organizado por Coca-Cola España desde hace ya 50 años para estimular en los adolescentes de toda España la aventura de la creación literaria y formar una cantera de prometedores escritores. En el certamen participaron más de 10.000 alumnos de 2o curso de ESO de todo el país. El reto consistió en escribir un relato de temática libre en un tiempo máximo de dos horas, en no más de dos folios y a partir de seis palabras que les fueron entregadas justo antes de emprender la tarea creativa. Lo demás fue el aporte de cada uno: imaginación, sensibilidad y un correcto uso de la lengua española. Para los 17 que resultaron ganadores, uno por cada comunidad autónoma, el premio fue un viaje de cinco días a la Praga de Kafka. Además, los seis primeros finalistas tuvieron la oportunidad de asistir a un curso de escritura creativa en la Escuela de Letras de Madrid y ahora ven sus relatos publicados en Eñe. Te invitamos a leerlos y a recordar sus nombres, porque, estamos seguros, de más de uno volveremos a oír hablar.

Los seis relatos seleccionados son: Concierto para nadie, de María Elena López González (ganadora) Mi lucha contra la lucha, de Ana María Moreno Fernández Anillo de fuego, de Sara García Hevia La última hoja, de Irene Domingo Cayuela Las dos estancias, de Andrés Turiel Miranda La elección, de Jonatan González

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Eva Armisén


rmisén

Ganadora

Concierto para nadie María Elena López González

Las notas comienzan a fluir con total soltura del piano. Mis manos, máquinas perfectas, caen con garra sobre las teclas marfil, intentando encontrar una temperatura acorde a ellas, y creando, a la vez, una melodía melancólica, triste quizás, impropia de una noche de sábado. Sin duda alguna, me gusta mi trabajo. Puede que me haya sumado a la monotonía de tocar para amenizar reuniones de trabajo, citas románticas u otros eventos de poca importancia, cada noche. Puede que me esté rindiendo ante la rutina, pero tocar el piano es mi forma de evadirme de la realidad. De escapar del amor nunca vivido, y, a la vez, tan temido. Cuando toco, me convierto en un gato negro, solitario, que deambula por los tejados nocturnos sin seguir una dirección definida. Como perdido. Las notas van corriendo, pero sólo yo sé que hago algo más que acatar las órdenes de una partitura compuesta por un extraño. Todos ignoran que, cada noche, voy entretejiendo mis sentimientos entre las notas impresas en este pentagrama pautado de líneas que resbalan lánguidas sobre un papel desgastado por el tiempo. Son primero las fusas las que, al emanar de mi piano, van anegando con su alegría el cosmos que es aquel restaurante. Por momentos, mis ojos buscan una cabeza afable, unos ojos centelleantes o aunque sólo sea un leve cruce de miradas. Buscan un asomo de interés entre un público glacial. A medida que avanza la noche, me relajo. Voy introduciendo cada vez más silencios, blancas… mi rastreo entre el público se desvanece. No hay un final para esta pieza. Obra que yo dirijo. Yo decido si quiero correr o descansar. Si mi deseo es hablar o callar. En mi música, va disuelta una parte de mí. Nadie lo sabe. Ninguno de los comensales dispuestos en mesas colocadas en perfecta cuadratura conoce el verdadero significado de este arte. No son sonidos, son hechos. No son silencios, son secretos. No es música, soy yo. Mientras esta reflexión cruza mi cabeza, jóvenes y no tan jóvenes se disponen a engullir sus platos. Yo, sigo pensando… Nunca encontrarán belleza en el chirriar de una puerta. No alcanzarán la felicidad cuando las yemas de sus dedos 115


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rocen suavemente los troncos labrados de las vides. Sus pulsaciones no aumentarán cuando pequeñas gotitas de agua rocen sus manos. Y así, según van discurriendo los minutos y las notas, muy poco a poco, uno a uno, van cogiendo sus gabardinas oscuras y gastadas por el uso, atravesando el marco de la puerta para abrir sus coches y dirigirse a sus hogares, sumiéndose, realmente, en la verdadera monotonía.

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Mi lucha contra la lucha Ana María Moreno Fernández

Me llamo Sasha al-Hassan, tengo veintiséis años y nací y crecí en una pequeña ciudad situada en la frontera entre dos países enemistados. Allí viví hasta los trece; trece años que pasaron como los de cualquier chica corriente que viva allí: aprendiendo a cocinar, limpiar y atender y obedecer a los hombres. En todo el tiempo de mi vida transcurrido allí sólo tuvo lugar un hecho lo bastante importante para ser digno de mención: cuando tenía once años, pasé las vacaciones de verano con mis tíos, que vivían en Barcelona. Allí descubrí un mundo totalmente diferente: las mujeres se vestían como querían, iban donde querían, tomaban sus propias decisiones, según sus criterios e ideales, tenían acceso a la educación… Otra de las cosas que más me sorprendió fue que la pobreza, tan generalizada en la sociedad de la que yo provenía, era un mal que casi había desaparecido allí. O eso me pareció al principio, pues más adelante me di cuenta de que, más que haber desaparecido, la pobreza, lo que estaba era «muy bien disimulada» por un sistema basado en la caridad en lugar de la solidaridad, que es como se hace en mi país. La ciudad en sí también me encantó: sus bulliciosas calles, flanqueadas por enormes edificios que parecían tocar el cielo, estaban llenas de vida por el trajín incesante de los transeúntes que, a cualquier hora, paseaban por ellas ya fuese andando o en cualquier medio de transporte. Me fascinaron los museos, la Sagrada Familia… y el mar, con sus playas llenas de niños jugando a ser dueños y señores de sus propios castillos fortificados con barreras de arena que, al atardecer, las olas lamían hasta deshacerlas como si de helados se tratase. Por las tardes solía ir con mi primo a una sala llena de máquinas para jugar. Era difícil manejarlas bien pero, al final, logré llevarme el gato al agua y hasta gané un par de veces. Todas las noches íbamos a cenar al restaurante de mi tía. La comida estaba riquísima. Rara era la noche que no pedía mi plato favorito: gambas a la gabardina. Después de cenar, mi tío contaba chistes muy graciosos que nos hacían reír a todos. Y así estábamos hasta las tantas. Aquellos fueron unos días de alegría que yo nunca he olvidado. Cuando volví a mi pequeña ciudad, que entonces me pareció un insignificante pueblo, no hacía más que pensar en ir a vivir a Barcelona, pero no me atrevía a confesárselo a mi padre, pues él era un hombre muy tradicional y no le gustaba 117


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mucho el modo de vida occidental. Así que enterré mi secreto en lo más hondo de mi ser. Dos años más tarde, el presidente del país vecino decidió tomar las tierras fronterizas y, para llevar a cabo su propósito, comenzó a bombardear los pueblos y ciudades que en ellas se encontraban. Los bombardeos duraron dos semanas. Dos semanas sin apenas dormir, conteniendo la respiración cada vez que se iniciaba un ataque. La última tarde, cuando por fin parecía que podíamos respirar tranquilos, un estruendo resonó por toda la ciudad dando comienzo al último bombardeo. Las bombas caían muy cerca, demasiado cerca… De pronto, una de ellas impactó contra mi casa y el techo se derrumbó. La luz del crepúsculo me deslumbró fugazmente y acto seguido se desvaneció. Esa fue la última tarde para muchos niños, hombres y mujeres, y hubiera sido también la mía si mi padre no hubiese tenido que ir a trabajar al pueblo vecino. Había perdido la noción del tiempo, ya había oscurecido y mi único pasatiempo durante esas horas para distraerme del intenso dolor que sentía en cada célula de mi cuerpo y de los gritos desesperados de auxilio que llegaban hasta mis oídos había sido contar las estrellas a través de un resquicio entre los escombros que me permitía ver un pedazo del firmamento de aquella oscura noche, sin duda la más oscura que yo recordaba. Y seguía contando estrellas: «621, 622, 623…», cuando oí la voz de mi padre: —¡Sasha, Sasha! —gritó desesperado. A pesar de que los escombros aprisionaban mi pecho dejándome sin respiración, logré responder antes de perder el conocimiento. —¡Papá, no puedo respirar! Luego oscuridad, impenetrable oscuridad. Me desperté en una habitación de paredes blancas. Las luces brillantes que tenía encima de la cabeza me deslumbraban. Estaba recostada en una cama dura, desnivelada y con barras. Las almohadas eran estrechas, estaban llenas de bultos y unos tubos traslúcidos se enroscaban alrededor de mis manos. Sí, estaba en un hospital. Entonces ladeé mi cabeza y vi a mi padre allí sentado. 118


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Me comunicó que mi madre y tres de mis cinco hermanos habían muerto. En ese momento no lo dudé y le confesé mi deseo de ir a vivir a Barcelona. Él accedió con la condición de que no olvidase mi tierra, mi gente y las duras condiciones en que nos encontrábamos. Y aquí estoy, trece años después, intentando cumplir mi promesa. Vivo en Barcelona, he estudiado Ciencias Políticas y trabajo en una ong humanitaria. Mañana participo con un discurso en un importante congreso de la onu. Con él intentaré convencer a todos los que me quieran escuchar de que en muchos países existe una crisis permanente en todos los ámbitos generada por aquellos que quieren dominar a otros: los ricos a los pobres, los hombres a las mujeres, los armados a los desarmados… Y si de verdad la gente quiere ayudar, debe dejar de mirar por la televisión cómo sufren las personas, como si fuese una película de Hollywood, mientras se lamentan de lo mal que está el mundo. Es necesario actuar, como sea, pero actuar. Poco queda ya de la niña que era cuando tenía que pedir permiso a mi padre hasta para ir a comprar el pan, cuando iba encerrada en ese burka que me impedía hacer mis sueños realidad. Ahora me visto como quiero, voy donde quiero y lo más importante: tomo mis propias decisiones. Y he decidido luchar para cambiar el mundo. Porque si tanta gente se une para hacer la guerra, ¿por qué no va a poder unirse para hacer la paz?

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Anillo de fuego Sara García Hevia

Las diminutas gotas de lluvia rebotaban suavemente contra mi ventana. Eran las vacaciones de verano, pero la soledad se había apoderado de mi corazón, formando una burbuja fría e invisible a mi alrededor, aislándome de cualquier sentimiento de alegría. Miré hacia el fondo de la estancia, donde se hallaba el piano de cola de mi madre. Hasta hacía pocas semanas, mi habitación había sido un abanico de colores y sonidos, como un arco iris en un día lluvioso, o una flor en un desierto de hielo. Pero desde la pérdida de mi madre, el arco iris había sido atrapado por las nubes, y la flor se había marchitado. La música había desaparecido de mi vida, ya que mi padre la había dejado estrictamente prohibida, diciéndome que dedicase mi vida a algo más útil y provechoso, por muy aburrido que fuese. Abrí la ventana y alargué la palma de mi mano al exterior. Ésta retrocedió instintivamente cuando algo frío como el hielo despertó en mi brazo un agradable cosquilleo que formó una pequeñísima grieta en mi burbuja invisible. Una minúscula gotita se escondía en mi mano, temblorosa, palpitante. Noté como si todos mis sentidos se apagasen poco a poco. No veía ni sentía nada, pero sí podía escuchar. En el fondo de mi cabeza resonaban las notas de una melodía relajante, armoniosa y tranquila. Los sonidos fluían uno tras otro, como un riachuelo que desciende por el bosque. Libre. Lentamente, una imagen se formó en mi cabeza. La imagen de una gran sala, luminosa y sin muebles. En el centro, un gran piano de cola, iluminado únicamente por la tenue luz que se filtraba por los ventanales de la pared. Solitario y majestuoso, el piano dejaba escapar cada uno de los sonidos, como gotitas de lluvia. Frente al piano se hallaba una joven de rostro sereno, que parecía olvidarse por un momento del valor del dinero y la utilidad de las cosas. Era espectacular la deslumbrante agilidad con la que hacía bailar sus dedos por las teclas. Fijé más detenidamente la mirada en el piano, justo antes de descubrir que la joven no estaba sola. Sobre las cuerdas, una pequeña figura transparente 120


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del tamaño de mi mano danzaba al ritmo de la infinita melodía. Conforme me acercaba, me di cuenta de que no era de cristal, sino de transparente y puro hielo. ¡Parecía tan frágil! Fueron apareciendo más figuras, unas detrás de las otras, perfectamente coordinadas, y moviendo sus diminutos pies por la superficie del gran instrumento. Yo oía a lo lejos el ruido de la calle: coches, camiones, tal vez alguna grúa, pero ni siquiera eso podía alejar mis pensamientos y mi mirada de las bellas bailarinas. La melodía cambió su rumbo para transformarse en una melancólica nana. Era tan hermosa que daba la sensación de que cualquier persona u objeto cercano estaba invitado a acercarse, incluso… —¡Fuego! El grito de alarma cargada de horror que provenía de algún otro lugar del edificio desgarró el aire, golpeando mi corazón como un ardiente mazo. Volví la cabeza justo a tiempo para divisar una gran llamarada que se acercaba y a su artista, que apoyaba ahora todas sus fuerzas en unos tristes y desesperados acordes, como intentando retar al fuego, que iba rodeando al piano muy lentamente. Las pequeñas damas de hielo bajaron de su improvisado escenario, con una asombrosa agilidad, y formaron un corro a su alrededor, impidiendo el paso de las amenazadoras llamas, y formando un anillo de fuego. Una a una, las frágiles damas de hielo fueron derritiéndose, casi al ritmo de la incesante melodía, que poco a poco se iba apagando. Yo quería ayudarlas, pero mis miembros no respondían, mi cuerpo parecía haberse convertido en piedra. Lo único que podía hacer era llorar. Derrotada, la melodía exhaló su último suspiro. Mi cabeza daba vueltas y mi frente ardía como si tuviese fiebre. De los ojos de la pianista caían lágrimas de hielo que chocaban contra las cenizas y se había borrado rastro alguno de la bella melodía. Abrí los ojos lentamente. En mi mano, la gotita de lluvia había desaparecido. Me froté con la manga los ojos empapados y sentí cómo la burbuja que había aprisionado mi corazón se desvanecía. Miré por la ventana y sonreí tristemente. Había salido el sol. 121


La última hoja Irene Domingo Cayuela

Cuando cae la última hoja del cerezo del jardín, mi tía Laura recoge los cuadros pintados durante el otoño y los deposita en la mesa que hay en el garaje. Al salir siempre se fija en la máquina de escribir que lleva tapada con una sábana desde que murió la abuela. A continuación entra en la casa. A tía Laura le encanta pintar ese cerezo. Creo que lo plantaron el día que ella, mi abuela y mi madre llegaron aquí, a Brujas, a vivir. Nunca he visto a mi tía pintar el cerezo sin hojas. Estoy en mi cama y Mussu, el gato que mi madre me regaló por mi décimo aniversario, me salta encima. Me incorporo, ya es hora de levantarse. Entro en la cocina y se nota el olor a tostadas con melaza que me avisa de que ya está acabando el otoño. —Buenos días, ¿se acaba? —le digo a mi tía con voz ronca. —Sí, se acaba —me responde con una voz que transmite tristeza pero a la vez alegría. Mientras desayunamos, entablamos una conversación sobre el nuevo restaurante que han abierto en la ciudad. Ella está hablando pero se para a toser varias veces. Yo me levanto y voy al fregadero a por un vaso de agua. Ella se lo bebe entero. —¿Estás bien? —le pregunto preocupada. —Sí, cariño. —Acto seguido, se lleva el pañuelo a la boca. —Tía, ¿eso es… sangre? —Eso parece. —Se limpia la boca y se va al salón. Llevo oyendo esa tos desde el principio del otoño; tía Laura me oculta algo. Me parece raro porque nunca habíamos tenido ningún secreto entre nosotras. La verdad es que tengo miedo de que ella también se vaya… Mi madre nos dejó el año pasado a causa de un cáncer de pulmón. Me dirijo hacia el salón. En el camino, como aún estoy medio dormida, me choco con el perchero del pasillo y tiro la gabardina de tía Laura al suelo. Del bolsillo asoma una carta con el remite del Hospital General de Brujas, pero cuando voy a cogerla oigo la voz de tía Laura gritar mi nombre. Recojo la gabardina y la dejo colgada de nuevo en el perchero. 122


JÓVENES TALENTOS DEL RELATO CORTO

Llego al salón y tía Laura está dibujando. Me siento en una silla para ver qué es lo que pinta. Me resulta extraño, tía Laura nunca pinta el último día de otoño. Y más extraño aún… el boceto del cerezo no tiene hojas. Se le oye susurrar: —El árbol se ha quedado sin hojas… Tía Laura cae al suelo. Me levanto corriendo. No tiene pulso. El otoño terminó.

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Las dos estancias Andrés Turiel Miranda

Habiendo llegado al final de mi vida, con el pelo ya canoso, me dispongo a relatar mi secreto mejor guardado. Ahora apenas veo a través de mis ojos enfermizos de anciano, pero lo que mi vista continúa observando es el mismo problema que, en mi juventud, me llenaba de angustia el corazón. Recuerdo perfectamente que aquel día salí de mi despacho en la universidad; trabajaba como profesor de Filosofía, con la cabeza envuelta en un mar de dudas. Por aquellos días, el mundo sufría a causa de la conmoción que trajo consigo la tragedia de las Torres Gemelas. La matanza, provocada por la terrible máquina voladora y la enloquecida razón de ciertas personas, me llevó a preguntarme: «¿Qué es lo que lleva a un hombre a matar a miles de personas?». Después de mucho discurrir me surgió la duda antónima: «¿Qué es lo que lleva a un hombre a arriesgar la vida para salvar a unos desconocidos?». Al principio, pensé que la solución la encontraría en algún libro de la biblioteca universitaria. Transcurrieron tres días de infatigable búsqueda. Las horas que invertí se contaban por decenas, incluyendo las nocturnas. Al cuarto día me rendí. Nadie, ni Platón, ni Sócrates, ni Descartes… podían ayudarme en mi búsqueda del porqué. Innumerables eran las noches en vela en las que sentía la opresora y gélida mano de la duda alrededor de mi garganta. La angustia me ahogaba y nadie podía ayudarme. Eso era lo peor: estaba solo. El primer día me encontró todavía detrás de la verdad. La luz matinal acarició con sus rayos mi rostro y por un momento, sólo por un momento, me sentí dichoso. Desayuné y luego tomé una tibia ducha. Ansiaba que el agua no sólo borrase el recuerdo del avión chocando contra las Torres Gemelas, y todas las consecuencias que trajo, sino que me hiciese olvidar la Filosofía. Yo, que había amado esta ciencia hasta el punto de dedicar mi propia existencia a ella, ahora la rechazaba como si de veneno se tratase. Habría dado todo el oro del mundo por encontrar a alguien que me hiciese olvidarla. Al igual que el cirujano amputa el brazo enfermo, así quería yo extirparla. Salí a la calle. El aire matinal me oxigenó los pulmones, invitándome a la alegría que trae consigo la primavera. Pero ni la mejor de las frescas brisas ni cualquier encanto de aquella estación me habrían hecho recuperar la felicidad extraviada. 124


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Deambulé por el dédalo de calles hacia la universidad. Mis pies se movían lentos y plomizos. Mis ojos miraban al infinito. Tras una larga caminata, llegué a la calle más céntrica de Nueva York. Ni los grandiosos rascacielos, ni los sonidos de la gran ciudad me hicieron volver en mí. De repente, algo llamó mi atención. Entre un lujoso restaurante y una gran multinacional se alzaba una ruinosa tienda. Dos grandes escaparates cubiertos de polvo flanqueaban una puerta minúscula, por donde parecía que nunca nadie había entrado. ¡Qué extraño! No recordaba esa tienda, y siempre hacía el mismo recorrido para ir a trabajar. Pero lo que más atrajo mi atención fue un gran cartel de vivos colores que rezaba: «Se vende la verdad». Encaminé mis pasos hacia la polvorienta y descuidada tienda. Abrí la puerta y entré. El sonido de una oxidada campanilla de latón delató mi presencia. Todo en el interior de la tienda era lúgubre. Las polvorientas estanterías no contenían nada y no había ni rastro del encargado. No se hizo esperar. De una puerta, detrás del mostrador, surgió un anciano de rostro aguileño. Un poco de pelo le crecía detrás de las orejas. Como atuendo portaba una gabardina descolorida. Me sonrió y me preguntó. —¿Qué es lo que quieres? —Confieso que la pregunta me pilló desprevenido. —Deseo la verdad —contesté sin confianza. —En ese caso —hizo una pausa— acompáñame —y, haciendo un ademán con la mano, desapareció en la trastienda. Yo le seguí. La lobreguez de la estancia a la que me condujo hizo que un escalofrío me corriese por la espalda. Un olor nauseabundo invadía el aire y un gélido viento se me coló entre las ropas. Aquel lugar era horrible. Pero lo peor era la melancolía. Una terrible y devastadora tristeza me oprimía el pecho y apenas me dejaba respirar. Quería huir, volar, desvanecerme y regresar a la seguridad de mi cama. Mas no encontré la puerta. El anciano sostenía en alto una vela. La mortecina llama disipaba las tinieblas que amenazaban con apagarla. Era muy frágil y sin embargo me sentí a salvo con ella. Anduvo el anciano, con pasos lentos, hacia una pared y alumbró lo que me parecieron recortes de periódicos. Yo le seguí. Fijé mi vista en las noticias que empapelaban la pared. En ellas aparecían desde temas tan triviales como una disputa entre hermanos, o el robo de una cartera, hasta el 11-S, 125


Eñe. Cosecha EÑE 2009

o el Holocausto. Algunas fotos acrecentaron mis ganas de vomitar. Pánico y repugnancia, ambos sentimientos parecían haberse hermanado para torturar mi pobre mente. —¿Qué lugar es éste? —pregunté aterrado. —Esto es la parte oscura del corazón humano —dijo calmadamente. Luego se dirigió a una puerta, oculta en la pared, y la abrió. Entró a través de ella en una sala contigua y yo le seguí. Me sorprendió la estrechez del muro que separaba las dos habitaciones: apenas cinco centímetros. La sala a la que llegué era lo contrario a la anterior. Las paredes habían desaparecido para dar paso a magníficos ventanales que dejaban pasar la gozosa y radiante luz matinal. El techo era una cúpula de proporciones descomunales, adornada con vidrieras que pintaban un mosaico de colores y luces en el suelo. Bustos de Martin Luther King, Gandhi, Juan Pablo II y demás hombres de bien de la historia se distribuían por toda la sala. En el centro se alzaba un atril de ébano y encima de él había un libro. Lo abrí al azar y lo observé con interés. En la primera página que miré había la foto de una niña jugando con su gato. Después, una de la creación de la ONU, seguida por una de la caída del muro de Berlín. Todas contenían fotos o noticias de paz, amor o perdón. Cerré el libro y dije al anciano: —¿Es este sublime lugar la parte luminosa del corazón humano? —Sí —dijo con firmeza—; como ves, fino es el muro que separa ambas estancias y grande la decisión de dónde estar. Esa frase se me quedó grabada a fuego y todavía hoy la recuerdo como si el anciano me la acabase de decir. Después el anciano abrió una puerta camuflada y me invitó a salir. Yo lo hice obediente y sin vacilar. Me encontré de nuevo en la calle en cuanto atravesé la puerta. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que todo aquello que antes me parecía triste y gris ahora lo veía increíblemente vivo y lleno de colores. Volví la vista atrás pero sólo vi el restaurante y la multinacional. La tienda había desaparecido. Me encaminé hacia la universidad exultante de gozo. ¡Por fin había hallado la solución a mi duda! 126


JÓVENES TALENTOS DEL RELATO CORTO

Éste ha sido mi secreto durante años, pero ahora que veo el final de mis días tan próximo y que pronto estaré en presencia de Dios, no podía guardarlo por más tiempo. Por último, no quiero acabar estas memorias sin preguntar: «¿En qué estancia estás tú?».

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La elección Jonatan González

Nunca podré olvidar aquel día. Fue un día en el que mi vida podría haber cambiado completamente por una simple decisión. Había sacado un nueve y medio en un difícil examen de física, lo que significaba que tenía la mejor nota de la clase. Eché a correr en cuanto salí del colegio para llegar a casa lo antes posible. Abrí la puerta de la portería y corrí escaleras arriba sin esperar al ascensor, en mi opinión demasiado lento. En el tercer piso, una gota de sudor se creó en mi nuca y se deslizó hacia mi espalda, lenta, pero constante. Seguí subiendo, y, en cuanto llegué a la puerta de casa, saqué las llaves de la cartera y abrí la puerta de entrada. Tiré la mochila al suelo del recibidor —donde se quedaría bastante tiempo— y les grité a mis padres la buena nueva, agitando el examen sobre mi cabeza. Pero fue como si nadie estuviese en casa. Me dirigí al salón, donde estaba mi padre. Se hallaba tumbado en el sofá, mirando en la televisión una película en la que salía un hombre ataviado con una gabardina. Recuerdo que no me hizo ningún caso hasta que puse el examen delante de las narices, cansado ya de que me ignorara, y su reacción no fue del todo positiva que digamos. Me arrancó bruscamente el examen de las manos y lo lanzó al suelo para que le dejara en paz. Herido por su reacción, decidí ir a ver a mi madre, que estaba cocinando algo en la cocina que tenía un olor exquisito. Esbocé una sonrisa, desterrando de mi mente el enfado de mi padre, y me planté en medio de la habitación. Mi madre me saludó, pero, aparte de eso, no me dijo nada más ni se interesó por mí. Sin embargo, yo permanecí allí de pie con el examen en la mano, dejando ver claramente la nota. Pasó un minuto y yo seguía ahí, y me hubiese quedado otro minuto más de no ser porque el teléfono empezó a sonar y mi madre me dijo: «Aparta, que tengo que responder». No lo dijo con mal tono, sino que lo hizo de una forma monótona e indiferente que me hizo sentir como un estorbo, un objeto, parte del mobiliario de la casa. Frustrado, fui a mi habitación, cerrando la puerta de un portazo tras de mí. Ya hacía unos años que mis padres se comportaban así. No se preocupaban por nada más que por el trabajo o el dinero (relacionado con el trabajo). Pero a mí, ni caso. No era más que un estorbo, un objeto que era mejor apartar de la vista. Recordé a mi hermano, el cual se había largado de casa en cuanto tuvo la ocasión y raramente venía a visitarnos. Pensé en los últimos años de mi vida y vi que no eran 128


JÓVENES TALENTOS DEL RELATO CORTO

más que una angustiosa y estresante rutina. Un camino circular que no hacía más que girar más y más rápido cada vez, estresando así a los que lo siguen. Por la mañana, madrugar para ir al colegio para llegar a ser alguien en el futuro. Por la tarde, hacer los deberes para el día siguiente. Los fines de semana no hacia otra cosa que quedarme en casa o salir para hacer los recados que mi madre me mandaba. Y luego estaban las vacaciones. ¡Oh, sí, las vacaciones! En verano, no eran más que noventa días en un apartamento con piscina al lado de la playa, en los cuales mis padres vivían sus vacaciones y a mí me dejaban hacer lo que quisiera, sin importarles lo más mínimo. Escuché la televisión en la sala de estar y el ruido de una máquina en funcionamiento en la cocina, probablemente el lavavajillas, acompañado por la conversación por teléfono de mi madre. Y después escuché el silencio de mi habitación. Allí estaba yo, solo, en la lúgubre habitación conmigo mismo como única compañía. Pensé de nuevo en el angosto y estrecho camino circular y me di cuenta de que no era el único sendero que podía tomar. Existía otro, uno que era recto y corto. Poca gente lo seguía a no ser que pensase que no tenía más opciones. Decidí desviarme de una vez por todas del camino de la Indiferencia, la Frustración, las Penas y el ser Ignorado para caminar sobre la ruta de la Muerte. Después de todo, entre estos dos, ¿no era mejor este último? De este modo, uno dejaba atrás todos sus problemas. Adiós. Fin. Miré la ventana situada a mi derecha. Me hallaba en un séptimo piso, pero fui capaz de distinguir a dos gatos peleándose por unos restos de comida. No quise pensármelo dos veces. Lentamente, salí hacia fuera hasta quedar sentado en el marco con las piernas colgando por fuera. Una pareja de novios pasó andando por la calle, en dirección a donde estaban los gatos. No parecieron verme. Caminaron felizmente hasta el lugar de la pelea y espantaron a los gatos que corrieron en direcciones contrarias. Vi a la pareja cogida de la mano y pensé en todo lo que iba a abandonar. Respiré hondo, flexioné los brazos y me dispuse a dejarme caer. Pero no lo hice. Una voz interior (tal vez el miedo), me dijo que era mejor no hacerlo, que tal vez hubiese esperanza. Era posible que mi desesperante rutina cambiase algún día… 129


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¿Era posible? Con cuidado, volví a la seguridad de mi cuarto. Mi padre me llamó diciendo que íbamos a ir a cenar a un restaurante. Esforzándome por encontrar una pizca de alegría dentro de mí, fui corriendo hasta el recibidor y esperé a mis padres. Hasta ahora, nunca le había dicho a nadie lo ocurrido aquel día en mi habitación. Pero creo que hay gente que necesita saber que mi elección fue la correcta, y por eso quiero compartir mi secreto. Ya han pasado veinte años desde que intenté quitarme la vida. Ahora soy el mejor científico de Europa y el tercero mejor del mundo. Estoy casado con una mujer preciosa de cabello cobrizo y tengo muy buena relación con mis amigos. Pero lo más importante es que he conseguido hacer que mis padres entren en razón y piensen que lo más importante no es el trabajo ni el dinero, sino la familia. Por eso siempre digo: lo último que debe perderse es la esperanza. Y es cierto. Sin duda.

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Biblioteca Particular

LA BIBLIOTECA INVISIBLE Por Juan Bonilla

Como todos los enfermos de coleccionismo de libros, soy propietario de dos bibliotecas: la primera la forman los libros que tengo, la segunda los libros que busco y quisiera tener. La primera se derrama por estanterías que van colonizando la casa, se agiganta en montones improvisados que van formándose poco a poco y esperan un rato de asueto en que sea capaz de acomodarlos: emiten esos volúmenes una secreta biografía que uno será incapaz de poner en pie nunca, una biografía fragmentaria que es difícil compartir, llena de detalles que, hilados, tal vez arrojarían al imposible espejo de una conciencia que no nos conociera de nada un retrato exacto de quien uno ha sido. Hay tantas cosas en una biblioteca para su propietario: no es una suma de hileras de libros, sino una vida salteada, por decirlo así, en la que una tarde de tu adolescencia en la que compraste, sólo por lo llamativo de la portada y porque lo que llevabas en los bolsillos era justo lo que pedían por el volumen, un libro de un encendido poeta vanguardista de segunda fila —Radiacions i Poemes, de Carles Sindreu—, se da la mano con una madrugada de hace un mes, cuando en una subasta en Internet pujaste con casi todo lo que había en tu cuenta corriente por la primera edición del impresionante Poemes en Ondes Hertzianas, de Salvat Papasseit. Más allá, en otra estantería, hay una mañana de acero azul en Coral Gables, Miami, y el tostado de tu piel —muchos días de playa— se

parece al tostado de la única página desplegable de Cinco Metros de Poemas, de Carlos Oquendo de Amat, comprado a un cubano que, después de formalizada la compra por 150 dólares, te contó doscientas anécdotas sobre la vida en la Cuba de Fidel. Y esa mañana queda al lado de una remota tarde de finales de los ochenta, en el Paseo de Recoletos de Madrid, en la que, durante la feria del Libro Viejo en la que estabas de empleado en una caseta, diste con El tungsteno y Rusia en 1931, de César Vallejo, volúmenes junto a los cuales está Trilce, del propio Vallejo, encontrado de chiripa cuando ya te ibas de un viejo almacén del barrio de Palermo de Buenos Aires, en el que después de dos horas agotadoras de búsqueda no habías encontrado nada que no fuera chatarra para poder decir que no habías perdido el tiempo. Así podría seguir durante horas, aburriendo al personal. No hace falta. Me gusta mecerme en horas muertas —si es que pueden estar muertas las horas que nos matan— recorriendo la geografía del pasado a través de los volúmenes de mi biblioteca visible. Melancolía se llama esa figura, que según Walter Benjamin, otro enfermo, es el principal motor de todo coleccionismo. Me gusta perderme por los callejones del pasado, volver a aquella librería-burdel que encontré en Quito y de la que he escrito en otra parte, al zaquizamí que era a la vez librería de viejo y peluquería de señoras que encontré por 131


Preestreno

EL AGUA ESTÁ ESPLÉNDIDA RUTH RENDELL

capítulo i

Pasaban semanas en las que Ismay ni siquiera pensaba en ello. Pero entonces ocurría algo que se lo recordaba, o volvía en un sueño. Los sueños siempre empezaban de la misma manera. Su madre y ella subían por las escaleras detrás de Heather, que las conducía por el dormitorio hacia lo que había al otro lado y que en el sueño no era un cuarto de baño, sino una habitación con el suelo y las paredes de mármol. En el centro de la misma había un lago espejado. La cosa blanca del agua flotaba hacia ella con la cara sumergida y su madre decía absurdamente: «¡No mires!». Porque la cosa muerta era un hombre que iba desnudo y ella una chica de quince años. Sin embargo, ella había mirado y en los sueños volvía a hacerlo, pero lo que veía era el rostro ahogado de Guy. Había mirado el rostro muerto y, aunque de vez en cuando se olvidaba lo que había visto, la imagen siempre volvía, los ojos sin vida que aún retenían el miedo, las ventanas de la nariz dilatadas no para inhalar aire, sino agua. Heather no daba muestras de temor ni de ninguna otra emoción. Se quedaba allí quieta, con los brazos colgando a los lados del cuerpo. Llevaba el vestido mojado y la tela se le pegaba a los pechos. En aquel momento nadie dijo nada, ni en la realidad ni en los sueños, ninguna de ellas pronunció una sola palabra hasta que su madre cayó de rodillas y empezó a llorar, a reír y a farfullar disparates. 136

La casa era un lugar distinto a su regreso. Sabía, eso sí, que serían dos pisos independientes, el de arriba para su madre y Pamela y el de abajo para Heather y ella, dos pares de hermanas, dos generaciones representadas. Lo que no había entendido durante su último trimestre en la universidad, a más de seiscientos kilómetros de allí, en Escocia, era que parte de la casa desaparecería. La idea había sido de Pamela, aunque ella misma no sabía por qué. Pamela no sabía más que el resto del mundo sobre lo que había ocurrido. Había planeado y llevado a cabo aquellos cambios tan drásticos con toda inocencia y buenas intenciones. Le enseñó la planta baja a Ismay y luego la condujo al piso de arriba. —No sé hasta qué punto Beatrix es consciente —dijo mientras abría la puerta de lo que había sido el dormitorio principal, la habitación que habían cruzado para encontrarse con el hombre ahogado—. No podría decirte cuánto recuerda. ¡Sabe Dios si se da cuenta siquiera de que es la misma habitación! «Incluso a mí me cuesta reconocerla», pensó Ismay. La impresión la hizo enmudecer. Echó un vistazo casi con temor. Era una sola habitación ahora. La puerta del cuarto de baño había estado… ¿dónde? La cristalera del balcón había sido reemplazada por una sola puerta de cristal. El lugar parecía más grande, más parecido a la habitación de los sueños, y al mismo tiempo menos espacioso.


agenda eñe INVIERNO 2009-2010

ARTE EL PRADO HOLANDÉS Madrid. El genio de Rembrandt reflejado en su Judit en el banquete de Holofernes, la única obra maestra que hay en España de este gran pintor, es el gran reclamo de la exposición «Holandeses en el Prado», que descubrirá al gran público la colección quizá menos conocida del museo español. Desde el 01.12. www.museodelprado.es LOS ÁNGELES EN ARCO Madrid. Marcada en la agenda de artistas, coleccionistas, marchantes, aficionados y curiosos, la Feria Internacional de Arte Contemporáneo arco se acerca a la treintena asomándose a las colecciones de las galerías de Los Ángeles. Ifema. Público general, del 19 al 21.02 de 2010. ifema.es/ferias/arco/in.html NUEVO ART NOUVEAU París. El Art Nouveau alcanzó su esplendor a principios del siglo xx. Después, tras pasar incluso por el desprestigio, tuvo una nueva vida como influencia de diferentes áreas y estilos, como demuestra la exposición Art Nouveau Revival. Museo D'Orsay. Hasta el 04.02. www.musee-orsay.fr

TEXTILES ETERNOS Madrid. Ochenta y dos hermosos mantos tejidos entre los años 100 a.C. y 200 d.C. por artistas de la cultura Paracas —situada en la costa sur del Perú— en la exposición «Mantos para la eternidad». Echadles un vistazo a los diseños y colores en la web del Museo de América, y corred a verlos. Hasta el 14.02. museodeamerica.mcu.es

ARTES ESCÉNICAS

L’ANY CERDÀ Barcelona. La retícula que Ildefons Cerdà ideó para el Ensanche barcelonés, alabada por la mayoría aunque criticada por algunos intelectuales catalanes influyentes como Josep Pla, cambió el rumbo arquitectónico de la ciudad. El Centre de Cultura Contemporània de Barcelona organiza una muestra como parte del Año Cerdà. Hasta el 28.02. www.cccb.org

UNA DÉCADA EN ESCENA Madrid. Diez años después de su primera edición, la vanguardia y la innovación teatral siguen siendo la baza de las obras y recitales programados en el Festival Escena Contemporánea. Varias sedes. Del 18.01 al 14.02. escenacontemporanea.com

SOROLLA EN BARCELONA Barcelona. Tras el éxito en Valencia, Sevilla, Málaga y Bilbao, la exposición «Sorolla. Visión de España», organizada por Bancaja con obra de la Hispanic Society of America, aterriza en el Museu Nacional d’Art de Catalunya. Del 20.02 al 03.05 www.mnac.es

200 AÑOS DE SANTIAGO Santiago de Chile. Los veintiún montajes puramente chilenos del festival internacional de teatro «Santiago a mil» están entre el amplio programa de festejos que la capital andina prevé para celebrar el bicentenario de esa nación. Varias sedes. Del 03 al 31.01. www.stgoamil.cl

BRECHT POR BUERO VALLEJO Madrid. Antonio Buero Vallejo aseguraba que pasaron «necesarios largos años» hasta que pudo presentar en escena Madre Coraje y sus hijos de Bertolt Brecht. Ahora, Gerardo Vera vuelve a poner esta versión trabajada «con el mayor cuidado» sobre las tablas de Madrid. Teatro Valle-Inclán Desde el 11.02. cdn.mcu.es 141


Eñe. Cosecha 2009

CINE EUROPA, LOACH Y HUPPERT Bochum, Alemania. Los cineastas europeos reconocen el trabajo del británico Ken Loach y de la francesa Isabelle Huppert en favor del séptimo arte en el Viejo Continente con sendos premios honoríficos que recibirán en la 22a edición de los Premios del Cine Europeo. 12.12. europeanfilmawards.com ALLENDE LOS MARES Cartagena de Indias, Colombia. Las novedades del celuloide español, y también del cine «filmado» en otros formatos, viaja al país de Gabriel García Márquez para festejar el 50 Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias. Del 25.02 al 05.03. www.festicinecartagena.org

PAN Y MANTEQUILLA Berlín. El histórico aeropuerto Templehof reabre sus puertas para convertirse en punto estratégico en tendencias con la nueva edición de Bread&Butter. Del 20 al 22.01. www.breadandbutter.com HAY CARTAGENA Cartagena de Indias, Colombia. Hace más de tres lustros que el Hay Festival salió de su Gales natal y, tras pasar por Italia, Brasil y España, se consolida en Colombia. Del 28 al 31.01. hayfestival.com/cartagena OLIMPIADA CULTURAL Vancouver, Canadá. Al hilo de las Olimpiadas de Invierno, la principal ciudad del Pacífico canadiense ha preparado varias semanas de literatura, arte audiovisual, música y teatro. Del 22.01 al 21.03. www.vancouver2010.com

FESTIVALES FIESTAS LA CULTURA ES CAPITAL Varias sedes. Essen, en Alemania; Estambul, en Turquía, y Pécs, en Hungría, fueron elegidas Capitales Europeas de la Cultura 2010, y las tres ofrecen atractivos y muy distintos eventos durante todo el año. www.essen-fuer-dasruhrgebiet.ruhr2010.de www.istanbul2010.org en.pecs.hu 142

TAMBORRADA San Sebastián, España. ¡Kalera!, ¡A la calle!, proclama en una de sus estrofas la Marcha de San Sebastián, que supone el punto álgido de una fiesta donde se conmemora la ocupación napoleónica a golpe de tambor. 20.01. www.donostia.org

LA NOCHE DE BURNS Escocia. El «haggis», plato típico escocés, y el whisky protagonizan una noche de fiesta nacional en recuerdo del poeta del siglo xviii Robert Burns, que se cierra con la archiconocida canción Auld Lang Syne. 25.01. scotland.org/burns-night DON CARNAL Viareggio, Italia. Esta ciudad toscana, que empezó celebrando el carnaval para protestar por una subida de impuestos, se entrega de tal forma a Don Carnal que incluso tiene una ciudadela dedicada exclusivamente a las fiestas que se suceden durante días. 31.01 y 07, 14, 16, 21.02. viareggio.ilcarnevale.com LIBROS EL ESCRITOR DETRÁS DE CARVER Instrucciones para leer a Gordon Lish: buscar el relato «Beginners» de Carver pasado por la implacable edición de Lish en la web de la revista The New Yorker; después, correr a comprar Perú, la primera de las novelas de este extraordinario autor traducidas por fin al castellano, gracias a la exquisita Editorial Periférica , que promete continuar con toda su obra.


L'ANY CERDÀ / BRECHT POR BUERO VALLEJO / HAY CARTAGENA / EL INVENTOR DEL «ESTILO CARVER» / LAS GREGUERÍAS Y CHEMA MADOZ / MARILYN, EL OTRO / JAZZ EN LA IGLESIA

LAS GREGUERÍAS Y CHEMA MADOZ La agudeza de Ramón Gómez de la Serna en sus greguerías cobra un nuevo sentido gracias al objetivo del fotógrafo Chema Madoz, quien interpreta alguna de estas perspicaces imágenes, la mayoría inéditas, en un libro de la colección BlowUp Libros Únicos de La Fábrica Editorial. www.lafabrica.com PREMIOS MIGUEL HERNÁNDEZ Orihuela, España. La conmemoración del centenario del nacimiento del gran poeta alicantino prevé actos conmemorativos durante todo el año; entre ellos, tres premios que llevan su nombre: uno nacional de poesía, y dos internacionales, de periodismo y poesía. Hasta el 10.01. miguelhernandezvirtual.com EL REICH DE BOLAÑO La agencia Wylie anunció en la Feria de Libro de Frankfurt que había un inédito de Roberto Bolaño del que nada se sabía, salvo que se llamaba El Tercer Reich, estaba mecanografiado y corregido «meticulosamente» a mano. Ahora, Anagrama, la habitual editorial en castellano del escritor chileno, presenta póstumamente este libro.

RUSIA, INVITADA DE CUBA La Habana. El mundo editorial cubano lleva diecinueve años reuniéndose en torno a su Feria Internacional del Libro y esta vez invita a conocer a los autores y al sector editorial ruso. Del 11 al 21.02. EL AÑO DE MARK TWAIN Varias sedes. A cien años de la muerte del padre de Huckleberry Finn, el Mark Twain Museum e instituciones en todo el mundo celebran actos para recordar a uno de los autores norteamericanos más populares. Todo el año. www.twain2010.org MÚSICA MARILYN EN ESPAÑA Varias sedes. Su satánica majestad Marilyn Manson aterriza en España para seducir de nuevo en directo a sus incondicionales españoles. 03.12 Palacio de los Deportes, Madrid. 04.12 Palau Sant Jordi, Barcelona. PARTENOPE RESUCITADA Sevilla. La capital andaluza se convierte en templo operístico con Partenope, obra de Leonardo Vinci estrenada en los carnavales de Venecia de 1725 y ahora resucitada por Gustavo Tambascio. 03.02

JAZZ EN LA IGLESIA Sigüenza, España. Una iglesia convertida en templo del nuevo jazz para acoger los acordes Digital Primitives, Filthy Habits Ensemble y el dúo Brigada Bravo & Día con dos bateristas invitados, Ramón López y Daniel Humair. 05, 06 y 07.12 www.jazzsiguenza.com MONOS ÁRTICOS EN IBERIA Varias sedes. Los Arctic Monkeys aterrizan primero en Portugal y luego en España para para presentar su último trabajo, Humbug. Como en uno de sus temas más populares, apostamos que «you [will] look good on the dancefloor». 02.02 Coliseum, Oporto. 03.02 Campo Pequeno, Lisboa. 05.02 Satélite Telefónica Arena, Madrid. 06.02 Palau Sant Jordi, Barcelona. articmonkeys.com TROVADORES EN EL ZÓCALO México D. F. Los «gringos» defienden a capa y espada su folk; sus vecinos mexicanos no quedan atrás y han elegido el inmenso Zócalo de su capital para presentar el primer festival internacional de la trova. 06 y 07.02. www.fitm.com.mx 143


Por contar con escuelas universitarias de escritura creativa con un alto nivel de exigencia. Por tener revistas de actualidad como The New Yorker, Esquire o The Atlantic Monthly que semanal o mensualmente publican relatos de ficción. Por fomentar premios RIGUROSOS en sus criterios de evaluación. Por hacer que editores especializados como Malcolm Cowley, Bill Buford o Gordon Lish creen escuela como «escritores consejeros» de los autores. Por todo esto, LA NARRATIVA DE FICCIÓN EN NORTEAMÉRICA ES ACTUALMENTE una de las más sólidas, valiosas y renovadoras del panorama internacional. A ella dedicamos el próximo número. Eñe 21. PRIMAVERA 2010. NUEVOS NARRADORES DE NORTEAMÉRICA

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Eñe. Revista para leer nº 20. Cosecha Eñe 2009