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Biblioteca PHotoBolsillo

Alfredo Cรกliz


Alfredo Cáliz Un camino lleno de preguntas Por José Manuel Navia

Alfredo Cáliz fotografiado por Joel Cáliz


Pakistán, 2006

A veces un compañero, un amigo, al pedirte algo, te está abriendo una puerta que tú no eres capaz de abrir por ti mismo. Pero sobre todo, al pedirte algo, te está dando una lección; en tu mano está ser capaz de aprenderla. Porque no sólo y no siempre aprendemos de los maestros, de los que nos antecedieron; a veces toca aprender de quien es más joven que uno. Esto es lo que me ha ocurrido a mí con Alfredo Cáliz, fruto de su honestidad y su generosidad. Muchas veces establecemos categorías para intentar hacer el mundo inteligible, aunque bien sabemos que toda categoría supone una reducción. Pero puestos a establecer algunas, podríamos, por ejemplo, dividir el mundo de los fotógrafos entre quienes hemos dormido en el «Hospedaje Comedor Las Tres Olguitas» y quienes no lo han hecho. Llamado así por estar regentado, en lo alto de la sierra de los Cuchumatanes, en Guatemala, por tres generaciones de Olgas, tenía unas rendijas de dos dedos entre las tablas que hacían de pared, que dejaban pasar un frío inmisericorde. Alfredo durmió en «Las Tres Olguitas» allá por 1993, en sus comienzos como fotógrafo, un año después de haberlo hecho yo, cuando aún no le conocía. Alfredo, como otros, como yo mismo, quiso ser fotógrafo para conocer el mundo –no para descubrir ni cambiar nada–, como una forma de vida en la que reconocerse a sí mismo. Por entonces ya sospechábamos que la mayor aventura, el mayor misterio, acaso nos esperaba en lo ya conocido, en lo más cercano. Años después, cuando este siglo alboreaba, en Zahara de la Sierra, en la tranquilidad del verano, me mostró una primera maqueta, cuadrada, más pequeña, de su libro sobre Marruecos hoy felizmente publicado. Fue una experiencia intensa e inolvidable. Se trataba del trabajo profundo y honesto de un fotógrafo que quiere ser –y hoy es– en color, pero que se había impuesto el blanco y negro porque es la escuela de la que había mamado como ayudante de un fotógrafo de estudio (de entonces conserva también su gusto por la Hasselblad) y, lo que es más importante, por afirmar una mirada propia. Recuerdo ahora la emoción de aquel día cuando surgió el nombre de Mohamed Chukri, el escritor marroquí que, poco antes de morir, me dijo en el hotel Ritz de Tanger: «Yo no tengo nada que perder al escribir como lo hago. Soy un Mohamed cualquiera». Alfredo Cáliz, nieto de la señora Anastasia, que recogía garbanzos en Saelices e iba a Tarancón en un carro a venderlos, e hijo


La Mancha, 2005

de Gloria, una mujer emprendedora que se fue a Madrid a montar una casa de huéspedes en Las Peñuelas que le dio para sacar a la familia adelante y terminar con una pequeña industria de confección, sabe bien lo que vale un Mohamed cualquiera. Por seguir con las categorías, ahora más en serio, bien podríamos hablar de fotógrafos creadores de símbolos y fotógrafos creadores de signos. De los primeros, autores de una fotografía «comprometida» que quiere cambiar el mundo, poco que añadir. La deuda que tenemos los reporteros con W. Eugene Smith y sus discípulos es tan grande como grande es por desgracia la desconfianza generada por esas imágenes creadas tantas veces «a pie forzado» con tal de que actúen como grandes rocas de significado inequívoco (me asaltan ahora las palabras de Luis Cernuda cuando hablaba de los mitos como engendradores de vida frente a los símbolos como algo muerto). Al fin y al cabo, el trabajo documental «no se puede emprender ni a la ligera, ni con la más mínima facilidad, ni con ninguna esperanza de “éxito”», nos enseñó James Agee en época temprana. Por ello, algunos preferimos pensar en las fotografías como meros signos, signos gráficos cuya característica principal es su polisemia, el presentar significados abiertos. O, dicho de otro


La Barceloneta, 2005

modo, siguiendo a Lissette Model, el fotógrafo al disparar sólo se hace preguntas, y a veces la propia fotografía, el resultado, es la respuesta. En este sentido habló Walker Evans de documentalismo poético (Lyric Documentary). Se trataría de producir un documento a partir del carácter específico de la imagen fotográfica, sin mensaje explícito ni propaganda; un documento que partiendo de lo real va más allá y atañe a lo más profundo tanto del sujeto y su entorno, como del propio fotógrafo. Imágenes que acaso ayuden a convertir espacio en memoria... ¡Qué fascinante la relación que se establece en la fotografía entre espacio y tiempo, entre lugar y memoria, cuánto que ver con la literatura! «El paisaje es memoria», escribió Julio Llamazares. La fotografía tiene que ver con lo telúrico (Evans diría con lo vernáculo) y a Alfredo le gusta recordar a Susan Sontag cuando decía que el fotógrafo tiene un saber antiguo, o más bien particular. En definitiva, el fotografiar parte de dos rarezas insondables. La primera, el interés que tenemos muchos humanos desde hace poco más de siglo y medio, por mirar el mundo a través de un aparatito para crear una imagen que se parece al mundo pero no es el mundo, aunque pase después a pertenecer al mundo y ayude a completarlo. Y la segunda, aún mayor, el que algunos pretendamos ganarnos la vida ejerciendo tan excéntrica actividad. ¡Qué difícil para un fotógrafo como Alfredo Cáliz! Un verdadero creador de signos, un hombre lleno de preguntas que a la vez ha querido, por encima de todo, ser un profesional, hacer de la fotografía su modo de vida, teniendo que navegar en el mundo de la prensa, en el que cada vez hay menos lugar para la verdadera fotografía y más para el artificio, y a la vez defender su mirada, su propio trabajo. Porque Alfredo sabe que la fotografía es algo fácil de hacer, pero no tan fácil de hacer bien, como le gusta decir al maestro Momeñe, recalcando algo que parece una obviedad pero no lo es. Y porque pertenece a ese selecto grupo de personas que saben de verdad qué es La Fotografía, así, con mayúsculas. «Una fotografía no es una pintura, un poema, una sinfonía ni una danza. No es sólo una imagen bonita, ni un ejercicio de técnicas contorsionistas. Es, o debería ser, un documento significativo, una afirmación penetrante», nos sigue susurrando incansable doña Berenice desde su tumba. Sé que Alfredo comparte un sentimiento que he expresado en múltiples ocasiones: ser demasiado artista para


Uganda, 2003

los periodistas, y demasiado periodista para los artistas, pero... ¿mira que si por ahí van los tiros? No los de la fama, las modas o los premios, desde luego, pero esos no parecen importarle demasiado a quien tiene la suerte de tener su ego bien embridado, fruto –sé bien de lo que hablo– de otros saberes aún más importantes: el saber querer y el sentirse querido. Ese es un privilegio que se tiene o no se tiene. Alfredo quiso unir un día su destino a Cathy diciéndole «yo quiero estar contigo porque tú me vas a enseñar la de Dios», ¡toda una declaración... de principios! Así cultivó el calor familiar que en parte le había negado la infancia, y el estímulo para seguir aprendiendo, él que arrastra un absurdo complejo de haber sido mal estudiante. Joel y Liam son fruto y testigos del éxito del experimento. En definitiva, las cosas que de verdad importan en la vida no se pueden ganar, hay que merecerlas, como escribió en su diario Miguel Torga. «Ya no soy fotógrafo reportero, ya no soy fotógrafo artista. Soy simplemente fotógrafo. Estoy entre ambos y  estoy muy bien. Sin embargo, tengo el sentimiento de haber estado más abierto a los otros, al mundo, de lo que había estado hasta ahora. Como fotógrafo errante me siento más solidario con la pobreza, las dificultades de la gente, la alegría o el sufrimiento, de lo que lo había estado como reportero.» En este camino que nos señala Raymond Depardon sin pretender dar lecciones, por el que transitamos algunos, nos encontraremos sin duda con Alfredo. Al fin y al cabo Alfredo Cáliz es un hombre capaz de demorar intencionadamente un viaje, perderse por carreteras secundarias y dejar volar la mente mientras en el reproductor del coche un CD puesto en repeat suena una y otra vez. Algo parecido me ha pasado esta tarde mientas disfrutaba por la ventana del atardecer lluvioso y nostálgico de la meseta, intentaba pensar en este prólogo y escuchaba los versos de Manuel Alcántara cantados por Mayte Martín. «No pensar nunca en la muerte / y dejar irse la tarde / mirando cómo atardece. / Ver toda la mar de frente / y no estar triste por nada / mientras el sol se arrepiente. / Y morirse de repente / el día menos pensado / ese en el que pienso siempre.» Y no sé por qué, era como si estos versos acudieran por fin en mi ayuda y hubieran sido escritos para un fotógrafo... Alfredo, tú ya me entiendes. Villatobas, diciembre de 2009


01.  Abdellatif. Marruecos, 1998


02.  La esquina. Salem, Marruecos, 2000


03.  Omar. Rabat, 2005


04.  Merzougha, Marruecos, 1998


05.  Marrakech, Marruecos, 2002


06.  Souira Kedima, Marruecos, 1999


07.  Casablanca, Marruecos, 2002


08.  Casablanca, Marruecos, 2005


09.  Sahara, Marruecos, 1999


10.  Argamasilla de Alba, Ciudad Real, 2005


11.  Tomelloso, 2005


12.  Hassan. El Ejido, Almería, 2008


13.  Depósito del Museo de Ciencias Naturales. Madrid, 2007


14.  Abu. Freetown, 2007


15.  Pepe. Argamasilla de Alba, Ciudad Real, 2005


16.  Despacho del General de los Jesuitas. Roma, 2007


17.  Kiko Argüello. Roma, 2008


Alfredo Cáliz