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Meneses La vida de un reportero / A Reporter’s Life


Meneses La vida de un reportero A Reporter’s Life


El periodismo y la vida según Enrique Meneses / Journalism and Life according to Enrique Meneses . . . 11 El Egipto de Nasser / Nasser’s Egypt . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19 Sierra Maestra

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Kruschev & Kennedy . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 113 Los derechos civiles en EE.UU. / Civil Rights in the United States . . . . . . . . . . . . . . . . 135 Las bodas reales / The Royal Weddings

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El año de las estrellas / The Year of the Stars . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 199 Cronografía / Timeline

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«Seguí a Dominguín durante tres semanas y estaba haciendo una mierda de fotos, no soy fotógrafo ni de toros ni de toreros. Y de repente aparece la décima parte de potra que necesita un periodista, como siempre digo, por una foto como ésta: aquel día, cuando alguien llamó a la puerta, Dominguín me dijo que abriese. Era Picasso con el perro».

Los entrecomillados de los pies de foto de este libro son palabras de Enrique Meneses y corresponden a los comentarios que el autor hizo cuando repasaba la maqueta en diciembre de 2012, tres semanas antes de su muerte.

“I followed Dominguín around for three weeks and I was taking really shitty pictures; I’m not a photographer of bulls or bullfighters. Then suddenly that tenth part of luck that a journalist needs, as I always say, to get a photo like this came along: that day, when someone knocked on the door, Dominguín told me to answer. It was Picasso with the dog.”

The quotes appearing in the photo captions of this book are remarks made by Enrique Meneses while reviewing the galleys in December 2012, three weeks before his death.


Enrique Meneses contempla, desde la frontera de SudĂĄn, la planicie de Uganda por la que discurren los meandros del Nilo. La foto la hizo su compaĂąero de aventura Jaime Cavero (1954). Enrique Meneses, at the Sudanese border, looking out at the meanders of the Nile flowing across the Uganda plains. The picture was taken by fellow adventurer Jaime Cavero (1954).

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El periodismo y la vida según Enrique Meneses

Journalism and Life according to Enrique Meneses

Por/By GUMERSINDO LAFUENTE

«He querido estar donde se hacía la historia para sentirla en mis carnes». Enrique Meneses resumía así su vida, un trayecto apasionante para el que muy probablemente ha sido el reportero español más internacional de la segunda mitad del siglo XX. Enrique fue un gran contador de historias, un hombre encantador, lleno de recursos. Un soñador que no se detenía ante nada. Ni las fronteras, ni los idiomas, ni el dinero, ni las desgracias, ni la enfermedad lograron nunca aplastar su ánimo. Devoró la vida. Viajó, trabajó y amó. Siempre mirando de frente y sin olvidar una de sus frases preferidas: «Toda derrota se puede convertir en una victoria». Y este libro no va ser la última que logre, pero sí una de las más esperadas por él al final de su vida. Enrique triunfó como periodista, logró exclusivas mundiales, publicó en los medios más poderosos de su tiempo, dentro y sobre todo fuera de España. Pero quizá un poco por su culpa, por su empeño en mirar sólo hacia delante, pero también y principalmente por la miseria imperante en esta España del pelotazo fácil y la cultura escasa, nunca llegó a tener el reconocimiento que de verdad se le debía. Tampoco su obra como fotógrafo había sido recogida en un libro editado con el mimo, la paginación y la calidad de impresión y papel que merece. Aquí está, Enrique, cumplido el encargo.

«A mi sólo me interesaba la distancia de La Habana a Puerto Limón (Costa Rica)». El amor fue siempre el motor principal de la vida de Meneses. Así llegó a Cuba. Por amor logró la que sería la exclusiva periodística de su vida. Arrancaba 1957 y Enrique se desesperaba en Madrid, después de cuatro años de excitantes peripecias en África. Y decidió ayudar a Chinina, una prima hermana, «bellísima muchacha de 19 años con el cuerpo propio de una bailarina de ballet». Enrique y su prima se escaparon juntos con la disculpa de impedir un matrimonio de conveniencia planeado por la madre de la chica. Francia, Suiza, Alemania, Bélgica… En Bruselas terminó la aventura. La policía devolvió a Chinina a su madre, que la embarcó hacia Costa Rica, donde su padre, diplomático, acababa de ser nombrado embajador. Pero Enrique no se rindió. Planeó ir a Cuba y de allí saltar a Costa Rica. Logró un pasaje a La Habana y un encargo de Paris Match para hacer un reportaje sobre un túnel que una empresa francesa estaba construyendo bajo la bahía. También hubo una difusa referencia

“I wanted to be where history was being made and experience it in the flesh.” With this phrase Enrique Meneses summed up his life, the thrilling journey of a man who was quite probably Spain’s most international journalist during the second half of the 20th century. Enrique was a master storyteller, a charming, highly resourceful man, a dreamer who let nothing stand in his way. Neither borders, nor languages, nor money, nor misfortunes, nor illness ever managed to crush his spirit. He devoured life. He travelled, worked and loved, always looking straight ahead and never forgetting one of his favourite sayings: “Every defeat can be turned into a victory.” And although this book will not be the last, it was one of his most eagerly anticipated victories towards the end of his life. Enrique was a highly successful journalist: he obtained world exclusives and was published in the most powerful media of his time in Spain and, above all, abroad. Yet he never received the recognition that was his due; perhaps this was partly his own fault, because of his steadfast determination to always look ahead rather than back, but the principal culprit was undoubtedly the widespread wretchedness of the Spain of his day, long on get-rich-quick schemes and short on erudition. Nor had his work as a photographer been compiled in a book edited with the meticulous care, extension and printing and paper quality it deserved. So, Enrique, here it is at last: assignment completed.

“The only thing that interested me was the distance from Havana to Puerto Limón (Costa Rica).” Love was always the primary driving force in Meneses’ life. It was love that took him to Cuba, and love gave him the greatest journalistic exclusive of his life. The year 1957 had just begun, and Enrique was growing restless in Madrid after four years of exciting exploits in Africa. So he decided to help his first cousin Chinina, “a lovely 19-year-old girl with the figure of a ballet dancer.” Enrique and his cousin ran away together, supposedly to avoid a marriage of convenience arranged by the girl’s mother. France, Switzerland, Germany, Belgium… Their adventure ended in Brussels. The police returned Chinina to her mother, who put her on a boat to Costa Rica where her father, a diplomat, had just been appointed ambassador. But Enrique didn’t give up. He made plans to travel to Cuba and from there to Costa Rica. He secured passage to Havana and finagled an assignment from Paris Match to produce a photo essay about the

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a una revolución que se estaba produciendo en la isla. Así se embarcó Meneses en Barajas, en Cubana de Aviación, y en la prensa local que repartían en el avión leyó que hablaban de un tal Fidel Castro y de una docena de hombres que luchaban en Sierra Maestra y que el gobierno de Batista tenía acorralados y a punto de exterminar. Pronto el objetivo inicial del viaje se desvaneció y el reportero se fue dando cuenta de que iba a ser testigo de uno de los mayores acontecimientos de la insurgencia del siglo veinte. Llegar a Sierra Maestra desde La Habana no fue tarea fácil. Ya estaban allí intentándolo un buen tropel de periodistas de diversos medios norteamericanos, principalmente un nutrido equipo de Time/ Life, los grandes competidores de Paris Match. Sólo un tipo tan listo, tan encantador y tan decidido como Enrique iba a ser capaz de lograr subir a la sierra sin ser interceptado por la policía de Batista. Sus fotos y sus historias de los barbudos rebeldes dieron la vuelta al mundo. Allí estaban Fidel y Raúl Castro, el Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Vilma Espín… Los nombres que para muchos hoy son mitos, pero que en ese momento aún eran desconocidos para casi todos.

Enrique no llegó al periodismo por casualidad. Su familia, su casa, era una especie de redacción ambulante. Le gustaba contar con todo tipo de detalles, así era él, cómo nació un 21 de octubre de 1929 en la calle Príncipe de Vergara de Madrid. Al mismo tiempo, al otro lado del Atlántico, en Nueva York, empezaban los primeros síntomas de lo que se convirtió, tres días después, en el «jueves negro», el crack de la bolsa que dio paso a la gran depresión. Mientras tanto, Enrique Meneses padre esperaba el nacimiento de su primogénito en la Gran Peña, en la Gran Vía, jugando su habitual partida de bridge. Éste era el escenario. Un padre millonario sucesivamente arruinado, heredero de la gran fábrica de Plata Meneses y dedicado en cuerpo y alma al periodismo desde su revista Cosmópolis y a las relaciones con la alta sociedad de la época. Una madre bellísima, ganadora de la Copa de la Reina de Tenis. Y un país, España, que se encaminaba hacia uno de los momentos más excitantes y turbulentos de su historia. El inicio de la Guerra Civil pilló a Enrique y a su familia de vacaciones en Biarritz y eso marcó su niñez y su educación. Pronto saltaron a París, donde su padre abrió oficina de su agencia Prensa Mundial, y allí Enrique encontró a Mademoiselle Seigner, una profesora a la que veneraba de tal forma que en sus memorias1 escribió: «Aquella maestra me marcó para toda la vida. […] Todo lo que soy se lo debo a ella, incluida la orientación de mis lecturas».

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tunnel being dug under the harbour by a French company. There was also a vague reference to a revolution underway on the island. And so Meneses went to Barajas Airport and boarded his flight, operated by Cubana de Aviación, and in the local papers passed out on board he read about someone named Fidel Castro and a dozen men fighting in the Sierra Maestra who had been surrounded and were on the verge of being exterminated by Batista’s forces. The original purpose of the trip was soon forgotten as the reporter realised that he was about to witness one of the greatest insurgency movements of the 20th century. Getting to the Sierra Maestra from Havana was no easy feat. A throng of journalists from various US media organisations, including a large crew from Time/Life, Paris Match’s main competitors, were already there trying to find a way in. Only a chap as clever, charming and determined as Enrique could have made his way into the mountains without being intercepted by Batista’s police. His photographs and stories of the bearded rebels circled the globe. They were all there: Fidel and Raúl Castro, Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Vilma Espín —names that are now legends for many but at the time were unknown to virtually everyone.

Enrique did not stumble into photojournalism by chance. His family and his home environment was a kind of itinerant newsroom. He loved to tell the story —fleshed out in colourful detail, as was his way— of how he was born on 21 October 1929 on Príncipe de Vergara Street in Madrid. Across the Atlantic, in New York, the economy was presenting the first symptoms of the catastrophe that would occur three days later: “Black Thursday”, the stock market crash that triggered the Great Depression. Meanwhile, Enrique Meneses, Sr., awaited the arrival of his firstborn son at the Gran Peña social club on Madrid’s Gran Vía, playing his usual game of bridge. These were the players and the setting: an increasingly impoverished millionaire father, heir to the great Meneses silver factory, who poured his heart and soul into pursuing journalism via his magazine Cosmópolis and cultivating relations with the high society of his day; a dazzlingly beautiful mother, winner of the Queen’s Cup in tennis; and a country, Spain, heading into one of the most exciting and turbulent periods in its history. The outbreak of the Spanish Civil War found Enrique and his family on holiday in Biarritz, and that event marked his childhood and education. The family soon moved to Paris, where his father opened an office of his press agency, Prensa Mundial, and it was there that Enrique met


La guerra no daba tregua. Finalizada en España, ahora eran los alemanes los que se acercaban a la capital de Francia. Enrique y sus hermanos regresaron a Biarritz, pero pronto se instalaron en Estoril y acudían todos los días a la Escola Francesa de Lisboa, para seguir estudiando en francés. El inglés lo aprendieron en el cine del Casino de Estoril. Más concretamente, y según le gustaba contar a Enrique, «con Clark Gable diciendo a Vivian Leigh que la quería». A su regreso a Madrid, para terminar el bachillerato en el Liceo Francés, Enrique se trajo el inglés y el portugués aprendidos en Estoril y Lisboa, y tras un paso fallido por los estudios de Derecho, se dedicó a lo que fue su vida: el periodismo.

Ya de niño, en París, una de sus grandes pasiones era Egipto. En cuanto podía se marchaba con sus hermanos pequeños al Museo del Louvre y les hablaba de Isis, de Horus, de las pirámides, de la inmortalidad… Quizá por eso, a la primera oportunidad, después de trabajar en el lanzamiento en España de Selecciones del Reader’s Digest y de un temprano estreno como reportero, con sólo 18 años, para cubrir en Linares por iniciativa propia la muerte de Manolete, se plantó en El Cairo de 1954. Con poco equipaje, menos dinero, una elemental cámara Olympus y, por supuesto, sin billetes de vuelta, Enrique Meneses estaba en la ciudad de sus sueños y en el continente que le robaría el corazón para siempre. Tras muchos meses de aventuras y picardías diversas para sobrevivir, Enrique encontró a un cómplice perfecto para hacer realidad sus locuras: Jaime Cavero, Jaimito Bailén para los amigos del Madrid de juergas y timbas de los 50. De su mano, y obsesionados por la imagen de una joven nuer de la región de Ecuatoria, en el sur sudanés, que había aparecido desnuda en las páginas de Paris Match, se lanzaron a una búsqueda imposible que al final les llevaría desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo. Nunca encontraron a la bella nuer, pero vivieron las peripecias más asombrosas que se pueda imaginar, recorrieron 27.000 kilómetros y, a sus 26 años, tuvieron la sensación de que el mundo les pertenecía.

«Casi todo lo que sé de fotografía lo aprendí de Shahrokh Hatami». Enrique era así de sincero. Fue un reportero excepcional; sabía cómo llegar a los sitios en el momento oportuno y, casi lo más difícil en aquella época, cómo salir para poder contar la historia a sus lectores y hacer llegar a las revistas y diarios los carretes a tiempo para la hora de cierre. Hatami no sólo le dio a Meneses las bases de la técnica

Mademoiselle Seigner, an instructor whom he admired so greatly that in his memoirs1 he wrote of her: “That teacher changed my life forever. […] Everything I am I owe to her, including the way I interpret things.” There was no rest from war. By the time the Spanish conflict had ceased, the Germans were approaching the French capital. Enrique and his siblings returned to Biarritz, but they soon moved to Estoril, Portugal, where they attended Lisbon’s Escola Francesa to continue their studies in French. They picked up English in the cinema at the Estoril Casino —more specifically, as Enrique liked to say, “With Clark Gable telling Vivian Leigh that he loved her.” When he returned to Madrid to complete his secondary education at the Liceo Francés, Enrique brought the English and Portuguese he had learned in Estoril with him, and after an unsuccessful stint in law school he finally turned to what would become his raison d’être: journalism.

Even as a boy, when living in Paris, Egypt had been one of Enrique’s great passions. Whenever he had the chance, he would set off for the Louvre with his younger siblings in tow, telling them of Isis, Horus, the pyramids and immortality. Perhaps that was why, after working on the launch of Selecciones del Reader’s Digest in Spain and making an early debut as a reporter at the age of 18 by covering the death of the famous matador Manolete in Linares on his own initiative, he leapt at the opportunity to travel to Cairo in 1954. With little luggage, even less money, a rudimentary Olympus camera and, of course, no return ticket, Enrique Meneses had landed in the city of his dreams and on the continent that would steal his heart forever. After many months of adventuring and living by his wits, Enrique met the perfect accomplice with whom to carry out his harebrained schemes: Jaime Cavero, Jaimito Bailén to his friends from the nocturnal revels and gambling dens of 1950s Madrid. Obsessed with the image of a young Nuer woman from the region of Equatoria in southern Sudan, who had appeared naked in an issue of Paris Match, the two men set off on an impossible quest that ultimately took them from Cairo to Cape Town. They never found the lovely Nuer woman, but they had the most amazing adventures imaginable, covered a distance of 27,000 kilometres and, at the tender age of 26, took infinite delight in the sensation that the world was their oyster.

“Practically everything I know about photography I learned from Shahrokh Hatami.” That was Enrique: sincere to a fault. He was an

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fotográfica, sino que fue también su primer contacto con el semanario más prestigioso del momento en Europa, Paris Match. Acababa de estallar la Guerra de Suez. Israel, con el apoyo de Fran­cia y Reino Unido, atacó Egipto el 29 de octubre de 1956. Previamente, el 26 de julio, Nasser había nacionalizado el Canal. Enrique estaba allí y decidió ir a cubrir la guerra. Lo cuenta muy gráficamente en sus memorias: —Yo no sé lo que pensáis hacer después de desayunar, pero yo me marcho al frente en cuanto termine. —Te detendrán antes de llegar a Heliópolis. Las carreteras que van al frente están totalmente controladas por el ejército egipcio. […] «Cuando salimos a la calle de Kasr–el–Nil, detuve un taxi. “¡Al frente!”, dije al chófer mientras metía mi mochila y mi bolsa de fotografía en el vehículo. Mis colegas no sabían qué hacer. […] »Y así es como nos fuimos a la guerra, en el taxi matrícula Cairo 1665, los corresponsales de Il Tempo de Roma, de Il Giorno de Milano, el de Informaciones de Madrid y un redactor de Akhbar El–Yom». En esos días, y muy cerca de donde estaba Enrique, murieron bajo las balas del ejército egipcio David Seymour (Chim), uno de los fundadores de Magnum, y Jean Roy, de Paris Match.

Desde ese viaje iniciático a África, Enrique formó parte de una tribu de elegidos que retrató los acontecimientos más trascendentales de los años cincuenta y sesenta. Se codeó con Gordon Parks, Paul Schutzer, Jacques Lowe, Bert Stern, Richard Avedon. Cada uno tenía su mirada, su técnica, su personalidad, y Meneses eligió siempre el método más directo, más sencillo, más periodístico. «Utilizaba la cámara como un aparato tan simple como un lápiz, su virtud es su función, fijar la mirada, documentar un hecho. No le interesaba ninguna clave estilística ni estética, la cámara era una extensión de sus ojos, una aseveración documental del instante, y ese instante era un hecho periodístico». Así describe Chema Conesa, responsable de la edición gráfica de este libro, el trabajo de Meneses. Y termina con su mirada: «Es intensa por la cercanía desde la que dispara a sus personajes, por la ausencia de artificio y la utilización casi exclusiva del objetivo que con más realismo reproduce la visión del ojo humano, el de 50 milímetros. Su teleobjetivo son sus piernas, su instinto periodístico llena el contenido de sus imágenes». Y da en el clavo Conesa. Para Enrique, su oficio era una especie de deporte entre caballeros sometido a las reglas del honor. Así lo aseguraba siempre y contaba cómo el 26 de noviembre de 1963

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exceptional reporter; he knew how to get to the right place at the right time, but he also knew —and this was probably the hardest part in those days— how to get back out in order to tell the tale to his readers and deliver his film rolls to magazines and newspapers on deadline. In addition to giving Meneses a solid foundation in photographic technique, Hatami was also his first contact with Europe’s most prestigious weekly at the time, Paris Match. The Suez Crisis had just begun. Israel, with the support of France and the United Kingdom, attacked Egypt on 29 October 1956. A few months earlier, on 26 July, Nasser had nationalised the Suez Canal. Enrique was there and decided to go cover the war. He described the moment quite graphically in his memoirs: “I don’t know what you all plan to do after breakfast, but I’m heading for the front as soon as I finish.” “You’ll be stopped before you reach Heliopolis. The Egyptian army has completely blocked all roads to the front.” […] “When we stepped out onto Qasr el-Nil Street, I hailed a taxi. ‘To the front!’ I told the driver as I tossed my backpack and camera bag into the car. My colleagues didn’t know what to do. […] And so we went to see the war, in a taxi with registration plate Cairo 1665: me, the correspondents from Il Tempo in Rome and Il Giorno in Milan, another from Informaciones in Madrid and a writer for Akhbar El–Yom.” Right around this time, and just a stone’s throw away from where Enrique was, David “Chim” Seymour, one of the founders of Magnum, and Jean Roy of Paris Match were killed by Egyptian army gunfire.

After that journey of initiation to Africa, Enrique was inducted into an elite tribe of photographers who documented the most significant events of the 1950s and 60s. He rubbed shoulders with Gordon Parks, Paul Schutzer, Jacques Lowe, Bert Stern and Richard Avedon. Each had his own unique perspective, technique and personality, and Meneses always went for the most direct, simple, journalistic approach. Chema Conesa, photo editor of this book, describes Meneses’ work in these words: “He used the camera as if it were as rudimentary as a pencil; its only merit was its ability to focus the gaze, to document a fact or event. He had no interest in establishing a stylistic or aesthetic tone; the camera was an extension of his eye, a documentary statement of the moment, and that moment was a journalistic fact or event.” And he ends with Meneses’ vision: “It is intense because of the


aterrizó en París, después de fotografiar el día anterior el entierro de John Fitzgerald Kennedy en Washington, con dos bolsas repletas de carretes de una docena de reporteros de diversos medios que confiaron en él como mensajero de su valioso trabajo. 1963 fue para Meneses un año crucial. En lo profesional y en lo personal. Con base en Nueva York, desarrolló una actividad trepidante. Cassius Clay, Dalí, Charles Aznavour, João Gilberto, los estrenos de cine con las estrellas de Hollywood, el esplendor de los Kennedy… Pero también la Marcha sobre Washington (donde capturó un inquietante retrato de Martin Luther King Jr,), el entierro de JFK, la mafia, el Ku Klux Klan y la lucha por los derechos civiles de los negros. Trabajaba sin descanso con la complicidad y la cercanía de Bárbara Montgomery, una australiana «bella, inteligente y valiente» que se casó con su hermano Alfonso pero, tras divorciarse, terminó convirtiéndose en su primera mujer y en la madre de su hija Bárbara.

Enrique nunca abandonó la fotografía, pero los setenta y los ochenta estuvieron marcados por varias aventuras editoriales, por su regreso a Madrid y por su salto a la televisión (Los reporteros, Robinsón en África), en la que ya había dado sus primeros pasos en los sesenta con A toda plana. Su entusiasmo era el de siempre. Fue director de Lui, Cosmopolitan y de la versión española de Playboy. «Ahora hago bastantes desnudos y retratos, hay que hacer de todo en la vida y esto no es de lo más desagradable», decía con ironía. Quizá porque la parte más importante de su carrera se desarrolló fuera de España, o porque algunos mojigatos no supieron entender su última etapa profesional, lo cierto es que su figura y su trabajo eran muy desconocidos a principios de los noventa. Afortunadamente, en el 93, Meneses hizo su penúltima travesura y, aprovechando un viaje profesional a la India de Annick Duval, su segunda mujer (a la que, por cierto, debemos el rescate de los negativos más valiosos de Enrique), se marchó en secreto a la Sarajevo cercada por los serbios. Allí se encontró con una tribu de reporteros que ya tenía poco que ver con la suya, pero también a unos asombrados colegas (Alfonso Armada y Gervasio Sánchez) que no podían creer que tenían delante al autor de las fotos de Sierra Maestra. «Gervasio, que podía ser mi hijo por la edad, se convirtió en mi padre por el poder de convocatoria que tiene y su tenacidad de luchador para las causas difíciles. “Resucitarme” ante las nuevas generaciones no le resultó tan duro como acabar con las bombas de racimo o el uso de niños–soldado en las guerras». Así lo ha dejado escrito Enrique en su blog y así fue como llegamos muchos a conocerle.

close proximity from which he shoots his subjects, the absence of artifice and his almost exclusive use of the lens that most closely replicates the quality of human eyesight: the 50 millimetre lens. His legs are his telephoto lens; his journalistic instinct fills the contents of his images.” And Conesa is absolutely right. Enrique saw his profession as a kind of gentleman’s sport governed by the rules of decency and honour. He never tired of saying this, and he would often tell the story of how, on 26 November 1963, he landed in Paris after photographing the funeral of John Fitzgerald Kennedy the day before, carrying two bags full of film rolls belonging to a dozen reporters from various media organisations, who trusted him to deliver the valuable fruits of their labour. 1963 was a crucial year for Meneses, both professionally and personally. Working out of New York, he embarked on a year of frenzied activity: he snapped pictures of Cassius Clay, Dalí, Charles Aznavour, João Gilberto, Hollywood stars at film premieres and the splendour of the Kennedys, but he also covered the March on Washington (where he captured an unsettling image of Martin Luther King, Jr.), JFK’s funeral, the Mafia, the Ku Klux Klan and the struggle for civil rights for black people. He worked tirelessly with the assistance and companionship of Barbara Montgomery, a “beautiful, intelligent and brave” Australian woman who married his brother Alfonso but, after their divorce, became Enrique’s first wife and the mother of his daughter Barbara.

Enrique never gave up photography, but the 1970s and 80s were marked by various forays into publishing, his return to Madrid and his leap onto the small screen with the TV shows Los reporteros and Robinson en África, though his first television experience had been with A toda plana in the 1960s. With the same energetic enthusiasm, he served as editor-in-chief of Lui, Cosmopolitan and the Spanish edition of Playboy. He ironically remarked, “Now I do a lot of nudes and portraits; you have to do a bit of everything in life, and this isn’t altogether disagreeable.” Whether because the greater part of his career was spent abroad, or because a few prudes were incapable of understanding his final professional period, the fact of the matter is that his name and work were little known in Spain in the early 1990s. Fortunately, in 1993 Meneses decided to pull his penultimate mischievous stunt. While his second wife, Annick Duval (whom we have to thank for rescuing Enrique’s most valuable negatives), was in India on business, he surreptitiously set out for Sarajevo, then besieged by the Serbs. There he encountered a tribe of reporters that bore little resemblance to his own, but also stunned colleagues (Alfonso Armada

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En 2001 Gervasio inició unos seminarios de fotografía en Albarracín y su primer invitado fue Enrique Meneses. El gran contador de historias hipnotizó a su audiencia, compuesta por dos centenares de jóvenes estudiantes que, al final, le preguntaban dónde había estado escondido los últimos años. Ese día empezó su última revolución personal. Una especie de cruzada en defensa de su oficio en la que Enrique, de la mano de la periodista y gran amiga Rosa Jiménez–Cano, empleó a fondo Internet, para él la mejor herramienta que han tenido nunca los periodistas independientes. Se sucedieron los blogs, las cuentas en Flikcr para enseñar sus fotos, su presencia en las redes sociales y la creación, impulsado por el 15M, de Utopía TV, su última aventura periodística. Todo aderezado con su presencia en congresos, universidades y, por fin, el reconocimiento de sus compañeros. Convirtió su casa en una gran redacción. Estaba siempre abierta y siempre llena de jóvenes entusiastas que escuchaban con atención los relatos geniales del compañero, del colega (odiaba que le llamasen maestro), que siempre tuvo a gala en la profesión y en la vida «ser fuerte con los fuertes y débil con los débiles».

1 Hasta aquí hemos llegado, Enrique Meneses. Ediciones del Viento, 2006.

and Gervasio Sánchez) who couldn’t believe they were actually faceto-face with the author of the Sierra Maestra photos. Enrique described the experience on his blog, which is how many of us came to know him: “Gervasio, who given our age difference could be my son, became my father thanks to his rallying power and tenacity as a champion of lost causes. For him, ‘resurrecting’ me for the new generations was child’s play compared to his struggles to do away with cluster bombs or the use of child soldiers in warfare.” In 2001, Gervasio began organising photography seminars in Albarracín, and his first guest speaker was Enrique Meneses. The master storyteller hypnotised the approximately 200 young students in the audience. Afterwards, many asked him where he had been hiding in recent years. That was the day he launched his final personal revolution. On this crusade in defence of his profession, Enrique, aided by his close friend and fellow journalist Rosa Jiménez-Cano, chose to wield a new and powerful weapon: the internet, in his opinion the best tool that freelance journalists have ever had. He became an avid blogger, created Flickr accounts to showcase his photos, participated in social networks and, inspired by the 15 May movement, created Utopía TV, his final journalistic undertaking. And in between he continued to appear at conferences and universities, and finally received the recognition of his colleagues. He turned his house into one huge newsroom. The doors were always open, and it was always full of enthusiastic young people who listened with rapt attention to the thrilling stories told by their colleague, their mate (he hated to be called master or teacher), who in both his profession and in life always prided himself on “showing strength before the strong and weakness before the weak.”

Fidel y Raúl Castro charlan con Enrique Meneses en Sierra Maestra. Fidel and Raúl Castro chatting with Enrique Meneses in the Sierra Maestra.

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Meneses entrevistó en cuatro ocasiones al rey Hussein de Jordania. Ésta de 1968, portada de ABC, fue la primera. Meneses interviewed King Hussein of Jordan on four occasions; this 1968 interview, which made the cover of the ABC newspaper, was the first.

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El

Egipto de Nasser

Nasser’s Egypt

Textos/Texts Javier F. Barrera

África, sin billete de vuelta. El río de la vida marca la cuna de la civilización y el nacimiento de la Humanidad. El Nilo con sus colores fija el nacimiento de Enrique Meneses como fotógrafo, periodista y aventurero, y en sus aguas de mil años surge el ímpetu que le llevará a recorrer el mundo. Pero antes fotografiará este río mítico lleno de historia y de historias y con él la revolución que lideró Nasser, algo que le valió un conocimiento de primera mano de una eclosión que luego le permitiría entender una época del mundo que él mismo llamó «Mis sixties« (Mis años sesenta). Y a sus protagonistas, que fueron muchos, abundantes, generosos, perversos y, sobre todas las cosas, apetitosos de fotografiar. De contar. Enrique Meneses salió de un gris Madrid en una España en blanco y negro para respirar y sin billete de vuelta. «Egipto, país de mis amores infantiles», escribe en sus memorias para añadir: «Tuve suficiente [dinero] para comprar una modesta cámara Olympus, un billete de tren hasta Marsella y otro de puente para el barco que hacía el trayecto Alejandría–Beirut. Todos los billetes, por supuesto, de ida sólo». Este acto tan simple es una primera lección de Periodismo que él repetiría a lo largo de su vida a todos los que le escucharon sus andanzas y leyeron sus memorias. En efecto, es en su etapa cairota donde se forja el sueño menesiano de libertad y aventura. Donde fotografía el mundo que crece ante sus ojos, con los que verá desde ese momento y para siempre el presente y futuro con visión propia. Enrique Meneses tiene 24 años cuando llega y El Cairo de 1954 «es irreconocible para cualquiera que hoy intente establecer comparaciones». Tiene por ejemplo 6 millones de habitantes y hoy son 16, casi el triple. El bautizo de Meneses a esta nueva vida que busca ocurre de noche, cuando el barco–dormitorio donde pernocta se hunde. No sólo se salva, sino que vende las fotos del naufragio. Del suceso concluye que «por eso, cuando he cometido errores, siempre he pensado que ya lloraré mañana». Esta idea se transforma con los años en un mantra que va mejorando hasta convertirse en una de sus frases favoritas: «El gran reto en mi vida ha sido siempre elegir la mejor opción que se me ocurría para solucionar un problema». Tras dos años de estancia en El Cairo, un 29 de junio de 1956, a «las 6h. o 7h. de la mañana, no recuerdo bien», deja escrito, sale con su compañero de juergas, también español, hacia El Cabo, en la otra

AFRICA: No Return Ticket. The river of life marks the cradle of civilisation and the birth of the human race. The Nile and its colours marked the birth of Enrique Meneses as a photographer, journalist and adventurer, and its millennial waters provided the impetus that would carry him around the world. But before that, he photographed this legendary river brimming with history and stories, and with it the revolution led by Nasser, an experience that gave him first-hand knowledge of an explosion which would later allow him to understand an era he referred to as “My Sixties.” He also captured its protagonists, which were many, abundant, generous, perverse and, above all, delightful to photograph —and delightful to tell. Enrique Meneses abandoned the greyness of Madrid in a blackand-white Spain to breathe and with no return ticket. “Egypt, land of my boyhood infatuations,” he wrote in his memoirs, adding, “I had enough [money] to buy a modest Olympus camera, a train ticket to Marseille, and another to change over to the ship that travelled the Alexandria-Beirut route. Of course, they were all one-way tickets.” This simple decision was an early lesson in journalism that he repeatedly shared throughout his life with all who listened to his tales and read his memoirs. For it was during his Cairo period that the Menesian dream of freedom and adventure took shape. There he photographed a world that expanded before his very eyes, grinding the singular lens through which he would, from that moment on, always view the present and future. Enrique Meneses was 24 years old when he arrived, and 1954 Cairo would be “unrecognisable to anyone who attempted to draw parallels today.” For example, in 1954 the city had 6 million inhabitants, and today its population is 16 million —nearly triple. Meneses’ baptism into this new life he sought happened one night, when the houseboat where he was sleeping sank. Not only did he survive, but he also sold pictures of the wreck. The event led him to a conclusion: “For that reason, when I’ve made mistakes, I’ve always thought that it’s better to cry over them tomorrow.” Over the years, this idea became a mantra which he gradually perfected until it became one of his favourite sayings: “The greatest challenge of my life has always been to choose the best solution I could think of to a given problem.” After he had been in Cairo for two years, on 29 June 1956 at around “six or seven in the morning, I don’t quite recall,” he wrote, Enrique and his partner-in-partying, a fellow Spaniard, set out for

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Reportaje en Paris Match sobre la desaparici贸n de cuatro estudiantes franceses y dos americanos cuando cruzaban el desierto de Nubia a bordo de dos Citro毛n 2CV. pp. 22-23

Article in Paris Match about the disappearance of four French students and two Americans who were crossing the Nubian Desert in two Citro毛n 2CV vehicles.

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Hussein saluda a su pueblo durante una concentraci贸n. Hussein greeting his subjects at a gathering.


punta de África, con el objetivo de encontrar a una mujer africana de belleza maravillosa que habían visto retratada en una revista. Cuatro meses después, «a principios de octubre de 1956», relata: «No habíamos encontrado a la belleza nuer, pero habíamos recorrido 27.000 kilómetros de continente africano saliendo de El Cairo con dos centenares de libras y la sensación de que el mundo nos pertenecía». Un 21 de octubre de 1956, «Jaimito [su inseparable amigo] y yo cumplíamos 27 años». También ocurre que Enrique Meneses va a dejar de ser un colaborador de prensa esporádico y se va a convertir en un enviado especial, la más alta, quizá, categoría en la pirámide del oficio. Estalla la denominada Guerra del Canal de Suez y aprovecha para pedir a los directores de los diarios Informaciones y ABC ser enviado especial o corresponsal, más allá de colaborador eventual. Lo consigue del primero de ellos. Le brota la juventud y «cuando salimos a la calle de Kasr–el–Nil, detuve un taxi. «¡Al frente!», dije al chófer mientras metía mi mochila y mi bolsa de fotografía en el vehículo». Enrique Meneses se convirtió de esta forma en corresponsal de guerra, algo que llevaría en la sangre durante el resto de su vida. En 1957, con 28 años, volvió a casa. Madrid. Donde todo estaba más o menos como lo había dejado, pero «yo tenía la sensación de haber vivido cuatro siglos en vez de cuatro años». […] «Había cruzado África de Cairo a Cabo, había asistido a una guerra, había visto a unos adúlteros crucificados en las arenas del desierto próximo a Yeddah, los niños muertos en Abu Suer y tantas cosas más». Enrique Meneses volvería de nuevo a El Cairo. Esta vez ya como periodista, y protagonizó mil y una peripecias. Sin duda, hay que destacar su trabajo fotográfico de Abu Simbel, en 1960, que sirvió a la Unesco para convertir en gigantescos posters repartidos por todo el mundo para la campaña que supuso trasladar el templo egipcio, ya que el lago Nasser lo iba a inundar. Describe este episodio como sin darle importancia: «Nos dejaron en tierra ante la curiosidad de los demás pasajeros. Nos arreglamos para pasar la primera noche y, como hacía mucho frío, encendimos una hoguera», que es la que se ve en las fotografías.

Cape Town, at the other end of Africa, with the intention of locating an African woman of legendary beauty they had seen portrayed in a magazine. Four months later, “in early October 1956”, he said, “we hadn’t found our lovely Nuer woman, but we had travelled 27,000 kilometres across the African continent, leaving Cairo with roughly two hundred pounds to our name and the feeling that the world was our oyster.” On 21 October 1956, “Jaimito [his inseparable friend] and I turned 27.” And another change was on the horizon: Enrique Meneses would go from sporadic contributor to foreign correspondent, perhaps the highest rung on the ladder of professional journalism. The war known as the Suez Crisis broke out, and Enrique seized the opportunity and asked the editors of the daily newspapers Informaciones and ABC to make him a foreign correspondent rather than an intermittent contributor. The first paper agreed. He was full of youthful energy, and “when we stepped out onto Qasr el-Nil Street, I hailed a taxi. ‘To the front!’ I told the driver as I tossed my backpack and camera bag into the car.” And so Enrique Meneses became a war correspondent, developing a passion and instinct for the job that would remain with him for the rest of his life. In 1957, at the age of 28, he returned home to Madrid, where everything was more or less as he had left it, but “I had the feeling that I had lived four centuries instead of four years. […] I had crossed Africa from Cairo to Cape Town, I had witnessed a war, I had seen adulterers crucified in the desert sands near Yeddah, dead children in Abu Suer, and so much more.” Enrique Meneses later returned to Cairo, this time as a full-fledged journalist, and had a thousand and one new adventures. One of his most memorable photo essays was the 1960 Abu Simbel project, which the UNESCO used to produce enormous posters that were displayed around the world for the campaign to relocate this Egyptian temple, soon to disappear under the waters of Lake Nasser. He wrote about this episode as if it were rather insignificant: “They made a special landing to drop us off, much to the surprise and curiosity of our fellow passengers. We settled in as best we could for the first night, and as it was quite cold we started a fire,” the same campfire that appears in the photographs.

pp. 24-27

Nasser y Anuar el Sadat recorren en coche descubierto las calles de El Cairo aclamados por la multitud. «Cubrí muchas manifestaciones en aquella época. Ascendía el panarabismo. Sadat perteneció a los Hermanos Musulmanes y, como les traicionó, lo mataron». Nasser and Anwar Sadat touring the streets of Cairo in an open-top vehicle, cheered by the crowds. “I covered a lot of demonstrations in those days. Pan-Arabism was on the rise. Sadat belonged to the Muslim Brotherhood, and because he betrayed them they killed him.”

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Nasser y Haile Selassie, Ăşltimo emperador de EtiopĂ­a. Nasser and Haile Selassie, the last emperor of Ethiopia.

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Arriba, el Ramsés, prototipo del que sería el primer coche egipcio. A la derecha, ambiente en las calles de El Cairo a finales de los años 50. Above, the Ramses, the prototype for what would be the first Egyptian-made car. Right, the atmosphere in the streets of Cairo in the late 1950s.

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«Mientras crecía el universo del panarabismo, se inauguraba el Hilton en El Cairo. La rubia de la foto es Martha Hyer [actriz norteamericana]. Es la historia de una época y de un lugar, una metáfora. El Nile Hilton. Las camareras vestidas de Nefertiti. Todo era un poco ridículo». “While the Pan-Arabic universe continued to grow, the Hilton opened its doors in Cairo. The blonde in the photo is Martha Hyer [an American actress]. It’s the story of a time and place, a metaphor. The Nile Hilton. The chambermaids dressed up as Nefertiti. It was all rather ridiculous.”

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Arriba, sorprendentes imรกgenes de la Gran Esfinge de Guiza con unas modelos bailando con hula hoops. A la derecha, desfile de moda en el Hilton de El Cairo. Above, Surprising images of the Great Sphinx of Giza with models doing a hula hoop dance. Right, a fashion show at the Cairo Hilton.

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Enrique Meneses