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The Bad Guy By LadyCornamenta

«En el amor siempre hay algo de locura, mas en la locura siempre hay algo de razón» Friedrich Nietzsche (1844 – 1900).


Parte I «I think you should know you're her favorite worst nightmare»

Capítulo I: «And worlds collide as the evening continues» Viernes, 15 de enero de 2010. La fría mañana del quince de enero, conduje mi vieja camioneta por la húmeda calle Spring, llenando la cabina con algo de música clásica e intentando recordar quiénes serían mis pacientes ese día y cuáles eran las obligaciones de las que debía hacerme cargo. Mi trabajo en el hospital Virgina Mason de Seattle era bastante rutinario. Todos los días me levantaba temprano, me encargaba de algunas tareas hogareñas, conducía hasta mi oficina y me encargaba de organizar mi área, localizada en un recientemente construido pabellón este sobre la calle Seneca. Tratándose de una especialización tan inestable como la psiquiatría, a veces podía volverse todo un desafío. Sin embargo, con el paso del tiempo, la organización de nuestro departamento había crecido progresivamente y, cuando había sido mi turno para dirigirlo, todo se encontraba lo suficientemente estable. Cada uno de los casos y tratamientos eran ordenados y delicadamente analizados, por lo que no tenía graves problemas. Sin embargo, no era conciente que pronto llegaría el principio de un cambio radical en mi vida. Ese viernes había comenzado como todos cuando llegué al hospital. Rosalie Hale, la recepcionista de la clínica, me esperaba con una carpeta que contenía el itinerario del día. Ella, una hermosa y levemente altanera muchacha rubia, trabajaba allí desde hacía tan sólo unos meses. Traía loco a la mitad del personal del hospital, pero nunca había demostrado genuino interés por ninguno. Incluso Jason, un viejo interno, había llegado a conjeturar que era lesbiana. Eso sólo le había valido una bofetada y una patada a su orgullo. Sí, Rosalie no era el tipo de chica con la que convenía tener una discusión. Después de una rápida conversación con la joven Hale, me dirigí hacia el elevador, con dirección al segundo piso de aquel recientemente construido edificio. Allí se encontraba mi consultorio, junto a los de algunos otros médicos, además de toda la parte administrativa. En los pisos superiores se hallaban las habitaciones de los pacientes que se encontraban bajo tratamiento permanente, las salas de recreación y los consultorios para tratamientos exclusivos. También había allí una piscina, un gimnasio, vestuarios, una biblioteca y un pequeño sector de reunión para el personal. Ingresé a mi lugar de trabajo más privado, que constaba de un escritorio, un par de sillas, una biblioteca y un ordenador. En el fondo de la habitación había un gran ventanal, que daba a la calle Seneca y brindaba una visualización total de las otras partes del hospital, además de permitir el ingreso de la agradable luz solar. Era una de las oficinas centrales del pabellón y me sentía realmente a gusto en ella. Acomodada en mi puesto tras el escritorio, comencé a revisar superficialmente los planes que tenía programados para el día. Comenzaba la mañana con algunas sesiones individuales: pacientes que ya había superado la etapa crítica en la que habían ingresado y con los que era necesario comenzar un trabajo de conversación y distensión. Yo no era exactamente psicóloga, pero sabía que el método freudiano de asociación libre era el más efectivo en esos casos y me consideraba una buena oyente. Al mediodía, después de mi almuerzo, tenía una charla grupal con algunas personas que habían afrontado muertes de familiares o conocidos y que habían quedado afectados después de la catástrofe; el hospital tenía un programa especial y muy efectivo, que se había ido desarrollando con el paso de los años. Allí finalizaba mi trabajo oficial, aunque muchas veces decidía quedarme voluntariamente a algunas clases de recreación que daban algunos de mis colegas. Era agradable ver el progreso de los pacientes a medida que el tiempo transcurría. Aquella clínica era como un segundo hogar para mí. Había desarrollado un cariño especial tanto por el personal como por los pacientes que se encontraban internados allí. Después de un tiempo trabajando en aquel lugar, había comenzado a sentir familiaridad con la rutina y mis colegas, con quienes había la


misma cordialidad de quienes viven bajo el mismo techo y deben mantener una serie de reglas de convivencia. Era un trabajo apasionante y agradable. El primer paciente del día llegó acompañado de Emmett McCarthy, uno de los enfermeros más indispensables del departamento. Su infalibilidad se debía, principalmente, a su gran altura y su excelente estado físico, que nos permitían lidiar con pacientes levemente inestables o reacios a la internación. Sin embargo, para mí, una de sus más destacables características era que, a pesar de su tamaño y su apariencia amedrentadora, era una persona graciosa y amable, con una gran predisposición para lidiar con cada uno de los enfermos. De alguna forma, era considerado el alma del hospital. —Hey, Bells, aquí está Newton —comentó, trayéndolo amablemente a su lado. Luego se acercó un poco, para hablar en privado conmigo—. Ten cuidado, hoy está realmente convencido que alcanzará las indias. Sonreí levemente, para luego despedirme de Emmett con un pequeño saludo. Mike Newton tenía un clásico problema de esquizofrenia, que había sido tratado con un progresivo tratamiento médico y pequeñas sesiones de regreso a la realidad. Él se metía seriamente en el papel de Cristóbal Colón y, como muchos de nuestros pacientes, estaba convencido que debía cumplir con su cometido. Alguna vez había leído que muchas personas recurrían a las fantasías para huir de la realidad, para darle emoción a su vida y tener un verdadero propósito en ella, incluso cuando el mismo fuera producto de su imaginación. Quizás, a veces, la realidad era demasiado dura para aceptarla. —Bueno, Mike, ¿crees que podrías contarme qué tienes planeado para hoy? La terapia hablada consistía, principalmente, en dialogar con los pacientes y hacerlos volver, poco a poco, a la vida que les correspondía. Todo residía en proveerles datos actuales, pedirles recordar cosas y permitir que su polvorienta memoria, llena de viejos o irreales recuerdos, volviera a aceptar el ingreso de nuevos y refrescantes pensamientos que habían sucedido auténticamente. Era un trabajo que requería esfuerzo y paciencia; lo había aprendido con el paso del tiempo y los pacientes. —Angela, ¿podrías llamar a Emmett? —pedí a mi asistente por el intercomunicador, cuando Mike comenzó a sentirse realmente incómodo con mis preguntas—. Creo que ya hemos terminado aquí. —Enseguida, doctora Swan. Pocos segundos después, no fue Emmett quien apareció en mi consultorio. En su lugar se presentó Seth Clearwater, otro de los enfermeros del hospital. El muchacho, un estudiante de medicina de veinte años de edad, era mucho más desgarbado y pequeño en comparación con el joven McCarthy. Sin embargo, su predisposición para el trabajo se notaba constantemente. Él estaba allí para aprender más sobre una carrera que le apasionaba y día a día hacia un gran esfuerzo para que eso se notara. —Lleva a Newton a su cuarto y dale algún calmante suave —le susurré—. Necesita relajarse un poco. Ha sido una sesión dura para él. Seth asintió enérgicamente, mientras se llevaba a Mike con gran cuidado. Cuando el joven Clearwater abandonó el consultorio, me dejé caer en mi silla, dando un suspiro. Comencé a revisar la ficha de Mike Newton y los progresos que había tenido en el último tiempo y una pequeña sonrisa asomó en mi rostro. Las alucinaciones eran menos frecuentes y comenzaba a tener una mayor noción de lo que sucedía fuera de aquella realidad paralela ubicada a fines del siglo XV. Era una auténtica satisfacción sentir que los tratamientos funcionaban y que, progresivamente, los pacientes conseguían volver a soñar con la posibilidad de una vida normal. Incluso cuando, en algunas ocasiones, la realidad fuese dura, todo el mundo debía tener la posibilidad y el derecho de vivir su vida con los pies sobre la tierra. Tan perdida estaba en mis pensamientos que sólo me percaté de la entrada de Emmett cuando se sentó frente a mí, en la silla que usualmente utilizaban mis pacientes. Tenía aquella expresión relajada y divertida que lucía la mayor parte del día.


—Disculpa que no vine antes, pero la señora Miccoli estaba contándome una historia sobre su infancia en Montecatini —explicó—. Obviando las partes en italiano que no pude comprender, fue una historia interesante… Sonreí tenuemente, mientras Emmett se inclinaba sobre el escritorio, apoyando sus grandes antebrazos sobre él. —Y, cuéntame, ¿cómo estaba Mikie? —inquirió sonriente—. Esta mañana hablaba sobre una reunión pendiente con Beatriz de Bobadilla y parecía realmente emocionado al respecto… Negué con la cabeza suavemente. —He intentado traerlo un poco a sus últimos años de vida—comenté—. Ha sido una sesión bastante satisfactoria, aunque los cambios socio-políticos lo han dejado un poco turbado… —ladeé la cabeza, sintiendo un poco de pena por él—. Es difícil, pero de a poco va comprendiendo que no ha sido conciente de varias cosas. —Supongo que debe ser bastante difícil saber que te perdiste varios años de tu vida intentando conquistar un continente que incluso ya ha sido conquistado por Ronald McDonald —murmuró Emmett hablando seriamente, a pesar de su particular y humorística forma de ver las cosas. —Ya lo creo… —¿Y crees que querrás otro café antes de seguir con tus sesiones? —inquirió con entusiasmo, cambiando completamente el tema de la conversación—. Se me antoja un latte bien cargado. Sonreí suavemente, como quien accede a la petición de un crío. Después de todo, él usualmente me recordaba a uno. —Sería genial, Emmett, gracias. Ese día tuve que atender otras dos sesiones privadas, también relacionadas con las alucinaciones y la variación del tiempo y espacio. La mayoría de nuestros pacientes internados eran personas que no podían adaptarse al paso de los años y que se había refugiado en una etapa en particular de sus vidas o, en algunos casos, de la vida de otros. Muchas veces, cuando la existencia en este mundo se vuelve demasiado dura, todos necesitamos huir de alguna forma de la cruda realidad. El problema era que muchos no sabían cuándo era tiempo de volver y enfrentarse con todo aquello que evitaban. La charla grupal del día se centró principalmente en jóvenes y niños que habían perdido familiares muy cercanos. En muchos casos, los muchachos no tenían nadie a quién recurrir y eran menores, por lo que debían comenzar a lidiar con el papeleo de adopción, sin siquiera encontrarse mentalmente preparados para superar su pérdida. Era difícil tener que responder preguntas e inquietudes de niños que parecían auténticamente golpeados por el hecho de encontrarse completamente solos en el mundo. Me partía el corazón ver sus rostros cuando comprendían que debían seguir adelante y crecer de golpe por su cuenta. Después de haber terminado mi turno y organizado mis papeles y fichas de trabajo, me dirigí al piso superior, donde se encontraban las numerosas clases y eventos recreativos para los pacientes de hospital. Cuando la tarde era agradable, las enfermeras se encargaban de abrir las ventanas de par en par y, con la luz del sol como incentivo, los residentes procedían a disfrutar de aquel pequeño momento de distracción. A aquellos que ya se encontraban realmente avanzados en su tratamiento incluso se les permitía salir a la terraza, para disfrutar de los escasos días soleados en Seattle. Me dediqué a observar la sala con entusiasmo, mientras muchos de los pacientes me saludaban efusivamente. Gran parte de las personas que recibían el tratamiento se encontraban aislados en su propio mundo, sentados a un costado o discutiendo con otros sobre sus ideologías. Otros tantos, sin embargo, ya se encontraban un paso más cerca de su total recuperación y ya eran capaces de recordar que yo era su doctora. Era una sensación realmente gratificante. —¡Hey, Bells! Giré mi cabeza para encontrarme con el amigable rostro de Jasper Whitlock, un muchacho que conocía desde que había comenzado la universidad. El joven había estudiado medicina conmigo y era otro de los


psiquiatras más jóvenes del hospital. Dedicado a su trabajo y cordial con todo el mundo, se había convertido en un muy buen amigo para mí, además de un claro soporte cuando las cosas se ponían complicadas. Era agradable tener a alguien como Jasper allí, que parecía comprender a la perfección los problemas y los sentimientos de la gente. Todo el mundo era un libro abierto para el joven Whitlock. —Jasper, ¡no te he visto en todo el día! —exclamé—. ¿Ha sido una jornada agitada? Él sonrió de lado, mientras se apartaba el cabello dorado del rostro. Sus calmos ojos azules refulgían con la luz solar que ingresaba por los ventanales. —Bastante, de hecho —respondió, mientras nos sentábamos en una de las tantas mesas de la sala—. La señorita Baltimore ha tenido otro ataque. Torcí mi gesto levemente. —No ha presentado muchas mejoras últimamente, ¿cierto? —pregunté con pesar. —No —murmuró él, con cierto matiz de abatimiento en su voz—. Supongo que sigue siendo difícil para ella olvidar el asesinato… Seguimos conversando sobre aquella paciente en particular, que tenía repentinos ataques de ira y que había sido la artífice del asesinato de su marido. Tenía una personalidad bastante inestable y vulnerable, que Jasper encontraba de lo más interesante e impredecible. Él, que estaba acostumbrado a saber todo sobre todos, parecía sorprendido ante la imposibilidad de formar un patrón de comportamiento sobre ella. Su bipolaridad, sin embargo, era esperable al asesinar a alguien de quien alguna vez había confesado estar enamorada. —¿Cómo están mis doctores favoritos? —preguntó Emmett, uniéndose a nuestra mesa. Él y Jasper se habían vuelto grandes amigos desde que el joven Whitlock había ingresado al hospital y cuando Emmett había tenido que dejar su apartamento, una vez vencido el alquiler, Jasper se había ofrecido a recibirlo como compañero de piso y ambos repartían los gastos. Desde hacía un par de meses, ambos jóvenes compartían un bonito apartamento en el centro de Seattle. —¿A qué se debe tu buen humor? —preguntó el joven Whitlock—. Bueno, mejor dicho, ¿a qué se debe tu increíble humor? —Oh, nada —respondió él, quitándole importancia al asunto con un gesto de su mano—. Simplemente el hecho de que sea viernes me emociona. ¿Haremos algo esta noche? Las miradas recayeron en mí. —La realidad es que estoy algo cansada —comenté—. Mañana podemos hacer algo, si gustáis, pero esta noche preferiría quedarme en casa. Emmett sonrió, mientras pasaba uno de sus enormes brazos por los hombros del desgarbado Jasper, que se contagió de su constante buen humor. El joven McCarthy tenía esa particularidad de conseguir sacarle una sonrisa a cualquiera, sin importar cuál fuera la situación. —Mañana será, entonces. Esa tarde, me dirigí a mi apartamento con la usual tranquilidad del deber cumplido. Aquella sensación reconfortante de haber hecho mi trabajo a conciencia me permitía disfrutar de mi tiempo libre, sintiendo que, de alguna forma, realmente me lo merecía. El edificio donde residía se encontraba sobre la calle Pine, a tan sólo unos pasos de la avenida Broadway. Desde mi ventana no sólo tenía una hermosa vista del parque Cal Anderson, sino que, además, quedaba a unas pocas cuadras de la universidad a la que había asistido y tan sólo a unos minutos del hospital. Había elegido ese apartamento cuando me había ido a vivir sola a Seattle para realizar mis estudios y me había encariñado tanto con él que había decidido quedarme allí. Era pequeño, pero yo prefería pensar en


él como algo acogedor y sencillo. Nunca me habían gustado las cosas ostentosas, incluso cuando mi sueldo como jefa de departamento me hubiese permitido darme algunos lujos. Lo primero que hice al entrar en mi hogar, fue ponerme ropas cómodas y encender la calefacción. Los primeros días de enero estaban siendo inusualmente crueles, sobre todo para una ciudad como Seattle. Desde que había comenzado a vivir allí, no recordaba haber sentido tanto frío. Además, la constante y molesta llovizna que nos acompañaba desde hacía casi una semana no mejoraba mucho las cosas. Mi rutina se repetía diariamente y el sábado no fue la excepción en lo absoluto. Me levanté temprano, leí el periódico desde mi ordenador mientras comía un rápido desayuno, me di una ducha y me cambié. Después de coger mi bolso y el juego de llaves, salí del apartamento a enfrentarme con las frías calles invernales. Conduje hasta el hospital en mi viejo monovolumen, un regalo que mi padre me había hecho hacía ocho años, en mi cumpleaños número dieciocho. Todos mis amigos y conocidos insistían en que no me haría mal comprarme un vehículo un poco más moderno y menos ruidoso, pero yo estaba feliz con mi viejo trasto, nombre que Emmett había escogido para mi medio de transporte. El pobre monovolumen, al que realmente le había cogido mucho cariño, aún podía llevarme de un lado a otro sin problemas y eso era lo único que necesitaba. Cuando llegué a mi lugar de trabajo, huyendo de la fría lluvia, Rosalie me recibió con los usuales papeles y mensajes de todas las mañanas. Angela había dejado un exquisito café caliente en mi oficina, que disfruté mientras leía las tareas programadas para el día. Todo estaba en perfecto orden. A la media mañana, después de una corta sesión con uno de nuestros pacientes más nuevos, Emmett vino a mi oficina a hacerme una de sus usuales y pequeñas visitas. Por la amplia sonrisa pícara que lucía en su rostro, pude deducir casi instantáneamente cuál sería el tema de nuestra conversación. —Esta noche iremos al Contour —comentó, regalándome un guiño rápido. Gemí suavemente. —¿No es ese club que está en la primera avenida? Él asintió. —Es lejos —me quejé. —¡Vamos, Bella! —protestó, sin dejar que la radiante sonrisa abandonara su rostro—. Pasaré a recogerte y te dejaré en tu casa luego, ¿te parece? ¡Todos iremos!, ¡incluso Jake! Sethie lo ha invitado. Rodé los ojos, aunque no estaba realmente enfadada. Conocía a Emmett lo suficiente como para saber que me obligaría a ir allí aunque el mismo tuviera que arrastrarme fuera de mi apartamento. Del poco tiempo que llevaba compartiendo aquella amistad con él, se había encargado de dejarme en claro que conseguía todo lo que se proponía, sobre todo porque era demasiado simpático y comprador para el bien de cualquiera. Por otro lado, que Jake fuera me parecía interesante. Jacob Black era un joven abogado recientemente graduado en la Universidad de Seattle. El muchacho compartía una gran amistad con Seth, ya que sus familias habían sido amigas desde que ellos eran tan solo unos críos. En plan de juntarnos a la fuerza, nos habían presentado hacía ya algunos años y habíamos tenido unas cuantas salidas, aunque nunca habíamos llegado realmente a algo romántico, ni estábamos interesados en ello. Era agradable hablar con él y creía no estar equivocada al pensar que él sentía lo mismo. Todas las veladas con Jacob habían sido extremadamente agradables y carentes de silencios incómodos o falta de conversación, como usualmente suele suceder con dos personas que son presentadas entre amigos. Quizás eso se debía a que, a pesar de ser un año menor que yo, el joven era realmente maduro. —De acuerdo. Emmett ensanchó más su sonrisa, sorprendiéndome con lo amplia que podía llegar a ser. Unos adorables hoyuelos se formaban en su rostro, haciéndolo parecer un pequeño niño emocionado ante la promesa de


un dulce o un paseo en carrusel. Sí, incluso aún con todas esas toneladas de musculatura, aquel muchachote era lo más parecido a un niño en el cuerpo de un hombre que podía conocer. —Estaré a las nueve en tu casa —avisó, mientras se ponía de pie—. ¡Nos vemos, Bells! Después de aquella particular visita, me encargué de dos sesiones personales más, con viejos y recurrentes pacientes del hospital, que parecían mejorar a medida que nuestras pequeñas charlas iban sucediéndose. Afortunadamente, con el paso de los meses podían notarse los pequeños pero meritorios progresos. Cuando por fin había llegado mi hora de almorzar, aproveché para ordenar un poco mi consultorio, después de una revisión de noticias periodísticas con Lindsay Farthwood, una mujer alemana de noventa y dos años que estaba convencida de escuchar voces provenientes de la época en la que Hitler y el Partido Nazi se encontraban al poder. Mientras juntaba las recientes noticias sobre el gobierno democrático de Barack Obama, la puerta de mi oficina se abrió bruscamente. Extrañada ante acción tan poco común en el hospital, alcé rápidamente la cabeza. Angela se encontraba de pie en la puerta, agitada y consternada. —Doctora Swan, tenemos un problema en el primer piso —advirtió, con voz entrecortada. —¿Eh? —Un nuevo paciente —agregó—. Parece que está armando un gran revuelo. Angela me guió por las escaleras y ambas corrimos hacia la planta inferior. Los pacientes problemáticos a la hora de su ingreso a la clínica eran muy frecuentes, pero a veces las cosas podían ponerse un poco feas. Realmente, no era como si aquellos que ingresaban disfrutaran el hecho ser internados en una clínica psiquiátrica. Casi al final del corredor, donde estaban los elevadores, mi acompañante y yo pudimos divisar un gran revuelo. Apretamos el paso hasta allí, donde quedó frente a mi campo de visión la amplia espalda de Emmett, quien se encontraba levemente encorvado y tenso. A su lado estaba Seth, forcejeando con un muchacho que no dejaba de retorcerse bruscamente. Mis ojos intentaron enfocarse en él y pude divisar su alta figura cuando se irguió. Su desordenado cabello castaño cobrizo brilló bajo los reflectores de la sala cuando se movió enérgicamente, volviéndose. Sus ojos oscuros se encontraron con los míos y la ferocidad de su mirada me provocó una extraña sensación de pánico. Me acerqué al grupo con todo el coraje que fui capaz de reunir. El paciente hizo un fuerte contacto visual conmigo y vacilé a la hora de intentar colaborar en aquella batalla campal para intentar domarlo. Me quedé observando sus pálidos rasgos, su rostro duro y magullado y aquellas prominentes manchas violáceas bajo sus ojos, mientras varios enfermeros se acercaban a echarnos una mano. Seth consiguió inyectarle una cantidad importante de morfina y pronto las defensas del muchacho comenzaron a desvanecerse. Lo último que vi antes que el joven se desplomara fue la furia en sus oscuros ojos, que iban entre el verde olivo y el color avellana, y un prolongado estremecimiento me recorrió de pies a cabeza. Sólo había odio en aquellos sombríos orbes. —Parece que será un paciente difícil —murmuró Angela a mi lado. Asentí con pesar. Temía que sería más que eso. Mucho más.

The Bad Guy - Parte I - Capítulo I  

EdwardxBella. "Porque había intuido que las cosas cambiarían desde su llegada al hospital psiquiátrico, manipulando mi cordura hasta el extr...