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Arte y Ciudad


Plaza Mulato Gil de Castro, 2001


Índice PresentaCión

Museo de artes Visuales (MaVi)

Fundación Cultural Plaza Mulato Gil de Castro

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"Chile Artes Visuales Hoy"

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Carlos Franz

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La colección

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El museo

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Matta

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Génesis Proyecto Plaza Mulato Gil de Castro: Primeras ideas

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La inauguración

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El Mulato Gil de Castro: Homenaje a un gran retratista

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Exposiciones, labor educativa, concurso de arte joven

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El Valle de los Artistas

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arte y Ciudad La Plaza Mulato: Historia y emplazamiento

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FundaCión Cultural Plaza Mulato Gil de Castro Valores y objetivos generales

este oasis Los protagonistas

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El Instituto de Arte Contemporáneo

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Museo arqueolóGiCo de santiaGo (Mas) Historia y proyectos

101

La labor documental

106

"Chile Indígena"

108

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Plaza Mulato Gil de Castro, 2002

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3

4 2

1

6 5

Santiago de Chile, vista parcial del centro

1. Palacio La Moneda

4. Plaza de Armas

7. Cerro Santa Lucía

2. Museo Chileno de Arte Precolombino

5. Universidad de Chile

8. Museo de Arte Contemporáneo

3. Centro Cultural Estación Mapocho

6. Alameda

9. Museo Nacional de Bellas Artes


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9

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10 13

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10. Parque Forestal

13. Plaza Italia

11. Barrio Lastarria

14. Río Mapocho

12. Centro Cultural Gabriela Mistral


Calle lastarria Con rosal, haCia el nororiente, 2000


Calle lastarria Con rosal, haCia el surPoniente, 2000


Presentación Fundación Cultural Plaza Mulato Gil de Castro Carlos Franz


Plaza Mulato Gil de Castro, 2006


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E

l espacio urbano nunca es sólo eso. Su emplazamiento se extiende en significados diversos, tanto para la ciudad como para el día a día de quienes lo ocupan. Algunos de estos efectos son físicos y medibles, pero hay otros —muchos— que escapan a la estadística y lo concreto. Existen ramificaciones culturales, artísticas e incluso afectivas que pueden extenderse desde el lugar que un determinado grupo de personas elige para encontrarse, crear y compartir.

Este libro nace desde la certeza de que la Plaza Mulato Gil de Castro ha sido para Santiago mucho más que los dos mil metros cuadrados de su construcción en calle José Victorino Lastarria. Incluso antes de inaugurarse, el 29 de octubre de 1981, quienes estaban detrás de su planificación querían que lo que proyectaban en planos, medidas y conversaciones terminase fortaleciendo aquellos principios nobles de convivencia urbana que apenas podían encontrase entonces en la capital. Había en ello un fundamento puntual, poderoso: el arte chileno. La Plaza Mulato crecería no sólo al ritmo de las buenas ideas de los involucrados en su creación, sino, también, de la fuerza que los artistas y sus obras irían dándole. Su presencia y su trabajo fueron siempre parte esencial del plan en torno a la Plaza, si bien nadie entonces podía prever con qué firmeza éstos se entroncarían en ella, definiéndola por completo ante la comunidad y convirtiéndola al poco andar en un punto ineludible de la ciudad para encontrarse con la creación, la reflexión y el patrimonio. En aquellas ideas precursoras de Manuel Santa Cruz y Hugo Yaconi dominaba un mismo objetivo: el de convertir aficiones y oficios personales en motivos de unión colectiva y reconocimiento identitario.

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Así, el gusto por la plástica ya no sería sólo un cultivo individual, sino el de una comunidad nutrida por creadores, gestores, coleccionistas y aficionados. Del mismo modo, la búsqueda de piezas precolombinas ya no tendría un afán puramente coleccionista, sino de aporte a indagaciones más amplias en torno a nuestras raíces y ancestros. El calce de esas metas con, primero, un espacio urbano que aportó significativamente a la ciudad, y, luego, con recintos de arte (galerías, talleres, tiendas) que facilitaron ese intercambio generó un círculo virtuoso de estímulos recíprocos. Fuera de todo cálculo original, esa ejemplar retroalimentación terminó levantando muestras itinerantes de prestigio internacional, y dos museos (MAS y MAVI) de fundamental presencia en el panorama artístico y de patrimonio arqueológico vigente hasta hoy en el país. El trabajo que aquí presentamos es, sobre todo, el reconocimiento a ese trayecto, con las fortalezas de sus buenos resultados, pero también con las sorpresas que fue deparando un camino que terminó siendo mucho más colectivo, participativo y vital de lo que en un principio se imaginó. Por eso, las voces que aquí aparecen no son sólo las de sus gestores —arquitectos, constructores, directores—, sino también las de quienes convirtieron alguna vez a la Plaza en un espacio de reconocimiento y afecto, un lugar en el que aprender y compartir. El poeta Diego Maquiera, asiduo visitante, recuerda en estas páginas que para él la Plaza Mulato «siempre tuvo que ver con la amistad. Uno ahí recibía y daba; daba y recibía». El escritor Jorge Edwards, por su parte, rememora agradecido el encuentro con creadores notables, de Jorge Teillier a Mario Vargas Llosa, de Francisco Smythe a Robert Rauschenberg. «Fue siempre un lugar de encuentro, desde su fundación», asegura.

huGo yaConi y Manuel santa Cruz. ilustraCión JiMMy sCott, el MerCurio


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Imposible saber cuántas novelas, pinturas, poemas, relaciones y proyectos nacieron de ese intercambio inspirador, motivado sin más fines que el aprendizaje y el tender lazos en momentos en que la sociedad chilena parecía evaluarlo todo desde la desconfianza y el temor al otro. En tal sentido, los testimonios que aquí se recogen son la confirmación de que existen lazos humanos y creativos que se afirman por fuera de la contingencia, o incluso de la procedencia de quiénes los tienden. A la manera de un microclima dentro de otro, la Plaza ofreció calidez en un entorno frío, acogiendo a quienes escapaban del desafecto del ambiente. Y hoy, a más de tres décadas de su inauguración, nadie duda de su esencia inclusiva y aún cuidadosa de su relación con la comunidad, la urbe y el arte. No es osado aventurar que parte del fortalecimiento del Barrio Lastarria como eje cultural para Santiago —hoy enriquecido con el Centro Gabriela Mistral (GAM), la Fundación Telefónica y el Centro de Extensión de la Universidad Católica, además de los históricos museos de Bellas Artes y de Arte Contemporáneo— tuvo su impulso en la labor pionera de Plaza Mulato con los artistas locales. En el vigésimo aniversario de su constitución, la Fundación Plaza Mulato presenta este libro como homenaje a quienes han contribuido —desde los más diversos frentes— a hacer de la Plaza un lugar único en la ciudad de Santiago y en la plástica nacional. Algunos de ellos figuran con sus recuerdos y opiniones. Otros son presencia tácita a través de sus obras y de su trabajo. Los más, se asomaron alguna vez a esta historia de tres décadas y aportaron a hacerla más rica e interesante, para luego volver anónimamente al trajín de la ciudad. Desde aquellos protagonistas hasta esos curiosos debiesen reconocerse en páginas pensadas para recoger un trayecto común, sin jerarquías, esencialmente dinámico. Por sobre todo, lo que levanta esta historia es el impulso y el compromiso de dos fundadores visionarios, sin cuya generosidad y audacia ninguno de estos párrafos pudiese haberse redactado. Su aporte queda de manifiesto en el recuerdo agradecido de muchos hacia su visión, pero también en la vigencia de Plaza Mulato Gil de Castro como espacio de encuentro y divulgación artística. Su mirada abarcadora, conocedora y desprejuiciada es ejemplo de gestión cultural, y su intencional distanciamiento de la figuración personal, síntoma de su valoración por el trabajo en equipo. Estas páginas son la prueba de una misión anclada en una ética de labor pública, inquieta en lo social, activa en lo cultural, responsable en lo patrimonial y de firme vocación educativa.

Fundación Cultural Plaza Mulato Gil de Castro

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L

as plazas grandes pertenecen a la ciudad y a su historia; las pequeñas son nuestras y de nuestra memoria. En las plazas mayores vemos porqué la voz “plaza” comparte su raíz latina con la palabra “platea”: ambos son recintos amplios a los que entramos sintiéndonos más bien

espectadores. En cambio, en las plazas pequeñas, más íntimas o escondidas, intuimos que nosotros podemos ser los actores. En las plazas grandes los protagonistas son las masas y sus manifestaciones; en las placitas son los individuos con sus imaginaciones. La Plaza del Mulato Gil de Castro es de estas últimas. Como vecino de ella fui testigo de su nacimiento y la acompañé en su desarrollo. Llegué a vivir al barrio del Parque Forestal justo cuando se inauguraba esta plaza ya mítica, hace treinta años. Pude ver cómo el interior de una casona y sus patios escondidos se abrían y comunicaban con la vereda –lo privado abriéndose a lo público– para crear un espacio mixto, mestizo de casa y calle. Un “espacio mulato”, precisamente. La Plaza del Mulato tiene de un patio la privacidad, las galerías colindantes, el silencio de lo interior. Pero es plaza –pequeña– en todo lo demás. Y lo cierto es que se ha ganado ese título en los dos oficios “plazísticos” fundamentales: como lugar de encuentro y como sitio acogedor donde estar solos si nos da la gana. Así lo confirman los testimonios recogidos en este libro. En sus páginas hay quienes nos hablan de un feliz intercambio: la polinización cruzada entre artes y literatura que se da en este espacio mulato. Y hay otros que atestiguan el remanso para la creación y reflexión personal que encuentran en él.


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Puedo dar fe de ambas cosas. Durante años asistí a un tumultuoso almuerzo de escritores –y pintores– celebrado en la Pérgola de la Plaza, cada día jueves. Pero además acostumbraba cenar a solas allí, algunas veces, después de largas jornadas de escritura. Una noche de sábado llegaron José Donoso y Carlos Cerda con María del Pilar y Mariana, respectivamente. Venían de ver algo en el Teatro La Comedia; quizás era Sueños de mala muerte, adaptación teatral de la novela de Donoso escrita entre ambos. Cerda me saludó casi compungido por mi aparente “soledad”. Donoso, en cambio, me dijo con algo de envidia: “o sea que para ti éste debe ser tu lugar limpio y bien iluminado”. Aludía, por supuesto, al cuento de Hemingway que lleva ese título. En él un personaje valora con esas palabras simbólicas (“limpio y bien iluminado”) las bondades de un sitio público capaz de acoger también a quien quiera estar en privado. El Mulato es una plaza dura con virtudes blandas. Combinando sus aptitudes de lugar abierto y escondido a la vez, ha sido caldera de manifestaciones culturales, a la vez que oasis para las reflexiones personales. Es un recinto donde podemos ver una gran exposición, revisitar nuestro pasado andino, o festejar el lanzamiento de un libro con mucha gente. Como asimismo es, en otros momentos, ese lugar amable con los solitarios donde podemos estar a gusto con nosotros mismos. Y por si fuera poco, esta plaza ya tiene la edad suficiente como para que también allí podamos citarnos con esa novia infiel que, sin embargo, al final siempre retorna: la memoria. Todas esas cosas son posibles en este espacio mulato.

Carlos Franz Escritor

ProyeCto Plaza Mulato Gil de Castro, dibuJo Juan Pablo uGarte

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Génesis Proyecto Plaza Mulato Gil de Castro: Primeras ideas El Mulato Gil de Castro: Homenaje a un gran retratista


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Surge la idea “de los talleres” entre las inquietudes nacidas en la búsqueda de actividades gratificantes relacionadas con la actividad artística, cultural empresarial. A través de los viajes y observando lo que ocurre en estas materias percibimos que en pleno centro de la capital existe un barrio con muchas tradición cultural y que estaba a punto de ser derribado por la picota para levantar edificios modernos. Entre ellos, rescatamos la propiedad de la familia Campos Larenas, que ya buena parte de ella había sido derribada y la otra se estaba cayendo sola. En esa ubicación decidimos crear un pequeño centro de talleres que permita agrupar ciertas actividades artísticas, artesanales, que actualmente se expresan dispersas en distintos lugares. Originalmente pensamos llamar este centro “Plazuela Juan Fco. González”, pero después surgió “Talleres” y finalmente a instancias de Ramón Campos Larenas apareció el Mulato Gil…..!!!

Plaza Mulato Gil de Castro, 1980

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transCriPCión de aPuntes de Manuel santa Cruz y huGo yaConi en torno al ProyeCto de la Plaza, 1979


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Nuestra intención es crear la infraestructura material, para que determinadas actividades culturales que sean capaces de autofinanciarse, se presenten dentro de un marco armónico de fácil acceso al público, tanto nacional como internacional. El objetivo quedaría ampliamente cubierto, si en estos talleres los artistas que los ocupen, lograran crear lo mejor de su capacidad, lo mostrasen al público y obtuviesen la razonable compensación que merecen. Nosotros ponemos el espacio.

Plaza Mulato Gil de Castro, 1980

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El Mulato Gil de Castro: Homenaje a un gran retratista En su libro de memorias, Retazos de una vida larga y alegre, Ramón Campos Larenas, dueño del terreno y la casa que dio pie a la Plaza Mulato, recuerda el vaivén de discusiones previas al bautizo del lugar: «La plaza, su dueño y arrendatarios, acordaron poner en discusión diferentes nombres, siendo el más acogido el de “Juan Francisco González”, pero, al fin, ganó el nombre propuesto por mí: “PLAZA MULATO GIL DE CASTRO”. Con gran solemnidad y asistencia del embajador del Perú, autoridades chilenas y gran cantidad de invitados se hizo la inauguración. Recuerdo que el embajador del Perú me dijo que con vergüenza asistía como peruano, porque en Lima no existe aún ninguna gran avenida ni monumento para recordar y conmemorar a un hombre que fue tan importante, nacido en su patria, el Perú. Al día siguiente, un fulano en Cartas al Director, en el diario El Mercurio, protestaba que se hubiera incurrido en la vergüenza de ponerle el nombre de un “mulato peruano” a una plaza de Santiago. Yo contesté en publicación por el mismo diario con sorna y para su conocimiento, desde luego, para informarle que el nombre de la Plaza fue el pintor más grande de la América Latina como retratista, un genio que no tuvo profesores ni conoció Europa; que gracias a él conocemos, por sus retratos, a todos los libertadores: a Bernardo O’Higgins y su padre, el virrey del Perú; a San Martín y a O’Higgins, tres veces a cada uno. Perteneció al Ejército de Chile como gran geógrafo, trazando el primer plano de Chile para el Ejército. Fue condecorado, uno de los primeros, con la “Orden al Mérito”. Pintó en su época a todos los virreyes del Perú; a don Ambrosio O’Higgins, en gran tamaño; a Sucre, Bolívar, etc., etc.… y, por último, vivió en su chacra, casado con una chilena, a cincuenta metros de la Plaza que llevaría su nombre. Agréguense los centenares de estupendos retratos de la gente más ilustre y connotada de su época, siendo sus elegantes retratos hoy lo de mayor precio de la pintura americana. No quedaría otra cosa que pedir perdón, de rodillas, al público que leyó su carta en el diario El Mercurio». Efectivamente, José Gil de Castro, un hijo de esclavos nacido en Lima en 1785, residió un tiempo en Santiago de Chile y ocupó una casa en la ladera oriente del cerro Santa Lucía (hoy calle Victoria Subercaseux). Fue uno de los retratistas más solicitados de esa época, con encargos para las aristocracias de Venezuela, Perú, Argentina y Chile. Entre otros, retrató a José de San Martín, Simón Bolívar, Ramón Freire y Bernardo O’Higgins (con quien mantuvo amistad). Se presume que murió en Lima, en 1841.


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Doña María del Tránsito de Baeza Besoayn de Melián, 1819. Colección Museo Nacional de Bellas Artes, Chile.

Santo Domingo, 1817. Colección Museo Nacional de Bellas Artes, Chile.

Don Bernardo O'Higgins, Director Supremo, 1821. Colección Museo Nacional de Bellas Artes, Chile.

Don Ramón Martínez de Luco y Caldera y su hijo Don José Fabián, 1816. Colección Museo Nacional de Bellas Artes, Chile.

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Plaza Mulato Gil de Castro, ProCeso de reModelaCión y ConstruCCión, 1980 – 1981

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Plaza Mulato Gil de Castro, 1980


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Plaza Mulato Gil de Castro, 1983

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Las Últimas Noticias 29 de octubre de 1981

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El Mercurio 13 de diciembre de 1980


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Revista Qué Pasa

Semana del 5 al 11 de noviembre de 1981

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Arte y Ciudad

La Plaza Mulato: Historia y emplazamiento


Plaza Mulato Gil de Castro, 2009


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L

as plazas medievales europeas se generan a raíz de una «presión» que se ejerce sobre el tejido urbano de trama libre, abriéndolo, para crear un espacio generalmente irregular, y que tiene la connotación de un «salón urbano», a cielo descubierto, cuyas fachadas, ricas y heterogéneas, tienden a la ambigüedad de un exterior-interior, como el caso de la Fontana de Trevi, la Piazza Navona, o la Piazza del Pallio en Siena. La Plaza Mulato Gil, este pequeño e ingenioso espacio urbano no pertenece a la categoría anterior, pero sí participa del carácter de «salón urbano». Espacialmente es una ampliación de la calle Lastarria, pero perpendicular a ella y en el punto exacto de la intersección de una curva y contracurva del eje de dicha calle, que es lo que le da esa misteriosa y notable presencia urbana. Su forma de trapecio, con el lado más angosto y la pendiente del piso hacia la calle, falsea la percepción del espacio aumentando su atracción. Se convierte así en un espacio acogedor, que no se distancia del transeúnte sino que lo invita. La calidez que muchos reconocen en la Plaza se explica, en parte, por un emplazamiento que la reconoce como parte de un entorno más amplio, al que se integra con comodidad, y no cómo una fortaleza aislada, de la que protegerse.

Martín Hurtado, arquitecto.

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Julen birke, instalaCión "habitabilidad aérea", 1999


La Plaza Mulato: Historia y emplazamiento

L

a casa de Ramón Campos Larenas era un foco de encuentro artístico importante ya en los años setenta. El retratista y pintor formado en Italia, el más prestigiado del país en el campo

de la restauración, recibía encargos de todo el continente y aceptaba a muy contados discípulos para adiestrarlos en las delicadas técnicas de su oficio. Pocos entonces conocían la fascinante historia del espacio que en ese momento albergaba su residencia, laboratorio y taller, apenas un anexo de la gran casa que había ocupado durante su infancia, y base para lo que desde 1981 se conocería como Plaza Mulato. La casa de la familia Campos Larenas, oriunda de Concepción, había sido una de las grandes residencias de calle José Victorino Lastarria, construida hacia principios de siglo por el arquitecto Luis Román Cristi. Cuarenta y dos habitaciones y tres patios eran parte de la construcción original, la cual fue sometida con los años a una serie de transformaciones. El padre, médico, adaptó una habitación con terraza a la calle para instalar allí su consulta, por ejemplo; y más tarde, con el matrimonio y la partida de algunos de los hijos, la casa fue dividida en dos viviendas independientes, una de las cuales se arrendó a la familia Reyes Fernández.


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lastarria 307, iniCios del siGlo xx

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Aún así, la construcción resultaba excesivamente grande para las necesidades de la familia. En su libro de memorias Retazos de una vida larga y alegre , Ramón Campos Larenas recuerda que por esta razón "se recurrió definitivamente a comprar un pasaje colindante a la [casa] nuestra, constituida por cinco moradas en mal estado. Fueron demolidas y en su lugar se edificaron cinco casas con bonitas presencias y comodidades. La casa primera, con fachada a la calle José Victorino Lastarria, fue reservada para nuestra familia ya reducida a sólo tres personas: mis padres y yo […]. Mi madre fue a conocerla antes que se diera por concluida por los arquitectos, Julio Casanova y Luis Román Cristi, afortunadamente mucho le agradó, sólo haciendo un reparo: que los cielos-rasos los encontró bajos, sobre todo, para dar cabida al aparador grande del comedor tallado a mano, con columnas, vitrinas y espejos; mueble de nogal hecho en Francia el siglo pasado, que realmente poseía belleza. El arquitecto Casanova calmó a mi madre asegurándole una presentación valiosa a la fachade, convirtiéndola en un suntuoso bowwindow, don Crescente Errázuriz, que pronto sería Arzobispo de Santiago, pidió a mi padre que en la base del bow-window se le agregara un tablón, escrito en latín, en el que se leyera: “Domus Honesta Sedes Felicitatis” (Casa Honrada es sede de la felicidad)".

lastarria 305, años 80


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Era ésta la casa que ocupaba Ramón Campos Larenas cuando, en la segunda mitad de los años setenta, conoció a Manuel Santa Cruz. El empresario había comprado jutno a su socio Hugo Yaconi las residencias y terrenos aledaños —la mayoría, perteneciente entonces a hermanos del restaurador— y planeaba ocupar también la de Lastarria 307. "Cuando me ofrecieron comprar, lo rechacé diciendo que sólo saldría de esta casa ¡encajonado!", recuerda el pintor en sus memorias. "Algunos días después volvió don Manuel diciéndome que mis deseos serían realizados con su oferta: yo viviría en ella hasta el fin de mi vida sin pagar arriendo, y en las mismas condiciones la casa “D” y “C”, donde sitúan el laboratorio y talleres de restauración de cuadros y marcos, con el agregado del departamento de Arturo Godoy Fuentes, mi socio y jefe y de mis talleres, con la disposición adjunta quedarían estas dos últimas casas, en las mismas condiciones, hasta dos años después de mi fallecimiento. No pude resistir la oferta que colmaba todos mis deseos, y así sucedió".

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El primer foco de actividad para los terrenos en torno a la Plaza Mulato fue el hotel Hostal del Parque, con salida hacia calle Merced, inaugurado en octubre de 1980. Desde sus ventanas traseras podía verse un sitio eriazo que Manuel Santa Cruz se imaginó al poco tiempo como el emplazamiento para un futuro centro cultural, "que diera la impresión de haber estado siempre ahí". Se sabía ya del arraigo artístico del sector. No sólo por la presencia colonial del retratista José Gil de Castro y la significativa iglesia de la Veracruz; sino, más tarde, en los años sesenta, también por la presencia de escuelas universitarias de Arte y Teatro, la Casa de la Luna Azul, los talleres de la pintora Tatiana Alamos, el arquitecto Juan Bernal Ponce y el artesano Benedicto Ulloa, entre otros. Historia cultural impresa en esas calles, lista para volver a hacerse visible y marcar presencia, revitalizando el sector. Sobre la construcción y los espacios que debía tener este nuevo refugio para el arte chileno, los socios fueron consultando entre amigos y colaboradores. El arquitecto y anticuario Juan Pablo Ugarte recuerda haberle bosquejado algunas ideas hacia 1979, y en esa suerte de anteproyecto de planos ya figuraba un restaurante estilo art nouveau. "Como empresarios, ellos tenían todas estas inquietudes culturales que buscaban darle algo a la ciudadanía en momentos en que nadie lo hacía", recuerda Ugarte. "En ese sentido, son personas muy visionarias, que fueron capaces de conjugar arte y empresa mucho antes de que el concepto siquiera se debatiera".


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De las propuestas presentadas, la de los arquitectos Walter Biggemann e Ignacio Cruz fue la elegida. Jóvenes profesionales, acumulaban ambos años de aprendizaje y trabajo en Brasil y Japón, respectivamente. Comprendieron perfectamente la intención de sus mandantes en torno a coincidir con el estilo de las casas chilenas del antesiglo, sin personalismos ni códigos que resultaran extraños al entorno. Al comenzar el trabajo lo que ambos profesionales encontraron fue un sitio eriazo junto a la casalaboratorio que aún ocupaba el restaurador Ramón Campos Larenas, y en cuyo segundo piso se habían puesto en arriendo pequeños talleres de pintura (de ahí que, en un inicio, el lugar también se conociera como "la plaza de los talleres"). Despejar, limpiar y nivelar el terreno fueron las tareas iniciales. Más tarde vendría la instalación de adoquines, y la adecuación y ampliación de la casa en sí, optando siempre por materiales nobles, vigas de buena madera, adornos y detalles recogidos en demoliciones. "La estructura de la casa era de madera y la tabiquería, de barro; un sistema antiguo —conocido como "quincha"— que hacía que sísmicamente se comportara bien y que se mantuviera sin gran deterioro", recuerda Walter Biggemann sobre la construcción original con la que se encontró.

de Pie: hernán PuelMa, huGo yaConi, silVia riVera, Manuel santa Cruz, Julieta riVera, sentados: PatriCia ready, Marquesa siMonetta Venturi Ginori de CaMPos, raMón CaMPos larenas, Mª lusia Geisse Plaza Mulato Gil de Castro, 1985

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inauGuraCión Plaza Mulato Gil de Castro, 29 de oCtubre de 1981, disCurso de hernán PuelMa


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"El corredor que ahora va de oriente a poniente no existía, lo inventamos; y fue fundamental para cambiar el aspecto completo de la construcción. Al fondo, hicimos un proscenio pensado para actos, desde el cual salía la escalera al segundo piso. En el segundo piso hicimos un balaustre de pinooregón, con unos carpinteros estupendos. Optamos por no poner teja en el techo porque hubiese sido agregarle mucho peso a la construcción". Hacia calle Lastarria la dupla de arquitectos dispuso una fachada que, en parte, aprovechó un mueble encontrado al interior de la casa, y realzó su característico balcón de nogal francés tallado y torneado. Providencialmente, en Concepción se encontró la reja de demolición que había ocupado la construcción original. Hacia el borde norte se dispuso una pérgola de fierro y cristales en el techo (luego reemplazados por lata), que primero se pensó para presentaciones musicales pero terminó acogiendo un restaurante. La gran palmera instalada al interior fue recogida por los arquitectos en una casa que por entonces ampliaban en Pedro de Valdivia Norte. En algunos meses, la Plaza Mulato se transformó por completo desde un sitio abandonado en un espacio de acogida artística y ciudadana único en el país. "Fue un trabajo atrevido, en el sentido de que le dimos a la construcción original una finalidad muy distinta al uso para el cual fue diseñada", estima Biggemann. "Éramos arquitectos jóvenes, y encontramos mandantes ideales, en el sentido que nos dieron gran libertad y pudimos avanzar sin un plan rígido.

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Nos entretuvimos mucho. Fue algo casi naive, diría yo. Se veía esto como un aporte a la ciudad. Nunca se habló de usarlo para lucrar ni para rentar. Creo que nuestro aporte fue haber leído bien cómo se iba a relacionar este espacio con la ciudad, y orientar el trabajo respetando los elementos que había. Es un tipo de arquitectura chilena, sin pretensiones, inspirada en una estética familiar para todos" . La Plaza Mulato fue inaugurada el 29 de octubre de 1981 con una ceremonia a la cual asistió, entre decenas de invitados, Luis Román Cristi, el arquitecto original de la casa, ya con 92 años de edad. La prensa de esos meses destacó de inmediato su excepcional aporte urbano: "La Plaza Mulato Gil de Castro es un lugar diferente, como no hay otro en la ciudad y que, tal vez, tampoco ha existido antes con estas características: bohemio y organizado […]. Bullente de arte, bullente de gente, bullente de novedades y —por qué no— bullente de magia. Algo de esa magia que José Gil de Castro trajo a la ciudad provinciana desde el virreinato" (revista Amiga). "Los santiaguinos en especial y los chilenos en general debemos sentirnos orgullosos del rescate de este pedazo de la ciudad, ahora reconstruido con las características de nuestras casas del antesiglo. Para ello se conservó del inmueble que perteneciera a la familia Campos Larenas lo característico de la época, y se buscaron los elementos —tejas, columnas, puertas, colores, rejas— que el tiempo había hecho desaparecer, para conferirle otra vez al barrio su fisonomía de cuando la Colonia y los primeros tiempos de la República. La tarea, sin embargo, no se detiene en la reconstrucción física de este pedazo santiaguino. Había que animarlo con un espíritu que se adecuara al pasado. Como quien dice, regresar al estilo del quehacer del Mulato Gil de Castro, que por allí cruzaba en los albores del siglo pasado y que da nombre al lugar […]. Se trata de integrar el lugar con Santiago y con Chile, de la historia con la creatividad actual y, por qué no, del Mulato Gil con nosotros" (revista Vanidades).


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inauGuraCión Plaza Mulato Gil de Castro, 29 de oCtubre de 1981, Manuel santa Cruz, hernán PuelMa y huGo yaConi

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PersonaJes y aCtiVidades, Plaza Mulato Gil de Castro años 90


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"El público podrá volver a tener un ambiente que siempre estuvo ahí aunque no lo viera. Ése que vieron Benjamín Vicuña Mackenna, los financistas de los “Talleres Mulato Gil de Castro” y los “fieles a sus sueños”. Para que, desde ese centro estimulante, todo el barrio Lastarria, y el cerro Santa Lucía, que también lo necesita, recobren su original y creadora ebullición" (El Mercurio). En ese primer año ya comenzaron a funcionar allí la llamada Pérgola de la Plaza (el restaurante que terminó siendo conocido como "el café del Mulato"), el Instituto de Arte Contemporáneo, el Museo Arqueológico (MAS) y la Galería Arte Actual, además de los talleres de restauración de Ramón Campos Larenas, y el de Javier Canedo con Patricio Taulis. Veinticuatro talleres acomodaron a pintores, escultores, grabadores y ceramistas. En la entrada, a un costado, se encontraban las tiendas de antigüedades de Francisco Uranga y de Juan Pablo Ugarte, además de la librería “El Escarabajo”, de Francisco GarcíaHuidobro y Gustavo Frías, y una "sala de jazz" a cargo de Pedro Salas. Con rapidez y entusiasmo en el trabajo se fue asentando la idea original de sus gestores, renovando el barrio con un impulso esencialmente vital: el de los quehaceres creativos y culturales. "Más que una idea o un proyecto, la partida fue el deseo de comenzar a cumplir lo que uno siempre soñó: ver que era posible revitalizar un sector valioso de la ciudad, el barrio Lastarria, aprovechando la fuerza del ambiente artístico que siempre tuvo", explicaba Manuel Santa Cruz en El Mercurio días después de la inauguración de la Plaza . "Y resultó que al comunicarlo descubrimos que hay muchas personas fieles a esos sueños, esperando la oportunidad de realizarlos". El paso de los meses fue comprobando que esa revitalización podía exceder incluso las mejores intenciones. La Plaza se convirtió en sede para las más diversas actividades en torno a la cultura: montajes de danza y de teatro, lanzamientos de libros, fiestas de tango, recitales de poesía, conciertos de música experimental y de jazz, ferias dominicales de antiguedades, ciclos de cine, concursos de pintura infantil, desfiles de moda. En 1984 y 1985 la galería de la Plaza ganó el premio del Círculo de Críticos de Arte. Y en 1987 mantuvo un convenio con la Facultad de Artes de la U. de Chile para exponer los proyectos de creación plástica de sus profesores. Cada engranaje había dado lo suyo para activar un motor que parecía ya no se iba a detener más.

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Plaza Mulato Gil de Castro, eVento ConMeMoraCión 20 años de la Caída del Muro de berlín, noVieMbre de 2009


Este Oasis

Los protagonistas El Instituto de Arte Contemporáneo


Plaza Mulato Gil de Castro, 2003


Enrique Lafourcade es escritor. Mantuvo por largos años una librería en la Plaza Mulato, donde realizó talleres literarios. Este texto, titulado “La Plaza del Mulato Gil de Castro. Muerte y resurrección de un espacio diferente” fue publicado en su columna semanal del El Mercurio, el 8 de abril de 2001

A

llá lejos y hace tiempo (¿cuánto tiempo?) surgió la Plaza del Mulato Gil de Castro en un recoleto barrio, en la calle Lastarria, entre Rosal y Merced, bajo la paternal mirada de la parroquia de la Vera Cruz. El viejo recinto enfrentaba la demolición y, posiblemente, su reemplazo por un atroz edificio de estacionamiento. Hugo Yaconi y Manuel Santa Cruz advirtieron la necesidad de un gran centro cultural y fundaron este espacio de convocatorias estéticas, en un barrio con tradición y una arquitectura que, por su variedad estilística, era y es una suerte de exposición viva de estilos. En un Chile convulsionado, al borde de la autodestrucción, este oasis. Pienso en la Gran Noche de Gardel. Para celebrar un libro, para evocar su muerte, para agasajar el nacimiento, ese mismo día, de Jorge Teillier. ¡Qué concentración de tangueros, de melancólicos, de paicas Ritas, de compadritos! Todos disfrazados. Orquestas típicas, cantantes como nuestro Gardel chileno, Rojas. Evoco a dos embajadores, el de Argentina y el de Uruguay, bailando en el escenario. La plaza iluminada. La noche llena de bailarines y cantantes. Si me pongo a recordar —como diría Martín Fierro— no tengo cuándo acabar y me amanezco evocando. La gran Noche de Nicanor Parra presentando su libro de poesía política. La sucesión de exposiciones de pintura de Arte Actual. Los conciertos de música de cámara, las presentaciones teatrales del Cristo de Elqui, la exposición al aire libre de las fotografías de Gema Swinburn, los conciertos de jazz, las obras de teatro. En algún instante la Plaza recibió once libros de once nuevos escritores del taller literario «El Paraíso Perdido». Fue una forma de la felicidad. Los propios escritores decoraron el recinto con ramos de flores, con guirnaldas de bouganvilias.


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A la Plaza llegaban visitas ilustres. Recuerdo haber tenido en mi taller a Germán Arciniegas, a Luis A. Sánchez, a Bernardo Kordon, a Agustín Pérez Pardella. Tomando café podían advertirse Alain Touraine, Mario Benedetti, Arthur Miller. Llegaban solos, en grupos. Allendistas y pinochetistas en una atmósfera de discrepancia, sin duda, pero también de respeto mutuo. Hugo Yaconi y Manuel Santa Cruz, silenciosos, como siempre han trabajado, daban forma plena a sus sueños. Uno de ellos era fijar el tiempo, ¡qué sueño mayor! Dijérase que las palabras se acercaban. Los discursos, las marchas, las contramarchas, las injusticias, por lado y lado. Pero eran incapaces de detener el instante, la desesperada petición de Goethe, ese momento en que la belleza canta con todos sus luminosos poderes de mediodía. Quizá los colores. O las formas. La mirada hacia el interior de nosotros. Pinturas, esculturas. Tal vez los petroglifos, las huellas de la vida, las cerámicas, las joyas, los útiles de trabajo, los íconos y adoratorios, nos dieran una clave de esa identidad nuestra que luchábamos fratricidamente por exterminar. Estaba a la vista, marchando con todos sus mayas, mochicas y diaguitas, el excepcional Museo Precolombino, la generosa y magnífica obra de Sergio Larraín. La Plaza, tal como se había concebido, debía terminarse. Deshacer parte de ella y de sus cenizas de sus bellas maderas, edificar, perfeccionando, la nueva plaza, los nuevos templos, los escenarios de auténticas acciones de arte. Y así se hizo, de este modo se alzó este hermoso palimpsesto de encuentros, de recordatorios y sueños por venir y realidades concretas. Dos museos, uno sirviendo a los artistas actuales, otro, reviviendo las raíces. La Fundación Cultural Plaza del Mulato Gil recibe la totalidad de la colección Santa Cruz-Yaconi. Presente que los honra y los coloca en el mejor territorio de nuestra memoria. Postulemos como hipótesis de trabajo ésta: el mundo es un museo. Si en verdad queremos vivir más unidos y concretos, imaginemos al hombre como el depositario del gran museo del mundo. Sin pasado no existimos. Sin futuro, no podremos seguir siendo. Belleza, esa aspiración total, en el decir de Darío: «Si me la dejas, me matas. / Si me la quitas, me muero». Trato de protestar mi gratitud hacia Hugo Yaconi y Manuel Santa Cruz por sus sucesivos y concretos gestos para desarrollar la cultura, exhumándola, promoviéndola, revelándola; la cultura, esa materia imperceptible, ese suave humo azul… Sé que ponerlos en evidencia podría incomodarlos. Pero no he podido resistir estos impulsos. Decir gracias nos purifica.

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Andrés Ducci, Guillermo Kuitca y Sebastián Leyton, Rodrigo Cabezas. Jorge Said y Bruna Truffa, José Antonio Ferrer, Alfredo Prior, José Basso y Duilio Pierri

Raúl Valdivieso, Lily Garafulic y Mario Fonseca

Eugenio Dittborn y Nelly Richard

Carmen Waught, Nemesio Antúnez y el pintor argentino Ernest Deira


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Patricia Ready, María Luisa Geisse, María Eugenia Ossa y María Elena Comandari, directoras de la Galería Arte Actual, con Carlos Maturana (Bororo)

Gaspar Galaz, Víctor Tokman, Ines Harnecker y Benito Rojo.

Mario Fonseca, Alfredo Jaar, Gonzalo Diaz, Nury González

Nemesio Antúnez, Ricardo Irarrázaval, el pintor argentino Oscar Smoje y Mario Carreño.

Plaza Mulato Gil de Castro, PersonaJes años 80

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Miguel Laborde es escritor y académico de la UC. Publicó en varias ocasiones sus reflexiones sobre la Plaza Mulato como hito urbano y cultural destacado, a través de su columna semanal de “El Mercurio”.

«Una de las primeras innovaciones de la Plaza Mulato como espacio urbano fue que permitió la convivencia de lo arqueológico con el arte contemporáneo, dos mundos que hasta entonces funcionaban localmente por separado y en ámbitos incompatibles, aunque en Europa era algo usual el fomento del diálogo entre historia y presente. Al poner a disposición de la ciudad lo que hasta entonces eran colecciones particulares se fomentaba otro diálogo fundamental: el de lo privado y lo público. En el Santiago de 1981 no había antecedentes de algo similar. La casa del restaurador Ramón Campos Larenas, excepcionalmente amplia para el sector, podría haber terminado en playa de estacionamientos, lo que en esa época era una gran necesidad en el barrio. Santa Cruz y Yaconi, en cambio, reciclaron, construyeron y abrieron un nuevo espacio a la calle, esa Plaza del Mulato que es suelo particular pero que se usa, generoso, como espacio para todos. Al poco andar se probó que las interacciones fomentadas por la Plaza Mulato potenciaban la ciudad.


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El lugar se convirtió en un espacio de encuentro para intelectuales, de coleccionistas con artistas, de escritores con lectores —a través de los muchos lanzamientos de libros que allí se realizaron—, de retornados del exilio con quienes se encontraban aquí desconcertados en un país que parecía no tener sentido ni futuro. En las mesas del Café de la Pérgola, frente a las estanterías de la librería de Enrique Lafourcade, al interior de los talleres y en los salones de las galerías comenzó a reinventarse a Chile. Surgieron así decenas de proyectos que ayudaron a dinamizar la gestión cultural. En cierto modo, la Plaza Mulato propició una reconstrucción cultural para un país golpeado hasta los cimientos en 1973. Cientos de actores culturales reiniciaron allí una interacción interrumpida por largos años de toque de queda y de recelos. El país se pensó y se cuestionó de una nueva forma, fructífera y de gran enriquecimiento para quienes participaron de su dinámica.»

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Samy Benmayor es pintor. Fue profesor del Instituto de Arte Contemporáneo entre 1982 y 1984. Más tarde mantuvo allí la tienda Pollock Materiales de Arte. Fue asiduo visitante de la Plaza y sus tertulias durante todos los años ochenta y parte de los noventa.

«Volví a Chile en 1982, después de un año de estadía en Estados Unidos, y me encontré con un clima muy desagradable, muy triste en general. En ese contexto, la Plaza parecía una tabla de salvación. Era un lugar de alegría, de reunión, de encontrar gente con cosas afines. Para mí hacer clases ahí, dos veces a la semana, era maravilloso. Estaba el ambiente de todo lo que a uno le gustaba, era un lugar muy muy entretenido. Creo que quienes llegaban a la Plaza tenían en común querer civilizar la vida. Los almuerzos allí eran geniales, con discusiones, conversaciones, tomateras que duraban hasta muy tarde. Teníamos la mesa de los pintores (Bororo, Matías Pinto, Fernando Allende, Pablo Domínguez y yo), y al lado estaba la mesa de los escritores (Diego Maquieira, Arturo Fontaine, Gonzalo Contreras, Tony Cussen, Carlos Franz, Martín Hopenhayn). A la altura del bajativo ya no había ninguna inhibición para hablar con cualquier persona. La gente del Café era maravillosa, recuerdo que ni les pagábamos. Había una libreta con la que se nos fíaba, y cuando vendíamos algún cuadro nos poníamos al día con la deuda. Bororo, que fue el primero al que le empezó a ir bien, fue muy generoso, y nos invitó muchas veces. Luego yo comencé a hacer lo mismo. Lo único que lamento es que nadie tomara fotos de la gente que pasaba por ahí. ¡Si fue hasta la Bianca Jagger!».


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Silvia Rivera es ceramista. Fue profesora de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, y mantuvo entre 1981 y 1998 un taller de cerámica en la Plaza Mulato.

«Llegué a la Plaza incluso antes de que se inaugurara, pues arrendé ahí un taller desde el año 1980. Pero entonces era un barrio muerto, con un pasado artístico que no había podido volver a levantarse. Por eso la apertura de la Plaza fue maravillosa. Se llenó de vida y de gente. Para mí fue significó tener contacto con muchos personajes interesantes y también con los profesores del Instituto de Arte Contemporáneo (a quienes yo ya conocía de la Universidad) y alumnos que tuvieron la oportunidad de mostrar sus cosas en las galerías. Venía todo el mundo, y le dio un gran impulso al barrio. El restaurante de la Teresa era fabuloso. Cuando estuvo en Chile [Gabriel] García Márquez almorzó ahí, y yo entré a tomarme una Coca-Cola, para mirarlo. Vino César Gaviria, el ex presidente de Colombia, que había quedado de juntarse con la Patricia Ready, y yo por mientras le mostré la casa de Ramón. Quedó encantado. Todos mis recuerdos ahí son alegres, hasta que me fui, en 1998. Ahora, como vivo en Mosqueto, voy todos los días a tomarme un cafecito».

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Fernando Sáez es escritor y gestor cultural, actual director ejecutivo de la Fundación Pablo Neruda. Por más de diez años administró el restaurante La Pérgola de la Plaza, inaugurado junto a la apertura de Plaza Mulato.

«Hacia 1980 yo tenía la librería Altamira, en calle Huérfanos, en sociedad con Jorge Edwards y Andrés Donoso. Un día pasa por ahí Manuel Santa Cruz, y me dice: «Te voy a mostrar una cosa». Y me lleva a este sitio pelado en calle Lastarria sobre el cual ya estaban trabajando, y donde me llamó la atención esta explanada que se veía a un lado. “¿Qué es eso?”, pregunto yo. Y entonces me explica: «La idea es hacer una glorieta para que la orquesta toque los domingos, como en la Plaza de Armas». —Pero, cómo: yo aquí no veo ningún café —le dije. —No, no es la idea… —No, pues. Un lugar así sin café es como… nada. —Ya, bueno, veamos… Total que finalmente me embarqué yo en el café con Andrés Donoso y la Teresa Andreu, muy buena para la cocina, como socios. El café comenzó a atender el 1 de marzo de 1981. Se abrió como La Pérgola de la Plaza, aunque nadie nunca le dijo así; para todos quedó como «el café del Mulato». Yo no tenía idea de qué iba a pasar cuando abrimos. Mi lógica fue: qué es lo que a mí me gustaría que hubiera para ir todos los días, y eso fue lo que hice. Al principio abrimos desde las


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10 de la mañana hasta las 8 de la tarde —más tarde comenzamos también a abrir de noche—, y la idea era que tú pudieras llegar a cualquier hora y comer algo o sólo tomarte un café (cosa que en Chile hubo que enseñar, porque no había costumbre). Al principio fue un trabajo tremendo. Se fue armando, en bien poco tiempo, una concurrencia grande. En realidad, fue un exitazo. Creo que la clave fue ser capaces de sostener un lugar tranquilo, agradable, donde podías ir todos los días y, además, encontrarte con gente. Además, los mozos fueron siempre los mismos; los que entraron se quedaron: Fernando, Jorge, Segundo, Germán. Entonces conocían a los clientes, sabían qué les gustaba. La música era clásica, sin estridencia, que yo mismo programaba. Y había una carta reducida pero acertada, que mezclaba café, tragos, sándwich, platos (había un «plato del día» al almuerzo); y que, sin mayor sofisticación, podía ofrecer algunas cosas que no eran habituales en Santiago. Nadie más que nosotros tenía tablas de quesos, por ejemplo. O champiñones salteados. O vino por copa. Recuerdo un paté artesanal que hacíamos ahí que era muy solicitado y también las flautas de pan de don José, que se hicieron famosas. La lista de gente que pasó por ahí es bien impresionante, pero nosotros no teníamos mucha conciencia de cómo se iban a recordar. No tenemos fotos ni nada de eso, nunca nos interesó. Muchos pintores, del grupo de Samy Benmayor, Bororo, etc. Muchos escritores, desde Jorge Edwards a Jorge Teillier. Y muchos actores, por supuesto, porque ahí cerca estaba el Ictus. Más tarde, como las oficinas de la Concertación estaban en la esquina de Lastarria y Alameda, comenzaron a llegar políticos, como Ricardo Lagos, a quienes no les cobrábamos, como apoyo a lo que estaban haciendo. Otra cosa son las visitas internacionales. Así, de memoria, me acuerdo de Oriana Fallaci, Bianca Jagger, Gabriel García Márquez, Robert Rauschenberg. Y estaban, por supuesto, los personajes pintorescos, como el Craso, que quería retratar a todo el mundo. Cuando a Chile comenzaron a retornar los exiliados, encontraron en el café un lugar que ellos pensaban no existía en Chile».

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Óscar Zenteno es dealer de arte y editor. Estudió diseño y publicidad. Entre los años 1982 y 1989 mantuvo en la Plaza la Galería del Grabado de Chile (primero llamada Galería del Centro del Grabado de Chile).

«El primer local que tuve era chiquitito, pero como estaba justo arriba de la escalera la gente lo veía al tiro, y ésa era la gracia. Vendíamos objetos de arte y algunos grabados y esculturas: cosas pequeñas. Mi señora y yo estábamos siempre ahi. Me sentaba en el bow-window de mi tienda y miraba la entrada de la Plaza, y por ahí, haciendo memoria, vi entrar a Gabriel García Márquez, a Raúl Zurita... a un montón de grandes personajes que usaban la plaza como lugar de reunión. Al tiempo surgió la posibilidad de tomar la colección del Centro de Grabado de Chile (que estaba compuesto por el Taller de Artes Visuales y el Taller 99), y que era muy valiosa. Decidimos quedarnos con ella y cambiarnos a una sala más grande. Nos conseguimos la prensa que había sido del Taller 99 y la llevamos como objeto-símbolo para el interior del local. Recuerdo que para inaugurar la galería fue Nemesio Antúnez e hizo una pasada por esta prensa y sacó un primer grabado. Fue nuestra manera de “cortar la cinta”. Lo nuestro fue hacer exposiciones especializadas en grabado. No había nada así en ese momento y creo que nunca ha vuelto a existir algo así. Éramos la única galería especializada en Chile. Muchos artistas que empezaban en el grabado, expusieron con nosotros por primera vez: Coke Lankin, Paula Mazzry, Lorena Villablanca, Vicente Rioseco; también la gente que fundó el Taller de Artes Visuales


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(Guillermo Frommer, litógrafo, y Carlos Donaire —que es un maestro de la xilografía, a nivel mundial—), y alguna gente que había pasado por el taller Hayter, en París, que es muy importante. La argentina Matilde Marín, también. Incluso pasó Francisco Copello, que era un artista performista pero que tenía el grado de artista grabador de Nueva York. El grabado era todavía un género nuevo, que la gente no conocía bien, pero no nos faltaban los artistas para exponer. Como que los propios artistas iban sugiriendo el calendario de exposiciones, lo cual me ayudaba pues yo todavía no sabía mucho ni tenía contactos. Al final yo mismo terminé yendo al taller de Hayter, en París, y le compré grabados a la viuda de Hayter: cosas así fueron pasando. Por eso yo digo que la galería fue mi escuela. Creo que el grabado en Chile tiene una presencia silenciosa pero súper fuerte. Luego de los años sesenta había empezado a desaparecer, pero cuando surgió esta galería especializada hubo un pequeño resurgimiento del tema, me parece, y los talleres comenzaron a sentir que había un espacio para ellos».

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Patricia Ready es galerista. Junto a María Elena Comandari, María Luisa Geisse y María Eugenia Ossa como socias y codirectoras, fundó y mantuvo por casi dos décadas la Galería Arte Actual, que funcionó en la Plaza Mulato. En combinación con el Museo Arqueológico y el Instituto de Arte Contemporáneo, la galería solidificó una impronta de epicentro artístico que la Plaza tuvo en los años ochenta. Hoy dirige la Galería Patricia Ready.

«Yo estaba en contacto con Ramón Campos Larenas desde antes de que la Plaza se inaugurara, cuando yo estudiaba Arte en la Católica. En un momento Ramón me dice que va a vender su casa, y que «yo quiero que usted se quede con uno de los locales para que haga algo, Patricia». Y ahí fue que a mí se me ocurrió armar algo con el arte contemporáneo. Le dije: «Mire, me he dado cuenta que a los artistas nuevos les cuesta mucho salir adelante. Me gustaría poner una galería». Fue Nemesio Antúnez quien, cuando le conté del proyecto, que me dijo: «Ponle el nombre “Arte Actual”, para que nunca pase». Entonces proyecté la galería cuando aún estaba todo en construcción, en los escombros. Porque tenía niños muy pequeños, comencé a buscar socias. La galería se inauguró en octubre del 81, y con una línea inicial de tener siempre a artistas chilenos. La primera exposición fue colectiva, y generó mucha atención. Era un tiempo en que los artistas vivían de manera muy esforzada, y entonces empezamos con lo de las becas, con la idea de prestar la galería con todo lo necesario para una exposición sin que los artistas tuvieran que gastar de su dinero. Fuimos la primera galería en Santiago, y tomamos un circuito que no tomaban los museos. Estar en la Plaza era importante: era un lugar de encuentro en torno al arte, así la recuerdo yo. Era un lugar bonito para la ciudad, con arte a disposición y donde también los artistas circulaban y se sentían cómodos».


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Diego Maquieira es poeta. Fue asiduo al Café de la Pérgola entre 1983 y 1995.

«Para mí la Plaza nunca tuvo que ver con literatura, sino con la amistad y con encontrar un lugar que tenía mucha luz durante todo el día. Era un punto de encuentros —no de citas—, en donde podías ponerte a conversar con gente que no conocías. Era un lugar de reunión para gente solitaria que iba ahí a esparcirse en grupos. La idea era incentivar el diálogo. Me gustaba mucho esa cosa espontánea que se daba, y que uno podía compartir con otros sin dejar de ser uno mismo. Había unos encuentros literarios los jueves, pero eran muy abiertos, porque ahí se mezclaba mucha gente de pintura, como Samy Benmayor, Bororo, Matías Pinto, Pablo Domínguez. Era un conjunto de individualidades que mantenía conversaciones de todo orden. Uno recibía y daba; daba y recibía: una cosa sin ningún propósito, bastante gratuita. Era un lugar para animarse, para darse un poco de alegría en momentos de plena dictadura. Y también era una especie de consultorio sentimental y de ideas, muy inspirador. Era un flujo de gente buena. Uno de los momentos más memorables, más glamorosos, fue cuando para el triunfo del No llegó Nissim Sharim y otra gente del teatro con Bianca Jagger. Y yo le ofrecí una botella de champán, y ella dijo que no bebía pero que si la invitaba un poeta, aceptaba. Era un espíritu que ya no existe. Era un momento que se vivía por el puro gusto de vivir, y no como el de ahora, que se vive por el lucro. Me gustaba ese espíritu provinciano en la capital. Era una cosa muy cálida, donde la gente sacaba lo mejor de sí misma. Era un remanso, y si vivir en dictadura era como estar en un submarino, en el Mulato salías a cubierta. Y entonces parecía que la vida era bella, y eso era importante creérselo».

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Santiago Aránguiz es diseñador, artista y museólogo; actual decano de la Facultad de Diseño de la Universidad del Pacífico. Ha trabajado como asesor del MAS, involucrándose en todo el proceso de varias exposiciones, desde la curatoría hasta el diseño de catálogo. También mantuvo un taller de pintura en la Plaza.

«Antes de que la Plaza se inaugurara como tal, yo daba vueltas por ahí, como un amigo y visitante del taller de don Ramón Campos Larenas. Luego, la remodelación de la Plaza mantuvo la casa de don Ramón. Y entonces yo comencé a participar de una serie de conversaciones con Manuel Santa Cruz —a quien conocí en la Plaza—, con Hugo Yaconi y con Hernán Puelma, en las que se respetaba mi opinión y mi mirada como museólogo. Eran personas entusiastas, a las que se les podía proponer cosas y ellos escuchaban. Considerando que ahí estaba no sólo el Museo Arqueológico, sino también el Instituto de Arte Contemporáneo, varios talleres y la galería de Arte Actual —a la que también asesoré—, la Plaza era un lugar en el que yo encajaba perfectamente, y me hacía muy feliz estar ahí. Yo pensaba: «Qué rico estar en esto, y, además, entre todos los artistas», porque en poco tiempo la Plaza se había convertido en un polo de acción cultural. Era un espacio absolutamente privilegiado, en el que discutías sobre arte, pero sobre todo sobre patrimonio, sobre el reconocimiento de los pueblos originarios, sobre lo que estaba sucediendo en la arqueología. Era un mundo múltiple. Era una mezcla de artesanía, arte contemporáneo, nuevas tendencias, arqueología, aporte urbano. Y había también un núcleo de intelectuales que aportaban mucho: Enrique Lihn o Jorge Edwards, que eran asiduos. En el fondo, lo que sucedió ahí era el resultado de una idea por buscar darle una mejor calidad de vida a la gente que circulaba por ese barrio.


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De la generación de los ochenta pasaron todos por ahí, sin excepción. El café vino a aportar no tanto la bohemia sino el punto de justificación para seguir conversando. El trabajo que hicimos ahí promovió el entusiasmo por las cosas nuestras de manera brillante. Y toda la gente lo aplaudía. En el MAS se dio inicio a algo que ninguno de los museos del país se había atrevido hasta entonces a hacer: salir con las exposiciones fuera. Eso era una cosa bien audaz, y en ese sentido tiene una responsabilidad determinante Hernán Puelma, y admiro profundamente lo que hizo. Una mezcla de energía, atrevimiento y de locura, que también me contagiaba. Si yo le decía «hagamos tal cosa», él enganchaba de inmediato. Dentro de eso debe incluirse cuando comienza una serie de grabaciones de viajes de arqueología y antropología, por el interés visual de Hernán y Andrea Brauweiler. Recuerdo testimonios y viajes que son extraordinarios. Ahí hay cosas significativamente importantes, como certificación del tema de la conservación, del trato de las ideas respecto al patrimonio. Esto fue motivo para proyectar estos videos. Estaba el sueño de llevarlo a la televisión, porque tenía una lectura muy fuerte sobre nuestro pasado».

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Gema Swinburn es fotógrafa, bachiller en Estética y crítica de arte. Entre 1983 y 1989 fue codirectora de Plaza Mulato y dirigió la Galería de la Plaza.

«Estuve desde los inicios del proyecto, cuando la construcción aún no se terminaba. Había que echar a rodar todo, pero nadie tenía los objetivos muy claros; quien diga eso, miente. Sabíamos que íbamos a hacer un centro cultural de vanguardia y de primera categoría, pero no teníamos metas, eso lo fuimos construyendo en el camino. El único gran objetivo era sacar esto adelante y tener una cantidad infinita de actividades. Y todo eso llegó. Era un Chile culturalmente bastante deprimido: no había nada. Pero más que remar contra la corriente recuerdo sentir que navegábamos con el viento muy a favor, en parte por nuestra energía (la de Hernán Puelma, de Benito Rojo, de José Miguel Santana, de Juan Pablo Ugarte). La aceptación fue impresionante; de parte del público, de los artistas, de los escritores… la intelectualidad de la época nos acogió muy bien, y se creó una mística súper importante gracias a la reunión de buenas voluntades. Había gran confianza y libertad; nuestra autonomía era total. «Manuel, ¿te tinca que hagamos esto y lo otro?», preguntaba yo. «Ah, qué buena idea», decía él. Y como todo era primera vez que se hacía en Santiago, el interés del público era automático. Era un momento en el que el concepto de “gestión cultural” ni siquiera se usaba, pero yo no recuerdo haber trabajado nunca como trabajé en la Plaza del Mulato: al ciento por ciento. Éramos todos jóvenes, y la dedicación era total; a veces con el plumero en la mano, a veces vestida de gala. Y esa escuela del «a pulso» me ha servido luego en la vida cualquier cantidad, pensando siempre en un trabajo de altos estándares, sin hacer muchas concesiones. Creo que en mis años en la Plaza Mulato fueron, por lejos —por lejos— los mejores.


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No existía la palabra prejuicio. Ni género. No era tema. La cosa era convocar y reunir categoría. Había un «desde» de calidad y propuesta, y todo lo que se recibiera debía estar en ese «desde» para arriba. Y el «desde» era alto. Ha cambiado todo, se ha profesionalizado todo, pero no por eso es mejor. Nosotros teníamos una cierta espontaneidad que nos beneficiaba, pero combinada con un juicio crítico alto. En mi trabajo en la Galería de la Plaza los proyectos no faltaban. Terminabas una exposición y venía la otra. La primera exposición que hicimos fue del escultor Osvaldo Peña, y se ganó el Premio de los Críticos como la mejor del año. Más tarde recuerdo la de Archibaldo Rosas, que hacía con puras bolsitas de té un trabajo maravilloso, finísimo. Y también otra que montamos con la colección de mi amigo Ricardo MacKellar, que me prestó su colección de la Generación del 13, imagínate, cuando yo no tenía siquiera una persona que la cuidara el fin de semana (ahora recuerdo cómo dejaba eso ahí en la galería... y me da unos nervios). Otra exposición maravillosa fue la de Juanita Lecaros, que yo creo que es la única que se ha hecho de ella, y de la que vendí todo, aunque en general yo vendí súper poco. La Plaza planteó en un eje cultural interesante, en el que también estaban el Instituto Chileno-Francés, La Maison de France y el ICTUS. Y eso permitía un intercambio permanente entre las personas asociadas a todos estos lugares. Nos sumamos a esa actividad con todo tipo de iniciativas, desde ferias filatélicas y “noches de música” con videos de conciertos en VHS, imagínate lo antiguo. Y todo esto acompañado por lo que sucede en los grandes centros culturales del mundo: un estupendo restaurante donde te encontrabas con gente genial. Después hicimos el Concurso de Artes Visuales, y para la primera convocatoria llegaron cientos de cientos de cientos de obras: bidimensionales, tridimensionales… instalar eso para que el jurado lo viera fue una gran tarea. En paralelo a eso hicimos otro concurso de videoarte, cuando el video era algo aún muy marginal. Todos quienes ganaron esos concursos o que expusieron ahí o que pasaron por la Plaza en esos años marcaron luego pauta en las artes visuales y en la literatura».

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Jorge Edwards es escritor. Mantiene un departamento a pocas cuadras de Plaza Mulato y fue asiduo a sus tertulias literarias durante todos los años ochenta.

«Fue un lugar de encuentro de gente del mundo literario, intelectual, artístico, chileno y extranjero, desde su fundación. Debería recuperar ahora ese puesto. Se hicieron presentaciones de libros, exposiciones de pintura y un largo etcétera. Y se conversaba, cosa que parece un arte en vías de extinción. No existía entonces otro lugar público así: al aire libre, con un paisaje urbano modesto, pero atractivo. La presencia literaria era importante. Recuerdo a muchos escritores y personajes ahí, desde el Chico Molina a Mario Vargas Llosa. Los pisco sours del restaurante de la Plaza producían efectos intelectuales, artísticos, eróticos, prolongados».


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Ricardo Armstrong mantuvo por 24 años el restaurante R. (1987-2011) y también el Café Mulato (ambos espacios más tarde se fusionaron).

«Tuve por unos años el R. en Tobalaba, pero yo quería estar acá, me encantaba el barrio, aunque había gente que me decía: ¿Para qué te vas a meter ahí? No había un ambiente de restaurantes entonces por acá, más allá del Café de la Pérgola, Les Assasins y La Quiche Lorraine. Pero yo sabía que algo iba a pasar, porque veía carácter, alma. Era pura intuición. Ese primer restaurante –más bien un pub– duró como tres años y medio, y agarró vuelo. Luego lo cerré, lo reabrí (en otra ubicación), y entonces decidí administrarlo en paralelo a un local más pequeño, hacia la calle, al que le puse “Café Mulato”. Era un local pequeño al que llegaban muchos turistas. Ahí se daba una relación espectacular con quienes llegaban, de mucha confianza, de conversación, algo que se ha perdido completamente y que echo mucho de menos. Era otro el trato».

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Eduardo Garreaud es artista plástico. Fue cofundador y profesor del Instituto de Arte Contemporáneo, donde se mantuvo trabajando hasta el cierre de éste.

«Las universidades estaban en ese momento muy intervenidas, y nos interesaba armar en el Instituto un lugar alternativo, donde además se pudiera desarrollar un cierto juicio crítico sobre lo que estaba pasando y los retrocesos que se veían entonces en las universidades. La idea era retomar la enseñanza del Arte, introduciendo aquellos cambios que a nosotros nos hubiese gustado haber visto en nuestras propias universidades. Y armamos este «ente», una suerte de experiencia piloto, con un currículo flexible pero de profesores de muy alto nivel y una rigurosidad intensa. Y agilizamos los currículos, y además comenzamos a trabajar con técnicas experimentales. Llegó el momento en que alumnos de las universidades tomaron algunos cursos en el Instituto, porque les permitían mantenerse al día. Optamos por algo libre, independiente, autónomo, y nunca quisimos el reconocimiento del Ministerio de Educación. El nivel de nuestros alumnos era bastante bueno. Nosotros no seleccionábamos para los talleres, pero sí para los currículos de cuatro años, porque el interés era enorme y teníamos capacidad para cuarenta. Por lo mismo, el tipo de alumnos fue muy heterogéneo, porque había también un gran interés por la parte teórica. Y además llegaba mucha gente a la Plaza, por el


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restaurante que era muy bueno, por el par de galerías y por la buena ubicación. Entonces se daba una actividad cultural bastante intensa; además combinada entre gente emergente y consagrada. Y eso también atraía a gente al instituto, porque nunca hicimos una campaña ni promoción ni nada. Había un auditorio, muy pequeñito, donde el instituto organizó conferencias importantes: Omar Rayo, Juan Egenau, Alberto Pérez, José Balmes. La gente se sentaba una arriba de otra porque no cabía. Para Milan [Ivelic] y yo esto había sido una especie de cruzada. Y por eso implantamos las becas y medias becas, y… [se ríe] al final todo el mundo estaba becado o semibecado, porque no queríamos la alternativa de perder un alumno. Y entonces, ¿qué más íbamos a hacer? A veces nos quedaba algo de plata, el vuelto, y decíamos: «Ya, para la bencina». Al final, esa zozobra, esa incertidumbre era nuestra opción. Nunca vimos al instituto como un lugar para hacernos ricos. Sentíamos que a través del instituto estábamos salvando una instancia de tiempo que era de un sometimiento y de una tragedia social, y podíamos saltarla, llegar más allá. Y ofrecer un nido que los alumnos con talento pudieran ocupar».

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Alejandro Rogazy es restaurador. A principios de la década de los ochenta y durante ocho años trabajó en el taller de restauración de Ramón Campos Larenas (Laboratorio de Restauración y Conservación de Arte «Ramón Campos Larenas Ltda.”).

«Ramón Campos Larenas fue el gran restaurador que hubo en Chile. Estudió en Italia, en el Instituto Central de Restauración de Roma y en la Universidad Internacional del Arte y la Restauración, que son las más importantes del mundo en el área; en una época en que la restauración era para Sudamérica una rareza total, confiada a algo muy artesanal y sin mucha metodología. Al volver a Chile, instaló su casa-taller en esta casa que era de su papá, y que más tarde le vendió a Manuel Santa Cruz y Hugo Yaconi. Entonces se demolió gran parte de lo que había, y él se quedó con el último patio de servicios y las dependencias, que es donde instaló su taller y vivió hasta que murió. Cuando se construyó la Plaza se arregló también este sector, que era enorme. Así quedó dividida la casa del taller, y se instaló todo como debía ser, con una sala de conservación, un laboratorio, una biblioteca, una sala de retoque, una sala de barniz. Esa casa era como un museo. Llena de lámparas, de gobelinos, de cuadros y antiguedades; con una biblioteca enorme. Ramón no quería hacer clases porque es un asunto muy complicado. Más allá del marco teórico está la experiencia, y ésa uno no la puede tener sobre originales, sino que debe empezar a trabajar con obras menores. Y para eso tienes que trabajar en un taller constituido. Con él ibas aprendiendo a medida que ibas trabajando. Éramos cuatro asistentes en una suerte de taller medieval, donde lo primero que aprendías era cómo trasladar una obra (“la pintura no se agarra como una silla”), luego


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cómo barrer (“en un taller se barre de otra manera, no como en tu casa”) y entonces seguías casi como en una bottega del Renacimiento. Era una dedicación completa, desde las 10 de la mañana, a las 6 de la tarde, todos los días. Si había algún encargo mayor nos quedábamos hasta la noche: lo importante no era cumplir horario sino que las pegas quedaran impecables. Recibíamos encargos de museos, de particulares, también llegaban cosas del extranjero. Ramón se mantuvo activo hasta el final, aunque tenía algunos problemas con el pulso, pero estaba ahí siempre, con la cotona. Ramón estaba muy integrado a la Plaza. Todos los domingos se tomaba afuera un pisco sour junto a su esposa, Simonetta. Ahora, él también se reía mucho de todo este ambiente de galerías porque para él la pintura llegaba hasta los años veinte: ya a Picasso lo encontraba horrible. Entonces el hecho de que en su casa haya habido un instituto de arte contemporáneo era lo peor que le podía pasar [se ríe]. Ese lugar había sido el epicentro de la restauración, de la conservación, que tiene que ver con el pasado, y de pronto terminaba convertida en un foco de arte moderno. Pero él lo pasaba muy bien porque tenía amigos».

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Bernardita Vattier es artista. Fue alumna de taller del Instituto de Arte Contemporáneo por varios años, en cursos de Eduardo Garreaud y Humberto Nilo. Luego expuso en la Galería de la Plaza, y se asoció por dos años con Gema Swimburn para su administración. Entre 1980 y 1983 fue directora de Plaza Mulato.

«En 1980 llegué de casi diez años en Brasil, donde me formé. El Instituto de Arte Contemporáneo era entonces un lugar de mucho prestigio, por el nivel de los profesores y alumnos. Pero su método era de total relajo y confianza en los estudiantes. Cada uno llevaba su proyecto, y lo defendía. Yo me pasaba todo el día ahí, en el taller, y de pronto un profesor pasaba y opinaba. Para mí, estudiar ahí fue como hacer un posgrado. La Plaza Mulato apareció cuando había una restricción total. Creo que en eso ayudó mucho también Enrique Lafourcade: a que esta Plaza se abriera y se hablara de ella. Y además organizaba estos encuentros masivos, y había permanentes presentaciones de libros. Él conglomeraba una cantidad enorme de gente. Después de mi paso por el Instituto, y luego de asociarme por dos años a Gema Swinburn en la Galería de la Plaza, se me ofreció quedar como directora de la Plaza, hacer actividades y conseguir el autofinanciamiento. Acepté. Tengo la facilidad para hacer buena gestión, y además me encanta, aunque claro que te afecta en el taller porque es un tiempo mental enorme. Hice varios cambios, en finanzas y en convenios, sobre todo con embajadas (que nos traían cine, música, teatro). Partimos con iniciativas como la Feria de Anticuarios, los sábados, y también la “Fiesta de los artistas”, que era una comida para 120 artistas, bailable, elegantísima, encarpada, y con comida hecha por el Café de la Plaza. Lo pasábamos muy bien».


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Benito Rojo es pintor. Fue profesor del Instituto de Arte Contemporáneo (antes de eso había arrendado brevemente uno de los talleres de la casa para su trabajo). Se mantuvo muchos años cercano a la Plaza por diferentes actividades y proyectos, incluyendo la realización de videos para el Museo Arqueológico

«La aparición de la Plaza coincidió con un momento en el que yo diría que se vivía un cambio planetario, con muchos cambios, muy veloces. Y la ciudad también empezó a vivirse de manera distinta. La gente dejó paulatinamente de juntarse en las casas para comenzar a salir más. Y por eso estos espacios comenzaron a tener importancia. Tenía que ver con vivir la ciudad de una cierta manera, de no encerrarse, y de que la ciudad es para vivirla con otros. En la Plaza pasaban cosas. No sólo por el tipo de artistas que exponían y tenían talleres sino porque se hacían otro tipo de actividades. Además, se gestó ahí una actividad galerística cuando en Santiago había muy poca actividad al respecto. El restaurante fue emblemático. Había ahí una cierta soltura que se reflejaba incluso en cómo te conocías con los mozos, y con casi todos los que pasaban por ahí. Y eso tenía que ver también con el dólar bajo, con la apertura de la economía, y con la mayor cantidad de viajes, que hacía que los chilenos salieran y volvieran para querer encontrar aquí cosas que entonces no había. Creo que se miraba al país desde una mirada más “contemporánea”. Y ahí el Mulato pasó a ser un lugar de encuentro especial».

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Milán Ivelic es profesor y crítico de arte chileno. Fue director del Museo Nacional de Bellas Artes. Cofundó, dirigió y fue profesor (de Teoría del Arte) del Instituto de Arte Contemporáneo. Una vez en la plaza asesoró varias iniciativas, como las de la Galería Arte Actual. Más tarde colaboró, desde Europa, con la gira «Chile Indígena» y en la curatoría de gira posterior de arte contemporáneo chileno. Fue parte del comité curatorial del Valle de los Artistas y del MAVI.

«A principios de los años setenta, no recuerdo bien si el 72 ó 73, conocí a Manuel Santa Cruz. Él se conectó conmigo, yo entonces era profesor de la universidad, interesado en hacer una exposición de escultores en el Drugstore. La palabra «curador» ni se usaba en esos tiempos, pero quedé a cargo de la selección. Recuerdo que la exposición la hicimos cuando el Drugstore todavía no tenía techo: fue al aire libre. Con Manuel simpatizamos. Con él es fácil establecer empatías, creo. Y más todavía si estaba interesado en el arte, pues es lo mío. Es muy grato poder entrar en diálogo con alguien con ese interés. Luego del Golpe militar nos veíamos en ocasiones. No nos perdimos. Tiempo después volvió hablarme sobre un proyecto en el que estaba involucrado, que quería comprar la casa de [Ramón] Campos Larenas. Ése era el proyecto de la Plaza. En 1977, con un grupo de artistas decidimos crear una institución de arte, como una especie de taller particular para enseñanza teórica y práctica del Arte. Ahí estábamos Gaspar Galaz, Sergio Soza, Eduardo Garreaud, Gonzalo Díaz y yo, más Fernando Sáez para labores de administración. Arrendamos una casa en calle Román Díaz, y ahí empezó a funcionar el Instituto de Arte Contemporáneo. Eran los comienzos de la dictadura militar, la época más dura, y estábamos todos muy preocupados de que pudieran echarnos de nuestros puestos en la U. de Chile. La idea era que si creábamos una institución de esta naturaleza no fuese para una enseñanza convencional ni establecida, sino que aprovechando la propia experiencia de los artistas. Ya Gonzalo Díaz, por ejemplo, tenía una mirada mucho más aguda


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y crítica de la realidad de la propia enseñanza del arte, y se daba cuenta que era muy difícil propiciar cambios al interior de las propias universidades. Conversamos sobre que era mejor crear algo donde nosotros íbamos a inventar el programa y la metodología. Era un cambio sustancial. Y, como había becas, se empezó a correr la voz y comenzó a llegar mucha gente. No pedíamos ni certificado de Enseñanza Media ni Prueba de Aptitud Académica ni un título universitario previo. Pero tampoco les dábamos nada: no había diplomas, nada. La idea siempre fue: el gallo que va a ser artista, lo será a pesar de sus títulos. Pero era algo bien fuera de las normas. Nunca tuvimos un reconocimiento del Ministerio de Educación. Si alguien quería un papel que certificara que pasó por ahí, se lo dábamos, pero no tenía ninguna validez legal. Pero ser alumno del IDAC tuvo un sello. Creo que el Instituto logró romper esa estructura anquilosada de enseñanza que provenía de los estudios institucionalizados. Pasó el tiempo y de pronto nos pidieron la casa. No recuerdo bien en qué año nos fuimos a la Plaza, fue un poco antes de que la Plaza se inaugurara. Pero sí sé que la remodelación se fue haciendo en paralelo a la construcción del Instituto. Era un espacio muy cómodo para nosotros. Bien ubicado, y levantado especialmente para nuestras necesidades. No eran espacios improvisados, sino hechos para los talleres: grabado, pintura, dibujo, una oficina pequeña. Fue una coincidencia ideal. Si Manuel no nos hubiese dado esa mano quizás el Instituto hubiese desaparecido cuando nos hubiésemos tenido que ir de la casa de Román Díaz, porque no teníamos capacidad económica para financiar una obra de esa envergadura. En ese sentido, Manuel fue generosísimo. Además, éramos pésimos administradores, porque no era lo nuestro, ése fue nuestro gran problema. La cosa era el antilucro, yo nunca recibí un peso por hacer clases ahí. Era realmente por amor al arte. Pasaba bastante tiempo en la Plaza, aunque no todo el día porque tenía mis clases en la Chile. Pero había un grado de amistad importante con quienes estaban ahí. Se consolidaron muchas relaciones».

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Andrea Brauweiler es gestora cultural. Entre 1982 y 1986 participó en la realización de audiovisuales del MAS. En la década de los noventa estuvo a cargo de las giras de la exposiciones itinerantes internacionales del MAS y del MAVI, así como de la documentación de colecciones y la planificación museográfica del MAVI. El 2000 asumió como directora ejecutiva de la Fundación Cultural Plaza Mulato Gil de Castro, y entre 2002 y 2010 ejerció allí como directora de Arte.

«Llegué de Berlín a Chile en 1982. Me encanté con la Plaza Mulato, como un lugar acogedor y fascinante, un oasis de libertad y creatividad en los tiempos difíciles y convulsionados que vivía el país. Tuve el privilegio de sumarme al grupo que gestionó los múltiples proyectos que se desarrollaron a partir del MAS, el MAVI y el Valle de los Artistas. Conocí allí a Manuel y a Hugo, dos hombres convencidos de que los empresarios tienen un rol clave en el apoyo al arte y la cultura, áreas esenciales para el crecimiento espiritual del hombre y, por ende, para el desarrollo de la sociedad. Los vi profundamente involucrados en este proyecto, gozando y compartiendo a la vez con los artistas, profesionales y gestores que se convirtieron en sus amigos. Hernán Puelma fue el tercer motor de esta aventura cultural, junto a un grupo importante de mujeres y hombres, cada uno impulsado por una especie de mística, dando lo mejor de sí y agradecidos de tener la oportunidad de hacer realidad este sueño de un mundo mejor.


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En estas casi cuatro décadas, este emprendimiento cultural ha entregado al país un regalo visionario y generoso: la creación de espacios tangibles e intangibles de encuentro, reflexión, creatividad, libertad y confluencia de sinergias de personas. Espacios donde se juntan las raíces de culturas milenarias con las herencias históricas y la creación contemporánea, donde hombres y mujeres las pueden contemplar y, con ello, mirarse y entenderse a sí mismos. Espacios donde se pueden desarrollar reflexiones críticas sobre la actualidad y los sueños sobre un futuro mejor. Espacios mágicos y cada día más necesarios, creados para que las personas se encuentren, sin prisa, interés de lucro ni miramientos ideológicos; sin pedir nada a cambio. Espacios que quedarán para siempre en la memoria de quienes tuvimos la suerte de transitar por ellos, de participar en su desarrollo, de compartir sus sueños».

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17. Francisco Javier Court

2. Patricia Ready

18. María Luisa Geisse

3. María Elena Comandari

19. Mario Carreño

4. Milan Ivelic

20. Osvaldo Peña

5. Lucía Waisser

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22. Sergio Lay

7. Francisca Cerda

23. Matías Pinto D´Aguiar

8. Elisa Aguirre

24. Enrique Lafourcade

9. Manuel Santa Cruz

25. Nemesio Antúnez

10. María Eugenia Ossa

26. Patricia Velasco

11. Guillermo Núñez

27. Hernán Puelma

12. Gaspar Galaz

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14. Patricia Israel 15. Fernando Sáez 16. Samy Benmayor

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1. Roser Bru

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El Instituto de Arte Contemporáneo Aunque no constituye una iniciativa directa de la Fundación Plaza Mulato, la historia del Instituto de Arte Contemporáneo está esencialmente vinculada a ésta, y reserva sus años más relevantes en íntima conexión con el desarrollo de las múltiples actividades artísticas que fomentó la apertura de la Plaza Mulato Gil en 1981.

El Instituto de Arte Contemporánea existía como tal ya desde 1977, aunque en una sede de calle Miguel Claro, comuna de Providencia, que al poco andar dejó de ofrecerles a sus gestores la acogida necesaria. Había nacido como la iniciativa de un grupo de artistas y académicos interesado en extender su labor docente por fuera de sus cátedras universitarias de enseñanza teórica y práctica del Arte, con más libertad curricular en las materias y también mayor autonomía de los profesores a cargo. Milan Ivelic, Gaspar Galaz, Sergio Soza, Eduardo Garreaud, Gonzalo Díaz y Fernando Sáez (este último, como administrador) eran parte de su núcleo inicial.

«En ese entonces las únicas dos escuelas de Arte en Santiago eran las de las universidades De Chile y Católica. No había nada más, y entonces introducir cambios en las enseñanzas ya establecidas era algo muy difícil», recuerda Milan Ivelic. «Nos interesaba la posibilidad de inventar un programa y una metodología hechos por los propios artistas, desde su experiencia. Era un cambio sustancial para la época y despertó un interés inmediato».


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Carlos Fernández, Pablo Rivera, Marcela Correa, Federico Assler, Osvaldo Peña, Fernanda Cerda, Mario Irarrázaval, Hernán Puelma, Gaspar Galaz, Abraham Freifeld, Ximena Rodriguez, Felix Maruenda, Jorge Barba, Pablo Langlois, Pancha Núñez, Ana María Romero, Sergio Cerón, Milan Ivelic y Paula Rubio.

Instituto de Arte Contemporaneo, 1995

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Milan Ivelic y Elisa Aguirre con alumnos y Sala de Clases


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Para esta iniciativa, se acordó una construcción especial en los terrenos de la Plaza Mulato, aún en remodelación. Fue un espacio pensado para la docencia y las necesidades de este grupo específico de maestros. Podían encontrarse allí talleres de grabado, pintura, dibujo y una pequeña oficina de administración. El alto nivel de los profesores, la disponibilidad de muchas becas y la frescura del enfoque académico distinguió desde un primer momento al Instituto de Arte Contemporáneo como una valiosa sede de ejercicio docente en torno al Arte. Además del cuerpo estable, se cuentan como profesores temporales a Gonzalo Cienfuegos, Benito Rojo, Rafael Munita, Enrique Zamudio, José Basso, Francisco Brugnoli y Mario Soro, entre otros destacados artistas.

«El instituto consolidó muchas relaciones, si bien fue siempre algo muy fuera de las normas. Nunca tuvimos un reconocimiento del ministerio de Educación, por ejemplo», recuerda Milan Ivelic, quien se alejó de la gestión del instituto apenas fue nombrado director del Museo Nacional de Bellas Artes, en 1993, y que luego atestiguó ya desde lejos su cierre definitivo, en el 2000. «Mirando hacia atrás, creo que ser alumno del Instituto de Arte Contemporáneo tuvo un sello entre muchos artitas, y creo que logramos romper esa estructura anquilosada de enseñanza que provenía de los estudios institucionalizados».

«No era sólo el instituto sino también su ubicación», estima la artista Bruna Truffa, una de las varias alumnas destacadas. «Dentro de la formación que yo he elegido ir dándome, el Instituto de Arte Contemporáneo me permitió reforzar mi vocación autodidacta. Ofrecía buenos profesores, pero de acuerdo a una malla más libre, y siento que al estar ubicada en ese espacio medio público, como que estabas en la calle, interactuando con la ciudad, y eso es muy bueno, porque veo que hasta hoy pasa que las generaciones que salen de la universidad de pronto no saben cómo empezar porque están como en una burbuja. La Plaza Mulato fue fundamental para evitar ese aislamiento».

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MAS

Museo Arqueológico de Santiago

Historia y proyectos La labor documental "Chile Indígena"


Museo Arqueológico de Santiago, 2005


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Historia y proyectos

C

iento cincuenta piezas precolombinas expuestas fue la muestra con la que la Galería de Arte Precolombino Nacional abrió en octubre de 1981. Hasta entonces, éstas permanecían como parte de la así llamada Sociedad de Arte Precolombino Nacional, una sociedad limitada sin fines de lucro, levantada a partir de la colección privada que Manuel Santa Cruz y Hugo Yaconi, fueron conformando con la asesoría de arqueólogos, antropólogos, conservadores, restauradores y especialistas en estética. Aunque no existían entonces referentes locales para una idea similar, ambos coleccionistas buscaron el modo de poner estos testimonios ancestrales a disposición de la comunidad. Fue entonces que surgió la idea de un museo. En los estatutos fundacionales de aquella primigenia Sociedad de Arte Precolombino Nacional se establecían como objetivos «la investigación, recolección y exposición de toda clase de objetos y especies provenientes de las diferentes culturas y civilizaciones producidas en el territorio nacional, en todas sus épocas históricas sin limitación alguna, como asimismo la difusión hacia la comunidad nacional o internacional del contenido histórico, arqueológico, antropológico, estético, plástico y arquitectónico de estas culturas y cualesquiera otra materia relacionada con lo anterior». Idear un espacio público en el que concretar este encuentro de arqueología y comunidad fue la motivación que dio inicio a lo que más tarde se conocería como Museo Arqueológico de Santiago (MAS). El acondicionamiento especial de sesenta y cinco metros cuadrados del sector surponiente de la Plaza, en el tercer piso de la construcción, permitió integrar salas de exhibición, biblioteca, laboratorio y sala audiovisual. El escultor Hernán Puelma quedó a cargo del concepto y de enriquecer la muestra abierta al público (para lo cual realizó un viaje a Arica junto al arqueólogo José Miguel Santana).

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Su gestión dio inicio a una cadena de trabajo de excelencia: las piezas llegaban a las manos de los restauradores Patricio Taulis y Javier Canedo, quienes luego de tratarlas para prevenir su deterioro las entregaban al especialista en arte indígena Carlos González, encargado de descifrar los símbolos de cada objeto, y clasificarlos según su origen y utilidad. Entonces, el museógrafo Santiago Aranguiz diseñaba el recorrido en que éstos se presentarían al público, de acuerdo a un guión de exposiciones que debía cambiar cada seis meses. Sólo luego de este minucioso trabajo mancomunado surgió el MAS, hasta hoy abierto al público como el principal espacio en el país para la exhibición de piezas precolombinas arraigadas al territorio geopolítico específico de Chile. Días después de su inauguración, destacaba la revista Qué Pasa: «Por primera vez en nuestro país se presenta la obra arqueológica con un criterio estético —de modo que el público “sienta” los objetos y aprecie sus simbolismos— y no sólo desde un punto de vista histórico o cronológico, como es lo frecuente1» La primera muestra organizada allí fue «Testimonio plástico de nuestras culturas precolombinas», en 1981; seguida al año siguiente por «La piedra en el arte precolombino chileno» y por «Arica prehispánica». En aquellas exhibiciones y en los primeros videos que fueron realizándose por gestión del Museo —destacan los tres documentales para la serie “Expedición andina” así como el de Isla de Pascua, en convenio con Televisión Nacional— fue posible dar a conocer vestigios prehistóricos e históricos que servían como testimonio real de las técnicas de elaboración empleadas alguna vez en nuestro territorio, así como de tradiciones y costumbres ya desaparecidas.

1 «Encuentros del pasado con la creación», Qué Pasa noviembre de 1981. Nota de Consuelo Larraín.


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El museógrafo y artista Santiago Aranguiz, asesor de varias muestras, destaca cómo el museo se fue convirtiendo rápidamente «en un lugar único donde hablar sobre patrimonio, sobre el reconocimiento de los pueblos originarios, sobre lo que estaba sucediendo en la arqueología. Instaló una reflexión que aún no existía en el país». Aplaude, además, su audacia: «Museográficamente hablando, éste era como un laboratorio donde se ensayaban fórmulas. Pintábamos de colores las vitrinas, usábamos artefactos nuevos para sostener las piezas... experimentábamos. Todos los involucrados trabajábamos con una mezcla de energía, atrevimiento y de locura, que contagiaba». Entre 1983 y 1997 se sucedieron las exhibiciones «El hombre: 14.000 años de presencia en Chile», «Isla de Pascua», «Cultura Tumaco-La Tolita», «El Inka en Chile», «Habitantes del confín del mundo», «Plata del Perú», «El diseño en Chile prehispánico», «El adorno en el mundo precolombino», «Chonos: un mundo ausente», «Chile indígena» y «Magia y chamanismo». Las exposiciones, charlas, cursos y videos arqueológicos y antropológicos concebidas por su equipo prestigiaron al museo en Chile y el extranjero. Se establecieron convenios con grandes instituciones, como el Ministerio de Educación, la Dirección de Asuntos Culturales (DIRAC) del Ministerio de Relaciones Exteriores, el Departamento de Antropología de la Universidad de Chile y el Museo del Oro de Colombia. El proyecto «Chile indígena» viajó entre 1992 y 1994 por once países europeos, y, entre 1998 y 1999 recorrió asimismo otros siete países del Asia Pacífico. Se trató de la muestra más completa organizada hasta entonces en el país en torno a las culturas aborígenes presentes en Chile (tanto las actuales como sus ancestros precolombinos).

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Fue preparada íntegramente por el Museo Arqueológico de Santiago en el contexto del quinto centenario de la Conquista española, como recuerdo y homenaje a las culturas americanas aborígenes. Los trabajos de construcción del Museo de Artes Visuales (MAVI) obligaron en 2001 al cierre temporal del MAS, que en una pausa de casi cuatro años aprovechó de repensarse. Se determinó entonces un nuevo espacio hacia el sur de la Plaza, mucho más amplio que el anterior (175 mt.²) y con los suficientes soportes para mostrar más del doble de piezas. Se fue preparando así, con la debida calma, una remodelación a la única institución del país que hasta hoy alberga vestigios precolombinos y etnográficos sólo asociables al origen chileno, y que con el paso de los años fue creciendo hasta superar las tres mil trescientas piezas. La peculiaridad de esta remodelación estuvo sobre todo dada por la conexión directa entre ambos museos, que de entonces en adelante quedaron en una suerte de diálogo entre pasado y presente. Se ideaba un espacio inexistente en Chile, un «macromuseo» de espacios autónomos pero conectados entre sí capaz de poner en una misma línea estética lo precolombino y el arte contemporáneo, fusionando los orígenes con la proyección. El MAS quedó así como la culminación del recorrido del visitante al MAVI, simbolizando su condición de raíz referencial para el arte moderno. «Así como hay gente que se siente feliz coleccionando, nosotros nos sentimos gratificados creando las instancias para que otra gente pueda enriquecerse culturalmente» (Manuel Santa Cruz).


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El MAS reabrió en 2005 con la exposición «Chile ancestral», a cargo de la artista visual Nury González, la arqueóloga Joefina González y el museógrafo y conservador del Museo Precolombino Luis Solar. Pudieron verse entonces sobre pequeñas plataformas apernadas a los muros de madera keros ceremoniales, cucharas de madera, cuchillos líticos del Norte Grande, anzuelos de la costa de Arica, costureros de espina de Pica, piedras horadadas de la Zona Central, adornos de combarbalita y cestos. «Todo un recorrido geográfico y cultural que se inicia el año 7.000 antes de Cristo y que se expone de novedosa manera, con detalles como que en algún rincón de las vitrinas se luzcan los mismos objetos en versión contemporánea», destacó entonces el diario El Mercurio. «Una sutileza con fin estético que a la vez hace el contrapunto entre las antiguas piezas y la cultura de nuestro tiempo». Los pisos de piedra pizarra y las paredes negras consiguieron imponer un ambiente intimista y elegante. El MAS mantiene hasta hoy su colección abierta al público, y exhibe muestras de renovación anual. Durante el 2012, en una actitud de filantropía coincidente con el espíritu que lo anima, el directorio de la Fundación Plaza Mulato donó el total de tan importante colección al Museo Chileno de Arte Precolombino, el cual trasladó parte de ésta a sus depósitos.

Piezas de la Exhibición Itinerante Chile Indigena

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La Labor Documental Desde sus inicios, en 1981, el Museo Arqueológico de Santiago se planteó combinar la muestra de su colección con trabajos de registro y documentación que ampliaran la labor del espacio, promoviendo así un debate vivo en torno a nuestros ancestros. Al respecto, un equipo integrado por Hernán Puelma y Andrea Brauweiler comenzó a implementar diferentes investigaciones y filmaciones en terreno, en conjunto con arqueólogos y especialistas conocedores de las culturas y del lugar que los ocupara. El trabajo abarcó de Arica a Magallanes, en un esfuerzo documental y audiovisual pionero, que hoy se conserva en videos y fotografías de valiosa significación histórica y pedagógica.

    Entre los trabajos desarrollados entre 1981 y 1987 se cuentan los videos "Arte rupestre en Chile", "La Piedra del Hombre", "Arica Prehispánica" y "Cultura Tumaco-La Tolita"; así como los documentales "Isla de Pascua" y "Un mundo que desaparece" y "El museo San Pedro de Atacama y su Entorno". También fue suya la realización de parte de la serie Expedición Andina, con los documentales: "Arte Precolombino en Chile", "Geografía Física, Razas y Costumbres", y "Arquitectura Autóctona de Chile". La alta calidad del trabajo emprendido mereció convenios con instituciones diversas, entre ellas el Ministerio de Educación, Televisión Nacional de Chile, la Universidad de Tarapacá y la National Geographic Society.


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Chile Indígena La muestra «Chile indigena», inaugurada en Santiago en noviembre de 1991, concibió un recorrido de catorce mil años de historia, desde la primera llegada del hombre a territorio chileno —a través de grupos de cazadores y recolectores— hasta el último grupo previo a la Conquista: la expansión del imperio Inka, que alcanzó a centralizar y controlar territorios que hoy incluyen Ecuador, Perú, Bolivia, el noroeste argentino y Chile, hasta el río Maule. Fue una exposición didáctica que incluyó la descripción de los desarrollos de los descendientes aún existentes de las culturas aborígenes: aymaras, mapuches, fueguinos y pascuenses; con la detención en sus aspectos económicos, territoriales, religiosos y otros elementos particulares. Los objetos fueron agrupados por tema, e incluían la momificación artificial más antigua conocida (complejo Chinchorro, en la zona de Arica), adornos, implementos para el consumo de alucinógenos, arte rupestre, textiles, cerámica diaguita y música. La muestra cerraba con un conjunto de fotografías etnográficas y geográficas que contribuía a su viveza y vigencia, con imágenes de grupos actuales o recién extinguidos. Ciento cincuenta y tres de estos objetos se seleccionaron para su muestra itinerante. Desde enero de 1992 hasta julio de 1994 «Chile indígena» se expuso en diveras ciudades de Suiza, Alemania, Polonia, Austria, Hungría, España, Noruega, Suiza, Italia, Holanda y Finlandia. Cuatro años más tarde la exhibición viajó a Asia y Oceanía para ser exhibida en China, Corea, Tailandia, Nueva Zelandia, Malasia e India. Se convirtió así en la exposición de piezas precolombinas chilenas con más visitantes y espacio geográfico recorrido hasta entonces. Su montaje constituye un hito aún insuperado en la divulgación de arte precolombino en el mundo.


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Afiche de la exposición "Chile Indígena" en las calles de Ginebra, Suiza, 1992

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MAVI

Museo de Artes Visuales "Chile Artes Visuales Hoy" La colección El museo Matta La inauguración Exposiciones, labor educativa, concurso de arte joven El Valle de los Artistas


Chile Artes Visuales Hoy Antes siquiera de existir como tal, el Museo de Artes Visuales (MAVI) se ubicó en el mundo como muestra itinerante. Entre 1994 y 1998, «Chile, Artes Visuales Hoy» recorrió diecisiete países con ochenta obras (pintura, escultura, grabado, dibujo y trabajo experimental) de artistas nacionales contemporáneos, afirmando de ese modo el prestigio de la colección que a partir de 2001 sería parte esencial del MAVI. Espectadores de Argentina y Perú, trece países europeos, Japón y Nueva Zelandia pudieron entonces conocer el trabajo de artistas como Roser Bru, Samy Benmayor, Gonzalo Cienfuegos y Bororo, y ahondar en su trabajo gracias a un catálogo redactado por especialistas e impreso en cuatro idiomas.

Presentación del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile en el libro / catálogo de la exposición (extracto) "En un mundo cada vez más diverso y autónomo, sólo la cultura parece ser el vínculo permanente. En el concepto moderno de las relaciones internacionales, la cultura, por promover el entendimiento mutuo permanente, es un factor decisivo e imprescindible de la política exterior y debe entenderse no tanto como una facultad discrecional de la autoridad, sino como un imperativo de orden nacional. “Chile, Artes Visuales Hoy” es una muestra que resume con propiedad y fidelidad el desarrollo de la plástica nacional, a través de obras seleccionadas de nuestros mejores artistas contemporáneos. Debido a lo anterior, cuenta con el patrocinio y colaboración profesional de esta Secretaría de Estado."


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Obras integrantes de la exposición itinerante, Chile Artes Visuales Hoy Pancha Núñez, Juan Dávila, Gonzalo Mezza, Patricia Israel, Roberto Matta, Nury González, Eugenio Dittborn, Claudio Bravo, Enrique Zamudio.

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Artistas y gestores de la exposición "Chile Artes Visuales Hoy", 1998 Primera Fila (sentados)

Segunda Fila

Roberto Geisse

Manuel Santa Cruz

Silvia Rivera

José Andrés Gana

Hugo Yaconi

Hugo Marín

Mario Gómez

Bernardita Vattier

Roser Bru

Lily Garáfulic

Gonzalo Cienfuegos

Patricia Figueroa

Guillermo Núñez

Mario Toral

Pablo Domínguez

Enrique Zamudio

Gracia Barrios

Milan Ivelic

Luis Mandiola

Alejandro Quiroga

José Balmes

Tatiana Alamos

Eduardo Garreaud

Omar Gatica

Hernán Puelma

Francisca Cerda

Inés Harnecker

Ernesto Banderas

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Tercera Fila Benjamín Lira

Patricia Israel

Gaspar Galaz

Lotty Rosenfeld

Ruperto Cádiz

Carlos Fernández

Samy Benmayor

Benito Rojo

Matilde Huidobro

Carlos Maturana (Bororo)

Pablo Rivera

Carmen Aldunate

Andrea Brauweiler

Matías Pinto D´Aguiar

Jaime León

Nury González

José Vicente Gajardo

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Roberto Matta, "Être Cible", oleo sobre tela, 1960


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La Colección

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a Fundación Plaza Mulato acumulaba para entonces unas quinientas obras de artistas chilenos de la segunda mitad del siglo XX (Nemesio Antúnez, Guillermo Núñez, Samy Benmayor, Omar Gatica, Lily Garafulic, Lotty Rosenfeld, Alfredo Jaar, entre otros), y buscaba el modo de ponerlas

a disposición de la comunidad, tal como se había hecho previamente con la colección arqueológica a través del MAS. Esta se enriqueció más tarde con cuadros y esculturas de Roberto Matta, lo cual motivó la elaboración de un guión museográfico que separó temáticas, épocas y artistas. Lo explica mejor el propio Manuel Santa Cruz a continuación: «Hugo Yaconi y yo fuimos armando una colección de pintura contemporánea. Cada uno por su lado fue adquiriendo obras. Pero Hernán Puelma, que es el director del museo, nos convocó en 1995 para dar a conocer la colección. Frente a la posibilidad de hacer un museo fuimos un poco reticentes, porque eran palabras mayores […], pero los pasos se sucedieron luego como en cascada. Tenemos una estructura formal que se llama Fundación Plaza Mulato Gil de Castro. Habíamos partido con el Museo Arqueológico y con una colección. La de arte chileno, en tanto, había ido madurando, y el paso siguiente, por tanto, era tener un museo. Pero faltaba la oportunidad, que se dio ahora. La parte posterior de la calle Lastarria quedó desocupada al fallecer Ramón Campos Larenas, y habíamos hecho un trato con él, que mientras vivía se quedaba en su casa y hasta dos años después de su fallecimiento, su taller de restauro seguiría funcionando […]. Fue entonces que decidimos levantar esta nueva construcción».

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«El objetivo del museo es, en primer lugar, divulgar con la mayor extensión posible la labor de nuestros artistas contemporáneos. Pero también vamos a traer todo lo que esté vinculado a las artes visuales, sin limitación alguna. Queremos que sea un museo muy activo. Tenemos las condiciones materiales, de seguridad, climáticas, de conservación, junto a la gran capacidad de nuestra gente especializada para recibir la mejor exposición del exterior. Lo museográfico se manejó con el máximo de rigurosidad» «La colección del Museo de Artes visuales corresponde a obras ejecutadas desde los años setenta en adelante, cuando las vanguardias históricas ya estaban agotadas en sus lugares de origen, aunque sus vestigios o ecos lejanos no dejaban de escucharse en ciertos sectores de la escena artística chilena. Muchas de las obras pertenecen a artistas en plena actividad y las propuestas se caracterizaron por su diversidad, en donde las filiaciones de inscripción se atenúan considerablemente o se desvanecen, para insertarse en una práctica del arte mucho más centrada e individualista.

Samy benmayor, Luis Mandiola, Matilde Pérez


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En el conjunto de artistas representados en esta colección, conviven chilenos de distintas generaciones. Si bien para algunos de mayor edad pesa el reconocimiento que han alcanzado, no ocurre lo mismo con las promociones jóvenes, lo que no deja de constituir un riesgo si consideramos la tradición museística. Pero esta colección no se reunió con el fin premeditado de cobijarse en un espacio museal, idea que fue gestándose gradualmente por los propietarios de las obras, para retirarlas del espacio privado y dejarlas a disposición de la comunidad nacional en un espacio abierto al público. En la colección conviven y comparten espacios los mayores con aquellos que han ingresado más recientemente al escenario del arte y cuya permanencia y vigencia está por verse, por mucho que queden bajo el alero protector de este museo que no aspira a objetivos consagratorios. Cuanto más, se propone mostrar en escena obras contemporáneas que se confronten entre sí, que inviten a la reflexión de los propios artistas , de los críticos e investigadores, y, por cierto, del público en general». Milan Ivelic.

Gracias Barrios, Lily Garafulic, Eugenio Dittborn

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Juan Egenau, Pancha Núñez, Fedrico Assler, Marcela Romagnoli, Paz Errázuriz, Alfredo Jaar, Nemesio Antúnez.


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Voluspa Jarpa, Francisco Smythe, Benito Rojo, Ricardo Irarrázaval, Mario Carreño, José Balmes.

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MAVI, Sala 4, obras de la colección


Mural cerámico en el frontis del MAVI, Roberto Matta, "La Debutante"


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El Museo

A

cargo de la nueva construcción quedó la oficina del arquitecto chileno Cristián Undurraga. La Plaza se extendió hacia el oriente y el sur, con 2.500 metros cuadrados incorporados. Desde un primer momento, el profesional se manifestó interesado

en el desarrollo de un proyecto «contemporáneo pero simple», con una arquitectura nueva que no compitiera con la ya existente y que tuviera en cuenta la proporción de la Plaza.

Espacios sin adornos, despejados, de cuatro metros promedio de altura fueron parte esencial del diseño. Desde fuera apenas puede imaginarse la monumentalidad del recinto interior, un paralelepípedo de 1.350 metros cuadrados construidos. En tres niveles —más bien, medios pisos dispuestos a la manera de plantas y no de salas— se dispusieron seis salas de exhibición, con áreas autónomas de arqueología y arte contemporáneo, así como un sector de venta y servicios; comunicados todos éstos entre sí. Hacia la calle, un solo mural, de la suficiente significación como para distinguir al museo en toda su relevancia: sobre un muro de hormigón aparece La debutante, obra de Roberto Matta adquirida en París especialmente para la fachada. El trabajo fue realizado en 1995 en el Taller de Arte Gatti de Faenza, Italia. Está compuesto por 135 placas de cerámica, con figuras en sobre y bajo relieve sobre un fondo azul.

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Parte de la Colección del MAVI

Museo de Artes Visuales, MAVI (2001), obras de la colección


En su centro muestra una figura totémica, en torno a la cual se desenvuelven figuras con órganos sexuales femeninos y masculinos. La debutante da cuenta de un discurso de germinación cosmológica con una épica marcadamente erótica, de gran energía vital. Bajo éste, conchuela blanca y piedra tacita. Una síntesis simbólica del encuentro entre lo precolombino y lo contemporáneo, que el fallecido creador chileno encarnó como referente fundamental a través de su obra y su inquietud filosófica. Es uno de los pocos murales en cerámica realizados por Matta en el último período de su creación artística y se ha convertido en un ícono distintivo del MAVI y en un hito urbano ampliamente reconocible. Uno de los elementos centrales del mural, semejante a un gran ojo abierto, sirvió como inspiración para el logo del MAVI. «Nuestra idea es unir ambos museos, entregando una visión bastante completa del antes y el después», explicó el escultor Hernán Puelma, director, en entrevista con La Tercera días antes de la inauguración del Museo de Artes Visuales. «En antropología, desde el poblamiento de Chile hasta la conquista de los españoles, con sus etnias sobrevivientes, y el museo de arte contemporáneo con una colección que abarca desde los años sesenta en adelante; todas las tendencias, todas las variables y las temáticas posibles».

Plano del Museo de Artes Visuales


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Museo de Artes Visuales - Sala 1

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Museo de Artes Visuales, MAVI, Salas 5 y 6

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Matta La presencia de Roberto Matta (1911-2002) en el Museo de Artes Visuales trasciende la bienvenida que ofrece su mural La debutante. Desde la apertura del MAVI, cuatro diferentes exposiciones se han centrado en la obra del genial artista chileno, y no sólo en sus óleos sino también en dibujos, serigrafías, litografías, grabados, esculturas y cerámicas. Estas incluyen «Matta» (2003), «Homenaje a Matta» (2004), «Descubritorio Matta» (2008), y la selección especial de su obra montada como parte de «MAVI, la colección», para el décimo aniversario del museo (que coincidió con el centenario del artista). Con parte de estas obras se organizaron, además, dos itinerancias: a Coyhaique (2011), y a La Serena, Vicuña y Ovalle (2012). En todo caso, también la inspiración del MAVI guarda, en parte, relación con la búsqueda estética del propio Matta a lo largo de su vida. Sus obras ya contenían el paso de lo precolombino a lo contemporáneo que el museo quiso acoger como esencia de su quehacer. Lo explica Manuel Santa Cruz en sus recuerdos sobre el artista y su progresivo acercamiento mutuo: «Al inicio de la década de los noventa, surge un nuevo desafío: el acercamiento a una visión global del arte contemporáneo chileno y la formación de un nuevo museo. Es otro paso en la búsqueda de nuestras propias raíces.


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El paso de lo precolombino a lo contemporáneo fue a través de las obras de Roberto Matta, humanista y creador; poeta y pintor. Cuando me encontré de frente por primera vez con un óleo de Matta, se abrió una nueva veta en esta búsqueda. Matta ha formulado y nos ha transmitido parte de su pensamiento artístico en “Verbo América”, que es su visión del hombre como un ser que se crea permanentemente, que no obedece a un molde, que tiene el impulso de hacer de cada instante una ocasión. Es el hombre que ordena el caos usando las fuerzas iniciales, primigenias, con voluntad creadora. La convicción de que los empresarios tenemos un papel importante que cumplir en el rescate de nuestros valores culturales fue lo que me acercó al arte. Y fue el arte el que me llevó a Matta, un hombre con una obra y una cosmovisión capaces de dejar una huella indeleble en las vidas de quienes lo tratamos y conocimos. Mi relación con Matta fue la de un hombre que se acerca a escuchar las enseñanzas de un maestro. Lo recuerdo como un gran humanista y brillante conversador, filósofo y poeta. Era alegre, espontáneo, chispeante, inteligente, veloz y, a la vez, travieso como un niño. En todos nuestros encuentros, Chile fue siempre un tema recurrente».

Hugo Yaconi, Manuel Santa Cruz, Roberto Matta,1997

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Hugo Yaconi, Luisa Durán de Lagos, Ricardo Lagos (Presidente de la república de Chile 2000-2006), Manuel Santa Cruz en la inauguración del MAVI


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La Inauguración

L

a noticia de la apertura constituía un hito para la plástica en Chile. Era la primera vez que se construía e inauguraba un recinto especial para dar a conocer una colección privada de arte contemporáneo abierta al público. A la inauguración del MAVI, el 11 de abril de 2001, asistió el entonces Presidente de la República, Ricardo Lagos Escobar. Junto a él personajes relevantes del arte y la política de esos momentos en el país. La música de bienvenida estuvo a cargo de la Orquesta Infantil de Curanilahue. El mural de Matta llegó justo a tiempo para la inauguración por gestión de Germana, la esposa del artista. La pintura fue acompañada por un fax con instrucciones para su instalación. Además, un mensaje para Manuel Santa Cruz: «¿Me traes las paltas? ¿O dulce de membrillo? Bienvenidos». «¡Por fin el museo adecuado para nuestro arte contemporáneo! Por fin, de un modo estable, Santiago puede mostrar al público capitalino, al venido de provincias y del extranjero un conjunto representativo del arte chileno. Y de la que nos parece su mejor época» (Waldemar Sommer ). Ese mismo año, el grupo Amigos del Arte premió a Manuel Santa Cruz y Hugo Yaconi por su aporte a la cultura.

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Discurso Inaugural MAVI 11 . 4 . 2001 / Extracto

Siempre hemos creído que los hombres de empresa tienen un papel importante que cumplir en la promoción y desarrollo de nuestros valores culturales. De esta convicción nos surgió, junto a Hugo Yaconi, la idea de salir al encuentro de nuestra diversidad cultural, buscando caminos de acercamiento y de diálogo para el hombre contemporáneo. Al inicio de la década de los noventa, surge un nuevo desafío: el acercamiento a una visión global del arte contemporáneo chileno y la formación de un nuevo museo. Es otro paso en la búsqueda de nuestras propias raíces. La colección de arte contemporáneo chileno se fue formando durante casi dos décadas. Abarca desde los años sesenta hasta el presente, está formada por pintura, escritura, gráfica y otras disciplinas y es un claro ejemplo de la amplia y plural actividad plástica en Chile. Iniciamos, en el año 2000, la construcción del nuevo edificio en la Plaza del Mulato Gil. El Museo de Artes Visuales, en cuyo frontis nos da la bienvenida un sugestivo mural de Roberto Matta, estará unido en un su recorrido a nuestro Museo Arqueológico de Santiago: de esta forma, pasado y presente del patrimonio quedarán como partes del mismo camino en un concepto museológico inédito en el país. La rotación de las obras, la permanente complementación de la colección a través de nuevas adquisiciones, permitirá apreciar una amplia representatividad de la actividad plástica chilena.

Manuel Santa Cruz Presidente Fundación Cultural Plaza Mulato Gil de Castro


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Museo de Artes Visuales, MAVI, conferencias y visitas guiadas.


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Exposiciones, labor educativa, Concurso de Arte Joven

C

on el transcurso de los años, el MAVI probó poder acoger una actividad más rica que la puramente expositiva. El Museo desarrolló un área educativa que reforzó un siempre solicitado programa de visitas para colegios y, en 2006, lanzó el concurso Cabeza de Ratón, dedicado al arte joven. Más tarde, su equipo afinó e ideó un programa inédito: el Valle de los Artistas, a través del cual decenas de creadores chilenos intercambiaron obras por un pedazo de tierra de trabajo en Lolol (ver recuadro). Así, el MAVI llegó a sus diez años con una colección de 1.400 obras de trescientos creadores, y el recuento de más de ochenta exposiciones. En la serie de notas de prensa en torno a esa primera década de vida, se destacaron logros artísticos como exposiciones colectivas destacadas («13 de la Generación del 13», «Quobo. Arte en Berlín», «Fantasmatic», «Desde el cuerpo»), la muestra de obras de artistas extranjeros (Gerard Richter, Francisco Toledo, Joaquín Torres García, Joan Brossa, Osvaldo Salerno, Tony Cragg, Chema Madoz) y el afianzamiento de una serie de concursos de creación plástica (entre los cuales, el Concurso de Arte Joven ha probado ser un significativo estímulo anual). Los diez años del MAVI fueron celebrados con una exposición especial de revisión de la colección, según diseño de los curadores Soledad Novoa, Alicia Villarreal y Nicolás Raveau. Obras de artistas como José Balmes, Nemesio Antúnez, Matilde Pérez, Mario Carreño, Federico Assler, Eugenio Dittborn, Lotty Rosenfeld, Carlos Leppe, Gonzalo Díaz y Juan Domingo Dávila fueron entonces exhibidas. La muestra concluyó con la acogida especial para diez obras de Roberto Matta: cinco óleos de gran formato, esculturas, cerámicas, grabados y una de las escasas arpilleras que el artista desarrolló en los años setenta, en uno de sus viajes a Chile.

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Museo Artes Visuales, MAVI, “MAVI, La Colección”. Exposición 10 Años MAVI


MAVI en Cifras . Hitos en 15 años (2001 2015)

Al año 2014, la colección del MAVI acumula 1300 obras de 298 artistas; trece de ellos distinguidos por el Premio Nacional de Arte. En su primera década de funcionamiento, el Museo ha acogido 74 exposiciones, las cuales han sido visitadas por más de 336.000 personas. Se han desarrollado 680 talleres para niños y más de 2500 visitas guiadas, además de 37 conferencias. El Museo se ha integrado en 24 ocasiones a la actividad «Museos de Medianoche», y ha tenido hasta ahora a 33 curadores invitados. Se ha distinguido también por la organización de ocho concursos de arte joven. CInco premios Altazor: Norma Ramirez, 2014, “El Silencio”; Roser Bru, 2012, “Vivir en obra”; Valentina Cruz, 2010, “Entre líneas y sombras”; Francisca Núñez, 2008, “Plan B ”; Mariana Mathews, 2003, “Ojo de agua”. Tres premios del Círculo de Crítico de Arte: 2007, Tony Cragg; 2007, Francisca Nuñez, “Plan B”; 2003, Mariana Mathews, “Ojo de agua”.


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Imagen Superior: Mariana Matthews, El Durmiente. Imagen Inferior: Tony Cragg, Early Forms

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El Concurso de Arte Joven En 2006, con cinco años de existencia, el MAVI se había ganado un sitial importante en la escena de la plástica chilena, a través de múltiples exposiciones de artistas nacionales e internacionales, tanto consagrados cómo emergentes, entre muchas otras actividades. Analizando el escenario de las artes visuales en Chile, así como la falta de oportunidades para jóvenes creadores nacionales, surgió entonces un nuevo desafío: incentivar, promover y difundir la creación artística de las nuevas generaciones. Nació así el Concurso de Arte Joven, libre en temática y técnica, dirigido a artistas nacionales hasta 35 años. El envío de la propuesta por internet en una primera instancia, permitiría la participación de los artistas chilenos de Arica a Punta Arenas, ofreciendo oportunidades a los talentos de todo Chile. El concurso se implementó con el decidido apoyo del gobierno de Chile a través de la Comisión Bicentenario, así como de la empresa privada. La respuesta fue abrumadora, tanto en cantidad de participantes, como en la calidad de sus propuestas. Desde entonces y en su década de ininterrumpida existencia, este certamen se ha consolidado como una de las más importantes y reconocidas plataformas de proyección para los artistas emergentes en Chile.


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Ceremonia de premiación Concurso Arte Joven 2006 Michelle Bachelet (Presidenta de la República de Chile, 2006-2010), con los ganadores del concurso.

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El Valle de los Artistas De todos los proyectos emprendidos alguna vez por la Fundación Plaza Mulato, quizás el del llamado «Valle de los artistas» sea el más llamativo y novedoso. Un predio de doscientas hectáreas, ubicado en Ranguil Alto (cercano a Lolol, Sexta Región), sirvió como base para un experimento de intercambio antes inédito en el país. Desde el año 2000 fue levantándose allí una comunidad de artistas, invitados a ocupar parcelas de terreno de cinco mil metros cuadrados (ya urbanizadas) a cambio de obras. Además, fue creándose allí un parque de esculturas, el más grande de Chile. En ocho años, 161 artistas con su parcela, treinta casas construidas y la recolección de más de cuatrocientas obras para la colección del MAVI era el resultado del experimento. Entre quienes se sumaron al proyecto figuran Mario Toral, Enrique Zamudio, Natalia Babarovic, Hugo Marín, Roberto Polhammer, Paz Lira y Alejandro Quiroga. Los Premios Nacionales de Arte Sergio Castillo, Lily Garafulic, Rodolfo Opazo y José Balmes recibieron una parcela de regalo.

«¿Qué significa el Valle de los Artistas? Que cada creador pueda tener un pedazo de tierra y compenetrarse en la más íntima esencia de la naturaleza. Creo en la oportunidad de enfrentarse en la soledad con uno mismo y realizar algo, si tenemos algo que expresar.


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Agradezco como artista a la institución que hizo posible volver a soñar» (Lily Garafulic, escultora. Premio Nacional de Arte). «Quiero destacar el sentido del trueque de la obra del artista por el terreno. El principio es el saber dar. Cuando das, recibes y así todo se multiplica. Si el presente que tenemos es hermoso, imagina la dimensión que vamos a tener a la distancia. El Valle de los Artistas me recuerda el valle del paraíso y la idea es convertirlo en eso» (Hugo Marín, escultor). «El canje de tierras es una forma más que justa de retribuir a los artistas. Yo incluso diría que tiene una dimensión poética. Como artista, recibir a cambio de tu trabajo una porción de tierra es un gesto muy noble. En general, los procesos de los artistas urbanos tienden a separar. Uno, sin querer, se aísla. Ésta es también entonces una manera de reencontrarnos con nuestros pares. Será un lugar de confluencia, de diálogo» (Benito Rojo, artista visual). El Valle de los Artistas demuestra que aún queda espacio para innovar y soñar. Es cierto que ahora se trata de sueños factibles, de utopías con condominio... ¿Y por qué no?. Este proyecto podrá ser un signo de los tiempos (¡La empresa y el arte unidos jamás serán vencidos!) pero es de lo más promisorio e imaginativo que ha sucedido en estos tiempos. Por lo menos, dentro del mundo de la plástica» (José Zalaquett, crítico de arte).

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Manuel Santa Cruz y Hugo Yaconi con Lily Garafulic, Premio Nacional de Arte, en el Valle de los Artistas Obras de Hernán Puelma, Arturo Valderas, Gregorio Berchenko


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Casa Hugo Marín Obras de José Vicente Gajardo, Roberto Pohlhammer, Elisa Naranjo.

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Gregorio Berchenko, Mónica Vergara, Casa de Gregorio Berchenko.


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María Teresa Larraín y Sergio Montes, Enrique Villalobos, Casa Lily Garafulic

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La Fundación Cultural Plaza Mulato Gil de Castro

Valores y Objetivos Generales La Plaza Mulato: Sueños y proyecciones


3 1

2

9 10

5 6 4 7

8

1. Federico Calderón 2. Carolina Santa Cruz 3. Juan Manuel Santa Cruz 4. Manuel Santa Cruz 5. María Santa Cruz 6. Hugo Yaconi 7. Marcela Yaconi 8. Francisca Santa Cruz 9. Andrea Brauweiler 10. Roberto Píriz 11. Bárbara Cases 12. Hernán Puelma 13. Ana María Yaconi 14. Cristián Undurraga 15. Carlos Ilufi

11

12 13

14

15


Fundadores, directores y ejecutivos Fundación Cultural Plaza Mulato Gil de Castro, 2000


C

rear y fomentar un espacio para la preservación, el desarrollo y la difusión del arte precolombino y el arte contemporáneo nacional, así como para el diálogo con el arte global» figura por escrito como la misión de la Fundación Cultural Plaza Mulato Gil de Castro, organismo sin fines de lucro creado en Santiago en 1994, con la idea de proyectar el impulso cultural de los involucrados, y de agrupar en una misma gestión al Museo de Artes Visuales, la Plaza Mulato Gil de Castro, el Museo Arqueológico de Santiago y el Valle de los Artistas. Su nacimiento se dio en un marco de trabajo ya impulsado desde mucho antes por quienes la integran, como un hito formal para una dinámica que ya mostraba vistosos resultados para entonces. Manuel Santa Cruz, Hugo Yaconi, María Santa Cruz, Marcela Yaconi, Ana María Yaconi, Carolina Santa Cruz, Francisca Santa Cruz y Juan Manuel Santa Cruz figuran como sus fundadores. Sus estatutos establecen que el «objeto exclusivo» de la Fundación «será la investigación, desarrollo y difusión de la cultura, el arte y la ciencia […]. Asismismo, la Fundación tendrá por objeto principal el prestar ayuda de carácter artístico, cultural y científico a personas de escasos recursos económicos». En ese mismo documento, Manuel Santa Cruz López y Hugo Yaconi Merino comprometen el aporte en dominio de las piezas e instalaciones ya integradas a los Museo Plaza Mulato Gil de Castro.


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Entre sus objetivos generales, esos mismos estatutos señalan: •

Conservar, investigar y difundir la colección existente de arte precolombino nacional.

Recolectar, conservar e investigar obras de artistas plásticos chilenos contemporáneos.

Difundir los valores de la arqueología así como la plástica contemporánea nacional e internacional, a través de exhibiciones permanentes y temporales, publicaciones periódicas y actividades de extensión.

Promover la creación de identidad cultural.

Generar un nexo activo y recíproco entre el museo y la comunidad chilena de toda condición socioeconómica, así cómo la extranjera.

Actividades de Extensión Museo de Artes Visuales, MAVI

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Museo de Artes Visuales, MAVI, talleres dirigidos por los artistas Arturo Duclós (izquierda) y Sarjo (derecha)

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La Fundación Cultural Plaza Mulato Gil de Castro representa uno de los mayores esfuerzos de iniciativa privada en el ámbito cultural de nuestro país en los últimos tiempos. Su motivación radica en el convencimiento de que el desarrollo de nuestro país debe ir íntimamente ligado al de la cultura. Desde sus inicios, la idea de la Fundación ha sido acercar la cultura y los conocimientos del patrimonio a un público lo más amplio posible, con énfasis en las nuevas generaciones (niños y jóvenes), así como en personas que tradicionalmente están más alejados del quehacer cultural (como son los sectores de menores recursos económicos) y el público extranjero (turistas). A través de giras de exposiciones al extranjero, tanto del MAVI como del MAS, realizadas en conjunto con el Ministerio de RR.EE. de Chile, la institución se ha transformado también en embajadora de la cultura chilena. Hoy la Fundación es administrada por un directorio de siete miembros, el cual continúa en proceso de crecimiento y en la búsqueda de nuevas formas de acercar la cultura de manera atractiva y dinámica. La presente publicación se enmarca en un esfuerzo siempre vigente por no sólo mantener esa búsqueda sino también dejar registro de sus resultados, tanto en exposiciones e iniciativas artísticas, como en otra serie de encuentros educativos aledaños a esa promoción cultural. La Plaza Mulato fue y seguirá siendo el corazón de este impulso, un lugar de encuentro entre la cultura y las personas.


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Plaza Mulato Gil de Castro, Museo de Artes Visuales, MAVI, actividades de extensión y otras

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Proyecto remodelación Plaza Mulato Gil de Castro, 2015


Equipo Fundación Cultural Plaza Mulato Gil de Castro- MAVI y MAS 2015


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Agradecimientos A los fotógrafos Anton Birke, Andrea Brauweiler, Fernando Maldonado, Gonzalo Mezza, Juan Francisco Somalo y Guy Wenbourne. A Elisa Aguirre, María Irene Alcalde, Samy Benmayor, Julen Birke, María Elena Comandari, Arturo Godoy, Juan Pablo Ugarte y Cristián Undurraga, por facilitar fotos y documentación. Al Centro de Documentación de “El Mercurio”, a la Revista “Que Pasa” y al Diario “Las Últimas Noticias”, por facilitar y autorizar la publicación de artículos de prensa e ilustraciones. Al Museo Nacional de Bellas Artes, especialmente a Marianne Wazquez, por autorizar la publicación de obras de su colección. Al Servicio Aerofotogramétrico de la Fuerza Aérea de Chile (SAF). A los entrevistados por su buena disposición y valioso tiempo: Santiago Aranguiz, Ricardo Armstrong, Samy Benmayor, Walter Biggemann, Andrea Brauweiler, Jorge Edwards, Eduardo Garreaud, Arturo Godoy, Milan Ivelic, Miguel Laborde, Diego Maqueira, Patricia Ready, Silvia Rivera, Alejandro Rogazy, Benito Rojo, Fernando Sáez, Manuel Santa Cruz, Gema Swinburn, Juan Pablo Ugarte, Cristián Undurraga, Bernardita Vattier, Oscar Zenteno.

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Créditos Dirección General

Ana María Yaconi Edición General

Andrea Brauweiler Concepto, Texto General y Entrevistas

Marisol García Texto "Chile Artes Visuales Hoy"

Andrea Brauweiler Producción General

Marie Caroline Gravereaux - Fibras Fotografía Portada

Rosario Montero Diseño de la portada

santabuzzo.cl Diseño

xdiseno.cl Fotografías

Archivo Fotográfico Fundación Cultural Plaza Mulato Gil de Castro ISBN: 978-956-9346-01-9 Propiedad Intelectual Nº 260.678 Imagen de la portada:

Agradecemos a Paula Salas la imagen de la portada que forma parte de su proyecto de investigación artística “El barrio del molino” que culminó con una intervención mural en el MAVI. Es el testimonio de la comunidad de habitantes del barrio Lastarria que expresan sus recuerdos, esperanzas y miedos respecto al barrio. paulasalas.net

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Libro Arte y Ciudad  

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