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PORNO METAFÍSICO Victoria Alonso · Diez Ovejas · Galbin · Primo

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PORNO METAFÍSICO Victoria Alonso · Diez Ovejas · Galbin · Primo

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Autoeditar es disparar a los pรกjaros que no te dejan dormir


Prólogo Virginia Díez Culturatorium | blog.culturatorium.com Cuando conocí a La Criminal me encandilaron, de primeras, sus formas irreverentes. Después, me resultó especialmente motivador encontrar una micro-editorial vallisoletana que publicara bajo licencia Creative Commons. Siempre es un placer descubrir a mentes creativas que liberan y comparten su contenido. Ellos no lo hacen sólo adaptándose perfectamente al soporte digital, sino que se niegan, además, a renunciar al fetiche del papel. Pero el caso es que, al igual que yo, Victoria Alonso, Primo y Diez Ovejas creen en una cultura más libre y participativa. Ese fue, sin duda, nuestro primer nexo y tal vez el motivo de que sea yo quien escribe este prólogo. Más tarde, y habiendo dejando las coincidencias filosóficas a un lado, me di cuenta de una cosa. Lo que realmente me gusta de esta “editorial a mano armada”, como dicen ellos, son sus experimentos creativos. A cada cual más interesante. Quienes han ideado las páginas que leeréis a continuación se apoyan en procesos lúdicos y colaborativos a partes iguales. El objetivo recae en estimular sus cerebros y rebasar sus propios límites para llegar a cambios de estilo o a proyectos híbridos de diversa índole. El resultado es siempre delicioso.


En esta ocasión, la técnica creativa ha consistido en compartir una frase con el grupo para olvidarse de ella y dejar que el resto se la apropie. Así, cada participante ha escrito un relato corto en el que debía incorporar las tres frases de sus compañeros de juego. El fruto son cuatro historias bien distintas, conectadas a través de algunos elementos comunes que se convierten en una repetición familiar y reconfortante a medida que avanza la lectura. Finalmente, las piezas literarias han sido intercambiadas para que un receptor aleatorio se encargue de ilustrarla gráficamente o transformarla en cómic. A los criminales habituales se suma para esta publicación Galbin, quien también aporta trazo y texto de manera fulminante. Arropados en sus binomios creativos, los autores expresan gráfica y narrativamente manifestaciones de su yo más profundo. Dejan a un lado lo socialmente aceptable para seguir creando. Se adentran en inhóspitos universos en los que explorar temas como la violencia, la sociedad de masas, la soledad o el deseo. Este Porno Metafísico lo envuelve todo en un discurso crítico y subversivo, instando al lector a analizar una realidad crispada y disconforme.


–– Estaba leyéndolo otra vez, hay algo que no consigo entender del todo bien. –– Préstale atención, no hagas ascos con la comida y llévate una chaqueta, que hoy el cielo está del revés. –– Repítelo. Repítelo en voz baja hasta que no lo olvides. –– No, aún tengo mucho más,  gilipollas...


Buena conducta Texto. Primo

Desde que volvió a casa salía a la calle únicamente de noche. Su estancia en la cárcel había influido de esa forma en su ritmo cardíaco y la luz del sol hacía estragos en sus pupilas con sólo hacer acto de presencia frente a ellas. De los consejos que le daba su madre antes de salir de casa, siempre recordaba con cariño aquel de “Préstale atención, no hagas ascos con la comida y llévate una chaqueta, que hoy el cielo está del revés”, al que ella siempre contestaba “No te preocupes madre, sé volver las cosas reversibles y poner el viento a mis espaldas”. Con aquello su madre parecía quedarse tranquila, quizá por lo que encerraba la frase entre líneas o por la seguridad con la que lo decía, pero siempre le veía sonreír, de reojo, al salir por la puerta. Aquella noche no era muy distinta de aquellas en las que salía de casa cuando apenas había cumplido los veinte. Un cielo gris sin luz de luna y ráfagas de viento que rompían de vez en cuando la temperatura agradable, como amenazando, como si algo pudiera torcerse de repente y dar al traste con los planes urdidos meticulosamente durante las largas noches insomnes en su celda.


Apretó sus brazos, rodeando su cuerpo a la altura de sus hombros, mientras cerraba al mismo tiempo la chaqueta de lana fina que había cogido antes de salir, recordando las palabras de su madre. Un escalofrío recorrió su espalda e inmediatamente aquellas palabras fueron sustituidas por otras “Repítelo. Repítelo en voz baja hasta que no lo olvides.” Sacudió su cabeza, como queriendo apartar el miedo. Aquella noche tenía que ser distinta a la de hace ahora exactamente quince años, siete meses y catorce días. No podía permitir que la más mínima inseguridad detuviera sus pasos. “Sé volver las cosas reversibles y poner el viento a mis espaldas”, no había nada más que decir aquella noche, así que decidió dejar de dar vueltas e ir directamente donde tenía que ir. Caminó durante unos quince minutos, curiosamente sin volver a pensar en nada más. Se había repetido el plan tantas veces que ya parecía haberlo automatizado. Cuando llegó frente al bar empujó la puerta con rutina, pesaba un poco y le obligaba a echar el cuerpo hacia delante para poder abrirla, así que por un instante posaba su mirada en el suelo, justo antes de entrar. Al retomar su postura echó un vistazo rápido al local, allí estaban la mayoría de los parroquianos de siempre, en sus lugares habituales, incluyéndolo a él. La primera vez que se volvió a topar con él, por raro que parezca, apenas logró reconocerle. Ella estaba sentada al fondo de la barra, charlando con una vieja amiga que se había preocupado por su estado de salud después del incidente, una de las pocas que todavía le dirigía la palabra. Apareció rodeado de un grupo de hombres aparentemente de su misma edad, todos con una actitud más propia de un protagonista de peli porno que de lo que se le presupone a alguien de su madurez y estatus social. “No te gires. No te gires por nada del mundo” le dijo su amiga en cuanto le reconoció. “¿Por qué? ¿Qué pasa?” dijo mientras con un acto reflejo se giraba para mirar a sus espaldas. “¿Lo dices por esos machomen de ahí? Tranquila, no tenemos que tenerles miedo. Seguro que todo su riego sanguíneo está ahora mismo en su entrepierna y se les termina yendo la fuerza por el glande.” Cuando volvió a girarse para recuperar su postura, vio como su amiga le miraba estupefacta “No me lo puedo creer.” “¿El qué? Ah, tranquila. Es la riqueza de vocabulario típica de la cárcel. Supongo que con el tiempo volveré a hablar como la chica de barrio bien educada que he sido siempre.” “No me puedo creer que no le reconozcas.” dijo, “No entiendo


que hayas olvidado la cara de la persona que te ha jodido la vida.” Al oír eso tuvo que contener las ganas de girarse de nuevo, pero pudo descubrir la razón de la sorpresa de su amiga por medio de uno de los espejos típicos de un establecimiento como aquel. “Venga, vámonos de aquí.” le repitió varias veces durante los siguientes minutos, pero ella se negaba a reducir sus actos a una consecuencia de algo que se suponía que ya formaba parte del pasado. “Ni de coña. Pidamos otra y disfrutemos del espectáculo.” Por suerte, aquellas chicas aparentemente solas y desvalidas, habían pasado desapercibidas para aquella jauría de hormonas en celo, que se habían detenido a asediar a otras presas a primera vista más suculentas. Después de aquel día había vuelto con asiduidad a aquel sitio, siempre sola, discreta, sin llamar la atención. Solía sentarse en una de las mesas que había en el lado opuesto de los baños, en una zona en penumbra, de la que apenas se movía un par de veces para sacarle el aire a su copa. En muchas de estas ocasiones le volvió a ver, alguna de ellas se atrevió incluso a seguirle, sobre todo cuando su baile de la feromona le había servido para que alguna tonta incauta cruzara con él aquella puerta. Así, con el tiempo, pudo establecer ciertos hábitos y describir un patrón en su forma de actuar. Aquella noche ella sabía que él ya habría llegado cuando cruzase la puerta y no se había equivocado. Charlaba con un amigo en la barra y miraban de vez en cuando a un par de chicas que había en una de las mesas. Se quitó la chaqueta y caminó hacia la barra hasta uno de los taburetes que había libres. Se acomodó de tal forma que sus pechos quedaran apretados, voluminosos, como si fueran dos piezas de exposición que había que admirar sí o sí. Era la primera vez que trataba de llamar su atención desde que volvió a verle y, aunque tenía un pequeño temor de que la reconociera, confiaba en que los abruptos cambios que habían hecho los años de cárcel en su físico le sirvieran de ayuda a mantener su identidad en secreto. “Si yo no lo reconocí a él la primera vez...” se repetía para terminar de convencerse y seguir adelante con sus planes. Estuvo sentada un buen rato, tomando un gin-tonic y haciendo como si no le importara lo que sucedía a su alrededor, mientras se cercioraba a través del espejo que su actitud de indiferencia no pasaba desapercibida. Apuró su copa y le dijo algo al camarero, que asintió con la cabeza con un gesto


de confianza. Con el bolso en la mano salió fuera del bar, sacó un cigarro y empezó a fumar con un brazo cruzado sobre el otro para protegerse de las rachas de aire fresco. “Está bien que no te pongas la chaqueta, así las vistas son mejores”. Se volvió intentando disimular el temor a ser reconocida, sabía quién era el que le decía aquello. Después de soltar una risa coqueta dijo “En realidad es peor el aire acondicionado de ahí dentro, podría sacarle un ojo al que se acercara demasiado a mis pezones”. Por mucho que intentara disimularlo vio como aquello le hizo abrir los ojos como platos y arrancarle una sonrisa que rozaba la depravación. “Tendré que hacerlo con cuidado entonces, no quisiera hacerme daño”. Estaba claro que cualquier tipo de poesía se había vuelto imposible en aquel encuentro, que olía a sexo desde la primera frase. “Es cierto, no estaría bien que nadie saliera lastimado, ¿o sí?” Dijo esto mientras apagaba el cigarrillo con el pie, mirándole directamente a los ojos, provocándole. Volvió a entrar, esta vez empujando la puerta con el hombro, ayudándose del peso de su cuerpo y sin dejar de mirarle. Él sonreía mientras apuraba su cigarro entre trago y trago. Cuando ya estaba dentro, regresó a su sitio y se sentó. El camarero no necesitó que le dijera nada para saber que se tomaría otra copa y se la sirvió inmediatamente, preparándola sin prisa. “Gracias.” le dijo sonriendo y asintiendo con la cabeza. Estuvo un rato más allí, bebiendo de manera distraída pero sabiendo en todo momento lo que sucedía a su alrededor. Había visto como los dos hombres abordaban a las chicas que observaban cuando ella llegó, notando como él se volvía hacia ella de vez en cuando, buscando su atención, y como las chicas habían salido sanas y salvas de aquel asalto. Vió como la manada crecía cuando llegaron más machos alfa y como se retaban unos a otros por cualquier tontería, bajo ese instinto animal que algunos seres humanos parecen tener más desarrollado que otros. Sabía que el interés de él por asaltarla seguía latente y en ningún momento había relajado su vigilancia sobre ella. Apuró su copa, pagó y se despidió del camarero con un gesto amigable. Al salir pasó cerca del grupo de hombres, que en ese momento estaban distraídos escuchando las heroicidades sexuales de la noche anterior de uno de ellos. Pasó la puerta y se paró a encender un cigarrillo, sabiendo que todavía podía ser vista desde el interior, y comenzó a andar sin ningún rumbo concreto. Estaba un poco nerviosa, deseaba que él la siguiera, pero


al mismo tiempo temía la cercanía del final de todo aquello, el final de la historia que comenzó hace más de quince años. “Pensé que no conseguiría alcanzarte” oyó a sus espaldas. “Pensé que no ibas a seguirme” contestó dándose la vuelta mientras le lanzaba una mirada seductora. “¿Vamos a ese callejón?”, le dijo inmediatamente después sin andarse por las ramas. Él comenzó a andar hacia donde ella señalaba como contestación. “¿Dónde has dejado a tus amigos?” “Les dije que tenía un asunto que atender.” Cuando notó su lengua entrar a través de sus labios tuvo que aguantar el vómito y disimular las arcadas. Por mucho que hubiera visualizado aquel momento tantas veces, la sensación de sentirlo físicamente sobre ella era mucho más fuerte de lo que pudiera imaginar. Una vez superado aquel momento se dejó llevar, aunque manteniendo la cabeza fría y sin olvidar la verdadera razón de estar haciendo aquello. Dejó que le sacara los pechos y los lamiera de forma incontrolada, sin ninguna dulzura, mientras le apretaba contra él agarrando su culo con fuerza. ”¿Es eso todo lo que tienes?”, le dijo él, frotando su miembro duro contra su entrepierna. Le miró de forma pícara, satisfecha por saberse victoriosa después de tantos años de espera. “No, aún tengo mucho más, gilipollas...” Se agachó lentamente y desabrochó sus pantalones, dejando salir su miembro palpitante. De nuevo tuvo que contener las arcadas al notar como aquella masa de músculo y carne sobrepasaba el umbral de sus labios. Cuando él estuvo lo suficientemente aturdido por el placer, deslizó su mano izquierda dentro de su bolso, que había dejado caer cerca de ella cuando llegaron al callejón, y sacó el cuchillo.


PROBADOR DE COSQUILLAS Texto. Diez Ovejas | Ilustraciones. Primo

Observaba, aún somnoliento, cómo un madrugador rayo de sol incidía sobre su tortita. Esperaba el despertar de un pequeño hilo de humo, que diera paso a un pequeño incendio focalizado en su desayuno. Su bostezo fue interrumpido por una voz dulce, firme. - Préstale atención, no hagas ascos con la comida y llévate una chaqueta, que hoy el cielo está del revés”.¿Por qué su madre hablaba de aquella forma? Para un niño de diez años resultaba fascinante oír aquellas palabras, más aún rodeado de homicidas del arte y la lingüística. Su madre rebosaba sensibilidad en múltiples vertientes: estudiante de historia del arte en su juventud, llegó incluso a trabajar durante un tiempo en uno de los pocos museos que aún quedaban en la metrópolis. Antes incluso de…antes de… Súbitamente, el tiempo se ralentizó. Ya oscurecido el cielo y desvanecidos los edificios visibles desde la ventana, la cocina se transformó en una escala de grises y muebles descompuestos. El rostro de su madre


acaparó su atención: la mandíbula se desencajó, los ojos se hundieron bajo las cuencas, las uñas se clavaron en las mejillas. Tras ello, un estrépito atronador, seguido por la aparición de cientos de funcionarios uniformados acompañados del cuerpo de eliminación. Sirenas, abucheos, llantos, las rejas del hospicio y el marcaje de la casta sumisa. Y al despertar, bañado en sudor, jadeó como un cachorro asustado. Corrió al baño y ni siquiera tuvo tiempo de vomitar sobre el multifuncional que hacía las veces de lavabo, ducha y wc. -¿Cómo ha podido pasar otra vez?- susurró, ya más calmado. -El memorreductor no está funcionando-. Al mirarse en el espejo descubrió que la dermatitis le rodeada el cuello y las ojeras, y le daba un aspecto aún más lamentable. Pero era lo normal en una ciudad putrefacta, soberanamente represiva y mutilada. Bent era un lastre para sí mismo. Irrisorio, pero lastre al fin y al cabo. Su aspecto era deleznable, y día tras día se lamentaba por ser un pusilánime que jamás se había atrevido a alzar la voz. Piel lacia, forma física de vejestorio y sistema circulatorio bañado en química gubernamental. Recordaba aquellas tortitas todos los días. Bent vivía en el cubículo 54-3-J, sector 24, del piso 42 de La Colmena. La Colmena era uno de los recogedores de prole más grandes y demacrados de toda la metrópolis. La especulación urbanística llevada al paroxismo en un barrio que había tocado fondo para penetrar en las entrañas del infierno. Un alquiler abusivo para 20 metros cuadrados y 42 plantas sin ascensor. Lo normal era que quedara dormido a mitad de camino, tendido en las escaleras, para horas después descender de nuevo hacia el trabajo. Y aquella mañana, como otro cualquiera, salió por la puerta, suspiró y divisó a lo lejos los blancos edificios orgánicos que presidían el barrio residencial. Allí, los altos cargos represores, los chupópteros del sistema y los lameculos adyacentes acaparaban la felicidad programada, ajenos al mundo putrefacto que habían creado, rodeados de paredes. -Jamás tocaría a uno de esos miserables, ni por todo el crédito del mundo. Quizás si fuera posible estrangularlos, pero ni para algo tan sencillo tengo fuerzas. Clavar mis uñas en sus carnes bañadas en ungüentos…-. Sumido en estos pensamientos llegó a los laboratorios. Cobaya de sensaciones impostadas, catador de quimeras preprogramadas. Lógicamente, él no trabajaba como técnico, ni siquiera como limpiador


de las instalaciones. Él era probador de cosquillas. Su puesto tenía un nombre sencillo, que en determinadas circunstancias podía tornarse cruel. Sencillamente, era un nombre ridículo, casi tan ridículo como los payasos que se ponían a disposición de pruebas químicas con efectos dispares. Día sí, día también, acudía a la cámara de pruebas para ser rociado por una muestra de la producción diaria del gas. Desde los diecinueve años. Si los efectos provocados se adecuaban a los estándares aceptables relativos a diversos parámetros (estimulación de los receptores cutáneos, índice de gritos de emoción y placer, propensión a la risa y factor de oclusión glótica, entre otros), el producto era apto para la venta en todo tipo de establecimientos. Y todo gracias al lánguido cuerpo de mente narcótica del probador de cosquillas. -Gracias a mis risas otros pardillos, tan desgraciados como yo, pueden rociarse con un spray cualquier parte de su cuerpo, sentir algo durante unos minutos, reír hasta la extenuación. Quizás logren aliviar momentáneamente el dolor de una vida vacía. ¿Cómo había llegado a esta situación? Tras la supresión, 32 años atrás, de todo contacto físico, había estallado una revolución que cerca estuvo de lograr su cometido: expulsar al poder del trono que ostentaba desde las modificaciones territoriales de mediados del siglo veintiuno. La eliminación de todo tipo de restos artísticos precedió a la desaparición del ocio grupal, del contacto carnal, de una vida mínimamente digna. Paulatinamente se implantó un sistema basado en el consumo masivo y el horario laboral desorbitado. La prueba había transcurrido como siempre. Diferentes niveles de intensidad, entornos variables, modificación de la cantidad aplicada. El que no estaba como siempre era él. Tras una agotadora sesión se derrumbó sobre el suelo y rompió a llorar, sin ser capaz de controlarse. Por primera vez desde la detención de su madre sentía algo. En el vestuario, ya sosegado, fue llamado al despacho del jefe de la sección. -Pasa, Bent. Pasa-. Copeland sonaba educado, suave, como siempre. Era ese tipo de suavidad que escondía a una personalidad sádica y despreciable. -Siéntate, no te quedes ahí-. Copeland proponía un acercamiento, pero siempre dentro de los márgenes establecidos por los reglamentos civiles. -Supongo que sabes para qué te he llamado. Tengo aquí el informe. Estaba leyéndolo otra vez, hay algo que no consigo entender del todo. Sé de sobra que tu puesto es en ocasiones complicado, no olvides que estuve en tu mismo lugar hace años. Y son


el tesón, la constancia y la fuerza de espíritu las bases del progreso vital-. Bent miraba distraído las torres blancas a través de la ventana. Y Copeland, molesto por un desprecio al que no estaba acostumbrado, estalló lentamente. -¡Joder, Bent, mírame! No he llegado a mi posición lloriqueando en el suelo como un puto demente. De hecho, si lo hubiera hecho habría sido empalado hace muchos, muchos años. Y tú irás directo a un puto hoyo si no enderezas tus nervios. No te protegeré, no moveré un dedo, no temblaré-. Acercó rápidamente su mano al trofeo de bronce en forma de rociador en spray que colgaba de la pared. Gritó, tembloroso, sufriendo por reprimirse. -¡Y si es necesario yo mismo te abriré la cabeza! ¡No dudaré, Bent! ¡Lo haré!-. De vuelta a casa Bent apretaba sus puños con una fuerza desaforada. Confuso y al borde del colapso sentía el placer de lo prohibido, el contacto carnal llevado al límite. “Lo mataré” susurraba entre dientes, arrastrando sus pies por el asfalto. Sentía su cabeza palpitar, el corazón latía violento. Violencia, buscaba violencia, despertar de un letargo de casi treinta años. Los viandantes de la avenida principal, dispersos por las aceras, caminaban como zombis, asidos a dispositivos de última generación que decidían por ellos. Bent se sumió en un extraño cóctel de inquietud, pesar y crueldad. Sintió la necesidad de parar unos instantes y apoyarse sobre la pared: su cuerpo le decía que algo no iba bien. Unos brazos finos y sarnosos lo agarraron de la chaqueta y lo arrastraron al callejón. Ni una sola palabra medió: sintió cómo aquella criatura lo despojaba de su cinturón, deslizaba sus pantalones hasta el suelo con extrema brusquedad y, sin dudarlo, rasgaba su ropa interior con atropello. Instantes después, confuso y al borde del colapso, sentía el placer de lo prohibido, el contacto carnal llevado al límite. Segundos después se encontraba tendido con aquella mujer entre basura y barro. Y al fin sentía algo parecido a la felicidad. “Instante de bienestar” lo llamaba su madre. ¿Quién era aquella mujer? Observaba curiosa, impaciente, buscando el momento para balbucear con vehemencia una sarta de verdades incontestables. Su expresión era la de un ser atormentado pero decidido. Famélica, repleta de magulladuras y extrañas marcas rojizas, tenía la mirada más repleta de vivencias que había conocido. Y lo más importante de todo: se había atrevido a tocarle, a ir más allá, y aquello lo había despertado. Se sentía vivo, capaz de cualquier cosa.


Ninguno de los dos hablaba. Se miraban, analizaban sus muecas, recorrían el cuerpo del otro con curiosidad. Y al fin ella habló, con unas palabras que rebotaron en la cabeza de Bent. -¿Quieres huir?-, susurró. Bent siguió observándola, perplejo. -Huir lejos, escapar de esta pocilga-. No daba crédido. ¿Cómo una persona podía atreverse a tan siquiera nombrar algo así? -¿Qué quieres decir?-. Bent logró reunir fuerzas para preguntar. -¿Huir, cómo?-. Simulaba indiferencia, pero en realidad estaba ansioso por saber de qué se trataba. Sentía emoción, tanta que se sentía explotar. -Escapar. Escapar es escapar- respondió ansiosa. -Conozco la forma. A través de los conductos de la zona sur-. -Esos conductos desembocan en una zona controlada por los cuerpos de eliminación. Nadie lograría salir vivo-. Bent hablaba rápido, atropellado. - Claro que nadie lo lograría. Existe un entrante, en la zona baja de la colina. Desde hace años los disidentes cavan un recorrido que conduce al Valle Verde. Necesito alguien que me acompañe. Llevo observándote semanas, y tienes la mirada del acomplejado que desea huir. No será difícil-. -¿Por qué no huyes sola? ¿Por qué me necesitas? ¿Dónde está la trampa?- Bent estaba nervioso, algo no cuadraba. Pero la esperanza de pisar suelo libre cegaba su templanza. - No tendría sentido. Estoy sola, no tengo a nadie. No encuentro sentido a marchar sola. Esto no es una historia de superación, llorica trasnochado. Soy práctica: debemos partir esta misma noche-. Lo besó, y Bent abrazó sus heridas con ímpetu, penetró con deseo y, finalmente, decidió que lo haría. Hablaron durante horas del plan, y, sin mediar palabra, Bent se dirigió a los laboratorios al atardecer. Necesitaremos sprays para defendernos de posibles amenazas, había dicho aquella extraña y seductora mujer. Se dirigió al almacén a toda prisa sin mediar palabra con los trabajadores de la planta, y al chocar con una puerta cerrada a cal y canto no tuvo opción. El despacho de Copeland estaba vacío, así que entrar y coger las llaves no resultó complicado. -¿Qué buscas, Bent? ¿Has terminado? – Copeland miró nervioso a Bent desde la puerta.


- No, aún tengo mucho más, gilipollas- murmuró Bent. Acto seguido reventó el cráneo de Copeland con el trofeo en forma de spray. No había vuelta atrás. Robo y asesinato. Atravesar el conducto resultaría complicado, ya que reptar cinco kilómetros cargado con una bolsa llena de botes de spray podía resultar fatal para alguien de su condición física. -Tú primero- dijo aquella especie de leprosa que había conquistado a sus instintos terrenales.Bent accedió, deseoso de abandonar aquellas malas tierras. Y el camino no fue fácil: por cada metro avanzado su cuerpo se resentía, la fatiga aumentaba. Pero era tal su empeño que sus inmensas limitaciones eran minucias en comparación con su empeño. A mitad de camino, tras un esfuerzo interminable, el túnel se derribó a sus espaldas. No oyó un solo grito. No sintió pesar. Se deslizó, flemático, y, quién sabe cuántas horas más tarde, intuyó luz frente a él. Impaciente, alcanzó la salida, y lo que encontró habría horrorizado hasta al más granítico ser: cientos de hombres, mujeres y niños de anatomía perfecta y nívea sonrisa lo contemplaban expectantes. Pero no era el único observado: a su alrededor, decenas de engendros similares a él, cargados de sprays, salían de túneles escavados por supuestos disidentes, e iban a parar a jaulas. Eran rociados por las cosquillas en gas que llevaban probando en laboratorios toda una vida. Los espectadores reían insaciables al ver a los pobres monstruos retorcerse de pena y dolor. Bent divisaba, tendido en el suelo de su nueva jaula, las torres blancas. Más allá, el cubículo 54-3-J, sector 24, del piso 42 de la colmena. Lo echaba de menos.


Oto帽o Texto. Galbin 路 Ilustraciones. Diez Ovejas


Cuando Mala salió por el portal 2 de la calle Mayor, Augusta supo que jamás volvería a verla. La cría llevaba un vestido verde, remendado tantas veces que era imposible saber qué trozo de tela correspondía al tejido original. Augusta sorbió por la nariz, y se mordió la lengua. Cuando las lágrimas empezaron a resbalar por la cara, cerró los ojos y respiró profundamente, el frío pegajoso en su rostro ajado y el dolor caliente en la boca le recordaron su infancia… entonces las cosas habían sido cómo debían ser, el agua sólo mojaba, no arrastraba sal ni sangre. Ahora es otoño y todo empieza a caer. Mala tropieza y se da con la boca contra el bordillo. Se ha roto el frenillo y sangra mucho. Busca en la bolsa que ha cogido consigo: dos bragas y un cepillo de dientes. Un hombre de esos que visten gabardinas largas, incoloras y que tienen un rostro arrugado se acerca donde la pequeña cuando ésta rompe una braga y trata ,presionando con fuerza, de parar la sangre. –– Eso te tiene que doler.- Dice el viejo. –– No. No duele. –– ¿Quiéres que te ayude? Mala mira la cara del señor sin pestañear durante unos segundos, respira profundamente y le tiende la mano. –– Más adelante, hay una chocolatería - Le dice a modo de respuesta. –– Está bien. El señor sujeta con fuerza la mano pequeña y callosa de la niña y se deja guiar hasta el local. Mala va dejando un camino rojo, una lluvia desganada a su paso, como miguitas de pan que más tarde algún cuervo beberá. En la chocolatería reina un olor oscuro y caliente, atractivo y terrorífico que en seguida reconforta a la pequeña. Con agilidad salta al taburete y pide la carta. El anciano se sienta enfrente de ella. –– Yo, siento mucho todo esto Mala.


–– Ummmm –– ¿Qué pasa? ¿No encuentras nada en el menú que te guste? ––

Estaba leyéndolo otra vez, hay algo que no consigo entender del todo bien.

–– Ah. Comprendo. –– No. –– Una camarera sonriente, vestida de rosa se acerca a la mesa del viejo y la niña. –– ¿Sabéis que vais a tomar? –– Yo un café sólo con hielo, por favor- Dice el hombre. –– ¿Y tú pequeña has decidido? –– Sí. –– ¿Qué vas a tomar? –– Un chocolate muy caliente y un vaso de agua. La sangre brota por la boca de la pequeña pero la camarera o bien no lo advierte o le parece divertido, por eso el señor respira aliviado. –– No quiero hacerte daño, puedes estar tranquilo. Cuando terminemos aquí ya no me verás. –– Mala… Yo.. Pero el viejo enmudece, realmente desea que la cría desaparezca, se largue con su vestido mal cosido, con su dentadura torcida y mirada inquietante. También desea que se quede, abrazarla y envolverla con su gabardina, no dejar que nada la lastime nunca y que ella aprenda a respirar junto a su cuerpo debilitado por la rutina. Bebe el café y los nervios despiertan a su corazón, al menos late. Mala toma un sorbo pequeño de agua y deja el chocolate caliente entre los dos. Augusta ve su reflejo en el espejo y se pinta los labios. Se agarra la cintura y repite frases que se ha aprendido de memoria: “No juegues, ni saltes con el barro, envuelvete en él y disfruta hasta que se enfríe y te haga temblar”


“No mientas, ni hables y escucha, hasta que las palabras te agujereen el cerebro y te hagan gritar” Repite las frases y se viste, repite las frases y se peina,repite las frases y sonríe y a modo rebelde da dos saltos. Cuándo va a salir, su madre la agarra por el hombro: –– No vayas. –– No voy, me arrastra. –– Entonces, préstale atención, no hagas ascos con la comida y llévate una chaqueta, que hoy el cielo está del revés. Augusta repite esa frase en su mente tres veces, hasta que tiene la certeza de que no la olvidará, mañana tardará más en vestirse, su canción se va alargando… El viejo tiembla, la cafeína ha poseído su ser, el chocolate va perdiendo calor entre los dos. –– Creo que encontraré un camino. - dice Mala. –– Pero tienes que aprender a andar, no puedes ir cayéndote y sangrando todo el tiempo. Mala se encoge de hombros, ¿qué hay de malo en caerse? al hacerlo un tic nervioso sacude su cuerpo y estornuda, los mocos y la sangre caen al mantel, rosa. –– Deberías limpiarte… –– jajajajajaja, yo soy la suciedad ¿recuerdas? Y como si se tratase de un chiste genial Mala rompe a reír, auténticas carcajadas que resuenan en el local, la camarera también ríe, incluso un cliente gordísimo que trataba de pasar desapercibido comienza a reírse, tanto…. que tose, tanto…. que se atraganta, tanto…. que se muere en una esquina. Más tarde Augusta tropezará con él y se romperá un diente, satisfecha no se lo contará a nadie. El anciano se encoge y continúa temblando, se lleva las manos a la cabeza y empieza a rascarse, cada vez más, más fuerte. Mala se levanta, le coge las manos y le mira los ojos atravesando la profundidad de la tristeza, recorre con un dedo sin definir las cejas de él, sus párpados, las ojeras, las arrugas que invaden un rostro bello castigado, el de un joven hermoso que ha decidido pertenecer al polvo.


–– Espera, aún no, primero dime que no fuiste tú quién me empujó y me hizo caer… –– yo… - apenas puede responder el viejo. –– No fuiste tú quién me empujó y me hizo caer.. –– Yo, no fuí yo quién te empujó… quién te hizo caer. ––

Repítelo. Repítelo en voz baja hasta que no lo olvides.

Mala vuelve a sentarse, mientras observa al viejo repetir la canción, mira fijamente como él se desprende de su gabardina que deja caer, de sus arrugas que le abandonan y se esfuman entre las raíces, de sus legañas que se deslizan y siembran sueños a sus pies. Mala lo ve todo sin perder detalle, quiere recordar siempre qué es el amor, también nota como su calor se extingue, y entiende que lo está haciendo bien…


Poco a poco, el joven recupera el pulso, su estatura y el paso seguro al andar. Abandona el local. Mala se queda sola mirando el chocolate helado, el otoño va a pasar y sabe que se ha preparado para el invierno, ya no hay calor en su interior así el frío estará cómodo, además lleva su cepillo de dientes. Se obliga a sonreír y termina el vaso de agua. Augusta vuelve a casa, pasea por la estancia vacía, si se concentra puede oler la presencia de su madre, hace ya dos años que murió. Se sienta en el sofá y escucha las llaves en la cerradura, es él, vuelve a casa. Siente sus pasos cerca, un beso en la mejilla y un abrazo reconfortante. En la calle mayor una joven corre mientras se desnuda, un vestido verde va perdiendo consistencia y los hilos y remaches que desprende se esconden entre los adoquines marcando un sendero imposible de volver a caminar.


Se busca taquicardiomaníaco Texto. Victoria Alonso · Ilustraciones. Galbin Estaba pensando que hoy el cielo se me ha volcado, como si le hubiese estado revolviendo las entrañas a la caja de resonancia de una guitarra y hubiese colapsado el vacío. Hoy hay algo que suena extraño y he tardado demasiado en darme cuenta. En la madriguera de debajo del edredón el tictac ya había cambiado antes de las siete de la mañana, cuando aún no había más que luces rotas en la calle. Hoy me he levantado sonando extraño, una cadencia distinta en el bombear de la sangre. Me gustaría pensar que siempre he sonado raro y que nunca me había parado a escucharlo, pero estoy acostumbrado a un pulso pausado, a oírme los alveolos reventar de oxígeno, los tímpanos haciendo eco en mi cráneo, la calidez intermitente que me arropa el estómago. Por eso es extraño que hayan pasado doce malditas horas antes de reparar en el asunto. Me he levantado y me he atiborrado a mermelada de moras y café asustado, he ido a trabajar con la ropa más vieja que tenía y he acompañado a mi ordenador agonizante, pinchando sus teclas con crueldad mientras comprobaba que no procesaba la mitad de las tareas que debía. He vivido como si nada sin darme cuenta de que hoy me he levantado con tres corazones palpitando. *** No me asusta en absoluto este nuevo ritmo, pero a la gente no termina de convencerle. Cuando llamé a mi familia por teléfono nos costó entendernos. Pensaban que tenía la música a tope, o la tele encendida, o que la patata de plástico de las transmisiones telefónicas tenía interferencias. Dos días después nadie parecía querer creer que el nuevo soniquete melódico que mecía todo el edificio como si estuviese hecho de gelatina salía de mi pecho y no de mi minicadena. Se lo tuve que contar a la policía cuando llegó a las tres de la mañana atendiendo a las quejas de la vecina. -Yo lo intento, señor agente, pero es que estoy palpitando y sueno así. -Pero podría hacerlo más bajito… -Es que no sé por qué, pero en estos días he subido de volumen sin querer. Yo se lo prometo, que a mí ni me gusta ni me disgusta, que no sé si es por la adrenalina pero desde que tengo dos corazones más sueno más alto.


-¿Ha probado a ver si tiene algún botón por ahí…? -¿Pero qué botón ni qué leches? Que son órganos vitales, que como haya un botón yo me muero. -Qué contrariedad… ¿Y no ha probado a ponerse mantas o algo que amortigüe el sonido? Al menos por la noche, para que no se quejen los vecinos. O a hacer ritmos más pausados, igual con eso suena como una nana de percusión, y se duermen. -No soy una gramola. Con lo absurdo de la conversación me acaloré, y me subieron las pulsaciones y el volumen, y entenderse por encima de ese soniquete de batería se hacía bastante violento. La solución que encontraron fue trasladarme esa noche al calabozo, y mandarme un reconocimiento médico cuando no hubiese peligro de reventar los estetoscopios del personal hospitalario. Creo que costó día y medio y dos tranquilizantes, pero finalmente funcionó y mis tres corazones se pusieron a latir a un ritmo más normal y volumen moderado, y se trasladaron a la comisaría los expertos de un equipo médico de élite. Me sembraron el pecho de parches y de cables para comprobar la armonía de los tres latidos, cotejar las alturas de sus picos y escuchar su bajo continuo. Una señora tan calva como el resto de los médicos se calzó unas gafas de pasta que se le clavaron en las mejillas del peso de los cristales, frunció el ceño y se puso a revisar frenéticamente los resultados en el papel. -Estaba leyéndolo otra vez, hay algo que no consigo entender del todo bien –me dijo, intentando tranquilizarme, pero le temblaba el labio superior y respiraba muy hondo. La mezcla de adhesivo de los parches, las descargas eléctricas y el sudor correteando por la pelusilla estaban consiguiendo provocarme urticaria en mi pecho enclenque. La experta se volvió a ajustar las gafas, incómoda. -No sé cómo decírselo. Le parecerá extraño, pero según el electrocardiograma usted tiene tres corazones. -Sí, algo había notado. -No se altere. -No estoy alterado. Pero es que no necesitaba un equipo de médico de élite para saber eso.


-Tenemos que cotejar las posibles soluciones. -Pero yo no quiero solucionar nada, a mí no me molesta. -Si me disculpa, tengo que reunirme con el equipo. *** La luz blanca me hería en los ojos. -No se preocupe, no le va a doler. Sólo tiene que estar quieto un ratito. -¿Qué me va a hacer? El cirujano me miró por encima de su mascarilla impoluta. -La anestesia es de última generación, estará despierto todo el proceso, pero no sentirá ningún dolor. Tengo que abrir su caja torácica para examinar sus corazones. En las ecografías no se ve del todo bien, ¿sabe? Vamos a aprovechar para hacer unas fotografías y una grabación de audio. -¿Es imprescindible? -Es que es algo que no se ve todos los días. Lo comprende, ¿verdad?


-No, pero me tiene inmovilizado. Creo que no tengo alternativa. -Usted relájese. No tardaré mucho. La sesión de fotos duró tres horas de flashes, reajustes de los focos y destellos de escalpelo. -Oiga, no me quite usted ninguno. -No, no. Quieto ahí. Eso es, en esa postura sale muy bien. Flash. -Por favor, no me los quite. No sé qué haría sin ellos.


Flash. -No se preocupe. Lo suyo no tiene solución. En cuanto acabe le cerraré el pecho y veremos cómo lo reinsertamos en la sociedad. Solo un par más, venga. Ahí, ahí, sonría. *** Lo cierto es que la vida después de entonces ha sido sencilla. Tengo una cremallera desde el cuello hasta el ombligo para los casos de emergencia, cortesía del cirujano. También me ampliaron la caja torácica, para que mis corazones tuvieran más sitio y no sonasen a macizo, y me pusieron un regulador de sonido. Para la gente de la calle soy una persona normal que parece que ha ido al gimnasio y que siempre lleva auriculares y la música un poco más alta de lo recomendable. Mi ritmo se ha convertido en algo imprescindible. No puedo caminar sin marcar con las manos el compás de mis tres corazones, probando armonías y disonancias. De vez en cuando,


alguna melodía especial me recorre. Es un momento único cuando me vibran las costillas y el sonido baja por los huesos, reverberando aplacados, como un murmullo o un ronroneo de mi cuerpo. Cada corazón bombea a su ritmo y me llegan los flujos a intervalos, olas de calor que completan la sensación de ser una máquina perfeccionada. Desde fuera no pueden verlo, pero una melodía especial es una danza caótica de electrocardiograma. Hay que seguirla chasqueando los dedos, moviendo la cabeza, abriendo y cerrando los labios sin emitir sonido, o sonando como una botella recién descorchada.


-Repítelo. Repítelo en voz baja hasta que no lo olvides –me digo, intentando reproducir la secuencia de mis corazones, pero es una tarea difícil que casi nunca está completa. Mi obsesión de chico maniático me valió el aprecio de una chica extraña que durante algunos meses soportó que durmiese con cascos y que en la cama me moviese a ritmo de blues o de rock según mi estado de ánimo. Se trasladó a mi piso caótico y me regaba las plantas mientras yo me dedicaba a partituras llenas de ruidos y de silencios. Aguantaba que nuestras conversaciones fuesen sus monólogos porque yo estaba demasiado enganchado a mi música vital y sólo la oía de forma amortiguada por encima de mis pálpitos; aguantaba que su pájaro desapareciese durante días y aun pensando que se estaba volviendo loca al creer que lo oía piar en mi pecho a través de los auriculares; incluso aguantaba ver mi cremallera metálica cuando nos desnudábamos a toda prisa para desfogarnos, a pesar de la prohibición eterna de no poder acercar sus manos al cierre de la herida de mi pecho.


Se empezó a poner de un humor extraño cuando, al volver a casa del trabajo con una barra de pan debajo del brazo, encontraba en el buzón sobres cuadrados sin remite pero con frases sospechosas en el exterior, como “Sigo queriendo verte” y “Eres inolvidable”. Un día me obligó a abrir una de aquellas cartas delante de ella, y se quedó atónita. -¿Qué es esto? -Verás… -Pensé que tenías una amante… Pero esto… -Quería contártelo. -¿Cuánto tiempo lleva pasando esto? -Algunos meses. -¿Desde antes de conocernos? -Sí. -¡Eres increíble! – no era un cumplido. Estaba furiosa. -No podía hacer nada, me obligó…


-¿Te obligó? -Me abrió de arriba abajo con un bisturí mientras estaba sedado e inmovilizado. ¿Qué querías que hiciera? -No me lo puedo creer. -Quería contarte lo de los tres corazones. -¡Me da igual! Quiero saber por qué te dejaste hacer estas fotos. -Ya te he dicho que no… -¿Quién es ella? -¿Ella? ¡Es un cirujano! -¿Me estás restregando que tengo un trabajo de mierda? -¡No! Te estoy contando la verdad.


-¿Y por qué te manda estas fotos? -Porque es un tío raro. -No sabía que te iban estas cosas. -¡Eh! ¿Te crees que me gusta recibir en el correo fotos de mis tres corazones? -¡Claro que te gusta! Cada vez que recibes carta te vas a una habitación a solas y babeas mirando el contenido. Por eso pensaba… -No te preocupes. Ya has visto que no es nada de eso… -¿Te las manda como un recuerdo? –me preguntó, apenada. A saber lo que seguía creyendo. -¡No!


-Seguro que sí. -Me las manda porque quiere un autógrafo. -¿Qué? -Ya te he dicho que es un tío raro. Dijo que lo mío no se veía todos los días. Se ha obsesionado un poco. -Pero a ti te gusta. ¿Eres famoso? -No. -¿Te puso él la cremallera? -Sí. -¿Me dejarás tocarla? -Nunca. Me miró como un espíritu apocalíptico. -Entonces creo que esto ya no tiene sentido. Se fue y me dejó con el frío en el cuerpo y el pulso a un ritmo muy lento. *** Un día dejé el regulador de sonido al mínimo y me quité los auriculares. Había guardado las fotos de mi sesión en un álbum que deposité en una caja fuerte, cogí una maleta y me fui por mucho tiempo. Lo reconocí en una calle a las afueras de Dallas, con medio mundo a sus espaldas y algunos años de más. Estaba sentado en un banco, sorbiendo un café humeante que hacía que sus ojos brillasen con un halo etílico, sin mirar a ninguna parte, la calva brillante y barba de tres días. No pareció verme cuando me senté a su lado. Estaba escuchando música en un walkman casi roto. -Eh, amigo… Le rocé el hombro. Me miró sin reconocerme. -¿Necesitas algo? –insistí. -No tienes nada que puedas ofrecerme. No eres más que un tipo normal. Me levanté y me puse de pie frente a él, dejando caer la cazadora. Me desabroché la camisa botón a botón, deleitándome en la transformación de su mirada.


-¿Un tipo normal? No, aún tengo mucho más, gilipollas… Y entonces me bajé la cremallera, para exhibir ante él la humanidad de tres corazones que latían amortiguadamente entre jaulas de pájaros vacías y nidos colgados del interior de mi tórax, entre las lámparas encendidas, las almohadas, el óxido fluorescente de mi sangre alimentando las plantas y la porcelana rota acumulada con el reverberar de una melodía cansada. Triste, casi amedrentado, arrancó los auriculares de su walkman, insertando con manos temblorosas la clavija en el regulador de sonido. Hipnotizado con lo que veía y oía se acurrucó en mi enorme cueva torácica, justo en el catre que le había preparado, ronroneando, sin darse cuenta de que su enorme jaula se había cerrado con un suave crujido de cremallera.


Buena conducta Ilustraciones y adaptaci贸n. Victoria Alonso


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“Porno metafísico” es un juego de narración visual de La Criminal en el que cuatro historias son travestidas en imágenes para mostrar la oscuridad de los submundos mentales. Ciencia ficción futurista, crítica política, comportamientos instintivos y la (im)posibilidad de afectividad son algunos de los temas que se entretejen en las páginas a modo de pornografía críptica para relajarse, disfrutar y reflexionar (o no).

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