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revista literaria


Edición: Alexia Halteman Carla Xel-Ha Julio César Rivas Rubén Gil La Cigarra Número cero lacigarrarevista@gmail.com La Cigarra es una revista independiente. El contenido de los textos es responsibilidad de los autores. Las ilustraciones de la presente edición pueden ser reproducidas dando crédito a su autor y a su publicación en ésta. Dibujo de cigarra: José Clemente Orozco Farías Noviembre 2012 Impresos selectos Copyright en trámite


4 La caracola Román Villalobos 5 El agripiano Jeremías Croy 7 Con amor, Ray Carlos Armenta 11 Advertencias ignoradas Gabriela Muñoz 12 Minificciones Miguel Ángel Santos 14 Si procuras moldear un plátano probablemente termine rompiéndose Wina Obake 16 Sr. Vida Flora Sandoval

¡Qué vivan los monstruos!

Índice

Ya no tememos a los monstruos, es cierto, ya no a la misteriosa oscuridad debajo de la cama, ni a los gigantes de dientes puntiagudos y alas artríticas. Los monstruos que alguna vez nos causaron pavor son ahora viejos o se han ido alejando, la realidad se ha encargado de endurecer nuestro temor de niño hasta hacerlo gris, y ha hecho piedra nuestra curiosidad inventiva. Nuestras quimeras se han vuelto síntomas neuróticos sin cuerpo. Es por eso que, un poco a manera de nostalgia de la curiosidad infantil, solicitamos a nuestros colaboradores que sacaran sus monstruos de abajo de la cama, de adentro del armario, de los abismos del espejo, a dar un paseo. Al reunirlos aquí, en el número cero de La Cigarra, el propio monstruo de este proyecto editorial, intentamos quitarle lo percudido a los mundos imaginarios, con el único temor de que algún día estos monstruos se vayan en serio y nos dejen a merced de una normalidad abrumadora.

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La caracola Román Villalobos

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cerca del alba habrá una caracola una espiral de incierto color y resistencia será uno pequeño y desafiante feliz pragmático y honesto se alargará el tiempo porque es una ley sabida que los caracoles somos infinitos y para escribir algo así se requieren unos cuantos días para ir de tecla en tecla y presionar


El agripiano Jeremías Croy En el transporte público  la gente se  encapsula en sus pensamientos. La meditación en autobús es una práctica común. Igualmente es  usual mantener tu campo de visión alejado del resto, apartado de cualquier posible malentendido que luego logre complicarse. Cualquier intento de escape  resultaría  un tanto torpe y bochornoso; es por eso, esencialmente. Sin embargo, no sé qué tanto ellos piensan... pero a mí se me hace bárbara la forma en la que ellos me miran. Cómo colocan sus ojos discretamente en un punto cercano, para en realidad embarrarme discretamente todo su deseo y frustración. Pero yo los entiendo; hay que distraerse con lo mejor dentro de ese proyectil de fetideces y griteríos. A mí me pasó el lunes de regreso a casa. Él estaba ensimismado en la orilla de su asiento. Era de esos hombres  difíciles de encontrar, que llaman la atención por su  vórtice poderosísimo de enajenación.

Allí estaba, mirando fijamente el borde del respaldo vecino, mientras su acompañante a su izquierda, una mujer madura uniformada, verificaba a cada rato las calles por donde pasábamos a toda velocidad, midiendo su tiempo. Entonces ella se levantó y dejó el lugar vacío. Él volteó con naturalidad y me  vio,  integrándome  súbitamente  en ese vórtice del que les hablaba. Por lo demás me sentía nerviosa. Me senté a su lado. La luz  cálida de dentro le daba en el rostro y se me antojaba dulce, sereno, mientras reflexionaba sus cosas contra el respaldo de enfrente. Entonces le pregunté si era de aquí. Le dije: “¿eres de aquí, disculpa?”. Se me quedó viendo como si no entendiera mis palabras. No contestó al instante, sino que balanceó su cabeza de un lado a otro, estirando sensualmente su grueso cuello de ganso mientras daba con la respuesta. Me dijo: “no soy de aquí, vengo buscando

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a alguien”. “¿Como a quién?”, pregunté. Su cuello se estiró hacia adelante, luego hacia atrás y se elevaba de un lado a otro como una serpiente encantada por el hechizo de la flauta. Desde arriba me contestó: “busco una joven de apagado asombro”. Habló mu-

cho más sobre aquella chica, pero no recuerdo todo, ni creo en la importancia de decirlo. Recuerdo sólo su voz ronca y varonil viniendo a granel, haciendo que mi sangre se agitara e hinchara mis sensibilidades. En pocos segundos su cabeza, como un faro, pendía en las alturas y su charla pausada, inteligente, intrigante me seducía poco a poco, cada vez más. Luego, ya no pudiendo contener semejante cogote en erecta postura, lo curvó hacía mí, ora cerca, ora lejos. Y su voz la  percibía también desde distintos  ángulos y profundidades; con el tono en que un ciervo brama se me venía. Mientras  conversábamos su cuello  crecía, dilatando sus vértebras en torno a mí, descansándolas sobre mis hombros, acariciando mi propio pescuezo. Sus labios en mi  oído  vertían  toda su dulzura. De pronto me encontré gimiendo descontrolada a medio camino del orgasmo, casi llegando a mi casa, con un montón de pasajeros  mirándome  atónitos; sola, sin ningún engendro con cuello de grulla extendiendo su laberinto a mi alrededor. Me levanté abochornada y torpemente, temblando logré bajar.


Con amor, Ray Carlos Armenta Beware the Jabberwock, my son!

Arizona, Glendale. Murió Ray Carlson. La tarde de ayer, el cadáver del quarterback estrella de la década de los noventa fue encontrado en su casa. Se ha dado a conocer que se trata de un suicidio por ahorcamiento. Su familia no ha confirmado esta versión. Ray fue ganador del Súper Bowl en 1993 y en 1997. Fue poseedor de uno de los brazos más potentes de la historia; en una de sus mejores tardes logró conectar un pase completo de 84 yardas, tan sólo una yarda más arriba que el antiguo poseedor del récord Don Meredith. Sus últimos años como jugador fueron controversiales. Se vio involucrado en un escándalo sexual en el que Ray aparecía en un video teniendo relaciones sexuales con la hermana de su mujer. Atormentado por el divorcio que le sobrevino y por la mala racha que su equipo pasaba, Ray decidió re-

tirarse repentinamente, sin respetar su contrato, en 1999. Tras su retiro, comenzó su carrera como actor de filmes pornográficos. Sin embargo, ninguna de sus películas logró grandes ventas, por lo que Ray salió rápidamente del mercado. Posteriormente se internaría en su residencia en Arizona para ser olvidado por un público que antes había gritado su nombre cada fin de semana. Diez años estuvieron en silencio los medios con respecto a Ray, hasta el día de hoy.

♦ De acuerdo, dice el hombre trastornado, de acuerdo, mientras poco a poco su inmenso cuerpo se va re-

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costando en un diván que apenas parece soportarlo. El hombre trastornado se ha negado a hablar de sus días como deportista y como actor porno. El analista, egresado con honores de un doctorado en una universidad prestigiosa, rechaza el autoritarismo como recurso terapéutico y por tanto evita cualquier orden y sugerencia, se limita a juntar sus manos y a asentir con la cabeza. Al final de la sesión decide desplegar el número de medicamentos pertinentes para que el hombre trastornado pueda asemejar una vida adulta normal. La angustia que el hombre trastornado siente no ha podido ser explicada del todo. El insomnio, las manos sudorosas, la pérdida de cabello y la deformación en el rostro son todavía síntomas de una causa desconocida. El hombre trastornado se niega a creer que todo sea una alucinación. El analista asiente. El hombre trastornado está seguro de lo que ha vivido desde que decidió encerrarse en su mansión lujosa y no salir de nuevo. El analista asiente. El analista está sentado en una silla giratoria de piel, sus manos entrelazadas están a unos centímetros de su rostro, gesto que todo analista egresado de una universidad

prestigiosa ha aprendido. No creo que tenga que ver con mi infancia, asegura el hombre trastornado, ni siquiera con la época en que fui el mejor. Esto no está en mi mente. Siempre he sido un idiota, es cierto. Era mi brazo lo único, lo único…, pero el hombre trastornado no termina la frase. El analista empuja con la punta del índice sus lentes. Apareció después del primer año de aislamiento. Dormía junto a mí y yo podía escuchar su respiración. Nunca pude voltear a mirarlo. Creo que alguna vez alcancé a ver la punta de sus pies, de reojo. Por las mañanas yo amanecía empapado. Al principio creía que era mi traspiración, después descubrí que aquella cosa que dormía junto a mí babeaba. Litros de baba apestosa. Justo en ese momento el analista escribe algo1. Al hombre trastor1 El analista ha señalado meticulosamente las descripciones que el hombre trastornado ha hecho en torno al suceso que lo agobia. Durante los 45 minutos de consulta el analista realiza una serie de suposiciones lógico-coherentes de lo que el hombre trastornado relata. El analista recuerda lo idiota que le parece cada historia de cada paciente, pero hasta ahí, no debe involucrar su opinión. Es siempre mejor detallar entre los antipsicóticos o los antidepresivos. El analista tiene su propio analista, que por supuesto cobra el doble, porque él es analista de analistas, y claro,


nado le desquicia cuando eso pasa, pero siempre se calma. Inhala. Exhala. No puedo explicar el olor. Es un olor fuerte, sí. Lo más parecido que me recuerda es a un sabueso muerto a mitad del bosque, que miré y olí alguna vez en mi infancia2. Pero es todo. Algunas veces puedo sentir su respiración muy cerca de mi cuello. Eso me también hace apuntes sobre las historias idiotas de los analistas que atiende. En particular, el analista no siente que el hombre trastornado sea realmente tan idiota, sólo que insiste demasiado en el suceso que lo agobia y nadie puede curarse cuando insiste demasiado en un suceso. Curarse significa desembarazarse de todo suceso, evitar el extrañamiento. Sin embargo el hombre trastornado insiste, cada sesión. 2 El hombre trastornado no detallará sobre este suceso. No dirá que durante una estancia en el bosque cuando era un niño, en compañía de su padre, fue testigo del momento en que un grupo de cazadores lograron matar un oso. El oso, antes de ser cazado, abrió de un zarpazo el cráneo del sabueso que lo había delatado. Los cazadores, en el éxtasis del logro, olvidaron a mitad del bosque el cadáver del sabueso. Entonces el niño se acerca para mirar al animal muerto y su cráneo hecho pedazos. Regresará cada mañana durante un mes a mirarlo detenidamente y descubrirá el olor de la muerte. Ese mismo olor regresará 15 años después, el día de la muerte de su padre.

aterra. Su respiración. En cuanto la siento comienzo a correr, trato de alejarme, pero el muy hijo de puta es tan veloz como yo. Sólo una vez creí que todo había acabado, que se había ido. Precavidamente decidí ocultarme en el clóset durante algunos días, por si se decidía a volver. Por supuesto, aquello fue muy estúpido. Fue la única vez que lo tuve de frente, ahí en la oscuridad. No vi nada. No tuve el valor para abrir la puerta. Con un gesto le invité a que tomara su lugar habitual detrás de mí y salí del clóset. Cada día de mi vida él está ahí. Después de esta sesión, subiré a mi Porsche, conduciré hasta mi casa, bajaré del Porsche, abriré la puerta, daré un par de pasos y de inmediato percibiré su olor a muerto. Nunca ha dicho palabra. Nunca he escuchado su voz. Es más, soy incapaz de saber si puede hablar. Yo le hablo, aunque siempre lo hago con miedo. Cada mañana que me levanto empapado me pregunto ¿por fin me matará?, ¿por fin me mutilará, me descuartizará, me violará? Nunca sucede. El analista vuelve a escribir algo, acomoda sus lentes, saca un pañuelo que pasa por su frente, mira su reloj. Quince minutos más, dice. Es la sesión

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23 y el hombre trastornado ha narrado siempre lo mismo. Va a acabar por volverme loco. Bueno, por volverme más loco de lo que ya estoy. ¿Tendrá un nombre?, ¿podré, antes de que me asesine, mirarlo y llamarle por su nombre? La alarma suena, la sesión ha terminado. El analista se pone de pie. Estrecha la mano del hombre trastornado. Salen de la habitación. No volverán a verse. ♦

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22 de noviembre Esta nota debería dirigirse a mi esposa. O a mi madre. La primera no quiere volver a verme, la segunda es una dramática. Así que no sé para quién es esta nota. Es indispensable decir que disfruté el deporte y también disfruté reventarle el culo a una negra en frente de una cámara. Ésas fueron mis dos únicas profesiones. No soy infeliz. La culpa de lo que haré no la tiene nadie. Creo que ni siquiera yo mismo. Si hay realmente un culpable es mi perseguidor. Estoy cansado de él. Pensé que algún día el terror

acabaría, pero no. Sigo sintiéndolo después de años. Él nunca me matará, así que tendré que terminar su tarea. Sé que ahora mismo está detrás de mí y lee estas líneas. Eres un hijo de puta. Eres un gran hijo de puta. Con amor, Ray


Advertencias ignoradas Gabriela Muñoz

os hombres colgados Era tan guapa que solía decir que traía los corazones de los del gancho de una percha. Era tan fríamente seductora que tenía su colección. ligrosam amente literal, Pero comprobé por mí mismo que era además peligrosamente porque el gancho era su arma y el clóset su galería.

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Minificciones Miguel Ángel Santos

I Parecía que el monstruo se había esfumado de sus sueños y de sus noches: no

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más mirar bajo la cama, no más ponerle cerrojo a la puerta, no más arrebujarse tembloroso bajo las sábanas, balbuceante, con la esperanza de que esa madrugada pasara sin sobresaltos. Ya no tenía la pesadilla recurrente de las manos avanzando por su cuerpo, hurgando, acariciando obscenamente, sujetando; en cambio, tras algunos años de olvido, comenzó a verse a sí mismo entrando en otra habitación, más fuerte y más grande, sin miedo de ser vejado y con un deseo feroz de instinto dormido. El monstruo, ahora, se le presentaba frente al espejo, sin ser notado.


II Tosió por cuarta vez sobre el lavamanos color amarillo pero en esta ocasión con demasiada sangre para su gusto; se miró al espejo y no se reconoció del todo: en parte por aquellos labios que se torcían en una horrenda mueca de satisfacción, en parte por las protuberancias que crecían en su rostro macilento, y sobretodo, no acabó por reconocer la mirada inyectada de odio y un par de colmillos largos que hacían juego con la noche que acababa de caer.

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Si procuras moldear un plátano probablemente termine rompiéndose Wina Obake

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Tenemos acá a este compadre: un ratón manchado y dientudo que se dedicaba con mucha paciencia a escribir cuentos para párvulos. Una tarde, sentado en su escritorio, observaba sus montones de hojas con detenimiento, pensando en esto y aquello. Se sentía nostálgico; algunas cosas no marchaban bien y eso perjudicaba su desempeño diario. Ahora sólo se sentaba a preguntarse mil y un sin-respuestas. La inspiración estaba helada y ausente... “Maldito invierno”, decía de vez en cuando. En un momento húmedo, comenzó a ver cómo algo se retorcía y provocaba que sus montones de hojas parecieran tener vida, algunos caían, otros se

movían en círculos. Asombrado, saltó de su escritorio y limpió rápidamente sus gafas para ver a qué se debía todo este espectáculo desastroso. Tomó su máquina de escribir y la lanzó hacia el montón de hojas que estaban en movimiento. Entonces, escuchó un chillido espeluznante, tanto que salió corriendo de su estudio y encendió su pipa. Horas después decidió regresar. Había dado un paseo y se sentía despejado; tal vez algo podría escribir. Al entrar al estudio recordó que su máquina estaba encima de alguna cosa terrorífica y sintió un escalofrío. Su mirada se congeló en el vacío: tenía que hacer algo al respecto. Para su suerte, el bastón


del abuelo abue seguía junto a la entrada, así que lo tomó y volteó a ver la máquina (¡¡¡!!!) la cual escon colores, pero perfectamente taba cubierta cub limpia, y ya nada había bajo ella. El miedo limpia de que algo espantoso se encontrara en el mismo mis cuarto que él comenzaba a cubrirlo. brirlo –Siempre me haces lo mismo, ra–S tilla endemoniada –dijo una voz desde desd el baño. Nu Nuestro amigo la reconoció de inme inmediato. Era su amiga, la lombriz de los colores. Se sintió tan aliv aliviado que se dejó caer en su silla y se puso a reír como un anci anciano. Estaba listo para escribir algo. escr Bip bip, bop bop. Su alarma para sacar a alar pasear a sus pulgones pase sonaba ya y era hora so de moverse.

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Sr. Vida Flora Sandoval Ayer, mientras leías el periódico y yo observaba la calle vacía, húmeda, impenetrable,

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imaginé que la vida no daba para más, que se iba. Imaginé a un desconocido sin cara, maleta en mano, de sombrero y traje, moviendo la mano de un lado a otro, con torpeza, como péndulo descarriado lanzado al infinito, un adiós de esos sin gracia ni elegancia. También imaginé a un Dios llorando con la rabia de la desilusión,


y a Reynaldo diciéndome “Ya sabes que le encanta destrozarnos los cultivos con su llanto y vernos llorar entonces a nosotros”. Tú sabes lo bien que me llevo con Reynaldo, lo mucho que hablamos cuando voy de vuelta a casa y veo morir lentamente a todo un pueblo. Así lo imaginé, sentado en la mecedora que era de mi abuela, quejándose del altísimo, cuidando que nadie más que yo escuche su reproche sumiso, su susurro de plegarias lanzadas al olvido. Reíste con mi historia del Sr. Vida, pero no era para reírse, amor mío, no lo era.

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Ese intento de despedida es como el de las muchachas a las que no les pertenece ni su alma. Esas que nunca han salido al cine ni con su hermano. Claro que las conoces, ¿me vas a decir que tu prima Antonia tenía muchos pretendientes, muchas amigas?

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No, amor mío, nadie la quería, ni su madre, porque la pobre no sabía ni hablar, y claro, mucho menos decir adiós. Ella no es del tipo que se despide radiante con maleta en mano y un vestido que le queda hermoso, con esperanzas chorreándole de la piel a causa del fuerte sol que le sonríe


allá arriba. No, ella es de las que con los brazos abiertos mansamente esperan algo que nunca llega. Así mueren, esperando. Pero no me mires así, amor mío, mi cuerpo derretido por tu mirada se adhiere a ti, a tu contorno que sobresale de la oscuridad por el brillo llo de la noche debajo de tus párpados. Nos sumergimos en la limpia pelea de la reconciliación, ón, entre ríos de fuego que emanan de tus labios, que me contaminan, que me queman las palabras. “Reynaldo es horrible para ti”, me dices a la vez que tratas de curar tus labios con saliva. “Yo con esta lluvia no vi ni a tu tío, ni a mi prima”.

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Tú viste en el periódico que la vida no daba para más, que con un canto tranquilo, armonioso, imperceptible, se recostaba en la calle el Sr. Vida, (esto fue mucho después de que el sombrero se fue a seguir al viento, y que la maleta decidió

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ser robada, muchísimo después de que dijo adiós por primera vez) moviendo el brazo de un lado a otro, como péndulo aferrado a su fin, un adiós de esos actuados, refinados, con la gracia de lo planeado, como los que hacen las reinas de primavera de tu pueblo. Recostado, entre montones de cables,


circuitos que le comen la piel, se la calcinan. Recostado, dejándose morir con montones de máquinas rumiando a su alrededor, reventándole los tímpanos, electrodomésticos sacándole los ojos, lámparas quemándole los brazos, millones de teléfonos llevándose su estómago por partes, y su lengua y labios, ya derretidos por el sol, uniéndose al flujo de agua que corre por la calle.

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Colaboradores

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Carlos Armenta Enero de 1989. Guadalajara, Jalisco. Estudiante de la Licenciatura en letras hispánicas de la UdeG. Colaborador de la Red de Investigadores de Cine (REDIC) y de la revista El ojo que piensa del Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG). Locutor en el programa de radio Letrario del Sistema Jalisciense de Radio y Televisión (SJRTV). Sus cuentos han sido publicados por la revista Numen y la revista/programa del evento Cronopia sobre literatura y cómic. Sus ensayos han sido publicados en el blog digital Taller de Lectura dirigido por el escritor José Jiménez Lozano. Diego Velasco Vázquez Julio de 1991. Zapopan, Jalisco. Ilustrador. Estudiante de la Licenciatura en letras hispánicas de la UdeG. todostienencosaslistasdenombre.tumblr.com Flora Elena Sandoval Diciembre de 1991. Monterrey, Nuevo León. Estudiante de la Licenciatura en letras hispánicas de la UdeG. Actualmente realiza un intercambio académico con la Universidad de Granada, en España. En 2010 fue becada por el Curso de creación literaria para jóvenes, de la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana. Gabriela Muñoz Marzo de 1990. Los Mochis, Sinaloa. Estudiante de la Licenciatura en letras hispánicas de la UdeG. En 2012 fue

becada por el Curso de creación literaria para jóvenes, de la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana. @cabezadegamuza Jeremías Croy Octubre de 2010. Guadalajara, Jalisco. Actualmente realiza estudios sobre alquimia y hermetismo en colaboración con Uriel López Delgadillo para el proyecto El criptozoólogo (bestiario). Trabajó como editor en la revista Abismos. taquigrafiagrajica.blogspot.mx Miguel Ángel Santos 1987. San Julián, Jalisco. Químico farmacobiólogo. Actualmente cursa la Licenciatura en letras hispánicas de la UdeG. Ha publicado cuentos en el periódico El Occidental. Román Villalobos 1991. Lagos de Moreno, Jalisco. Estudiante de la Licenciatura en humanidades en el CULAGOS de la UdeG. Ha publicado en las revistas Papalotzi, Pirocromo y Bonsai. losnaufragios.wordpress.com Wina Obake (Edwina Miralda) Enero de 1989. Ciudad de México. Formación autodidacta. Explora distintas ramas de la creación artística: tatuaje, ilustración, pintura mural, escultura, diseño y narativa. midorimonstruo.blogspot.mx


La Cigarra No. 0 monstruos  

La Cigarra es una revista literaria independiente hecha en Guadalajara, México. lacigarrarevista@gmail.com