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LCM N39 INVIERNO 2012

Intro Se cumplen 10 años desde aquel 2001 en el que un grupo de amigos, de una forma un tanto inconsciente aunque cargados de ilusión, creábamos un proyecto divulgativo en torno a la Literatura bajo el nombre de Revista Literaria Virtual La Casa de los Malfenti. En todo este tiempo hemos crecido, hemos aprendido y, sobre todo, hemos disfrutado. Por las habitaciones de La Casa han pasado decenas de amigos, colaboradores, escritores. Algunos han seguido su camino dejando siempre un buen recuerdo; otros nos siguen acompañando con habitación reservada… Creemos que es momento de dar un cambio de rumbo, de convertir a  La Casa de Los Malfenti  en una plataforma para la creación en torno al universo literario. Nos gustaría que os acercarais a cada número de la revista con el interés, la curiosidad y, en ocasiones la avidez, con la que los lectores se entregan a un buen libro. Dejaremos a un lado la crítica literaria para centrarnos en la creación. Todo vale, siempre y cuando hablemos de creatividad y literatura. Además en esta nueva etapa nos abrimos a las redes sociales (Facebook, Twitter), que desde este momento serán el canal principal de comunicación con nuestros lectores. Esperamos vuestras colaboraciones. Aprovechamos la ocasión para desearos un año 2012 lleno de buenas lecturas!!!


LCM N39 INVIERNO 2012

Indice 1. Niño miope, por Ignacio Lloret 2. La gran enciclopedia del saber irrelevante y accesorio, por Roberto Goñi Ruiz 3. Triunfo de la tristeza, por Francisco Rodríguez Criado 4. Fotogenia, por Margarita Leoz 5. Habitación con ventana, por Inaxio Goldaracena 6. Los colores del agua, por Belén Galindo 7. Médicos, por Pedro Charro

Portada e Imágenes: Graffitis urbanos del artista británico Bansky


Niño miope IGNACIO LLORET

a mi amigo, el Doctor Andonegui

Desde que leí a Proust, he intentado detener el tiempo muchas veces, pero cuando era pequeño ese fenómeno ocurría sin que yo lo buscara. Por lo menos, así de estáticas recuerdo las tardes con mi madre en la consulta del oculista. Es posible que no fuesen tantas como creo y, sin embargo, tengo la sensación de haber pasado cientos de horas esperando mi turno con ella. Entonces llevaba varios años viendo mal, ya me había acostumbrado a las gafas. Las letras de la pizarra se habían vuelto pequeñas, incluso desde los primeros pupitres me costaba distinguirlas del todo. Yo estrechaba los ojos detrás de los cristales y trataba de no perderme en aquel bosque de tiza. Por el ventanal de la sala de espera veíamos anochecer en la calle. Debían de ser días de otoño, porque al principio había luz y luego iba oscureciendo rápidamente. Mientras mi madre se entretenía leyendo, yo miraba hacia abajo y me fijaba en los coches. Me gustaba ver cómo entraban en la rotonda uno detrás de otro y cómo la rodeaban sin chocar entre sí. De vez en cuando se abría la puerta y una enfermera decía un nombre en voz alta. Había unos segundos de expectación, hasta que alguien se levantaba y los demás le seguíamos con la mirada deseando estar en su lugar. Se oía un cruce de voces en el pasillo, una especie de murmullo de fondo y después se hacía de nuevo el silencio. Y aunque yo volvía a girar la cabeza hacia fuera, ya no me interesaba el tráfico como antes. Ahora dejaba que mis ojos atravesaran los cristales graduados y las ventanas del edificio y se perdieran por encima de los tejados. Me inquietaba no saber a qué hora saldríamos de allí, si aún me


quedaría tiempo para jugar, y si al día siguiente me costaría un poco más descifrar las frases del profesor. En aquella época ya me había resignado a ser un niño miope, de la misma manera que otros se aceptan con hierros en los dientes o con un audífono de poca importancia. Y como en casa debía forzar la vista para que no se relajase del todo, me parecía normal ver muchas cosas borrosas. Quizá por eso no me he fijado nunca en los objetos. Las tardes de oculista se perdían sin que yo pudiese hacer nada por evitarlo. La jornada escolar continuaba de algún modo con un rato igual de aburrido. A medida que pasaba el tiempo allí arriba, me iba dando cuenta de que cuando volviéramos ya sería la hora de cenar y yo no habría disfrutado del día en ningún momento. Mi madre miraba constantemente el reloj y se desesperaba pensando en todo lo que le quedaba por hacer. A diferencia de mí, ella prefería dar la espalda al cristal y observar a la gente que compartía aquel cuarto con nosotros. Le gustaba fijarse en su aspecto e imaginar dónde vivían y qué tipo de familia formaban. En esos minutos del principio en que aún no le importaba seguir sentada un rato más, inventaba un origen y un destino para los que estaban allí dentro y me lo contaba como una historia que hubiese leído en alguna parte. A mí me divertía que supiera tanto de esas personas sin saber nada y, sin embargo, me atraía mucho más lo que llegaba de fuera. No me bastaba con crear otras vidas como hacía ella, jugar a cambiar nuestros datos por otros diferentes, necesitaba ese aire de irrealidad que sentía al ver la hilera de coches silenciosos. Así que me volvía de nuevo hacia ellos y admiraba la explosión de colores distintos, esos destellos de luz que se juntan


cuando ya es de noche. Hay una edad en que, una vez formado, va asentándose nuestro carácter. Pero, a diferencia de la adolescencia, en que nos preocupamos por hacer esos rasgos evidentes a los demás alardeando de ellos, de niños no somos conscientes de lo que nos caracteriza. Y así como después, en la pubertad, querremos ser únicos a toda costa, en la infancia empezamos a serlo a pesar de preferir el cobijo de la masa. El niño aún no es capaz de describirse a sí mismo y, sin embargo, en esos años a los que me refiero, los adultos que tiene alrededor ya han observado lo suficiente para decir cómo es. Y en ocasiones, cuando las personas más cercanas destacan alguna virtud o defecto suyo en su presencia, él escucha en silencio sin poder identificarse del todo con ese perfil. Entiende qué significan esos adjetivos, pero supone que son aplicables a cualquiera. Ahora sé que aquel chaval que contemplaba la calle ya era introspectivo de algún modo. Sé que era torpe y despistado para los trámites de la vida, y que si miraba hacia fuera en la consulta del oculista no era para sacar conclusiones ni para comprender el funcionamiento de las cosas, sino porque por encima de los objetos notaba algo que no tenía nada que ver con ellos. Por fin, cuando ya estaba oscuro, la enfermera decía mi nombre y nosotros nos levantábamos aliviados. Dentro de su despacho, el médico me pedía que le diese las gafas y que me sentara en el sillón de las letras. Mientras mi madre le describía los ejercicios que había hecho desde la última vez, esos ratos en casa con un ojo tapado, yo volvía a enfrentarme al panel luminoso.


Delante de mí desfilaban de nuevo la F, la H y la K, figuras con las que ya había aprendido a crear frases con sentido, pero que en aquella habitación salían a mi encuentro fuera de contexto. Y aunque al principio las reconocía sin problemas porque aún eran grandes, luego iban disminuyendo de tamaño como en la pizarra y me parecían iguales a pesar de la luz. Había un momento en que se convertían en puntos negros sobre un fondo blanco. El oculista seguía preguntándome por la doble tripa de la B o por el tenedor de la E, acaso por la cuña elegante de la Y, le decepcionaba mi falta de progresos. Yo habría deseado complacerle, acertar las respuestas a la primera y, sin embargo, le confesaba mi incapacidad y me quedaba callado mirando al infinito. Al final de su vida, en esos años en que ya se le consideraba ciego, Borges decía que veía un resplandor amarillo. Decía que ése era el único color que no había perdido y que seguramente se moriría con él. A lo mejor es eso lo que queda cuando se han extinguido todas las letras, cuando a pesar de ser enormes como pájaros, sólo apreciamos el universo vacío donde flotan para siempre. Me pregunto si los miopes desarrollan una mirada hacia dentro más profunda que los demás. Es posible que, quienes lo son a una edad temprana, tiendan a sustituir lo que no ven de lejos por una sensación general surgida de ese horizonte difuso. Yo creo que al cabo de muchas visitas al oftalmólogo, aprendí a conformarme con el perfil de los objetos, supe que el resto lo pondría por mi cuenta cuando me hiciera falta. Después prosperamos mucho y se inventaron las lentillas. Y aunque al principio me costó un poco decidirme, al final me las puse y ya no fui el


mismo de antes. Tenía más dioptrías que nunca, pero ahora esos dos trocitos de plástico se pegaban al ojo como una segunda retina y reducían todas las distancias de golpe. En los años que siguieron continué visitando médicos y, sin embargo, no era lo mismo que con mi madre. Me acostumbré a ir solo, y en el fondo era mejor así, porque la mayoría de las veces me marchaba de las consultas sin que me hubiesen descubierto nada. No había tanta gente esperando, ni tanta oscuridad en los pisos, ni tanta altura sobre la calle. Ahora llevaba conmigo un libro para no impacientarme, me concentraba en él sin fijarme en lo demás. Sabía que si miraba hacia fuera a través de la ventana, me encontraría con una realidad conocida, con un mundo que ya me sabía de memoria. Así que pegaba la vista a las hojas y pensaba sólo en lo que sucedía en ellas. Si me preguntaran qué echo de menos de las primeras veces, de aquellas tardes con el tiempo parado, diría que las lucecitas de los coches de noche y el misterio de las cosas que no se distinguen del todo.


La Gran Enciclopedia del Saber Irrelevante y Accesorio

ROBERTO GOÑI RUIZ

homenaje a José Carlos Fernandes

Casimiro Herz sigue cada día una rutina de trabajo inflexible. La ardua tarea a la que se enfrenta día a día lo exige así y él no hace sino entregarse a ella con una inquebrantable y abnegada actitud. Más de treinta y cinco años lleva Casimiro clasificando, ordenando y estructurando un conocimiento al que aparentemente nadie excepto él ha prestado atención: actos evitables, investigaciones sin resultado funcional o académico, prácticas del todo inusuales por su sinsentido o simplemente pensamientos que rompen la lógica de lo cotidiano. Inicialmente, se limitaba a apuntar en una libreta Molesquine negra con una letra pulcra y meticulosa la descripción de un hecho llamativo o una teoría absurda. En aquella primera incursión en el disparate podemos encontrar el caso de Miguel Salomao que, asistiendo a un curso de literatura medieval, quedó incapaz y desde entonces sólo pronunciaba la frase “Las polainas no perderán la frescura ni las bicicletas la razón”, o la teoría de aquel doctor Fausto Martínez según la cual había sido capaz de hacer aprender a uno de sus alumnos, durante el sueño, todo un curso de filatelia pre-colombina. A esta iniciática libreta Molesquine le siguieron otras muchas en un proceso que convenció a Casimiro de que lo que en principio surgió en forma de hobby más o menos extraño se había convertido en una misión. Una misión de rescate de lo efímero, un empeño sagrado que lo había elegido a él como paladín inasible al desaliento. Solitario por naturaleza, Casimiro redujo el contacto con los demás a la mínima expresión, convirtiéndose en un ermitaño del siglo veintiuno. Apenas ingería el alimento necesario para estar despierto y en plenitud de facultades mentales. Leía y leía noticias desde su ordenador portátil,


imprimiendo cientos de fragmentos de papel en los que envasaba historias destinadas de otro modo a un olvido inevitable. De este modo lo que se inició como un entretenimiento pasó a ser la obra de toda una vida: la construcción de la definitiva “Enciclopedia del Saber Irrelevante y Accesorio”. De la A a la Z se fue creando un interminable edificio con una masa fugaz de materiales absurdos. En ella a día de hoy podemos encontrar la teoría de Alexander Zvach en la que afirma que la ansiedad provoca en presencia de la luz y de ciertos gases la precipitación del tiempo (lo cual explicaría que en las grandes ciudades haya menos tiempo libre que en el campo), o el relato incluido en el Meryland Post según el cual en octubre de 1949 una lluvia de sombreros cayó sobre un pequeño pueblo pesquero de Vancouver Island. El noticiero local continuaba explicando que se estimó en aproximadamente doce mil el número de sombreros caídos, todos diferentes entre sí y etiquetados con el nombre “Zapolski”. En la enciclopedia también se incluyen artículos pseudo científicos en los que autores desconocidos nos hablan por ejemplo sobre la sodomía en los coleópteros acuáticos del lago Tanganikha, o de la presentación del revolucionario medidor de la consistencia de la mostaza, grandes hazañas del mundo irrisorio como la historia del aviador Leon Rotz que fue el primer piloto masculino en cruzar el atlántico vestido de mujer en 1933 o la efemérides relacionada con el centenario del nacimiento del doctor Bovis Drbal, inventor del separador de claras de yemas del huevo. La Enciclopedia va ya por doce volúmenes de minúscula letra impresa, pero nunca es el momento de parar y lanzar este inmenso compendio a la engañosa luz pública. Cada día surgen diez o doce hechos o teorías dignas de ser incluidas en el registro disparatado de Casimiro. Por


ejemplo, hoy en el Wolfsburger Algemeine Zeitung, en una esquina de la sección de curiosidades, figura un texto que sin duda va a engrosar la sección dedicada a la letra Z, de Zorn. En este pequeño artículo el taxista bávaro Sebastian Zorn habla de su revolucionario invento; un dispositivo que recupera la energía cinética generada por los estornudos de los viajeros acatarrados. Según él, la aplicación de su invento permite ahorrar un litro por cada tres mil kilómetros, siempre y cuando los pasajeros estén constipados. Mañana es probable que alguien afirme mantener un registro de todas las nubes que pasaron por la ciudad de Szegrad o quizá dentro de quince días el dueño de la fábrica de rosquillas Fiordeligi, Celio Forcape, declare orgulloso la invención de una crema con el indiscutible sabor de la melancolía. Aunque lo más probable es que no tarde en aparecer en algún periódico local una extraña noticia relacionada con la defunción de Casimiro Herz, sólo en su apartamento rodeado de cientos y cientos de papeles, mientras se afanaba en escribir la obra de su vida: la Enciclopedia del Saber Irrelevante y Accesorio...


FRANCISCO RODRIGUEZ CRIADO

Triunfo de la tristeza

Hemos sabido que años atrás los más distinguidos representantes de la selva celebraron un pleno para debatir el preocupante asunto de los tres tristes tigres, cada vez más desacreditados por su negativa a participar en tareas al servicio de la comunidad. Al parecer, los tres tristes tigres se negaban a desempeñar cualquier actividad que no fuera dormir y abatir moscas con la cola. Ensimismados y poco habladores, pasaban las horas tumbados, apiñados entre sí, a la sombra de un frondoso árbol. Nadie, ni siquiera la chismosa jirafa, sabía de ellos más allá de que eran tres y que siempre estaban tristes, algo imperdonable en una sociedad tan vitalista como es la de la selva. Según las actas notariales de aquella reunión, eran numerosas las propuestas que unos y otros animales tenían pensado formular aquel día para mejorar el espíritu cívico de los citados felinos, pero ante las insalvables dificultades que encontraron los ponentes a la hora de pronunciar las erres de las temibles palabras “tres”, “tristes” y “tigres” (por lo que se ve, desconocían sus nombres de pila), decidieron cerrar en falso la reunión a los diez minutos de su inicio. El chimpancé, que oficiaba como presidente, aseguró que se celebraría un nuevo pleno antes de que empezara la época de las lluvias (decía que así podrían aprovechar la ocasión para tomar clases con el guacamayo, experto en dicción). Según tenemos entendido, esa promesa nunca llegaría a cumplirse por problemas de agenda. Todo hace pensar pues que aquellos tres tigres siguieron con sus vidas sencillas y que afortunadamente para su naturaleza congénita nunca dejaron de estar tristes.


MARGARITA LEOZ

Fotogenia Llevamos media hora sentados, juntos, en su coche y hace rato que ninguno de los dos habla. La lluvia va formando surcos retorcidos sobre el cristal y, con la oscuridad exterior, las gotas se ven más nítidas, en relieve. Miramos con atención las ventanas del piso. Siguen apagadas. Al principio, he fingido estar a otra cosa, he jugueteado con la cremallera del bolso, me he repasado el esmalte pegado a las cutículas. Pero desde hace unos minutos, no pierdo detalle de las ventanas. Quiero que se enciendan por fin, de una vez por todas, verlo con mis propios ojos. ─Ha parado de llover ─dice. Se llama Antonio. Se presentó cuando me pasó a recoger. No sé si se percató de que yo seguía llorosa. Su nombre me pareció vulgar. Tenía un primo con ese nombre y varios amigos de Pablo se llamaban igual. Lo observé un instante antes de decidirme a entrar en el coche. Esperaba algo más, algo más rudo, gabardina a lo Bogart o, en su defecto, un Harry el Sucio desleído. Pero podría haber resultado ser el vecino del quinto. Papá se refería a él como “el-Detective-Privado”, así, en bloque, y yo no lo había visto nunca. Para sentarme en el asiento del copiloto, he tenido que apartar una pelota de colores. En mi mano, los cascabeles de su interior han chocado entre sí, sonando a risa. ─Perdón por el desorden ─ha dicho─. Con niños, es difícil. No me ha preguntado si yo tenía hijos, si los había tenido con Pablo. Es probable que Papá le haya informado de todo, incluso de que nuestros coches están limpios y aspirados y de que no hay riesgo de sentarse


encima de una muñeca, ni cuelga del espejo ese pino de olor, oscilante en las curvas. Esa mañana he telefoneado a Papá. A pesar de las fotografías, quería verlo en persona. ─Como quieras ─ha respondido─. Ya eres mayorcita. Luego me ha hablado mucho sobre el divorcio, el reparto y las dichosas imágenes, que acabarían inclinando la balanza de nuestra parte. La balanza de la justicia, he pensado yo, ciega, como el amor. ─¿Te molesta si pongo la radio? ─ pregunta. Me encojo de hombros. ─Aún es pronto ─dice─. No han llegado todavía. Consulto mi reloj. La manecilla de los minutos avanza despacio. Nunca dudé y, si le preguntaba por las reuniones hasta altas horas de la noche, él siempre alegaba problemas en la empresa. Sentía su cuerpo frío deslizándose entre las sábanas. Yo me volvía a dormir mientras él me susurraba historias aburridas sobre pérdidas y ganancias. Los fines de semana que se marchaba, le preparaba con antelación el equipaje. Mandaba planchar sus trajes favoritos y los combinaba con tres corbatas. Antes de meterlas en la maleta, deslizaba los dedos sobre ellas. Eran suaves. Esperaba su vuelta. Esperaba encontrar una mancha de carmín que nunca se mostraba. Las mujeres ya no se pintan los labios. Papá me recriminó mi ingenuidad. No pareció extrañado. Simplemente,


contrató a Antonio. ─¿Quieres uno? Me tiende un chicle sin azúcar y a mí lo que me apetece es un cigarrillo. Acepto el ofrecimiento. Mastico en silencio y lo miro de reojo. Ha sintonizado una emisora de música ambiente, que me hace sentir en la sala de espera del dentista. Antonio llamó a la puerta a la hora convenida. Tenía la cámara en el asiento de atrás, sin funda. No pude evitar imaginar dónde guardaría las instantáneas, las de mi marido, las de todos los maridos imprudentes, captados por su objetivo. El día en que Papá me trajo las fotografías, las miré despacio, muchas veces, acercándolas y alejándolas de mis ojos. Las dejó en la encimera de la cocina, en un sobre. Creo que intentó esbozar alguna palabra de consuelo, pero lo debió de pensar mejor, porque se despidió y se fue. Cuando me quedé sola, fui al vestidor y hurgué en todos sus bolsillos. Esperé hallar una nota delatora, un número de teléfono, la factura de un restaurante donde con seguridad habríamos cenado juntos, él y yo, en el pasado. No encontré nada. Mucho menos una carta de amor, una declaración abierta, arrolladora, suicida, con nombres, lugares, detalles escabrosos que me desgarrasen. Y el dolor no creció. Papá se ha encargado de todo. Su detective privado. Su abogado de confianza. Sus palabras formales y congeladas. Dice que Pablo está acabado. Fuera de la empresa. Fuera de casa. Sin coche. Sin nada. Una


compensación económica sin especificar por agachar la cabeza y no hacer ruido. Antonio silba la canción de la radio. Es famosa, pero no recuerdo el título, ni el cantante. Me pregunto si las demás se limitarán a ver las fotografías, si yo soy la primera que le pide algo así, que la lleve al directo, a la disección en vivo de un matrimonio. Justo cuando creo adivinar la canción, deja de silbar y entorna mucho los ojos. Parece que se duerme, pero, de repente, se gira y coge la cámara. Enfrente, una luz amarilla se ha encendido. Me pasa la cámara, le da mucho al zoom mientras yo acerco mi ojo al objetivo y entonces lo veo todo. En la calle se ha puesto a llover sin ruido.


INAXIO GOLDARACENA

Habitación con ventana

vuelve a nevar, caen copos de la nada que pincelan de memoria las paredes: blancos copos tan lentos como el ahora alumbrando por la ventana el hastío. no hay mucho que hacer. los libros callan; en la mesilla una botella permanece muda; sobre la nostalgia del neceser un reloj carcome las horas de la madrugada. las ausencias resbalan desde un retrato de cuyo marco escapa una última sonrisa, inexistentes besos y un perfume a sábana sucia. es un lunes de diciembre: una habitación vacía y una copa llena de recuerdos.


Los colores del agua BELEN GALINDO

http://loscoloresdelagua.blogspot.com


SARYUU Fude nakute kaze wo e ni kaku yanagi kana

ยกNo usa pinceles para pintar un cuadro del viento el sauce!


PEDRO CHARRO

Médicos -Los chicos ya están en la cama, estaban agotados -dijo Marta entrando en el salón a medio vestir, delgadísima, poniéndose un pendiente-. De todas formas, si te llaman y tienes que salir, asegúrate de dejarlos dormidos. Tras haber superado no hace mucho los cuarenta años Marta había empezado a escuchar elogios sobre su estado. Cosas como “estás estupenda”, o “nadie diría la edad que tienes” que comenzaron a preocuparle. Le irritaba, además, ver en el espejo esas ojeras que no se iban y que su mandíbula, un poco prominente, le dibujara una mueca de tensión en la cara, como si estuviera mordiendo un freno. Tenía unos dientes blancos y grandes, sin defecto, pero ahora las encías habían comenzado a sangrar y se retraían. En su última visita, su odontólogo le había dicho que había marcas, y que eso era señal de que por la noche apretaba los dientes y los chasqueaba, como si durmiera bajo una gran tensión. "Le pasa a la mayoría de la gente de esta edad" había añadido, y le había tomado medidas para hacerle una férula. -No creo que se le ocurra ya a nadie ponerse malo –dijo después de un momento Goyo, entre dientes, estudiando los papeles que tenía sobre la mesa, dando a entender que no debía preocuparse, que él seguiría en casa. Hacía días que estaba enfrascado escribiendo una semblanza de un cirujano importante, que había sido su maestro, para la Revista de Cirugía Española. Se había tomado el encargo muy en serio, como todo lo que hacía, pero escribir le costaba y no había forma de terminar. Durante las últimas semanas, en realidad, dedicaba al artículo casi todo el tiempo que


le dejaba libre su trabajo, que por otra parte no era mucho. Marta seguía de pie, mirándole, con aspecto pensativo, en medio de un salón demasiado grande, que nunca lograba caldearse del todo. Era una casa antigua, céntrica, de techos altos y molduras de escayola de formas geométricas, típicas en el trabajo de un arquitecto eminente de los años cuarenta que había dejado su impronta en la ciudad. -Y asegúrate que el fuego esté apagado, no pase como la última vez- dijo ella en tono de reproche, antes de desaparecer de nuevo y dirigirse hacia el dormitorio. -He encontrado muchas cosas en el archivo del hospital- dijo él, sin dejar de examinara los papeles. Ni siquiera había advertido que ella ya no estaba-. ¡Ni el mismo Larrondo se acordaba ya de ellas! -¿Qué tal está?- gritó ella, desde lejos. Su voz era sofocada, como si luchara con alguien o estuviera levantando un gran peso. -Mal. Luchando por morirse -Goyo levantó la cabeza de los papeles y se puso las gafas de miope. Todavía no necesitaba gafas de cerca para ver, lo que en su trabajo era importante. -Es un horror no poder terminar -continuó-, el otro día le vi la mano sobre la cama, parecía una garra. ¿Sabes que la tiene artrósica de tanto operar? Este hombre ha estado operando sin parar, toda su vida. Marta entró de nuevo en el salón. Llevaba un ajustado vestido azul, en el que debía haber estado luchando por entrar y que le marcaba un poco la tripa. -¿Tú crees que voy bien así? –Preguntó desfilando frente a él con


torpeza-. ¿No iré demasiado… no sé, ligera? -Con el otro vestido te veías demasiado formal -refunfuñó Goyo- y con este demasiado ligera. ¡Qué quieres que te diga! -Es que tan puesta puedo pasar por pija, y antes, tan informal es como si no le diera importancia al acto. -¡Son los veinte años del fin de carrera, no la boda de la infanta, por Dios! -No quiero dar mala imagen. No lo soporto. Hay mucha gente que no veo desde entonces. -Ten por seguro que a la mayoría no los vas a reconocer. Yo, el año pasado, con más de uno no sabía si se trataba de un antiguo compañero o de un antiguo profesor. Al otro lado de la ventana se oyó la sirena de una ambulancia. -Vaya –se alarmó Goyo- a ver si al final van a fastidiarme. -Será mejor que avise a la canguro- previno Marta. -No hace falta –le cortó él- aunque tenga que irme seguirán durmiendo tan tranquilos. -No sería mejor… –comenzó a decir ella, pero él no le dejó seguir. -No empieces con eso otra vez. Pueden quedarse solos perfectamente-. Después de decir esto hizo un gesto tajante con la mano, y echó aire por la nariz. Enseguida, se vio que hacía un esfuerzo por contenerse y evitar un tema que le irritaba. Sin decir más se quitó las gafas y se puso a examinar de nuevo los papeles.


-Escucha, -dijo al cabo de un rato, ordenando los folios con cuidado- voy a poner una pequeña introducción al principio sobre la historia de la cirugía, una cosa breve para enmarcar el tema, antes de empezar con Larrondo. Marta dio una vuelta por el salón y se miró varia veces en un gran espejo que había junto a la mesa de comedor. Un espejo antiguo de marco dorado que estaba allí cuando compraron la casa, como si los inquilinos anteriores no hubieran sido capaces de llevárselo. -No me veo. Así no me veo –dijo observándose con preocupación. Y de nuevo salió bruscamente de la sala, camino de su cuarto. -Cirugía viene del griego –leyó Goyo en voz alta, casi gritando, para que ella la oyera- y procede de los términos cheir (mano) y ergon (obra). Por lo tanto cirugía es curar con las manos, con la obra de las manos –remachó subiendo aún mas el tono- ¿que te parece? Goyo esperó en vano la respuesta durante unos instante, con los papeles en la mano. A lo lejos se oyó una sirena, quejándose, lo que le hizo dar un respingo. -Muy bien, sí. Una cosa manual… –dijo ella, intentando hablar en sordina desde dentro-. Pero no grites tanto. Están dormidos. -Un cirujano siempre es un artista –recalcó Goyo, para que no quedaran dudas. -Pero cada vez con más instrumentos, ¿no? –dijo Marta, dubitativa. -"Lo más noble que puede hacerse con las manos" –declamó él-. Es lo que solía decir Larrondo en clase.


-Supongo que al final operará un robot -replicó ella. Había pasado un buen rato y seguía sin salir, lo que incomodaba a Goyo. -Pero el médico tendrá la responsabilidad, seguro. ¿Sabes lo que me contó Urquía, el anestesista, cuando le entrevisté ayer? -¿El viejo Urquía? ¿El padre de Imanol? Al final Imanol también viene a la cena -dijo ella, con voz animada-. No sé a quien le habrá cambiado la guardia. Entonces ella hizo su entrada. Llevaba un vestido con tirantes y escote palabra de honor del color del vino tinto de falda corta, hasta encima de las rodillas, y un gran chal estampado. -Esta noche, el hospital se queda en cuadro -dijo y le miró de reojo, esperando su opinión. -Tito y Carmen también faltarán, claro –añadió él sin mirarla-. Mala noche para dar a luz. -Y Edu, ese no se lo pierde, desde luego. -Dio una vuelta completa, agarrada a la pasmina, un gran pañuelo que él le había comprado el año pasado, en un viaje a Estambul, y le miró, expectante. -¡Ya! Edu se pondrá hasta arriba, ya lo verás –dijo Goyo de mal humor, mirándola por fin. No le gustaba aquel vestido. A su juicio era demasiado elegante y le hacía mayor, pero no iba decírselo-. -El hecho de que su padre esté en las últimas no le va frenar –recalcó élno. Siempre bebe y habla de más. Edu es un bufón, siempre lo ha sido. -No te gusta.


-No es eso. -Me refiero al vestido. -Estás muy bien, Marta, déjalo ya -dijo, irritado. -No te creo –dijo ella, haciendo un mohín de desagrado-. ¿Que me decías de Urquía, del padre? -¡Ah, sí! Urquía estuvo interno a las órdenes de Larrondo. Dice que entre dos internos, los días de fiesta, llevaban todo el hospital. Sólo si la cosa se ponía muy mal se atrevían a molestar a Larrondo y cuando le llamaban, ¿sabes que es lo que les contestaba Larrondo siempre? -Cualquier cosa –dijo Marta, dejándose caer en una butaca, frente a él. -Mire Urquía -declamó Goyo, impostando la voz- le voy a decir una cosa: al enfermo hay que dejarle tranquilo. El enfermo tiene que estar tranquilo. Así que déjenle descansar y mañana por la mañana hablamos. Después de la imitación comenzó a reírse, dio la vuelta a la silla para estar frente a Marta y se sentó sin parar de reír. -¡Qué carota! –rió Marta también. -No, si a lo mejor es lo que habría que hacer. ¡Dejar al enfermo tranquilo! En aquellos tiempos no se andaban con tantos miramientos. ¿Te he contado cómo llegó a hacer Larrondo alguna traqueotomía? Marta estaba mirando de reojo su imagen en el espejo y suspiró. -Ahora si que no sé que hacer- dijo. -Un médico recién salido de la facultad -siguió él- con todo un hospital a


su cargo, ¿y que es lo que se le aconseja?: que deje al enfermo tranquilo. ¡Acojonante! ¿Y de este hombre estoy escribiendo yo una biografía laudatoria? -Oye -dijo Marta, después de unos segundos-. ¿Tan mal crees que voy a encontrar a la gente? -La gente está machacada, Marta -dijo él con voz grave, convencido-. ¿O es que no lo ves? - No sé, me da pena oír eso. Yo sigo creyendo en esto... en lo que hago. -Todos los médicos están acojonaos. Tienen miedo de los pacientes, de las quejas, de los familiares, de la administración, de las oposiciones. La mayoría lo dejaría si pudiera. -Estás confundido. Esto es vocacional. –Seguía en la butaca repantigada, envuelta en la pasmina, sin trazas de querer moverse. -Esto es un asco. Antes, era otra cosa. Un cirujano como Larrondo, por ejemplo, era como un Dios. -Te acuerdas del compañeiro -dijo ella, mirando al infinito-, ese gallego que era más rojo que nadie. Me han dicho que también viene, que ahora es conselleiro de la Xunta. -¿De sanidad? -No, de pesca. Del Pesegá. -¡Ves, otro que ha logrado escapar de la profesión! En la reunión del año pasado, después de 20 años, los que mejor estaban eran los que habían dejado la medicina, los que estaban en gestión, o en la política, sobre


todo en la política. ¡Todo el mundo está encantado de dejar la bata blanca! -Tal vez tengas razón. No te lo vas a creer, pero me han contado que el canario, el que era todo matrículas... -¿Qué? -Goyo se frotó las manos, se le veía disfrutar con todo eso. -Me han dicho que casi no lo encuentran, que ha dejado la medicina, tiene un puesto de farero, está en un faro en... no sé. La Gomera, o Fuerteventura. -Fuerte. Muy fuerte, la verdad -dijo él, como si todo aquello le satisficiera-. ¿Sabes yo a quien encontré peor? Pero peor de todo con mucho. -Hizo una pausa, queriendo crear suspense-. A los psiquiatras. ¡Vaya pinta de locos todos! Los ginecólogos no están mal. O los forenses. ¡Pero los psiquiatras! -No creo que estén peor que nosotros. Las urgencias te comen –dijo ella-. Te envejecen. Es horrible-. Después de decir eso se levantó, se observó de cuerpo entero en el espejo y suspiró. -¿Cómo me ves? preguntó sin esperanza. -Estás muy bien. -Mientes -dijo ella-, pero me tengo que ir. ¡Me rindo! -Espera un poco –dijo Goyo mirando el reloj-. A estas cosas no se puede llegar la primera, es un error. Marta volvió a mirarse en el espejo. El granate parecía brillante, como si estuviera usado, y el vestido, pensó, parecía mal planchado. Tendría que


reñirle a Doris, la ecuatoriana que venía a casa por las mañanas. Aunque sería inútil. No le gustaba planchar. Al menos, se consoló, se le dan bien los niños. -No me veo para nada, pero es que pa-ra-na-da –se desesperó. -Estás estupenda -replicó él, enseguida-. Dime una cosa –continuó cambiando la voz, utilizando el tono que usaba para las confidencias, o para cuando necesitaba algo, un tono que a ella le irritaba-. ¿Y Rober? ¿Qué es de él? -Creo que no viene -contestó ella enseguida, con tono neutro-. O no ha confirmado, al menos. -Claro -replicó él, sin poder evitar un deje despectivo-. Un médico naturista no puede venir a una cosa así. ¡Demasiado formal! Los naturistas, por cierto, ¡esos si que se conservan bien! -Bueno, él se hizo naturista porque no le quedaba otro remedio -replicó ella secamente. -El naturismo es una trampa- dijo él, como si hablara para sí mismo-. Es como querer atemperar las cosas, como privarse de lo que uno desea. Eso no da resultado. -¿Y qué es lo que da resultado según tú? –contestó ella en guardia, agarrando con fuerza el chal. -No sé -dijo él, pensativo-. Me refiero a que si todo tan natural... tan controlado... Al final, si las cosas no salen por un lado, salen por otro. No se puede evitar que ocurran.


-No. Siempre se puede hacer algo para evitar que las cosas ocurran, siempre se puede intentarlo al menos -dijo ella. -Al final lo que tiene que ser, ocurre, Marta -dijo él, con firmeza-. Lo siento, pero es así. -Yo lo que sé es que Roberto quería ser cirujano, esa era su ilusión. Si se hizo naturista, fue porque no le quedaba otro remedio. -¡Bah!, yo soy cirujano y seguro que no gano ni la cuarta parte de lo que gana él –alegó él con una sonrisa forzada-. Y vivo mucho peor, todo el día de guardia. -No creo que seas el más indicado para quejarte -replicó ella. Nada más decir esto sonó el teléfono, estridente. Marta se asusto, e hizo mención de ir a cogerlo, porque no quería que los niños se despertasen, pero él se adelantó. -Puede ser una urgencia- dijo, tomando el auricular-. ¿Diga? ¿Diga? – demandó, impaciente, pero no hubo respuesta-. Vaya, han colgado -dijo, como si no lo creyera -. Qué raro. -¿Por qué raro? – preguntó ella. - No sé. –Calló un momento y luego puso voz conspiradora-. Puede que fuera él, Roberto, y que haya colgado al oír mi voz. -¡No digas tonterías! -Era una broma. -No sé a qué viene ahora esto -se enfadó ella.


-Lo siento -volvió a excusarse él. Nada más terminar de decirlo vio que ella se contraía y daba un grito mientras se echaba las manos al vientre y comenzaba a tirarse la falda hacia arriba, como si algo le quemase allí dentro, y se ponía a rascarse frenéticamente, retorcida sobre sí misma, sin parar. Goyo la miró, alarmado y recordó la imagen de una mujer espulgándose, una campesina reclinada en el suelo, con la mirada perdida, que había visto en algún antiguo grabado médico. -No sabes cómo pica esta cicatriz -exclamó ella, sin dejar de rascarse. Siguió un rato moviendo la mano de forma mecánica, hasta que por fin paró en seco, se recompuso y recogió por la punta la pasmina que se había escurrido hasta el suelo. -Ya no podré tener más hijos –se lamentó-. Su rostro estaba contrariado, lleno de pliegues, como si estuviera estreñida. A él le pareció ahora mucho mayor, con la cara que iba a tener dentro de muchos años. -No quiero que me hablen de esto en la cena. No quiero que me pregunten. Es pronto –sollozó, pero al momento se recompuso. El se acercó, dudó un momento y la abrazó por fin con delicadeza, como si temiera ser rechazado. -Podríamos adoptar una niña –dijo él-. Una niña china. Hay demasiados calzoncillos en esta casa-. Al abrazarla, notó la respiración agitada de ella, el contacto de sus pequeños pechos y la escueta prominencia de su vientre que había sufrido dos embarazos. -No –dijo ella enseguida, tajante-. No quiero. Ni se te ocurra. -Luego lo


separó suavemente pero con determinación, volvió a la butaca y se sentó. Durante unos segundos estuvo doblada hacia adelante, mirando la alfombra, cabizbaja, escuchando, cerciorándose que al otro lado del tabique los niños dormían. -Perdona que haya desconfiado -dijo él- pero reconoce que también tengo derecho a tener algo de celos. -Si tú lo dices- replicó ella con desgana. Ahora se le veía ausente, muy lejana. Cuando ella se ponía así a él no le gustaba nada, le descomponía. -En estas cenas hay mucha emotividad, mucho asunto pendiente –dijo él. -No sé a que te refieres. Durante unos segundos no hubo contestación. -Yo saqué aquellas oposiciones y conseguí el puesto, Marta –dijo él lentamente, como si le costara un gran esfuerzo hablar de ello-. Él suspendió y decidió marcharse, eso fue todo. -Tú lo has dicho. Lo que tiene que ocurrir, ocurre, ¿no? -¿Qué querías que hiciera yo? ¿Suspender aposta? –dijo casi gritando-. Yo quería la plaza, quería ser cirujano. -Ya. El también quería serlo. Todos queríais serlo. ¡Era como una especie de competición! -En cierto modo él perdió, pero a la vez ganó- dijo él de forma un tanto equívoca. Ella le miró, interrogativa.


-Quiero decir que no aprobar le hizo irse de aquí. ¿Estuvo varios años en Londres, no? También en China creo. Nosotros seguimos aquí, como siempre. Ahora tiene una gran clientela, vive en Madrid. Ella le miró incrédula y optó por recomponer algo su figura. Comprobó los botones de la blusa uno a uno y luego pasó un dedo con saliva por la punta del zapato. -Además, mientras estaba contigo te la pegaba -soltó él. -¡Por favor! -exclamo Marta, despectiva. ¡Lo que me faltaba por oír! -¿Es que no sabes lo que es un hospital? -contraatacó él-. Eso pasa todos los días. -Será que como yo estoy siempre en puertas, no me entero de lo que hacéis dentro -contestó ella. -No te hubiera ido bien con él. Seguro. –replicó él. -¿Ah si?, y eso ¿cómo lo sabes? -Tengo esa corazonada. -Mira, déjalo, Tengo que irme, ya llego tarde. –Se levantó de nuevo y lo miró. Pareció que iba a decir algo pero no lo hizo. -No me gustan estas guardias localizadas -él parecía ahora malhumorado- casi es mejor estar en el hospital, que aquí en casa, pendiente. -Después de decir esto se acercó a ella y probó a darle un casto beso en la mejilla. Ella le dejó hacer, sin moverse. -¡Coge un taxi para volver! -le pidió, cuando ella ya salía.


Luego volvió a la mesa y miró los papeles. La época de guerra había sido muy importante para Larrondo. Los avances de la cirugía, en general, se producen gracias a la guerra, eso estaba claro... Pero ahora todo aquello no le interesaba. Ya no era capaz de concentrarse. El recuerdo de Roberto y la susceptibilidad de Marta le habían hecho enfadar. Nunca hablaban de él, era un tema que durante años apenas había salido. Seguramente sacarlo ahora no había sido una buena idea. Fue a la cocina y volvió con una cerveza. La dejó sobre la mesa sin decidirse a beber, por si acaso. Siguió un rato pensativo, hasta que el teléfono volvió a sonar y él se apresuró a cogerlo. -¡Diga! ¡Diga! Pero quién cojones... -protestó, pero alguien se decidió al fin a hablar al otro lado y Goyo cambió de expresión. -Ah, lo siento... Sí, sí... ¿Cómo? Entiendo. ¿No le habrán quitado el casco, no? Bien, voy para allá. Fue hasta la habitación de los niños. El mayor respiraba despacio y sonreía, como si estuviera soñando algo placentero. De muy pequeño se había parecido a él, pero ahora, a los ocho años, cada vez le recordaba más a ella, a Marta, tan delgado y sensible. El pequeño estaba allí al lado, chupándose el dedo. Se había destapado, y yacía cruzado sobre las sábanas, como si hubiera caído del techo. Ambos dormían profundamente. Tapó con cuidado al pequeño, hasta la cintura al menos, porque hacía calor en el cuarto y salió en silencio hacia el hospital, sin poder evitar sentirse inquieto.


- II -

-Siento decirlo, pero tu marido es un cabrón -dijo Edu. No había duda de que estaba muy bebido y que había sido una mala decisión quedarse con él, pensó Marta. Estaban en la calle, de madrugada, a las puertas de un bar que ya había cerrado hacía rato, después de que todo el mundo se hubiera ido. -Ya me lo has dicho -contestó Marta, paciente. -Un cabrón que no te merece. Deberías haberte casado conmigo -dijo Edu con solemnidad de borracho. -Pues no se me ocurrió, la verdad. -Ni yo te lo pedí, claro. Ya tenías bastantes pretendientes. -Edu, mira –le rogó Marta en tono admonitorio- ahora, cuando montemos en el taxi, intenta no vomitar dentro, ¿vale? -Miró alrededor, como si buscara a alguien que pudiera echarle una mano, pero ya no se veía un alma-. Aunque quizás sería mejor que lo hicieras ahora. -Puedo volver en moto perfectamente –dijo Edu, en tono indignado. Pero cuando intentó dar unos pasos se tambaleó y Marta tuvo que sujetarle para que no cayera al suelo. Así agarrados, volvieron a duras penas hasta la puerta del bar. -Los cirujanos son todos unos chulos –declaró Edu, apoyado en la pared, sorbiéndose el moco-. ¿Sabes qué decía mi padre? –preguntó después de un rato.


-¡Vaya, otra vez el viejo Larrondo! –pensó Marta, mirando el reloj. Es tardísimo, se alarmó. Pensó en los niños, y en Goyo, pero no podía llamar ya a esas horas, los asustaría. -Te diré lo que me decía siempre –insistió Edu-. Decía que los mejores lugares para un hombre son, por este orden, la guerra, el amor y la cirugía de urgencia. -Este dato se lo tengo que dar a su biógrafo –dijo Marta. Luego sacó el móvil y llamó con cara escéptica. Estuvo un rato esperando y colgó-. ¡Llevamos media hora, y ni rastro del taxi! -Yo soy radiólogo –siguió por su parte Edu, ajeno a todo-. Una vergüenza. Mi padre nunca me lo perdonó. Si hubiera sido ingeniero de caminos, o domador de circo. ¡Pero ser médico y no ser cirujano! Lo peor que podía haberle hecho. Al decir esto hizo un aspaviento y estuvo a punto de caer al suelo. -¡Pero a quien se le ocurre beber tanto! –le reprochó Marta, casi a gritos. -¿Pero a quien se le ocurre quedarse hasta tan tarde sin beber nada? –le contestó Edu, sin inmutarse-. Eso si que es sospechoso. -Tal vez podíamos ir andando hasta otra parada- dijo ella, dudosa. Pero enseguida pensó que no era buena idea. Hacía un rato que había pedido un taxi, y lo mejor era esperar. -Mi vida no tiene sentido –se quejó Edu-. ¡Estoy harto de todo esto! Si


pudiera elegir, si pudiera volver atrás sería otra cosa. Artista por ejemplo. Me dedicaría a la pintura, o al teatro. ¡Teatro! Eso si que tiene que ser excitante, y no esta mierda de las radiografías. -No digas más tonterías. -Nada de tonterías. No todo el mundo ha logrado la felicidad, como tú, Marta. -La felicidad es una palabra que yo no uso –dijo ella, terminante-. ¿Qué es eso de la felicidad? Parece un anuncio de algo. -La felicidad es ese brillo que vemos en una pareja perfecta –dijo Edu con voz melosa-, una pareja de profesionales entregados a su trabajo, con buenos amigos y con dos hijos guapos y sanos... Puede que se parezca a un anuncio, sí. -¿Esa es la imagen que damos Goyo y yo? –se alarmó Marta. -Esa es la imagen que tú vendes al menos- contestó él. -No es verdad –alegó Marta. -Sí que lo es –contestó enseguida Edu, con énfasis-. ¡Tenías que haberte escuchado en la cena! ¡Por favor! ¡Esa pasión por la medicina! ¡Ese desvelo por los pacientes! ¿No es enternecedor? ¿Y los niños? -¿Qué pasa con los niños? -¡Qué monos! ¡Pero si dan ganas de asesinarlos! -No seas burro- le reprochó ella, golpeándole con la mano abierta en el hombro, con fuerza, haciendo ruido.


-Sabes –siguió él, tambaleándose por el golpe- me gustaría que tú y Goyo me adoptaseis. Así tendría una nueva oportunidad, sería un niño feliz, y no el hijo de un cabrón que prefería operar una hernia a estar con sus hijos. -Basta ya, Edu. -Un tipo que lleva mucho tiempo muriéndose –siguió Edu, con voz temblorosa- pero que no la puede espichar... ¿Sabes por que? No quiere irse, quiere seguir aquí. ¡Tiene ilusión por sus nietos! ¿Te lo puedes creer? -rió nerviosamente. De pronto, parecía que la borrachera había vuelto pero en otra fase peor, más lastimera. -¡Está dispuesto a hacer por sus nietos lo que no fue capaz de hacer con su hijo! -Nada más terminar de decir esto Edu comenzó a llorar. Al principio era un sollozo ahogado, pero poco a poco fue creciendo hasta convertirse en un gemido desconsolado. Lo que faltaba, pensó Marta. -Tu padre siempre te ha querido, Edu –intentó consolarle-. Lo que pasa es que él tenía sus expectativas contigo, es lo normal. Lo que un hijo hace nunca es suficiente. Los padres imaginamos que van a conseguirlo todo, que no van a cometer nuestros errores. -No –negó Edu, terminante, entre sollozos- yo le decepcioné desde el principio, nunca me sintió como su hijo, nunca me quiso. Yo le recordaba algo, no sé, a lo mejor algo de él que no le gustaba. Me miraba y remiraba como a un bicho raro y yo notaba que estaba decepcionado.


-Estás exagerando, Edu -dijo Marta, tratando de calmarle- has bebido demasiado. Tu padre se va... y tú tienes una mezcla de sentimientos, seguramente te sientes culpable. ¡No es el momento para rebelarse contra tu padre, a estas alturas, por Dios! Él pareció calmarse un poco. Sacó un pañuelo del bolsillo y estuvo sonándose un rato. Luego, intermitente, le volvió el llanto. De vez en cuando se palpaba el hombro que Marta le había golpeado hace poco, resintiéndose. -Él eligió su sucesor, ya que yo no le servía –pronunció en tono solemne cuando estuvo más calmado. Luego miró hacia ella, fijamente- por eso le eligió a él –dijo masticando las palabras con desprecio-. Como tú. -¿Qué quieres decir? -Sin embargo él no es trigo limpio –añadió tras una pausa-. Engaña a todo el mundo. Es un tramposo, no te merece. -Vamos, Edu. Una cosa es que no tragues a Goyo y otra que lo conviertas en un criminal. -Tiene las manos sucias. Podría contarte muchas cosas. -¿Ah si? –sonrió Marta, retadora. Aquello estaba pasando de la raya. Eran casi las cinco de la mañana, ella estaba acompañando a un borracho que no paraba de hablar y quejarse y ahora, por lo visto, se ponía faltón -Adelante –le retó-. -¿Estás segura? –preguntó él, mirándole fijamente, lo que le produjo un repentino estrabismo.


Ella asintió. En el fondo no podía dejar de sentir cierta curiosidad. Edu siempre había sido muy cercano al grupo de Goyo, a los antiguos amigos de la carrera, y ahora estaba bebido y con la lengua suelta. -Por ejemplo, en las oposiciones que sacó hubo trampa-. Edu dijo esto con calma, como si fuera algo obvio. -¿Cómo que trampa? –preguntó ella, incrédula-. ¿Qué quieres decir? -Pues es muy fácil. Hubo chivatazo. Al ganador le pasaron el examen. ¿Tiene esto sentido para ti? -No es posible, te lo estás inventando –negó ella con firmeza. -¡Ni que fuera la primera vez! -Perdona, pero yo saqué mi oposición sin trampa ni cartón –contestó ella muy seria. -Ya, ya, -admitió él- pero esto era otra cosa. El viejo debía elegir un sucesor, posar su mano sobre alguien. Necesitaba que alguien siguiera su trabajo, que hablara bien de él. Necesitaba un hijo, ya te lo he dicho. Tenía que elegir y lo hizo. Le eligió a él, a Goyo. -Eso no puede ser. Fue un largo proceso. Había competencia, nadie impugnó. Además, todo el mundo sabe que Goyo era muy brillante... -¡Brillante, muy brillante sí! –Edu hizo un gesto gráfico, como un actor de teatro casi, un gesto de entrega subrepticia-. Le filtró el examen –dijo muy serio-. Enterito, para que no hubiera duda. -No te creo- replicó Marta, inquieta- no tienes pruebas, estás borracho.


-Nunca he estado más lúcido –dijo él, recomponiéndose-. Pregúntale a él, al médico modelo, al doctor pufos, a ver que te dice. -Pero no es posible –se defendió Marta, a duras penas-. ¿Y el resto del tribunal? -El resto del tribunal hizo la vista gorda- dijo Edu-. Era el turno de Larrondo, a él le correspondía la elección. No había nadie que pudiera llevarle la contraria. ¡Se trataba de una eminencia! -¡Y me cuentas esto ahora, después de veinte años! -En estos años no he tenido ocasión –se defendió-. Apenas te he visto. Para eso están las celebraciones, además, para ponerse al día, ¿no? -Pero entonces, si estuvo amañado -dijo ella con cara de consternacióntodo es falso, una mentira. Edu abrió la boca como si fuese a decir algo, pero solo consiguió eructar. -Pero él se fue sin razón, ¿entiendes?, insistió ella alzando la voz. No debería haberse ido, no fue justo. Eso lo cambia todo. -¡Uy, Uy! –exclamó él, abriendo los ojos, como si comprendiese. ¡Pobre Marta! Desde que él apareció por la facultad con la chupa de cuero no te lo has quitado de la cabeza, ¿verdad? -Tú sabes algo, ¿no? –vaciló ella-. Tienes alguna noticia... -¿Te importa que me siente? Ahora si que me encuentro un poco mareado. Edu fue bajando poco a poco hasta quedar sentado en el suelo,


recostado. -Esto me pasa por tomar vino blanco, si me limitara al tinto... y a los gin tonics – dijo. -Vamos, Edu, no te duermas ahora, no me dejes así. -Seguro que todavía le gustan las Harley, como a mí –dijo con voz trémula desde el suelo. Luego comenzó a imitar el ruido de una moto, emitiendo un zumbido grave con los labios semi-cerrados, un pa, pa, pa, hasta que cayó de lado y quedó en silencio. -¡Despierta, despierta Edu! –le pidió en vano Marta, dándole unos cachetes en la cara-. ¡Te vas a enfriar! -El alma, Marta. Los cirujanos entran en todas partes... pero nunca tocan el alma - dijo Edu amodorrado, y la cabeza le cayó hacia delante como si se hubiera quedado dormido.

- III -

Abrió la puerta despacio, intentando hacer el menor ruido posible. Al entrar en el salón, a oscuras, con los zapatos en la mano, vio la sombra de Goyo allí de pie, a contraluz de la ventana. Fuera estaba a punto de amanecer y había un resplandor morado que reverberaba a lo lejos. Al verle allí de pie, silencioso, Marta tuvo miedo y encendió la luz. Se fijó que él tenia aspecto de estar muy cansado, como si hubiera hecho un esfuerzo sobrehumano del que ya no iba a reponerse. Estaba encorvado,


descalzo y llevaba la camisa fuera del pantalón, arrugada, como si hubiera tenido una pelea. -¿Te he despertado? –dijo Marta. -No, he llegado hace poco. A estas horas ya no puedo dormir. ¿Cómo te ha ido? Marta se sentó con cuidado, doblando el chal que había llevado sobre los hombros-. Tenías razón –dijo- ¡que viejo está todo el mundo! -Lo has visto –dijo él, con media sonrisa-. Ya te lo dije. -Me duele un poco la cabeza –dijo ella. -¿Quieres que te traiga una aspirina?, ¿un poco de agua? –Él estaba amable, pero hablaba con cautela, expectante. -No, es igual –dijo ella, prevenida. -Está a punto de amanecer –dijo Goyo dándose la vuelta y mirando por la ventana hacia el resplandor de un nuevo día. -Se ha hecho muy tarde. No he llamado porque no quería asustarte. -Cuando te has ido, ha sonado el teléfono –dijo él por fin, como si se hubiera decidido a confesar algo-. Era una urgencia; una ostia de cuidado. -Al final he estado con Edu –dijo ella sin hacerle caso. -¿Edu? Seguro que estaba bebido. -Todo el mundo estaba bebido. Todo el mundo ha estado toda la noche


sin parar de beber y de hablar. -Pero Edu está trastornado, no se le puede hacer caso. Se veía que había dicho eso con cierto fastidio, porque todo lo que se refería a Edu le incomodaba. Después de decirlo se llevó la mano al cuello, e hizo un gesto de dolor. -¿Podrías...? –le pidió Goyo ahora-. ¿Podrías darme un poco de masaje? No sabes la noche que he pasado. -A ver, siéntate aquí. –Marta dio la vuelta a la silla y lo sentó en ella haciendo que se mantuviera con la espalda recta y los brazos estirados. Luego, se colocó tras él y comenzó a darle masaje en el cuello muy despacio. -¿No te habrá traído Edu en moto? –preguntó Goyo con los ojos cerrados. -No. -No hay que montar con alguien bebido. La gente se mata conduciendo, es una obviedad, pero es algo irremediable. -He venido en taxi. -Ella seguía aplicadamente el masaje, concentrada-. Hasta que el taxi ha llegado, he tenido que escucharle. -Me alegro de que no te fueras con él- dijo Goyo, y la frase sonó de pronto rotunda-. Que esperaras el taxi, quiero decir. -La gente se mata, ya lo sé. -No veas la que he tenido yo esta noche. Un tipo se ha estrellado contra


una pared, en moto. Debía ir con prisa. -¿En moto? ¿De donde venía? -Tenía las costillas hundidas y le habían agujereado los pulmones. El brazo izquierdo estaba arrancado de cuajo, desde aquí –y se llevó la mano a la altura del hombro. -¡Qué horror! –dijo Marta, y paró un momento el masaje. -Podía haberle inyectado morfina y terminar. Pero lo he sacado adelante. Créeme... -¿Qué quieres decir? –Ella seguía con el masaje, ahora hacía movimientos circulares mecánicamente con los pulgares sobre la nuca de él. -He hecho todo lo posible, tenías que haberlo visto. El residente que me ha ayudado se ha quedado acojonao. Se han acabado las bolsas de sangre. Ha aprendido más que en todo el tiempo que lleva en el hospital. -¿Y como ha quedado? -Quedará tetrapléjico, como mínimo, pero vivirá. -No es posible. -Es así. -¿Y le has conocido?, ¿era alguien de aquí? -No sé, tenia un hematoma en la parte derecha de la cara. -Pero lo has salvado… Quiero decir que saldrá adelante ¿no? -¡Saldrá! –exclamo Goyo, satisfecho-. En este jodido trabajo hay veces


que uno se siente como un Dios, que decide sobre la vida y la muerte. Ya estoy mejor gracias –dijo de pronto, apartando la cabeza y haciendo un gesto terminante con la mano, un gesto parecido al que ella hizo antes cuando él la abrazó. -¿Dijo algo? -preguntó Marta-. El motorista, me refiero. -Nada. Le he dejado en la UVI, tranquilo. Las próximas horas serán vitales. Les he dicho que me avisen si pasa algo. -Entiendo. Al enfermo hay que dejarle tranquilo. Goyo movió lentamente la mano, abriendo y cerrando los dedos y luego se la friccionó. -Tengo la mano dolorida –dijo-. Puede ser un comienzo de artrosis. Este trabajo es con las manos. -Por un momento se quedó examinando sus manos, como si no las reconociera-. ¿Qué decías de Edu? -Nada -dijo Marta, yendo hacia una esquina del salón-. Tonterías. En estas cenas no se dicen más que tonterías. Javier ha llevado a su padre a juicio, por la herencia de su madre. -¡Ostia! -Y Raúl pegaba a su mujer. Se han separado. -Pero, ¿qué le está pasando a la gente? -Yo ya me sabía todos los cotilleos; bueno, casi todos -calló, pensativa. -¿Alguno nuevo? -Maite ¿sabes? Después de tantos años ha dejado a su marido y se ha


liado con un chico nuevo, de hematología. -¿Hematología? ¡Por Dios! ¿Y los niños? -Es lo que le he dicho yo, si no podía conformarse con una aventura-. Hizo una pausa, como si le faltara aire-. Basta con una aventura para sentirse viva. -Y tanto –se levantó bostezando y comenzó a estirarse-. Creo que ahora sí me voy a la cama. Mientras él se disponía a salir sonó el teléfono. Los dos estuvieron unos segundos expectantes, esperando, hasta que Goyo levantó el auricular. -Diga... –dijo, y estuvo un rato callado, escuchando–. Entiendo –contestó por fin, con voz neutra-. Voy para allá. -Luego colgó y se volvió hacia ella que esperaba. -Ha muerto -dijo él. -¿Quién ha muerto? – preguntó ella, y la voz le tembló. -Larrondo. Ahora mismo. -Ya –parecía aliviada-. ¿Y tienes que ir? -¿Tú que crees? –dijo él, comenzando a calzarse. -Le debes todo, por supuesto. -¿Qué quieres decir? -Nada. -No sé dónde quieres llegar.


-Estás en deuda con él, ¿no? Te solucionó la vida. Goyo no cambió de expresión. Se había puesto ya la chaqueta para irse. Era un chaqueta azul cruzada con botones dorados, muy formal, algo que no pegaba con el resto de su atuendo, como si la muerte de Larrondo le hubiera hecho disfrazarse. -¿No dices nada? –insistió Marta. -¿Qué quieres que diga? No podemos estar toda la vida dándole vueltas. -Todo te sale bien, verdad. La oposición, tu mujercita, el trabajo, la cirugía de urgencia... Eres como un pequeño Dios, ya lo has dicho –dijo ella con rabia. -Intento atender al paciente lo mejor posible, es mi trabajo- contestó él, secamente. -Ya, pero al motorista le atendiste todavía mejor, como si le debieras algo. -No hago distinciones, es una cuestión ética. A pocas calles se oyó el sonido de una ambulancia. -Algo ha pasado – dijo Marta. Goyo miró al reloj. -Lo siento –dijo tranquilamente- este ya no me toca, son las ocho. Esta vez que se encargue otro. Fue hacia ella con intención de despedirse, pero Marta retiró la cabeza. -Volveré en cuanto pueda –dijo Goyo-. Ya hablaremos.


-Si –dijo Marta- hablaremos. Calló un rato, mientras él no terminaba de salir. Sabes –dijo ella despacio, como si lo hubiera pensado mucho- no me gustaría que ninguno de nuestros hijos fuera médico. Ya no. -Pero, ¿por qué dices eso? –dijo él, desconcertado. -Es mejor que te hagas a la idea –dijo ella muy seria, como si estuviera comunicando al enfermo una mala noticia. -Estás cansada –dijo él, confundido de pronto-. Mañana hablamos, debes ir a dormir. -Mañana, sí. Mañana –asintió ella, pero parecía ausente, pensando en otra cosa. El salió en silencio, aturdido, con la chaqueta azul sobre los hombros caídos. Ella escuchó el golpe de la puerta y no se inmutó. Tras la ventana ya había amanecido del todo y se oía el fragor del tráfico. Durante unos segundos siguió allí de pie, mirando al espejo sin gustarse y se llevó la mano a la boca, sobre las sangrantes encías, como si quisiera borrar el gesto de su rostro. Luego se subió un tirante del vestido, dio la vuelta y salió deprisa de la sala, hacia su cuarto.


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LCM 39  

La Casa de los Malfenti Nº39

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