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DESPUÉS DE LA VICTORIA

Raúl Alcaíno Quiroz


DESPUÉS DE LA VICTORIA Los hombres yacían con las espaldas apoyadas contra una roca y las piernas extendidas hacia un fuego débil, desfalleciente, cuyas brasas atraían la mirada de sus ojos entrecerrados. El cielo, pleno de estrellas, azul contra la silueta filosa de las montañas, les permitía saber que miraban hacia la cordillera, y el viento, muy frío, soplaba con ritmo irregular, en ráfagas que llevaban hasta ellos el olor de la pólvora. Andrade le dijo algo al sargento, que le respondió que habían ganado la guerra, así, con esas palabras, hemos ganado la guerra, mañana encontraremos el camino. - ¿Qué camino? – preguntó Andrade - ¿hacia dónde vamos? - A Antofagasta. Vamos a embarcarnos para Valparaíso – dijo el sargento mientras atizaba el fuego con el sable – Nos van a recibir con una ovación. Andrade no sabía qué era una ovación, pero preguntó, en cambio, cómo lo habían herido. - Un piquete de peruanos nos cayó por sorpresa - dijo el sargento. El día siguiente a la batalla los regimientos de infantería comenzaron a retirarse del campamento al amanecer. A media tarde un piquete enemigo los interceptó justo antes del puente que cruzaba la quebrada. Al fondo de ella escurría un arroyuelo turbio, de aguas espesas, angosto sobre el lecho de piedras pequeñas. Eran el último batallón que iba a la retaguardia y el ataque los había aislado del resto del regimiento, difuminado a lo lejos, los hombres como inciertas manchas azules en la lejanía. - No pudimos ordenarnos y el batallón se dispersó – dijo el sargento – Por lo menos nuestro escuadrón se mantuvo unido. Se parapetaron detrás de unas rocas, gritándose las órdenes bajo el estruendo del fuego. Andrade, animado de un coraje imprevisto, buscó


sobre la roca un espacio para el fusil y un tiro le dio en el antebrazo derecho. El impacto lo tumbó a un metro de donde estaban los otros. Gutiérrez y Barraza, salpicados de sangre, lo acercaron para tenderlo contra la roca. - ¿Y qué pasó conmigo después de eso? – preguntó Andrade. - Perdiste el conocimiento un minuto y Barraza verificó tus signos vitales mientras Gutiérrez y yo intentábamos una respuesta, pero el fuego era demasiado nutrido. Por suerte te recuperaste, porque escuché más fusiles apuntando hacia nosotros y vi que los tiradores se preparaban para acercársenos. El sargento dio la orden de que se tiraran quebrada abajo y los cuatro corrieron y se dejaron deslizar por la ladera. El escuadrón, quizá invisible al enemigo, se perdió en los recodos de la grieta, río arriba. Al detenerse bebieron agua y mojaron el brazo del herido. La bala se había incrustado demasiado como para arriesgar una extracción improvisada. Nunca, desde el comienzo de la guerra, se habían sentido tan solos y tan cerca de la muerte. - Algo recuerdo de ese momento – dijo Andrade – Yo estaba sentado en el suelo y desde esa posición veía los pies de Barraza, que se los lavaba en el río porque los tenía sangrando. El viento sopló más fuerte y los hombres se allegaron el uno al otro. La ráfaga traía un olor conocido. - Pólvora – dijo Andrade. - Es olor a quemado, no más – respondió el sargento – tal vez hay una salitrera cerca. Andrade buscó el brillo de las pupilas del sargento en la oscuridad. - ¿Barraza y Gutiérrez están lejos? - preguntó - Más o menos. - Gutiérrez conoce la ubicación de las salitreras.


- Seguro mañana los encontraremos – dijo el sargento soltando un suspiro. Volvieron a permanecer en silencio, observando las brasas que crepitaban despacio a sus pies y disparaban chispas diminutas hacia su ámbito más próximo. Andrade, poco a poco, iba aclarando las nebulosas de su memoria. Preguntó al sargento qué había pasado después. - Salimos de la quebrada – dijo atizando el fuego. – Decidimos volver cuando dejamos de oír disparos. Ya había declinado la tarde. Los tres soldados observaban de reojo al sargento, que no había abierto la boca y se concentraba en el escurrir del riachuelo. Tenía el semblante serio y con el sable arañaba la tierra pedregosa. Caminaron siguiendo el trayecto del sol, inclinado hacia el poniente, con el desánimo con que se anda cuando se está consciente de que es demasiado tarde. El cielo se había teñido de los primeros tonos crepusculares cuando llegaron al lugar de la escaramuza. El batallón había sido completamente aniquilado. El lugar, regado de cadáveres, atraía una cantidad inopinada de moscas, cuyo zumbido hacía un efecto de burla a oídos del sargento. Los cuatro hombres formaron un semicírculo alrededor del cuerpo del teniente y sostuvieron las gorras sobre el corazón, silenciosos, aguda la mirada sobre el muerto. Miraba al vacío, el gesto de dolor cortado en una expresión definitiva. Un hilo de sangre a medio secar aún brillaba, extendido por la mejilla entre la comisura y el lóbulo de una oreja. Gutiérrez se inclinó y le cerró los párpados. No lo intimidaba el contacto de la piel fría: había cargado muertos desde antes de la guerra. Permanecían callados, sin saber qué hacer, hasta que Barraza dijo que había uno vivo. Entre la confusión de miembros y jirones sanguinolentos se movía un hombre. Bajo el polvo del uniforme se reconocían las insignias enemigas y desde los ojos pequeños y


entrecerrados manaban unas lágrimas que se oscurecían de barro al rodar por los pómulos. El sargento ordenó a Barraza que lo rematara. El soldado lo miró desconcertadamente y el sargento repitió la orden. - Pero sargento – musitó Barraza – la guerra ya terminó. - ¿Y qué le dijo usted? – preguntó Andrade. - Que la guerra había terminado y la habíamos ganado pero que el enemigo era el enemigo, que no estábamos en condiciones de llevar prisioneros y que no debía recordarle las consecuencias del desacato. - Ahí Barraza le disparó: lo recuerdo – dijo Andrade queda y lentamente, con voz afiebrada. Vino a su memoria el vuelo de los jotes tras el disparo; los dedos que dejaban de moverse en las manos crispadas. Luego se habían puesto a caminar y Andrade había acusado los primeros síntomas de la fiebre: repentinos enfriamientos, languidez, mareos. - ¿Cómo fue la última batalla?- preguntó. No quería recordar la marcha bajo el sol. - Corta – respondió el sargento – los derrotamos como en dos horas. Después destaparon las botellas de aguardiente y los tambores tocaron melodías de fiesta. - Lo recuerdo. Yo me acerqué a usted y le agradecí, le di un abrazo. Al sargento le aliviaba escuchar que Andrade recuperaba la memoria. Había

aparecido

el

general

Baquedano,

terciado

el

pecho

de

condecoraciones, el rostro satisfecho bajo el bicornio. El discurso casi no se oyó, cubierto por el fragor de los disparos al aire y los vivachile de los soldados ebrios. Habían acampado en el lugar de la victoria, luego de la retirada del enemigo. Al día siguiente salieron y fue el ataque de los renegados. - Después encontramos un pueblo – dijo el sargento. - ¿Después de la victoria?


- No, después de que encontramos al batallón y a mi teniente difunto. Caminamos en silencio hasta que se hizo tarde y de pronto Gutiérrez se me arrimó. El cielo se teñía de un azul desvaído, rayado de amarillo sobre las montañas. El soldado Gutiérrez dijo que habían llegado a un pueblo. El sargento, aguzando la vista, pudo distinguir en la oscuridad las inciertas siluetas de un caserío. No era más que una cuadra de casas que, incluso en las tinieblas, se veían medio derruidas, los adobes desmembrados al aire, como si fuesen a desplomarse al primer azote de la ventolera. Entraron en el pueblo. Caminaron por la única calle y no vieron una sola ventana iluminada. - En la iglesia tampoco hay nadie…- dijo alguien. - La puerta estaba cerrada, con la tranca puesta por dentro – le dijo el sargento a Andrade. - No pudimos abrirla y di la orden de que levantaran la tienda de campaña en el patio; alguien quiso romper una ventana, pero no lo permití. Quedaba una magra reserva de combustible. Encendieron la lámpara igualmente. El sargento le dijo a Gutiérrez: - Vamos a recorrer el pueblo. Era una cuadra larga, de casas muy similares, que subía unos metros por la falda de una loma. Desde uno de los extremos, el otro no era visible. Comprobaron que estaba completamente abandonado. - Asusta ver un pueblo así, ¿no le parece? - dijo Gutiérrez y el sargento desconoció su voz un instante. Iba a contestarle, pero vieron a un hombre. Rengueaba de la pierna izquierda y se encaminaba hacia ellos. Cuando estuvo cerca, la luz de la lámpara les permitió ver que se trataba de un militar: calzaba botas, que le arrugaban el pantalón sobre las pantorrillas y la gorra era notoria sobre la mollera. - ¿Quién vive?, grité- dijo el sargento.


No respondió y siguió avanzando. El sargento quitó el seguro del fusil y disparó al aire. El tiro se prolongó en un eco lejano, que se fue ahuecando hasta callarse. - ¿Quién vive, mierda? El hombre se detuvo. - Grité que subiera las manos. Le ordené a Gutiérrez que nos acercáramos y que no dejara de apuntar al cuerpo. Era un colorado. No veían las insignias bolivianas hacía un año, más o menos. No traía armas, pero, para asombro de Gutiérrez y del sargento, tenía un reloj de bolsillo con cadena de oro. Le preguntaron si estaba solo y cuánto tiempo llevaba en el lugar. Respondió que sí y que no lo recordaba. - ¿Quién vive en este pueblo?- le dijo el sargento - Nadie. - ¿Y qué hace usted aquí, entonces? - Lo habito. Llegué un día y me puse a esperar que alguien me ayudase. Tal vez usted y sus hombres, sargento… - Y el reloj ¿funciona? - Sí. Pero a veces se detiene, cuando la hora es innecesaria. - Le di un culatazo en las costillas – dijo el sargento a Andrade. El colorado se dobló, dio unos pasos tambaleantes y cayó al suelo. Estaba muy delgado. - Le dije a Gutiérrez que íbamos a quedarnos con el reloj – dijo el sargento. Luego le ordenó que ultimara al boliviano. Gutiérrez dudó y se quedó estático, mirándolo. Los ojos se le perdían bajo la sombra que formaban la frente y las cejas sobre su rostro. El sargento lo apartó de un empujón y disparó él mismo. El hombre se sacudió tres veces y luego quedó inmóvil. Con un gesto, el sargento le indicó a Gutiérrez que lo siguiera. La ronda había terminado.


- Hice guardia toda la noche – le dijo a Andrade Atacado por un insomnio pertinaz, entrecortado por breves episodios de sueño muy ligero, el sargento permaneció velando el sueño de sus hombres. En uno de esos breves intervalos en que no pudo sostener la vigilia, deambuló por una casa vacía de paredes blancas, que se hallaba al borde de un acantilado. El cielo era muy azul, aunque unas nubes ligeras y algodonosas lo cruzaban cada tanto. Desde los roqueríos de la orilla que estaba varios metros más abajo, subía impreciso el graznido de una bandada de gaviotas. Al día siguiente salieron con el alba y se dirigieron al pozo: la cuerda estaba cortada y el balde yacía en el fondo seco, apenas manchado de humedad. - Gutiérrez nos dijo que eso no era extraño en la pampa: la muerte de una reserva de agua significaba el éxodo. Seguimos nuestro camino. El sargento mojó apenas sus labios con el agua de la cantimplora. Sabía que Andrade, ardiendo en fiebre, la necesitaba más. - ¿Cómo se siente ahora, soldado? ¿Recuerda más cosas? - La verdad es que no recuerdo ese pueblo del que usted habla. El sargento se quedó en silencio. Quizá la mitad de las cosas han sido espejismos, pensó. Andrade, allí en el pueblo, había permanecido recostado, hablando muy poco, al cuidado de Barriga, por orden expresa suya. Existía la posibilidad de que no recordara el pueblo. Miró las estrellas, la Cruz del Sur, Orión – que él llamaba las tres marías - y las otras constelaciones que poblaban copiosamente el cielo. El esfuerzo le produjo un dolor en el cuello: una rigidez que bajó por la espina hasta la mitad de la espalda. No había querido dormirse porque pensaba velar el sueño de Andrade: creía que podía írsele en el sueño. Estaba consciente que, aunque estuviera despierto, no podría hacer nada para evitar la muerte de su hombre, pero no


quería despertar abrazado al cadáver. Intentó sostener la mirada hacia el cielo, pero la rigidez lo obligó a inclinar la cabeza. No podría mantener la vigilia por una segunda noche consecutiva. - Soldado… - Sí, mi sargento – respondió Andrade débilmente. - Vamos a dormir unas horas. El tufo de Andrade le calentaba el cuello a cada trabajosa exhalación. Sentía una rara mezcla de conmiseración y asco. - Pensé que mantendríamos la guardia toda la noche, sargento - No es posible. Andrade le pidió que le dijera qué había pasado después del pueblo. El sargento le dijo entonces que habían continuado caminando a la mañana siguiente, en dirección hacia la costa, con el propósito de hallar al resto de la tropa. Anduvieron toda la mañana en silencio, separados a gran distancia unos de otros - ¿cien metros? - bajo un sol quemante que parecía restregarse sobre la piel. No habían dado con nada, ni siquiera con un pueblo o una salitrera. En lugar de ello, habían visto tantos espejismos que, luego de varias horas, los reconocían inmediatamente. - Incluso vimos un piquete de soldados de nuestro ejército – dijo el sargento. El grupo de manchas azules logró arrancar gritos de las resecas gargantas del escuadrón. Se precipitaron hacia ellas cuando las vieron descansar, en dirección hacia el norte. No habían alcanzado a correr veinte metros cuando se desvanecieron. Después de eso la tropa le pidió al sargento que se detuvieran. - Queremos descansar, mi sargento. Los hombres estaban exhaustos. El calor había deformado los rostros; los pellejos renegridos, semejantes a cortezas de árbol, hundían en


sus abruptos pliegues a los ojos rojos, incapaces de fijar la vista en alguna parte. - Descansamos una hora y ordené que continuáramos – dijo el sargento. Uno dijo que no creía que fuese una hora aún. - Estamos agotados, un poco más por favor. El sargento dijo que concedería media hora más y que tomaría el tiempo. Buscó en los bolsillos el reloj del colorado y no lo halló. Le preguntó a Gutiérrez, que respondió que no sabía de qué reloj le hablaba. - El que le afanamos ayer al colorado. - No recuerdo el reloj, mi sargento. Apenas me acuerdo del boliviano. Los hombres jadeaban. Barraza se sobaba los pies amoratados, empedrados de ampollas; bajo las uñas, la sangre reseca formaba sendas costras. - No puedo caminar más, mi sargento- dijo. Gutiérrez se quedó con él. Andrade y el sargento siguieron la marcha. - Cuando encontremos ayuda vendremos por ustedes, les dije a los muchachos y no me oyeron o no les importó. -Permítame tomarme de su brazo, sargento, me siento muy débilhabía dicho Andrade. La promesa resonaba en la cabeza del sargento y se entremezclaba con la voz quejosa del soldado: Cuando encontremos permítame tomarme ayuda de su brazo vendremos mi sargento me siento por ustedes muy débil. Arrastró a Andrade y buscó una huella humana o de herradura. No había nada. Caminaron largo rato sin orientación, impulsados por la sensación de que permanecer inmóvil era entregarse a la muerte en forma demasiado fácil.


El sargento se tendió de costado sobre el suelo y puso las manos unidas por las palmas bajo la mejilla derecha; el corazón quedaba libre de la presión del suelo, pero a merced de la eventual alevosía de un sable enemigo. Al cerrar los ojos veía el sol multiplicándose en distintos tonos – verde, azul, rojo – sobre el fondo oscuro de sus párpados. Tenía la piel caliente y quería dejar de hablar para no mover los labios, que, partidos y resecos, le ardían. Decidió, antes de entregarse al sueño, hablar con Andrade por última vez. - ¿Cómo se siente, soldado? - Mucho mejor, mi sargento – respondió. El superior notó un cambio en la voz de su hombre. Levantó la vista hacia él y vio que tenía los ojos muy abiertos apuntando hacia el cielo. - ¿Ve el mar, sargento? - dijo. - ¿Qué? - El mar: todos estamos ahí, vamos caminando sobre él. Usted, yo, los muchachos y todo el escuadrón, todo el ejército va caminando sobre el mar. El sargento palpó las sienes del soldado, que latían con violencia; buscó los ojos otra vez y los vio brillar, cubiertos de una película lacrimosa. Andrade deliraba: - Todos vamos marchando sobre el mar, marchando muy lento y entonando una canción muy virilmente, pero el mar es inmenso y el estrépito de las olas y el soplido del viento que choca contra las aguas, se tragan nuestro canto… - Descanse. - …y somos todos transparentes, sargento, lentos, felices y transparentes; a través de los uniformes de los otros soldados puedo ver el


horizonte, que es una línea blanca muy brillante que separa las aguas del cielo, ¿la ve, sargento, allá en el fondo? El sargento miró las montañas, la casi invisible frontera de su sombra abrupta contra el cielo. Tragó la saliva que tenía en la boca para aclarar la garganta. - Descanse – le dijo y se restregó los párpados que le pesaban sobre los ojos - debe resistir, Andrade, dosificar sus fuerzas para mañana. Recuerde que hemos ganado la guerra y que sólo queda el último esfuerzo. Mañana encontraremos el camino de Antofagasta.

Después de la victoria de Raúl Alcaíno Quiroz  

Después de la victoria de Raúl Alcaíno Quiroz. Narrativa, Libros del perro negro, 2010

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