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08  sábado 12 de octubre de 2013

MILENIO

en librerías SINEMBARGO.MX

Pensar en periodiñol RESEÑA Roberto Pliego robertopliego61@gmail.com

¿

Qué hacer frente a una novela que renuncia a ese corpus de conocimientos que llamamos literatura y con animada confianza deplora la frescura, la vitalidad, la profundidad de pensamiento con las cuales la escritura se eleva por encima de la palabrería? ¿Qué hacer frente a una novela que hace campaña a favor del cliché? Me refiero a Los corruptores (Planeta, México, 2013), del periodista y analista político Jorge Zepeda Patterson. Mal empiezan las cosas cuando en la segunda página leemos la frase siguiente: “Inventarió la información que tenía para ofrecer”. Sí, “Inventarió”. Unos tramos después, encontramos que “eso no significaba que fuese invitada a la primera fila en los eventos presidenciales”. Sí, “eventos”. Ya desde el inicio, Jorge Zepeda pone al descubierto su elección de estilo: el periodiñol, esa jerga descuidada y ruidosa para la cual toda frase está permitida a condición de que provenga de los lugares comunes de la mente y el corazón, y ofenda a la sintaxis. De modo que uno debe llenarse de estoicismo ante “un sudor frío le perló la frente”, “Si hacemos algo más será mucho peor al separarnos, pequeña”, “El secretario gustaba de semblantear a las visitas”, “Pero esta noche no habría intercambio de flujos”, “sus cuerpos restablecieron el subtexto que la conversación extravió”, etcétera. Si tan solo se tratara del estilo... Los corruptores se rinde a las convenciones del thriller político. Hay un crimen, por

supuesto, el de una actriz sinaloense que se ha metido a la cama de los poderosos para obtener secretos de Estado, y una pesquisa en curso a cargo de un periodista sin lustre a quien la notoriedad toma por sorpresa. Pero a Jorge Zepeda no le interesan los sutiles claroscuros de la ficción detectivesca sino el mero retrato de la política como botín de arribistas, buitres de cuello blanco, asesinos cordiales graduados en Estados Unidos y Gran Bretaña. No bien dejamos atrás el umbral nos asalta la incómoda sensación de que Los corruptores no pasa de ser una novela que solo aspira a confirmar algunas ideas preconcebidas por una franja de opinadores profesionales, editorialistas, conductores de radio y televisión, simpatizantes de la izquierda mexicana para quienes el regreso del PRI augura una nueva era de autoritarismo. Dije que responde a las convenciones del thriller y que contiene un crimen, el de la actriz Pamela Dosantos. El lector tiene derecho a saber que Pamela Dosantos fue amante de presidentes municipales, gobernadores, diplomáticos, altos funcionarios de Estado, jerarcas de la Iglesia católica, empresarios, defensores de los derechos humanos… hasta que cazó a la presa más jugosa: el secretario de Gobernación. El lector debe saber también que Pamela Dosantos era informante del Cártel de Sinaloa. Tenemos así el nudo de Los corruptores: ¿qué esperar de México cuando la amante del secretario de Gobernación trabaja para el Chapo Guzmán? El problema es que Jorge Zepeda no responde a esta pregunta con argumentos de novelista. Muestra una reprochable

Jorge Zepeda Patterson

fascinación por los estereotipos. Estamos en México, en 2013. El PRI ha vuelto, dice el periodista Tomás Arizmendi, para imponer un presidencialismo vertical que actúe sin leyes ni contrapesos. No es un país imaginario; es el mismo que ha recibido la confirmación de la realidad. De modo que los periodistas luchan contra el desánimo, los agentes del CISEN visten de negro, los hackers fuman mariguana, las activistas sociales conservan una figura apetitosa a los cuarenta, los políticos son corruptos y los priistas aún más, los narcotraficantes calzan botas, las sinaloenses solo exhiben encantos físicos, el secretario de Gobernación da lecciones de cinismo a Mefistófeles, los empresarios comienzan a beber desde las doce del día… Uno se cansa de esperar en vano la aparición de un personaje irrepetible. Hasta la costurera de Pamela Dosantos, a la que vemos en cuatro ocasiones, no deja de parecer eso que creemos que es una costurera. Más fallido aún es el tono narrativo. Carga una chocante propensión a ser didáctico. Casi la mitad de Los corruptores se va en lecciones de historia reciente. Los personajes detienen el curso de la acción y con afectado hieratismo discurren sobre las reformas de Miguel de la Madrid, la dictadura perfecta, la matanza del 2 de octubre, el futuro del PAN, la resurrección de López Obrador, la guerra entre los Zetas y el Cártel de Sinaloa… Es dado creer que Jorge Zepeda se dirige a

un lector que asiente mansamente con la cabeza cuando lee que el PRI está “preparando leyes para otorgar más facultades a la presidencia y reducir el peso de instituciones, medios de comunicación y sociedad civil”. ¿Hace falta escribir una novela para expresar opiniones políticas que tienen asegurado el aplauso de la galería? Y mejor ni hablar de la soltura con la que el narrador asesta en cada capítulo nombres de restaurantes de lujo, marcas de perfume, corbatas, lencería, licores. La publicidad comercial se pasea por Los corruptores con una trivialidad casi altanera. Una nota del autor cierra Los corruptores. Dice Jorge Zepeda Patterson “que la trama […] se queda corta con respecto a lo que realmente sucede en las esferas del poder en México”. ¿Así que se trata de la realidad, de verismo sin maquillaje? ¿Por qué entonces una novela que por principio omite todo ingrediente literario? ¿No hubiera sido más conveniente presentar una serie de artículos periodísticos? ¿O es que acaso asistimos al tránsito de la novela como exploración del lenguaje y la experiencia humana a herramienta de propaganda? Creo que el oficio periodístico puede en gran medida cultivarse en las antesalas o en las mesas de un bar, puede incluso alimentarse del escándalo y la impostura, pero no el talento literario: pobres de quienes piensan que se adquiere urdiendo confabulaciones de Estado. L

RESEÑA

La fantasía encara la realidad Raquel Castro cuentaseria@gmail.com

C

uando era niña y leí El señor de los anillos, mi personaje favorito no era un hobbit ni un elfo ni un guerrero taimado: era la dama Eowyn, valiente pero melancólica, hábil con la espada y dispuesta a dar la vida por su gente. Sin embargo, me decepcionó tanto que un personaje tan interesante apareciera tan poco tiempo en el libro que una de las primeras cosas que intenté escribir, en el lejano siglo XX, fue una fanfic en la que Eowyn, disfrazada de caballero, era parte de la Comunidad del Anillo y acompañaba a Frodo a la Montaña del Destino. Era, claro, un proyecto destinado al fracaso. Pero siempre me quedó una vaga insatisfacción ante las historias de mundos míticos, dragones y magia, que tanto me gustaban pero que tan poco peso le daban a los personajes femeninos. Por eso da tanto gusto la aparición de un libro como Loba (SM, México, 2013), de Verónica Murguía, el más reciente ganador del Premio Gran Angular Internacional, uno de los más prestigiosos de la literatura juvenil en castellano. De las muchas historias que narra la novela, las dos más importantes son de mujeres, y además mujeres

muy especiales, ajenas a los clichés: una adolescente gentil y talentosa, nacida en un pueblo miserable y que busca la posibilidad de elegir su propio destino, y una princesa aguerrida, impulsiva y hosca que prefiere blandir la espada que aprender los modales de la corte destinados a las damas. Así ocurre en todo el resto de la novela, que retoma los elementos clásicos de la fantasía heroica —incluso hay un dragón y un unicornio— y los utiliza de modo original y poderoso. A diferencia del fantasy blando y edulcorado al que nos tienen acostumbrados las editoriales que fabrican en serie novelas de capa y espada, Loba ofrece una visión más cercana a la bravura medieval: el unicornio es una bestia maravillosa y sanadora, pero también es capaz de matar a los malvados sin la menor piedad; en las guerras hay destrucción, sufrimiento y muerte, muerte concreta que deja un vacío en los que sobreviven; y el lenguaje del libro es preciso y delicado, poético, elocuente como no lo es el de ningún imitador a destajo de J. R. R. Tolkien. Por ejemplo, una mujer recuerda así a su marido muerto en batalla: “…sintió el viejo dolor que no menguaba. Era como tener un animal vivo dentro del pecho, un animal de garras y colmillos afilados”. Imágenes como la anterior, vívidas y sorprendentes, son parte constante de la obra sin estorbar su ritmo. Mentira que las descripciones de paisajes, animales y costumbres ralenticen o de plano detengan la acción, como parecen creer autores y editores miopes: es un acierto que Verónica no haya cedido a esa moda

de nuestros días y que los jurados que le dieron el premio —y los editores que se encargaron de la aparición de la novela— hayan confiado en su estilo pausado y detallista que el lector, lejos de resentir, aprende a disfrutar desde las primeras páginas. Otro logro de la novela es la naturalidad con la que su autora conjunta una rica imaginación con una investigación exhaustiva. Como ella misma ha dicho, la mayor parte de lo que narra la novela está basada en hechos históricos y el lector más exigente puede buscar las fuentes y sorprenderse con citas de Tácito, visitas a Liutprando de Cremona y su Antapódosis y consultas a incontables poetas e historiadores medievales. No es gratuito que la escritura de Loba haya tardado diez años: los datos que sostienen al libro (y que nos regalan, por ejemplo, minuciosas descripciones de la vida cotidiana de los esclavos feudales, o de la alimentación de los halcones de cetrería de la época) no sueltan el tufillo mareador del experto que busca demostrar que sabe más que todos los demás. Por el contrario, la riqueza de las descripciones tiende un puente entre el mundo de la historia y el del lector, hermanándolos y demostrando que, en realidad, no hemos cambiado tanto en estos siglos. Y que, con o sin dragones, la literatura de la imaginación no es una evasión de nuestra realidad, sino un camino distinto para encararla. L

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Laberinto N°. 539  

Suplemento cultural de Milenio Diario.

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