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sábado 16 de febrero de 2013 b05

LABERINTO

literatura Biblioteca de Belgrado Nos la quemaron Los fuegos enemigos de las letras Para que se nos consuma la memoria La levantamos de nuevo Sobre las cenizas clarividentes Cualquiera tiene acceso libre a ella

Vasko Popa El cansancio ajeno Vaso Roto, col. Esenciales Poesía México, 2012 509 pp.

¿Cómo podrías extraer el significado de tu poema? ¿Cómo podrías exprimir tu poema o molerlo, o cocerlo de nuevo para ofrecer a los que te preguntan el jugo del poema, o el poema en polvo, o el poema en botones nutritivos? Tú podrías, así de broma, componer un poema sobre tu poema. ¡Qué pobre poesía sería esa! Sería lo mismo que si el manzano armara una manzana de su tronco, de sus ramas y hojas. ¡Menudo provecho sacaría uno de ello! ¿Acaso eso no prueba que tú, justamente como el manzano, no eres quien debe hablar de tus propios frutos? A propósito, ¿no prueba eso también que tú no te pareces en nada a tu poema? Solo tus poemas se parecen entre sí, se parecen uno al otro, y entonces se les atribuye como un denominador común o como un gentilicio, tu propio nombre. Después de todo, ¿qué significa una manzana? ¿Por qué nadie te contesta? Tu poema significa un secreto concebido en algún lugar dentro de ti, que ahí fue madurando y cuando maduró, tú lo pronunciaste en las sílabas de tu lengua. Si hubieras sabido qué significaba ese secreto no te habrías esforzado tanto ayudándole a que diera a luz bajo el sol, entre la gente y entre las nubes. Y es tarea de otros, y no tuya, contestar la pregunta ¿si el secreto se puede conocer o solamente experimentar?, ¿si es posible conquistarlo o solo caer rendido ante él?, ¿si se puede abrir o tan solo aceptar ser su prisionero? Miras tras tu poema que levantó el vuelo de tus manos, callas, descansas un poco, o al menos crees que descansas, y lo dejas, tu poema, que conteste solo todas las preguntas, lo dejas, que sea su propia respuesta. Tú solo puedes hablar de tu poema como lector, porque eres el primer lector de tu poema. Pero eso, de ninguna manera quiere decir que tú eres su mejor y más competente lector. Entre los que te preguntan qué quiere decir tu poema, hay, desde luego, muchos lectores que son más sabios, más experimentados y menos subjetivos que tú. [1966] EL LUGAR DEL POETA Te preguntan dónde está tu lugar, dónde está el lugar que te corresponde a ti que escribes poemas. ¿Dónde está el lugar que te corresponde a ti que hablas de lo que no se ve a simple vista, de lo que no se alcanza con la mano, de lo que no se comprende con el sano juicio? Se diría que eres un contrabandista y metes en este mundo nuestro, claro y hermoso, algo aparte, algo que no le pertenece. Se creería que eres un delincuente y hablas de lo que la gente común e inteligente calla. Se sospecharía que estás loco y dices lo que la gente común e inteligente no dice. ¿Dónde está el lugar que te corresponde a ti que hablas de lo que aparentemente no existe, pero que, dependiendo del caso, puede salvarte o tragarte a ti o a cualquier otro hombre? Tu lugar está entre la gente. Porque la voz que desde tus adentros te habla, habla también desde cada persona, solo que tú no la callas. Tú sabes dónde está tu lugar y jamás se te ocurrirá imaginar que está en algún otro lugar, en algún otro punto o en el corazón de todo. Resultarías ridículo: la rueda del mundo se deformaría en tus ojos, en tus palabras, en tu obra, empezaría a girar alrededor de su eje autónomo y trazaría ochos vacíos en el vacío. Y puesto que tú entonces

Las mil caras del mito

El que quiera aprender A leer de las estrellas Y de los corazones humanos Para los fuegos que regresan Y no se dejan alfabetizar Su puerta está cerrada [1973]

no estarías en tu lugar verdadero, nadie y nada en tu torno estaría en su lugar verdadero. ¿Dónde está tu lugar mientras escribes un poema? En alguna parte donde el espacio no te pisa los talones. En algún sitio donde incluso el tiempo se olvidó de ti y donde tú te olvidaste de él. En algún lugar donde incluso te olvidaste de ti mismo. De otra manera, no podrías ver nada ni sacarlo a la luz del día en forma de un poema. Todo tu esfuerzo sería vano. ¿Dónde está tu lugar después de componer el poema? Seguramente no en el poema: ¡¿Imagínate que en la manzana encuentres grumos de tierra que la alimentó?! ¿Tal vez tu lugar está detrás del poema? No, tampoco detrás de él: tu sombra caería sobre él y lo haría borroso. Tu lugar está debajo del poema, muy profundamente debajo de él: como el de toda tierra nutriente. [1966]

El poeta trabaja a pesar de todos los que no lo necesitan, a veces, incluso, trabaja a pesar de sí mismo

LOS OBSEQUIOS DEL POETA Los obsequios del poeta hoy son modestos, pero prístinos, puros y ofrecidos de corazón. El corazón de cada poeta hoy es un libro en llamas. El poeta hojea ese libro y aprende a leer. Lo que el poeta hoy dice en sus versos, es un tartamudeo de las primeras letras del difícil e infinito abecedario espiritual. El poeta aprende ese abecedario para liberarse a sí mismo, y a la gente que lo rodea, de la vida analfabeta que procrea la muerte y de la muerte analfabeta que no procrea la vida. Con eso se expone tranquilamente al peligro de resultar sospechoso a los ojos de la gente omnisciente, satisfecha consigo misma. Así es su trabajo hoy y desde siempre. El poeta, cuyo quehacer a menudo no se reconoce como un oficio serio, en realidad, es hermano de los mineros, buscadores de perlas y fareros. Su oficio es uno de esos de los que se dice: “Pues, alguien tiene que hacer incluso eso”. De todos modos, al poeta no le importa él mismo: le importa la poesía. El poeta trabaja a pesar de todos los que no lo necesitan, a veces, incluso, trabaja a pesar de sí mismo. Las verdades a las que llega no miman a la gente a su alrededor, pero tampoco a él. Para persistir en su extraño, arduo y peligroso trabajo al poeta le da fuerza solo el saber que es imperdonable permitir que un libro llameante en el pecho arda y se consuma en vano, sin ser leído. Los obsequios del poeta, esas palabras salvadas de las llamas a costa de su vida, son útiles solo para aquellos que los quieren. [1968] L

RESEÑA Joseph Campbell Imagen del mito Traducción de R. Bravo. Ediciones Atalanta España, 2012 624 pp.

Fernando Iwasaki

A

fines de los ochenta uno era un minucioso lector de autores como Mircea Elíade, Rudolf Otto, Ernst Cassirer, George Dumézil, Gastón Bachelard, Gilbert Durand y Gerardus van der Leeuw, todos eminentes y todos europeos. Sin embargo, a esa ilustre enumeración sumé el nombre de un profesor de los Estados Unidos, después de haber leído su fastuoso estudio El héroe de las mil caras (1949) en la edición mexicana del Fondo de Cultura Económica. Me refiero a Joseph Campbell, mitólogo, escritor y profesor de religiones comparadas, cuyo magisterio fue esencial tanto para especialistas como Heinrich Zimmer hasta para escritores como John Steinbeck, pasando por cineastas como George Lucas (Star Wars) y los hermanos Wachowski (The Matrix). Por lo tanto, quiero celebrar con entusiasmo la hermosa edición que Atalanta ha publicado de Imagen del mito. En estos tiempos de fascinación digital, libros como Imagen del mito constituyen una suerte de homenaje al papel, porque ya casi no se encuentran obras así, que concentren tanta belleza y conocimiento, tanta erudición gráfica como esplendor gnoseológico, pues cada figura, cada ilustración y cada fotografía no sólo cuentan con referencias históricas, iconográficas y mitológicas, sino que suponen un riguroso y exquisito proceso de selección. Es decir, que no hay ninguna cita, imagen o afirmación en Imagen del mito, que no haya sido minuciosamente documentada. Así, gracias a los conocimientos reunidos en los cuatro volúmenes de Las máscaras de Dios (1959–1968), Joseph Campbell acometió en The Mythic Image (Princeton University Press, 1974) un soberbio estudio de religiones comparadas. A saber, identificar veinticinco arquetipos míticos y analizar sus distintas expresiones iconográficas a través de diferentes culturas de Oriente y Occidente, desde la antigüedad clásica y pagana hasta el Renacimiento Cristiano, sin dejar de lado tanto a las tribus indígenas de América del Norte como a las civilizaciones precolombinas más sofisticadas. A manera de ejemplo, solo en el capítulo dedicado al “Círculo del calendario”, Campbell realiza un recorrido que comienza en la India y continúa por China y Mesopotamia, hasta concluir en Mesoamérica; por no hablar del arquetipo del “Cetro florido”, hierofanía que convoca imágenes budistas, hinduístas y del cristianismo medieval en general y de la Comedia de Dante en particular. Campbell distribuyó los veinticinco arquetipos míticos en seis grandes grupos que denominó “El mundo como sueño”, “La noción de un orden cósmico”, “El loto y la rosa”, “Transformación de la luz interior”, “El sacrificio” y “El despertar”, seis categorías que recuerdan los seis hitos del ciclo heroico que el propio Campbell estableció en El héroe de las mil caras: nacimiento prodigioso, infancia secreta o destierro, descubrimiento del destino heroico, iniciación o aprendizaje, derrota o descenso a los infiernos y apoteosis o triunfo final. Imagen del mito tiene la doble virtud de ser un estudio utilísimo para especialistas y una irresistible golosina encuadernada para bibliópatas. Es un libro extraordinario para obsequiarle a alguien especial, aunque sobre todo es un libro maravilloso para regalárselo a uno mismo. L

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Laberinto No. 505  

Suplemento cultural de Milenio Diario.

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