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Laberinto

David ToscanaQuanto huebos les forpágina 2 Braulio PeraltaTeatro sin comercio página 3 Armando AlanísEl hotel de los peligros inesperados página 5 Heriberto YépezLa Ciudad Letrada no quiere morir página 12

N.o 496 sábado 15 de diciembre de 2012

Entrevista con Darío Jaramillo

José Pablo Salas Página 4 ESPECIAL

Nueva narrativa latinoamericana

El horizonte dibujado con un lápiz Santiago Gamboa Página 6

MILENIO


02  sábado 15 de diciembre de 2012

MILENIO

antesala DE CULTO

Jesús Gómez Morán  isaacbaldomero@yahoo.com.mx ESPECIAL

Quanto huebos les for

Jorge Teillier

En la casa del vino

TOSCANADAS ESPECIAL

David Toscana dtoscana@gmail.com

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n cosas del lenguaje soy conservador. Prefiero evitar los neologismos y, sobre todo, los anglicismos. Dado que no tengo Facebook ni Twitter ni televisión, me ahorro la necesidad de aprender cierta terminología. Uso el correo electrónico, pero no cometo el dislate de enviar “correos electrónicos” ni, mucho menos, “emails”. Envío mensajes, recados o cartas, pues en mi vida pasada nunca envié “correos postales”, aunque sí tarjetas postales. En la televisión usan el “teleprompter”. Curioso, pues el teatro inglés tuvo prompters cuando el español tuvo siempre apuntadores; y colgarle el prefijo “tele” significa que andamos mal en griego. Es larga la lista de términos que me da grima escuchar. Y sin embargo, he cometido muchos pecados. Por citar uno de los peores: he escrito “eventualmente” como sinónimo del inglés “eventually”. Ningún editor me lo señaló; fue mi traductor al francés quien me jaló las orejas. Por supuesto, no tengo problemas con decir futbol en vez de balompié. Ni siquiera porque en México lo pronunciamos al modo anglo, con doble acentuación, como si dijéramos fut-bol. Siempre le dije bóiler al calentador de agua y mejor paro de relatar mis gringadas. Por muy conservador que me sienta, los conservadores de otra generación me considerarían un corruptor del idioma. Estaba leyendo a un gramático de los años veinte que se quejaba de ciertos vocablos inútiles que habían llegado al español por vía del francés. Entre cientos enlistaba: aplomo, avalancha,

debutar, exilio, finanzas, hotel, mediocridad, mobiliario, obús, panfleto, placa, rango, reportaje, revancha, sensacional. Aunque son palabras que hoy consideramos perfecto español, ninguna de estas voces podemos encontrar en Don Quijote. Según mi gusto, “desterrar” es más bello y contundente que “exiliar”, pero me siento bien con la existencia de las dos opciones; y no voy a lamentar que hayamos olvidado el término que usó el Cid con una lengua todavía pobre en afijos: me exco de tierra. Asimismo, lo que en El Cid suena como una bella amenaza: “denles quanto huebos les for”, no significa sino una cortesía: “denles cuanto necesiten”. Ya hace cien años, los académicos luchaban contra el mal empleo de “bizarro”. En ese entonces el ataque venía desde Francia. Hoy la infame acepción nos llega por los deficientes traductores del inglés. Igual, por débil traducción, nos ha llegado “suceso” como sinónimo de “éxito”; acepción que la RAE solo aceptó a partir de 1884, pues don Quijote siempre diferenció entre el “buen suceso” y el “mal suceso”. Lo acepto pese a que nunca lo he utilizado con ese sentido, pues el origen de suceso como éxito es latino. “Ínclito” solía ser un caro elogio; hoy solo se usa de manera irónica o humorosa. Lo mismo pasa con “eximio”, “egregio” y “preclaro”. Habría que ver si estamos multiplicando los sinónimos deshonrosos y dejando de lado aquellos que sirven para encomiar. Basta, Toscana, no te metas a tratar estos temas en una columna de tres mil caracteres, cuando haría falta un libro o largas conversaciones para apenas pellizcar la cresta del gallo. L

L

a vorágine del progreso a la que Walter Benjamin se refiere en sus famosas Tesis sobre la filosofía de la historia no ha borrado del mapa el bar La Unión Chica (Nueva York 11, en el centro de Santiago de Chile), cuya seña característica consiste en la anotación del menú del día sobre los vitrales de la entrada. Abrió sus puertas en 1936 (empezando así a conectar su destino con el de uno de sus más ilustres concurrentes) y con el paso del tiempo las especialidades culinarias se orientaron hacia la gastronomía española, debido a la nacionalidad de su fundador, el padre de don Wenche, actual dueño del local. Las mesas de madera y al fondo un apartado iluminado a medias parecen retener la sombra de los parroquianos de antaño. Uno de los más asiduos durante la década de 1980 fue Jorge Teillier (1935-1996), quien se forjó una imagen literaria y literal unida a este “lugar metafísico” a través de versos como “Yo me invito a entrar/ a la casa del vino/ cuyas puertas siempre abiertas/ no sirven para salir”, o llevando a cabo así un emparentamiento de la figura del poeta con un rufián (buscando sin duda emularse con François Villon o Serguei Esenin), que desfila en descripciones como ésta: “Bajo una misma lámpara/ unos escriben poemas/ otros falsifican moneda”. En correspondencia con ello, no creo que el propósito de Teillier fuera hacer una falsificación o más bien una mitologización de sí mismo, siendo que

EX LIBRIS

BITÁCORA PSICOTRÓPICA

incluso hay constancia literaria de las reuniones acontecidas dentro de las paredes de esa cantina en el libro Los vagabundos de la nada. Con esto se reafirma la honda conexión entre el vino y los libros que el poeta constata al presenciar cómo “religiosamente los viejos bares desaparecen junto con las librerías de viejo”. Así, ante el arribo de la década de 1990, Teillier termina refugiándose en La Ligua, a unos cuantos kilómetros de Viña del Mar. El gato Pedro, el molino y la higuera serán sus interlocutores durante esa época. La vorágine del progreso o simplemente la mano del tiempo se habían llevado ya a Rolando Cárdenas, a Enrique Chico Molina y hasta a su hermano Iván. El bar siguió manteniendo (y lo hace hasta la fecha) casi la misma apariencia, pero aunque inevitablemente “those were the days”, hay fantasmas que resulta muy difícil conjurar y la imagen de Teillier retoña como leyenda, porque aún es posible encontrar en las mesas de La Unión Chica las muescas dejadas por el poeta en largas tardes de espera. Hay quien dice que sobre su superficie talló algún verso; otros, que simplemente hizo raspaduras con una navaja para llevar la cuenta de los amigos idos. Yo solo encontré una muy pronunciada en el marco de la puerta. Dicen que apareció ahí el 22 de abril de 1996, cuando el cantinero avisó que ese día don Jorge no iría: había ido a pagar su moneda final a Caronte. L Bataille EKO

Xavier Velasco

Los buenos sentimientos son padres de los malos pensamientos

MILENIO  LABERINTO  Dirección: José Luis Martínez S. Edición: Alicia Quiñones Coedición: Roberto Pliego Arte y diseño: Salvador Vázquez Mejía


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antesala

Nota en un periódico Teatro atestado de gorupos sin comercio Las metamorfosis, siguiendo la tradición de Ovidio, alumbran la voz de la poeta guanajuatense avecindada en Tijuana POESÍA

A SALTO DE LÍNEA ESPECIAL

Braulio Peralta braulioperalta@yahoo.com.mx

Amaranta Caballero Prado

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e dijo y le dije. Pero para entonces ya llevaba las uñas grises, y yo negras, como en las pinturas del siglo XV o como en las estanterías. Esas magníficas iglesias. Me dijo de los ferrocarrileros rusos mientras yo hurtaba una cucharita a la Baba Yaga, ¿y si no era a ella, a quién más? Le dije: “es que dice Eternum”.

Me dijo sabotear, le dije aire, me dijo alquimia. (Ahí fue entonces que cayó el rayo.) Pero no nos convertimos en hojalata. Ni en sal —eso toma tiempo—. No nos convertimos tampoco en libros. Mudos. Reímos silentes sobre carromatos. Y arreció el contagio: disecar palabras, tragar almíbar —lindas onomatopeyas—, pulir letreros, construir cimborrios. ¿Boundage o bondad? Me dijo y le dije.

ESPECIAL

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maranta Caballero (Guanajuato, 1973) es ensayista, narradora y poeta. Autora de los poemarios El libro del aire, Okupas, Gatitos de migajón, Todas estas puertas, Entre las líneas de las manos y Bravísimas bravérrimas. Aforismos, es maestra en Estudios Socioculturales por El Colegio de la Frontera Norte y la Universidad de Baja California. Ha sido incluida en varias antologías, como Deniz a mansalva. Ensayos o Panorama de la brevedad. Participó en las jornadas literarias Los límites del lenguaje en el Instituto Cervantes de Moscú y ha sido becaria del FONCA. Participó en el proyecto Laboratorio Fronterizo de Escritores / Border Lab for Writers dirigido por Cristina Rivera Garza en 2006.

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oy amante del teatro desde adolescente. Mi primer impacto fue con Jerzy Grotowsky cuando vino en 1968 a las olimpiadas culturales con El príncipe constante. Desde entonces soy espectador sensible del fenómeno teatral. Me volví asiduo visitante de tres lugares, básicos para ver teatro experimental, vanguardista o profesional: el Centro Cultural Universitario, de la UNAM, al sur de la ciudad —y sus sedes alternas—; El Centro Cultural del Bosque, en Chapultepec; y el Instituto Cultural Helénico, de Revolución 1500. Tres ubicaciones con propósitos distintos. Obvio, voy a otros espacios escénicos. Despreciar el teatro independiente es relegar a grupos que han surgido con inusitada fuerza en nuestros escenarios. Pienso en La Capilla, de Coyoacán, o el rescate del Teatro Casa de la Paz, en la Roma, y, desde luego, el Foro Shakespeare y El Milagro, o la Sala Héctor Mendoza, de la Compañía Nacional de Teatro —que es gratis, aun no entiendo por qué—. Esfuerzos de gente que ama el teatro e invierte su dinero y talento, casi sin recompensa, salvo la satisfacción por el arte. En el desaparecido Arcos Caracol de la UNAM vimos proezas del teatro. Los teatros del Bosque —El Galeón, Orientación, Xavier Villaurrutia y Julio Castillo— han sido la impronta de generaciones invaluables. Y el Instituto Cultural Helénico, con su Foro de La Gruta y El Helénico, es nodal en la conformación de públicos para diversos gustos y estéticas teatrales. La oferta teatral en la Ciudad de México es de las más atractivas de América Latina y España. A nivel mundial estamos entre los primeros lugares con mayor número de representaciones; teatro para todos los gustos: de excelente a bueno, de regular a malo, y de pésimo a deplorable...

Fachada del teatro Casa de la Paz

Sabemos a qué vamos cuando acudimos a una producción de Ocesa, con propósitos teatrales… y comerciales (que no le quita valor a ciertas puestas que logran ir más allá de lo estrictamente mercantil), o al Teatro de los Insurgentes, con igual sentido pero con “grandes nombres” de actores o actrices, para jalar parrilladas de gente (difícil hablar de prestigio, aunque la calidad es, digamos, estándar: para mayorías). El divorcio entre el teatro comercial y de calidad, experimental o de búsqueda estriba en sus contenidos y las exigencias del espectador. Es la gente la que impulsa un teatro convencional o trascendental. Es el público el que conoce los lugares y los espacios representativos para acudir a la ceremonia escénica donde un mundo de posibilidades se abre a través de la inteligencia. Y es la crítica especializada la que da una breve reseña histórica a lo sucedido en la escena. Una crítica, por cierto, no siempre sensible a la renovación del teatro. Una crítica, también, con poco espacio en medios de comunicación. Coda El Estado se ha rezagado en el impulso al teatro no comercial (faltan más salas teatrales), mientras los privados crecieron como nunca en estos últimos doce años. ¿Cambiará esa política con el gobierno de Enrique Peña Nieto? L

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literatura Darío Jaramillo

“Todo empieza con un hecho que roba la atención” ENTREVISTA ESPECIAL

Para el narrador y poeta colombiano, en América Latina la crónica periodística ha cambiado sus paradigmas: ahora no sólo se debe informar, también es prioritario establecer un lenguaje literario que cautive a los lectores José Pablo Salas josepablo.milenio@gmail.com

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a realidad en un continente a la vez diverso y violento como América Latina parece por momentos inabarcable, incluso incomprensible. Por esto no es de extrañar que la crónica de largo aliento viva un momento de auge entre diferentes generaciones de escritores y lectores. Los grandes maestros del género como Juan Villoro, en México, Martín Caparrós y Leila Guerriero en Argentina, o Alberto Salcedo Ramos en Colombia, han formado una escuela que cada vez atrae hacia sus filas a más periodistas tradicionales y escritores de ficción. Hace algunos meses, de forma casi simultánea, las editoriales Anagrama y Alfaguara publicaron Mejor que ficción y Antología de la crónica latinoamericana actual, respectivamente. Laberinto conversó con el poeta y novelista colombiano Darío Jaramillo, quien editó y reunió las crónicas presentes en la antología de Alfaguara. ¿De dónde surge la necesidad de hacer esta enorme recopilación? Hace unos años, el fundador de una pequeña editorial colombiana llamada Luna Libros me encargó una antología de crónicas latinoamericanas. Yo acepté el desafío y trabajé durante tres años en ella. Cuando la entregué, el director no era ya Juan Camilo Sierra (quien se convirtió en gerente del Fondo de Cultura Económica) y la nueva gerente que recibió la antología dijo que Luna Libros era una editorial demasiado pequeña para que pudiera publicarla y le vendió el proyecto a Alfaguara. Traté de hacer una antología con los grandes maestros del género, una antología que cubriera los temas principales de la crónica. Mi frustración consistió en que la cantidad de crónicas buenas supera al formato del libro. También me propuse un libro entretenido, que tuviera esa gran cualidad de la crónica que consiste en absorber al lector e interesarlo en aquello que no ha llamado su atención. Por otro lado, la antología aparece en el momento de gloria de la crónica, un momento que de seguro durará mucho porque es un género muy rico. ¿A qué cree que se deba este auge de la crónica en Latinoamérica? Porque además de su libro hay muchas revistas, antologías e incluso blogs. Hay una realidad que supera a tal grado la imaginación en nuestros países que vuelve muy atractivo ese material. Además, hay una tradición de crónica muy importante que se concreta en algunos nombres actuales como Martín Caparrós, Leila Guerriero, Pedro Lemebel, Juan Villoro. El ideal ha mutado. Anteriormente un periodista quería escribir una novela; ahora los novelistas quieren

A pesar de haberse graduado como abogado y economista en la Universidad Javeriana de Bogotá, Darío Jaramillo (Santa Rosa de Osos, 1947) ha dedicado gran parte de su vida a la literatura. Es autor de novelas como La voz interior, Cartas cruzadas, El juego del alfiler, Memorias de un hombre feliz y de los poemarios Tratado de retórica, Poemas de amor, Cantar por cantar, entre otros. De su obra se han realizado numerosas antologías y se ha editado (en varias ocasiones) su poesía completa. Es subgerente cultural del Banco de La República, director de la Fundación para la Conservación y Restauración del Patrimonio Cultural Colombiana, presidente de la Fundación de Investigaciones

Arqueológicas Nacionales y director del Boletín Cultural y Bibliográfico. Ha sido miembro del consejo de redacción de la revista Golpe de dados y editor de la colección literaria de la Fundación Simón y Lola Guberek. En 1978 recibió el Premio Nacional de Poesía de Colombia por el libro Tratado de retórica; fue finalista del Premio Rómulo Gallegos (1995 y 2003) y en 2010 ganó el Premio de Novela Breve José María de Pereda por Historia de Simona. Fue becario de la John Simon Guggenheim Memorial Foundation (2008-2009) y es miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua, así como colaborador de revistas como Letras Libres, en México, y El Malpensante, en Colombia.

escribir crónicas. Y, curiosamente, el Parnaso de narrativa de ficción de hoy en día no es el mismo Parnaso de los grandes cronistas. Pareciera entonces que la crónica admite todo tipo de escritores, desde Villoro y Caparrós, que escriben crónica y ficción, hasta Leila Guerriero que ha confesado que solo ha escrito un cuento. O como Alberto Salcedo Ramos, que es un extraordinario cronista y dice que no quiere escribir ficción. Cada vez impera más esa actitud del cronista que se reafirma como tal. Hace no mucho se creía que era de mejor familia un autor de ficción que un cronista, auque acabo de leer una novela de Daniel Defoe y el prologuista señala que en aquel tiempo era mucho más acreditado ser escritor de no-ficción que de ficción; tanto así que los escritores de ficción disfrazaban como verdaderos sus relatos. De manera que la escala de valores entre ficción y no-ficción sube y baja. Ahora estamos en un momento en que la no-ficción va a la cabeza. En su ensayo El nuevo periodismo, Tom Wolfe supuso la muerte de la novela a favor del periodismo narrativo. ¿La crónica en Latinoamérica puede desplazar a la novela? Es más un asunto de tiempos; además, se siguen produciendo novelas muy buenas. En Colombia se han escrito tres o cuatro novelas excelentes en los últimos años. Creo que hay territorio para todo. Otro factor que influye en el auge de la crónica es la existencia de una economía alrededor de la misma. Hay revistas

que le pagan a un periodista para que se sumerja dos meses en un texto, para que investigue, viaje, entreviste fuentes y luego le publica la crónica remunerándole todo. Esas revistas funcionan y circulan de una manera en que pueden permitirse hacer eso. Son revistas como Gatopardo, SoHo o El Malpensante. La existencia de esa economía de la crónica garantiza la supervivencia del género. ¿Qué retos y qué ventajas significa Internet para las crónicas de largo aliento? En Internet cada vez aparecen más y mejores crónicas. ¿Qué peligros veo? Que en general las revistas de las que hablé suelen tener excelentes editores como Guillermo Osorno, Mario Jursich o Daniel Samper. En cambio, en la red la gente va por la libre, no tiene un policía que la controle. A veces, si ese policía es bueno, las crónicas resultan mejor. Pero están apareciendo medios digitales que sí tienen editor. Es el caso de la revista digital Anfibia, con un editor de primer nivel como Cristián Alarcón. Internet está aprovechando algunas de las ventajas que tenían los medios impresos y los está asimilando para hacer distintos aportes. Anfibia, por ejemplo, reúne a un


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literatura investigador social y a un cronista para que escriban un solo texto, el primero desde el saber de las ciencias sociales y el segundo desde el saber del contador de cuentos. Eso ha funcionado. Internet fomenta el crecimiento de la crónica como contenido literario. Martín Caparrós dice que la crónica puede tener una influencia política y social en la vida real, ¿lo cree así? En el encuentro de cronistas en la Ciudad de México se discutió mucho el tema. Algunos decían que no les interesaba cambiar la realidad sino contarla; otros, que contando la realidad se pueden producir efectos. El salvadoreño Óscar Martínez ha escrito crónicas desgarradoras sobre el tránsito de los migrantes y comentó que denunciando algunos hechos pueden evitarse más males. Yo creo que eso es aleatorio. Suelo poner un ejemplo que no viene propiamente de la crónica pero creo que ilustra mi punto de vista: Jorge Isaacs, un novelista romántico, escribió una novela en la que describe los paisajes del Valle del Cauca, que son hermosísimos. Esa novela se tradujo ochenta años después al japonés. Cuando los japoneses leyeron las descripciones de los paisajes de Isaacs hubo una gran migración hacia el Valle del Cauca que formó una colonia en pleno valle y aún sobrevive. Isaacs nunca se propuso intervenir la realidad, ni propiciar migraciones de japoneses a Colombia. Creo que la intervención de la escritura en la realidad es un hecho pero aquélla es aleatoria; nadie la controla. ¿Es la crónica el mejor equilibrio entre literatura y periodismo o un resultado intermedio entre ambos? Creo que es, simplemente, un cambio de paradigma. El periodismo quiere informar, del modo más completo posible. El paradigma de la crónica es entretener, robar la atención, interesar a alguien en un tema que a primera vista parece no interesarle, como diría Caparrós. Su paradigma es no aburrir. Por otro lado, no es verdad que la narración en tercera persona, sin adjetivos y que solo narra hechos, sea objetiva. Eso es una gran mentira. Tampoco es verdad que la crónica sea solo subjetividad. Hay que matizar los dos extremos. Uno de los mandamientos de la crónica es no mentir deliberadamente al lector o mentir diciendo que se miente y admitir que la información que se produce no es objetiva, sino que se cuentan los hechos percibidos y se admite que hay hechos que pudieron pasarse por alto y que, quizá, completan todo el cuento. Creo que se debe balancear. Es decir, si quiero saber del debate entre Obama y Romney la crónica no podrá ser el medio. Para conocer lo que pasó, necesito la información que me da CNN, que me diga si hablaron de política exterior o si sabían sobre el tema. La crónica —las entretelas del asunto, de cómo se prepararon, cómo definieron el color de la corbata o si se encontraron en el pasillo y no se saludaron— vendrá en el futuro. Todos estos elementos cronicables nos los contará alguien después de sumergirse en el tema y de tomarse el tiempo para encontrar los matices literarios que le ponen picante a la crónica. De ahí que en la crónica se narren escenas completas y no ofrezca resúmenes de lo ocurrido. ¡Exactamente! Esa es la técnica de la crónica. Todo empieza con un hecho que roba la atención. No te cuenta que Obama y el candidato republicano discutieron si el problema es Rusia o la Guerra Fría o el Medio Oriente. Comienza diciendo que se encontraron en el corredor y descubrieron que llevaban una corbata del mismo color. Entonces, de inmediato, la asesora de imagen de uno de ellos le pidió la corbata al asistente y… Estoy inventando pero así funciona. Tomás Eloy Martínez decía que el periodismo verdadero debería de contar, interpretar y analizar un hecho. ¿La esencia de la crónica consiste en explicar algo más a fondo? Creo que su esencia es contar el cuento, mostrar los matices emocionales inconscientes, muchas veces sin explicar más allá, entre otras cosas porque nadie tiene la fórmula para revelar el trasfondo de una cosa. Mira a los periodistas de opinión. Hoy opinan de Siria y mañana de Peña Nieto y pasado mañana de la señora Kirchner y realmente no saben de ninguna de las tres cosas. Recogen de aquí y de allá y creen que sentados en su laboratorio pueden elaborar un marco de análisis, pero quién dice que ése es el correcto. Eso es completamente arbitrario. Esta antología es completamente latinoamericana, pero la crónica se está leyendo fuera de nuestro continente. Alfaguara acaba de publicar en España una recopilación de crónicas a cargo de Leila Guerriero que no llegó a México. Esa antología apareció en la editorial Aguilar en Colombia. Hay otra cuestión que me reclamaron y a la que yo contesté: “Tienen razón pero yo no sé de ese mundo”. Debería haber incluido algo de Brasil, pero tengo la excusa del idioma. Creo que por puro reflejo, en España se escriben crónicas. Cuando salieron esta antología y la de Anagrama, Javier Marcos, en Babelia, dio ejemplos de cronistas españoles. Se trata de un universo muy distinto y creo que España terminará contagiándose de nosotros para rescatar a los cronistas que ha tenido. Hay mucho que contar en este continente… Particularmente en tu país y en el mío. Aunque parece que la tradición más fuerte es la colombiana. Hay muchos cronistas en Colombia y la gente joven se ve muy interesada en ella. Ahí está Alberto, todo mundo quiere ser Alberto Salcedo Ramos. L

El hotel de los peligros inesperados RESEÑA Armando Alanís aralanisc@yahoo.com.mx

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scrita con una pluma veloz, tan certera como irónica —una de las mejores prosas de la literatura mexicana actual—, Arrecife, la nueva novela de Juan Villoro, envuelve al lector en una trama policial en la que intervienen un puñado de personajes memorables; una trama cada vez más compleja e intrigante a medida que el lector avanza en la lectura. Mario Müller es el creador del hotel La Pirámide, un resort caribeño que promete a los turistas europeos “peligros controlados” para satisfacer la curiosidad que los acicala al leer el alud de noticias alarmantes sobre la violencia, el crimen organizado y el narco que provienen de un remoto país sumido en el caos, México, el territorio milenario donde se yerguen, invictas, las pirámides mayas pero, también, el territorio donde hace cientos de años se practicaban sacrificios humanos y hermosas princesas, ataviadas de joyas, eran arrojadas a los cenotes para aplacar a los dioses. El crimen organizado proporciona a la televisión y a los periódicos, ávidos de escándalos, una nueva forma de sacrificio humano, propia de nuestra época: las víctimas son torturadas y descuartizadas sin piedad; las cabezas ruedan. En la novela de Villoro, como en todo relato policial que se precie de serlo, aparece un cadáver, luego otro. Los turistas, entretenidos por guerrilleros que son en realidad actores, por violaciones fingidas y secuestros falsos, no se enteran de nada. El narrador, Tony Góngora, es un ex integrante de la desaparecida banda de rock Los Extraditables. Mario, quien formaba parte de esa banda, lo rescata del pantano de las drogas para que se encargue, en el acuario del hotel, de musicalizar los movimientos de los peces. Un oficio fácil para que el ex bajista pueda enderezar su vida, que parecía encaminarse al desastre. Tony ha perdido buena parte de su memoria, y su amigo se encargará de suministrarle nuevos recuerdos, de inventarle, con quién sabe qué propósitos, un pasado. A diferencia de la mayoría de las novelas de corte policial, Arrecife no está contada desde el punto de vista del detective o agente privado que se afanará en resolver el caso. Sin embargo, sí hay un detective, Ríos, personaje bipolar, que es también un predicador. Aunque este personaje, en sus pesquisas, averiguará algunos pormenores, no parece ser demasiado astuto; no es, para nada, un Sam Spade mexicano, ni un Philip Marlowe, ni un inspector Maigret, ni un Hércules Poirot. En las novelas y cuentos de los creadores de esos singulares personajes, el detective tiene una personalidad tan seductora, es tan inteligente, y en ocasiones tan cínico, que juega en la trama un papel central. En Arrecife, en cambio, Ríos es un personaje más, lo cual no quiere decir  que  no  carezca  de  atractivo.  En  este  thriller  casi  cinematográfico —podría muy bien ser llevado a la pantalla grande—, Villoro ha conseguido no solo contarnos una historia en sí misma interesante por su complejidad y misterio, sino que también nos presenta algunos personajes que seguramente se quedarán en nuestra memoria después de que lleguemos a la última página.

Arrecife Juan Villoro Anagrama México, 2012 239 pp.

La historia se inscribe en la lamentable realidad que atraviesa nuestro país en estos aciagos años. El crimen organizado, el lavado de dinero, el narcotráfico y la trata de blancas están ahí, y no nada más para ofrecer distracciones emocionantes a los turistas extranjeros, sedientos de adrenalina.    Arrecife arranca con una escena erótica frustrada: Sandra, una prostituta norteamericana que ahora se dedica a dar clases de yoga, parece estar dispuesta a acostarse con Tony, cuando una inoportuna y anticlimática llamada telefónica irrumpe en su cuarto. Aparece entonces, en el acuario, el primer cadáver. Habrá más tarde un segundo cadáver, que en realidad es el primero. La explicación más evidente, la que aparece a primera vista, es un pacto suicida gay. Pero, claro, no es eso lo que pasó. En ese paraíso de distracciones extremas ha ocurrido un par de asesinatos, si no es que más, y será Tony quien, desentendiéndose por un tiempo de su chamba en el hotel, se dedique a averiguar la verdad, aunque nunca llegue a conocerla por completo. Tony es una especie de detective tan improvisado como físicamente precario: le falta un dedo, que perdió al explotarle en las manos una paloma rellena de pólvora, y cojea debido a un accidente, del cual tuvo la “culpa” su amigo Mario. Ambos accidentes ocurrieron hace muchos años, pero lo marcaron de por vida. La banda de Los Extraditables ya no existe. Los que fueran entusiastas y  jovencísimos representantes de la contracultura en México, se han convertido, con el correr de los años, en eficientes ejecutivos de un hotel de lujo. Mario ha ideado el único sitio pletórico de turistas en un lugar donde abundan los hoteles vacíos; éstos últimos, tal vez sirven a millonarios extranjeros para justificar inversiones inexistentes. Tony es también un solitario que no ha renunciado a la posibilidad de encontrar el amor, ese amor que se le escabulle, pero que no deja de anhelar: “Soñé con una mujer que olía a eucalipto y se tendía en forma ingrávida sobre mí. No pesaba nada, o lo único que pesaba de ella era su aroma. Estaba desnuda y su piel brillaba de un modo especial, como si exudara una sustancia refulgente. Miraba sus pezones, con areolas color naranja. Trataba de acercarme a ella y me decía: ‘Son para otros becerros’. En ese momento se incorporaba. De pronto estaba vestida, con zapatos de tacón. Salía de mi vida con velocidad de alto estilo”. La novela llega a su desenlace con un final feliz no tan feliz, por así decirlo. No entraré en detalles: solo apuntaré que el narrador, extraviado en aquel peculiar refugio de cinco estrellas, encuentra, gracias a Mario, un remedio para paliar su soledad. ¿O no? Villoro invita al lector a que sea él mismo quien responda a esta pregunta, al tiempo que nos sugiere que la tan complicada y violenta realidad mexicana podría tener, quizá, un desenlace no tan desdichado. Arrecife es, pues, una historia ficticia que tiene mucho que ver con la atroz realidad que hoy vivimos los mexicanos. La novela miente para decirnos la verdad.   L


LABERINTO

El horizonte dibujado con un lápiz

Mario Vargas LLosa

La nueva narrativa latinoamericana es, por supuesto, hija del Boom, dice el escritor colombiano, pero ha sido capaz de imaginar y trazar nuevos caminos, tan disímbolos como los territorios del idioma español. El tiempo de los héroes y profetas, por otro lado, es cosa del pasado Santiago Gamboa

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l horizonte de la Nueva Narrativa está apenas dibujado con un lápiz, de forma tenue. Es una línea que debemos poder borrar e ir desplazando hacia delante ya que el adjetivo “nuevo” es movedizo. También fueron “nuevos” autores como Vargas Vila o Rubén Darío, Onetti, los novelistas del Boom e incluso los del post Boom. Todos hemos sido “nuevos”. Llegado el momento mi propia generación, que empezó a publicar en los años noventa del pasado siglo, también recibió el nombre de “Nueva”, pero ya hoy, pasada la primera década del XXI, conviene dejarle el adjetivo a la generación siguiente, como una antorcha que va de mano en mano y que, eso sí, debe mantenerse encendida. La imagen de la antorcha sirve también para señalar algo y es la continuidad de la tradición: cada uno de los grupos de “nuevos” que se ha ido sucediendo en el tiempo, de algún modo, se ha apoyado en la tradición creada por los anteriores, por los “nuevos” de antes. Incluso cuando el grupo se anuncia o proclama como portador de una estética de ruptura, también ésta resulta enlazada a una tradición. La ruptura es tradición (lo dijo Octavio Paz). Supone un cambio en el entramado de la tela, pero la tela continúa. También la Nueva Literatura Latinoamericana, vista como conjunto, responde a una tradición, a una continuidad, a un modelo de estética que tiene ecos y resonancias y que proviene tanto de sí misma como de otras culturas, en rincones del mundo lejanos que se mueven, en muchos casos, por sistemas culturales diferentes, que se rigen por otras metáforas. Al decir esto pienso en Lezama Lima, pues él formuló una interpretación poética de la historia a la que llamó “Las eras imaginarias” según la cual cada época responde a un sistema metafórico preponderante. Desde este punto de vista la religión y la política pueden ser consideradas metáforas. Sistemas que se convirtieron en estética y tuvieron su literatura. En el caso de América Latina, ¿cuál o cuáles fueron esas metáforas? En sus orígenes, la necesidad de nombrar la propia realidad, la necesidad de fundarla poéticamente y de darle una historia y un espacio en la cultura de Occidente; también de crear una versión de Occidente desde Latinoamérica y sobre todo definir una identidad, hecha de retazos y herencias. Sin duda, la imagen de América Latina que se desarrolló en la segunda mitad del siglo XX proviene de la literatura y de la política. Es una imagen que se instaló en la imaginación y finalmente en la razón del resto del mundo, y que tiene que ver tanto con la revolución cubana y el rostro del Che Guevara y Tlatelolco y el bombardeo de la Moneda y el suicidio de Allende, como con la aldea de Macondo, la Santa María de Onetti, el jardín de senderos que se bifurcan, la casa verde y la región más transparente del aire. Más adelante surgió una metáfora impuesta que, con los años, dejó de serlo y se convirtió más bien en un estereotipo. Referido a América Latina, lo que quedó por un tiempo muy largo en la imaginación de Europa y Estados Unidos fueron sobre todo tres palabras: exotismo, evasión y revolución, y pasados los años del Boom los narradores latinoamericanos que fueron llegando se vieron atrapados por esta exigencia. El eurocentrismo tiende a dividir el mundo en una serie de, por decirlo así, jardines frutales, y del jardín latinoamericano las frutas que se esperaba recibir eran esas: exotismo, evasión y revolución; quien pudiera ofrecer ese bodegón frutal con mayor gracia y talento era quien más posibilidades de éxito tenía. La revolución latinoamericana se convirtió en el realismo mágico de la izquierda europea. El exotismo era exigido

sobre todo a los autores provenientes del área del Caribe —y ni hablar si eran colombianos— como condición para ser escuchados, tomados en cuenta, y muchos autores, por necesidades de supervivencia, decidieron jugar el juego disfrazándose de latinoamericanos para animar los congresos literarios de Europa y Estados Unidos. La evasión era el máximo deseo, lo que justificaba todo lo anterior. La frase parecía ser: “Permite que me evada y te amaré”. ◆◆◆ Cuando mi generación empezó a publicar, a principios de los noventa, Europa estaba cerrada para quien no fuera un escritor latinoamericano en esos términos. Para los europeos no tenía ningún sentido ni el menor interés que un colombiano, por ejemplo, escribiera de otro modo o planteara personajes y situaciones que se salieran del estereotipo. Para ellos, era como si un músico cubano, en París, se pusiera a tocar “La marcha Radetzky” en lugar de “El manisero”. Lo mismo pasaba en Estados Unidos, según dieron cuenta los escritores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez en su antología McOndo, publicada en 1996, uno de los primeros intentos por derribar los muros de ese jardín frutal latinoamericano en el que solo se podían cosechar ciertas frutas. En esa antología, como ocurrió poco después con la antología Líneas aéreas, publicada en España en 1999 por la editorial Lengua de Trapo, se empezó a ver el perfil de lo que podría ser una “nueva narrativa”, y desde ese momento se vio que ésta sería, como la definición que da Stephen Dedalus del arte irlandés, “un espejo roto”. Las mil astillas de este espejo se disgregaban en un deseo de abarcar experiencias muy disímiles y variadas. En México, como una reacción a la frivolidad que terminó por instalarse en cierta literatura latinoamericana posterior al Boom, que respondía a los estereotipos exitosos, los mexicanos Volpi, Padilla, Palou y Urroz, hicieron público el manifiesto del Crack !, […] el cual pregona, entre otras cosas, la importancia de hacer novelas complejas, ambiciosas, totales. Es decir, una herencia de la mejor literatura del Boom. La antología McOndo y el manifiesto Crack, con solo dos meses de diferencia de publicación, en 1996, y luego Líneas aéreas en 1999, crearon un primer mapa, muy general, de lo que podría ser esta nueva narrativa latinoamericana, pues al menos establecieron un listado de autores jóvenes (en ese momento), y nos pusieron a leer. A esto se sumaron muchos otros, poco a poco, que venían de más atrás pero que publicaron tarde, como fue el caso de Roberto Bolaño, o simplemente que estaban ahí pero que no fueron detectados en su momento por los antologadores. El resultado de estas lecturas volvía a ser de

José Lezama Lima

nuevo la definición de Dedalus: el espejo roto, las astillas dispersas por el suelo y regadas en todas las direcciones. Narrativa clásica, novela negra, histórica, psicológica, novela urbana y política, novelas, cuentos, ficciones y autoficciones, memoria e imaginación, narrativa lírica y dialógica, novelas del YO y del TU, del nosotros, del ELLOS y ELLAS, novela erótica y novela filosófica, y en el caso de Colombia y, por desgracia, más tarde también de México, ese subgénero de la novela negra que en Colombia se bautizó con el nombre (creo que fue Héctor Abad) de “sicaresca”. Un elemento llamativo de esta “Nueva Narrativa” fue que, en algunos autores, o más bien en las obras de algunos autores, la especificidad tenía cada vez menos que ver con rasgos exclusivos de América Latina y más con cierta idea de un mestizaje universal, con protagonistas que son cada vez menos caracteres típicos y más seres humanos globales, con soledad global y problemas de identidad o desamor o alcoholismo global, y que buscan respuestas o alivio por igual en la poesía erótica traducida del sánscrito, la música africana de Amadou y Mariam o las letras de Bob Dylan. En la mayoría de los casos los personajes siguen siendo latinoamericanos pero ya no están, por decirlo así, inmersos en un sistema cultural exclusivo, sino que participan de ese sustrato global que hoy está por encima de las particularidades regionales y que hace que un joven en Tokio o en Varsovia pueda tener una enorme zona de contacto en su educación sentimental con otro de Tegucigalpa o Bogotá. ◆◆◆ Pero apenas escrito lo anterior, compruebo que esto no es una novedad ni que surgió de la nada, pues ya en la literatura latinoamericana anterior había experiencias similares. Pienso en la obra de Octavio Paz, haciendo la síntesis entre la India y México. Pienso en Borges, en Neruda, o en esa “obligación” señalada por Vargas Llosa de incorporar todas las tradiciones, todas las lenguas, todas las literaturas. Pienso en los cuentos franceses de Julio Cortázar o Ribeyro, en la infinidad de pasajes en las obras de Fuentes en donde los personajes,


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de portada FOTOS: ESPECIAL

Juan Carlos Onetti

Pablo Neruda

Julio Ramón Ribeyro

Jorge Luis Borges

Julio Cortázar

mexicanos o europeos, se pasean con propiedad por Washington, Londres o Berlín escuchando jazz y hablando de cine con un gran cosmopolitismo. Tal vez esa sea la palabra clave. Cosmopolitismo. En el cosmopolitismo de esas obras, que movieron la frontera de lo posible en la escritura más allá de los propios límites regionales, está el germen de lo que luego se desarrolló en autores más jóvenes, algunos de los cuales, no todos, fueron directamente a narrar desde Europa, Asia o África, sintiendo que todo eso les pertenecía por igual y tanto como sus propios países. Tal como los autores anglosajones del siglo XX, pongo como ejemplo a un Graham Greene o a un Conrad, los autores latinoamericanos de hoy (autorizados por los maestros del Boom) tienen el mapa del mundo en su mesa de trabajo y se sumergen en él con gran desparpajo y propiedad, pues la experiencia de la vida es mucho más transnacional. Hoy, en Colombia y sin duda en los demás países de América Latina, muchos jóvenes no conocen los pueblos de sus países, pero sí conocen Sidney y El Cairo. Estos jóvenes dejaron de ser municipales y se volvieron universales, cosmopolitas, y es apenas natural que la literatura, cada vez más, siga ese camino. Aunque lo local pervive, claro. Simplemente se ensacharon las fronteras, se conquistaron territorios y espacios narrativos que antes eran menos convencionales. Pero volvamos a la idea de lo “nuevo”, ese nombre ritual que vuelve con el tiempo. Tal vez en literatura ser “nuevo” significa esencialmente tener un punto de vista nuevo sobre lo mismo, sobre las mismas cosas de siempre. Por mucho que cambiemos, por mucho que el ser humano pase de ser el rey del municipio al rey del mundo, el sustrato es el mismo. Por eso es que hoy nos seguimos reconociendo en el perfil trazado por Shakespeare, un hombre que vivió en un mundo y una sociedad de cuyas coordenadas ya no queda nada, y sin embargo su retrato del ser humano es de absoluta actualidad. Cambiamos, pero tampoco tanto. Por eso es difícil ser completamente original. Al fin y al cabo la propia vida es un sistema limitado de acciones y tramas, las cuales se transmiten a la literatura, en donde también son limitadas.

Siguiendo esta idea, en la Nueva Novela Latinoamericana vuelven a encontrarse los viejos argumentos, las más conocidas tramas literarias. Mencionaré algunas: Alguien mata a alguien y es descubierto; alguien se mete en un lío y sale de él encontrando algo que lo transforma; alguien pierde algo y con gran esfuerzo lo recupera; alguien es víctima de una injusticia, es traicionado, y se venga; alguien empieza a ir cuesta abajo y así continúa hasta descubrir algo muy sucio; alguien descubre que ya no se reconoce en el espejo; dos se aman y mucha gente se interpone; alguien se enfrenta a un desafío con valentía, y tiene éxito o fracasa; alguien inicia una investigación para conocer la verdad de un asunto y descubre lo inesperado; alguien se entera de algo que le cambia su vida o que le anula la identidad, y debe recuperarla. Y esto sin mencionar aún el gran tema de la novela a secas. ¿Qué es lo que dice la novela que no puede ser dicho por los demás géneros?, ¿cuál es su especificidad en las artes escritas? El gran tema de la novela es el paso del tiempo. La experiencia de la vida, desde cualquier ángulo, sujeta al paso del tiempo. Solo la novela puede transmitir y transformar esto en “experiencia”, pues su lectura está también sujeta al tiempo. Leer una novela toma algunos días, a veces semanas, una temporalidad que puede ser superior o inferior a la del argumento del libro, pero es en esa extraña conjunción de dos tiempos que fluyen paralelos, en ese diálogo de tiempos enfrentados, el de la historia contada y su lectura, donde la novela existe, donde su voz se hace única.

Latinoamericana es sin duda un planeta muy autónomo, pero también un planeta que está en órbita junto a otros, al interior del gran universo de la creación literaria. Dejando ya a un lado el cosmopolitismo en la Nueva Narrativa Latinoamericana, miremos qué pasa en la orilla contraria. En quienes narran de nuevo sus propios países, sus sociedades, sus ciudades… ¿Qué hay ahí? Mirando desde arriba, vemos que una de las formas más frecuentes es una versión muy latinoamericana de la novela negra clásica, en donde, por supuesto, el contexto “nacional” es indispensable. Si desde el punto de vista de la población, en los años cincuenta y sesenta América Latina era un continente basicamente rural, hoy podemos decir que es mayoritariamente urbano. A veces por razones nada románticas como la pobreza o la guerra y los desplazamientos forzados, en el caso de mi país. Lo cierto es que la inmigración del campo ha convertido a las ciudades latinoamericanas en grandes urbes del Tercer Mundo, metrópolis alocadas que viven todas las edades del hombre de forma simultánea, con hordas de vagabundos enloquecidos que buscan comida con un garrote en la mano, como en la Edad de Piedra, y que conviven, en la misma avenida, con jóvenes yuppies que, desde su automóvil, con sus blackberrys, hacen transacciones en Bolsas europeas o intercambian mensajes de amor con alguien que está en Tokio, y al que probablemente nunca han visto. La realidad despiadada y violenta de estas ciudades ha ido formando otra de las sendas más transitadas por la narrativa latinoamericana de hoy. Esas megalópolis repletas de desplazados o de perdedores que deambulan de aquí para allá, como un banco de peces, acaban por hacer implosión, y la escritura que las interroga se vuelve muy negra.

◆◆◆ Hace casi 30 años un jesuita profesor de literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá, don Marino Troncoso, dijo algo que me impresionó mucho. Según él, uno podía estudiar todas las formas de la literatura universal sin salirse de la literatura latinoamericana. Esta afirmación es tal vez excesivamente entusiasta y radical, y lo es al modo radical en que se hacen las afirmaciones literarias. Pero la conclusión es que la Literatura

◆◆◆ Una vieja usanza literaria: la curiosidad, el enigma, la intriga, es propuesto muchas veces en la literatura latinoamericana de hoy con las especificidades, ahora sí, de cada lugar, para mostrar, desde todos los ángulos, las cosas que pasan o han pasado y que siguen pasando en nuestros países. Recordemos de qué se trata. Si acercamos la cámara, ¿qué es lo que vemos en el lente? Hay un cadáver en un sillón y un arma de fuego. Los vecinos opinan que el occiso era un hombre extraño pero amable, y coinciden en que no lo merecía. Las huellas conducen a la ventana y hay un cristal roto, pero es mejor desconfiar. El apartamento está en un tercer piso. Suenan las sirenas y no lejos de ahí un desconocido huye por las cocinas de un restaurante chino, causando un estrépito de ollas y sartenes. 


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MILENIO

de portada

Ignacio Padilla

Julián Herbert

 El detective, un tipo solitario, acosado por las deudas y en cuyo test psiquiátrico hay una triple D que equivale a Depresivo, Divorciado y Dipsómano, decide tomar el caso; investiga y persigue, pregunta, irrumpe con violencia en extraños domicilios nocturnos, encuentra indicios, golpea a un drogadicto un poco más de la cuenta y obtiene el nombre de una casa de masajes, hace conjeturas, se desvela y por lo general, al amanecer, llega a conclusiones escalofriantes: vivimos en un mundo extraño y las urbes anónimas despiertan al monstruo que duerme en ciertos transeúntes, ciudadanos con historias que podrían ponernos la piel de gallina, sufrimientos atroces que solo pueden ser atenuados con altas dosis de alcohol, drogas, sexo frenético y brutal entre actores desesperados. La corrupción y el delito son demasiado frecuentes, como el atardecer o la lluvia o los disparos en las cafeterías. Hemos perdido el decoro, ya nadie respeta nada. “Mesero, sírvame un café debajo de la mesa”, dice alguien en Ciudad Juárez. El detective camina al lado de un puente peatonal repleto de grafitis y moho. La poesía de los callejones está siendo escrita con dedos embarrados de crack y alguien duerme en el cubo de la basura, al fondo, junto al cadáver de un gato. El hospital de poetas está lleno a reventar y ninguno quiere irse. Todos somos efímeros. El detective, bebiendo un vaso de bourbon ante un mesero sonámbulo, evoca la sonrisa de una mujer y se retira una lágrima. Luego, en silencio, paga el consumo y camina hasta la puerta, la empuja haciendo rechinar los goznes y se pierde entre las sombras, pateando una lata vacía de refresco, leyendo el titular de una hoja de periódico mecida por el viento. “Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún sentido. Cuando decirlo era algo triste, solitario y final”, escribe Chandler en El largo adiós. Pero hoy este tipo de novelas no se escriben solo para narrar la resolución de un enigma, sino sobre todo para retratar la golpeada psique de la ciudad: el modo en que en ella se vive y se muere. O de una sociedad y un país. Lo relevante no es el misterio sino el camino recorrido: los paisajes, no después de la batalla sino de las cotidianas escaramuzas de la vida. Las novelas son radiografías de las urbes, cada vez más desesperadas y nerviosas. El hombre solitario, el ser anónimo de la ciudad, sigue siendo el héroe, pero está muy cansado, se siente solo y tiene miedo. Cree, y no se equivoca, que es hora de tomarse un buen trago. Las novelas negras en la Nueva Novela Latinoamericana no son convencionales y se escriben para hablar de los desacuerdos humanos. Presentan además una característica insólita y es que por momentos dejan de ser un subgénero y se confunden con la novela a secas. Se vuelven novela costumbrista. Podríamos incluso hablar de “novela negra involuntaria”: la crónica de una realidad, las preguntas graves de una región, como la nuestra, que sigue sacando huesos debajo de sus hermosas montañas, planicies y valles. Es otra modalidad de esa búsqueda por comprenderse mejor, a sí mismos

Guadalupe Nettel

y a lo que nos rodea: la sociedad globalizada, las economías emergentes, el vacío ideológico, el choque de generaciones, el terrorismo del odio racial, religioso o social, pero también el de la abulia, el terrorismo como forma para combatir el ocio; la inmigración desatada, los grupos neonazis que en la noche recorren las avenidas ventosas como huestes prehistóricas. Es el tema, la negra realidad, lo que en ocasiones da el color predominante, el sombreado, los grises de fondo y el violeta, que puede ser el de la sangre. Pondré dos ejemplos de esta “novela negra involuntaria”: es el color de los libros de Rodrigo Rey Rosa en Guatemala y de Horacio Castellanos Moya, en El Salvador, escribiendo la historia reciente de Centroamérica. Hablando de su propio país, Castellanos Moya le hace decir a uno de los personajes de su novela El asco lo siguiente: Moya, este país está fuera del tiempo y del mundo, solo existió cuando hubo carnicería, solo existió gracias a los miles de asesinados, gracias a la capacidad criminal de los militares y los comunistas, fuera de esa capacidad criminal no tiene ninguna posibilidad de existencia.

Ahí está la literatura: abriendo una ventana terrible que nos acerca al horror, pero sin padecer sus consecuencias, asistir a él sin peligro. Visitar la frontera final, la última trinchera de la condición humana y regresar sin cicatrices. Así define Kant lo sublime: la contemplación de lo aterrador desde un lugar seguro. Esta es la negra realidad. El novelista solo la persigue. La realidad convierte su novela en novela negra. Miremos el principio de Piedras encantadas, de Rodrigo Rey Rosa. Dice así: Guatemala. Centroamérica. El país más hermoso, la gente más fea. Guatemala. La pequeña república donde la pena de muerte no fue abolida nunca, donde el linchamiento ha sido la única manifestación perdurable de organización social. Ciudad de Guatemala. Doscientos kilómetros cuadrados de asfalto y hormigón (producido y monopolizado por una sola familia durante el último siglo). Prototipo de la ciudad dura, donde la gente rica va en blindados y los hombres de negocios más exitosos llevan chalecos antibalas. La metrópoli precolombina que financió la construcción de grandes ciudades como Tikal o Uaxactún —y sobre la que fue construida la actual— había alcanzado su auge económico a través del monopolio de la piedra obsidiana, símbolo de la dureza de un mundo que desconocía el uso del metal. Ciudad plana, levantada en una meseta orillada por montañas y hendida por barrancos o cañadas. Hacia el Sureste, en las laderas de las montañas azules, están las fortalezas de los ricos. Hacia el Noreste y el Oeste están los barrancos; y en sus vertientes oscuras, los arrabales llamados limonadas, los botaderos y rellenos de basura, que zopilotes hediondos sobrevuelan en parvadas “igual que enormes cenizas levantadas por el viento” —como escribió un viajero inglés— mientras

Rodrigo Rey Rosa la sangre que fluye de los mataderos se mezcla con el agua de arroyos o albañales que corren hacia el fondo de las cañadas, y las chozas de miles de pobres (cinco mil por kilómetro cuadrado) se deslizan hacia el fondo año tras año con los torrentes de lluvia o los temblores de tierra.

Esta descripción contiene un eco sutil de la imprecación de Ixca Cienfuegos a México, DF, al inicio de La región más transparente, de Fuentes, que podría ser la descripción de muchas otras ciudades de la región, casi diría: de cualquiera de nuestras presuntuosas y violentas aldeas. Sin embargo, Piedras encantadas se acerca más al género negro clásico porque hay un crimen y una investigación. Un niño es atropellado y el conductor huye. Una cosa normal por estos lados. Recuerdo que un conocido abogado me dijo una vez, en Bogotá, que no había que ponerle calcomanías llamativas a los carros ni aceptar placas con números repetidos o capicúas para, en casos así, poder escapar y que nadie memorizara nada. Escapar, escapar, es lo que todo el mundo hace, porque, en el fondo, nadie es inocente en estas ciudades sin ley. Todos, de algún modo, son asesinos, y tal vez por eso nunca hay justicia. Porque aun si se esclarece el crimen, no se condena a nadie. No se recupera la armonía, como en la novela anglosajona. Pero es que ellos son protestantes y creen en ciertos principios. En el mundo anglosajón las leyes humanas deben triunfar y el orden, temporalmente deshecho por una anomalía, debe restablecerse. Entre nosotros no: somos hijos de la Contrarreforma, del hombre que reta a dios y sus leyes y es perdonado. Nuestro antepasado es un Juan Tenorio sentado en una cafetería de Ciudad Guatemala o Monterrey o San Salvador, esperando que no empiece una molesta balacera que le impida terminar tranquilo su desayuno. Aquí el triunfo de la ley es poco realista. Por eso la figura del detective es infrecuente. El detective, en América Latina, es más bien una metáfora. Un modo de mirar, un modo romántico de estar solo. Es también un modo de ser poeta. “Soñé que era un detective latinoamericano muy viejo”, dice Roberto Bolaño en un poema, “Vivía en Nueva York y Mark Twain me contrataba para salvarle la vida a alguien que no tenía rostro. Va a ser un caso condenadamente difícil, señor Twain, le decía”. Una de las mejores novelas publicadas en español en las últimas décadas se llama Los detectives salvajes y sus personajes son poetas. ◆◆◆ Pasando a otros argumentos, la Nueva Novela Latinoamericana contiene muchos otros géneros, como la novela histórica. Pero tampoco es novedoso, es también una larga tradición de América Latina, desde Las lanzas coloradas, de Arturo Uslar Pietri, o libros como Terra Nostra, de Carlos Fuentes. Siempre he creído que los novelistas que tuvieron infancias tristes escriben novela histórica, pero es solo una hipótesis. Yo tuve una infancia feliz. Lo que sí parece casi definitivo es la predominancia de la novela urbana. Nuestras ciudades lo abarcan todo, y no es para menos. Y otra característica interesante, y quizá la más novedosa: el ascenso de novelas que son más bien crónicas de hechos reales, familiares o personales, pero narrados con las herramientas de la novela. Es el caso de El olvido que seremos, de Héctor Abad, El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel, o Canción de tumba, de Julián Herbert. Tres libros que narran hechos reales, pero con las armas de la ficción. Y ya para terminar, ¿cómo es el escritor de esa nueva narrativa latinoamericana? La verdad es que al verlo de lejos es una persona bastante banal. Ya no es un héroe, como en la época del Boom. Tal vez diría que ningún país latinoamericano le ha vuelto a dar a ningún escritor ese rol casi mitológico que le dio a los autores del Boom. No, eso no volvió a suceder y tal vez sea mejor así. Hoy el escritor es solo un escritor, nada más que eso. Un tipo que escribe, una mujer que escribe. L


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LABERINTO

en librerías

Londres después de medianoche

Mi último suspiro

Augusto Cruz García-Mora Océano México, 2012 309 pp.

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l título nos remonta al Santo Grial de los filmes mudos de terror. Ese es justamente el terreno que pisa esta novela, el debut de Augusto Cruz, un tampiqueño nacido en 1971: el del cine. Londres después de medianoche se estrenó en 1927 con Lon Chaney, el mil caras, en el papel estelar. Cuarenta años después, no era sino un objeto venerado que alimentaba la imaginación de los coleccionistas. Ningún archivo ni cineteca guardaba una copia. De la sospecha de que ha sobrevivido una de ellas nace la trama de la novela, que proyecta al detective Mc Kenzie, discípulo de J. Edgar Hoover, por un Hollywood que ha olvidado a sus padres fundadores y un noreste mexicano a merced de los Zetas. Pasión por una época del cine es lo que Cruz exhibe sin tapujos y dominio del suspenso como el arte de ocultar un secreto. Y lo más importante: cree en el estilo a la par que en la inteligencia del lector.

Del duro oficio de vivir, beber y escribir desde el caos J.M. Servín Ediciones Cal y arena México, 2012

U

na de las preguntas que los periodistas suelen hacer a cualquier músico o escritor es ¿cuáles son sus influencias? De tan socorrida suena ya innecesaria y repetitiva. Sin embargo, es claro que todo artista tiene autores, bandas o poetas que han repercutido en su obra; la creación completamente original es imposible. A esta cuestión pretende contestar el escritor J. M. Servín en esta colección de pequeños ensayos y crónicas en las que desvela quiénes son los rockeros y escritores que mayor peso juegan en su imaginario literario. Algunos de los textos utilizan datos biográficos de los creadores para dar una imagen más completa de su vida, otros resaltan la importancia que tuvieron en la vida de Servín o, incluso, el mero impulso por escribir que le surgía al leerlos y escucharlos. Desfilan por estas páginas artistas como Los Ramones, Valentín Elizalde, Hunter S. Thompson, entre otros.

¿Me hablas a mí?

Luis Buñuel Debolsillo México, 2012 344 pp.

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l cineasta Luis Buñuel perteneció a una de las más brillantes generaciones españolas, que incluyó al poeta Federico García Lorca y al pintor Salvador Dalí. Precisamente con este último realizó Un perro andaluz (1928), considerada la primera película surrealista y con la que arrancó su carrera como realizador cinematográfico. Mi último suspiro, su libro de memorias, está cumpliendo 30 años de haber aparecido (se publicó por vez primera en 1982). Dictadas al guionista francés Jean-Claude Carrière, con el que Buñuel colaboró en películas como Bella de día (1967) y Ese oscuro objeto del deseo (1977), cuentan, entre otras cosas, su contacto con los genios antes mencionados y otros más en la legendaria Residencia de Estudiantes de Madrid y las correrías que realizaban; su encuentro con los surrealistas; su exilio neoyorquino; y su estancia en México donde terminó de formarse como director de cine.

Los testimonios Varios autores (edición de Óscar Benassini) Eros ediciones México, 2012 141 pp.

C

on la proclamación de la “guerra contra el narcotráfico” hace seis años, vimos un incremento exponencial en la literatura (de ficción y no ficción) que trataba el tema de los muertos y la violencia. Algunos libros intentaban dotar de sentido a la espiral de odio en la que México se ha visto envuelto; otros, simplemente, optaban por lo morboso del tema para asegurarse ventas. Sin embargo, Los testimonios reúne textos de ocho autores y una serie de fotografías que, más allá del registro o la mera denuncia, son un esfuerzo creativo que aprovecha el dolor y la muerte para salir del pasmo y la indiferencia habitual, apostando por la memoria y no por el escándalo. El libro incluye textos de María Rivera, Diego Enrique Osorno, Alejandro Almazán, Óscar Benassini S., Alfredo Espinosa, Juan Carlos Reyna, Mercedes San Román y fotografías de Guillermo Arias acompañadas por palabras de Antonio Ortuño.

José Hierro. Los sentidos de la mirada Miguel Ángel Muñoz Síntesis Madrid, 2012 316 pp.

Sam Leith Taurus México, 2012 340 pp.

S

egún la Real Academia de la Lengua Española, la retórica es el arte de decir bien, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar o conmover. Para el autor inglés Sam Leith —quien fue director literario de Daily Telegraph y colabora en diarios como The Guardian y The Wall Street Journal—, la retórica es, primordialmente, el arte de persuadir: el intento del ser humano de influir en otro mediante palabras. Leith comienza este libro ensayístico con una escena de Los Simpson en la que Homero, con esa naturalidad y desparpajo que lo identifican, acepta que no sabe qué es la retórica. “Si él es capaz de hacer una broma —dice el escritor— sobre eso, puede estar seguro de que es un tema que no tiene por qué ser intimidatorio”. Con este tono nos lleva a recorrer desde Aristóteles hasta las campañas políticas de Obama, desmenuzando las partes que conforman la retórica: invención, disposición, elocución, memoria y acción.

P

erteneciente a la primera generación de la posguerra, José Hierro se definía a sí mismo como un “poeta testimonial”. Desde temprana edad comenzó a escribir y a pintar; en un principio se ganó la vida dando conferencias sobre arte y haciendo crítica en periódicos como El alcázar de Toledo, y Nuevo diario de Madrid. Para Hierro, la vida, la poesía, “es la búsqueda del conocimiento a través de la palabra”; es “un acto o método de iluminación interior”. A partir de esta idea, el autor no solo hizo crítica de arte, sino que trató de entender la pintura y su historia en los textos que escribió a lo largo de su vida, y que ahora se reúnen por primera vez en José Hierro. Los sentidos de la mirada, cuya selección y edición estuvieron a cargo de Miguel Ángel Muñoz. Picasso, Paul Klee, El Greco, María Girona, Henri Michaux son algunos de los artistas que aborda.

Polémica a ritmo de rock RESEÑA Ernesto Jiménez Olín

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oda antología siempre será motivo de polémica. 100 discos esenciales del rock mexicano. Antes de que nos olviden, libro coordinado por David Cortés y Alejandro González Castillo, no es la excepción. La inconformidad que el lector pueda sentir luego de leer un trabajo de este tipo proviene del carácter intrínsecamente subjetivo que lo define, cosa que los autores asumen como queda asentado en la Presentación. Pero si la subjetividad de la selección no recae en ellos, algo que sí les compete es haber dejado explicitado algunos criterios metodológicos que son inherentes a toda investigación, los cuales permitirán que se vayan refinando los trabajos que se deriven de él. En principio, señalemos que los 100 discos anunciados en el título no son 100, sino 102. El detalle no es menor si se considera que con esos dos discos extras Caifanes y Café Tacvba resultan dos de los grupos con mayor número de reseñas y con ello puede pensarse asimismo que representan los gustos de los coordinadores. Esta decisión en absoluto es subjetiva y se hizo con plena conciencia. Continuemos; en tanto que nuestro rock está cumpliendo poco más de 50 años ¿por qué cada una de las diversas décadas no tiene un número proporcional de discos? He aquí la numeralia por décadas que nos hace ver la desproporción que existe: 1960: 4; 1970: 6; 1980: 17; 1990: 41; 2000: 31; 2010: 3. Unos renglones dedicados a este punto, no hubieran estado de más y permitirían dejar aclaradas las intenciones de los autores. ¿Por qué los 60 y 70 solo alcanzan el diez por ciento de la cantidad total? ¿Por falta de calidad? El predominio de obras publicadas en 1990 y 2000, ¿se debe a que en esos años consideran se alcanzó la madurez musical? Con respecto a la definición que dan en cuanto a lo que es un “disco esencial”, resulta clara (“la selección de las producciones aquí recogidas tiene sus méritos en los resultados estrictamente artísticos y no comerciales”); pero esta aparente claridad cada participante la interpretó según su criterio, y es en este punto donde la discusión comienza. Y ya que hablamos de los escritores, así como se extrañan grupos se echan de menos a ciertos especialistas. No hubiera estado mal que estos 100 discos esenciales hubieran estado comentados por igual número de críticos. Ofrecer una explicación

David Cortés y Alejandro González Castillo (coordinación) 100 discos esenciales del rock mexicano. Antes de que nos olviden Grupo Editorial Tomo México, 2012 320 pp. de cómo se realizó la selección de autores igualmente no estaba de más (las indagaciones que he hecho, apuntan a cuestiones monetarias, así que el libro parece que se editó con lo que estuvo a la mano). Hablando de los textos, encontramos que quienes se encargaron de pergeñarlos son periodistas y músicos; dada la variedad, la calidad de la escritura es irregular. Predomina la reseña del disco corte a corte; por desgracia, el contexto en que cada disco apareció, lo cual permitiría explicar el porqué de su esencialidad, no en todos los casos es lo completo que se espera. Curiosamente, las páginas escritas por músicos son las mejores: Liber Terán, José Manuel Aguilera, Álex Otaola, Alonso Arreola. Entre los periodistas, se hallan presentes las virtudes y defectos que perennemente han acompañado este ejercicio en la prensa especializada; el defecto constante: la adjetivación excesiva que generalmente es vacua (¿qué es un guitarreo “prístino”?). La imperfección sintáctica es otro sello (tomándolo con humor, esto hay que verlo como el scratch del disco de vinil: si no lo tiene, se extraña). No puede faltar tampoco la sobreinterpretación: ¿de verdad La Revolución de Emiliano Zapata tiene influencia de King Crimson en su disco debut? Anotarlo no está mal, pero se debió haber especificado el tema y el pasaje. El estilo setentero no deja de ser un rasgo de nostalgia. En resumen, ante el magro panorama bibliográfico del rock en nuestro país 100 discos esenciales del rock mexicano es un libro que resulta fundacional. Las diversas tertulias que se dan en el Chopo y en otros lados, se encargarán de enriquecerlo o vituperarlo, pero no pasará inadvertido. L


10  sábado 15 de diciembre de 2012

MILENIO

música Ani DiFranco

“Mi música ha dignificado a la mujer” Revolucionaria y transgresora, la cantautora estadunidense habla sobre las redes sociales, los desheredados y de la música como agente provocador ENTREVISTA ESPECIAL

Su música no es comercial, es profunda y puede llegar a ser incómoda para muchas personas. ¿Se ve como un agente provocador? Estoy en algún lugar llevando a la gente al límite para pensar, reflexionar y sensibilizar. No sé si sea una provocadora o incendiaria, pero es mi responsabilidad hacer un cambio en la gente. No se trata de hacer música para vender y divertir, el arte tiene la función de transformar mentes y corazones. No se puede ni se debe ser tan ingenuo. Mi música ha dignificado a la mujer. Desde mi primer disco hablé sobre el aborto y la mejor manera fue relatando mi propia experiencia cuando tenía 18 años. Mis letras no son inventos, sino experiencias personales o de gente con quien me entrevisto y documento. En “Amendment” toco los derechos de la mujer, su sexualidad, el aborto. Qué mejor manera que hablar sobre esos temas para despojarlos de sus vendas de conservadurismo. Sin duda “Promiscuity” es una de las mejores letras que he leído… Es ver al mundo de la sexualidad con los ojos de una adolescente. Trata de las relaciones obsesivas y compulsivas, de la dignificación de ser amado y amar. El amor inmaduro se impregna de mierda, de celos y posesión. En mi caso, yo pensaba que si me acostaba con alguien iba a asegurar su amor y lealtad. Eso solo lleva al sufrimiento, al amor posesivo. La sociedad está enferma por poseer, un desplante del ego, de ser reconocido y significar algo. Muchas mujeres se embarazan con tal de atrapar al hombre pero finalmente serán abandonadas. Si pudiéramos realmente conocer nuestros deseos y miedos, quizá viviríamos más libres, con una sexualidad más abierta, natural y responsable, sin neurosis ni apegos.

La cantante estadunidense

Juan Carlos Villanueva

L

a música Ani DiFranco lanza afiladas críticas a la injusticia social y al confort en la poesía sonora. Reparte asimismo puntapiés a las partes más sensibles del Goliat social: racismo, derechos de las mujeres, pobreza, autoritarismo —incisivas letras que hurgan en lo más patético de la sociedad contemporánea— son expuestos en su más reciente disco, Which side are you on? DiFranco sabe barajar sus ideales con sus gustos musicales: pop, soul, música ambiental, funk y aires de punk. No es poser ni pretenciosa; es congruente, corrosiva y cabrona. Así se ha forjado durante las últimas dos décadas. Cantante desde que tenía 9 años, y autora de sus propias canciones desde los 14, DiFranco se considera parte fundamental de la canción de protesta en el siglo XXI: “Represento a los caídos, humillados y ultrajados de nuestros días”, dice en entrevista. “Las redes sociales pueden ser la

clave para la nueva revolución, la reivindicación y el honor, pero falta dirección, sentido y significado. No hay líderes, solo habladores, impostores y falsos profetas”, advierte acerca de una sociedad aletargada metida en Internet. Esta rebelde nacida en Búfalo, Nueva York, se acompaña en su decimoséptimo álbum de músicos como la leyenda del folk Pete Seeger (banjo y voz), Ivan y Cyril Neville (de los Neville Brothers), el guitarrista Adam Levy y el saxofonista Sherik. “Trabajé por tres años en Which side are you on?, y el resultado es un disco pensado, inteligente y orgánico. No se trata de un impulso; fue planeado con cuidado. Un factor importante para este disco fue mi esposo, Mike Napolitano. Fue parte esencial en la producción y le dio a mi guitarra esa brutalidad y rabia que penetra más en mi mensaje”. Dice que es un disco más inteligente. ¿De qué manera han madurado sus mensajes políticos y sociales? He dejado de ser explosiva y soy más pensante. Si escuchas canciones como “Amendment” descubrirás mensajes claros y propositivos sobre los derechos civiles de las mujeres. No se trata de canciones de confrontación y desesperación, sino de estrategia y cambio, honor y orgullo.

Es una artista activa en movimientos sociales en Estados Unidos. Ha participado en varios actos de Occupy. ¿De qué manera considera que ha influido en un cambio? Durante mis conciertos me doy cuenta que la gente es receptiva a escuchar sobre nuestras desilusiones y frustraciones como nación. Estados Unidos cuenta con la participación electoral más baja de cualquier nación industrializada. Las redes sociales serían más útiles si hubiera un mensaje más claro, amigable y profundo. Es muy inspirador ver a gente buscando el cambio, tratando de corregir los errores políticos, sociales y económicos que han ocurrido en este país. Lo he dicho muchas veces: los medios de comunicación ofrecen una perspectiva del movimiento Occupy como un grupo de alborotadores y extremistas. Es mentira, son personas normales que salen a las calles para denunciar lo que está mal en nuestra nación. Estas personas luchan por ellos, por los que se quedan encerrados y tirados en sus casas, por los silenciosos, los que no exigen y demandan. L

EL PAPEL DE LAS NOTAS

Manuel M. Ponce en siete incisos Eusebio Ruvalcaba eusebius1951_2@yahoo.com.mx

M

anuel M. Ponce cristalizó el primer gran momento de la música netamente mexicana. Romántico por antonomasia, el suyo fue un estilo de tradición y de inicio; de tradición, por culminar el romanticismo mexicano —con amplias reminiscencias del europeo— y de inicio por atisbarse allí las bases del nacionalismo musical. 2) Como en López Velarde, hay en Ponce una evocación continua, una especie de sabor provinciano, que en su música representó una opción novedosa, no siempre bien vista. 3) Lo conmueve su amigo Jesús Contreras, escultor originario de Aguascalientes. El artista había perdido el brazo derecho, y pese a esta carencia esculpe una magnífica talla, que representa a una mujer encadenada de pies y manos pero que avanza luchando con todo su ser; la escultura, que

fue colocada en la Alameda Central de la ciudad de México y que se bautizó con el nombre de Malgré tout, sacudió a Ponce, quien compuso de inmediato una danza lenta y de carácter taciturno, a la que puso precisamente Malgré tout (a pesar de todo), y, claro, es para la mano izquierda. 4) Es 1904 y parte rumbo a Italia. Llevaba en la bolsa la carta de recomendación que le dio su antiguo maestro Eduardo Gabrielli y, antes que otra cosa, ganas de aprender… y de triunfar. La carta iba dirigida a Enrico Bossi, figura célebre de la pedagogía musical; no puede darle clases al pianista mexicano pero ha visto sus obras, y luego de ponderar su talento le sugiere algo que Ponce nunca olvidará: actualizarse. Era evidente que el compositor en ciernes ignoraba los caminos más recientes en materia de composición; pero también era evidente su humildad, pues se aplicó con esmero al conocimiento de los últimos ismos. 5) Decidido a estudiar a costa de lo que fuera, Ponce le pide a Bossi una recomendación, y éste

se la extiende para el maestro Dall’Ollio, que había sido profesor de Puccini, y para Luigi Torchi. Manuel M. Ponce permanece un año bajo la tutela de estos maestros, pero sus horizontes son más amplios y se encamina a Berlín, en donde será admitido en el Sternsches Konservatorium, en las cátedras de Edwin Fischer y Marthin Krause, dos músicos respetados, que si en un principio juzgaron con cierta animadversión a Manuel M. Ponce, al poco tiempo se dieron cuenta de que estaban ante una notabilidad, un músico con facultades extraordinarias para la composición. Sortea los obstáculos que se le anteponen como pruebas por provenir de un país pobre, y no nada más sale airoso sino que prodiga su genio entre demás maestros y condiscípulos. Ponce era el primer alumno mexicano admitido en el Conservatorio de Berlín, y se dudaba de su capacidad; simple y llanamente no se concebía que un mexicano pudiese estar a la altura de cualquier alemán. 6) Siempre obediente de los impulsos de su juventud, funda en México su propia academia, dicta numerosas conferencias y escribe en diarios y revistas. Ponce tuvo amigos poetas a lo largo de toda su vida; Luis G. Urbina, Ramón López Velarde, Enrique González Martínez, y muchos más, se contaron entre aquéllos; esta afinidad lo llevó no nada más a musicalizar poemas de factura prodigiosa y hondura inequívoca, sino a escribir en importantes revistas de la época. 7) La aportación de Ponce al arte guitarrístico es clave. Quien lo invitó a seguir ese derrotero fue Andrés Segovia, el más grande guitarrista habido. L


sábado 15 de diciembre de 2012  11

LABERINTO

cine Gabriel Retes

“Nunca he levantado la voz en un set” Buscando la ola puede verse desde la óptica del culto al deporte, pero se inscribe sobre todo en el cine de aventuras ENTREVISTA

A la par de su trayectoria como cineasta también tiene una importante carrera como dramaturgo. ¿Cómo se retroalimentan ambas disciplinas? Cuando hago cine hay un llamado del guión, puedo tener una idea que de pronto me dice “Fílmame”. Lo agotador es convencer a la gente para que se sume al proyecto. Con el teatro es diferente porque siempre he tenido obras que me ha interesado montar. Suelo hacer una película cada dos años y montar una puesta en escena cada tres. El resto del tiempo me dedico a escribir y a vivir.

CORTESÍA PRODUCCIÓN

Carlos Jordán

¿Es diferente a la hora de construir los personajes? Lo principal es que sean vitales y verosímiles. El punto de partida es tener personajes con credibilidad. Todo se facilita si trabajas con buenos actores, porque ellos conocen mejor que nadie a los personajes, incluso mejor que el director.

gonzalezjordan@gmail.com

D

urante un campeonato mundial de surf en Costa Rica, un hombre se hace pasar por el reconocido atleta Orlando Buenaventura; en el marco de la competencia el impostor atravesará un sinfín de situaciones inesperadas. Narrada en tono de comedia, Gabriel Retes presenta Buscando la ola, filme de aventuras con el cual el cineasta cumple un viejo sueño de realizar una cinta que se desarrolla en un contexto deportivo.

Está claro que no es de los directores rígidos. Tengo fama de nunca haber levantado la voz en un set. Me gusta conducir y orientar al actor, pero es él quien da vida al personaje. En términos futboleros soy una especie de “10”, soy quien reparte el balón.

¿Cómo nace Buscando la ola? Nace cuando conocí el surf, incluso en alguna ocasión me subí a una tabla. Generalmente, los surfistas son gente protectora del medio ambiente… y sana. Quizá se fuman su porro y se echan unos tragos pero son personas de bien. Interesado en el tema, me enteré que en Costa Rica se iba a realizar un mundial. Me acerqué al comité organizador y le propuse filmar una historia en medio de la competencia. Desde el principio tuve claro que haría una cinta de aventuras pero extraída de la vida real. El filme pertenece a la comedia, género al que siempre ha estado cercano. Me encanta hacer reír. Quienes me conocen más allá de mi trabajo aseguran que soy gracioso. Hace cuarenta años descubrí que el mensaje que pretendo transmitir al espectador penetra más fácil a través de la comedia. Aun en cintas como Chin Chin El Teporocho o Bandera negra hay una importante dosis de humor negro. Yo soy mi primer espectador, de modo que desde el principio intuyo las situaciones que pueden hacer reír. ¿Planeó la película para un público juvenil? Ese fue uno de mis objetivos. Hay jóvenes y romances, es una película juguetona. Desde hace tiempo tenía ganas de contar una historia en la cual el deporte estuviera inmiscuido.

Diecinueve películas en cuarenta años hablan de una continuidad importante. El cine es un oficio de pasión. Siempre he pensado que mis películas me han pedido que las filme. Algunas veces he tenido grandes presupuestos y otras ínfimos. Nuevo mundo fue en su momento una de las cintas más caras del cine mexicano pero algunos la comparan con Arresto domiciliario, que tuvo pocos recursos. Uno obtiene continuidad gracias a la forma que desarrolla para contar historias. Por otro lado, no voy a negar que el reconocimiento cosechado me facilita la posibilidad de filmar.

Escena del filme de Gabriel Retes

¿Hay fórmulas para hacer reír? Fórmulas no existen, hay ciertas reglas pero relacionadas con los emplazamientos de cámaras. Solo en el cine absolutamente comercial y con diseño industrial hay fórmulas, pero ese es otro deporte. El oficio que ejercemos quienes no pertenecemos a Hollywood consiste en contar historias que conmuevan a los espectadores; por eso aprendemos todo el tiempo.

¿Qué es el cine? Así como el siglo XVIII fue el “Siglo de las luces”, el XX es el de “las pantallas”, en particular del cine, el primer espectáculo masivo que pudo reflejar las culturas de otros países. Por eso existe una gran diferencia entre ser cineasta y ser peliculero.

Es también rasgo de su cine rozar los bordes del absurdo. ¿Por qué? Tengo una gran virtud: mis amigos son muy buenos actores. Cuando escribo los guiones, siempre con Lourdes Elizarrarás, ya tenemos en mente a los intérpretes. Así que construimos los personajes con rostros; eso nos permite atrevernos a pedirles lo que sabemos que nos pueden dar. Y una de mis mayores fuentes al momento de trazar a un personaje es Ionesco; su teatro es una inspiración.

Pero es un arte que se está transformando… Yo estoy encantado con eso. Internet me tiene estupefacto. Representa un futuro enorme para la libertad de producción y creación. Me estoy juntando con un grupo de jóvenes para lanzar una serie para exhibirse a través de la red. Espero esté lista el próximo año. L

HOMBRE DE CELULOIDE ESPECIAL

El trampantojo de la ficción Fernando Zamora @fernandovzamora

E

n la transmodernidad el futuro está atrás, y el pasado, adelante. Peter Jackson usa tecnología de punta para crear un filme de sabor añejo y lo hace usando 48 cuadros por segundo. Vale la pena detenerse en esta relación por las implicaciones que pudiese tener en el impacto del público, sobre todo durante las primeras secuencias de El hobbit. Como se sabe, el cine es un engaño, un trampantojo. La retina humana conserva las imágenes durante una décima de segundo. Esta característica que permitió a nuestros antepasados luchar con libélulas y mosquitos prehistóricos permite hoy a los artistas visuales hacer cine. Aunque con dieciséis cuadros por segundo basta para dar la ilusión de movimiento, el ojo captura una enorme cantidad de detalles de los que no somos conscientes. La discusión en torno a cuántos cuadros por segundo percibe un ojo normal está en el aire. Lo importante aquí es que a nivel inconsciente los 48 cuadros que usa Jackson en su entrega de El hobbit se prestan mal para el cine de culebrón, pero sirven bien para el cine de acción. Los detractores de El hobbit se quejan de que la textura del 48/1 es la de una telenovela. Se

han basado sobre todo en las primeras secuencias de un filme que inicia mal pero termina bien. Ya le sucedió a George Lucas con una precuela en la que apostaba por una tecnología que hoy se ha vuelto estándar: el cine digital. La inversión de The Phantom Menace solo podía justificarse si era un éxito en taquilla, pero no hay peor enemigo del arte que pensar en la piel del becerro antes de haberlo matado. The phantom menace es una de las peores decepciones del cine, entre otras cosas por su pretensión taquillera. Lucas apostó a hacer cine para niños creyendo que los niños son tontos. En las primeras secuencias de El hobbit, Jackson parece haber caído en el mismo prejuicio de Lucas, y aunque es cierto que la novela de Tolkien se ajusta al prejuicio de lo que se piensa que es un cuento infantil, su mundo está lleno de complejos temas morales que están bien lejos de la inocencia chabacana. La historia del anillo en la Tierra Media surge como respuesta al relativismo intelectual de la Posguerra. Es la reinterpretación de varias sagas bíblicas y wagnerianas. El señor de los anillos parece poco más que inspirado en El anillo del Nibelungo, y con un argumento de tales aspiraciones queda mal un filme que abre con personajes bobos, gritones y falsamente cómicos. En esos momentos el 48/1 puede producir dolor de cabeza. Sin embargo, Bilbo se embarca en una aventura que cambiará su mundo y, cuando co-

The hobbit: an unexpected journey (El hobbit: un viaje inesperado). Dirección Peter Jackson. Guión Fran Walsh, Philippa Boyens, Peter Jackson y Guillermo del Toro, basados en la novela de Tolkien. Fotografía Andrew Lesnie. Música Howard Shore. Estados Unidos, 2012 mienza la acción, poco importan ya las relaciones fotograma/ segundo. Con el protagonista trascendemos las fronteras del trampantojo. Deja de tener importancia entonces cualquier textura. Nos sumergimos en la acción de una historia que demuestra que el ser humano no podrá superar su angustiado vivir en la realidad enferma que producen las paradojas del bien y del mal. L


12  sábado 15 de diciembre de 2012

MILENIO

varia ELIZABETH ANDRIÓPULOS

ESPECIAL

Desiertos

La Ciudad Letrada Desiertos y memoria no quiere morir de los Andriópulos ARCHIVO HACHE Heriberto Yépez archivohache.blogspot.com

U

na lista de los libros de crítica que han hecho una aportación clave en Latinoamérica tendría que incluir La ciudad letrada de Ángel Rama, una crítica al “grupo letrado” que se formó en la Colonia y continúa hasta nuestros días. Rama se refería a los religiosos, educadores, escritores, intelectuales, todos aquellos encargados de manejar la pluma, los “dueños de la letra”. Decía Rama: “No solo sirven a un poder, sino que también son dueños de un poder”. La semana pasada que criticaba la concepción elitista, “civilizatoria” de Vargas Llosa al contraponer la “Ciudadela de los Libros” contra la “barbarie”, lancé un guiño de ojo para recordar lo dicho por Rama y otros sobre la “Ciudad Letrada”. La “Ciudad Letrada” comenzó en la Colonia y sobrevivió después de la Independencia. Su función era mediar entre el poder gubernamental y el populacho a través de la escritura “leal”. Además, alabar la Bella Forma, por ejemplo, trazando una división clara entre la escritura y el habla vulgar, “cuya libertad —anota Rama— identificó con corrupción, ignorancia, barbarismo”. En México, La ciudad letrada es una crítica tajante que se gusta olvidar, descalificar e ignorar. Quizá porque el propio grupo letrado aquí, con toda pompa, se denomina “República de las Letras”. Cada vez que escucho o leo esta expresión no puedo evitar pensar en el libro de Rama, una crítica devastadora como pocas.

GUÍA VISUAL Hasta la fecha, y sin que parezca preocuparles esta continuidad, muchos escritores y escritoras en México continúan la Ciudad Letrada. Digamos, constantemente defienden la lengua escrita contra el “desorden” del habla popular, y escriben airadamente contra los intentos de escribir libros que de algún modo reflejen la miseria y el analfabetismo, porque según esta postura elitista, colonizada, escribir literariamente debe significar darle la espalda al “caos”, no mezclar la bella letra con la calle puerca. Lo peor de esta situación es que entre las escritoras y los escritores jóvenes es donde actualmente más se siente la vigencia orgullosa de los valores caducos de la Ciudad Letrada. Quizá lo que vendrá obligará a una ruptura entre esta concepción reinante y una concepción más “bárbara”, socialmente consciente, autocrítica, una literatura ética en México. Por ahora, sin embargo, esto es una utopía. La Ciudad Letrada se extiende, y con el regreso del PRI, seguramente, se fortalecerá. El libro de Rama —no obstante algunos problemas (creo yo, algunas condescendencias que todavía tuvo con la escritura literaria)— es un buen testimonio y diagnóstico de un problema vivo. El problema de si la letra seguirá ignorando y hasta defendiendo la desigualdad y la mentira embellecida, o si, en algún momento, la letra será parte de un cambio de modelo social. L

Magali Tercero mtercero2000@yahoo.com.mx

D

esgarros en apariencia imperceptibles. Sutiles pausas en mi hacer cotidiano. Ecos en sordina de emociones-reliquia asediándome tumultuosas una mañana veraniega de 1977. Mi año 2012 terminó hace once días. Quiero pensar mi nuevo libro: una oruga desarrollada a partir del conocimiento de catorce ciudades mexicanas a donde he sido gentilmente invitada por los organizadores de ferias y encuentros. Pero eso lo cuento otro día. Solo diré algo: esta vez sí tengo miedo. Y no porque el tema sean los muertos del sexenio sino porque bordaré alrededor de las muertes diminutas que nos asaltan a todos sin matarnos verdaderamente. Hoy digo sutil y me estremezco. Quién dijera que el duelo por la pérdida de un ser amado, el duelo por el extravío de los hábitos personales que dan forma a la existencia, porque forma es fondo, podía traducirse literariamente a partir del poderío de una ola extrema por su fuerza. Quién dijera, pues, que del accidente marino que dejó viudo al escritor guatemalteco-americano Francisco Goldman (1957) surgiera con tan bella escritura un lamento de amor de belleza casi intolerable. Quién dijera, digo a manera de estribillo, que este gran lamento pudiera aposentarse en mis huesos y en mis venas este diciembre y conducirme, a ciegas, a aquel verano del 77 en el que, sin haber despertado aún, mi madre interrumpió el sueño de la familia con un estertor opaco y murió de infarto segundos después. Say her name Quién dijera que una formidable novelacrónica-autobiografía —etiquétenla como quieran, lo central es la Escritura—, elogiada al azar, me llevaría a la obra de la fotógrafa Elizabeth Andriópulos sobre el duelo por la extinción de su familia paterna en Torreón, el lugar a donde llegaron los inmigrantes griegos de su lado paterno. Escribe ella: “Este es un viaje nostálgico que parte de la angustia que me provocan la pérdida, la orfandad y el amor. Dicen que no importa cuántos años tengas: la muerte de tu familia siempre te dejará en la orfandad. Y así es. En apenas unos cuantos años murieron mi padre y mis dos tías; ellos constituían los

últimos lazos con mi pasado, con la tierra donde crecí y a la que pertenecen mis afectos y apegos. La vida sigue, y la fragmentación del pasado se vuelve inminente. Ante la pérdida, decido realizar esta serie de autorretratos y acciones performáticas, montándome en la vida de mis ancestros, vistiéndome de ellos, transitando un poco sus caminos”. Las palabras Dales la vuelta,/ cógelas del rabo (chillen, putas),/ azótalas,/ dales azúcar/ en la boca a las rejegas,/ ínflalas, globos, pínchalas,/ sórbeles sangre y tuétanos,/ sécalas,/ cápalas,/ písalas, gallo galante,/ tuérceles el gaznate, cocinero,/ desplúmalas,/ destrípalas, toro,/ buey, arrástralas,/ hazlas, poeta,/ haz que se traguen todas sus palabras” (“Las palabras”, Octavio Paz). Identidad La artista se cuestionó entonces sobre la trascendencia de la identidad y, mientras decidía si vender o no la casa, descubrió en las pertenencias de la última de los Andriópulos, una memoria familiar donde cabían los relojes, los espejos, las maletas griegas, el sillón estilo Luis XV, el armario... Dichos objetos forman parte de una serie fotográfica que continúa pues la fotógrafa irá en enero a trabajar otros capítulos de la saga. Me impresiona profundamente la melancolía contenida en ella. Muchas imágenes fueron creadas en el desierto en la antigua casa de una de las tías. Los muebles, adornos y elementos del menaje la rodean cuando posa como melancólica modelo de un tiempo ido. Nombrar, dicen, nos da existencia. Sin nombre nada existe ni se recuerda. Cuántos nombres en estas imágenes. Si leyeran, en el blog de la artista (www.elizabethandriopulos. blogspot.mx ), los comentarios que suscitan… Hay quienes se vuelcan afectivamente. Aquí la melancolía contagia al espectador curándolo. Así pasa con el arte. El impresionante libro de Goldman, premiado en Francia con el Femina 2011, ha curado en mí un duelo inadvertido. No tengo espacio para explicarlo, pero léanlo, por favor. Y también, se los pido, hojeen virtualmente el libro de artista de Elizabeth Andriópulos. En http://librodeartista.ning.com/ photo/001 verán por qué hablo de desgarros imperceptibles. L

Laberinto No. 496  

Suplemento cultural de Milenio Diario.

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