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Laberinto

David Toscana Los académicos van al cielo página 2 Héctor Carreto Clase turista página 3 Braulio Peralta Si fuera Bryce Echenique página 3 Juan Carlos Villanueva Entrevista con Steve Hackett página 11

N.o 490

sábado 3 de noviembre de 2012

La gira mundial de Belinda

Guy Davenport Página 4 ESPECIAL

Claudio Magris Héctor Orestes Aguilar Giorgio Pressburger

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MILENIO


02 b sábado 3 de noviembre de 2012

MILENIO

antesala DE CULTO

ESPECIAL

Los académicos van al cielo TOSCANADAS DEVIANTART

David Toscana

detenidas las almas de los fieles que habían pasado de esta vida en la fe y con esperanza del a RAE suele ser católica. Redentor”. También Redentor Si se busca “karma”, dirá hay uno. “En algunas religiones “Evolución” no es una tesis de la India, energía derivada científica, sino una “doctrina” de los actos que condiciona filosófica; en cambio “creación” cada una de las sucesivas es el “acto de criar o sacar Dios reencarnaciones, hasta que algo de la nada”. se alcanza la perfección”. Por Si bien, hay que aceptar el mismo camino van con el que la RAE ya dio su brazo a “nirvana”: “En algunas religiones torcer, pues define Corán como de la India, estado resultante de “libro en que se contienen las la liberación de los deseos, revelaciones de Dios a Mahoma de la conciencia individual y de y que es fundamento de la la reencarnación, que se alcanza religión musulmana”. Un dios mediante la meditación y la que ha de ser el mismo, pues iluminación”. está en mayúsculas. Todo En cambio, la palabra un cambio con respecto a la “verbo” no tiene asegunes, edición de 1726, que a la sazón regionalismos o nacionalismos. dice: “Recopilación ò libro en El diccionario expresa con que se contienen los falsos convicción que es “la segunda ritos, y muchas ridículas leyes persona de la Santísima y ceremonias de la abominable Trinidad”. En “paraíso”, nos secta de Mahóma”. dicen sin empacho: “Cielo, lugar A la hora de limpiar, fijar y en que los bienaventurados dar esplendor, al judaísmo no gozan de la presencia de Dios”. le iba muy distinto: “Se toma Comoquiera ya es un avance oy por la supersticiosa y terca con respecto al diccionario de observancia, que tienen los 1737, en el que “paraíso” era Judíos, de los ritos y ceremonias “huerto amenísimo adonde de la Ley de Moisés”. Además Dios puso à nuestro primer incluían una acepción padre Adám, luego que le crió. insolente para “judío”: “Voz de Es mui ventilado entre los desprecio y injuriosa, que se Escritores y Doctores la parte usa en casos de enojo o ira”. donde estaba este huerto, y si Por su parte, en la definición dura y permanece ò no. Llámase de cristianismo, no evitaron la freqüentemente Paraíso primera persona del plural: “El terrenal… Se toma asimismo por gremio de los Fieles Christianos, la gloria de los Bienaventurados, que profesamos la Religión ò el Cielo, como lugar de todas Christiana”. Y enviaron su las delicias”. mensaje moral al definir Si mi fe estuviese en los “ateísmo” como “la impiedad dioses del Olimpo, la Academia nécia, que niega la existéncia de me definiría como pagano e Dios”. Ya para la edición actual idólatra. Para ellos, el “averno” no incluyen algún adjetivo es cosa de mitología, pero denostativo, si bien el ateísmo el “infierno” es de religión; apenas llega a ser una “opinión o específicamente es “el estado doctrina”. de privación definitiva de Dios”. Aunque viéndolo bien, estoy Claro, Dios con mayúsculas, de acuerdo con esto último, pues pues solo hay uno. En un sentido aunque yo tuviese certeza de la más amplio, nos dice el DRAE existencia de Dios, esta que es el “lugar en que estaban no dejaría de ser una opinión. L dtoscana@gmail.com

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Marco Lagunas b marclagcan@yahoo.de

Ödön von Horváth

El arte de la quiromancia

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o todas las líneas de la mano son iguales. La del corazón cae en un profundo abismo y luego sigue su paso como si nada. La de la cabeza se hace más ancha en cierto momento, logra extenderse hacia los lados en enramadas, pero se adelgaza irremediablemente hacia el final. ¿Qué querrá decir que te falte el llamado Anillo de Venus? ¿Cómo interpretar que las líneas del Sol y de Mercurio estén a punto de la desaparición? ¿Qué pasa si las de la Vida y de la Suerte nunca se tocan? Y entonces le alargas la mano a la gitana y esta hurga con sus dedos el futuro: “Los últimos días de mayo en París serán determinantes”. El primero de junio de 1938 Ödön von Horváth salió a las siete de la noche del Café Marignan. Se había entrevistado con el director de cine Robert Siodmak, quien tenía el deseo de filmar su novela Juventud sin Dios. Le ofrecieron un taxi para regresar al hotel, pero tuvo un mal presentimiento y decidió caminar por los Campos Elíseos. ¿Pensaba entonces en aquel vaticinio? Había decidido exiliarse en Estados Unidos, y escribía incluso una novela que se llamaba Adieu Europa! Los nazis lo tenían en la mira porque los personajes de sus obras comenzaban a advertir con dureza sobre el peligro de quedar atrapados en la era del pez, en la era de Hitler, y volverse así cómplices de la persecución y el asesinato. Una advertencia que tenía que ver muy poco con el teatro didáctico de Brecht, pues para un pesimista recalcitrante como Von Horváth la esencia de la escritura estaba en otra parte, tal vez en la tragedia diaria de vivir

en una sociedad conservadora a la que le va muy bien el traje fascista; pero también en lo personal, en lo íntimo, en la nostalgia o en los sueños que día a día te sostienen a pesar de todo y te hacen volver los ojos hacia un horizonte con tonos africanos, nicaragüenses, amazónicos. Sin duda, Von Horváth sabía muy poco sobre su propio destino, pero practicaba con soltura el arte de la quiromancia. Las líneas de la mano de sus personajes se mezclan extrañamente: la encantadora señorita Agnes Polliger y la pobre Marianne son orilladas al modelaje, una prostitución de categoría. Son acosadas por Fígaros y Don Juanes contemporáneos que presumen el número de sus conquistas afinando la punta de sus bigotes; vividores refinados, apostadores empedernidos, asesinos potenciales en la Viena de la devaluación y el desempleo; en el München embriagado por el Oktoberfest; entre los paisajes sobrecogedores de las montañas tirolesas. Y mientras tanto, un modo de distanciamiento: en el piso de arriba se escucha a la joven que toca en el piano una y otra vez el vals Sobre las olas de Juventino Rosas. El encuentro con nuestro destino es “determinante”. A las 7:29 de la noche la tormenta se volvió más violenta a cada paso, por lo que el joven aprendiz de quiromancia buscó refugio bajo un castaño. Y en ese instante un rayo derribó la gruesa rama que le quitaría la vida a uno de los escritores austriacos más prometedores de entreguerras. ¿Acertaría la gitana en su profecía? L

EX LIBRIS

BITÁCORA PSICOTRÓPICA

Gamiani bEKO

Xavier Velasco

El corazón y las muelas duelen más de madrugada.

MILENIO b LABERINTO b Dirección: José Luis Martínez S. Edición: Alicia Quiñones Coedición: Roberto Pliego Arte y diseño: Salvador Vázquez Mejía


sábado 3 de noviembre de 2012 b 03

LABERINTO

antesala

Clase turista

Si fuera Bryce Echenique

A veces amigable, otras huraño, el turista es la figura opuesta del viajero profesional: solo deja su casa para coleccionar souvenirs A SALTO DE LÍNEA

POESÍA

ESPECIAL

Héctor Carreto

El olor de las ciudades

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los turistas nos irritan los malos olores. No nos lleves, guía, a los establos de Napoleón ni a las caballerizas del Duque de Wellington; no nos lleves a Waterloo, donde la hierba aún hiede a sangre y las moscas perturban tanto a los muertos como a los vivos. Somos personas higiénicas, con las vacunas en regla. Somos la estirpe de los grandes museos. ¿Por qué no nos invitas a otros campos? Por ejemplo, a presenciar La batalla de San Romano, de Paolo Uccello, donde los corceles vivos permanecen de pie y los heridos huelen a óleo, o condúcenos ante las Yeguas y potros en un paisaje, de George Stubbs, para que aspiremos su estético abono y con ese souvenir regresemos a nuestra patria.

POSTDATA

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lase turista es el más reciente libro del poeta, editor, narrador y traductor Héctor Carreto (Ciudad de México, 1953). Publicado por Postdata Ediciones, su autor escribe en las primeras páginas, que “el poeta del viaje parte de la idea de encontrar lo trascendente. El lector juzgará si lo encuentra o no. Estamos hablando del viajero que pla­nea su viaje individualmente, el viajero profesional. La otra clase es la calificada como turista”. Carreto ha publicado ¿Volver a Ítaca?, Naturaleza muerta, La espada de san Jorge, Habitante de los parques públicos, Incubus... En 2008 apareció la reunión de su obra poética en Poesía portátil (19792006). Ha sido galardonado, entre otros, con el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta, el Iberoamericano Carlos Pellicer para obra publicada, el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes y el Premio de Poesía Luis Cernuda, en Sevilla, España.

El escritor peruano, ganador del premio FIL 2012

Braulio Peralta braulioperalta@yahoo.com.mx

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i fuera Bryce Echenique —con un vodka tonic para alcanzar la serenidad que no logro sobrio— repasaría los errores cometidos en mi literatura para entender por qué me insultan con palabras duras y ofensivas por el Premio Literario de la FIL Guadalajara. No me defendería de nada. Agradecería al jurado la distinción pero rechazaría el premio, por concedérseme en mi casa, como apestado, para que no me griten hasta las piedras si lo hacemos en plena Feria. Quizás eso salve parte del estropicio por los plagios de que me acusan. No haría más. Esperaría el purgatorio literario. El resto sería silencio. Pero no. Ardió el pan en el horno. Ni quisieron saber nada de los que creen en mi obra (110, menos un arrepentido). Académicos, intelectuales, escritores de otros países (aunque no sean del centralista DF). Acarreados les dijeron por firmar a mi favor. No sabía que a los que piensan se les puede manipular así nomás. Algo tendrá mi obra para merecer las distinciones que ha tenido en otras partes del mundo, no solo en el México tan parecido al Perú: vivir con la cabeza enterrada a la tierra sin ver el resto del universo (Paz dixit). Si fuera Bryce Echenique escribiría cómo la historia de un premio se convirtió en ficción. Un cuento largo o novela donde el escritor es el diablo contra esa sociedad que se dice civilizada. Donde las masas nunca se equivocan (es escarnio). Buenos o malos, punto. La Comedia de Alighieri como inspiración. Los libros como mentiras de la realidad.

Yo, protagonista de la hoguera de vanidades, y un reportero que investigue sobre 30 textos plagiados por un escritor: Bryce Echenique. Un relato fantástico que no salve a los autores de sus rencores y debilidades, aunque sepamos escribir bien bonito (¡a la Inquisición!). Pero como no soy Bryce Echenique, él aceptó el cheque de manos de Dulce María Zúñiga —que debe la reseña del evento privado para concluir esta ficción sobre un mundo intelectual decadente y moralista que adorna con pureza de palabras y no dimensiona el desprestigio que han logrado las letras y sus protagonistas. Bryce recibió un dardo envenenado. Lo que importa poco para efectos del purgatorio literario. Será anécdota en lustros (la lista de plagiarios es enorme, ponga a su preferido. Me vale si creen que lo justifico). Si su literatura sobrevive, como los años de Un mundo para Julius, La vida exagerada de Martín Romaña o La amigdalitis de Tarzán, sus detractores ya no lo verán vivito y coleando. El diablo que fue es un alma que regresa a las letras. Suele pasar con escritores de calibre. Bien por los escritores que al menos tienen un libro que casi llega a la década —o ya la cumplieron—, y llevaron la contraria a los improperios hacia el apestado: Xavier Velasco con Diablo guardián, Guillermo Fadanelli con Lodo, Jorge Volpi con En busca de Klingsor. Creo que eso puede dar una idea para otro texto de lo sucedido en el entuerto. Coda ¿Quién escribirá la historia del puritanismo en los escritores? L

MILENIO bLABERINTO b http://www.milenio.com/suplementos/laberinto/Facebook: Laberinto Milenio/Twitter: SCLaberinto


LABERINTO

La gira mundial RELATO

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M.

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LE

de Belinda

Gracias al trabajo de algunas editoriales mexicanas, nuestro universo lector se enriquece y expande. La literatura se vuelve un bien universal. Los textos que presentamos a continuación, por cortesía de Magenta en el primer caso y de Ficticia en el segundo, dan prueba de ello Guy Davenport E n suKafka: A Biography(Oxford, 1981), Ronald Hayman registra lo siguiente: "Un día [Kafka] vio a una niña que lloraba en la calle porque había perdido a su muñeca. Le explicó que la muñeca, a quien había conocido unos momentos antes, tuvo que irse pero prometió escribirle. Durante las semanas siguientes Kafka le envió cartas a la niña en las cuales la muñeca describía sus aventuras de viaje". Mi cuento es una restauración conjetural de esas cartas probablemente perdidas. GD

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LU I

na niña pequeña, llevada con prisa en una carriola por su oficiosa nana, descubrió a medio camino del parque a su casa que su muñeca Belinda se había quedado atrás. La nana había terminado de chismear con otra nana que se contoneaba con una mano sobre la cadera, y había estado viendo un buen rato a los granaderos calzados con sus botas rechinantes, los cuales se paseaban por el parque para coquetear precisamente con ellas. Había puesto una carta en el correo y lloriqueado frente a varias personas. Lizaveta había intentado conversar con un niño que se expresaba en un suave balbuceo; había besado y recibido besos de un perro grande y ayudado a una niña a llenar sus zapatos de arena. Y Belinda se había quedado atrás. Regresaron a buscarla en todos los sitios donde habían estado. La nana estaba en un trance nervioso. Lizaveta gritaba. Ni su padre ni su madre sabían qué hacer para consolarla, pues esta era la primera tragedia de su vida y la niña estaba explotándola al máximo. Su pena era aún más terrible pues había un invitado a tomar el té: Herr Doktor Kafka de la Assicurazioni Generali, oficina de Praga. —¡Querida Lizaveta! —dijo Herr Kafka—. Eres tan infeliz que voy a decir algo que va a sorprenderte. Belinda no tuvo tiempo de decírtelo ella misma. Mientras estabas ausente, conoció a un niño de su edad, tal vez un muñeco, no podría decirlo con certeza, que la invitó a ir con él en un viaje alrededor del mundo. Pero tenía que partir inmediatamente. No había tiempo que perder. Ella tenía

que tomar una decisión en ese momento y en ese lugar. Tales cosas suelen pasar. Las muñecas, como tú sabes, nacen en las jugueterías y poseen un conocimiento más avanzado que el nuestro, que llegamos a las casas en cigüeñas. Tenemos un conocimiento muy limitado de las cosas. Belinda, de prisa, me pidió que te dijera que escribiría a diario y que te habría puesto al tanto de sus planes de última hora si hubiera podido encontrarte a tiempo. Lizaveta no podía creerlo. Pero al día siguiente había en el buzón una tarjeta postal para ella. Nunca antes había recibido una postal. En el lado de la fotografía estaba el Puente de Londres y en el otro una gran cantidad de palabras que su madre le leyó, tal como lo hizo su padre cuando llegó a casa para cenar. ◆◆◆ Querida Lizaveta: llegamos a Londres en globo. Oh, qué emocionante es flotar sobre montañas, ríos y ciudades al lado de mi amigo Rudolf, quien preparó antes de partir un almuerzo de cerezas y mermelada. Los ingleses son muy extraños. Su ropa los cubre de pies a cabeza, donde los botones llegan hasta los sombreros, con ojales, por llamarlos de algún modo, para ver hacia afuera, y una especie de manga para sus enormes narices. Todos llevan paraguas debido a las constantes lluvias, y largos bastones para no perder el paso en medio de la niebla. Se alimentan de panqués y té. He visto al Rey en un carruaje tirado por cuarenta caballos, cuyo trote seguía con precisión el redoble de un tambor. Hasta pronto. Tu adorada muñeca, Belinda. ◆◆◆ Querida Lizaveta: llegamos a Escocia en tren. Este recorrió todo el camino de Londres a Edimburgo a través de un túnel tan oscuro que a cada pasajero se le dio una linterna para que leyera el Times en el ínterin. Todos los escoceses usan falda y bailan al ritmo de las gaitas, y toman avena con leche que cocinan en peroles del tamaño de nuestras tinas. Rudolf y yo pasamos un día de campo en una pradera llena de ovejas. Hay bandidos por

todos lados. La mayoría de los habitantes de Edimburgo son abogados, y sus familias viven en apartamentos alrededor de los tribunales. Hasta pronto. Tu amiga del alma, Belinda. ◆◆◆ Querida Lizaveta: de Escocia hemos viajado en un paquebote de vapor a las Islas Feroe, en el Mar del Norte. Aquí todos son pescadores y pertenecen a una religión llamada Los Hermanos Plymouth, así que de no estar en sus barcas tirando de redes llenas de arenques, se encuentran en la iglesia cantando himnos. Toda la isla resuena con la música. Ni un solo árbol crece en este lugar, y las casas tienen piedras en sus techos para impedir que el viento se los lleve consigo. Cuando dijimos que éramos de Praga, nunca antes habían oído hablar de ella, y preguntaron si estaba en la Luna. ¡Puedes creerlo! Esta carta tardará en llegar a tus manos porque el barco del correo no viene sino una vez al mes. Tu querida compañera, Belinda. ◆◆◆ Querida Lizaveta: henos aquí en Copenhague, hospedados en casa de un amable caballero de nombre Hans Christian Andersen. Vive en la puerta de al lado de otro amable caballero, de nombre Søren Kierkegaard. Ambos nos llevaron a Rudolf y a mí a un parque que está dedicado exclusivamente a los niños y las muñecas, se llama Tívoli. Puedes verlo si das vuelta a esta postal. Cada tarde, hacia las cuatro, niños vestidos de rojo (todos son rubios y tienen grandes ojos azules) marchan por Tívoli y dan vueltas y vueltas alrededor batiendo tambores y tocando pífanos. El puerto es hogar de muchas sirenas. Son muy tímidas y debes ser muy paciente y estar quieta un largo rato para poder verlas. Los daneses son melancólicos y beben grandes cantidades de café y leen únicamente libros serios. En una tienda vi un libro titulado ¿Cómo estar seguro de lo que es y no es? Y una Introducción al existencialismo para muñecas; ¿Si esto, después qué? y Eres más miserable de lo que crees que eres. Con premura, Belinda.

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literatura ◆◆◆ Querida Lizaveta: las campanas de la iglesia de San Petersburgo repican todo el día y la noche. Rudolf teme que nuestros oídos se vean afectados. Nieva todo el año. En cada coche estacionado en la calle hay un samovar. Aquí también se leen libros serios. Su autor favorito es el conde Tolstoi, que es él mismo uno de sus campesinos (dicen que esto altera los nervios de su mujer) y solo se alimenta de remolacha, aunque le pone cebolla durante la Pascua. No podemos leer una sola palabra de los letreros de las tiendas. Algunas letras están escritas al revés. Los hombres se dejan crecer espesas barbas y parecen osos. Las mujeres calientan sus manos en un manguito. Tu amiga tiritante de frío, Belinda. ◆◆◆ Querida Lizaveta: hemos cruzado las nieves de Siberia en trineo y estamos en la isla Sajalin, hospedados con un hombre muy agradable y cortés llamado Anton Chéjov. Vive en Moscú, pero está de paso por aquí escribiendo un libro sobre este extraño lugar del norte, donde los mosquitos son del tamaño de los loros y toda la gente está en la cárcel por desobedecer a sus padres y tomar cosas que no les pertenecen. Los rusos son muy estrictos. El señor Chéjov nos señaló a un hombre que está cumpliendo una condena de mil años por no haber dicho Gesundheit cuando el zar estornudó cerca de él. Es todo muy triste. El señor Chéjov dice que va a hacer algo al respecto. Tiene un gato llamado Pussinka que está ansioso de regresar a Moscú y a quien Sajalin no acaba de gustarle. Tu amiga del alma, Belinda. ◆◆◆ Querida Lizaveta: ¡Japón! ¡Oh Japón! Rudolf y yo hemos comprado quimonos y paseado en una carretilla, deleitándonos con las vistas del Fujiyama (una montaña azul, nevada en la punta), con las glicinas en flor y los huertos de cerezas y los puentes que se elevan formando una joroba en vez de seguir adelante en línea recta. Los japoneses beben té en tazas pequeñas. Las mujeres usan peinados muy altos, en los cuales han insertado grandes agujas amarillas. Todo el mundo deja de hacer lo que está haciendo diez veces al día para escribir un poema. Esos poemas, que son muy breves, hablan acerca de grillos y de contemplar el Fujiyama a través de las nubes que delinean su cumbre, así como de sentirse solo cuando hay luna llena. Somos muy populares, pues a los japoneses les gusta lo novedoso. Con emoción, Belinda. ◆◆◆ Querida Lizaveta: henos aquí en China, de donde es la gran muralla que está en el otro lado de la postal. El emperador es un niño pequeño que usa vestidos del color de la paprika. Vive en un palacio del tamaño de Praga, con un millar de sirvientes. Para desplazarse de su cuarto a su trono emplea una silla con dos palos adheridos a la parte de abajo, y es transportado en ella. Cuando hace popó cinco doctores van a examinarla. Lamento ser vulgar, pero ¿cuál es el sentido de viajar si no aprendes cómo vive la gente lejos de Praga? Dime tú. Los chinos comen con dos palillos y sorben la sopa. Su cabello termina en una diminuta cola de caballo. Todo el país huele a jengibre, y dicen plaga en vez de Praga. ¡Todo el día hay fuegos artificiales, fuegos artificiales y más fuegos artificiales! Te adora, Belinda. ◆◆◆ Querida Lizaveta: hemos zarpado a Tahití en un velero. Esta isla es completamente rosa y verde, y la gente es morena y haragana. Las mujeres son muy hermosas, de largos cabellos negros y lindos ojos negros. Los niños trepan las palmeras como si fueran monos y no llevan un hilo de ropa. Hemos conocido a un francés de nombre Gauguin que pinta a los tahitianos y a otro francés de nombre Pierre Loti, que lleva puesto un fez y lee los periódicos europeos sentado todo el día en un café, y además dice que Tahití es romántico. Rudolf y yo decimos que es muy caliente y decididamente incivilizado.

¿He dicho antes que Rudolf pertenece a la familia real? Es un buen deportista, pero tiene sus limitaciones. ¡No hay calles en este lugar! Románticamente, Belinda. ◆◆◆ ¡Bien! ¡Querida Lizaveta, San Francisco! ¡Oh Dios mío! En este lugar sí hay calles, todas colina arriba, y en ellas encuentras detectores de oro al lado de sus respectivas mulas. Hay cantinas con puertas corredizas y chicas Dora Flora bailando adentro. Todo el mundo toca ¡Oh Susana! con sus banjos (cada quien tiene el propio) y por doquier ves pasar indios chacta envueltos en mantas y vaqueros armados con revólveres y chinos y mexicanos y esquimales y mormones. Todas las casas están hechas de madera, con adornos bellamente labrados, y la gente de las buenas familias se sienta en los pórticos a leer diarios políticos. Pero nadie en América puede recurrir a ninguna oficina pública, sea cual sea el caso; así pues, el alcalde de San Francisco es un sastre judío y sus concejales son un indio piel roja, un jardinero japonés, un conde británico, un cocinero samoano y una predicadora presbiteriana. Conocimos a un escocés de nombre Robert Louis Stevenson, quien nos llevó a ver una ópera italiana. Tuya para siempre, Belinda.

Abril

La historia de un amor FRAGMENTO Joseph Roth

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◆◆◆ Querida Lizaveta: ¡cómo cambian las cosas! ¡Rudolf y yo nos casamos! Claro: lo hicimos en las Cataratas del Niágara, donde te formas en fila, una pareja detrás de otra, y recibes la bendición de un ministro protestante, un rabino o un sacerdote, tú escoges. Después te metes en un barril (¡qué divertido!) y te lanzas a las cataratas —dando tumbos y tumbos hasta llegar al fondo—, y rentas una cabaña de luna de miel, hay cientos situadas alrededor de las cataratas, y en cada una de ellas se encuentra un esposo feliz y una esposa contando los billetes y las monedas. Sé por tus padres que mi hermana de la juguetería ha ido a vivir contigo y es ahora tu muñeca. Rudolf y yo vamos a ir a la Argentina. Debes ir a visitar nuestro rancho. Te recordaré siempre. Señora Rudolph Hapsburg und Porzelan (tu Belinda). L

a noche de abril en la que llegué estaba nublada y cargada de lluvia. Las siluetas plateadas de la ciudad se extendían temerariamente contra el cielo, casi cantando entre la tenue niebla dispersa. Fina y sinuosa ascendía hacia las nubes una torrecilla gótica. El reloj iluminado del ayuntamiento colgaba en el aire como sostenido por una cuerda invisible. Alrededor de la estación de tren había un olor dulce, embriagado de hulla, de jazmín, de praderas fragantes. El único coche de la ciudad esperaba, indiferente y cubierto de polvo, frente a la estación. La ciudad debía ser pequeña. Poseía una iglesia, un ayuntamiento, un pozo, un alcalde, un coche. El caballo era café, de grandes pezuñas, con puños de mechones rojizos sobre las articulaciones de las patas y no tenía anteojeras. Sus ojos saltones miraban con benevolencia. Al relinchar, inclinó la cabeza, como un hombre que se dispone a estornudar. Subí al coche y examiné en el camino las sombrillas y las maletas tambaleantes con los hombres que colgaban de ellas. Escuché lo que la gente decía y sentí la miseria de sus destinos, la cortedad de su vida, la estrechez y la futilidad de sus pesares. En los campos de ambos lados del camino se derramaba la niebla como plomo fundido, simulando mar e inmensidad. Por eso las sombrillas, los hombres, las palabras, el coche eran tan minúsculos y ridículos. Creí realmente en el mar a ambos lados y me asombré de su quietud. Quizás esté muerto, pensé. La chimenea de una fábrica que ascendió repentina junto a una esquina de casas blancas, inquietante a pesar de lo delgada, parecía un faro apagado. A la orilla del camino acampaban hombres de paso: avanzadas de la ciudad. Eran confiados y francos, podía ver lo que ocurría en esas barracas: una madre bañaba a su hijo en un barril. El recipiente tenía un ceñidor de hojalata brillante y cruel, y el niño gritaba. Un hombre estaba sentado en su cama y un joven le quitaba una bota. El joven tenía la cara roja, esforzada, hinchada, y la bota estaba sucia. Una anciana barría con una escoba el suelo del cuarto, y sospeché su siguiente quehacer: recogería el mantel azul y rojo, caminaría hacia la ventana o la puerta y echaría los restos de comida en el pequeño jardín. Tuve compasión del niño en el barril, del joven que jalaba la bota, de los restos de comida. Las viejas que escombran en la noche deben ser malas. Mi abuela, que parecía un perro, siempre barría con la escoba el suelo en la noche. Yo era muy chico, odiaba a la abuela y a la escoba y amaba los recortes de papel, las colillas de cigarro y todas las formas del desecho. En mi bolsillo rescataba de la escoba de la abuela lo que hubiera en el suelo. Sobre todo me gustaban las briznas de paja. De las cosas eran las más vivas. A veces, cuando llovía, miraba por la ventana. En las olas de uno de los incontables arroyuelos nadaba, bailoteaba, daba vueltas con coquetería, y despreocupadamente una briznita de paja no sospechaba nada de la alcantarilla hacia la que la arrastraba la corriente, en la que desaparecería. Yo corría por la calle, la lluvia era pesada y arreciaba, me azotaba, pero corría a salvar la brizna de paja y la alcanzaba apenas ante las rejas del desagüe Vi mucha gente en la noche. En esta ciudad quizá las personas se iban tardísimo a dormir. ¿O era abril y la expectación que estaba en el aire de que lo vivo debía mantenerse despierto? Todo lo que me encontraba tenía algún sentido. Llevaban destinos; eran destinos; eran dichosos o desdichados, de ninguna manera indiferentes y accidentales; o, por lo menos, estaban borrachos. De noche, en las ciudades pequeñas no hay gente ocasional en la calle. Solo amantes o rameras o serenos o dementes o poetas. Los de paso e indolentes están seguros en casa. En medio de la plaza de armas está el fundador de la ciudad, un obispo de piedra, como si estuviera en estado de alerta. Está en el centro y es importante. Creo que la gente lo tiene por muerto y liquidado. Pasa enfrente y no lo saluda; no tendría que temer decir un secreto acerca de él o cometer un crimen. ¿Para qué lo sigue conservando? Me dio pena el obispo que seguramente se cansó mucho al fundar la ciudad. Tenía un gesto contenido alrededor de la boca y se parecía a aquellos que han conocido la ingratitud del mundo. Esa noche le prometí leer de manera cuidadosa acerca de él. Pero nunca llegué a hacerlo. Pues también en esta pequeña ciudad, los hombres vivos tenían historias que se me cruzaban en el camino, me envolvían y atrapaban. Y además era primavera y, en esa época del año, no me interesan los obispos y los fundadores. L

Tomado de La sonata Concord, Magenta, 2012 Traducción de Gabriel Bernal Granados

Tomado de Abril y otros cuentos, Ficticia, 2012 Traducción de Javier García-Galiano

◆◆◆ Querida Lizaveta: estoy escribiendo esta postal en una diligencia, mientras cruzamos el Viejo Oeste. Hemos visto muchas aldeas indias con tipís y millares de búfalos. Nos tomó horas descender por una de las laderas del Gran Cañón, recorrer la planicie (el río es poco profundo y lo atravesamos en línea recta, dando chapuzones) y subir por la otra ladera. Los indios se visten con unas mantas de colores y llevan una pluma colocada en el cabello. Hoy, temprano, vimos a la Caballería de los Estados Unidos cabalgando con la bandera norteamericana. Estaban cantando “Yankee Doodle Dandy” y todos eran muy guapos. Me provocará náuseas seguir escribiendo, pues vamos tan rápido como un tren. Con asombro, Belinda. ◆◆◆ Querida Lizaveta: hemos estado en Chicago, cerca de uno de los Grandes Lagos, y hemos cruzado el Mississippi, que es tan ancho que no puedes ver nada del otro lado, solo barcos de ruedas navegando en medio, cargados de pacas de algodón. Hemos visto utopías de cuáqueros y shakers y menonitas, quienes viven justo como les da la gana en este país libre. No hay reyes, sólo un Congreso que está en Washington y al que no le importa en lo más mínimo lo que le pasa a la gente. Conocí a uno de esos congresistas. Era gordo (de tres papadas, te lo juro) y nos ofreció a Rudolf y a mí un dólar a cada quien si prometíamos votar por él. Cuando le dijimos que éramos de Praga, comentó que tenía la esperanza de que empezáramos una guerra, porque la guerra es buena para los negocios. ¡Vamos rumbo a Nueva York! Con premura, tu adorada Belinda.


LABERINTO

Retrato de un Ulises de frontera Ofrecemos dos acercamientos a la figura de Claudio Magris, el germanista, el viajero, el innovador del ensayo, el periodista, que acaba de ser distinguido con el Premio Isaiah Berlin 2012, un reconocimiento al mérito intelectual que la Universidad de Génova concede a grandes pensadores. El primero aparecerá ampliado en un volumen en preparación que publicará próximamente Ediciones Cal y Arena, con la presencia de más de quince escritores de México y España. El segundo proviene de un libro-homenaje titulado Claudio Magris. Argonauta, de 2009, con motivo de sus 70 años Héctor Orestes Aguilar

A

caso ya en 1947, apenas con 8 años de edad, había tomado conciencia del fenómeno decisivo en su biografía y su obra: tener una identidad de frontera. Su entorno natal estaba sometido por entonces al ejército de ocupación yugoslavo. Al abandonar 24 meses después sus guarniciones y marchar a casa, las tropas del mariscal Tito dejaron tras de sí un espacio geográfico declarado poco después “Territorio Libre”, enclave autónomo suspendido en el tiempo, opulento crucero de civilizaciones vivido como el rincón donde dos partes del mundo se disociaban para siempre de manera radical. Ese confín, Trieste, la “ciudad de papel”, fue lugar privilegiado para entregarse al placer de leer y escribir. El niño fronterizo cumple 12 años cursando con frecuencia páginas de Salgari y Stevenson, descubre la posibilidad de hacer libros a partir de otros libros y comienza a copiar una enciclopedia paterna. De esta manera compone su ópera prima, un tratado sobre 120 razas caninas, donde hay “malos” (el dogue de Bordeaux) y “buenos” (el mastín español y los perros de trineo). Para aquel hijo de una maestra de primaria y del empleado de una aseguradora ese incipiente manual preludiaba ya un destino literario. Que no tardaría mucho en hacerse realidad. En 1957, al aprobar la matura, el presidente de la comisión de su examen, Giovanni Getto, lo convence de abandonar el vago proyecto de estudiar dirección en el Centro Experimental de Cine en Roma y de trasladarse a Turín para estudiar letras y filosofía. Getto —gran erudito, autoridad en el Barroco, Boccaccio, la literatura religiosa, Tasso y Manzoni— condujo al bisoño universitario fronterizo a los estudios literarios como práctica integral y lo instruyó en “los misterios” de la crítica. Paso a paso, ese anónimo triestino se convirtió en el autor hoy conocido por todos como Claudio Magris. Turín fue observatorio privilegiado para apreciar la evolución de la realidad social italiana. En la capital piamontesa, Magris también tuvo distancia suficiente para revalorar la importancia literaria de Trieste, en esos tiempos menospreciada como “cul de sac del Adriático”, donde vivían o habían vivido importantes escritores: Svevo, Bazlen, los hermanos Stuparich, Quarantotti Gambini, Saba, Biagio Marin, Giorgio Voghera y Anita Pittoni, entre muchos otros. Para Magris, la escena turinesa fue una Bildungsroman. Además de Getto, Magris tuvo como principales influencias a Leonello Vincenti, notable experto en Franz Grillparzer y minucioso conocedor de la

modernidad vienesa; Ladislao Mittner, autor de una referencial Historia de la literatura alemana en 3 corpulentos tomos; Sergio Lupi, director del renombrado Dizionario Critico della Letteratura Tedesca; Franco Venturi, quien le contagió el interés por la historia; y Cesare Cases y Giorgio Melchiori, con quienes estudia crítica lukacsiana y análisis del texto, respectivamente. Luego de cinco años de estudios de germanística, el joven triestino desecha la tentación de escribir junto a Gianni Vattimo una tesis filosófica y se doctora en lengua y literatura alemanas bajo la dirección de Vincenti con El mito habsbúrguico en la literatura austriaca moderna (1963).

Ese confín, Trieste, la "ciudad de papel", fue lugar privilegiado para entregarse al placer de leer y escribir A fines de la década de 1960, Magris comienza a colaborar con Il Piccolo di Trieste e Il Corriere della Sera, experiencia definitiva para ganar una prosa ágil y enérgica. En esa época su maestro informal es Alberto Cavallari —tal vez por encima de Walter Benjamin, a quien leyó con esmero—, quien estimula a Magris para aprender la “lectura de las calles” como ejercicio habitual. Será aquel veterano reportero (antítesis del periodismo “bien peinado” y conceptuoso, como el de Indro Montanelli) quien le insista viajar a Viena para aprender a flanear como escritor y le inspire a redactar con garra, ingenio y soltura. Con ese bagaje Magris ha concebido cerca de 30 libros y más de 300 escritos de toda índole. De ese repertorio, cuatro son piezas teatrales (Wilhelm Heinse, Stadelmann, Las voces, La exposición) y un par de títulos al alimón, con Angelo Ara y su maestro Cesare Cases.

No puede olvidarse un hecho biográfico esencial: en 1994 fue candidato al Senado de Italia como miembro único del “Grupo Trieste”; aun así, logró el apoyo de los Popolari, el PDS, el Patto Segni, la Aleanza Democratica y Rifondazione Comunista, y como senador electo se sostuvo en su mandato un bienio. Uno de sus logros memorables, por cierto, fue impedir en su terruño el cierre del Caffè San Marco, baluarte, si los hay, de la triestinidad. La fusión de pasión periodística y actitud pública están presentes en su más reciente libro, Livelli di Guardia. Note civile (2006-2011) [Garzanti, 2011], reunión de 47 artículos aparecidos en el Corriere, más un apéndice: su discurso al recibir el Premio de la Paz en 2009. Con la pulsión del gran cronista, Magris examina aquí los daños producidos por los estertores del berlusconismo, periodo negro durante el cual el tejido social italiano se desarticuló a un grado alarmante. Un ejemplo de estos Apuntes cívicos: la carta abierta al propio Berlusconi, en octubre de 2008, donde reclamaba a su entonces presidente una reacción firme ante Nicolas Sarkozy, quien se negaba a extraditar a Italia a Marina Petrella, terrorista condenada en su país por homicidio múltiple. Ese desplante era, escribe Magris, evidencia insultante de la imagen negativa de Italia en el exterior, una imagen-país de ilegalidad y corrupción. Ni como ensayista ni como figura pública Magris es un solitario en la sociedad literaria italiana. Sin embargo, la voz del escritor triestino se distingue por su enorme capacidad de interpelación, la universalidad de su alcance y la perdurabilidad de una parte muy estimable de su obra. Sus hallazgos admiten esta enumeración mínima: 1. La revaloración de la triestinidad como “identidad de frontera”, entendida esta a manera de matriz literaria. 2. La idea misma de “literatura de frontera”, aplicable a escritores y obras provenientes de enclaves multiculturales, cuyo legado no pertenece


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de portada FOTOS: ESPECIAL

Para Claudio Giorgio Pressburger

U

por necesidad a un solo canon nacional o a una sola historia oficial de la literatura, sino que se encuentra repartido entre ciudadanías y lenguas. 3. Haber dado luz, de manera integral, sobre un acervo literario (autores, obras, ideas literarias) poco apreciado de manera homogénea antes de los 1960: la literatura austriaca moderna. 4. Explorar la idea de una totalidad literaria. Dicho de forma más puntual, examinar al imaginario habsbúrguico como una totalidad mítica. 5. El desciframiento del andamiaje de la cultura literaria oficial austriaca, haciendo visible cómo el canon literario austrohúngaro se usa con fines políticos, en particular por la historia cultural vienesa. 6. Ejercitar de manera novedosa una forma de escritura —el ensayo itinerante— que, si bien está muy arraigada en la literatura italiana, no había alcanzado una capacidad expresiva tan seductora. 7. Realizar una síntesis prosística entre la literatura de viajes, el ensayo académico y la crónica periodística. Claudio Magris es hoy un referente ineludible y sus escritos un asidero permanente. Si bien algunos libros suyos no sobreviven al paso del tiempo (al día de hoy, por ejemplo, El anillo de Clarisse, Tres estudios sobre Hoffmann y su ensayo sobre Tankred Dorst se leen ya poco) ha contribuido a la formación del gusto literario de por lo menos tres generaciones de lectores italianos (y de otras partes); ha iluminado amplias zonas de literaturas menospreciadas o ignoradas y fusionado géneros literarios desvinculados. Sin pretender convertirse en un “clérigo”, sin pontificar ni establecer una línea excluyente de pensamiento, ha logrado sostener una opinión firme y crítica en medio de las oscilaciones de la acomodaticia inteligencia europea de nuestros días, casi resignada a la depauperación de la vida intelectual en su continente. Por ello es imprescindible seguir apreciando la dimensión humanística de la obra de Magris en un mundo confrontado, de manera cada vez más radical, al vacío de los valores. L

n hombre joven llega al Bar Rex. Es primavera. Lleva puesto un impermeable claro. Ya no es un muchacho pero, de cualquier manera, da la impresión de juventud, de frescura, de esa juvenil buena disposición hacia todos. Su cabello, que en mechones le enmarca ambos lados de la frente, le confiere el aspecto de un oriundo de algún país de Europa del Este, de un búlgaro o de un polaco. Trieste. Café Tommaseo. Un vetusto café con las paredes ennegrecidas por el humo. El mismo hombre joven aparece en compañía de una joven mujer. De cabellera oscura, dientes blanquísimos, porte altivo, mirada alborozada. Juntos dan la impresión de una promesa de la vida, de algo armonioso que comenzó al principio del mundo. Milán. El hombre joven está sentado en la mesita de una cafetería con servicio de restaurante. Come precipitadamente, mira en el plato, sus movimientos son rápidos y nerviosos. Habla animadamente. A cincuenta metros de allí, en un gran hospital, están operando a la joven mujer que estaba a su lado en el Caffé Tommaseo. El hombre joven tiene el rostro levemente enrojecido, como si fuese presa de una gran excitación o como si tuviese fiebre. Milán. Habitación privada de un hospital. La joven mujer convaleciente conversa tranquilamente con una amiga. Da la impresión de una promesa de vida, sonríe, ríe, escucha, más altiva y tranquila que nunca. Como si una armonía secreta la iluminase. Tiene el rostro radiante. El hombre joven y la joven mujer están cenando en casa de amigos. Están tranquilos. Conversan con alegre benevolencia. Como si el mundo se hubiese despertado en ese momento para comenzar su historia. La idea del candor, de la promesa, no ha desaparecido, incluso el aspecto de los dos jóvenes sigue siendo idéntico, inmutable. El hombre joven está esquiando en una pista para carreras de fondo. Supera los pequeños declives con un cuidado acaso un poco excesivo. Sus movimientos son los de un muchacho que todavía se siente un poco inseguro, pero no asustado. Por las noches bebe cerveza en la Stube de un hotel, canta canciones populares y lieder del siglo XIX, juega a las cartas. La joven mujer está con él, se divierte con él de una manera discreta pero segura.

El hombre joven está sentado en un antiguo café. Sobre la mesita, frente a sí, tiene legajos de papeles, unas tijeras grandes, un pequeño pincel para embadurnar el pegamento, una caja redonda de metal, lápices. Cada tanto llega alguien a saludarlo. Él conversa, distraído y cordial, durante unos minutos con las personas que llegan, luego vuelve a cortar y a pegar pedazos de hojas de papel. El hombre joven está frente a un bar, en Roma, cerca del Senado. Lleva anteojos y es lento en sus movimientos, mira frente a sí, habla lento. Bebe una cerveza sin muchas ganas, mira frente a sí, se levanta y se marcha con el crepúsculo, lentamente, con visible cansancio. Da la impresión de la desesperación, ante la promesa que no pudo sostener la vida. En vez del impermeable claro, el hombre joven lleva una chamarra. En la cabeza lleva una montera, en la mano un portafolio desgastado. La gorra con visera recuerda otros tiempos, otros lugares. El hombre joven está invitado a cenar en casa de unos amigos. La joven mujer no está con él. No está con él y está con él. El hombre joven impartirá una conferencia. Mucha gente ha llegado para escucharlo. Su hablar es sincopado pero claro, todos están atentos. Más que atentos, casi hipnotizados. Todos sonríen al mirar fijamente al hombre joven. Algunas veces también él sonríe. Luego de la conferencia el hombre joven ha sido invitado a cenar a un restaurante. Habla en voz alta y ríe. Luego, repentinamente, se queda en silencio. Luego ríe, luego calla. Luego habla en voz baja. Pero después de un rato vuelve a hablar con voz fuerte. El hombre joven lleva una chaqueta nueva. En la cabeza lleva una montera nueva. Lleva en la mano una bolsa nueva. Lleva de su correa a un perro joven. Lleva a su lado a una joven mujer. Tiene a su lado a dos hombres jóvenes. Sus hijos. El hombre joven está frente a una hostería. Ya es de tarde. Apoyado en el muro, se fuma un cigarro. Un cigarro grande que ha partido en dos. Lleva a su lado a una joven mujer. También ella fuma. Sonríen. El cachorrito está adentro de la hostería, debajo de la mesa. El hombre joven se arroja al mar desde una escollera. Nada con brazadas veloces. Es otoño. Sopla un poco de viento. El hombre joven se vuelve a vestir a toda prisa, y con pasos veloces y algo patituertos, como los de un adolescente un poco desgarbado, se dirige hacia la parada del autobús, llevando en la mano una bolsa de piel. El autobús llega, el hombre joven salta al autobús que se pone en marcha de inmediato. El hombre joven tiene setenta años. L Traducción de María Teresa Meneses


08 b sábado 3 de noviembre de 2012

MILENIO

en librerías

Más allá de la contracultura

Como en el cine Ana García Bergua La bomba de San José Ediciones Era/ Literatura UNAM México, 2012 339 pp.

Diedrich Diederichsen Psicodelia y ready-made Adriana Hidalgo Editora Argentina, 2011 213 pp.

RESEÑA Ernesto Jiménez Olín

E

l hecho de incluir un ensayo con el título “En la habitación de al lado. El texto de las drogas”, le otorgaría inmediatamente el calificativo de contracultural a Psicodelia y ready-made, del crítico y periodista alemán Diedrich Diederichsen, pero él mismo lo corrobora pues emplea el término en diversas páginas del libro. Sin embargo, está años luz alejado del modo en cómo se ha tratado el tema en nuestro ámbito por la profundidad de las ideas y las referencias que fundamentan su pensamiento: mientras la suya es una visión en que la historia y la sociología de la cultura se mezclan con la fi losofía, la que se ha ejercido en nuestro medio es más lírica que crítica. En el texto mencionado, se enfoca en las experiencias con los paraísos artificiales de dos fi lósofos y un escritor-pensador alemanes: Walter Benjamin, Ernst Jünger y Ernst Bloch. Así expone su objetivo: “mi interés central no pasa por un doble rostro de la experiencia de las drogas y las subculturas construidas en torno a ellas. Lo que me interesa es más bien el texto específico que surge cuando las personas que toman drogas se observan a sí mismas”. Si bien, explica el autor, hay diferencias en los objetivos de la experiencia entre Benjamin y Jünger —mientras el primero rechaza el elemento metafísico, el segundo cree en él—, algo los hermana: el uso de la droga “en un sentido heurístico; se trata de un experimento con la propia intelectualidad”. Diederichsen se detiene específicamente en lo que llama “los protocolos de drogas”, que en términos muy generales se refiere al modo en cómo se van percibiendo los parámetros tiempo y espacio. Aquí lo medular es la manera en que el autor integra la droga —la psicodelia— en la apreciación estética. En el texto “Dotes psicodélicas: el minimalismo y el pop”, que es el eje del volumen, se expone la relación de los elementos a los que alude el título y de qué manera lo que llamaríamos la circunstancia actual —la psicodelia— afecta y descontextualiza la del pasado —el ready-made—: “La experiencia psicodélica y los ready-made tienen, en efecto, un momento común: los objetos se salen de contexto, se transforman en objetos trascendentes de los que hay que reírse porque todavía se recuerda la banalidad funcional que poseían antes de que se desintegraran en patrones microscópicos, piezas de arquitectura, relaciones entre las partes y el todo, y otros aspectos formales”. Por si quedaba alguna duda, solo hay que reafi rmar que cuando se habla de “experiencia psicodélica” se habla de probar las drogas del periodo sesentero: LSD, STP, mezcalina, hongos o, como especifica el autor, “la cantidad correcta de marihuana”. Por ello, nos ubicamos menos en una experiencia mística y más en una de conocimiento. Diederichsen es categórico en su posición: “En otras palabras: bajo los efectos del LSD todo mingitorio tiene la dignidad de una obra de arte. Para ello no es necesaria la revalorización por medio del acto autoral de un artista y la arquitectura institucional utilizada por él”. La lectura del libro, en estos tiempos faltos de conciencia histórica, nos recuerda la teoría de los ciclos. La década de 1960 se privilegia porque en ella la asociación entre las revueltas sociopolíticas y las vanguardias volvió a darse como en las primeras décadas del siglo XX, en las que los diversos “ismos” —futurismo, cubismo, expresionismo, dadaísmo, surrealismo, etcétera— y la I Guerra Mundial y la Revolución Rusa confluyeron. En el texto “Las generaciones”, de consulta obligatoria para los que estudian las formas de organizarse de los chavos, Diederichsen demarca tres momentos del siglo XX fundamentales en su exposición —68, 77 y 89—, los cuales están ligados a rebeliones juveniles. Él concluye que después de la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS, a las revueltas juveniles les falta “la posibilidad intelectual de poseer una mirada de una totalidad desde afuera. Incluso aquel que no simpatizaba explícitamente con el socialismo real podía pensar que era posible un sistema completamente diferente”. Por mera extensión, entonces, se entiende el regreso a las ideas de Marx ya que esto le otorgaría una coherencia moral a los movimientos que se reivindiquen de izquierda, ya sean juveniles o políticos. L

RESEÑA Adriana Díaz Enciso

¿

Habrá algún invento que compita con el potencial de crear ilusión del cine? La bomba de San José, de Ana García Bergua, nos hace pensar que nada ha contribuido de igual forma a alimentar nuestra credulidad. Todo empieza con la aparición de Selma Bordiú en el hogar de Hugo y Maite, suspendido como tantos en los años sesenta entre la subversión de las costumbres y el aburrimiento de una vida convencional. A Maite le cuesta reconocerla: “no estaba maquillada como en las películas”. En ese contrapunto entre realidad y cine se desenvuelve la trama. Hugo, junto con dos compañeros de parranda, es publicista, pero su ambición es escribir guiones. La vida de estos hombres y sus esposas fluctúa entre el tedio y la ilusión. Ellos tienen la mirada fija en un futuro de éxito y diversión. Ellas... pues no tanto, atrapadas entre las buenas y las nuevas costumbres, pero lo intentan. Con la irrupción en sus vidas de una actriz famosa, la realidad es arrasada por una ficción colectiva que cuelga del encanto de la gran pantalla. “Me sentí como en una de esas películas a go-gó”, dice Maite, y los lectores nos sentimos igual, arrastrados por el impecable retrato de época que hace García Bergua. Mientras Maite pierde su ingenuidad, el lector recuerda sobre qué andamios culturales y mediáticos se construyó una época ingenua también y en general bien intencionada. García Bergua sabe que el comportamiento humano repite en cada época sus contradicciones e incoherencias. De esa conciencia nace su inigualable sentido del humor, que estalla como una fiesta en este libro. Los personajes pasean por una Zona Rosa hirviente de cultura y cine clubes, entre affaires con torceduras en hoteles de paso aprendiendo posturas del Kama Sutra; danza contemporánea en la Casa del Lago y decentes inmigrantes españolas con adúlteros amores republicanos. Ven ovnis y teatro; se codean con escritores de quinta pero con caché y un funcionario metido a cineasta; conversan con chamanes-cineastas y toda una crew de advenedizos y se abisman en sus lecturas de la Nouveau Roman, Camus, Thomas Mann, Marshall McLuhan y Corín Tellado. Exploran la meditación y la expresión corporal (con Stravinsky), se marean en fiestas delirantes en la Condesa mientras la sirvienta y un policía encubierto pasan de la correspondencia poética al albur y el toqueteo; se enfrentan a muros inexpugnables que no son sino sets cinematográficos, siempre protegidos por el seguro andamiaje de la

vida cotidiana y un incansable desfi le de antojitos mexicanos y jaiboles. En La bomba de San José hay drama, aventura, el rescate de un equipo de fi lmación raptado en el Ajusco a manos del ejército, en día feriado y con partido del Necaxa para agarrar a la gente distraída, asesinatos en un estreno, y cine, mucho cine. Cine de arte, cine chafa y películas de Disney. Directores, actores, productores, coreógrafos, extras, guionistas y gángsters ríen, lloran y se encaman con el cine como referente constante. El México retratado resulta entrañable: efervescente en sus aspiraciones de país hecho y derecho, con su inevitable complejo de inferioridad, con su ingenio y su humor. No que no hubiera violencia. Ahí venía el 68 y su cruenta secuela. En la misma novela, el político loco metido a director es ultimado con un tiro en la nuca, la noticia convenientemente acallada. Pero tras los horrores y decepciones patrios vividos desde entonces, es inevitable leer este libro y sentir nostalgia por un mundo en que era posible rehacer la vida metiéndote de corista en El Blanquita o en el programa del Loco Valdés. Como siempre en la obra de García Bergua, entre risa y risa pasamos los tragos de reales conflictos humanos. La incomprensión entre los sexos se revela como el arreglo imposible entre el matrimonio convencional y el deseo de “algo más” que mueve a hombres y mujeres por igual a un arreglo en el que las mujeres tendrían mucho más qué perder, desgarradas entre los tirones de una sociedad en transición y un mundo masculino que se ampara en la revolución sexual para honrar el machismo de siempre. Los personajes son comunes y corrientes pese a sus ambiciones, pero García Bergua sabe descubrir lo extraordinario en la diversidad infi nita de ser, simplemente, humano, y vuelve la novela entera digna de Fellini. En su novela anterior, Isla de bobos, aunque rica en humor, asistimos a un episodio medio olvidado de nuestra historia cargado de dolor y derrota. En La bomba de San José, el dolor de nuestra humanidad se disuelve en una verdadera fiesta inolvidable. Como dice el coreógrafo Faustino, si no hubiera aparecido la despampanante Selma en sus vidas con su caudal de tragedias, no se hubieran divertido tanto. Pese a los platos (y matrimonios) rotos, nadie quiere volver a la normalidad. El desenfado con que estos personajes se entregan a la aventura de vivir como en el cine es un manantial de agua fresca en los tiempos que corren. L


sábado 3 de noviembre de 2012 b09

LABERINTO

en librerías

La casa chica

Cantolla, aeronauta Mónica Lavín Planeta México, 2012 212 pp.

L

a clandestinidad y la pasión son el celofán que envuelve las ocho historias de La casa chica, en la que deambulan personajes reales del mundo del espectáculo, de los toros, la cultura, la política, que marcaron una época en la vida de México y cuyos amores ilícitos avivaron las murmuraciones o los escándalos periodísticos. El poder también está presente en este libro a través de personajes como Miguel Alemán, amante de la actriz alemana Hilda Krüger, acusada de ser espía del gobierno de Hitler; del empresario Jorge Pasquel, dueño del periódico Novedades, conocido por su afición beisbolera y sus relaciones extramaritales; o Maximino Ávila Camacho, ambicioso y promiscuo. Los nombres de Lupe Vélez, Miroslava Stern, José Vasconcelos, Frida Kahlo, Diego Rivera, entre tantos otros, forman parte de este mosaico que, a través de la vida privada, muestra un fragmento de la historia de México.

La muerte y su erotismo Varios autores Tusquets México, 2012 278 pp.

E

l erotismo se ha vinculado al arrebato místico, al éxtasis filosófico, a la anulación del tiempo y, por supuesto, a la inevitabilidad de la muerte. De esta última relación, qué mejores exponentes que el Marqués de Sade y George Bataille. Siguiendo sus pasos, diez autores mexicanos —Orfa Alarcón, Julieta García González, Julián Herbert, Gabriela Jáuregui, José Mariano Leyva, Andrés de Luna, Miguel Maldonado, David Miklos, Eduardo Antonio Parra, Socorro Venegas— arriesgan una escritura que linda sobre todo con la perversión y la anomalía. El resultado, como ocurre siempre que plumas distintas se reúnen en un libro, es disparejo. Quedan, no obstante, algunas certezas: el cañón de una pistola sigue teniendo el magnetismo de un falo erecto, la morgue sigue siendo una proveedora de vaginas, y los perros, aunque mecánicos, continúan siendo perros entrenados para producir orgasmos femeninos.

La herencia colonial y otras maldiciones

Eugenio Aguirre Planeta México, 2012 411 pp.

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ifícil concebir la aeronáutica mexicana sin la figura intrépida de Joaquín de la Cantolla y Rico. Sus viajes en globo quedaron consignados en la prensa de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, como el preludio de un tiempo maravillado por las novedades tecnológicas. La novela —con la cual Aguirre vuelve a explorar las relaciones entre la ficción y la historia— sobrevuela casi ochenta años de tribulaciones, golpes de Estado, asonadas, invasiones y guerras intestinas. Al tiempo que somos testigos de cómo Joaquín de la Cantolla perfecciona su oficio de aeronauta, vemos pasar a un México que transita del correo al telégrafo y del carbón a la luz eléctrica. Santa Anna, Juárez, Maximiliano, Porfirio Díaz, Madero, no pasan de ser comparsas, pues sólo importa el hábito de volar que, como escribió Amado Nervo, “nos devolverá a la noche, a la majestad de las olvidadas estrellas”.

Bogotá 39. Retratos y autorretratos Daniel Mordzinski Almadía / Universidad Veracruzana / Hay Festival México, 2012 177 pp. n 2007, el Hay Festival en su edición colombiana lanzó un proyecto que resultó interesante para el panorama de la narrativa en Latinoamérica: Bogotá 39. El objetivo fue reunir a 39 escritores menores de 39 años, originarios de 17 países. Entre otros, se encuentran Álvaro Enrigue, Andrés Newman, Daniel Alarcón, Iván Thays, Jorge Volpi, Junot Díaz, Santiago Roncagliolo, Juan Gabriel Vásquez y Wendy Guerra. Los autores seleccionados, “quienes entonces marcaban el futuro de la literatura latinoamericana”, a cinco años de distancia reflexionan en este libro sobre aspectos de su vida o su trayectoria en breves textos, que están acompañados con los retratos de Daniel Mordzinski (Argentina, 1960) —mejor conocido como “el fotógrafo de los escritores”— y una entrevista con Mario Vargas Llosa, conformada por preguntas que hicieron los participantes de Bogotá 39.

E

Beowulf Anónimo Axial México, 2012 156 pp.

Jon Lee Anderson Sexto Piso/ Conaculta México, 2012 293 pp.

C

onsiderado uno de los mejores reporteros del mundo, Jon Lee Anderson (California, 1957) reúne en este libro diez crónicas sobre África, realizadas para The New Yorker entre 1998 y 2012. Liberia, Angola, Santo Tomé y Príncipe, Zimbabue, Somalia, Guinea, Libia y Sudán son los países que recorre y describe, de los que muestra sus riquezas naturales, sus problemas políticos y sociales, la opulencia de algunos de sus gobernantes, la miseria de la mayoría de sus habitantes. Además de la geografía, dice el periodista estadunidense, quien visitó por primera vez África en la adolescencia, todos ellos —con excepción de Liberia— tienen en común un pasado colonial que no han podido sacudirse del todo. En estas crónicas se escucha la voz de los hombres y mujeres de la calle, pero también la de los poderosos; se observa la violencia pero también la alegría de un continente “tan fascinante como complejo”.

Una señorita decimonónica

O

bra fundadora de la literatura inglesa (y de las germánicas en general como apunta Borges), Beowulf es asimismo la primera obra épica medieval. Escrita entre los siglos VIII y IX d. C., sus raíces son vikingas. El argumento básico son los enfrentamientos que el héroe sostiene con tres monstruos. La obra también muestra el tránsito del paganismo al cristianismo. A pesar de sus elementos fantásticos, la adaptación cinematográfica que se hizo de ella no tuvo mucho éxito (con todo y el desnudo virtual de Angelina Jolie). La nueva edición completa la que hizo la UNAM; Juan Antonio Ayala fue el encargado de realizar la traducción. Se presentan tres apéndices: el primero de ellos da cuenta de un hallazgo arqueológico que da verosimilitud a lo que se narra, el segundo establece una genealogía de las casas reales de Dinamarca y Suecia, y el tercero es un glosario de nombres propios.

RESEÑA Claudia Hernández de Valle-Arizpe

T

ránsito (Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2012) es una paráfrasis de largo aliento sobre el devenir de la Ciudad de México. Es una lectura y una interpretación de la urbe que aporta referencias claras que van desde la Conquista hasta la actualidad, pasando por sus diversas herencias arquitectónicas y humanas, visuales pero también auditivas, olfativas, de gusto y de tacto. ¿Todo eso? Sí, eso y más, en un recorrido acelerado, musical, tan furioso como apacible. Sujeto y objeto, la ciudad es aquí un sitio en permanente construcción, como una obra negra de brillante y oscuro pasado; de brillante y oscuro presente. También es el disparador para abordar temas como la desigualdad social, la contaminación, la indigencia, la destrucción, y donde el recuerdo sustentado básicamente en los mitos (“que mueren”, escribe la autora) deja en el desamparo a sus habitantes. Es así porque el crisol de tiempos está encaminado a unir pasado y presente y a cancelar la nostalgia en la advertencia de que atarse a los mitos que petrifican conduce a un círculo vicioso; de allí, quizás, el tono irónico que en el verso “mientras tanto ¿por qué la falta de fe en el futuro?” parece sintetizar su poética. Construido con versos largos y encabalgados dispuestos en 24 textos, el ritmo de Tránsito está marcado por el paréntesis omnipresente; por cierto, el único signo de puntuación del libro junto con las comillas, y que cumple cabalmente con su función explicativa, así como por la abundante enumeración de sustantivos y adjetivos que lleva a una lectura vertiginosa que contribuye a crear el discurso múltiple de una realidad compleja. Señales de tránsito como “no maneje cansado”, letreros con el “se vende como terreno”, frases publicitarias, nombres de calles, de plazas, de avenidas, de colonias, de estaciones de metro, van configurando el mapa físico de la ciudad, dominados por varios leitmotiv: de la arquitectura, el art déco; de la naturaleza: el cielo y los árboles; del cuerpo humano: los

Claudina Domingo Tránsito Fondo Editorial Tierra Adentro México, 2011 91 pp. pulmones. La autora relaciona, además, unos leitmotiv con otros. Tal es el caso de pulmón y garganta con aire y cielo, que arroja magníficos hallazgos. “Sólo mi frente y el cielo/ los únicos universos/ Mi frente, solo, y el cielo” dice la primera estrofa de un poema de Juan Ramón Jiménez, que la lectura del libro de Claudina Domingo evoca, justamente, por esa recurrencia del cielo. Un cielo citadino que cansa, que agobia a quien lo vive —“un cielo que acumula su ira de cenizas”—, y que el narrador de Tránsito suele mirar desde un boquete o desde el agujero de una azotea; que ve blancuzco, blanco, gris, “crudo” o “de cascajo” (como en el notable “Trepidaciones”, referente al terremoto de 1985). Ese cielo que llega a calificar la poeta como “de asbesto o de mugre”, y que es vértigo y, al mismo tiempo, “la bóveda feliz”. Tránsito se abre a una muchacha; a la señorita decimonónica que es la ciudad, que es también la mujer que a veces siente miedo, mira con voracidad, registra y escribe todo, traduce imágenes en visiones tan cotidianas como fuera de serie. La autora sabe de los distintos registros que la belleza tiene. Así, en este libro está el mucho, el espacio barroco de la sobreabundancia y de su consecuente desperdicio (por evocar aquí a Severo Sarduy); ese barroco que no teme sumar y al mismo tiempo dejar fuera. Toda ciudad —igual que este libro— incluye y excluye. En ese sentido, es una suerte de reproducción poética personal pero también histórica de lo que la capital de México dice y calla, pregona y oculta. No es poca cosa. L


10 b sábado 3 de noviembre de 2012

MILENIO

música Steve Hackett

“No me gustan las zonas de confort” Peter Gabriel, los años de Genesis, las oscuridades del alma y su nuevo álbum son las cuerdas que el guitarrista va pulsando en esta charla ENTREVISTA ESPECIAL

¿Cómo es su relación con el resto de los integrantes de Genesis? Nos seguimos frecuentando, no para hacer música sino en un plano social. Hace unos cuantos años entramos al Salón de la Fama del Rock and Roll y fue maravilloso volver a estar juntos. A mí me encantaría una reunión de Genesis, poder hacer una gira e incluso nueva música. Por desgracia, es algo imposible de que suceda, pues Phil Collins ha dicho que ya no piensa hacer más música por razones de salud. ¿Puede describir el proceso creativo de su obra? Recurro a hechos biográficos, sean directos o indirectos, pero todo se relaciona con situaciones personales. Solía escribir en tercera persona pero en los últimos años me he atrevido a ser el protagonista de mis composiciones. Me estimulan los estados emocionales de mayor tensión, como los colapsos nerviosos, los miedos, el divorcio y los momentos de oscuridad a los que me enfrenté. Exponerme de esta manera ante el público es desnudarme y estar propenso a la burla. Al final del camino no existe nadie más severo en la crítica que uno mismo.

La mano detrás de Genesis Revisited II

Juan Carlos Villanueva

F

todo, debían de tener eso que llamo “corazón y alma” en su música. Son 35 artistas y con ellos he trabajado de diferentes formas a lo largo de los últimos 40 años. Solo hay un elemento en este disco con quien jamás había hecho algo. Se trata del vocalista Nad Sylvan (Agents of Mercy), que suena muy parecido a Peter Gabriel, pero también puede emular a Phil Collins. Me gusta tener cerca a viejos amigos como Steve Rothery (guitarrista de Marillion), Steven Wilson (Porcupine Tree), Mikael Akerfeldt (Opeth), Simon Collins (el hijo de Phil Collins), Neal Morse, John Wetton y Nik Kershaw, entre muchos otros. Todo tiene que ver con la empatía y la frecuencia emocional.

ue un viaje extenso llegar a Genesis revisited II, el nuevo disco del guitarrista inglés Steve Hackett: tuvo que lidiar con permisos de autoría y con la selección y los tiempos libres de sus colaboradores. Este proceso tomó cerca de seis meses. Steve Hackett se refiere al nuevo álbum como “una colección de genios jamás antes vista”, una producción en la que revisita muchas de las canciones — “Horizons”, “Supper’s ready” o “The musical box”— que convirtieron a la banda Genesis en un estandarte del rock progresivo. Con Steve —un experimentado artista de 62 años— se puede hablar de la nostalgia de los años setenta, los recuerdos de Genesis, acerca de sus aventuras musicales con músicos como Chester Thompson, John Wetton y Steve Howe. La escuela musical de Hackett comprende al rock, pop, flamenco, jazz y fusión, pero también cabe la influencia de la música turca, hindú y andaluza. Con un genio de este calibre, ¿por dónde empezar los primeros trazos de la conversación? El músico sabe cómo mediar la charla. “¿Por qué no empezamos por mis mejores logros? Mi llegada a Genesis fue un afortunado accidente, ya que me permitió desarrollar mi talento como guitarrista clásico en diversos discos como solista donde

exploré el trabajo de compositores como Bach, Vivaldi y Satie. Mi obra comprende piezas de autor, así como creaciones personales con orquesta”. ¿Genesis fue solo un medio para convertirse en autor? Por supuesto. Fue solo el inicio de mi vida artística. Genesis significa un periodo estimulante en mi carrera. Los años junto a Peter [Gabriel] fueron los mejores. Por eso recapitulo la historia en Genesis revisited II. Creo que no soy un músico que se haya estancado en los estándares del rock progresivo; he incursionado en diversas expresiones. Puedo tocar la guitarra eléctrica y la acústica sin ningún tipo de preferencia. Puedo hacer blues, rock o música de cámara. Genesis me dio la libertad de expresarme de muchas formas. Por eso creo que este disco es un tributo a mis orígenes. Para su nuevo disco tuvo la colaboración de músicos prestigiados. ¿Cómo los seleccionó? Todos debían de ser mis amigos pero, sobre

Hace un par de años editó Out of the tunnel’s mouth, un álbum con influencias turcas. ¿Cómo se nutre de otros lenguajes musicales? Pasé un tiempo en Sarajevo con una banda húngara llamada Djabe. Aprendí a improvisar, y no de la manera en como conocemos la improvisación en el mundo occidental. Aprendí mucho sobre música turca, que es parecida a la hindú. Una y otra tienen escalas similares y recurren mucho a la improvisación. Como usted lo ha dicho, después de Genesis se volvió un autor de blues, rock, jazz, flamenco, clásico. ¿Cómo logra esos contrastes? Me gusta que cada álbum sea tan diverso como me sea posible. No me gusta entrar a una zona de confort, me gusta desafiarme, atreverme a cosas distintas. No me gusta verme como un holgazán, mediocre y conformista, sino mezclar géneros y presentar algo agresivo para la audiencia. Me gusta entrar a la oscuridad y descubrir que los monstruos no existen.L

EL PAPEL DE LAS NOTAS

El arte del lied Eusebio Ruvalcaba eusebius1951_2@yahoo.com.mx

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o basta con la música interior del poema —acentos, rima, métrica, sinalefas, hiatos, y demás recursos para la decantación sonora del verso— para su aproximación a la música. Hace falta la música. 2. Cada poema anda en busca de su música. Encontrar la música que mejor le va a un poema es un ejercicio divertido y solitario. Así, se justifica pedirle ayuda a la música para adentrarse en el alma de un poeta. Se va de compositor en compositor, o de obra en obra, hasta que de pronto algo inequívoco, sin discusión posible, encaja en aquellos versos. 3. ¿Por qué este afán de ensamblar dos realidades en apariencia alejadas entre sí: la literaria y la musical? Porque, quién no lo sabe, esta separación

es un artificio, no hay tal. El hombre de nuestros días está impuesto a mantener a la música en la puerta, más aún, ni siquiera se percata de su existencia; pero basta con que deje la entrada franca para que la música entre. 4. Schubert ha sido el señor absoluto del lied, este género que cristaliza la unión de la música y la poesía. ¿En qué consistía su trabajo? En primer término, Schubert vivía rodeado de poetas que admiraban su obra. Entonces Schubert le pedía a uno, a otro, léeme un poema. Aquel poeta —muchas veces artista inferior— leía el poema, y en el acto Schubert le ponía música. Compuso más de 600. 5. El chiste del lied, su verdadera gracia, estriba en que la música tiene que aproximarse a la esencia del poema. Si el tema del poema es amoroso, la música debe impeler un sentimiento amoroso; si el poema es bucólico, la música habrá de invocar la vida en el campo o algún elemento propio de la naturaleza; si el poema alude a un amor filial, la música pondrá todo su arte al servicio del amor entre padre e hijo. Etcétera. 6. Schubert escuchaba el poema, y a su mente acudían las notas en tropel. Daba con la melodía

exacta hasta lograr una canción plena y hermosa. La melodía salvaba la mediocridad poética, o bien, si el poema era de algún grande, hacía una mancuerna admirable. El pedante de Goethe —que solamente admiraba a los músicos si eran provenientes de buena cuna (como Mendelssohn), o bien sumisos a la corte—, ni siquiera se detenía a poner sus ojos en las partituras que Schubert le hacía llegar. Goethe sabía leer música, y bien hubiera podido tocar aquella música enfebrecida. Cuando murió, tenía en su biblioteca cantidad de sobres sin abrir que Schubert le había enviado. Se cuenta que en su vejez, estando en la casa de alguna amistad, una soprano cantó un poema de Goethe. Que cuando el poeta escuchó aquella música, exclamó: “¡Qué hermosa música!, y es un poema mío”. A lo que la soprano repuso: Sí, es de un compositor Schubert. Totalmente desconocido. ¿Y por qué no lo invitaron?, apuntó Goethe. Me habría encantado darle la mano. A lo que la soprano respondió: Porque está muerto, tiene varios años de muerto. 7. El lied sentó sus reales en Alemania gracias a Goethe y al idioma alemán. Sus poemas eran tan soberbios que todos los compositores querían ponerles música. Atraían la música. Schumann (Robert y Klara), Wolf, Mendelssohn, y muchos más, se disputaban el derecho de vaciar su genialidad musical tras las palabras del poeta —porque en mucho lo que hizo Goethe fue domesticar al alemán, que es decir pronunciar todavía más su carácter dramático—. Algo que seduce a los compositores: la tragedia. L


sábado 3 de noviembre de 2012 b 11

LABERINTO

cine CORTESÍA VIDEOCINE

Luis Mandoki

“No todo es blanco y negro” La vida breve de Sabina Rivas captura las penalidades de las jóvenes que cruzan el territorio mexicano en busca del sueño americano ENTREVISTA Carlos Jordán gonzalezjordan@gmail.com

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abina (Greisy Mena) sueña con viajar a México para convertirse en una cantante reconocida. La joven hondureña hace mil y un intentos por cumplir su objetivo, que se traducen en igual cantidad de fracasos. A partir de la novela La Mara, de Rafael Ramírez Heredia, el director Luis Mandoki presenta La vida breve de Sabina Rivas, que busca reflejar la realidad de los miles de centroamericanos que cruzan la frontera sur. ¿Por qué su cine tiene cada vez más temáticas sociales? No sé. La verdad es que la vida te va llevando. Abraham Zabludowsky me dio la novela y me insistió en hacer la película. En principio me pareció un libro muy difícil de llevar al cine, pero finalmente conseguí que Diana Cardoso hiciera la adaptación. Es una historia con ingredientes épicos y muestra el choque entre el sueño de Sabina y la realidad. Nuestra protagonista es una luchadora y los antagonistas son los mexicanos que hemos construido situaciones imposibles para el libre fluir de los que quieren caminar hacia otro mundo. En la novela de Ramírez Heredia la historia de la muchacha es adyacente, pues el argumento se concentra en la Mara Salvatrucha. Cuando Diana leyó el libro hizo un tratado de siete páginas. Tomó a la chica como protagonista y me pareció una manera increíble de destilar la historia porque al mismo tiempo mantenía las fuerzas opresoras con un balance interesante. Al final se concentra también en el fracaso del migrante. Desde el principio tuvimos claro que no podíamos mentir ni dar un final falso, porque eso sería traicionar la novela y la realidad. No hicimos concesiones comerciales.

¿Qué es el cine comercial? Es el cine al que le va bien en taquilla. ¿Cuando volvió a México ya estaba cansado de Hollywood? Digamos que me fui a Estados Unidos no porque tuviera un sueño sino porque aquí era el tiempo de las ficheras y los charritos. Una de las ventajas de Hollywood es que absorbe talento sin importar de donde venga. A cambio, uno de sus defectos es que haces una película exitosa, en mi caso una historia de amor, y ya eres el director de las “historias de amor”. Es muy difícil quitarse la etiqueta. Cuando intentaba no encasillarme me llegó el guión de Voces inocentes. ¿Hubiera podido filmar Voces inocentes o La vida breve de Sabina Rivas en Estados Unidos? No. De hecho, intenté hacer Voces inocentes en Hollywood pero no lo logré. Llama la atención que no le dé respiro al personaje de Sabina. Solo sonríe una vez. Cierto. Solo vez ilusión en su mirada cuando juega a las maquinitas pero se acaba en cinco segundos. No le doy respiro porque así es su realidad. En Sin destino, el escritor Imre Kertész narra su estancia en un campo de concentración; y en alguna parte reflexiona sobre cómo aun en las peores circunstancias hay respiros y espacios para sonreír. Hay otra escena donde Sabina platica con su amiga sobre el sueño de poner un negocio decente. Pero vuelvo a lo mismo: su mundo no le da mucho. ¿Cómo hablar de la trata de personas, la corrupción, sin caer en la denuncia gratuita y no perder el hilo dramático de la historia? El reto de la película era mantener el balance entre contar la pequeña vida humana de un ser que lucha

Greisy Mena protagoniza el filme de Mandoki

y que a cada paso se enfrenta a un nuevo obstáculo, y al mismo tiempo mostrar el contexto de corrupción sin perder la estructura dramática. No me quería perder en la mera denuncia que, si bien existe, no es obvia. Hay momentos en que el personaje puede huir pero no lo hace. Es paradójico porque el prostíbulo es su prisión pero también su hogar. Ahí encuentra una madre, hermanas. Así es la vida, no todo es blanco y negro. Tomar la decisión de desprenderse no es fácil porque hay ligas que le han dado una estabilidad que nunca ha tenido. Entre Voces inocentes y esta película hay siete años de por medio. ¿Su activismo político le ha restado continuidad? Financiar una película como esta no es nada sencillo. Tomó tres años, más la etapa de guión. Mi incursión en la política me ha beneficiado en tanto que no lo he hecho como activismo per se. Después de estar varios años fuera de México quería era hacer algo por mi país. Pero para muchos usted es el director de López Obrador. A la hora de trabajar en un proyecto, ¿quita o da? Supongo que habrá sectores que tendrán algo contra mí, pero también creo que mi trayectoria habla por sí misma… y aquí estamos.L

HOMBRE DE CELULOIDE ESPECIAL

Ese instante en que escoges vivir Fernando Zamora @fernandovzamora

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ostalgia enfermiza heredaron los adolescentes de la sociedad más rica en la historia humana; un dolor inquietante que encarnó en Holden Caulfield, protagonista de El guardián en el centeno: neurosis, miedo a crecer, amor-odio en dosis siniestras, rebeldía sin causas ni efectos. Estos adolescentes de la posguerra estadunidense han sido retratados en decenas de joyas: Rebel without a cause, Breakfast club, Ordinary people, Stand by me, Elephant. Son tantas… y son todas herederas del Caulfield que creó Salinger, un adolescente típicamente americano que vino a sustituir al ingenuo Tom Sawyer de Mark Twain, a la idealista Scout Finch de Harper Lee. Sawyer y Finch tuvieron nietos enfermos de tristeza, una tristeza agridulce que encarna otra vez en esta película: The perks of being a wallflower. Escrita y dirigida con la destreza de un artesano, estos “gajes del oficio de ser sensible e inmóvil como una planta” (traducida rápida y oficialmente como Las ventajas de ser invisible) transcurren en los años ochenta: tiempos de Reagan y Thatcher, tiempos en que se graban casetes a modo de cartas de amor (un tipo de carta de amor que solo existió en esos años), tiempos en que no era moda, sino

convicción, ser dark y uno se jugaba la vida si le daba por “confesar” que era gay. Como en los grandes tópicos de la pintura, importan tanto las semejanzas como las diferencias: sí, Charlie (un personaje tan bien actuado que Logan Lerman parece en todo momento a punto de matar, besar o llorar) acaba de entrar a la prepa; sí, es incapaz de tener amigos; sí, tiene “algo” trágico en su pasado; sí, es sensible y quiere ser escritor. Pero en las singularidades están las artes de una obra que tiene que ser escrita (o lo que es lo mismo, una obra que tiene que ser vista o leída): Charlie no es un retrato más del adolescente que en la infancia sufrió abuso sexual. La persona que abusó de Charlie es, al mismo tiempo, a quien él más ha amado. Aún la sigue queriendo… y odiando… y sintiéndose enternecido y enojado y culpable. En esta complejísima amalgama de sentimientos está la clave de un personaje que deja, a propósito, muchos cabos sueltos. Charlie, a edad muy temprana, no solo fue usado sexualmente, fue (en el sentido más amplio) erotizado. Es aquí que el coming of age reencarna con un nuevo punto de vista sobre un viejo tema: este que hoy está en la edad exacta en que a veces parece un adulto y a veces un niño tiene que dar paso a la vida y permitir que sea otro adolescente de deseos ambiguos quien re-encause su impulso asesino, su impulso artístico, su impulso sexual.

The perks of being a wallflower (Las ventajas de ser invisible). Dirección Stephen Chbosky. Guión Stephen Chbosky basado en su propia novela. Fotografía Andrew Dunn. Música Michael Brook. Con Logan Lerman, Ezra Miller y Emma Watson. Estados Unidos, 2012 Algo hubo en los años ochenta. Un niño-adulto que volvemos a ver y que hay que ver porque está bien escrito, bien dirigido y sobre todo muy bien actuado. Tanto, que es real aquí que en el amor no haya clichés; hay personas que en el tiempo están escapando. Pero hay un instante particular en que vale la pena todo lo que significa, en esta película, el puente que lleva a Pittsburgh. L


12 b sábado 3 de noviembre de 2012

MILENIO

varia MIGUEL CASTRO LEÑERO

ESPECIAL

Bienvenido al PRI, Re-Bobo ARCHIVO HACHE Heriberto Yépez hyepez.blogspot.com

U

no de los grandes momentos del cuento latinoamericano es “Bienvenido, Bob” de Juan Carlos Onetti. Por “cuento latinoamericano” me refiero al periodo en que el cuento en Latinoamérica tiene una identidad utópica: la “Revolución”, el proyecto de una civilización latinoamericana propia, sin imperialismo o dictaduras. Pero el cuento de Onetti es una ironía contra tal utopía. Relata la historia de Bob, un fracasado que alguna vez fue un joven idealista. “Pensando en el Bob que amaba la música, en el Bob que planeaba ennoblecer la vida de los hombres construyendo una ciudad de enceguecedora belleza... el Bob que no podía mentir nunca; el Bob que proclamaba la lucha de los jóvenes contra los viejos, el Bob dueño del futuro y del mundo”. Sigue Onetti: “Pensando minucioso y plácido en todo eso frente al hombre de dedos sucios de tabaco llamado Roberto, que lleva una vida grotesca, trabajando en cualquier hedionda oficina, casado con una mujer a quien nombra ‘mi señora’; el hombre que se pasa estos largos domingos hundido en el asiento del café, examinando diarios y jugando a las carreras por teléfono”. Nada del 2012 cultural mexicano puede entenderse sin Bob, ese bobo ex revolucionario. Pienso en esa expresión del lenguaje popular mexicano: “Qué re-bobo eres”. El Re-Bobo es quien no aprende, el ingenuo que no termina de aprender cómo-son-las-cosas. El PRI ya regresó: una cultura está lista para usar la ironía

contra todo lo que crea en la renovación o diferencia real. Y si hay algo en el México actual que recuerde al Bob de Onetti es el 132, esa generación que es posibilidad de cambio cultural. Los opinadores mediáticos desde el inicio trataron al 132 como “ilusos”. Por regla, escribir sobre el 132 es darle su Buena Bienvenida, Bob. Verlos como “jóvenes que dejarán de serlo” junto con sus “sueños imposibles”. “Muchachitos” de quienes la regla dicta que hay que reírse y aleccionar. (Nótese que la entrada de Antonio Attolini, el líder visible del 132, a un programa de Televisa ha sido interpretado como un Autobienvenido, Bob). Hay una lucha de relatos: el de la Generación 132 que no sabe si volverse Bob —o ReBobo— o no cumplir el viejo cuento; y el de más de una generación previa, que siente placer irónico y confirmatorio —amargura mezclada con contento— ante cualquier señal de fracaso o fiasco del 132. “¿Ya ven...?” Quizá se ven a sí mismos en esos jóvenes. Y quieren que compartan su destino, “aprendan la lección”: conformarse con el sistema, el no-cambio, lo “estable” del PRI, que sabe “más por viejo que por diablo”. Ignoro qué pasará con el 132. Pero puedo asegurar que este sexenio veremos al Re-Bobo mexicano en muchas partes de su literatura, artes, medios y cultura urbana. Describir (re-inscribir) al ReBobo será una de las obsesiones de nuestro imaginario. L

Diálogo interrumpido II, óleo sobre tela

No es la infancia: Miguel Castro Leñero GUÍA VISUAL Magali Tercero http://magalitercero.arteven.com

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e gusta que los artistas expliquen su obra. La pintura no es traducible a la prosa periodística. A veces hay diferencias abismales entre la visión del artista y la visión del crítico o el cronista. A Miguel Castro Leñero (1956) no lo distingue la elocuencia pero, aunque es tímido, es filoso. Los columpios de su más reciente muestra, La Señal En Todas Partes, así con mayúsculas, me recordaron cierto jardín con juegos de una casa abandonada. Digo “niñez” frente al café humeante, un poco amargo, especialidad del lugar donde nos citamos el artista y yo, y él niega que Diálogo interrumpido, serie de cinco cuadros con columpios, provenga de su infancia: “Me lo dicen mucho. Tiene una carga en ese sentido pero hay otra carga, más fuerte. Está el tornillo entre el niño y la niña del columpio. El columpio es un detonante, una estructura para hacer lo que yo quiera. Soy un artista que necesita muchos troqueles, imágenes emblemáticas donde verter información emocional. Me cuesta transmitir la emoción de forma abstracta y siempre necesito una imagen identificable”. Diálogo interrumpido. Comenzó con algunas caminatas urbanas de investigación. Miguel Castro Leñero fue tomando fotografías de estructuras para construir la serie. Le preocupa construir una imagen poética incorporada a territorios visuales cotidianos, trabajar con imágenes contemporáneas. “Pareciera que para los pintores de mi generación estas no significaran nada. Quiero darle una poética personal a mi trabajo con lo que vemos y vivimos”, explica. ¿En qué piensas cuando ves columpios?, pregunto. Le gusta el juego que le propongo. Estoy impresionada. Nunca creí que su obra me transportaría a mis 12 años, al instante en que di un salto mortal desde el columpio para seducir a un niño de ojos verdes. El artista nunca controla su obra. Críticos, curadores, galeristas y espectadores lo traicionamos una y otra vez. Responde Miguel Castro Leñero: “Energía porque el

Miguel Castro Leñero, La Señal En Todas Partes. Hasta el 5 de noviembre. Rafael Rebollar 43, San Miguel Chapultepec movimiento del columpio es justo lo energético. Paisaje cuando el columpio te hace observar un entorno y, aunque no te muevas, se convierte en un espacio de contemplación. Soledad pues subirte a un columpio supone alegría y tristeza. Como esos días de niño en que te sentías triste y te ibas a columpiarte. Viento es obvio: al columpiarnos se produce una brisa reconfortante. Encuentro por la posibilidad de establecer un diálogo físico con alguien sin hablar. “¿Te subiste a los columpios?”, pregunto. Miguel Castro Leñero se sorprende. Contesta, sonriendo, con un no. Estructura de señalización La serie de las casas, como las otras, participa de dos tipos de lenguaje. Hay una iconografía muy simple aunada a otra más compleja: “Eso es lo nuevo en mi obra. Parto de una estructura de señalización elegida porque me detona algo, retrabajo ese material, modifico ciertas formas, ensamblo haciendo un dibujo más complejo, más delicado. Me interesaba ensamblar dos lenguajes para enriquecer la obra. Es una especie de ingeniería de construcción”. Al final viene el trabajo pictórico y Miguel Castro Leñero une todo con un fondo: “En términos narrativos son tres planos: un fondo, una imagen sencilla y una imagen compleja”. Terminamos la entrevista. Me quedo con esto: “Me he especializado en investigar la construcción formal de mi trabajo. Pintar me encanta y es parte de mi vida, pero también es esencial la estructura de lo que pinto, el cómo construirlo”. L

Laberinto No. 490  

Suplemento cultural de Milenio Diario.

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