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Laberinto

David Toscana Notas al pie página 2 Héctor Iván González El novelista-crítico página 5 Claudina Domingo John Cheever: el drama en el cuerpo página 8 Magali Tercero Proyecto sobre el miedo página 12

N.o 472

sábado 30 de junio de 2012

Entrevista con

Christopher Domínguez Michael Roberto García Bonilla Página 4 DAVID BEBBER.COM

El arte es una revolución Salman Rushdie Página 6

MILENIO


02 b sábado 30 de junio de 2012

MILENIO

antesala DE CULTO

Andrés de Luna b andres10deluna@gmail.com CORBIOS IMAGES

Notas al pie

Jean-Luc Hennig

Una parcela cegadora

TOSCANADAS ESPECIAL

Los cazadores de Vasili Perov

David Toscana

Ayer comencé a leer Sebastopol, de Tolstoi. Apenas en la primera página me o dejo de gozar las detuve. Primero fui a Wikipedia prestaciones del a leer sobre Sebastopol. Luego internet. Estoy leyendo me pasé a Google Maps para un pasaje más del diario de pasear por sus calles, ver Dostoyevski. Habla de la edificios de la época. exposición mundial de Viena Decidí que no estaba ese día en 1873 y de las obras rusas para Tolstoi y pasé a Chéjov: que participaron. Menciona, Historia de mi vida. Nunca la entre otras, Los cazadores, de había leído. El buen Chéjov Vasili Perov y Los amantes del me había malacostumbrado y canto del ruiseñor, de Vladimir siempre me dio pereza leer sus Makovski. textos si pasaban de cincuenta Cuando leí el diario hace veinte páginas. Este tenía 170. Lo leí años, me conformé con lo que de corrido hasta las tres de Dostoyevski tenía que decir. No la mañana. No me hizo falta conocía una obra ni la otra, así ninguna consulta en internet. es que había que imaginarlas Acaso me dio curiosidad o meterse en alguna exigua cuando el personaje dijo que biblioteca regiomontana que su mujer cantó una canción de sin duda no tendría álbumes de Tchaikovski, y citó un verso: Makovski ni de Perov. “¿Por qué te amo tanto, noche Hoy doy unos teclazos, miro clara?”. los cuadros y, aunque nunca Me di por vencido sin será lo mismo que apreciarlos en intentarlo, pues pasaría la alguna galería, puedo convertir noche ensayando traducciones el monólogo de Dostoyevski en de ese verso hasta dar con la un diálogo. Ahora sí, mi querido música correcta. Fiodor, sé de lo que me estás No sé cuánto tardé la hablando cuando mencionas primera vez en leer el diario de al mentiroso, al crédulo y al Dostoyevski, pero sé que lo leí burlón en Los cazadores. Hasta de continuo. Ahora me estaré puedo, con algunos retoques, deteniendo en cada dato o transportar a los tres personajes a información que despierte mi una cantina y convertir el cuadro interés más allá de las palabras en una escena mexicana. de su autor. Hace veinte años, me pasé La literatura no está en de largo cuando Dostoyevski peligro con el internet. Lo que hablaba de un cuadro titulado, se volverá obsoleto es la nota al según el traductor, Los pie de página. El propio lector marineros. A partir de que es el que pone en la balanza su imaginé unos personajes en curiosidad, decide si deja pasar un barco, no pude hacerme la frase “Al anochecer llegamos una imagen mental de la obra. a Yaroslavl”, como la mera Hoy sé que se refería a Los idea de arribar a un sitio, o si barqueros del Volga de Iliá quiere averiguar dónde queda Repin, o mejor traducción tal ciudad, cuántos habitantes sería Los sirgadores del Volga. tiene, cómo era en la época de Entonces recordé su canto, la narración, qué personajes aquel que siempre aparecía en ilustres ahí nacieron o vivieron. los antiguos dibujos animados Si hubiese ido a una escuela cuando alguien se enfrentaba a antigua, sabría si a escribir un trabajo duro y prolongado. notas al pie se le llama Lo busqué en Youtube y podoanotar o anotapodizar. encontré varias versiones. Ahora no lo sé; pero habré de Escuché la del Ejército Rojo. buscarlo en internet. L dtoscana@gmail.com

N

¿

Qué decir de un autor francés que escribió Breve historia del culo: Jean-Luc Hennig (1946), cuya bibliografía está adscrita a los temas del erotismo y la muerte? Aunque otros de sus textos son de carácter social como Carta abierta a los suizos (1991), sus trabajos más conocidos rondan la sexualidad. Uno de ellos es Pecados capitales: la lujuria (1997); otros son El pequeño libro de grisélidas (1998) y su estudio sobre el poeta latino Marcial (2003). Se trata de un escritor en que el cuerpo y el deseo se unen en cópula perfecta. Casi desconocido en México, ostenta su fama en su continente natal, Europa. Breve historia del culo bordea con entusiasmo una serie de encuentros. Quién podría hablar del trasero al margen de la euforia, aunque dependa de qué nalgas se traten: unas son un atisbo a la lujuria y otras una lápida. En términos filosóficos, estéticos, artísticos y de muchas maneras celebramos ese recuento sobre un gusto y una pasión personal que se traduce en ciertas actitudes de Occidente, desde las tres Gracias que trataban de seducir con sus encantos hasta la feminista que en 1914 hizo un corte a La Venus del espejo de Velázquez, por considerar que una de las obras maestras de la pintura incurría en el defecto de convertir a la mujer en objeto. Discusión válida en medio de un mundo viriloide, sin que esto deje de ser un tema polémico. ¿Qué sería de nosotros si dejáramos de admirar la belleza de las nalgas? Ahora las damas

aprecian el porte, la gallardía y el trasero de los matadores de toros, aunque les repugne el oficio de privar de la vida a los astados. ¿Quién podría dejar de lado la contemplación extasiada de la escena inicial de El desprecio de Jean Luc Godard? Momento de culto, sobre todo porque Brigitte Bardot mostraba con excelencia sus pequeñas posaderas magníficas. La corona mayor recaería en Marilyn Monroe, sin olvidar las redondeces perfectas de Jane Birkin o, en tiempos actuales, de Shakira, Rachel McAdams, Jessica Biel, Beyoncé y tantas otras que suscitan un aura de deseo. De los varones cada quien hará su selección, sin que esto implique convertirlos en algo más que una mera fantasía. Hennig dirá: “Seguramente el hecho de besar el ano tiene su fuerza extática. Es que es un beso que se da a oscuras: los ojos están hundidos en la carne, enteramente aspirados por ese agujero oscuro. Confesémoslo, se trata de un beso cegador. Y lo que resultaba enceguecedor en el beso de las brujas era quizás ese amor ilimitado”. Cierto que el trasero mantiene el guiño alerta ante lo permitido y lo que es tabú. Cruzar esa frontera es encontrarse con una historia como la que cuenta en su libro el autor francés, entre lo que desata los demonios del deseo y lo que frena e imposibilita el Eros. Nada más hermoso que el diálogo con el cuerpo amado, donde se venera la lubricidad. Se ama las nalgas de par en par. L

EX LIBRIS

BITÁCORA PSICOTRÓPICA

88 periodistas bEKO

Xavier Velasco

Todo biógrafo es un sepulturero accidental.

MILENIO b LABERINTO b Dirección: José Luis Martínez S. Edición: Alicia Quiñones Coedición: Roberto Pliego Arte y diseño: Salvador Vázquez Mejía


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LABERINTO

antesala

Un hombre que cae El narco está enfermo de gravedad negocia con Dios En estos homenajes confluyen dos grandes ríos: el de la tradición y el de la escritura a contracorriente de ella A SALTO DE LÍNEA

POESÍA

PROSCENIOMX.COM

Eduardo Hidalgo

Góngora ve una golondrina A Ignacio Ruiz Pérez

D

esde los ojos del ave, de la pluma del poeta brotan signos que son eco de su visión.

La golondrina ve a Góngora. En los ojos del poeta se refleja la línea que deja el ave como eco de plumas en el cielo español. Si hacia atrás fuera el vuelo —piensa el bardo— esa tijera flotante cortaría no el aire sino la lógica misma del cielo.

Camino real

Y

a no es extraño encontrarme en una calle donde el sueño viene rodando en sentido contrario.

Lo extraño es ver lo etéreo pasar de largo, lo extraño es estirar la mano llena de adioses, no querer subirme. Lo extraño es ese impulso de arrojarme al paso de un largo camión real.

Una manzana ve al joven Isaac

U

na manzana —entre otras tiradas en el suelo— ve, sin ningún asombro

(para ella es normal que un hombre desafíe —en  esos términos— la  atracción de la tierra), a un joven Isaac Newton trepar el manzano.

A

demás de poeta, Eduardo Hidalgo (Huixtla, Chiapas, 1963) es traductor, narrador y docente de la Universidad Autónoma de Chiapas y de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. Entre sus libros se encuentran Tiempo de agua, La muerte es un lugar común, Eco negro, Terminará en lágrimas y Viene de antes. Los poemas que aquí presentamos forman parte del volumen Un hombre que cae está enfermo de gravedad —inédito— que obtuvo el Premio Sureste de Poesía Roberto López Moreno en 2009.

Escena de la pieza de Sabina Berman

Braulio Peralta braulioperalta@yahoo.com.mx

N

o es novedad hablar de las virtudes dramatúrgicas de Sabina Berman. Menos, que es especialista en la comedia, desde Entre Pancho Villa y una mujer desnuda hasta Moliére. Además, que ella misma es una directora de altísimo nivel, porque juega los tonos, los gestos y el timming con una calidad excepcional que hace que sus actores sean de primera. Bastaría con recordar su puesta en escena Extras, con los hermanos Odiseo, Bruno y Demián Bichir. En lo que no se ha profundizado es en lo endemoniadamente intelectual que es en la comedia. Porque en la comedia se trata de reír y, con eso, se logra el objetivo del género. Pero la Berman no se conforma. Sus personajes son inteligentes, intuitivos, con carácter. Las palabras traen arrastrando el conocimiento de la religión, de la filosofía, de la psicología, de la historia. ¡Y no pesa tanto conocimiento! Es ágil, versátil, sutil y graciosa. Quizá por eso, los que no profundizan en sus obras la acusan de comercial. Porque ella quiere ser leve, aun cuando el contenido sea denso. Eso nos pasa con El narco negocia con Dios, escenificándose en el Foro Shakespeare bajo la dirección de Ana Francis Mor. El intercambio de palabras entre el narco y un ciudadano culto y con ética tambalea la posibilidad de que la norma, la ley, la civilidad, y esa pequeña línea por donde cruza la vida entre lo aceptable y lo inaceptable, confluyan hacia un desequilibrio, y hagan dudar a los espectadores entre “buenos”

y “malos”. Peligroso juego el de Sabina Berman, arriesgada siempre en sus propuestas. El país se desangra y la comedia viene a decirnos que aligeremos el paso de la tragedia que vivimos. Que riamos. Que celebremos la vida a pesar de todo. Que escuchemos al otro. Que no es un asunto del Bien contra el Mal. Que la droga ya está aquí y de todas formas vamos a tener que buscar la ineludible convivencia. Una comedia del absurdo es lo que propone Sabina Berman. Hasta el público queda perplejo ante la propuesta. Porque se trata de oír al otro, el satanizado, el maldito, el apestado de la sociedad civil que trafica con las drogas, frente al que se lava las manos y se dice perteneciente al mundo de la honestidad, aunque sea hipócrita social. Un texto de difícil dirección y actuación. Entre la obra y la puesta en escena se alcanza un atisbo. Faltó tiempo de ensayos, perdieron tonos de la comedia y cayeron en clichés consabidos. Como que extraño la mano de una dirección impecable, implacable, capaz de mejorar el trabajo de los actores que lo hacen decorosamente, pero podrían ser sublimes. Vale la pena repetir y que cualquier espectador vaya porque rompe tabúes, prejuicios, susceptibilidades. Comedia que cuestiona, como es el fondo de un género despreciado desde los griegos, y que sin embargo está ahí, vivo, diciéndonos: hagamos la vida más ligera porque de otra manera, con tanta seriedad, nos va a llevar a todos la chingada, con tanto pesimismo. Coda Invito al que gane la Presidencia a ver la obra de Sabina Berman. Con la risa se aligera la tragedia. L

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literatura Christopher Domínguez Michael

“Se hace más por la literatura comentando en público a los clásicos”

La entrega inminente de la segunda edición del Diccionario crítico de la literatura mexicana invita a una serie de iluminaciones sobre el papel de la crítica literaria, con todo y sus ángeles y demonios ENTREVISTA ARCHIVO CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL

“historiadores y filósofos que han escrito obras decisivas para nuestra prosa” —José Gaos, Jorge Portilla, Emilio Uranga, Miguel León Portilla, Jean Meyer—, así como narradores y poetas no incluidos en la primera edición. Se encuentran, asimismo, nuevos escritores que durante el último lustro han confirmado solvencia en nuestro ámbito, entre ellos Heriberto Yépez, Cristina Rivera Garza, Yuri Herrera, José Eugenio Sánchez y Guadalupe Nettel. Contiene, en suma, 165 autores, la mayoría de los cuales están consignados en la primera edición al inglés: Critical dictionary of mexican literature, 1955-2010 (traducción de Lisa M. Dillman, Dalkey Archive Press, Champaign/ London/ Dublín, 2012). A continuación, el crítico reflexiona sobre tópicos que rebasan con mucha frecuencia las fronteras de la convención y sus esquemas, desde la definición de su propia disciplina hasta los hacedores del canon literario, pasando por la inútil pugna que divide la crítica periodística de la crítica académica. ¿Qué entiendes por crítica literaria? Entiendo por crítica literaria una actividad intelectual cuyo objetivo es la conversación con los lectores. Para mí la crítica es una rama de la literatura. El buen crítico literario, académico o no, es un escritor que escribe sobre otros escritores. Y cuando yo digo que la crítica literaria es una parte de la literatura quiero decir que las exigencias morales, intelectuales y políticas de un crítico deben ser las mismas que las de un poeta o las de un novelista: una relación lo más apasionada y responsable con el lenguaje. La primera obligación de un crítico literario es escribir bien. Considero, además, que en la crítica literaria sí hay una pretensión de verdad filosófica, una ambición de rigor histórico que no tiene por qué existir en la novela ni en la poesía. La creación y la crítica no son fenómenos estéticos del todo semejantes.

La obligación del crítico es militar contra las pretensiones de las iglesias y de los mercados por imponer propaganda o basura

El autor de Vida de Fray Servando

Roberto García Bonilla

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o creo que lo importante de un crítico no es que sus caballos ganen la carrera, eso es secundario, lo importante es que vaya todos los días al hipódromo; es decir, que siempre esté apostando”. Este aserto manifiesta la constancia y el riesgo como principios que han caracterizado el trabajo de Christopher Domínguez Michael (1962) durante más de un cuarto de siglo. Lo marcó el ambiente intelectual de la izquierda heterodoxa en el que se formó, a fines de los años setenta, cuando el Partido Comunista Mexicano intentaba modernizarse. Como muchos otros intelectuales del siglo XX, Domínguez Michael transitó del marxismo al liberalismo. El primer ensayo que recuerda haber publicado, en 1980, se ocupaba de José Revueltas. Más tarde fue reseñista en la revista Proceso, antes de encontrar los sitios que lo conformarían como crítico: el Fondo de Cultura Económica y Vuelta, donde fue decisivo el encuentro con Octavio Paz y el grupo de escritores que hacían la revista. La publicación de su Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (FCE, 1989-1991) marcó sus inicios como historiador. “Todos mis libros de historia literaria han sido fatalmente una repetición de la Antología: en ellos la circunstancialidad del tiempo ha tenido un peso importante. Soy un historiofílico. La antología se basaba en la idea democrática de la cultura mexicana, actualmente innecesaria, redundante. En los años ochenta, política y culturalmente los mexicanos estábamos obsesionados, por fortuna, con la pluralidad. Hice una antología plural en la que estuviera representada la variedad de la literatura mexicana”.

La Antología convocaba a 162 autores y abarcaba un periodo de 81 años: “La gran mayoría de los autores que canonicé, para usar esa palabra que cifra a la vez lo que se desprecia del crítico y lo que se espera de él, sigue allí. Quizá ya existía el canon de nuestra narrativa (por cierto, la palabra se usaba poco antes de El canon occidental —1994— de Bloom) pero me alegra haber contribuido a organizarlo”. Algunas vertientes de esta compilación se encuentran en el Diccionario crítico de la literatura mexicana (FCE, 2007), que provocó muchos comentarios adversos. Se impuso el malestar personal a la ponderación analítica. No pocas de las notas en contra provenían de escritores que no tuvieron lugar en el diccionario. Ciertamente, “el crítico trabaja sobre una cosa delicadísima: la vanidad literaria. Cuando uno juzga, excluye; cuando hay una suma de juicios, de exclusiones y también de reconocimientos, es natural que haya gran alboroto”. El autor de Vida de Fray Servando precisó a sus detractores, entre otros aspectos, que su diccionario pretendió ser “una obra de autor, amparada únicamente por mi nombre y apellidos, libro dispuesto alfabéticamente en que se expresan las opiniones de un crítico literario. […] Nunca entendí por qué un diccionario personal y de autor no puede ser al mismo tiempo un diccionario crítico, ni tampoco veo razón alguna para renunciar al uso de la palabra crítico como adjetivo pues eso y no otra cosa he sido durante veinticinco años. […] No sabía yo que la palabra diccionario fuera término legal o estuviese patentada por tal o cual cenáculo o academia” (Letras Libres, abril de 2008). La segunda edición del Diccionario crítico —que pronto aparecerá y que llega hasta 2011— contiene actualizaciones y agregados. Ofrece nuevas entradas: “Ya sea porque he vuelto a escribir sobre ciertos autores o debido a que decidí recuperar páginas no consideradas en la primera edición”. Inés Arredondo, Amparo Dávila, Francisco Hinojosa, Daniel Sada, Vicente Leñero, Fernando del Paso y Octavio Paz son algunos de los autores que ganaron mayor espacio en el libro. Hay ensayos nuevos, como los dedicados a Elena Poniatowska y Paco Ignacio Taibo II. En las entradas en las que hay más de un texto sobre un autor, cada texto o segmento se ha subtitulado; se han actualizado, también, las referencias bibliográficas que aspiran a ser sugerencias de lecturas.En esta entrega aparecen 21 nuevos autores:

¿A qué crees que se deba esa inútil y equívoca pugna entre la crítica periodística y la crítica académica? Yo partiría de la idea de que los grandes críticos que admiro y leo, han hecho las dos cosas, desde luego, con diferencias. No es lo mismo escribir un ensayo para un seminario donde los lectores son críticos literarios o estudiantes de letras, que escribirlo para el público de una revista literaria o un suplemento cultural; aunque entre unos y otros no debe haber tanta distancia como se cree usualmente. Por ejemplo, Sobre la dificultad y otros ensayos (FCE, 2001) o Después de Babel (FCE, 1980) de George Steiner, son libros que requieren un lector muy experto; pero no mucho más avezado que el lector para el cual Steiner escribe sus ensayos y reseñas. La crítica tiene sus modos, y el modo dirigido a la academia es distinto al modo dirigido al lector de periódicos. Mi idea de la crítica es que la distancia entre estos dos polos no es tan grande. Muestra de ello son Edmund Wilson, el propio Sainte-Beuve o Connolly; un texto suyo lo reconocen los académicos y los lectores de periodismo literario porque es suficientemente rico para que cada quien saque lo que necesite. ¿La mayor virtud de la crítica que aparece en las publicaciones periódicas es el diálogo con los lectores? Sí. Cada semana y cada mes pueden leerse el New York Times Review of Books o el Times Literary Supplement, que son revistas de conversación literaria para un público amplio, en la medida en que puede ser amplio el público interesado por la literatura. Con mucha frecuencia, son ensayos escritos por profesores universitarios, algunos de ellos admirables y que están acostumbrados a este intercambio abierto, rico, a veces muy erudito. Aunque también hay superficialidad, servilismo ante los autores que venden las grandes editoriales y una tendencia a rebajar el nivel del discurso crítico para complacer el bajo nivel de los lectores. Esos riesgos siempre aquejan a la crítica periodística y hay que señalarlos, pero lo que llaman crítica


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LABERINTO

literatura ESPECIAL

periodística a veces tiene una connotación peyorativa que olvida que el mismo George Steiner la ha hecho toda su vida. Además de ser un laureado profesor en muchas universidades, él sucedió a Edmund Wilson en The New Yorker y sigue escribiendo en el TLS. Para Steiner, un verdadero crítico, el espacio de la reseña y el de la vida universitaria no están reñidos, son complementarios. Sainte-Beuve mismo dio sus cursos universitarios en Lausana. Uno y otro alimentaron con savia académica sus libros periodísticos y viceversa. ¿A qué crees que se debe que ahora en México aún suele confundirse de manera proclive la crítica con la censura? Yo creo que el asunto es clarísimo —ya muchos historiadores y ensayistas lo han tocado—. En los países hispánicos no tuvimos suficiente siglo XVIII, no tuvimos suficiente crítica. La Inquisición española fue rápidamente sustituida por los dogmas, primero neoclásicos y luego románticos en el siglo XIX, y a su vez los de ese siglo por el marxismo revolucionario y sus vertientes jesuíticas, etcétera. Seguimos siendo naciones donde la palabra crítica huele a azufre, donde la palabra crítica se confunde con censura, como tú dices, con denuesto. Y en países de tardía maduración democrática, como el nuestro, esto provoca perversiones. Alguna gente tiende a creer que todos aquellos que generamos conocimiento crítico, discusión intelectual, somos o deberíamos ser responsables públicos del padrón electoral literario. Es decir, que si el mapa de la realidad no es del tamaño de la realidad, censuramos. En ese mundo ideal todos deberíamos estar mencionados, todos deberíamos ser igualmente atendidos por el Estado cultural benefactor. En países como Francia, donde la polémica intelectual es durísima, la discusión no reside en la existencia o inexistencia de la crítica; se asume que el crítico es un personaje central de la vida intelectual y que los críticos están para discutir y para pelear. Nuestro trabajo como críticos es juzgar y respaldar lo que juzgamos, lo cual genera —como es natural y hasta un poco bochornoso decirlo— la exclusión. ¿Quién crees que hace el canon en la actualidad: las academias, las repúblicas de las letras, la industria literaria o los consorcios financieros? En un primer momento, el canon absorbe literatura comercial, pero de inmediato la desecha. Desde luego, la obligación del crítico es militar contra las pretensiones de las iglesias y de los mercados por imponer propaganda o basura. El crítico tiene la necesidad de agarrar de la mano al lector y tratar de alejarlo del escaparate donde están las baratijas, llevándolo al lugar donde está la verdadera literatura. No conozco crítico que no padezca de esta tentación. Por un lado, el crítico tiene esta dimensión pedagógica, didáctica. El canon se va formando de manera relativamente lenta. Y yo tiendo a pensar, de manera muy platónica, que el canon tiene un mecanismo de autoselección, que de alguna manera garantiza que de él forman parte sólo las almas bellas —por eso es platónico—. El temor de que fuerzas adversas o perversas —como el mercado, o la ideología política— llenen el canon de personas non gratas es un temor legítimo que tenemos quienes velamos por la integridad de la literatura, o tenemos la fantasía de que eso hacemos. Yo creo que los autores impulsados por la industria editorial y los grandes mercados dudosamente entran al canon. Y es difícil porque lo que ellos venden son productos comerciales perecederos: ellos mismos invierten demasiado en su propaganda y poco en el arte. No sé si sea producto de la edad, de la experiencia o de la idiotez que nos va llegando a todos cuando envejecemos pero ya no sufro de la indignación que me provocaban, a los veinticinco años, las novelas de Laura Esquivel, por ejemplo, porque estaban corrompiendo el gusto estético de la patria. Señalar con el dedo flamígero a la literatura chatarra no debe ocuparnos más que algunos párrafos al año. Se hace más por la literatura comentando en público a los clásicos o aquellos libros que nos emocionan o nos intrigan. El examen de lo que Sainte-Beuve bautizó como “la literatura industrial” forma parte, más que de la crítica literaria, de la sociología de la percepción, del estudio de la sociedad del espectáculo. L

V.S. Pritchett a los 80 años

El novelista-crítico RESEÑA Héctor Iván González

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ebido a su longevidad, Victor Sawdon Pritchett (1900-1997) pudo ocuparse de los autores más importantes de los siglos XIX y XX. Dotado de una extraña personalidad, un tanto a lo Orwell, este polígrafo fue un faro para los lectores de The New Yorker y New Statesman. Alejado de la academia y de los críticos formales, V. S. Pritchett formó parte del triunvirato de la crítica en inglés constituido además por Edmund Wilson y Cyril Connolly. Finalmente aparece este autor en español gracias a la selección que entrega y prologa Hernán Lara Zavala. El viaje literario está conformado por 49 textos y un fragmento de “El temperamento español”, y representa la oportunidad de constatar la lectura que Pritchett hizo de Wilde, Flaubert, Conrad, Lorca, Borges, Genet... Así se paga una deuda con un escritor que —a diferencia de figuras anglocentristas como Philip Larkin— estaba abierto a todas las literaturas. El viaje literario exhibe la amplitud de intereses de V. S. Pritchett, incuestionable debido a que mostraba curiosidad por la literatura accesoria —epistolarios, biografías, diarios u obras menores—, que le permitía tejer una red de relaciones con la personalidad del autor al que abordaba. Profundizar en las reseñas de Pritchett es regresar al crítico que poseía la capacidad de sintetizar distintos fragmentos para condensarlos en una lectura sistemática, rigurosa y sobre todo alerta a no refugiarse en la jerga académica. Digno de ponderarse es su carácter honesto al transparentar un criterio coherente que quiere adaptarse al libro comentado y que no impone sus propios prejuicios. Sus argumentaciones definen a la crítica como “el recurso que valida a la razón”, como en algún momento propuso Kant. Incluso, podríamos decir que el criterio del que hace gala V. S. Pritchett se fundamenta en que no es un académico de gabinete, sino un autor que se acerca a los fenómenos literarios ajenos para escudriñar qué puede atraerle o repelerle. Pondera esta capacidad en uno

V. S. Pritchett El viaje literario. Cincuenta ensayos Prólogo de Hernán Lara Zavala; traducción de Ramón García FCE México, 2011 482 pp.

de sus compatriotas, con lo cual se refiere también a sus propios principios estéticos: A la manera de la crítica periodística británica, en la que el escritor tiene que llegar al fondo de la cuestión, mostrar su ingenio y su estilo y lograr un efecto decisivo con rapidez en menos de dos mil escrupulosas palabras, Greene se compromete de inmediato: “Un hombre debe ser juzgado por sus enemigos al igual que por sus amistades”. Él mismo no puede resistirse a las tentaciones del enemigo; antes que nada, es un novelista-crítico, es decir, escribe para descubrir algo y unos fines propios que pueden no coincidir con los nuestros. Sus reseñas son la incursión de un artista; su mirada es la mirada ávida del que emprende un ataque y a menudo se detiene ante el cadáver de su víctima para constatar una cualidad o para preguntar qué salió mal.

Es obvio que V. S. Pritchett tiene un crédito preponderante en la madurez que goza el mercado literario en inglés, que puede sostenerse a sí mismo debido a que la literatura también es accesible para el público ordinario. Pritchett se preocupa por el estilo pero nunca cae en el tecnicismo que intente confundir o humillar al lector; de hecho, es muy severo con éste: Alter despliega mucho tacto al abordar estas cuestiones inevitables. Es un biógrafo perspicaz, sensato, innovador y liberado de casi toda jerga académica, pese a abusar de ese reciente cliché tan tecnológicamente académico, “postura”, o recurrir a esa horrible palabra comodín, “complementariedad”.

Por lo cual, podemos señalar que sus argumentos sobre Tolstoi, Twain, Proust o Stendhal serán imprescindibles para cualquiera que se sienta picado por el mosquito de la curiosidad literaria, y aun para aquel que tenga interés por los biógrafos de los autores que admira. L


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El arte no es entretenimiento,

es una revolución El 6 de mayo de 2012, el autor de Hijos de la medianoche dictó una conferencia en la ciudad de Nueva York acerca del riesgo de renunciar a la libertad de creación y del filo de la censura. El texto que presentamos en seguida es la versión transcrita de sus palabras. Lo acompaña una crónica, con sabor a pimienta negra y cardamomo, de aquella velada Salman Rushdie

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stoy aquí, supongo, para hablar sobre la censura pero, en realidad, ningún autor quiere hablar sobre la censura. A los escritores nos gusta hablar de cosas de escritores, nos gusta hablar de la creación, y la censura es anticreación, falta de energía, no creación, el brillante ser del no ser; incluso podríamos utilizar la definición de la muerte: la ausencia de presencia. La censura es lo que impide que hagas lo que quieres hacer, y lo que los escritores hacen es escribir acerca de lo que quieren, no de lo que no pueden hacer. Los escritores quieren hablar de cuánto les pagan, o chismear acerca de lo que les pagan a otros escritores, y les gusta quejarse de los editores y de los críticos y hablar de los políticos. A veces quieren hablar de lo que aman —escritores, historias o incluso frases de amor que significan algo para ellos—; finalmente, quieren hablar de ellos mismos, quieren hablar de sus propias ideas y de sus propias historias, de sus cosas. El humorista Paul Jennings, en su brillante ensayo sobre el resistencialismo —una sátira del existencialismo—, decía que el mundo estaba dividido en dos categorías: la categoría de Algo y la

categoría de Nada. Y que entre estas dos categorías había siempre una guerra interminable. Si la escritura es Algo, y la censura es Nada, y si piensan que, como dice el dicho, “de la Nada, surge Nada”, piensen de nuevo. La censura cambia el tema e introduce un tema mutilado, crea un mundo más aburrido. Y para alguien que se aburre con facilidad, pienso que esa es ya una razón lo suficientemente fuerte para oponérsele. Pensemos por un momento en el aire, el aire que respiramos. El aire está aquí, alrededor de nosotros, es vasto, disponible libremente y ampliamente respirable y sí, ya sé que no es muy limpio o muy puro, pero ahí está, en abundancia, suficiente para que todos lo respiremos. Cuando el aire para respirar está disponible con tanta libertad y de una manera tan constante, no tendría caso exigir que el aire para respirar fuera libre para todos. Lo que uno tiene con facilidad

El futuro que no fue Alicia Quiñones

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n la ciudad de Nueva York, Salman Rushdie da una conferencia sobre la censura en el marco del PEN World Voices Festival,* en el que también participan Herta Müller, Paul Auster, Francine Prose, Martin Amis y Etgar Keret. Son las seis en punto, y alrededor de trescientas personas lo esperan. Niños corren en los pasillos —uno interrumpe al autor en más de dos ocasiones—, los reporteros encienden sus grabadoras y esperan en la primera fila del auditorio. El autor de Hijos de la medianoche está listo para hablar. Sube al escenario vestido con un elegante traje gris. Rushdie es un dandy con una larga historia de voyerismo; él mismo lo confesará esta tarde. En la conferencia habla de la escritura, la censura y su experiencia a partir de la fatwa que le impuso el imán Jomeini por Los versos satánicos. El episodio es conocido: por esa novela considerada blasfema para los musulmanes fue condenado a muerte y el hecho se transformó en un asunto de orden público

tan grande que él no pudo hablar del asunto ni defenderse a lo largo de cinco años. Hoy Rushdie ya no es el autor que desafía a un edicto islámico. Es un twittero activo: contesta de igual forma a invitaciones a encuentros de escritores en el exilio (“¡Yo no estoy en el exilio!”) o anuncia sus memorias, que serán publicadas el próximo 18 de septiembre, en las que habla de los años que vivió en la clandestinidad. Esta tarde Nueva York se parece a lo que Truman Capote describía como una ciudad con magia suficiente para pensar en cualquier personaje y en cualquier historia. Con una extraña combinación de apacibilidad y vida eterna. Es también el sitio que le ha dado a Rushdie los suficientes motivos para escribir sus libros más recientes. La conferencia toma un color inesperado y se convierte en una conversación en la que el protagonista desvela algunos de sus intereses actuales. Habla de los libros digitales, las redes sociales y de la “ciencia del futuro”. ¿Qué piensa de la palabra “revolución” este hombre que goza de la libertad que por nueve años le fue

se da por hecho y se ignora. Simplemente no hay necesidad de armar un alboroto por eso; si puedes respirar, tomas el aire que está disponible para todos, y continúas con tu día. Imaginemos ahora que el aire está dominado por alguna fuerza que no conocemos, o que sí conocemos, y que un día esa fuerza comienza a reducir el flujo de aire disponible para nosotros y de repente el aire que antes estaba disponible ahora es una delgada línea. Esto causaría que empezáramos a respirar con más dificultad y que lucháramos por jalar algo de aire. Para ese momento, muchos de nosotros iríamos a protestar contra la reducción del suministro de aire y para defender el derecho al aire libre. Se podría decir que la escasez genera exigencia. La libertad es el aire que respiramos. […] Cuando es libre y respirable, no tenemos que hacer cantos y bailes para tenerlo, lo damos por hecho y seguimos

arrebatada? Sabemos que es un visitante asiduo de los elegantes y costosos restaurantes y bares de Manhattan y de la alta vida cultural londinense, pero que aún recuerda los tiempos en que deseaba cambiar el mundo. Lo deja claro cuando habla de que las generaciones que lucharon por sus derechos, por detener la guerra, ya no existen. “La idea de que por nuestras propias acciones podíamos cambiar el mundo ya no está presente. Eso es optimismo, eso te da optimismo espiritual a lo largo de la vida. Si lo intentas y hay suficientes personas que lo hagan contigo, siempre podremos hacer un cambio”. Rushdie es también un lector que detesta los libros aburridos. “Tengo un periodo de atención muy corto —dice sonriente—. No me importa lo virtuosos que sean, así que yo busco disfrutar los libros que lea. Por lo tanto, no escribiría un libro que yo mismo no disfrutara leer”. Entonces, ¿cuál es el rol del entretenimiento con respecto a lo que se considera como literatura seria? Su visión se dirige hacia la llamada ficción literaria o ficción popular, que simplemente se centra en contar una historia pero con un fuerte motor narrativo. “Huckleberry Finn contaba una historia, al igual que Grandes esperanzas. Me pregunto: si Mark Twain viviera hoy en día, Huckleberry Finn se habría convertido en una serie de HBO. Muy probablemente habría Huckleberry Finn 2. Otro ejemplo es Trópico de Capricornio. Yo pensé que nacerían muchos jóvenes escritores que superarían lo que hizo Henry Miller; sin embargo, muchos libros ahora están totalmente libres de lo que yo llamaría ‘acto sexual’. Admito mi gran admiración por Miller, no únicamente por los extensos pasajes de exquisita conducta sexual, y no sólo por la honestidad extrema con la que maneja el tema, sino simplemente porque es muy buen escritor. Yo siempre fui un poco tímido para eso. Creo que tiene que ver con venir de la cultura de la India, donde este tipo de cosas no suelen expresarse”.


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de portada DEVIANTART

con nuestro día, y cada vez que nos vamos a dormir asumimos que mañana seremos libres, porque hoy fuimos libres. El acto creativo requiere no sólo de libertad, sino también de este supuesto de la libertad futura. Si el acto creativo está preocupado por si habrá libertad mañana, entonces hoy no será libre. Si el escritor está temeroso de elegir de lo que quiere hablar, entonces sus elecciones no estarán determinadas por su talento, sino, al menos en parte, por el miedo. Si no tenemos confianza en la libertad, entonces no somos libres. Peor aún: cuando la censura se mete en nuestro corazón, el odio se convierte en el tema. El arte se convierte en arte censurado, y así es como el mundo lo ve y lo entiende. El censor catalogará un trabajo como inmoral o blasfemo o pornográfico o controversial, y esas palabras harán daño, como cuerdas alrededor del cuello de quienes lo crean y de sus trabajos. El ataque al trabajo hace más que afectar al trabajo, pues al momento que alguien lee libros como Trópico de Cáncer o ve películas como Último tango en París o Naranja mecánica, lo hace con la idea de que está frente a algo extremadamente sucio e inmoral, pues es lo que le han dicho sobre

ellos. La idea de la culpabilidad reemplaza a idea de la inocencia. ¿Por qué aquel artista indio musulmán tuvo que pintar esas diosas hindúes desnudas? ¿No pudo haberlas respetado? ¿Por qué ese escritor ruso tuvo que hacer que su héroe se enamorara de una niña? ¿Que no pudo escoger una de edad legalmente aceptable? ¿Por qué tenían que poner un ataque sexual en un templo? ¿Qué no podían quitar ese ataque sexual de lugares santos? ¿Por qué son tan problemáticos los artistas? ¿No pueden ofrecernos sólo belleza, moralidad y una buena historia? ¿Por qué creen los artistas que si hacen las cosas de este modo tenemos que estar de su lado? Hay una canción sobre esto, que dice: “Todos dijeron: siéntate, siéntate que estás moviendo el bote, y el diablo te arrastrará al fondo, y con el alma tan pesada no vas a flotar”. Entonces el censor tiene éxito en reemplazar con su mentira la verdad del artista. Entonces el censor le hace creer que se merece la censura y que su trabajo es deplorable. Una representación de lo que podríamos llamar el Ministerio de la Verdad, la institución orwelliana, ha logrado persuadir a una gran parte del público de China, a quien le hacen creer que los héroes son de hecho villanos, que buscan la destrucción de su nación. La gente cree en ello porque es la única verdad que le han enseñado. Esta es la victoria final del censor: cuando la gente, incluso la gente que sabe, pero que ha escuchado las mentiras con insistencia, deja de ser capaz incluso de imaginar que hay otra cosa. A veces los trabajos —geniales o malos— desafían las descripciones del censor y se imponen al mundo: Lolita, Las noches de Arabia. A veces hay artistas geniales y valientes que desafían a los censores y crean literatura maravillosa, como fue el caso de la literatura en la Unión Soviética. A veces hay películas que esquivan el filo del cuchillo del censor, como es el caso de algunas obras chinas contemporáneas. Incluso encontrarán gente que les dará el argumento de que la censura es buena para los artistas, porque reta su imaginación. Esto es como decir que si le cortas las manos a un hombre es bueno porque haces que aprenda a escribir con los dientes. La censura no es buena para el arte, y es aun peor para los mismos artistas. Muchas veces el arte sobrevive, pero el artista muchas veces tiene una vida aprisionada y difícil. El poeta Ovidio fue exiliado al Mar Negro por disgustar al César. Pasó el resto de su vida en un pequeño pueblo, rogando por poder volver a Roma, cosa que nunca hizo, pues murió en el exilio; sin embargo, la obra del poeta sobrevivió al mismo Imperio. El poeta Mandelstam murió en uno de los campos de esclavos de Stalin, pero sus poemas sobrevivieron a la Unión Soviética. El poeta Lorca fue asesinado en España por los matones del generalísimo Franco,

pero la obra de Lorca ha sobrevivido al franquismo fascista. Entonces podríamos decir que el arte es más fuerte que el censor, y tal vez muy a menudo así lo sea; los artistas, sin embargo, no lo son. Tienen que luchar por defender sus vidas aprisionadas, al igual que sus palabras. En Estados Unidos cada año algunos grupos religiosos tratan de prohibir a los escritores realistas, incluyendo a J. K. Rowling, porque claramente defiende la hechicería y los comportamientos no cristianos. Eso sería lo que yo apoyaría de su obra, no el Quidditch. O, por ejemplo, los que a pesar de Charles Darwin defienden la teoría del “diseño inteligente”, aunque para mí es exactamente lo contrario a lo que dice. Una vez escribí que los ataques en contra de la ley de la evolución en algunas partes de Estados Unidos de cierta manera desmienten la teoría de Darwin, pues demuestran que la selección natural no siempre funciona, o por lo menos no en la zona de Kansas, o aun parecen demostrar que los humanos son capaces de evolucionar hacia atrás, hacia el eslabón perdido. Es incluso más seria esta creciente tendencia —hasta en las sociedades libres— de responder a los artistas que sí escriben con la idea de que la censura se puede justificar, cuando cierto grupo, género o fe se declara confrontada por este tipo de trabajos. El gran arte o, dicho de manera más modesta, el arte original, nunca se crea en el seguro punto medio; siempre está en el borde. La originalidad es peligrosa, si quieres aumentar el espectro de lo que es posible para los seres humanos, de lo que pueden decir, saber, comprender y, a fin de cuentas, de ser. Entonces, de hecho, tienes que ir al borde y empujarlo hacia fuera. La originalidad es peligrosa: reta, cuestiona, tira ideas preconcebidas, desequilibra códigos morales, no respeta vacas sagradas o cualquier otra entidad sagrada; puede ser escandalosa, o fea, o puede salir en los tabloides y ser controversial; y hay fuerzas poderosas en muchas sociedades, incluyendo ésta, que no quieren que esas fronteras se empujen hacia fuera, que no quieren que nosotros tengamos pensamientos originales, peligrosos. Hay fuerzas en todas las sociedades, incluyendo ésta, que buscan revertir los esfuerzos de estos artistas e intelectuales y aumentar estas barreras, y esas barreras a veces pueden ser muy peligrosas para el mismo artista. Pero si queremos respirar, si queremos que el aire siga siendo vasto y libre, éste es el tipo de arte cuya existencia no sólo debemos defender, sino también celebrar. El arte no es entretenimiento, es una revolución. L Traducción de Iris Macedo ESPECIAL

Escuchar a Rushdie es como ir y venir de una serie de imágenes que ha impreso en sus historias. Por momentos parecemos escuchar un atisbo de aquel personaje que habita un país —un mundo— cuya cultura contemporánea cae a pedazos. La decadencia de un pueblo lleva a este personaje —o a su autor— a reflexionar sobre la sociedad y la política de su tiempo. En este momento Rushdie se convierte un poco en Saleem Sinai, el protagonista de Hijos de la medianoche, cuando comienza a hablar de su país y la libertad de expresión: “De India tengo la terrible impresión de que las cosas están yendo hacia el lado contrario —cuenta desde el escenario—. India es una sociedad en la que por mucho tiempo las ideas y la libre expresión estuvieron muy arraigadas, pero hoy en día esto se ha remplazado por las actitudes y respuestas de las autoridades a grupos políticos, aunque sean pequeños”. ¿Qué es el futuro para el escritor oriundo de Bombay? “Podemos pensar las cosas más originales sobre él pero nunca sabremos cómo será, y lo que es un hecho es que nunca, nunca, será como pensamos que será. Si le hubiéramos preguntado a alguien en septiembre de 1988 si se imaginó que la Unión Soviética desaparecería un año más tarde, nadie hubiera dicho que sí. No podemos saber lo que va a pasar. Hay mucha gente que se dedica y vive de predecir el futuro, pero yo digo que esto de la futurología es la ciencia acerca de estar equivocado acerca del futuro, porque no podemos verlo, no podemos saber cómo será. Puede ser peor de lo que pensamos, o puede ser mejor de lo que pensamos, pero de lo que estoy seguro es de que será diferente de lo que pensamos. Cada vez que se trata de adivinar cómo será una época en el futuro, y una vez allí recuerdas cómo era esa época anterior, el resultado es histéricamente gracioso y ridículo. Y tal vez eso es también optimismo. No sabemos lo que nos traerá el futuro, pero podemos, si nos movemos en la dirección correcta, llevarlo hacia un lugar mejor”.

No sabemos si todos en la conferencia nos hemos convertido un poco en Salman Rushdie después de escucharlo. La audiencia le aplaude. Con su habitual formalidad y elegancia, agradece y recuerda a su amigo Arthur Miller, a quien dedicó la charla. La gente sale del recinto. Quince

personas, a lo mucho, se acercan a pedirle que firme sus libros. Rushdie accede con amabilidad y buen humor. L *El PEN World Voices Festival se llevó a cabo del 30 de abril al 6 de mayo en la ciudad de Nueva York.


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MILENIO

literatura

John Cheever: el drama en el cuerpo No sus novelas sino sus relatos, constancias de una calamidad, le valieron el reconocimiento de sus contemporáneos. ¿Qué claves encontramos en ellos, a qué oscuro sino se encomiendan? ENSAYO Claudina Domingo

J

ohn Cheever fue, ante todo, un escritor de relatos. Sus novelas —Crónicas de los Wapshot, El escándalo de los Wapshot, Bullet Park y Falconer— no fueron lo más representativo de su narrativa. En cambio, sus Cuentos completos le dieron el Pulitzer en 1979. Solía decir que el cuento era la literatura del nómada y también que “estoy muy seguro de que, en el momento exacto de la muerte, uno se cuenta a sí mismo un cuento y no una novela”. Los cuentos de Cheever se centran en los conflictos íntimos de un personaje o en el conflicto entre un par de personajes (hermanos, amantes o marido y mujer) que parecen haber salido del Armagedón personal. Es común en sus relatos encontrar la biografía de sus personajes contada al principio de tal forma que un lector poco familiarizado con su literatura podría creer que ya no queda historia por contar. Su atención se concentra en la manera en que el espíritu humano enfrenta las desgracias comunes, aquellas que están lejos de convertirnos en mártires y que, sin embargo, nos han dejado en la triste circunstancia de representar una cruel sátira de nosotros mismos. En “El nadador”, uno de los más célebres, la desgracia económica y familiar de un hombre permanece escondida a su conciencia mientras se concentra en llevar a cabo una hazaña deportiva: nadar hasta su casa desde el extremo opuesto de los suburbios a través de todas las piscinas de sus vecinos. Por supuesto, la casa a la que quiere llegar ha sido vendida por él mismo en la bancarrota. “El marido rural” concentra los temas y los personajes predilectos de Cheever: un matrimonio infeliz unido por la necesidad de criar bien a varios niños que empiezan a desarrollar sus traumas, neurosis y afectos personales; una mujer descontenta con su limitada forma de vida, concentrada en evadirse por medio de las fiestas, y un marido que parece aterrizado en esa familia casi por casualidad; una ráfaga de aire puro en forma de joven confundida; el precipicio de las posibilidades, un beso robado, el vecindario dispuesto a hundir al criminal social, la evaporación de las fantasías de un amor erótico y vivificador, venganzas mezquinas y el imperturbable correr de la conformidad humana: la vida estable que carece de emociones profundas pero que ofrece la certeza de la rutina diaria. Como en estos dos ejemplos, los relatos de Cheever no se desarrollan en torno a grandes catástrofes que se precipitan sobre sus personajes sino a lo largo de una sola “calamidad” en la que permanecen anclados unos seres incapacitados o desinteresados para revelarse a sus destinos. Tienen, por supuesto, detalles exhaustivos y sensuales conseguidos a través de la observación directa y constante de los arquetipos y las escenas retratados en ellos. Nacido el 27 de mayo de 1912, John Cheever se decía hijo de una heráldica familia de Massachusetts venida a menos y siempre habló de sí mismo como de un expulsado o un

intruso: demasiado aristócrata para pertenecer a la clase media en la que vivía, entre otras cosas, a causa de su oficio mal pagado de escritor, y bastante empobrecido para ser considerado un igual por sus amigos ricos. Al respecto, su hijo Benjamin Cheever apuntó que había una buena parte de mitología respecto a su alcurnia familiar. Esta tendencia casi patológica a mitificar también se observa en la vaguedad en torno a su supuesta relación homosexual con su hermano Fred, que pudo haber sido platónica o bien su primera experiencia sexual. Tal vez se podría aplicar al escritor el juicio sobre uno de los personajes de “El brigadier y la viuda de golf”: “Como la mayoría de los mentirosos incurables, sentía un respeto extravagante por la verdad”. Una casi natural fe en los mitos le llevó a vivir los sucesos cotidianos como verdaderos pasajes de una Odisea moderna. Si un escritor durante el siglo XX cultivó el diario como un género literario ese fue John Cheever. Sus Diarios, alejados del falso brillo del escándalo pero provistos de gran riqueza y profundidad, atestiguan la escarpada travesía de un hombre obsesionado por la metamorfosis personal a través de las palabras y concentrado en el “autoexamen”: una autocrítica despiadada que lo exponía ante sí mismo (ante su orgullo y su

vanidad) como un hombre constituido por flaquezas y debilidades. “Valor, entusiasmo, pureza, amor, caridad, fuerza, industria, inteligencia, visión”, es el mantra que el escritor atrapado en sus deslumbrantes infiernos repite en sus libretas a lo largo de los años. Sus Diarios lo muestran, en palabras del cheeverista Rodrigo Fresán, “eufóricamente melancólico”. Nos obligan a reflexionar: ¿qué tiene el diario que la obra del escritor le debe tanto? La posibilidad de articular nuestras experiencias en una materia menos frágil que la memoria. La capacidad de observar a los diferentes personajes que hemos sido y los sucesos que han modificado nuestro papel y nuestra historia. La posibilidad de crear un drama de nuestra vida y de erigirnos, de manera reconfortantemente infantil, en el héroe de ese drama. La formulación de un diálogo con las diferentes caras de nuestra conciencia, con nuestras más profundas emociones y sentimientos. La incomparable sensación de estar venciendo la soledad al contar un secreto. La imprescindible sensación de confesar las culpas, defender nuestra causa, investigar nuestro caso, deliberar sobre las imputaciones que se nos hacen y las que nos hacemos. La necesidad de condenarnos para siempre jamás. El derecho a cumplir nuestra sentencia en medio de consuelos o la posibilidad de corregir nuestros errores. Quien dio en sus Diarios lecciones de literatura fue un narrador obsesionado con la perfección literaria, atormentado e insatisfecho con la cantidad y calidad de amor erótico que recibía, dulce e iracundo con sus hijos, idólatra y despectivo por igual con su hermano, creyente en Dios, asistente a misa; un hombre a quien gustaban mucho las mujeres pero que creía en la posibilidad de la felicidad conyugal; un hombre a quien también le gustaban los hombres. Un alcohólico que llenaba páginas enteras describiendo los vaivenes de su relación con el alcohol; que prefería el whisky, pero que también tomaba ginebra y vermut; que se obligaba a cortar leña, podar el césped y pintar las puertas para aplacar la tortura de tener que pasar una mañana sin alcohol; que durante muchos años se fue a la cama por la madrugada sintiéndose infinitamente culpable y que despertaba pensando que el dolor de riñones era prueba irrefutable de la cercanía de su muerte y el fracaso. Esos Diarios también atestiguan la vanidad herida de un escritor que llevaba una relación sadomasoquista con su editor, que solía rechazar sus textos para The New Yorker si los consideraba demasiado “artísticos”. Así, durante mucho tiempo, la narrativa de John Cheever fue valorada como lectura de salas de espera (él mismo abrazaba con algo de amargura este juicio) y constantemente se veía en el dilema de que si sus textos se atrevían a presentar algo muy escandaloso para la sociedad estadunidense de la posguerra, esto significaba un cheque menos para pagar las cuentas. Quizás el que su narrativa se concentrara en la domesticidad durante el Baby boom lo llevó a ser considerado un escritor costumbrista y pop (¡doblemente desgraciado!). Si su trabajo fue revalorado se debió, en buena medida, al afecto que tenían por él otros escritores. Entre los admiradores de su trabajo estaban escritores poco compasivos con el trabajo literario de otros: Truman Capote, Ernest Hemingway y Vladimir Nabokov. En 1981 su amigo Saul Bellow escribió estas líneas en una carta al “Chejov de los suburbios americanos”: “Tú te habías propuesto, como escritor, la transformación de tu persona. Cuando leí la antología de tus cuentos me emocionó contemplar esa transformación que tenía lugar en la página impresa. No hay nada verdaderamente importante salvo esta acción transformadora del alma”. Validando fatalmente su idea de las muertes predecibles, John Cheever murió a los 70 años, el 18 de junio de 1982, a consecuencia de una metástasis cancerígena originada por un tumor en un riñón. L


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LABERINTO

en librerías Una misma noche

Morderán el polvo

Leopoldo Brizuela Alfaguara México, 2012 276 pp.

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eonardo Diego Bazán es escritor y vive con su madre, de ochenta y nueve años, en la provincia de La Plata. La madrugada del 30 de marzo de 2010, al regresar de Buenos Aires, es accidental testigo del robo a una residencia vecina. Desde una ventana de su casa observa un coche con la inscripción Policía Científica y dos policías adentro. No hay ninguna denuncia del hecho, sólo temor y el recuerdo de un suceso similar en la misma casa en 1976. Escrita en primera persona, la novela ganadora del Premio Alfaguara 2012 es una reflexión sobre el miedo y la inseguridad, un registro de los días negros de la dictadura argentina, con su represión, censura, desaparecidos. Con una buena dosis de suspenso, Brizuela recorre la historia reciente de Argentina, sobre todo la época cuando incluso los mínimos actos cotidianos provocaban sospechas y la desconfianza anidaba aun entre los seres más cercanos.

El general orejón ese

Gerardo de la Torre Ficticia México, 2012 263 pp.

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oce años después de la primera edición vuelve a publicarse esta novela, una de las más celebradas de Gerardo de la Torre. Es la historia de un fracasado, Édgar Pérez González, guionista de historietas y fotonovelas —como el mismo De la Torre, uno de los argumentistas de la célebre Fantomas—. A punto de cumplir cincuenta años, después de una noche de juerga en la que se acuesta con una mujer hermosa que al amanecer se transforma en esperpento, el protagonista comienza el recuento de sus fiascos amorosos, de las laceraciones que le han provocado las mujeres de las que se ha enamorado. Lo hace con cinismo y humor amargo, mientras cuenta también sus borracheras y la imposibilidad de ir más allá de los guiones baladíes que escribe para ganarse la vida. No tiene talento, y lo sabe. Los guiones son “un derroche y una estupidez”, dice Édgar Pérez en un arranque de sinceridad en esta novela de puro ácido.

América en el pensamiento de Alfonso Reyes

Paco Ignacio Taibo II Planeta México, 2012 101 pp.

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scrita en segunda persona, esta biografía del general Mariano Escobedo —publicada por primera vez en 1997— puede leerse como una novela de aventuras. Nacido en 1826 en Galeana, Nuevo León, durante su adolescencia se formó como jinete y tirador. A los veinte años participó en la guerra contra la intervención norteamericana, después lo haría en la Revolución de Ayutla, en la guerra de Reforma y en contra de la segunda intervención francesa, derrotando a Maximiliano en la ciudad de Querétaro el 15 de mayo de 1867. Taibo II no oculta su simpatía por este personaje con facha de “zopilote deprimido”, siempre dispuesto a cumplir las misiones y los sueños más disparatados. El libro comienza con un viaje de Escobedo en busca del presidente Juárez, que deambulaba por el norte del país. Es un viaje azaroso, que lo lleva a Estados Unidos y muestra su carácter indómito y la lealtad a sus ideales.

La física del futuro Mikio Kaku Debate México, 2012 527 pp.

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omo lo recuerda este físico de formación y conocido divulgador de la ciencia a quien puede verse en canales como History y Discovery, ha sido en la literatura de ciencia ficción, particularmente la de Jules Verne, donde se han anticipado los adelantos tecnológicos de los tiempos por venir. Los científicos de finales del siglo XIX, como igualmente recuerda, fueron más escépticos a este respecto. Ahora las cosas parecen haberse invertido, pues el positivista que habita en él le hace declarar: “para el año 2100 habremos conseguido convertirnos en los amos de la naturaleza”. Pero acaso dándose cuenta de lo desmesurado de su afirmación, Kaku matiza que lo conseguiremos “A menos que sucumbamos a las fuerzas del caos y la insensatez”. Como sea, el lector curioso gozará al enterarse de “Cómo la ciencia determinará el destino de la humanidad y nuestra vida cotidiana en el siglo XXII”.

Entretelones políticos

Prólogo y selección de José Luis Martínez FCE, México, 2012 202 pp.

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ue, sostiene José Luis Martínez, “el lujo y el orgullo de las letras mexicanas”, en virtud de una doble tarea creadora: la de atraer hacia nosotros los frutos del espíritu y el saber universales y la de alentar nuestras mejores esencias en el mundo. Los textos aquí reunidos —ensayos, cátedras, conferencias, mayormente escritos entre 1930 y 1940— responden a esta actitud conciliadora. Reyes escribió alentado por dos grandes interrogantes: qué ha significado América para el imaginario europeo y cuál puede ser su destino último. A la manera del historiador, pero también a la del poeta, el intelectual y el fi lósofo, fue modelando una figura que contiene los más nobles sueños utópicos: “América aparece como el teatro para todos los intentos de la felicidad humana”. El libro no sólo invita a repensar nuestra cultura sino a solazarnos con la belleza del lenguaje.

I am Ozzi (confieso que he bebido) Memorias de Ozzi Osbourne con la colaboración de Chris Ayres Global rhythm, Barcelona, 2011 358 pp.

C

on falsa modestia, Ozzi se define como uno de esos “chicos de clase obrera salidos de los callejones de una ciudad industrial del norte de Inglaterra venida a menos”. Tal vez por ello mismo no se calla nada; no, al menos, nada relacionado con la disipación, los excesos y su voluminosa cuenta bancaria. Que un joven haragán, aprendiz de ladrón y asqueado de la onda jipiosa se convirtiera en uno de los máximos iconos de la música puede parecer natural. Pero que haya sobrevivido a incontables sesiones de alcohol, coca y ácido sí que resulta fuera de lo común. Sus memorias —64 años con el pie pisando a fondo el acelerador— se leen más como una novela picaresca que como el recuento de una vida, “que no debería haber salido como salió”. Son amenas, desmedidas y generosas. No registran a todos los que son pero ofrecen buenas pinceladas de algunos huéspedes del salón de la fama.

RESEÑA Ernesto Jiménez Olín

E

n el thriller político que es su novela Operación Los Pinos, el narrador y periodista Ricardo Pacheco Colín se pone a tono con nuestros días y cuenta los afanes de un grupo de poderosos, encabezado por don Roberto Hart Ibáñez, “el político de más experiencia y el más astuto personaje de la historia reciente de México”, para quitarle el poder al PAN, que ha impedido que fluyan los negocios. Esos negocios, como es de suponer, tienen que ver con el narcotráfico. Desde 2006 el grupo, que incluye además de políticos a militares y expertos en comunicación e imagen, comienza a trabajar y para concretar sus planes crea el movimiento Unión del Pueblo Mexicano. Un elemento importantísimo será Jordi Román, joven michoacano recién egresado de Harvard cuyo padre hizo su fortuna fuera de la ley, el cual muere trágicamente en un accidente cuando Jordi acaba de regresar al país. Pacheco Colín da cuenta de cómo Román será preparado para afrontar este reto, a todas luces el más trascendental de su vida. En un principio todo parece fluir muy bien para él, pero Román irá cometiendo una serie de errores —un matrimonio en Estados Unidos que legalmente no cerró y su adicción a la cocaína— que en un momento harán que la confianza que le tiene el omnipotente Hart Ibáñez vaya perdiéndose. Aunque Román está bien protegido, uno de ellos hará que la meta de la Unión del Pueblo Mexicano no se consiga. Si algo resulta evidente en la lectura de Operación Los Pinos es que el autor conoce muy bien las convenciones del thriller, las cuales sigue puntualmente. Pacheco Colín en este sentido no pretende innovar y su aspiración es que el lector pase un buen momento; sin ser una roman à clef no faltará quien pretenda encontrarle correlatos con los personajes del momento. La prosa veloz se mantiene de principio a fin de la novela, si bien en la primera parte algunos chistes de más hacen que se sienta un poco trompicada; en la segunda corre más libremente. En cuanto a la caracterización de los personajes, no hay individuos y todos se ciñen a la representación convencional: Roberto Hart Ibáñez es el político que mueve los hilos y grita y maldice y trata mal a quien no sigue sus mandatos. Jordi Román, por su parte, representa a la nueva generación de políticos,

Ricardo Pacheco Colín Operación Los Pinos Selector México, 2012 200 pp. más ambiciosos y preocupados por su físico —metrosexuales— que intelectualmente brillantes. La escena en que Hart golpea y humilla a Román, que literalmente se arrastra y le besa las manos para que lo perdone, ilustra bien esto que exponemos. En cuanto al sexo, las escenas están bien dosificadas y no hay regodeo ni mal gusto. Uno de los aciertos de Pacheco Colín es haber introducido algunos aspectos que son parte esencial de la política contemporánea y que antes no se consideraban, como la creación de imagen. En este sentido, la novela sí establece un diálogo con nuestra realidad electoral porque la sensación que nos deja la lectura es que el autor hizo una crónica de todo este proceso. Obviamente, la cuestión de las encuestas tampoco es soslayada. En lo que respecta a los cuestionamientos que pueden hacérsele a la novela, ya se señaló el exceso de chistes en los capítulos iniciales. Dentro del desarrollo de la historia, el motivo del matrimonio que Román no dejó bien amarrado es un tanto forzado sobre todo porque al describir al personaje éste no es dibujado como un descuidado. El hecho es que al final el asunto no juega un papel importante en la novela y sólo sirve para dejar mejor retratado al maloso de Roberto Hart. Invocar falta de profundidad en la creación de personajes es excesivo porque no era ésa la pretensión del autor. Operación Los Pinos es una novela escrita con oficio y a algunos lectores les dará luz sobre aspectos de nuestra vida política que acaso no hayan percibido. L


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MILENIO

música Chester Thompson

recuerdo a Tom doblarse de la risa, lo que casi le vale una suspensión. Es una pieza hilarante. No era muy común hablar en una letra sobre comer hot dogs. Así pasaron un par de días. Al tercero, estaba toda la banda presente. Nunca había escuchado música tan precisa y complicada. Llegué, me senté, mire a los demás y dije: ‘¡Ups, esto va a estar interesante!’. Casi no dormí durante el primer mes. Mi primera aparición en mi vida fue en Chicago, con Zappa. En todo momento iba contando los tiempos en mi cabeza”.

“Nunca fui admirador de Genesis” En refrescante conversación, el gran baterista charla aquí sobre Frank Zappa y su relación casi religiosa con el jazz ENTREVISTA CORTESÍA DE CARLOS ESQUIHUA

Juan Carlos Villanueva

C

hester Thompson ha llegado muy lejos, ha tocado con los más distinguidos músicos y ha hecho demasiadas cosas, pero no lo suficientemente comerciales como para ser un famoso. Por suerte, los genios no son aquellos que sobreexplotan los medios ni los grandes sellos discográficos, sino quienes embisten con el ímpetu de una locomotora. La palabra para describir a Chester es “evolucionado”, me decía Stewart Copeland (baterista de The Police) en una entrevista. Chester es musicalmente hábil y proviene de una elegante escuela de jazz. Alteró y contribuyó en el sonido que definió a Frank Zappa and the Mothers of Invention, Weather Report, Genesis... Es un tipo afable, luce delgado y transpira una vibra humilde; su charla es fácil, amable y franca. Estamos sentados en el lobby de un hotel en Polanco. Íbamos a dar un paseo por la zona, pero llovía sin tregua. “Vamos a quedarnos en casa”, dice Thompson, mientras encarga un par de tragos. Acaba de tener una charla con unos cuantos periodistas y aficionados. Estuvo en México para dar una clínica de batería, junto a Marco Minnemann (baterista de Nina Hagen, Kreator y Steven Wilson), como parte de una gira de DW. Nacido y criado en Baltimore, Maryland, Chester Thompson tomó la batería como instrumento desde la infancia. James Harris, amigo de la familia y baterista de jazz, introdujo a Chester a los 11 años, y cuando Thompson tenía 13 hacía gira por pequeños clubes en el área de Baltimore. Sin embargo, los primeros años de vida no fueron tan gloriosos. “Vengo de una infancia de mucha miseria, de un barrio con mucha violencia”, recuerda. “Mi pasado es demasiado triste como para recordarlo. Es por eso que no me gusta la música melancólica; me gusta la música de Brasil, principalmente la de los años sesenta, como Luiz Eca y la Sagrada Familia, o Tamba Trio”. Después de unas cuantas presentaciones con Ben E. King en su adolescencia, Thompson se enteró a través del manager de Frank Zappa que, precisamente, Zappa

¿Ha vuelto a sentir esa emoción con otro artista? No creo. Antes de un concierto me pongo nervioso, la adrenalina corre. Es algo normal, eso no ha desaparecido, pero jamás he vuelto a sentir ese miedo que tuve con Zappa. Realmente amaba su música, era un fiel seguidor de su obra. ¿Recuerda cuando ocupó el lugar de Phil Collins en la batería de Genesis? Nunca fui admirador de Genesis, si acaso había escuchado unas tres canciones. Escuché al grupo gracias a Alphonso Johnson, el bajista de Weather Report. Estábamos de gira y el ponía el disco A trick of the tail. Así que cuando entré a Genesis fue una locura, porque tenía que sustituir a un baterista que estuvo en la banda por mucho tiempo. Sólo tuve nueve días para ensayar, para un concierto de dos horas y media. ¿Qué memorias tiene de Weather Report? Una muy valiosa: por esta banda aprendí a tocar la batería de manera más natural. Me tomó mucho tiempo comprender cómo concentrarme y escuchar la música. Me permitió ser un músico más orgánico, emocional pero sin perder la concentración.

El músico y maestro en la Universidad de Belmont

buscaba un segundo baterista que acompañara a Ralph Humphrey. Chester, ya con buena reputación como baterista de jazz, acudió para una audición. Ingresó oficialmente a Frank Zappa and The Mothers of Invention a fines de septiembre de 1973. “¿Qué recuerdo de mi primer encuentro con Zappa?”, se cuestiona Thompson. “Terror. Jamás había sentido tanto miedo como cuando estuve con Zappa. En mi audición estaban George Duke (teclados), Tom Fowler (bajista) y Frank. Estuvimos tocando en una sesión de improvisación por una hora. Nadie mencionó una sola palabra, sólo tocábamos y tratábamos de buscar el sentimiento. Tocamos sin parar diferentes géneros. Pasamos por el reggae, tocamos rock, blues y la primera canción fue “Cheepnis”. En ese momento

¿Considera el jazz como una experiencia espiritual? El jazz es liberador, es ese lugar especial en la Tierra donde puedo ir y olvidar lo que me rodea. En la música encuentro mi espiritualidad. Cuando la escucho y toco, cierro los ojos y dejo de pensar en lo que haré. Ese es el momento en que sucede la espiritualidad. Después de muchos años me convertí al cristianismo, tras consultar con todo tipo de maestros y gurús, y estudiar diversas religiones. La espiritualidad no consiste en conceptos profundos, es dejar que la vida suceda y corra a través de ti. La espiritualidad sucede cuando hablas con tu instrumento desde el corazón o el alma, sin ningún tipo de proceso intelectual en el camino. Soy un músico de jazz que a veces hace música pop o rock. A partir del jazz puedo improvisar y hablar con la voz de mi instrumento, contar una historia. L

EL PAPEL DE LAS NOTAS ESPECIAL

Dos modos de escuchar Eusebio Ruvalcaba

C

uando menos hay dos modos de escuchar música. Uno cargado de imaginación y anécdotas, y el otro despojado de cualquier elemento capaz de contaminarla. La atracción hacia la música puede venir por el lado de la narración, o bien por el lado de la pureza melódica, o, si se es más exigente, de la ondulación sonora —haya melodía o no. Inocularle imaginación extramusical significa contaminar la música —¿o enriquecerla? La fantasía del hombre corre a la par del gozo del arte. La admiración se verbaliza a través de la apología, esto es, de la exageración encomiable. Si un hombre admira a Tolstoi, tendrá que contagiar su entusiasmo. Despertar en las personas que lo rodean tal devoción. Pero el modo más eficaz de encantar la atención es revelando la intimidad del artista. Poniendo sobre la mesa casos concretos, anécdotas que casen con la personalidad del admirado. La biografía del artista —la telenovela del artista— es la mejor carta de presentación, la llave maestra que abre las puertas para su conocimiento. Planteé arriba esta dicotomía entre la música pura y la música contaminada. Para estas líneas, contaminada significaría música

en la que se han vaciado elementos extramusicales. Pensemos, como ya se dijo, en la historia (biografía novelada) de los compositores —o intérpretes—. ¿De verdad impele al disfrute de la Sinfonía Heroica de Beethoven saber que el autor era sordo? ¿De verdad se disfruta más esa música por el solo hecho de imaginarnos a Beethoven atormentado por su discapacidad, el desprecio que sufrió en vida por parte de los aristócratas, intelectuales y artistas que no lo comprendieron, la lucha por el amor que jamás pudo concretar, y la incomprensión en general a que se vio sujeto?      Pero quizá no es la dimensión de lo que se cuenta —generalmente de orden trágica— sino el disparo de la imaginación lo que propicia el acercamiento entre la música y el escucha. El hombre gusta de algo concreto en vez de conceptos de los que le resulta difícil asirse. Si de pronto ubica a Mozart vendiendo su caballo porque al día siguiente no tiene que llevarse a la boca, esa circunstancia le permitirá disfrutar por partida doble la música del Divino. Más aún que si técnicamente, si mediante la revelación de los secretos técnicos —sólo aptos para los entendidos—, comprendiese a la perfección la música mozartiana.        Los sonidos de la música se despliegan en el aire y penetran nuestros oídos sin materialidad alguna. Sin anécdota ni acontecimiento narrativo que

los respalde. Es música y ya. Entonces el escucha nutre su espíritu expoliando su imaginación. Porque la música es épica, y le permite palpar —así sea por unos segundos— el crisol mismo del sufrimiento vuelto belleza. Es su modo de nombrar al dolor. A través de la música. Este hombre que escucha, esta mujer que presta sus oídos como una gaviota sus alas, no hace otra cosa que explicarse la desdicha mediante el lenguaje de la música. Que es el que mejor se presta para este cometido. Por una sola razón: porque la música universaliza el desconsuelo. Quizás en esto radica su poder bienhechor: en que a través de su música, la tragedia de Beethoven es la tragedia de todos los hombres. Como sea, la música nos conmueve y eleva nuestro espíritu hasta alturas insondables. Con o sin elementos externos de soporte. L


sábado 30 de junio de 2012 b 11

LABERINTO

cine CORTESÍA ALEJANDRO LUBEZKI

necesidad de que los personajes de la política nos tengan que divertir; Cárdenas cuenta chistes y regaña cuando es necesario. Me llamaba la atención su paciencia, escuchaba a todos y tomaba notas de todo. Con más de 300 horas de filmación, ¿qué criterios manejó para la edición? Descubrí los criterios sobre la marcha. Recopilé miles de episodios. Las campañas son muy intensas. Como la mayoría de los implicados, me hice a la idea de que iba a ganar pero no fue así: Cárdenas perdió. Cuando eso ocurrió, sentí que me había quedado sin final. Durante poco más de dos años vi el material varias veces pero al final lo guardé hasta que aparecieron mis amigos de Grupo Diavaz y me prestaron dinero para contratar a Lucrecia Gutiérrez para la edición. Entonces descubrimos que podíamos contar la historia de una derrota sin caer en el melodrama. Vicente Fox, Cuauhtémoc Cárdenas y Francisco Labastida

Alejandro Lubezki

“Ahora las campañas son una industria” El ingeniero registra los pasos de Cuauhtémoc Cárdenas en la contienda electoral del año 2000. Es, sin duda, un documento de historia olvidada ENTREVISTA Carlos Jordán gonzalezjordan@gmail.com

C

uauhtémoc Cárdenas es una de las figuras emblemáticas de la izquierda mexicana. Entre 1999 y 2000 intentó, por segunda ocasión, ganar la presidencia del país. Alejandro Lubezki fue testigo privilegiado de aquella campaña. Cámara en mano, accedió a las entrañas del “cuarto de guerra” y captó rasgos personales que trazan un perfil pocas veces visto. Resultado de todo ello es El ingeniero. ¿Por qué hacer una película sobre Cuauhtémoc Cárdenas centrada en la derrota del 2000? La idea nace en 1999. Mi hermano Emmanuel me preguntó si sabía de alguien que estuviera preparando un documental sobre Cárdenas. No supe responder y a cambio nos planteamos hacer algo al respecto. Escribí una propuesta y se la comenté a uno de sus hijos, que fue mi compañero en la escuela. Me ayudó a conseguir una cita con el ingeniero. Le presenté el plan de trabajo y después de algún tiempo se comunicó conmigo para decirme que accedía a dejarnos filmar.

¿A qué parcelas no tuvo acceso? Tuve acceso a todo. Empecé a grabar en julio de 1999 y terminé en agosto de 2000; reuní más de 300 horas de material. Entré a las juntas de planeación y a sesiones en las cuales se discutía si el rumbo era adecuado o no. Yo decidí no grabar nada que tuviera que ver con el financiamiento porque no me interesaba y no aportaba nada a la construcción del personaje. Aunque en una campaña presidencial el financiamiento es muy importante… Sin duda, y no lo niego, pero yo quería hacer un retrato de Cuauhtémoc. Además, él no administraba la campaña. Para mí resultaba más importante mostrar los debates, las encuestas. Me interesa que este documental sea como un libro de historia olvidada. ¿Qué le descubrió el trato en corto con el personaje de Cárdenas? Era muy amable y comprensivo. Es impresionante cómo nos han vendido una personalidad diferente. Hay quien se sorprende por su seriedad, pero ¿por qué no tendría que serlo? Nunca he entendido esa

La película también refleja una manera de hacer campaña de la izquierda perredista y que se mantiene hasta hoy. Cárdenas tenía su estilo de hacer campaña. Construyó su imagen a partir del contacto directo; durante el año de campaña nunca tomó un helicóptero. Y, en efecto, creo que se convirtió en un estilo de la izquierda mexicana y que tiene relación con la igualdad de la gente. Como hombre de cine, ¿qué opinión le mereció una campaña a ras de tierra y con marcada distancia de los medios? En ese momento trataba de no juzgar. Mi trabajo era estar callado y grabar mientras me dejaran. De alguna manera, los que estaban ahí eran aprendices. Ahora las cosas cambiaron, pero hasta entonces esa fue la campaña más televisada. La izquierda nunca había tenido presupuesto para publicidad ni acceso a los medios como en esos años: era realmente prueba y error. Ahora las campañas son una industria. Una de las partes críticas, supongo inconsciente, tiene que ver con los cuadros de la izquierda y la forma en que se han desintegrado. Pienso en Rosario Robles o en Demetrio Sodi, que pese a que apoyaron a Cárdenas hoy están en otros frentes. Es un pedazo de la historia que no puede ocultarse. Cada quien ha escogido su camino y depende de cómo le fue en la montaña rusa. En lo personal, lo más sorprendente es el viraje de Rosario Robles. ¿Han cambiado mucho las campañas presidenciales? Hoy son más mediáticas. No sabría decir si son mejores o peores, pero tratan de lo mismo pese a que ahora los matices son más confusos. Antes la izquierda era más izquierda y la derecha más derecha. Finalmente, las campañas son reflejo del caos que vive el país. ¿Por qué si la película se filma entre 1999 y 2000, apenas se exhibe? El documental se estrenó durante el Festival de Cine en Guadalajara. He conseguido programar funciones especiales, pero falta una corrida en forma. Creo que la reacción de la gente que lo ha visto ha sido muy entusiasta y me congratulo de tener un documento que provoca la reflexión. Espero que otros festivales lo proyecten y se evite la confusión respecto a si es un documental proselitista porque en realidad no lo es. L

HOMBRE DE CELULOIDE BLOGDECINE.COM

Nostalgia hecha de felicidad Fernando Zamora @fernandovzamora

D

ark shadows es todo lo que debe ser una película hollywoodense: es entretenimiento (la obra de Burton corre con desparpajo), pero también es cultura. Exige al público atención en los detalles, conocimiento de la década de 1970 y, en el caso del hispanoparlante, un esfuerzo básico para entender los juegos de palabras y el particular acento que se inventa Johnny Depp, tan florido que casi se parece a la forma en que se arrastra por el techo y el suelo para hacer el amor con la bruja de la película. Si uno es exigente, habrá de ir más allá. Saber que la película está basada en una serie de televisión de medio pelo que en manos de Burton (siempre enamorado de la nostalgia) revive y se transforma en una obra que, aunque es sólo diversión en sus niveles más básicos, es gran arte en sus mejores momentos, los de la máscara y el travestismo. Ahí habla al público de brechas generacionales, del honor de seguir siendo el que tenemos que ser, de lo terrible y complicado que es amar a una familia disfuncional. Desde que uno reconoce en las secuencias la influencia de William Turner en el diseño de producción, se entera que está por ver algo

que goza del poder de una naturaleza salvaje. Y aunque al principio el tema se arrastra en forma en apariencia solemne, el guión muy rápido condensa la historia en pocos minutos. Dejamos atrás el collage de novela histórica, se presentan los créditos y el culebrón sentimental; las referencias al cine clásico (a los personajes de Austen y Brontë) dan lugar a una película que tiene el sabor de una estruendosa pirotecnia hollywoodense. Si las cosas funcionan, ¿por qué cambiarlas? A Burton le funciona Depp. Y le funciona tanto que Dark shadows, como muchas de las películas de Burton, se sostiene en su presencia. Exuberante hasta el ridículo, Depp exhibe una inteligencia en el cuerpo que sólo es comparable con la de Chaplin; en su galanura parece la reencarnación de Max Linder y goza de la elocuencia de Sacha Baron Cohen aunque poco se permite la violencia de la vulgaridad. En el fondo Depp es Depp y eso basta para ser el mejor cómico en lo que va del siglo, un actor, además, tan serio que ha sido corazón de obras tan solemnes como el Arizona dream de Kusturika. Ahora interpreta a un respetable cabeza de familia que tiene la característica de ser vampiro. Y lo importante en la dirección de Burton es la reinterpretación del cliché, el travestismo de los roles tanto de vampiros como de brujas, hombres lobos e hijas, tías y sobrinos necesitados de

Dark shadows (Sombras tenebrosas). Dirección Tim Burton. Guión Seth Grahame-Smith basado en una historia de John August y en la serie televisiva de Dan Curtis. Música Danny Elfman. Fotografía Bruno Delbonel. Con Johnny Depp, Michelle Pfeiffer y Helena Bonham Carter. Estados Unidos, 2012 cariño. La zorra es Bonham Carter y Pfeiffer es la cómplice que sobreprotege a su familia de un secreto que yace escondido desde doscientos años atrás. La serie original de Dark shadows no tuvo, ni con mucho, la importancia de Los Monster o La familia Adams. Este hecho permite a Burton hacer de una obra menor, cine a un tiempo entretenido y profundo, artístico y pop. Cine de nostalgias agridulces, para ver una y otra vez. L


12 b sábado 30 de junio de 2012

MILENIO

varia GALIA EIBENSHUTZ

ESPECIAL

Proyecto líquido

Desobediencia civil electrónica

Proyecto sobre el miedo

ARCHIVO HACHE

GUÍA VISUAL

Heriberto Yépez hyepez.blogspot.com

E

n los noventa era joven y buscaba escapar del control. Me topé en el sur de California con un libro que me cimbró: The electronic disturbance (Autonomedia, 1994) de Critical Art Ensemble. Resistir desde las computadoras. “Las reglas del juego han cambiado. La desobediencia civil ya no es lo que solía. ¿Quién está dispuesto a explorar el nuevo paradigma?... Echemos los dados. End program. Fade out”. El naufragio en internet de la Generación Global parió utopías. Los hackers aparecían en Hollywood. Las intenciones políticas de la naciente cibercultura eran confusas, soñadoras, ridículas. Pero parecían más prometedoras que tomar las plazas. Monitor sin monitoreo, en ciernes, impalpable, el ciberactivismo ocurría desde la alienación misma. Era irreal. “Virtual”. Parecía no influir en el “mundo”. Parecía mera fantasía. “Lo que alguna vez fue la Desobediencia Civil ahora lo es la Desobediencia Civil Electrónica... Pelear con un poder descentralizado requiere de medios descentralizados”. Nomadología de Deleuze unida a Baudrillard, Debord, Burroughs, Guattari, Atari y chats. Undergrounds estúpidos, nos decían. Se pronosticaba que aquellas ideas se irían de nuestra vida conforme llegásemos a la edad adulta. Pero la madurez nunca llegó: llegó Blogger, MySpace, YouTube, Facebook, Twitter, una década después. El narcisismo de las redes convivía con campañas anti-guerras del Golfo y otras causas glocales.

En el post-9-11 las ideas noventeras del hacktivismo se volvieron normales entre forwards y #hashtags. Casi todos, aunque sea una vez, prestamos una ventana para ayudar a tumbar una página. Los sueños hackers se hicieron realidad. Llegaron al mainstream gracias a Wikileaks y Anonymous. Las consignas utópicas de aquellos años en que internet se caía constantemente pasaron a ser el comportamiento cotidiano de millones de personas con toda clase de gadgets y Sci-Fi personalizado. La World Wide Web como nueva Selva Lacandona, y SubMarcos como Abuelo Che. El ciberactivismo más elemental que se normalizó fue crear, linkear y re-direccionar información para alertar a otros. Tumbar webs institucionales cedió su paso en la imaginación popular a, sencillamente, llenar huecos y desenmascarar la información parcial o el silencio de los medios, especialmente diarios y televisoras, hoy acorralados, de plano, a ir contra su propia esencia —lo noticioso— para insistir, después de cada anuncio, que nada nuevo ocurre, que las noticias han dejado de existir. “Todo sigue igual”. Los nuevos medios, entonces, hoy son ensayados en redes sociales, ese gran espacio público, caótico. Tin Tan Troll. Las ideas del ciberactivismo han crecido. No sólo quiere internet. Quiere también los medios, las calles, los gobiernos. Mañana querrá los cuerpos. ¿Quién lo hubiera dicho? Los años noventa, esos “ilusos”. L

Magali Tercero http://magalitercero.arteven.com

I. La Casona Lo primero que vi al entrar a la vieja casa de San Miguel Chapultepec fue un bosque pequeñito ubicado a la izquierda del portón. Mirando las copas de los árboles me encontré con un pequeño piano colgado de un árbol. En el jardín se escuchaba a Chopin. Era sábado y estaba a punto de llover así que saqué el paraguas antes de indagar el mecanismo neumático que hacía tocar, literalmente, a los pianos colocados en las alturas. La instalación, de Carlos Amorales, iba a estar visible de 11 a 11. Ese día el sol se ocultó después de la comida y le dio un plus a la obra. Se lo dije, imprudente como todo periodista que se precie de serlo, y escuché su explicación: cada piano tocaba una pieza distinta de música clásica y todas se mezclaban entre sí. “¿No te sientes en Austria?”, me preguntaron. Nunca fui por allá pero sí me adentré en una dulce melancolía recordando la antigua casa de la colonia Roma donde viví de adolescente. II. Concierto sin balas Decidí recorrer la casa vacía pues supe que iba a ser demolida ayer viernes por el artista Enrique Jêzik, cuyo trabajo indaga la violencia política. Había huellas de abandono, sí, pero también de existencias bien vividas (en apariencia). La cocina integral puede datar de los sesenta. En los baños había sólo los muebles básicos, las puertas de los clósets no se abrían pero desde dos ventanas pude mirar muy de cerca algunos árboles y escuchar piezas distintas. Todo eso me gustó mucho y el gusto, el finado Daniel Sada dixit, no se discute. Ya en la azotea observé a la gente. ¿La plana mayor del arte contemporáneo representada por Cuauhtémoc Medina, Patricia Sloane, Carlos Aguilar, Bárbara Perea y otros? Pero yo buscaba a la poeta y dibujante que me llevó hasta allá con su descripción de la piezaconcierto de Pedro Reyes, interpretada con instrumentos musicales hechos con las armas del crimen organizado: la tijuanatense, como suele calificarse ella, Amaranta Caballero (1973). Nacida en Guanajuato y fascinada residente de Tijuana desde 2001 porque Heriberto Yépez le mostró el programa de la maestría en estudios socioculturales de El Colegio de la Frontera, vino como observadora: para culminar el “Proyecto Líquido” se va a publicar un libro con textos suyos y de Cristina Rivera Garza, Alberto Chimal, Rocío Cerón, Luis Felipe Fabre, Daniela Tarazona, Maricela

Guerrero, Julián Herbert y Gabriela Jáuregui. Por cierto, la tesis de maestría de Caballero es sobre la intimidad en el arte digital y puede leerse aquí: http://docencia.colef.mx/ system/files/Copy%20of%20Tesis_30ago%20 El%20colef.pdf. III. Los miedos de los niños Debo decirlo: pese a que Berlanga Taylor seleccionó a nueve artistas experimentados no sentí miedo en ninguna de las dos obras que presencié. Un conocido se mofó después de “la casita de los sustos” hasta el punto de preguntarme si todo lo que me conmueve tiene que ser arte. Sin embargo, Amaranta tuvo otra experiencia con el performance presentado por la alemana Verena Stenke y el curador italiano Andrea Pagnes. La instalación del cuarto de los niños le interesó porque realizaron un audio donde numerosos niños de la calle hablan sobre sus miedos. Yo he hablado con todo tipo de niños de la calle pero nunca les pregunté sobre eso. Ahí, en esa habitación, la muñeca que esta hacedora de objetos artísticos trajo consigo desde Tijuana encontró su casa, Amaranta dixit. Y ahí la depositó como consta en los videos de la Fundación Alumnos 47. IV. El padre del videoclip Kenneth Anger, de 85 años de edad, está presente en esta primera fase del proyecto. El artista estadunidense, conocido como el padre del videoclip, está muy relacionado con la cultura underground de los años sesenta, con la aceptación de la sexualidad ambivalente y otros temas. Monserrat Costera ha dicho algo sorprendente: “Veo el Proyecto Líquido como una terapia grupal […] que voy a usar como expresión mediante el arte […] para desahogar miedos personales y colectivos —es imposible no relacionar la situación actual de México—. Para después de que [se] derrumbe la casa, sentirme lista para construir algo nuevo”. V. Hartos de vivir con miedo El blog http://proyectoliquido2012. wordpress.com/ comienza así: “Estamos hartos de vivir con miedo”. Al leer esta declaración confirmo de nuevo cuánto tiene qué ver este tipo de arte con nosotros. Rivera Garza ya impartió un taller de escritura en torno al miedo y Galia Eibenshutz dará otro sobre el cuerpo y el movimiento en julio. Estén atentos. L

Laberinto No. 472  

Suplemento cultural de Milenio Diario

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