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Sumario 4

El hilo de ariadna Dosier: el hilo de ariadna

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El grand tour. Viajeros ingleses en italia

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De viajes y cine: catherine deneuve dice «je veux voir»

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Crónica de un viaje forzoso: trotski en españa

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Humboldt

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La huella de lucien briet en el alto aragón

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Abrasado te busco ariadna Singladuras

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En un desierto helado

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Malas tierras. El misterio de las road movies

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Descartes extraño en su patria Memoria del futuro

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Gracia y desgracia de Antonio Machado en 1912 Herramientas

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Las competencias básicas: algunas consideraciones Laberintos recomienda

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Ébano

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Revolver

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Planeta prohibido. Vuelo espacial entre shakespeare y freud

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Por-venir: miguel serrano larraz Última página

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Salida del laberinto. Doce años después Portada: Víctor Solanas. Consejo de redacción: Begoña Diez, Julio García, José Giménez Corbatón, Fernando Marco y Ana Tomás. Colaboradores: José Luis Acín Fanlo, Begoña Diez García, César Dieste Grañena, Daniel García Arana, Julio García Caparrós, José Giménez Corbatón,

Eva Jaurrieta Ayerdi, Fernando Marco Melero, Andrés Martí Pellicer, Jesús Martínez Verón, Javier Melús Serón, Sandra Milán Navarro, Antonio Navarro López, Pablo Pérez Rubio, Blanca Riera Begué, Miguel Serrano Larraz, Víctor Solanas Díaz. Edita: Instituto de Educación Secundaria ÉLAIOS. Andador Pilar Cuartero, 3. 50018 Zaragoza. Diseño y maquetación: Mhenta, S.C. Impresión: Talleres Editoriales Cometa, S.A. Depósito Legal: Z-1363-2000. ISSN: 1577-5011.

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Editorial

El hilo de Ariadna

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IAJAR implica movimiento, no solo físico, sino mental y emocional. Es desafiar el umbral físico de la mayor o menor lejanía. Con cada viaje, el viajero no vuelve a ser el mismo o no puede mirar al mundo de la misma forma. Como decía Chardin: “el hombre, vértice de una flecha imaginaria, está signado por el movimiento expansivo e invasor de la vida. Cada uno de sus viajes, ambiguos todos y ambivalentes, combinan la satisfacción de deseos elementales con deseos insatisfechos, deparados, en gran proporción, por la ficción o el mito”. Podríamos citar el origen del viaje en millones de años, cuando las primeras manifestaciones de la vida irrumpieron en los océanos hasta alcanzar la complejidad de nuestra arquitectura biológica. Exploradores del mundo y grandes viajeros, desde Herodoto hasta los astronautas del 16 de julio de 1969 del Apolo XI, los humanos no hemos dejado de

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viajar aunque en cada época hayan cambiado las formas y los intereses de esos viajes. A partir del romanticismo alemán el viaje pasó a formar parte del sujeto ilustrado, la monotonía rutinaria de la vida burguesa dotó al viaje de un aura legendaria y fascinante, viajar era salir del tedio, salir del desasosiego. Viajar era entregarse, abandonarse a la experiencia, dejarse ir con los ojos abiertos al encuentro de un otro que nos arranque del entumecimiento. La experiencia de lo extranjero era una parte imprescindible de la cultura. En la época actual y desde Thomas Cook, más que viaje podemos denominarlo turismo, pero incluso los viajes de los turistas actuales, realizados para escapar de la tensión de los deseos insatisfechos acumulados durante todo el año, buscan “ese lugar” o esa “tierra donde es posible satisfacer esos deseos”.


A los viajes debemos ideas y realidades colectivas: la estética del paisaje, la formación del gusto estético, el final del modelo creacionista, el descubrimiento de la biodiversidad, el individuo cosmopolita, la consolidación de la tolerancia o el respeto a la diferencia, sería infinita la lista de todo lo que nos han proporcionado y creado esos viajes y viajeros a la historia universal y personal de cada uno.

perdernos durante varios años. Y al final, casi por azar, hemos encontramos el hilo de Ariadna que nos ayude a salir del laberinto del Minotauro.

LABERINTOS no podía por tanto dejar de asomarse a los anchos océanos abiertos por esos viajeros.

El hilo de Ariadna es símbolo del lazo que une las cosas, aquello que vincula nuestro pasado con el presente, lo eterno con lo pasajero. El instrumento del que nos valemos para encontrar el camino y llegar al final. Aunque tal vez nos habríamos vuelto a meter de nuevo para pedir a Teseo que nos dejase perdernos un rato más.

“¿Viajar?”, nos dice Pessoa, “para viajar basta con existir. Voy de día a día, como de estación a estación, en el tren de mi cuerpo, o de mi destino, asomado a las calles y a las plazas, a los gestos y a los rostros, siempre iguales y siempre diferentes como, al final, lo son todos los paisajes. (...) La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”.

Mediante este hilo, como Teseo, hemos podido llegar al final después de vencer al Minotauro, símbolo de nuestras debilidades y de la propia ignorancia, para conquistar así la luz de la sabiduría.

Llegamos a LABERINTOS en el año 2000 en un viaje que ha durado 12 años, buscando nuestro propio hilo de Ariadna, intentando que el laberinto de las humanidades nos llevase a recovecos recónditos donde

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Jesús Martínez Verón IES Cabañas (La Almunia de Doña Godina) A lo largo de la historia, el viaje ha adoptado formas muy diversas, desde las expediciones colonizadoras a las peregrinaciones religiosas, pasando por las grandes rutas comerciales hasta llegar al turismo masificado de hoy. De alguna manera, cada una de estas formas de viaje influyó en el arte de su época, bien fuera por actuar como vehículo de difusión de determinados estilos artísticos (como ocurre con la extensión del Románico a través del Camino de Santiago), por el encuentro y mestizaje entre culturas diferentes (recuérdese el arte colonial americano) o por fomentar la extensión del conocimiento artístico entre el conjunto de la sociedad, como se aprecia en las visitas casi obligatorias de los turistas de nuestros días a los museos más emblemáticos de cada ciudad. Entre todas las variantes posibles del viaje, hay una, la denominada Grand Tour, que, pese a ser un fenómeno limitado en el tiempo y en el espacio, siempre ha estado envuelta en un cierto halo romántico y de fascinación. Y como veremos a lo largo de este artículo, el Grand Tour llegó a ser un factor importante en el desarrollo del arte de su época. Pero, ¿qué era el Grand Tour? En esencia, el Grand Tour era el viaje que los jóvenes europeos de las clases acomodadas de los siglos XVII y XVIII realizaban con objeto de completar su educación. Con tal motivo recorrían diferentes países a lo largo de varios años (lo normal era entre dos y tres, aunque incluso algunos llegaron a durar ocho años), conociendo a personalidades de su época −intelectuales y políticos−, otras culturas, grandes ciudades, paisajes, fiestas, costumbres y, sobre todo, el arte y el patrimonio de los lugares incluidos en el recorrido. De hecho, el arte ocupaba un lugar privilegiado en la planificación del Grand Tour, demostrando de esta manera que la educación artística era tenida como culminación del saber y del bagaje personal de aquellos individuos que, por nacimiento, estaban destinados a ocupar los cargos de mayor responsabilidad de cada país. Estos jóvenes que iniciaban el Grand 6

Tour en torno a los dieciocho o diecinueve años hacían el viaje acompañados de un tutor, una persona mayor y responsable que se ocupaba tanto de la parte educativa del recorrido como de evitar que su pupilo cayera en los engaños o tentaciones que todo viaje es pródigo en ofrecer. El fenómeno del Grand Tour se dio en todos los países europeos y se llevó a cabo por itinerarios muy diversos. Sin embargo, lo más habitual, con mucha diferencia, es que el Grand Tour lo realizasen jóvenes británicos (a los que ya en el siglo XVIII se unirían alemanes y nórdicos) y que tuviera como destino Italia, con la ciudad de Roma como culminación del viaje. No faltaron otros destinos, como España1, aunque lo fueron en mucha menor importancia que el caso italiano. De hecho, la expresión Grand Tour apareció en un libro publicado en 1670 por Richard Lassels que llevaba por título Voyage or a Complete Journey through Italy2, y que constituía un interesante estudio sobre la arquitectura y la arqueología de la Antigüedad no sólo de Italia sino también de Francia. Tras varios meses de preparación, el Grand Tour comenzaba habitualmente en la ciudad portuaria de Dover, desde donde el joven embarcaba hacia el continente. A partir de aquí se abrían dos posibilidades: o bien desembarcar en Calais y dirigirse a París para posteriormente cruzar los Alpes hacia Italia, o seguir 1 Consol Freixa es la especialista que mejor ha tratado el tema del Grand Tour en España. Es autora de Los ingleses y el arte de viajar. Una visión de las ciudades españolas en el siglo XVIII, Barcelona, Ediciones El Serbal, 1993; y “España en las geografías británicas del siglo XVIII”, Estudios Geográficos, Madrid, 1994. Freixa afirma que España apenas fue incluida en Grand Tour y que cuando lo hizo provocó juicios bastante duros por parte de los viajeros que consideraban que nuestro país no ofrecía apenas recompensa al considerable esfuerzo que requería conocerlo. Entre los viajeros ingleses que cita Freixa destacan Francis Willoughby (1664), Veryard Ellis (1685) y William Bromley, quien llegó a la península en 1694. Este último escribiría en su recuerdos que España era más digna de lástima que de envidia. 2 Lassels, Richard, Voyage or a Complete Journey through Italy, París, 1670. Además de utilizar por primera vez la expresión Grand Tour, Lassels explica los principios educativos de este tipo de viaje y anima a los jóvenes de la alta sociedad inglesa a que lo emprendan como culminación de su formación académica.


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una ruta más al norte, recalando en los Países Bajos, para recorrer el sur de Alemania, Suiza y, desde allí, llegar a Italia. Una vez en la península italiana, resultaba obligatorio el paso por las grandes ciudades del arte: Venecia (sobre todo en la época de Carnaval3), Florencia, Nápoles y, por supuesto, Roma, donde el visitante solía detenerse durante más tiempo para estudiar la riqueza artística de su pasado (clásico y renacentista) y la pujante vida cultural del momento. Desde cualquiera de los puertos italianos, el viajero embarcaba rumbo a Gran Bretaña (dando sentido al término tour, como algo circular) convertido así en un individuo más maduro, culto y rico en experiencias, capaz de enfrentarse a la vida adulta con plenas garantías. El Grand Tour se configuraba de esta manera en un viaje geográfico pero, sobre todo, interior, de crecimiento y enriquecimiento personal. Desde el punto de vista puramente material el viaje era largo, incómodo y, en ocasiones, incluso peligroso. Requería de una minuciosa planificación que implicaba seleccionar bien el itinerario y las largas estancias en las ciudades visitadas, así como asegurarse contactos personales en ellas a fin de gozar de una estancia más cómoda y productiva. No existían entonces infraestructuras para el viajero, ni guías tal y como hoy las conocemos, ni medios de transporte de larga distancia. Los traslados terrestres se cubrían en carruaje, en agotadoras jornadas por caminos de tierra. Finalmente, el viajero debía proveerse de documentos diplomáticos que le garantizaran cierta seguridad y contactos en las escalas de su itinerario.

viajero solía tratarse de un joven protestante en territorios católicos en pleno periodo de enfrentamiento entre ambas comunidades, con las suspicacias que esto podía provocar. En segundo, lo que hoy conocemos como Italia era en aquel momento un conjunto de estados independientes (Venecia, Milanesado, Toscana, Estados Pontificios, Nápoles...) con rivalidades políticas y sociales entre ellos y, en algunos casos, con idiomas claramente diferenciados. Por fortuna, el ritmo del viaje era lo suficientemente pausado como para que el viajero superara estas adversidades y se sintiera reconfortado gracias a sus largas estancias, incluso de meses, en ciudades como Venecia o Roma, disfrutando de las comodidades y vida social que le proporcionaban los embajadores o cónsules de su país de origen. En ellas, el joven entraba en contacto con políticos, hombres de negocios e intelectuales que le aportaban el bagaje personal que iba buscando. Sin embargo, si había un protagonista en la educación del viajero en el Grand Tour podemos decir que ese era el mundo del Arte. Ambos conceptos, Arte y Grand Tour fueron inseparables desde el primer momento, viniendo a demostrar que la faceta artística, el gusto y la sensibilidad se consideraban imprescindibles para una completa formación de la persona. Esto explica que fuera Italia la meta predilecta del Grand Tour. En este país se podía disfrutar de los más impresionantes restos de la cultura clásica y de la enorme riqueza artística del Renacimiento. Con el paso del tiempo se fue creando una relación compleja, de mutua influencia, entre viajeros y formas artísticas; como ya había ocurrido en la Edad Media con los caminos de peregrinación, la ruta del Grand Tour se convirtió en un motor de creación artística. Paisajes, vistas y caprichos

Dos circunstancias nos pueden dar idea de los problemas que debían superarse: en primer lugar, el

Lo primero que llamaba la atención del joven viajero del Grand Tour al llegar a la península era el contraste entre el paisaje atlántico de sus Islas Británicas y el puramente mediterráneo de las tierras italianas. Por eso era habitual que el viajero fuera dejando constancia de los campos que recorría, los tipos populares con los que se topaba y los monumentos y las ciudades que visitaba. Y lo hacía en unos cuadernos en los que él mismo dibujaba y escribía breves impresiones. Esta actividad no sólo tenía la voluntad de conservar estos recuerdos de su viaje sino que también le servía para afinar su capacidad de observación y fomentar su creatividad y habilidad para la pintura.

3 El Carnaval de Venecia tenía en el siglo XVIII una duración excepcional puesto que se prolongaba durante tres meses frente a los seis o siete días que eran habituales en el resto de las ciudades.

En algunos casos, la capacidad artística del joven viajero era notable y dio como resultado obras de gran belleza. El ejemplo más significativo es el de Richard

Marco Ricci, Paisaje con viajeros, h. 1720, J. Paul Getty Museum.

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Wilson 4 (1714-1782), uno de los paisajistas británicos más importantes del siglo XVIII, quien realizó su Grand Tour por Italia entre los años 1749 y 1755. En sus cuadros resulta evidente la fascinación que para un joven pintor británico ejercía la poderosa luz, los colores intensos y la combinación entre naturaleza salvaje y ruinas del pasado histórico del paisaje italiano. Incluso podría hablarse, viendo sus personajes minúsculos frente a la poderosa naturaleza, de un sentimiento prerromántico que nos evoca la obra de pintores posteriores como Caspar David Friedrich.

A finales del siglo XVII ya había pintores en Venecia, como Gaspar van Wittel 5 (1653-1736) y Luca Carlevarijs (1663-1730) que practicaban el vedutismo. Sin embargo, será ya bien entrado el siglo XVIII cuando el género alcance su máxima expresión con autores como Francesco Guardi (1712-1793), Michele Marieschi (1710-1743) y, sobre todo, con la gran figura de Giovanni Antonio Canal, conocido como Canaletto (1697-1768). Canaletto comenzó a destacar desde muy joven en el taller de pintura de su propio padre como autor de escenografías urbanas. El cónsul británico en la República de Venecia, Joseph Smith, admiraba su trabajo y le realizó abundantes encargos. Como consecuencia, todos los jóvenes que recalaban en la ciudad dentro de su Grand Tour adquirían alguno de sus cuadros. Poco a poco, las vedute venecianas de Canaletto fueron engrosando las mejores colecciones privadas de pintura de Gran Bretaña y el continente europeo. Su obra se popularizó aún más cuando, precisamente a instancias de Joseph Smith, Canaletto realizó en 1735 una colección de grabados titulada Prospectus Magni Canalis Venetiarum6 que se difundió por toda Europa.

Richard Wilson. Paisaje italiano con pino, h. 1753.

Pero el viajero no siempre tenía las dotes artísticas necesarias para dejar cumplida constancia de los paisajes que recorría o los monumentos que le impresionaban. Sin duda esa fue la razón de que algunos pintores locales de las ciudades incluidas en el Grand Tour se especializasen en representar en sus cuadros lo más llamativo e interesante del lugar. Su función resultaba similar, salvando las distancias de calidad, a las actuales tiendas de suvenires que venden postales de vistas famosas a los turistas. El resultado fue la creación de un nuevo género pictórico consecuencia directa del fenómeno del Grand Tour: el vedutismo. Las vedute (vistas en italiano) nacieron en otra de las grandes ciudades imprescindibles en el recorrido del Grand Tour: Venecia, y aprovechaban la espectacularidad de sus paisajes urbanos para recrearse en las vistas del Gran Canal, el Palacio de los Dux, San Marcos, la Piazza o el Bucentauro.

4 Aunque Richard Wilson gozó en vida de indudable reputación (como lo prueba el que fuera uno de los cuarenta miembros fundadores de la Royal Academy of Arts en 1768) la historiografía actual apenas lo trata. La mejor colección de su obra se conserva en la National Gallery de Londres, propietaria de nueve de sus paisajes.

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Canaletto, Esquina de San Marcos (Venecia), h. 1743, National Gallery, Londres.

Prueba del prestigio que Canaletto llegó a alcanzar en Inglaterra es que cuando la guerra de Sucesión Austriaca7 provocó que los viajeros ingleses evitaran la escala en Venecia en su Grand Tour, el pintor trasladó su residencia a Londres. Allí vivió entre 1746 y 1755 y los paisajes que pintó durante esos años ejercieron 5 Gaspar van Wittel nació en la ciudad holandesa de Utrecht pero está documentado en Italia, donde desarrollaría el conjunto de su carrera, a partir de 1674. Su nombre aparece en ocasiones italianizado como Gasparo Vanvitelli. En España, tanto el Museo del Prado como el Museo Thyssen-Bornemisza poseen en sus fondos algunas vedute venecianas y romanas de Van Wittel. 6 La serie se componía de catorce grabados y fue editada por Antonio Visentini a partir de los originales de Canaletto. 7 La guerra de Sucesión Austriaca se desarrolló entre los años 1741 y 1748 entre los pretendientes al trono tras la muerte del emperador Carlos VI de Austria.


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una gran influencia en la pintura de las islas durante largo tiempo. Dado su éxito, las vedute dejaron pronto de constituir un fenómeno casi exclusivamente veneciano para convertirse en uno de los géneros pictóricos más pujantes de la segunda mitad del siglo XVIII en buena parte de Europa. En cada gran ciudad surgirían artistas y talleres especializados en la representación de este tipo de escenas urbanas: Bernardo Bellotto (1721-1780) y sus vistas de Roma y Nicolas-Jean-Baptiste Raguenet 8 (1715-1793) con las de París, son dos de los mejores ejemplos. Las vedute, tan apropiadas para la decoración de los salones de la alta sociedad del momento, estuvieron en el origen de muchas de las colecciones de pintura que terminarían por dar como resultado algunas de las mejores pinacotecas del continente. Pero para nosotros, las vedute tienen otro valor añadido y es que constituyen un testimonio extraordinario para conocer la topografía urbana de las grandes capitales europeas a finales del Antiguo Régimen, en algunos casos irreversiblemente dañada por la serie de conflictos desarrollados a lo largo del siglo XIX. En Roma, las vedute de origen veneciano tuvieron un contrapunto muy peculiar: el capriccio (del italiano capricho). Como hemos visto, en Roma también hubo pintores especializados en las vedute. Sin embargo, frente a la particular geografía urbana de Venecia, recogida, homogénea y dominada por la particularidad de sus canales, Roma era una ciudad muy extensa, con grandes monumentos singulares dispersos en un amplio territorio. Para poder representar en una única escena construcciones como el Coliseo, la Columna Trajana, el Panteón, el Arco de Septimio Severo o la Pirámide de Cayo Cestio, por citar sólo algunos ejemplos muy del gusto de los compradores de la época, era necesario falsear la realidad ubicando los diferentes monumentos próximos entre sí cuando, en realidad, están distantes.

Giovanni Panini, Capricho romano con el Coliseo y otros monumentos, 1735.

estaba destinada a la venta a los viajeros que realizaban su Grand Tour, quienes veían en estos paisajes manipulados una especie de resumen de su experiencia romana. Los cuadros de Panini suelen ser de un barroquismo desbordante, con fuertes efectos lumínicos, completando la composición protagonizada por los grandes monumentos de la Antigüedad con estatuas famosas y personajes que caminan, charlan entre ellas o, simplemente, descansan entre las ruinas. Otra variante de la obra de Panini muy vinculada al fenómeno del Grand Tour son sus galerías artísticas en las que podemos ver a coleccionistas, normalmente viajeros ingleses, disfrutando de un heterogéneo conjunto de obras de arte de todas las épocas. Como en los capricci, Panini utiliza la yuxtaposición fantástica de imágenes hasta crear una escena abigarrada y compleja visualmente. Su óleo titulado Galería de cuadros con vistas de la Roma moderna es un buen ejemplo de este tipo de pinturas. Al igual que los capricci, su valor no es el

El primer gran representante del capriccio fue Giovanni Paolo Panini9 (1691-1765). Buena parte de su producción corresponde a este género pictórico y 8 Especialmente interesantes son sus vistas de París puesto que nos muestran cómo era la capital francesa anterior al periodo revolucionario y a las grandes transformaciones urbanísticas del siglo XIX. La mayor parte de sus cuadros se conservan en el Museo Carnavalet de París, dedicado a la historia de la ciudad. 9 Es interesante hacer notar que la primera formación como pintor de Panini la llevó a cabo en diferentes estudios de su ciudad natal, Piacenza, como pintor de escenografías y perspectivas fingidas. Esta experiencia es la que aplicaría en sus capricci sobre todo a partir de su traslado a Roma en el año 1711. Sobre Giovanni Paolo Panini puede consultarse el artículo que publica el Museo del Prado en su Biblioteca online: http://www.museodelprado.es/ enciclopedia/enciclopedia-on-line/voz/panini-giovanni-paolo/

Giovanni Panini, Galería de cuadros con vistas de la Roma moderna, 1758.

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realismo de la representación sino su carácter simbólico dentro del contexto del Grand Tour. En este caso el cuadro representa al conde de Stainville rodeado de aquellas obras artísticas que desearía llevar de regreso a Londres tras su estancia romana.

El retrato en Roma Como cualquier turista actual, el joven que realizaba su Grand Tour quería dejar constancia gráfica de un acontecimiento tan trascendental en su vida y, por supuesto, llevar de vuelta a su patria recuerdos de su experiencia. En este sentido, era casi obligatorio que durante su estancia en Italia −preferiblemente en Roma− el joven fuera retratado por alguno de los más famosos pintores de la época en un elegante salón cortesano o, mejor aún, junto a las grandes ruinas clásicas.

Piranesi, Grabado de la portada de la serie Antichità romane, 1756.

Aunque Panini es el autor más característico del género del capriccio, Giovanni Battista Piranesi (17201778) fue quien lo llevó a su máxima expresión, siendo autor de extraordinarias composiciones en las que se podían encontrar reproducciones minuciosas y exactas de las ruinas romanas junto a fantasías y recreaciones imaginarias. El hecho de utilizar el grabado, mucho más económico y sencillo de transportar que la pintura de caballete, facilitó que las obras de Piranesi se extendieran por toda Europa, alcanzando un gran éxito y entrando a formar parte de numerosas colecciones particulares. Aunque Piranesi realizó varias series de grabados la más ligada al capriccio es la que lleva por título Antichità romane publicada en el año 175610. La fama de Piranesi en Europa se extendió gracias a la compra masiva de estos grabados por parte de los jóvenes viajeros. Su éxito fue especialmente importante en Gran Bretaña donde aportó una visión dramática y prerromántica de las ruinas que tendría consecuencias significativas en la arquitectura de las islas y en teóricos del arte como John Ruskin 11 (1819-1900). 10 Antichità romane, Roma, Estamperia di Angelo Rotilj nel Palazzo de Massimi, 1756. La serie completa se componía de 56 grabados realizados mediante la técnica del aguafuerte y distribuidos en cuatro volúmenes. 11 Los dos libros fundamentales de John Ruskin en los que se aprecia esta influencia son: Seven Lamps of Architecture (1849) y Stones of Venice (1851-1853).

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Pompeo Batoni, Retrato de Sir Wyndham Knatchbull-Wyndham, h. 1758, Museo de Arte del Condado de Los Ángeles.

Entre todos estos artistas, el favorito de los viajeros fue Pompeo Batoni 12 (1708-1787), un pintor hoy no demasiado conocido, pero que a mediados del siglo XVIII era casi unánimemente considerado el mejor pintor italiano de la centuria. A partir de la década de los años cuarenta Batoni se especializó en este tipo de retratos y, pese a la altísima cotización de su trabajo, no había ningún joven viajero inglés que se preciara que no posara para él.

12 Sobre Pompeo Batoni la National Gallery de Londres organizó una exposición monográfica en el año 2008 titulada Pompeo Batoni: prince of painters in eighteenth-century Rome, cuyo catálogo puede considerarse la publicación más completa realizada hasta la fecha sobre este artista.


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Lo habitual era que el joven fuera representado de cuerpo entero, en una actitud galante, y acompañado de aquellos objetos y detalles que identificaran su estancia o los lugares por los que se había sentido especialmente atraído. No faltan los interiores, pero dominan los exteriores en los que aparecen monumentos o esculturas que hablan de la Antigüedad en el lugar. Son composiciones abigarradas, llenas de movimiento y color, y escenográficamente iluminadas, en las que hay un único y gran protagonista: el joven viajero, que conservará este cuadro como recuerdo permanente de una experiencia fundamental en su vida. El descubrimiento de Pompeya y Herculano Durante décadas la meta de los jóvenes que realizaban su Grand Tour era Roma: sus monumentos de época imperial, las grandeza del Renacimiento, la pujanza de su arte barroco, eran más que suficientes motivos para ello. Por supuesto que había viajeros que prolongaban su trayecto hasta Nápoles, pero más por tratarse de la mayor ciudad de Italia que por completar su instrucción artística. Sin embargo, en 1738 se produjo un acontecimiento que habría de introducir un cambio en este planteamiento y, sobre todo, en el desarrollo del arte posterior: el redescubrimiento13 y el inicio de las excavaciones de las ruinas de la ciudad de Herculano y, ya en 1748, de Pompeya. Como no podía ser de otra manera, el hallazgo tuvo proyección internacional y la marcha de las excavaciones se seguía con interés en los círculos culturales de las cortes europeas. Personaje fundamental en aquellas labores fue el zaragozano Roque Joaquín de Alcubierre14 (1702-1780), ingeniero militar a las órdenes del rey Carlos III, que impulsó los citados trabajos y que los dirigió durante años. Las excavaciones ofrecían una visión directa e inmediata de la vida cotidiana en una ciudad romana en el siglo I después de Cristo. Esta vez no se trataba sólo de grandes edificios o monumentos conmemorativos sino también de viviendas particulares, calles, tiendas e incluso de cuerpos humanos tratando de defenderse de la lluvia de cenizas que había sepultado ambas ciudades. 13 El verdadero descubrimiento de las ruinas fue realizado en el año 1550 cuando el arquitecto Domenico Fontana dio con ellas al realizar unas obras de encauzamiento del río Sarno. Sin embargo, en aquel momento no se llevó a cabo ninguna labor de recuperación de los restos. 14 Sobre Roque Joaquín de Alcubierre existen algunos estudios monográficos aunque resultan difíciles de localizar. El más conocido es Fernández Murga, Félix: «Roque Joaquín de Alcubierre, descubridor de Herculano, Pompeya y Estabía»; Arch. Esp. Arqueología, 1962. De hecho, su figura y su labor en el proceso de redescubrimiento de Pompeya y Herculano está todavía por reivindicar.

Trabajos de excavación en las ruinas de Herculano, siglo XVIII.

El Grand Tour incluyó desde aquel momento una obligada visita a los restos arqueológicos de Pompeya y Herculano, reavivando el interés de los historiadores e intelectuales sobre el pasado romano y haciendo replantearse las verdaderas características de su arte, más allá de la versión idealizada que las ruinas romanas habían aportado durante siglos. Una de las personas que acudieron a conocer y estudiar las excavaciones de Pompeya y Herculano fue el arqueólogo alemán Johann Joachim Winckelmann15 (1717-1768), quien por aquel entonces se encontraba profundizando sus estudios de arqueología en la ciudad de Roma en su particular Grand Tour. De ellos nacería un libro que se considera no sólo el fundamento del arte neoclásico dominante en toda Europa en los años siguientes, sino también el estudio fundacional de la Historia del Arte como disciplina académica: Historia del Arte en la Antigüedad16. De este modo, los jóvenes que realizaban su Grand Tour incorporaron desde entonces la visita a las ruinas de Pompeya y Herculano, tomando como base 15 Winckelmann fue una de las personas que criticó con más dureza las labores llevadas a cabo por Roque Joaquín de Alcubierre, colaborando en el desprestigio y el posterior olvido de la labor realizada por este en la recuperación de los restos de Pompeya y Herculano. 16 Fue publicada en Dresde en el año 1764 (aunque está fechada en 1763) con el título de Geschichte der Kunst des Altertums.

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la cercana ciudad de Nápoles, y contribuyeron a difundir el mensaje neoclasicista que surgía de los estudios de Winckelmann.

la arquitectura: por un lado, por el perfecto dominio del lenguaje clásico y, por otro, por su reinterpretación de sus formas y el gusto por el efecto acumulativo de las mismas.

Influencia en los arquitectos ingleses Una mención muy especial de la influencia que tuvo el Grand Tour en el arte europeo del siglo XVIII es el que se percibe en los arquitectos ingleses de la época. Para la mayor parte de ellos, normalmente pertenecientes a las clases sociales más acomodadas, resultaba imprescindible la realización del viaje. En su caso, la estancia en Italia constituía, sobre todo, un viaje de estudios, con la doble intención de conocer mejor el lenguaje clásico y de perfeccionar su capacidad como dibujantes.

Mención singular merece Robert Adam (17281792), que es valorado por los historiadores británicos como el introductor y el máximo representante del neoclasicismo constructivo en Gran Bretaña y el mejor arquitecto de su generación. Robert Adam realizó el Grand Tour por Francia e Italia durante cuatro años, entre 1754 y 1758, dedicándose, sobre todo, al estudio de las grandes construcciones de época romana. También tuvo la oportunidad de conocer a Giovanni Battista Piranesi con quien estudió dibujo. Fue precisamente su estancia en Italia la que le hizo adquirir un lenguaje superador del neopalladianismo dominante en aquel momento, dotándolo de una mayor pureza clasicista. La mejor prueba de ello es el comedor de la Lansdowne House17, una de sus obras más puras dentro de su lenguaje clasicista. En esta estancia Adam aloja en una serie de nueve nichos sendas esculturas clásicas traídas de Italia por el segundo conde de Shelburne durante su propio Grand Tour. La inspiración en los modelos clásicos se combina así con el coleccionismo en un todo armónico. Grand Tour y coleccionismo

Robert Adam, Comedor de la Lansdowne House, Londres, 1765-1768.

El primero de ellos fue Horace Walpole (1717-1797) quien realizó su Gran Tour entre los años 1739 y 1741, con largas estancias en Roma y, en especial, Florencia. Aunque es más conocido como novelista, Walpole diseñó uno de los edificios más fantasiosos e imaginativos de la Inglaterra del momento, la denominada Strawberry Hill en Twickenham, cerca de Londres. En su concepción, muy alejada de los rígidos presupuestos constructivos dominantes por entonces en las Islas Británicas, los historiadores siempre han querido ver la influencia de la atracción por las ruinas tan frecuente entre los jóvenes que había realizado el Grand Tour. También John Soane (1753-1837) estuvo en Roma entre los años 1777 y 1780 gracias a una ayuda de la Royal Academy. Estudió las ruinas romanas y llegó a conocer personalmente a Giovanni Battista Piranesi, quien influyó profundamente en su forma de entender 12

El caso de las esculturas del comedor de la Lansdowne House es muy llamativo en cuanto a la inclusión de piezas originales romanas en un edificio moderno. Sin embargo no es más que una pequeña prueba de la gran cantidad de esculturas, muestras de cerámica y otros objetos de la Antigüedad que llegaron a Gran Bretaña como consecuencia del fervor coleccionista surgido del fenómeno del Grand Tour. También el Renacimiento tuvo su propia tendencia coleccionista aunque no llegó a cobrar tanta fuerza. Personaje clave en este coleccionismo fue Thomas Jenkins18 (1722-1798), un pintor que realizando su Grand Tour por Italia decidió fijar su residencia de forma definitiva en Roma en 1750. Pronto comprendió que los jóvenes viajeros estaban ansiosos por adquirir obras de arte para sus colecciones particulares y que él podía actuar como intermediario dados sus conocimientos artísticos y, por supuesto, su origen inglés. Durante décadas, Jenkins ejerció su labor, aunque no 17 La Lansdowne House está situada en Berkeley Square, en el centro de Londres. En la actualidad (y desde 1935) es sede del Club Lansdowne. Robert Adam inició su construcción para el primer ministro británico John Stuart, pero este la vendió, todavía sin terminar, a William Petty Fitzmaurice, primer marqués de Lansdowne. 18 Thomas Jenkins ejerció, además, como espía del gobierno británico respecto de las actividades y contactos que sus ciudadanos llevaran a cabo en la ciudad de Roma.


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siempre bien intencionada (y con criterios para la adquisición y venta de piezas que hoy nos resultarían inaceptables). Thomas Jenkins fue quien se encargó, por ejemplo, de vender al coleccionista Charles Townley el Discóbolo procedente de Villa Adriana y que hoy en día se conserva en el Museo Británico. También fue él quien vendió el grupo escultórico de Neptuno y Glauco, originalmente ubicado en los jardines de Villa Montalto, al Museo Alberto y Victoria, única escultura de Bernini en el Reino Unido. Junto a Jenkins, el citado Charles Townley (17371805) fue el segundo personaje clave en el coleccionismo artístico asociado al Grand Tour. También fue realizando su viaje a Italia, en 1767, cuando este noble inglés se interesó por las obras de arte clásicas. En su caso no fijó su residencia en Roma sino que desde Londres se limitó a hacer de intermediario y a aprovechar el nuevo gusto que por las antigüedades despertaba el fenómeno del Grand Tour. Por su galería pasaron cientos de esculturas, relieves, monedas, joyas y piezas de cerámica, griegas y romanas, que con frecuencia terminaron en las colecciones de arte más selectas del país. Como prueba del volumen y la calidad de las piezas que llegó a reunir Charles Townley baste decir que todavía hoy el núcleo de la colección clásica del Museo Británico tiene origen en su galería19.

El final del Grand Tour La inestabilidad que se extendió por toda Europa a partir de la Revolución Francesa y, sobre todo, las guerras napoleónicas resultarían claves en la desaparición del Grand Tour. Aunque en un primer momento hubo intentos por buscar rutas más tranquilas y seguras, la extensión bélica al conjunto del continente lo harían prácticamente inviable. La vuelta de la paz a Europa tras la derrota de Napoleón sería también el preludio de una nueva época en la que el concepto del viaje iba a cambiar radicalmente. Frente a la idea del viajero que dedica meses y años a un recorrido pausado y enriquecedor, estaba a punto de aparecer una nueva concepción de viaje en la que lo importante era la velocidad en el desplazamiento unido a estancias breves y superficiales en los puntos de destino. El elemento esencial en esta transformación fue la aparición y rápida extensión del ferrocarril por el continente europeo. Las posibilidades que se abrieron entonces para el viaje fueron enormes y, en contrapartida, se inició la masificación y estandarización del mismo: el viajero se había convertido en turista. Así supo verlo Thomas Cook, quien en 1841 llevó a cabo el primer viaje organizado20 y poco después creaba la primera agencia de viajes en el mundo. La era del Grand Tour había llegado a su fin.

Johann Zoffany, Charles Townley en su galería de escritura, 1783, Museo de Arte de Burnley. 19 Por ejemplo, la conocida como Venus de Townley, que puede verse en el centro del cuadro y que hoy se conserva en el British Museum.

20 Organizó un viaje en tren de 540 personas a un congreso antialcohol que tuvo lugar en aquel año en la ciudad de Loughborough.

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Pablo Pérez Rubio

De viaje por el Líbano, y casi recluida en su hotel, Catherine Deneuve replica a quienes le preguntan por qué está dispuesta a arriesgar su vida para adentrarse en un territorio posbélico peligroso: Je veux voir (Quiero ver). Voluntad, curiosidad, riesgo, mirada: los ingredientes necesarios para un verdadero viaje. Pero así como hay una floreciente y cada vez más lucrativa “literatura de viajes”, su actual equivalente audiovisual no habría que buscarlo en el cine sino en el ámbito de la televisión. De Heródoto de Halicarnaso al canal Viajar de Prisa, lo épico-narrativo salpica las noticias de excursiones, viajes, expediciones y paseos hasta conseguir un híbrido entre el documento (lo que ilustra sobre hechos) y lo novelesco (aquello que relata lo vivido, sea real o no). Discurso de la experiencia, pues, el viaje como relato actúa en primera persona y, de esta manera, resulta ser una mediación que revela aquello que ha sido descubierto (ya que viajar, como bien asume Deneuve, no es otra cosa que descubrir el territorio de lo desconocido) por el sujeto viajero, con su cuaderno de notas o su cámara en las manos, al sujeto espectador o lector: lo empírico, sin duda, pero también lo interpretado (ver, mirar, interpretar). El propio Heródoto 14

verbalizó esta operación de la siguiente manera: “Si yo me veo en el deber de relatar lo que se cuenta, no me veo obligado a creérmelo todo a rajatabla; y que esta afirmación se aplique a la totalidad de mi obra”, vino a decir. El viajero ve, mira, contempla, recibe información y con todo ello fabrica su relato. ¿Mintió Marco Polo sobre su viaje a China o, como al parecer dijo en su lecho de muerte, solo contó la mitad de lo que vio? Y, lo que es más relevante: ¿tiene ello alguna importancia? Por ello, los viajes literarios más interesantes son los que convierten esa revelación de lo ignorado en materia reelaborada de conocimiento superior, en relación con lo que Northop Frye llamara en su momento “mito de la incumbencia”. Así ocurría con los que emprendieron en su día –o en su “no día”– Ulises, Jasón, Eneas, Perseo, Hércules, Rómulo y Remo, Moisés, el Cid, Perceval o incluso Alonso Quijano. Y este es el constituyente del que se nutren los viajeros del cine clásico de géneros (el modelo Hollywood, para entendernos), del western al cine de aventuras, del bélico al fantástico o la ciencia-ficción.


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“Dichoso e infortunado, pues naciste para cambiar cosas. Buscabas una patria. Tienes una tierra natal, pero no una patria”. Pausanias, Descripción de Grecia, Madrid, Gredos, 1994. En este modelo tradicional, y por medio de un viaje físico a través de lugares hostiles e inhóspitos, el héroe extrae una enseñanza no ya moral sino casi esotérica: el océano, el desierto, las trincheras enemigas, la reserva apache, el páramo, la jungla, el planeta invadido o el bosque nevado actúan (en tanto que regiones de lo desconocido) como un campo abierto y libérrimo para la proyección de contenidos inconscientes. Viaje que, por consiguiente, no deja de ser paráfrasis o alegoría de la propia vida, en la tradición del homo viator en búsqueda de la perfección, como actualización de la dantesca visita a los infiernos o en tanto que ilustración de los caminos arquetípico-psicoanalíticos propuestos por Campbell o Jung. Viaje, en suma, que reúne un itinerario físico, otro moral y un tercero simbólico, unión que cristaliza en la figura del peregrino, que en latín (peregrinus) no quería decir otra cosa que “extranjero”. El viajero, pues, resulta ser el extraño en un lugar, y ello nos conduce directamente a un tipo de viajero muy especial, que es el que inicia el viaje porque es un extranjero de sí mismo. Así es el viaje contemporáneo. El viaje que emprende el hombre extraviado en un mundo complejo y hostil –por incomprensible, por inaprehensible, por inabarcable– y que no tiene otro objeto de búsqueda que el propio yo; es ese viaje llamado a veces “interior”, aquel que descubre al viajero aspectos de su psique para él desconocidos hasta el momento. Y quizá sea este, en definitiva, y junto a la muerte (con permiso de Caronte, guía mayor en los tránsitos de este mundo al otro), el viaje por antonomasia. “Fuera de ti no esperes encontrar / lo que dentro de ti nunca has buscado”, Ángel Guinda, El viaje interior. Conocimiento del medio, Olifante, Zaragoza, 1996. El cine de las últimas décadas está plagado, en todas las culturas del planeta, de viajes al interior de uno mismo que suponen a la vez un viaje exterior:

siguiendo la tipología arquetípica de Campbell, el héroe no se halla en su sitio, ha perdido su ubicación en el mundo, y debe cruzar el umbral que lo conduzca a un lugar en el que sea posible el reencuentro con el propio yo (“zona de fuerza magnificada”, “vientre de la ballena”…). Al contrario que en los relatos de la tradición épica, este héroe contemporáneo no vivirá situaciones al límite de lo físico o de la resistencia corporal, sino experiencias que le ayudarán a fortalecerse anímica y psicológicamente, a aprender a aceptar este mundo irreconocible o, en su caso, a abismarse en un camino sin retorno. En la América de finales de los sesenta y comienzos de los setenta, y en pleno auge de la influencia de On the Road, de Jack Kerouac, este nuevo relato adquirirá la forma de la road-movie, una especie de salto adelante a través del cual un héroe perdido y nihilista pugnará (siempre a bordo de su coche, apéndice sustituto del caballo del western) por encontrar su lugar en el mundo o escapar del asfixiante y mediocre presente: de Carretera asfaltada en dos direcciones (Hellman) a Easy Rider (Hopper), pasando por Alicia ya no vive aquí (Scorsese), El espantapájaros (Schatzberg) o Malas tierras (Malick), hasta desembocar en ese manifiesto de búsqueda y reparación de la identidad perdida a través del desplazamiento físico-moral que es Paris, Texas, realizada por un europeo en California, Wim Wenders, ya en 1984. “En numerosas obras literarias suele darse una situación básica similar: el protagonista descubre o hace evidente que el significado de su existencia no se satisface en su lugar de origen y debe abandonarlo –generalmente, por medio de un viaje, real o simbólico–, y que luego de una sucesión de experiencias variadas llega a aceptar una forma de vida diferente o vuelve a aceptar su lugar inicial con un conocimiento o sabiduría que a veces pone al servicio de sus semejantes”. Juan Villegas, La estructura mítica del héroe en la novela del siglo XX, Barcelona, Planeta, 1973. En Europa, sin embargo, el viaje se ralentiza y se interioriza. Los moteles con rótulos de neón, las autopistas que cruzan el desierto y la Ruta 66 dejan paso a primeros planos introspectivos, largas tomas descriptivas de paisajes y ciudades, panorámicas de seguimiento, connotativos planos vacíos, montaje

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analítico. Es el viaje de la autoconciencia, de la indagación en la propia psique, de la búsqueda de la propia aceptación. El mismo Wenders, aún en una escindida Alemania, construyó buena parte de ese imaginario: Alicia en las ciudades (1974: un escritor en crisis en busca de asuntos para su próximo texto), En el curso del tiempo (1975: dos hombres que han perdido lo que daba sentido a sus vidas se unen para encontrar otra razón para existir) y Falso movimiento (1975: un moderno Wilhelm Meister que, como Deneuve en el Líbano, viaja y observa para conocer). En un mundo sin dios, Zaratustra abandona su vida ermitaña y se da al mundo, muchas veces sin fortuna; Alain Tanner advirtió que el hombre contemporáneo vive en Tierra de nadie (1985): el suizo filmó la frontera como un no-lugar (el lugar en el que el hombre comprende y verifica que está solo), como antes había rodado viajes a ninguna parte en Messidor (1979) o el reencuentro con uno mismo en el plácido Portugal marítimo de En la ciudad blanca (1983) o en la luminosa Almería de El hombre que perdió su sombra (1991). Queda, también, el viaje como búsqueda de la raíz, del origen, que no pocas veces supone el reencuentro con los fantasmas –personales o colectivos– del tiempo pretérito, como una huella melodramática reflejada especularmente en el hoy. Así ocurre en el Viaje al principio del mundo (1996) de Manoel de Oliveira; en el cine del portugués, el viaje vincula el presente con el pasado (Palabra y utopía, Una película hablada) a través de lo trascendente, de igual manera que en el del griego Theo Angelopoulos lo hace por medio de lo histórico-dialéctico (El viaje de los comediantes en 1975; Viaje a Cytera en 1984, o La mirada de Ulises en 1995) o el del alemán Werner Herzog, en una tonalidad bien diferente, utiliza el movimiento y el desplazamiento para apelar a la inutilidad del viaje épico en el marco de la historia humana y su conversión en fracaso personal (Aguirre, la cólera de Dios, Fitzcarraldo). O, hablando de nuestro más reciente cine, así ocurre también en películas como La mitad de Óscar (Manuel Martín Cuenca, 2010) o La vida sublime (Daniel Villamediana, del mismo año), con dos personajes en busca de su pasado, en busca de sus ancestros. Comprenderse en el presente a través de asimilar el propio pasado. Pero en los últimos tiempos, el viaje sin meta precisa, sin un vellocino de oro o una Ítaca con tejedora Penélope, ejemplifica la deriva del hombre

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contemporáneo. Singular importancia tiene en este modelo de relato el primer capítulo de Caro diario (Nanni Moretti, 1993), en el que el narrador-protagonista deambula en su Vespa por Roma y sus alrededores; encontrarse con su admirada Jennifer Beals o llegar a la playa de Ostia y contemplar el lugar en el que fue asesinado Pier Paolo Pasolini son solo pretextos para reemprender la vuelta. El trayecto responde a un mero aburrimiento veraniego y llama la atención sobre una nueva ocupación del hombre contemporáneo: “viajar porque sí”. ¿Por qué si no? “No sé exactamente cuándo el asunto de las carreteras y los caminos vino a mí. ¿Por qué los caminos? Solo sé que un día me di cuenta de que entre las más variopintas imágenes que había rodado a lo largo de veinticinco años había alrededor de mil imágenes de carreteras, caminos y senderos”. Abbas Kiarostami en su cortometraje Roads of Kiarostami (2005). Y si una película ejemplifica este viaje estéril e inútil en descenso hacia la tragedia es Gerry, de Gus van Sant (2002), en la que dos Gerrys (uno y su reverso) emprenden una absurda marcha por un desierto estadounidense sin motivo, móvil o fin aparente. ¿Por qué


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viajar, hoy? ¿No es viajar por viajar lo que hacen Sailor y Lula en Corazón salvaje, de David Lynch (1990), los hermanos Recha en la española Días de agosto (Marc Recha, 2005) o el protagonista de la espléndida y madura obra brasileña Viajo porque preciso, volto porque te amo, de Marcelo Gomes (2009)? ¿Acaso no es desplazarse sin objetivo ni meta lo que hacen las criaturas de Lisandro Alonso (La libertad, Los muertos, Liverpool, 2001-2008) o la Rosa de La mujer sin piano, de Javier Rebollo (2009)? Hasta los personajes de las dos peculiares road-movies de Albert Serra, Honor de cavalleria (2006) y El cant dels ocells (2008), don Quijote/Sancho Panza y los tres reyes magos respectivamente, se desplazan por el puro placer de viajar, saboreando más cada paso que dan sobre la tierra que el hecho de irse acercando al final del camino, si es que ese final realmente existe.

francesa se ha desplazado a Beirut para recibir un homenaje en la embajada de su país. La mañana previa a la recepción oficial pide a sus anfitriones que la lleven a ver la zona sur del Líbano, devastado escenario, y aún ahora peligroso, de los últimos ataques de Israel. Preguntada sobre el motivo de aquel impulso, de aquel deseo de viajar, Deneuve responde sin inmutarse las palabras que dan título a la película: Je veux voir (“Quiero ver”). Cine y viaje: veamos, pues.

Hubo quien viajó en el interior de una ballena por renegar de dios. También hubo quien (Juan, 14, 6-14), en sentido opuesto, asimiló el camino con la verdad (revelada por dios en su propia persona) y la vida. Pero la mayor profeta del cine reciente es esa Catherine Deneuve del film libanés de Joana Hadjithomas y Jalil Joreige citado al comienzo de estas líneas; la diva

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José Giménez Corbatón IES Élaios

Lev Davidovich Bronstein nació en Yanovka, Ucrania, en 1879. Sus padres eran pequeños propietarios agrícolas judíos. Estudió Derecho y empezó militando en la socialdemocracia de finales del siglo XIX. Conoció la cárcel y el destierro en Siberia con apenas veinte años. Escapó de las lejanas estepas provisto de pasaporte falso, extendido a nombre de un antiguo carcelero, Trotski, nombre de guerra que desde entonces adoptaría. En un congreso del Partido Socialdemócrata Ruso celebrado en Londres y Bruselas en julio y agosto de 1903 se alineó con los mencheviques, sector minoritario y moderado de la organización, partidario de una alianza con la burguesía. Esa adscripción apenas duró un año. Regresó a Rusia y participó en la revolución de 1905. Durante el proceso revolucionario que tuvo lugar en esa fecha, pronto abortado, participó activamente en el nacimiento de los soviets, grupos de acción compuestos por obreros, campesinos y soldados. Llegó a ser presidente del soviet de San Petersburgo. Trabajó como periodista en varios medios opositores al régimen zarista. Expuso su teoría de la “revolución permanente”, explicando la necesidad de unir las pretensiones burguesas y las proletarias. Dada la debilidad de la burguesía rusa, y la pujanza del proletariado, correspondía a este último asumir las tareas democráticas que la burguesía era incapaz de imponer frente al régimen zarista: la transición de la revolución burguesa, extendida en Europa, a la necesaria revolución 18

proletaria, debería desarrollarse en una única secuencia “permanente”. Por otra parte, sólo un movimiento internacional haría posible superar las dificultades inevitables de una unión entre las fuerzas campesinas y obreras. Conoció de nuevo la deportación a Siberia y la huida: Finlandia, Londres, Viena (donde dirigió Pravda). En 1916, en plena guerra mundial, está en Francia, de donde es expulsado a España. De España pasó a Nueva York –ya estamos en 1917. Regresó a Rusia para ser uno de los dirigentes de la revolución soviética triunfante. Organizó el Ejército Rojo, militarizó el trabajo y los sindicatos. Se enfrentó a Stalin, sobre todo a raíz de las medidas tomadas por el nuevo líder favorables a la restauración de la pequeña propiedad campesina frente a la socialización de la tierra, lo que ya había propiciado Lenin (la Nueva Política Económica o NEP). Stalin mantendrá esa política para variarla, mediante los Planes Quinquenales, cuando ya se haya desembarazado de sus adversarios políticos. Tal fue el caso de Trotski, que acabó excluido del partido bolchevique en 1927. Sufrió la deportación (Alma Ata, 1928) y la expulsión definitiva de la URSS: Constantinopla (1929), Francia (1933). Han surgido en Europa organizaciones trotskistas, con las que entra en contacto. Expulsado de Francia en 1935, se instala en Noruega hasta 1937, desde donde viaja a México. Antes, y apoyado por militantes del POUM catalán, está a punto de instalarse en El Vendrell (Tarragona). En 1938 tiene lugar el


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nacimiento formal de la IV Internacional, que ya había empezado a organizarse en una Primera Conferencia celebrada en julio de 1936. La Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial dificultarán el nuevo movimiento. El 20 de agosto de 1940 es asesinado en México por el catalán Ramón Mercader, quien, bajo el nombre de Jacques Monard, ha sabido ganarse su confianza. Mercader actuó al servicio de Stalin. De su paso por España, entre comienzos de noviembre de 1916 y enero de 1917, apenas dos meses, nos ha quedado un interesante testimonio que acaba de reeditar el sello madrileño Reino de Cordelia: Mis peripecias en España. Trotski toma notas a diario. Con ellas redactará más tarde el texto que hoy conocemos, y que no publicará en Rusia hasta 1926, con dibujos de K. Rotova que reproduce Reino de Cordelia (algunos de ellos acompañan este artículo). La traducción española es de Andreu Nin, trotskista del POUM que también perecerá a manos del estalinismo durante la Guerra Civil española. Ya exiliado en Constantinopla –estamos en 1929–, redactará un breve prólogo que le enviará a su amigo catalán para que forme parte de la edición –también lo incluye en la suya Reino de Cordelia: “Si este librito puede despertar el interés del lector español e inducirle a penetrar en la psicología de un revolucionario ruso, no lamentaré el trabajo que ha hecho mi amigo Nin para traducir estas páginas escuetas y sin pretensiones”, concluye. Y unas líneas antes ha escrito: “Sin un buen adobo de ironía, la serie de mis aventuras en España sería, incluso para mí, un manjar completamente indigestible”. Y es que Trotski no viene a nuestro país por su gusto. Lo hace conducido desde París hasta la frontera por policías franceses. Las autoridades galas se han preocupado antes de pasar la correspondiente ficha a sus colegas españoles, que detendrán al “peligroso” revolucionario en Madrid, lo meterán en la Cárcel Modelo, lo conducirán más tarde a Cádiz y lo mantendrán estrechamente vigilado hasta que le permitan ir a Barcelona para embarcarse rumbo a Nueva York en compañía de su mujer y de sus hijos, que han venido desde Francia para reunirse con él. Ni un solo instante se ve libre Trotski de la compañía de los que él llama “polizontes”: en sus desplazamientos, en los cafés, en las bibliotecas, en los hoteles donde se aloja... La crónica del revolucionario ruso explica sus visitas a diversas bibliotecas españolas donde mata el aburrimiento leyendo libros franceses que le ilustran sobre la historia de nuestro país, sobre la que da su propia opinión. Mantuvo contacto con líderes sindicales y socialistas, que hicieron lo posible por ayudarle. En todo momento Trotski ofrece una resistencia pacífica pero firme a la arbitrariedad del trato que recibe por parte de las autoridades españolas. Pero lo que más nos interesa es la imagen que alcanza a

vislumbrar de nuestro pueblo. Estamos a finales de 1916. Es presidente del gobierno monárquico don Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, a quien Trotski dirigió alguna carta protestando por su situación. Ni que decir tiene que jamás obtuvo respuesta. El atraso de España se lo muestra ab initio, camino de Madrid, la visión desde las ventanillas del tren de unos postes telegráficos que se le antojan los más bajos que ha visto nunca. En la estación de la capital, una multitud de gente le arrebata la maleta de las manos, mozos de cuerda, vendedores de “periodiquitos”, limpiabotas, guías, comisionistas difíciles de identificar, mendigos, “existencias problemáticas”, en suma. En contraste con ese inframundo, la sempiterna (y aún viva casi cien años después, he de decir) alianza de iglesia católica y banca no escapa a su observación: “La vieja España coloca sus capitales en las iglesias [...] En la lucha por el alma de España, los bancos levantan enormes edificios, templos de una suntuosidad aplastante [...] Los millones que los piadosos nobles pagan por el privilegio de sus mausoleos son depositados luego en los bancos por los santos padres. Y los bancos, por su parte, prestan su ayuda financiera a todo, sin excluir la construcción de catedrales”. Salta a la vista la devoción hipócrita, la falta de industria, la ausencia de mujeres en los cafés donde se conversa, la prostitución que se intenta disimular con el fin de salvar las apariencias. La española es “una vieja raza que se ha dejado decaer”. El tiempo se dilata en cualquier dependencia oficial, incluidas las comisarías de policía. Da la impresión de que también allí nadie se esfuerza, ni siquiera en parecer feroz. Si las autoridades le persiguen es, según manifiestan, por el temor a los atentados anarquistas contra el Monarca. Trotski es ruso, como muchos libertarios. Él se limita a declararse “pacifista”. La policía no duda en explicarle el fondo de la cuestión: “Las ideas de usted son demasiado avanzadas para España”.

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sucios: escupen en el suelo, tiran papeles y colillas hasta debajo de los asientos del tren. “Esto no es Alemania, ni Suiza, ni Francia tampoco...” Piropean mucho a las mujeres, incluso los polizontes (están por todas partes, en cualquier apeadero de estación).

Permanece varios días en la Cárcel Modelo de Madrid, donde puede ocupar una celda de pago. Hay tres categorías de celdas: las que cuestan 1,50 pesetas al día; las que se cotizan a la mitad de ese precio; y las gratuitas: “Cada detenido tiene derecho a ocupar una vivienda de pago; lo que no tiene es derecho a renunciar a la vivienda gratuita”. Los burgueses españoles demuestran, en ese punto, extraordinaria coherencia: “¿Por qué debe existir igualdad en la cárcel en una sociedad basada en la desigualdad y dividida en tres clases: la poseyente, la desheredada y la intermedia?” La ironía y el humor hacen constante aparición en el relato. Pero no se trata sólo de la celda: los presos de pago salen al patio dos veces al día. Los gratuitos, sólo una. Así, tienen derecho a una ración doble de aire puro. Pueden conseguir, mediante suplementos dinerarios, cerveza, vino, tabaco, más rato de luz eléctrica: “Este liberalismo carcelario está sin duda fundado en motivos de orden fiscal. Al alquilar estas ‘habitaciones amuebladas’ a sus inquilinos más pudientes, el Estado economiza en los gastos carcelarios, y, tomando en cuenta el déficit permanente del presupuesto español, esta cuestión no deja de tener su importancia...” (Adam Smith, se me ocurre, habría brincado de alegría). Al pueblo le queda la lotería. A Trotski le llama la atención el sitio que ocupa esta actividad en la vida social española. Por otra parte, los españoles de a pie se muestran amables, dignos, lucen hombría de bien; se trata quizá de una afabilidad algo fingida. Más de un español, empezando por un policía, se dirige a él con un “parlez-vous français?” que le transmite, el lapso de un instante, tranquilidad: Trotski no habla español y cree de pronto que se va a poder comunicar debidamente en la lengua de Molière. Pero enseguida descubre que el españolito de turno lo único que sabe de francés son las tres palabras que acaba de dirigirle y que hasta repite varias veces, como un niño con un juguete nuevo: “Parlez-vous français?”. Ahora bien, lo que resulta a todas luces visible es que los españoles son, sobre todo, 20

Cádiz, adonde es conducido, no le produce mejor impresión que Madrid: “Calles mal cuidadas, olores de España (aceite, comidas picantes), balcones, ancianos dormitando en los bancos, gran número de barberos y limpiabotas, mujeres en el umbral de la puerta, mujeres en los balcones, soldados, guitarras, juego de dominó en los talleres, mucha pobretería indolente –aplastada por el calor–, muchos colores, mucho ruido”. Los policías se quejan de su magro sueldo: 87 pesetas con 75 céntimos al mes (menos del doble de lo que cuesta una celda de primera categoría en la Modelo madrileña). Pero Trotski no se llama a engaño: “Por este precio [el polizonte] está dispuesto a morderle la nuez a cualquier obrero español que gana, aproximadamente, lo mismo”. ¿Qué le puede suceder a un resignado pacifista ruso que mata media hora de su aburrido tiempo en un café gaditano? Que le ofrezcan hasta doce veces un ejemplar del ABC; que le intenten vender cuatro veces billetes de lotería; que tres pordioseros le pidan limosna; que otros tres vendedores ambulantes le ofrezcan cangrejos cocidos, dulces misteriosos... “y si los limpiabotas no vinieron a ofrecerme sus servicios, fue porque uno de ellos ya estaba lustrándome los zapatos desde que entré en el establecimiento”. Ninguna diferencia, pues, con una estación ferroviaria madrileña. Aparte de los socialistas con los que se codea, apenas halla más gente interesante que un individuo que no duda en calificarse de escéptico. A su juicio, los españoles tienen que desaparecer de la faz de la tierra. Su atraso y su falta de industria es tal que se le antoja imposible el remedio. La ignorancia es supina: el índice de analfabetismo en Andalucía es del 90 por ciento. Los ayuntamientos invierten el presupuesto en plazas de toros y en corridas: “A la gente sólo le interesa Juan Belmonte”. Y concluye: “Tenemos un proverbio que dice: ‘Pasar más hambre que un maestro de escuela’. De esta situación sólo podrá sacarnos la República...” A Trotski le desagradan mucho las corridas de toros. Ve escasa diferencia entre la gente que disfrutaba viendo quemar a una bruja y la que goza viendo masacrar a un toro. La fiesta nacional ha venido a reemplazar a los Autos de Fe. La iglesia, como es de esperar, no dice nada al respecto. Cierto diario católico lamenta que a los ciudadanos les preocupe más el precio del kilo de carnero que la salvación de las almas. Ni siquiera el eco de la guerra europea logra acallar “el tintineo de la campanilla del sacristán”.


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Así, no sorprende que en la Biblioteca Central de Cádiz los únicos visitantes eruditos sean las polillas: “Hacen falta grúas-titanes para elevar la cultura de las masas”. Camino de Barcelona, no le gusta mucho más la visión rápida de Zaragoza, desde la estación de ferrocarril: “Suciedad, carros cargados de sacos, ruido, humo en los tejados, voces carraspeantes y nubarrones arrebolados en el cielo detrás de las espadañas de las torres de las iglesias”. Los alrededores de la capital aragonesa, camino de Cataluña, los describe con su mejor prosa concisa y lapidaria, muy certera: “Estepa árida. Desierto. Lomas. Arcilla roja, arena, piedra, guijarro. Pueblos: piedra y arcilla sobre arcilla y piedra, y el mismo color ocre”. Polvo, niebla, viento y sol... Barcelona inspirará a Trotski breves elogios: industriosa, comercial, emprendedora, perseverante... como sus gentes: “Una ciudad industrial de tipo moderno”. En el barco que le lleva a cruzar el Atlántico, encontrará a muchos emigrantes españoles: “América trabaja para la Europa que lucha, y necesita mano de obra fresca, pero sin tracoma [en Málaga, a un

pasajero se le ha obligado a abandonar el barco por sufrir esta enfermedad], sin anarquismo y otras enfermedades. ¡Y cuántos españoles han emigrado para trabajar en la despoblada Francia!...” Días después el barco, en medio de la niebla, entra en Nueva York: “Arboledas de invierno, Edificios de puerto. Todo predice la gigantesca mole que por ahora se oculta aún en el amanecer brumoso. Aquí termina España”.

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Begoña Díez García IES Élaios

“El impulso principal por el que me dirigía era la empresa intensa de comprender los fenómenos de los objetos físicos en su conexión general, y representar la naturaleza como un gran todo, movido y animado por fuerzas internas”. Humboldt, prefacio de Cosmos, 1845. A finales del siglo XVIII surge una nueva forma de observar la naturaleza. Viajeros y pintores inventaron el sentimiento de la naturaleza, trasladándole valores propios de la época. En carta a Goethe, Humboldt escribió el 3 de enero de 1810: “A la naturaleza hay que sentirla; quien solo ve y abstrae puede pasar una vida analizando plantas y animales, creyendo describir una naturaleza que, sin embargo, le será eternamente ajena”. Arte y ciencia se daban la mano y, en ese encuentro, el ángulo epistemológico de Occidente ante el paisaje cambió. La unión mística con el paisaje conllevó una nueva relación del hombre con el entorno. La fuerza de los elementos, la imponente masa terrestre y su grandilocuencia frente al ser humano llevaron a que no solo se las midiera, sino a que se las admirara con nuevos ojos; quedando el hombre sometido a sus misterios y su prohibida accesibilidad. Y los viajeros románticos se encargaron de difundirla a través de libros de viajes, pinturas y poemas. La influencia del insigne naturalista y viajero alemán Alexander von Humboldt fue enorme, tanto en América como en Europa. Su deseo por reproducir en pinturas la intensidad de 22

las experiencias vividas elevó el sentimiento al mismo sitial en el que estaba el conocimiento. Las exploraciones y navegaciones de los siglos XV y XVI habían quedado interrumpidas durante el siglo XVII. Los exploradores, convertidos en aventureros avariciosos, habían transformado los mundos explorados en lugares destinados a la vulgaridad del saqueo. Piratas ambiciosos y nobles convertidos a corsarios o negreros surcaban los océanos en naves que transportaban esclavos africanos, la carga mas ignominiosa de la historia. Del mismo modo que la forma de transmitir la realidad cambia con el paso del tiempo, las motivaciones del viaje también lo han hecho; y en este aspecto, el siglo XVIII europeo se constituye en un momento crucial. Las luces del XVIII se dirigen hacia otros mundos en los que aplicar los nuevos conocimientos científicos, las nuevas ideas de libertad, igualdad y fraternidad, el viaje se transforma en el principal vehículo de conocimiento. El siglo XVIII en que nació Humboldt fue un siglo viajero por excelencia: científicos y pensadores se dirigieron a otros mundos para poder aplicar los nuevos conocimientos científicos o las nuevas ideas, se hicieron arriesgadas exploraciones y nuevos descubrimientos: Charles M.


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de la Condamine, L. A. de Bougainville, P. Lófling (discípulo de Linneo), J. Cook... Humboldt, considerado el padre de la geografía moderna universal, viajero y explorador incansable, nació el 14 de septiembre de 1769 en la casa familiar del castillo de Tegel a treinta kilómetros de Berlín, reinando Federico el Grande. Su padre llegó a ser chambelán del rey. Su madre, Elisabeth, acaudalada viuda, se casó con su padre en segundas nupcias, y del matrimonio nacieron dos hijos: Wilhelm en 1767 (lingüista y ministro) y dos años más tarde Alexander, quien se educó, como era costumbre, en su propia casa con diferentes preceptores, si bien la educación privada no llenaba sus aspiraciones, que hacían volar su imaginación con lecturas de viajes y aventuras hacia otro mundo. Humboldt se formó posteriormente en la Academia de Berlín, en 1787 en Fráncfort y en 1789 proseguió sus estudios en Gotinga. Allí conoció a G. Förster, bibliotecario de la universidad, con el que realizó su primer viaje formativo en la primavera de 1790 que lo llevó a lo largo del río Rin hasta Holanda y de allí a Inglaterra. A la vuelta pasaron por Paris que ardía en su esplendor revolucionario. Este viaje fue decisivo para Humboldt, había sido tan fantástico y provechoso que sus deseos de viajar ya nunca lo abandonarían. A la vuelta del viaje se matricula en la Escuela de Comercio de Hamburgo y termina su formación en la Escuela de Minería de Freiberg. Comenzó su carrera de funcionario, primero como simple auxiliar y más tarde como inspector jefe de todos los establecimientos mineros de la región de Ansbach-Bayreuth. En 1794 su hermano le presenta en Jena a Goethe y ambos simpatizan. Tras la muerte de su madre en 1796 recibió una gran fortuna y renunció a su carrera de funcionario prusiano y se orientó de lleno a sus ambicionados viajes científicos. En Jena, dentro de los círculos culturales y científicos en los que es recibido, conoce al hermano del embajador de Sajonia en Madrid, que le abrirá puertas para obtener el salvoconducto necesario para viajar a América. Se traslada a París para hacerse con una serie de instrumentos científicos y mapas. Y tras varios viajes truncados, en 1798 se dirige junto a Bonpland (sobrenombre de Aimé Gouyaud), médico y botánico, a España atravesando los Pirineos y llegando a Cataluña con un nuevo proyecto de viaje: llegar a Tenerife y desde allí navegar hasta las Antillas danesas. Su viaje por España quedó recogido en un modesto trabajo que tituló Noticia de la configuración del suelo de España y de su clima. Humboldt fue el primer geógrafo que reconoció el carácter mesetario de una buena parte de la península ibérica. En Madrid y en sus alrededores dedicó tiempo a las mediciones geográficas. Durante su estancia en Madrid conoció a un escogido y selecto círculo que conseguiría para él y Bonpland un privilegio nunca

“Viajar conservando siempre una visión rigurosa y a la vez exaltada del mundo”. Alexander von Humboldt soñado por ningún viajero o explorador extranjero, viajar a los virreinatos de la corona española en América. En marzo de 1799 Humboldt fue presentado por medio del embajador prusiano a la corte en Aranjuez, donde saludó al rey Carlos IV. Mariano Luis de Urquijo “ministro ilustrado”, en su calidad de Secretario de Estado, firmaría el pasaporte para que Humboldt pudiera viajar por todas las colonias americanas y para que las autoridades les dieran todo tipo de facilidades en su viaje. Enseguida se pusieron a preparar el viaje, la erudición que luego desplegaría en sus diarios la adquirió en los meses que esperó en Madrid, comprando libros y recogiendo información, consultando el Deposito Hidrográfico de la Marina, donde examinó y copió mapas y cartas marinas, en el Real Gabinete de Historia Natural y en el Real Jardín Botánico. El 5 de junio de 1799 a los dos de la tarde salen de La Coruña a bordo de la corbeta de guerra “Pizarro” camino del archipiélago canario y catorce días después hacen escala en Santa Cruz de Tenerife. Lo primero que hizo Humboldt al llegar fue escalar el Teide hasta su cima y realizar todo tipo de observaciones y mediciones. Retoman el viaje hacia La Habana, durante el cual efectuará mediciones y comprobará con estupor que 23


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La segunda etapa transcurrió entre Bogotá y Quito a través de los Andes; la decisión de tomar la ruta de la cordillera fue trascendental para una serie de contribuciones científicas de Humboldt. Era un itinerario con muchas más dificultades, pero les permitiría trazar el mapa de la región noroccidental amazónica y contrastar sus colecciones botánicas con las de José Celestino Mutis, el mejor experto del momento en flora sudamericana, que residía en Santa Fé de Bogotá. En Ecuador realizó estudios sobre sus volcanes, llevó a cabo varias ascensiones a los Andes ecuatorianos, como el Chimborazo y el volcán Pichincha, también subió al monte Cayambe. En su recorrido por toda la sierra del Ecuador, recolectó plantas y realizó mediciones de las montañas, estudió de forma sistemática el gradiente térmico, indicando las curvas de nivel de algunos pisos térmicos y estableciendo el nivel de las nieves perpetuas, previamente en su ascensión en Tenerife al Teide había medido la altitud de las nieves en el Teide, lo cual le sirvió de base para comparar.

todas las cartas marinas tenían errores de 15 millas en la latitud y de hasta un grado en la longitud. Se desvían de su viaje y el 16 de julio de 1799 llegan a Cumaná (Venezuela). Allí comenzará un viaje, en compañía de Bonpland y más tarde los dos junto al ecuatoriano Montufar, (desde 1802) en el que recorrerá 10.000 kilómetros en tres etapas continentales. La primera desde Cumaná, donde exploraron la península de Araya, el valle del Caripe, la cueva del Guácharo y las misiones de San Fernando. En Caracas recorrieron los alrededores de la ciudad y ascendieron la silla del Ávila. Desde aquí partirán para seguir recorriendo el territorio venezolano por los valles del Tuy y Aragua, visitando Antímano, La Victoria, Turmero. Exploran el Orinoco y sus afluentes, confirman la existencia del canal de Casiquiare, un canal natural, único en el mundo, que une dos grandes cuencas, la del Amazonas y la del Orinoco. Visitan Angostura tras 1.200 kilómetros de navegación fluvial y regresan a Cumaná. Humboldt recopiló gran cantidad de datos sobre el clima, los recursos naturales, la orografía, la flora y la fauna. El 24 de noviembre se dirigen a Cuba, donde permanecerán tres meses desde el 19 de diciembre de 1800 hasta el 15 de marzo de 1801. Durante su estancia en Cuba, Humboldt había realizado un resumen de los libros que era necesario escribir para reflejar los resultados de su expedición. Todavía con el viaje sin finalizar ya consideraba necesarias 11 obras distintas. 24

En su tercera etapa recorrieron la Nueva España partiendo del puerto de Guayaquil el 17 de febrero de 1803 y tras 36 largos días desembarcaron en el puerto de Acapulco. Posteriormente emprendieron el camino hacia la capital dibujando cartográficamente el trayecto, continuando con sus mediciones y observaciones y fijando la latitud y la longitud de algunas ciudades como la de la ciudad de México y visitando como expertos las minas de plata de Tasco. El virrey le autoriza el acceso a los archivos de la ciudad de México, pues Humboldt estaba interesado por la política y la economía y quería escribir un ensayo que tituló Ensayo político sobre el reino de la nueva España1. Realiza mapas y cartas de Nueva España. Visita las minas de Real de Pachuca, Real de Morán, Real del Monte, las riquísimas de la Regla, visita en otra salida la famosa mina de la Valenciana y las fuentes de Comanjilla (en el estado de Guanajuato) y su géiser, hoy llamado géiser de Humboldt. Terminó su estancia en América con una visita a EE. UU., navegando desde La Habana, donde había permanecido en su segunda estancia, desde el 19 de marzo hasta el 29 de abril, en la fragata española Concepción. Llegó a Filadelfia el 19 de mayo de 1804 remontando el río Delaware. A Humboldt le interesaba en este viaje el contraste entre el mundo criollo de origen hispánico y el de una joven república independiente de sus antiguos colonizadores más que las mediciones y observaciones, la naturaleza o los picos más altos. En la decisión de visitar EE. UU. pesaba mucho la admiración por su presidente. El 28 de junio es invitado por el presidente Jefferson a Washington. Humboldt fue huésped de Jefferson en Monticello, la magnífica casa que el presidente se había mandado construir 1 Dedicado a Carlos IV, como homenaje de reconocimiento por los favores que había recibido para poder viajar a los virreinatos.


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para su retiro, ubicada cerca de Charlottesville (Virginia). Tras una cena con él, es recibido por Gallatin, Secretario del Tesoro. Humboldt lleva al encuentro documentos, mapas y cartas de los que el anfitrión copió e hizo anotaciones que sirvieron más tarde para que el presidente solicitase por carta información sobre la frontera de Nueva España, el futuro México. Esos informes aportados ingenuamente fueron cruciales para avivar el deseo norteamericano por apoderarse de los territorios mexicanos, como al poco tiempo ocurrió. Finalmente Humboldt junto a Bonpland y Montúfar el 9 de julio de 1804 emprende la vuelta a Europa rumbo a Burdeos. Su gran viaje americano había terminado. A continuación se instala en París. Allí se dedicará obsesivamente a la edición de sus obras y a la publicación de numerosos artículos en las revistas científicas de la época. De esa forma dejará clara su intención de difundir las mediciones y los descubrimientos de todo tipo conseguidas en su viaje americano. La expedición se había ocupado del estudio de los recursos naturales (flora, fauna, minerales, ríos, suelos...). También observaron las costumbres de sus habitantes. A su regreso a París Bonpland había depositado en el Jardin des plantes de París un herbario de 60.000 plantas, de las cuales 6.000 eran desconocidas en Europa; y finalizado una notable colección de insectos. En septiembre de 1804 comenzó, en unión del ginebrino naturalista Pictel, la redacción del esbozo de una obra en cuatro volúmenes. En 1805 apareció el primer volumen de Plantas equinocciales en tamaño folio y con excelentes ilustraciones. La obra completa en gran formato y la más importante es el Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente2, aparecida en París entre 1816 y 1831 en 13 volúmenes. La principal dedicación de Humboldt tras su regreso a París fue la edición de su profusa obra, su quehacer diario consistía en trabajar sin descanso y dormir pocas horas. Al llegar la hora de la cena, se juntaba con sus amigos más cercanos, el astrónomo Arago, el pintor F. Gérard o el escritor Chateaubriand. A continuación, siguiendo las costumbres de la época, empezaba una larga peregrinación por los diferentes salones parisinos, como el salón de Madame Duras, en los que se reunía la aristocracia con todo tipo de artistas, pintores o cantantes. No quería volver a Berlín, ciudad que veía como un páramo cultural sin ningún interés. El sabio alemán Humboldt, durante su expedición americana y la posterior elaboración de sus memorias y diarios, aportó muchas colecciones, datos, descripciones 2. El viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente Humboldt, Alexander von.Traducción de Lisandro Alvarado. Editorial Monte Ávila. Caracas. 1991.

y dibujos científicos. En 1827 regresó al fin a Berlín, tras un viaje por Roma y Nápoles. A Humboldt se le hizo un gran recibimiento, el rey de Prusia se deshizo en atenciones, le dio una sustanciosa pensión anual de 2.500 táleros y ló nombró su chambelán. Entre 1827 y 1828 impartió sus famosas conferencias sobre geografía física como miembro de la Academia de Berlín. El 12 de abril de 1829, comenzó su último viaje, por encargo del zar, que lo llevaría hasta la Rusia asiática. A su regreso a Berlín ya no volvería a emprender ninguna expedición ni ninguna exploración. No porque se sintiera cansado, sino porque nada de lo que pudiera proyectar iba a poder sorprenderlo o cautivarlo como cuando era un joven emprendedor lleno de entusiasmo. Uno de sus empeños fue la creación de una red mundial de observatorios geomagnéticos y climatológicos. Con ellos podrían tenerse al día los mapas de isotermas e isoclinas y sus variaciones. El gobierno ruso había sido instado por Humboldt en 1929 a iniciar esta empresa; a los seis años empezaron a funcionar estas estaciones por todo el territorio, desde San Petersburgo hasta los confines de Siberia y Alaska. Durante los últimos veinticinco años de vida se dedicó principalmente a la redacción de Cosmos3, trabajo culminante de su vida, del que Humboldt pretendía que fuera su última aportación científica. La idea de este trabajo deriva del deseo de comunicar una descripción gráfica del mundo físico que él había observado y estudiado durante casi medio siglo. Esta idea tomó forma después de la síntesis y el acopio de información que realizó para las 61 conferencias dictadas por él en la Universidad de Berlín. Considerada por algunos la última obra del último hombre universal, describe en cinco volúmenes todos los conocimientos de la época sobre los fenómenos terrestres y celestes, y en ella revela conexiones entre los distintos aspectos del mundo al mismo tiempo que proporciona una nueva visión de las ciencias. Cuando redactaba su quinto tomo Humboldt murió el 6 de mayo de 1859 a las dos y media de la tarde. Le faltaban algo más de cuatro meses para cumplir noventa años. De espíritu aventurero, con pasión por la geografía, la biología y la vulcanología, gran indagador de la historia y la antropología, de una gran erudición y con unas ideas políticas democráticas y antiesclavistas, moría uno de los hombres de ciencia más famosos de la convulsa primera mitad del siglo XIX europeo.

“...Ya no con la espada, sino con la pluma y el cuaderno de notas. Ya no en pos de la riqueza material, sino buscando la comprensión y el análisis...”. Alexander von Humboldt. Del Orinoco al Amazonas

3. COSMOS. Ensayo de una descripción física del mundo. Humboldt, Alexander von. Editorial Los libros de la Catarata. 2011. Madrid.

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José Luis Acín Fanlo Escritor

Glaciar del Monte Perdido. 8 septiembre 1911. Foto: L. Briet

Fue por los últimos años del siglo XIX y los primeros de la siguiente centuria. Un parisino, un pirineísta según la definición de Henri Beraldi, atraído por las montañas pirenaicas deambula por su cara norte. Por esta alcanza cimas y pasos transfronterizos. Desde estos visualiza todo un mundo, un desconocido y sorprendente mundo, que se extiende a sus pies, hacia el sur en una sucesión infinita de valles y montañas, de sierras y de enclaves humanizados. Esa vertiente meridional correspondía a la parte central del Pirineo aragonés. Ese parisino, ese pirineísta, era Lucien Briet. Lucien Briet Nacido en París el 2 de marzo de 1860, pronto quedó huérfano de madre, lo que influyó notablemente en su vida posterior, ya que quedó al cuidado de una de sus tías, quien le apoyó en todos sus anhelos y pudo desarrollar su principal labor: la de viajero, escritor y fotógrafo de los Pirineos. Tras diversos avatares en su vida que lo llevaron, entre otros lugares, a África, entró en contacto con la 26

cordillera pirenaica en 1889, movido por su afición a la espeleología. A partir de entonces se suceden sus incursiones por el territorio aragonés entre 1890 y 1911. La precaria salud que tuvo a partir de esa fecha y su boda celebrada en 1916 por incitación testamentaria de la citada tía, lo llevan a abandonar sus incursiones pirenaicas, además de tener una hija. No obstante, estaba prácticamente al final de su vida, muriendo el 4 de agosto de 1921 en su casa de Charly-sur-Marne. Dejaba en la práctica ruina a su familia, lo cual motivó el tener que subastar lo que poseían y que, tras varias vicisitudes, todo su archivo fuera a parar al entonces recién creado Museo Pirenaico de Lourdes. En 1890, como se ha comentado, daba comienzo Briet a sus incursiones por el Alto Aragón. Viajes continuados anualmente hasta 1911 por tierras de Sobrarbe, Somontano de Barbastro y Hoya de Huesca, con el valle de Ordesa y la Sierra de Guara como puntos más destacados de su exploración, sin olvidar otros como el valle de Vió, el congosto de El Entremón, los ríos Vero y Mascan, Escuaín y su espectacular garganta,


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Peña Montañesa o el valle del Ara en toda su dimensión. Todos ellos perfectamente reflejados y anotados en sus diarios de viaje y en sus emulsiones fotográficas, con los que descubrió las mencionadas tierras del Pirineo central aragonés, y que le servirían para elaborar posteriormente sus varios y fundamentales trabajos que, hoy y siempre, serán referencia insustituible y un magnífico material documental. Fruto de esas expediciones son las diversas obras que fue publicando al final, por lo general, de cada nuevo itinerario, tras concluir la campaña anual con sus variadas y numerosas observaciones realizadas, elaboradas con los datos y con las fotografías obtenidos en sus periplos. Estos textos conformaron, en su gran mayoría, el manuscrito en tres volúmenes titulado por el propio Briet Superbes Pyrénées, siendo algunos de los mismos los que integrarían el libro Bellezas del Alto Aragón editado por la Diputación Provincial de Huesca en 1913 –contando con tres ediciones hasta la fecha–, agrupándose el resto en la obra titulada Soberbios Pirineos editada por la misma entidad en 1990. Sin olvidar ese otro gran aporte, ese insustituible material que son sus fotografías, tanto las placas de cristal como los 33 álbumes fotográficos elaborados tras los viajes, con las que ilustraba también sus libros. En las mismas reflejaba los datos indispensables para su posterior uso –lugar, día e, incluso en algunas, hora–, completándose toda la información con su firma autógrafa. Imágenes de las que captó 1.600 emulsiones, de las cuales en torno a 900 fotografías corresponden al Alto Aragón.

Mediano. 11 de julio 1904. Foto: L. Briet

sus escritos y desvelos, a sus palabras y a la defensa que hizo de este rincón del Pirineo –que se suman a las demandas y acciones del marqués de Villaviciosa, de Pedro Pidal, impulsor de los parques nacionales–, Ordesa fue declarado Parque Nacional el 1 de agosto de 1918 e inaugurado el 14 de agosto de 1920. Por ello, a su memoria y en recuerdo de su labor se le erigió un monumento en el camino de Turieto, al lado del río Arazas y junto al lugar de ubicación de la antigua “Casa Oliván”. Homenaje e inauguración del monumento en dicho emplazamiento realizado al año siguiente de su fallecimiento, el 15 de agosto de 1922. Los viajes de Lucien Briet

Veintiún años dedicó a descubrir ese lado sur de la cadena pirenaica, a hollarla y llegar hasta el más recóndito y perdido rincón. Algo más de dos décadas cuyo fruto, además de amistades y múltiples vivencias, reflejó en unos inigualables y fundamentales escritos, así como en una colección de fotografías únicas. Ambos son referentes excepcionales en la actualidad. A lo anterior hay que sumar que Briet fue el principal cantor y protector del valle de Ordesa. Gracias a

En 1890 daba comienzo Briet a sus incursiones por el Alto Aragón. Son esos viajes continuados hasta 1911. Ese rastreo y descubrimiento lo llevó a “la vertiente española”, atraído por la condición de no ser “de nadie, y por lo tanto, ni suya ni mía, pertenece a todos los hombres de buena voluntad que vengan inspirados en el amor a la Naturaleza, a respirar los perfumes del pino rojo, del romero y del espliego, a todos cuantos se propongan ser útiles unos a otros, trabajando, ya en provecho de la ciencia, ya por esparcimiento literario, ya para beneficio de las poblaciones de la comarca”. Así, en el citado 1890 ascendía a Monte Perdido, discurriendo en 1891 por Ordesa, Bujaruelo y Torla, acompañado por su guía Haurine de Gavarnie. Viajes más o menos aislados y sin continuidad, como el que lo llevó en 1897 al Circo de Barrosa –siendo su guía Paget-Cantou de Héas– o en 1901 a la cima del Pico Añisclo o Soum de Ramond, estando al año siguiente –1902– en la zona de La Munia y en Bielsa, llevado de la mano del mencionado Paget-Cantou y de Henri Soulé de Gèdre.

San Victorián, 9 octubre 1911. Foto: L. Briet

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La iglesia del Vió. 20 julio 1905. Foto: L. Briet

El pueblo de Jánovas. 7 julio 1903. Foto: L. Briet

Las gradas de Soaso. 15 septiembre 1909. Foto: L. Briet

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Pero llega 1903. Este año que marca el comienzo de sus continuos y sistemáticos trayectos, de sus estancias prolongadas en el tiempo y realizadas año tras año, prácticamente sin interrupción, hasta el mencionado de 1911, todos ellos perfectamente reflejados y anotados en sus diarios de viaje elaborados a lo largo de ese período de tiempo. De este modo, en 1903 parte de Gèdre –con la compañía de Jean y Henri Soulé, a quienes se unirán, como en los sucesivos viajes, ocasionales guías para acceder a determinados puntos– para pasar a España por el valle de Pineta, continuando luego el curso del Cinca y pasando, así, por Bielsa, la garganta de Salinas y el Paso de las Devotas hasta llegar a Lafortunada. Desde sus inmediaciones se dirige al cuello de Tella, Arinzué, Miraval y Estaronillo, con fin en Escuaín y su garganta, la cual descubre en sendos descensos. Regresó a Gèdre siguiendo, aproximadamente, el mismo itinerario. Este sería punto de partida para sus siguientes viajes, a donde llegaba tras 27 horas de tren y desde donde necesitaba de un par de mulas, imprescindibles para su viaje a pie por el puerto de Bujaruelo y en las que cargaría su voluminoso y pesado equipaje: como comenta André Galicia en el prólogo a la edición de Bellezas del Alto Aragón de 1988, iba cargado de “abundante material fotográfico –14 docenas de placas de vidrio de formato 18 x 24, aparato y trípode– y la indispensable ropa de repuesto, amontonada en un baúl metálico”, así como “su diario de viaje”, repleto de apuntes, además de ocuparse “con minuciosidad y claridad de los cuadernos fotográficos; anota todo con una precisión sorprendente: pueblos, montañas, barrancos, ríos, fuentes, grutas, datos hipsométricos, localización de sus hospedajes y nombres de sus anfitriones aunque sólo lo sean por un día; en una palabra, la totalidad de sus exploraciones, aderezadas con notas históricas, filosóficas o completadas con estudios toponímicos”. Estos desplazamientos continúan en 1904, desarrollando –hasta el último de 1911– la misma ruta inicial, esa que de Gèdre iba a Bujaruelo, para después acercarse hasta Torla y Sarvisé, teniendo como centro base desde este año de 1904 la localidad de Boltaña y su Parador de San Martín, pues –como el mismo Briet comenta– esta población “es una base de excursiones admirable para todos los alrededores”, como también demuestran sendas tarjetas postales conservadas en la Fototeca de la Diputación de Huesca y fechadas dos años después –reproduciendo sus fotos de la entrada del pueblo de Escuaín y de la iglesia de Bielsa–, que envía a Boltaña posiblemente a su amigo y colaborador Enrique Gistau, quien –en compañía de otras personas de esta población– había acudido en alguna ocasión a esperarlo a Gèdre (“Mi buen amigo / Salgo de Charly el 26 de septiembre corriente y seré en Gèdre el 27 á la mañana, antes las doce. Pasaré el puerto de Bujaruelo el 28; he escribido a Angel de Viu, de Torla. El 29, saliré


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de Torla para Boltaña. ¿Quiere Vd hacerme el obsequio de mandarme de Boltaña una carruaje de suerte que la encuentre en Broto a la mañana del 29?, io la pagaré. Es mas comodo que machos. Dice Vd a Anselmo, se lo ruego, que cuento sobre Lorenzo para acompagnarme en mi excursión a Alquezar. Eso me causa un placer infinito de revolver au Boltaña y en esta villa de volver a encontrar mis buenos amigos. / Amistades a todos y a Vd tambien / Lucien Briet / El 1 de octubre, saliré para Alquezar. / Charly 21 sept. 1906”). Desde este punto en dicho año –desde el 2 de julio hasta el 4 de septiembre y contando en esta ocasión con tres guías: Henri Soulé de Gèdre, Célestin Passet de Gavarnie y Ramón Viu de Torla– se acerca hasta Jánovas y su desfiladero, Aínsa, Samitier y Mediano con su –hoy engullido por las aguas del embalse– “puente romano del Entremón”, Ligüerre de Cinca, Revilla, Labuerda, Escalona, Hospital de Tella, Cortalaviña, Estaronillo, Revilla y el barranco de Consusa, así como la cueva del Trucho y el Portillo de Bielsa, tras lo cual regresa a su lugar de origen francés en “donde me repongo de los efectos de una insolación, el calor había sido este mes de una extrema virulencia”. Pero aún volvería este año, a mediados de agosto, para aproximarse hasta el barranco de Mascún –dado a conocer por el conde de Saint-Saud–, visitando Albella y su “Casa Cebollero” (“casa de D. Mariano Orús Serralvo. Excelente acogida en esta mansión, la mejor del lugar”), Planillo, Tuertas, collado de Mallatón, San Juan del Castillo, collado de Matidero, Torruéllola de la Plana, Pardina de Albás, San Póliz, Letosa, Otín y Rodellar, en donde realiza dos incursiones aguas arriba por el Mascún. Entre el 8 de julio y el 17 de agosto lleva a cabo la campaña de 1905, en la que –una vez en Boltaña, donde el “calor es tal que debo descansarme y aplazar mi gran excursión a la Sierra de Guara que deseaba comenzar de inmediato”– encamina los pasos hacia el valle de Vió, pasando por la collada de Sampietro, Buerba, Vió, la orilla del cañón de Añisclo, la cueva de San Úrbez y la cueva del Molino, sirviéndole de guía Lorenzo Viu de Boltaña. De vuelta a Boltaña, visita de nuevo Aínsa y sufre, en la primera quincena de agosto, “una enteritis bastante grave, con vómitos de sangre, causado por el calor. Nogués me atiende de maravilla. Me somete a un régimen de leche, de huevos y de carnes blancas y exige, después de repuesto, que regrese a mi casa a reponerme durante cinco o seis semanas. Adiós a todos mis proyectos, pero cuento tomar una (...) revancha a la primavera y al otoño próximos, pues decido no operar en Aragón más que en el mes de mayo y junio o a partir del 15 de agosto”. De nuevo vuelve en 1906. Del 26 de septiembre al 21 de octubre abarca este viaje, teniendo como principal objetivo en esta ocasión el río Vero y teniendo como guía al citado Lorenzo Viu. Para ello transita,

Santa María de Belsué. 15 septiembre 1907. Foto: L. Briet

El sitio de Alquézar. Vista tomada desde el barranco de Rosico. 8 octubre 1906. Foto: L. Briet

La ermita de San Martín de la Val de Onsera, 7 octubre 1908. Foto: L. Briet

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En el fondo del barranco del río Yesa. 4 octubre 1904. Foto: L. Briet

desde Boltaña, por Morcat (“El castillo de Morcat no es más que una simple torre de la cual actualmente sólo subsiste la base, informe”), Puimorcat (“Puimorcate” según palabras de Briet, que sigue en esto al cura de Morcat), Sarsa de Surta con sus alrededores y cuevas (“...la torre de lugar que me parece más bien romana que árabe. Es pentagonal y su interior cuadrangular”), Lecina y su garganta con “la gran fuente considerada como madre del río Vero” –visitando los enclaves conocidos como los Oscuros, las Clusas, Villacantal y barranco de la Choca–, y Alquézar, lugar en el que, en el transcurso de sus excursiones, se da cuenta “que había nevado fuertemente sobre las altas cimas de la frontera. En opinión de todos, debo apresurarme a tomar el camino de Francia para no quedar bloqueado en Bujaruelo”. De vuelta pasa por Asque, Colungo, mesón de Naval, Abizanda y mesón de Samitier, desde donde realiza el habitual camino de regreso a su casa por Bujaruelo, en el que “debo tomar una mula y dos hombres de refuerzo. Estos últimos, en tres momentos diferentes, abren camino en la nieve con las palas”. Entre el 3 de septiembre y el 6 de octubre se desarrolla la campaña de 1907, con destino a la zona circundante a Santa María de Belsué y el cercano Salto de Roldán, contando en esta ocasión con un nuevo guía, Joaquín Buisán de Lavelilla, quien le acompañará en 30

todas las campañas realizadas entre esta de 1907 y la última de 1911. Así, desde Boltaña partirá hacia Campodarbe, mesón de Fuebla –que “ha sido reconstruido”–, Laguarta, Secorún, Aineto –“me encuentro recorriendo el pueblo un magnífico ajimezado (ventana de vanos geminados) árabe, similar al que decora la casa de Aínsa llamada “antiguo palacio de los reyes moros”. Aineto ha debido ser, en sus inicios, un hábitat feudal sarraceno aislado”–, Cuello Bail, Ibirque, Lusera, Santa María de Belsué –“se compone de una capilla y una casa, la casa Simón”– y Apiés “por las gorgas del Flumen”. Exploración del desfiladero formado por este río y del Salto de Roldán con su Peña de San Miguel –“ruinas romanas”, por románicas–. Debido al mal tiempo, no puede visitar las poblaciones de San Julián y Santa Eulalia, si bien no le impide recorrer algunos enclaves de la capital oscense. Después, dirección a Barbastro –“el panorama que abarca los cuatro o cinco puentes que se escalonan sobre el río Vero es fabuloso”–, Boltaña, con parada en el mesón de Abizanda –“corro a fotografiar la torre árabe”, el torreón románico del castillo– y, desde aquí, desandar los pasos que conducen hacia las tierras francesas. Nueva incursión en 1908, entre el 15 de septiembre y el 24 de octubre. Desde Boltaña, por Villa Carmen y Latorrecilla, llega a Buil y sus dos barrios –“subo a la


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Barranco de Mascún. Llanura. 18 agosto 1904. Foto: L. Briet

cima del Alto de Buil, pero el tiempo, muy nublado, me esconde el paisaje”–. Amplio periplo el de este año, que le llevará –desde el anterior punto– por Sarratillo, Castejón de Sobrarbe, La Pardina, Samitier, Abizanda, Lamata, Jabierre, Olsón, Hospitaled, Bárcabo, Lecina, barranco de Betorz, fuente del río Vero, Oscuros, las Clusas –“El sitio que da su nombre a esta garganta es extraordinario”–, Villacantal y Barranco de las Gargantas, Alquézar –“Por la mañana al castillo y por la tarde, a la garganta de Alquézar, entre el Barranco de la Fuente y el puente del Molino”–, Radiquero, Alberuela de la Liena, Bierge, Morrano –visitando la fuente de la Tamara y el barranco de Tresún–, Yaso, Bastarás –con visitas a las cuevas de Solencio (“pero incompleta, por falta de material”) y de Chaves–, Panzano, Aguas, Loscertales, Los Molinos de Sipán, Santa Eulalia la Mayor, La Almunia del Romeral, ermita de San Martín de la Bal d’Onsera –“¡Qué extraño lugar es el Barranco de San Martín! Para hacerse una idea, hace falta haberlo visto”– y ermita de San Cosme. Desde este punto, encamina los pasos a Nocito, “atravesando la Sierra de Guara” y Casa Fabana, “un collado situado al oeste del Puntón de Guara” y el barranco de la Pillera. Emplazamiento desde el que se acercó a la ermita de San Úrbez, y desde el que partirá hacia Bentué y Used, para proseguir hacia Bara, Rodellar “por el Barranco de Nasarre” y Otín –“Soy recibido en

casa de D. Cosme Bellosta. Por la tarde vista inédita y muy interesante de los precipicios del Mascún desde lo alto”–. Regreso hacia Boltaña por Letosa, San Póliz, Montalbán, Puimorcat y Morcat, desde donde retornará a Gèdre. Después de tan largo itinerario, no puede dejar de exclamar: “Cuando no era acompañado por el cura, lo era por el maestro; se me abrían los archivos; las moradas donde me alojaba estaban provistas de valientes guías para los lugares poco conocidos o complicados. Del resto, sin todos estos concursos, y sobre todo sin la ayuda de los Viu, que, cada año, me facilitan un pronto viaje de Gèdre a Boltaña, mi cuartel general, habría desde hace tiempo renunciado a recorrer ciertos rincones del Alto Aragón, donde hace falta hablar español y ser conocido como en su casa para circular fácilmente y con éxito, pues de otra manera es un país cerrado, pero que será un día, por sus gargantas y Barrancos, más célebre y visitado que nuestros Causses franceses”. Y así, vuelve de nuevo en 1909, entre el 7 de septiembre y el 15 de octubre, dedicando una buena parte de su estancia al valle de Ordesa, teniendo como centro de operaciones “Casa Oliván” –“Este año mi intención es estudiar a fondo el maravilloso valle de Ordesa”–. Paseos y descubrimientos por el camino de Turieto, cueva del Frachinal, camino de la Faja, circo de 31


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Soaso, prados de Ordesa, circo de Cotatuero, circo de Salarons (sube “hasta su orilla donde existen curiosas calizas de infiltración”), Faja de Pelay por la senda de los cazadores, de un lado a otro del valle y pico de Diazas, sin olvidar alguna incursión a la garganta de Bujaruelo entre el puente de los Navarros y la ermita de Santa Elena. Descubrimiento, exploración y difusión que fue objeto de los mayores elogios, como el tributado por Victoriano Rivera: “A un francés, M. Lucien Briet, se debe lo mejor que se ha escrito sobre el Valle de Ordesa. Alpinista infatigable, sagaz observador, naturalista y geógrafo, excelente poeta y brillante escritor, Briet, amante de España y conocedor como nadie de sus naturales bellezas en el Pirineo, ha descrito con minuciosidad este Valle y ha cantado sus bellezas maravillosamente, como nadie podrá mejorar”. A estas se pueden unir –entre otras– las palabras de José Tello y Pardo: “...aparte de honrosas excepciones, fueron hasta hoy extranjeros en su mayoría los que han recorrido, estudiado y ensalzado este sin par rincón español. Mr. Luciano Briet ha sido hasta la fecha el que más ha laborado en este asunto. Sus memorias, plenas de erudición, con elegancia, nos hablan de la geología, fauna y flora, costumbres, clima; describe panoramas y rutas; obtiene curiosos datos y fotografías y divulga los encantos de este valle. La Diputación provincial de Huesca se honró a sí misma y honró a Mr. Briet, publicando un interesante volumen, en el que bajo el título de Bellezas del Alto Aragón traduce cuanto de estas montañas y otras próximas ha recopilado y publicado de sus viajes veraniegos el infatigable y culto Sr. Briet”. Pero aún continúa viaje, llegando a Boltaña, núcleo desde el que partirá a Lavelilla –“una mujer del pueblo me trae un soberbio y curioso fósil de la montaña de Navaín, estrella de mar o medusa, este fósil, bien conservado, parece un sol irradiando sus rayos. Hay en Lavelilla los restos de una antigua casa fortificada, y una iglesia cuyo ábside ofrece exteriormente pequeños arcos ornamentales muy antiguos”–. Continúa por los alrededores de Lacort, gargantas y “Cruzeta” de Yeba, Yeba, Ceresuela y, por Cuello Trito, Fanlo, desde donde regresará a través del barranco del río Jalle hasta Torla, pueblo en el que –antes de volver a Francia– asistirá a su fiesta y desde el que ascenderá por segunda vez –esta con éxito– a la punta de Diazas. El siguiente año, 1910, será el dedicado a descubrir la zona de Fanlo, “el Cañón de Añisclo y los valles del río Aso y del río Yesa”, teniendo que dejar para otra ocasión Monte Perdido y su hidrología “a causa de la extraordinaria nevosidad de la cresta fronteriza”. El viaje se desarrolló entre el 20 de agosto y el 12 de octubre, desviándose a la altura de Sarvisé en dirección a Fanlo a través del surco abierto por el río Jalle. Allí escudriñará diversas cuevas, el barranco de las Gloces, Buisán –“donde existe una antigua construcción, la casa de la Torre”–, el barranco de Pardina, el barranco de la Valle, Nerín, Sercué, Añisclo hasta el Plan de 32

Torla. Foto: L. Briet

la Ripareta, barranco de Viandico con sus cuevas de Aso y de Espluca Mayor, Vió, desfiladero de las Cambras con sus numerosas oquedades y curiosas formaciones, y Buerba. De Vió parte hacia Boltaña, pasando por “el puente del Yesa y la collada de Sampietro”, visitando de nuevo Lavelilla y Jánovas, intentando ascender a Navaín, y dirigiendo los pasos hacia Yeba por el barranco de las Gargantas, pasando por la sierra de la Solana y descubriendo los barrancos de Rupiatra y del Yesa –“una maravilla”–. Regreso por Ceresuela, Fanlo, Oto –“Comer en Oto en casa del rico propietario D. Jorge Puyuelo Torres”– y Torla, para desde allí volver a Gèdre y Charly por el puerto de Bujaruelo, eso sí, asegurando “que no hay otra cosa que nuevas rutas a descubrir en el Alto Aragón cuando se busca bien” y asegurando tener “por otra parte muy bellos cañones para mi próxima campaña”. Y la próxima campaña, la última aunque Briet aún no lo supiera, se desarrolló entre el 22 de agosto y el 30 de octubre de 1911. Una vez en Torla, vuelve a Ordesa por espacio de quince días, discurriendo sus pasos por el Cubilar de las Vacas, circo de Salarons, cuello de Gabiétou, ascensión al Pico Royo y al Taillón, circo de Cotatuero, Brecha de Roldán y Falsa Brecha, collado del Descargador, llanos de Millaris, circo de Soaso, Góriz, lapiaz de Marboré y subida a Monte Perdido. Vuelve a Torla y, pasando por Broto, se dirige a Fanlo y, después, a Vió por Cuello Trito, para así llegar a Gallisué –“El mal tiempo me inmoviliza (...) la nieve desciende más abajo del Plan de Tripals. Imposible ir a estar y trabajar en el Cilindro, el Soum de Ramond y la parte superior del Cañón de Añisclo”–. En Gallisué visita el desfiladero de las Cambras, así como la Fuente de Baños de Puyarruego y el puente las Latiallas, regresando a Fanlo por Vió. Al no mejorar el tiempo por Marboré, se dirige hacia el valle de Puértolas, desde donde encamina los pasos hacia el entorno de Peña Montañesa, hacia Escalona, Laspuña, la Fuen Santa, San Lorién, Torrelisa y Oncins hasta llegar a San Victorián –“antiguo monasterio de benedictinos, datando del tiempo de


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asiste a la feria, tras lo cual parte hacia Lavelilla –última “Tentativa de ascensión a Navaín. Soy obligado a detenerme a medio camino, en la Ereta del Coscollo, pues la lluvia se torna fuerte”–, y de allí a Torla por Puyuelo, la “Cruzeta” de Yeba, Yeba, Ceresuela, Cuello Trito y Fanlo, siendo necesario para llegar a Gèdre a su paso por el puerto de Bujaruelo, “abrir camino con la pala sobre cerca de 50 metros” –“El circo está blanco como en pleno invierno”–.

En la garganta de Escuaín. Pequeñas cascadas. 21 agosto 1903. Foto: L. Briet

los godos y que hoy en día está convertido en una granja”–, recorriendo todos sus alrededores –Fuente de San Victorián, Cueva del Hueso Santo, ermita de la Espelunca, cuevas del Forato y del Forcón, el Garonazo y la cueva de la Mula con su cercana ermita de San Jorge–. Son días de intensa lluvia, efecto por el cual el “río Cinca sube en una terrible crecida que se lleva los puentes de Laspuña y de Aínsa”, lo cual le obliga a dar un gran rodeo hasta el puente del Entremón para volver a Boltaña, pasando por Los Molinos, Arro, Gerbe, inmediaciones de Arasanz y Mediano. Ya en Boltaña

Pese a sus seguros intentos e intenciones de regresar al año siguiente, ya no volvió Lucien Briet por estas tierras altoaragonesas ni en 1912 ni en los años siguientes, esos que le quedaban hasta que murió diez después, en 1921. Y no volvió, sintiéndolo –con toda seguridad– en lo más profundo de su ser –como lo sentiría todo amante de la montaña y de estos rincones pirenaicos–, como consecuencia, probablemente, de la mencionada cláusula testamentaria y de esa salud cada vez más endeble, de esa enteritis cada día más agudizada que le imposibilitaba desplazarse con tranquilidad y con plenas fuerzas. Pero, seguro que en su retiro –en su casa– de Charly seguía llevando muy dentro de sí estas montañas, estos pueblos y estas gentes, todo ello rememorado a través de sus múltiples recuerdos materiales –fotografías, fósiles, manuscritos– y en su mente, en su memoria.

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Julio García Caparrós IES Élaios

A Alba, Elisa, Charlie, Álex y Johnny, que fueron mis cachorros de Psicología y hoy primeros farmacéuticos de la amistad. Este viaje comienza con una caída. No es raro que los viajes de iniciación comiencen de esta manera. Así lo hace por ejemplo el del judío fariseo llamado Saúl de Tarso y el de eso que todavía identificamos con el cristianismo. Sin embargo en este caso se trata de la caída de una bicicleta en la muy apacible ciudad de Basilea en el año 1943 y el viajero es Albert Hofmann, un químico que trabaja para los laboratorios farmacéuticos Sandoz. Tampoco es la voz de Dios quien inquiere sino la del viejo demonio escondido en el pan de los pobres. Me refiero al cornezuelo, ese hongo parasitario del centeno que proporciona agitados sueños en la mezcla de la harina, pero que también es un poderoso coagulante capaz de producir la muerte. En realidad lo que ha ingerido Hofmann, igual que si se hubiera tropezado con Mr. Sandman y le hubiera comido los ojos, es una síntesis: el ácido lisérgico a la dietilamida o LSD 25. Pocas veces un hallazgo químico habrá cambiado tanto la estética, los ideales o la educación sentimental de una época como lo hizo este. El recuerdo tiene que abrirse paso compasivamente entre los sueños que pronosticaba y los señuelos en los que tantos corrían el riesgo de quedarse atrapados. Mucho más tarde, durante los confusos sesenta, un hombrecillo pálido cena en el Club Marítimo de Almería en una mesa vecina a la de Rosa María 34

Caparrós y Jesús García Segura. Los pequeños sabíamos que estaba en la ciudad porque vimos aparcado su llamativo Rolls Royce blanco. Yo soy el hombre huevo y tú la morsa, Lucy está en el cielo con diamantes, etc. Dice que probó por primera vez la extraña pócima en casa de los Fonda o acaso en la de Doris Day, pero que es como morir un poco. En cierto modo John Lennon será uno de los protagonistas de esta historia. Caer hacia arriba. En esto consiste según Friedrich Hölderlin la gracia y la maldición del poeta como explorador. Devorado por la locura, aporrea un piano desafinado en la torre del carpintero Zimmer en Tubinga y ahora se hace llamar Scardanelli. Hacia arriba cae también Alicia en el relato de Lewis Carroll, mientras ensaya con el contenido de botellitas que dislocan la lógica y las proporciones. Y de pronto, con la mirada astillada por una pequeña lámpara de luz verde junto a los manoseados libros de Rimbaud, crece la danza hierática de un bolero y una muchacha de descarada belleza lanza su consigna: Feed your head, alimenta tu mente. Lo real está velado. El efímero orden de la representación y el mar bravío de la voluntad. Schopenhauer suena diferente porque ahora nos exige que le preguntemos a Alicia y que demos caza a un conejo blanco. Pero no hay rosa de los vientos que pueda guiarnos. Igual se atasca uno entre los fétidos sargazos de la calma que lo levanta el huracán de la conciencia ampliada.


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Demasiado rápido, demasiado rápido. Es preciso dar con el número áureo dentro de la caracola. En el laberinto de la memoria lleno de ecos te quaerens, Ariadna, tuoque incensus amore. La sustancia sintetizada un poco por casualidad en la casa Sandoz no tiene un origen desconocido. El cornezuelo o Claviceps purpurea lo puede encontrar, y en abundancia, cualquiera que atraviese un campo de centeno, aunque también se da en otros cereales como el trigo y la cebada. De alguna manera siempre se trató de un hongo con ambiguas propiedades. Por un lado causante de extrañas epidemias de gangrena y convulsiones entre los campesinos (nunca les han salido gratis a los pobres sus dulces sueños). Estamos hablando de la enfermedad llamada ergotismo, ignis sacer (fuego sagrado) o fuego de San Antonio, cuya última aparición masiva se dio en el sur de Rusia entre los años 1926 y 1927. Por otro lado con propiedades clínicas reconocidas desde finales del siglo XVI, en particular para adelantar el parto. Aunque se trata de una conjetura de imposible comprobación, Gordon Wasson, uno de los padres de la etnobotánica, afirma que la Claviceps forma parte esencial de los antiguos misterios eleusinos, en los que el mismo Platón fuera iniciado y que fueron suspendidos hacia el siglo IV de nuestra era. Esta hipótesis, recurriendo a datos independientes, la avala como muy verosímil el propio Hofmann1. Ya en 1918 es aislada por Stoll la ergotamina que se muestra como un interesante hemostático para detener las hemorragias en obstetricia. La década de mayor interés clínico en derivados del cornezuelo o ergot es la de los años treinta, puesto que se observa su utilidad contra procesos inflamatorios y migrañas. Hofmann trabajará sobre la síntesis del ácido lisérgico –obtenido a partir de la ergotamina– y es en 1938 cuando produce la sustancia vigésimo quinta en esa serie de derivados del ácido lisérgico, aunque por entonces sobre todo orientada a la búsqueda de un estimulante respiratorio. De hecho, no suscita ningún interés farmacéutico ni médico hasta que el 16 de abril de 1943, resulta contaminado –en principio a través de las mucosas– al reanudar la síntesis de la sustancia, lo que le proporciona un inesperado estado de inquietud y vivas alucinaciones visuales. Cuatro días después, y esta vez de modo consciente, se somete a sí mismo al primer acid test de la historia, ingiriendo una dosis controlada de tartrato de LSD 25. Es entonces cuando se produce uno de los paseos en bicicleta más célebres del siglo XX. En realidad el joven químico sólo quería volver a casa, pero durante doce horas estuvo perdido en otro mundo plagado de visiones y plenitud y gloria. También de terror, abrumadora tristeza o aprensiones.

1 WASSON, Gordon, HOFMANN, Albert y RUCK, Carl: El camino a Eleusis. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1993.

Dado el terrible efecto –de hecho Hofmann estaba seguro de haberse envenenado– fue una cantidad exagerada, nada menos que 0,25 miligramos de tartrato de ácido lisérgico disuelto en agua, puesto que en el mercado negro rara vez se llega a 0,01 miligramos de sustancia activa que ya aseguran una fuerte e imprevisible marejada psíquica. De hecho, el preparado comercial dispensado como medicamento para administración oral contenía 0’1 mg, y aunque con resultados siempre discutibles su uso estaba orientado como auxiliar en determinados procesos psicoterapéuticos, siempre bajo diagnóstico previo sobre la estructuración mental del paciente, y vetado para pacientes adolescentes debido a la recurrente inestabilidad psíquica en dichas edades. Por otro lado se aconsejaba siempre una ingesta controlada y bajo observación de personal cualificado para ello, dada la duración de la embriaguez (12 horas), con posibles episodios psicóticos agudos así como lagunas depresivas con posibles ideaciones autodestructivas. Sin embargo podía resultar muy útil a la hora de desprenderse de bloqueos de ansiedad durante la terapia2. En cualquier caso se había dado con la sustancia alucinógena, lo que la vieja farmacología llamaba phantastica, más poderosa conocida entonces y ahora, puesto que la eficacia del resto jamás resulta apreciable en microgramos. Había comenzado la era de lo que el filósofo y escritor Ernst Jünger, siempre con la palabra justa, bautizaría como la psiconáutica en sus celebrados Acercamientos3 y que ahora intento resumir como quien busca, según el poema de Catulo, a su Ariadna, puesto que “el 2 Todos estos datos farmacológicos en HOFMANN, Albert: LSD, My problem child. McGraw- Hill, 1981. 3 JÜNGER, Ernst: Acercamientos. Drogas y ebriedad. Tusquets, Barcelona, 2000.

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camino por el laberinto no conduce a verdades nuevas –lleva a lo sumo a parábolas nuevas. También los dioses son parábolas”4. Hasta entonces sólo contábamos con las confesiones de Quincey, centradas sobre todo en la lúgubre adicción al opio, con el prodigioso poema Kubla Khan de Coleridge y sus dos últimos versos que resumen el estado alterado de conciencia (“Pues sólo come miel de rocío/ y bebe leche del Paraíso”), así como con la protesta contra el tedio mediante el consumo de hachís en Baudelaire. Entre ese viejo mundo y este que se inaugura está Walter Benjamin, quien no sólo experimentaría con el cannabis en busca de la iluminación profana sino que, probablemente, acaba siendo atrapado por la morfina, sobre todo a partir de su estancia en Ibiza entre 1932 y 1933. Lo que caracteriza a la psiconáutica es, por extraño que parezca, el desprecio hacia las drogas como medio de alteración física. De ahí que, acaso con la excepción del novelista beat William Burroughs –quien a su espantosa adicción a los opiáceos une cierta búsqueda mística en torno al yage o la corteza de ayahuasca–5, los psiconautas estén por completo alejados de la experimentación con heroína o cocaína, así como del consumo de drogas de entretenimiento. El caso más claro es el del poeta y pintor Henri Michaux, quien explora la creación artística a través de alucinógenos, sobre todo con la mescalina, a pesar de considerarse hombre sin más vicios que los de un vaso de agua6.

4 JÜNGER, Ernst: La tijera. Tusquets, Barcelona, 1993, p.170. 5 Ver BURROUGHS, William S. y GINSBERG, Allen: Las cartas de la ayahuasca. Anagrama, Barcelona, 2006, GARCÍA CAPARRÓS, Julio: “Neal, Jack y yo”, en Laberintos nº 17. La piel metálica. Zaragoza, 2008. 6 Para el registro minucioso y desapasionado de su actividad visionaria ver MICHAUX, Henri: Conocimiento por los abismos. Sur, Buenos Aires, 1972.

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El mismo Hofmann, a pesar de su formación científica, comprende que no se encuentra ante una sustancia cualquiera sino que, de manera irremediable, cambia el destino de su vida. Es verdad, no obstante, que el sólido mobiliario mental del químico le permite aceptar sólo con reticencia el papel de profeta de la nueva conciencia que todos intentan hacerle jugar. Pero sin el descubrimiento de las propiedades del LSD 25 jamás habría salido del mero contexto laboral farmacéutico ni habría entablado amistad con intelectuales que, como Aldous Huxley o Jünger, admira profundamente. Tampoco habría conocido al peculiar matrimonio formado por Valentina Pavlovna y R. Gordon Wasson, quienes saltaron de las finanzas desde la vicepresidencia de JP Morgan en Nueva York y del lucrativo ejercicio de la pediatría al estudio del uso chamánico de los hongos primero en Rusia y luego en México, hasta el punto de que, junto a Schultes, pueden considerarse los padres de la etnobotánica. El primer contacto con los Wasson es a propósito del hallazgo del teonanacatl, un hongo mágico del que los colonizadores españoles (Bernardino de Sahagún, Diego Durán, Jacinto de la Serna) ya dan noticias, pero cuya pervivencia ritual era tan elusiva que se consideraba una invención de los cronistas. Los Wasson encontrarán los hongos en la Sierra Mazateca e incluso participarán en una célebre ingesta ritual con la curandera María Sabina. Es Hofmann quien sintetizará la psilocibina, un alucinógeno menos potente que el LSD, publicando sus resultados en 1958. La mayor sorpresa se la dará con el análisis de otra planta ritual, las semillas de ololiuhqui o “semillas de la Virgen”, pues aun cuando pertenecen a un orden botánico diverso al de los hongos su sustancia activa es muy parecida a la del LSD o a la de la psilocibina, si bien los efectos son menos duraderos y euforizantes. En septiembre de 1962 Wasson, Hofmann y sus dos esposas parten al país de los mazatecas en busca de otra planta ritual, las “hojas de la pastora” u “hojas de María la pastora”. Se trata de una especie de salvia, aunque Hofmann fracasará al intentar sintetizarla. Probablemente debido a su inestabilidad, puesto que el jugo en México era todavía activo. Algo parecido le ocurrirá a Burrouhgs con el jarabe de ayahuasca. Como si siempre fuese preciso un doble viaje (geográfico y espiritual) para llamar a las puertas de la percepción. Estas y otras sustancias alucinógenas de uso ritual son denominadas por los etnobotánicos como enteógenos, es decir, capaces de producir una experiencia de la divinidad dentro de nosotros. Sin embargo desde 1950 hasta más o menos mediados los setenta Hofmann tiene bastantes razones para entristecerse con el tumultuoso éxito social y con el abuso descontrolado de su primer descubrimiento. El LSD se pone de moda, con independencia del estricto uso médico previsto, y entre los más conspicuos y mentalmente achicharrados usuarios no sólo


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encontramos músicos de rock o valores emergentes en el cine sino estrellas tan establecidas como Cary Grant. En gran parte el culpable de esta desmesurada oleada de ácido es un personaje llamado Timothy Leary, con el que Hofmann tuvo una corta y ambivalente relación. Profesor de Psicología en Harvard hasta su expulsión de la institución académica, Leary es el perfecto retrato polaroid de los sesenta: seductor infatigable, terrorista de la mente, relaciones públicas, profeta, farsante, mártir de la causa psicodélica. Cualquiera de estos atributos le cuadra sin agotar por ello la riqueza de su identidad7. Como uno de aquellos antiguos vendedores ambulantes de lociones mágicas para el cabello, Leary está empeñado en que no haya americano influyente que no haya probado el LSD, y siempre rodeado de jóvenes bellos sabe atraer a escritores como Arthur Koestler o iniciar a los viejos beatnicks. La versión más populachera de dicha cruzada es la tarea del novelista Ken Kesey, quien recorre Estados Unidos en un autobús coloreado lleno de gente flipada. También allí veremos al alegre Leary, acompañado al volante por el duro Neal Cassady, el camarada de Kerouac, el Dean Moriarty de En el camino. Pero Leary es también la conexión con los jipis que, a veces, juega a la política. De hecho, la canción Come together de Lennon era en origen el himno para la campaña del primero como gobernador de California, aunque acosado por los federales por último debe salir corriendo. Y en esto consiste la mayor parte de su vida: una permanente huida. Salir de la universidad, de México, de la prisión de Vacaville, del socialismo argelino, en general del mundo. Su primer contacto con Hofmann no puede ser más significativo. A través de un requerimiento falsificado de la muy respetable Harvard, solicita a los laboratorios Sandoz una cantidad de LSD equivalente a más de un millón de dosis. Si podemos hacer las cosas a lo grande para qué seguir caminos pequeños. El desparrame llega hasta tal punto que la casa farmacéutica de Basilea decide suspender la producción del Delysid –nombre comercial de este preparado lisérgico– en 1965. A partir de entonces los viajeros hacia los confines del yo tendrán que recurrir al mercado negro o a unos laboratorios checoslovacos que recuperan la patente. Sea cual fuere nuestro juicio último sobre Leary, lo cierto es que su actividad supone un revulsivo y una interrogación que merece respuesta por parte de los psiconautas de mayor valía intelectual. En un extremo se encuentra Aldous Huxley, quien aporta a la cultura psicodélica las referencias literarias y estéticas centrales: Platón, William Blake, la filosofía oriental8. En realidad Huxley defiende una especie de comunitarismo universal basado en la más amplia 7 LEARY, Timothy: Flash Backs. Una autobiografía. Alpha Decay, Barcelona, 2004. 8 HUXLEY, Aldous: Las puertas de la percepción. Edhasa, Barcelona, 2009.

democratización del uso de drogas enteógenas. Incluso imagina, en uno de sus libros más hermosos, una especie de utopía centrada en el consumo de la medicina moksha (“liberación” en sánscrito), que sería el nombre en clave dado al LSD9. Si sólo fuésemos capaces de salir de la caverna sabríamos por ejemplo responder a la pregunta de por qué son preciosas las piedras preciosas10. Su convicción sobre las virtudes místicas del ácido es tal que a la hora de su muerte, enfermo de cáncer, decide realizar su último viaje con una respetable dosis. Por desgracia, y como se puede imaginar, no hay registro posterior de la experiencia. Ignoramos si fue un trip de beatífica serenidad o una pesadilla. En el extremo opuesto se halla Ernst Jünger, quien compartiría con Hofmann en varias ocasiones el consumo de ácido lisérgico y psilocibina. A pesar de ello, el estudio académico del pensamiento de Jünger tiende a pasar de puntillas, cuando no a silenciar por completo, este aspecto de su investigación vital11. Algo, por cierto, nada fácil, pues a su ensayo específico Acercamientos ya mencionado, hay que añadir una vigorosa impronta psicodélica en su narrativa. Es lo que encontramos en la epopeya negativa de Antonio Peri, el cazador de sueños, en la que hay incluso una discreta referencia al químico Hofmann12. En otros casos la experiencia visionaria es el núcleo mismo de la trama, como en la recepción del mago Schwarzenberg en una isla escandinava, donde se recogen algunas anécdotas de las exploraciones compartidas con su camarada químico13. En definitiva, nada del análisis filosófico de 9 HUXLEY, Aldous: La isla. Edhasa, Barcelona, 2009. 10 HUXLEY, Aldous: Moksha. Writings on Psychedelics and the Visionary Experience 1931-63. Penguin, Middlesex, 1977, p. 234. 11 Para ejemplo de dicha omisión ver MOLINUEVO, José Luis: La estética de lo originario en Jünger. Tecnos, Madrid, 1994. 12 JÜNGER, Ernst: Heliópolis. Seix Barral, Barcelona, 1981. 13 JÜNGER, Ernst: Visita a Godenholm. Alianza, Madrid, 1983.

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Jünger puede ser contextualizado del todo sin tener en cuenta esta advertencia suya: “Las necesidades son por una parte reales, por otra metafísicas; se refieren a la vida en este mundo y en el otro. No pueden separarse claramente, se tocan en los sueños, en la embriaguez, en el éxtasis; en las grandes promesas”14. Sin embargo, y de acuerdo con su particular anarquismo aristocrático, el camino visionario debe ser alejado de una generalización que sólo puede adulterarlo hasta convertirlo en otra nueva forma de opresión de masas. En una dirección no muy diferente, tanto en lo político como en lo conceptual, se halla el propio Williams Burroughs, quien no dejase de alertar sobre los peligros de una dictadura mundial en la que los individuos fuesen esclavizados a través de la droga. Se trata de la tenebrosa utopía de Interzona15, no menos que del “mundo feliz” de Huxley, sólo que el optimismo para el yonqui de Tánger está del todo excluido. Ahora bien, si esto es indiscutible con respecto a la cocaína y los derivados del opio, tampoco está tan claro que sea el peligro inminente con respecto al consumo de sustancias alucinógenas. En este caso, el verdadero riesgo es el de la banalización, pues nada resulta más tentador para el aplanamiento nihilista que el despojar a dichas 14 JÜNGER, Ernst: El problema de Aladino. Cátedra, Madrid, 1987. 15 BURROUGHS, William: Naked lunch. Grove Weidenfeld, New York, 1992.

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sustancias de todo contenido sagrado o metafísico. Lo que podría ser un camino de conocimiento, esa vecindad del sentido ontológico que se alcanza mimando o imitando la locura16, también puede convertirse en el último recurso de la estupidez y el caos. Ahora Eric Burdon canta, recobrado por un instante del oleaje de la memoria, A girl named Sandoz. Y esa chica de hechizado nombre nos promete cosas buenas, cosas dulces y extrañas, aunque la guitarra rabiosa parezca indicar lo contrario. Para nosotros era un tiempo gris y no faltaron las manos de pintura dadas en falso. Paso a paso uno recorre el laberinto que, en cierto modo, es el de sus errores y pecados de juventud, como si la conexión entre juventud, pecado y error no fuese un pleonasmo. Resulta que todo lo que ofrece la farmacia fantástica puede conseguirse, de modo más fiable y definitivo, a través de la meditación en soledad o en las escarpadas cimas de Eros. Pero esto se aprende luego y dicho aprendizaje se confunde con la única vida que merece ser vivida. No es Lucy la que nos espera en el cielo con diamantes sino la visión de Ariadna la evasiva. Esa que, todavía abrasados por su amor, en este mundo o en el otro, continuamos anhelando. 16 DELEUZE, Gilles: La lógica del sentido. Paidós, Barcelona, 1989.


Singladuras

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EN UN DESIERTO HELADO César Dieste Grañena 4º de ESO

Año 1914. Una mañana fría del 8 de agosto, en Inglaterra, comenzaba una de las aventuras más sorprendentes de las que se hayan tenido noticia. El Endurance, capitaneado por Shackleton, se iba a adentrar en las profundidades del continente helado, la Antártida, para no salir de allí. Pero sus hombres saldrían victoriosos allí donde el barco fracasaría, y lograron sobrevivir pasando en muchas ocasiones penurias que, gracias a la disciplina y compañerismo impuesto por Shackleton, lograrían superar para ver, una vez más, el mundo civilizado. Probablemente, el fracaso más glorioso de los que se tienen fecha.

este viaje. Él mismo no tenía dinero suficiente para realizar esta expedición, así que tuvo que ser financiado por otras personas, las más importantes, James Caird y Dudley Docker. También necesitó mucho tiempo para elegir a los hombres. Shackleton buscaba, a ser posible, hombres curtidos en el mar, con experiencia, pero asimismo con capacidad de autoimponerse una disciplina y que no causaran muchos problemas, es más, Shackleton prefería el bienestar y la buena manera de ser de sus hombres que la capacidad de estos, una decisión que seria, más tarde, realmente oportuna.

Cuando ese 8 de agosto de 1914 los 27 hombres que conformaban la expedición se embarcaron en el Endurance, ninguno sospechaba que su aventura se prolongaría tanto y de aquella manera. Estaban ya en la etapa final de la era de las exploraciones. El mundo entero prácticamente se había descubierto ya, y los únicos objetivos que quedaban eran el Polo Sur, al que había llegado Amundsen dos años antes, y algunas islas cercanas a este que no estaban completamente cartografiadas. Por lo tanto, se buscaba hacer hazañas que resultaran casi imposibles para la gente de la época. De ahí a que Shackleton deseara atravesar la Antártida, de un extremo a otro. Shackleton invirtió mucho tiempo para hacer realidad

El Endurance llegó en torno a noviembre a la isla de San Pedro, y a partir de allí comenzó la verdadera aventura. Tras comprobar la hospitalidad de los balleneros, se adentraron en la Antártida, pese a las recomendaciones de los balleneros de Stromness de esperar más. Y fue a partir de finales de enero cuando las cosas empezaron a ir mal. El hielo fue cercando poco a poco el Endurance hasta que el barco quedó atrapado el 20 de febrero. Un poco de miedo se instaló en los tripulantes del barco, que ya temían que como mínimo iban a pasar una buena temporada en el hielo. Shackleton, con su optimismo, dijo que no había nada que temer 39


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y que todo se resolvería en poco tiempo. Durante todo este tiempo, desde febrero hasta octubre, los tripulantes hicieron diversos trabajos para pasar el tiempo, como carreras de perros, sesiones con el gramófono, partidas de ajedrez y de cartas, etc., todo bajo la atenta mirada de Shackleton, que cuidaba para que hubiera siempre “buen rollito” entre sus hombres. Sin embargo, la tormenta se iba acercando. A partir de octubre, el Endurance comenzó a escorarse hacia el hielo, hasta que el 27 de octubre el barco finalmente se hundió. Solo habían llegado hasta el paralelo 77º. Los hombres recogieron todo lo que les podía ser útil y montaron el campamento Paciencia. Los marineros fueron los que más sufrieron la pérdida, Shackleton les prestaría especial atención a partir de este momento. Se sortearon sacos de piel para dormir, que mediante un subterfugio les tocaron a toda la tripulación salvo a los oficiales, que se quedaron con los de lana, y comenzaron la marcha hacia la isla Robertson. Imaginémonos la situación, 28 hombres perdidos en un desierto de hielo y frío, con solo desolación en kilómetros a la redonda, rodeados de una escasa fauna y con los restos que habían logrado rescatar del barco hundido, lo más importante, los tres botes salvavidas. Por no hablar de los más de cincuenta perros que Shackleton había llevado para la expedición para usarlos para desplazarse por la nieve, y unas provisiones rozando la escasez. Solo alguien muy optimista habría apostado con total certeza que saldrían vivos de allí. Y ese alguien era Shackleton. Shackleton ni mucho menos se había dado por rendido. Es más, se mostraba bastante más preocupado por el estado de ánimo de sus hombres. En especial, de los marineros. Estos habían perdido su barco y la aventura ya la podían considerar acabada. Shackleton tomó decisiones quizá un tanto ilógicas, que algunos reprochaban, para mantenerlos unidos y con vida. Era una estrategia de supervivencia entre la moral y la supervivencia de sus hombres. La marcha hacia la isla Robertson fue penosa. Los hombres se afanaban en transportar con mucho esfuerzo los botes y todo el campamento que habían montado. Uno de ellos, McNish, el carpintero, se hartó de esas condiciones y se negó a seguir continuando, incluso alegó que no tenía por qué obedecerle porque ya había abandonado el barco. Shackleton, con un poco de astucia, logró salvar la situación. Pero tras este incidente, la tensión en el ambiente era palpable. Tuvieron que parar la marcha por el hielo impracticable. Montaron un nuevo campamento, al que llamaron Paciencia, y se vieron obligados a comenzar a matar a los perros, pues consumían comida y ya no hacían falta. Poco después matarían a los restantes. Iban sobre el hielo a la deriva, hasta el día 8 de abril, cuando Shackleton dio la orden de botar los botes hacia Isla Elefante. El viaje fue muy duro. Aparte de las condiciones climáticas, habían navegado durante siete días a la deriva, con comida y abrigo inadecuados, y esto 40

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había pasado factura entre los hombres. Muchos estaban fuera de combate, tenían desorientación transitoria y uno de ellos, Blackborow, había sufrido congelaciones graves, y, a pesar de que habían logrado tocar tierra firme, pronto comprobarían que pocos lugares en el mundo podían ser tan poco hospitalarios y hostiles como Isla Elefante. La cabeza de Shackleton trabajaba a velocidad vertiginosa. Había llegado a Isla Elefante. Pero, lo más importante, lo había logrado sin ninguna baja y con todo el grupo unido. Sin embargo, no había tiempo para relajaciones. Sabía que la actividad sentaba al grupo bien. Ya se había visto la tensión que había habido cuando estaban sobre el hielo. Shackleton no quería que esa situación se volviera a repetir. Así que, cinco días después, anunció que con cinco hombres más trataría de llegar a la estación de Stromness, en la isla San Pedro, para tratar de tener contacto con la civilización (no olvidemos que allí estuvieron los tripulantes en la estación ballenera). La noticia suscitó una gran sorpresa y fue objeto de esperanza. Pero todos sabían que era una tarea muy difícil, por no decir imposible. El barco seleccionado fue el James Caird, y los seis hombres, incluyendo el propio Shackleton, fueron Vincent, McNish, McCarthy, Worsley y Crean. Los demás se quedaron en tierra, bajo el mando de Wild, a la espera del resultado de una incierta aventura. El James Caird fue botado el 23 de abril de 1916. El tiempo fue el que cabía esperar: mucho frío y constantes tormentas. Y el esfuerzo fue titánico. 1.200 kilómetros recorridos en 16 días. La orientación suponía un verdadero problema, las cartas de navegación no eran del todo exactas, solo tenían un sextante y se las tenían que apañar para dejar la carta de navegación intacta. Sin embargo, no era el mayor de los problemas. La escasez de alimentos y agua estuvo muy presente y al final fue crítica la escasez de agua. El agua penetraba constantemente en el barco, tratando de llevárselo e inundándolo. Se hacía todo lo posible para quitar este peso extra. Los sacos de dormir estaban en malas condiciones y para colmo estaban húmedos. Por no hablar de las incontables molestias físicas que padecían los hombres, causadas por las quemaduras en el uso de la cocina y el agua salada. Los hombres se turnaban en el timón, pero poco a poco el cansancio iba haciendo mella en ellos. Vincent quedaría fuera de combate a finales de abril. Los demás seguirían al borde del desfallecimiento. Más de una vez temieron por sus vidas, al enfrentarse a las olas gigantescas de estas latitudes. Y más de una vez desearon que aquel diabólico viaje acabara de una vez, sin importar su resultado. Pero lograron una hazaña heroica. Con una organización fija cada día y con un pequeño barco de madera, que increíblemente resistió el vendaval, 42

hicieron un viaje que más tarde un barco de vapor fue incapaz de realizar. Tras la llegada a la isla de San Pedro, Shackleton decidió partir hacia la estación ballenera de Stromness una semana después, con Crean y Worsley. En caso de fracaso, los restantes, al mando de McNish, debían intentar llegar allí. Los expedicionarios que se quedaron en isla Elefante no lo pasaron mejor. Con los dos botes salvavidas restantes hicieron unas casetas improvisadas, sin ninguna protección frente al frío que acechaba fuera. Además, a pesar de que tenían aún importantes reservas de alimentos, carecían casi de hidratos de carbono, algo que les pasaría factura a todos. Con instrumentos casi rudimentarios tuvieron que amputar los dedos de un pie del pobre Blackborow, para salvar su vida. Un hombre, Rickinson, sufrió un ataque cardíaco, pero logró salvar su vida. La salud del grupo empeoraba poco a poco, debido a las malas condiciones y a la dieta exclusivamente carnívora. Cada cierto tiempo tenian que limpiar sus “aposentos”, que se llenaban de todo tipo de grasas y de desperdicios. Los meses pasaban, se hacían comidas y actividades especiales para romper la monotonía, pero Shackleton no llegaba, y la esperanza se iba perdiendo poco a poco. Shackleton tuvo que pasar una última prueba, igual de dura que las anteriores, y fue la travesía de las grandes e inhóspitas montañas de la isla San Pedro. Shackleton hizo una travesía de tres días junto con sus dos compañeros, sin prácticamente dormir y descansando en un ambiente hostil hasta llegar a la estación ballenera. De hecho, si hubieran tardado algo más, no habrían llegado. Tras llegar aquí, hicieron todo lo


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posible para rescatar a sus otros compañeros. Los tres que se habían quedado atrás serían recogidos al día siguiente, pero los que se quedaron en Isla Elefante tendrían que esperar casi cuatro meses, debido en gran parte a la Primera Guerra Mundial y al mal tiempo del océano, que hacia que barcos mucho más capacitados que el pequeño James Caird dieran la vuelta por riesgo de zozobrar. El 30 de agosto eran recogidos por el barco Yelcho. La aventura acababa, y casi milagrosamente todo el mundo sobrevivió. El compañerismo que mostró la tripulación del Endurance fue en realidad la verdadera clave del éxito de la expedición. Al margen del potencial físico y de la disciplina, fue el verdadero motor de los hombres. Incluso miembros que no eran apreciados por los demás, como

Lees, se esforzaron al máximo por hacer lo mejor por sus compañeros. En circunstancias extremas, en las que el humor y el instinto de supervivencia pueden jugar malas pasadas en las personas, se dejaron atrás los individualismos y se trabajó como un verdadero grupo, como si de una única persona se tratase. Sin este compañerismo tan patente es seguro que la aventura habría sido mucho peor e incluso con peores resultados. Y es algo que ocurre en cualquier viaje. La aventura de Shackleton es un gran ejemplo de cómo un viaje puede ser igual o mejor si surgen imprevistos. Sufrieron, sí. Pero hicieron una aventura única, en la que no se habrían embarcado por propia voluntad, sabiendo lo que les iba a pasar, pero que seguramente lamentaban que hubiese acabado. Una aventura en la que no cumplimos nuestros objetivos no tiene por qué ser una aventura fracasada. Puede ser algo más. De hecho, la expedición de Shackleton es famosa por su fracaso y su heroica lucha por la supervivencia. Si hubiera tenido éxito, es seguro que no habría cosechado tanta fama y que una persona normal no habría tenido noticia de ella. Habría pasado como una expedición más. 43


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MALAS TIERRAS: EL MISTERIO DE LAS ROAD MOVIES Blanca Riera Begué • Andrés Martí Pellicer 1º de Bachillerato

¿Qué destino nos deparará este viaje? Es una de las preguntas que nos plantea una Road Movie. Para aquellos ajenos a este género cinematográfico, se trata de un tipo de película cuyo argumento se desarrolla a lo largo de un viaje en carretera. Las primeras Road Movies empiezan a aparecer tras la Segunda Guerra Mundial. Películas como It’s a Mad, Mad, Mad, Mad World (El mundo está loco, loco, loco…, 1963) son elaboradas por especialistas hollywoodienses para reflejar los valores americanos y así conectar con el pueblo, consolidando la unidad nacional en tiempos de posguerra. En cualquier caso, ¿es esta la primera Road Movie? Lo cierto es que existen otras películas que se podrían considerar de carretera, como The Wild One (Salvaje, 1953) de Marlon Brandon, pero sí, es la película que nos hace entrever que ha nacido un nuevo género. En la década de los sesenta, se consolida como género y produce las primeras películas de carretera de peso como Easy Rider (1969), evolucionando posteriormente hacia distintas fórmulas narrativas. Además de los factores anteriormente expuestos en relación con la aparición de las Road Movies, habría que citar el desarrollo de la industria automovilística, que dotó de ruedas a todos los viajeros. Esta es precisamente una de las claves esenciales de toda película de carretera: el vehículo. Esta posesión que empieza 44

a ser adquirida por toda la población se utiliza para simbolizar la libertad individual, el valor más ansiado por los estadounidenses. Todas las Road Movies giran en torno al mismo tema, la carretera, la cual debe considerarse como un personaje más, con un significado propio. Otra característica de una película de carretera es, sin duda alguna, el viaje. Este es el elemento clave, pues no es solo un puente entre dos lugares, sino que está cargado de simbología, ya que a través del viaje se reflexiona sobre el curso de la vida, la libertad, el destino, la búsqueda de la identidad, el regreso a la patria… El viaje es, además, una metáfora en sí, pues no se trata de un trayecto exterior, sino que es la búsqueda de la propia identidad. A través de esa travesía se desarrolla el argumento, en el cual uno o varios personajes hastiados de su realidad y en conflicto con el mundo deciden aventurarse al asfalto, en un viaje sin rumbo fijo, salvaje e impredecible. Sin embargo, supone la revelación de un misterio existencial pues, paradójicamente, este viaje de huida les permitirá llegar a conocerse a sí mismos, para después iniciar el rumbo de vuelta al hogar o asimilar una ruptura decisiva con sus orígenes. Es decir, la película relata el viaje iniciático de los personajes, en el que lo que importa no es el destino, sino


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la propia experiencia de recorrer el camino, durante el cual van encontrándose con situaciones hostiles y adversas que harán que su personalidad cambie, o con personajes que les influirán en ese viaje interior. En cualquier caso, es esa idea de ruptura lo que quiere transmitir una Road Movie, pues toda película de carretera desarrolla, en mayor o menor medida, la crítica cultural y la desfamiliarización. Por el hecho de ser esencialmente películas americanas, manifiestan ese inconformismo social contra los convencionalismos en cuanto a lo cultural, las falsas creencias y la imposibilidad de cumplir tus ambiciones tal y como vende el gran Sueño Americano. Los personajes rompen todo lazo social, ya no tienen nada que perder, y apaciguan esa insatisfacción con el sentimiento natural del viaje salvaje, sin ataduras, guiado únicamente por la carretera. Incluso en las mejores películas de este género se puede considerar que la crisis de identidad de los personajes refleja la crisis de la cultura propiamente dicha, fruto de la transformación nacional tras la guerra. Llegados a este punto, podemos puntualizar que las Road Movies pueden ser consideradas un elemento puramente americano, pues se desarrollan esencialmente en el continente y reflejan además su propia sociedad, cultura e historia. Por eso, al mencionar Road Movie, siempre nos viene a la mente la típica escena de un motero con su Harley-Davidson atravesando una solitaria carretera perdida en medio del desierto de Texas, el viento levantando polvo y arrastrando capitanas, al mismo tiempo que el sofocante sol crea espejismos sobre el asfalto.

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No olvidemos que dichas películas nacen en Estados Unidos, el país de los freeways –carriles de ida y vuelta– y de la famosa Route 66. Aunque esta inspiración viene acompañada de otras influencias anteriores. Principalmente, se considera un posible antecesor la novela clásica de Jack Kerouac, On the Road, escrita en 1951. Se trata de una obra innovadora pues se publica en hojas de papel pegadas entre sí, de manera que el flujo narrativo no se detiene al cambiar de página. Guarda entonces una estrecha similitud con el ámbito cinematográfico, pues el hilo argumentativo, el viaje, no puede detenerse: la vida no tiene pausa. Puede parecernos que las Road Movies son un género novedoso, sin embargo el viaje es uno de los temas universales de la literatura; baste recordar el Quijote, que describe las aventuras de Alonso Quijano a lo largo de un viaje, o en la Antigua Grecia, la Odisea homérica que relata el viaje de vuelta a casa de Ulises tras luchar en la guerra de Troya y que integra los elementos característicos ya mencionados anteriormente. E incluso como curiosa anécdota podemos destacar que algunos, como el director alemán Wim Wenders, consideran que el origen está aún más atrás en la historia, en nuestras raíces nómadas. Si aceptamos esta visión, las pinturas en las cuevas de Lascaux y Altamira son los primeros relatos auténticos de la vida en movimiento. Las primeras “narraciones de ruta”, por así decirlo. Algunos críticos no consideran que las Road Movies puedan ser calificadas como un género propiamente dicho. De hecho, cuenta con menos de cien películas auténticamente representativas. Por el contrario,

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como hemos ido observando, han experimentado una evolución y una serie de cambios de forma que han ido adquiriendo unos rasgos propios que las han consolidado como género, al igual que lo pueden ser el drama o la comedia. Es innegable que las Road Movies suponen una ruptura, como comentábamos, con el cine habitual. Se trata de una innovación tanto a nivel técnico como temático. A nivel técnico, encontramos nuevos métodos de rodaje que se adaptan a las necesidades de movimiento, como el uso de la cámara y el trávelin para el rodaje de escenas de carretera. Otro aspecto clave de esta forma narrativa es su carácter impredecible. Se van añadiendo nuevos elementos, muchas veces imprevistos, durante la grabación; si llueve, incorporas la lluvia; si nieva, la nieve, de forma que la improvisación se vuelve necesaria y dota a la película de naturalidad. El último de los ingredientes significativos en toda Road Movie es la banda sonora. En una película de carretera son imprescindibles los momentos de viaje, conocidos como espacios muertos, en los que no hay ninguna acción dramática ni avanza la historia. Se trata de escenas destinadas únicamente a la contemplación del paisaje, donde la banda sonora, minuciosamente escogida, juega su importante papel en el montaje, para hacer el camino más llevadero. En el caso de Easy Rider, por ejemplo, la banda sonora cuenta con temas de Byrds, Steppenwolf, The Band y Jimi Hendrix, que cedieron los derechos de las canciones (caso único e inaudito en la historia del rock) que ayudaron a crear el tono libertario del filme. Otras películas muy conocidas dentro de este género son el clásico de Thelma y Louise, Bonnie & Clyde, La Strada, La diligencia, Paris Texas, etc. entre muchas otras. Pero nosotros vamos a centrarnos en el análisis de una en especial, aunque menos conocida, como es Malas tierras.

Malas tierras (1973), Badlands en inglés, fue escrita, producida y dirigida por el director estadounidense Terrence Malick, conocido por otras películas como La delgada línea roja (1998) o El árbol de la vida (2011). Este impactante thriller, aunque ficticio, está inspirado en un aterrador hecho real acontecido en 1958, la perturbadora historia de Charles Starkweather y su novia, Caril Ann Fugate. Esta pareja, a la temprana edad de 16 años, cometió once asesinatos durante los dos meses que duró su huida hasta que fueron capturados el 29 de enero de 1958. Caril es la mujer más joven en la historia de Estados Unidos que fue juzgada por asesinato en primer grado. Malas tierras, basada en la historia de estos peculiares adolescentes, se ambienta en Dakota del Sur en la América de mediados del siglo XX. El filme comienza con la voz en off de Holly, voz que nos irá narrando todo el argumento desde su perspectiva, y aportando sus pensamientos, deseos y preocupaciones. Holly (Sissy Spacek) es una adolescente de 15 años, tímida e inocente, que vive sola con su padre, ya que su madre murió por una neumonía cuando ella era pequeña. Desde entonces, la dulce niña se ve sobreprotegida por la figura de su padre, hasta que un día conoce a Kit (Martin Sheen), un simple chico de 25 años que trabaja como recogedor de basura, tan solo un escaño por encima de la pobreza. Desde el primer momento hay una conexión erótica clara, y con un simple paseo comienzan un complejo y aterrador viaje que cambiará por completo el rumbo de sus vidas. Kit y Holly son una pareja muy peculiar, casi marciana. Pasean por el pueblo hablando de banalidades

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y cosas sin sentido, ajenos al mundo que los rodea, pero juntos son felices. Sin embargo, cuando Kit conoce al padre de Holly, este no lo acepta y se interpone entre la relación de ambos, por lo que Kit, en un arrebato de locura, lo mata a quemarropa, como si de un juego se tratase. Malick hace un despliegue maestro de sus herramientas más creativas en esta secuencia, pues consigue una composición exquisita con la luz exterior natural y el gran sentido que adquiere dicha atmósfera: a una tarde radiante se opone la violencia y el dolor de la muerte y la ignorancia. La escena es seca y brutal. En un solo corte percibimos el paso del tiempo, pues de una luz amarilla (el sol en su cenit o descendiendo de él) pasamos a una luz anaranjada (el sol en su ocaso) sobre el cadáver del padre. Y con otro corte obtenemos una luz azulada y fría que indica la llegada del anochecer. Malick piensa siempre en términos de luz y de elementos naturales. Para finalizar el crimen perfecto, Kit incendia la casa con gasolina: la luz del fuego y la locura se opone a la oscuridad de la noche. El personaje de Martin Sheen es un chico perturbado y excéntrico, incluso en ocasiones con complejo de inferioridad. Por ello aparece disfrazado de James Dean, como si en su interior ansiase un poco de reconocimiento; aunque ese peinado, sombrero y botas le diesen un aire ridículo. En realidad, Charles Starkweather se sentía identificado con el protagonista de Rebelde sin causa, por lo que adoptó su estilo. Y así lo refleja Malick en su película. Por otra parte, Holly no queda exenta de culpa, pues aunque ella no quería la muerte de su padre, lo único que hace es darle una bofetada, pero enseguida corre al lado de su amado. Tal y como ella misma confiesa: “si él dice rana, yo salto”. Encontramos, entonces, un personaje con falta de perspectiva moral y sin personalidad aparente cuyo destino es descubrirse a sí misma. Tras el primero de muchos delitos, fruto de ese amor ciego y enfermizo, juntos emprenden un viaje de huida, siendo su primera parada el bosque. Allí se refugian e intentan llevar una vida al margen de la

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sociedad. Parece un ensayo de la vuelta al estado natural para encontrar la felicidad, tal y como proponía Rousseau. Es aquí cuando Malick, quien parece compartir esa disposición natural por la vida en los bosques, inicia su observación de la naturaleza salvaje de los personajes, tiñendo las escenas con una música muy juguetona que nos acompaña en la contemplación del paisaje. Este bosque pacífico es el paraíso terrenal que los hombres tienen al alcance de su mano, que puede atraparse con facilidad, pero que es echado a perder, abandonado, por la debilidad y el miedo. En el caso de nuestros personajes, este locus amoenus no perdurará mucho, pues enseguida tres hombres armados, y no precisamente hombres de la ley sino cazarrecompensas, vendrán a por ellos. Kit avisa a Holly de que los están rodeando imitando a un animal, del mismo modo que se comunicaban los nativos americanos, quienes estaban en perfecta sintonía con su entorno natural, al igual que nuestros protagonistas. La escena es breve, brutal y magnífica. Kit, con su habitual habilidad, vence, casi sin esfuerzo, a estos tres vaqueros que representan la América violenta y turbia, la de las armas y las recompensas. Kit, en ese sentido, también aparece como una mezcla de las posturas más románticas pero también de las más violentas de ese país: personifica la rebeldía y el ideal de libertad, pero también la falta de escrúpulos ante las armas y la ignorancia de cómo funciona el mundo. Una vez quebrado el paraíso natural, los enamorados se ven obligados a retomar su huida, y ponen rumbo a la apartada casa de Cato, probablemente la única amistad de Kit. De cualquier modo, Cato lo traiciona al intentar avisar a la policía y así obtener la recompensa (reflejo del característico individualismo de la sociedad americana, por lo que acaba siendo otra de las víctimas de la lista del asesino. Es entonces cuando Holly confiesa que se siente horrorizada ante la personalidad de Kit, a quien ella califica como “la persona más aficionada a apretar el gatillo”, y aunque acostumbrada a tantos disparos, su comprensión también tiene un límite. Agotada de tanta muerte sin sentido, nace en ella la sensatez, por lo que a partir de aquí el amor entre Holly y Kit empieza a deteriorarse; se convierten en un matrimonio de viejos. Ella ya no presta atención a las bobadas de Kit, y cuando llegan a la mansión de un rico para refugiarse, hay un diálogo en el que el espectador llega a apreciar que la pareja no tardará en romper. Curiosamente, el ricachón es la única persona que se cruza en su camino y no acaba muerto. 47


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Poco a poco, la pareja va quedándose sin fuerzas, y sin saber a dónde ir. Indecisos al dejar la mansión, deciden dirigirse a Montana, pero acaban bajando hacia Badlands, cerca de Cheyenne, donde Kit observa un rayo a lo lejos y se crea un silencio y un vacío que dejan vislumbrar la llegada del final. Llama la atención el efecto que causan las atrocidades de la pareja. Hay agentes por las calles, los niños son escoltados hasta el colegio por adultos y las calles permanecen desiertas. Malick realiza en esta secuencia con fragmentos en sepia una genial hipérbole al comparar a la pareja de asesinos con “el enemigo” y hacer decir a Holly en un momento determinado: “parecía que nos habían invadido los rusos”. Al final, un helicóptero llega en su búsqueda, y Holly, cansada del largo viaje, no puede seguir adelante junto a Kit, por lo que este la abandona. A continuación tiene lugar una brutal persecución en la que el fugitivo consigue eludir a la policía durante un buen trecho, incluso consigue matar a un agente, pero su suerte lo abandona y acaban cazándolo. En el siguiente fragmento, que tiene lugar en el aeropuerto, la policía lleva a Kit encadenado como si fuese un perro. Sin embargo, nuestro protagonista se comporta como si fuera una aclamada estrella de cine, como si la vida aún le deparara grandes y gloriosos momentos. Pero la justicia es despiadada. Le espera la silla eléctrica. Con esta secuencia se completa el largo viaje, no solo el de huida, sino también el viaje interior de 48

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nuestros personajes. Holly, al principio, es una joven sin personalidad, muy influenciable, que se siente atraída por Kit, ya que con él podrá vivir las aventuras que siempre había soñado. Sin embargo, su “yo” final es completamente distinto, el viaje la hace evolucionar como persona, y termina aborreciendo a Kit. Este, por el contrario, confiesa, al final de la película, que siempre había querido ser un asesino, pero no tan reconocido. Así que bajo la apariencia de un simple basurero siempre había habido una bomba de relojería que estalló con el amor enfermizo que sentía por Holly. La película termina con una escena en avión en la que trasladan a los prisioneros. Holly lo mira con una mezcla de compasión e ira, por haberla arrastrado a esa huida a ninguna parte plagada de cadáveres. Extrañamente, Kit parece sentirse en paz. Los únicos planos son aéreos, irónico reflejo de una pareja que está en las nubes. Acabamos pues nuestro análisis de Malas tierras, donde hemos visto reflejados los rasgos propios de las Road Movies, un género que recoge la esencia de la necesidad humana por el viaje, un deseo que nos ha impulsado a lo largo de toda nuestra historia y nos ha llevado a nuevas tierras, a lugares desconocidos. Y en el camino hemos vivido experiencias que nos han permitido no solo acercarnos el mundo, sino también conocernos a nosotros mismos. Mas, como dice Kavafis en su poema: “No hagas con prisas tu camino; mejor será que dure muchos años, y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla, rico de cuanto habrás ganado en el camino”.


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DESCARTES EXTRAÑO EN SU PATRIA Sandra Milán Navarro 3º de ESO

Habitualmente, cuando una piensa en un filósofo se imagina a un caballero solitario que apenas sale de su gabinete, siempre rodeado de libros y sentado a la mesa junto a los papeles y la pluma. Veremos que a veces no ha resultado así. Descartes es una de las figuras representativas de la filosofía. Fue un gran pensador y matemático, destacando en casi todas las áreas de la cultura. Este gran hombre es recordado por muchos por sus teoremas matemáticos y por sus ideas filosóficas. Nace René Descartes el 31 de marzo de 1596 en La Haye, Francia, en el seno de una familia acomodada. Hijo de Joachim Descartes y Jeanne Brochard, es educado por su abuela materna y por una nodriza y vive en Francia durante toda su niñez hasta 1606, año en que ingresa en el colegio La Flèche de los jesuitas. En 1614 abandona sus estudios con los jesuitas y en 1616 obtiene la licenciatura en Derecho por la Universidad de Poitiers. Cabe destacar que Descartes también quería licenciarse en medicina, cosa que no consiguió. A los veintidós años viaja a los Países Bajos para observar los preparativos de la guerra de los Treinta Años, de la cual formará parte bajo el mando de Mauricio de Nassau. En su estancia en Holanda conoce a Isaac Beeckman, un joven al que también le fascina todo lo relacionado con la física, la música y las matemáticas. Establecen una amistad muy estrecha durante el tiempo que están juntos, incluso Descartes le escribió un par de ensayos de física a Isaac. El año 1619 marca la vida de este increíble hombre para siempre. Se enrola en las filas del duque Maximiliano de Baviera, donde pasa el invierno de ese año acuartelado y habitando en una cabaña. Una noche, tiene tres

sueños sucesivos que él interpreta como una señal divina, por lo que decide abandonar su vida militar y consagrarse a la física, las matemáticas y a la ciencia en general. Parte hacia Dinamarca donde pasa un breve periodo de tiempo, para volver a mudarse, pero esta vez a Alemania, donde asistirá a la coronación de Fernando en Fráncfort. En 1622 regresa durante poco tiempo a Francia, donde vende varios objetos personales y consigue una independencia económica. Aquí conoció a Marin Marsenne, un hombre muy influyente en el campo de la ciencia en ese momento. Enseguida surgió una amistad entre estas dos personas tan parecidas que determinará el futuro de Descartes, ya que este individuo le presentará a sus amistades, todos personajes poderosos de la época que quedan fascinados al conocerlo. En 1623 decide viajar a Italia, para, según una carta que le envió a su padre y su hermano antes de partir, adquirir experiencia del mundo, formar mejores hábitos y ser más capaz. Descartes sigue el mismo itinerario que Montaigne una década atrás. Fue a Venecia pasando por la Valtelina, un dato muy curioso, ya que durante esta época la Valtelina era el centro de múltiples discusiones políticas entre Francia y otros países como Austria y su aliada España. ¿Por qué Descartes decide coger ese camino en vez de una ruta alternativa más segura? He ahí la cuestión. Existe una disputa sobre este tema, pues se piensa que Descartes era un espía al servicio de Francia, de ahí sus numerosos viajes. ¿Era o no un espía? ¿Su paso por sitios como la Valtelina era fortuito o estaba allí por un motivo? Estas preguntas y otras varias que nos surgen al leer la vida de este filósofo francés dan forma a la teoría de si en realidad se había retirado 49


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de la vida militar o simplemente había adquirido otro trabajo, actuando como espía para Francia. Dejando esta hipótesis de lado, Descartes viajó a Venecia y de allí peregrinó hasta Loreto, debido a la promesa que hizo por sus visiones del 10 de noviembre de 1619. Después de Loreto fue a Florencia, donde pasó un breve periodo. Al terminar su visita de dos años por las tierras de Italia volvió a Francia. En 1625 Descartes hizo algo sorprendente: buscó trabajo como teniente general de Châtellerault, un puesto oficial que indicaría, si la trama de espionaje que se extiende alrededor de su nombre fuera cierta, que dejó los servicios de inteligencia al quedar fijada una residencia. Esto no fue posible ya que le denegaron su petición; ofreciéndole, sin embargo, que empezara en un escalafón militar más bajo, a lo cual él se negó y continuó con su viaje. Se estableció hasta 1628 en París, que pasaba por una época de esplendor intelectual, llamada la “época libertina”. Había por estos años una libertad intelectual increíble, idónea para científicos y filósofos como Descartes que querían desarrollar la ciencia. Esta época de esplendor científico sufrió una crisis en 1619 con la ejecución de Vanini, por un supuesto ateísmo, aunque también se especulaba que fuese por motivos relacionados con su homosexualidad. Durante el año 1625 Descartes se encargó de impresionar a un grupo de amistades muy selectas de Marin Marsenne, que quedaron asombrados de la magnífica capacidad de este hombre en casi todas las áreas de la ciencia. Esto le hizo entrar en un círculo muy exclusivo de grandes mentes de la época. En este año descubrió la ley de la refracción de la luz y la planteó de manera matemática, ya que esta ley ya había sido enunciada tiempo atrás por Snell. La publicó junto a su célebre obra Discurso del método en 1637. Este escrito recoge unas reglas básicas para llevar a cabo experimentos y tesis científicas paso a paso y siguiendo un esquema lógico para llegar a la verdad. Lo escribió a partir de las visiones que tuvo el invierno que marcó sus pasos en la vida y forma parte del libro Reglas para la dirección del espíritu. Dejando su país natal para siempre, Descartes se muda a Holanda hasta casi el final de sus días, porque un año antes de su muerte se muda a Estocolmo donde fallecerá el 11 de febrero de 1650. Esta época de su vida es muy fructífera, termina varias obras y escribe otras tantas. Un dato destacable es que no deja en ningún momento de cambiar de domicilio. ¿Qué motivos impulsan a Descartes a hacer tal cosa? ¿Por qué no se queda en un sitio para pasar el resto de sus días? Estas preguntas, mezcladas con la trama de espionaje que envuelve a su persona, nos hacen dudar de si es solo una suposición o una realidad que trabajó como espía durante toda su vida, no solo teniendo como objetivo consagrarse a la ciencia sino también a su país o, cuando menos, a la Compañía de Jesús. 50

Personalmente, me gustaría saber la verdad. Puede ser que simplemente la vida de este singular personaje esté llena de coincidencias que puedan hacernos dudar de su “inocencia” respecto a este tema, pero si seguimos un razonamiento lógico, mirando que estuvo en el ejército, proviene de una familia de la baja nobleza, viajó tanto y a lugares tan importantes políticamente en la época y se relacionó con la gente que se encontraba en la cumbre de la sociedad y de la ciencia, podríamos deducir que a Descartes no solo lo impulsaba en la vida el ansia de conocimiento, sino también un deber con su patria. Además, sus múltiples cambios de residencia cuando vivía en Holanda nos indican que podría estar huyendo de alguien, queriendo eliminar su pista. Dejando a un lado esta incógnita, es indudable que Descartes es un personaje clave en la historia, que hizo grandes aportaciones a la ciencia en campos como las matemáticas o la óptica además de en la filosofía, siendo una figura imprescindible con su tan aclamado Discurso del método. En cualquier caso él dejó escrito que quien “emplea demasiado tiempo en viajar acaba por tornarse extranjero en su propio país”. Tal vez por ello Descartes no es de ninguna parte y al mismo tiempo es universal. Bibliografía: GRAYLING, Anthony Clifford: Descartes. La vida de René Descartes y su lugar en su época. Pre-Textos, Valencia, 2007. GÓMEZ PIN, Víctor: Descartes. La exigencia filosófica. Akal, Madrid, 1996. DESCARTES: Discurso del método. Alianza, Madrid, 1982.


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emo ria del futuro

gracia y desgracia de antonio machado en

1912

Eva Jaurrieta Ayerdi IES Élaios

Desde luego, creo que 1912 fue un año que don Antonio nunca olvidaría: en él vio publicado el primer volumen de su segundo libro de poesías, Campos de Castilla, lo que supuso su consagración como poeta; y en él también tuvo la desgracia de ver morir a su joven y amada esposa Leonor, hecho que de alguna manera le obligó a pedir el traslado administrativo: ya no quería vivir en Soria. Esto es lo que quiero recordar en estas páginas: no voy a descubrir el mundo machadiano, se ha escrito mucho y muy bien sobre él y su poesía, lo que quiero contar es mi memoria de él, memoria que recuenta recuerdos. Lo que sabemos gracias a las autoridades. Mi homenaje particular a los verdaderos “pozos de ciencia” que nos han enseñado. Claro está que entre mis recuerdos me encuentro con lecturas que he hecho de Campos de Castilla y, por supuesto, sobre la obra misma. Nació como un libro de 18 poemas y vio la luz en mayo de 1912: lo ha encabezado siempre el “Retrato”: Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, Y un huerto claro donde madura el limonero; y en aquella primera edición le seguían una serie de versos de su vivencia castellana, la mayoría, en

los que adopta un nuevo tono descriptivo y civil, castizo y preocupado, que significaba el abandono de aquella total subjetividad anterior y la búsqueda de objetividad lírica en todo el volumen, aves de altura, hollando las hierbas montaraces de fuerte olor —romero, tomillo, salvia, espliego—. Sobre los agrios campos caía un sol de fuego. pero sobre todo quiere el poeta plasmar una imagen crítica del campo castellano, y un ejemplo lo encontramos en “Por tierras de España”; aquí sus primeros versos: El hombre de estos campos que incendia los pinares y su despojo aguarda como botín de guerra, antaño hubo raído los negros encinares, talado los robustos robledos de la sierra. Estremecedores me han parecido desde que los leí por primera vez, “Un loco”, “Un criminal” y en especial los 16 que llevan como título “El hospicio”; personalmente me sorprendió en mis primeras lecturas, cuando todavía pensaba que la poesía solo describía cosas bonitas: … el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas… Mientras el sol de enero su débil luz envía, … a un ventanuco asoman, al declinar el día, algunos rostros pálidos, atónitos, enfermos. 51


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emo ria del futuro

Por supuesto, aparece el Duero y su curva de ballesta, y en sus márgenes los álamos de amor, que encandilan a cualquiera que se acerque a su lectura, incluso al más prosaico lector. Y, cómo no, el famoso “olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido”. Me atrevería a decir que es verdad verdadera que uno se acerca a estos versos y siente la necesidad, de tiempo en tiempo, de volver sobre ellos. Por otro lado, gusta el poeta también de promover una renovación poética de formas y temas, como en “La tierra de Alvargonzález” en el que cuenta la leyenda de un parricidio; el poema es impresionante, pero no es el camino lírico que iba a seguir Machado. Los años siguientes constituyen su etapa de inquietud política e intelectual y sus huellas marcaron la excesiva y poco coherente ampliación del volumen, que hoy recordamos, en las Poesías completas. Mi mixtificación de Campos de Castilla No me da vergüenza ni apuro reconocer que mi interés juvenil por esta obra de Machado estaba lleno de topicazos que sigo utilizando en clase, sobre todo por si algún pardillo afortunado se aventura a leerlo y sorpresivamente se encuentra con una verdadera poesía humana: muy poco de “los más bellos poemas de amor que nadie jamás ha escrito”, según lo que significa esta frase en el imaginario adolescente; y mucho de la condición humana, de los vicios y las virtudes del hombre que se aferran, todos, al paisaje. El primer recuerdo sobre Machado que conservo data de mi etapa de la vieja E.G.B: “Vosotras las familiares/inevitables golosas/ vosotras moscas vulgares/ me evocáis todas las cosas”; no es de Campos de Castilla, pero la escribió en Soria, casi al llegar. Tuve la fortuna de que mi profesora, Pili Olleta, nos pusiera durante toda una sesión de tarde el famoso disco de Serrat en el que musicaliza algunos de los poemas de Machado; creo recordar que era una tarde de primavera, porque de deberes tuvimos que escribir un poema inspirado en aquella larga audición y cuando lo estaba haciendo, la luz de la tarde que entraba por la ventana de mi habitación era intensa. ¡Primavera soriana, primavera humilde, como el sueño de un bendito, de un pobre caminante que durmiera de cansancio en un páramo infinito! (el conocimiento de estos versos vino después, claro) Mi segundo encuentro fue mucho “más profesional”: explicación de un profesor de Filosofía metido a dar Literatura Española en el antiguo C.O.U (es lo que tiene estudiar con las monjas): a-bu-rri-mien-to. 52

Pero yo seguía conservando el grato recuerdo preadolescente: aquí tiene que haber algo más bonito que esto. Así que decidí que iba a ser yo quien explicara a Machado, y aquí me tenéis. ¡JA! Fue precisamente en esta época cuando conocí la historia de Leonor: el rápido noviazgo, la comentada boda (los sorianos estaban un poco escandalizados por la diferencia de edad entre los novios), la tuberculosis, el viaje a París, la vuelta pagada por Rubén Darío (no estaban que lo tiraban, los Machado), los esmerados cuidados de su esposo, la prematura muerte: Mi niña quedó tranquila, dolido mi corazón. ¡Ay, lo que la muerte ha roto era un hilo entre los dos! Leonor falleció el 1 de agosto, Antonio acababa de recibir, unos días antes, los ejemplares de su obra. Las felicitaciones se mezclaron con las condolencias. ¡Cómo es la vida! La leyenda urbana Y por fin llegué a Soria. Y visité la tumba de Leonor en el Alto Espino. ¿Qué hago? ¿Rezar una oración? ¿Leer un poema de Antonio? Quizás a él le hubiera abrumado, era muy tímido. Y le hice una burda foto, con mi cámara cutre. Pobre Leonor, tantas expectativas que tenía yo para cuando visitara su tumba… Sobre todo porque mi amiga Trini Esparza me había contado varios años antes una leyenda urbana que yo, en toda mi ingenuidad, creí a pies juntillas: Antonio y Leonor protagonizaron una hermosa historia de amor: él, trenteno, llegó a Soria para dar clases de francés en el instituto; se alojó en una pensión regentada por los padres de ella, quinceañera; y en seguida se enamoraron. La pena es que ella pronto enfermó y a los tres años de casarse, falleció. Sobre su tumba, en el Espino, cada mañana aparece una rosa roja, fresca, que nadie sabe quién coloca.


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Las competencias básicas: algunas consideraciones Javier Melús Serón IES Élaios En la Orden de 9 de mayo de 2007, del Departamento de Educación, Cultura y Deporte por la que se aprueba el currículo de la Educación secundaria obligatoria, se señalan (artículo 5) como elementos del currículo los objetivos, las competencias básicas, los contenidos, los métodos pedagógicos y los criterios de evaluación. En ese mismo artículo se indica que el currículo “se organizará en materias, a través de las cuales los alumnos adquieran las competencias básicas y alcancen de una manera integrada los objetivos educativos de la etapa.” La presencia de las competencias básicas en dicha Orden no hace sino continuar lo señalado en la Ley Orgánica 2/2006 de Educación (artículo 6). Y lo hace de un modo abrumador: en cuarenta y dos ocasiones aparece el concepto “competencias básicas” en la Orden que, además, incluye un Anexo I con el mismo epígrafe. Y en el Anexo II ese mismo concepto se repite en sesenta y tres ocasiones, contando cada materia con un apartado específico de “Contribución de la materia a la adquisición de las competencias básicas”. Las cifras se verían aumentadas si añadimos las veces que se hace referencia a “competencias” sin la adjetivación. Por todo lo anterior se puede tener la clara impresión de que las competencias básicas son un asunto que, introducido como novedad en dicha legislación, debe ser tenido en cuenta. Sin embargo, algunos años después de su introducción en el sistema educativo, parece que su presencia real es más bien escasa o, valdría decir, decorativa. Si observamos las programaciones de los departamentos didácticos en los institutos generalmente encontramos, para cada curso impartido por el Departamento, un desglose que incluye los objetivos generales (a veces disgregados en objetivos didácticos de cada tema), la secuenciación de los contenidos por temas (incluyendo conceptos, procedimientos, actitudes y contenidos transversales), los contenidos mínimos de cada tema (generalmente conceptos, en algún caso enunciados como procedimientos), la temporalización y los criterios de evaluación (generales para el curso o diferenciados por temas o unidades). Y vemos que el concepto “competencias básicas” aparece siempre citado, con mayor o menor extensión y precisión. 54

A veces se trata de una tabla en la que están señaladas las competencias básicas con unas subcompetencias o descriptores que, a nivel global del curso, se van a desarrollar. En alguna ocasión estas competencias, subcompetencias y descriptores se indican para cada tema del curso y, en menor medida, se acompañan además de criterios de evaluación. Pero cuando vamos a los apartados de procedimientos e instrumentos de evaluación y calificación… las competencias básicas han desaparecido. Por supuesto hablamos de programaciones didácticas que han pasado el correspondiente filtro y visto bueno de las autoridades competentes. Quienes trabajamos en la enseñanza de materias que exigen una importante producción escrita por parte de los alumnos sabemos que su capacidad de comprensión lectora y de expresión oral o escrita es baja en los cursos medios (2º y 3º) de la E.S.O. y que, en muchos casos, no mejora sustancialmente aún al nivel del último año de Bachillerato: se arrastra una inercia de errores en la caligrafía, la ortografía, la presentación, la construcción lógica de frases y párrafos, la utilización de vocabulario, el uso adecuado de los pronombres, etc. Y esto es sabido al punto de que en las pruebas de acceso a la universidad se indica a los correctores que, salvo casos extremos, no penalicen dichos errores y observen casi exclusivamente los contenidos conceptuales como elemento de valoración. ¿Qué fue entonces de la competencia en comunicación lingüística? Una experiencia reveladora: si pedimos a nuestros alumnos de segundo de Bachillerato que elaboren un tema de los que forman parte del repertorio de las P.A.U. (Historia de España), a pesar de haber explicado en clase dicho tema, un buen número de alumnos buscará la correspondiente entrada en Wikipedia o en El rincón del vago (en el mejor de los casos en el blog de algún profesor que gentilmente lo ha dejado a disposición de sus alumnos). Y un alto porcentaje procederá así no por desinterés o desidia sino por miedo e inseguridad en sus propias posibilidades. ¿Qué fue entonces de las competencias de autonomía e iniciativa personal y de aprender a aprender? Pero ¿por qué es tan difícil integrar las competencias básicas en la actividad diaria? Para empezar


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herramientas • herramientas • herramientas • herramientas porque da la impresión de que ese concepto no se ha imbricado en el conjunto del currículo sino que se ha añadido, se ha anexado a un currículo ya hecho, a un currículo en el que lo esencial son los contenidos objetivamente evaluables. Y esto nos lleva a un debate, aún no totalmente resuelto, que se iniciaba con la anterior reforma: la atención a la diversidad y los programas de diversificación curricular. Quienes hemos trabajado en esos programas sabemos que a veces se los tachaba de “regalar” el título de Educación Secundaria Obligatoria al considerar que sus contenidos (conceptos) eran menores que los de los grupos ordinarios. Desde una visión propedéutica, la E.S.O. no era una etapa en si misma sino una preparación para el Bachillerato y este, a su vez, para la universidad; cualquier mengua en contenidos conceptuales resultaba poco menos que irreparable para ese cursus honorum. Mientras no se demuestre lo contrario, trabajar competencias básicas aparece como una suma de tarea a los ya sobrecargados currículos de conceptos. Y no parece que se esté por la labor de demostrar lo contrario. ¿Vendrán las editoriales en auxilio de las competencias básicas?, ¿lo hará la Administración?, ¿debe hacerlo el docente? Un tradicional razonamiento, avalado por el paso del tiempo en las últimas décadas, es que las editoriales hacen bien su trabajo, lo que se demuestra por el hecho de que sus libros están admitidos por la

Administración, son legales (se atienen a la ley). Ergo suponemos que también cumplen con la ley actual (años 2006 y 2007). En el tema que nos ocupa algunas editoriales introducen en la llamada propuesta didáctica las competencias básicas: establecen la secuenciación de temas o unidades incluyendo los objetivos y criterios de evaluación de cada una, el desglose de contenidos (conceptos, procedimientos y actitudes), las sugerencias metodológicas, un solucionario para las actividades y un apartado con la contribución de la unidad o tema al desarrollo de las competencias básicas. Este material, por cierto, viene muy bien a la hora de elaborar programaciones didácticas ajustadas a ley. Otras editoriales dan un paso más (no queda claro en qué dirección) al aportar, junto a las actividades propuestas para cada tema o en cuadernillos separados, un extra de actividades etiquetadas como específicas para el desarrollo de las competencias básicas. ¿Se trata solamente de duplicar el trabajo? Tal vez haya que revisar la Orden de 9 de mayo de 2007 en busca de claves. Se definen las competencias básicas como las “que debe haber desarrollado el alumnado al finalizar la enseñanza obligatoria para poder lograr su realización personal, ejercer la ciudadanía activa, incorporarse a la vida adulta de manera satisfactoria y ser capaz de desarrollar un aprendizaje permanente a lo largo de la vida.” Suena bien. Pero “…, no existe una relación unívoca entre la enseñanza de determinadas materias y el desarrollo de ciertas competencias” y “… cada una de las competencias básicas se alcanzará como consecuencia del trabajo en varias materias.” Esto complica un poco más las cosas. Pero no solo eso sino también la acción tutorial o la planificación de actividades complementarias y extraescolares se señalan como motores de consecución de competencias. “Cada una de las materias contribuye al desarrollo de diferentes competencias y, a su vez, cada una de las competencias básicas se alcanzará como consecuencia del trabajo en diferentes materias del currículo.” En la Orden, por ejemplo, se indica que la competencia en el conocimiento y la interacción con el mundo físico, la competencia social y ciudadana y la competencia cultural y artística son las tres a las que la materia de Ciencias Sociales puede contribuir de manera primordial, pero también que el carácter instrumental de dicha materia contribuye a la

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herramientas • herramientas • herramientas • herramientas adquisición de la competencia en comunicación lingüística, la competencia matemática y tratamiento de la información y competencia digital. Y así en el Anexo II se detalla la relación de las distintas materias con la adquisición de las competencias básicas. La Orden no propone unos criterios de evaluación delimitados para las competencias básicas y puntualiza, como no podía ser de otro modo, que su adquisición se hará a lo largo de los cuatro cursos de la E.S.O. y de manera conjunta por varias materias. Con todo lo anterior parece una tarea heroica intentar transformar nuestras programaciones para fortalecer el trabajo y la evaluación basados en las competencias básicas. Sin embargo algunos pasos se están dando. En 2010 el Departamento de Educación, Cultura y Deporte de la Diputación General de Aragón publicaba dos volúmenes bajo el título “Unidades Didácticas. Educación primaria. Primer ciclo” y “Unidades Didácticas. Educación secundaria obligatoria. 1er y 2º curso”. En ellos varios profesores presentaban diferentes modelos de unidades didácticas elaboradas teniendo en cuenta la realidad de las competencias básicas como parte del currículo. Probablemente puedan destacarse dos ideas-guía de los trabajos presentes en esos volúmenes. La primera sería la posibilidad de ordenar los contenidos curriculares de las programaciones didácticas de un modo diferente y menos rígido de lo que viene siendo habitual: bloques temáticos o unidades formadas en torno a un centro de interés que, sin ser exhaustivas en la introducción de todos los contenidos conceptuales del currículo, se basen en la realización de actividades (tareas se suelen denominar ahora) que pueden ser relacionadas con contenidos, con criterios de evaluación y con competencias básicas. En el caso de las Ciencias Sociales, por ejemplo, podría plantearse una programación en torno a siete, ocho o nueve centros de interés que pueden ser cronológicos o temáticos para abarcar los contenidos históricos de 2º de E.S.O. La lectura del librito “El vuelo de las cigüeñas” de Mª Isabel Molina, un trabajo sobre la figura histórica y literaria del Cid, un bloque de tareas sobre el Camino de Santiago, la comparación de obras clave del renacimiento y del barroco… (son solamente ejemplos) pueden dar un gran juego a la hora de desarrollar competencias básicas y, a la vez, completar buena parte de los contenidos comprendidos en los bloques 1 y 3 de dicho curso. Nos quejamos muchas veces los docentes de la tiranía del libro de texto que, con su canto de sirena del material ya elaborado, nos enreda repitiendo contenidos que en muchos casos no tienen mayor trascendencia: los contenidos deberían ser instrumentos para el desarrollo de habilidades pero se convierten en objetos con valor en sí mismos.

La segunda de las ideas-guía que pueden extraerse de los citados volúmenes es la de la posibilidad de catalogar todas nuestras actividades o tareas en función de su relación con las competencias básicas. Varios de los autores proponen cuadros que sintetizan cuantitativamente la proporción en que una determinada competencia básica (o las subcompetencias o descriptores en que puede dividirse) es tratada. Si esto se tiene en cuenta puede verse, en el conjunto de un curso, qué competencias básicas resultan trabajadas en exceso en comparación con otras y tender a armonizar su tratamiento para conformar programaciones didácticas más homogéneas en lo relativo a las competencias. Por otra parte, en el ámbito de los Centros de Profesores y Recursos de Aragón, se ha formado un grupo de personas que, a través de la web www.competenciasbasicas.net, trabajan en el análisis de la posibilidad de evaluar teniendo en cuenta las competencias básicas. Así, por ejemplo, han elaborado unos “pósters” en los que para cada curso de Primaria y de Secundaria ejemplifican cómo, a su criterio, contribuye cada materia al desarrollo de las capacidades básicas y (esto es muy interesante) con qué criterio de evaluación se puede relacionar dicha contribución. Por ejemplo, indican que la materia de Ciencias Sociales de 2º curso contribuye a la competencia de comunicación lingüística con el criterio de evaluación número 1 (“Realizar de forma individual y en grupo, con ayuda del profesor, tareas sencillas de búsqueda de información en fuentes diversas…, seleccionando la información pertinente, integrándola en un esquema o guión y comunicando los resultados del estudio con corrección y con el vocabulario adecuado”), que contribuye a la competencia de conocimiento e interacción con el mundo físico con los criterios de evaluación 2 y 4, a la competencia cultural y artística con las competencias 5, 6, 7, 8 y 9, y así con el resto de las competencias. Se podrá estar más o menos de acuerdo con ese trabajo, pero está en la línea de permitir crear cuadrosresumen en los que poder ver qué materias contribuyen a cada competencia básica y con qué criterios de evaluación se puede medir esa contribución. En esa misma web encontramos otros materiales como ejemplos de tareas (mayoritariamente encaminados a Primaria), una matriz de criterios de evaluación o una herramienta de evaluación de competencias básicas (basada en hoja de cálculo). Además, para la realización de la evaluación de diagnóstico que se ha llevado a cabo en los últimos años, desde el Departamento de Educación, Cultura y Deporte se ha promovido la elaboración de documentos 57


herramientas • herramientas • herramientas • herramientas bajo el título “Marco teórico y matriz. Competencia…” En ellos se aborda la definición de la competencia tratada, su relación con otras competencias básicas, la dimensión de la competencia (procesos, bloques de contenido, actitudes, contextos y situaciones), se elabora un cuadro de relaciones entre criterios de evaluación y materias y una matriz específica de la competencia. Parte del trabajo de dicho documento ha sido extraído, como se indica en el mismo, de www.competenciasbasicas.net, especialmente el cuadro de relaciones entre criterios de evaluación y materias y el anexo de criterios de evaluación de las áreas del currículo aragonés para la competencia social y ciudadana. Por ejemplo, se señala que nueve materias intervienen en la adquisición de la competencia social y ciudadana en 2º curso de E.S.O. (Ciencias Sociales, Historia y cultura de las religiones, Lengua Extranjera, Ciencias de la Naturaleza, Tecnología, Educación Plástica y Visual, Lengua Castellana, Matemáticas y Educación Física) indicando qué criterio o criterios de evaluación de cada una de las materias es el correspondiente a la citada competencia. Este parece un primer paso para poder ponderar en qué proporción debería ser tenida en cuenta cada materia a la hora de evaluar la adquisición de la competencia básica por parte de los alumnos. En resumen, podemos afirmar: Que las competencias básicas existen (por ley) y teóricamente son importantes (o interesantes o útiles)… Que las programaciones didácticas escasamente se articulan en torno a la idea de desarrollar las competencias básicas… Que no se evalúa por competencias (o no se evalúan las competencias básicas)… 11 Que a fecha de hoy no existe especial presión desde la Administración educativa para que el trabajo y la evaluación con competencias básicas se profundice (tal vez como reconocimiento de algo que aún no se ha hecho bien)… Que hay deficiencias en el desarrollo de las competencias básicas en nuestros alumnos… Que podemos tomar la opción a): esperar que la Administración educativa (siempre 1  “… si no cambian los mecanismos e instrumentos de evaluación no cambiarán las prácticas de enseñanza y aprendizaje” … “si se continúa evaluando dominios de contenidos en lugar de desarrollo de competencias, los docentes y los estudiantes continuarán concentrando su atención y esfuerzo en la transmisión y adquisición de contenidos.” Lidia Bravo y Pedro Milos, “Evaluación por competencias en la enseñanza de la historia”, Iber, Didáctica de las Ciencias Sociales, Geografía e Historia, nº 52, Abril 2007, página 52.

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lenta) o las editoriales (que nunca corren riesgos —en tiempo de crisis no hacer mudanza—) completen la tarea iniciada por la legislación… Que podemos tomar la opción b): avanzar en el cambio de modificación de las Programaciones Didácticas (¿y de evaluación conjunta de competencias básicas desde varias materias?) utilizando los instrumentos citados, con el esfuerzo que ello exige y con el riesgo de tener que usar el procedimiento de prueba y error (a veces tan poco satisfactorio). Abiertas están las puertas a los que queramos o no complicarnos la vida y el trabajo (cosa que no ocurre en todas la profesiones), al menos hasta que la siguiente reforma educativa eche por tierra a la presente (que no será la primera vez).


Título de la edición original: Heban Czytelnik.

ÉBANO Fernando Marco Melero

Publicado por primera vez en Polonia en 1998, Ébano constituye una impresionante crónica de la experiencia del periodista y escritor polaco Ryszard Kapuscinski, fallecido en 2007, como corresponsal en África durante más de tres décadas. Durante medio siglo ha sido un modelo de periodista independiente, en opinión de muchos el mejor reportero del siglo XX, que ha dado cuenta, hasta con el riesgo de su propia vida, de numerosos y trascendentales conflictos de nuestro tiempo en diversos continentes (en este caso en África). Partidario de un periodismo comprometido, no se limita a describir externamente los hechos sino que indaga sus causas y analiza las repercusiones, sobre todo entre los más humildes, con los que se siente hondamente comprometido. Sus trabajos son valiosos reportajes, agudas reflexiones sobre la realidad circundante y, al mismo tiempo, ejemplos de ética personal y profesional, en un mundo en que la información libre y no manipulada se hace más necesaria que nunca. Ébano es una obra que se mueve entre la literatura, el periodismo y la historia. Nos impresiona no sólo por los hechos que narra, sino quizá sobre todo por la sencillez y veracidad que logra transmitir su relato, bien alejado de algunos periodismos de denuncia, elaborados a base de prejuicios, frases hechas y lugares comunes. El relato arranca desde finales de los 50 y 60, en los comienzos de la descolonización (Ghana, 1958), años llenos de promesas, júbilo y esperanza en los que se pensaba que la libertad traería consigo el progreso y el bienestar a las antiguas colonias. Recorre las décadas de los 70 y 80, años de revueltas, de golpes de estado, masacres, de dictadores (Idi Amin, Bokassa,

Varsovia, 1998 Primera edición en castellano: Octubre 2000.

etc.) hasta los conflictos de Etiopía, Somalia, Ruanda o Sudán en la década de los 90. A lo largo del libro se suceden y alternan, en ocasiones de forma algo caótica, los acontecimientos histórico-políticos junto con las observaciones etnográficas y las vivencias personales del autor. El libro es una especie de puzle. Todos los capítulos siguen un orden cronológico, pero no así espacial. El lector se ve en un momento en la exuberante selva congoleña y, acto seguido es trasladado al desierto del Sahara 3,4 o 5 años más tarde. Lamentablemente hay algunos países muy importantes (Egipto, Sudáfrica, Nigeria, Congo, etc.) y amplias regiones del continente africano (países del Magreb o del África Austral) que no aparecen en el relato de Kapuscinski. Realmente se podría decir que el libro lo componen una serie de artículos periodísticos o resúmenes de ciertos acontecimientos seleccionados por el autor cuyo trasfondo es África, pero eso es lo único que tienen en común. Kapuscinski no sólo nos habla de las guerras (Ruanda, Liberia y Sierra Leona), golpes de estado (Zanzíbar, Uganda, Liberia, Ruanda ), revoluciones marxistas (Etiopía), políticos (Krumah, Mengistu), dictadores (Idi Amin, Bokassa) y de los hechos más importantes de África, es decir; de eso que nosotros llamamos Historia, sino que también nos habla de aquellas personas y de aquellas situaciones menos relevantes, de esa intrahistoria que es la vida silenciosa de millones de hombres sin historia. Para contarnos esa intrahistoria, él mismo se hace protagonista en ella, evitando las embajadas, los palacios y las paradas obligadas. Se sumerge en la vida común del africano: viviendo en casas de los arrabales, sufriendo la dureza de los caminos, 59

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Ryszard Kapuscinski Editorial Anagrama Barcelona.


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explicándonos respetuosamente el sistema de creencias del animismo y la organización social de los clanes, describiéndonos cómo es la vida en un campo de refugiados, contándonos como hay tribus cuya única fuente de poder es una vaca o un camello, o lugares donde tener una olla o una bicicleta marcan la diferencia entre la pobreza y la clase media, analizando el fenómeno de los niños soldado y el de los señores de la guerra, padeciendo enfermedades y sufriendo las mil y una penalidades de la inmensa mayoría de los africanos de a pie. Kapuscinski se convierte en uno más de ellos y eso le permite relatar tal cuál es la auténtica vida en África durante la última mitad del siglo XX. La sensación dominante que trasmite la lectura de Ébano es la de un mundo hostil, pobre y salvaje donde la democracia es una mera palabra sin significado que se ve manchada una y otra vez por la corrupción de los gobernantes, los golpes de estado, las dictaduras y la guerra. El africano nace en la pobreza extrema y ante todo su único objetivo es sobrevivir. La existencia de unas estructuras arcaicas modificadas por la descolonización que ha traído como resultado, en algunos casos, la formación de “estados fallidos” (caso de Somalia y el Congo y más recientemente los de Sudán o Malí), unido a los intereses espurios sobre los recursos naturales, a la geopolítica de las grandes potencias y al negocio de las armas tienen consecuencias demoledoras: campos de refugiados, emigración, y en algunos casos la milicia o la piratería, como forma de conseguir alimentos y bienes mediante el pillaje, la masacre y la eliminación de cualquiera que compita por sus mismos objetivos. Para Occidente la imagen de África ha transitado desde la “visión colonialista” de superioridad a la “paternalista”, que en el fondo no es muy distinta. En el fondo, África es un mundo opaco a la mirada de Occidente, un lugar sin esperanza donde existen el hambre, los niños-esqueleto, donde la tierra es tan seca que se resquebraja, las chabolas llenan las ciudades, donde se producen matanzas salvajes, con muchedumbres de refugiados sin techo, sin ropa, sin medicinas, donde el sida diezma a su población, etc. Aun así la vida en África no es únicamente una sucesión de tragedias. Hay muchas cosas que el africano valora y explica de un modo totalmente diferente a nosotros. 60

Quien conozca África habrá comprobado que además de las lacras mencionadas existe otra realidad llena de esperanza, de alegría, de espiritualidad, de tolerancia, de lucha por la vida, de resistencia ante la adversidad, de ganas de mejorar sus condiciones de vida. Kapuscinski parece querer salirse de esa visión “paternalista“ y eurocéntrica de África. Su análisis es inevitablemente el de un occidental, pero a menudo intenta superar esa dificultad que para los europeos supone explicar una realidad tan distinta a la nuestra. Para ello recurre en su relato, en ocasiones, a otras voces para ofrecer otros puntos de vista, como el de Hamed, pequeño comerciante somalí, quien afirma: “la naturaleza nos es dada por Dios, y por tanto es perfecta. La sequía, el calor, los pozos vacíos… también. Sin ellos, el hombre no sentiría el goce auténtico de la lluvia, el sabor divino del agua y la dulzura vivificante de la leche…” o la de aquellos pueblos que entonan canciones patrióticas en el desierto cuyo coro dice “mi Patria es ahí donde llueve”. Un libro imprescindible tanto para el viajero como para todo aquel que quiera acercarse a la historia, las mentalidades y creencias de África.


Publicación: 5 agosto de 1966.

Antonio Navarro López En el principio fue la beat generation. Corrían los años cincuenta, años de malestar, inseguridad y miedo. El recuerdo imborrable de Hiroshima y la consiguiente amenaza latente de destrucción nuclear, la caza de brujas macartista, la violencia que siguió a la guerra, las tensiones raciales y la emergencia de una clase media que tiende a ocultar el vacío de sus vidas llenándolo de una progresiva estabilidad económica es el caldo de cultivo en el que aparece una suerte de existencialismo, los beats, en Estados Unidos. Kerouac, Ginsberg, Corso, Ferlinghetti y Burroughs no pretenden con sus escritos una intervención política sino una denuncia existencial en la que el viaje como autoconocimiento, el alcohol, las anfetaminas, la marihuana, la filosofía oriental (por desconfianza hacia el racionalismo occidental), el sexo y el be-bop trufan la vida y la escritura. Al comienzo de los sesenta triunfa la revolución cubana y Fidel Castro toma el poder, John F. Kennedy se convierte en presidente de los Estados Unidos y, al poco, da luz verde a la fallida invasión de Cuba en Bahía de Cochinos. Se levanta el muro de Berlín tras la ruptura de conversaciones entre EE. UU. y la URSS para repartirse Alemania. En 1963 Martin Luther King pronuncia su discurso “I have a dream” llamando al fin de la discriminación racial, Betty Friedan innova el movimiento feminista publicando La mística de la feminidad, el gobierno inglés se ve envuelto en el escándalo del caso Profumo y en noviembre muere asesinado John F. Kennedy. En 1964 Estados Unidos comienza su participación abierta en la guerra de Vietnam bombardeando sistemáticamente Vietnam del Norte y poco después invade la República Dominicana con la excusa de evitar una nueva Cuba. En 1965 muere asesinado el dirigente radical negro Malcom X y se producen marchas de protesta en todo el país. Los laboratorios Sandoz comercializan el LSD hasta 1966. En este contexto del primer lustro de los sesenta la juventud estadounidense pasa del aullido beat a las primeras protestas estudiantiles de Berkeley y va surgiendo un movimiento contracultural en el que, desencantados de la política y hastiados de las vanas promesas de las religiones cristianas y marxista, se busca un cambio radical que comienza por un cambio personal. Cobran fuerza las ideas de renuncia a la sociedad de consumo, de protesta contra el autoritarismo, de vida comunitaria, de liberación sexual y de

Grabación: EMI Studios, Londres (6 de abril-21 de junio de 1966). Género: Rock, rock psicodélico. Discográfica: Parlophone. Productor: George Martin.

pacifismo. Una suerte de ideal libertario que pone énfasis en el rock, las drogas psicodélicas (cada generación elige sus drogas tribales) y la filosofía oriental, negando el monopolio racionalista de las formas de conocimiento y buscando una liberación del yo que permita nuevas relaciones con los otros y la realidad. Es indudable que la época afectó a Los Beatles (no tanto a nosotros que andábamos ocupados en sobrevivir a la aún impune barbarie franquista): Lennon admiraba a Frank Zappa –influido por compositores de música clásica contemporánea como Edgar Varèse y John Cage– y llegó a actuar con él; por otra parte el grupo pasó agosto de 1965 en una casa alquilada en Beverly Hills, California, en compañía de Peter Fonda −muy en contacto con la psicodelia y contracultura californianas. En este contexto Los Beatles publican durante agosto de 1966 en Inglaterra su séptimo LP, Revolver, en el que pasan de componer melodías sencillas y letras remotamente eróticas a un producto más complejo. El disco anticipa lo que ocurriría en posteriores álbumes: mezcla rock psicodélico (Tomorrow Never Knows) con elementos de música clásica (un cuarteto de cuerdas en Eleanor Rigby) y sonidos experimentales (sonidos de submarino en Yellow Submarine). La efervescencia ambiental no sólo afecta a la música sino también a la portada, que cobra importancia por vez primera en Revolver, donde pasa de ser un contenedor a una obra de arte. Fue creada por el alemán Klaus Voormann, fotógrafo, bajista del grupo Manfred Mann y cofundador de la Plastic Ono Band, a quien conocieron durante sus actuaciones en Hamburgo. Estas innovaciones culminarían en Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band, obra en la que tanto la portada como la música pertenecen inequívocamente a la década prodigiosa. Los Beatles no se conformaron con grabar una serie de temas que forman parte del imaginario popular, fueron también una prodigiosa máquina de generar dinero hasta el punto que la reina Isabel II de Inglaterra concedió en 1996 a Paul McCartney el título de Sir por su contribución a la cultura inglesa”. Fueron los comerciantes del anticonformismo, vendiendo una nueva forma de vida basada casi exclusivamente en indumentarias, cortes de pelo y comportamientos más o menos extravagantes para la época, pero cómo no estremecerse al escuchar los compases iniciales de Eleanor Rigby. 61

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THE BEATLES REVOLVER


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VUELO ESPACIAL ENTRE SHAKESPEARE Y FREUD Daniel García Arana El apasionante género de la ciencia ficción, afirma Forrest J. Ackerman, “renace de sus cenizas en la década de los cincuenta y empieza a convertirse en propiedad de Hollywood”1. Así pues en aquella década aparece un importante subgénero: la sci-fi con temática de viajes espaciales y, aunque no sea un proyecto pionero2, la obra comenzada en 1952 a partir de una historia conjunta escrita por Irving Block y Allen Adler da lugar a una de las mayores obras maestras del género, finalmente llamada Forbidden Planet y estrenada en 1956. La película se abre con el aterrizaje en el año 2200 de la expedición espacial C57D (tripulada por un jovencito Leslie Nielsen3), en el planeta Altair IV, con el propósito de investigar acerca de una misión enviada hace más de 20 años. Expedición que se topa con la reacción poco amistosa del Doctor Morbius (Walter Pidgeon), prototipo de sabio ególatra y misántropo, que habita el planeta y se resiste a que desciendan. Así, una vez consiguen llegar a la superficie, el comandante Adams y su tripulación descubren que los miembros de la misión anterior han perecido en su totalidad, con excepción del antedicho Dr. Morbius, su hija Altair (a la que da vida una de las actrices más fascinantes de la historia del cine, Anne Francis) y el robot Robby.

1 Vid. ACKERMAN, Forrest J. 1998. Ciencia Ficción. Barcelona: Taschen, p. 235 2 Vid. si no los excelentes Destination Moon o Rocket Ship X-M (las dos abrían la década al estrenarse en 1950). 3 Sin duda que el avezado espectador recordará a Nielsen (19262010) por sus absolutamente deleznables filmes de supuesta comedia como Surf Ninjas (1988) o Spy Hard (2000), que se cuentan entre lo peor del género. Sirva este artículo acaso para recordarle al susodicho espectador que hasta los años ochenta Nielsen aparecería en filmes muy competentes, alguno de ellos como es Forbidden Planet, incluso obra maestra per se.

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Any sufficiently advanced technology is indistinguishable from magic (Arthur C. Clarke, Profiles of The Future, 1961). Monsters from the Id! (Forbidden Planet). Hell is empty and all the devils are here. (Shakespeare, The Tempest)

Decidido a investigar pese a la creciente oposición de Morbius (que almacena en sus dominios los restos arqueológicos de la que fuera la civilización Krell, reinante en Altair IV y extinguida repentinamente hace 2000 siglos), Adams descubre la existencia de un poderoso ente hecho de energía que comienza a asesinar a la tripulación y a dañar equipos técnicos de la nave. Evidentemente, nos hallamos ante una obra maestra, cuya virtud principal es constituir un trabalenguas semiótico e intertextual en el más puro sentido bakhtiniano. Primero porque estamos hablando de una adaptación en toda regla de The Tempest (16101611), una de las obras clave de William Shakespeare, y de una exposición del concepto de Id freudiano impecable: Si la tragedia original de Shakespeare se abría con el potente Heigh, my hearts! cheerly, cheerly, my hearts! yare, yare! Take in the topsail. Tend to the master’s whistle. Blow, till thou burst thy wind, if room enough! (I, i 6-9)4

de los marineros que encallan, tras una tempestad, en la isla habitada por Próspero, su hija Miranda y el monstruo Calibán; aquí los paralelismos con la maravillosa obra de Shakespeare son evidentes: la Isla

4 SHAKESPEARE, William. 1980. “The Tempest” in Complete Works. London: Oxford UP, p. 1: “¡Ánimo, mis muchachos! ¡Vamos, vamos, muchachos! ¡Deprisa, deprisa! ¡Arriad la gavia! ¡Y atentos al silbato del capitán! ¡Vientos, mientras haya mar abierta, reventad soplando!” (la traducción es nuestra).


La fusión de la sci-fi clásica con el psicoanálisis de Freud tan en boga por aquella época y todo ello en una fantástica adaptación de The Tempest, obra cumbre de Shakespeare y de toda la literatura inglesa en general, constituye igualmente una ácida reflexión sobre la capacidad del ser humano de adaptar y defender sus valores ante los nuevos escenarios que los avances de la técnica y la ciencia nos puedan llegar a plantear.

es ahora planeta5 y Próspero se ve reencarnado en Morbius; Miranda en su hija Altair (que tampoco ha conocido varón alguno); la alquimia con la que se controlaba la isla es aquí la tecnología Krell con la que controla el planeta y en lugar de Artes Clásicas, se estudia la Enciclopedia Krell; los marineros son viajeros espaciales y por supuesto la venganza por amor clásico aquí se torna en filial, concepto del que hablaremos luego.

Finalmente, merece la pena reseñar la película también por ser pionera en dos cosas, totalmente distintas: tanto por ser la primera película cuya banda sonora es pura electrónica, hecho que debemos a los geniales hermanos Barron, Louis y Bebe8, que influyeron notablemente en grupos posteriores como Vangelis, Jean Michel Jarre o Tangerine Dream; así como por el hecho de que sea Forbidden Planet la primera película norteamericana donde aparece una mujer en minifalda, lo que ocasionó en su estreno numerosos problemas con la censura, empezando por nuestro país, en el que pasó a estrenarse nada menos que en 1967.

Cuando Morbius confiesa que los Krell habían realizado la fantasía idealista de Fichte6, esto es, una maquinaria capaz de transformar el pensamiento, cualquier pensamiento, en realidad, las teorías de Freud nos son igualmente válidas. Los Krell no tuvieron en cuenta el poder del Id, también llamado Ello o Inconsciente, que para Freud no equivale a lo contrario del consciente, todo lo más al grado preparatorio de este, con lo cual al verdadero psiquismo7. Así pues, la supuesta bestia invencible no es otra cosa que el sótano perverso de la personalidad del Dr. Morbius, rebelado contra aquellos que veinte años antes querían abandonar el planeta e impedirle el acceso a la tecnología Krell, y contra aquel que ahora quiere arrebatarle a su hija (de ahí el amor filial del que hablábamos anteriormente). La bestia, la máquina del Id aparece enmarcada en un contexto libidinal típicamente freudiano, pues los monstruos que esta genera son sólo realizaciones de los destructivos impulsos incestuosos del Padre hacia otros hombres que

5 Planeta que, al igual que la Isla de Shakespeare, podemos definir no sólo como un bello marco estético de grandiosa belleza sino un espacio de relaciones políticas […] simbiosis que coloca The Tempest en lugar muy preferente en cualquier ejemplo del tema de “construcción de una nueva “Utopia” (Vid. PÉREZ GÁLLEGO, Cándido. 1979. El Testamento de Shakespeare: The Tempest. Valencia: Instituto Shakespeare, p. 15). 6 Para este punto, es imprescindible un vistazo al volumen que resulta una de las mejores síntesis del pensamiento de Fichte en lengua inglesa: HEATH, Peter, and John Lachs (eds.) 1970. Fichte: Science of Knowledge (Wissenschaftslehre). New York: ACC, 398 pp. 7 Considerar aquí FREUD, Sigmund. 2006. “El Yo y el Ello” en Obras Completas (Tomo VII, Capítulo CXXIV). Madrid: Biblioteca Nueva, pp. 2701-2729.

8 Consultar HOLMES, Thom (2002). Electronic and Experimental Music. New York: Routledge, p. 86.

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constituyen una amenaza para su enfermiza simbiosis con Altair, su Hija. Resumiendo, se trata de una clara manifestación virtual del Edipo.


Por-venir Miguel Serrano Larraz Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977) terminó el primer ciclo de Ciencias Físicas y se licenció en Filología Hispánica. Se dedica a la traducción. Ha publicado los libros Me aburro (Harakiri, 2006, poesía), Un breve adelanto de las memorias de Manuel Troyano (Eclipsados, 2007, novela), La sección rítmica (Aqua, 2008, poesía), Órbita (Candaya, 2009, relatos), Los hombres que no ataban a las mujeres (1001 ediciones, 2010, parodia, bajo el seudónimo de Ste Arsson) e Insultus morbi primus (Lola editorial, 2011, poesía). Ha aparecido en algunas de las antologías de relatos más importantes de los últimos años, entre ellas Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (Menoscuarto, 2010, edición de Gemma Pellicer y Fernando Valls) y Pequeñas resistencias 5 (Páginas de espuma, 2010, edición de Andrés Neuman).

La primera vez fue el 21 de abril de 1990, sábado. Antonio tiene la fecha grabada a fuego en algún lugar, no ha podido olvidarla. Uno de sus compañeros de colegio celebraba su cumpleaños y había invitado a toda la clase. Llevaban semanas, toda una vida, pensando en esa fiesta, en los detalles. Irían a patinar. Comerían los primeros helados de la temporada, parecía que llevaban décadas sin probar un helado. El chico que cumplía años se llamaba Juan, y Antonio no tenía demasiado trato con él, no era uno de sus mejores amigos, podría decirse que apenas lo conocía. Sin embargo, habían imaginado la fiesta al margen de Juan, que era el chico que cumplía los años, trece. Como si aquel despliegue de anticipación no tuviera nada que ver con él, con Juan, como si el motivo de la fiesta fuese un accidente. Pero aquella misma semana, el martes, los padres de Antonio le dijeron que él no podía ir a la fiesta, que no iría, porque también era el cumpleaños de su abuela y tenían que ir al pueblo a visitarla, pasar allí todo el fin de semana. Él protestó como se protesta contra lo inevitable, con más rabia que convicción. Salieron el viernes en el Peugeot 505 de la familia. Entonces apareció por primera vez esa sensación que marcó su vida, la sensación de que no era él el que se desplazaba, sino todos los alumnos de 7º B. Él estaba quieto dentro del coche, y al mismo tiempo su abuela se desplazaba hacia ellos, corría a su encuentro, y todos los niños de su clase viajaban alejándose de él, hacia un lugar desconocido, como si ya se hubieran puesto los patines y se deslizaran sobre la superficie de la realidad, casi como si flotaran. Yo no me muevo, mis padres no se mueven, el coche está parado, pensó, es todo lo demás lo que cambia de posición, el paisaje, la gente, todo. A medida que se hacía mayor la sensación se fue volviendo más concreta, más real. En el instituto se hizo, por momentos, insoportable. Se trasladaba el 64

instituto, se trasladaba el piso de sus padres, todo fluctuaba a su alrededor y él no podía avanzar o retroceder, ni siquiera un milímetro. Cuando llegaba el verano, todos sus amigos se iban de viaje: él se quedaba en la playa, o en el pueblo de su abuela, o en Lisboa. En COU oyó hablar por primera vez de los sistemas de referencia inerciales (en las clases de física) y del empirismo (en las clases de filosofía): aquellos conceptos deberían haberle hecho entender que otros habían sentido antes lo mismo que él, pero le parecieron demasiado abstractos, no hubo empatía, se trataba de ideas a posteriori que no reflejaban su experiencia del mundo. Tuvo una novia, Clara. Ella, a veces, le reprochaba que fuera incapaz de tomar ninguna iniciativa en su relación. Siempre era ella la que iba a su encuentro, siempre quedaban cerca del piso de los padres de Antonio. Da lo mismo, pensaba él, no hay ninguna diferencia. Pero no se atrevía a decirlo. Un día de finales de verano, justo antes de entrar en la universidad, tuvieron una larga conversación. Él dijo que se aburría con ella, que no le veía sentido a lo que hacían juntos. Un detalle le irritaba especialmente: ya no le apetecía contarle nada a Clara. Si leía algo divertido, o si alguien le contaba una anécdota, o si de pronto creía descubrir cuál era la explicación que se escondía detrás de alguna idea trivial, ya no pensaba que se lo contaría a ella cuando se vieran (cuando ella pasara a buscarlo), ya no tenía ningún interés en compartir con ella su descubrimiento, o lo que le había hecho reír. ¿Me estás dejando?, preguntó Clara. ¿Es eso, ya no quieres que sigamos saliendo juntos? A Antonio le sorprendió esa pregunta, trazada con algo de rencor. También le sorprendió, por supuesto, el rencor. Nunca había pensado que pudiera provocar en nadie ninguna sensación que no fuera flotante, imprecisa. Aquella noche, cuando se separaron (cuando ella se fue, llorando), él se quedó con la sensación de que Clara lo


había abandonado, que lo había dejado a la deriva, anclado en una tristeza que ya no podría sacudirse nunca porque estaba junto a él, a sus pies, como la basura que evoluciona lentamente en los vertederos, inmóvil, hacia su descomposición. Llegó la universidad. Estudió una ingeniería, pero podría haber estudiado cualquier otra carrera. Sintió algún interés por los materiales, por el álgebra y, sobre todo, por las estructuras. A veces pensaba que tendría que haber estudiado arquitectura. Si veía por casualidad un edificio antiguo (si llegaba hasta él, por ejemplo, de forma del todo imprevista, una iglesia del siglo XVI), se emocionaba. Le conmovía la permanencia móvil de los muros, la vieja voluntad de las piedras que se arrastraban hasta él, para mostrarse. Colocaba la mano sobre cualquier superficie rugosa, trabajada por el tiempo, y la acariciaba, aunque en realidad era la piedra la que se arqueaba como un gato para adaptarse a los pliegues de sus dedos. Pidió una beca Erasmus. Pero no viajó hasta Alemania, fueron las ciudades europeas, sucesivas, las que se desplegaron bajo el avión o junto a la ventanilla del tren y después se marcharon mostrando la misma indiferencia hacia su vida. Encontró trabajo en Barcelona. Pero Barcelona y Zaragoza eran lo mismo, un único espacio, como Berlín, las ciudades en las que él había vivido. Estuvo diez años en una multinacional, y después la multinacional sufrió una reestructuración, o la compró una empresa aún mayor (no fue capaz de comprender bien los detalles) y lo destinaron a otra oficina con otras siglas, otros jefes, un espacio que era el mismo, y localizado en el mismo lugar, pero más pequeño, como una reforma misteriosa que hubiera reducido el tamaño de las mesas y de los ordenadores, incluso de los servicios y de la sala del café, de un día para otro. Una tarde, cuando sólo llevaba dos meses allí, una compañera de la empresa le dijo que cumplía cuarenta años y que iban a salir a tomar unas copas después del trabajo. ¿Le apetecía unirse a ellos? Lo pasarían bien. En esa afirmación no había ninguna soberbia, la frase no anticipaba nada, era más bien una forma de resignación. Antonio respondió que sí, por supuesto. Pero yo no lo sabía, no te he comprado ningún regalo, se excusó. ¡No pasa nada!, respondió ella, con una euforia misteriosa. Tengo todo lo que necesito. Fueron a un bar de moda, muy amplio, muy oscuro. Las chicas que servían las mesas llevaban patines, como en algunas películas estadounidenses. Él bebió demasiado, y en algún momento de la noche tuvo la sensación de que no sólo las camareras llevaban patines, sino también sus compañeros de trabajo y todos

los clientes del local, y las propias mesas, que se deslizaban lentamente de un lado a otro, acercándose a las otras mesas o alejándose de ellas con trayectorias imprevisibles, caóticas (al menos en apariencia: tiene que haber alguna fórmula que prediga estos movimientos, pensó, aunque yo no sea capaz de comprenderla, ni siquiera de intuirla). Durante un instante se sintió feliz, ingrávido. Yo también cumpliré cuarenta años algún día, pensó. Me gustaría que fuera ahora mismo, que esta fuera mi fiesta y estos mis amigos, me gustaría ser yo quien invitara a una botella de cava. El remolino de voces giraba a su alrededor. No comprendía lo que decían, pero el rumor de frases lo acunó, y se quedó dormido allí mismo, la mejilla apoyada en una mano. Fueron sólo unos segundos, tal vez ni siquiera eso, despertó de pronto y se levantó, avergonzado. Al parecer, nadie se había dado cuenta. Entonces recogió su abrigo, se despidió de todos y se dirigió hacia la puerta. Era tarde. Al día siguiente tenía que madrugar. Dudó entre volver a casa caminando o coger un taxi. La temperatura era agradable, y no estaba demasiado lejos. Trató de calcular cuánto tardaría. ¿Cuarenta minutos? ¿Cuarenta y cinco? Se quedó parado en la acera, tratando de decidir. 65


Salida del laberinto, doce años después En mayo de 2000 veía la luz el primer número de la revista LABERINTOS. Resulta difícil de explicar ahora su génesis, excepto por lo que anida en el recuerdo de quienes asistimos al parto. Una idea que perseguía a un profesor del IES Élaios fue hablada durante largas horas y ansiosos días en la biblioteca. Contó con un grupo inicial de entusiastas que modelaron muy pronto no el aspecto sino el tono y el sentido de lo que habría de ser LABERINTOS. Como con cualquier recién nacido, hubo al principio muchos familiares dispuestos a malcriarla, hasta que el abandono del progenitor obligó a que fuera dada en adopción a unos padres putativos que la cuidaron con todo el amor del que fueron capaces. El éxito de la crianza nos sorprendió. Se abrían las puertas de la niñez para lograr una financiación en la que no acabábamos de creer hasta que la veíamos impresa en cada número. Contó con la bendición de la Administración educativa. Eran otros tiempos, tiempos en los que una directora general la mostraba orgullosa en una reunión de colegas en la capital, villa y corte. Cada nueva entrega se preparaba con unas ganas solo superadas por la torpeza del caos previo. Sin apenas trabajo de ordenador, en mezcla inconexa de papel entregábamos los artículos al maquetador y completábamos como podíamos in extremis todo lo que faltaba. Con el tiempo aprendimos a hacerlo bastante bien y concertar una cita en una fecha holgada para hacer entrega formal de “todo” en un lápiz de memoria. Comenzamos a hacer la corrección de los artículos antes de esa entrega, sobre papel y sobre la pantalla del ordenador. Nos especializamos en tareas diversas: quien buscaba imágenes de complemento y frases; quien intentaba una portada con la propuesta del artista que había diseñado la obra de arte; quien elaboraba ese hermoso disco con el que acompañamos los primeros catorce números. Entre todos decidíamos los títulos del dosier y los temas de los números siguientes, no sin discusiones tan vivas como una que acabó en sonoro veto deportivamente resuelto, ósculo incluido. Las agendas echaban humo: pocas veces nos faltaron nombres que proponer para escribir de casi cualquier tema. Se puede repasar la lista: Goethe, las matemáticas, el Renacimiento, el fin del milenio, la música, las mujeres, el cine, la memoria, el miedo, la arquitectura, el agua, Einstein, la aventura, Mozart, la fotografía, lo barroco, los coches, la historia reciente de la ciudad, la narrativa judía, los celos, el paisaje, el exilio, los años sesenta, la guerra y el viaje. Las reuniones decisorias tienen su propia historia. Comenzaron siendo comidas de trabajo en el barrio. Después tuvimos la fase “irlandesa” del casco histórico, para llegar al encuentro más fructífero, una discreta cervecería de la zona de Sagasta que culminaba en un kebab: habíamos asumido la mixtura, las ideas y los nombres brotaban sin asomo de incredulidad o desfallecimiento. Algún número nos vino casi dado por entusiastas colaboradores, que eran amigos de más colaboradores y nos ponían en contacto con ellos. Para todos no hay sino un sincero agradecimiento: hemos conocido a personas de una amabilidad y calidad humana e intelectual verdaderamente espléndidas. Es una de las mayores herencias de LABERINTOS. A algunos los hemos estrujado hasta el límite de cuatro colaboraciones, auténticos sabios en las cosas más variadas, cine, filosofía, coches. Donde no llegaban ellos llegábamos los miembros del consejo de redacción, siempre a punto para cubrir ese hueco que la planificación de cada número podía dejarnos al aire. La otra herencia es la de los alumnos que han escrito: artículos hechos con un ánimo sincero de cumplir con el reto que suponía el ofrecimiento. Ninguno lo consideró una responsabilidad excesiva o renunció a la empresa. Todos han sentido el desafío como una forma de alcanzar

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una excelencia que colaboraciones sucesivas han tendido a corroborar. No hemos dejado de sorprendernos con algunas generaciones, también exprimidas a lo largo de tres o de cuatro números, de una alta capacidad de lectura, reflexión, trabajo y síntesis o, incluso, sentido del humor. También esa parte ha resultado muy gratificante: buscar un tema y alguien que pudiese escribir sobre él llegó a constituir una especie de tablero de competencia entre los miembros del consejo de redacción, solo para beneficio de la calidad de los artículos fabricados por los alumnos. Ha habido, claro está, itinerarios ocultos: por ejemplo, dar cancha progresivamente a jóvenes talentos literarios locales, buscar al menos una colaboración estelar sacada casi siempre del ámbito universitario, conseguir una portada de un artista aparentemente fuera de nuestras posibilidades, ampliar la lista de profesores del Élaios que han escrito o, incluso, establecer la presencia perceptible de sagas familiares entre la nómina de colaboradores. También hemos cosechado fracasos, nunca sonoros: solo hemos dejado un artículo sin publicar porque no merecía ni el nombre; algunos sufrieron una operación de retoque estético para darles cuerpo; y muy pocos, no más de una docena, nos negaron la colaboración o se disculparon por no poder atender el compromiso previamente adquirido. Hemos hecho amistades. Repartimos gentileza y recibimos generosidad. El anecdotario es amplio: un breve relato se publicó hasta tres veces, ninguna de ellas completa, pese a la nota de rectificación. El número del miedo, para hacer honor al tema, mudó la color del papel hasta hacerse de un blanco irrepetible. Un colaborador habitual apareció como alumno de 2º de Bachillerato cuando ya había alcanzado la madurez de los cuarenta. Una profesora de un instituto vecino y querido, por más señas, apareció como de otro que era también del barrio; otra lo era de un instituto de nombre inexistente y a un ilustre geógrafo lo trasladamos de la Autónoma a la Complutense, al menos sin el incordio del papeleo. No nos olvidamos de nuestros lectores, algunos de una fidelidad cercana al fanatismo, ávidos de cada entrega, despreocupados por el tema del dosier, tan solo pendientes de una lectura para la que no encontraban momento ni postura. El que muchos fuesen colaboradores pasados o futuros, amigos incluso, no evitaba que siempre dieran su opinión implacable, como un oráculo. A ellos también el agradecimiento familiar de la criatura que se sabe mimada pero no abusa de esa circunstancia. La madurez nos hizo atrevidos: empezamos a hacer presentaciones también fuera del instituto. En ese local al que han acudido los amigos eternos se han oído las palabras más emotivas para nuestra empresa, solo un peldaño por debajo de las más elogiosas, que con frecuencia se vertían en las presentaciones del instituto y en boca de representantes de la Administración. Una Administración que ahora nos da la espalda, que abandona por criterios nunca explicados el patrocinio de la revista. Son tiempos difíciles, pero no hay excusa para la descortesía, el silencio sectario o simplemente la ignorancia. Sin embargo, no nos retiramos entristecidos o derrotados por la grosería de la Administración o la pérdida de la viabilidad económica. El ciclo natural también cobra sus víctimas: no estamos sin ideas ni desencantados, pero las jubilaciones empiezan a hacer mella en el consejo de redacción. Es hora de dejar un proyecto que nació hace doce años, que ha logrado una excelencia, un renombre y un estilo de concepto y de diseño que merecen (orgullo ya no de padres, sino de abuelos) una referencia bibliográfica en las hemerotecas locales y un pequeño rincón en las estanterías del corazón. ¡Hasta siempre! El consejo de redacción de LABERINTOS

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