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s a a r s E l a l s i R n a a l e D Tendríamos que aprender a reconocer que las cosas mismas son lugares. Martin Heidegger

GOBIERNO DE ARAGON Departamento de Educación, Cultura y Deporte

Diciembre 2008 • Año IX • nº18


LABERINTO17

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SUMARIO 4

LA

CIUDAD SOÑADA

DOSIER: DE ZARAGOZA DE

LAS

ERAS

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A

RANILLAS

EN LOS COMIENZOS DE LA REVOLUCIÓN BURGUESA

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LOS SITIOS DE ZARAGOZA A LA EXPOSICIÓN INTERNACIONAL DE

TRES EFICACIA

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VISIONES LITERARIAS DE

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2008

ZARAGOZA

FUNCIONAL Y EFICACIA TERRITORIAL (DE

1908

A

2008)

SINGLADURAS

34

EL

FALANSTERIO DE FOURIER

LA UNA LAS

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CIUDAD UTÓPICA

38

MIRADA CRUEL Y LÚCIDA SOBRE EL ESPACIO

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EXPOSICIONES Y LA TRANSFORMACIÓN URBANÍSTICA DE ZARAGOZA

UN

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DÍA EN LA EXPO

MEMORIA

DEL FUTURO

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2001: UNA ODISEA DEL ESPACIO. LA PARTIDA INCONCLUSA

HERRAMIENTAS EL

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DEBATE POLÍTICO A ESCENA: UNA PROPUESTA DEL GRUPO TEATRO AVEMPACE

LABERINTOS LICANTROPÍA. AQUÍ

RECOMIENDA

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ITINERARIO DE UNA NOVELA

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NO ENCONTRARÁS TU CASA

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POR-VENIR: JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ

PORTADA: NATALIO BAYO. CONSEJO DE REDACCIÓN: BEGOÑA DIEZ, JULIO GARCÍA, JOSÉ GIMÉNEZ CORBATÓN, FERNANDO MARCO Y ANA TOMÁS. COLABORADORES: ANA AGUILAR, NATALIO BAYO, LAURA BELTRÁN, GONZALO BLASCO SORO, JOSÉ LUIS CALVO PALACIOS, JULIO GARCÍA CAPARRÓS, DANIEL GASCÓN, ÁNGEL GRACIA, ENRIQUE GRACIA BONDÍA, JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ, HERMINIO LAFOZ RABAZA, ALEJANDRO MÁRQUEZ MARZAL, CARLOS MORENO YRUELA, SERGIO MORENO TUNDIDOR, ANA POLA GRACIA, ÁNGEL PUEYO CAMPOS, FERNANDO DE SANTOS LORIENTE, MIGUEL SERRANO LARRAZ, CHARO USIETO, Mª ISABEL YESTE NAVARRO. EDITA: INSTITUTO DE EDUCACIÓN SECUNDARIA ÉLAIOS. ANDADOR PILAR CUARTERO, 3. 50018 ZARAGOZA. DISEÑO Y MAQUETACIÓN: MAGHENTA, S.L. IMPRESIÓN: TALLERES EDITORIALES COMETA, S.A. DEPÓSITO LEGAL: Z-1363-2000. ISSN: 1577-5011.


Editorial

La ciudad soñada Ese puente que une las dos orillas del Ebro es uno de los símbolos de la nueva ciudad, pero es al mismo tiempo una metáfora de su desarrollo. Conecta los dos extremos de la historia: al otro lado, el del pasado reciente, las Eras, el nombre de la llanura que se extendía hace doscientos años al suroeste de Zaragoza entre la Aljafería, el Portillo y la tapia defensiva junto a la Casa de Misericordia. Allí se libró la primera batalla de la Guerra de la Independencia el 15 de junio de 1808. De este lado de la fotografía, la ribera izquierda, con menos encanto y mística que la rive gauche parisina, con su nombre de otra época, Ranillas, que acaba, no obstante, de adquirir un barniz de eternidad por obra y gracia de los fastos de la Exposición Internacional. Entre estas dos fechas se reedita la historia de una ciudad de más de dos mil años de existencia cuyo origen es bien conocido: la Salduie celtibérica, la Caesaraugusta romana, la Saraqusta musulmana, la ciudad de las cuatro culturas, de las tres religiones, de las dos catedrales y de una guerra devastadora en la época contemporánea. De esta derrota, cuyo sufrimiento apenas podemos imaginar, emergió la ciudad lentamente a lo largo del siglo XIX. Fue recuperando su pulso demográfico, demolió las ruinas de las antiguas batallas y sobre ellas construyó poco a poco hasta vislumbrar el rostro de una modernidad algo provinciana en ese tránsito al nuevo siglo que para ella tuvo lugar en 1908. Y a sus dirigentes les pareció que había que cerrar las viejas heridas, esculpidas a cañonazos por el que una vez fue el enemigo. Resulta paradójico que un hecho destructivo como una guerra llegue a constituir la esencia de una ciudad. Tenochtitlán fue arrasada para resurgir inmediatamente en Ciudad de México, San Francisco se recuperó pronto del terremoto de 1906, Dresde, Fráncfort, Colonia han restaurado el aspecto que se llevaron las bombas aliadas en 1945. No es este exactamente el caso de Zaragoza. Digamos que su espíritu, si es que las ciudades lo tienen, no murió del todo pese a la perfidia napoleónica. La ciudad que maravillaba a los viajeros de la Edad Moderna por la belleza de sus casas nobiliarias y por la amplitud de sus calles, sólo igualada por algunas italianas, ha mantenido en precario aquella herencia superpuesta de los romanos, los musulmanes, los habitantes del Medievo y del Renacimiento. Tras la brutalidad inesperada y traumática del desastre de 1808 y 1809 sólo cabía esperar mejores tiempos y lamerse las heridas. Hoy contemplamos con distanciamiento los esfuerzos a nuestro parecer ingenuos de aquella generación que quiso dejar de lamentarse para poner a la ciudad en el mapa de España. Cien años más tarde otra generación ha situado Zaragoza en el mapa de Europa. Quizá dentro de tan sólo cincuenta años nuestros logros parecerán cándidos a los herederos de la ciudad de 2008. Mas no son muy diferentes de los primeros pasos del niño o de sus primeros balbuceos. Causan risa pero enorgullecen. Ya ha pasado la Exposición Internacional y lo que queda de ella, más allá de su quincallería y sus espectáculos atroces, es el recuerdo y la percepción nítida de una etapa nueva, de una línea de corte. La arquitectura del amontonamiento y de la desmesura del meandro de Ranillas quedará como testigo vivo de esa cesura. Los más críticos tenían de antemano perdida la batalla. No hay que olvidar que ya los romanos construían ciudades como si levantasen decorados y aún nos sigue fascinando su sentido escenográfico. Nos haya o no gustado, Ranillas permanecerá

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en el tiempo, en las fotografías y en el recuerdo vivo de sus habitantes, que es el que, en definitiva, modela el espíritu de las ciudades. Hay un concepto geográfico primordial: el hombre es el principal agente modificador del paisaje. En el caso de las ciudades, que son la mayor prueba de la capacidad de vida social de la especie, esa modificación resulta más constante, perceptible y debida a la voluntad que en todos los demás. Venecia se metió en el mar para defenderse de las invasiones bárbaras, París se hizo de una vez durante el Segundo Imperio. Las ciudades revelan al mismo tiempo el paso de la historia por ellas y los cambios que las rejuvenecen y las convierten en objeto deseable de nuestras vidas. Esa paradoja atemporal, saberse más viejas y más cargadas de tiempo y, simultáneamente, presentarse a la vista como nuevas y diferentes en cada paseo recuperado de nuestra infancia, las hace sencillamente irresistibles. La ciudad nos cobija, nos protege, nos reconoce cada vez que la surcamos. La ciudad percibida por cada uno de sus moradores acumula en su espíritu los recuerdos, las visiones, los sueños de sus huéspedes. Esa ciudad es la ciudad real, más que la de las fachadas de los edificios y las alineaciones de las calles. Y esa realidad se transmuta en protagonista de fabulación tan eficazmente como lo hace cualquier otro elemento de nuestra peripecia vital. La ciudad es entonces un espacio literario: Lisboa de Pessoa, Estambul de Pamuk, Nueva York de Auster. Cada evocación literaria se integra en el espíritu de la ciudad, que nos devuelve una imagen renovada y bella o terrible, según los casos. La literatura construye la ciudad igual que lo hacen los sueños, las evocaciones y los recuerdos de todos los que no tenemos la capacidad de formularlos literariamente pero los destilamos en forma de anécdotas, de fotografías, de trayectorias imaginadas por barrios desconocidos, de panoramas que nos sorprenden. Hagamos la prueba. Los que se acercan al final de la cincuentena recordarán quizá el caudal turbulento de la Huerva bajo el puente de los “Gitanos” en la riada de 1961; o la foto culpable del niño alimentando esas grises palomas ante la misma fuente que hoy vemos distraídamente delante del Pilar; o la vez que nos perdimos intencionadamente en Torrero intentando alcanzar los confines legendarios de la ciudad y descubrimos el Canal Imperial omnipresente y el Parque Grande como escenario de nuestras aventuras de jóvenes piratas o de forajidos sin causa y sin salvación; o cuando atisbábamos agazapados entre la maleza, con una mezcla de curiosidad y de pavor, la silueta imposible del castillo Palomar. Pues bien, la nueva ciudad, también la del meandro de la Exposición Internacional, se añadirá muy pronto al espacio literario y al espacio evocado del resto de Zaragoza. Su decorado se revivirá en relatos sublimes y en poesía maldita. Del mismo modo, el recuerdo imborrable de una luna llena de mediados de julio saliendo sobre el Pilar frente a la antorcha fantasmagórica de la Torre del Agua constituye ya un ladrillo fundamental de esa ciudad real, rememorada y evocada que traspasaremos a nuestros sucesores, para que, cuando nada de eso quede ni siquiera en la memoria de los que lo vieron, intenten reconstruir cómo fue este tiempo y esta ciudad, de la misma manera que nosotros intentamos reconstruir hoy la ciudad de 1908, orgullosos de su herencia, desde las viejas fotos color sepia que nos hablan de la huerta de Santa Engracia y de los edificios que queremos y podemos aún ver en la plaza de los Sitios aunque hayan dejado de existir. La voluntad no crea las ciudades, las sueña. Las páginas que siguen dibujan la crónica de ese sueño.


De las Eras a Ranillas

SILUETAS

ZARAGOZA EN LOS COMIENZOS DE LA REVOLUCIÓN BURGUESA HERMINIO LAFOZ CATEDRÁTICO Y DOCTOR EN HISTORIA IES AVEMPACE

1. A pesar de su corto potencial demográfico, Zaragoza en los últimos años del setecientos y primeros del ochocientos era la indiscutible cabecera de la provincia aragonesa. Su aspecto imponente, vista desde fuera, con sus esbeltas torres, se contraponía con el interior del entramado urbano, lleno de callejas tortuosas mal pavimentadas y peor iluminadas, en las que solo destacaba por su anchura el Coso. En este Coso, recuerdo aún del antiguo cursum romano, que circundaba el foso de la primera Zaragoza, se levantaba la mayoría de las mansiones de los nobles, muchos de ellos ausentes del acontecer ciudadano desde hacía bastantes años. Estas mansiones y numerosas iglesias y conventos eran los únicos edificios que podían destacar dentro de una ciudad monótona, sombría y anticuada, como la denominó el viajero Richard Ford, que apenas si había transgredido sus muros medievales. Antonio Ponz, en su visita a Zaragoza a finales del siglo XVIII, habla de más de 70 edificios religiosos, entre los

que destaca el templo del Pilar; también le impresionan los conventos de Santa Engracia y San Francisco y la parroquia de San Pablo; extramuros, los conventos de Jesús, los carmelitas descalzos del Huerva, los capuchinos fuera de la puerta del Carmen, los trinitarios descalzos en el Campo del Toro, etc. Entre los edificios civiles, además de los mencionados palacios, del edificio de la Diputación y de la Aljafería, las puertas de la ciudad y los puentes. 2. La composición de la sociedad zaragozana era también el reflejo y compendio de la del resto de ciudades, pueblos y aldeas aragonesas. En Zaragoza se daban las contradicciones inherentes a una sociedad feudal en la que una minoría trataba de innovar y transformar. En este sentido es muy claro el papel que jugó desde su fundación la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, alrededor de la cual se agruparon unos centenares de personas que representaban esas 5


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Plano del segundo Sitio (1808-1809).

aspiraciones de renovación aunque fuera dentro del sistema y a los que se llamó ilustrados. Y la prueba de que los seguidores de “las luces” lograron ser molestos en un momento determinado al orden dominante es la violencia de la predicación que hizo en Zaragoza en al año 1786 Fr. Diego de Cádiz, representante del pensamiento más reaccionario, contra Lorenzo Normante catedrático de la Económica. Aunque es un tema poco estudiado, es posible que la superación de estos enfrentamientos llevara a algunos de los socios de la Real Sociedad Económica a avanzar hacia posturas de mayor compromiso con la renovación. Y en cualquier caso, la crisis de 1808-1809 conformó el hundimiento definitivo de un modo de producción y de un sistema de pensamiento. Y eso será perceptible sobre todo desde 1812. Otra de las características de la formación social de Zaragoza en los últimos años del setecientos es el malestar en las masas que se manifiesta periódicamente en motines y algaradas. El desabastecimiento y la especulación de granos había llevado a los zaragozanos, también a los de otras ciudades de Aragón, como Borja o Daroca, en 1766 a un motín de hondas consecuencias sociales que tardarán en ser olvidadas. Los impuestos y la precariedad serán la mecha en otros casos que haga estallar a la sociedad zaragozana. Ciertamente, Zaragoza no es una excepción en el reflejo de lo que ocurre en la Corte. A partir del mes de marzo de 1808, tras el acceso del infante Fernando al trono, al malestar social parece unirse el malestar político. Las noticias de lo ocurrido en Aranjuez llegaron a Zaragoza el día 22 de marzo y los estudiantes universitarios reaccionaron inmediatamente descolgando el retrato de Godoy del teatro de la Universidad, llevándolo al Coso y quemándolo. Tras unos días de algaradas, 6

y para evitar males mayores, las autoridades académicas enviaron a sus casas a los estudiantes y cerraron la Universidad. La revolución buscaba símbolos: el positivo, Fernando VII, cuyo simple retrato era objeto de veneración; el negativo, Godoy, que ya no está, pero sí sus apéndices: la administración godoísta se convierte ahora en el blanco de la ira popular. Al Intendente Garciny se atribuía el alza de los precios y sobre todo de los impuestos más odiados como el del vino, así que a finales de marzo se produjo un motín en el Mercado de Zaragoza: las vendedoras de frutas y verduras expulsaron al Intendente a “tronchazos”. También había recibido algunas pedradas en la Puerta Quemada, lugar habitual de reuniones de los jornaleros zaragozanos. El 31 de marzo le llegaba a Garciny en posta una real licencia por dos meses con todo el sueldo para pasar a la Corte con toda su familia, de manera que el 2 de abril se ausentaba de Zaragoza para no regresar. Los zaragozanos se habían librado así de la segunda autoridad en Aragón después del capitán general. En el mes de abril, y sobre todo desde la llegada del rey a Bayona y los posteriores acontecimientos en Madrid, si atendemos a la correspondencia de algunos personajes, en Zaragoza se vivió entre el gozo, la impotencia y la melancolía por las noticias contradictorias que circulaban por todas las partes. 3. José de Palafox y Melzi, segundo hijo de los marqueses de Lazán había nacido en Zaragoza en octubre de 1775. Tras educarse como sus hermanos en las Escuelas Pías de Zaragoza donde tuvieron como preceptor al P. Basilio de Santiago Boggiero, marchó también como ellos a Madrid para ingresar en los Guardias de Corps donde llegaría a alcanzar el grado de brigadier. Está fuera de toda duda su adscripción a la camarilla del Príncipe de Asturias así como su destacada participación en los sucesos de El Escorial y en el motín de Aranjuez. Formó parte del contingente de Guardias de Corps que custodiaron a Godoy después de su captura hasta que fue entregado a los franceses, y parece que el marqués de Castelar le comisionó, con otros guardias (el conde de Berbedel, Fernando Gómez Butrón y Juan Miguel Serrano) para que pasase a Bayona a explicar lo ocurrido al rey Fernando y a pedirle instrucciones sobre lo que se debía hacer. Por el camino, en Burgos, Palafox se encontró con el conde de Montijo y planearon liberar al rey. No sabemos gran cosa del plan para hacerlo pero sí que no pudo ser pues fueron pronto descubiertos por los agentes de Napoleón, buscados por Irún y, finalmente, disfrazados y perseguidos por los gendarmes, huyeron a uña de caballo hacia Aragón. Tras algunas peripecias conseguían trabajosamente llegar a Zaragoza en los primeros días del mes de mayo de 1808. Palafox trató de convencer al capitán general Guillelmi de que traía instrucciones precisas para levantar Aragón contra los franceses. Guillelmi sin embargo le conminó a reintegrarse a su unidad amenazándole en caso contrario con arrestarle. Palafox,


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viendo que no podía esperar ninguna cooperación del capitán general, pensó en su pariente el conde de Sástago para formar con él y otras personas de influencia sobre el pueblo y decididos fernandinos una Junta cuya misión sería la de movilizar al vecindario para deponer a las autoridades nombradas por Godoy y sustituirlas por hombres fieles a Fernando VII. Esta Junta debería alzar en su nombre Aragón contra los franceses. Así, llamaron a los hermanos Antonio y Gerónimo Torres, comandantes de los Fusileros del Reino, al conde de Cabarrús que estaba casualmente en la ciudad, a Benito Hermida que tenía una gran amistad con Jovellanos, al capitán de artillería Ignacio López y al comerciante de origen francés Pedro Lapuyade. Ciertamente era una Junta representativa de la clase dominante, así como del ejército y otros cuerpos armados, sin embargo no había representantes de los sectores populares. Y es que tanto a la nobleza como a la incipiente burguesía y, por supuesto, al ejército, les repugnaba sobremanera armar a las masas populares a las que temían tanto o más que a los franceses.

autoridades. Todo estaba dispuesto para el estallido y, sin embargo, carecían de una cabeza. Buscaron durante días una persona de prestigio, noble o militar, que les dirigiera en su insurrección, pero todos los consultados en este sentido rehusaron excusándose: el conde de Sástago, Antonio Cornel, que había sido ministro de la guerra, algún militar retirado en Borja... Parece increíble que con todo ese ruido, y con Sástago tocado, Palafox siguiera escondido. Todo parece indicar que no era ésta su revolución.

El motín popular estalló el día 24 de mayo: las noticias llegadas en el correo de la salida de los príncipes hacia Bayona y la nueva renuncia que hacía Fernando VII en favor de su padre fue suficiente. Algunos de los decididos se colocaron la escarapela roja en el sombrero y se dirigieron a la residencia del capitán general para exigirle armas. Ante la negativa de éste se lo llevaron al castillo de la Aljafería donde le dejaron encerrado apoderándose de unos 25.000 fusiles, de los que se distribuyeron inmediatamente 5.000, y algunos cañones. Durante Así pues, esta Junta un todo el día, carentes de directanto extravagante iniciaba ción, los ciudadanos armalas gestiones para el movidos de Zaragoza se dedicaron Motín del 24 de mayo de 1808. miento que debía estallar a esperar. Mientras, se reunía en la fecha adecuada, mienla Real Audiencia presidida tras Palafox, presionado por Guillelmi, decidía despor el sustituto de Guillelmi, el general Mori, sin visaparecer de la escena, yendo a esconderse con sus lumbrar una salida al conflicto. En medio de la espera, compañeros a la finca de La Alfranca, propiedad de alguien recordó a Palafox, y el conocido como “tío sus parientes los Ayerbe, situada a unas leguas de Jorge”, acompañado por otros hombres armados, fue en Zaragoza. En la espera del momento oportuno para su busca. Palafox relata en sus Memorias que cuando hacer estallar el movimiento, sorprendieron a vio llegar gente armada a La Alfranca, creyó que eran Palafox y sus amigos los acontecimientos del 24 de fuerzas mandadas por el capitán general para detenermayo. le. Los recién llegados le invitaron a acompañarles a Zaragoza para ser nombrado capitán general y ponerse 4. Los campesinos, los trabajadores de los greal frente de la insurrección. Palafox, como habían hecho mios y los jornaleros, que estaban inquietos desde otros, rehusó en un principio pero, al fin, ante su insishacía unos meses, comenzaban a movilizarse poniendo tencia, fue con ellos a Zaragoza donde fue recibido en pasquines en contra de la presencia francesa. Dirigían medio de aclamaciones. el movimiento líderes “naturales”, es decir, labradores medianos que gozaban de prestigio entre los demás. A A la mañana siguiente, la sesión en la Audiencia partir del 6 de mayo en que comienzan a conocerse los fue un tanto tormentosa. La presión popular debajo del acontecimiento madrileños del día 2 se aceleran los palacio y los representantes que subían continuamenpreparativos. El historiador francés Daudebard de te para interrumpir la reunión amenazando a los preFérussac dice que todo el pueblo zaragozano se puso sentes si no se nombraba a Palafox capitán general fueen movimiento, los grupos se juntaban en las plazas ron harto convincentes: finalmente el general Mori públicas, se hablaba con una libertad desconocida renunciaba, invistiendo a Palafox con la capitanía genehasta ahora y se ponían carteles sediciosos contra las ral de una manera insólita. Ninguna otra institución de 7


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la ciudad puso impedimento. El 26 de mayo de 1808 Palafox era proclamado capitán general de Aragón, y el 27 se dirigía por primera vez mediante una proclama a los aragoneses. Antes, al aceptar su investidura exigió que este fuera el último movimiento y procedía, no sin algunas protestas, al desarme de los zaragozanos. Algunos testigos franceses escriben significativamente: “La sumisión más ciega reemplazó a la insubordinación más completa”. 5. Desde el primer momento, desde la prisión del capitán general Guillelmi y el armamento del vecindario de Zaragoza, queda patente que hubo, al menos, dos enfrentamientos: el uno contra el enemigo exterior, contra los franceses; y otro dentro de los muros de la ciudad intentando mantener el orden social dominante y evitando que el pueblo armado pudiera discurrir por los caminos de la revolución. El primero, está claro. Pero no lo está tanto el segundo; es necesaria una lectura atenta de las diversas fuentes para entrever esta guerra sorda de clase. En los primeros días de la revolución, mientras caía el capitán general Guillelmi y el pueblo se armaba, el resto de las instituciones estaba alerta: el Real Acuerdo y el ayuntamiento se carteaban buscando apoyo mutuo para resolver la crisis, o al menos para aminorarla, pero carecían de fuerza armada, de fuerza de coacción. Todos los ojos se volvieron entonces hacia el cabildo zaragozano como única autoridad capaz de mantener la tranquilidad pública tras la caída de los representantes del Estado. Era preciso detener la posibilidad de la anarquía popular. Cuando Palafox se hizo cargo al fin de la capitanía general, exigió que cesasen las alteraciones del orden y el desarme de los vecinos que estos aceptaron a regañadientes; proclamó, además, el estado de guerra diciendo a los contraventores que los castigaría militarmente. Las proclamas del 7 de junio de 1808 ordenaban “que se denunciasen los delitos de traición en que hubiese sospechas fundadas (...) lo mismo se ejecutaría con los ladrones y perturbadores de la tranquilidad pública”.

Claustro del monasterio de Santa Engracia en 1806.

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En los momentos críticos, por ejemplo el día 15 de junio, primer día del ataque francés a la ciudad, el mantenimiento del orden se encomendó, en forma de patrullas nocturnas, a las personas de clase, que, sin embargo, no pudieron evitar la detención por parte de grupos de paisanos armados e incontrolados de personas significadas y poco sospechosas como el ingeniero Sangenis, el capitán de artillería Juan Cónsul o el teniente de húsares retirado Luciano Tornos, bajo la acusación de espionaje. La intervención del Intendente Calvo de Rozas fue decisiva para evitar que las cosas fueran a más. Las rondas cívicas se fueron incrementando desde el día 21 de junio y a las personas de clase se añadieron los ministros del Crimen, eclesiásticos, religiosos y dependientes de justicia. Los objetivos de la vigilancia eran, sobre todo, las puertas de la ciudad, punto clave de la defensa. Pero además, el enfrentamiento se llevaba a cabo entre paisanos “perturbadores” y “genios fogosos”, que opinaban que las reglas son inútiles y que el valor lo supera todo, y los militares que sostenían que aquellos obraban temerariamente. No era lo mismo, en opinión de éstos, defender parapetados las puertas y tirar desde los edificios que batirse en campo abierto donde el arte vence los obstáculos y arrolla las masas más grandes cuando no son dirigidas con la debida pericia. Explicaciones semejantes de la pretendida superioridad técnica de los militares sobre los paisanos armados las encontraremos en otros momentos históricos de nuestro país como es el caso de la guerra civil de 1936 a 1939. En el segundo asedio, desde los primeros días de diciembre se siguió con las rondas cívicas y los turnos de guardia de los eclesiásticos en las puertas “pues su influjo -al decir de Alcaide Ibieca- era necesario para evitar desórdenes”. Pese a estas previsiones, en varios momentos está a punto de desbordarse el desorden popular. Momentos críticos se produjeron por la falta de pan o por el aumento de los precios de los alimentos. Otro momento delicado se produjo cuando al principio de los ataques de los franceses a la ciudad en el mes de junio se desató la xenofobia antifrancesa contra los residentes de esta nacionalidad en Zaragoza que sobrepasaba el millar de personas. La rápida intervención de Palafox mandando su encarcelación evita dramas mayores. No obstante a lo largo de los meses siguientes la amenaza contra los residentes franceses atravesó por momentos álgidos como cuando el 19 de julio el cura García pretendió arengar a los paisanos para ir a degollar a los franceses. O cuando la aparición el 26 de agosto de pasquines amenazadores de parroquianos de San Pablo y la Magdalena. Finalmente y para evitar


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males mayores, Palafox ordenará el traslado de los franceses encarcelados el 27 de noviembre a los castillos de Alcañiz y Monzón. Y luego la cuestión de los espías y las deserciones. Un bando de Palafox de 18 de julio de 1808 avisaba a los defensores de Zaragoza de que vivieran prevenidos para evitar sorpresas pues los franceses intentaban penetrar en la ciudad disfrazados de paisanos, confundiéndose con los voluntarios que no usaban uniforme. Los zaragozanos parecen caer en la psicosis del espionaje y de la conspiración hasta el punto de provocar a menudo incidentes que acaban en algún caso en el asesinato, como la mujer muerta a golpes en la plaza del Mercado por habérsele encontrado papeles y cartuchos que dijo haberlos cogido en la mochila de un francés. Las deserciones pertenecen al lado oscuro de la historia oficial de los Sitios: simplemente no se habla de ellas; no se menciona ni la posibilidad de su existencia pues no es posible contemplarlas en un pueblo tan recio, viril y heroico. Y sin embargo fueron abundantes, tanto entre los militares como entre los paisanos. Muchos de éstos que habían llegado desde diferentes lugares de Aragón al principio del asedio, pronto regresaron a su casas, tan desarmados y hambrientos como habían venido; otros se echaron al monte y se dedicaron a sembrar el pánico, por ejemplo, entre las localidades de la carretera de Barcelona los días siguientes al 12 de julio. Palafox publicó un bando el 9 de febrero de 1809 en el que señalaba que algunos vecinos veían con indiferencia la suerte de su patria y muchos soldados, siguiendo este ejemplo, se habían separado de sus cuerpos y se ocultaban en las casas de los cobardes. Y una vez más encargaba a los vecinos de crédito, probidad y honradez, a tres de cada parroquia, que examinasen la conducta de los individuos de su parroquia, llevando control de los que cumpliesen con su deber y de los que repugnasen servir a su patria. Si vemos pues, estas pruebas de la falta de unanimidad entre la población zaragozana, no nos ha de extrañar que, aparte del cansancio lógico tras tantos días de asedio, la población zaragozana acogiera relativamente bien a los franceses ocupantes tras la capitulación del 20 de febrero de 1809. 6. El día 20 de febrero los zapadores del mayor Valazé daban los últimos toques a sus hornillos de minas bajo el Coso mientras una nueva galería se abría bajo el convento de Santa Catalina. Había llegado el momento de hablar de rendición. Este mismo día por la mañana, el general Saint-Marq fue encargado del mando. En la ciudad, al decir de Daudebard, había opiniones encontradas sobre la capitulación; el recuerdo del abandono de Palafox de la ciudad en el primer ase-

José de Palafox y Melzi.

dio hizo que desde bastante tiempo atrás se vigilasen las barcas cañoneras pues el pueblo temía que se evadiesen de nuevo por el Ebro. Bastantes militares y el nuevo gobernador parecían de la opinión de resistir aún, sin embargo muchos habitantes, los más influyentes y los más numerosos, así como la mayoría del ejército, pensaba que se debía capitular. Finalmente prevaleció la opinión de capitular, no sin antes haber abortado parte de los jefes (Marcó del Pont, comandante del Portillo, el comandante de la Misericordia y el de la Puerta de Sancho) el intento de otros de apoderarse de la artillería y municiones, forzando a la tropa que quedaba a seguir su desesperada resolución. El día 20 de febrero se firmaba por fin la capitulación. 7. Cuando el 21 de febrero de 1809, en cumplimiento de los términos de la Capitulación de Zaragoza ante el ejército sitiador del mariscal Lannes, empezaban a salir los defensores de la ciudad para entregar sus armas, el espectáculo debió de ser tan impresionante que alguno de los testigos, que más tarde nos legaría sus memorias, pudo decir que ni aun en las terribles jornadas de la campaña de Rusia experimentaría una sensación tan demoledora. Hombres y mujeres, casi reducidos a sombras, se despegaron a duras penas de los escombros, salieron de las cisternas, de los dinteles de las puertas, de las profundidades de las bodegas y, con las miradas perdidas, avanzaron como autómatas en medio del silencio de los sitiadores. Sólo entonces la rudeza de la guerra, la visión de los resultados del loco frenesí, la plástica de la hecatombe, lograba conmover a los seres humanos que 9


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durante meses se habían batido como enemigos. La visión del memorialista era, lo sabemos ahora, como la visión de Hiroshima o Nagasaki, o la de los campos de exterminio nazis: la destrucción ponía más en evidencia los fútiles motivos por los que se había llegado a ella. Las miradas opacas de los cadáveres parecían interpelar ahora no sólo a los supervivientes del momento, sino a todos los supervivientes del futuro hasta nuestros días. Y quizá a los de después de nosotros. Zaragoza, que desde 1710 no había conocido directamente la guerra, se lanzó desaforadamente a su destrucción. Por la religión y el rey primero. Luego vendría lo de la patria. Miles de cadáveres sin remisión ya dieron fe sobre las ruinas de Zaragoza de lo que significaba morir por las ideas de otros. Después, otro cielo. La reconstrucción. La semilla de la sangre abrió otra ciudad; otras, o las mismas, ideas; otras especulaciones. Pero para siempre quedaría la imagen de aquella, seguramente fría, mañana de febrero envolviendo en silencio a unos seres que hasta ese día se habían degollado sin vacilar y que ahora, a la vista del naufragio, unos cerraban sus ojos intentando recordar sus hogares lejanos, otros miraban con terror el paisaje y otros con compasión a aquellos ex defensores. Sin embargo, abandonadas las armas en montones, enterrados los últimos cadáveres, el sentimiento de nausea se sublimó. Y fue el heroísmo la raída bandera que justificaría hasta nuestros días lo esencial de la matanza, el triunfo de los abatidos, el manto leve de tierra que cubriría tanto sinsentido. 8. La ciudad había capitulado pero la guerra continuaba. Ahora buscaría otros paisajes. 9. Tras la capitulación, al día siguiente, la nueva administración francesa procede a realizar una labor de policía, disponiendo el derribo y reparo de los “texados y demas porciones esteriores de casas que amenacen ruina”, se acomete la evaluación de los daños y la limpieza de la ciudad. Esta labor de limpieza pasa por el derribo definitivo de los edificios que no se pudiesen reparar, como el convento de San Francisco, y que además representasen un peligro evidente. Más tarde, se plantea la disyuntiva (tan desgraciadamente de actualidad en la isla de Manhattan, en el espacio que ocupaban las torres) de si rehacer la trama urbana o bien plantear un nuevo diseño. Se opta por esto último por intervención directa, según el profesor Domingo J. Buesa, del propio Gobernador General de Aragón, Suchet. El artífice idóneo de la intervención lo encuentra Suchet en el arquitecto zaragozano Joaquín Asensio, formado en la Academia de Dibujo de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, que es nombrado en 1811 arqui10

tecto municipal. Asensio planteó “abrir una gran calle muy ancha con soportales o cubiertas a derecha e izquierda en línea recta desde las afueras de la ciudad en Santa Engracia hasta la Ribera del Ebro…”. Se imponía así el modelo urbanístico burgués en una arteria que tomaba el nombre de Paseo Imperial. Esta calle ancha tenía dos tramos diferenciados separados por el arco Cinegio: al norte, el espacio entre el palacio del marqués de Ayerbe y la Lonja; al sur, desde el arco Cinegio hasta Santa Engracia. Pero un cierto movimiento de resistencia, hábilmente manejado, se concretó en torno a la posibilidad de que la operación del tramo norte destruyera el Pilar, símbolo de la defensa de la ciudad. A la espera, pues, de acontecimientos, la reforma se circunscribió al tramo sur que, con árboles, bancos, faroles y otros adornos, se inauguraba el 30 de septiembre de 1812. Al final se abandonó la idea de seguir hasta el final del tramo norte. La ocupación francesa tampoco dio para más y el arquitecto salía hacia el exilio con el contingente que abandonaba Zaragoza en julio de 1813. En 1814, de regreso de su exilio francés, el rey deseado visitó la ciudad empujado por Palafox que quería que Fernando VII contemplara con sus propios ojos hasta dónde había llegado el amor de sus súbditos por él. Los zaragozanos llevaron su carroza, desuncida, casi en volandas desde un buen trecho antes de entrar en la ciudad, desde los altos de San Gregorio, hasta su interior. Tanto amor le profesaban, tanto deseaban a este monarca que se manifestó tan poco deseable. Pocos días después, el rey abolió la Constitución de 1812 y lo que las Cortes de Cádiz habían legislado. En Zaragoza se derribó la lápida de la Constitución y la ciudad se convertiría por mucho tiempo en una ciudad triste, presa de una atonía política y social. Y es que la vuelta al Antiguo Régimen devolvía el control de las instituciones a los sectores más reaccionarios de los estamentos privilegiados, envejecidos y a la defensiva, quienes bloquearían por largo tiempo toda acción innovadora. Tal vez símbolo más visible de este retroceso fuera la reinstauración en Zaragoza del Tribunal de la Inquisición en julio de 1814.

Batalla de las Eras.


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DE LOS SITIOS DE ZARAGOZA A LA EXPOSICIÓN INTERNACIONAL DE 2008 ISABEL YESTE NAVARRO UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA MIEMBRO DE LA APA DEL IES ÉLAIOS

vieron en ella sino montañas A comienzos del siglo XIX, de escombros, zanjas, polvo, el perímetro de Zaragoza apenas ceniza, cadáveres y tifus. resultaba distinto a aquel que se había perfilado ya durante el La ciudad que finalmente periodo medieval con la conshabía capitulado resultaba trucción de un muro de tierra inhabitable y era necesaria su que rodeaba la ciudad. Este reconstrucción. Ya en el primer muro transcurría, aproximadadía de su constitución bajo mente, por los actuales paseos dominio francés, la Junta de de Echegaray y Caballero, de Gobierno de Zaragoza publicó María Agustín, de Pamplona, de un bando en el que se disponía la Constitución, de la Mina, que se derribaran o repararan Asalto y Alonso V. Dentro de los elementos salientes o volaeste perímetro se distinguía dos de las casas en ruina, con el todavía la impronta de la vieja fin de que no pudieran caer muralla de piedra de época sobre las calles causando romana, la cual trazaba así la vía mayores destrucciones. más importante de comunicaTambién comenzaron a cerrarse ción interior de la ciudad: el los fosos reforzando las cimenCoso. Fuera de este perímetro Zaragoza, 1808. taciones dañadas, se derribaexistían algunas construcciones ron los muros que penosamente se elevaban todavía extramuros: el castillo de la Aljafería, las instalaciones del algunos metros sobre el suelo, se limpiaron los cascotes Canal Imperial en Torrero, los conventos de carmelitas y se cerraron los solares resultantes con humildes tapias descalzas de San José y agustinos descalzos, el barrio de de ladrillo. Esta tarea “doméstica” resultó ser la más aprelas Tenerías y el Arrabal, al otro lado de Ebro y comunicamiante, no sólo por la necesidad de evitar derribos fortuido con el resto de la ciudad a través del puente de Piedra. tos que pudieran causar nuevos desastres sino, también, por el expreso deseo de los gobernantes de borrar cuanto Esta será la ciudad a la que se enfrenten los ejérciantes las huellas de la contienda. tos napoleónicos en los Sitios de 1808 y 1809. El primero de ellos tuvo lugar entre el 15 de junio y el 13 de Al frente de la administración local se hallaba el agosto de 1808, el segundo entre el 21 de diciembre de Corregidor Mariano Domínguez, nombrado por José I, 1808 y el 20 de febrero de 1809. La “heroica” defensa de quien ordenó las tareas de desescombro y derribo de los la ciudad en los Sitios (1808-1809) se llevó a un punto inmuebles ruinosos, impulsó medidas sanitarias y creó de difícil comprensión, si no tenemos en cuenta las faluna Guardia Cívica compuesta por 200 hombres que sas esperanzas de victoria y auxilio exterior, con las que habían de mantener el orden. Por motivos de salud se mantuvo la moral de los sitiados 1. Se luchó metro a pública y siguiendo los dictados impuestos por médicos metro. Cuando los franceses entraron en Zaragoza, no 1

"…en Zaragoza, como siempre ha sucedido y sucederá en idénticas circunstancias, se venía sosteniendo el espíritu público por medio de fábulas y noticias favorables inventadas ad hoc". Guía de Zaragoza. Zaragoza, Imp. y lib. de Vicente Andrés, editor, 1860, p. LXXXIV.

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conventuales y que, por otra parte, no favorecía el acecho de los rebeldes y permitía la rápida movilización de las tropas. Las obras comenzaron al sur del Coso. Se corrigieron alineaciones, se plantaron cuatro hileras de árboles y se colocaron faroles y bancos. El paseo se “inauguró” el 30 de septiembre de 1812.

Paseo de la Independencia y fuente de la Princesa (circa 1864).

y científicos franceses, la Junta Suprema del Reino prohibió en 1809 los enterramientos en el interior de las iglesias, lo cual habría de traducirse posteriormente en Zaragoza en la construcción del Cementerio de Torrero, inaugurado en junio de 1834. Se procedió también a la valoración de los daños sufridos en los muros y puertas que rodeaban la ciudad. En marzo de 1811, el mariscal Luis Gabriel de Suchet, Gobernador General de Aragón, nombró a Joaquín Asensio Martínez, maestro de obras, arquitecto municipal de Zaragoza. En materia de urbanismo, los planes imperiales previstos para la ciudad de París habrían de convertirse en modelo válido para el resto de los territorios controlados por Francia. Y de esta forma, se entendió que Zaragoza necesitaba también una obra de carácter representativo, “un grandioso proyecto que dejara memoria imperecedera de la época que se iniciaba bajo las águilas imperiales del Corso” 2, el inicialmente denominado: paseo Imperial. El proyecto de Joaquín Asensio para la formación del citado paseo arrancaba de la ordenación de la destruida Cruz del Coso, junto a la antigua Puerta Cinegia del muro romano. A partir de este punto, se trazó una línea recta que llegaba hasta el límite Sur de la población, esto es, desde las ruinas del Hospital de Nuestra Señora de Gracia –el Hospital de Locos– y del convento de San Francisco, hasta las del monasterio de Santa Engracia, en definitiva, un paseo entre arruinados edificios de carácter mayoritariamente religioso. Una calle de admirables dimensiones, que traía a Zaragoza el orden de las amplias y rectas avenidas parisinas trazadas llevando a la práctica los esquemas teóricos sobre l’embellissement de las ciudades; una vía insolidaria con un entorno de origen medieval formado por callejas y tapias que delimitaban antiguos límites 2 BUESA

Un año más tarde los franceses abandonan la ciudad y con ellos lo hace Joaquín Asensio, arquitecto municipal. En su retirada y para evitar su persecución, volaron la arcada del puente de Piedra más próxima al Arrabal. Su reconstrucción se haría con enorme celeridad y en precarias condiciones, todo lo cual llevó al Ayuntamiento a convocar un concurso en 1823 para la construcción de un nuevo puente que sustituyera al de Piedra. A pesar de que a dicho concurso se presentaron tres proyectos, la falta de recursos económicos del Municipio llevó a que se optara únicamente por volver a reparar el viejo puente. Bajo el reinado de Fernando VII, la ciudad de Zaragoza se sumergió en una atonía política y social que ni siquiera los “desastres de la guerra” pueden justificar. Sobre las destrucciones causadas en la ciudad por la guerra podría haberse diseñado una ciudad moderna y acorde a las nuevas necesidades sociales que se adivinaban ya en el horizonte. Sin embargo, nada de eso se hizo. Demográficamente, la población tocó fondo al llegar a tan sólo 35.000 habitantes, diez mil menos de los que tenía antes de los Sitios. Únicamente se comenzaron a reparar algunos de los monumentos más significativos de la ciudad. Tiburcio del Caso llevó a cabo la reconstrucción de la iglesia de San Fernando. Antonio Vicente reedificó en 1826 la Cruz del Coso. José de Yarza Miñana se hizo cargo de la reconstrucción de varios edificios religiosos como la iglesia de Nuestra Señora del Portillo (1827), el convento de Trinitarios Descalzos (1830) o la iglesia del convento de Santa Mónica (1831). Este proceso de restauración y reconstrucción monumental se extendería prácticamente a lo largo de todo el siglo XIX. En cuanto a la ejecución de planes urbanos para la ciudad, únicamente fue retomado el proyecto de paseo Imperial por parte de Martín de Garay, entre otras cosas protector del Canal Imperial3, quien gestionó la construcción de un paseo con salón central y dos calzadas laterales que concluyera en una glorieta con jardines y en donde se construyera igualmente una “magnífica” puerta para la ciudad. El paseo napoleónico pasó a denominarse Salón de Santa Engracia, una denominación que lo entroncaba de modo directo con los bulevares franceses y con la política de espacios verdes que ya se había iniciado en Europa en épocas anteriores4.

CONDE, D. J., “Repercusiones del dominio francés en el urbanismo aragonés”, en La Guerra de la Independencia. Estudios, Coord., José A. Armillas, Volumen I, Zaragoza, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, Institución “Fernando el Católico”, 2001, pp. 327-344. 3 La realización de las obras de los paseos en Zaragoza era cometido de la administración del Canal Imperial. 4 La creación de paseos en el interior de las ciudades respondió a las propuestas higienistas de los médicos del siglo XIX, preocupados por la expansión de enfermedades como el cólera o la tuberculosis. El higienismo, planteamiento vinculado al pensamiento liberal, tuvo en los británicos a sus primeros representantes, aunque muy pronto este planteamiento se extenderá a otros lugares.

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Durante la minoría de edad de la futura reina Isabel II tendrá lugar la Desamortización de los bienes eclesiásticos promovida en 1836 por el ministro de Hacienda y después presidente del Gobierno, Juan Álvarez Mendizábal. Las desamortizaciones llevadas a cabo en Zaragoza tendrán gran importancia para su futuro desarrollo, ya que éstas consistían básicamente en la expropiación de los bienes liberados y su nacionalización y posterior venta en pública subasta al mejor postor5. Había pues un objetivo principal de carácter financiero, buscar ingresos para pagar la deuda pública del Estado y conseguir fondos para el sostenimiento de la guerra carlista; aunque tenía también un objetivo político que pasaba por ampliar la base social del liberalismo con los compradores de bienes desamortizados. Además, buena parte del clero regular apoyaba a los carlistas. Las desamortizaciones de Mendizábal transformaron gran parte del suelo no construido existente en el interior de la ciudad, fundamentalmente el correspondiente a las huertas de los conventos rescatados, ya que éste pasó a ser suelo urbano o edificable, lo cual permitió el acceso a la propiedad del suelo de la nueva clase social emergente, la burguesía, y, también, de las nuevas instituciones surgidas al amparo de las reformas en la administración pública. Igualmente, se llevó a cabo en la ciudad un proceso de militarización, que se tradujo en la utilización de un buen número de conventos y monasterios para albergar tropas y efectos militares. La distribución geográfica de estos conventos en la periferia de Zaragoza y, especialmente, al sur de la antigua muralla de piedra6, llevó a que la localización de las zonas expropiadas coincidiera con las destruidas, todo lo cual conllevará, en un lapso de tiempo más o menos largo, la transformación interior de gran parte de la ciudad y su futuro desarrollo sobre el plano. Y de nuevo la conclusión del Salón de Santa Engracia se convertiría en punto de partida para la nueva corporación nombrada en 18417, toda vez que en este mismo año se cubriera, por fin, la acequia del Pontarrón que lo atravesaba. En 1851 se vendieron en pública subasta los terrenos de la huerta del desamortizado convento de San Francisco, lo cual permitió regularizar el flanco occidental de la actual plaza de España y completar así su trazado. Igualmente, se retomó la idea de construir edificios porticados según proyecto de Yarza y Gironza, reformado en 1854 por José Segundo de Lema y con una ordenación uniforme de fachada, similar a la elaborada por Percier y Fontaine para la rue de Rivoli parisina. Las primeras edificaciones se construirían en el frente derecho del paseo.

En su extremo sur, el paseo se cerraba con la puerta de Santa Engracia o, más bien, con el “portalón” provisional que se construyó en su lugar cuando la puerta fue volada por los franceses el 4 de agosto de 1808. Ante la proximidad del nuevo paseo, se consideró la conveniencia de construir “una magnífica puerta” que sirviera como monumento a los acontecimientos que tuvieron lugar en sus inmediaciones durante los Sitios de Zaragoza. En julio de 1830 se colocó la primera piedra de la nueva puerta, aunque las obras se paralizaron en 1835 por motivos económicos. Aunque el proyecto no se llevó finalmente a cabo, fue pintado en grandes lienzos colocados sobre la obra ya realizada, para servir de entrada a la reina Isabel II en su visita a Zaragoza en 1860. El salón de Santa Engracia arrancaba de una remodelada plaza de San Francisco –la actual de España–, en cuyo centro el Regente de la Audiencia había propuesto al Ayuntamiento en 1833 la construcción por suscripción de una fuente pública en honor a la futura Isabel II, en la jura como princesa heredera del Reino. La primera piedra se colocó el 14 de octubre del mismo año. El proyecto para la fuente de la Princesa fue redactado por Yarza y Gironza y consistía en un pilón circular, en cuyo centro se colocó la figura de Neptuno –obra del escultor Tomás Llovet–, sobre un fragmento de columna adornada con guirnaldas sostenidas por fauces de león, todo ello descansa a su vez sobre una pirámide truncada, con cuatro delfines que arrojan agua por la boca en cada uno de sus ángulos y doce caños distribuidos en su contorno, tres por cada frente. El agua comenzó a manar de ella el 24 de julio de 1845, eran aguas traídas del Canal Imperial. Hasta 1862 sería la única fuente de Zaragoza y hasta 1902 solucionó, al menos parcialmente, el problema del suministro de agua en el interior de la ciudad. En 1902 fue desmontada y sustituida por el Monumento a los Mártires de la Religión y de la Patria, en 1935 se instaló en la arboleda de Macanaz, aunque sin que de ella fluyera el agua, finalmente, en 1946, se instaló en el parque Primo de Rivera, en donde se halla en la actualidad. Por otra parte, la Dirección del Canal llevó a cabo en 1840 la construcción en el exterior de la ciudad de unos grandes jardines junto a la puerta de Santa Engracia. Estos jardines de la Glorieta gozaron muy pronto del favor de los zaragozanos y así, en 1851, fueron ampliamente remodelados por los arquitectos municipales Yarza y Gironza. En 1859 se emplazó en el centro de la misma, un monumento escultórico en honor a Ramón Pignatelli, artífice de la traída de aguas

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La Iglesia vio desmanteladas las bases económicas de su poder. A cambio de la expropiación, el Estado se comprometió a subvencionar económicamente al clero. El primer ejemplo presupuestario fue la Dotación de Culto y Clero de 1841. zonas situadas al sur, extramuros de la vieja muralla de piedra que fijaba los límites de la ciudad de Zaragoza, fueron ocupadas en época bajomedieval, en una buena proporción, por conventos y monasterios, ya que en estos sectores era posible construir amplios edificios con extensas huertas, puesto que el coste del suelo era menor aquí que en otras zonas centrales. A estas órdenes religiosas se sumaron, a partir del siglo XVII, aquellas que surgieron al amparo del espíritu contrarreformista. 7 ÍÑIGO GÍAS, P., “Algunos aspectos urbanísticos de la Zaragoza esparterista: el Salón de Santa Engracia” en Estado actual de los estudios sobre Aragón (Actas de las Cuartas Jornadas), 2 vols., Zaragoza, 1982, pp. 385-390. 6 Las

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la burguesía temía que la aparición de grandes extensiones de nuevo suelo urbano en zonas exteriores hiciera descender el precio del suelo de su propiedad en el interior de la ciudad. Frente al característico crecimiento en superficie de los ensanches decimonónicos de otras ciudades españolas, para Zaragoza se propuso una colmatación interior, realista, consciente de la gran amplitud del perímetro histórico zaragozano y, sobre todo, sancionadora de los sistemas de control ejercidos por las clases dominantes.

Ordenación de fachadas para el paseo de la Independencia.

del Canal Imperial. La Glorieta pasó así a denominarse de Pignatelli. Zaragoza experimenta en los años centrales del siglo un impulso que resultaría ya imparable. La población zaragozana crece a buen ritmo. El censo de 1857 establece para Zaragoza una población de 63.399 habitantes, lo cual implica una tasa de crecimiento en los últimos años de un 1,85% anual. A partir de este momento, el crecimiento poblacional de la ciudad será ya constante y comparable, e incluso superior, al de otras ciudades de tamaño medio de España. En este estado de cosas y de acuerdo con lo dictado por la Real Orden de 1846, Ildefonso Morales de los Ríos, alcalde de Zaragoza, encargó en 1849 a los arquitectos José de Yarza y Joaquín Gironza la formación de un plano general de la ciudad8, el cual se llevó a cabo doce años más tarde9. Las reformas más importantes que el plano recoge tienen carácter de presente y futuro. Por una parte, el plano incorpora algunos proyectos ya elaborados que en ese momento se encontraban todavía sin ejecutar o en fase de realización: rectificación de la calle de Don Jaime I y ensanche y prolongación de la calle del Trenque –Alfonso I–; por otra, propone nuevas reformas para la ciudad: ordenación del Arrabal con la construcción de dos nuevos puentes sobre el Ebro, creación de dos ejes este-oeste en prolongación de Predicadores y Torre Nueva, ensanche y prolongación de la calle de la Yedra –San Vicente de Paúl–, prolongación del paseo de la Independencia, rectificación y prolongación de la calle del Portillo y creación de un “ensanche” para la ciudad que pasaba más por la urbanización de los terrenos intramuros que continuaban sin edificar que por ampliar su superficie. El plano de Yarza está planteado desde una perspectiva burguesa, rectificando antiguos trazados a partir de calles amplias y rectas y controlando su expansión, ya que 8

La llegada del ferrocarril a la ciudad conllevó notables cambios en la misma. El 1 de agosto de 1861 y previa constitución de la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España en 1858, llegaba a la estación del Arrabal el primer tren que, a través de Lérida, comunicaba Zaragoza con Barcelona. La aparición del ferrocarril al norte del Ebro propició el desarrollo de los barrios del Arrabal y de Jesús, el cual se urbanizó para dar solución a las necesidades de alojamiento del personal ferroviario y de los propios viajeros que hacían uso de la línea férrea. La línea Madrid-Zaragoza fue concedida en 1856 a la Compañía de Madrid-Zaragoza-Alicante (M.Z.A.), y sería una Real Orden de 1860 la que aprobaría el emplazamiento de su estación en el llamado Campo del Sepulcro. Junto a estas dos estaciones, Zaragoza tuvo tres más para el transporte de viajeros, las de Utrillas, Cariñena y Caminreal –al entrar en funcionamiento esta última en 1933, se clausuró la anterior–. El ferrocarril propició la implantación de un buen número de industrias en la ciudad, las cuales, inicialmente, estaban relacionadas con el sector agroalimentario, harineras y azucareras, fundamentalmente y por este orden. La ciudad evolucionaba imparablemente en las últimas décadas del siglo, lo cual se tradujo en un acontecimiento que constituyó un hito, no sólo económico, sino también urbanístico: la celebración de la Exposición Aragonesa de 1868. Una exposición, la primera que con carácter industrial se llevó a cabo en España, y que nos muestra una ciudad o, mejor dicho, una burguesía que apuesta decididamente por la industria como motor impulsor para Zaragoza, una burguesía que vuelve sus ojos hacia la industrial Gran Bretaña y hacia su Exposición Universal de 1851 en la que había exhibido su capacidad industrial. La Exposición Aragonesa de 1868 surge a iniciativa de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, que se convirtió así en aglutinadora de los impulsos de los principales empresarios locales. Participaron 2.462 expositores, de los que unos mil pertenecían al sector de la industria. Se celebró en la llamada Glorieta de Pignatelli –plaza de Aragón–. Al amparo

YESTE NAVARRO, I., “Reforma Interior y Ensanche en la segunda mitad del siglo XIX en Zaragoza: el Plano Geométrico” en Artigrama, núm. 19, Zaragoza, Departamento de Historia del Arte, Universidad de Zaragoza, 2004, pp. 427-451. 9 Ayuntamiento de Zaragoza, Archivo Municipal. Plano 274.

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de la urbanización de estos terrenos surgió el barrio de Canfranc y, especialmente, la necesidad de superar el río Huerva como barrera natural que imposibilitaba el crecimiento de la ciudad hacia el Sur. La moderna plaza se construyó a partir de un edificio significativo, la nueva Capitanía General –concluida en 1892– y una serie de hotelitos cuyas fachadas reflejaban “la elegancia y el nivel social de sus moradores”. La obra se completó con la construcción de una nueva puerta de Santa Engracia, en línea con el paseo de la Lealtad –de Pamplona–. En 1886 Ricardo Magdalena proyectó al otro lado del Huerva la nueva Facultad de Medicina y Ciencias. En 1902 se inicia la urbanización del paseo de Sagasta, uniendo así el centro de la ciudad con el barrio de Torrero. Con la llegada del nuevo siglo volvió a ponerse sobre la mesa el debate sobre la necesidad de redactar un Plan de Ensanche para la ciudad. En 1906 se redactaron varios anteproyectos, aunque su ejecución tardaría todavía algunas décadas en llevarse a cabo10. La población zaragozana continuaba aumentando, ello conllevaba una masiva densificación de la ciudad antigua y la construcción anárquica de una serie de construcciones que no cumplían las mínimas condiciones de vida exigidas para sus moradores. Se entendía necesario un proyecto de ensanche para la ciudad y así se encargó al arquitecto municipal Miguel Ángel Navarro la redacción de las condiciones técnicas del proyecto de ensanche11. Las condiciones fijadas se aproximaban más a la tradicional estructura del ensanche decimonónico que a las nuevas teorías de ciudad jardín inglesas o su traducción continental: el barrio jardín suburbano francés o el siedlung alemán. Para llevar a cabo el ensanche de la ciudad se convocó un concurso en enero de 1922. La adjudicación de las obras se realizó en marzo de 1923 a la Sociedad “Construcciones Rapid Cem Fer”, según proyecto aprobado por R.D. de 9 de noviembre de 1925. Poco tiempo más tarde la Sociedad se declaraba en quiebra y el proyecto quedaba paralizado12. Esta situación llevó a que la principal actividad constructiva, en lo referente a las barriadas obreras situadas en la periferia de la ciudad, corriera a cargo de grupos asociativos. Y así, al amparo de la Ley de Casas Baratas de 1911 –reformada en 1921 debido a los escasos logros con-

seguidos por la primera– se crean en 1913 las primeras asociaciones obreras con el fin de construir viviendas económicas, entre ellas la Cooperativa de San Antonio o El Hogar Obrero. Estos “barrios parcelarios” se construyeron en áreas despobladas que resultaban relativamente próximas al casco urbano y que todavía se destinaban a uso agrícola. El terreno a parcelar carecía inicialmente de las condiciones mínimas para su transformación en suelo urbano: agua potable, luz eléctrica, alcantarillado, servicios públicos, etc. Estas barriadas obreras se crearon de una forma bastante caótica y siempre voluntarista. La población que habría de construirlas era mayoritariamente de origen rural13. Mientras tanto, en 1924 se promulga el Estatuto Municipal; éste, compendio de preceptos anteriores, imponía la obligación de redactar un plan de ensanche a aquellos municipios que en la última década (1910-1920) hubieran experimentado un crecimiento superior al 20%, situación en la que se encontraba Zaragoza. Los nuevos planes de ensanche previstos permitían, al utilizar simultáneamente todos los instrumentos posibles, ser a la vez de reforma interior, de ensanche y de extensión. Con arreglo pues al Estatuto Municipal, Miguel Ángel Navarro redactó en 1925 un nuevo proyecto de ensanche de la ciudad según las condiciones que él mismo había definido ya con anterioridad14. El problema todavía sin resolver de la carencia de viviendas económicas llevó en 1928 a la constitución de la Sociedad Zaragozana de Urbanización y Construcción, cuyo objetivo principal era, según sus estatutos, resolver el problema de la vivienda en Zaragoza, construyendo en dos etapas el número de casas baratas y económicas que el Ayuntamiento determinara. La S.Z.U.C. estaba compuesta por los propietarios de la zona (con la aportación financiera y técnica del Banco Hispano-Colonial) y la propia Corporación Municipal. Las nuevas directrices para el ensanche de la ciudad permitían al Ayuntamiento desvincular dos fajas de terreno de 50 metros de anchura a cada lado de la Gran Vía, para destinarla a la construcción de viviendas libres. En el resto de la zona, debía dedicarse un 60% a casas baratas y un 40% a casas económicas (para la clase media). El proyecto general de urbanización y construcción fue redactado en junio de 1928 por los arquitectos Secundino Zuazo, Miguel Ángel Navarro y José M. Ribas15. Todo el trazado se articula a partir de una Gran Vía –paseos de Fernando el Católico e Isabel la Católica) y de la plaza de España –hoy de San Francisco–, a cuyos lados se sitúa la zona libre

10

YESTE NAVARRO, I., “Zaragoza en el siglo XX. La ruptura de las barreras y la creación de una nueva imagen para la ciudad” en Zaragoza, espacio histórico, Zaragoza, Ayuntamiento de Zaragoza, Centro de Historia de Zaragoza, 2005, pp. 129-152. 11 Inventario 38. Caja 12.351. Archivo Municipal, Ayuntamiento de Zaragoza. 12 YESTE NAVARRO, I.: “Desarrollo industrial y crecimiento urbano: la vivienda barata en Zaragoza (1860-1936)”, en Artigrama, Revista del Departamento de Historia del Arte, núm. 14. Universidad de Zaragoza. Zaragoza, 1999, pp. 135-155. 13 Al comprobar en los listados de estadística municipal —año 1930— el tiempo que los habitantes de estas barriadas obreras llevaban residiendo en la ciudad de Zaragoza, en la mayoría de los casos éste coincidía con la fecha de construcción de la casa que ocupaban. Igualmente se hacía constar su lugar de nacimiento y también en este caso se puede constatar que la mayor parte de ellos procedían de localidades de la provincia de Zaragoza (Estadística, núm. 932, año 1930. Archivo Municipal, Ayuntamiento de Zaragoza). 14 El resumen de este plan se recoge en el número 103 de la Revista Arquitectura. Madrid, 1927. 15 Inventario 39. Caja 12.352. Archivo Municipal, Ayuntamiento de Zaragoza.

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S.Z.U.C. no abarcaban toda la superficie del proyecto, obras de realización urgente estaban todavía a la espera y no se habían construido aún ni una sola de las viviendas baratas proyectadas. Finalmente, la S.Z.U.C. se liquidaba en 1933. El Ayuntamiento pasó así a hacerse cargo directamente del ensanche de la ciudad, encargando un nuevo proyecto a Miguel Ángel Navarro. Redactado en 1934, recogía la situación de las zonas de Miralbueno y Miraflores, en las cuales las inversiones públicas y privadas habían sido ya cuantiosas17.

Plaza del Mercado (fines del siglo XIX),

compuesta por manzanas regulares de edificios “en altura”, mayor elevación que se propone para compensar en renta el mayor precio del suelo. A ambos lados de esta zona se construirían las casas baratas y económicas, unifamiliares o colectivas. El proyecto de la S.Z.U.C. debe entenderse en el contexto de las formulaciones urbanísticas contemporáneas. Frente a los proyectos anteriores, cercanos todavía a la cuadrícula decimonónica, en este se recogen variadísimas soluciones. Las construcciones no se planteaban de forma unitaria, se establecía una zonificación en la que las alturas decrecientes que emanaban de las vías principales se correspondían con el paso de viviendas libres a económicas, y de éstas a las baratas. En la zona situada junto a las vías principales se proyectaron desde las tradicionales manzanas cerradas en torno a un patio hasta los bloques construidos en torno a un “jardín interior” abierto, pasando por calles corredor concebidas como vías verdes flanqueadas por bloques en hilera. En el interior, casas unifamiliares, exentas o adosadas, se combinan con viviendas económicas de carácter colectivo, que configuran un espacio variado y atractivo a partir de calles que se adaptan a la topografía del terreno y no a la búsqueda forzada de intersecciones ortogonales. En definitiva, un proyecto que, sin constituirse como avanzada dentro del urbanismo contemporáneo, recoge sus virtudes y defectos y se convierte en fiel reflejo de una forma de acometer las dificultades que el crecimiento de las ciudades originaba16. Dos años más tarde, en 1930, los problemas no se habían solucionado. Los terrenos propiedad de la 16

Desde un punto de vista amplio, en este plan de 1934 seguía prevaleciendo la intención exclusiva de ordenar formalmente el espacio, objetivo éste más próximo al posibilismo decimonónico, que a las nuevas experiencias urbanísticas tendentes a la resolución de los problemas sociales y económicos de la ciudad teniendo en cuenta las implicaciones que ésta tiene respecto al entorno comarcal o regional. Frente a la diversidad tipológica de los edificios proyectados en 1928, de acuerdo con el nuevo plan las construcciones debían realizarse según dos modelos: manzanas de edificación colectiva con patio interior para la zona de Miraflores y casas unifamiliares y colectivas sin patio interior para la zona de Miralbueno18. El Plan de Ensanche fue aprobado en Sesión Municipal de 1 de marzo de 1934; nueve días más tarde, el grupo socialista del Ayuntamiento de Zaragoza presentó una moción para la construcción de 500 casas baratas en terrenos incautados por el Ayuntamiento a la desaparecida S.Z.U.C. El proyecto fue también redactado Miguel Ángel Navarro optando en él por la vivienda unifamiliar. Surgía así la llamada Ciudad Jardín, compuesta por viviendas familiares de carácter mínimo, agrupadas de cuatro en cuatro o en hilera. Mientras tanto, el interior de la ciudad se iba transformando a lo largo del primer tercio del siglo XX. Las reformas llevadas a cabo consistían fundamentalmente en la rectificación gradual de los antiguos trazados medievales –calles de San Jorge, Mayor, etc.–. Se intentaba con ello facilitar la penetración del incipiente tráfico en el interior de la ciudad. Igualmente, será la piqueta la que comience a transformar la imagen de la ciudad antigua. Una mal entendida modernidad implicará la destrucción de edificios de gran valor artístico, unos porque resultaban inseguros e incluso peligrosos –la Torre Nueva– y otros sin más porque eran viejos –la Casa Zaporta.

Las distintas experiencias teóricas y prácticas llevadas a cabo en Europa en ese momento pudieron ser muy bien conocidas en nuestro país a través de distintas vías. Además de las traducciones de textos fundamentales para el desarrollo de la historia del urbanismo, existen también otros en los que se describen las experiencias realizadas. Entre ellos podemos señalar los artículos de Fernando García Mercadal publicados en el periódico El Sol a partir de 1923: “Las nuevas viviendas del Municipio de Viena”, “Algunos ‘siedlungs’ alemanes” y “Sistemas constructivos modernos. La serie y el ‘standart’”; o la memoria elaborada para el Ministerio de Trabajo en 1927 por Federico López Valencia, sobre el Congreso Internacional de Vivienda y Trazado de Poblaciones celebrado en Viena en septiembre de 1926. El propio Zuazo realizará, junto al arquitecto alemán Miguel Fleischer, la llamada Casa de las Flores (Madrid, concluida en 1931); en ella, Zuazo construye una manzana en la que predomina el paisaje interior a la manera de las höffe vienesas. 17 NAVARRO, Miguel Ángel: Plan General de Ensanche de la ciudad: Miralbueno y Miraflores. Memoria. Ayuntamiento de Zaragoza. Zaragoza, 1934. 18 Cajas 3.079 y 3.080. Archivo Municipal, Ayuntamiento de Zaragoza.

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También debemos señalar la construcción de un nuevo mercado para la ciudad. Desde 1210 el mercado estuvo situado junto a la puerta de Toledo –al final de la calle de la Manifestación–. Constaba de una serie de puestos al aire libre que habían tomado la muralla como base de apoyo para asentarse. La modernización de la ciudad exigía también la de sus servicios públicos y así y por iniciativa del sindicato de propietarios del Mercado, y con la intervención directa del Ayuntamiento, en 1903 se inauguraba un nuevo edificio proyectado por el arquitecto Félix Navarro, quien trazó una monumental construcción a doble altura y de planta basilical. De gran interés resulta la urbanización de la huerta de Santa Engracia. El proyecto19, fue redactado por Ricardo Magdalena en 1900, sin embargo, no se llevaría a cabo hasta la década siguiente. En líneas generales el proyecto está trazado tomando la plaza central –plaza de los Sitios– como eje compositivo. Desarrollada longitudinalmente en sentido norte-sur permite que las manzanas que la conforman se desarrollen perpendiculares a ella en sentido este-oeste, con lo que se adaptan a las vías ya existentes que flanquean el paseo de la Independencia y permiten que el “cosido urbano” con esta vías no resulte traumático. Por otra parte, la constitución de las manzanas, tanto en proporciones como por su tipología, crean un sector encerrado en sí mismo que difícilmente se relaciona con el resto20. A pesar de la aprobación del proyecto éste no se realizó inmediatamente. La celebración sobre estos terrenos de la Exposición Hispano-Francesa de 1908 daría no obstante, el empuje definitivo que la propuesta necesitaba21. Además de la urbanización de la huerta de Santa Engracia, la exposición de 1908 nos dejó también los edificios construidos de manera permanente: el Museo de Bellas Artes, “La Caridad” y la Escuela de Artes y Oficios, el monumento a los Sitios y el quiosco de la música –trasladado después al paseo de la Independencia, devuelto a su emplazamiento original y definitivamente ubicado en el parque Primo de Rivera.

El último gran proyecto urbanístico del primer tercio del siglo es la apertura y prolongación de la calle del Portillo hasta la calle Meca en su confluencia con el Coso, realizada según proyecto22 de José de Yarza Echenique de 1915. Esta nueva vía proyectada –actual calle Conde de Aranda– toma como base el trazado de una vía recta que partiendo de la confluencia de las calles Azoque y Escuelas Pías23 terminara en la plaza del Portillo. Este trazado introdujo una importante fisura en el barrio de San Pablo, una operación de cirugía urbana que condicionó el establecimiento de dos sectores irreconciliables en una zona anteriormente unitaria. El situado al Norte, esto es, entre la calle Conde Aranda y el río Ebro, mantuvo sin excesivas modificaciones su antigua morfología, frente a éste, el situado al Sur quedó aislado de sus orígenes. Es una zona irregular, dispersa, con la permanencia de tramas tradicionales –en torno a las calles Ramón y Cajal y Pignatelli– junto a otras de reciente formación creadas a partir de la urbanización de los terrenos de antiguos conventos y cuarteles, todo ello con nuevos edificios construidos sin un mínimo referente con el entorno. En definitiva, un sector sin cohesión que alberga en su interior algunas de las zonas puntuales más degradadas del casco antiguo de la ciudad24. La Guerra Civil española paralizó o ralentizó los proyectos urbanos en marcha. Zaragoza ya había conquistado el sur, el río Ebro sin embargo continuaba siendo una barrera infranqueable para los zaragozanos, tras dos mil años de historia, tan sólo el viejo puente de Piedra y el “recientemente” construido puente de Nuestra Señora del Pilar –conocido popularmente como puente de Hierro– permitían la comunicación estable entre las dos márgenes del río25. En 1943, José de Yarza García, en colaboración con José Beltrán y Regino Borobio, redactó el Plan General de Ordenación Urbana de Zaragoza26. En él se plantea el crecimiento de la ciudad a partir de un esquema circular, el cual, a manera de gran tela de araña creada a partir de la unión transversal de las principales vías de acceso a la misma, duplica en extensión la superficie que en ese momento ocupaba Zaragoza. Los barrios de

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HERNÁNDEZ MARTÍNEZ, A.: “Ricardo Magdalena en Zaragoza: 1876-1910” en I Bienal de Arquitectura y Urbanismo de Zaragoza. Electra España. Madrid, 1993, pp. 276-293. 20 NAVARRO LOMBA, C.: “La forma viaria de las ciudades. La urbanización de la huerta de Santa Engracia en Zaragoza desde el punto de vista de la forma viaria”, en ALDABA, Revista del Colegio Oficial de Arquitectos de Aragón, nº 7. Zaragoza, 1987, pp.77-82. 21 MARTÍNEZ VERÓN, J.: Arquitectura de la Exposición Hispano-Francesa en 1908, Institución “Fernando el Católico”. Zaragoza, 1984. 22 Comisión de Fomento. Planos. Expediente núm. 580, año 1915. Archivo Municipal, Ayuntamiento de Zaragoza. 23 En la actualidad la zona a la que nos referimos ha sido sustancialmente transformada. La calle Escuelas Pías desapareció al abrirse la avenida de César Augusto y la calle Azoque culmina hoy en la plaza de Salamero. Así, el punto de arranque de la nueva calle del Conde de Aranda se sitúa hoy en la confluencia de César Augusto con el Coso. 24 YESTE NAVARRO, I.: “El entorno del Pignatelli: vacíos y degradación en el interior de la ciudad histórica” en Bienal Arquitectura Urbanismo Zaragoza II, comunicación presentada al Congreso Arquitectura: Paisajes Secretos. Gobierno de Aragón, Universidad de Zaragoza. Zaragoza, 1994, Comunicaciones Seminario B. 25 Junto a estos dos puentes existían también el del Ferrocarril —antecedente del que luego será puente de la Almozara— construido en 1870 y destinado exclusivamente a permitir la comunicación ferroviaria entre las estaciones del Norte y del Portillo, igualmente, la comunicación con el norte de la ciudad se completaba de forma “provisional” con la barca a sirga del “Tío Toni” —Antonio Mar—, la cual arrancaba en la margen derecha de un punto cercano al Torreón de la Zuda y llevaba hasta la arboleda de Macanaz. 26 YARZA, J., BELTRÁN, J. y BOROBIO, R.: “Ordenación urbana de Zaragoza” en Revista Nacional de Arquitectura. Año IX, núm. 95. Madrid, noviembre de 1949, pp. 481-488.

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Delicias y Hernán Cortés habían consolidado ya su presencia en la ciudad en los años anteriores a la guerra y así la expansión de la misma hacia el suroeste. El crecimiento hacia el sureste de la población recibió un impulso definitivo tras el soterramiento de las vías del ferrocarril, lo cual dará origen a la creación de la avenida de Goya y tras ella a la avenida del Tenor Fleta. El ensanche sur de la ciudad se amplia superando el límite fijado por el parque Primo de Rivera a partir de la formación del paseo de Isabel la Católica. Será en esta zona en donde se construyan edificios tan representativos y de uso tan amplio por parte de toda la ciudadanía como la Ciudad Universitaria de Aragón, la antigua Feria de Muestras, la Residencia Sanitaria “José Antonio” –hoy Hospital “Miguel Servet”– y ya en 1957 el nuevo estadio de fútbol de “La Romareda”. Por el contrario, y a pesar de la puesta en servicio en febrero de 1941 de una pasarela metálica colgante, la ciudad continuaba sin crecer hacia el Norte, la margen izquierda continuaba presentando un escaso índice de urbanización, el modelo de ciudad radial impuesto por el Plan General de Ordenación Urbana de 1943 parecía entonces todavía muy lejano, al menos en lo que correspondía a la margen izquierda del Ebro.

lada antes por siglos de historia, guerras o revoluciones27. Los principales proyectos que componen el plan son: la prolongación y ensanche de la calle de la Yedra –hoy de San Vicente de Paúl–, remodelación de los barrios del Sepulcro, de la Magdalena y de San Pablo, unión de las plazas del Pilar y de la Seo, prolongación del paseo de la Independencia, formación de una vía de enlace entre la Puerta del Carmen y San Juan de los Panetes –actual avenida de César Augusto–, formación y prolongación de la calle Teniente Coronel Valenzuela, remodelación de la plaza de San Felipe, urbanización de los terrenos de los conventos de Dominicas de Santa Inés, Bernardas de Santa Lucía, Carmelitas Descalzas de Santa Teresa de Jesús –Fecetas–, de la Encarnación y del Hospicio y reforma del extremo este de la ciudad comprendido entre la ronda y la desembocadura del río Huerva. La realización de estos proyectos se prolongó en el tiempo hasta los primeros años de la década de los setenta, lo cual implicó una moderada transformación de los mismos, al ir siendo adaptados a las necesidades de la ciudad y a los cambios que en cuanto a los criterios de renovación y rehabilitación de las tramas urbanas se iban imponiendo a lo largo de este periodo.

El desarrollo en superficie de la ciudad se completa con una radical transformación de su interior. Tras finalizar la Guerra Civil española, los arquitectos José Beltrán y Regino Borobio redactaron para Zaragoza el Plan de Reforma Interior de 1939, el cual fue incorporado al ya mencionado Plan General de Ordenación Urbana de 1943. Las consignas pretendidas para la ciudad del nuevo estado optan por la modernidad como clave para el desarrollo de la misma, lo cual se tradujo para los cascos históricos en la sustitución de la edificación tradicional por otra de máxima utilización volumétrica y la alteración dimensional de la red viaria para permitir así la invasión permanente de un creciente número de automóviles. Si a todo esto le sumamos la reescritura de antiguos espacios representativos, haciendo que los mismos se constituyeran en esencia misma de la ciudad, habremos definido, en pocas palabras, la política consistorial llevada a cabo en Zaragoza a partir de la redacción y posterior puesta en marcha de la citada reforma.

Algunos de los proyectos más importantes del plan, tales como: la formación de San Vicente de Paúl, la unión de las plazas del Pilar y de la Seo, la prolongación del paseo de la Independencia –éste sin realizar– o la formación de César Augusto, implicaban la expropiación y demolición de una enorme extensión de superficie construida sobre la que se situaban edificios de gran valor histórico-artístico28. La pérdida patrimonial que la realización del plan supuso para la ciudad “sonroja” por su magnitud. Los supuestos beneficios que, en cuanto a la mejora del tráfico o la eliminación de sectores insalubres, comportaba su puesta en marcha, quedan empequeñecidos cuando en el otro extremo de la balanza se coloca la pérdida, ya irreversible, de una gran parte del pasado histórico de la ciudad.

El plan incorporaba junto a proyectos muy ambiciosos otros de pequeña entidad y todos ellos conllevaron una pérdida patrimonial para la ciudad, no igua27 YESTE 28

El Plan General de Ordenación Urbana de Zaragoza de 1957 fue redactado por el arquitecto José de Yarza García en febrero del mismo año. Adaptado a la nueva Ley del Suelo de 12 de mayo de 1956 incorpora, a pesar de un planteamiento general radiocéntrico cerrado cercano a los principios del ensanche decimonónico y presente ya en el anterior plan general de 1943, los instru-

NAVARRO, I.: La reforma interior. Urbanismo zaragozano contemporáneo. Institución “Fernando el Católico”. Zaragoza, 1998. La apertura de la calle de San Vicente de Paúl se llevó a cabo a partir de la expropiación y demolición de 154 edificios que ocupaban 29.819’63 m2. Entre ellos se encontraban entre otros el Palacio de Sora, La Enseñanza o la casa Palafox, la cual finalmente no se derribó. La unión de las plazas del Pilar y de la Seo conllevaba la expropiación y demolición de unos 58.000 m2 edificados con 224 inmuebles cuya construcción se fechaba, en la mayoría de los casos, entre los siglos XVI y XVIII. Entre ellos y además por supuesto de viviendas, tiendas o posadas, se hallaban: el convento de las Angélicas, la casa de los infantes del Pilar, el convento y colegio de las religiosas Mercedarias, las oficinas de la delegación de hacienda situadas en un palacio del siglo XVI, la iglesia de los Agustinos —gótica— o la capilla del Carmen. La prolongación del paseo de la Independencia quedó finalmente sin concluir —tan sólo se llevó a cabo su apertura en la zona más próxima a la plaza del Pilar—, su realización hubiera provocado la expropiación y demolición de una superficie de 29.000 m2 y 116 inmuebles entre los que destacan la casa del Prior, el palacio de los Torrero, la casa del Canal o el palacio de los Pardo —hoy Museo Camón Aznar.

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mentos del planeamiento moderno29. Se proponía una estructura polinuclear, el control del crecimiento de la ciudad a través del establecimiento de un cinturón verde, la compra de suelo urbanizable por parte del municipio y la incorporación con ligeras modificaciones del Plan de Reforma Interior de 1939. La trascendencia del Plan General de Ordenación Urbana de 1957 fue más bien escasa, ya que no se llevó a cabo la ejecución inmediata de los planes parciales recogidos en dicho plan y se dio una evidente falta de adecuación entre las previsiones realizadas en el mismo y el desarrollo de la ciudad. El plan basaba el potencial económico de Zaragoza en la agricultura y en menor medida en la industria, dos años más tarde, la industria representaba el motor de avance económico prioritario de la ciudad. Tampoco las cifras previstas en cuanto al número de habitantes para la ciudad fueron acertadas. Se preveía una población de 500.000 habitantes para el año 2000, esta cifra se alcanzó ya en 1970. A fines de los años sesenta el crecimiento de la ciudad comenzó a ralentizarse, anticipando la ruptura del modelo de crecimiento continuo imperante en la década precedente. El nuevo Plan General de Ordenación Urbana30 fue redactado en 1968 por Emilio Larrodera –arquitecto de la Sección de Urbanismo del Ministerio de la Vivienda–. Con él se aspiraba a ordenar el crecimiento incontrolado de la ciudad introduciendo una nueva forma de entender el crecimiento de la ciudad. Frente a la tradicional expansión en forma de mancha de aceite, que preconizaba una ampliación indiscriminada de la ciudad en todas las direcciones, se incorporaba ahora el concepto de ciudad en paralelo. A pesar de la aparente coherencia del plan y su perspectiva de futuro, su puesta en marcha presentó dos graves problemas. Por una parte, los suelos de reserva urbana resultaron insuficientes para canalizar el gradual crecimiento de la ciudad, lo que trajo consigo la progresiva utilización de suelo rústico y la pérdida definitiva de los proyectados cinturones verdes exteriores. Por otra, y en el interior de la ciudad, los planes conjuntos de reforma cedieron en importancia frente a las actuaciones especulativas aisladas, lo cual permitió que, considerados edificios singulares según la nomenclatura de las Ordenanzas Municipales de Edificación, se levantaran inmuebles en los que el volumen construido superaba con mucho el permitido inicialmente por el plan de ordenación. En octubre de 1969 se produjo un cambio de Gobierno, tras el cual Antonio Linares se puso al frente de la Dirección General de Urbanismo. Linares había mani29 YARZA,

Gran Casino de la Exposición Hispano-Francesa de 1908.

festado su opinión crítica acerca de la especulación sobre el suelo que se daba en el país. Para él, el responsable último de esta situación era la administración, incapaz de fabricar suelo que cubriera la demanda existente. Así, el desarrollo urbano debía canalizarse a través de la producción de suelo urbanizado, proceso este que había de estar en manos de la administración central, resultando así ajeno al fenómeno urbano en sus implicaciones con el territorio. Esta nueva concepción de la política urbana a desarrollar se puso en práctica a partir de marzo de 1970, cuando Vicente Mortes, ministro de la Vivienda, anunció el Decreto-Ley sobre Actuaciones Urbanísticas Urgentes31. En él se señalaban “…grandes áreas de actuación pública a través del Instituto Nacional de Urbanización –INUR–, con amplias facultades para crear o modificar el Planeamiento general, desarrollarlo en planes parciales y urbanizarlo, previa expropiación”. Este plan de actuaciones, obra del Gabinete de Estudios de la Dirección General de Urbanismo y redactado para dar así satisfacción al personal empeño de su director, ofrecía las armas jurídicas necesarias para aprobar proyectos de delimitación, valoración, expropiación, ordenación y urbanización de grandes extensiones de terreno en tiempo reducido. La Actuación Urgente Puente Santiago de Zaragoza, ocupó las huertas situadas entre la autopista A-2, el río Ebro y las construcciones de Cogullada y el Arrabal, estaba situada pues sobre terrenos poco aptos para su construcción –zonas de altos niveles freáticos y fangosas– y con un microclima altamente desfavorable –niebla, viento–. El conjunto, previsto para unos 108.000 habitantes, se articulaba sobre un eje cívicocomercial de dirección norte-sur, de manera que los edificios construidos se disponían en sentido esteoeste, lo cual permitía la penetración en el interior del

J.: Plan General de Ordenación Urbana de Zaragoza. Ayuntamiento de Zaragoza. Zaragoza, enero de 1957. en el B.O.E. núm. 103, de 29 de abril de 1968, según artículo núm. 44 de la Ley de Régimen de Suelo. 7/1970 sobre Actuaciones Urbanísticas Urgentes, de 27 de junio de 1970.

30 Publicado

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Plaza Aragón (años treinta).

polígono de los vientos dominantes. Las calles perpendiculares a ese eje principal permitían el acceso a otras vías secundarias en fondo de saco que conforman el resto del barrio. Por otra parte, la conexión de la ACTUR con el resto de la ciudad no estaba inicialmente bien resuelta, aunque la construcción de nuevos puentes sobre el Ebro ha paliado, aunque sólo parcialmente, el problema32. La crisis económica que afecta al país desde mediados de los años setenta fija un nuevo marco de referencia para el planeamiento urbano. En Zaragoza, el Plan General de Ordenación Urbana33 de 1986 se elabora teniendo como marco referencial esta situación de recesión y estancamiento de la ciudad, no obstante, su aprobación correspondió ya a un periodo de recuperación de la actividad económica, es por esto por lo que fue necesaria su revisión en 1993, ya que las soluciones en él apuntadas resultaron excesivamente rígidas y sus previsiones de futuro quedaron desbordadas por la dinámica de expansión de los últimos años de la década de los años 80. Este plan dotó a Zaragoza de un adecuado nivel de equipamientos34, estableció una ordenación periférica acorde a las previsiones e intentó lograr la recuperación de su centro histórico. Para ordenar este intento por recuperar el centro histórico de la ciudad, el Área de Urbanismo e Infraestructuras del Ayuntamiento presentó en 1988 un plan de actuaciones para el mismo bajo la propuesta de Zaragoza 199235. Este plan fue redactado por el arquitecto jefe del Servicio del Casco Histórico, Miguel Ángel Navarro Trallero y comprendía distintas actuaciones: proyectos tendentes a la mejora del hábitat, actuaciones ten32 En

dentes a la sustitución del caserío obsoleto, actuaciones para la renovación de infraestructuras y proyectos de intervención y recualificación de elementos definidores del ser de la ciudad. La difícil conciliación entre la preservación de la historia y el aire de modernidad que se pretendía para la ciudad se logró con escasa fortuna. Las reformas más significativas llevadas a cabo según este plan fueron: remodelación del entorno del Mercado Central –Alegoría de la Puerta de la Paz– (1988); reforma de las plazas de José Sinués (1988), San Felipe (1989), La Seo (1989), San Pedro Nolasco (1990), del Pilar (1990) y Ariño (1990); renovación y remodelación del sector situado entre las plazas de Asso y de la Magdalena (1989) y urbanización de la plaza de San Bruno (1990). La remodelación de las antiguas plazas del casco histórico de Zaragoza se hizo integrando en ellas nuevos diseños y sin pretender en ningún caso una mímesis con los elementos preexistentes. Se apostó decididamente por lo que ha venido en denominarse “plazas duras”, siguiendo así la tendencia mayoritaria en ese momento en España. La moda, unida al riguroso clima zaragozano, condicionó la ausencia de zonas verdes en la práctica totalidad de los espacios remodelados. Estas actuaciones pretendían devolver de nuevo el arte a la ciudad, reconstruir la belleza ausente en la plana funcionalidad de la ciudad contemporánea. Es también a partir de estas intervenciones cuando se entiende el valor de los elementos mínimos del urbanismo: vegetación, mobiliario urbano, esculturas, etc. Los proyectos de embellecimiento y remodelación del casco histórico, al igual que el programa de viviendas sociales llevado a cabo en su interior, no habían solucionado los problemas del centro en su conjunto. Para intentar, de nuevo, solucionarlos, se redactó en 1997 el Plan Integral del Casco Histórico de Zaragoza36, documento cuya finalidad era la “…recuperación funcional del Casco Histórico como centro de la ciudad”, para lo cual era necesaria su revitalización en los aspectos social, económico y patrimonial. Contradicciones, por una parte, y objetivos demasiado genéricos por otra, hicieron que este Plan Integral fuera más una bienintencionada declaración de principios que un plan de actuación a cumplir. Sigue pendiente así el debate respecto al imperativo de conciliar preservación y desarrollo, continuidad e innovación, unidad y diversidad.

1970, los únicos puentes que permitían una comunicación entre las márgenes derecha e izquierda del Ebro, para el tráfico rodado o peatonal, eran el puente de Piedra, el puente de Nuestra Señora del Pilar y el puente de Santiago —abierto al tráfico en 1965—. Actualmente, la ACTUR de Zaragoza se comunica con la margen derecha de la ciudad a través de los puentes de la Almozara —inaugurado en 1987— y del Tercer Milenio, todavía con un tráfico restringido. 33 El equipo de redacción del plan estaba dirigido por Ramos Martos. 34 Son de destacar actuaciones como la construcción de la nueva Feria de Muestras en la autovía de Madrid, la Ciudad del Transporte en la de Huesca y la recalificación de terrenos para la creación de amplias superficies comerciales, áreas industriales y residenciales — Valdespartera y Montecanal. 35 Ayuntamiento de Zaragoza: Zaragoza. Actuaciones en el Casco Histórico, 1992-2000. Zaragoza, 1988. 36 Ayuntamiento de Zaragoza: El Plan Integral del Casco Histórico de Zaragoza. Coordinación editorial: Manuel Júlvez y Miguel Ángel Navarro. Centro Municipal de Ordenación del Territorio. Zaragoza, 1998.

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En los años iniciales del siglo XXI la ciudad se enfrenta al reto de reinventarse continuamente. Las utopías históricas han fracasado, las propuestas visionarias de futuro también y tan sólo la idea de que no existe un modelo único de ciudad puede conectar las distintas teorías que acerca de ese pretendido patrón hacia la perfección todavía se elaboran. En marzo de 1994 el Consejo de Ministros aprobó el plan director de infraestructuras 1993-2007. En él, las actuaciones concretas de mayor interés propuestas para el área de Zaragoza pasaban por el cierre del segundo y tercer cinturón, construir la llamada “Ronda sur” y el cuarto cinturón, insertar la ciudad en la nueva línea de alta velocidad Madrid-Barcelona y realizar los estudios de viabilidad para la instalación del tranvía o metro ligero. En 1997 y auspiciada por el Gobierno de Aragón nace la Plataforma Logística de Zaragoza (PLA-ZA), la cual pretende, sobre una extensión de 1.071 ha, acoger actividades logísticas, industriales y de transporte al máximo nivel. La superficie elegida se sitúa al oeste de la ciudad, entre las carreteras de Logroño y de Madrid y cercana a la línea exterior del tren de alta velocidad y al aeropuerto. PLA-ZA se apoya en la función articuladora de Zaragoza, en su localización como punto de intersección de grandes capitales españolas y sus áreas industriales –Madrid, Barcelona, País Vasco y Valencia– y por ello potencia las redes de carreteras y ferroviarias convergentes en la ciudad sobre la que se asienta. En diciembre de 2002 y tras un largo proceso de tramitación que comenzó ya en 1998, se aprobó un nuevo Plan General de Ordenación Urbana para Zaragoza37. En él se recogen las actuaciones propuestas para la ciudad en los últimos años y cómo éstas habrán de desarrollarse. Intervenciones que van desde las más cercanas al ciudadano a las grandes obras de infraestructuras. Entre ellas podemos señalar como emblemáticas aquellas que afectan a la conclusión del tercer y cuarto cinturón, la ordenación de los suelos ferroviarios, la recuperación de las riberas del Ebro y la urbanización de los terrenos del meandro de Ranillas. El tercer cinturón se completa en los sectores este y sur de la ciudad, conectando la ronda de la Hispanidad con la avenida Pablo Ruiz Picasso, y esta con el barrio de la Almozara a través del puente del Tercer Milenio. También con este tercer cinturón se garantiza una comunicación fluida con la estación de ferrocarril de Delicias y su entorno. Todo lo cual posibilita la articulación de los barrios de Delicias, Almozara y Actur. El proyecto para la construcción del cuarto cinturón está dividido en dos tramos, el denominado ronda sur, que comprende el segmento que discurre desde la carre37 Plan

tera de Madrid a la de Castellón, y la conexión entre el enlace de la autovía de Valencia y la prolongación de la avenida de Gómez Laguna; y el llamado ronda este, que comprende el segmento entre la carretera de Castellón y el enlace de la A-2, e incluye la variante de la carretera de Madrid por el sur de Santa Isabel. El cuarto cinturón conecta así los corredores de acceso de las grandes vías interregionales e incorpora el eje norte-sur de Aragón, que une las tres capitales aragonesas con Levante y Francia. A escala metropolitana, el cinturón permite interconectar los corredores industriales entre sí y estos a su vez con las futuras terminales de transporte. La llegada a Zaragoza de la línea de alta velocidad (AVE) obligó a una remodelación total de los accesos ferroviarios a la misma. Desde un principio se entendió que los servicios existentes resultaban inadecuados para las nuevas necesidades planteadas, ya que desde el Ayuntamiento siempre se propuso organizar estos accesos a partir de una estación intermodal, esto es, un espacio en el que, de forma contigua, tuvieran cabida las estaciones de ferrocarril y de autobuses, tranvías, transporte urbano, parada de taxis, etc. Para la resolución del “problema” se barajaron distintas opciones, desde la remodelación de la entonces existente estación del Portillo, hasta la construcción de una nueva junto al aeropuerto. Finalmente, se optó por construir una nueva estación sobre los terrenos de la antigua estación de Caminreal –estación del ferrocarril Central de Aragón–, en la avenida de Navarra. La estación, proyectada por Carlos Ferrater, Félix Arranz y José María Valero, se construyó a partir de grandes elementos apuntalados de hormigón blanco, con cubierta suspendida por medio de arcos metálicos sobre piezas también de hormigón y realizada en materiales ligeros. Fue inaugurada oficialmente en mayo de 2003. El nuevo “barrio de la estación” permitirá enlazar físicamente los barrios de Delicias y Almozara, posibilitando también la instalación en la zona de actividades terciarias y residenciales que, situadas en un punto muy cercano al centro de la ciudad podrán, además de aprovechar el nudo de comunicaciones, convertirse en motor dinamizador del barrio de las Delicias, cuyo envejecimiento comienza a contemplarse con cierta preocupación. Zaragoza continúa creciendo en los comienzos de este tercer milenio y, para dar cauce adecuado a este crecimiento, se ha propuesto un ambicioso plan de viviendas desarrollado a partir de sendos planes parciales: Valdespartera y ArcoSur. Con el primero se ordenaron unas 242 has de terreno situadas al sur de la ciudad, en el espacio comprendido entre la autovía de Valencia al Este y el cuarto cinturón y la ronda del AVE al Sur. De esta superficie, tres cuartas partes se utilizarán para aprovechamientos residenciales y equipamientos complementarios, el cuarto restante quedará como espacio

General de Ordenación Urbana de Zaragoza. Diciembre de 2002. Ayuntamiento de Zaragoza. Memoria expositiva.

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elegido para dicha exposición ha sido: El Agua y el Desarrollo Sostenible. Se decidió por ello que su emplazamiento resultara cercano al mayor curso natural de agua de la ciudad, el río Ebro. El recinto de la Expo se inserta así en la zona meridional del meandro de Ranillas, un espacio de extraordinario interés ecológico que, tras la definición y próxima culminación del tramo del tercer cinturón que atraviesa el meandro, podría resultar gravemente amenazado por las presiones del crecimiento urbano.

Pabellón Puente en la Expo 2008.

libre. En ella se prevé construir 9.687 viviendas, que se ordenan en manzanas rectangulares alargadas en dirección Este-Oeste, cuyo espacio central se articula como jardín de uso colectivo. La urbanización del área y sus edificaciones se han realizado según “criterios de aprovechamiento bioclimático”. El Plan Parcial de Arcosur fue aprobado inicialmente por el Ayuntamiento de Zaragoza en marzo de 2003. Con él se pretende realizar un macroproyecto urbanístico que afecta a unas 442 has situadas en la orla sur de la ciudad y sobre las que se prevé la construcción de 21.500 viviendas, situadas en un espacio natural abierto compuesto por parques y jardines. Junto a la construcción de la nueva ciudad futura, es necesario también mirar hacia el interior, hacia la ciudad histórica. El centro histórico de Zaragoza cuenta en la actualidad con la máxima categoría de protección dentro del Patrimonio Cultural –decreto 11/2003 de 14 de enero–. En 2003 se realizó la renovación de una de las vías más emblemáticas de la Zaragoza histórica: el paseo de la Independencia. El proyecto inicial, impulsado por el área de infraestructuras del Ayuntamiento un año antes, proponía la ampliación de las aceras del paseo en detrimento de unas calzadas que habían perdido su papel de eje canalizador de tráfico intenso, la renovación de su mobiliario urbano y la construcción de un aparcamiento subterráneo en la zona central. La aparición de hallazgos arqueológicos correspondientes al antiguo arrabal islámico de Sinhaya imposibilitó la construcción del aparcamiento subterráneo, pero no modificó el tratamiento del paseo en superficie. Las aceras se ampliaron hasta duplicar su anchura, eliminando un carril en cada calzada. Se construyeron igualmente nuevas farolas, quioscos, bancos, cabinas telefónicas, papeleras, etc. El último reto al que se ha enfrentado la ciudad es la celebración de la Expo Zaragoza 2008, la cual ha tenido lugar entre los días 14 de junio y 14 de septiembre. El tema 38 VV.AA.:

La superficie de la Expo está delimitada por la ronda del Rabal, la cual, trazada en prolongación de la avenida de Pablo Ruiz Picasso, transcurre inicialmente paralela al cauce del Ebro. Al llegar al final del recinto expositivo gira casi en ángulo recto para cruzar el río con el puente del Tercer Milenio –proyectado por el ingeniero Juan Arenas de Pablo–, continuando en la margen derecha hacia la estación de Delicias. De esta forma, la ordenación del recinto de la Expo se concibe de manera abierta, sin barreras, como un nexo de unión entre las dos riberas del Ebro. Para ello se ha construido también el llamado Pabellón Puente, pieza arquitectónica y urbanística singular que personifica la integración de ambas orillas y la pasarela del Voluntariado que, trazada desde la prolongación de Clara Campoamor, representa un nuevo nexo de unión entre ambas riberas. El conjunto38 presenta sus edificios más singulares en los extremos, destinando la zona interior a albergar los pabellones de los participantes oficiales, los cuales se distribuyen en ocho edificios conectados entre sí a dos niveles: uno superior compuesto por una cubierta ajardinada y otro en planta sótano destinado a albergar un área de servicios. El recinto se completa con las Plazas Temáticas y el Embarcadero. Además de los pabellones expositivos, la Expo 2008 cuenta con una serie de edificios verdaderamente representativos de la arquitectura más actual y de las expectativas de futuro que esta exposición habrá de traer para Zaragoza. Destacan entre ellos: el ya mencionado Pabellón Puente –obra de la iraquí Zaha Hadid–, la Torre del Agua –proyectada por el arquitecto Enrique de Teresa Trilla y el ingeniero Julio Martínez Calzón–, el Acuario fluvial –fruto de un equipo interdisciplinar a cuyo frente se hallaba el arquitecto Álvaro Planchuelo–; los pabellones de Aragón –proyectado por los arquitectos Olano y Mendo– y de España –realizado según la propuesta presentada por el arquitecto Francisco Javier Mangado y el Centro Nacional de Energías Renovables de España– y el Palacio de Congresos –obra de los arquitectos Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano–, los cuales permanecen tras la exposición, convirtiéndose en sedes culturales, edificios ra la administración, etc.

Las exposiciones internacionales: Arte y Progreso. Departamento de Historia del Arte, Universidad de Zaragoza, Expo Zaragoza 2008. Zaragoza, 2007. – PELLICER, F. y MONCLÚS, J.: “El proyecto Expo 2008: arquitectura, ciudad, arte público”, pp. 201-217. – YESTE, I.: “La exposición de 2008 en Zaragoza: proyectos de pabellones y obras”, pp. 219-245.

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TRES VISIONES LITERARIAS DE ZARAGOZA

El cabezo del Parque Grande.

ZARAGOZA

DANIEL GASCÓN ESCRITOR Las ciudades me parecen el mejor lugar para vivir. Necesito medio millón de personas a mi alrededor para tener algo de intimidad. Y por eso las ciudades también me parecen el espacio literario por excelencia, y me encantan los escritores vinculados a ciudades. Me gusta vivir en Zaragoza, y escribir y leer cosas que suceden aquí. Para empezar, están las historias de 700.000 personas, y las relaciones que todos esos habitantes tienen entre ellos. Zaragoza siempre ha sido un lugar de encuentro, de cruce de caminos y trenes y puertos fluviales, de intercambio, editoriales, viajeros y mezcla. Y me emociona pensar en las historias que se han vivido en Zaragoza durante más de 2000 años, y las que se siguen viviendo e imaginando en este momento. Ramón J. Sender escribe en Crónica del alba: “Como se puede suponer, yo era un gran andarín, y en pocos días me recorrí la ciudad entera ‘de arriba abajo’. Lo mismo que en la aldea necesitaba saber lo que en cada barrio sucedía a cada hora del día para poder sentirme a gusto en mi piel”. Yo copio a Pepe Garcés y me gusta mucho pasear por Zaragoza e imaginar historias

que pasan a mi alrededor. Disfruto localizando novelas, cuentos, películas y series de televisión que a veces escribo, y que otras veces sólo duran unos segundos en mi cabeza, mientras espero que el semáforo se ponga verde. Normalmente pienso en historias de amor y familia y comedias románticas, pero también imagino que hay una escena de thriller en una escalera de incendios cerca de la calle Ramón y Cajal, y tramas de corrupción que investigan reporteros de Heraldo de Aragón que salen a fumar a la calle San Clemente. Me gustaría hacer una serie de televisión que sucediera en Zaragoza, y me imagino el skyline con los puentes sobre el Ebro y la Torre del Agua en los títulos de crédito del principio. Me gusta pensar en chicos y chicas solos que conducen por el tercer cinturón de noche, después de dejar a sus novios en casa, o que cruzan el puente de Piedra al regresar del cine un domingo por la noche. También imagino a un escritor a tiempo parcial que vive en la calle Gómez Laguna, y habla con su vecina adolescente en el parque de la urbanización, cuando él va a sacar la basura y ella fuma un cigarrillo a escondidas. Y también pienso en las historias que podrían pasar en librerías que se parecen a “Antígona” o “Los portadores de sueños”. 23


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Algunas terrazas junto al Ebro tienen un aire francés estupendo, y la zona del Mercado Central me hace pensar en Lisboa. Los fines de semana voy a comer a la casa de mis padres en Garrapinillos. Como todo el mundo sabe, Garrapinillos es parte de Zaragoza y el escenario perfecto para una película francesa, con una chica algo cabreada que a lo mejor trabaja en uno de los bares de la plaza del barrio, bajo la torre de la iglesia que fue el primer proyecto de Ricardo Magdalena. Me gusta imaginar a personajes de ficción que charlan por las calles que conozco y en las que me han pasado cosas, y pensar en historias que suceden en el Parque Grande, que es el lugar donde aprendí a ir en bicicleta y donde besé a una chica por primera vez. A veces voy a correr por las tardes. Y en el Parque Grande, como en todas partes, la realidad supera a la ficción: me intrigan las historias de la gente de todas las edades que corre o pasea por allí, y alguna vez me he encontrado con Fernando Sanmartín en bicicleta y Túa Blesa con su perro. Disfruto paseando por los lugares que aparecen en los libros. Me hace gracia que el Cantar de Roldán empiece en Zaragoza, me da un poco de pena que en Zaragoza no entrasen Don Quijote ni George Orwell y a veces me pregunto si una viuda que cita Ynduráin y quería viajar a Zaragoza porque allí trataban muy bien a las viudas consiguió llegar alguna vez. También me gustan las palabras de Pedro Saputo: “En cuanto a mi gusto, iría a Castilla por necesidad, a Andalucía por curiosidad, en Barcelona viviría tres meses, en Valencia un año, y en Zaragoza toda la vida”. Cuando paso por el Arco del Deán recuerdo una escena que sale en Fortunata y Jacinta, muy cerca de la calle Pabostría, donde transcurre un cuento de mi padre, Antón Castro, en el que aparece un francotirador, y a unos pocos metros de la ruta que sigue Miguel Mena en 1863 pasos, frente a un piso que sale en Saber perder, de David Trueba. En los autobuses urbanos siempre me acuerdo de un relato de Mariano Gistaín. Me gustan los bloques de viviendas de protección oficial que salen en los libros de Eva Puyó, me gusta ver el hotel NH que aparece en un cuento de Cristina Grande, e ir a las piscinas en las que reparte cervezas un personaje de Ismael Grasa. Imagino a los protagonistas de Cuentos de San Cayetano de José Antonio Labordeta cerca del Mercado Central, a los personajes de José María Conget protegiéndose del viento y las miradas tras las esquinas, y cuando pienso en el Paseo de la Independencia me acuerdo de Dientes de leche. Si voy a las Fuentes recuerdo los libros de Félix Romeo, y me gusta pensar que estoy muy cerca de Montemolín, el barrio de los cuentos de Rodolfo Notivol. Además, la literatura también sirve para acortar distancias y ajustar la geografía: Montemolín 24

limita con Newark, la ciudad de Junot Díaz y de Philip Roth, y gracias a los libros de Pisón Zaragoza está mucho más cerca de Baltimore, el lugar donde viven muchos personajes de Anne Tyler. Siempre se ha escrito mucho de esta ciudad. Está llena de historias verdaderas y relatos de ficción muy distintos, desde el romance de Gaiferos hasta los poemas de Nacho Escuín, pasando por Mor de Fuentes, Jesús Moncada, Miguel Labordeta, Giménez Corbatón, Soledad Puértolas, Cees Noteboom, Daniel Nesquens o Peter Handke. Además, ha crecido mucho en estos años, y ha incorporado a gente de muchos países. Espero que pronto tengamos escritores chinos, rumanos, marroquíes, ecuatorianos y neozelandeses de Zaragoza. Las novelas, los poemas, los cuadros, las canciones y las películas aumentan geométricamente el tamaño y la belleza de las ciudades. Con sus maravillas y sus desastres, Zaragoza es mi ciudad, la ciudad de muchos de mis amigos y de muchos de los escritores que más me han marcado. He vivido en bastantes sitios, pero en Zaragoza tengo la sensación de que los personajes de sus relatos caminan a mi lado, y me parece que paseo en la mejor compañía. ARRABALES DEL ARRABAL

ÁNGEL GRACIA ESCRITOR Para quienes hemos nacido en una ciudad, cualquiera que sea su localización y su época, sin haber, como es sabido, elegido nacer en ella, sometidos más a las circunstancias paternas, que a un azaroso, y por tanto, improbable designio metafísico; para quienes hemos nacido en una ciudad y continuamos viviendo en ella, en contra de todo proceso natural de cambio, imprescindible para dejar de ser un cateto que sólo conoce el lugar donde ha nacido, para quienes residimos en la ciudad natal durante el periodo de tiempo que denominamos “toda la vida”, y que es, sin embargo, apenas lo pasado, la parte de vida que hemos vivido, pero no necesariamente la que falta por vivir; para quienes hemos nacido y vivimos luego en esa misma ciudad, no importa cuál, Zaragoza es una perfecta ciudad cualquiera para vivir. Con cierto anonimato geográfico, aunque también con su renombre histórico. Viajando de joven por otros países europeos, descubrí, cuando mencionaba mi procedencia, que Zaragoza es un topónimo que los europeos escuchan asintiendo con la cabeza, como afirmando conocerlo, pues la mayoría ha estado o ha pasado por aquí, aunque finalmente, avanzada la conversación, admitan que no sabrían situarlo con exactitud en el mapa. Para quienes hemos vivido en nuestra ciudad natal sin llegar nunca a decidirnos por vivir en otra, rasgo principal, lo admito, del cateto corto de miras,


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El Arrabal antiguo, visto desde las torres del Pilar.

Zaragoza es idónea para vivir en ella sin desear imperiosamente huir, la ciudad para habitar sin necesitarla a diario, sin promesas de permanencia eterna, una ciudad que no impone una gloria histórica o monumental megalomaníaca, como otras ciudades también bimilenarias, que no exige exclusividad, ser esa ciudad irreal que denominamos “de nuestra vida”, quizás la definitiva, una ciudad que no avasalla con ningún misterio, pues si alguna vez aflora alguno en forma de ruinas o restos del subsuelo, inmediatamente estos son enterrados por toneladas, no precisamente metafóricas, de hormigón, cemento y asfalto, una ciudad que no avasalla con su magia porque la arquitectura civil y el urbanismo emprendieron muy pronto una concienzuda labor de demolición del corazón histórico, que todavía continúa en el siglo XXI. Para quienes hemos vivido siempre en nuestra ciudad natal, incluso sin salir de la misma margen del río, en mi caso la izquierda del Ebro, opuesta no sólo geográficamente, a la margen derecha, la que vive en torno a otro río, el Huerva, para nosotros, los del otro lado, Zaragoza es la ciudad, mientras que el Arrabal es lugar de frontera que no llega a ser ciudad del todo. De ahí la expresión, corriente hasta hace poco, de “ir a Zaragoza”, cuando se trataba simplemente de cruzar el río para ir al centro. Para quienes hemos vivido siempre en el Arrabal, sabemos que somos la parte de Zaragoza que empieza a dejar de

serlo, a pesar de que este barrio es tan histórico como el así llamado “casco”, pues el Arrabal zaragozano está unido a los orígenes mismos de Cesaraugusta. Para quienes hemos vivido en el Picarral, suburbio situado al final del Arrabal, es decir, cuando este deja de ser el mero arrabal del río, y comienza a ser otro barrio distinto, para nosotros, que somos arrabal del arrabal, excentricidad de lo ya excéntrico, el límite es nuestro centro y el centro de la ciudad, espacio ajeno. Para los niños del centro éramos unos catetos de barrio. Primero por una incuestionable razón socioeconómica que podemos denominar sincrónica: vivíamos, como se decía en los años 80 y 90, en un barrio obrero. Segundo, por otra incuestionable razón socioeconómica que podemos denominar diacrónica: la burguesía zaragozana histórica se asentó muy pronto en torno a cuatro calles contadas, a partir de la superstición atávica de la basílica del Pilar, y situando como espacio de encuentro y de paseo la calle Alfonso, purgatorio de almas en pena, que suben y bajan por ella desde hace décadas. Sólo en los últimos años, la Margen Izquierda ha dejado de ser exclusivamente un conglomerado de barrios obreros para dar residencia a burgueses recién llegados, clase media advenediza, nuevos funcionarios, parejas que con dos sueldos han logrado estatus suficiente como para conseguir sin obstáculos toda clase de préstamos hipotecarios 25


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y de consumo. Hablamos, sobre todo, del así llamado “Actur”, probablemente el único barrio del mundo cuyo nombre es un acrónimo, o algo parecido, pues se ha quedado con el nombre que se le dio a la actuación urbanística previa a su edificación, Actuación Urgente, y que convirtió las antiguas huertas de los meandros y las balsas del Ebro, en calles alineadas en retícula. Para quienes habíamos vivido toda la vida en el Picarral, las familias que emigraban al recién urbanizado Actur, en busca de algo más que una vivienda mejor, eran unos desertores de su origen, unas víctimas de la sociedad de la apariencia, que buscaban medrar de clase social, o al menos, creer que así era. A principios de los años 80, los adolescentes del Picarral odiábamos a los adolescentes del Actur porque habían sido de los nuestros y luego renegaban de serlo. Me pregunto si los que nacieron y vivieron de niños en el Picarral, pero luego emigraron al Actur, añoraron alguna vez su barrio natal, aquel que por extensión y habitantes no era ni siquiera un barrio, sino más bien el apéndice del barrio del Arrabal, un subbarrio, pues, que representaba el límite de la ciudad, lo que entonces se denominaba suburbio, o más bien suburbios, en plural, quizás porque el plural designa con más precisión el carácter amorfo del límite, los contornos indefinidos de las afueras de toda ciudad, unos suburbios que ahora llamamos periferia, una especie de arrabal del auténtico arrabal histórico, un subbarrio modesto, como suele decirse para designar el umbral de la pobreza que aún no es pobreza, un subbarrio formado apenas por unos cuantas edificaciones, sobre todo pabellones subvencionados por el Instituto de la Vivienda franquista, por edificios cuyo constructor era una de las cajas de ahorro de aquel tiempo, que se enriqueció rápidamente promoviendo este tipo de construcciones de baja calidad, un barrio cuyo centro no era ninguna plaza sino las industrias que con su humo y olores dominaban el paisaje, Saica, la empresa de papel, Campo Ebro Industrial, la empresa de azúcar y glucosas, y que ahora se autodenomina Syral, pero seguimos llamando Campo Ebro. Todos nosotros, los niños que habíamos nacido y vivido en el Picarral, junto a los vecinos que un día se marcharían al Actur, aunque entonces nadie podía saberlo, habíamos inventado nombres para los espacios míticos de nuestra infancia, aquellos que solo figuran en los mapas de la mente durante la primera juventud. Porque es cierto, como decía Julien Gracq, que la forma de una ciudad cambia más rápidamente que el corazón de una persona. Así, el rostro de nuestro barrio cambió más deprisa incluso que nuestros rostros acneicos e imberbes. El espacio del “Campo verde”, que llamábamos así por la exuberancia de su maleza, se convirtió muy pronto en el primer edificio con garaje de la zona; el espacio que llamábamos “Campo grande” se allanó y urbanizó para construir el 26

instituto donde algunos fuimos a estudiar; la que llamábamos “Acequia negra”, a menudo seca, que abastecía los huertos irregularmente, como una especie de lluvia que se autocanalizase, se convirtió en un moderno sistema de tuberías para abastecer a los nuevos vecinos. Aquellos espacios que fueron rurales en algún tiempo, con sus casas de campo saqueadas y ya en ruinas, junto a los huertos abandonados, que ya solo criaban matorrales, pasaron a ser espacios preurbanizados en cuanto pasaba la apisonadora por encima. Entonces aún era posible deslizarse fuera de los pocos caminos abiertos y seguir el desorden excitante que adquiere un paisaje cuando escapa poco a poco a las denominaciones de campo o de urbe. Aquellas lindes permitían desvíos de los caminos previsibles de la ciudad. Eran, a su modo, tierras baldías: ni cultivadas, ni todavía urbanizadas. La confusión llenaba de maleza y de niebla estos arrabales del arrabal, convirtiéndolo en un espacio irreal, perfecto para el vagabundeo del paseante aburrido. Y estos terrenos baldíos en los que nada en absoluto limitaba nuestra imaginación, aunque la libertad de recorrido fuera limitada por nuestros padres, representaban el trozo de mundo que nos pertenecía. A lo lejos, infinitamente separada de nuestra vida, invisible al otro lado del puente, permanecía Zaragoza, apenas un topónimo como Aragón o España.

UN CADÁVER AMBULANTE

MIGUEL SERRANO LARRAZ ESCRITOR Ya ha llegado para mi visión de Zaragoza el momento de recapitular. Tengo treinta y un años y a mi alrededor los edificios se derrumban. Sabéis lo que es eso. Se desmoronan los parques, las calles. Recuerdo aquella película que tenía como protagonistas a Jim Carrey y a Kate Winslet, Olvídate de mí, versión infame del sugerente título inglés, Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Eterna luz de la mente inmaculada. O tal vez Eterno resplandor de la mente sin mancillar. Algo así. Una cita de Pope, si no recuerdo mal. La memoria como un espacio que se va llenando, y por lo tanto la memoria como cartografía, como topografía, como inventario, como desván en el que los recuerdos van acumulando su polvo. Todo al mismo tiempo, y la posibilidad ficticia de eliminarlo. La maldición de olvidar y la maldición de recordar. En la película, la memoria era un espacio físico que se podía retocar con un ordenador, si no recuerdo mal. Para borrar, por ejemplo, a una persona de la que queremos librarnos definitivamente. Photoshop emocional. Pero todo regresa, es imposible terminar con esa sombra en la esquina del ojo, al menos mientras sigamos caminando por las mismas calles en las que todo sucedió. La memoria, espacio simbólico y misterioso, y la ciudad, espacio


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real en continua transformación, y por lo tanto también espacio simbólico. Zaragoza, mi vida, mis miserias repetidas, inevitables. El eterno retorno. Todo cambia todos los días, y sin embargo queda una huella, un recorrido, una cierta disposición. La ciudad ayuda a darles forma a esos trayectos invisibles que a nuestro cerebro le ha costado tanto configurar. Hablo de mí, por supuesto. Todo el que generaliza no hace otra cosa que imaginar que lo suyo no es sólo suyo, que lo comparte con alguien. Triste consuelo. Con referentes espaciales, con esquinas, el habitante urbano dispone de ganchos, de post-it, para fijar y numerar lo que fue, para añadir una nota que perpetúe el recuerdo. Así: el recuerdo de mi primera novia, los cumpleaños de mi infancia, varias muertes localizadas (localizadas en el espacio, no en el tiempo). Toda la ciudad llena de pequeños rectángulos amarillos con anotaciones apresuradas. Palabras, palabras, palabras. Paso por la puerta del colegio al que fui, en la carretera de Logroño, y de pronto me asolan imágenes imprecisas, millones de instantáneas simultáneas. Imágenes confinadas a una época de mi vida, una época de inocencia y felicidad que se contamina cuando el adulto que soy pasa por allí y recuerda. El mismo colegio con otros niños, y la certeza de que algunos de esos niños son los hijos de mis antiguos compañeros. Una misma cárcel con distintos condenados a muerte. Adiós, inocencia. Paso por la puerta del colegio, reinterpreto, humillo mis recuerdos sencillos de una época sin complicaciones. Qué trabajo más arduo, caminar por Zaragoza cada día y recordar con los pasos. Era otro cuerpo el que iba por allí hace diez o quince años, era otra mirada la mía, otra persona. El adolescente que fui, el joven inconsciente y sano que fui, recorriendo una y otra vez la misma acera de la avenida de Madrid, de camino a casa de mis abuelos. En un determinado momento mi abuelo murió, pero el camino sigue siendo el mismo. La misma disposición de la luz. La avenida de Madrid, retocada un millón de veces por la realidad. Distintos carriles, distintos peatones, distintas tiendas en las que me detengo por un momento a comprar o a mirar. Los mismos árboles distintos. La avenida de Madrid es el recuerdo de mi abuelo enfermando, de mi abuela que envejece, de la pena, mientras yo mismo me desgasto. El miedo de llegar y que él ya no esté se transforma de repente en la certeza dolorosa de que ya no está. Un desplazamiento mínimo para el que camina, la muerte del otro al que quisimos (al que queremos). Si yo lo hubiera sabido entonces, si me hubiera detenido a contemplar aquello, a fijarlo. Pero cómo iba a imaginarlo la primera vez que pasé por allí, la primera vez que vi la avenida de Madrid cuando tenía unos meses y mi madre me llevaba en el carrito. Nadie nos advirtió de lo que se nos venía encima. Cada edificio que se modifica, que se reforma, cocina lentamente la grieta en la que desapareceré algún día. Serán otros los que paseen por allí sin mi memoria. La avenida de

San José, un antiguo videoclub reconvertido en tienda de ilusionismo. Las tardes que pasé en aquel lugar cuando tenía quince años, practicando mis juegos de manos. En invierno la noche que se echaba encima, un refugio. Ahora camino por allí y no recuerdo dónde estaba aquel local, porque todo ha cambiado tanto. Cuánta perplejidad. La calle Delicias era peatonal. ¿Podéis creerlo? A mí me cuesta. También la calle Alfonso. Otro paseo de la Independencia es el que me veía borracho a las dos de la mañana cuando bajaba hacia el Casco Viejo cantando con amigos que ya no están (quedan los portales de las casas donde vivieron, el nudo en la garganta cuando paso por delante). Una lenta enfermedad que acaba con todo, el tiempo, y yo como testigo lento, perezoso, apenas nostálgico. Cada pequeño cambio no es nada, pero la acumulación de cambios martillea mi vida. Las fotografías como un golpe certero en el centro del estómago, una puñalada. ¿Así era yo? ¿Dónde está tomada esta foto? ¿Quién es este chico que me abraza? De pronto reconoces el lugar, el decorado (el escenario), y es una pieza de puzzle colocada de repente en su lugar preciso. Ah, claro. Cómo no. Pero aquí ya no está la tienda de ropa que aparece en la fotografía. El consuelo de los monumentos, de los lugares inmutables. La seguridad de que algo nos sobrevivirá unas cuantas generaciones. La puerta del Carmen. La antigua facultad de Medicina. Ciertas construcciones de piedra y cemento que apenas miramos porque sabemos que van a seguir allí. Zaragoza una y otra vez, todos los días, desde que nací hasta el día de hoy y siempre. Somos exiliados de nuestro pasado. Nada regresa y todo vuelve una y otra vez. Qué felices hemos sido aquí. Cuánto hemos llorado por los rincones. El primer amanecer que vi desde la casa de un amigo, varios chicos de doce o trece años asomados a la ventana, sorprendidos y radiantes. El eterno resplandor de la mente inmaculada. Después salimos a la calle y jugamos al fútbol con una lata de refresco. Un sueño pavimentado. La memoria virgen, la memoria sin mácula. Yo soy las calles, yo soy Zaragoza. Mientras dure.

Maqueta de las Delicias en la Expo 2008 (Foto Pepe Artal).

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EFICACIA FUNCIONAL Y EFICACIA TERRITORIAL (DE 1908 A 2008) ÁNGEL PUEYO CAMPOS Y JOSÉ LUIS CALVO PALACIOS UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA

El centenario de la Exposición Hispano-Francesa de 1908 sugiere revisitar la organización funcional y territorial de Zaragoza y Aragón a la luz de las situaciones en las que se encontraba la ciudad en cada uno de ellos. Las actuaciones que se proponían en cada momento iluminan lo que de ellas se pretendía para encauzar el crecimiento funcional y territorial. En 1908 Zaragoza apenas contaba con cien mil habitantes. Los tranvías de mulas iban siendo arrinconados por los eléctricos, el agua llegaba ya a las casas, pero no a todas, y la transformación industrial tenía una base agraria resultado, en buena medida, del repliegue colonial. Basilio Paraíso, desde la Cámara de Comercio, quería abrir más Zaragoza, aumentar y mejorar sus funciones y convertirla en la gran ciudad del Valle del Ebro además de capital aragonesa. Atraer gentes de fuera para visitar las novedades tecnológicas de la EXPO de la Plaza de los Sitios era sobre todo un guiño que se hacía a los capitales foráneos, pero también locales, para reorientar la actividad hacia lo agroindustrial desde unas bases de adaptación a los nuevos espacios de oportunidad que se abrían con el ferrocarril y la peculiar posición de Zaragoza como ciudad encrucijada. Cien años más tarde, Zaragoza ha tenido una nueva EXPO. Aunque no recogida explícitamente en el Primer Plan Estratégico de la ciudad, pronto se integra en él hasta constituir una de sus claves. Al igual que en 1908, la posición de Zaragoza gracias al AVE, la abre a espacios de oportunidad mucho más amplios y la EXPO contribuye a posicionar la ciudad en los 28

mapas mentales de los ciudadanos del mundo en un contexto de globalización en el que la contigüidad física, aunque siga teniendo su importancia, deja paso a polarizaciones un tanto extrañas en las que no coinciden lo funcional y lo territorial. Todo ello se traduce en crecimientos que no responden a los modelos territoriales tradicionales, aunque de ahí no se siga que las redes de comunicación electrónica sean la base única de la organización mundial, puesto que mercancías y personas han de desplazarse por canales físicos para los que sigue siendo importante la cercanía, aunque muchas veces ésta se mida en tiempo. Los mapas de potenciales de población de 1900 y 2006 evidencian mejor que cualquier explicación la nueva centralidad de Zaragoza, en el cuadrante nororiental de la Península Ibérica donde se concentra ahora una población similar a la del conjunto español de 1908 y que puede encontrarse a poco más de una hora de Zaragoza si se utilizan las nuevas opciones de transporte. La valoración del espacio ha cambiado por el paso de unas formas de vida básicamente agrarias y rurales, a otras primero agroindustriales y luego de servicios, con la transición desde una economía de corte local a la nueva sociedad inserta en los intercambios de la globalidad, lo que ha dado lugar a una metamorfización del territorio por la reducción de los tiempos de viaje y la mayor oferta y disponibilidad en los desplazamientos, pues las nuevas actividades tienen unas necesidades de conectividad de las que no precisaba la sociedad que generó la exposición hispano-francesa de 1908.


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El resultado se deja notar igualmente en la configuración de las “cuencas de vida” o espacios en los que se realizan los desplazamientos circadianos de los zaragozanos, que de realizar a pie casi la totalidad de sus movimientos diarios a comienzos del siglo XX, han pasado a realizar peatonalmente menos de la tercera parte de ellos. Esto tiene que ver tanto con esta mejora en la disponibilidad de transporte público o privado, como con el cambio de la escala espacial de vida, ya que ahora Zaragoza se acerca a los setecientos mil habitantes, lo que entraña el cambio de tamaño demográfico correspondiente a la septuplicación de sus habitantes, pero con una ocupación de suelo que se ha multiplicado mucho más, desbordando a los municipios cercanos, y/o bien comunicados, como puede verse por una serie de mapas por términos municipales resultado de la explotación cartográfica de los datos del censo de 2001 y otras rectificaciones padronales más recientes que proceden del Atlas Nacional realizado para el Instituto Geográfico Nacional de España que se comentan seguidamente. En definitiva, Zaragoza se encuentra en una situación en la que, por una parte, sus oportunidades están en aprovechar la nueva escala de relaciones en el cuadrante nororiental español, lo que significa una apertura al exterior y, por otra, tratar de difundir adecuadamente en el territorio aragonés y especialmente en su entorno inmediato, los efectos beneficiosos de esa nueva escala en la que pretende encontrar recorrido para sus desarrollos de los próximos años. Todo ello entraña a su vez la consideración de una nueva escala metropolitana para solucionar problemas comunes tales como transporte, agua, vertidos, redes de todo tipo, sobre los que se asientan cosas tan comunes como servicios, vivienda, espacios productivos o medio ambiente, entre otros, que no pueden ya tratarse a escala exclusivamente municipal. Con alguna frecuencia se plantean cuestiones relacionadas con la delimitación precisa de este espacio metropolitano. No deja de ser una muestra de la paranoia administrativista. Por definición, el espacio de relaciones metropolitanas es un territorio cambiante en el que se suman relaciones de contigüidad con otras que están vinculadas a espacios túnel como podría suceder con Huesca o Calatayud respecto a Zaragoza si se acaban sustanciando las 30

buenas comunicaciones ferroviarias en tiempos, precios y frecuencias. En cualquier caso lo metropolitano necesita geometrías variables como corresponde a procesos dinámicos que, si dejan de ser dinámicos, también dejan de ser metropolitanos. Como en alguna ocasión hemos afirmado, lo metropolitano es no solo proteico sino proteiforme, y así debe ser estudiado y gestionado. Imposible de reducir a una comarca (nueva delimitación administrativa) e incluso al concepto de área metropolitana como ente territorial, donde por cierto se exigía contigüidad espacial. Todavía más grotesco es el deslinde funcional de la capital y el resto del territorio metropolitano (la denominada comarca “donuts”) porque equivale a separar la carrocería del motor. En todos los casos, el error consiste en administrar territorios cuando lo que debe gestionarse son los procesos con contenido territorial, que no es lo mismo, aunque tengan elementos coincidentes. Los espacios en los que discurren los quehaceres cotidianos de las gentes han cambiado y si, hace medio siglo, los vecinos de Botorrita, María o cualquiera de los pueblos cercanos a Zaragoza vivían y trabajaban en el mismo municipio, ahora, los habitantes de todos los municipios metropolitanos presentan fuertes vinculaciones con la metrópoli zaragozana, que se traducen en movimientos centrípetos o centrífugos, pero además los de Botorrita van a trabajar a Muel o Cuarte (metapolización) y los hijos de los zaragozanos buscan con frecuencia su residencia a precios más asequibles en Utebo, María de Huerva, La Muela o San Mateo, entre otros, aunque muchos sigan dependiendo de Zaragoza para las plazas escolares o tengan en ella su puesto de trabajo. Las cuencas de vida han cambiado, se han hecho más amplias y esta ampliación territorial ha complejizado extraordinariamente la gestión del territorio y requerido la popularización de los medios de transporte. La gestión del suelo debe ir por lo tanto vinculada a la de los medios de transporte porque forman parte de una misma realidad: el espaciotiempo. De ahí la importancia de un consorcio de transporte para que lo territorial vaya de la mano de lo funcional y no se produzcan estrangulamientos o desajustes no deseados. Los mapas nos ayudan a mostrar algunas de estas características definitorias.


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Así, el mapa de variaciones porcentuales población 1970-1981 muestra que de los municipios cercanos a Zaragoza, solamente Utebo y Cuarte crecían a un ritmo superior al 2% anual acumulativo, mientras que Zaragoza lo hacía a un ritmo superior al 1%.

El mapa de variaciones porcentuales de población correspondiente al periodo 2001-2005 muestra que el espacio de mayores incrementos se sitúa ahora con nitidez en el entorno zaragozano, con la mayoría de los municipios en tasas anuales de creci-

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miento superiores al 2% aunque dejando fuera de este ritmo a muchos del Bajo Jalón, y en general, a los que tienen peores posibilidades de comunicación. Es un hecho por lo tanto que el crecimiento desborda Zaragoza para mostrarse con mayor vigor en un entorno que va a recoger además población más joven que la de la capital, con lo cual cabe augurar en un futuro inmediato todavía mayores crecimientos por la propia dinámica natural de su población en edad de reproducirse y con tasas muy bajas de mortalidad.

evolucionando hacia los otros sectores, aunque no toda la población resida y trabaje ya en el mismo municipio como sucedía cuando la agricultura era el fundamento de su economía.

Que hay intercambios poblacionales en los municipios de todo este entorno, especialmente en el eje del río Ebro, en el del Gállego y en el de la Huerva, viene reflejado también por la tasa de autoctonía, pues mientras que en Zaragoza más de la mitad de su población ha nacido en ella, en el resto de los municipios del entorno, apenas un 20% de sus censados han nacido en el municipio en el que aparecen empadronados en 2001. Esto significa además que la identificación con el municipio es menor y que se han producido necesariamente cambios en las actividades de sus habitantes, que de una base laboral agraria han ido

que reside, estudia o trabaja en un municipio) da valores porcentuales tanto más elevados cuanto mayor es la desagregación de cada una de las actividades anteriores. Si una persona reside y estudia en el mismo municipio, o reside y trabaja en él, solamente se contabilizará una vez, pero si tiene su residencia habitual en un municipio, trabaja o estudia en otro y además cuenta con segunda residencia en un tercero, va dejando una “huella administrativa” en varios municipios. La media española de población vinculada es de 1,27 por cada habitante censado y este valor se puede desagregar para cada uno de los conceptos precitados.

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La prueba de ello nos la ofrece el mapa de población vinculada que trabaja en un municipio en 2001. Es un hecho que la industria ha ido abandonando la gran ciudad para localizarse en los polígonos industriales de municipios cercanos y/o bien comunicados. El resultado es que la población vinculada (población


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Pues bien, los municipios cercanos a Zaragoza dan valores de población vinculada por razones de trabajo muy superiores a los de la capital y todos ellos están además por encima de la media española, lo que indica la dicotomía existente entre el lugar de trabajo y el de residencia, o en otras palabras, quiere decir que el entorno de la capital es la cuenca de vida habitual para mucha gente que, o bien reside en un municipio cercano y viene a trabajar a la capital, o bien que residiendo en ella se tiene que desplazar diariamente hacia los municipios cercanos por motivos de trabajo. El resultado es el mismo: la cuenca de vida de estas gentes no transcurre en un único municipio y se establecen problemas comunes que no pueden resolverse individualmente en cada uno de ellos. Uno de ellos obviamente es el transporte, como ponen de manifiesto los mapas de población que reside y trabaja en un municipio en 2001, o el de número de vehículos por hogar, entre los que se observan notables coincidencias, pues los zaragozanos, que trabajan y residen en el mismo municipio en proporción muy superior a los de los municipios cercanos, tienen necesidad de menos vehículos particulares. Por el contrario, todos los municipios del entorno, donde el porcentaje de población que reside y trabaja en el mismo municipio es muy bajo, tienen que recurrir al vehículo particular, lo que se refleja en valores superiores a 1,1 vehículos por hogar cuando los de Zaragoza quedan por debajo del 0,9. La media nacional es 0,95. Obviamente, si no se organiza la cuenca de vida de Zaragoza considerando la ciudad real que es la que alberga todos estos desplazamientos y flujos, el conjunto en cuanto tal no funcionará adecuadamente. Es el gran problema pendiente de Aragón, aunque parece que no se quiera visualizar. 33


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EL FALANSTERIO DE CHARLES FOURIER GONZALO BLASCO SORO ALEJANDRO MÁRQUEZ MARZAL 2º DE BACHILLERATO

Charles Fourier fue un pensador francés de la primera parte del siglo XIX, que destacó como crítico en ciertos aspectos del capitalismo y que desarrolló una forma de pensar basada en la creación de unas unidades de producción y consumo llamadas falanges o falansterios. Etimológicamente, la palabra falansterio es un neologismo compuesto de falange (ϕ´αλαγξ, phálanx a nuestro idioma, que quiere decir bastón, tropa en fila o ejército) y de la terminación de monasterio. Un falansterio consta de una comunidad rural autosuficiente con no más de mil seiscientas veinte personas (según unos cálculos que el propio Fourier hizo, ya que además de sociólogo era matemático, y la mayoría de sus explicaciones sobre el sistema mezclan las matemáticas con la sociología), así pues, se basa en la asociación de estas personas para sobrevivir, y también interactuar con otros falansterios. El poner en común los recursos naturales y la capacidad de trabajo de cada uno y la sustitución del hogar tradicional por uno común asegura a cada habitante el poder comer y tener un trabajo. La asociación es para Fourier el medio de poner fin a la injusticia y satisfacer las necesidades y pasiones de cada uno. La comunidad es como un pueblo que 34

debe crear un sentimiento de solidaridad entre los miembros y en el que los impuestos benefician directamente a sus habitantes. Fourier divide la falange en tres clases: rica, media y pobre, pero no las separa entre ellas con el fin de no crear barrios marginales y que estos se empiecen a despreciar A la hora de idear esta sociedad tuvo en cuenta la ambición y el deseo de enriquecerse de los seres humanos. La continua mezcla de ricos y pobres en esta comunidad conducirá a la desaparición de prejuicios entre clases sociales. Algunas de las ideas que defiende para dar lugar a un desarrollo dentro de sus falansterios son la sustitución de lo que en nuestra civilización serían trescientas amas de casa con sus trescientos fogones por un grupo de “especialistas” en cocina de unas siete personas que dedicase su trabajo a elaborar la comida para los habitantes de su falange cada día; un gran tonel de leche transportado por un hombre sustituiría a las lecheras (que en nuestra sociedad actual ya han desaparecido prácticamente); o que todos los huertos particulares se unirían en uno solo para la falange, suprimiendo así los gastos en vallado y cercas. En dicha sociedad el trabajo bien organizado es prioritario; sin embargo, si se tiene en cuenta que la


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subsistencia es gratuita, es decir, el alimento es gratis, la riqueza solo sirve para comprarse caprichos. De este modo, hay que incentivar el trabajo para que alguien trabaje y el falansterio no se hunda. A partir de aquí lo que se intenta es hacer del trabajo algo atractivo. El salario no se reparte a partes iguales, sino que recibe más aquel que hace trabajos más ingratos o necesarios. La economía se basa en la agricultura casi totalmente, salvando que hay alguna que otra fábrica que produzca todo lo que no puede ofrecer la naturaleza. En este sentido, nuestra opinión es que Fourier se puede estancar, impidiendo una evolución tecnológica de la sociedad y reduciendo en este caso la calidad de vida. Además, siguiendo con lo económico, existiría un comercio con falanges vecinas. Obviamente, los trabajos desagradables que nadie quiere realizar seguirían estando presentes. Fourier propone una especie de “mili” o entrenamiento militar en la que los niños realicen estos trabajos para saber “lo que es la vida”. El resto de trabajos se realizan en cadena, cambiando el tipo de oficio cada dos horas para no caer en la monotonía y que parezca un juego y así de paso descansar y estar mejor dispuesto para el trabajo siguiente. En cuanto a la medicina, mientras Fourier sostiene que en nuestra sociedad el médico se dedica a curar cuanto antes y huir de las epidemias; en la falange se dedicaría a hacer medicina preventiva para aumentar la tasa de salud colectiva, ya que esto le interesa y cobraría por igual. Respecto a las guerras, Fourier se muestra contrario al pensar que es “absurda, engulle fortunas, obliga a las sociedades a evolucionar y desarrollarse y esto las hace infelices”. Sin embargo, afirma la existencia de unos ejércitos, que además de ser el lazo de unión entre dos o más falanges, tienen la función de hacer trabajos de utilidad pública demasiado grandes para las pequeñas comunidades, como por ejemplo repoblaciones forestales o regadíos. En estos ejércitos también se incluyen las mujeres, lo que muestra las reivindicaciones feministas de Fourier. En esta sociedad llamada Armonía Fourier defiende la abolición de los esclavos negros. No obstante, se muestra discriminatorio con los chinos y los judíos, y a pesar de que parezca contradictorio no quiere oír hablar de violencia. El secreto del fourierismo es acabar con la omnipotencia del dinero (partiendo de la ambición de la gente e intentando reducirla por su propio sistema), abolir la vida dominada por el interés y retornar a los verdaderos valores humanos. Siempre tiene en cuenta que cuando ponga en práctica este sistema va a tener sus fallos. Resumiendo, las ideas de Fourier se pueden resumir en que la unidad económica de la familia no puede por si sola proveer el sustento de todos los envueltos en ella y se necesita una mayor cooperación entre un mayor número de personas. Además, decía que vivir con la misma gente toda la vida, todo el tiempo y peor en el caso de la pareja, el mantener una relación amorosa /

sexual con la misma persona toda la vida, condenaba a los envueltos en él a la monotonía y al aburrimiento así como al conformismo y evitaba un mayor desarrollo de la personalidad, que hubiera sido posible en relaciones múltiples de diversa duración. En la práctica, sin embargo, sólo hubo una experiencia de falansterio en Francia y fracasó inmediatamente. En Europa la importancia del fourierismo declinó rápidamente, pero en Norteamérica tuvo una buena acogida y gozó de cierto prestigio entre los intelectuales. La idea de una forma de vida cooperativa resultó atractiva para mucha gente en una época de depresión económica. En poco tiempo se crearon entre cuarenta y cincuenta falansterios, aunque sólo tres sobrevivieron más de dos años. El más exitoso fue el llamado North American, que se disolvió después de un aparatoso incendio que acabó con sus bienes. El fracaso de estos falansterios, más allá de sus dificultades, se debió a su rápido crecimiento, que atrajo en poco tiempo a un montón de gente poco preparada y comprometida. A veces gran parte de los escritos de Fourier y de sus teorías urbanísticas pueden leerse como una especie de chiste delirante, pero arroja una mirada siempre libre de prejuicios hacia las pasiones humanas.

BIBLIOGRAFÍA FOURIER, Charles: La armonía pasional del nuevo mundo. Taurus, Madrid, 1973. LEHOUCK, Emile: Fourier o la armonía y el caos. Labor, Barcelona, 1973. MONTEMAYOR, Carlos: Charles Fourier (1772-1972), en V.V.A.A.: Aproximaciones al pensamiento de Fourier. Castellote, Madrid, 1973. SÁNCHEZ-CASAS, Carlos y Guerra, Felipe: Fourier, ¿socialista utópico? Zero/ Zyx, Madrid, 1973. 35


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LA CIUDAD UTÓPICA CARLOS MORENO YRUELA 2º DE BACHILLERATO

Descripción de Palermo en 1565,

A lo largo de toda nuestra historia, los seres humanos hemos ido desarrollando nuestra vida en torno a los núcleos urbanos. Ya en la Prehistoria existían poblados con una estructura social basada en el reparto de tareas y en la protección mutua, pero de esos simples grupos de cabañas han derivado gigantescas ciudades superpobladas como nunca se habrían imaginado. Son zonas que abarcan la base de la estructura política, económica y social de un país entero, que agrupan todo el control en un mínimo espacio y manejan los hilos de grandes extensiones. Tal desarrollo urbanístico ha derivado a una situación extrema, en la que casi se ha convertido el planeta en una ciudad sin fin. Las ciudades crecen y se multiplican, y algún día se acabará por construir en la última parcela existente de terreno. Pero, dejando el carácter apocalíptico de la urbanización descontrolada, ¿se podría afirmar que alguna de las formas de ciudad que han existido ha sido perfecta? Unas pueden ser criticadas por tener un relieve irregular y un casco viejo tortuoso, otras por ser demasiado regulares y, por lo tanto, aburridas, y otras por ser anárquicas; algunas por su extrema extensión y otras por la falta de ella. Incluso una ciudad que satisfaga todas las necesidades de un individuo no lo hará con otro. Éste es uno de los problemas que se plantea Tomás Moro en su Utopía. 36

Moro tiene una concepción muy romana de una ciudad ideal, con casas cuadriculadas e independientes, calzadas anchas y perpendiculares, un río caudaloso que aporte agua corriente y riego para los numerosos parques y jardines y un centro de ciudad coronado por edificios majestuosos. Todo ésto dentro de un marco futurista, con unos conocimientos mecánicos y científicos muy avanzados que permiten que la ciudad esté perfectamente asentada y sea inmune a los desperfectos del emplazamiento. El desarrollo tecnológico permite que las ciudades se independicen del espacio que les ha permitido ser, en el que se han construido, se liberan de él. Además, para Tomás Moro, una buena ciudad es previa a una buena sociedad, es decir, que la existencia de una ciudad ideal es lo que ha permitido a Utopía ser un país sin problemas y tener una sociedad tan perfecta. En primer lugar, la estructura de edificación cuadriculada es la más usada en nuestra época y es algo que simplifica tremendamente la construcción de la ciudad. Es normal que una ciudad ideal sea construida sobre una superficie plana y ya delimitada, pero no se puede decir lo mismo de los edificios que la forman. Los edificios básicos y similares unos a otros pueden causar un sentimiento de rutina y tedio perjudicial para el ánimo. En la Utopía, Moro demuestra


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que lo que menos le importa es la decoración ya que es lo único que el fundador deja sin diseñar: lo deja a elección de sus descendientes. Pero ése es un error grave, ya que lo que diferencia a los seres humanos y, por tanto, lo que les hace sentirse especiales y únicos, es su forma de ver la vida, reflejada en su entorno mediante los adornos previamente escogidos por cada uno. Esta idea de dar a cada ser humano la misma vivienda es bastante marxista, pero creo que no por ser iguales y tener la misma calidad de vida deban tener casas idénticas, sino únicamente similares en características. Por otro lado, las distintas zonas de la ciudad deberían ser diferenciadas para evitar confusiones en los habitantes, además de para romper la monotonía, y la mejor forma de hacerlo es con diseños arquitectónicos variados. Lo que nadie discute es que los edificios principales de la ciudad deban ser elaborados y grandiosos, con elementos que los caractericen y les permitan ser reconocidos por todo el mundo como símbolos de esa ciudad.

Alegoría del buen gobierno, de Ambrogio Lorenzetti.

La existencia de un río, lago, costa u otra forma de aporte natural de agua en el entorno de la urbe es algo básico. Toda ciudad importante tiene su propia fuente de agua, un recurso esencial, como tantas veces se ha demostrado, y debe estar controlado artificialmente para evitar desastres muy comunes. Pero lo que es imposible, y en cierto modo lo acepta Moro, es deshacerse por completo del medio y de sus imperfecciones. Tomás Moro pretende que su ciudad utópica sea algo libre del espacio, superior a él. Su urbe se ha deshecho de lo que le ha servido de apoyo para poder seguir avanzando hacia la perfección. Pero incluso él admite que ésto no es factible, ya que su ciudad más importante, Amauroto, no es perfecta, sino que ve modificado su plano exactamente cuadrado por salvar el obstáculo de la costa mediante una obra hidráulica. Una ciudad es algo arraigado al medio, como un árbol gigantesco sujeto al suelo por tuberías, cimientos, cloacas e incluso túneles de metro. Si elevas la ciudad a otro plano estás aislándola en cierto modo de sus recursos y comunicaciones. La ciudad puede modificar y alterar el medio hasta límites inimaginables, pero nunca deshacerse de él.

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Por otro lado, Moro afirma que la ciudad ideal es la base para formar una sociedad modelo, pero ésto es como el enigma del huevo y la gallina, porque, si la ciudad es previa a la sociedad perfecta, ¿de dónde ha salido el arquitecto perfecto? En Utopía es fácil responder a la pregunta, ya que todo está diseñado y creado por el genio Utopus, pero en la realidad es algo incierto. Por supuesto, ésta es otra de las fantasías de Tomás Moro, que veía que el Londres de su época se deterioraba como ciudad y albergaba gran cantidad de atrocidades humanas, y necesitaba crear una solución para todo ello, aunque fuera sólo en un libro. Por último, ¿es realmente necesario crear una ciudad perfecta? La perfección implica la ausencia de imperfecciones; por lo tanto es algo absurdo, ya que lo perfecto no existe, siempre hay algún defecto por pequeño y trivial que sea. Y en la determinación de defectos también influye el criterio de cada ser humano, que tiene infinitas variables posibles. Incluso hay gente para la que la propia perfección es un defecto. La perfección no es necesaria, es contraproducente. Son la imperfección, los errores, la conciencia de que algo tiene que cambiar lo que nos hace avanzar y desarrollarnos. Si creyéramos que todo está bien como está no avanzaríamos en ningún sentido. Claro, muchos dirán que si vivimos en un estado de perfección ¿para qué investigar e intentar mejorar si no se puede? Pero, como he dicho antes, la perfección es un horizonte inalcanzable, una meta a la que acercarse pero no a la que llegar. Por lo tanto, si nos convencemos de que nuestra ciudad, por ejemplo, es perfecta, no haremos nada por mejorarla y nos quedaremos en un estado de conformismo nada beneficioso. Pero ésto no es una crítica a Tomás Moro, al contrario. La perfección como hecho no tiene sentido, pero sí lo tiene como meta, como fantasía. El imaginar cómo se puede lograr la perfección es una forma de crítica e investigación, ya que siempre se imaginarán aspectos mejorados de la situación actual, como los numerosos defectos de la sociedad que Moro solucionó en su Utopía, aunque solo fuera en tinta y papel.

BIBLIOGRAFÍA MORO, Tomás: Utopía. Alianza, Madrid, 2006, pp. 118121. CHOAY, Françoise: “La utopía y el estatuto antropológico del espacio edificado”, traducción de Juan Calatrava en Juan Calatrava Escobar y José Antonio González Alcantud (eds.), La ciudad: paraíso y conflicto, Abada, Madrid, 2007, pp. 93-111. 37


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UNA MIRADA CRUEL Y LÚCIDA SOBRE EL ESPACIO FERNANDO DE SANTOS LORIENTE 2º DE BACHILLERATO

Rem Koolhass nació en Róterdam en 1944. Tras vivir su infancia en Indonesia, trabajó como periodista en La Haya. Finalmente estudió arquitectura y fundó su propio estudio arquitectónico (OMA). Tras recibir varios premios de arquitectura, entre los que destaca el Pritzker (el más importante en este área), se ha convertido en un símbolo de la arquitectura actual. El “espacio basura” y “La ciudad genérica” son dos ensayos que realizó a modo de crítica de lo que la arquitectura moderna y en general nuestra sociedad están haciendo con el mundo en el que vivimos.

embargo tiene un carácter gélido, otra gran contradicción de este espacio basura. Todo está lleno de graderíos, de sillas, de bancos. Esto se debe a lo agotadora que es la experiencia de este espacio basura. El entretenimiento se basa ahora en agotadoras tareas de concentración (golf de concentración, cultura de concentración, vacaciones de concentración). El Inglés, que todo el mundo lo habla, se está deteriorando a través de la ignorancia, el argot, el acento. Ahora podemos decir lo que el espacio basura quiere que digamos. Cada monitor es ahora una ventana. El ciberespacio son los grandes exteriores.

1) USAR Y TIRAR El espacio basura lo define el autor como la secuela de la modernización, lo que queda en el camino, la herida de guerra. De una guerra mundial en la que la ciencia pone a disposición de los ejércitos armas que no se disparan con gatillo. El espacio basura es como el aire. No podemos percibirlo y por tanto no podemos recordarlo. Además nos resulta incomprensible debido a las grandes antítesis que existen en él: elevado y mezquino, público y privado, derecho y torcido. El holandés habla de diferentes consecuencias de este espacio basura. Una que últimamente está de moda es la del efecto invernadero. El espacio basura es caluroso, sin 38

Además, el espacio basura ha creado dos nuevos conceptos curiosos: las marcas y la ecolomía. Las marcas las compara el autor como los agujeros negros del universo, entes que hacen que desaparezca el significado de todo. La ecolomía la define irónicamente Koolhaas como la combinación entre la economía y la ecología, dos conceptos contradictorios como demuestra la propia existencia del espacio basura. Al hablar de arquitectura moderna, Koolhaas la define como otra empresa de desechos. De civilizaciones anteriores quedaron restos (por ejemplo pirámides) que nunca podrían considerarse basura. Sin embargo ahora se vierte sobre cimientos más basura que en todas las civilizaciones anteriores juntas.


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Unos desechos que no son más que trampas que nos hacemos a nosotros mismos sin otro fin que el de perdernos (espejos, superficies pulidas, eco…). Igualmente, dice que la preocupación por el espacio hace que se derive en una preocupación por lo opuesto; masa y objetos (que es como define el autor la arquitectura), masa que pasará a formar parte del espacio basura. Koolhaas arremete contra la arquitectura de arcos, en la que sobre obras acabadas se construyen arcos en yeso que no llevan a ningún lado. Son como firmas obligadas a ser realizadas y que únicamente hacen que el edificio construido a toda prisa sea un edificio moderno. Los pasillos no unen A con B, sino que son destinos en sí mismos. Para finalizar el autor amenaza diciendo que Dios ha muerto, el autor ha muerto, la historia ha muerto, sólo el arquitecto sigue en pie. El hijo huérfano de estas muertes es el espacio basura. Pensábamos que podríamos visitarlo a escondidas, pero han tirado las llaves y la arquitectura está infectada, igual que el espacio basura. Ahora la firma Basura ® es la nueva arquitectura. El espacio basura será nuestra tumba ya que la mitad de la población contamina para producir y la otra mitad contamina para consumir. 2) CIUDADES INTERCAMBIABLES “Son las ciudades contemporáneas como los aeropuertos contemporáneos, es decir, todas iguales”. Con este pretexto Koolhaas pretende teorizar en relación a la pérdida de la identidad del mundo moderno. Dejando claro desde el principio que lo que queda tras esta pérdida es lo genérico. La obra la divide en diferentes aspectos desde los cuales analiza esta pérdida de la originalidad. El arquitecto holandés advierte que este crecimiento exponencial del mundo moderno va a hacer que el pasado sea tan pequeño en relación que no tenga cabida en este nuevo mundo. Por otra parte, la identidad es una especie de trampa que hace que el único destino de una ciudad es ser ella misma pero más acentuada, es decir, París sólo puede ser más parisina, convirtiéndose en una mera caricatura de París. Además es curioso el fenómeno que ocurre en los centros de las ciudades. En ellos ha de verse lo más viejo y lo más nuevo. Paradójicamente se busca mantener la identidad siguiendo un camino que tiene como destino lo genérico. Y ese es el destino de casi todas las ciudades. Siendo casi irónica la envidia mutua entre las que son ciudades genéricas y buscan su propia identidad y las que tienen identidad y buscan ser ciudades genéricas. Koolhaas describe la ciudad genérica como un sistema fractal. Nos podemos acercar y seguir viendo el mismo módulo estructural simple. La cita con la que comienza el ensayo la extiende luego al hablar de los aeropuertos. Todos demasiado grandes o demasiado pequeños, pero eso sí, todos iguales. Porque según la época en la que han sido construidos van a tener una

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misma forma. Al hablar de la población que habita en la ciudad genérica se limita a calificarla de multicultural. Hablando concretamente de urbanismo hace un análisis más completo, poniendo como característica principal de la ciudad genérica el martillo perforador. Si algo no funciona se destruye y se construye otra vez (el resto formaría parte del espacio basura). Añade irónicamente que la ciudad genérica es como un niño de cinco años con arrugas, envejece más rápido que el propio tiempo. La ciudad no la diseñan los políticos sino sus amigos. Ellos mandan técnica y económicamente y modifican la ciudad a sus anchas. Lo más llamativo del análisis en el apartado de Distritos es la conclusión: “Lo colonial parece la única fuente inagotable de lo auténtico”. Denomina Programa a un apartado en el que nos avisa de lo que podría ocurrir si esto continúa. Por ejemplo: el trabajo en casa hará que las casas tengan que construirse más grandes para poder realizar reuniones. Los hoteles van a ser las cárceles, las nuevas oficinas con arresto domiciliario voluntario. Al hablar de arquitectura, siguiendo su costumbre, critica esta falta de identidad. Definiendo la ciudad genérica así: “Una explosión de beis. En su epicentro salpica el calor de los pliegues vaginales (no excitados), berenjena metálicomate, tabaco-caqui, calabaza polvorienta; todos los autos camino a la blancura nupcial...” Desde el punto de vista geográfico nos advierte que las ciudades tienden a acercarse a los trópicos y el cómo influye la ciudad en la hermosura, en la humanidad, en la amabilidad… de las personas. La historia no interesa en la ciudad genérica. Esta ciudad ha de ser eficiente y la historia reduce el rendimiento. Las infraestructuras no surgen a raíz de una carencia, sino como una predicción. En vista a una especie de guerra, no surgen para mejorar algo sino para debilitar al contrario: “La vida en V se simplifica para que la vida en U resulte insoportable”. En el aspecto cultural dice que sólo lo redundante cuenta y ejemplifica que antes la ciudad era un coto de caza sexual, la ciudad genérica es ahora una agencia matrimonial. En su propia conclusión utiliza una breve historia en la que uno mismo es el protagonista. Estás viendo una película bíblica de Hollywood en un instante en el que hay una gran concentración de gente (un mercado). Hay una persecución, pero justo en ese momento paras la película y le das al botón de retroceder. Todo es silencio, los hombres andan hacia atrás y aumentan los espacios. La ciudad ya no está, podemos dejar de ver la película…

BIBLIOGRAFÍA KOOLHAAS, Rem: La ciudad genérica. Gustavo Gili, Barcelona, 2006. KOOLHAAS, Rem: El espacio basura. Gustavo Gili, Barcelona, 2007. 39


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LAS EXPOSICIONES Y LA TRANSFORMACIÓN URBANÍSTICA DE ZARAGOZA ANA AGUILAR LAURA BELTRÁN 2º DE BACHILLERATO

Exposición Hispano-Francesa de 1908.

Todas las ciudades buscan signos de identidad que las hagan únicas, atractivas, originales; un único rasgo que la diferencie de las demás. Zaragoza, con una historia acumulada de más de dos mil años, ha sabido conservar, aunque no por completo, las huellas del legado de sus antepasados, y éste es, precisamente, el hecho que la dota de un color especial. Sin embargo, preservar el pasado no implica cerrar las puertas al futuro, sino que toda ciudad precisa de las bases del ayer para construir un mañana sólido. Muchos fueron los factores que llevaron a Zaragoza a evolucionar de una menguada población rural tras la Guerra de la Independencia a otra industrial y desarrollada en poco más de medio siglo, pero entre ellos destacan las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz (1835-36; 1855, respectivamente), que tuvieron como principal consecuencia la búsqueda de utilidad civil a los territorios y edificios expropiados a la Iglesia; la Revolución Industrial, punto clave del desarrollo económico de la ciudad gracias a la llegada del ferrocarril y del éxodo rural; y las Exposiciones Internacionales de 1867 y 1868 y, más adelante, las de 1885 y 1908. Nos centraremos en este último punto, en cómo una muestra interna40

cional puede modificar no sólo el trazado urbanístico de una ciudad, sino la forma de sentir y vivir de sus habitantes. La celebración de las primeras Exposiciones, coincide con el despegue de la Revolución Industrial. Por ello, no es de extrañar que la primera que se celebró –la Great Exhibition de Londres (1851)– tuviera lugar en el Reino Unido, es decir, el país más industrializado del mundo. Ésta fue un rotundo éxito de público, ya que acudieron a verla más de seis millones de visitantes, y dejó un buen legado económico con el que se financió el Victoria & Albert Museum, que sigue en funcionamiento hasta nuestros días. Sin embargo, no fue la británica la que mayor influencia tuvo sobre todas las demás, sino las Exposiciones Universales de París de 1898 y de 1900, que dejaron como símbolos del París moderno la Torre Eiffel, la Gare d’Orsay, la Gare de Lyon y el Petit y Grand Palais. La de 1900 fue visitada por algo más de cincuenta millones de personas y se presentaron por primera vez las escaleras mecánicas y el cine con sonido. La razón de ser de aquellas muestras internacionales era la de servir de gran escaparate de las


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novedades y avances tecnológicos en una época en la que no existían los medios de comunicación de masas, circunstancia que ha cambiado en las últimas décadas en las que las Exposiciones han pasado a convertirse en foros en los que se trata de encontrar soluciones a los retos de nuestro tiempo, como son la globalización, el cambio climático o el desarrollo sostenible. Pero volviendo la vista siglo y medio atrás, la organización de grandes exposiciones en nuestra ciudad surgió del interés y convencimiento, por parte de sus clases sociales más activas, de que su celebración habría de reportar, en todos los órdenes, grandes beneficios a la ciudad. Así, en el año 1867 se producen dos hechos que prueban la gestación de un ambiente favorable a la celebración de este tipo de muestras. El primero es la celebración en el Ateneo Zaragozano de una exposición de productos agrícolas, industriales y artísticos, que se prolongó entre el 3 de marzo y el 10 de noviembre de 1867, y que se puede considerar antecedente directo de la primera Exposición Aragonesa del año siguiente. Se la puede considerar como la primera exposición de Zaragoza, si bien no es posible realizar un balance positivo de la misma, ya que casi un centenar de fabricantes aragoneses se encontraban mostrando sus productos en la Exposición Universal de París El segundo acontecimiento es la nutrida participación aragonesa en la Exposición Universal de París de 1867. Nada menos que noventa y cinco expositores procedían de las tres provincias aragonesas. La mayor parte de ellos presentaban productos agrícolas, pero no faltaban tampoco los de industrias extractivas y de transformación. Cuando todavía permanecían abiertas las puertas de esta exposición, la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País comenzó a preparar la primera Exposición Aragonesa para el año 1868. Se formó una comisión en la que destacaban Alberto Urriés, Mariano Royo y Antonio Candalija. Era un proyecto ambicioso en el que se integraron Ayuntamiento, Diputación Provincial y diputados y senadores a Cortes por la provincia. En un corto espacio de tiempo se debía convocar el mayor número posible de participantes, reunir una gran cantidad de productos de muy diversa naturaleza –Ciencias, Artes Liberales, Minerales y Productos Químicos, Agricultura e Industria- y acogerlos en un recinto nuevo levantado para la ocasión. El lugar elegido fue la Glorieta de Pignatelli, la actual plaza de Aragón. La ubicación permitió incorporar definitivamente la Glorieta y el Paseo de la Independencia al paisaje urbano, acelerando su proceso de urbanización y constituirse en el eje de la

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futura expansión de la ciudad hacia el sur. En un plazo de tres meses se levantó el Palacio de la Exposición, con más de cinco mil metros cuadrados, aparte de cuatro pabellones más y otros servicios complementarios, y el encargado de su diseño y construcción fue el arquitecto Mariano Utrilla. La muestra se inauguró el 15 de septiembre con una gran participación de expositores de diversa procedencia, con muestras artísticas y culturales de gran interés –colaboraron los pintores Francisco Padilla y Eduardo Rosales, el arquitecto Fernando de Yarza, el pedagogo Valentín Zabata, el botánico Francisco Loscos y el propio Joaquín Costa–. Era una ocasión única para aprender y darse a conocer, para compartir y mostrar. Por desgracia, los acontecimientos políticos vinieron a truncar buena parte de las ilusiones puestas en la celebración de la Exposición, pues el 18 de septiembre, tres días después de abrirse el certamen, se produjo el golpe de Estado que dará lugar a la revolución conocida como La Gloriosa y encabezada por el general Serrano. Fueron momentos de incertidumbre política que propiciaron el exilio de la reina Isabel II, y aunque la muestra pudo desarrollarse, el momento social había cambiado radicalmente. A pesar de la experiencia de la muestra de 1868, en Zaragoza no desaparecía el interés de formar otra exposición. La Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País fue la promotora de la II Exposición Aragonesa de 1885. La situación de Zaragoza en aquella época era de parálisis en los avances urbanísticos, además de haber malas cosechas y una crisis general en la economía agropecuaria en Europa. No eran tiempos óptimos, pero había un gran respaldo popular que impulsó la muestra. La exposición tuvo lugar en el Matadero Municipal, en la zona de Miguel Servet, por la carretera de Castellón. Tenía una extensión de unos 25000 m2, y constaba de una plaza central con tres naves de planta basilical a su alrededor. En principio el 1 de Septiembre de 1885 se inauguraría la muestra, pero una epidemia de cólera asola Zaragoza, Teruel y España en general, por lo que se aplazó la apertura al 20 de Octubre. El mismo día de la inauguración, en Zaragoza se estrenó la primera línea de tranvías que comunicaban el centro de la ciudad con la zona de Miguel Server. Al retrasarse la apertura de la muestra, y por lo tanto acortarse la duración de la misma, se hizo una segunda edición de la exposición en Septiembre de 1886. En esta exposición se contó con más de 1300 expositores, tanto nacionales como internacionales: Inglaterra, Italia, Irlanda, Francia, Suiza, Austria, Dalmacia, Bohemia, Alemania, Bélgica, México, Cuba y Estados Unidos. La muestra se compuso de seis secciones: Ciencias, Artes Liberales, Agricultura, Industrias mecánicas, Industrias químicas 41


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e Industrias extractivas. A lo largo de la exposición se dieron a conocer muchas industrias aragonesas como Averly o Sorrosal, y las marcas adquirieron mucha importancia frente a los productos genéricos. Ricardo Magdalena fue el arquitecto principal de la muestra, quien había construido el Matadero Municipal de Zaragoza entre 1880 y 1884, convirtiéndose este complejo en sede de la Exposición La parte principal de la construcción es un gran patio central abierto en cuyos lados se levantan tres pabellones de planta basilical conectados por unos porches y en la fachada se localizan dos edificios simétricos. Una vez clausurada la Exposición , el Matadero Municipal cumplió su función de matadero hasta la década de 1970. Actualmente es sede del Centro Cívico Salvador Allende. La Exposición Aragonesa de 1885 tuvo, a pesar de los imprevistos, un balance positivo. La muestra ofrece a Zaragoza infraestructuras y medios de comunicación como el matadero o la línea de tranvías, además de prestar un aire industrial y de prosperidad. A partir de entonces las exposiciones adquieren un carácter más industrial y artístico, y la agricultura pierde su protagonismo. Esto es síntoma de los cambios que sufre la sociedad en esos años, la industrialización y los avances técnicos están a la orden del día. La Exposición Hispano-Francesa de 1908 fue uno de los acontecimientos más importantes que ha vivido Zaragoza y que la han marcado. Se celebró con motivo del Centenario de los Sitios de Zaragoza, y con el objetivo de rendir tributo a sus héroes, de reestablecer oficialmente las buenas relaciones con Francia y de dinamizar la vida económica de la ciudad. Surge en una situación de desequilibro y malestar político, en la etapa de la Restauración en la que a pesar de la decadencia de Aragón, Zaragoza es un lugar clave en la geografía española. La ciudad de Zaragoza es protagonista de un gran crecimiento industrial, como el de la industria azucarera (consecuencia de la pérdida de Cuba y de su materia prima más consumida, el azúcar) y también es el centro de las comunicaciones ferroviarias. En el mismo año de la Exposición se abre el túnel de Canfranc, que comunica Aragón con Francia.

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La Real Sociedad Aragonesa de Amigos del País junto con la Junta Magna del Centenario de los Sitios crearon el Comité Ejecutivo de la Exposición HispanoFrancesa. Este comité contaba con fondos del gobierno nacional, y con la figura de Basilio Paraíso como organizador de la muestra. Basilio Paraíso encargó al arquitecto Ricardo Magdalena la planificación de la Exposición, que se ubicaría en la Huerta de Santa Engracia, en la actual Plaza de los Sitios. La Exposición se inauguró el 1 de mayo de 1908, y en un principio se finalizaba el 31 de octubre, pero se alargó hasta el 5 de diciembre por su éxito. Se dividió en diez secciones: Agricultura, Alimentación, Mecánica, Industrias químicas, Arte retrospectivo, Pedagogía, Bellas artes, Economía social, Higiene e Industrias diversas; organizadas en más de 5000 expositores nacionales e internacionales. Tuvo una presencia masiva de expositores aragoneses, pero la presencia francesa no fue tanta como se esperaba, debido a que esta muestra coincidía con la Exposición Franco-británica en Londres. Comenzó la lucha de los expositores por captar la atención de los visitantes de cualquier manera. La muestra tuvo una gran afluencia de visitantes, se calcula que llegó al medio millón. La sociedad zaragozana se volcó en sacar adelante esta oportunidad de lanzamiento nacional e internacional y de exhibir todos los avances de la nueva ciudad del siglo XX. Fueron muchos los edificios que trajo consigo la Exposición Hispano-Francesa, algunos de los cuales aún hoy se conservan. Se construyeron los primeros edificios de carácter permanente en la Huerta de Santa Engracia, como el Museo Provincial de Bellas Artes y Comercio (obra de Ricardo Magdalena), las Escuelas de Bellas Artes y Artes y Oficios (obras de Félix Navarro), y la sede de una de las instituciones benéficas más trascendente de la ciudad, La Caridad. Además de estas edificaciones permanentes, también se construyeron provisionales como el Arco de la Entrada y de instituciones oficiales y entidades privadas. Tres fueron los monumentos más emblemáticos de la muestra: el Monumento a los Sitios, de Agustín Querol; la Fuente de la Plaza Central, de Dionisio Lasuén; y el Kiosco para la Música, de los hermanos José y Manuel Martínez de Ubago. Como en toda exposición de calidad, Zaragoza se llenó de vida, con conferencias, charlas, concursos, banquetes…y reinaba un espíritu regeneracionista por toda la ciudad. La Exposición Hispano-Francesa terminó exitosamente, con superávit económico, y marcó un antes y un después para Zaragoza. Desapareció la última zona rural en el núcleo urbano de la ciudad, la Huerta de Santa Engracia, y se convirtió en el ensanche de la nueva Zaragoza modernista del siglo XX.

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La Exposición de 1908 brindó a Zaragoza un progreso urbanístico y artístico y una gran calidad a nivel nacional; y sirvió de modelo a otras muchas ciudades. También dio a conocer internacionalmente su industria, su arquitectura y estilo, y sus muchos avances técnicos y culturales. Las Exposiciones han sido para Zaragoza medio de renovación de la ciudad, el empuje, la excusa que hace falta para reavivar el espíritu de progreso y de expansión que necesitaba. Es cierto que para crear un evento tan trascendental es necesario un buen presupuesto, grandes ideas, una gran organización, etc, pero está demostrado que el apoyo de los ciudadanos es crucial para el éxito o el fracaso de una exposición de estas características. Zaragoza ha sido una ciudad cuyo progreso urbanístico principalmente ha venido condicionado por las Exposiciones. Las exposiciones dejan infraestructuras y traen turismo y renombre a las ciudades en las que se celebran. Con la Exposición Internacional de Zaragoza de 2008 hemos sido protagonistas de grandes cambios en nuestra ciudad, y de las consecuencias que tienen

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este tipo de muestras. En concreto podemos mencionar la integración del río Ebro y de sus riberas en la vida de los zaragozanos, ya que hasta entonces había sido una ciudad que vivía de espaldas a él, la mejora de las vías de comunicación con el AVE y el tercer y cuarto cinturón, y la creación de nuevos espacios logísticos y comerciales de carácter internacional, como PLA-ZA. En definitiva, lo verdaderamente significativo de una Exposición es el legado urbanístico y social que deja tras el día de su clausura.

BIBLIOGRAFÍA FORCADELL, Carlos: Zaragoza en el siglo XIX (1808-1908), en Historia de Zaragoza, vol. 12, Ayuntamiento-CAI, Zaragoza 1997. JIMÉNEZ, Fco. J., MARTÍNEZ, J. I., MARTÍNEZ, J. (Grupo Creha): Aragón y las Exposiciones. Biblioteca Aragonesa de Cultura, Zaragoza 2004.

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UN DÍA EN LA EXPO SERGIO MORENO 2.º DE BACHILLERATO

Splash (foto: Josep Mateu).

“La mayor fiesta del agua”, esta es sin duda la frase con la que se denominaba en su comienzo a esta exposición internacional que ha tenido lugar en Zaragoza durante el pasado verano. Bob Dylan y Amaral ya dejaban entrever con su canción cuáles eran las intenciones de la Expo, las de concienciar a la gente del desarrollo sostenible y del ahorro del agua. Esta ha sido una exposición que nos ha permitido conocer e informarnos sobre la utilización del agua y de las distintas formas en que se lleva a cabo en los diferentes países. Para ello, en cada pabellón se ha puesto a nuestro alcance toda la información y tecnología necesarias para conocer los métodos, usos, objetivos, expectativas etc. que tiene cada país en relación con el agua. El recinto donde se ha ubicado la Expo ha sido el meandro de Ranillas, concretamente desde la pasarela del Voluntariado hasta el puente del Tercer Milenio. En el recinto las infraestructuras han sido muy numerosas y se caracterizan por una arquitectura cuanto menos moderna, para algunos incluso extraña y en mi 44

opinión en según qué casos algo futurista, véase el caso del pabellón puente o la Torre del Agua; otro que también destaca por su arquitectura es el pabellón Sed, del que es muy difícil no sacarle parecido al caparazón de una tortuga. Estas formas de construcción dan un embellecimiento a los edificios y consiguen captar nuestra atención con mayor facilidad. El espacio es amplio, por lo que se podía caminar y observar la Expo con relativa facilidad a pesar de las masificaciones. Éstas solo se han reflejado en las largas filas para entrar a los mejores pabellones. Ya se podrían haber puesto más fast-pass para evitar esas esperas, que junto al calor se hacían demasiado pesadas, pero ¡qué se le va a hacer!, por lo menos había otros pabellones donde se podía uno refrescar, como los de Agua Extrema o el de Lituania, sin contar las pocas fuentes que había. El recinto y los exteriores de los pabellones también han sido decorados a conciencia, y en la zona de la ribera es donde más abunda la vegetación. En cambio no ocurre lo mismo con las zonas de sombra.


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Por otra parte, la gran preparación y el esfuerzo que han llevado a cabo en según que pabellones permite que por momentos te puedas imaginar que estás en esos países y parecer que los estás visitando. Ejemplos como el de Kuwait, Japón, Alemania o Marruecos, este último creo que es de los más logrados y preciosos de toda la Expo, en otros en cambio esa preparación brillaba por su ausencia y los considero simples mercadillos. También ha habido pabellones que se han esforzado y no eran mercadillos, pero que parece que no sabían de lo que iba esto y se basaban en hipótesis inviables como ocurrió con el pabellón de Murcia. Asimismo, llamaron nuestra atención los espectáculos que se daban a horas concretas en las plazas más importantes de la Expo y que paralizaban por momentos el resto de las actividades, ya que casi todo el mundo se detenía para contemplar las actuaciones, algunas tan bonitas como “el despertar de la serpiente”, que mezclaba perfectamente la representación en sí con la música y el colorido, dejando una muy buena imagen. No solo había estos, en el pabellón de la música y de las artes escénicas también abundaban los espectáculos. En general, hubo una gran variedad, lo que facilitaba la satisfacción de todo el mundo, ya que al haber dónde elegir, era poco probable que alguien no encontrase algo a su gusto. Por otro lado, uno de los rasgos que ha caracterizado en especial a esta Expo es la diferencia o el contraste que se da entre el día y la noche. Han sido dos “expos” completamente distintas, se podría decir exagerando un poco, que se produce un “crack” a partir de las 10 y media de la noche que indica el comienzo de la Expo nocturna. Mientras que por la mañana o la tarde parecía todo más normal y estándar, la gente visitando los pabellones y viendo algunas actuaciones, por la noche era un mundo totalmente diferente, ya que se trataba de una Expo llena de luces, donde no quedaba ningún edificio sin su correspondiente iluminación, haciendo así todo más bonito, como ocurría con la Torre del Agua o las partes laterales de los pabellones que daban a la ribera del Ebro. Además, predominaba un ambiente más festivo, la mayoría de las veces acompañado por gente más joven. Es en esta Expo de noche donde aumentaba el número de espectáculos y actuaciones provocando el lleno de los aforos. En particular, yo considero al Hombre vertiente, los conciertos de Máxima FM y algún otro artista que a lo largo de los 90 días han pasado lo mejor, pero como ya he comentado antes, hubo espectáculos para todos los gustos. Este “crack” que acabo de nombrar no es imaginario, ya que coincidía exactamente con la apertura de una de las actuaciones de noche y de toda la Expo que a más gente atrajo, el iceberg.

Pabellón de Aragón (foto: Enrique Gracia).

Esta actuación, cuanto menos tétrica, era una sinfonía poético visual cuyo mensaje, el deterioro del medio ambiente y los efectos o daños colaterales en las personas, quedaba muy bien reflejado, para lo que se mezclaban a la perfección imágenes con efectos especiales dejando ver una actuación moderna e innovadora. En lo referente a los visitantes, durante el mes de junio y mitad de julio la mayor parte de las personas que había eran de Zaragoza o de ciudades cercanas, por lo que se estaba sin grandes aglomeraciones salvo en fines de semana; en cambio, a partir de esta fecha, y sobre todo a finales de agosto y septiembre fue cuando se registró la mayor afluencia, ya que empezó a llegar gente del resto de la geografía española y del extranjero, consiguiendo así que la Expo registrase aproximadamente los 5,6 millones de visitantes. Con esto se ha podido ver una gran diversidad de culturas y numerosas personas de distintas etnias o razas. Ha sido como una mezcla de idiomas que incluso por momentos llegaba a causar confusión, a quién no le ha pasado, por ejemplo, que iba cami-

Pabellón temático «Sed» (foto: Enrique Gracia).

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nando o viendo un pabellón y que a nuestra derecha se oía a personas hablando francés, alemán o japonés, detrás en inglés, a la vez que por delante se distinguía claramente un acento andaluz o gallego. En fin, algo nuevo, interesante y distinto que los zaragozanos, y yo en particular, no estábamos acostumbrados a presenciar. Una mención aparte merecen los pabellones de España y Aragón, que estaban llamados a ser una de las referencias de esta Expo y que no han defraudado. Ambos impactan por su fachada y tienen además una arquitectura compleja y sobre todo llamativa. Quizás la más compleja es la del pabellón de España y la que más resalta sea la del pabellón de Aragón, ya que su diseño se basa en una cesta de mimbre. Por sus dimensiones e importancia son los más completos que hay en toda la Expo. Y entre todo lo que mostraban cabía destacar la exposición de piedras preciosas que había en el pabellón de España, junto al bloque de nieve, que cuando lo tocas sientes una sensación algo extraña a la vez que interesante, sin olvidarse del camino virtual que había en la planta de abajo del pabellón de Aragón, que me causó una gran impresión, puesto que es algo fascinante ver cómo puedes caminar por el agua. La tecnología utilizada le daba el realismo necesario a esta situación y las ondas que se

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creaban virtualmente te hacían olvidar por momentos que lo que estabas haciendo es imposible. Antes de finalizar querría destacar como curiosidades los vasos fluvi, la zona de las barras musicales (las que emitían sonidos cuando el sensor captaba movimiento) y la fuente de la entrada de la puerta del Ebro, que, a pesar de ser cosas insignificantes o de menor importancia, han sido unas novedades que han tenido éxito y una gran aceptación entre los visitantes. En cuanto a los vasos fluvi se refiere, ha sido una muestra de solidaridad por parte de los visitantes el no ir a canjearlos para poder así destinarlos a obras benéficas, y luego tanto las barras musicales como la fuente han sido centro de diversión para los más pequeños y muchas veces también para mayores, donde uno se lo pasaba bien y aún, en el caso de la fuente, también podía refrescarse. Todo lo citado anteriormente causaba la sensación de que cuando entrabas en la Expo, o simplemente te quedabas por los alrededores, no estabas en Zaragoza, te daba la sensación de que te trasladabas a otra ciudad porque uno no está acostumbrado a ver en Zaragoza todo tan bien cuidado, bonito, organizado y sobre todo, con tanta gente. Por lo tanto y para concluir, se puede decir que a pesar de las críticas sufridas, esta Expo ha sido y va a ser un trampolín para Zaragoza.


2001: UNA ODISEA DEL ESPACIO. LA PARTIDA INCONCLUSA ENRIQUE GRACIA BONDÍA IES ÉLAIOS

Moonwatcher. «Se

convirtieron en granjeros en los campos de las estrellas; sembraron, y a veces cosecharon». ARTHUR C. CLARKE. 2001: una odisea del espacio

Stanley Kubrick habría celebrado 80 años el pasado mes de julio, pocas semanas después de haberse cumplido 40 del estreno neoyorquino de 2001: una odisea del espacio (2001: a space odyssey, 1968). El Festival de Sitges quiso conmemorar el acontecimiento en su pasada edición de octubre e invitó a la viuda de Kubrick y a los actores principales: Keir Dullea y Gary Lockwood. No podemos imaginar qué pasó por la cabeza de esos dos protagonistas de una de las películas más significativas del siglo XX. Quizá que el tiempo no parece haberla envejecido, que el homenaje de Sitges, lejos de ser un ejercicio algo nostálgico y bastante oportunista, como ocurre por definición en los aniversarios, sobre todo en los que comportan un negocio rentable de márquetin, es el tributo sincero de una vieja generación de jóvenes marcada por la contemplación y el entusiasmo un poco ingenuo por aquella película irrepetible. Es elemental reparar en que 1968 es un año crucial dentro de la década prodigiosa: en marzo tiene lugar la matanza de My Lai en Vietnam; el 4 de abril, un día después del estreno de la película de Stanley Kubrick, es asesinado Martin Luther King en Memphis; en mayo los estudiantes de París comienzan su revuelta particular; en junio muere tiroteado el senador Robert F. Kennedy; el 20 de agosto tiene lugar

la invasión de Checoslovaquia por los tanques del Pacto de Varsovia; el 2 de octubre la matanza de Tlatelolco, sólo unos días antes del comienzo de los Juegos Olímpicos de México, en los que algunos atletas negros estadounidenses protestaron puño en alto por la discriminación racial en su país; en noviembre Richard M. Nixon se convierte en presidente de Estados Unidos; y en diciembre se produce la entrada del Apolo VIII en la órbita lunar, que permite a todo el planeta observar por vez primera la cara oculta de nuestro satélite. Podría parecer una frivolidad incluir 2001:una odisea del espacio en este catálogo apresurado, si no fuese porque la película marcó una época para el cine de ciencia ficción, pero sobre todo porque, por los temas que presenta y por la manera de mostrarlos, se ha convertido en un icono ya clásico de la cultura popular del siglo pasado. Es un lugar común que 2001:una odisea del espacio dignificó a los ojos del espectador un género que, fuera de la precursora Metrópolis (Metropolis, Fritz Lang, 1926), se había convertido en los años cincuenta en el relato de la lucha de la humanidad por su supervivencia contra un enemigo exterior venido de otro planeta (La guerra de los mundos; The war of the worlds, Byron Haskin, 1953) o en cine de terror con monstruos (Japón bajo el terror del monstruo; Godzilla, Ishiro Honda, 1954), trasuntos frecuentes de los temores al comunismo y la hecatombe nuclear propios de la Guerra Fría. No sólo fue rodada con efectos visuales 47


absolutamente innovadores no superados por las modernas técnicas digitales, sino que propició un inesperado debate filosófico acerca del origen y el futuro de la especie humana. Sin embargo, este efecto se convirtió en gran medida en la causa de las críticas más desfavorables que ha cosechado en estos cuarenta años. La filmografía de Stanley Kubrick tiene habitualmente grandes detractores y acérrimos partidarios. Es quizá el único caso de director de cine sobre el que no hay unanimidad, ni siquiera puntos de encuentro a la hora de enjuiciar el conjunto de su obra; algo que no ocurre con los máximos creadores del siglo XX: Orson Welles, Luis Buñuel, Alfred Hitchcock, Billy Wilder, Ingmar Bergman, Federico Fellini... Para una parte de los más críticos, sólo hay dos películas suyas que merezcan entrar en la videoteca: Atraco perfecto (The killing, 1954) y Senderos de gloria (Paths of glory, 1957), curiosamente ambas de su primera época. Ningún mérito les ofrecen Lolita (Lolita, 1962), El resplandor (The shining, 1980) o Eyes wide shut, 1999; por poner tan sólo unos pocos ejemplos. En el caso de esa última película, un crítico español afirmó tras el estreno: “No se puede caer más bajo”. Esa opinión es, desde luego, una butade, pero muy ilustrativa para entender la esquizofrenia con la que se suele criticar la filmografía y aun la personalidad artística de Kubrick. Es cierto que hay películas suyas malogradas como La chaqueta metálica (Full metal jacket, 1986), de escaso éxito comercial como Barry Lyndon (Barry Lyndon, 1975) o que han envejecido mal como La naranja mecánica (A clockwork orange, 1971). Pero de ahí a negar valor al breve resto de su obra hay un paso insalvable. ¿Cuáles son las razones de esta inquina? Es arriesgado aventurar respuestas: Kubrick era un neoyorquino que salió de su país porque detestaba el sistema de trabajo de Hollywood y se estableció en el Reino Unido. Tuvo siempre fama de meticuloso obsesivo, rozando la neurosis, quiso y logró controlar enfermizamente todo el proceso productivo e incluso de postproducción de sus películas. ¿Quizá los severos y estirados críticos de Nueva York no se lo perdonaron? De hecho, fueron ellos los que tacharon de larga, aburrida, pretenciosa e incomprensible a 2001:una odisea del espacio. Por el contrario, la crítica de Los Ángeles fue más benévola al intuir su importancia posterior para la evolución del género de ciencia ficción. Pero hay probablemente una causa de mayor calado: Stanley Kubrick no era un director previsible, no tenía un género propio, al estilo de los grandes maestros de la edad dorada del cine, entre los años cincuenta y la década de los setenta. Todo el mundo sabía qué podía esperar de una película de Hitchcock cuando acudía a la sala de proyección: un nudo en la garganta. O de una de Wilder: una sonrisa y muchas carcajadas. O de Bergman: un bostezo profundo. O de Buñuel: una nueva pirueta de absurdo 48

irreverente y socarrón. Era cine de autor. De Kubrick sólo sus partidarios sabían qué debían esperar: otra obra maestra. Tocó todos los géneros: policíaco, bélico, de romanos, la adaptación literaria, el cine de ciencia ficción, de terror, el histórico y el suspense erótico. En cada uno de ellos aspiró a fabricar un hito imprescindible en la historia del séptimo arte. Demasiado ambicioso, pero casi lo consiguió. Tuvo, es cierto, un estilo reconocible en una técnica de encuadres y planos simétricos, en el tratamiento peculiar de la iluminación, a base de blancos memorables y luces intensas. Sus trávelin larguísimos, como el del camino al lugar de la ejecución en Senderos de gloria (Paths of glory, 1957) o el del opresivo pabellón de los reclutas en La chaqueta metálica (Full metal jacket, 1986), constituyen una característica de su trabajo. Ese aspecto de inclasificable es el que irritaba a los críticos, junto con el método de rodaje perfeccionista, minucioso, casi maniático, o el insoportable aire de superioridad que debían de ofrecerles las expectativas “populares” generadas por la noticia de la siguiente obra: “Silencio, Kubrick rueda de nuevo” les pondría los pelos de punta. Un barniz de intelectual para un neoyorquino afincado en el Reino Unido por desprecio de las formas de trabajo de Hollywood, que logró, sin embargo, absoluta libertad y financiación inmediata para todos sus proyectos desde que rodó, aunque fuese de rebote, Espartaco (Spartacus, 1960). Un renegado con sus caprichos cumplidos. Pero volvamos al objeto de este artículo, que no es otro que 2001: una odisea del espacio. La película plantea un problema de fondo que dificulta su valoración: no contiene una historia. Abarcar cuatro millones de años en algo más de dos horas es una empresa harto complicada. Por si fuera poco, casi no hay diálogos, apenas cuarenta minutos en medio de la primera y la última parte, en las que sólo hay gruñidos, ruidos y la música reiterada del tema principal. Para colmo, ese aparente dislate se intitula “odisea”, cual remedo soberbio de la obra homérica. Podemos entender a los críticos que la vapulearon tras su estreno. La película se salta las mínimas exigencias canónicas de unidad de acción y de tiempo: está formada por cuatro partes perfectamente diferenciadas conectadas por un leitmotiv musical y dramático, que no es otro que el origen y el futuro del género humano. Pero

El Dr. Hoywood Floyd.


Prehistoria al año 1999 en dos fotogramas. Pero especialmente es una película inolvidable: tuvo un éxito popular enorme, sobre todo entre el público joven, fue motivo de debate en círculos cultos y menos cultos, mantiene un aura de hito en la historia del cine y elevó a su realizador a esa categoría de genio que para muchos aficionados y expertos aún posee.

Frank Poole y David Bowman planeando desconectar a HAL 9000

no hay que olvidar que esos saltos espaciales y temporales son frecuentes en el género de la literatura de ciencia ficción, sin que parezcan un capricho arbitrario del autor. Nadie cuestionaría el valor literario del relato original de Arthur C. Clarke, El centinela, por esa amplitud cronológica, pues justamente ese elemento es el que otorga entidad al argumento. Seres de otras galaxias en viaje por el universo estimularon hace cuatro millones de años el desarrollo de la inteligencia también en el planeta Tierra y dejaron un “avisador”, un centinela cercano, en la Luna, para saber en qué momento había que dar el paso siguiente en el experimento: la transformación del ser humano en una inteligencia superior. Kubrick se apresta a relatar ese viaje de la humanidad, esa odisea en busca, si no del regreso, al menos de la aproximación a los seres que desencadenaron todo el proceso. A partir de ahí, la simbología es variadísima: el mono “inteligente” se llama Moonwatcher, el que mira la luna, en la novela de Arthur C. Clarke. En la Luna aparece la segunda señal y hacia ella viaja Heywood Floyd, el probo ejecutivo del Consejo Nacional de Astronáutica. El monolito del cráter Tycho apunta a Júpiter (el padre de los dioses), adonde se dirige la nave Discovery, el barco del moderno Ulises, David Bowman. Su apellido significa arquero, el aspecto que adquiere Ulises en el momento final de la Odisea. El cíclope Polifemo está representado por el ojo omnipresente de HAL 9000, el genial hallazgo de Kubrick, más que de Clarke, que, como es sabido, escribió su novela al mismo tiempo que se rodaba la película. La belleza de las obras de arte no tiene que ver solamente con la sujeción a unos modelos clásicos o con los rasgos geniales de lo innovador, sino con el grado de fijación en el imaginario colectivo. 2001: una odisea del espacio presenta aspectos insuperables de las tres posibilidades. Es una película “clásica” por sus moldes creativos y por haberse convertido en lo que ese término significa en la historia de la cinematografía, una referencia insoslayable para todo un género. Es innovadora en la técnica de los efectos especiales y en la presentación formal al romper el hilo argumental de maneras formidables, como en la célebre elipsis del hueso y la nave espacial que nos traslada de la

Este aspecto último es el que deseo resaltar. Numerosas imágenes de la película han entrado a formar parte de los referentes culturales de varias generaciones del siglo XX. Resulta difícil olvidar la breve secuencia en que Moonwatcher se queda, pensativo, contemplando los huesos que tiene delante antes de coger uno de ellos. Las fugaces apariciones del monolito, la música de En el bello Danubio azul y la coreografía de naves espaciales, el ojo amarillo y rojizo de HAL y su canción de despedida al ser desconectado, la desmesurada psicodelia final con la que Kubrick ilustra el penúltimo viaje del astronauta Bowman son imágenes fijadas para una posteridad, de momento, muy duradera. 2001: una odisea del espacio adquiere el carácter de obra de arte universal por la trascendencia de su mensaje, por su vocabulario formal y artístico y por su repercusión como icono cultural. Hay elementos brillantemente tratados. La mirada irónica y pesimista de Kubrick sobre el género humano se comprueba en varios detalles: las instrucciones de uso del lavabo en condiciones de ausencia de gravedad, la desconfianza propia de la Guerra Fría manifestada en la conversación de la estación orbital entre el doctor Floyd y los rusos, el desconocimiento que tienen de la misión los astronautas Frank Poole y David Bowman, la “humanidad” de HAL, el modo cruelmente humano en el que asesina a los tripulantes hibernados del Discovery, la manera de reconocer su mal comportamiento y el miedo infantil a morir. Se ha discutido mucho sobre el personaje de HAL, con seguridad el más logrado de la película, que se convierte en el verdadero protagonista de la parte articulada argumentalmente. Es un anticipo magistral de la inteligencia artificial, un tema que apasionaba a Kubrick, un buen ajedrecista aficionado, que hace perder la partida a Frank Poole ante la superior capacidad de HAL. El ordenador controla la vida a bordo, la aletargada de los astronautas hibernados y la monótona cotidiana de los otros dos tripulantes: les pasa las comunicaciones de la Tierra, juzga la calidad de sus dibujos, juega al ajedrez y gana, hace preguntas comprometedoras. Será el ángel caído, pues con dificultad soporta la idea de su origen de segunda mano, fabricado por hombres cuya inteligencia ha sido traída desde el exterior, y puesto a su servicio, contra el que se rebela al no poder controlar la soberbia desencadenada por el conocimiento de la trascendencia de la Misión Júpiter. El non serviam adquiere el carácter dia49


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bólico de un plan perfectamente diseñado, aunque con un porcentaje de riesgo que, a la postre, le resulta fatal. En cambio, David Bowman será el ángel involuntario, el Ulises moderno transmutado en enviado, en mensajero del hombre nuevo, del superhombre nietzscheano. Penetramos así en la parte más delicada de la película, la interpretación, el problema que le ha aportado las peores críticas. Se ha hablado de nuevo milenarismo, de evolucionismo inducido y manipulado, de misticismo esotérico, incluso de angelismo. En una famosa entrevista concedida a la revista Playboy Kubrick decía que había querido filmar una experiencia visual y estética y no entraba en las interpretaciones. Es un amago más de un viejo ajedrecista que anuncia una jugada para esconder amenazas definitivas en una partida que está aún por terminar. No vale la pena especular. La clave no es otra que la propia historia en la que se inspira, el relato de Arthur C. Clarke. La inteligencia humana fue traída o acelerada desde el exterior y es nuevamente acelerada por los mismos seres superiores tras la peripecia de David Bowman. Desde el punto de vista de los cánones literarios del género de ciencia ficción el tema es irreprochable. Lo que hizo Kubrick fue convertir esa peripecia en una sinfonía cinematográfica apabullante. La película supera con creces a la novela y desarrolla hasta sus máximas posibilidades el relato primitivo. He dejado intencionadamente para el final el comentario de la banda sonora. Sabido es que Kubrick decidió en el último momento prescindir de la que había compuesto Alex North para sustituirla por piezas musicales clásicas que él mismo seleccionó, iniciando una costumbre que mantendría en La naranja mecánica y Barry Lyndon. El tema principal es la introducción de Así habló Zarathustra, de Richard Strauss, que aparece en el preámbulo, en la conver-

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sión inteligente de Moonwatcher y en la metamorfosis final de Bowman. Sus notas solemnes y majestuosas están ya indisolublemente asociadas a las imágenes de esos tres momentos. Otra música magníficamente escogida es el adagio de la suite Gayaneh de Khachaturian: suena desde el comienzo de la tercera parte con las primeras secuencias de la nave Discovery y la monotonía de la vida en su interior. Los compases tristes, melancólicos y hermosísimos subrayan el aburrimiento y especialmente la desolación de unos frágiles viajeros del espacio antes del naufragio. Es una canción de cuna, perfecta para la sensación de abandono que producen los tripulantes, sólo protegidos por la mirada inquietante de HAL 9000. El tercer momento excepcional está constituido por las notas de En el bello Danubio azul, en la versión de Herbert von Karajan y la Filarmónica de Berlín. Lo que puede parecer una frivolidad, mezclar vals y naves espaciales, es un logro visual y sonoro fundamental de la película. Aparte de la delicia estética de ver la danza de estaciones orbitales y lanzaderas, Kubrick consiguió, sin proponérselo, un doble objetivo: humanizar la percepción del desarrollo tecnológico y hacer de esa música de Johann Strauss el mejor icono moderno del progreso humano. Una música del siglo XIX convertida en el símbolo del siglo XX. Otra jugada maestra.

David Bowman al final de su viaje.


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El debate escena: El debatepolítico político a a escena: una propuesta del grupo una propuesta del grupo Teatro TeatroAvempace Avempance ANA POLA GRACIA IES AVEMPACE

“El único teatro que he visto ha sido con vosotros”. Son palabras de un alumno de 2º de bachillerato, refiriéndose a los profesores del grupo Teatro Avempace del Instituto de Secundaria del mismo nombre. Esta afirmación, por sí sola, justifica la existencia del grupo y da sentido a todo el esfuerzo que supone la puesta en escena de una o varias piezas teatrales cada curso. El teatro es abstracción: el espectador debe ver donde no hay nada, debe descifrar códigos, debe situarse en espacios distintos, en tiempos distintos, en definitiva, debe imaginar. Además, el teatro es también palabra y emoción, sólo así los actores son capaces de hacernos creer que todo está allí y que ellos son los que dicen ser; y para lograrlo, es necesario un espectador activo que sepa escuchar. El grupo Avempace hace del teatro un arte cercano a los alumnos, ya que en el escenario están sus profesores y alguno de sus compañeros; un arte entendible, pues hay una labor de preparación previa en las aulas y un posterior análisis; un arte asequible, puesto que no deben invertir recursos de tiempo y dinero en esta primera fase de iniciación. Una vez establecidas estas condiciones iniciales será más fácil abrir los ojos y la mente de nuestros alumnos, moverlos a la reflexión, hacerles ver que existen diferentes realidades y que son complejas, proponerles interrogantes a veces de respuesta imprevisible, pero que tratarán de resolver si realmente la obra teatral les ha llegado al corazón. UN GRUPO CON HISTORIA Hay que remontarse a los inicios del entonces “Mixto 10” para hablar de la tradición teatral del “Avempace”. Empezó con los alumnos y de la mano del profesor Antonio Muñoz:

“Inventamos el escenario (el hueco que hay en el vestíbulo entre las dos escaleras hasta las puertas del fondo, que entonces lo eran del gimnasio), el telón (un lienzo de papel de estraza colgando de una cuerda tendida a lo ancho), así como el atrezo, maquillaje, etc.; y aquellos alumnos pusieron en pie las obras un día al atardecer para deleite de una concurrencia tan numerosa que en pocas ocasiones ha sido superada, sentada también ’por sus propios medios’ a lo largo y ancho del vestíbulo.” Así recuerda Antonio Muñoz el estreno de El avaro en versión de Max Aub y Farsa y justicia del corregidor de Alejandro Casona. Era el curso 81-82. Siguieron muchas otras obras, hasta que unos años más tarde aterrizó en el instituto Simeón Martín, considerado ya entonces como uno de los pontífices del teatro escolar por sus conocimientos y experiencia. No tardaron en formar un tándem y al alimón dirigieron Las salvajes en Puente San Gil de José Martín Recuerda. Para la ocasión se ganó un nuevo espacio teatral: el gimnasio. A finales de los 80 y primeros de los 90 son los monitores del PIEE los que se encargan de las tareas de dirección y, ya con el añorado salón de actos a estrenar, aparecen otros dos colectivos dispuestos a dinamizar la actividad teatral: los alumnos del ciclo formativo “Animación Sociocultural” y un grupo de madres del APA junto con algunos profesores. Y así llegamos al curso 97-98 en que un grupo de profesores decide abordar el montaje de La zapatera prodigiosa de Federico García Lorca bajo la dirección de Simeón Martín. Ese es el arranque del grupo Teatro Avempace. Siguieron Hércules y el establo de Augías de Dürrenmatt; Delirio del amor hostil de Nieva; Dios de Woody Allen…

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herramientas • herramientas • herramientas • herramientas h El grupo se ha hecho estable y entra en una nueva etapa: ¿Por qué no participar en el programa de “Invitación a la Lectura” y que el autor asista al estreno de las obras? No cabe duda de que este hecho inyecta en el grupo grandes dosis de ilusión, pero también de responsabilidad y compromiso. En este punto de inflexión arrancamos con Guernika de Jerónimo López Mozo en las vísperas de la declaración de guerra a Irak, que simultaneamos con Romance de lobos de Valle Inclán. Siguieron Terror y miseria en el primer franquismo, de José Sanchis Sinisterra; Noches de amor efímero, de Paloma Pedrero y Animales nocturnos de Juan Mayorga. Tampoco renunciamos a los grandes textos y así nos atrevimos con Luces de Bohemia, de Valle Inclán. “Nuestra práctica aúna texto, ideología e historia; teatro clásico y contemporáneo. El texto bien escrito. El lenguaje como espectáculo nos ha llevado a recrearnos con Valle o con Nieva. La ideología es el armazón del teatro de Mayorga o Dürrenmatt. Desvelar y contar la historia nos ha llevado a los textos de López Mozo y Sanchis Sinisterra”, comentó Simeón Martín en una ocasión a propósito de la selección de nuestras obras. UNA OBRA DE PRODUCCIÓN PROPIA La víspera del 8 de marzo de 2008 estrenábamos en nuestro instituto una pieza escrita por Simeón Martín a partir de los documentos históricos que recogen el debate sobre el voto de la mujer en los albores de la Segunda República. Si tenemos en cuenta que el 9 de marzo se celebraban elecciones generales en nuestro país, la fecha elegida no podía ser más oportuna. Historia, mujer y derechos, tres grandes temas sobre los que reflexionar. Los derechos políticos de las mujeres españolas estuvieron en juego en las Cortes Constituyentes de 1931. Y lo hicieron en tres actos: en la Comisión Redactora, en la votación del 1 de octubre y en la ratificación de 1 de diciembre. Las protagonistas, dos mujeres consideradas excepcionales porque realmente eran excepciones: Clara Campoamor y Victoria Kent. Los personajes secundarios, los diputados, hombres que debían enfrentarse a sus propias contradicciones: por un lado, los ideales progresistas republicanos; por otro, su condición de hombres, su educación ancestral, su miedo. LAS PROTAGONISTAS DEL DEBATE Clara Campoamor (1888-1972) y Victoria Kent (1892-1987), junto con Margarita Nelken, eran las únicas abogadas colegiadas en Madrid. Las dos eran observadas como una rareza y sus actuaciones concitaban la atención de los periódicos y de las publicaciones femeninas. Victoria Kent fue la primera jurista española que defendió a un procesado y la primera también que participó en un Consejo de Guerra. Campoamor defendió a detenidos políticos y fue sonado el enfrentamiento que tuvo con el que sería presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora. Las dos fueron defensoras de la igualdad entre los sexos, pero se pueden establecer algunos matices en sus respectivas concepciones del feminismo.

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Victoria Kent, Directora General de Prisiones, visitando la cárcel de mujeres. Clara Campoamor pensaba que el feminismo, como inclusión de todos en la idea de ciudadanía, era uno de los pilares más fuertes de la democracia. En el comienzo de su libro Mi pecado mortal: el voto femenino y yo, Campoamor parece no tener confianza en el feminismo de “las excepcionales”, las bien situadas; para ella el feminismo es, fundamentalmente, una cuestión de ética y de justicia. Victoria Kent no planteaba un discurso de género, tenía una actitud liberal y reformista que reivindicaba la mejora de las condiciones de vida de los sectores más desfavorecidos de la sociedad, ya fueran los presos, los ferroviarios, los niños o las obreras del textil, pero no en tanto que mujeres sino como trabajadoras. Su discurso, sin embargo, sí estaba teñido de un cierto elitismo, de una visión paternalista de las mujeres, estableciendo diferencias claras entre las preparadas política e intelectualmente y el resto. No es de extrañar la diferente actitud de nuestras protagonistas en el tema de la mujer. Aunque ambas tuvieron que luchar de manera ardua para hacerse un hueco en un mundo de hombres, Kent fue una relativa privilegiada, ya que sus años de formación se vieron acompañados por el apoyo de gente cercana que impulsó su carrera. Su madre fue una mujer adelantada a su época, amaba la cultura y la consideraba un instrumento de avance social que contribuía a la liberación de la mujer. Ella la animó a estudiar Magisterio. El hecho de que su padre fuese sastre le facilitó los contactos necesarios para que pudiese entrar en la Residencia de Señoritas en Madrid y estudiara la carrera de Derecho. Campoamor tuvo que dejar la escuela cuando su padre murió para ayudar y trabajar con su madre que era costurera. A los catorce años se colocó de dependienta, después sacó una plaza en el cuerpo auxiliar de Telégrafos, recorrió varias ciudades españolas para recalar otra vez en Madrid donde trabajó como secretaria en un periódico y enseñando a adultos. A los treinta y tres años inició el bachillerato a la vez que comenzaron sus intervenciones públicas por la causa feminista. Acabó en dos años e, inmediatamente, emprendió la carrera de Derecho que le llevaría otro par de


s herramientas • herramientas • herramientas • herramientas años. No es sorprendente, entonces, que una mujer que logró quebrantar las barreras sociales y culturales que le habían sido impuestas, pensara que era de justicia exigir el derecho a voto de la mujer. Dos mujeres valientes, honestas, inteligentes, cuya obra es imposible resumir en estas líneas y, sin embargo, dos mujeres injustamente olvidadas. A Kent, el movimiento feminista no le perdonó que se opusiera a la concesión del voto a la mujer. A Campoamor, la hicieron responsable de que ganara la derecha en las elecciones de 1933. Las dos vivieron en el exilio. Kent pudo regresar en 1977, siendo una anciana. Campoamor no sobrevivió al dictador y nunca volvió. PRIMER ACTO Tras la proclamación de la República en 1931 había que redactar un proyecto de Constitución. Hubo un primer anteproyecto que fue rechazado y se encomendó la labor a una Comisión Parlamentaria presidida por el abogado socialista Luis Jiménez de Asúa. Campoamor insistió en formar parte de ella ya que se iban a tratar cuestiones fundamentales para la mujer, como los derechos civiles, el matrimonio, la filiación, la nacionalidad… Una mujer entre veinte hombres. La primera dificultad grave que tuvo que vencer fue eliminar la aparentemente inocente expresión “en principio” en el artículo 23 e introducir el término “sexo”. En el proyecto de Constitución el artículo 23 presentaba esta redacción: “No podrán ser fundamento de privilegio jurídico: el nacimiento, la clase social, la riqueza, las ideas políticas y las creencias religiosas. Se reconoce, en principio, la igualdad de derechos de los dos sexos”. ¿Cómo que “en principio”? Campoamor comenzó por un voto particular en que se pedía que el sexo fuera incluido en la enumeración primera: “No podrán ser fundamento…” Se pide “agregar el sexo” y, en consecuencia, suprimir todo el párrafo donde aparece el “en principio” Además, en un artículo posterior, el 34 del anteproyecto decía: “Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintiún años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes”. En Mi pecado mortal, el voto femenino y yo, escribe: “Obsérvese este curioso artículo compuesto de dos párrafos contrapuestos, el uno es la negación del otro (…) la monstruosidad jurídica y antifeminista más voluminosa que hemos hallado a nuestro paso (…) Pliegue profesional de abogado, quizá, (…) se trataba de una de esas empresas que, por la lógica del formulismo, desde su comienzo se encauzan bien, o se descarrían definitivamente”. Campoamor razonó y discutió dentro de la Comisión pero fue vencida por los votos y no consiguió que su criterio triunfara. Si ocurría eso en el derecho principal, el de la igualdad jurídica entre los sexos, se podía prever lo que

pasaría cuando llegasen a discutir el voto. Ante su asombro, los derechos electorales iguales para ambos sexos pasaron en Comisión sin ningún problema. Perpleja, preguntó a sus compañeros de Comisión qué les había llevado a mantener posturas tan divergentes en uno y otro artículo. Campoamor debió insistir en su pregunta porque cuenta cómo, tras largo silencio, Ricardo Samper le contestó: “Tiene usted razón, no es lógico, es… la caverna que llevamos dentro los hombres”. Terminaron los trabajos de la Comisión y el 1 de septiembre se inició la discusión del texto por parte de toda la Cámara en el debate a la totalidad. Pidió la palabra Álvarez Buylla, del Partido Radical, el mismo que Clara Campoamor para decir que “si todas fuesen como ella, no tendría inconveniente en darles el voto”. Ahora bien, “el voto de las mujeres es un elemento peligrosísimo para la República (…) la mujer española merece toda clase de respetos (…) como ama de la casa (…) como educadora de sus hijos, (…) pero que la mujer española como política es retardataria, es retrógrada; todavía no se ha separado de la influencia de la sacristía y el confesionario”. Campoamor contesta airada: “Yo les diría a estos pseudoliberales que debieron tener más cuidado cuando en el siglo XIX dejaban que sus mujeres frecuentaran el confesionario y que sus hijos poblaran los colegios de monjas y frailes”. Al día siguiente, el doctor Novoa Santos proporcionó argumentos biológicos: “a la mujer no la dominan la reflexión y el espíritu crítico; la mujer se deja llevar por la emoción (…) se haría del histerismo una ley. El histerismo no es una enfermedad, es la propia estructura de la mujer (…) y por ello es voluble, versátil…” El día 29 de septiembre se inició el debate del articulado y se discutieron enmiendas tan extrañas como la de Hilario Ayuso: “Los ciudadanos varones desde los veintitrés años y las hembras desde los cuarenta y cinco tendrán los mismos derechos electorales”. Ante los rumores prolongados en la Cámara argumentó: “Traigo la cuestión de si se cree de buena fe que antes de esa edad crítica, está perfectamente capacitada la bella mitad del género humano. ¿No puede estar, y de hecho está disminuida en algún momento la voluntad, la inteligencia, la psiquis de la mujer?” Con éstas y otras perlas, Simeón Martín escribió el primer acto de nuestra obra. Seis diputados, de diferentes partidos republicanos, están en una sala contigua al Salón de Plenos en una animada discusión sobre la conveniencia o no de otorgar el derecho al voto a las mujeres. SEGUNDO ACTO Constituye el debate entre Victoria Kent y Clara Campoamor a propósito del artículo 34. “Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintiún años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes”. Cuando el 1 de octubre Victoria Kent se levantó de su escaño y pidió la palabra se hizo evidente que alguien había tenido una idea brillante: dos mujeres enfrentadas para discutir sobre el sufragio femenino. “Es significativo que una mujer como yo (…) se levante en la tarde de hoy a decir a la Cámara, sencillamente, que creo que el voto femenino debe

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herramientas • herramientas • herramientas • herramientas aplazarse. Que creo que no es el momento de otorgar el voto a la mujer española. Lo dice una mujer que, en el momento crítico de decirlo renuncia a un ideal”. Desde luego, fue un buen arranque y de nada sirvió que advirtiera “el hecho de que dos mujeres opinen de manera diferente no significa absolutamente nada (…) no creo que sea motivo para esgrimirlo en un tono un poco satírico” porque a los periódicos les faltó tiempo para decir “Dos mujeres solamente en la Cámara, y ni por casualidad están de acuerdo” (Informaciones) o “¿Qué ocurrirá cuando sean 50 las que actúen?” (La Voz). Kent se lamentó del escaso protagonismo público de las mujeres, de su falta de instrucción y de su sometimiento a la cultura dominante. Se esforzó en aclarar: “Señores diputados, no es cuestión de capacidad, es cuestión de oportunidad para la República (…) Si condicionamos el voto de la mujer quizás pudiéramos cometer alguna injusticia. Si aplazamos el voto femenino no se comete injusticia alguna”. Ese era su argumento estrella, la oportunidad. En definitiva, estaba pidiendo tiempo para que las mujeres se liberaran de la influencia de las ideas reaccionarias y abrazaran las de la República. ¡La República! Hasta veinte veces la citó en su discurso, esa era su obsesión, servir a la República. Pero este ejercicio de pragmatismo político destilaba cierto paternalismo hacia las mujeres y revelaba algunas contradicciones, pues habían pasado sólo cuatro meses cuando manifestó a Josefina Carabias: “Las mujeres hemos trabajado por la República y esté segura de que la República no ha de negarnos uno solo de los derechos que ya han conseguido las mujeres de todos los países”. Campoamor fue contundente: “Comprendo la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en el trance de negar la capacidad inicial de la mujer. Creo que, por su pensamiento, ha debido pasar en alguna forma, la amarga frase de Anatole France, cuando nos habla de aquellos socialistas que, forzados por la necesidad, iban al Parlamento a legislar contra los suyos” No se podía acusar a alguien de traición de una manera más sutil. Indignada por las afirmaciones de Kent que parecían indicar que las mujeres no habían hecho lo suficiente para ganarse el voto preguntó: “Que cuándo las mujeres se han

levantado para protestar por la guerra de Marruecos? Primero, ¿y por qué no los hombres? Segundo: ¿quién protestó y se levantó en Zaragoza cuando la guerra de Cuba más que las mujeres? (…) ¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar?”. Las mujeres trabajan, estudian, pagan impuestos, sufren las consecuencias de la legislación que el Parlamento aprueba y señala que la Cámara, votada por un solo sexo, no es representativa: “Tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural fundamental, que se basa en el respeto a todo ser humano, y lo que hacéis es detentar un poder”. Vuelve a afirmar que el debate es de principios: “es un problema de ética, de pura ética reconocer a la mujer, ser humano, todos sus derechos”. Pero como se estaba atacando el sufragio por cuestiones prácticas, aportó estadísticas que demostraban que las mujeres avanzaban más rápido que los hombres en el terreno educativo y advirtió a los diputados de las consecuencias de defraudar las esperanzas que las mujeres habían puesto en la República: “No dejéis a la mujer que, si es regresiva, piense que su esperanza estuvo en la dictadura; no dejéis a la mujer que piense, si es avanzada, que su esperanza de igualdad está en el comunismo” E insiste “la única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos es caminar dentro de ella”. TERCER ACTO Cuando el artículo 34 se aprobó por 161 votos a favor y 121 en contra, las reacciones no se hicieron esperar. Del “¡Se ha dado una puñalada trapera a la República!” de Indalecio Prieto al “¡Viva la República de las mujeres!” pronunciado por otros diputados. Matilde Huici escribió en El Sol que los hombres tenían miedo de cómo podrían votar las mujeres: “…que entre ellos y las mujeres de sus familias y las de sus electores se interpone otro hombre –el cura- por el cual ellos se confiesan vencidos”. Unamuno, también en El Sol, escribió sobre el histerismo masculino respecto de la concesión del voto a la mujer. Marañón opinaba que “se exageraba mucho sobre la influencia del confesor” y que la mujer “tenía espíritu libre (…) y que por tener criterio propio no puede someterse ciegamente al ajeno”. El 2 de octubre se leía en el diario Ahora: “nos lanza a una aventura, cuyas consecuencias son difíciles de prever. Añadir a las muchas incógnitas que ofrece el porvenir una nueva, no nos parece razonable”. La dramatización de los hechos de nuestro grupo Teatro Avempace acaba aquí, con seis personajes que van relatando lo que sucedió en los días posteriores al debate y con la aportación de datos que nos permiten comparar la situación de la mujer en España con otros países europeos y americanos. Pero la historia real continuó, hubo diputados que no se dieron por vencidos y trataron de modificar lo ya aprobado en el apartado de Disposiciones Transitorias. Y así, el 1 de diciembre tuvo lugar un nuevo debate y votación. Finalmente apoyaron el sufragio 131 votos frente a 127.

Teresa Callau, en el papel de Clara Campoamor.

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Se salvó por cuatro votos.


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LICANTROPÍA

CHARO USIETO GRACIA IES AVEMPACE «Hay, madre, un sitio que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande». CÉSAR VALLEJO

Hacia París, a la caza de una novela, perseguido por una novela, viaja el escritor de Licantropía. Y nos arrastra con él. Es la novela de Giménez Corbatón un viaje de ida y vuelta que se resuelve en seis itinerarios. En ese recorrido y con múltiples materiales, el autor-escritor pergeñará una novela que quiere ser un rendido homenaje al escritor Petrus Borel (1809-1859), romántico y maldito, casi desconocido entre nosotros pero presente en la vida y la imaginación de Giménez Corbatón desde treinta años atrás. Ese viaje comienza en una vieja ciudad provinciana, en los anaqueles de una vieja librería. Comienza como una huida (también Borel necesitará huir varias veces a lo largo de su vida, alejarse de París hasta el alejamiento definitivo en Argelia) y es en realidad una doble búsqueda, la del escritor que esconde una novela –Petrus Borel, el licántropo– y la del escritor que viaja en busca de sí mismo. Porque desde las primeras páginas de Licantropía, asistimos a una identificación afectiva autor-personaje que convierte la novela en un juego de espejos: en el más profundo se refleja Borel quien, a su vez, refleja al escritor. Comencemos, pues, el viaje. Afrontemos con pasión la lectura de esta novela admirable y elitista, pues habla de un escritor que –son palabras del autor– escribió para una élite. En este viaje todo está ante nuestros ojos: las claves de la novela y algunas de las constantes de su autor –París, Proust, la música, el erotismo…–. Y, sin embargo, todo se nos oculta. Todo es falso, pero la falsificación busca la verdad. Borel crece poco a poco ante los ojos del lector y su imagen fragmentada nos llega a través de voces diversas. La suya propia; las de quienes le amaron –su esposa Gabrielle, su hermano André, su criado Juan Ramos–; las de sus colegas y correligionarios –Philothée O’Neddy y Baudelaire, entre otros–; las de sus personajes –Jean Louis, labrador, Passereau,

Champavert–; las de quienes le criticaron y se ensañaron con su literatura… Polifonía de voces. El autor deja hablar a todos ellos como quieren, cada uno con su verdad, y la realidad entra, así, en la novela. Aunque, de hecho, la frontera entre realidad y ficción queda permanentemente desdibujada. Lo está en los títulos finamente irónicos que pretenden distinguir entre personajes reales y ficticios (papeles imaginarios frente a recuerdos verdaderos); en algunos episodios de la novela como la visita que Jean Louis, labrador, uno de los personajes de Borel y éste mismo hacen a Henri Sanson, el penúltimo de una dinastía de verdugos de París, curioso personaje con alma de hortelano y músico, que sirve al autor de Licantropía para iniciar una serie de historias truculentas, con las que la Historia penetra las páginas de la novela. Y, de manera especial, en el vodevil, firmado por Champavert, alter ego de Borel, que constituye una vuelta de tuerca definitiva al binomio realidad/ficción y da muestra del barroquismo y la complejidad de la novela. Personajes que funcionan como testigos de la vida del autor, como personajes de su obra y son, a la vez, autores ellos mismos. Los moldes por los que las distintas voces transitan son también diversos. Cartas, memorandos, un manifiesto, un artículo publicado en la Revue pittoresque, narraciones de índole diversa entre las que se incluyen los papeles y recuerdos de personajes reales y ficticios, el cuento El sepulturero y la novela La mirada imantada. Como brillante final de este despliegue, A mal galeno, peor remedio, el vodevil supuestamente debido a Champavert. Todos ellos, en especial los dos últimos, muestran la pericia narrativa de Giménez Corbatón. El cambio de registro que se produce al final de La mirada imantada conduce al lector del terreno de lo trágico y sentimental al de la ironía y el juego, provoca su distanciamiento y 55

Laberinto recomienda

José Giménez Corbatón: Licantropía. Itinerario de una novela. Madrid, Huerga y Fierro Editores, Col. Graffiti, Abril 2008, 427 páginas

ITINERARIO DE UNA NOVELA


le permite quedarse con el exabrupto final tan boreliano. El vodevil derrocha sentido del humor y es todo un alarde literario, un juguete que sirve al autor para demostrar su dominio de la lengua. Ambos, por otra parte, podrían funcionar solos a la perfección. La demostración de solvencia narrativa no acaba aquí, pues la novela se va construyendo mediante simetrías y recurrencias que nos obligan a volver sobre ella una y otra vez, a releerla, a reelaborarla con nuestros propios hallazgos. Jean-Louis, labrador, describe a su autor utilizando, a ratos, las palabras del propio Borel en el “Prefacio” a sus Rapsodias. André Borel D’Hauterive, en la primera parte de su Memorando, donde da fe de sus esfuerzos por reivindicar la figura de su hermano, menciona a Champavert, Passereau y O’Neddy, quienes, más adelante, aportarán su punto de vista sobre Petrus. Este mismo rememorará para O’Neddy el dolor que le causó la muerte de una mujer a la que había amado. Sus palabras repiten las del personaje de La mirada imantada. El autor conecta unos textos sobre otros, de forma premeditada, entrelaza los mimbres, teje la urdimbre de su novela. Y todas las repeticiones tienen además de esta función estructural, una función formal. Son redundancias, amplificaciones que enlazan directamente con la función poética del lenguaje, con el ritmo y la musicalidad. De la musique avant toute chose...!, parece recordarnos el autor de Licantropía, que invoca, simétricamente, en las páginas primera y última del libro, a César Auguste Frank, de cuya mano –Sonata en La mayor– viene Marcel Proust, a quien le cabe el honor de abrir y cerrar un universo narrativo completo en sí mismo. Música y literatura unidas vencen al tiempo y nos conceden el privilegio de oír a Listz al piano. Mientras, Petrus cuenta una historia y Victor Hugo lee… Dejemos ahora que la música nos transporte al espacio de la novela y la evocación de París llega, temblorosa y pura: París es el rumbo. París, que no perdona. París donde todas las mujeres son hermosas; donde nada es inverosímil. París, cielo cubierto, fina lluvia. Cafés de París, con sus espejos y sus rumores de vidrio. París canalla. París de Leo Ferré y de Gil de Biedma. Oisive jeunesse A tout asservie, Par délicatesse J’ai perdu ma vie. París, la segunda vida del escritor. Pero el verdadero terreno de la novela es, ante todo y sobre todo, la literatura. Novela que honra la 56

memoria de un escritor. No es una biografía, aunque sí lo es. El Petrus Borel que vive en cada página es una criatura de ficción que surge de la realidad, la rehace, y la confirma. A las voces que reconstruyen su vida y su obra –tan inseparables ambas- ayudan los retratos que de él se nos ofrecen. Se apoyan éstos en fotografías de pinturas y grabados que obligan al lector a detenerse en ellos con pensativa mirada, dan verosimilitud a las descripciones y, paradójicamente, borran, una vez más, las fronteras entre la realidad y la ficción. Todas las fotografías de la obra tienen la función de alterar la relación realidad/ficción. Muy pronto – en el Itinerario II- el escritor se coloca bajo la tutela de W. G. Sebald y se refiere directamente a su novela Austerlitz. No le importa desvelar sus fuentes más inmediatas, “pelar la cebolla” de su literatura, mostrarnos el proceso literario y personal que le ha llevado a “perseguir” al licántropo. La literatura vive en Licantropía y le da aliento. Resuenan en ella los ecos de la gran literatura en referencias diversas (Proust –toujours-, Dante, Shakespeare, Milton, Verlaine, Rimbaud, cuyo rastro seguimos hasta Charleville, su ciudad) o en citas casi textuales: “Yo soy quien soy”, dirá Petrus. Cervantes, de quien se nombra su licenciado Vidriera, está vinculado desde siempre a la obra de José Giménez Corbatón. Su influencia se deja notar en la composición de esta novela, que es también una novela de novelas; en el juego realidad/ficción que la sostiene, justificado por Borel con estas apasionadas palabras: “Para vosotros los hechos. Dejadme a mí la ficción, lo que llamáis falso; os dejo lo que para vosotros es verdadero-. Pero tened cuidado, tan sabios como os creéis, que igual lo verdadero no es sino una mentira un poco más estúpida que lo falso” El idealismo del personaje y su fracaso son también cervantinos. Pero Cervantes no está solo en esta sólida recreación de una época de la Literatura francesa. Le acompañan, entre otros, Lázaro de Tormes, Goya y Valle Inclán. El esperpento, la miseria, el hambre, la bohemia tienen cabida en páginas memorables en las que nos asalta un lenguaje brillante y chocarrero que nos remite inmediatamente al del autor de Luces de bohemia. Vida y literatura. Vidas literarias de los románticos franceses que conforman la camaradería. Deambulan por la novela. Asisten a veladas literarias y estrenos teatrales –el de Hernani, de Hugo-. Comentan hechos luctuosos –el suicidio de Gérard de Nerval-. Hablan y hablan de literatura. Oímos a Borel, a Nerval, a Gautier, a Baudelaire… Literatura que habla de literatura, también de la de Giménez Corbatón, quien, en alguna ocasión, se


refiere a otros textos suyos. Metaliteratura. Licantropía es una novela metaliteraria en sí misma, pues es la creación –persecución– de una novela que da como resultado otra.

nos deja libres… Qué poeta no ha amado alguna vez a una mujer llamada Laura.

Y llegados a este punto, desembaracémonos del peso de todo lo que intuimos detrás de esta obra excelente y hagamos lo que el autor nos propone: divertirnos con él y disfrutar leyéndola tanto como él, es evidente, ha disfrutado al escribirla. Vale. Como en el Quijote, también aquí acecha la muerte; pero, tras ella, aguarda la inmortalidad. Fin del viaje. ¿O principio?: Hay también en la novela una historia de amor que el autor no nos cuenta pero que intuimos…Prodigio de la literatura, de la buena literatura, ésa que sólo sugiere y

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Sin embargo, no todo es forma en la literatura y Licantropía es, en última instancia y fundamentalmente, el testimonio de un personaje paradójico, a veces difícil, excesivo y siempre provocador, que opina y vive con honestidad. Ese testimonio responde a una mirada reflexiva –la del autor– sobre una época. De esa reflexión, que nos alcanza en nuestro presente, surgen las múltiples consideraciones contra la pena de muerte, contra la tortura, sobre la prensa y su función, sobre el sexo y el amor, sobre la dificultad de escribir, sobre la familia, contra la corrupción, sobre la justicia…

Petrus Borel.

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AQUÍ NO ENCONTRARÁS TU CASA

ITALO CALVINO: Las ciudades invisibles. Siruela, Madrid, 2000, 177 páginas.

JULIO GARCÍA CAPARRÓS IES ÉLAIOS Se vive expuesto en la lectura, leemos como el niño que silba porque tiene miedo a la oscuridad. Un libro no es puerto seguro, final de camino o patria. Más bien hay libros cuando el puerto es equívoco, largo el camino o inalcanzable la patria. Aclaraba el propio Calvino que ha de llamarse clásica a una obra “que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes”. Y si no fuera por el preceptivo, y en el fondo impracticable De nobis ipsis silemus, tendría que ocupar muchas páginas para explicar hasta qué punto Las ciudades invisibles ha sido lo más parecido a una signatura de las cosas, don preferido y astrolabio en medio de la tormenta. Su estructura es la de unas series en prosa poética por las que Marco Polo muestra a Kublai Khan los secretos de este imperio que él ya no verá nunca. Para ello ha de hacer justicia a todo lo que hay en él de evanescente, de sutil o filiforme cuando no opaco. Dígase que las ciudades invisibles son ciudades utópicas siempre que por tal no entendamos algo así como fantásticas o ilusorias. De hecho Micer Polo ni siquiera se hace ilusiones sobre la eficacia de su relato: el emperador es demasiado astuto y sabe que su imperio resulta demasiado grande, sin horizonte. Y de esto que carece le provee cada ciudad. No busca tanto la verdad como un escenario en el que ella sea posible. Estos dos interlocutores fantasmales (el cínico aventurero y el príncipe melancólico) se juramentan para dejar sitio a lo posible. La horizontalidad de la(s) ciudad(es) es la del acontecimiento. Se trata de hacerse con un giro o avatar del mundo allí donde el mundo comparece hecho jirones. En este sentido Las ciudades invisibles puede leerse como el exacto reverso de La construcción de la muralla china de Kafka. Si en este relato “los nubarrones desvanecidos hace mucho tiempo ya no engendran rayos”, de tal manera que la estrechez

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ha de poner coto a un territorio infinito, en el de Calvino se celebra el poner en claro de las cosas. Y esta Lichtung es múltiple, juego de lenguaje o mundo posible. Podríamos habitar sin reparos en cada de estos mundos, en cada una de las horizontalidades propuestas, pero sólo si es verdad que la vida a estas alturas ya parece irreparable. Así es que la ciudad actúa como comarca de la tierra, no se resiste a ella porque no lo hace a su invisibilidad3. Antes al contrario, la da a ver en su danza peculiar de signos, deseo, memoria y muerte. No en vano la ciudad tiene nombre de mujer, es una mujer. ¿De qué habla Micer Polo sino de las diferentes historias de amor que ha vivido durante su recorrido? ¿Qué son sus ciudades aparte de esos amores diferentes, logrados algunos y acaso lo más de ellos imposibles? Pensad ahora que ocurre con Irene, “la ciudad que se ve al asomarse al borde de la meseta a la hora en que las luces se encienden”, pues ella hace de su nombre distancia encendida y signo de amor, a la vez cercana y evasiva: “La ciudad es una para el que pasa sin entrar, y otra para el que está preso en ella y no sale; una es la ciudad a la que se llega la primera vez, otra la que se deja para no volver; cada una merece un nombre diferente; quizás de Irene he hablado ya bajo otros nombres; quizás no he hablado sino de Irene” (p. 135). A veces la cualidad visionaria de Calvino nos hace recordar Ciudadela de SaintExupéry, pero la perspectiva de éste es siempre desde lo alto: J’ai toujours appris à distinguer l’important de l’urgent4. En cambio Calvino toma muy buena nota de los asuntos urgentes para crecer, desde allí, en la ligereza. Lo que cuenta es una forma de vida porque ella puede ser, si bien se mira, la forma misma de la vida. La voz única de Ciudadela se vuelve totalitaria (Citadelle, je te construirai dans le coeur

CALVINO, Italo: Por qué leer a los clásicos. Tusquets, Barcelona, 1993, p. 17. KAFKA, Franz: La muralla china. Alianza, Madrid, 1985, p. 13. Sobre la esencia de la ciudad y del morar ver DUQUE, Félix: Habitar la tierra. ambiente. Humanismo .Ciudad. Abada, Madrid, 2008. 4 SAINT-EXUPÉRY, Antoine: Oeuvres. Gallimard, Paris, 1959, p. 571. 2

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Podríamos trazar a partir de los pasos imaginarios del mercader veneciano toda una teoría del urbanismo. De hecho es el propio Calvino quien intuye tal uso contemporáneo: “credo che non sia solo un’idea atemporale di città quello che il libro evoca, ma che vi si svolga, ora implicita ora esplicita, una discussione sulla città moderna”. Estos lugares “sono un sogno che nasce del cuore delle città invivibili”5. El ensueño, igual que en tantas otras ocasiones, es el recurso crítico de la vigilia. Lo invisible proviene de lo invivible y puede que no sea proyecto sino protesta. Se trata de una renuncia que deviene denuncia en el interior del discurso. A lo mejor hay que tomar nota por ello de las fechas: Las ciudades invisibles se publica en 1972 mientras que en 1971 ha preparado Calvino una edición de Charles Fourier para la casa Einaudi. No se trata de una casualidad. Del esforzado delirio del reformador francés ha recuperado la idea de la serie. Pues la serie no es principio alguno de orden sino indicio de una deriva pasional. La diferencia entre ellos no puede ser más atendible: el falansterio opera como símbolo o metáfora en el que se asedia la anarquía libidinal, la ciudad ideal le da sede. Lo que propone Calvino es que cada ciudad imaginaria actúe como conmutador o shifter, que relance la serie misma. La urbe se hace alegórica, mezcla de cosas heteróclitas, lugar de trueque: “pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos” (p. 15).

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Como Despina, que es diferente para el que viene por tierra y para el que viene por mar, para quien elige el camello o en barco llega, pues “recibe su forma del desierto al que se opone” (p. 33). O Ipazia, la más engañosa e imprevisible, donde lo que se escapa ya no es el balbuceo de las lenguas extranjeras sino la propia extrañeza de las cosas: la laguna del jardín de magnolias, en la que uno esperaría encontrar bellas jóvenes bañándose, se convierte en una charca donde los cangrejos muerden los ojos de los suicidas (p. 61). Y sobre todo Leonia que “se rehace a sí misma todos los días” (p. 125). Reconoce Calvino su librito como un peán de duelo por las ciudades que a estas alturas ya se han vuelto demasiado visibles, sin intersticio ni secreto. Acaso recoge fragmentos de un allende cuando ya no queda allende alguno. De ahí que se repita no pocas veces la idea de un doble rostro, celeste y subterráneo, como incompatibles anverso y reverso de esta superficie urbana siempre esquiva. Celebrado como renovador de la literatura fantástica se suele olvidar que la primera novela de Italo Calvino, El sendero de los nidos de araña (1974), es una versión poética del género partisano, y que cuando la publica de nuevo en 1964 incluye un prefacio que es a la vez disculpa de la obra suya y elogio de la de Beppe Fenoglio: “el más solitario de todos fue el que consiguió escribir la novela que todos habíamos soñado”6. Pero sobre todo hay que revisar El sendero como un paseo desde la ciudad vieja de San Remo hasta el bosque, pasando por los huertos y las villas suburbanas. La memoria de este italiano nacido en Chile es la de una adolescencia ciudadana, llena de lugares mágicos pero no inmune al peso de lo real. Y la passeggiata le lleva a un zanjón en el que puede ser una especie de solipsista guerrillero, un rey o un dios menor. No se quiebra la ciudad sino que se esparce o disemina. La San Remo que no advierten los turistas o la que Marco Polo dispone para Kublai Khan a sabiendas de que no encontrará allí su casa.

CALVINO, Italo: Le città invisibili. Mondadori, Milano, 2002. CALVINO, Italo: El sendero de los nidos de araña. Círculo de Lectores, Barcelona, 1991, p. 33.

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Laberinto recomienda

de l’homme, p. 516), horrorizada de la dispersión desde el momento en el que constata una gran verdad: A savoir que les hommes habitent, et que les sens des choses change pour eux selon le sens de la maison (p. 517). La ciudadela querría ser templo y nada más. Esta exclusividad es la que resulta utópica o ilusoria, como denegación de lo que en la ciudad misma no se pliega y resiste, mientras que Calvino se hace sitio en el resquicio del nombre propio, ése que siempre aparece como extraño o extranjero en la lengua propia y por ello mismo intraducible: “los habitantes creen vivir siempre en la Aglaura que crece sólo con el nombre de Aglaura y no ven la Aglaura que crece en tierra” (p. 82).


Por-venir JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ

Jesús Jiménez Domínguez (Zaragoza, 1970) es autor de los libros de poesía Diario de la anemia y Fermentaciones (Olifante, 2000). Aparece recopilado en Campo abierto:

Antología del poema en prosa en España, 1990-2005, ediciones de Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas (DVD Ediciones, 2005) y Los chicos están bien: Poesía última, edición de Manuel Vilas (Olifante, 2007). Fundido en negro obtuvo el Premio Internacional de Poesía Hermanos Argensola 2007.

LAS LUCES DE MESSINA El presente está tan cerca que a veces es difícil verlo. Entonces el collar de los días nos estorba, nos estrangula y sus cuentas nos queman. Yo viajé hasta Italia para verme en la distancia, para contemplar desde el otro lado las luces de la isla como un extraño que ve las velas de un pastel ajeno. También yo soy una isla en medio de la noche, escribí en la postal que nunca envié a ninguna parte. El mar, como un cleptómano arrepentido, dejaba en la arena las cáscaras, los restos de un tiempo consumido. Los tomé y en un bar armé el cadáver, pero el muerto se levantó como el viento se levanta de los árboles. Lo vi salir por la puerta y era como si yo saliera de mi piel o de un hospital de campaña. De aquellos días que se fueron hoy recuerdo las luces de Messina y los volcanes de las islas Lípari. Y ahora, de nuevo, mi imagen en el espejo es ésta: la de un ciego que se asomara al vacío de un cráter.

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NOCTURNO DE LISBOA A Lisboa acuden los extranjeros para lamerse las heridas. Hay heridas espaciosas donde duermen mujeres de lesivas miradas y plantan sus huevos con vistas al otoño las larvas de la saudade. Lisboa es una herida abierta las veinticuatro horas del día. A Lisboa se llega con el equipaje justo y la vida injusta y nada hay como una pensión en Bairro da Bica (una pensión injuriada por fantasmas y humedades) para escuchar a los hombres tropezar en la noche con la mudanza de sus días, para advertir que la carne se pudre en el burdel del cuerpo con el rumor del misterio. En Lisboa el Tiempo es un travestido que se acicala para ir a su propio entierro: es otro y es el mismo, y no cabe sino atar cascabeles a los meses para que el invierno no nos sorprenda en cualquier café brindando con el corazón en la mano y el vino en la sangre, ajenos a los fastos del acabamiento. Yo, que nada temo sino la vida, he llegado a Lisboa buscando los balnearios blancos de la soledad y nada poseo salvo esta polilla que alimento con los visillos ralos de mis días. Bebo y escribo a oscuras como quien unge de yodo sus cardenales. A ratos el silencio se me sube a la palabra y me embriago de sobriedad. Duermo veinticuatro vigilias por día, siete muertes vivo por semana. Y sé que tienen las horas contadas mis minutos, que mi reloj de pulsera es un cadáver amarrado al naufragio de la carne cuando de noche bajo al muelle y doy mi moneda al barquero. El cristo, en la otra orilla del Tajo, abre los brazos y parece un espantapájaros desmañado e incapaz bajo las deposiciones del cielo. Nunca escaparé de Lisboa.

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EN LABERINTOS Nº 19 LA ESTRELLA

DE LA

NARRACIÓN

BOLETÍN DE SUSCRIPCIÓN D./Dª . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . C/ . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . nº . . . . . . . . . C.P. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Localidad . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . correo electrónico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Deseo suscribirme a LABERINTOS (2 números al año), por un importe de 7 €.

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s a a r s E l a l s i R n a a l e D Tendríamos que aprender a reconocer que las cosas mismas son lugares. Martin Heidegger

GOBIERNO DE ARAGON Departamento de Educación, Cultura y Deporte

Diciembre 2008 • Año IX • nº18

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