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Antología colectiva de relatos SI HE PERDIDO LA VOZ EN LA MALEZA

KONTAKETA LABURRA TAILERRA TALLER DE RELATO BREVE Kultur Leioa, Curso 2017-18


A Paco, nuestro compaĂąero de taller. In memoriam.


En el principio Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra. Si he sufrido la sed, el hambre, todo lo que era mío y resultó ser nada, si he segado las sombras en silencio, me queda la palabra. Si abrí los labios para ver el rostro puro y terrible de mi patria, si abrí los labios hasta desgarrármelos, me queda la palabra. Nos queda la palabra. Blas de Otero


Prólogo: Si he perdido la voz en la maleza «Si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra». Estos versos tomados a Blas de Otero dan título a esta antología colectiva del Taller de relato breve, que reúne algunos de los relatos elaborados por sus participantes durante el curso 2017-18. En un taller de escritura creativa la palabra es la materia prima. Nuestra labor es la de artesanos del lenguaje; pedimos la palabra, la tomamos, la compartimos, la retorcemos, exploramos su expresividad, le damos la vuelta, del derecho, del revés… A veces, la palabra se nos revuelve como una fiera salvaje, y la acariciamos y amansamos buscando la tersura de su pelaje; otras veces, la palabra duerme plácidamente, y la azuzamos, violentamos, la mano a contrapelo buscando la aspereza, que salte tensa y elástica para escribir una historia, un buen relato. Pero, siempre, la palabra es el refugio, el lugar al que ir, un destino y un horizonte. Si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra. Cierto. Pero el lenguaje mismo es maleza; es selva frondosa que desbrozar, en la que, nosotros, exploradores de la escritura, en ocasiones, nos perdemos, y blandimos nuestros bolígrafos para abrirnos paso. Y si no encontramos un sendero despejado por el que avanzar, sentimos la espesura de la fronda apretando nuestros cuerpos mientras cae la noche, y los árboles se vuelven más altos y espesos de lo que nunca parecieron a la luz del día, y tememos vagar en círculos, sin encontrar la salida. Pero no estamos solos, nosotros, exploradores de lo imposible, compartimos la aventura de escribir cada semana. Y cada semana, en el taller, tomamos la palabra, y estamos seguros de que si nos perdemos en la maleza, contamos con buenos compañeros de aventura. Mónica Crespo Doval

KONTAKETA LABURRA TAILERREKO IRAKASLEA PROFESORA DEL TALLER DE RELATO BREVE Kultur Leioa, 2017-18

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AURKIBIDEA / ÍNDICE Prólogo: Si he perdido la voz en la maleza

Mónica Crespo

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Tren de vida

Itziar Elexpuru

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Sus manos

Aurelio Gutiérrez Cid

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El muro

Manoli

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Houda, la niña de Damasco

Ricardo Fuentes Gómez

17

Dulce miel

Borja Rodríguez López de Guereña

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Hurgando en la herida

Francisco Javier González Montoro

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Evolución

Itxaso García Jarabo

27

Mrs. Prescott y los albaricoques

Eva Rivas

30

Bajo el influjo de la luna

Juan Iturbe

36

Viaje iniciático

Miguel Parra

40

La cabra tira al monte

Elvira Alonso Lasen

42

No quiero

Marian Izquierdo

50

El hombre de la compañía

Isabel Bilbao

51

Al final de la escalera

Feli Cruz Jiménez

58

Decisión

Laura García Marcos

60

Llanto por un banco vacío

José Manuel Rodríguez

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Nala y el dolor

Javier Abad

64

De cuervos, gatos, cosechas y bañeras

Francisco Ruiz Moreno

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Tren de vida Itziar Elexpuru

Eran las once de la mañana cuando el tren se detuvo. La entrada de un nuevo pasajero, precedido de un chorro de aire frío, despertó a Berta del traqueteante sueño al que tras cuatro horas de viaje había sucumbido. El Cosmopolitan mostraba desde el suelo, a todo color, alternativas saludables al plato combinado, una nueva crema rejuvenecedora Células de Vida y el Puppy yoga donde los practicantes compartían esterilla con sus muy amadas mascotas. Las gafas le colgaban de una patilla y el cuello doblado hacia un hombro se quejó con el brusco movimiento de enderezarse, mientras con un dedo paraba con rapidez lo que parecía un hilillo de saliva deslizándose por la comisura de sus carnosos labios. Era la última parada antes de llegar a Madrid donde, como todos los años, pasaría un divertido fin de semana de rebajas y cotilleos con sus amigas; Almudena que vivía en la capital y seguro que ya tenía controladas las mejores tiendas y los sitios más chic para tomar el aperitivo y cenar, y Mercedes que desde el Levante viajaba como ella al glamuroso encuentro. El hombre recogió la revista y preguntó si el asiento frente a ella estaba libre y podía sentarse, lo que Berta, recomponiendo su postura y su melena, confirmó con una gran sonrisa. El viajero se quitó el abrigo y la bufanda y sacó un libro y unas pequeñas gafas de lectura de la bandolera de cuero marrón que colocó en el asiento a su lado. Parecía salido del catálogo de hombres del gusto de Berta: estatura media, complexión fuerte, pelo entrecano, barba bien recortada y unas manos cuidadas. El vagón iba casi vacío así que su cabecita empezó a sentirse afortunada del prometedor encuentro. Ya se imaginaba llegando a Chamartín con él quien amablemente llevaría su maleta fin de semana y saludando a una Almudena de interrogante sonrisa. Berta leyó el título y autor del libro de su compañero de viaje, era de economía, y al no encontrar un tema de conversación recurrió al tópico ¿viaje de trabajo? El hombre cerró el libro y dio todo tipo de explicaciones, demasiadas incluso. Se llamaba Fran, de Francisco, era abogado economista y hacía ese trayecto dos días a la semana para reunirse con compañeros de otras provincias, procesos de mejora continua, satisfacción de clientes, feed-back, la economía nunca para y puede dar sorpresas, hay que estar siempre vigilantes, explicó. Berta comentó el contratiempo que viajes tan habituales supondrían para su familia y cuando él confirmó que por ese lado no había problema pues estaba soltero, se sintió un poco más feliz y más cerca de su objetivo. Tras un rato de charla, Fran se ofreció a ir al vagón restaurante a por unos cafés, con leche y sacarina para Berta y cortado para él. Berta aprovechó el momento para retocar el color de sus labios y limpiar el borde de sus ojos ligeramente ennegrecido por la máscara de pestañas. Con el café en las manos continuaron en agradable charla. Berta intercalaba pequeños sorbos de café con sonrientes monosílabos, sus ojos estaban fijos en los de Fran y en su embriagadora conversación de dientes blancos, en la que Berta se fue diluyendo hasta que una relajación total se apoderó de su cuerpo. Cuando abrió los ojos el revisor le daba ligeras palmaditas en la mejilla. — Señora, señora, ya hemos llegado, tiene que bajar. 11


El hombre le entregó su maleta y Berta recogió el abrigo y el bolso que estaba abierto en el asiento de enfrente. No tenía ni la billetera ni el móvil. Cuando un sueño termina, lo que queda es la realidad. Era mediodía y Almudena recorría el andén buscándola.

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Sus manos

Aurelio Gutiérrez Las manos se movían por el escritorio, cogiendo hojas, poniendo clips, post-it, repartiéndonos carpetas con horarios y rutas de autobús a nosotros, la docena de turistas ingleses venidos a Italia a maravillarnos con la belleza clásica. Pero sus manos –las de ella, en la oficina de turismo– eran tan espantosas que uno no podía fijarse en nada más, hasta que en un momento dado quedaron ocultas al darse la vuelta para sacar más folletos de un cajón. Fue entonces cuando me fijé en su jersey de lana de cuello vuelto, con un dibujo digno de aparecer en la cerámica de la Alhambra. Siendo menuda, cuando se giró de nuevo resultó evidente que llevaba un sostén que dibujaba sus pechos, la clase de senos que uno no puede dejar de admirar, más que desear, pues contra el tejido de lana se adivinaban unas curvas perfectas, que me hubieran dejado inmóvil allí el resto de la semana. Quise saber qué rostro podía tener alguien así, alcé la vista, y me agradó descubrir que tenía más o menos mi edad, pero la piel mucho mejor conservada. Me estaba preguntando el porqué de ese granito junto a la boca –¿exceso de trabajo, un desamor– cuando hizo un comentario y sonrío de una manera tan fresca y pícara que, aunque realmente no escuché lo que dijo, pensé que había que informar a Billy Wilder –esté donde esté– de que tenía delante a su mayor estrella. No puedo deciros cómo eran su pelo, ni sus ojos, porque entonces me atrapó de nuevo la visión de sus manos: ¡sus pezuñas! Sé lo suficiente de arte –el viaje por Italia era uno más– para entender qué era lo que las volvía tan repugnantes, tan asquerosas, incluso habiendo dejado de verlas hace ya tiempo: en uno de sus dedos llevaba un anillo de oro, una alianza. Era una mujer casada, y no conmigo.

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El muro

Manoli Rodríguez Algo hay que no es amigo de los muros, que hincha la tierra helada a sus cimientos, que arroja al sol las piedras desde el borde y abre brechas por donde caben dos. Hoy me ha dado por leer a Robert Frost. Y no sé por qué. Sólo sé que de todos los poemas, éste, Reparar el muro, es el que más me gusta. Mi madre suele repetirme: «Teresa, te vas a enfermar de tanto leer» o «Teresa, ¿no puedes ser como tus primas y casarte?». He cogido el autobús por los pelos. El conductor me ha gruñido parapetado tras unas gafas de espejo que escupían dos edificios apuntalados con lanzas; perfectas ruinas gemelas cuyas paredes temblaban con el sonido del motor. «Señora, me va a pagar el billete o qué». No he encontrado sitio y he terminado abrazada a una barra de autobús dispuesta a leer antes de ir a la oficina. — Teresa, me has asustado. Con la radio ni te he oído entrar. Siempre tan callada y tan poquita cosa… — Sofía. No esperaba verte tan pronto en la oficina. — Lo sé, lo sé. Pero hoy me he levantado con la corazonada de que iba a ser un día importante. Llámalo intuición. Y me he dicho: « Sofía, aunque tengas que hacer el sacrificio de madrugar, merecerá la pena». Hay café recién hecho, si quieres. — Sí, te lo agradezco, gracias. — ¡Ah, no, mona! ¿No pretenderás que te sirva yo? Casi me mancho mi vestido rojo, es monísimo ¿verdad? — Sí, bueno. — ¿Qué lees? A ver, déjame… — Nada, poemas. Lo cogí al azar. Seguro que no has leído ni un solo poema en tu vida, qué digo, ni sabrás lo que son… — Poesía, ¡qué aburrimiento! — Aburrimiento… La poesía es algo líquido, martilleante, como lluvia golpeando un cubo de zinc. — No he entendido nada. Una vez vi a uno de esos poetas recitar en un local nocturno. El muy cretino obligó a un cliente a comerse los versos a mordiscos; decía que era para que saboreara mejor su poesía. Se consideraba artista pero no era más que un imbécil. ¡Uff! El libro está hecho un asco, Teresa. Deberías tener más cuidado de las cosas. — Es una primera edición. Qué razón tenía Frost: éstas son brechas que nadie ve formarse. El muro nos separa mientras vamos. — ¿Y…? mayor motivo para ser más cuidadosa. Pero hablemos de cosas más interesantes. ¿Cuándo ha sido la última vez que has tenido una cita? Por la cara que pones debió de ser en la prehistoria. Chica, entre tú y yo, 14


con esas gafas, ese moño y esas camisas abrochadas hasta el cogote, no me extraña. Mírame a mí, con unos buenos tacones y un escote de infarto, además de la percha, puedo tener a cualquiera. ¿Me entiendes, no? — No es mi estilo. Me tienes harta con tus comentarios. Eres más simple que la lagarta del poema. El lagarto y la lagarta están llorando. No, la lagarta está riendo. Lleva un anillo de diamantes que el lagarto le regaló gastándose sus buenos dineros. Pero esta lagarta no es tan simple, ¡menuda es la lagarta! — ¡Vaya, qué fastidio!, se me ha chafado una uña y así no luce bien mi anillo. Teresa, no tendrás en el bolso un… — No, no llevo. No tengo costumbre. —Claro, tú que vas a tener. Salta a la vista. — No uso esmaltes. No llevo uñas de halcón ni salgo como una puerta pintada a la calle. ¡Arpía! Por cierto, Sofía, ¿tienes listo el documento que pidió Don Ramón? — Sí. — ¿Segura? — Pues claro, lo mecanografié en casa, ¿por quién me tomas? — Está bien, si tú lo dices... Sé que no lo has hecho. Veremos la excusa que te buscas hoy. Ya me has levantado dolor de cabeza, lo noto como si alguien embistiera contra un muro de ladrillo, como algo acechando desde dentro. — Buenos días, Teresa. ¿No la habré asustado, verdad? — No. Bueno, sí, un poco. Perdone, Don Ramón, estaba concentrada ordenando estos expedientes. — Buenos días, Don Ramón. — Hola, Sofía. ¿Cómo está? Vaaaya, la poesía de Robert Frost. Reparar el muro. Donde vivimos no hace falta muro. Y él responde: buen muro, buen vecino, o algo así. Adoro esos versos. ¿El libro es suyo, Sofía? — Sí, y yo también los adoro, mucho, muchísimo; la poesía es un cubo de zinc. — ¿Un cubo de zinc? Nunca dejas de sorprenderme, Sofía. ¿Decía algo Teresa?... ¿No? bueno, a otra cosa. Hoy sin falta que vengan los albañiles antes de que se caiga la pared del despacho. ¿Está listo el documento que les pedí? — Sofía dijo que se encargaba ella, Don Ramón. — Sí, es verdad, pero como Teresa insistió tanto en hacerlo ella misma, no quise discutir… — Sofía, dijiste que te encargarías tú personalmente y que además… — Me da igual quién sea la responsable. Lo quiero en veinte minutos encima de mi mesa. Por cierto, como sabéis, Miguel se jubila y el puesto de secretario de dirección queda vacante. Tras una decisión meditada, creo que usted, Sofía, encajaría muy bien en ese puesto. Es eficiente, organizada y con don de gentes…Teresa, no me malinterprete. Usted lleva aquí muchos años, más incluso que Sofía, lo sé… y la considero muy trabajadora y servicial pero, en fin, ella…Sofía se ajusta como anillo al dedo para este perfil, además solo hay una vacante. Me entiende, ¿verdad? —Por supuesto, Don Ramón. ¡Cómo no lo voy a entender, Don Ramón! El lagarto y la lagarta se están riendo, pobre lagarto, ¿no ves que esa mujer no te conviene? 15


— Usted siempre tan comprensiva, Teresa. Sabía que lo entendería y aceptaría. — Gracias, Don Ramón, es muy amable. Sabe que respeto sus decisiones y que… — En fin, Sofía ¿qué me dice? — ¿Yo?, qué voy a decir, Ramón, que sí, que acepto, claro. —Pues venga, lo dicho, a trabajar. Quiero ese documento en veinte minutos. — Claro, Don Ramón. Algo hay que no es amigo de los muros, que los derriba, decía Frost. Y el dolor sigue empujando y el muro se tambalea. Y algo golpea como una maza las entrañas del muro. Sé que está a punto de reventar y no deseo contenerlo. — Teresa, ya has oído a Don Ramón, a trabajar. ¿Ves esas cajas de cartón? Contienen folios. Colócalos en las estanterías. Yo voy a entregarle a Ramón el documento que ha pedido. ¿Ves?, no te mentí. Te dije que lo había mecanografiado en casa. Anda, coge el cúter y empieza a abrir las cajas. Silencio. Y Cojo el cúter y deslizo suavemente la cuchilla. El filo es brillante y pulido. En el anverso de la hoja una imagen cubista de mi cara. En el reverso una mano empuña el cúter y atraviesa el vestido rojo, la piel y músculos de Sofía. Abierta en canal su sonrisa de plástico se transforma en una mueca de hastío hasta desaparecer. — Teresa, ¿no me has escuchado? Ponte ya con esas cajas. — Sofía, voy a hacer el descanso. — Por mí no hay problema. Y a la vuelta acuérdate de llamar a los albañiles para lo de la pared. — Claro, los albañiles, con tal de que el muro resista… porque eso es lo que queréis, ¿no? — Sí. Bueno, no sé, Teresa. No me líes con tus adivinanzas. Hoy estás más rara que de costumbre. ***** — ¿Qué va a ser? ¿Va a tomar algo, señora? — Perdone, lo de siempre, café y pintxo de tortilla. Oiga, ¿puede decirme que suena en la radio? — Pink Floyd, Another Brick In The Wall, ¿qué le parece ?

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Houda, la niña de Damasco Ricardo Fuentes Gómez

Ghada tenía a su cargo a cinco hijos, cuatro niñas y un niño. Hacía seis meses que se había muerto su marido de una larga enfermedad. Encendió el fuego como todos los días. Mientras se calentaba el habitáculo, preparaba el té esperando la llegada de sus tres amigas y sus maridos para hacerla compañía. Según iban llegando se sentaban en círculo, alrededor del aroma que tanto les agradaba. Se iban pasaban el té, ritual habitual para acompañar las tertulias. Gahda preparaba una taza en memoria de su marido y la colocaba en el lugar en el que siempre se sentaba. Las hijas amasaban el pan, mientras los más pequeños jugaban entre risas. Houda era la mayor, recogía hasta la última mota de harina entre la madera; no se podía desaprovechar nada. Los dos más pequeños, eran la mayor de las alegrías. Sus hermanas eran las responsables de cuidarlos, se sentían las mujercitas de la familia, reían las gracias de los pequeños bajo la mirada plácida de su hermana mayor que compartía tareas con su madre, sin descuidar los rezos que llevaban al cabo del día. No dio tiempo a la sorpresa. Una explosión. Una nube Salió de la tierra y llenó toda la ciudad de un hedor irrespirable a cuerpos calcinados. Habían bombardeado la ciudad. Cuando paraban los bombardeos, los bomberos y los médicos aprovechaban para entrar en acción y rescatar todo ser que aún respiraba entre los escombros. Los perros olfateaban donde no se oían los gemidos ni los ojos alcanzaban a ver, ni donde las manos no podían llegar a socorrer aquellas almas atrapadas. Los voluntarios cruzaban con la bandera blanca a través de Almidan, recogiendo a los heridos y a los que huían de aquella barbarie para llevarlos a los campos de refugiados de Yarmouk. Muchas veces de poco les servía la bandera, ya que no la respetaban. Miles de personas se fueron desplazando al campamento de Alepo que se encontraba entre el sur de Siria y el noroeste de Jordania. Era el más numeroso de los campamentos de refugiados. El responsable del equipo de aquella misión al hacer el recuento comprobó que faltaban un periodista y un médico. Nadie sabía nada, tal vez se extraviaron en una de las calles de la ciudad… El lamento de Houda bajo los escombros llamando a su madre, a sus hermanas y a su hermano; el niño que hasta hacía un momento se había balanceado en la silla que hizo su padre... Las fuerzas se iban debilitando, como un hilo de voz cada vez más lejano. Houda sentía las lágrimas, que recorrían como riachuelos sobre el polvo que acumulaba su cara. El aire era pegajoso, no podía respirar. Estaba inclinada y su cabeza reposaba sobre unos cascotes. La imagen de sus padres y sus hermanos permanecía tibiamente en ella: estaban en casa, alrededor de la llama que les calentaba en los duros inviernos y servía para hacer el té. Se le cerraban los ojos, estaba agotada. –– Según las últimas noticias un grupo de yihadistas había secuestrado a ciudadanos europeos –comenta Yolanda la enfermera que atiende a Houda. No le quitaba ojo a la niña, que llevaba una semana sin despertar. El equipo médico dudaba de que saliera con vida. A Yolanda le pareció haber visto moverse el dedo de la mano izquierda «no puede ser», se dijo a sí misma. La emoción le hizo pegar un grito: —¡Está moviendo los dedos de las dos manos! –salió corriendo en busca del médico. Houda abrió los ojos, no sabía dónde se encontraba. Escuchaba el murmullo de la gente. Lo último que logró recordar era que estaba bajo los escombros y no podía moverse, cada vez hacía más frío. Se le cerraban los parpados y perdió la consciencia. 17


Poco a poco iba mirando a su alrededor, estaba en un hospital. Preguntó por su familia. Empezó a ponerse nerviosa y a agitarse al intentar mover las piernas, y un dolor la alertó de que estaba inmovilizada. Tenía las piernas rotas por varios sitios. La enfermera y el médico la tranquilizaron con unas palabras de esperanza, que no se preocupara, que se iba a curar. Las heridas iban mejorando poco a poco, y ella solo pensaba en los suyos. Cuando empezó a andar, miraba al cielo buscando respuestas. Al final de la tienda del hospital el personal se agolpaba en torno al televisor, se fue acercando y aparecían en la pantalla unas personas con capucha y una ametralladora en la mano apuntando a seis personas con la cabeza agachada. — ¡Son el médico y el reportero que iban con nosotros en el convoy! –exclamó Yolanda. — ¡Los van a matar, dios mío porque si ellos han venido ayudar! –El grito de la enfermera estremeció a todos. Pero se cortó la comunicación, los secuestradores pedían la libertad de sus compañeros a corto plazo o los ejecutaban. Damasco había quedado destruido, apenas cuatro casas se mantenían en pie. Bomberos y voluntarios ya habían dejado de buscar, eran muchos días y ya no se encontraban más personas con vida. –– No sé nada de mi familia, ¿quién me puede informar qué ha sido de mi madre y mis hermanos? –le preguntó a una enfermera con un nudo en la garganta. –– Ha muerto mucha gente, me temo que, si no te han reclamado, mejor que te hagas a la idea. Al menos, estás viva y ellos estarán contigo donde quieran que estén –contestó la enfermera. ––¿ Puedo ir con vosotros, a la ciudad? –preguntó Houda. A la mañana siguiente, la subieron a un todo terreno con bandera blanca acompañados con soldados de la ONU, uno iba delante del personal sanitario y civil, el otro cuatro por cuatro les cubría por detrás. Fueron a Damasco con mucha precaución, había francotiradores por todas partes. La puerta de Damasco era muy peligrosa por la cantidad de recovecos y ventanas donde los francotiradores preparaban las emboscadas; pero, pasar por la entrada era un riesgo que tenían que correr para llegar a través de las torres a las zonas donde era necesaria su presencia. Un proyectil alcanzó al primer cuatro por cuatro del convoy, que pegó un volantazo, se dio la vuelta y cayó de costado. Los del tercer vehículo saltaron para repeler el ataque con ametralladoras, disparando a los lugares de donde salían los tiros. –– La patrulla que nos acompaña está repeliendo, algún francotirador, que le ha dado a uno de nuestros vehículos –comentó el chofer. Aprovecharon para ayudar a los integrantes del coche volcado, que salieron por su propio pie, pero había sangre y se temieron que alguno podía haber muerto, fueron sacando a los que aún estaban dentro e inmóviles. –– Hay tres heridos, sigan ustedes con lo previsto, les llevaremos al campamento, uno de ellos está muy grave –les notificó un médico al resto de los miembros del convoy. Al llegar a las afueras, Houda les mandó parar; habían llegado, allí había estado su hogar. Se bajó ayudada por la enfermera y un chico, y se acercaron a las casas: algunas se mantenían en pie, pero la suya, estaba destrozada. Las lágrimas la invadieron de nuevo. Se dieron media vuelta cuando escucharon el nombre de la niña, ésta al ver que era una vecina amiga de su madre, se abrazó a ella entre sollozos. Le contó que su hermano habían muerto y la segunda de sus hermanas había desaparecido. 18


–– Vi a tu madre y a tres hermanas tuyas por última vez en una ambulancia. Si aún viven, puede que estén en algún campamento de refugiados –le contó la vecina. Se despidió de la mujer y se subieron al todoterreno. Se fueron para el campamento una vez realizada su labor humanitaria en la ciudad. Al cabo de una semana llegó al campamento una compañía de militares de la ONU, traían con ellos a los europeos que habían sido secuestrados, todos se agolpaban para abrazarlos. Houda, cojeando con dos muletas se iba acercando, cuando una voz la hizo temblar, levantó la cabeza y allí estaba ella, su hermana desaparecida, que había llegado con el grupo de secuestrados. Se abrazaron no les llegaban las lágrimas para celebrar la inmensa emoción. Se tenían muchas cosas que contar, y ponerse en marcha para encontrar a su madre y a sus tres hermanas. Solicitaron información de los diferentes campamentos y les dieron el nombre de sus hermanas y su madre para que lo divulgaran. Pasaron los días sin respuesta. Había muchas familias desaparecidas. Pero les llegaron noticias del campamento de Alepo con una descripción de una madre y tres hijas que, no les quedaba la más mínima duda, eran ellas. Houda nunca había perdido la esperanza.

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Dulce miel

Borja Rodríguez Cuando llegó a mis oídos por primera vez esta historia, sentí que el absurdo de lo imposible se abría camino y me los tapaba en un pitido constante. Me llegaron a decir que el pobre hombre allí esposado había matado a una mujer con un aguijón de abeja. Lo cierto es que lo que en realidad ocurrió no es mucho menos increíble. Todo transcurrió en tres días y llegó a tal grado de relevancia que fue considerado un tema que debía tratarse a nivel político, lo cual no es que lo hiciera más importante… pero no nos adelantemos. Eduardo, así se llama nuestro protagonista, se había levantado pronto porque aquel día empezaba a trabajar en un laboratorio cosmético. Le gustaba dar un pequeño rodeo por un parque cerca del puerto, infestado de pájaros que esperaban a la noche, que era cuando tiraban a los contenedores los restos de pescado sobrantes del mercado. El ruido ensordecedor de aquel graznar constante ocultaba el zumbido enfermizo de la ciudad. Y es por eso por lo que apenas oyó el grito de la mujer que iba detrás de él agitando los brazos y tratando de golpear a una abeja. Ésta interpretó el gesto como un ataque. Si la mujer la hubiera visto a tiempo, se habría alejado andando hacia atrás y todo hubiera quedado en tropezón, caída y golpe en la cabeza, tal vez hubiera derivado en pérdida de conocimiento y años más adelante en alguna enfermedad, asociada al hematoma interno que no detectaron. Es probable que esta señora desconociera que tenía alergia a las abejas y por eso se sorprendiera al despertar en el suelo. Notó cada vez más cerrada la garganta, notando las manos de Eduardo alrededor de su cuello hinchado como una morcilla de pueblo, que en ese momento estaba revisándole la picadura. Con los ojos muy abiertos trataba de coger todo el aire de un espacio que parecía no tenerlo. Aquello sonaba a hinchador de colchoneta y Eduardo sonreía al pensar en todas aquellas tardes de camping y lagos en la infancia. — Hijo, hinchar una colchoneta es como enfrentarse a la vida: si no eres constante, nunca acabarás de inflarla. Esto lo decía su padre, en calzoncillos, siempre con una cerveza y un cigarro, de pie en la puerta de la autocaravana. Nunca entendió si lo de constante y la vida tenían relación con el alcohol y el tabaco. Cuando la señora empezó a convulsionar, Eduardo dio un salto hacia atrás, con la mano en el pecho mirando con repugnancia la espuma amarilla que salía por la boca. Lo único que pudo hacer fue lanzar un grito seco, ahogado y es que, aunque no fuera evidente, Eduardo era mudo. Un señor que decía haberlo visto todo, agarró del brazo a una pareja de municipales que andaban por ahí con ese balanceo provocado por tener los brazos en jarra y señaló hacia donde estaban aquel agresor y su víctima. Como en toda pareja, el compañero sobrado de empatía se acercó corriendo a atender a la mujer y llamar a una ambulancia y el agente falto de humildad agarró del pescuezo a Eduardo, lo esposó de una mano a la cadena que estrechaba de cintura al árbol más cercano y lo empujó hasta golpearlo contra el tronco. Eduardo gruñó, pero el agente sonrió poniendo el dedo índice en sus labios. — Será mejor que no digas nada. Como esta mujer muera, nadie podrá salvarte. Mejor callado que cagado, decía mi abuelo. Fue entonces cuando ambos escucharon el zumbido que salía de una caja blanca de dos palmos de ancha y tres de alta. Pistola en mano y apuntando hacia ella, el agente de la ley fue yendo hacia atrás y tomó 20


la brava decisión de acordonar la zona y dejar este trabajo para los bomberos. También había abejas que se acercaban a la caja y subían hasta la altura de Eduardo mirándolo fijamente, tratando de reconocerse como amigas. Él empezó a imitar aquel ruido subiendo y bajando el volumen hasta que la abeja se daba por satisfecha y volvía a buscar un sitio por donde entrar en la caja. Pero cada vez que ocurría aquello, una sensación de miedo y agarrotamiento en las piernas impedía a Eduardo intentar huir lo cual, sin unas llaves para las esposas, un serrucho para el árbol o algo con lo que hacer palanca y cascar la cadena, no llevaría a ningún lado. Mientras la ambulancia se llevaba a la mujer de ahí medio muerta, medio viva y los municipales salían de ahí huyendo de la que se había montado, la noticia se movía. La panadera recibió un Whatsapp de sus amigas que decía así: Atención. Loco se ha esposado a un árbol amenazando con abrir la caja que tiene a sus pies y que está llena de abejas asesinas. En el video se le puede ver dándoles instrucciones precisas con las manos para que estén preparadas para atacar. Al leerlo decidió que sería buena idea enviárselo a aquel pirado del trabajo, el defensor de las causas perdidas. Siempre le oía en el pasillo diciendo: — Odio a la gente que piensa que es más que mi perro. O que mi cacatúa, como que no tengo mejores conversaciones con ella. Y, aun así, se dignan a comer carne. Y para evitar que su cara se encendiera más por el fuego de los indefensos, erguía su cuerpo, alzaba la cabeza y cogía aire profundamente con los ojos cerrados. Cuando vio en la pantalla de su móvil aquel notición, cambió el mensaje por: ¡Importante! Defensor de las abejas, lleva toda una vida estudiando su comportamiento. La gente que se ve en el video es simpatizante de su causa y piden ayuda. Evita que la policía actúe. El ayudante de segundo teniente de alcalde se removió en el asiento trasero del coche, mientras el chofer subía el volumen de la radio. — Buenas tardes, Francisco. — Buenas tardes, Julián. — ¿Podrías contarnos qué está ocurriendo ahora mismo en Bilbao? — Bueno, pues resulta que hay un hombre esposado a un árbol y parece estar en huelga de hambre. Hace unas horas que empezó a frotarse la tripa y hace como si se llevara cosas a la boca. — Pero, cuéntanos, ¿qué se supone que hace ahí? — Algunos dicen que está junto a una caja llena de abejas y que ha amenazado con abrir la tapa si no le devuelven lo que es suyo. También está quien dice que estar ahí apoyándole en esta lucha, en la de la defensa a las abejas. Pero claro, si este hombre no quiere hablar… — Pero, dinos, ¿nos estás diciendo que está protestando por algo sin decir una sola palabra? — Pues por lo que hemos visto y nos han confirmado, nadie le ha oído hablar. Así que sí, eso parece. — Bueno, pues muchas gracias y espero que se resuelva pronto esto. Gracias, Francisco. — Buenas noches, Julián. 21


— Cerramos la conexión con… Cuando Eduardo, agotado de estar tanto tiempo de pie, hacía ademán de sentarse encima de la caja, se oía un aullido asustado primero y un Ah largo y aliviado después, al ver que aquello no explotaba. Eso describía con precisión lo dramática que puede hacerse una situación. Apoyaba el cuerpo sobre el tronco, con el brazo colgando cansado de esperar. Alguien le tiró desde lo lejos una manta y él lo agradeció, poniéndosela por encima torpemente. Cuando despertó en mitad de la noche, los pájaros dormían y ahora lo único que se oía eran las guitarras y cantos hippies rodeados de velas que se agitaban en la oscuridad del parque. Confundido, porque no entendía qué es lo que hacían ahí, se incorporó y notó que la música paraba y que ahora le observaban todos a él. De pie, esperando que hiciera algo que les ayudara a creer. Alguien debía de haberse colado porque al despertar, tenía comida y bebida de sobra. Era como si no se atrevieran a acercarse a él. Desde su posición, todo aquello adquiría una forma muy curiosa. Hasta ahora, pasaban por ahí tres tipos de personas: aquellas que estaban ahí esperando algo, las que no esperaban nada, pero no tenían nada que hacer y las que lo único que se puede esperar de ellas es algo malo. Estos últimos cada vez fueron más frecuentes y, de vez en cuando, alzaban la voz con un ¡Animalista pirado! ¡Con lo buena que está la miel de Brezo! o tiraban alguna piedrita o un trozo de pan, así, escondiendo rápidamente la mano y mirando a los lados por si le habían pillado. Entonces, los no tan pacíficos se sentían molestos y empujaban a ese capullo hasta echarlo. Pero no puedes esperar mucho de la condición humana, pensaba Eduardo, vengas de la familia que vengas. Cuando la tarde del segundo día empezaba a ponerse, una manada de idiotas con bates y encapuchados se acercaba haciéndose notar. Alguien avisó a la policía que llegó demasiado pronto, como si estuvieran preparados. Intervino a su manera: dejando el diálogo en casa, cogiendo las porras eléctricas de la comisaria y arreando ostias a todo el que anduviera cerca. A los violentos por violentos y a los pacifistas por anárquicos. Se puede decir que nadie ganó en esta batalla. Que tanto ciudadanos como agentes de la ley acabaron retirándose dejando a Eduardo solo, como el que grita en la selva asustando a todos los animales salvajes y dejándola en silencio durante unos segundos. De hecho, el interior de la caja también se había quedado en silencio y acercando un oído a la tapa deliberó si levantarla. Sólo oía el latido de su corazón. Por si acaso, le dio un pequeño golpe en una esquina, pero no sirvió de nada. Miró hacia el otro lado de la cinta y, cuando parecía que nadie estaba mirando, arreó tal ostia que el zumbido arrancó de nuevo. Las cinco o seis abejas que andaban por ahí cerca se elevaron de nuevo a la altura de su cara. Su movimiento recordaba a esos drones de tecnología alienígena que escaneaba la cara del ciudadano sospechoso. Pero se relajaron cuando Eduardo junto las palmas de las manos pidiendo perdón. — No le molesto si cojo mi candado, ¿verdad? Eran las tres de la tarde del tercer día y Eduardo comía unos tallarines fritos que le había comprado aquel tipo tan majo. Le hizo un movimiento con la mano indicando que no le importaba lo más mínimo y para cuando se dio cuenta, su mano caía gracias a la gravedad y volvía a caer, esta vez apuntando al suelo. Estaba libre. Solo y libre. Y nadie se había dado cuenta.

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Hurgando en la herida

Francisco Javier González

Tenía cortes muy profundos en ambos brazos; pero no eran recientes. Sus piernas colgaban del borde de la camilla. Observaba intrigado el aséptico mobiliario de la sala de curas. Cuando la enfermera se sentó sobre el taburete colocado frente a él y comenzó a desplegar sobre la camilla su instrumental, el niño juntó todo lo que pudo sus piernas. — No te asustes, el bisturí es sólo para limpiarte mejor las heridas — ¿Dónde está mi padre? — Tranquiiiilo, está fuera, rellenando el informe con el médico. Y ahora procura no mover el… Oye, vaya brazo más fuerte tienes… ¿Hacéis mucha gimnasia en el cole? — Sólo los viernes por la tarde — Muy bien. Ves como no duele; sigue sin moverte y acabaremos enseguida. Bueno, cuéntame, cómo se llama tu novia. Qué, por qué te ríes; ah, que tienes novio. — Nooo… Novio no… ¡Puaj, qué asco! — Bueeeno, veeenga, ¿cómo se llama tu nooovia? — No, no tengo novia. — Pero te gustará alguna chica, ¿no? Aaah, te has puesto rooojo… Venga, ¿cómo se llama? El niño relajó la tensión de sus piernas, aunque las mantenía juntas. — Alicia. — ¿Es de tu clase? — Sí. — Uuuy, esa caritaaaa… No me digas más, ya tiene novio — Nooo. — ¿Pues a qué esperas? El niño resopló ruborizado y cruzó un tobillo detrás del otro. — ¿Por qué no le invitas a dar una vuelta en bici? Si este fin de semana hubiera ido contigo seguro que no te habrías caído. — No podía, estaba castigado sin salir de casa. — ¿Y cómo te caíste con la bici si estabas castigado? — Porque cuando él viene, mamá deja que me vaya. 23


— Ah, cuando llega papá, mamá te levanta el castigo. — No, mamá nunca me levanta el castigo cuando está papá. — ¿Entonces quién llega a casa cuando te dejan irte con la bici? — Calcetines… — A ver, éste ya está, luego echamos un poquito de agua oxigenada y Betadine; déjame el otro brazo. Entonces, cuando llega… ¿Calcetines? Eso será un mote, ¿no? — ¿Qué es un mote? — Un mote es cuando a alguien no le llaman por su nombre… Es… es cuando a alguien que es bizco le llaman bizcocho… O cuando a alguien que tiene muchos pelos en las pantorrillas le llaman calcetines… — Nooo, Calcetines es su nombre de verdad; es un gato — Aaaah… Es un gato. Pues fíjate que desde el principio no nos habíamos creído que estas heridas te las hubieras hecho cayéndote con la bici… Pero tampoco pensábamos que te las hubiera hecho un gato… Sin descruzar sus tobillos, el niño, inquieto, comenzó a frotar sus piernas entre sí. — Porque te las ha hecho Calcetines, ¿verdad? Las piernas contagiaron su inquieto movimiento a los brazos y la enfermera tuvo que apartar el bisturí. — Espeeera, espeeera, no te muevas. Cuando el niño apaciguó sus brazos, la enfermera volvió a rascar las costras infectadas llevando a cabo su tarea en silencio. No volvió a hablar hasta que el niño calmó también sus piernas. — Yo también tengo una gata; la señora Polaroiska. — A mí no me gustan los gatos. — ¿Por eso mamá deja que te vayas cuando llega Calcetines? — Sí, pero a veces no me quiero ir y mamá y Rodri se enfadan; nunca quieren que les ayude a buscar a Calcetines. — ¿El tío Rodri también se enfada? — No es mi tío, es el dueño de Calcetines; y siempre que se le escapa viene a nuestra casa a buscarlo. La enfermera dejó de hurgar con el bisturí. — Bueno, esto ya está listo. Ahora viene lo peor; el agua oxigenada y el Betadine. Esto te va a escocer. Más que como una advertencia, el niño lo asimiló como una promesa. Liberó sus tobillos cruzados y extendió ilusionado sus brazos hacia la enfermera. Su mirada incontinente estaba clavada en el bote de agua oxigenada. Cuando los alfileres líquidos comenzaron a burbujear espuma blanca sobre sus heridas, el niño entrecerró los ojos, separó sus piernas, y la contraída mueca de sus labios se fue transformando en una contenida sonrisa. Sus ojos suplicaban a la enfermera que continuara clavando alfileres líquidos sobre sus heridas. — Escuece ¿verdad? —carraspeó la enfermera para desaflautar su voz –ahora cuando se seque un poco echamos Betadine y ya hemos terminado. 24


A la enfermera le incomodaba la mirada del niño; él comenzó a columpiar sus piernas en el borde de la camilla. — ¿A ti no te araña la señora Polaroiska? — No, porque cuando era pequeñita el veterinario le quitó las uñas. La mirada del niño destilaba decepción. — Y… ¿a ti Calcetines te suele arañar? — ¿Si te digo un secreto se lo dirás a papá? — Claro que no; si es un secreto no se lo puedo decir a nadie. La enfermera comenzó a sentir un hormigueo en sus piernas, y para evitarlo se levantó de la silla con la excusa de aplicar el Betadine. El niño adaptó su voz al modo confesionario. — El otro día mamá y Rodri no querían que les ayudara a buscar a Calcetines, pero lo encontré en la tapia de le iglesia. Dejé la bici y fui corriendo con él en brazos para dárselo a Rodri. Cuando entré en casa oí a mamá gritando bajito; me asusté… no me di cuenta que estaba apretando el cuello de Calcetines… Él quería escaparse, pero apreté más fuerte. La enfermera, con gesto congelado, tenía el bote de Betadine inclinado sobre el brazo derecho del niño; pero no caía ni gota porque no había quitado el tapón. — Debí hacerle mucho daño. Calcetines nunca antes me había arañado hiciese lo que le hiciese. Apreté su cuello al ritmo de los gritos de mamá para que siguiera arañándome, pero al final dejó de hacerlo… no se movía. Me asusté, salí corriendo con él en brazos y lo tiré al zarzal que hay detrás de casa. Volví a entrar llorando y dije que me había caído con la bici. Por fin, ella destapó el bote de Betadine. El resto de la cura transcurrió en silencio, aderezado con sonrisas forzadas de la enfermera. El niño esperó obediente dentro de la sala de curas; ella acudió al despacho donde le esperaban el médico y el padre del niño. Delante de la puerta, antes de entrar, se recompuso la bata, inspiró profundamente y soltó el aire de golpe. Cuando abrió la puerta, el médico y el padre detuvieron su conversación para observarla expectantes. — En teoría no debería decirles lo que me ha dicho porque es secreto –con sonrisa forzada se dirigió al padre– así que por favor no le recrimine nada. Las heridas se las ha hecho un gato El padre resopló aliviado y trasladó su mirada de la enfermera al médico. — Se lo dije, su madre es incapaz de hacerle daño al niño. — Era de esperar –contestó el médico– pero es un protocolo que tenemos que cumplir. El padre se despidió del médico y salió del despacho acompañado por la enfermera. Antes de llegar a la sala de curas el padre le pidió a la enfermera que se detuviera. — Cuando ha entrado en el despacho y he visto su cara, me esperaba lo peor. Y aunque no dudo que sea cierto lo que usted ha dicho, me da la sensación de que hay algo que no nos ha contado. La enfermera sonrío y negó con la cabeza restando importancia a la situación, pero el padre seguía mirándola sin intención de seguir caminando. Entonces la enfermera suspiró resignada. 25


— Su hijo me ha hablado de un hombre… ¿Conoce usted a Rodri? — Sí, claro; es el padre de Alicia, una compañera de clase de mi hijo. — Creo que debería usted hablar con él. — ¿Qué tiene que ver él con esto? — Calcetines, su gato, fue quien arañó a su hijo. — Bueno… estas cosas pasan… él no tiene culpa de que… además seguro que el pobre gato sólo se estaba defendiendo del acoso de mi hijo. — Sólo dígale que no busque más a su gato.

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Evolución

Itxaso García Jarabo

Me desperté sobresaltado. Con las manos oprimía mi pecho tan fuerte que me estaba arañando la piel y faltaban varios botones del pijama. Solo había sido una pesadilla, pero tardé varios segundos en darme cuenta. Conseguí tranquilizarme, aunque no era capaz de cesar el jadeo nervioso. El reloj que tenía colgado en la pared frente a mi cama marcaba las tres y cuarto de la madrugada. Aquella situación no era nueva, me venía ocurriendo lo mismo desde hacía varias noches y cada vez me costaba más alejar las malas sensaciones y volver a la realidad. Sin embargo, esa vez fue diferente, había demasiada claridad en mi camarote, impropia para la hora que era. Miré de manera instintiva a través del ojo de buey sobre mi cama y lo que vi hizo que perdiera interés en intentar dormir de nuevo. El cielo tenía un inusual tono anaranjado, de atardecer. Quería verlo sin que un cristal se interpusiese entre mis ojos y lo que acaecía fuera, así que me vestí con la ropa del día anterior y salí a cubierta con unos prismáticos colgados del cuello. Llevaba tiempo navegando, aunque no sabría decir hacia dónde me dirigía ni por qué estaba allí, en ese punto en concreto. No era capaz de explicarlo. Me sorprendió que las olas, que durante días habían azotado la embarcación sin piedad, hubieran desaparecido y un infinito espejo de agua que era el inmenso mar, se presentara ante mí tan calmado como un lago en una cálida tarde de verano. Vi a lo lejos la silueta de un hombre a bordo de una pequeña barcaza, un contorno muy negro. Se acercaba rápido, lo notaba, sentía su sentir, ¿era posible? Supe en ese instante que acabaría subido a bordo. Él estaba de espaldas, no se giró en ningún momento, pero remaba directo hacia mí, como si hubiera un cabo invisible entre las dos embarcaciones. Aquel navegante se acercaba trazando una línea recta tan precisa que no me despertó ninguna duda de que yo fuera su objetivo. Yo, que estaba tan solo en medio de la nada sin poder explicar por qué; yo, que había salido a navegar sin compañía y sin razón aparente. Me arrepentí por ello, pero tampoco hui. Cuando el hombre estaba junto al casco, arrojé la escalinata y subió, sin esfuerzo. Podría haberme negado, sin embargo, sabía que era inútil resistirse. Subiría de todos modos. Iba descalzo, con un pantalón de color indeterminado, una mezcla entre beige, gris, puede que blanco…, un color que no sabría nombrar. Lo mismo que su blusa que llevaba completamente abotonada. Su cara era inexpresiva, de las que se olvidan al instante. Cuando aparté la mirada un momento para amarrar su barcaza a mi barco, ya había olvidado su apariencia. Le miré de nuevo, pensando que comenzaría a hablar, a explicarme por qué estaba allí. Sin embargo, intuí que él esperaba lo mismo de mí así que le pregunté, ¿quién eres? Y me contestó: soy el que te mantiene vivo, a ti y a todos. Su respuesta me dejó frío, sentí miedo. No hablamos más durante un rato, tan solo observamos el horizonte desde la popa. Al mismo tiempo, miles de conversaciones tenían lugar dentro de mi cabeza, miles de preguntas sin respuesta y millones de estrategias posibles para intentar huir de allí. No obstante, ambos permanecimos quietos. No se oía nada, podría jurar que nunca había escuchado un silencio tan espeso como aquel, que atravesaba mis oídos con mayor virulencia que el sonido más estridente imaginable. Parecía que el mundo se hubiese detenido, era antinatural en el escenario en que nos encontrábamos, pues cabría esperar que cualquier especie marina hubiese aparecido chapoteando ante nosotros, pero nada, todo estaba calmado. Su voz irrumpió en medio de aquella naturaleza muerta y por primera vez, agradecí que tomara la palabra. Vamos dentro, me dijo, tenemos que hablar. A pesar de que era mi barco, el hombre avanzó en primer lugar y cruzó la puerta que daba acceso a las estancias interiores: una pequeña cocina y mi camarote. Tomó asiento en el viejo escaño situado junto a los fogones. A pesar de no ser necesario por la inusual claridad del cielo, el espacio estaba iluminado por una lámpara de latón colgada del techo que siempre mantenía encendida y que proyectaba algunas sombras sobre aquel desconocido que daban un aspecto siniestro a su rostro. Miró al 27


frente y aunque no hizo gesto alguno, me hizo saber que quería que me sentase frente a él. Cuando lo hice, no esperó ni un segundo a que yo tuviera la opción de hablar. Se desabrochó la camisa y lo que vi me dejó estático. No tenía corazón, solo había una cavidad negra y profunda en su pecho. Tuve la sensación de que aquella oquedad desahuciada iba a absorberme a su interior y me llevaría directo al infierno. En ese momento deseé que todo aquello fuera una pesadilla, pero mis ojos estaban más abiertos que nunca, secos por el terror que los envolvía, aunque totalmente despiertos. Alcé la vista hasta encontrarme con los suyos. Me miró muy serio y me dijo: he venido a por tu corazón, te lo sacaré y rellenaré mi hueco tras siglos de espera. Después te montarás en la barcaza y vagarás como he hecho yo. Solo así mantendremos la supervivencia de la humanidad, ¿quieres que te cuente mi historia y la tuya? Mi boca quería gritar; mis piernas, huir; y mi cerebro quería despertar de aquel sinsentido, pero a pesar de la frenética actividad en mi interior, a pesar de los mecanismos que mi cuerpo intentaba poner en marcha para escapar de aquel escenario irracional, lo único que acerté a responder fue: Adelante. En un tono monótono comenzó su relato, sin pausas, como una lección bien aprendida que se recita de memoria, sin sentirlo: Nuestro primer semejante no fue creado, los propios Dioses fueron testigos de cómo surgió de un corazón que brotó de las estrellas. Después nacieron muchos hombres de la misma manera, hombres con el alma pura y un corazón en su pecho que les hacía fuertes para aceptar la muerte como parte de su existencia. La vida se fue desarrollando así hasta que un individuo pensó que si tuviera dos corazones sería más fuerte y poderoso y podría huir del inevitable ocaso. Por eso abrió el pecho a su hermano, le arrancó el músculo y se lo comió. Esto se repitió por todo el mundo porque cada corazón otorgaba mayor poder a quien lo poseyera. Pronto la humanidad quedó dividida: por una parte, hombres sin corazón, débiles y anhelosos de conseguir otro, pero sin fuerzas para lograrlo. En el lado contrario, miles de hombres fuertes por haber robado los corazones a sus semejantes, luchaban de manera encarnizada para conseguir más y más corazones con la firme esperanza de alcanzar la inmortalidad. La situación se volvió insostenible y como castigo por haberse corrompido, la especie fue destruida por los Dioses, pues solo ellos debían poseer el don de la invencibilidad. Aunque no terminaron con todos los hombres, pues al primero al que le fue arrebatado el corazón, se le concedió el indulto. Guardaban una ardua misión para él que garantizaría la persistencia de la nueva especie que los Dioses iban a crear, semejante a la recién extinguida pero distinta. Sería el único hombre que recordaría lo sucedido, llevando la dura carga de la historia sobre sus espaldas. Su sola presencia haría que persistiese en el subconsciente de los individuos, muy enterrada, la certeza de que cada corazón solo pertenece a uno mismo y es lo que nos mantiene calientes y vivos. Y que tanto si te es robado como si lo arrebatas a un semejante, pierdes la condición de humano y por tanto no mereces permanecer en el mundo. Debería vagar en busca de un corazón puro, incapaz de corromperse, que lo liberara de su misión pero que le tomara el relevo para preservar el recuerdo, pues quien no conoce su historia está condenado a repetir sus errores, los que llevaron a la destrucción de los primeros hombres. Solo así los Dioses permitirían que la especie subsistiera. Así he llegado a ti, concluyó, fui elegido por otro y ahora eres mi elegido. Pasarás años, puede que siglos, preguntándote por qué tú. No tengo una respuesta, al igual que yo no la tuve en su día. Algo me ha arrastrado aquí, tu corazón me llamó. Llevo buscando durante siglos y ahora él me ha encontrado y me ha traído hasta este lugar, ¿acaso recuerdas por qué viniste a este punto en concreto del inmenso mar? Seguro que no, simplemente te dejaste llevar. Tu corazón me buscaba, su pureza ya no te pertenece solo a ti sino a toda la humanidad. Es hora de que me des el relevo y pueda morir por fin. Mi momento ha expirado. Cuando estés listo, te arrancaré tu corazón. Llevé mis manos hacia mi pecho de manera instintiva, intentando protegerlo ante aquella barbarie que me planteaba ese ser que se mantenía vivo a pesar de no tener corazón. No conseguía asimilar lo que acababa de contarme. Me puse en pie a duras penas, tropezando con las patas de la mesa y prácticamente arrastrándome, 28


corrí hacia mi camarote mientras repetía gritando: no, no, no. Puse el pestillo, con gran esfuerzo por el temblor de mis dedos. En realidad, no vi ninguna reacción en aquel hombre ante mi huida, quizá porque ambos sabíamos que no podía escapar a ningún sitio, estaba a su merced. Él no tenía nada que perder y yo todo, lo más valioso: mi corazón y con él, mi propia vida. O quizá él esperaba que aceptase mi destino, pero ¿quién en su sano juicio quedaría impasible ante ese destino horrible por la única razón de poseer un corazón puro? De repente lo vi todo claro, mi subconsciente hacía tiempo que intentaba darme pistas, prepararme para mi misión. Por primera vez recordé de manera extrañamente nítida, la pesadilla que me despertaba cada noche desde hacía mucho tiempo, pero ahora me parecía más bien un recuerdo: en el desierto veía una criatura desnuda, bestial, que, acuclillada en el suelo, tenía su corazón entre las manos y comía de él. Me acerqué y le pregunté: ¿es bueno, amigo? Y él contestó: Es amargo…, amargo, pero me gusta porque es amargo y porque es mi corazón1. El recuerdo de ese sueño me serenó, y tuve claro qué debía hacer, aunque distaba mucho de lo que aquel hombre esperaba de mí. Él había dicho claramente que nadie puede dejar que le roben su corazón, ¿acaso no es eso lo que él intentaba hacer con el mío? Despojándome así de mi condición de humano, despersonalizándome sin remedio. Por otra parte, no podía obviar que tomarle el relevo era mi misión, para así garantizar la supervivencia de la humanidad. Así que hallé la manera de cumplirla sin perderlo todo a cambio: saqué un cuchillo que guardaba debajo de mi almohada siempre que salía a navegar solo, me abrí el pecho, arranqué mi corazón, lo dejé palpitar en mi puño y me lo comí. Después salí de mi camarote. El hombre permanecía sentado, mirando al frente, como esperando a que me sosegara y pudiésemos continuar con el ritual. Ni siquiera se esforzó en venir tras de mí para intentar calmarme, simplemente esperó. Me senté frente a él y esta vez fui yo quien se abrió la camisa sin darle oportunidad a decir nada antes. Mi ahora semejante se puso en pie como un resorte, por primera vez vi alguna emoción en su cara, de desesperación, de incredulidad, de derrota. Como si su rostro mostrara ahora en un segundo todos los sentimientos que había ocultado el resto de la noche. Cayó de rodillas y chilló tapándose la cara con las manos. Le había arrebatado lo que más ansiaba: la muerte, el descanso después de siglos llevando una dura carga. Al cabo de unos minutos volvió a ser el que era: inexpresivo y tranquilo. Esta vez fui yo quien tomó el paso en primer lugar, salimos a cubierta, él me seguía sin decir nada. Montamos en la barcaza y nos alejamos de allí. Y la noche se cerró y la vida siguió.

1 Poema titulado In the Desert, escrito por Stephen Crane y publicado en 1895 como parte de su colección The Black Riders an Other Lines.

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Mrs. Prescott y los albaricoques

Eva Rivas

Las anécdotas patéticas, con el tiempo, pueden llegar a convertirse en historias con las que sentirse halagado. Este es el caso del recuerdo que me dispongo a compartir con vosotros, así que, permitidme que me regodee en los detalles. Era de madrugada cuando por fin envié la crítica de ese día a la revista musical con la que colaboraba. Decidí recompensarme con un buen gin—tonic. Saqué una copa de balón del congelador, puse cuatro hielos y un trocito de regaliz natural quebrando el tallo para que desprendiera toda su fragancia, lo tuve un rato en infusión con una ginebra irlandesa que me habían regalado. Añadí dos bayas de enebro que aplasté entre los dedos y por último una tónica Nordic Blue que tiñó de azul todo el fragante líquido. Lo mezclé ligeramente con una cuchara imperial y como toque final, un twist de corteza de lima para aromatizar. Con la copa empañada en una mano, me senté con el último número de Interviú sobre mis rodillas. De fondo John Coltrane al saxo interpretaba Blue train y yo estaba a punto de alcanzar el nirvana cuando aporrearon la puerta con insistencia. Mi amigo Roberto irrumpió en mi salón a grandes zancadas en calzoncillos y camisa. Adiós nirvana. Roberto estaba casado con una mujer cuya fortuna despertaba en él los más profundos sentimientos amorosos. Pecaba de exceso de confianza en sí mismo, convirtiendo sus escarceos extramaritales en juegos arriesgados. Para mi desgracia, su última conquista vivía en mi vecindario. La había conocido un día que vino a comer a mi casa y desde entonces se presentaba sin previo aviso a cualquier hora del día o de la noche. Me contó que aquella noche el marido de su amante casi les pilla in fraganti al haberse cancelado su vuelo y que en la precipitación de la huida solo consiguió rescatar el gayumbo y la camisa antes de escapar por el jardín trasero. Por suerte para él, el barrio donde vivo es una zona residencial tranquila de chalets adosados, con tupidos setos que preservan celosamente la privacidad de sus moradores. Lástima que no se topara con ningún trasnochado paseando al perro. De las pertenencias abandonadas dos cosas le preocupaban por encima de las demás: la cartera con toda su documentación, pero sobre todo su alianza, cuyo extravío sería el desencadenante de otra batalla campal con su mujer. Se trataba de una pieza gemela a la de su esposa hechas exclusivamente para ellos, con intrincadas filigranas de inspiración celta, regalo de un familiar joyero. Nos encontrábamos mi amigo y yo en mi salón a altas horas de la madrugada con sendas ginebras en la mano cuando el caradura me soltó: — Tienes que ir tú a recuperar mis cosas. Tienes que hacerlo por mí. Eres mi padrino de boda. Yo creo que esto debe formar parte de tus competencias. –rio tratando de disfrazar de chanza lo que para él era un auténtico problema. — Claro hombre y también comprarte los condones ¿no? ¿Seguro que te compensa arriesgarte así? con todas las bellezas solteras que hay por ahí esperando a que les destroces la vida… — Dices eso porque no la conoces, amigo mío. ¡Qué mujer! Y no lo digo solo porque esté un rato buena, que lo está, es que además es divertida, desinhibida, qué saber estar… –tan bien se aplicó mi amigo en la descripción de los encantos de semejante femme fatale que despertó en mi un verdadero interés por conocerla. Le dejé sufrir un rato entre libaciones de ginebra y cigarros, pero finalmente accedí. 30


— Menos mal que todavía quedan tíos como tú. ¡Qué haría sin ti, Goenaga! Creí haber encontrado la mujer de mi vida, pero me he dado cuenta de que es demasiado para mí –confesó dejando caer los hombros y desviando la mirada, incómodo. Él siempre se había valido de su físico, con ese tupé a lo Jon Kortajarena, su altura y esa sonrisa perfecta de ortodoncia. Era de ese tipo odioso de personas que se conserva en forma sin esfuerzo gracias a una genética agraciada que le permite pasar por un veinteañero cuando ya hace tiempo que entró en la treintena. Sin embargo, no es ninguna lumbrera. Nunca piensa en las consecuencias de sus actos hasta que ya suele ser demasiado tarde. Roberto durmió esa noche en mi casa y a la mañana siguiente, antes de ir a trabajar, fui en busca de sus cosas, cavilando una historia por si me topaba con el marido de la susodicha. — Buenos días, señora. Vengo a entregarle la invitación para el estreno de la ópera Manon esta noche en el Euskalduna. Tendría algo más de treinta años. Sin maquillaje, de rasgos armoniosos, con el pelo castaño claro recogido en un improvisado moño flojo y con una bata de seda verde con estampado de garzas. Tenía un aspecto fresco, vital y transmitía tal seguridad en sí misma que inmediatamente me cautivó. — ¿Ahora se dedican a entregar las invitaciones en mano, puerta por puerta? Una sonrisa burlona se dibujó en su cara. Dio un bocado al albaricoque maduro que llevaba en la mano. Unas gotas de jugo resbalaron por la comisura de su boca. — Pues no es lo habitual –dije tratando de mantener la coherencia de mi discurso– pero es que ha habido un lamentable error con las direcciones. Gracias a que mi amigo Ro-ber-to se dio cuenta del error. Pronuncié su nombre despacio, remarcando las sílabas como un tarado y a continuación lancé una mirada cargada de intención señalando con la cabeza hacia el interior del chalet que se aventuraba tras la puerta entornada. Ella atravesó el umbral de la vivienda quedándose a un paso de mí. Se había terminado el albaricoque y lanzó el güito al césped. — ¿Quién es usted? –me preguntó mientras se lamía uno por uno los dedos húmedos por el zumo de la fruta. — El becario de Roberto –logré decir. Por cierto, me ha dicho que ayer se dejó olvidada en su oficina cierta documentación y alguna otra cosa que puedo aprovechar para llevarle si me lo entrega ahora. Se carcajeó echando la cabeza hacia atrás. Ese fugaz instante dejó a la vista un cuello largo, aterciopelado que se me insinuaba, que me instaba a dejarme llevar, despertando en mi un ansia vampírica que desconocía hasta entonces. — No tiene usted pinta de becario –dijo al fin devolviéndome a la realidad. — ¿Hay algún problema, darling? –se escuchó procedente del interior de la casa. — No, ninguno –contestó alzando la voz mientras entraba de nuevo en la vivienda. — Entre, no se quede ahí fuera –y me quitó la cartulina que llevaba en las manos. En realidad, la invitación me la había enviado la revista musical con la que colaboraba para que escribiera la crítica del estreno operístico de esa noche. 31


Desapareció de mi vista por las escaleras que arrancaban del recibidor hacia la planta superior, dejándome huérfano de aquel aroma a albaricoques que, como el más obediente de los perros de Paulov, evocaría en mí lujuriosos deseos por el resto de mis días. Un par de minutos después descendía con una gran bolsa mostrándome a cada paso, sin recato, la infinitud de unas piernas bien torneadas. — ¿Cómo te llamas? — Goenaga. Jon Goenaga. En la escuela había tantos Jon que nos llamábamos por el apellido y ya casi nadie me llama Jon, salvo mi madre —parloteé. — ¿Quieres tomar un café, Jon Goenaga? –salido de sus labios mi nombre sonaba poderoso. — Gracias, pero ya he desayunado y la verdad es que mi amigo tiene un poco de prisa dije bajando la voz y señalando la bolsa que sujetaba ella con las cosas de Roberto. — Qué lástima. ¿Vas a asistir al estreno esta noche? — Pues claro –noté que mi labia se iba agazapando detrás de mí con cada mirada de aquellos felinos ojos verdes. — Entonces, ¿nos volveremos a ver? –ajena al torbellino de emociones que sus palabras causaron en mí me dio la bolsa con las cosas de Roberto y una tarjeta de visita. Virginia Prescott. Fotógrafa — Prescott ¿Eres británica? — No, es mi apellido de casada. Mi marido es inglés. Si esperas un instante te lo presento. Se giró hacia la planta de arriba –¡Cariño! ¿Tienes un momento? ¿¿Qué?? Aquello me descolocó totalmente. Decidí que para no ponerme más en evidencia lo mejor era marcharme cuanto antes. Me despedí de forma precipitada y me fui. Desde mi coche le llamé a Roberto para decirle que ya tenía sus cosas. Me lo agradeció invitándome a comer en el Palacio Urgoiti en Munguía, donde estaba jugando un partido de golf, pero le recordé que algunos trabajábamos para vivir, así que aplazamos el encuentro hasta la noche. Desde la redacción del periódico hice un par de llamadas y conseguí otra invitación para la ópera, aunque no era contigua a la que se había quedado Virginia. Esa tarde me presenté con antelación en la explanada del Euskalduna perfumado, con mi mejor traje y zapatos de ante. Pasé veinte minutos de corrillo en corrillo, saludando a amigos y conocidos de la prensa. Mientras tanto no había dejado de buscar a Virginia con la mirada. Aceptando que sería una velada únicamente de trabajo, bajé las escaleras mecánicas para ir al bar cuando la vi a través de la cristalera. Estaba sentada sola en la barra. Espectacular. El maquillaje, el vestido rojo, los tacones, la melena suelta cayendo sobre la espalda desnuda, y una copa de vino blanco en la mano. Todo en ella destilaba sofisticación. No pareció sorprendida de verme. Me invitó a una copa y me senté en un taburete junto a ella. — Para ser un becario no vistes mal, Goenaga –comentó divertida arrimando más su taburete al mío de modo que nuestras rodillas se rozaron cuando se sentó. — En realidad soy periodista, pero lo tomaré como un cumplido igualmente. Tú en cambio estás impre32


sionante —se mostró indiferente ante el halago, como la heroína francesa que más tarde veríamos sobre los escenarios. — Esta mañana tenías mucha prisa. No estaba segura de que vendrías. Me alegro mucho –en ese momento estiró el brazo para coger una servilleta de papel y su pecho rozó mi mano. Me atraganté con el txakolí. Ella estaba disfrutando de lo lindo. Apuré el trago y pedí otro. Se imponía tomar las riendas de la situación o acabaría avasallándome como en nuestro primer encuentro. — ¿Conoces a Ainhoa Arteta? Será la soprano que esta noche interpretará a Manon, la protagonista. — Claro, ¿quién no, en este mundillo? — Ayer la entrevisté para una revista musical. Da gusto hablar con ella. No es como esas divas del belle canto. Es muy accesible. — ¿Estuviste con ella en persona? –por primera vez vi sorpresa en sus ojos. — Pues claro, en su hotel. — ¿Y cómo es en las distancias cortas? –parecía muy interesada. A partir de ese momento la atmósfera cambió. Yo me sentía cómodo en mi terreno y ella resultó ser una gran conversadora. Traté de impresionarla con datos sobre la ópera que veríamos y anécdotas divertidas de cantantes con el ego un tanto hinchado hasta que llegó la hora de entrar en el Euskalduna. Nuestras localidades no estaban juntas así que quedamos en vernos en el bar de la segunda planta en el primer descanso. Nunca se me habían hecho tan largos dos actos. Reconozco que pasé más tiempo mirando hacía el patio de butacas buscándola que hacia el escenario. Cuando nos volvimos a juntar en el bar, mientras me comentaba la espectacular escenografía y vestuario decidí ir al grano. — ¿Cómo es que has venido sola? ¿A tu marido no le gusta la ópera? — Él es más de jazz –tenía que admitir que el tipo tenía buen gusto en lo referente a mujeres y música– pero le gusta que yo cultive mis aficiones. En lo esencial sí que coincidimos. Además, como ya te he dicho antes, confiaba en volver a verte. Entrechocó su copa con la mía en un brindis –¡Por una magnífica noche! Cincuenta minutos después, en el segundo descanso, mientras devoraba un par de pinchos, fui concretando mi estrategia. Como ella había ido a Bilbao en taxi, me ofrecí a llevarla a su casa después del concierto. Una vez en el coche, desbordada por el romanticismo de la obra y el trágico desenlace de su protagonista aproveché para invitarla a tomar una copa en mi casa. Noté su reticencia, aunque no era por los motivos que yo imaginaba. — Algo rápido, mujer –paré el coche delante de mi casa que me quedaba de paso hacia la suya. — ¿Y por qué no la tomamos en la mía? –sugirió ella levantando una ceja. Se soltó el cinturón de seguridad y se acercó a mí dejando su boca a escasos dos centímetros de la mía. La calidez de su aliento me encendió como las llamas del mismísimo infierno, y como con aquellas, sabía que acabaría quemándome. Aun así, conduje hasta su casa. — ¿Y tu marido? –frente a su puerta me acordé de Roberto. 33


— ¿Qué pasa con él? — ¿No se presentará de repente, como anoche? En lugar de contestarme se limitó a bajarse del coche y se dirigió hacia la puerta. Después de abrirla me miró con una provocadora sonrisa y entró dejándola abierta. A esas alturas yo ya no tenía suficiente sangre en el cerebro como para razonar con claridad, así que salí del coche y me fui tras el canto de aquella sirena. Cerré la puerta del chalet tras de mí y la vi en el salón que había a mano derecha frente a un mueble bar. — ¿Te encargas tú de las bebidas? Aquí encontrarás de todo. Yo voy a ponerme más cómoda. Cuando estén listas, súbelas –llegué hasta ella y esta vez no dejé pasar la oportunidad. La agarré por la cintura y la besé, despacio, sin exigencias. A la menor resistencia me marcharía de allí. Pero no hubo resistencia. Me devolvió el beso con intensidad, hundiendo sus dedos en mi pelo con ambas manos, y después se marchó escaleras arriba. Preparé un par de gin-tonics sin mucha parafernalia y me limité a seguir la estela de luces encendidas que desembocó en su dormitorio. Olía a albaricoques. Parecía un lienzo de Las amapolas de Monet con toques de rojo dispersos sobre una extensión de moqueta verde hierba: sus zapatos rojos cada uno por un lado, el vestido que había llevado aquella noche encima de una butaca y sobre una mesita un pequeño cuenco repleto de albaricoques maduros. Dejé las copas y me quité la chaqueta. Salió del baño con la misma bata de seda de las garzas que llevaba esa mañana. Dimos sendos tragos a las bebidas y empezó a soltarme los botones nacarados de la camisa, con parsimonia. Me quité los zapatos uno con otro, si molestarme en soltar los cordones. Los pantalones cayeron rápido. Cogió un albaricoque de la mesita y le dio un mordisco, después me lo ofreció, ¿no te encantan? Le dije que sí y para demostrárselo le comí la boca embriagándome con su sabor. Mis dedos deshicieron la lazada de su bata con avidez, con la emoción de quien abre un regalo. Deslicé la prenda por sus hombros y la dejé caer al suelo. La acerqué todo lo que pude a mí y me perdí en aquella mujer que saturaba todos mis sentidos. Tan concentrado estaba que tardé un rato en percibir la presencia en la puerta del dormitorio. Era un hombre mayor que yo, rondaría los cincuenta. De tez clara, llevaba unas gafas de montura redonda verde, el pelo rubio corto en los laterales y el resto engominado hacia atrás. Vestía un pantalón a cuadros en el que resaltaba el color verde, a juego con las gafas. Nos observaba apoyada en el marco de la puerta, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. — Creo que aún no conoces a mi marido. James Prescott, Jon Goenaga –nos presentó Virginia. —No tenemos el gusto o me acordaría. Dijo el recién llegado demasiado calmado dada la situación. Toda la sangre volv ió de golpe a mi cerebro para intentar razonar con rapidez. — ¿Qué está pasando aquí? –le pregunté a Virginia ¿lo teníais todo planeado? — Bueno, lo que ha pasado hasta aquí creo que es evidente. Lo que pase a partir de ahora depende de ti, cariño –me dijo. — Esta mañana te has marchado antes de que pudiéramos conocernos –dijo James con una sonrisa picarona. Mi cabeza iba a cien por hora: Roberto, Virginia, James. Éste último se iba acercando a nosotros hasta tomar asiento en una butaca junto a la mesita de los albaricoques. Virginia me tomó la cabeza entre sus manos para que la mirara solo a ella y luego me susurró al oído. Olvídate de él. No va a moverse de ahí. Y tiró de mí hacia la cama. Horas después, cuando ya estaba en mi casa, apareció de nuevo Roberto. 34


— Solo venía a por mis cosas ¿Y bien? ¿Qué te ha parecido Virginia? –me preguntó expectante. — Como tú dijiste, fuera de lo común –le tendí la bolsa, pero no la solté cuando él la agarró. — También he conocido a su marido –me sostuvo la mirada sin decir nada. Sabía que se moría por saber, pero eso supondría primero confesar. Finalmente solté la bolsa. Rebuscó en el interior hasta encontrar la alianza. Se la puso y al ver que yo no añadía nada más, se marchó con un escueto: «Gracias. Nos vemos». Abrí el portátil y me puse a trabajar. Tenía que enviar la crítica a la revista cuanto antes, pero por más esfuerzos que hiciera por recordar la ópera, mi mente me llevaba una y otra vez a Virginia. A Virginia y a los albaricoques. Dos cosas que a partir de entonces serían siempre sinónimo de deseo.

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Bajo el influjo de la luna Juan Iturbe

— Si te digo que está estropeado, es que está estropeado. Si bien la primera vez el tono de Marisa había sido de guasa, ahora se percibía una amenaza velada. Alba miró al resto de chicas. Todas se habían dado cuenta del cambio y esperaban su reacción. Elisa había salido del servicio hacía un par de minutos y un poco antes, Estibaliz. Pero ahora, a Marisa se le había metido entre ceja y ceja que Alba, la más menuda y de carácter retraído, tenía que salir fuera del refugio para orinar. Viendo sus miradas, Alba supo que no era aceptada como igual. No tenía sentido iniciar una discusión, no con la necesidad física acuciándola, y cedió. Sintió que una oleada de tristeza crecía en su interior. — Bueno, pero no cerréis la puerta, ¿vale? –dijo con un hilillo de voz. Faltaba poco para la medianoche y no le apetecía nada salir a la negrura en pleno monte. Se cambió las deportivas por las botas y se puso el plumífero, la bufanda y la gorra, sintiendo en su nuca la sonrisa burlona de las demás. Marisa mantuvo la puerta abierta para que saliera. — Cierro, que si no, se escapa el calor. Cuando vuelvas, llamas con fuerza –dijo antes de cerrar y echar sonoramente el cerrojo, sin darle tiempo a replicar. Desde dentro le llegaron las risas de las demás. Se tocó la pequeña cicatriz del dorso de la mano derecha, un gesto inconsciente que la tranquilizaba. El aire que expulsaba formaba delgadas nubes de vaho y ya sentía el frío agarrotando su cuerpo. Metió las manos dentro de las mangas y trató de proteger la nariz bajo el cuello del plumífero. La luz de la ventana del refugio iluminaba los alrededores. La luna llena pugnaba por dejar atrás unas pocas nubes y una infinidad de estrellas tachonaban la bóveda celeste. Era tan bello que quedó un momento sobrecogida, hasta que una punzada en la vejiga le recordó que debía darse prisa. El bosque de hayas no estaba lejos y Alba se dirigió hacia él. Un fuerte silbido la sobresaltó. Se giró hacia atrás y vio en la ventana a las chicas, levantando sus vasos, en un brindis burlón. Dieron un trago y cerraron las contraventanas, sumiendo todo el entorno en la oscuridad. «No se atreverán a dejarme fuera con este frío. Venga, deprisa». Sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Con las estrellas tan claras y la luna asomando casi por completo, los árboles se distinguían con nitidez y el paisaje parecía pintado con tonalidades de azul marino. Alba se sintió más segura. Se adentró un poco entre los árboles, tampoco quería que las chicas abrieran la ventana y le sacaran una foto comprometedora o ridícula, ya se reían bastante de ella como para darles más motivos. Encontró un rincón protegido y se alivió. El silencio que transmitía el bosque la sosegó. Tuvo un impulso y se sentó, apoyando la espalda contra un árbol. La tristeza que había sentido en el refugio afloró de nuevo, pero no tan fuerte como había temido. «Quizás sea por el bosque y el monte», pensó. Alba no entendía por qué no conseguía encontrar un grupo de amigas con quienes encajar, que la aceptaran tal y como era, tímida y de pocas palabras, sí, pero también decidida cuando era necesario. Esa misma tarde en el supermercado del pueblo, mientras hacían las compras para el fin de semana, un grupo de energúmenos algo borrachos las habían molestado. Ella había sido la única que les había mirado a la cara y les había respondido con valentía. Las demás solo se atrevieron a hablar cuando estaban ya dentro del coche, a varios kilómetros. Dijeron que, con su actitud, las había puesto en peligro, le echaron la bronca. A partir de entonces, las pullas y los desprecios se habían sucedido sin piedad. Si eso eran amigas, mejor estar sola. En ese momento decidió que ya no quedaría más 36


con ellas. La firmeza con que lo pensó la sorprendió. «Es el bosque», pensó, «el equilibrio que me transmite hace que vea las cosas con claridad». Miró a su alrededor. La hierba era acogedora, los árboles se encontraban en el sitio adecuado, las ramas se entretejían formando una red armoniosa y las hojas, tanto las caídas como las de las ramas, eran agradables. La luz de la luna se filtró y la iluminó. Sintió que la cicatriz de la mano palpitaba con fuerza. La percibió en todos sus detalles, como si fuera un dibujo que le hubieran hecho esa misma mañana. Le vino con fuerza a la memoria cómo se la había hecho, y la asombró, ya que nunca antes había sido capaz de recordarlo. Alba tenía cinco o seis años. Había ido con su familia a pasar el fin de semana a una casa rural, no muy lejos de donde del refugio donde se encontraba ahora. Una noche, después de cenar y aprovechando la luna llena, su madre y ella habían salido a pasear por el bosque. Alba se alejó unos metros y dio con un cachorro, peludo, con los ojos amarillos y el morrito afilado. A Alba le encantó y le ofreció las flores que había recogido. El cachorro lamió su mano y le hizo cosquillas. Sus risas encantaron al animal y se fundieron en un abrazo que dio paso a unos alegres juegos. Estaba disfrutando como nunca con su nuevo amigo, cuando oyó que su madre la llamaba. Tenía que enseñárselo y lo cogió entre sus brazos. El animal se revolvía, queriendo bajar al suelo, pero ella le agarraba con fuerza. De repente, el cachorro le mordió la mano. Alba, asustada, lo soltó. El mordisco no había durado nada, pero había sido suficiente para penetrar en la piel y hacerla sangrar, con esos dientecillos tan agudos. Alba, demasiado asombrada para llorar, vio cómo el cachorro se adentraba en el bosque y, justo antes de que su madre llegara hasta ella, la miró fijamente con sus ojos amarillos una última vez antes de desaparecer. Se acarició la cicatriz. No culpaba al cachorro. Al contrario, durante todos esos años el hecho de tocar la cicatriz la había calmado y consolado. Ahora se daba cuenta de que con él había sentido una corriente de amistad verdadera entre ambos, algo que no había vuelto a sentir nunca de manera tan pura y desinteresada. Después supo que era un lobo y se sintió orgullosa de ser su amiga. Se preguntó qué habría sido de él. Cerró los ojos. Dejó que el espíritu del bosque la llenara por completo. A través de sus párpados, fue visualizando los seres vivos a su alrededor en un caleidoscopio: cada árbol tenía un color propio, al igual que cada animal. Y parecía que todos juntos bailaban la danza de la vida, bajo la atenta mirada blanca de la luna. Durante unos segundos se sintió ella también parte del baile hasta que dos ojos amarillos se materializaron ante ella, desdibujando todo lo demás. La cicatriz se hizo más cálida y su calor fue inundando su cuerpo, hasta extenderse por toda su piel, hasta recorrer todas sus arterias. Su amigo, ya convertido en un animal poderoso, había vuelto con ella y ya no la abandonaría. Sintió que el influjo de la luna hacía que los dos espíritus, el de Alba y el del lobo, se unían, se entremezclaban para dar lugar a una Alba más fuerte y más sabia. Una vez completada la transformación, el lobo se despidió de ella y se desvaneció, junto con todos los demás colores. Alba abrió los ojos y se descubrió debajo de la plenitud de la luna. Ya no tenía frío, pero sintió una punzada de hambre. Descubrió unas moras y se comió unas cuantas. El ruido algo lejano de un todoterreno hizo que girara la cabeza. Se dirigía al refugio y Alba siguió disfrutando de las moras. En el vehículo se apretaban cuatro hombres corpulentos. Bebían por turnos de una botella de vodka y reían con estrépito por cualquier bache que les zarandeara. Sentían la emoción de la caza. Iban en busca de sus presas, aquellas jóvenes con las que se habían encontrado en el supermercado y que, sin duda, les estaban esperando para conocer a unos machos de verdad. Llegaron al refugio y golpearon la puerta, soltando risotadas y groserías. La contraventana se abrió ligeramente. — ¡Dejadnos en paz o llamamos a la policía! –dijo Marisa con voz asustada. — Aquí no tenéis cobertura, guapitas –respondió uno. 37


— Ya les llamo yo, utilizando este tam-tam -respondió otro mientras daba más golpes a la puerta-. ¿Oyes lo que responden? Que nos dejéis pasar y os haremos pasar una noche que no olvidaréis. Sus compañeros celebraron la gracia con una ronda más de la botella. — Anda, dejadnos entrar. Tenemos priva y otras cosas para compartir. No querréis que nos helemos de frío, ¿verdad? Abridnos y nos calentaremos todos juntos. — ¡Que no! Fuera de aquí u os denunciamos a la policía en cuanto bajemos. Los cuatro hombres se pusieron a dar patadas a la puerta. Las chicas pusieron una mesa detrás para que hiciera de parapeto, pero ya empezaba a crujir. Cuando finalmente cedió, las tres corrieron al rincón más alejado, se acurrucaron y gritaron con todas sus fuerzas. Alba dejó las moras y levantó la cabeza. El grito se repitió, venía del refugio. Sin pensarlo, echó a correr hacia allí. No tardó en llegar. Dentro, los cuatro hombres tenían acorraladas a las tres mujeres y forcejeaban para arrancarles la ropa. Alba soltó un gruñido sordo y todos giraron la cabeza. — Vaya, ahora todos tenemos pareja para el baile -soltó el más bebido. Alba reconoció a los energúmenos del pueblo, aún más borrachos e inmanejables. Sintió una energía, salvaje y animal, le recorría los músculos y supo que debía actuar. Agarró una estaca de la leñera cercana y se abalanzó sobre los hombres. Al primero le cruzó la cara con tal fuerza que le envió al suelo. Al segundo le dio un primer golpe en la cabeza y, cuando se la protegió con los brazos, aprovecho para darle en el estómago; intentando respirar, el hombre se derrumbó. El tercero intentó darle un puñetazo, pero Alba, que veía sus movimientos en cámara lenta, lo esquivó fácilmente y le golpeó con fuerza en las piernas. Al caer, le dio otro estacazo en la espalda. La madera se rompió y se le quedó en la mano un trozo de apenas un palmo de longitud. El último se había espabilado y ya no parecía borracho. Sonreía, era consciente de que él era mucho más corpulento y pesado que Alba, y se dispuso a atacar. Alba le tiró con fuerza la madera a la cabeza y el hombre se protegió de manera instintiva con las dos manos, que era lo que ella quería. Se le acercó de un salto y le pegó una patada brutal en los testículos. El hombre puso los ojos en blanco y se derrumbó. Todo había ocurrido en apenas unos segundos y el resultado era que los cuatro hombres se arrastraban de dolor en el suelo, tratando de alejarse de ella. — Largo. Ahora -dijo Alba con voz gutural, casi salvaje. Salieron cojeando, apoyándose los unos en los otros. Se dirigieron al coche, pero Alba se interpuso en su camino y les señaló un sendero de tierra, distinto del camino por el que habían subido y que se dirigía a una aldea más lejana. — Pero por ahí es mucho más largo -protestó sin fuerza uno de ellos. — Así tendréis tiempo de pensar en lo que habéis hecho, cerdos -respondió Alba con fiereza. Gimiendo y lamentándose, emprendieron el camino. Cuando ya estaban lejos, volvió al refugio. Marisa, Estibaliz y Elisa estaban muy juntas, todavía con el susto en la cara. — Vosotras vais a bajar al pueblo, a denunciar a esos babosos. Las tres se miraron entre sí. — ¿Ahora? -preguntó Marisa. — Sí, ahora. Y además andando -la miraron con cara de asombro-. Me pensabais dejar fuera, a que pasara frío mientras vosotras os reíais a mi costa, ¿verdad? Pues el paseo os vendrá bien. 38


Alba desprendía una firmeza y una seguridad que nunca antes habían visto en ella. La demostración de fuerza había sido brutal e incontestable. Recogieron sus plumíferos, se calzaron las botas y emprendieron presurosas el camino hacia el pueblo, ayudadas por unas linternas. Cuando todo quedó en silencio, Alba volvió al bosque. Se tumbó sobre la hierba y las hojas, entre árboles y ramas, y miró la luna en el cielo. Se sintió mejor que nunca y sonrió.

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Viaje iniciático Miguel Parra

A esta manifestación no se podía faltar: los jubilados contra el gobierno. Era como rejuvenecer cincuenta años. ¡Aquel mayo del 68! Un amigo dice que las revoluciones siempre las hacemos los mismos. Quedé con él para ir en metro, pensando que Bilbao sería un caos para circular y aparcar. Nos citamos en la estación de Leioa con un cierto margen de tiempo para evitar las aglomeraciones, pero nuestros cálculos resultaron equivocados: el metro llegó abarrotado. La verdad es que no sé si entramos o fuimos embutidos por la presión de los que nos empujaban por atrás. Cuando se cerraron las puertas, quedamos como sardinas en lata, cada uno constreñido por el contacto con las personas que le rodeaban. En el tumulto me separé de mi amigo, con quien sólo pude mantener un precario contacto visual. Yo quedé inmovilizado, de espaldas al sentido de la marcha. Tenía frente a mí una mujer de mediana edad y un poco más baja que yo, que no se mostraba satisfecha con la situación. Por mi parte, conseguí, a base de esfuerzo, mantener una distancia mínima que, sin embargo, no hubiera sido aceptable en ninguna otra circunstancia. Entonces recordé que había comido una ensalada de tomate con abundante cebolleta y considerando que la pobre estaba en situación de verse obligada a respirar mi aliento, tomé la firme resolución de tener la cabeza alta, la boca cerrada y respirar solo por la nariz. Alargué mi brazo izquierdo y conseguí asirme a la barra del centro de la plataforma en el único lugar que no estaba ocupado por otras manos, con lo que mi brazo quedó a dos o tres centímetros de los ojos de otra mujer que, sin embargo, se hizo cargo de la situación, aceptó mis disculpas y le quitó importancia al hecho. A mi derecha, un hombre enarbolaba un rotulador junto con el sudoku de un periódico; estuvo así todo el viaje, ya que no tenía manera de bajar el brazo. Ante la imposibilidad de desplazarme, ni siquiera de girar para buscar una orientación más favorable, hube de permanecer inmóvil y con cara de póker, cerré los ojos para escapar de la excesiva proximidad de mis congéneres, refugiándome en el estoicismo. Decidí, para distraer el tiempo, concentrarme en el análisis de mis sensaciones. Mis pies estaban bien apoyados en el piso de la plataforma con mi cuerpo aplomado sobre ellos. Mi brazo izquierdo estaba extendido y mi mano agarraba la barra central, lo que me daba estabilidad frente a los bandazos laterales; no así contra las aceleraciones y frenazos, frente a los cuales mi resistencia era la de un pelele. Mi bolso, de bandolera, colgaba bajo mi vientre, situación más segura y discreta y menos molesta para el resto de pasajeros. Mi mano derecha se agarraba a su correa a la altura del pecho para sujetarse, ya que no podía bajarla ni tenía la suficiente confianza con nadie de mi entorno como para posarla en su hombro. Algo (¿un bolso?¿un codo?) se me clavaba en el ijar izquierdo. Otra cosa me tocaba, me empujaba, por mi espalda; más bien, debajo de mi espalda. No podía girarme para ver qué era de manera que agucé la sensibilidad y pude confirmar que la superficie de contacto era amplia y sin aristas ni zonas angulosas. Una arrancada del tren, seguida de una frenada, hizo que perdiera el contacto y lo restableciera inmediatamente; esta experiencia me permitió determinar que se trataba de algo convexo, elástico y relativamente blando, o sea, unas nalgas. Cuando la velocidad se estabilizó, la presión de contacto con mi oponente también lo hizo, manteniendo de forma continuada una moderada intensidad. Me empezó a invadir por tal parte una suave tibieza que me evocaba el confortable ambiente del hogar. Centré mi atención en ello, dado que constituía el único aspecto positivo de las incómodas circunstancias del viaje. Tengo que confesar que empecé a encontrarle gusto y me abandoné al suave y cálido contacto de aquella turgencia amenizado por las variaciones de presión que imponía las alteraciones de la marcha. 40


En ese momento, me asaltó una duda: ¿Era un culo de señora o de caballero? La pregunta no era baladí ya que sería muy duro tener que admitir que me resultaba placentero el contacto con uno masculino. El asunto tomó un cariz dramático cuando recordé que había visto en el andén, cerca de mí, a un vecino particularmente desagradable, con su atractiva esposa. Intenté volverme para identificar a la contraparte de aquel contacto ineludible, o por lo menos, su sexo, pero volví a constatar que no podía; tuve que aceptar que el misterio solo se podía resolver en destino, cuando saliéramos del vagón, y decidí centrarme en otras consideraciones. Por ejemplo, la edad del propietario o propietaria del mismo, cuestión que desestimé considerándola irrelevante, ya que poco importa la edad si la experiencia es grata. También pensé que esta relación, si se la puede llamar así, debía ser calificada de equitativa, ya que, al menos en un primer análisis, la elasticidad y temperatura de ambas partes eran similares y resultaba evidente que la presión soportada por cada una era la misma. Por otra parte, es claro que dicho contacto es preferible al de una barra de frío metal o un ángulo duro, como yo mismo sufría en mi costado izquierdo y más aún, teniendo en cuenta que, por su posición relativa, constituía el tope natural destinado a reducir los efectos de una frenada brusca, para lo cual hay que reconocer que tenía las características idóneas. Cuando llegamos a San Ignacio, las maniobras de una persona que deseaba bajarse supuso un tsunami de apretujones y restregadas y, por lo que a mí respecta, un incremento notable de la presión de contacto con mi apoyo posterior, que temí fuera mal interpretado y me granjeara una respuesta violenta. Afortunadamente, la onda de apreturas pasó de largo y la crisis se resolvió sin más problemas, si bien tengo que confesar que adelanté mis pies para que el desequilibrio generado mantuviera el grado de presión y no se redujera. A resultas de ello, percibí un leve y placentero aumento de la temperatura en los glúteos, que disfruté y agradecí mentalmente. No se me pasó por alto el hecho de que no se produjera ninguna acción defensiva por mi contraparte, lo que podía ser interpretado como prueba de aceptación y complicidad. En consecuencia pensé que, si finalmente se confirmaba su naturaleza femenina, le haría alguna consideración encomiástica –pero respetuosa– a la salida y quién sabe si la petición de un segundo encuentro, esta vez, de cara. Llegamos a Abando y el barullo se trasladó del tren al andén y fue disolviéndose a medida que la gente salía a la calle. La verdad es que no puedo decir ni a quién, si siquiera a qué sexo pertenecía el culo; me da vergüenza decirlo, pero tuve miedo y opté por dejar el enigma sin resolver y no destruir la ilusión. Salí y me reencontré con mi amigo que me preguntó si me pasaba algo, dada la expresión ensimismada y la sonrisa beatífica que había exhibido en la parte final del viaje. Balbucí unas explicaciones confusas y nos sumamos a la manifestación. A pesar de que, a lo largo de todo el recorrido, pretendí aparentar normalidad y traté de alejar el pensamiento de él, el culo desconocido volvía una y otra vez a hacerse presente: sentía una dolorosa sensación de ausencia y frío en la zona afectada y esto exacerbaba mi calenturienta imaginación, que naufragaba en un torbellino de imágenes de culos: la gorda del baño de Botero, Las Tres Gracias de Rubens, La Venus del Espejo de Velázquez, la Venus Calipigia griega... Cuando la manifestación llegó al Sagrado Corazón, dimos nuestra participación por concluida y nos fuimos a la estación del metro de San Mamés. Aunque había bastante gente, su densidad no era como la del viaje de ida, lo que dificultaba la repetición de la experiencia. Sin embargo, intenté la maniobra de agarrarme a la barra central y recular en sentido de la marcha hasta hacer contacto, pero no tuve éxito: acabé topando con la dura superficie de la mampara. Pese a ello, no pierdo la esperanza de que la fortuna permita que me reencuentre con aquél que me abrió un nuevo mundo de sensaciones y acudo en metro a todas las manifestaciones multitudinarias que puedo, ya sean deportivas, sociales o políticas y, por supuesto, viajando de pie en el tumulto de la plataforma. Lo que me duele es no poder comentar nada de esto a mi mujer, ni a la familia ni a los amigos: no lo entenderían. 41


La cabra tira al monte

Elvira Alonso

La primera mañana de sus vacaciones abrió la ventana del cuarto de la pensión donde se alojaban y con un gesto exagerado estiró sus brazos sobre la cabeza aspirando fuertemente. En aquel momento algo en el aire le dijo que había acertado eligiendo Corvara para sus vacaciones. Un lugar en plenos Dolomitas, lejos de la familia y los amigos, donde Claudia y él, en comunión con la naturaleza, encontrarían el remedio para aquel pequeño bache en su matrimonio. No era un hombre que se dejase vencer fácilmente por el desánimo, pero en algunos momentos, cuando veía con cierta envidia la vida de libertad que sus amigos llevaban, no podía evitar pensar que aunque la quería con pasión quizás habían cometido el error de decidir casarse demasiado jóvenes. Pensaba en esto mientras miraba como ella, con gesto serio, apretaba con fuerza los cordones de sus botas. Regresaron de la excursión exhaustos, aunque felices, por haber logrado completar la ruta en sólo ocho horas. No estaba nada mal para unos principiantes, sobre todo teniendo en cuenta que en el librito que les servía de guía indicaba que el tiempo estimado era de seis horas, y que seguramente podrían haberlo hecho mejor si no se hubieran olvidado los bocadillos en el coche. Tras devorar el almuerzo se disponían a echar una siesta reclinando los asientos del coche cuando un trueno lejano y unas nubes negrísimas que avanzaban rápidamente desde el fondo del valle les hicieron cambiar de idea y decidir regresar al pueblo. Claudia conducía en silencio, lentamente, disfrutando del paisaje. Su pelo castaño y rizado, ceñido con un pañuelo anudado sobre la nuca, se agitaba sobre sus hombros por el aire tibio y eléctrico que precede a las tormentas. Roberto la contemplaba disimuladamente, porque sabía que a ella no le gustaba ser observada. Parecía feliz, lo cierto es que Claudia no era una persona difícil de contentar mientras respetaran su espacio propio. Se reía de ella sin malicia cuando en casa la veía practicando la meditación en el sofá del salón. Para esas ocasiones solía vestirse con una túnica hasta los pies de estilo moruno, y con gesto concentrado trataba de seguir las instrucciones de los manuales sobre budismo y meditación que su prima Antonia le enviaba desde Inglaterra. — ¡El espíritu del Flower Power ha descendido sobre nosotros! –le decía él burlón, y ella lo miraba con un gesto de desdén fingido entre la humareda de las barritas de incienso que quemaba para ambientarse. Claudia era maestra, daba clases de inglés en una escuela de barrio, el mismo donde los dos se habían criado, pero le gustaba decir que si alguna vez tuviese que cambiar de oficio sería campesina, como lo fueron sus abuelos de la Toscana. Roberto, para hacerla rabiar, le contestaba que aquello era cosa de hippies, que la sangre del pueblo la tenía ya muy diluida por culpa del humo de la ciudad, y que si alguna vez se tuviera que dedicar al campo sería incapaz de sobrevivir ni tan siquiera al primer mes. La lluvia tamborileando fuerte sobre el parabrisas del coche despertó a Roberto del sopor al que el traqueteo del coche le había llevado. — Cariño, esta carretera no me suena de nada. ¿Cuánto tiempo llevo dormido? Circulaban por un estrecho desfiladero, cerrado por árboles a ambos lados de la carretera. En aquel momento caía tanta lluvia que apenas podía distinguirse el asfalto. — No sé, media hora más o menos. 42


— ¿Tanto? Pues ya deberíamos haber llegado a Corvara. Seguro que hemos tomado el desvío que no era. Será mejor buscar un lugar donde dar la vuelta. Apenas había terminado la frase cuando un fuerte golpe en el frontal del coche, seguido de un frenazo y un giro brusco del volante les dejó en un instante en la cuneta. — Claudia, ¿estás bien? –gritó asustado después de que el coche se detuviese en seco. — Sí, no, no sé, había algo en la carretera y no he podido frenar a tiempo…. Creo que sólo ha sido un golpe con el volante en la frente…Pero mira, está saliendo humo del capó. Me da miedo salir del coche… ¿y si he matado a alguien? — Quédate aquí, voy a ver qué ha sido. Delante del coche, en la carreta, sobre un charco de sangre agonizaba un rebeco entre espasmos. — ¡Un animal, hemos atropellado a un rebeco! –le anunció Roberto desde fuera. Claudia salió del coche y comenzó a sollozar en silencio. — No pasa nada, tranquila, ¿seguro que tú estás bien? — Sí, sí, es el susto y los nervios… Pobre animal ¿Qué hacemos ahora? — Pues, no sé, el radiador parece destrozado. Vamos a esperar un poco a que se enfríe el motor y si hay suerte a lo mejor arranca. Entonces, se oyeron unos grititos lastimeros, y vieron un par de metros más allá a la cría del animal que acababan de atropellar. Claudia se acercó a ella y el animal retrocedió unos pasos asustado, luego se tumbó, encogida, muy quieta, como esperando ella también un golpe. — Ni se te ocurra tocarlo –le advirtió Roberto a Claudia– si luego otros rebecos notan tu olor no van a querer que se acerque a ellos Claudia se quedó un rato mirándola y luego se volvió hacia el animal atropellado que ya había dejado de moverse. — ¿Y qué vamos a hacer? — Ya te lo he dicho, esperar un poco y tratar de arrancar el coche, y si no arranca encomendarnos a algún santo para que pase un coche y pare a ayudarnos. — No, digo con la cría. — Nada, no podemos hacer nada, sólo dejarla donde está. Venga, vamos dentro del coche, que nos estamos empapando — Pobrecita, en cuanto nos hemos metido dentro ha ido a acurrucarse junto a su madre. Esperaron que la tormenta amainase y cuando al final salió el sol, el coche seguía sin arrancar. Tampoco pasó nadie por la carretera y comenzaron a temer que la noche se les echara encima. Cogieron sus mochilas y comenzaron a caminar. Apenas habían avanzado unos metros por la carretera cuando Claudia se dio la vuelta y regresó corriendo al coche. — ¿Pero dónde vas? –gritó Roberto. 43


Sin contestarle, ella se agachó y cogió a la cría del rebeco en brazos. — ¿Estás loca? ¿Qué se supone que vas a hacer con este animal? Ya lo has estropeado, ahora no va a poder volver con los suyos. — ¿Con los suyos? ¿Quiénes son los suyos? Su madre está muerta y él, ya lo ves, se quedará a su lado pase lo que pase. Ni siquiera se ha movido cuando hemos salido del coche, ni tampoco antes con los ruidos del motor cuando querías arrancarlo. Los únicos que vendrán a recogerlo serán lobos, o algún buitre que huela la carne muerta. Quiero llevarlo, y cuando lleguemos a algún sitio habitado ya nos ayudaran o nos dirán si hay algún lugar donde podamos dejarlo. — Lo dudo mucho. Ya me veo criando a la cabra en casa. Caminaron una hora a lo largo de la carretera sin encontrar ningún lugar habitado, sólo se oían de vez en cuando ruidos inquietantes, desconocidos para ellos, que Claudia pensaba que provenían de animales que acechaban su paso para hacerse con la cría. Ella no soltaba el rebeco, ni se quejaba de su peso. Caminaba muy digna para no dar su brazo a torcer, aunque por su caminar, cada vez más cansino, era fácil adivinar que estaba agotada. Tuvo que ser Roberto quien dijera que estaba cansado. Se sentaron sobre unas peñas en un claro entre los árboles que bordeaban la carretera. Un cambio de perspectiva, al sentarse, les hizo divisar a lo lejos, sobre un monte cercano, una pequeña luz o un reflejo brillante, y aunque no se podía apreciar bien cuál era el lugar de dónde procedía decidieron arriesgarse e intentar alcanzarla campo a través. Casi era de noche cuando llegaron a la cabaña. Llamaron varias veces a la puerta sin obtener respuesta, así que levantaron el postigo y asomaron la cabeza en el interior. Dentro, una luz amarilla proveniente de un candil iluminaba desde uno de los dos ventanucos toda la estancia. Esa luz tan cálida y unos muebles de madera tallada daban un aspecto a la estancia mucho más acogedor del que suelen tener normalmente las cabañas de pastor. Había dos sillones, que aunque algo raídos aún estaban en buen uso, frente a una vieja estufa de leña. Dos camastros se apoyaban en las paredes opuestas a la estufa, y junto a uno de ellos, presidiéndolo todo, un gran armario de tres puertas tallado con imágenes de seres mitológicos. También había, junto a una cocina de leña, un par de armarios bajos, una alacena con vajilla y una mesa grande de madera maciza con cuatro banquetas dispuestas a su alrededor. Todo estaba limpio y ordenado, era evidente que estaba habitada. Volvieron a salir al exterior y llamaron a voces esperando que alguien les oyera, aunque tampoco esta vez acudió nadie. — Pues yo me voy a sentar en estos sillones… No sé si le parecerá bien o mal al dueño de todo esto, pero no puedo más—dijo Claudia, dejándose caer en el sillón con el rebeco aún en brazos. — Me estoy acordando de Ricitos de Oro… Sólo espero que no nos encuentren aquí mamá y papá oso — contestó Roberto mientras abría los armarios junto a la cocina curioseando. — Rober… No revuelvas, una cosa es entrar y otra que nos pillen husmeando en sus cosas. — Quiero ver si hay algo de comer por aquí, estoy muerto de hambre…Mira, mira, esto está lleno de cositas buenas: latas, frascos, por aquí huele a café…humm. Aquí hay comida como para un regimiento. — ¿Quieres hacer el favor de sentarte y cerrar el armario? El rebeco daba vueltas por la habitación balando, asustado, hasta que al final acabo acurrucado junto a la cocina de leña, que aún guardaba calor. Se quedaron dormidos en los sillones después de atreverse a comer algunas latas de la alacena, y cuando Roberto se despertó entraba la claridad del amanecer en la sala. Se levantó y mirando por el ventanuco apenas pudo apreciar nada del exterior entre la niebla densa que se había instalado en la montaña. 44


— Claudia… ya es de día, despierta. Dios, me duele todo el cuerpo de la noche en el sillón. Claudia abrió los ojos y miró asustada alrededor. — ¿Dónde estamos?... Sí, sí, la cabaña… ¿Cuánto tiempo llevamos aquí? Pero si ya es de día. — Nos debimos de quedar dormidos después de cenar. No me extraña, con la paliza de ayer, que no nos hayamos despertado en toda la noche. Ahora me va a dar igual lo que digas, yo voy a seguir alimentándome con lo que hay en el armario. — Cómo si te importara algo lo que yo digo, si siempre acabas haciendo lo que te da la gana. — Ya estamos con tus felices despertares. — No, no es eso, es que siempre tienes que salirte con la tuya. La montaña, la montaña… como si fuéramos grandes escaladores. La montaña hay que respetarla como si fuera un santuario. — ¿Pero qué tendrá que ver el respeto con que se cruce un animal por la carretera? — Todo, todo tiene que ver con el respeto, y cuando no hay respeto hay que asumir las consecuencias, el karma. — No me salgas ahora con los indios…Venga, cariño, un besito de buenos días, volvamos a empezar con buen pie. A ver qué encuentro para mi chica… mira, mermelada. ¿De qué crees que será? Se sobresaltaron al escuchar un balido lastimero desde debajo de la mesa. — Me había olvidado de él –dijo Claudia–. Ven aquí pequeñín. ¿Este qué comerá? — Sardinas, no creo. Vamos, ábrele la puerta, si quiere, que coma hierba. En el exterior la niebla era densa y pegajosa como el algodón de azúcar. El animal, en cuanto vio el campo ante él, se escurrió de entre los brazos que lo sujetaban y Claudia, corriendo detrás, enseguida quedó oculta por la niebla en un bosquecillo que había frente a la cabaña. — Déjale, que ya volverá. Claudia, no seas loca, que no se ve nada –gritó Roberto cuando la vio correr. Enseguida se escuchó un grito de dolor y Roberto salió corriendo buscando a Claudia. La encontró no muy lejos, tirada en el suelo. — Me he torcido el tobillo, no he visto esos montones de tierra. Es el mismo pie del esguince del año pasado– contestó Claudia sollozando. — Es que no se ve nada con esta niebla, no sé porque has tenido que salir corriendo detrás de la cabra. Ya te dije que ese bicho no nos iba a dar más que problemas. A ver, déjame que te ayude a ponerte de pie. — Ay, ay… no, no puedo, me duele muchísimo. — ¿Qué serán esas montoneras tan raras? Parecen tumbas. Venga, que te llevo en brazos. Roberto la ayudó a levantarse y luego cargó con ella hasta dejarla sentada en el banco que había a la entrada de la cabaña. Examinándole el tobillo vio que comenzaba a hincharse. — Así no vamos a poder volver a bajar a la carretera, bueno, ni a la carretera ni a ningún lado, se está hinchando por momentos. 45


— Pero aquí no nos podemos quedar. — ¿Quién dice que no? No estamos molestando a nadie. — No, pero el coche lo hemos dejado abandonado en la carretera, y en la pensión ya se habrán dado cuenta de no hemos aparecido a dormir. Van a empezar a preocuparse, llamarán a la policía y la policía a la familia. Menudo número ¿Por qué no me quedo yo aquí esperando y tú vas a buscar ayuda? — ¿Estás segura? ¿No te da miedo quedarte aquí sola? — Miedo, ¿de qué? Parece mentira que no me conozcas. Es mejor que te marches, lo del tobillo no se arreglará ni hoy ni mañana, y no podemos quedarnos a esperar eternamente, quizás tampoco aparezca nadie. — Tienes razón, pero es que no me voy tranquilo. Prométeme que no te moverás de aquí. — ¿Moverme? ¿A dónde voy a ir así? Roberto partió caminando a través de la niebla. En cuanto Roberto cerró la puerta las lágrimas comenzaron a deslizarse lamiendo las mejillas de Claudia ¿De quién había sido la idea de aquellas vacaciones? Lo que hubiera deseado en realidad era ir a Londres. Antonia les había invitado, habría sido perfecto, tenía tantos sitios que enseñarle a Roberto. Pero no, él se había empeñado en la montaña, y como siempre se había salido con la suya. Ahora allí estaban, perdidos en no se sabe dónde y encima con este accidente, que ponía el punto final a sus vacaciones. A veces se preguntaba si ella realmente tenía algo que ver con Roberto, con su forma de ser y con sus gustos, o si sólo se había dejado llevar por la costumbre y por lo que los demás esperaban de ella. Siempre fue la dócil, la que se amoldaba, desde pequeña había sido así, la niña buena de su casa. Era capaz de ceder en cualquier cosa por no discutir, por no defraudar, pero quizás había llegado la hora de cambiar. Lo mismo que él, últimamente parecía otro. Roberto y ella llevaban juntos toda la vida, se conocían del barrio desde que eran niños. El mismo colegio, el mismo instituto, siempre los dos. La única vez que de verdad se habían separado, fue poco antes de casarse, cuando ella se marchó, hacía ya tres años, durante todo un verano a Inglaterra para perfeccionar el inglés. Roberto acababa de entrar a trabajar en el banco y ese año no tuvo vacaciones, ni siquiera pudo ir a verla durante los dos meses que estuvo allí ¡Que verano aquel! No podía dejar de sonreír cada vez que lo recordaba. Fue como aterrizar en la luna, así era Londres en 1970 para una italiana. Los amigos melenudos de su prima la acogieron como una más. Muchos días iban en tren hasta las afueras de Londres y pasaban la noche en algún bosque, fumando hierba, cantando y charlando hasta el amanecer, otras veces iban a discotecas, o se reunían de fiesta en casa de alguno de ellos. Siempre iban todos juntos, chicos y chicas, aunque no fuesen novios. Ella nunca había visto algo así, y eso que vivía en Milán, no en un pueblo perdido de Calabria. Filosofaban y muchos presumían de practicar el amor libre, se acostaban con quien les apetecía sin compromisos de por medio. Aquello no era para ella, sólo estaba de paso. O al menos ese era uno de los argumentos con los que todo aquel verano esquivó a Mike y a la tentación que la hacía morirse de ganas de pecar cada vez que lo tenía delante. Ahora se arrepentía de haber sido tan beata. Pensaba en las Navidades pasadas, cuando le pareció oler un perfume extraño en la piel de Roberto al llegar a casa de madrugada después de una cena de empresa. También entonces calló. Le pudo el miedo a una situación desconocida, a que si lo enfrentaba su orgullo no la iba a dejar parar, y entonces tendría que dejarlo. Si hacía como que no se había enterado, como que no pasaba nada, al final se le olvidaría y todo volvería a ir bien entre los dos. Pero habían pasado ocho meses y no se le había olvidado, y aunque él estaba más cariñoso y pendiente de ella que nunca, no podía evitar pensar que todo era forzado, como si esos gestos amorosos fueran los Ave Marías de la penitencia que Roberto se había impuesto por haber pecado. 46


Se levantó, le dolía la espalda y fue a tenderse, andando a la pata coja, en uno de los camastros. Notó que había algo duro bajo la almohada. La levantó y encontró un pequeño cuaderno rojo de tapa dura. Estaba prácticamente vacío, pero al hojearlo vio que hacia el final había unas pocas páginas escritas en inglés. La letra era pulcra y redonda. Se volvió a tumbar en la cama y comenzó a leer. Pronto harán diez años desde que el señor Brown me sacó a escondidas de mi casa en mitad de la noche. Estaba drogada e inconsciente, por eso no recuerdo como fue el viaje hasta aquel destartalado apartamento a las afueras de Chicago. Tú no puedes acordarte, porque eras pequeño, pero aquel fue nuestro hogar durante los siguientes tres años. Toma nota: si alguna vez quieres esconder a alguien lo mejor es el anonimato de una gran ciudad, no busques nunca un lugar remoto y solitario. En esos pueblos la gente se aburre y tiende al cotilleo. Por eso apenas estuvimos un mes en aquel pueblucho de Alabama, el señor Brown nos sacó de allí a escape cuando en una de sus visitas le conté que había una vecina muy agradable, de un rancho cercano, que ya nos había visitado tres veces para traernos tarta. El señor Brown tampoco ha querido que sepa muchos detalles, aunque es fácil adivinar parte de la historia cuando se pavonea diciendo que él es como el cazador bondadoso del cuento de Blanca Nieves. Lo único que he podido llegar a saber es que yo, al igual que ella, tenía que haber muerto por orden de alguien muy poderoso. El señor Brown y sus misteriosos ayudantes, en lugar de dejarme en medio del bosque, como hizo el cazador, hicieron que el cadáver que luego se halló en mi casa no fuese el mío, si no el de alguien con un cierto parecido a mí, cuidadosamente elegido y preservado de antemano entre los de esas pobres desgraciadas sin identificar que tan a menudo habitan la morgue de Los Ángeles. A mí era difícil identificarme después de un corte de pelo, un tinte moreno y unas gafas de pasta. Siempre he pensado que mi cara es bastante vulgar. Después de aquello y durante todos estos años, tú y yo hemos sido cosa suya, a pesar de que Jack pasara a mejor vida poco más de un año después de aquella noche. No sé si será verdad que la decisión de dejarme vivir fue cosa suya, o quizás prefiero no créelo, porque eso significaría que era Jack el que no me quería viva. No quiero que eso sea posible. Él estaba loco por mí, eso lo sé seguro. Son cosas que una mujer presiente. Sólo necesitaba un pequeño empujoncito para decidirse a dejar a la pretenciosa de su mujer. Pensaba que después de contarle lo mi embarazo todo cambiaría y, por fin, se tomaría la decisión de abandonarla para hacer público lo nuestro ¡Que hermoso hubiese sido! Los novios de América, la más bella primera dama para un país que vive su propio sueño ¿Cómo iba él a desear verme muerta? Aquella noche yo estaba muy mal. Jack me había tratado como un trapo de los de usar y tirar. Me había prometido venir a casa para hablar de nosotros. Yo esperaba un anuncio, que por fin me dijese que iba a dejarla, pero no apareció, ni siquiera una llamada. Yo sí le llamé, le llamé y le volví a llamar, una y otra vez, pero no conseguí hablar con él en todo el día. Fue su hermano el que apreció por mi casa cuando ya anochecía. Me dijo que no podía seguir presionando a Jack de esa manera, que si quería que las cosas fueran como yo pretendía lo primero que tenía que hacer era actuar más inteligentemente, no como una zorra barata persiguiendo a su presa. Me gritó y yo me enfurecí con él y le eché de mi casa. Al poco rato apareció el doctor Greenson. Me pareció extraño que se presentara sin avisar, y sin que yo lo hubiese telefoneado, y además justo cuando más lo necesitaba, era como si hubiera estado esperando detrás de la puerta. En aquel momento no le di muchas vueltas a aquella casualidad, solo me derrumbé en sus brazos. Aquel hombre me conocía tanto que era para mí como el padre que nunca tuve. El doctor me dijo que iba ponerme una inyección y que enseguida me sentiría mejor. Luego ya no recuerdo nada hasta que me desperté en Chicago, con el señor Brown a mi lado. Sólo me contó que tuvieron que sacarme de allí porque mi vida corría peligro, también dijo que ya no iba a poder volver nunca más porque todo el mundo pensaba ahora que yo había muerto. Había pasado casi dos días 47


en blanco, y mientras la muerte se me había adelantado. Me enseñó los periódicos con los titulares sobre mi propio fallecimiento. A todo esto, creo que nunca te he dicho que tu madre, sí, esta mujer algo entrada en carnes y con el pelo canoso ha sido una gran estrella de Hollywood. Pero no quiero hablar de eso, cuanto menos sepas, será mejor para ti, mi amor. Cómo comprenderás no fue fácil asimilar todo aquello. No me voy a entretener contándote todas las penalidades que para mí aquello trajo, aún no se bien como pude superarlo o si realmente lo he llegado a superar. Al principio el señor Brown no se separaba de mi ni de noche de ni de día, no quería traerme pastillas, ni nada que calmase mis nervios. No es bueno para el niño, decía. Mi única vía de escape fueron los libros que él me traía. Esto fue así hasta un tiempo, ya después de que tú nacieras, cuando él tuvo claro que yo había asumido mi nueva situación y, sobre todo, estuvo seguro de que no te pondría en peligro haciendo alguna locura porque estuve como loca mucho tiempo. Entonces fue cuando dejamos Chicago para instalarnos en el pueblucho aquel de Alabama, del que tuvimos que salir prácticamente de un día para otro, luego dos años en Seattle y después ya en Detroit hasta venir aquí, pero bueno, la última parte de este peregrinaje tú ya la conoces tan bien como yo. No te hizo ninguna gracia tener que dejar Seattle, y eso que allí siempre llueve. Lo mismo te ha pasado con Detroit, has dejado tantos amigos atrás. Cuando me preguntabas que porqué teníamos que marcharnos siempre te decía que porque no había trabajo para mamá en la ciudad. Tú pensabas que cuando te ibas al colegio yo me iba a trabajar en una oficina unas veces de secretaria, otras de contable o de vendedora de productos de belleza, y de verdad quise hacerlo, pero cuando se lo comenté al señor Brown me ordeno desistir de la idea—No te falta de nada, ¿verdad? Entonces ¿Qué necesidad hay de tentar la suerte? ¿No te das cuenta de que Hoover aún anda con la mosca detrás de la oreja?— me dijo. ¿Qué iba yo a saber ni de Hoover ni de nadie si apenas salía de los cuchitriles donde vivíamos? Sólo sabía que aparte de mi vida anónima y la relación guardián prisionera que mantenía con él, había algún vecino que me saludaba y también el camarero del bar de la esquina, donde me escapaba alguna noche cuando tú dormías a tomar una copa que me ayudase a olvidar aunque sólo fuera por un instante la soledad. De lo que sí me enteré fue de la muerte de Jack, pero aquello fue al principio, cuando el señor Brown aún vivía en casa. Hasta ese día yo aún mantenía la esperanza de apareciera por la puerta en cualquier momento para llevarme con él. Ahora el señor Brown es el que tiene un problema: se quiere jubilar. Quiere quedarse a vivir en su pueblo, pero no sabe qué hacer con nosotros. Le dije que podía irse y dejarnos ya en paz, que no creía que después de tanto tiempo su presencia fuese aún necesaria, pero volvió con la eterna amenaza sobre el peligro que correrían nuestras vidas si él no cuidaba de nosotros. Creo que se siente entre la espada y la pared. El señor Brown es italiano, bueno, nació en Nueva York, pero su familia es italiana. Él heredó de sus abuelos una casa en el pueblo y esta cabaña en medio de las montañas donde llevamos viviendo desde mayo. Tenía asuntos que resolver aquí, muy graves asuntos, dijo, como siempre sin explicar nada más. Hicimos las maletas de nuevo, no sé cuál de sus misteriosos amigos ni cómo nos consiguió un pasaporte y aquí estamos, Tampoco sé durante cuánto tiempo, sólo dijo que era algo provisional, y que luego ya decidiría que hacer con nosotros. Es sorprendente como las personas ante la adversidad pueden adaptarse a cualquier medio, incluso a un lugar tan salvaje como este. Dos horas para llegar desde el pueblo donde vive su familia hasta esta cabaña en los pastos. Ellos creen que somos su mujer y su hijo. Espero que el señor Brown haya solucionado sus problemas antes de que llegue el invierno ¿Solucionado? Sí, esa fue la palabra que usó, no me gusta ser siempre un problema al que haya que poner solución. Eso era todo lo que aquel cuaderno contenía. Claudia se levantó y trabajosamente llegó hasta el gran armario que presidía la sala. Lo abrió, y dentro, ordenada en baldas, vio que había ropa, libros y juguetes. Abrió los cajones y encontró ropa interior. Volvió junto la cama y se agachó para confirmar lo que imaginaba, debajo había unas maletas. Sintió miedo, llevaba allí casi un día sin que nadie apareciera, a pesar de que todo indicaba que la cabaña estaba habitada ¿Qué le había sucedido a esa mujer? ¿Cómo habrá solucionado el Señor Brown “el problema”? 48


¿Dónde estaba ahora el señor Brown? No se podían haber ido a ninguna parte, todas sus cosas estaban allí. Se asomó por la pequeña ventana y vio que la niebla seguía muy densa. Recordó los montones de tierra con los que había tropezado, ató cabos y el miedo comenzó a apoderarse de ella. Si ese hombre volvía para deshacerse de las pruebas no podía encontrarla allí. Se olvidó del dolor y sin pensárselo más, recogió su mochila, metió el cuaderno dentro y salió de la cabaña. Comenzó a caminar por donde ella creía que la víspera habían llegado, desde la parte de atrás. No se podía distinguir nada más allá de medio metro de distancia, No quería ir por el camino que salía justo frente a la puerta de la casa, por el que Roberto se había marchado ¿Y si Roberto lo ha encontrado y le dice que estoy aquí sola? Anduvo durante más de una hora entre una niebla que no cedía. Se sentó un rato a descansar y entonces escuchó unos mugidos a través de la niebla. Gritó pensado que quizás el pastor de las vacas estuviera con ellas. Nadie contestó, así que comenzó a andar guiándose por el sonido, sin darse cuenta de que en realidad al sonido lo movía el viento. No pudo echar el cuerpo hacia atrás cuando perdió el equilibrio al quebrarse unas rocas que daban paso al abismo. Su grito resonó multiplicándose infinitamente por todo el fondo de la garganta. A esa misma hora Roberto se encontró con una pareja y un muchacho que venían en sentido contrario a su marcha. — Buenos días. — Buenos días—contestó el hombre, mientras la mujer y el chico le observaban en silencio. — ¿Me podría usted decir si queda muy lejos el pueblo? Hemos tenido una emergencia y creo que ando bastante perdido. — Todavía le queda más de una hora de camino, pero dígame ¿Necesita usted ayuda? –contestó el hombre en un correcto italiano aunque con un marcado acento extranjero. — Verá, ayer tuvimos un accidente con el coche en una carretera cercana, atropellamos a un animal y el coche ha quedado muy dañado. El caso es que como no pasaba nadie comenzamos a andar siguiendo la carretera, estaba atardeciendo y vimos a lo lejos una cabaña, así que decidimos acercarnos por si estaba habitada. — ¿Una cabaña por este camino adelante? — Sí, ¿sabe a cual me refiero? — Sí, claro, es nuestra. Vivimos en los Estados Unidos, pero mi familia es de aquí, los veranos los pasamos en el pueblo, pero nos gusta pasar también temporadas en la cabaña, sobre todo a mi mujer, es escritora y ya sabe, encuentra la soledad inspiradora. — Pues me disculpará usted, pero mi mujer y yo hemos pasado la noche en ella, y abusando de su confianza, también hemos hecho uso de su despensa. Estábamos perdidos y sin comida ni lugar donde pasar la noche. Le pagaré lo que usted considere. — No, por Dios, no es necesario, faltaría más ¿Y dónde está su mujer ahora? — Esta mañana tropezó frente a la cabaña y se ha torcido el tobillo, así que decidimos que bajara yo en busca de ayuda. Espero que no le importe que esté ella allí ahora. — En absoluto. Lo mejor sería que regresara con nosotros y luego, entre los dos, quizás podamos ayudarla a bajar, aún es temprano. No sé, tengo una carretilla grande, algo inventaremos. Venga, venga con nosotros. — Si no es una molestia… 49


No quiero

Marian Izquierdo Apenas ha dormido, y esta mañana le ha costado más que nunca salir de la cama. Después de conseguirlo no quiere hacer más esfuerzos. Debería empezar a vestirse, pero, tras dar unos pasos casi arrastrándose, cae apática en el sillón que hay junto a la ventana. Hace rato que los rayos de sol penetran impertinentes, deslumbrando la soledad del salón. La calle está tranquila, los sábados por la mañana todos aprovechan para disfrutar de la familia y del hogar como solía hacer ella, cuando aún vivían sus padres, antes de salir a hacer recados y a tomar el aperitivo. Suenan las diez en el reloj de la iglesia de San Juan. La corta distancia que tiene que recorrer desde su casa hasta allí para acudir a la ceremonia, hoy le parece un camino inacabable, un abismo al que no quiere asomarse. Conocerle había sido como un soplo de aire fresco; en tres meses se habían prometido amor eterno y ser sinceros el uno con el otro. Ella lo creyó y hasta ayer estaba dispuesta a caminar con él hacia el altar. Desde la ventana puede ver que, a pesar del buen tiempo, nadie se ha sentado en los bancos a charlar o a leer el periódico, la plaza está vacía, la única figura que se mueve es la del vecino del quinto regresando del paseo matutino con su perrito y, en cuanto desaparecen, en su perspectiva vuelve la quietud. Todo cambiará cuando llegue el gran momento. Empezará el ajetreo de gente acercándose a verlos y en un instante se llenará la plaza, saldrán curiosos de todas partes, como si fuera algo que no hubiesen visto nunca. Poco a poco irán llegando los invitados, a cada cual más elegante, inundando de color la iglesia. Se saludarán y besarán a la vez que se preguntarán por sus vidas y comentarán que llevan mucho tiempo sin verse y que les da mucha alegría encontrarse en estos acontecimientos. El volumen del murmullo irá subiendo mientras esperan la llegada de los novios. Entrará él, apuesto e impecable con su chaqué y, agarrado a la madrina, esperará nervioso junto al altar. Transcurridos los primeros minutos, no sabrá qué, pero intuirá que pasa algo, que ella se ha sentido indispuesta o que le ha sucedido un imprevisto justo antes de venir. No sospechará que ayer le vio caminando por la calle abrazado a otra, que por casualidad se ha enterado de cómo es en realidad y que, en el caso de que se le ocurriera aparecer, sería para decirle de frente: no quiero. Ya son casi las doce y ella sigue observando todo desde el sillón, no puede moverse, no quiere. Tendría que estar ya arreglada pero su vestido blanco está ahí, tras ella, colgado en alto, como si fuera un fantasma.

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El hombre de la compañía

Isabel Bilbao

No sabía el momento exacto en el cual entendió que le iban a inspeccionar el barco. La cabeza se le quedó hueca y le resonaban las primeras y las últimas palabras que el inspector le decía. — Es pura rutina... un marinero. — ¿Ha pasado algo? — Como decía... accidente de coche. — ¿Está muerto? — ¡No! Pero... estupefacientes, droga. Fue como el despertar de un sueño en vela. El cuerpo se le tensó. La expresión de los ojos se tornó dura y el resto de los sentidos la alertaron de un peligro inminente. Las explicaciones fueron sencillas. — Un marinero de este barco que responde al nombre de J.A.G. ha sufrido un accidente de carretera. No está grave, le han llevado al hospital, pero se le ha confiscado droga. Suponemos que tendrá guardada más en su camarote y ese es el motivo del registro de ese camarote, en principio. Esperamos su colaboración y acompañamiento Sra. Capitana. El principio fue la salida del puerto de Cádiz con su barco. Su segundo viaje con el mando absoluto de Capitán de la Marina Mercante. ¿Ese fue el principio de su sueño? ¿Y esto qué es? El final de la disposición legal que otorgaron para el accidente y registro del barco sólo constaba de un montón de números y letras que no decían nada. Patagonia-Argentina, Penal Tierra de Fuego, Exp.1x153sed555c. Lucía ingresó en el penal con un año de prisión incondicional sin fianza y a la espera de juicio. La celda tenía siete metros cuadrados. Un ventanuco de barrotes cruzados casi a la altura del techo, cama, mesa y silla, lavabo y un inodoro con un panel extensible que solo llega a tapar las parte íntimas y que obligatoriamente tiene que estar pegado a la pared. Lucía, treinta años, mediana estatura, complexión fuerte, está tumbada en el catre de la celda. Tiene los ojos cerrados y las manos le descansan a ambos lados del cuerpo. Se diría que descansa cuando en realidad lo que tiene es el cuerpo en tensión. Las manos, a intervalos cortos, se abren y cierran violentamente. A espacios más largos, es todo su cuerpo el que se mueve para sentarse en la cama mirar al frente y pasarse las manos por la cabeza. El corte de pelo no es demasiado corto y hace su cara más aniñada con unos ojos más tristes. Lleva siete días de un lado hacia otro, de una sala a otra. La Compañía Naviera habló con ella los tres primeros días. Con seguridad, con firmeza, le fueron explicando los pasos que sucederían a partir de ese momento. Que ella era la víctima inocente como responsable del hallazgo de droga en su barco. Que tendría arresto carcelario. Que tendría comunicación telefónica con sus padres, pero que la aconsejaban evitar su visita. Una conversación sensata y determinante para su actuación. Porque en definitiva ella era 51


inocente. También le dejaron bien claro que una persona de la Compañía, estaría junto a ella durante todo su encierro. Todos los días. Hace tres que no sabe nada de nadie y hoy le han sorprendido. — ... le queda asignada la celda 238 y es la prisionera nº 23.857. De ahora en adelante tendrá el mismo horario que el resto de los presos... Oía todo lo que el funcionario de prisión le decía aunque recibía poco. Le quedaban fragmentos del formulario. — …Nada de voces... Acatar lo que se mande... No tiene obligación de comer pero le podemos obligar a ello. Si tiene obligación de salir al patio... Recibirá visitas en el salón con el resto de los presos... Nada punzante... Nada de cordones... Y así una lista interminable de «nada», «nada», «nada» para terminar con — ...Le ha quedado claro –ni pregunta ni respuesta. Y en un tono más amable: —Procure hacerlo llevadero. La mente le martilleaba «procure hacerlo llevadero», «procure hacerlo llevadero»... —¿Cómo se hace llevadero esto? –se oyó decir y ella misma se asombró por la firmeza de su voz. El funcionario se limitó a mirarla diciéndole: — Sígame, por favor... La estancia era amplia, tenía techos altos y dos de sus ventanas laterales dejaban paso a la luz por todo alrededor. Había mesas alargadas con bancos corridos. Le pareció que le estaban enseñando un nuevo comedor, menos funcional que el que conocía. — La sala de visitas. Hoy excepcionalmente tiene una y la recibirá sola. A partir de mañana, será como todos. Siéntese. Lucía miró a su alrededor. ¡Una visita! No encontró un lugar querido para sentarse. Un lugar agradable, cómodo. Un sitio especial para recibir esa visita excepcional que el funcionario le acababa de decir. Buscó con apasionamiento por toda la estancia. Su mente trabajaba a la velocidad máxima. Un sitio cómodo pensaba la mente, un asiento cálido buscaban los ojos. Se dio cuenta que por el lado contrario entraban rayos de sol. No le abarcaban porque los techos eran demasiado altos y el ventanuco pequeño, pero si se sentaba enfrente, se vería luz de libertad. Su visita, su visita... que viese que no estaba tan aislada, no estaba tan sola. Cruzó la estancia ante el asombro del funcionario que le dio el alto. — ¿Dónde cree que va? –le espetó con voz potente y seca. — Es que, no quiero que mi madre vea soledad aquí y... –sus palabras terminaron débiles, casi quebradas. El funcionario se paró y se la quedó mirando. Bajó los brazos, y a punto estuvieron sus papeles de caérseles de la mano. Lucía no se sintió a gusto y fue más hacia arriba. Se sentó. Extendió las manos sobre la mesa. Las recogió. Se las frotó nerviosa mirando los ventanucos. — Dan mucha luz. Hay mucha luz –reflexionó en alto. Se levantó nuevamente y fue hacia el funcionario. Se miraron, uno con expresión perpleja; Lucía, con expresión abatida. 52


— ¿Terminamos? Tenemos un año, pero en este momento solo media hora. Lo último lo escuchó a sus espaldas y le hubiese gustado gritarle. «Media hora solo para mi madre». Pero ese grito apagado de rebeldía le llevó a la reflexión: «¿Cómo me verá? Guapa. Me tiene que ver bien. Espabila, Lucía, no estés triste. Ama está aquí». Se dio un par de plastazos en la cara. El funcionario fue hacia ella y la sujetó de las manos. Estaba alarmado. Lucía se asustó también, pero supo reaccionar a tiempo. — No quiero que mi madre me vea triste y apagada. Quiero tener color... — Deja de hacer el tonto. ¡No es tu madre! –le escupió– Siéntate y no me crees problemas. ¡Empezamos bien con esta! La obligó a sentarse allí mismo. Estaba cerca de la puerta. Se quedó como una madeja deshilachada. Sintió que el último suspiro se escapaba de su cuerpo y que hacía daño. Pensó en la muerte, esa que no llega cuando quieres porque, Muerte, ¿dónde estás? Se había preguntado muchas veces, pero solo con resignación no como hecho real. Y ahora que creía morirse, sentía dolor. Habían pasado tres días sin ninguna noticia. La compañía aún no le había mandado a nadie. Y ahora, le habían dicho que tenía una visita excepcionalmente, y como única vez. «Tiene que ser ama. Tiene que ser ama. Tiene que ser ama»,se repetía Lucía queriendo razonar. Intentó sentarse un poco más erguida. La puerta dio paso a dos hombres. Tenían caras serias pero se dirigieron hacia ella con ojos llenos de simpatía. — Lucía, pequeña... –su voz fue tan dulce que a Lucía se le llenaron los ojos de lágrimas. Hoy, al cabo de muchos años, se sigue preguntando si aquella primera visita fue lo que más le marcó su vida, «la esperanza del cariño que no llega y la dulzura del que llega dispuesto a dártelo todo por un tiempo». Le cogió las dos manos. Ella levantó los ojos mirando la raya del haz de sol que pronto moriría, intentando que no saliesen las lágrimas. — Sabemos que es duro, pero tienes que saber que no vas a estar sola. No vas a estar sola y eres inocente. Vamos a dejar eso. Ya habrá tiempo. Mira, hoy es el primer día y como hoy seguirán los restantes. Este es Augusto José, vendrá todos los días... ¿Ya lo sabes, verdad? Se dieron las manos. Se miraron a los ojos. Lo más que le quedó a Lucía fue que era joven, como ella. Que tenía una sonrisa agradable. Demasiado fácil. Unos dientes perfectos. Que arrastraba la «S». Que estuvieron mucho tiempo hablando con ella. Y sin embargo, le pareció que sin previo aviso ya se marchaban. — ¡Han dicho media hora! –dijo extendiendo las manos. — Ya han pasado, y largas. Tranquila, Lucía, mañana vendrá Augusto José. Los dos hombres antes de marchar por la puerta se volvieron para saludarla y Augusto José con las manos a la altura del pecho, cerró y abrió los puños enviándole un adiós. Un gesto tan infantil llevó la mente de Lucía hasta su casa y las lágrimas que había podido evitar hacia poco más de media hora, la acompañaron lentas y silenciosas hasta la celda 238. La rutina se fue adueñando de sus sentidos. El oído se le agudizó extraordinariamente. Lo intuía como el toque de alarma de todos los acontecimientos, aunque a pasos posteriores dejase de tener protagonismo. 53


La sirena les decía que tenían que levantarse y arreglar su celda. Que iban a pasar revista. Que saldrían al patio. Que fuesen a la sala de visitas. Que era hora de comer. Que había que volver a las habitaciones. Que silencio absoluto. El primer toque de visita fue expectante. Lo esperaba y no llegaba. Sin embargo cuando entró en la sala allí estaba de pie, esperándola. Se estrecharon las manos. Se sentaron sin más y sin más, él fue dándole unos libros para que se entretuviese. Lecturas fáciles. — ¿Qué te gusta? –le preguntó. — No sé, creo que todo. Cualquier cosa. — Esto está bien de momento. Cuando vos me digas, te traigo otra cosita. –Hablaba con naturalidad. Sonriéndole con encanto. Tenía las dos manos puestas sobre los libros que eran de Julio Cortázar. Lucía no sabía que más decirle. Se había propuesto ser fuerte. Nada le afectaría. Un año en una vida es un suspiro y ella se lo iba a tomar como una experiencia. Dura, durísima, pero experiencia. Y aquí tenía a un chico que estaba haciendo lo posible por hablarle, contarle, buscaba sus ojos para afirmar, para aprobar. Pero ella intentaba huir de ellos porque no quería ni afirmar ni dar por sentado nada. No estaba dispuesta a eso. — ... Como explicarlo. Me desplazo con el auto pero ¿Cómo voy a recoger en el camino a una persona que no conozco?... ¿En qué pensás? –Era una pregunta espontánea que pilló de sorpresa a Lucía. — En nada... –quiso sonreír pero no pudo. — Siempre se piensa en algo aunque no lo sepamos siquiera. ¿Qué música te gusta? –Augusto José lo intentaba una y otra vez. Con dulzura, paciencia. Aun antes de escuchar la sirena las personas de visita iban abandonando la sala. Augusto José cuando oyó la sirena la miró. — Tengo que marcharme –Lucía asintió con la cabeza– en la tarde volveré. ¿Algo especial? — No. Gracias –le costaba dar las gracias. ¡Gracias! ¿Por qué?, pensaba. Augusto José se levantó y fue hacia la puerta, allí se giró para mirarla y decirle su particular adiós. La comida no le sentó bien a Lucía, así que por la tarde, estuvo aún menos comunicativa, si cabe. Recluida en su celda tendida en la cama, sentada leyendo los libros que le pasaban, las horas seguían siendo eternas y Lucía empezó a tener algo muy claro. Que según se despertaba su única esperanza, su única ilusión era la hora de visita de Augusto José. No, la hora de visita no. La hora de verle. La visita... él no era una visita. Él era todo. La esperanza. La luz, la vida, la libertad. El hilo conductor de sus días y sus noches. Durante días y días le había dado conversación que ella cada vez atendía más. Un chico culto, podía hablar de todo. Cuando se dio cuenta que a ella le interesaba la música, se desvivió para que tuviese una radio pequeña, 54


mínima. Cuando supo que le gustaban los dulces... cada día era una sorpresa, una delicatesen distinta. El día que vino con una rosa, Lucía vio un rosal y ocurrió algo que no pasó desapercibido para ella. Sus dedos se tocaron ligeramente. Buscó los ojos de él, pero no percibió cambio. Respiró aliviada. Otro día se presentó con un ramo de margaritas y el salón le pareció un jardín donde los únicos que estaban sentados eran Augusto José y ella. Sentados en la mesa, los dos sujetaban los tallos. Primero sus manos, las de Augusto José rodeando las suyas. Las yemas de los dedos la acariciaban. Sus miradas se buscaban. Hablaron poco, se dijeron mucho. Cuando quisieron pronunciar palabras la sirena no les dejó. Augusto José se levantó arrastrando su cuerpo hacia la salida, lo último en desprenderse fueron las manos. Lucía sentada en el banco con el cuerpo adelantado y los brazos extendidos era la expresión de la indefensión. Al llegar a la puerta y como hacía todos los días antes de marcharse, se volvió, llevó sus manos a la boca les dio un beso y con un soplo se lo mandó. Lucía dio un respingo. Le sonrió, levantó los brazos, recogió el beso y lo puso junto a su pecho. La puerta ya se había cerrado. Las tardes de visita al ser más cortas, eran un suspiro. Pensándolo, casi ni existían, aunque en la mente de Lucía fuesen imprescindibles. Las mañanas empezaban con el beso de llegada que él le daba. ¿Cuándo empezaron? Por rutina, decía ella. Por cariño, le contestaba él. Las risas entre ellos eran frecuentes. Los libros iban y venían. Los detalles también porque no todos podían quedarse. Los contactos se quedaban en el corazón de Lucía como un imán. Pero las piernas se entrechocaban debajo del banco. Se sentaban juntos y tímidamente al principio y sin disimulos al final, se daban abrazos no demasiado apasionados. Besos furtivos. Caricias melosas. Palabras dulces, cariñosas, llenas de vida y esperanza. — ¿Qué son cuatro meses, bebita? –jamás, nadie le había dicho eso a Lucía. Mientras su corazón latía preguntaba a su vez. — ¿Para qué? –Augusto José sonreía y le volvía a llamar bebita. — Vos y yo tenemos mucha vida por delante. –Y ese vos tenía tanta dulzura. Y la palabra mucha tan larga. Sentados en las mesas de madera, intentaban buscar la esquina, el final de la mesa. Allí estaban más apartados, no menos controlados porque todo estaba abierto y todos veían todo, lo que todos querían ver. Pero una de las mayores grandezas de aquellos que tienen privada su libertad, es la propia libertad de actuación en su reducto, en su parcela, en el espacio que por obligación le han adjudicado. En esa mesa de madera de bancos corridos, Lucía veía crecer a un hombre lleno de humanidad con todos los dones de los dioses, con ningún defecto de los humanos. Y así pasaron cuatro meses. Se había cerrado un ciclo. Un destierro donde la soledad le llevó hacia la dependencia de amor de un hombre. Un látigo que se extiende en el vacío hasta llegar a su punto más lejano. Su objetivo. Y luego retrocede. Augusto José le esperaba con el coche. Lucía no paró de hablar todo el camino. No preguntó adonde irían ni a qué. Sencillamente se dejó llevar. Fueron a comer, se miraron a los ojos, se besaron, brindaron. Hablaron de cosas sin importancia y cuando Augusto José le dijo que tendrían que ir a las oficinas de la Compañía Lucía sonrió le echó los brazos al cuello diciendo — Sí, tengo que ir, pero te tengo a ti. Te quiero tener a ti, para mí, todo el día. ¿Mañana a la mañana? 55


— Desde luego, están sólo por las mañanas –contestó con calma. — ¿Te tengo a ti? –preguntó de nuevo Lucía. — Bebita, tonta, ¿dónde estoy? Aún estaba pendiente el juicio pero la Compañía había pedido permiso al Juez para que la dejasen en libertad. Todo fueron buenas noticias. — …Sólo quedan algunos detalles, pero en quince días tendrás el billete de avión para regresar a casa… Tendrás que volver, pero no hay problema. Disfruta, esto ya casi está acabado. Augusto José estuvo toda la semana con ella, acompañándola, enseñándole lugares y rincones de la ciudad. Lucía estaba pletórica y el mundo giraba en torno a ella. Cuando llegaron los quince días dejó bien claro que ella no quería volver a casa. Que quería a Augusto José y que se quedaría con él. Le asignaron un trabajo en tierra y fueron unos días de mucho ajetreo, aunque nunca es tan grande lo que te ofrecen como lo que crees que recibes. Buscó piso. Intentó organizar su horario. Ajustaba sus citas con Augusto José. Se apuntó a una academia de baile porque había perdido el hábito de andar con soltura. — ¿Te das cuenta que ando a pasos cortos y con cautela? –le preguntaba. — Son imaginaciones que vos tenés –le contestaba. Lucía lo observaba. Había percibido un ligero cambio en su actitud. No sabría decirlo con precisión, era una postura quizás. Un estar. Un hermetismo. Una sin razón, pensaba en su fuero interno. Para su disgusto a Augusto José le cambiaron la ubicación del puesto de trabajo. Ya era imposible verse todos los días, se redujo a los fines de semana. El trabajo la tenía enfrascada. Los siguientes meses fueron una locura. No tenía tiempo para nada. El trabajo, la casa, las compras... No veía a Augusto José todo lo que quería y cuando estaban juntos Lucía se empezó a dar cuenta que ya no le buscaban sus manos. «Claro», pensaba. «¿Hay motivo de andar con cuidado?». «Eso es cosa de niños». Había cogido la manía de lanzar la cabeza hacia atrás. Le gustaba sentir como su media melena se desplazaba. Un gesto que no pasaba desapercibido. — ¿Preocupada? –le decía Augusto José. — No –contestaba tajante, pero sentía que le faltaba la palabra “Bebita” que quedaba sustituida por su mano que le oprimía el cuello y la atraía hacia él. Tampoco avanzaban en otros campos donde la distancia y el poco tiempo, eran un pretexto. Los fines de semana llegaban rápidos y se escapaban entre escaramuzas de: — ¿Dónde estás? Voy a verte… — Ando apurado. No tengo tiempo. Estoy ausente. Lucía no sabía a ciencia cierta cuando empezó. Un distanciamiento lento y pausado. Un ahorita mismo era no ver el momento. Un Lueguito te ver, y pasaban dos semanas. Su voz aterciopelada cada vez que 56


decía su nombre, se había vuelto neutra. Sus abrazos, gestos mecánicos y distantes. Los besos, rápidos y huidizos. Un día le sorprendió — ¿Qué hacés? –le preguntó mientras estaban paseando en silencio. Parecía que teniendo tanto tiempo no tenían nada que decirse — ¿Qué he hecho? –contestó Lucía con otra pregunta que no gustó a Augusto José. — Yo pregunté qué hacés. Tirás la cabeza hacia atrás en un gesto tonto. ¿Vos tenés una manía ridícula? Lo único que le quedó a Lucía fue el vos duro y de reproche. La acompañó hasta el autobús y no esperó a que arrancase para dar la vuelta y marcharse. Lucía le miró hasta que en una curva desapareció. Rebobinó su nueva vida. Pensó en sus idas y vueltas para pasar unos momentos con la persona que amaba. En el cambio, en los logros. Cerró los ojos porque no pensaba en ninguno. En las pérdidas. Todo, todo habían sido pérdidas. Todos aquellos detalles mínimos e insignificantes, habían desaparecido. Y hoy el último. «Ni siquiera ha esperado a que el autobús arrancase». Se propuso cambiar mirando hacia atrás sólo como ejemplo, no como dirección. Pidió el traslado. Quería ir a su casa. En la Patagonia ya no le quedaba nada. Ni el amor que creyó tener. Había pasado un mes y él, no la había llamado. La relación no era de él. La relación era de ella. Él, en ese momento se dio cuenta; era un hombre de la Compañía.

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Al final de la escalera Feli Cruz

Sharon, sintió sed, el grifo de la cocina estaba ahí, frente a ella, ¿a un paso, a dos, a tres? ¿Cuántos eran necesarios para llegar? Sentía sed, la orden despertó a su cerebro, que hasta ese momento había permanecido aletargado en otros pensamientos, pensamientos distantes al espacio físico. Apoyó una mano en la mesa, y la otra en la silla para erguir el cuerpo. Y el cuerpo comenzó a desplazarse con la coordinación de un bebé: parte de ella aún no estaba allí. Las zapatillas enchancletadas sonaron en el piso al contacto con el suelo. Contó los pasos, ocho. Abrió el armario para coger un vaso. Un acto rutinario, simple, doloroso: las bisagras de la puerta chirriaron quejosas recordándole que debían ser engrasadas; ese sonido le hizo cerrar los ojos. Al abrirlos fijó la mirada en la superficie bruñida del grifo. Observaba que algo se movía ahí dentro; acerca el rostro, es ella, su imagen deformada, pequeña, metida en una burbuja, aislada del mundo, era su imagen más fiel. La mano derecha, ajena a su mundo interior, sube la palanca y, el agua comienza a fluir. Pero la mano izquierda aún no había llegado al chorro, como si esa mano fuese más sensible, como si escuchase los pensamientos de la mujer que permanecía inmóvil al borde de la fregadera aferrada al vaso esperando su orden. El estruendo en el piso de arriba del adosado se mezcla con el pitido de la cafetera. A Sharon le tiembla la mano al retirarla del fuego. Cierra los ojos. Se tapa los oídos intentando acallar los gritos, los insultos, los golpes; la rabia estrellándose contra las paredes. Sabe que tiene que subir, pero quisiera no tener que hacerlo. El emperador había despertado. Sí, el emperador; aquél que con un movimiento del pulgar sabía que eran acatadas sus órdenes por temor a su cólera. El emperador, sonaba hermoso pensó. Pero el psicólogo dijo síndrome. Sharon se detiene en el primer escalón sujetándose con fuerza a la barandilla. Tirita como si tuviese frío. Y la mirada se pierde más allá de la escalera infinita; se pierde en el recuerdo. Ayer por la noche padre e hijo acabaron a gritos, a gritos contra ella. El marido culpándola de irresponsable, de malcriar a Henry. El hijo acusándoles de egoístas por no comprarle la moto. Ella gritaba en silencio, quieta, sentada en un rincón; abrazada a sí misma con los ojos clavados en el piso de la cocina. Empapada de tristeza y de miedo, sin saber qué hacer. Con el portazo del padre al marchar temblaron las paredes, identificándose con ella; con su propio temblor. Pero Henry seguía ahí, machacándola: quería su moto, su, moto. La zarandeó, la insultó, y por último le atizó un empujón de buenas noches derribándola de la silla, que se clavó en un costado. Hace años no le dieron importancia a las pataletas de niño chico, a sus caprichos: Quiero ese cochecito; compradme esos patines; no quiero ese bocadillo de mierda, cómetelo tú; he dicho que me compres ese videojuego… No, no le dimos importancia, ¿a qué criatura no le gustaba todo eso? Sí, rabietas de niño. Berrinches de niño. Amenazas de adolescente. La vergüenza en el supermercado, revolcándose por el suelo, tirando todo a su paso por no conseguir ese capricho. La llamada del colegio por haber pateado la cabeza de un compañero. Las sillas de la cafetería lanzadas al suelo, las madres protegiendo a sus hijos. Dejó de ser un secreto: Henry era un niño tirano; eso también lo dijo el psicólogo. Se quedaron sin amigos. 58


El padre ocultó la vergüenza en casa. Pero para Sharon la tristeza doblegó a la vergüenza. Han cesado los ruidos, solo se escucha el silencio. Las tablas crujen cuando Sharon pisa el último peldaño, se sobresalta. Toma aliento en el rellano, y con paso lento, arrítmico, va hacia la puerta. Henry, hijo, ¿estás bien? Silencio. Sharon inclina la cabeza intentando percibir algún rumor, por pequeño que fuese. Se estremece al escuchar su propio latido. Va girando el pomo, pero se para: cree haber escuchado algo. Al otro lado el chico la espera. Espera a que se abra la puerta. El tirano empuña un bate de béisbol.

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Decisión

Laura García Marcos

El día era anodino, como otros muchos en la vida de Jaime. Conducía su coche, atravesando un mar de espigas que comenzaban a amarillear sin más contraste que la línea de la carretera que rompía la monotonía del paisaje. Había tardado en salir por la duda de qué corbata era la mejor para ponerse en esta ocasión. Al final se había decidido por una de dibujos granates que combinaba con las rayas de la camisa. El coche comenzó a hacer un ruido extraño, Jaime disminuyó la velocidad pero el coche se paró de golpe y no conseguía arrancarlo. Desesperado cogió el móvil y llamó al seguro. — En cuarenta y cinco minutos tendrá la grúa –le contestaron. No puede ser. ¡Qué mala suerte!, pensó Jaime. Voy a llegar tarde a la reunión, con lo poco que me gusta hacerme notar. No me hace ninguna gracia asumir la responsabilidad del puesto que me van a dar; dirigir personal, tomar decisiones, arriesgar… Ahora que empezaba a sentirme cómodo en el trabajo y mis compañeros me tienen en consideración. A saber qué pasa si acepto, seguro que los empleados me miran mal. ¿Quién no mira mal a su jefe? Ya tuve bastante en el colegio. ¿Y si me equivoco en las decisiones? Aún me resuena la voz de mi padre. Como si él lo hiciera todo bien. Prefiero estar como estoy. Además tengo que cambiar de sede. Con lo que me cuesta hacer amigos. Ya me dice Antonio que igual encuentro allí la chica de mi vida, aunque seguro que ninguna se va a fijar en mí. Mientras le bombardeaban estos pensamientos sintió unos golpecitos en el cristal de la ventanilla. Vio la cara agobiada de un niño como de siete años intentando llamar su atención. Abrió la ventanilla preguntándose de dónde habría salido. El niño le dijo que le siguiera, que su madre estaba muy mal y no podía caminar. Jaime salió del coche y siguió al niño que se adentró entre las espigas que le llegaban hasta la cintura. A unos metros, tendida en el suelo, una mujer joven embarazada miraba a Jaime con cara de angustia, tenía la cara magullada y las piernas arañadas y llenas de polvo. Le dijo que se había puesto de parto y que necesitaba ayuda. Dudó unos segundos, pero luego se arremangó la camisa y cargó con la mujer hasta su coche mientras el niño miraba aliviado la operación. La tumbó en el asiento trasero y llamó a una ambulancia, le dijeron que tardarían media hora en llegar. Le preguntó si quería que llamara a su marido, pero la mujer le contestó que no lo hiciera, aumentando el tono de desesperación. La mujer comenzó a gritar de dolor. Jaime miraba a su alrededor buscando a alguien que le sacara de aquel aprieto, pero la única persona que había era un niño de siete años que le miraba con tanta confianza que le hacía pensar que no podía defraudarle. No tenía ni idea de atender un parto, pero había oído que sólo había que dejar que el niño saliera, si no había ninguna complicación. Los gritos de la mujer parecían indicar que aquel bebé no salía con tanta facilidad. Sacó un botellín de agua, le dio un poco a la mujer y le secó el sudor de la frente. Los minutos se hacían eternos mirando a la mujer rota de dolor y la criatura que se empeñaba en hacerse presente en el mundo sin pedir permiso. Le gustaría saber quién era, de dónde venía y qué hacía allí en medio de la nada. La mujer se fue tranquilizando. Le contó que se llamaba Gemma, llevaban andando desde el día anterior. Salió con lo puesto huyendo de su marido después de una paliza. 60


Por fin llegó la ambulancia y metieron a la mujer dentro, Jaime se quedó con el niño de siete años en medio de la carretera. — ¿Cómo te llamas? –preguntó Jaime. — Daniel –contestó el niño–. ¿Se pondrá bien mi mamá? — Sí, no te preocupes. El silencio se alargaba con la espera. Entonces escucharon un llanto. La cabeza del enfermero asomó por la puerta de la ambulancia: — ¡Es un niño! Jaime se sintió aliviado. De pronto apareció la grúa. Miró su coche sin poder arrancar en medio de la carretera. No pudo contener la emoción y se fue en directo a la ambulancia, donde vio a Gemma tumbada en la camilla con su nuevo hijo entre los brazos. Jaime notó una gran satisfacción. Le prometió que iría a verles al hospital cuando volviera de la reunión. Se despidieron y volvió a donde estaba su coche. El mecánico inspeccionó el coche, tocó en varios sitios y lo consiguió arrancar. Aunque un poco tarde, aún llegaba a la reunión y llamó para avisar. Ya de nuevo en su coche, avanzando por la carretera, miró por la ventanilla y contempló el mar de trigo. Entonces vio pequeñas amapolas en la vera de la carretera y salpicando los campos. Después de unos minutos vio a lo lejos unas casas y pensó en la mujer y los dos niños que se habían cruzado en su vida.

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Llanto por un banco vacío

José Manuel Rodríguez

Su madre le preguntó a Tito: —¿Que hacías tan atento con aquel señor en el banco del parque? — Le llaman el abuelo, es muy amigo de los niños, estaba haciendo un cigarro, y me quede mirando. Me dijo que si nunca había visto hacer un cigarro. Que podía mirar. Sacaba el tabaco de una cartera, lo envolvía en un papel que sacaba de un libro muy pequeño, lo pegaba con la lengua, para darle fuego, tenía un chispero con rabo que sacaba chispas dándole con la mano, y cuando cogía fuego lo que él llamaba mecha, prendía el cigarro. La mecha la apagaba con la mano, a mí me ha enseñado a sacar chispas. El abuelo o Silberio, como le llamaban muchos niños, si hacia bueno siempre se sentaba en aquel banco. Le acompañaba un gato muy bonito, con el pecho blanco, que se dejaba acariciar, y tres gorriones que revoloteaban a su lado; no se asustaban, se le posaban en el hombro o en cualquier parte. Dice que los gorriones se interesan mucho por la comida. — Son amigos, porque les doy queso rallado, que les gusta mucho, y alguna miga de pan. Siempre van donde pueden pillar algo, son muy gorrones, por eso les llaman gorriones. Otro día, le contó a Tito una fábula que decía lo siguiente: A la jaula de un jilguero colocada en un balcón Un gorrión y otro gorrión bajaban del alto alero: —Buenos días, compañero –gritaban al descender. Y él solía responder: — ¿Es la visita por mí o venís solo a comer? Siempre les aconsejaba a los niños que no fuesen egoístas, que no quisieran cosas imposibles. Les contó el cuento de aquella niña, que quería ser ángel y tener alas. Fue la niña donde un señor que era medio mago, que hacía muchas cosas de paja, sombreros, sombrillas, cestos. Le pidió, que le hiciera unas alas de paja que pesaran poco. —No hay problema, pero es peligroso volar. Las alas de paja le quedaban bonitas, los bordes con las espigas del trigo, parecían alas de verdad. Para coger vuelo saltó del balcón, parecía un ángel. La acompañaban algunos pájaros, se dieron cuenta de que las espigas de las alas tenían grano, se posaron tantos pájaros para comer que con el peso no podía volar. Menos mal que cayó en la piscina, y sabía nadar. Algunos niños más mayores le llevaban a Silberio cañas, con las que les hacía silbos, por eso dicen que le llaman Silberio. También les hacía flautas, que les enseñaba a tocar; con la flauta era mejor que el flautista de los ratones. Otro día les contó cómo se inventaron las peceras. Porque también hay peces voladores, que vuelan, salen del agua con un gran salto, mueven las aletas y parecen alas. Uno que era más atrevido voló más alto, como hacía mucho viento lo sacó por los aires y cayó en una huerta. Un niño que estaba cazando mariposas, sin hacer ningún caso de llevar las cebollas que le mandó su madre, vio caer algo con alas, le pareció una mariposa muy rara, 62


se dio cuenta de que era un pez. Rápidamente, lo metió en un bidón que tenía con agua, le llamó a su madre. Será mejor que bajes y veas esto, a su madre le pareció un pez tan bonito que buscó un recipiente de cristal, allí metió el pez y se informó de lo que comían los peces. Y así se inventaron las peceras. Uno de los días, en el banco estaba el gato y los gorriones solos, el abuelo no apareció más. A los dos días había un letrero que ponía: el abuelo voló al cielo. Algunos de los niños lloraban, otro dijo: — Ojalá no haya llevado las alas de paja.

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Nala y el dolor Javier Abad

Unos ojos desperezándose, justo después de despertar. Un sonido aumentando poco a poco de volumen hasta hacerse audible, diferenciable, poseedor de su espacio propio. Un enfoque progresivo, hasta llegar a la nitidez. El amanecer lento de un bosque, con los árboles dejando de ser una masa de sombras para transformarse en hoja y corteza. Del olor que intriga al que se identifica. Desde la intuición, hasta la idea desarrollada. Un trazo inicial que acaba siendo un cuadro. Una sucesión de notas que termina, por ser melodía. Una célula, dos, cuatro, ocho… Un cúmulo de vapor de agua, y otro, y otro, hasta llegar a nimbo, o a cirro, o a estrato desde una gota al río, o al mar, o al hielo. Una pompa de jabón congelándose... Así, o de un modo parecido, hay sentimientos que cristalizan, que se materializan. No es que evolucionen o se transformen; se conforman. Y aparecen. La forma final definida es lo que les da esencia e identidad. Se crean, mezclando el poco a poco con el de repente. La intuición los ve antes, desde más lejos, pero hay mucho camino hasta la superficie. Los miro ahora como quien observa peces en un estanque, y se maravilla del espectáculo sin saber a qué especie pertenece cada uno, algo que nada tiene que ver con su comprensión. Cada día millones de casualidades pasan desapercibidas, pero algunas, por valor inherente o proyectado, se quedan, y cambian el rumbo. Ahora dudo de que algo merezca la pena si al mismo tiempo impide vivir. Qué tristeza, qué dolor, qué sufrimiento tan en vano. Estoy fuera, lejos. Callado, solo. Oscuro, frío, rasgado. Así se está cuando corazón y cerebro se contradicen, no entre ellos, sino cada uno dentro de sí. Hace casi dos mil quinientos años, en su cueva platónica, un creador de ideas descubrió que había tres almas: la racional, la irascible y la concupiscible. Creo que sólo era inmortal la primera de ellas. Sea ahora… Hoy es la última noche en Recemunde, la primera vez que vengo este año, en su último mes. Ha sido un día de sol y claridad, de calor y certezas torturantes. En un intento de compensarlas, he aprovechado la luz y la temperatura para caminar, solo, sin móvil, sin avisar, sin palo, solamente armado con una cámara de fotos, por lo que pueda pasar. La belleza alivia, aunque no tanto como de costumbre. La soledad pesa, más que nunca, más que nunca. Al de un rato y cuatro fotos, me doy cuenta de que me acompaña Nala, la perra de mi prima Clari. Desde que hemos llegado, le he dado de comer tres veces, pero todavía no he conseguido tocarla con (su) tranquilidad. Un año sin vernos… Al principio va lejos, detrás de mí, manteniendo la distancia. Una perra que era cariñosa, juguetona, feliz, hasta pesada y bruta en alguna ocasión, sigue siendo prácticamente un cachorro, pero va con las orejas hacia atrás, el rabo entre las piernas, cabizbaja, sin acercarse. Algo la ha cambiado, probablemente el dolor… Momento de llamarla, silbar, mostrarle que la he visto y que la espero, pero sin presionarla. Tras unos segundos, tímidamente, con la nariz pegada al suelo haciendo que huele y mirando de reojo, da dos pasos hacia mí. Tiempo ahora de girarme, seguir caminando, volver la cabeza para verla, ignorarla. No han pasado ni tres minutos y la distancia es menos de la mitad. Cada vez que paro para hacer una foto la miro, y doy tiempo a que se dé cuenta de que no tiene nada que temer. Le hago casi todas las fotos a árboles, alguna nube, algún paisaje. Ya está cerca, me merodea, está algo más relajada. Seguimos caminando hacia el río. Se oye a lo lejos el eco de disparos de cazadores, pienso en ciervos, y jabalís, en lobos y osos, en aves. Miro mi cámara, sonrío. Vuelvo a enfocar mi oído hacia el eco, Nala mira en la misma dirección. Estamos a dos o tres metros el uno de la otra. Me tomo mi tiempo para hacer una fotografía, y al reanudar la marcha piso un resto de piña, con el consiguiente crujido y traspiés. Escucho a Nala a mi espalda echando a 64


correr eléctricamente, no la llamo ni me vuelvo, simplemente le pego una patada a la piña y sigo andando. Al de unos segundos ya la oigo jadear. Todos los perros con los que había paseado sin correa suelen ir por delante; ésta todavía no se me había puesto a la par. Tras el inoportuno sobresalto, la situación se normaliza y proseguimos viaje, fotos y olfateo. Sin darme cuenta, la tengo caminando a mi lado. La miro, sonrío, me observa expectante, cierra la boca, su dirección empieza divergir de la mía, levanto la vista. Unos minutos andando y me vuelvo a girar hacia ella, no se entera, contempla el paisaje, inspecciona los lados del camino, curiosea, está distraída. Bien. Toda distracción implica relajación y olvido, para ser posible. Miro al sol y calculo cuánto tiempo nos queda. Me detengo para hacer otra foto, y la perra se para a mi lado. Tras el clic empezamos a andar los dos a la vez. ¿Qué le gustaba a Nala? Lo había estado hablando con mi hermana y Aitor. Algo le encantaba… En ese pasado diferente y remoto, ¿qué le gustaba lo que más? Creo que era correr. La vuelvo a mirar, me observa sin esperar, lengua fuera, orejas hacia arriba, qué pasa, bonita, que eres más bonita tú, eh, qué pasa, ¡una sacudida! ¿Ha hecho un amago de menear el rabo o me lo ha parecido? Aprovecho la duda y apuesto todo al rojo, me pongo a correr despacio, alejándome de ella, haciendo movimientos simiescos con brazos y piernas mientras la llamo; sí, efectivamente le gustaba correr… Corre pasando a mi lado una y otra vez. El catarro me deja sin fuelle en dos minutos, vuelvo al trote y luego al paso, que no quiero sudar. Nala sigue, por el sendero, por una campa. En una ocasión de las que pasa cerca, la intento tocar, despacio, y consigo que su marcha no varíe; no se para, pero tampoco acelera ni cambia de trayectoria como antes. La paciencia dará sus frutos. El paisaje es espectacular. El bosque recibe al sol con amarillos, verdes y grises, el suelo está hecho de hojas, piedra, barro, algún charco congelado con restos de fino hielo superviviente, piñas, erizos de castañas, pequeñas ramas, agujas de pino. En el aire se oyen pájaros, viento en las hojas de los árboles, la respiración de Nala, los dos saltos de agua que hay abajo, en el río, pequeños animales, hojas cayendo y chocando contra otras hojas. El dolor sigue estando… Nala aparece por unos matorrales a mi derecha, y al verme viene corriendo, vuelvo a hacer el baile del gorila, que vuelve a tener éxito, y la vuelvo a ignorar. Otro árbol, nueva e irrepetible maravilla de la iteración fractálica, llama mi atención. Joder, es perfecto. Qué equilibrado. Qué envidia. Le hago varias fotos. Cuando bajo la vista Nala está a mi lado, quieta. Me examina. Con lentitud y decisión le acaricio el lomo, y como un impulso inevitable se arquea entera de tanto esconder el rabo y se aleja, sólo dos pasos; algo que por supuesto no trato de impedir. La vuelvo a llamar como si no hubiera pasado nada y camino en dirección contraria. Me sigue. Quedan aproximadamente dos horas de sol y llevamos andando más de una hora, toca iniciar el regreso. Al fin Nala ya va por delante, investigando todo lo que encuentra su nariz, como buen perro. Sin casi prestarme atención, vira de un lado a otro tras estímulos y pistas, siguiendo rutas invisibles de olores o recuerdos. O caprichos. Me quedo de pie, inmóvil, en el mezzo del camino. A mi derecha el bosque trepa por un repecho en la ladera que le dificulta la subida no sólo por el aumento en la pendiente, sino porque el suelo de esa zona se decanta por la piedra, relega la tierra, la olvida parcheadamente; sin embargo, ese robo de sustrato no impide que los árboles, también ahí, encuentren un sitio donde vivir. A mi izquierda el valle fluvial, de formas lentas, esa “uve” líquida y suave (a diferencia de la “u” sólida y rígida de los glaciares) que acogerá el atardecer dentro de dos horas en su vértice exacto, y que se extiende de este a oeste serpenteando como el río que la moldea. Nala detiene su paso y me busca. La llamo, silbo y doy media vuelta, con el tiempo justo para ver que arranca a correr hacia mí. Para el regreso cambiamos ligeramente la ruta, dando un pequeño rodeo. A Nala le gusta la idea. Entro en un bosque de árboles jóvenes, de pinos con troncos delgados y poca altura todavía, con ramas bajas que me obligan a agacharme. En una de éstas, sin previo aviso, me quedo en cuclillas y llamo a la perra; dudando, se acerca; luchando contra sí misma, da cada paso mientras ojea cien sitios diferentes; por fin, me deja que la acaricie. Al acercar mi mano la huele y casi no me deja tocarle más que el morro, mientras me chupa los 65


dedos. Qué mal lo está pasando, cuánto miedo. ¿Qué te habrán hecho estos hijos de puta, con lo que tú eras el año pasado? Si intento cambiar de sitio y acariciar otro lado mete la nariz, me mira cada vez más fijamente, da lengüetazos algo desesperados a mi mano, su cuerpo se crispa y se vuelve a relajar: es la encarnación perfecta de la frase «Por favor, no me hagas nada». Casi no me deja tocarla a base de lametones. Cuánto te han pegado, pobre. Y qué maleables somos todos los animales… Cuando veo que le empieza a costar demasiado sigo andando por el bosquecillo hasta llegar a un claro, hago unas fotos y vuelvo a salir de cuclillas. Llegamos al cruce de los seis caminos, me recreo en su roble central, emprendemos el último tramo. Antes de llegar a las casas, acaricio a Nala de nuevo. Ya puedo tocarle la cabeza, la espalda, el hocico, no me chupa, las orejas, el cuello. Dice un proverbio chino, o indio: «Enfréntate a lo que temes, y el miedo desaparecerá». A veces. Cuando llegamos se tumba encima de su muro, mucho más tranquila que estos días, y la toco una última vez desde abajo. El dolor sigue estando…

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De cuervos, gatos, cosechas y bañeras

Francisco Ruiz Moreno

Aquel horizonte negro agrajado, desde Castro hasta Arminza, y aquel galernoso bochorno, más rápido de lo normal, en estas fechas de mayo. Yo intenté acelerar el paso, aunque en mi estado (eyección cardiaca del veintinueve por ciento y fibrosis pulmonar) me costaba bastante, además de no ser aconsejable, pero con un poco de empeño y resistiendo el anginoso dolor de pecho y brazo, conseguí llegar al portal con las primeras gotas y los primeros golpes eólicos. Respiré intentando llenar los pulmones, subí en el ascensor y llegué al salón. Después de comprobar ventanas y cortinas, puse una nitroglicerina bajo la lengua, me senté en mi mecedora favorita, de madera y cuero negro, apoyando mis brazos sobre los suyos. En tres minutos se me fue el dolor de pecho y brazo quedándome en un estado Edénico. Cuando abrí los ojos, frente a mí, en aquel sofá de cuero negro, estaba aquel sueño con forma de azafata celestial. Su falda gris, que formateaba sus caderas y apretaba sus muslos, inclinados levemente a la izquierda, hacían que la ordinariez anduviese por los sitios que le corresponde, su camisa de gasa negra desde la cintura de tábano hasta los hombros dejaba ver aquel agujero de en medio, aquel ombligo que parecía un micro cráter rodeado de filamentoso y delicado vello, que terminaba donde el lector se está imaginando. Su sujetador también era negro, muy transparente, que dejaba imaginar unas areolas y pezones que se negaban a cumplir las leyes de Newton, parecían sostener la camisa de gasa en su turgencia, ni una triste arruga ni en el cuello ni en la cara, solo una cadena que sujetaba una medalla de Nuestra Señora del Santo Relato, un lunar en la comisura de los labios, unos ojos negros cansados de amor sobre una cara redonda y una sonrisa digna de una azafata celestial. Su pelo recogido en un moño despeinado, con tres o cuatro horquillas, de las de antes, que son como las de ahora (hay inventos que agradece la humanidad) y aquel pie y tobillo que se imaginaban delicados cubiertos por unas botas negras que llegaban a su falda gris. Con el viento un cuervo negro se posó en la repisa de la ventana, miraba en todas direcciones. El gato más negro si cabe, tuerto de remate, se quedó mirándolo no con muy buenas intenciones, con su ojo satánico, pues el bueno se le había quedado como un remache con rebaba. Entonces soñé que llamaban a la puerta, por la hora solo podía ser una persona: mi vecino Allan, que venía por su cuervo y su gato, me habíalos prestado para inspirar mi relato. Como era habitual en él, venía borracho, de whisky y ginebra de garrafón, yo creo que era el origen de sus altibajos. Según me dijo no era cierto que él, con el cuchillo de las ostras, hubiese sacado el ojo al gato, habladurías de los vecinos, el ojo se lo había jodido en el jardín una partícula de basura espacial, la mala ostia del gato era preocupante desde entonces, hasta con su sombra se ponía a la defensiva, pelo erizado en el lomo, manos abiertas, cuerpo retrancado hacia atrás y empinados culo y cola. La boca amenazadora de felino con aquellos caninos largos, finos, afilados, cuando salía por la puerta le dije que vigilase al gato, pues no quitaba ojo al cuervo que llevaba en el hombro mientras el gato caminaba a su lado. ¡Bah!, los tengo controlados, se fue diciendo. Poco después, me enteré de que una noche, llegado en su estado habitual de madrugada, se encontró con el suelo y las paredes ensangrentados; en el parqué estaban las plumas, tripas, el esternón y medio cuervo, el otro medio se lo había zampado el puto tuerto, el gato. En uno de sus habituales estados de histeria, cogió al gato por el gaznate y apretó hasta que hizo saltar el ojo satánico, el sano, el gato expiró, cogió la pala y lo enterró bajo la higuera, al lado del tronco. Al año siguiente la cosecha de higos fue excelente y cuentan los vecinos, que cuando cogen un higo se oye un gemido que parece el llanto de un convicto, pero felino. Oí un ruido en el baño, de cristales, acompañado de un golpe sordo y seco, que me hizo despertar sobresaltado, qué terribilidad, en el sofá no había una virginal criatura, era la abuela, con noventa y seis años, con su bata de algodón azul, mal abrochada, las piernas no eran tersas sino llenas de gruesas y venosas varices, el ombligo 67


no era un micro cráter, era un agujero ordinario y pellejoso, sus flácidos y alargados senos caían hasta la cintura, su cuello tenía más arrugas que su vientre recién parido, su romántico lunar se había convertido en una verruga adulta y caída, más encurtida que la mojama, las bolsas de los ojos llegaban hasta la nariz, su pelo no era negro, sino cano y greñado, con su raya y su peineta, esa que también se usa para la caspa y los piojos, el gato no era negro, era mi persa blanco suave como platero, que siempre me disputaba la comida, el cuervo no era tal, era un cernícalo que se había empeñado en jamarse mi jilguero. Me fui al baño, abrí puerta y vi que el espejo estaba hecho añicos de un pastillazo, del resbalón de aquella mujer, que desnuda había caído en la bañera seca de agua, un hilo de sangre salía de sus oídos y de la comisura de sus labios, pintando de rojo el fondo de la bañera. Sabe Dios que era muy hermosa aquella mujer, vi que llevaba al cuello una medalla de Nuestra Señora del Santo Relato. Fui a coger una toalla que estaba en lo que yo creía que era un arcón para la ropa sucia, para limpiar un poco aquello, cuando levanté la toalla vi que no era un arcón, sino una urna de cristal llena de un líquido transparente y viscoso, en el que había dos pulmones, dos riñones, un hígado y un corazón que latía, se mantenían vivos gracias a una fibra que le alimentaba de energía eléctrica y de nanopartículas alimenticias. Salí del baño asustado dejando allí aquella hermosa mujer, con su bañera y su cosecha.

Posdata: dicen que los recuerdos mantienen vivos a los que iniciaron el viaje de no retorno.

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Kontaketa tailerra - Taller de relato 2017/2018  

Kultur Leioa. Kontaketa Tailerra. 2017/2018 kurtsoa // Relatos del taller de relato del curso 2017/2018

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