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El pajarito

z Issher & KSMF


El Pajarito. Iiszi observó su mano, muy mala, era muy mala. Iba a ser su última ronda con sus amigos, pues lo estaba perdiendo todo jugando a las cartas. Observó entonces a sus amigos. Zackii, con todos sus brazos y piernas, tan largos y finos que siempre que se movía se le rompía alguna extremidad dejando el lugar lleno de afiladas y punzantes astillas huesudas, había apostado un cuchillo oxidado. No era bonito, pero cortaba. Kabolo, cuya cabeza flotaba girando sobre sí misma porque había perdido el resto del cuerpo, había apostado la imagen de un niño muerto. A Iiszi siempre le había gustado y deseado tenerla, pero sabía que no la iba a ganar. E Idiota, que no tenía ni ojos, ni nariz, ni boca, ni nombre, por eso le llamaban Idiota, había apostado su inseparable muñeca de porcelana con la que a menudo se divertía violándola. Iiszi lo había perdido todo, sólo le quedaba su objeto más preciado, un dedo de vieja, y no un dedo cualquiera, el dedo anular con su maravilloso y reluciente anillo. —¿Qué pasa? ¿Eres un cobarde Iiszi? —se jactó Kabolo, cuya mirada burlona comenzaba a perderse al girar libremente su cabeza. —Cállate —protestó Iiszi. Todos se rieron menos Idiota. —Entonces juega, yo también quiero quedarme con ese precioso dedo —respondió Kabolo. —Que… que.. que-que… creo que ese dedo será mío —repuso Zackii. —¿Para que también lo rompas? —se burló Kabolo. Todos rieron de nuevo, menos Idiota. —¡Esta bien! —Iiszi puso su dedo junto con el resto de apuestas. —Así me gusta, perdiéndolo todo como un cobarde —dijo Kabolo. De nuevo rieron todos, menos Idiota. Era el momento de enseñar las cartas, Iiszi estaba tan nervioso que empezó a sudar sangre. Zackii fue el primero en enseñar su mano, y al hacerlo rompió su brazo que al caer se quedó clavado como una aguja en el suelo. Idiota rió, con esa estúpida risa sin boca. —¡Pareja! —dijo Zackii, orgulloso. 2


Bien, sólo una pareja, ya sólo quedaba superar a los otros dos. —Has perdido tu cuchillo, Zaaaackiiiiiii… —anunció Kabolo mientras sus cartas, que hasta entonces había levitado alrededor de su cabeza, caían al suelo y enseñaban un magnífico full. Maldito demonio, él también tenía un Full, por suerte el suyo valía más que el de Kabolo. Sólo quedaba Idiota. —Vamos, enseña lo que tienes, Idiota —dijo Kabolo. Idiota mantuvo su acostumbrado silencio, sin embargo no enseñó las cartas. Entonces comenzó a reír. Iiszi y Kabolo miraron a Zackii. No, no se le había roto ninguna pierna o brazo. Qué extraño. Idiota siguió riendo. Entonces Iiszi sintió algo, algo frío, helado que agarró sus entrañas como una zarpa afilada. Todos le miraron, incluido Idiota, con su cara sin cara, que reía cada vez más fuerte. Aquella helada zarpa abrasó sus vísceras y empezó a tirar de él. Iiszi chilló, sabía lo que era y no quería, chilló con todas sus fuerzas y sus amigos rieron divertidos. —Buen

viaje

Iiszi

—se

despidió

Kabolo

con

una

macabra

sonrisa.

Entonces la helada zarpa tiró fuerte de él, una última vez, arrancándole de allí al tiempo que daba su último alarido.

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z Al instante Iiszi apareció en un lugar desconocido. Una habitación oscura, iluminada con algunas velas y llena de muebles, estanterías y libros. Era un hogar humano, sin duda. Iiszi decidió esconderse de inmediato, era lo mejor. Pero cuando quiso moverse chocó contra algo que le dio un potente calambre que recorrió todo su cuerpo. Reconoció aquello y miró al suelo. Estaba encerrado en un maldito círculo de runas. Mierda. —Hola, demonio —escuchó una voz tras él. Al girarse vio a un hombre alto, mucho más alto que él. En realidad todos los humanos eran más altos que él, salvo los niños. A él le gustaban los niños. Pero este humano daba miedo, desprendía poder, demasiado poder. Malditos humanos. Iiszi hizo una pedorreta en señal de desprecio, pero el humano sólo sonrió. Aquello molestó aun más a Iiszi, que se riese de él un humano. —Estáte tranquilo, podría convertirte en mi siervo, sin embargo no lo haré. Era cierto, Iiszi era un demonio menor. Bueno, había demonios aun pequeños aunque no sabían pensar. Muchos de ellos eran trozos de otros demonios, como el cuerpo de Kabolo que había decidido no volver junto a su cabeza, cosa que a Kabolo le enfurecía. Y como era un demonio menor era fácil convertirse en siervo de otro demonio, o de un humano con suficiente poder. Iiszi miró al humano con suspicacia. —Sólo quiero proponerte un trato —dijo el hombre. Las orejas de Iiszi se alzaron como un resorte al escuchar aquella palabra ¡Trato! Si algo les gustaba a los demonios eran los tratos, especialmente con humanos estúpidos. —¿Qué clase de trato? —preguntó Iiszi interesado. —Uno que beneficie a ambos. Iiszi rió entre incrédulo y curioso. Normalmente los humanos siempre salían perdiendo en los tratos. De hecho en eso consistía el trato. —¿Qué quieres, humano? —Necesito tu ayuda, la ayuda de un demonio, por eso te he traído. 4


—¿Y en qué consiste esa ayuda? El hombre sonrió. —Necesito que busques un objeto para mí. —¿Qué clase de objeto? —Nada difícil. Una cajita dorada, una cajita que se encuentra en una casa a la cuál no tengo acceso. —¿Por qué quieres esa cajita? —preguntó Iiszi curioso. —Eso no es de tu incumbencia, pequeña bestia —contestó serio el hombre—. Tu sólo tráeme la cajita y tendrás tu parte del trato. —¿Y cuál es mi parte? Éste era el momento más interesante. —Dime, ¿qué pides? Vaya, este humano era o demasiado generoso o demasiado estúpido. Iiszi miró la oscura sala, todo estaba lleno de libros y cosas aburridas. De pronto vio una jaula, una pequeña jaula con un pajarito en su interior. —El pajarito —dijo Iiszi, señalando al ave enjaulada. El hombre rió. —Está bien, tendrás tu pajarito. Pero tendrás que traerme la cajita. A Iiszi le gustaba el pajarito. Iba a perder su preciado dedo de vieja, pero podía llevarse el pajarito y jugar más partidas de cartas. O no. Porque el pajarito estaba vivo, y ninguno de sus amigos tendría un pajarito vivo. Y todos le mirarían con envidia y deseo, y todos querrían su pajarito. Iiszi sonrió sólo de imaginarlo. —¿Trato hecho? —preguntó el alto hombre. —Trato hecho, humano —contestó Iiszi. Y el pacto quedó cerrado.

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z Era de noche, Iiszi prefería la noche, los humanos eran medio ciegos y no podían ver entonces. La casa era grande, y tenía un gran jardín alrededor. A Iiszi le desagradaba mucho tocar las hierbas y plantas, le provocaban un cierto picor en el cuerpo y si estaban muy vivas le hacían sangrar. Se acercó entre las sombras a una de las ventanas de la casa. Dentro había una sala vacía. Los humanos dormían por las noches, estúpidos. Decidió entrar por la puerta, siempre había alguna ranura y, en efecto, el espacio que quedaba entre el suelo y la puerta sería suficiente. Como una sombra se deslizó en el interior de la casa. ¡Qué montón de cosas! Alfombras, sillas, mesas, había todo un mueble repleto de platos y vasos. A Iiszi le gustaban los platos, le gustaba el sonido que hacían al romperlos. Pero no estaba allí para eso, debía cumplir su parte del trato. Buscó por las habitaciones, pero no encontró la cajita. Entonces decidió buscar en el piso de arriba. Las escaleras también eran divertidas, sobre todo cuando alguien se caía por ellas. Lástima que nadie se cayese por ellas. Cuando llegó arriba se asomó

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por una puerta entreabierta. ¡Oh! ¡Humanos! Humanos durmiendo como si estuviesen muertos. Iiszi sonrió, le hacía gracia. Humanos muertos, eso sí que era gracioso. ¡Ah! Pero allí estaba la cajita dorada, sí. Allí al fondo, demasiado cerca de los humanos. Iiszi gruñó molesto, y entonces uno de los humanos removió en la cama con un ronquido. Shhh… shhh… Iiszi tenía que ser muy silencioso, sino los humanos despertarían. No podía entrar allí sin más, le descubrirían y no tendría su pajarito. Dio media vuelta y entró en otro cuarto. ¡Ah! ¡Una cuna! A Iiszi le gustaban las cunas, sobre todo cuando tenían niños dentro. Se acercó silenciosamente hasta ella y se asomó. ¡Oh! Un bebé humano. Lo que más le gustaba a Iiszi eran los bebés humanos. Eran como sacos de carne y vísceras, no se podían mover, sólo sabían chillar. Eso era lo que realmente le encantaba a Iiszi, los gritos de dolor y llantos de miedo de los niños humanos. Volvió a sonreír contento. Con cuidado metió una de sus manos entre las sábanas del bebé y cogió una de las débiles y blandas piernitas del niño. Tiró de él, tiró arrastrándolo por la cuna y entonces clavó sus uñas en la carne del bebé humano. De inmediato el niño chilló, chilló de dolor y de miedo. Iiszi corrió y se escondió en una sombra mientras se regocijaba de placer. A los pocos segundos los dos humanos salieron de su cuarto y se dirigieron al del bebé. Pero no vieron a Iiszi, porque Iiszi sabía esconderse bien. Aprovechando que los humanos ya no estaban volvió a entrar en su cuarto y fue a por la cajita dorada. Oh, que bonita cajita, era muy bonita. Tenía ganas de romperla. Pero ¿qué habría dentro? El humano sólo quería la cajita, no dijo nada de su interior. Iiszi intentó abrir la cajita, pero no pudo. Malditos humanos, siempre protegiendo sus cosas. Entonces escuchó las voces de los humanos acercándose, debía salir de allí. Iiszi abrió una de las ventanas y saltó llevándose la cajita. Ya tenía a su pajarito, su bonito pajarito con su carne y su sangre. Pensó en qué haría con él. Podía quitarle los ojos, sería divertido. No, no, podía quitarle mejor las alas. Un pajarito sin alas. Rió. Podía hacer tantas cosas con su pajarito. De repente sintió una presencia extraña, la había notado antes de entrar en la casa, también en el jardín, pero ahora era más fuerte. Iiszi observó el jardín, oscuro en la noche. Conocía esa presencia, un espíritu. Malditos espíritus, siempre metiéndose en medio. Intentó salir de allí cuanto antes, sin embargo algo le cortó el paso. Allí estaba, frente a él, un espíritu humano. Iiszi gruñó. —Déjame pasar —exigió Iiszi. El espíritu no contestó, se acercaba lentamente. Los espíritus humanos eran 7


inaguantables, solían ser tan ciegos como los humanos aunque los peores eran los guardianes. Iiszi temía que éste fuese uno de ellos. —He dicho que me dejes pasar —volvió a exigir. El espíritu alargó su mano y emitió un chillido de muerte. —No, esta cajita es mía, no te la voy a dar —repuso Iiszi. El espíritu pareció enfadarse, sin duda era un espíritu guardián, no dejaría que nadie se llevase esa cajita. Gruñó. —¡Quítamela si puedes! —dijo Iiszi, y echo a correr. Corrió por el jardín, intentando ocultarse entre las sombras, pero para los espíritus las sombras no existían. De repente el espíritu guardián apareció frene a él cortándole el paso y exigiéndole la cajita. —¡No! ¡No y no! —dijo Iiszi y lanzó un zarpazo abrasador como el infierno. El espíritu volvió a chillar y se alejó. —Vuelve

y

te

daré

otra

que

te

enviaré

al

limbo

Por fin tuvo camino libre y salió de aquel lugar en busca de su pajarito.

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—amenazó

Iiszi.


z Iiszi deambulaba feliz, de vuelta del mundo de los humanos, con su pajarito al que había atado, o más bien incrustado en una gran cadena. Tan pesada era que el ave no podía aguantarla con sus débiles patas y se veía arrastrada por ella a medida que Iiszi avanzaba por la desolación. Pero Iiszi estaba contento y orgulloso, todo el mundo había visto su pajarito, todo el mundo sentía envidia y todo el mundo lo deseaba. Porque nadie tenía encadenada una vida del mundo humano allí, al menos ningún demonio menor. Al final había decidido cortarle las alas, y el estúpido pajarito no podía volar, cosa que a Iiszi le encantaba. Pero además le había arrancado el pico, y en su lugar había ensartado una larga astilla porque, según él, un pajarito debía tener un pico largo y afilado. En el mundo humano el alma de aquella pobre criatura habría abandonado su roto y corrupto cuerpo, pero allí no, ahora ese alma pertenecía a Iiszi y no podía escapar. Por lo que la vida de aquella pobre criatura estaba encadenada a un eterno suplicio de tortura y dolor. Y eso le encantaba. Una extraña y oscura presencia le inquietó de repente. —Iiiiisssszi… —escuchó el siseante susurro a su espalda, y cada uno de sus pelos se erizaron como escarpias. Iiszi se volvió con gran temor, pero no vio a nadie. Dio media vuelta y entonces pudo verlo, estremecedor, oscuro, con una larga cola que se ondulaba lenta y suavemente. Y aquellos ojos amarillos de luz mortecina. —Za… Zashs… —murmuró lleno de miedo. La cadena que le unía con el medio muerto pajarito tintineó al temblar. Zashs era un demonio mayor, al menos mayor que él. Y con los demonios que eran mayores había que tener mucho cuidado, eran peligrosos. —Iissszi, ¿dónde has conseguido ese precioso trozo de carne? —preguntó Zashs. —Lo… se lo gané a un humano… —Iiszi casi tartamudeaba como el astillado Zackii. —¿De veras? Oh, que listo, sí. Que diablillo más listo… —Ssss… sí —afirmó Iiszi. Aunque tenía miedo se enorgullecía de que un demonio mayor le dijese que era listo. 9


—¿Y qué quería cambio, diablillo listo? —Eso… eso es secreto… Los tratos que se hacían siempre eran secretos y conocidos únicamente por ambas partes. Aunque no siempre se cumplía, sin embargo para ser un buen demonio era mejor cumplir con la palabra dada. —¿No me digas? —los ojos de Zashs rieron divertidos— ¿Y si hacemos un trato tu y yo? —Nnnn… no. El pajarito es mío, yo se lo gané al humano —contestó el diablillo casi rotundo. Iiszi sabía ya que todos querían su pajarito, pero no se lo daría a nadie, era suyo. Ni con trato ni sin trato. Los amarillentos ojos de Zashs parecieron disgustarse por milésimas de segundo, sin embargo al final volvieron a sonreír divertido. —Oh… es una lástima, una lástima pequeño diablillo listo… —y con aquellas palabras Zashs desapareció. —Malditos diablos, estúpidos diablos —murmuró Iiszi cuando estuvo seguro de que el otro se había ido. Pero seguía con su pajarito. Quizás ya no necesitase las patas, o los intestinos. Iiszi siguió su camino por la desolación, contento y orgulloso.

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z Zashs se acercó en silencio al pequeño demonio. No sabía cómo se llamaba, en realidad no conocía a nadie que lo supiese. No tenía ojos, ni nariz, ni orejas, ni boca. Todos lo llamaban Idiota, y nunca hablaba. Cuando el pequeño demonio se percató de su presencia comenzó a temblar, aunque ello no era necesario para que Zashs notase su pavor. En realidad todos aquellos diablillos le temían. Era normal, todo diablillo listo le temería. —Hagamos un trato —le dijo a Idiota—. Tu has visto el bonito pajarito de Iiszi, ¿verdad? Idiota no contestó, sólo temblaba y su miedo emanaba llenando el éter. —Claro que sí, ¿verdad que es lindo? Oh, que lindo pajarito, ojalá Idiota pudiese tenerlo sólo para él. Zashs observó al diablillo y pudo ver en él la avaricia y el deseo. —Claro que sí, ese pajarito debería ser de Idiota… Pero no puede ser, porque el pajarito es de Iiszi, y no se lo puede dar a nadie… El demonio mayor movía su cola lentamente, y sus ojos observaban al diablillo que despedía desesperante frustración. —Hagamos un trato —volvió a ofrecerle a Idiota—. Tu me traes el pajarito y yo te daré algo mucho mejor. Unos ojos, unos ojos nuevos y ensangrentados… Unos ojos humanos. Idiota

comenzó

a

reír

entonces,

una

risa

sin

boca,

una

Los ojos de Zashs brillaron sonrientes también y el trato quedó cerrado.

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risa

sin

risa.


z El hechicero estaba enfurecido. En la cajita dorada resultó no haber nada. Nada de nada, ni siquiera algo oculto bajo algún tipo de magia. Pero al menos su trato con aquel pequeño demonio había servido de algo. Se había llevado a aquél ave al plano demoniaco, y ahora podría hacerle volver, pues cualquier objeto que fuese llevado a otro plano serviría de nexo entre ambos mundos. Sólo debía tener los conocimientos necesarios para realizar el conjuro, y él los tenía. Volvería a llamar a aquél estúpido demonio y esta vez lo doblegaría y convertiría en siervo. Así podría ordenarle que realizase cualquiera de sus deseos y tareas. El hechicero se dirigió al círculo de runas y comenzó el hechizo de invocación. Tardó algunos minutos, era algo más difícil encontrar el nexo y traer al diablillo que arrastrar a cualquier otro, pero también menos peligroso. Cuando la invocación hubo concluido el hechicero observó el círculo de runas, sin embargo allí no había nada, estaba vacío. No podía saber, el había traído al diablillo, ¿dónde estaba? 12


Fue entonces cuando escuchó una extraña risa, una risa que parecía más bien un siseo, y a sus pies cayó un extraño y ensangrentado bulto. Era el ave que se había llevado el diablillo, pero no tenía cabeza, ni patas, ni alas, sólo era un bulto atravesado por un sinfín de astillas afiladas. Era repugnante. El hechicero miró hacia arriba, de donde había caído el pájaro muerto y entonces lo vio. Allí en el techo como una enorme araña, oculto en la oscuridad, dos ojos amarillos que relucían con una luz muerta. —Tu… tu no eres…—el hechicero intentó calmarse aunque la presencia de aquel nuevo demonio le helaba la sangre. No era un demonio menor, había traído algo mayor, y por supuesto más poderoso. El demonio volvió a reír. Bueno, daba igual, doblegaría a aquella otra bestia infernal, además le serviría mucho que el otro diablillo estúpido. El hechicero se concentró y comenzó un conjuro de encadenamiento. Sin embargo los ojos del demonio resplandecieron y un poderoso golpe derribó al hechicero tirándolo al suelo. —No vuelvas a intentarlo humano. El hechicero sintió aun más miedo, aquello se le estaba escapando de las manos. Pero reunió voluntad y contestó a la bestia. —Yo te he invocado, has de servirme —amenazó. El demonio volvió a reír y correteó por el techo removiendo su larga cola. No podía ser, había salido del círculo de runas. Era más poderoso de lo que había creído. El corazón del hechicero latió con fuerza, estaba muerto de miedo. Volvió a escuchar la voz de la bestia, esta vez no sabía de dónde procedía. —Hagamos un trato. —Un… un trato… de acuerdo —murmuró el hechicero. Al cabo de unos segundos el demonio no dijo nada y el hechicero supo que esperaba su oferta. Al fin y al cabo quizás ese demonio pudiese ayudarle. —Hay… hay una persona a la que detesto —comenzó a explicar el hechicero—. Quiero venganza. —Venganza… —los ojos del demonio vibraron. —Sí, venganza. Quiero conseguir algo, algo de gran valor para él. Envié a otro 13


demonio otra vez, sin embargo no me trajo lo que yo quería —dijo mirando a la cajita dorada. —No se puede confiar en los demonios menores, no son listos. Yo te traeré aquello que deseas. —Perfecto —dijo el hechicero. Al final parecía que iba a tener suerte y podría vengarse. —Pero a cambio quiero yo una cosa… —el demonio miró con malicia al hechicero—. Tu vista. —¿Mi vista? Pero no podré ver. Aquello le había tomado por sorpresa. Normalmente los demonios menores sólo pedían objetos vulgares. A los diablillos les encantaban los objetos humanos. —Aquello que deseas seguro que lo compensa con creces. Y yo te lo traeré humano. A cambio sólo pido algo que tampoco necesitas. Podrás oír, podrás hablar y eres un brujo, podrás ver de otras formas. Te lo aseguro, de otras formas. El hechicero reflexionó. En el fondo tenía razón, aquello que deseaba valía mucho más que su vista y una vez que lo tuviese tendría poder suficiente como para no preocuparse por ella. —De acuerdo, trato hecho. Los ojos amarillos del diablo relampaguearon y el trato quedó cerrado.

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z El hechicero recibió del demonio lo que había pedido, un objeto mágico, un pequeño medallón que canalizaba su poder, doblándolo. Pero, a cambio, el demonio le arrancó los ojos, dejándole ciego. Al principio todo fue satisfacción para el hechicero las cicatrices en sus ojos se curaron, y además su poder se dobló, pudo realizar conjuros más difíciles, más poderosos que cualquier otro hechicero. Sin embargo, con el tiempo, el hechicero comenzó a ver cosas extrañas. Al principio sólo eran sombras, luego comenzaron a tomar forma, formas horrendas y espeluznantes. El hechicero no comprendía como podía ver aquello, si no tenía ojos. Sin embargo aquellas visiones se hicieron cada vez más habituales, seres espeluznantes se aparecían ante él llenándole de pavor. Al final sólo existía para él aquél mundo lleno de seres y criaturas monstruosas y terroríficas. El hechicero no podía dormir, le llenaba la angustia, no podía dar un paso sin que algo le atormentase. No pudo más y se quitó la vida. El hechicero pudo ver entonces su cuerpo, allí en el suelo. ¿Qué pasaba? Él estaba allí, 15


con el cuello cortado, hacía unos segundo se lo había cortado, sí. Sin embargo… El hechicero recordó, recordó aquello que había estudiado y aprendido. ¿Sería su alma? Sí, era eso. Su alma que había dejado el cuerpo a su muerte. ¿Y ahora qué? —Ahora serás mío —escuchó una familiar y siseante voz a su espalda. El alma del hechicero giró y pudo ver a aquel demonio de ojos brillantes y amarillos cuya cola ondulaba suavemente. ¿Qué? No. El tenía que ir al cielo, o algún otro sitio. Al limbo quizás. El demonio rió, parecía divertirse. —Tu, alma, eres ahora mía. Y una helada garra aferró el alma del hechicero, que fue confinada en un oscuro agujero de miedo y apatía.

z Iiszi recorría la desolación con rabia. Alguien, no sabía quién, le había quitado su pajarito. Su precioso pajarito. Con lo que le divertía ensartarle astillas y escuchar el extraño

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gorgoteo de sangre que la diminuta garganta del ave despedía. Ya no era la envidia de nadie, ya nadie quería nada de él. De repente escuchó una risa, la reconocía, era la risa de Idiota. Se giró, y lo que vio le sorprendió. Idiota tenía ojos, dos bonitos y ensangrentados ojos. ¡Qué suerte! ¡Él también quería unos ojos así! Fin.

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z

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El pajarito (2)  
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