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L A H ISTORIA D E U N S UEÑO KIM RUIZ


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Este libro está dedicado a todos aquellos que me animaron a seguir adelante, a los que nunca me abandonaron en los momentos difíciles, a los que siempre creyeron en mí y a los que me dijeron que lo dejara estar, porque a su manera también me ayudaron a hacer realidad mi sueño de juventud.

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ÍNDICE Prólogo Los sueños no se abandonan Maratón de Barcelona, el despertar de un sueño Cambio de planes La preparación La Maraton Trail de Barcelona La Olla de Núria Lo que no puede ser, no puede ser Objetivo 2015 La ilusión perdida El examen final Todo en contra Empieza la aventura Chamonix y la Ultra Trail del Montblanc La aclimatación Noche de Rock en Randa Zermatt, el Cervino y el Hörnlihütte Preparados, listos, ya La Arista Hörnli Un sueño hecho realidad El descenso La noche en el Hörnlihütte Whymper, Carrel, Croz y el Cervino Gite d’Etape: La Montagne ¿Y ahora qué?

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7 9 15 25 29 31 33 43 46 49 54 62 69 75 83 101 106 121 126 142 148 159 168 176 184


Anexos Bibliografía Cartografía Enlaces de interés

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PRÓLOGO “Inspirar pasión entre la familia y los amigos tiene más valor que estar vivo por ellos” Alex Lowe

Este libro, “La historia de un sueño”, es un relato de auto superación y montaña en el que Kim ha sabido transmitir, con sinceridad y de forma elegante, sus propias vivencias. Cuando sientes que la montaña te envía un mensaje, es difícil renunciar a ella durante toda una vida. Al leerlo, muchas personas de esta, nuestra generación, que ya ha superado la cincuentena de años, fácilmente se sentirán identificados con una aventura que invita a la superación y al inconformismo cuando te dicen que ya no tienes edad para estas cosas. Finalizado el libro, Kim me mandó por correo electrónico una copia del trabajo que prácticamente ya daba por terminado. Me pedía que, después de leerlo, le dijera qué me parecía y si había cualquier comentario técnico o especifico, del ámbito alpinístico que se le pudiera haber escapado. También me preguntaba si me apetecía escribir el prólogo. En aquellos instantes me dije: “¡Bufff, si yo lo que sé hacer es subir montañas de la mejor manera posible, o al menos eso intento!”. Estar delante de un pupitre valorando el trabajo de quien, con el tiempo y la convivencia alpina de estos últimos tres años, ha resultado v


ser un gran y buen amigo, se me haría más difícil que escalar durante el día una cara norte de 1.000 metros de desnivel en los Alpes. ¡Vaya compromiso! Cuando llegas al pie de una montaña, miras hacia arriba y te haces una idea de por dónde intentarás escalarla. Siendo consciente o no de todas las incertidumbres intrínsecas que conlleva la ascensión, te preguntas: “¿Estaré suficientemente preparado? ¿La meteorología será benévola conmigo? ¿Llevo el material adecuado para esta escalada? ¿Tendré suficiente fuerza psicológica como para resolver situaciones que inicialmente no había previsto?”. Quizás cuando Kim en sus sueños de la infancia soñaba con ascender el Cervino no se planteaba todas estas cuestiones. En aquellos momentos, cuando eres tan joven, todo se resume en una única palabra sueño y los sueños acostumbran a ser plácidos. Intentamos moldearlos para que el resultado final siempre nos sea favorable y agradable, obviando, algunas veces, distinguir lo bueno de lo malo, lo difícil de lo fácil, la vida de la muerte. Eso es lo que tienen los sueños, incluso hasta cuando dejan de serlo y se convierten en una realidad que te enfrenta contigo mismo. Desconozco si Kim se encontró con esa realidad o precisamente fue a buscarla. Lo cierto es que, como algunas veces comenta él mismo, “nadie dijo que sería fácil”. Esta célebre frase, entendida con humildad, es la que le ha ayudado a conseguir materializar, no únicamente, la ascensión de su Cervino, sino también la de muchas otras montañas que han venido después. Incluido las ascensiones alpinas al Montblanc, Pollux, Castor y Aiguilles d’Entréves que he tenido la suerte de compartir con él. Os puedo decir de Kim, ahora que lo conozco mejor, que admiro la pasión y esfuerzo que pone al cien por cien a la hora de plantear e intentar conseguir sus retos, porque, como dice un amigo mío, “nadie dijo que sería fácil”. Y fácil no fue después de un paréntesis alpinístico de más de veinte años, con una vida llena de compromisos no alpinos que lo han hecho crecer hasta llegar aquí. La carrera profesional, la familia, la empresa, los amigos, sin todos estos ingredientes es muy difícil que los sueños se cumplan. vi


A Kim le diría que no olvide nunca que Núria, Gemma y Paula también forman parte de su cordada. Y a vosotros, que este pequeño gran hombre, observador, calculador, analista, organizado y gran padre de familia se llama Kim; y yo soy su amigo y compañero de cordada, porque una nueva ascensión nos está esperando. Joan Solé Rovirosa Guía de alta montaña UIAGM y profesional del rescate de montaña GRAE de la Generalitat de Catalunya

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C A P Í T U LO 1

LOS SUEÑOS NO SE ABANDONAN “El alpinista es quien conduce su cuerpo allá donde un día sus ojos lo soñaron” Gaston Rebuffat Soñar es una capacidad innata de las personas. Una de esas características que nos definen como seres humanos. Todos soñamos y todos tenemos la posibilidad de intentar hacer realidad nuestros sueños. Aun así, la mayoría de las veces los abandonamos con la excusa de que han cambiado las circunstancias y ya no tenemos opción. Pocos son los que no desisten y cuando sabemos de alguien que lo ha conseguido, que ha hecho realidad su sueño, entonces nos damos cuenta que los verdaderos sueños nunca deberían abandonarse, tan solo hay que encontrar el momento ideal para hacerlos realidad. Si en el año 1980, me hubieran dicho que tardaría treinta y cinco años en hacer realidad un sueño no me lo hubiera creído, o tal vez sí quién sabe. La cuestión es que al poco de descubrir mi pasión por la montaña me contagié de una hepatitis vírica que me dejó postrado en cama durante varios meses. La ilusión por salir cada fin de semana con los ami9


gos, por empezar a realizar ascensiones a los picos más altos de los Pirineos y por tener los primeros contactos con la escalada se truncó radicalmente. Ya fuera para paliar el golpe psicológico más que el físico, o para levantarme el ánimo, pero mi padre me regaló el que sería el libro de montaña que más me ha impactado de todos los que he leído, y no son pocos. El libro se titulaba La montaña y el hombre de Georges Sonnier. Un libro sobre los orígenes y la historia del alpinismo que no tiene nada de especial. Lo que me cautivó no fueron las historias que se explican sino la portada. En ella aparece una espectacular foto del Cervino (Matterhorn en su acepción suiza).

El origen de un sueño de juventud (Foto: Kim Ruiz)

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En seguida me enamoré de dicha montaña y me prometí a mí mismo que un día llegaría a lo más alto. Un día coronaría su cima. Leyendo el libro descubrí que la conquista del Cervino fue épica y trágica a la vez. En su época se convirtió en la última de las grandes cimas de los Alpes en ser ascendida y la espectacular arista que salía en la portada fue la vía que utilizaron los primeros ascensionistas a la cumbre. Estaba decidido, cuando fuera al Cervino, subiría por dicha arista, la arista Hörnli. Tres meses después me dieron el alta y poco a poco me reencontré de nuevo con el apasionante mundo de la montaña. Era la época de oro del alpinismo. Reinhold Messner ascendía el Everest sin oxígeno junto a Peter Habeler y poco después se convertía en el primer alpinista en alcanzar todas las cimas de las montañas más altas de la tierra. Los catorce ochomiles. Era la época de Òscar Cadiach, Carles Vallès, Enric Lucas, Nil Bohigas y Araceli Segarra. La época de la primera expedición catalana al Everest. Del boom de la escalada deportiva con John Bachard, Catherine Destivelle y Wolfgang Gullich y las aperturas de las primeras vías de 5.12 en Yosemite y de octavo grado en Europa. Killian Jornet acababa de nacer. Los años pasaban y mi actividad montañera aumentaba. A las ascensiones habituales había añadido la escalada, el esquí de montaña y las salidas invernales. No había fin de semana que no hiciera algo. Pero nunca fui más allá de los Pirineos. No tuve la oportunidad, seguramente tampoco la busqué, de ir a los Alpes. Todo parecía indicar que la pasión por la montaña y el sueño de ascender al Cervino iban a estar presentes siempre, pero en algún momento entre 1995 y 1996 la situación dio un giro. Durante los años anteriores las prioridades en mi vida diaria habían ido cambiando y la pasión por la montaña había ido cediendo protagonismo a la carrera profesional y la familia. En paralelo, el sueño del Cervino perdía fuerza y se desvanecía hasta pasar a ser el sueño que nunca podría ser realidad.

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Pero la vida da muchas vueltas y lo que en cierto momento se convirtió en el sueño de juventud imposible de realizar dadas las circunstancias, apareció de nuevo y con más fuerza a partir de 2010. 2010 es un año de reflexión. Es el año en el que pierdo a los que habían sido mis dos referentes principales desde que tenía sentido de razón. Mi padre y mi hermano mayor fallecen con pocos meses de diferencia. El segundo de manera repentina, lo que me hace pensar que tal vez valga la pena replantearme algunas cosas. Después de haber estado cerca de quince años sin hacer deporte regularmente y, gracias en parte a la insistencia durante todo el verano de mis amigos de BTT, decido hacerles caso retomando el contacto con el deporte y subiéndome por primera vez a una bicicleta de montaña. Dos años más tarde, ya con parte de la forma física recuperada, empiezo a correr y me fijo un objetivo ambicioso: finalizar la Maratón de Barcelona en menos de cuatro horas, como personal homenaje a mi hermano que en su época joven llegó a formar parte del equipo de atletismo del FC Barcelona. En marzo de 2013, descubro el mundo del trail running y el concepto finisher. No dejo de practicar bicicleta de montaña, empiezo a correr por la montaña. Sin ser plenamente consciente de ello, como si el sueño nunca hubiera desaparecido del todo, la idea de escalar el Cervino por la arista Hörnli reaparece de nuevo. El tiempo ha pasado, no soy el mismo ni física ni emocionalmente pero el sueño sí que sigue siendo el mismo, lo único que cambiará es la manera de hacerlo realidad. Irremediablemente al mismo tiempo que la idea va tomando forma, van apareciendo tanto los que me dicen que ya no tengo edad como los que no se lo creen. Ambos piensan que es un hablar por hablar. No los escucho. Me da igual lo que digan. Avatares de la vida hacen que el Cervino aparezca durante una conversación con Jordi, un conocido que ejerce su labor profesional como responsable del GRAE (Grup de Recolzament d’Actuacions Especials), un grupo del cuerpo de Bombers de la Generalitat de Catalunya, especializado en salvamentos y rescates en el medio natural y en lugares de difícil acceso. Lo que al principio de la conversación era el simple recuerdo de una 12


historia de juventud, empieza a convertirse en una posibilidad real cuando Jordi me comenta que con algo más de preparación podría subir al Cervino por la Arista Hörnli. Días después tuve la oportunidad de participar en una cena con Òscar Cadiach como invitado. Al finalizar la cena y después que Òscar explicara sus ascensiones a los picos más altos de la Tierra y sus próximas expediciones, empezó el turno de preguntas. Yo únicamente le hice una pregunta. Le pregunté qué porcentaje de éxito atribuía a la preparación física y cuál a la mental para conseguir llegar sin oxígeno a la cima de una montaña de más de ocho mil metros de altura. La respuesta me sorprendió. Òscar explicó que la mayoría de las personas bien entrenadas pueden llegar a desarrollar las aptitudes físicas necesarias para subir a un ochomil, pero que muy pocas tienen la fuerza mental como para ser capaces de superar todas las situaciones con las que se encuentra un alpinista cuando afronta un reto de tales características. Por eso, según él, la preparación física tan solo representa un 20% del éxito, mientras que el 80% corresponde a la fuerza mental. El tiempo que había estado sin hacer deporte regularmente y el paso de los años habían mermado mis aptitudes físicas, algo que se podía solventar fácilmente con mayor entrenamiento. Pero las situaciones vividas durante esos mismos años me habían fortalecido mentalmente hasta un punto en el que todavía no era consciente. Semanas más tarde cuando coincidimos de nuevo con Jordi le propongo que vayamos juntos al Cervino. Tal vez esperaba mi propuesta, tal vez no, pero lo que seguro que le sorprendió fue el brillo que apareció en mis ojos cuando me dijo que aceptaba encantado. Esa noche me costó conciliar el sueño. La llama de la conquista del Cervino prendía de nuevo. El sueño empezaba a convertirse en realidad. Era el año 2012 y no pensaba en las dificultades, la mayoría antes incluso de salir de Barcelona rumbo a Zermatt, que estaban por llegar. La historia solo había hecho que empezar. Tres años más tarde, el 31 de agosto de 2015 a las 11:42h alcanzaba la cumbre del Cervino por la arista Hörnli.

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Había cumplido un sueño, mi sueño de juventud, pero al contrario de lo que podía parecer no era un punto final sino el principio de otros muchos sueños que estaban por venir. Aunque aún no lo sabía, justo en ese mismo momento otro sueño empezaba a tomar forma.

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C A P Í T U LO 2

MARATÓN DE BARCELONA, EL DESPERTAR DE UN SUEÑO “Algunos aseguran que ponemos nuestro cuerpo al límite, pero el corazón tiene sueños que la razón no comprende” Núria Picas Acabar la Maratón de Barcelona era algo muy especial para mí. Que alguien que no es corredor habitual se plantee un reto de tal envergadura va mucho más allá de lo que el mero hecho deportivo representa. Y en mi caso no era diferente. Conseguirlo formaba parte del personal homenaje que quería brindar a mi hermano mayor fallecido tres años antes. Pero también como manera de demostrarme a mí mismo que era capaz de hacer realidad lo que me proponía. Que era capaz de realizar mis sueños. El 17 de marzo de 2013 era un día gris y frío, con unas nubes que amenazaban lluvia en cualquier momento. En definitiva, un día poco 15


ideal para correr los más de 42 kilómetros y 195 metros de distancia que componen una maratón. Aun así, minutos antes de la salida se mezclaban en mi interior muchas sensaciones: ilusión por llegar a la meta, respeto por todo lo que representa una prueba de dichas características, emoción por el recuerdo de mi hermano mayor. Me había preparado bien, tanto física como mentalmente, pero no podía evitar la inquietud que me generaba el saber cómo respondería mi cuerpo y mi mente a semejante reto.

De camino a la salida (Foto: Kim Ruiz)

Poco antes de las 08:00 horas de la mañana la organización dio la primera salida a los atletas profesionales. Los amateurs todavía tendríamos que esperar un par de salidas más. Cuando por fin llegó nuestro tur16


no empecé a correr con las pulsaciones muy por encima de lo habitual. A medida que pasaban los primeros kilómetros me iba tranquilizando y poco a poco encontraba el ritmo con el que estaba cómodo, sabía que por delante me quedaban muchas horas. Al compartir días antes mi intención de correr una maratón, recibí una multitud de mensajes de apoyo de amigos y conocidos, algunos de los cuales se situaron en puntos estratégicos para animarme. Carlos, el responsable de que hubiera empezado a hacer deporte después de muchos años de inactividad, me esperaba en el kilómetro 5. Me preguntó cómo me encontraba y le dije que bien. Era cierto, hacía ya un par de kilómetros que estaba disfrutando de la carrera y empezaba a verme capaz de llegar a la meta. Me acompañó durante unos metros apoyándome y dándome ánimos. Lo agradecí más de lo que probablemente le diera a entender en aquel momento. La siguiente persona que me esperaba era Sara. La Maratón de Barcelona pasaba cerca de su casa y me había preguntado a qué hora aproximadamente tenía previsto pasar.

Corriendo junto a Carlos (Foto: Kim Ruiz)

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Tenía claro que mi objetivo principal era finalizar la carrera, pero como segundo objetivo estaba la posibilidad de hacerlo en menos de cuatro horas. Como buen ingeniero había calculado cuál era el ritmo que debía llevar si quería conseguirlo y, a pesar de haber pasado un primer momento crítico poco después del kilómetro 10, estaba manteniendo el ritmo. Por eso me sorprendió llegar donde esperaba que estuviera Sara y no encontrarla. Seguí corriendo buscándola en la parte contraria a la que me había dicho y tampoco estaba. Después de unos minutos, cuando ya pensaba que no habría podido venir, la vi a lo lejos. Ella también me vio y empezó a mover los brazos efusivamente. Empezó a llamarme. La saludé. Estaba muy contenta y no paraba de darme ánimos. Sara sabía de la importancia emocional que tenía para mi conseguir acabar la carrera y, a su manera, me estaba ayudando a hacerlo realidad. Desde ahí hasta el kilómetro 37 donde me esperaba mi hermana Marta no tendría ningún otro apoyo aunque, a veces, en el momento más inesperado es cuando ocurre algo con lo que no contabas. Y eso fue lo que pasó alrededor del kilómetro 20. Llevaba más de una hora y media larga corriendo cuando de repente oí a alguien detrás de mí pronunciar mi nombre. Me giré sin saber muy bien a quién iba a encontrar y saludé a Gerard, un excelente profesional con quien había tenido la oportunidad de colaborar en un proyecto poco tiempo atrás. Estuvimos corriendo juntos casi hasta la mitad de la carrera. A partir de ahí, Gerard, bastante más joven que yo, decidió seguir a su ritmo, muy superior al mío. Quedaban unos cientos de metros para llegar a la línea que indicaba la mitad de la carrera. Al cruzar el arco que marcaba el tiempo empezó el peor momento de toda la maratón. Lo que debía convertirse en un aliciente, poco a poco con el paso de los metros, se convertía en una pequeña pesadilla. El cansancio empezaba a hacer acto de presencia. No paraba de repetirme que nunca antes había corrido una distancia tan larga y que todavía quedaban cerca de 20 kilómetros para llegar al final. Tenía la sensación de que las señales que indican los kilómetros estaban mucho más lejos 18


que las del principio de la carrera y de cada vez eran más los corredores que me adelantaban. Había oído hablar mucho sobre el famoso muro que deben sobrepasar la mayoría de los que pretenden acabar una maratón y me había preparado psicológicamente para superarlo, pero lo esperaba sobre el kilómetro 30, no antes. Aunque por mi cabeza empezaba a aparecer la posibilidad de abandonar, no lo iba a hacer. Me repetía a mí mismo que esa no era una opción, que lo que me estaba pasando era pasajero y que desaparecería, que físicamente no estaba tan mal. Sabía que todo lo que me decía era cierto, pero me costaba aceptarlo. Fue entonces cuando me hice una promesa a mí mismo. No abandonaría antes del kilómetro 30 y únicamente lo haría si llegado a ese punto me encontraba mal físicamente. Si abandonaba, al menos me habría demostrado que podía correr esa distancia que no es nada despreciable. Dicho y hecho, me centré en conseguir ese primer objetivo y las sensaciones cambiaron. A medida que pasaban los minutos me encontraba cómodo de nuevo. Miré el cronómetro y vi que había perdido algo de tiempo, pero nada que no pudiera recuperar si seguía encontrándome bien. Había conseguido superar el muro y cambiar un pensamiento negativo por uno de positivo. Una lección que me fue muy útil en la ascensión al Cervino. Andaba absorto en estas cosas cuando llegué a la pancarta del kilómetro 29. Lo tenía claro, en el 30 no iba a abandonar. Y así fue, no solo no abandoné, sino que aumenté el ritmo progresivamente para recuperar el promedio y lo estaba consiguiendo. Los kilómetros caían más rápido y ahora era yo quién adelantaba a otros corredores. Habíamos entrado en una zona conocida que era por la que solía entrenar habitualmente. La tranquilidad de conocer el terreno y tener las distancias controladas me permitió olvidarme por unos momentos de la propia carrera y recordar a mi hermano. De pequeño había ido a verlo correr y siempre iba muy rápido. Era bueno, muy bueno. Pensaba en los consejos que me habría dado, en cómo me habría apoyado y en lo orgulloso que estaría de verme tan cerca del final. 19


En eso estaba cuando después de superar el kilómetro 32 noté un pinchazo en la rodilla derecha. Daba la sensación de ser un problema más de tipo óseo que muscular. Me asusté. Todavía quedaban más de diez kilómetros, una eternidad, y empezaba a cojear. Decidí esperar unos metros a ver cómo evolucionaba el dolor, pero no desaparecía. Me dije a mi mismo que se había acabado que así no podía seguir. No iba a jugarme la posibilidad de tener una lesión grave para acabar una carrera que se celebra cada año, por más ilusión que me hiciera. Faltaban un par de kilómetros para pasar por delante de casa, donde me esperaba la familia. Llegaría hasta allí y lo dejaría estar. Pero no fue así. Justo después de cruzar el cartel de los 35 kilómetros ya no me dolía nada. Hoy día todavía desconozco el porqué, pero la cuestión es que cuando dejé de pensar en el dolor, éste desapareció. Estaba en casa y eso me daba un plus. Seguía quedando mucho hasta el final y aunque físicamente me notaba muy cansado, mentalmente me sentía cada vez mejor. Sabía que en el kilómetro 37 me esperaba mi hermana Marta y en el 38 Núria, Gemma y Paula. Aunque confiaban en mí no las tenían todas de que fuera capaz de acabar, seguramente por eso, Marta se puso a gritar como una loca cuando llegué donde estaba ella. Me vio antes de que yo la viera a ella, podría decirse que la oí antes de verla. Su alegría me dio muchos ánimos, me ofreció agua y bebidas isotónicas, pero no me hacían falta, me había dosificado bien y me veía capaz de llegar al final sin necesidad de tomar nada más en ese momento. La emoción de Marta se me contagió y por primera vez desde hacía horas, volvía a ver la posibilidad de acabar la Maratón de Barcelona. Cuando enfilé la subida hacia Arco del Triunfo me sorprendió la cantidad de público que había y la intensidad con la que animaban a todos los participantes. El simple hecho que alguien a quien no conoces empatice contigo, te dé ánimos y te nombre porque se ha fijado en tu dorsal para saber cómo te llamas, se agradece infinitamente. Metros antes de llegar al kilómetro 38 me esperaba la familia. Se me hizo difícil localizarlos porque había mucha gente, pero las encontré. La cara de satisfacción que tenían fue otro gran estímulo, aunque no el últi20


mo. Les dejé el bidón que me había acompañado desde el principio y nos emplazamos a vernos en la meta. A partir de ahí viví uno de los momentos más especiales de la carrera. Había tanto público y animaban de tal manera que por momentos era difícil avanzar a corredores que estaban sufriendo por mantenerse unos kilómetros más. El paso por el centro de Barcelona fue emocionante y me permitió relajarme, dentro del cansancio y seguir acumulando kilómetros. De camino hacia el mar, mientras bajaba Via Laietana lo tenía claro. Iba a cumplir la promesa que había hecho a Montse. Montse además de experta en sofrología, especialidad de la psicología aplicada al deporte, es mi prima y de pequeña pasó mucho tiempoa junto a Edu mi hermano, ya que ambos eran de la misma edad. Montse me había ayudado mucho a preparar psicológicamente la maratón. Durante varios días realizamos sesiones en las que hablábamos sobre lo que significaba la carrera para mí desde el punto de vista físico, como reto personal y como tributo a la memoria de mi hermano. Montse me dijo que me esperaría en el kilómetro 40 porque no tenía ninguna duda de que llegaría hasta ahí y de ahí a la meta. Le prometí que lo intentaría y me dijo que la promesa no tenía que quedarse en el intento, sino que debía conseguirlo y así fue. La cara de Montse reflejaba felicidad, pero sobre todo confianza, no en ella, no en su excelente trabajo como profesional, sino confianza en mis posibilidades. Tenía esa mirada de quien sin decirte nada, te lo dice todo. Es una manera más emocional que física de darte ánimos y en ese momento era lo que yo más necesitaba. Quedaban tan solo dos kilómetros hasta la meta. Los dos últimos kilómetros de la Maratón de Barcelona son los peores porque son en subida. Y, además, en ese momento, empezó a llover. Miré el cronómetro. Iba justo de tiempo si quería acabar antes de las cuatro horas debía aumentar el ritmo, pero no tenía claro que pudiera hacerlo. Lo que sí tenía claro es que lo iba a intentar. Y así lo hice. Teniendo en cuenta que dos kilómetros son muchos metros y no debía desfondarme antes de tiempo, empecé a acelerar paulati21


namente. Tenía la sensación que cada vez iba más rápido. Adelantaba a muchos corredores. La lluvia cada vez era más intensa y el Paralelo se hacía interminable. Cuando más dudaba si aguantaría, llegué a la parte final, justo en la zona donde las vallas marcaban los últimos metros, ahora sí, metros, ya no kilómetros, y el público vitoreaba a todos los que estábamos en esa zona sin parar.

Encuentro con Montse en el Km 40 (Foto: Kim Ruiz)

El final estaba cada vez más cerca, pero no llegaba. Aumenté el ritmo, el corazón latía cada vez con mayor intensidad, no quería mirar el cronómetro. Al dar la última curva vi la pancarta de 42 km. Sabía dónde estaba. Antes de tomar la salida la había buscado con la ilusión de que lle22


gara este momento, el momento en el que la volvía a ver después de haber recorrido todos esos kilómetros. Iba a tope, no podía más y justo en ese momento me percaté que la meta todavía estaba lejos.

Llegando a la meta (Foto: Kim Ruiz)

Los 195 metros finales son muchos metros después de haber recorrido tantos kilómetros. Pensé que no valía la pena acelerar sino todo lo contrario. Me daba igual si conseguía el tiempo que me había propuesto o no. El final estaba cerca y ya no había duda de que lo iba a lograr. Decidí redu23


cir el ritmo y disfrutar el momento. Decidí vivirlo intensamente acordándome de lo que me había costado llegar hasta ahí, de los que me habían animado y de los que me habían querido desanimar. Pero, sobre todo, me acordé de todos los que habían creído en mí y pensé en lo orgulloso que estaría mi hermano Edu de mí. Crucé la meta, paré el cronómetro, miré el tiempo: 4:00:01 y empecé a llorar de emoción. Lo había conseguido. Había cumplido mi objetivo, pero sobre todo me había demostrado a mí mismo que era capaz de realizar todo aquello que me propusiera. Unos meses después hablando con Jordi sobre la carrera y los sueños de juventud, fue donde la idea de escalar el Cervino empezó a tomar forma. Sin pretenderlo, acabar la Maratón de Barcelona había conseguido despertar en mi interior ese sueño de juventud ignorado durante tantos años. El Cervino estaba más cerca.

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C A P Í T U LO 3

CAMBIO DE PLANES “La montaña solo es un reto antes de subirla y el reto cuenta más que el éxito posterior” Reinhold Messner

Con Jordi habíamos previsto el viaje al Cervino para el verano de 2014. Teníamos casi un año por delante y yo muchas cosas que hacer: mejorar la forma física, renovar todo el material antiguo que ya no podía utilizar por estar obsoleto, organizar todo lo relacionado con la logística del viaje, buscar información sobre la ruta y sus dificultades. Pero una cosa es plantear una aventura y otra muy diferente hacerla realidad. El día a día nos condiciona y muchas veces no nos es posible encontrar la manera de realizarlo todo de manera que se cumplan nuestros deseos. Y algo de eso ocurrió a finales de 2013. Jordi me llamó un día y me dijo que tenía una situación personal que le impedía venir conmigo al Cervino el verano siguiente. Fue como un jarro de agua fría. Se me cayó el mundo encima. Me había hecho muchas ilusiones y, de repente, todo se había acabado. Sin Jor25


di, era imposible ni siquiera plantear la opción de ir. No habíamos concretado muchas cosas todavía, había tiempo para ello, pero para mí era como si la cosa ya estuviera hecha. Éramos dos, un pack, el tándem perfecto. Y ahora, el equipo se rompía. Por suerte, Jordi había pensado en una alternativa. Él conocía de la importancia que tenía el proyecto para mí. Sabía que era bastante más que un simple viaje a los Alpes Suizos, mucho más que una simple aventura. Jordi era plenamente consciente que de lo que se trataba era de cumplir un sueño de juventud, mi sueño. Me comentó que Joan un compañero de trabajo suyo era guía profesional de alta montaña y que realizaba este tipo de ascensiones con clientes habitualmente. Por lo que Jordi me dijo, además de un gran profesional, Joan tenía un carácter muy afable y estaba seguro que ambos congeniaríamos. Yo no las tenía todas conmigo. Ir con un guía profesional me ofrecía plenas garantías a nivel técnico y de seguridad y más si venía recomendado por Jordi, pero no era lo mismo. No quería tener una relación comercial guía-cliente al estilo tradicional, además de intentar la ascensión quería sobre todo disfrutar de la experiencia en toda su magnitud, algo que con Jordi tenía garantizado. Le pedí a Jordi unos días para pensármelo. Necesitaba comentarlo en casa. No podía obviar que a los costes que ya de por sí representaba el viaje, había que añadir el del guía. Eran muchos costes a tener en cuenta, y aunque intentaba reducirlos al máximo, había unos mínimos que era inevitable cubrir y lo que no me podía permitir era desestabilizar la economía familiar. Después de consensuarlo con la familia, decidí que al menos hablaría con Joan, por conocerlo y saber cuánto habría que añadir al presupuesto inicial, no perdía nada. Le llamé y quedamos en vernos un día que viniera por Barcelona. La conversación fue muy distendida y la primera impresión, aunque vía telefónica, había sido muy buena. Mi intuición me decía que haríamos bue-

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nas migas. Lo que no imaginaba es que la relación llegaría a ser tan buena como a día de hoy sigue siendo. Aunque trabaja en Cerdanyola, Joan vive en un pequeño pueblo de Tarragona por lo que no lo teníamos fácil para quedar. Los días pasaban y no acabábamos de encontrar una fecha que nos fuera bien a los dos. Hasta que llegó el mes de febrero de 2014. A principios de mes se puso en contacto de nuevo conmigo y me propuso quedar un día concreto. No me iba muy bien porque coincidía con el Mobile World Congress y ese mismo día había quedado para encontrarme con una amiga de Madrid que estaba en Barcelona con motivo del congreso. Finalmente pude compaginar ambas cosas y después de comer con mi amiga, me encontré con Joan en un bar cercano al Centre Comercial Las Arenas. Recuerdo perfectamente que le reconocí nada más entrar y me inspiró confianza. Me explicó sobre su trabajo como miembro de los GRAE y su experiencia como Guía de Alta Montaña de la Unión Internacional de Alpinismo (UIAGM). Me enseñó algunas de las fotos de ascensiones que había realizado con sus clientes y me comentó que tenía clientes que se organizaban para hacer una salida con él cada año. En las fotos se veían personas de todas las edades, aunque recuerdo que me llamó la atención que la mayoría eran de una edad similar a la mía. Me interesaba más cómo me explicaba las cosas que lo que me comentaba en sí. En ningún momento tuve la sensación que me estaba vendiendo sus servicios como guía, sino que me explicaba ascensiones que había realizado acompañando a personas con mayor o menor experiencia, pero todas con un denominador común: su pasión por la montaña. La impresión fue muy buena. Quedé encantado. No tan solo por las cosas que me explicó y cómo, sino por su manera de ser. De la conversación percibí claramente que Joan es una persona tranquila. con un carácter conciliador, que no dudaría en tomar las decisiones adecuadas en cada momento. Quedaba tan solo tratar el tema económico, aunque llegado ese punto se me hacía difícil pensar en que ese fuera motivo suficiente como para

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no seguir adelante. Ya encontraría la manera de financiar el viaje y los gastos. Pasados unos días y después de comentarlo en casa, llamé a Joan para decirle que su propuesta me parecía bien. Acordamos con Joan que la mejor fecha para ambos era durante el mes de agosto de ese mismo año 2014. Ahora sí que el cronometro se había puesto en marcha. Todavía quedaban bastantes días por delante y muchas cosas por hacer, pero había recuperado la ilusión. El primer contratiempo estaba superado, pero vendrían más, bastantes más de los que en aquel momento imaginaba.

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C A P Í T U LO 4

LA PREPARACIÓN “Lo que es importante no es el resultado, sino el camino que has hecho para llegar” Kilian Jornet

El siguiente paso importante después de concretar con Joan la salida para el mes de agosto, era empezar a intensificar la preparación física. A finales de 2013, meses después de acabar la Maratón de Barcelona, había sufrido una lesión en la planta del pie izquierdo de esas catalogadas como de difícil solución, sobre todo porque cuando parece que ya las has superado, la probabilidad que vuelva a hacer acto de presencia es alta. Tras unas sesiones de rehabilitación con corrientes y estiramientos, la dichosa fascitis plantar parecía haber desaparecido. Durante el tiempo que duró la rehabilitación, no pude salir a correr por lo que la preparación física se había limitado a las salidas en mountain bike que realizaba los fines de semana con los amigos de los Tamarintos. Había llegado la hora de empezar a correr con mayor asiduidad. Prefería correr por montaña más que por asfalto por similitud con el medio con el que me iba a encontrar en los Alpes. Pero, sobre todo porque me 29


gustaba más, disfrutaba mucho más los entrenamientos y los fines de semana era capaz de combinar tiradas largas con las salidas en BTT. En verano, la disponibilidad de tiempo me permitiría intensificar el número de salidas. Ese verano esperaba estar bien y para ello debía aumentar el ritmo y frecuencia de entrenamientos en primavera. Para mantener la motivación durante los entrenamientos decidí ir un paso más allá y afrontar lo que para mí en aquel momento suponía un gran reto en un terreno en el que no tenía experiencia previa. Me apunté a la Maraton Trail de Barcelona (MTBCN). Una preciosa carrera cuyo recorrido transcurría por las montañas del Garraf y que, a la habitual distancia maratoniana de los 42 kilómetros, se sumaba un desnivel acumulado de más de 1.500 metros positivos. Pensé que sería una buena prueba de fuego para lo que me esperaba en el Cervino en el mes de agosto.

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L A P R E PA R AC I Ó N

MARATON TRAIL DE BARCELONA No las tenía todas conmigo, había días que estaba convencido de que la acabaría y otros pensaba que el reto me venía demasiado grande. A medida que pasaban los días físicamente me sentía cada vez mejor. Había incrementado la frecuencia de entrenamientos, acumulando bastantes kilómetros y me veía capaz de llegar al final más o menos bien.

Salida de la MTBCN (Foto: Kim Ruiz)

Uno de los temas que me inspiraban mayor temor era si mi corazón sería capaz de aguantar tantas horas seguidas haciendo actividad física de gran intensidad. Nunca he tenido problemas cardiovasculares pero los antecedentes familiares, entre los que se encontraba el fallecimiento de mi hermano mayor por un infarto a una edad joven, me inquietaban. Desde que empe31


cé a hacer deporte de nuevo, cada año me hago una prueba de esfuerzo, pero en esta ocasión decidí hacerme una prueba más específica realizada por una especialista deportiva. El informe con los resultados no dejaba lugar a dudas, mi forma física estaba muy por encima de la media de las personas de mi edad. Mi corazón estaba muy sano. Llegó el día. El sábado 26 de abril de 2014, después de todas las pruebas y de la preparación física, afrontaba el mayor reto deportivo al que había hecho frente hasta la fecha. Una vez más lo hacía con el convencimiento pleno de que sería capaz de llevarlo a cabo. Una vez más, desoyendo las voces que me habían querido convencer de que no estaba preparado y de que no lo conseguiría. Una vez más, se equivocaron y sobre las 15:00h llegaba de nuevo a la población de Begues, después de haber completado todo el recorrido en 5h 58min y 22seg. Fue una prueba dura en la que sufrí bastante pero también aprendí muchas cosas e hice un gran descubrimiento del que hasta ese momento no era consciente. Si conseguí acabar fue, por supuesto, porque me había preparado bien físicamente, pero sobre todo gracias a la fortaleza mental que me hizo superar todos los duros momentos vividos y no abandonar. La experiencia de la MTBCN me sirvió para descubrir el valor del que para mí era un concepto nuevo. Un concepto en el que el tiempo invertido en realizar la actividad física pasa a segundo plano. Un concepto que da importancia a las ganas de vivir una aventura, de disfrutar de cada momento y de ser capaz de superar todas las adversidades para llegar a la meta y demostrarnos a nosotros mismos que somos capaces de conseguir el reto que nos habíamos propuesto. Ese día, al cruzar la meta entendí lo que significa ser finisher.

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L A P R E PA R AC I Ó N

OLLA DE NÚRIA La parte final de la preparación física para el asalto al Cervino consistía en practicar por un terreno mucho más cercano al que me encontraría. Había tenido la suerte de poderme inscribir en una carrera de montaña mítica por excelencia: la Olla de Núria. La Olla es una carrera que recorre los ocho picos principales de la Vall de Núria en autosuficiencia, sin avituallamientos, es decir que hay que llevar en la mochila todo lo que prevés que vas a necesitar para superar los 21,5 kilómetros y más de 2.000 metros de desnivel positivo que componen la prueba. Para mayor aliciente, hay que tener en cuenta que más del 72% del recorrido transcurre por encima de los 2.700 metros de altura.

Perfil de L’Olla de Núria 2014

Es una cursa que tiene otra característica que la hace muy especial para mí. Se desarrolla en el entorno en el que descubrí mi pasión por la montaña cuando me inicié en esta maravillosa manera de disfrutar de la vida.

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La carrera se celebró el domingo 13 de junio de 2014 por lo que el sábado por la tarde justo después de comer salí en dirección a Ribas de Freser, tenía reserva en Ca La Fonda para cenar y dormir. Al llegar a Ribas decidí ir a dar una vuelta para relajarme un poco. Los nervios siempre han hecho que me cueste descansar antes de una carrera o de una ascensión y esta vez no fue una excepción. La copiosa cena tampoco ayudó mucho. Cinco minutos antes de que sonara el despertador ya estaba levantado. Quería coger el primer carrilet para llegar a Núria a las 7:30h con tiempo suficiente para recoger el dorsal, desayunar algo y calentar antes de tomar la salida. Pensaba que igual habría mucha gente, pero no fue así y una hora antes de tomar la salida ya estaba listo.

Momentos previos a la salida de la Olla de Núria (Foto: Kim Ruiz)

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La espera se me hizo algo larga. Los nervios empezaban a aflorar. Una vez más me enfrentaba a un reto nuevo para mí y la incertidumbre estaba haciendo de las suyas. A las 09:00h en punto la organización dio la salida y los más de 600 participantes empezamos el primer tramo. Un desnivel de casi 1.000 metros de subida en vertical hasta la cima del Puigmal. Al principio la subida era lenta. El camino se estrechaba y había momentos en los que prácticamente no se podía correr. No me iba mal, quería tomármelo con calma y reservar algo para más adelante, solo esperaba no perder demasiado tiempo.

Cima del Puigmal de 2909m (Foto: Kim Ruiz)

Las últimas rampas hasta los 2909 m de altura del Puigmal se hicieron interminables, pero aun así, llegué bien. El tiempo no era malo y me encontraba cómodo. A partir de ahí el panorama cambiaba, había que se35


guir las subidas y bajadas de la arista que conduce al Puig de la Font Negra. No había ninguna subida igual de fuerte pero todavía quedaban por superar otros 1.000 metros de desnivel positivo y el doble de bajada. Empecé a correr hacia el Pic del Segre y de éste al Coll de Finestrelles donde estaba el primer control de paso con horario de control. Hasta ahí todo bien, me sobraba más de media hora y no estaba muy cansado. Fue empezar a subir las primeras rampas del Pic de Finestrelles y aparecer la tan temida pájara. Me costaba respirar, las piernas me pesaban y notaba un calor horroroso. No entendía nada. En el collado me había tomado un gel deportivo precisamente para obtener justo el efecto contrario. Al llegar a la cima la cosa mejoró. O al menos esa era la sensación. Me decía a mí mismo que la bajada hasta el Coll d’Eina me serviría para recuperarme, pero nada más lejos de la realidad. Notaba el estómago muy pesado, como si me hubiera comido una piedra enorme. Dejé de correr y empecé a caminar buscando algo de aire. Me notaba mareado y pensé que se había acabado. En cualquier caso, tenía que llegar hasta el Coll de Noufonts. Me movía como a trompicones, tropezando y lo peor de todo es que no comprendía qué me estaba pasando. Pero todo cambió al llegar al Coll d’Eina. Paré a descansar antes de afrontar la subida al Noufonts y aunque tenía el estómago cerrado, me forcé a comer fruta y galletas. A partir de ahí, la situación cambió radicalmente. Empecé a encontrarme bien. Ya no me notaba mareado. Las piernas no pesaban. No hacía tanto calor. Eso sí, el estómago no mejoraba. La subida hasta la cima, aunque dura, me sirvió para recuperar sensaciones y olvidar la posibilidad de abandonar. Quedaba la bajada hasta el Coll de Noufonts, el segundo control con horario de paso obligado. Me había olvidado de ello hasta que alguien me pasó a toda velocidad y me dijo: - ¡Espabila que nos cierran el control! Bajé a toda velocidad, asumiendo el riesgo de una caída, no podía permitirme llegar tarde. A medida que me acercaba al control, desde lejos ya presagiaba que algo pasaba. Había mucha gente para ser un punto de paso. Y así fue. 36


Cuando llegué la persona de la organización me avisó que estaba fuera de tiempo y debía abandonar. Me había retrasado poco más de cinco minutos. Intenté convencerle para que me dejara seguir, pero se negó en rotundo argumentando que a todos los que allí estaban les había pasado lo mismo y esperaban para bajar juntos desde el Coll de Noufonts a Núria. Muy enérgicamente me pidió la pulsera que nos habían dado a la salida para controlar los tiempos de paso y me invitó a dejar libre el camino. Si yo no podía seguir, los que vinieran detrás tampoco podrían. Le pregunté: - ¿A quién he de dejar libre el camino? - A los que no participan en la carrera – me dijo. Y acto seguido me pidió que también le diera el dorsal. Mi respuesta fue clara: - Te doy la pulsera, pero el dorsal no, porque me lo quedo de recuerdo. Y no voy a bajar contigo. Voy a seguir por mi cuenta, aunque sea fuera de cursa. Se quedó sorprendido y de forma poco agradable me dejó ir: - Dame la pulsera y haz lo que quieras. Tú mismo. Y eso fue exactamente lo que hice. Seguir adelante. Estaba de mal humor, tanto por el hecho de haber llegado tarde por culpa de la pájara que había tenido, como por las formas poco ortodoxas de la persona de la organización que había en el control de paso. Intenté olvidarlo todo lo antes posible y afrontar la nueva situación. Estaba fuera de carrera. Empecé a subir las rampas hacia el Coll de Noucreus mientras interiormente me decía, “Kim, a partir de ahora tendrás que afrontar solo todas las situaciones”. ¿Solo? ¿qué quería decirme con solo? pero ¡si es una carrera en autosuficiencia! Nada había cambiado desde el principio, salvo que ya no llevaba la pulsera de control. El resto seguía siendo igual que desde el momento de la salida. Todo dependía de mí. Y yo me encontraba cada vez mejor. Había superado la fase más crítica.

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Quedaba mucho por recorrer, pero había recuperado las ganas de acabar la carrera, aunque fuera por encima de las cinco horas de tiempo límite que marcaba la organización. De repente, empecé a ver otros corredores que iban delante. No estaban muy lejos. Parecía que les había recuperado terreno y eso todavía me animó más. En eso estaba, cuando oí una voz detrás de mí, que me preguntaba si estaba haciendo la cursa. Le respondí que sí, porque seguía sintiéndome un participante más. Pero cuando me dijo que era el miembro de la organización que cerraba la carrera, quien se encargaba de asegurarse que todos los participantes que todavía seguían en carrera no tuvieran ningún percance, me paré y le dije que me pasara, que en realidad yo ya no era un participante oficial porque había llegado tarde al último control. Su respuesta me sorprendió: - Me da igual si llevas la pulsera de control o no. Si tú sigues haciendo la carrera, para mí es como si estuvieras participando y no te voy a pasar. Si tú te paras, yo me pararé e intentaré ayudarte en todo lo posible para que llegues sano y salvo a Núria. Le di las gracias a la vez que le decía que esperaba no ralentizarle demasiado. Me dijo que no me preocupara por eso y me preguntó si sabía si los que llevábamos delante también estaban en carrera. - Creo que sí - le contesté. - Pues vas más rápido que ellos. Les vas recortando distancia. Así que ánimos que ya queda menos. Volví a darle las gracias de nuevo. Era cierto. Estaba recortando distancias. Al poco tiempo de nuestra conversación ya había alcanzado y superado algunos participantes que todavía llevaban su pulsera de control. Iba de menos a más y, lo más importante, estaba disfrutando del momento. Tan concentrado estaba que no me di cuenta que al pasar a otros participantes había dejado atrás a quién cerraba la cursa. Me había olvidado de preguntarle su nombre y nunca tuve la oportunidad de explicarle lo importante que fueron para mí aquellas palabras. Palabras que expresaban un sentimiento mucho más cercano al 38


espíritu montañero que al competitivo que habitualmente se vive en las carreras de montaña. Quedaba tan solo la subida al Puig de la Font Negra. Último control de paso antes de iniciar el vertiginoso descenso de más de 750 metros de desnivel hasta llegar a la meta en Núria. La rampa final no era muy larga pero las piernas ya empezaban a notar el esfuerzo. La mayoría de los participantes que estaban llegando a la cima estaban muy cansados, lo que me permitió avanzarlos. En el punto más alto nos esperaban los encargados del control de paso. A diferencia de la persona que había en el Coll de Noufonts, estaban muy contentos, animaban sin parar a todos los corredores, incluso tenían un cencerro que a modo de campana que marca la última vuelta, indicaba el final de la parte de subida.

Puig de la Font Negra con el Puigmal al fondo (Foto: Kim Ruiz)

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Cuando coroné la cima, una persona de la organización me dijo: - Enhorabuena, ya has llegado a la cima del último pico, el Puig de la Font Negra, a partir de ahora todo es bajada. Pásame la pulsera que marcaré el tiempo de paso. Le contesté que la había tenido que dejar en el anterior control. Se sorprendió y me dijo que lo sentía, que era una lástima. Fue entonces cuando me percaté que si me pedía la pulsera es porque había llegado antes de que el control se cerrara. Pregunté la hora y efectivamente, había llegado con más de diez minutos de adelanto sobre la hora de cierre. El tiempo respecto al último control de paso había sido muy bueno. Aún tenía opciones de acabar la Olla de Núria dentro del tiempo oficial. Pedí a otro participante que me hiciera una foto con el Puigmal al fondo y enfilé la bajada rápidamente. Era una bajada larga pero sin complicaciones. No muy técnica, lo que me permitía mantener un ritmo alto. Con el estado anímico por las nubes, solo faltaba que el físico me acompañara. Continuaba dejando atrás a otros corredores. La mayoría caminaban porque no tenían fuerzas para correr. Yo aún podía y no iba a dejar de hacerlo hasta llegar al final. De momento todo respondía pero subestimé la duración de la bajada. No se acababa nunca, las piernas empezaban a doler. Cada zancada era un pequeño suplicio. El tiempo pasaba y Núria seguía estando muy lejos. Por mi cabeza empezó a pasar la idea de olvidarme del tiempo, al fin y al cabo, oficialmente no iba a constar como finalista. Lo pensaba, pero no dejaba de correr. En mi interior se estaba desatando una lucha entre seguir intentándolo o dejarlo estar. Ganó la primera. No se trataba del tiempo oficial. No era una cuestión de reconocimiento. Eso me daba igual. Era una cuestión de demostrarme a mí mismo, y a nadie más, que era capaz de afrontar un reto que unas horas antes no estaba seguro ni de si sería capaz de acabar. Era cuestión de seguir intentándolo hasta el final y si no podía ser, tampoco pasaba nada, pero no me quería ir a casa con la sensación de no haberlo intentado. 40


Muy pocos minutos antes de las cinco horas de tiempo máximo que marcaba el reglamento, enfilaba la recta final entre los aplausos del público y los ánimos del speaker que no paraba de repetir que ya quedaba poco tiempo para cerrar la meta. Me pidieron de nuevo la pulsera de control y de nuevo tuve que explicar por qué no la llevaba. De nuevo se sorprendieron. No acababan de entender cómo había llegado a tiempo. Pero a mí no me importaba. Yo había conseguido, una vez más, acabar el reto que me había propuesto. Había sido capaz de superar los malos momentos y seguir luchando hasta el final. Estaba muy contento. Tan contento como cansado.

Tiempo no oficial de la Olla de Núria (Foto: Kim Ruiz)

Posteriormente, reflexionando sobre todo lo vivido durante la Olla de Núria comprendí la importancia que tiene saber escoger a quién debes escuchar y a quién no. Escuchar a las personas que te comprenden, a las 41


que te apoyan, a las que te ayudan a superar situaciones complicadas, a las que se preocupan por ti tanto o mรกs de lo que lo hacen por ellas mimas. El resto que digan lo que quieran, no merece la pena tenerlos en cuenta.

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C A P Í T U LO 5

LO QUE NO PUEDE SER, NO PUEDE SER Todo iba bien hasta que un domingo por la tarde recibí una llamada de Joan. Físicamente hacía tiempo que había superado los problemas de la fascitis plantar y me encontraba en un buen momento de forma. Poco a poco había ido comprando el material que necesitaba y el que me faltaba, Joan ya me había dicho que me lo podía dejar. Teníamos previsto salir hacia Zermatt vía Ginebra para ascender al Breithorn como parte de la aclimatación antes de iniciar el camino hacia el refugio del Cervino. Días atrás, Joan me había propuesto un cambio de planes. Me sugirió ascender por la arista Lion en la vertiente italiana. Una ruta algo más complicada, mucho menos transitada e igual de bonita. Pero yo lo tenía claro, quería recorrer cada paso de la arista Hörnli. El hecho que también fuera la ruta por la que se realizó la primera ascensión le daba un valor añadido, aunque no era el motivo principal. No se trataba únicamente de llegar a la cumbre sino de hacerlo por aquella vía que me había fascinado cerca de treinta años antes. Estábamos a mediados de junio y podía dedicar cada vez más tiempo a correr y a salir con la bicicleta por la montaña. Los días más largos y el tiempo más cálido del verano me permitían intensificar los entrenamien43


tos. Todavía no habíamos concretado los días, pero sí que sería a finales del mes de agosto. Cada vez quedaban menos días para la fecha prevista como inicio del viaje. Lo único que no había podido hacer era salir a la montaña a hacer excursiones por el Pirineo. No tenía con quién salir. Aunque en aquel momento pensaba que la falta de preparación específica podía suplirse con la más generalista. Posteriormente me daría cuenta que no era así y lo necesaria que es tanto una como otra. Habíamos quedado con Joan en hablar hacia mediados de julio para concretar qué fechas le iban mejor. Los días pasaban, yo seguía con mi preparación. Todo iba según lo planeado. Esperaba la llamada de Joan para comprar los billetes de avión, pero Joan no me llamaba. Aunque no había motivo aparente para ello, empecé a inquietarme. ¿Habría pasado algo que yo no sabía? ¿Algún contratiempo que hiciera que Joan no pudiera venir? Decidí esperar unos días más y sino le llamaría yo. Y como suele pasar siempre en estas situaciones, la llamada de Joan llegó cuando menos la esperaba. La recuerdo perfectamente, como si la estuviera viviendo ahora mismo. Era un domingo por la tarde, estaba con la familia en el coche de regreso del fin de semana en Tamariu. Había sido un buen fin de semana en lo que a la preparación física se refiere. El sábado había subido al Quermany corriendo. Una ascensión de 20 kilómetros y unos 500 metros de desnivel positivo acumulado. Y el domingo habíamos salido en BTT con los Tamarintos. Con el paso de los días notaba cómo mejoraba físicamente. Al principio me alegré. Estaba convencido que íbamos a concretar la fecha de salida, pero en seguida noté que la cosa no iba bien. Joan me explicó que había tardado más de lo previsto en llamarme porque había estado hablando con compañero suyos guías de montaña residentes en la zona para preguntar cómo estaba el Cervino. Los malos presentimientos de Joan se habían confirmado. Los guías de los Alpes le confirmaron que, en la temporada de verano, todavía nadie había subido al Cervino debido a la copiosa nevada caída a principios de mes. La previsión meteorológica tampoco auguraba grandes cambios por lo que no se esperaba que la si44


tuación mejorase. Aunque la decisión final sobre si ir o no ir era mía, él me recomendaba dejarlo para el año siguiente. Se me encogió el corazón. Era evidente que no había más remedio que postergar la ascensión un año. Entre los montañeros siempre se ha dicho que es la montaña la que nos deja ascenderla y que cuando no es así hay que aceptarlo. Pero aceptarlo es una cosa y asimilarlo otra muy diferente. Por primera vez en mi vida mi sueño estaba tomando forma, estaba empezando a ser realidad, o al menos eso quería creer y ahora de repente todo se truncaba. Es cierto que no se acababa, tan solo se retrasaba hasta el siguiente verano, pero cuando ya lo ves cerca, cuando no hay indicios que te indiquen que no va a ser posible, cuando estas inmerso en una espiral de sensaciones positivas, despertar es duro, muy duro. Me había leído y releído el capítulo sobre la historia del Cervino, las tentativas de Whymper y Carrel y su dramática primera ascensión, en el libro que había dado origen a todo, La montaña y el hombre de Georges Sonnier. Me estaba preparando físicamente realizando carreras por montaña y salidas en BTT, pero me había olvidado de una de las cosas más importantes en montaña. Una de esas cosas que no controlas y cuya previsión es fundamental para evitar males mayores. La meteorología. No me había preocupado de mirar cómo estaba el Cervino, si había nevado o no y cuál era la previsión para las fechas en las que habíamos planeado la ascensión. De haberlo hecho, me habría percatado que el verano del 2014 no era el momento más propicio para intentar cumplir mi sueño de ascender por la arista Hörnli. La situación no habría cambiado pero el disgusto no habría sido tan grande. Aprendí la lección. Una vez me dijeron que “lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible”, pues bien, está era una de esas veces. Pasados unos días empecé a ver las cosas con otra perspectiva. Dejarlo para 2015 no era tan mala idea. Ese año era el 150 aniversario de la primera ascensión y coincidiría con mi 50 cumpleaños. Dos efemérides que servían como pequeños alicientes para compensar la desilusión. Dicho y hecho, el Cervino pasaba a ser objetivo 2015.

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C A P Í T U LO 6

OBJETIVO 2015 “Cada persona tendría que identificar cuál es ese ochomil que debe escalar” Edurne Pasabán

En septiembre de 2014, a la vuelta de las vacaciones, me di cuenta de que la decisión de aplazar un año la ascensión me vendría bien. Todavía tenía muchas cosas por hacer. No sé si el hecho de estudiar ingeniería me dotó de una mentalidad analítica o si la curiosidad por conocer el porqué de las cosas fue lo que me llevó a estudiar ingeniería. La cuestión es que me siento más tranquilo cuándo controlo las situaciones que me rodean. Aunque a veces pienso que tal vez es más sencillo y que todo se deba a algún influjo cósmico, provocado por haber nacido bajo el signo zodiacal de la balanza. Sea por una cosa o por otra siempre me ha gustado planificar muy bien todo aquello que quiero hacer, mucho antes de empezar. Y esta vez no iba a ser diferente, al contrario. Empecé por documentarme sobre lo que consideraba necesario para conocer todavía más al Cervino, la montaña, su historia, la ruta. 46


Sin lugar a dudas, si hubiera preparado la aventura en mi época de juventud lo habría hecho de otra manera. Hubiera ido a la biblioteca del Centre Excursionista de Catalunya a buscar libros y revistas que hablaran sobre el Cervino y la arista Hörnli. Pero estábamos en 2014 y la tecnología ha modificado muchos de nuestros hábitos más cotidianos. Entre ellos, el tener al alcance de manera fácil y rápida mucha más información de la que somos capaces de procesar. Se trataba pues de encontrarla, de seleccionar aquellos lugares en internet donde estaba lo que necesitaba y guardarlos para recurrir a ellos cuando fuera necesario. Obtener buenos resultados tiene mucho que ver con elegir adecuadamente los canales donde buscar y en el siglo XXI la información es más visual que textual. YouTube me ofrecía la posibilidad de ver con mayor o menor detalle los pormenores de la ruta grabados por los propios protagonistas, ya fuera en forma de secuencia de fotos o en formato de vídeo. Durante varios días no consecutivos busqué todo el contenido audiovisual que había en YouTube sobre el Cervino y la arista Hörnli. Seleccionaba los que me parecían más interesantes y los incluía en una lista de favoritos para volverlos a visualizar en otro momento. Algunos los llegué a ver tantas veces que hasta me los sabía casi de memoria. Pero no fue Youtube la única fuente de información que utilicé durante la preparación. Reseñas en blogs, artículos en revistas especializadas, las espectaculares panorámicas desde diferentes perspectivas de la web de Airpano y el libro de Edward Whymper, La conquista del Cervino, me sirvieron para tener un amplio conocimiento de lo que me iba a encontrar. Busqué también las mejores webs de previsión meteorológica y guardé las que eran más fiables. Quedaban muchos meses por delante y sabía que era una de las pocas cosas que no podía controlar, pero también sabía que tener la mejor información posible en un momento determinado permite gestionar las inclemencias del tiempo y tomar las decisiones más adecuadas.

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En lo que a la preparación física se refiere, durante el mes de agosto, la mayor disponibilidad de tiempo me había permitido intensificar el número de entrenamientos. En octubre y noviembre empecé a correr regularmente por la ciudad entre semana, mientras que los fines de semana combinaba los entrenamientos corriendo por la montaña de Collserola el sábado, con las salidas en BTT los domingos. Poco a poco iba ganando forma física, me encontraba bien, cada vez me notaba más fuerte y todavía tenía mucho tiempo para mejorar. Había previsto apuntarme a la media maratón de Barcelona en el mes de febrero de 2015 y a la Speed Trail Barcelona (STBCN) en abril. Tenía toda la temporada de invierno y primavera bien planificadas para llegar al mes de julio en óptimas condiciones, justo antes de empezar la última parte de la preparación, cuando incluso tenía previsto hacer algo de natación. Y en eso estaba, recopilando información, leyendo libros, viendo vídeos, entrenando tanto como podía y cumpliendo con la planificación prevista cuando, de repente, un domingo por la mañana del mes de noviembre todo se vino abajo. Salí a correr y noté una molestia muy extraña en la rodilla derecha. A medida que pasaban los minutos la molestia se convirtió en dolor. Un dolor intenso que indicaba claramente que algo no iba bien. Aunque el dolor no cedía, no cejé en el empeño y acabé el entrenamiento. Tenía la esperanza que se tratara tan solo de alguna molestia muscular provocada por un movimiento extraño. Al llegar a casa me apliqué una bolsa de hielo con la intención de rebajar la inflamación, pero las horas pasaban y el dolor persistía. Al día siguiente todo seguía igual. Aun así, proseguí con mi día a día con la única excepción de no hacer actividad física alguna durante una semana. Estaba convencido que eran las consecuencias de un sobre entrenamiento y que con algo de descanso volvería todo a la normalidad. Los días pasaban y aunque había momentos en los que el dolor remitía, el descanso físico no me había traído mejora alguna. No quedaba otro remedio que pedir hora al traumatólogo. 48


C A P Í T U LO 7

LA ILUSIÓN PERDIDA Mientras esperaba mi turno de visita en la consulta del médico, me repetía a mí mismo que no sería nada importante, que en pocos días volvería de nuevo a la rutina de los entrenamientos. Quería autoconvencerme de que todo iba bien, pero estaba muy nervioso. Al fin y al cabo era una situación que no controlaba y eso me inquietaba. El Dr. Osvaldo Gómez es el traumatólogo especialista en medicina deportiva que me había tratado la fascitis plantar. Tiene un carácter afable y cercano que facilita la comunicación con el paciente, algo muy de agradecer. Después de escucharme atentamente empezó a presionar la rodilla y a mover mi pierna izquierda mientras me preguntaba por el dolor. No tardó mucho en tener un primer diagnóstico que debía confirmar una resonancia magnética posterior. El menisco estaba fracturado y había que operar. En ese momento me vinieron a la mente una serie de pensamientos decepcionantes. ¿Operar? No, por favor, eso no entraba en mis planes. Nunca antes en mi vida me había roto un hueso, excepto cuando me pillé un dedo al cerrar la puerta del coche. ¿Y tenía que ser precisamente ahora que tenía la posibilidad de cumplir mi sueño? Justo después de acep-

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tar que había que esperar al 2015. Justo ahora, en el momento más inoportuno. No podía ser. La reacción fue inmediata y la pregunta obligada: - Osvaldo, en agosto me voy a subir un pico de 4.500 metros en los Alpes Suizos, podré ir ¿verdad? - ¿Agosto? claro que sí, la operación de menisco es muy sencilla y la recuperación muy rápida ya verás. Eso sí, pasarán algunos meses antes que puedas volver a correr por lo que tendrás que buscar una alternativa para el entrenamiento, pero no habrá problema, ya verás. Al salir de la consulta no lo tenía nada claro. Pensaba en qué parte de lo que me había dicho era cierta del todo y qué parte era para no desanimarme. Lo que sí era indiscutible es que la situación cambiaba y una vez más tenía que adaptarme. Lo que me esperaba por delante eran unos días duros emocionalmente. A parte de aceptar la nueva situación, tenía que hacer frente a ella sin perder el optimismo. El 31 de diciembre de 2014 poco antes de acabar el año en el que debía haber cumplido mi sueño, me realizaban la resonancia magnética que confirmaba la rotura parcial del menisco izquierdo. 2015 no empezó bien. Llevaba casi dos meses sin entrenar y el quirófano me esperaba para recomponer el menisco. Estaba muy desanimado. Empezaba a dudar si ese año sería capaz de ascender al Cervino y de no ser así, si emocionalmente podría soportar retrasarlo otro año hasta el 2016. Entonces recordé que ya había pasado por una situación similar. Cuando con 15 años postrado en cama con hepatitis mi padre me regaló el libro de Georges Sonnier en el que aparece el Cervino en la portada fue cuando me hice la promesa de que algún día ascendería esa montaña por la arista que se veía en primer plano. Recordé que después de que mi vida diera muchas vueltas, había vuelto a renacer, primero la ilusión y posteriormente la determinación de cumplir mi sueño. Recordé que después de perder a las dos personas que más me marcaron en mi infancia y juventud, había tomado la decisión de disfrutar cada día como si fuera el último. Recordé que tenía claro que los sueños, los verdaderos sueños, no 50


se abandonan nunca, que hay que perseguirlos hasta hacerlos realidad. Y entonces fui consciente de nuevo que podría esperar lo que hiciera falta, pero que no dejaría de intentarlo. El 29 de enero a primera hora de la mañana entraba en el Hospital de las Tres Torres para que el Dr. Gómez me operara del menisco. Cuando por la tarde pasó a visitarme y me confirmó que todo había ido a la perfección, no volví a preguntar por la posibilidad de realizar la ascensión, simplemente afirmé: - Genial, en agosto me espera el Cervino y he de empezar a entrenar cuanto antes. Pero la recuperación fue larga. Todavía tenía que esperar un mes más para poder empezar a hacer actividad física alguna. Los días pasaban y notaba como mi condición física disminuía. No dejaba de repetirme que cada vez quedaba menos para iniciar la recuperación y que todavía tenía muchos días por delante, pero en realidad sabía que iba a llegar muy justo de forma, si llegaba a estarlo. Pasado el primer mes, fui a la revisión con el Dr. Gómez. Todo estaba en perfecto estado. La operación había sido un éxito y podía empezar a entrenar. Aunque todavía no podía correr. Debía evitar el impacto en la rodilla para minimizar el riesgo de una nueva rotura. Estaba claro que había de reorientar mi preparación pensando en la bicicleta de montaña. El doctor me recomendó que me apuntara al gimnasio para fortalecer la pierna izquierda y aumentar la masa muscular alrededor de la zona operada. Y así lo hice. Meses atrás habían abierto un Anytime Fitness cerca de casa y fui a verlo. Aunque la idea era mejorar la musculación me fijé que también tenían máquinas elípticas que me servirían para aumentar el fondo físico. Así que me apunté y empecé a ir regularmente. Poco a poco mi estado físico mejoraba al mismo ritmo que lo hacía mi estado anímico, aunque también hubo momentos complicados en los que pensé en abandonar. Algo así es lo que ocurrió el 16 de febrero de 2015. Ese día se celebraba la Mitja Marató de Barcelona. La Mitja es una carrera que siempre se me ha dado bien. No soy explosivo corriendo por lo que las carreras de 10 kilómetros se me hacen de51


masiado rápidas y no acabo de disfrutarlas, mientras que los poco más de 22 kilómetros de una media maratón son la distancia justa. La Mitja es una carrera que tiene la salida y la llegada justo delante de mi casa y cuyo recorrido transcurre en su mayor parte por la zona de la ciudad en la que suelo entrenar. Todo esto hace que, para mí, sea una cursa muy especial. Aunque no podía correr decidí ir a ver la salida. Y fue un error. Fuera por el ambiente, por la prolongada inactividad, por la sensación de que igual no llegaría a estar en forma para agosto o por todo junto, la cuestión es que me desmoroné. Los días siguientes no tenía ganas ni de ir al gimnasio, ni de informarme, ni de ver vídeos. No tenía ganas de hacer nada que estuviera relacionado con el Cervino. La presión pudo conmigo y me vine abajo. Siempre me ha costado encontrar los adjetivos que mejor me definen. Es más fácil y lógico que lo hagan las personas que comparten su vida personal o profesional junto a ti. Pero aunque nadie va diciéndole a los demás cuáles son sus virtudes y defectos, porque les aceptamos tal como son, a veces hay quien te sorprende. Personas con las que a pesar de haber tenido una relación esporádica o circunstancial han llegado a conocerte bien. Y eso es lo que ocurrió unos días después de hacer público en mis perfiles de redes sociales que había conseguido cumplir mi sueño. Una de estas personas, Iván, alguien con quien había tenido una muy buena relación profesional pero que no habíamos compartido muchos momentos personales juntos, me escribió un mensaje en el que decía: - Enhorabuena Kim. Tu siempre consigues lo que te propones. Una frase concisa que me hizo reflexionar. Tal vez, sin saberlo, Iván había encontrado el adjetivo con el que más me identifico: perseverante. No es una palabra habitual en nuestro léxico diario, ni tan solo es fácil de pronunciar, pero probablemente sea el adjetivo que mejor me define. Sin duda alguna, fue esa perseverancia innata en mí la que me llevó a no abandonar y seguir luchando por mi sueño. Fue esa perseverancia la que me sirvió para superar el mal momento que estaba viviendo, olvidar lo negativo y centrarme en lo positivo.

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Volví al gimnasio. Incrementé la frecuencia de ejercicios con la elíptica, salí en bicicleta tanto como pude y volví a documentarme sobre la montaña que me apasionaba. Recuperé la ilusión que en cierto momento había perdido.

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C A P Í T U LO 8

EL EXAMEN FINAL El mes de marzo fue un buen mes en el que, además de mejorar mi estado físico y anímico, empecé a pensar en el material que debía llevarme. Guardaba parte del equipo que utilizaba en mi época joven, pero entre el que había quedado obsoleto y el que ya no se podía utilizar por culpa del paso del tiempo, era necesario actualizar el armario del material alpino. Dada mi mentalidad analítica y planificadora a la hora de abordar las situaciones, en esta ocasión la cosa no iba a ser diferente. Después de comentar con Joan la lista de material imprescindible, empecé a buscar por internet los fabricantes y las tiendas donde podía comprarme todo lo que necesitaba. Buscaba online, seleccionaba el producto, le enviaba una foto o el enlace a Joan por correo electrónico y cuando ya estaba decidido me iba a la tienda a comprarlo para tenerlo cuanto antes. Este comportamiento de compra (buscar online y comprar offline) es lo que en términos de marketing digital se conoce como webrooming, justo el contrario del más conocido y temido por los puntos de venta físico, showrooming. Aunque suele ser muy efectivo, el webrooming a veces falla. En particular cuando la persona que te atiende se preocupa más por lo que quie-

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res hacer y como experto, te asesora sin voluntad de enchufarte lo que más le conviene. Una situación de este estilo la viví en la tienda de Barrabés en Barcelona. Las botas son una de las partes más importante, sino la más, del material. Joan me había recomendado un par de modelos que a su entender eran muy adecuados. Por mi parte había hecho mi investigación por internet, como no podía ser de otra manera y el lugar más adecuado para comprarlas era Barrabés. Así que un sábado por la tarde me dirigí a la tienda. En la sección de botas me atendió una chica a la que rápidamente le indiqué los dos modelos de botas que me quería probar y el número que necesitaba. Se quedó un poco sorprendida. Al fin y al cabo los webroomers somos una especie de compradores poco habitual. Buscó lo que le pedí y me lo dejó para que me lo probara. Al poco rato volvió para interesarse por cómo me encontraba con las botas. Yo tenía dudas. Uno de los modelos me ajustaba mejor pero las encontraba muy duras, las otras tenían el efecto contrario. Le comenté mis dudas y en vez de apelar a los atributos de una u otra marca, me preguntó que para qué las quería. Le dije que iba a subir al Cervino por la arista Hörnli y se sorprendió de nuevo. Me dijo que me esperara un momento, que volvía enseguida. Y así fue, unos minutos después volvió. Me explicó que había ido a consultar a otro dependiente que había hecho la misma ruta recientemente para que le explicara rápidamente qué me iba a encontrar ya que ella no había ascendido al Cervino. Miró de complementar su conocimiento del material con el uso que le iba a dar yo para asesorarme un modelo concreto de botas que nada tenían que ver con las que habíamos preseleccionado con Joan. Me las probé y rápidamente me convencí de que era la mejor opción, además de ser las más económicas de las tres. Hoy, poco más de dos años después de aquella decisión, sigo estando encantado con mis Bestard Advance K Pro, las mejores botas que podía tener y agradecido a la dependienta de Barrabés que me atendió. A pesar de ir completando el material, no tenía muchas opciones para salir a la montaña. Básicamente porque no tenía con quién ir. Los ami55


gos de la infancia con los que todavía tenía contacto habían dejado de practicar alpinismo hacía tiempo. Quedaba por ver si la inactividad en la montaña durante tantos años haría mella en mí o si por el contrario se hacía bueno el refrán de quien tuvo retuvo. Para ver si tenía el nivel adecuado o no concretamos con Joan realizar una salida al Serrat de les Eres. El objetivo era que me evaluara y concluyera si tenía el mínimo conocimiento técnico necesario para afrontar la ascensión. El lunes 4 de mayo era el día señalado para la prueba. Llegado el día me levanté antes de que sonara el despertador. Estaba nervioso, tenía la misma sensación que cuando de joven iba a un examen, salvo que en esta ocasión no había tenido que estudiar. La noche anterior me había dejado preparado el poco material que todavía podía utilizar. La mayoría no estaba en condiciones después de pasar tantos años en el armario. Desayuné y me dirigí con el coche a la Estación de Servicio el León, el punto de encuentro con Joan. Me lié con el GPS y llegué diez minutos tarde. Joan ya estaba esperándome. Sin perder demasiado tiempo, dejamos mi coche y nos fuimos los dos con su furgoneta. Durante el trayecto me explicó que de lo que se trataba era de ver si me movía con agilidad por una arista rocosa, un terreno que tenía ciertas similitudes con el que nos íbamos a encontrar en el Cervino. Dejamos la furgoneta en Peguera, un pueblo abandonado que en 1390 contaba con un castillo y una iglesia románica y que fue adquirido por un jeque árabe en el año 2003. Mientras nos dirigíamos al inicio de la arista, los nervios empezaban a dejarse notar. No paraba de repetirme a mí mismo que debía relajarme y disfrutar del momento. No podía tomármelo como un examen, pero era difícil tranquilizarse. Los primeros metros fueron cruciales. Progresábamos rápidos sobre un terreno fácil en el que cada vez me encontraba más a gusto. Poco a poco me convencía a mí mismo de que el paso de los años no me había hecho perder la base de la técnica. Los pasos más atléticos los superaba utilizando más fuerza de la necesaria, pero sabía que era tan solo una cuestión de práctica. Y así fue, a medida que avanzábamos me sentía mejor. 56


El pueblo de Peguera (Foto: Kim Ruiz)

Más adelante llegamos a una de las partes más comprometidas de la vía, debíamos descender hasta una repisa inferior para seguir progresando. Teníamos que hacer un rapel. Habían pasado muchos años desde mi último rapel, pero siempre se me habían dado muy bien, así que al ver que llegábamos a dicho punto, me ilusioné. Pero la ilusión se desvaneció rápidamente. Después de comentar con Joan lo bien que se me daban los rapels y la ilusión que me hacía practicar uno de nuevo, me dijo que no iba a descender por mis propios medios, sino que en lugar de ello sería él quién me bajaría. Quería practicar una maniobra que probablemente pondríamos en práctica durante el descenso del Cervino. No había discusión. Hice lo que Joan me pidió y en pocos minutos me encontraba al final del rapel. Cuando Joan llegó me comentó que estaba contento porque había vis57


to que sabía ubicarme correctamente para que él me pudiera bajar sin problemas.

Arista del Serrat de les Eres (Foto: Kim Ruiz)

Seguimos por la cresta y aunque cada vez estaba más cansado era capaz de seguir a Joan y mantener el ritmo que él marcaba. El final estaba próximo. Me encontraba muy a gusto. Me lo estaba pasando muy bien y no tenía ganas de acabar. Pero todo llega a su fin. Lo que desconocía en aquel momento era que al final había premio. Después de alcanzar el punto más alto del último torreón de piedra tan solo nos quedaba bajar y para hacerlo teníamos que realizar de nuevo la maniobra de descenso. Pero Joan prefirió, esta vez sí, que hiciéramos un rapel. Por su expresión deduje que quería compensar mi desilusión anterior y lo agradecí. Todo cambió cuando me pasó el rapelador. Nunca en mi vida había visto un cacharro igual. No sabía cómo utilizarlo. Pregunté a Joan si no tenía un ocho que era lo que yo utilizaba cuando iba a escalar. La cara de Joan era todo un poema.

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-

¿Un ocho? ¿Pero si ya hace muchos años que no se utiliza? - me

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Vale, pero es que yo hace muchos años que no escalo - le contes-

dijo. té. - Bueno, no te preocupes, te explico cómo va y seguro que lo pillas. Es muy fácil, ya verás - comentó Joan. Cierto, el reverso, que es como se llama el para mí nuevo artilugio es muy sencillo de utilizar. Aun así, cuando utilizas algo por primera vez da cierto respeto. Por eso, Joan decidió que, aunque bajaría rapelando, me aseguraría por si acaso.

Progresando por la arista (Foto: Joan Solé)

La verdad es que no hizo falta, pero la prudencia de Joan me pareció muy lógica y razonable. Descender por mis propios medios me hizo revivir las sensaciones que tenía cuando salía a escalar en mi época de juventud. Nos miramos y, tras unos segundos de incertidumbre, los dos nos echamos a reír con carcajadas.

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Estaba encantado. Había superado el examen, pero sobre todo había disfrutado la experiencia y congeniado muy bien con Joan.

Inicio del rapel final (Foto: Joan Solé)

De lo que no era consciente, o tal vez no quería serlo en ese momento, es de que la falta de preparación específica, como ascensiones por el Pirineo y practicar en vías de escalada, me pasaría factura el día de la ascensión. En el camino de regreso a la furgoneta, aunque ya suponía cuál sería la respuesta, le hice la pregunta definitiva a Joan: - ¿Qué tal? ¿Cómo lo ves? ¿Crees que puedo intentar el Cervino por la Hörnli? Sin todavía responder, Joan me miró con una expresión que a partir de entonces iba a ser algo habitual. Una expresión que ya me indicaba la respuesta antes de que la hiciera patente. - Claro que sí, aunque no haremos la aclimatación en Suiza. Creo que será mucho mejor que vayamos a Chamonix y hagamos la Arista de Cosmiques. ¿Qué te parece?

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Que ¿qué me parecía? Chamonix era la cuna del alpinismo moderno. La villa a los pies del Montblanc de 4.810 metros. Una especie de lugar casi de culto para los alpinistas de todas las épocas. El lugar donde todo empezó, antes incluso que Michel Piccard y Jean Balmat alcanzaran, por primera vez, la cima del pico más alto de los Alpes el 8 de agosto de 1786. Nunca había estado en Chamonix con anterioridad y ahora Joan me proponía que fuéramos a hacer la aclimatación alrededor del Montblanc, de l’Aiguille du Midi, de las Grandes Jorasses y de multitud de cimas icónicas. Nombres de montañas y rutas que había oído desde que empecé y que siempre se me habían antojado muy lejanas por complicadas. Únicamente la posibilidad de contemplarlas de cerca ya valía de por sí la pena, pero es que lo que Joan me proponía es que realizáramos una de las aristas más clásicas de los Alpes como paso previo al intento de ascenso al Cervino. - Pues ¿qué quieres que te diga?por mí encantado. Ya empiezo a contar los días que quedan para marchar – le respondí. La jornada no podía haber ido mejor. Salí de casa con la inquietud de si estaría mínimamente preparado para subir al Cervino y volvía con un aprobado medio-alto y con la previsión de hacer la aclimatación en Chamonix. Ese día me costó conciliar el sueño.

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C A P Í T U LO 9

TODO EN CONTRA “El compromiso y el convencimiento sumados a la pasión crean un cóctel invencible” Araceli Segarra

Los días pasaban y cada vez quedaba menos tiempo. Los preparativos se desarrollaban según lo previsto. Se acercaba el verano y seguía combinando las salidas en bicicleta con rutas de trail running cada vez más largas y de mayor desnivel, que compaginaba con sesiones de fuerza y resistencia en el gimnasio. La ruta por la arista Hörnli no deja de ser una escalada sobre roca y nieve que, aunque no es difícil técnicamente, es muy larga. Los más de 1.200 metros de su recorrido hacían imprescindible reforzar el trabajo de potencia en el tronco superior. Collserola y la Serra de les Gavarres, próxima a Tamariu, eran las zonas por donde me preparaba. No tenía la oportunidad de salir al Pirineo por lo que la toma de contacto con la alta montaña y el esfuerzo en altura se reducía a la carrera que en julio de 2014 había llevado a cabo en la Olla de Núria. Era consciente que esta falta de entrenamiento específico podría ser uno de los factores que más echaría en falta, pero no imaginaba 62


hasta qué punto me afectaría durante la ascensión y sobre todo durante el descenso. Todo iba bien, hasta el 24 de junio de 2015. Recuerdo bien ese día porque habíamos subido a Tamariu para celebrar la verbena de Sant Joan con unos amigos. Hacía años celebrábamos juntos la llegada del verano. No me desperté temprano. Tampoco era necesario, tenía toda la mañana por delante y había previsto una salida corta, 15 kilómetros con poco desnivel acumulado. Desayuné y me hidraté bien, hice los estiramientos y cuando el reloj me indicó que el GPS ya se había sincronizado, puse en marcha la música en el teléfono móvil y arranqué a correr. Suave, tranquilo, sin prisas. El recorrido empieza por una zona con cierto desnivel que suele ser bastante pesada. Hacía mucho calor y aunque notaba los pequeños excesos de la noche anterior me encontraba bien. Nada hacía presagiar que unos kilómetros más adelante empezaría un vía crucis que no me abandonaría hasta meses después de volver de los Alpes. Poco antes de finalizar la subida fuerte del recorrido noté un pinchazo intenso en la zona interior de la rodilla izquierda. Justo en el mismo sitio por donde se me había roto el menisco. No quise darle importancia y pensé que desaparecería al cabo de unos minutos, pero no fue así. Al contrario, las molestias eran cada vez más intensas y aumentaban considerablemente durante las bajadas. Los dos últimos kilómetros hasta Tamariu los hice medio cojeando. La inquietud inicial se había convertido ya en preocupación. Quedaban menos de dos meses para salir hacia Ginebra, el punto de partida de la aventura del Cervino. Durante el resto del día la preocupación fue en aumento. Después de ducharme y descansar, las molestias se convirtieron en dolor. Empezaba a mentalizarme. La sensación que tenía era que me había roto de nuevo el menisco. El lunes siguiente, el dolor no había remitido. Lo primero que hice fue pedir hora al traumatólogo. Aunque le comenté a la enfermera que se trataba de un caso urgente, todavía tuve que esperar unos días a poder visitarme. 63


Antes de salir hacia la visita dudaba de si ir con moto o subir en transporte público. Cada vez que apoyaba la pierna izquierda en el suelo, veía las estrellas. No tardé en entrar a la visita, pero los minutos que estuve en la consulta se me hicieron eternos. El corazón me iba a mil. Tenía miedo de que el doctor confirmara mis peores augurios. Afortunadamente no fue así. El Dr. Osvaldo Gómez me indicó que el menisco estaba en perfecto estado. Tenía una lesión muscular y el dolor venía dado porque los huesos de la rótula pinzaban el tendón. Era más doloroso que preocupante. El origen del problema y, el de todos los relacionados con la pierna izquierda, estaba en la mala posición de los pies al correr. Para solventarlo, me recomendó acudir a un podólogo para que me hiciera unas plantillas correctoras. Obviamente, debía hacer un par de semanas de reposo para bajar la inflamación y podría volver a entrenar sin problemas. Ni que decir tiene que al salir era alguien diferente. Mi estado anímico no tenía nada que ver con el de unos minutos antes. Lo que no sabía es que las cosas no iban a ser tan fáciles como parecían. De vuelta de la consulta pasé por el podólogo que me recomendó el Dr. Osvaldo. Después de hacerme unas pruebas me tomaron la forma del pie para hacerme las plantillas. Tardarían unos quince días en tenerlas, justo el tiempo que debía estar sin entrenar y un mes para acostumbrarme a ellas. ¡Un mes! Entre una cosa y otra nos íbamos a finales de julio. Perder un mes y medio de entrenamiento a estas alturas significaba tener muy poco tiempo para recuperar el nivel que tenía, cuando todavía no había llegado al que a mí me hubiera gustado tener. Era evidente que, en el mejor de los casos, me iría al Cervino sin mejorar el estado de forma que tenía en aquel momento. Al menos en lo que a fondo y resistencia se refería. No podía hacer nada más que resignarme y aceptar, una vez más, que las circunstancias mandaban. De nuevo, debía cambiar los senderos y recorridos de montaña por el gimnasio. Me dedicaría a trabajar la parte 64


de fuerza y potencia dejando para el mes de agosto la recuperación de la forma y el fondo. Y así lo hice. Durante el mes de julio, mientras me acostumbraba a las plantillas, cuando conseguía algo de tiempo libre me iba al gimnasio y me dedicaba a trabajar el tronco superior haciendo ejercicios con pesas. Hasta que un día descubrí que podía mantener el fondo con la elíptica. Al menos, no perdería todo lo que había conseguido. El movimiento de la elíptica es muy parecido al de la bicicleta y no hay impacto por lo que no tenía molestias. Por fin empezaba a ver un poco de luz. A finales de julio las plantillas ya no me suponían ninguna molestia. Aun así, la rodilla seguía importunándome. No me notaba todavía capaz de ir a correr sin miedo a una recaída y lo iba retrasando. Había empezado las vacaciones junto a la familia y ya no estaba en Barcelona sino en Tamariu, por lo que había cambiado el gimnasio por la BTT. Salía con los amigos, me encontraba bien físicamente y eso hacía que poco a poco fuera recuperando la confianza y el ánimo. Únicamente faltaba que desaparecieran las molestias en la rodilla. Me daba miedo empezar a correr. Temía una posible recaída que, a estas alturas, a menos de un mes vista de la fecha prevista para la salida, sería definitiva para anularlo todo. Llevaba muchos años esperando ese momento, había pasado por muchas vicisitudes y no estaba dispuesto a echarlo por tierra. Así que monté una salida al Quermany, una montaña cercana a Tamariu a la que he subido en multitud de ocasiones tanto en bicicleta como corriendo. En esta ocasión la idea era ir caminando. La noche anterior estaba muy nervioso. En realidad sabía perfectamente que se trataba de una prueba que debía superar. El día amaneció ideal para salir de excursión. A pesar de estar en la primera semana del mes de agosto el cielo estaba algo cubierto por lo que el calor no apretaría y la salida sería mucho más agradable. A las 09:00h estábamos todos en el punto de partida, listos para empezar a caminar. Al principio el camino transcurre por una subida que va ganando desnivel a medida que van pasando los kilómetros. A pesar de llevar las plantillas, la rodilla se hacía notar. Me decía a mí mismo que 65


era normal, que la musculatura todavía estaba fría y que unos metros más adelante dejaría de molestar. No fue así. Llevábamos poco más de tres kilómetros caminando y las molestias seguían presentes. Intenté olvidarme de la rodilla. Quería convencerme de que, como se suele decir, me estaba escuchando demasiado. En cuanto se acabó la subida empecé a hablar con los amigos que me acompañaban. Y una vez más ocurrió lo que no quería. La rodilla empezó a inflamarse, o al menos esa era la sensación que tenía. Cada vez me molestaba más. No había manera. Aquello iba a peor. Y todavía quedaban más de 15 kilómetros por delante. Dudaba si seguir o retirarme. Ambas eran malas decisiones. Una por lo físico y la otra por lo emocional. Seguí adelante con la convicción de que aquello mejoraría. La duda sobre si igualmente debía ir al Cervino o anularlo todo empezaba a hacer acto de presencia. Acabé la excursión con la rodilla en peor estado que el día anterior y la moral por los suelos. No había ido a correr sino a caminar. El mismo tipo de ejercicio que debería hacer en los Alpes. Y la rodilla no había superado la prueba. Los dos días siguientes los dediqué a pensar en qué debía hacer. Todas las señales que tenía me indicaban que debía llamar a Joan y dejarlo para el 2016, pero en esta ocasión, el corazón pudo más que la razón. Lo tenía claro. Todavía me quedaba un mes y no estaba dispuesto a abandonar. Seguiría entrenando, ya únicamente haciendo salidas en BTT. Al comentarlo con los amigos, Carlos me recomendó que fuera a ver a un fisioterapeuta que había en Palafrugell. Él había ido el verano anterior para solventar un problema que tenía en los gemelos y le había dado buen resultado. No perdía nada por probar. Dicho y hecho. Pedí hora en el Centro de Fisioterapia y Rehabilitación Funcional TARS. Al llegar me preguntaron que me pasaba. Difícil resumir en dos minutos todo el periplo por el que había pasado, así que les dije que en poco más de tres semanas me iba a los Alpes a subir un pico de 4.500 metros de altura y que desde el mes de junio arrastraba una lesión muscular en la rodilla izquierda. Estoy seguro que pensaron que lo que debía hacer era olvidarme del Cervino y empezar la recuperación sin 66


fijarme un objetivo. Es evidente que una lesión de ese tipo no se cura en tan poco tiempo. Lo sabía y antes de que ellos me lo dijeran ya se lo había comentado yo. Pero es que no pretendía curar en unos días lo que arrastraba desde meses atrás, lo que les pregunté es si podían ayudarme a mejorar la situación. Fuera cual fuera el resultado me iba a ir igualmente. Probablemente, mi determinación acabó por convencerles y me dijeron que intentarían ayudarme en todo lo que les fuera posible. A partir de aquel momento, dos tardes a la semana me desplazaba de Tamariu a Palafrugell para hacer dos horas de rehabilitación en el centro, que combinaba con unos ejercicios de estiramientos en casa. Dos semanas después había recuperado algo los ánimos. Parecía que las sesiones de fisioterapia estaban haciendo su efecto. Las molestias seguían estando presentes, pero al menos habían disminuido. En ese proceso de recuperación anímica más que física estaba cuando me percaté que tan solo quedaban diez días para partir hacia Ginebra y no tenía noticias de Joan. Pensé que estaría ya en los Alpes con algún cliente y no tendría cobertura para contactar conmigo. No le di mayor importancia. Ya tenía suficiente con las sesiones de fisioterapia, los estiramientos y las salidas en bicicleta de montaña. Todo para intentar estar lo mejor posible físicamente por si, una vez sobre el terreno, había opciones de intentar el ascenso. Cuando todo parecía que de nuevo se había encarrilado, a menos de una semana del día de partida, a media mañana recibí la llamada de Joan. Al ver su nombre en el móvil me alegré, pero al poco de empezar la conversación mi semblante cambió radicalmente. Joan había tenido un contratiempo mientras practicaba escalada deportiva. Le había caído un bloque de piedra de considerables dimensiones sobre la rodilla izquierda y la tenía muy magullada. De hecho, me comentó que había esperado tanto a llamarme porque no las tenía todas consigo y no quería alarmarme. Se me cayó el mundo encima. En el mejor de los casos, Joan podría venir sin estar recuperado del golpe y en el peor, no podría ir.

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Le comenté mi situación y obviamente no se llevó ninguna alegría, más bien al contrario. Me preguntó que quería hacer y le respondí que yo quería ir pero que no quería forzarle a hacer algo que no pudiera hacer. Me tranquilizó cuando me dijo que él también pensaba que debíamos intentarlo y si al final él no se recuperaba siempre cabía la posibilidad que algún compañero suyo, guía de Chamonix, me acompañara al Cervino. No me seducía la opción de no ir juntos, pero, una vez más, había que aceptar las cosas tal como venían. A pesar de tenerlo todo en contra, habíamos tomado una determinación. Saldríamos hacia Ginebra con la intención de ascender al Cervino por la arista Hörnli. El resto de decisiones las iríamos tomando sobre la marcha en función de las circunstancias. Una semana después, había llegado el día y todo estaba listo. Empezaba la aventura.

Embarcando rumbo a Ginebra (Foto: Kim Ruiz)

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C A P Í T U LO 10

EMPIEZA LA AVENTURA “No es más fuerte el que llega primero sino el que disfruta más de lo que hace” Kilian Jornet

El viaje empezó mucho antes de la fecha de salida. Comprar el material, leer el libro de Whymper sobre la primera ascensión, revisar los vídeos que encontraba en YouTube de ascensiones de otras personas, la preparación física, la planificación de toda la logística (los billetes de avión, el coche de alquiler, la reserva de los refugios) y, en general, todos los preparativos debían estar solventados antes, ni tan solo, de empezar a pensar en la salida. Suerte de ello porque la espera se hizo interminable. Los nervios se acumulaban a medida que se acercaba el día. Los dos anteriores a la partida una idea recorría mi cabeza. Llevaba tiempo revisando las previsiones meteorológicas de diversas fuentes de internet y no parecía que estuvieran de acuerdo. Mientras en ciertos portales daban una ventana de buen tiempo para los días previstos para la ascensión, otros indicaban todo lo contrario. El tiempo atmosférico, la evolución de

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la lesión y cómo respondería mi cuerpo al esfuerzo en altura eran las únicas cosas que no podía controlar y eso me preocupaba. Repartir encima de la cama o en el sofá del comedor todo lo que voy a llevarme y a partir de ahí preparar la mochila es algo que siempre me ha gustado. Seguramente tiene que ver con la manera en la que los ingenieros solemos solventar los problemas, aunque no sean los profesionales. Siempre piensas que te va a faltar algo y tienes tendencia a llevarte cosas por si acaso.

El material antes de hacer la mochila (Foto: Kim Ruiz)

Esta vez no fue diferente. Además de la mochila con nuestras cosas personales, que subiríamos como equipaje de mano, habíamos acordado con Joan que traería un petate en el que pondríamos todo lo que debíamos facturar. Los piolets, los crampones y el material de escalada no se puede subir al avión. A ello añadiríamos aquello que ocupa mucho espa70


cio y pesa poco como los cascos, los sacos y las colchonetas aislantes, pero también cosas pesadas como las cuerdas y las botas. Al reservar los billetes de avión, indicamos que el equipaje a facturar estaría por debajo de los 20 Kg. Al llegar al aeropuerto y añadir mi parte a la de Joan, la sensación era que aquello pesaba mucho. Había llegado la hora de facturar y empezar la aventura, o lo que es lo mismo, la hora de despedirse de la familia. Uno siempre tiene el convencimiento de que todo va a ir bien, que no habrá problemas y que si los hay va a saber resolverlos sin mayores dificultades, pero la realidad se impone. El Matterhorn no es una montaña nada fácil y aunque la arista Hörnli no es de gran dificultad técnica, es una ruta muy aérea y expuesta. Con buen tiempo, tan solo el 40% de las personas que intentan subirla consiguen pisar la cima. La mayoría se retiran al ver que no van a poder culminar el ascenso y deciden volver al refugio antes de lo previsto. Las menores de las veces se producen accidentes algunos de los cuales con un desenlace fatal. Desde 1865, en el Cervino han perdido la vida más de 500 personas. En la zona que comprende el Matterhorn y la cadena del Monte Rosa, Air Zermatt rescata a más de 1.600 personas al año, 30 de las cuales fallecidas. Por todo ello, aunque nadie lo comenta, en la despedida siempre está presente la sensación de que puede ocurrir algo y no regreses. Es una sensación que debe existir como tal. A la montaña no hay que acercarse con temor o miedo. El miedo bloquea nuestra capacidad de acción y no nos permite progresar ni como personas ni como alpinistas. Pero sí con respeto, con el máximo respeto posible y siempre teniendo presente que la aventura no acaba al coronar la cima, sino cuando se regresa, sano y salvo, a nuestro punto de partida, en nuestro caso, el Hörnlihütte. El cartel de la compañía aérea y la cola que empezaba a formarse nos recordaba que debíamos dirigirnos al mostrador de facturación. Y así lo hicimos. Llegamos al mostrador, entregamos los billetes, ponemos el petate en la cinta transportadora y en seguida nos damos cuenta que la sensa71


ción de que pesaba mucho era una realidad más que una sensación. Nos habíamos pasado en 10Kg lo que suponía un coste extra de 55€ adicionales. Empezamos mal. Los expertos en Neuromarketing afirman que el hecho en sí de pagar activa una parte específica de nuestro cerebro que es la misma que se activa cuando tenemos sensación de dolor físico. No sé si dicho dolor tiene que ver con algo físico, lo que sí sé es que, en aquel momento, dicho coste extra me estaba generando un nerviosismo, también extra. Cuando ya estaba dispuesto a sacar la Visa, Joan con una tranquilidad sorprendente retiró el petate de la cinta argumentando que íbamos a revisar lo que había para reducir el peso.

Haciendo cola para facturar el petate (Foto: Kim Ruiz)

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Lo dejó en el suelo, lo abrió y empezamos a sacar todo lo que se podía subir al avión. Hicimos los mismo con las mochilas, sacamos las galletas, los libros y la mayoría de los porsiaca (por si acaso), y dentro metimos el casco, las gafas, los arneses. Como último recurso podíamos ponernos las botas y facturar las zapatillas deportivas, pero decidimos probar a ver cuánto peso habíamos reducido. Hicimos de nuevo la cola y nos tocó en otro mostrador diferente. Al poner de nuevo el petate, Joan lo situó hábilmente con cierta inclinación de manera que no se apoyaba todo sobre la cinta. Miramos la báscula y el marcador indicaba 21,5 Kg. Aunque nos pasábamos un poco, decidieron no cobrarnos ningún gasto adicional y pudimos facturar. Primer problema solucionado, aparecía el segundo. La cuestión ahora era si en el control de seguridad o en el mostrador de embarque iban a aceptar los mochilones que llevábamos como equipaje de mano. Dicen que la experiencia es un grado y de nuevo fue así. Siguiendo los consejos de Joan, no tuvimos problemas y pudimos subir las mochilas al avión. El vuelo salió en hora. El día era espléndido y el viaje fue muy tranquilo. Antes de llegar vimos la Barra des Ecrins desde el avión. El ambiente alpino empezaba a hacerse notar. Al llegar a la terminal del aeropuerto de Ginebra la preocupación era si el ya famoso petate aparecería por la cinta. Después de unos minutos de cierta tensión, el petate hizo su aparición y la inquietud se desvaneció. En el mostrador del coche de alquiler nos indicaron dónde encontrarlo y qué debíamos hacer para que nos lo entregaran. Al llegar, la sorpresa fue que nos dieron el modelo deportivo de un Renault Clio negro nuevo. No era el tipo de coche que esperábamos. Ni de lejos se parecía a la típica furgoneta que suelen llevar los alpinistas, pero era el nuestro y no lo íbamos a cambiar. Los 83 kilómetros de autopistas y carreteras nacionales de varios carriles que separan Ginebra de Chamonix transcurren por parajes montañosos que iban ganando protagonismo a medida que nos acercábamos a la frontera entre Suiza y Francia. Al poco de cruzarla empezaron a apare73


cer montañas cada vez más impresionantes por el horizonte. El ambiente era espectacular. Las montañas eran bastante más grandes de las que yo estaba acostumbrado. Empezaba a descubrir la majestuosidad de los Alpes franceses.

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C A P Í T U LO 11

CHAMONIX Y LA ULTRA TRAIL DEL MONTBLANC

Nunca antes había estado en Chamonix y lo primero que hicimos al llegar fue ir a reservar plaza en el camping. Todo y la época del año y, teniendo en cuenta que tanto la tienda de campaña que llevábamos como el coche no ocupaban mucho espacio, nos dieron una plaza, algo separada de la zona central, pero al menos teníamos un lugar donde pasar la noche. Chamonix es un lugar en el que se respira ambiente de montaña por todas partes. No es muy grande y eso precisamente es lo que le da un cierto encanto. Eso, y estar situado estratégicamente a los pies del Montblanc. Desde la Place de la Ville, a pocos metros de la figura en honor a los primeros ascensionistas, se tiene una vista impresionante del pico más alto de los Alpes. Con sus 4.810 metros se alza majestuoso, con un aspecto

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vigilante que por momentos da la sensación de supervisar todo lo que pasa en la villa.

El Montblanc desde Chamonix (Foto: Kim Ruiz)

Después de ubicar la tienda en el camping, decidimos acercarnos a Chamonix a comer alguna cosa. A medida que nos acercábamos al centro, nos sorprendió la cantidad de banderolas de publicidad y vallas que había en las calles. Decidimos seguirlas hasta que llegamos a una calle en la que había unas vallas que delimitaban una especie de canal que finalizaba bajo un gran arco en el que se podía leer Ultra-Trail du Mont-Blanc. Sin saberlo, habíamos llegado a Chamonix el mismo día que se daba la salida de la carrera de montaña más prestigiosa del mundo. Con una distancia de 170 kilómetros (100 millas) y más de 10.000 metros de desnivel acumulado, la UTMB es, sin duda, una prueba deportiva reservada únicamente a verdaderos especialistas del mundo del Ultra Trail. Para cualquier amante de la montaña que suele salir a correr por el monte, tener la oportunidad de vivir, aunque sea desde el otro lado de la valla, un acontecimiento como éste, ya justifica de por sí el desplazamiento hasta Chamonix. 76


En mi caso, la aventura no había hecho más que empezar y ya iba más allá de lo previsto. La ilusión aumentaba y con ella, la motivación. Revisando el programa de la carrera vimos que el inicio estaba programado para las 18:00h, es decir que teníamos tiempo de ir a comer y ver la salida en directo.

Salida y llegada de la Ultra-Trail du Mont-Blanc (Foto: Kim Ruiz)

Mientras comíamos en uno de los restaurantes cercanos a la salida recordé que Núria Picas participaba en esta edición. Esperaba tener la oportunidad de ver de cerca y en acción a una de las atletas más importantes de este deporte, a la que posteriormente tuve la oportunidad de conocer más de cerca en una cena del #trinxat. 77


Con Núria Picas en el trinxat de Girona en enero de 2016 (Foto: Kim Ruiz)

Después de comer todavía nos quedó tiempo para ir a comprar un reverso, el nuevo artilugio para asegurar y rapelar, y visitar la Maison de la Montagne, el lugar en el que se reúnen los guías de Chamonix para ofrecer sus servicios a los clientes que quieren realizar alguna ascensión. Joan es guía internacional de alta montaña y de alguna manera se le notaba como en casa. A medida que se acercaba la hora de salida de la UTMB, cada vez había más ambiente por las calles hasta el punto que se hacía difícil encontrar un lugar desde el que poder disfrutar de la emoción de la carrera. Finalmente decidimos no quedarnos en Chamonix para ver la salida. En vez de eso, nos desplazamos hasta Les Gaillands en el kilómetro 8 de la cursa. Les Gaillands cuenta con un gran lago frente al cual se alzan unas paredes de roca de entre 20 y 70 metros de altura que se utilizan como escuela de escalada. Aquí las familias, en vez de salir a pasear o ir al cine, se vienen a pasar el día con la comida y el material de escalada. Los padres 78


enseñan a sus hijos cómo iniciarse en la escalada en roca y los más pequeños aprenden a vivir la vida de una manera muy diferente a la de las grandes ciudades.

La Maison de la Montagne (Foto: Kim Ruiz)

El contacto con la naturaleza, el respeto por el medio ambiente y el amor por el deporte y la montaña son los valores sobre los que se fundamenta una parte muy importante de la educación de los niños y jóvenes de la zona. Teniendo en cuenta la distancia hasta Chamonix y la hora de salida de la carrera, un poco antes de la hora prevista, nos situamos cerca del camino por donde pasarían los corredores que empezaron a llegar puntualmente. Esperaba ver a verdaderos atletas, gente bien preparada que por su aspecto y ritmo dieran la sensación de ser capaces de llegar a la meta 79


entre 24 y 40 horas después de pasar frente a nosotros. Y ciertamente así fue en la mayoría de los casos, pero también me sorprendió ver muchos corredores que tanto por su aspecto como por su estado físico (no hay que olvidar que estábamos al inicio de la carrera) era evidente que no iban a ir mucho más lejos de donde estábamos. Cualquier persona es libre de escoger sus retos y de planteárselos como considere oportuno, y si la organización les deja participar, nada que objetar, pero no deja de parecerme curioso que personas a las que conozco, que están muy preparadas y que les hubiera hecho mucha ilusión vivir la experiencia de la UTMB, no pudieran hacerlo porque no habían conse-

guido clasificarse. Escuela de escalada en les Gaillands (Foto: Kim Ruiz)

Quise grabar un par de vídeos para tener un recuerdo. Esperaba ver pasar a Núria Picas en las primeras posiciones y de repente me percaté que el grupo de favoritos ya había pasado y no la había visto. ¿Había pasado y no la había visto por estar pendiente del vídeo, o todavía no había pasado? No fue hasta mi llegada a casa que revisando los vídeos detalladamente me di cuenta que había pasado con el grupo inicial. La culpa de no verla en directo fue por la dichosa manía que, a veces, tenemos de querer inmortalizar todos los momentos en vídeo en vez de vivirlos cuando están ocurriendo. La próxima vez no me pasará. 80


Después de un buen rato en el que no paraban de pasar corredores, Joan me propuso que fuéramos a saludar a unos amigos suyos. Un grupo de guías y alpinistas que habitualmente se mueven por la zona de Chamonix. Me dijo que el punto de encuentro era la casa donde residía Simón Elias, todo un personaje del mundo del alpinismo del que había oído hablar. Piolet de Oro en 1995 y autor del libro Alpinismo bisexual, Simón tenía un currículum alpinístico excepcional. Fuimos a su casa, pero no estaba y los vecinos no tenían ni idea de si volvería en breve. Un par de llamadas, aclararon la situación. Había habido un malentendido y estaban en Las Houches, así que nos dirigimos hacia el mismo lugar donde habíamos visto pasar a los participantes en la UTMB y allí estaban, Simón Elías, Pere Vilarasau y otros guías y alpinistas conversando sobre escaladas, ascensiones y su manera particular de ver y vivir la vida. La relación con Joan era una relación profesional, la que se establece entre un guía y su cliente. Aunque a mi alma de montañero no le gustara, la realidad era así, además, era yo el que había escogido que fuera así, por tanto, no había nada que objetar. Y podía haber sido así a lo largo de todos los días, pero ya desde el primer momento en que nos conocimos Joan se preocupó porque mi sensación fuera diferente. Me presentaba como el compañero, en vez de el cliente, con el que iba hacer el Cervino. Pequeños detalles como estos son los que dicen mucho de las personas y su manera de ser. Fuera por mi pasado en la montaña, porque somos de la misma generación y vivimos las mismas épocas, o porque leímos los mismos libros y asistimos a los mismos documentales cuando éramos jóvenes, el nivel de empatía y proximidad que Joan tuvo en todo momento era de agradecer. Me reconfortaba pensar que si hubiera seguido mi actividad en la montaña posiblemente hoy en día seríamos compañeros de cordada. El tiempo pasaba y había que buscar algún sitio donde cenar. A la hora de decidirnos por un local u otro, además del menú y el precio obviamente, uno de los criterios determinantes era si tenían wifi. En aquel mo81


mento, el roaming desde Francia era muy caro, por lo que la disponibilidad de wifi se hacía imprescindible para informar vía whatsapp a la familia sobre lo acontecido durante el día. Escogimos un sitio que estaba bien y enseguida nos dimos cuenta de que no nos haría falta ni el francés de Joan, ni mi inglés. El camarero, que también era el dueño, era un italiano que enseguida se percató de nuestro acento y se dirigió a nosotros en un perfecto castellano. El primer día tocaba a su fin y no había estado nada mal. La cantidad de sensaciones y experiencias vividas era enorme. Aunque el inicio de la aventura había sido excepcional, tenía la impresión que lo mejor estaba por llegar.

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C A P Í T U LO 12

LA ACLIMATACIÓN “El alpinismo siempre es peligroso. Tan solo deja de serlo cuando aún no se practica o cuando se ha dejado de practicar” Walter Bonatti

Durante una etapa de mi vida profesional tuve la oportunidad de viajar por todo el mundo y conocer muchas culturas y maneras diferentes de vivir. Fueron casi tres años en los que aprendí que hay que intentar adaptarse a la cultura y a las normas de los países que visitas, por algo eres el extranjero, sin pretender que sea al contrario, como les pasa a muchos viajeros de negocios. Tal como explicó Darwin en su teoría de las especies, una de las grandes cualidades del ser humano es la capacidad de adaptarse al entorno y eso es lo que intentaba hacer cada vez que viajaba. Aunque no me costaba mucho adaptarme a casi todo, había un aspecto al que nunca llegué a acostumbrarme. La primera vez que dormía fuera de casa extrañaba la cama hasta el punto que me costaba conciliar el sueño. No tenía nada que ver con el famoso jetlag. El efecto era el mismo tanto si el destino era cercano como si estaba a más de doce horas de vuelo. 83


Algo similar debió ocurrir durante la primera noche. Hacía tiempo que no dormía en una tienda de campaña, pero no era la primera vez y, aunque el lugar donde habíamos plantado la tienda era plano y cómodo, no pude descansar todo lo que me hubiera gustado. Seguramente, los nervios por todo lo vivido el día anterior y por lo que me esperaba al día siguiente, junto a la sensación de que los vehículos que circulaban por la carretera pasaban justo al lado de la tienda, no me ayudó a conciliar el sueño. La cuestión es que la primera noche fue un pequeño desastre. Cuando sonó el despertador llevaba un buen rato despierto y no me costó levantarme. Tocaba vestirse, recoger la tienda y desayunar. La jornada de aclimatación nos esperaba y la inquietud frente a cómo reaccionaría mi cuerpo a la altitud empezaba a dejarse notar. Cogimos el primer teleférico para subir a l’Aiguille Du Midi. Estaba abarrotado de gente, no cabía un alfiler y aun así pudimos situarnos frente a la ventana para disfrutar del espectáculo.

Vistas desde el teleférico de la Aiguille du Midi (Foto: Kim Ruiz)

A mitad de camino cambiamos de teleférico. Joan me había advertido, los Alpes impresionan y más si es la primera vez. Todavía no había-

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mos llegado al final del recorrido del teleférico y la sensación ya era abrumadora. En poco más de veinte minutos habíamos superado un desnivel de 2.700 metros desde Chamonix hasta la base de la Aiguille Du Midi. Nuestro destino, la Arista de Cosmiques, una escarpada arista de escalada mixta que transcurre entre los 3.600 y los 3.800 metros de altitud. El objetivo de la jornada no era otro que realizar una actividad física similar a la que nos encontraríamos en la Arista Hörnli durante 4 ó 5 horas a una altitud por encima de los 3.500 metros para ver cómo respondía el cuerpo.

Arista de la Aiguille du Midi (Foto: Joan Solé)

Antes de llegar ya se podía apreciar la magnitud del entorno. La afilada arista de la propia Aiguille Du Midi en primer plano, las cimas de las Grandes Jorasses detrás y, en la distancia, pequeño pero imponente, el perfil más oriental del Cervino, el que muestra la vertiente italiana y la 85


Arista Lion. Estaba muy lejos, pero ahí estaba. Era la primera vez que lo veía de verdad y en mi interior se entremezclaban una cantidad de sensaciones difíciles de gestionar: la alegría de empezar, ahora sí, la parte alpina de la aventura, la majestuosa visión de las montañas y la incertidumbre de la aclimatación. En el túnel interior realizamos todos los preparativos necesarios para llevar a cabo la aproximación hasta el inicio de la Arête des Cosmiques y en ese momento hice una cosa bien y otra no. La que hice bien fue pedir a Joan que revisara si mi material estaba bien colocado, era consciente de mi nerviosismo y de lo fácil que es olvidarse de algo importante en ese momento. El error fue preguntar sobre los síntomas que debía tener en cuenta para detectar que mi cuerpo no estaba respondiendo como debería a la altitud. A priori no debería haber sido una equivocación. Disponer de esa información era importante y algo que no estaba de más conocer. El problema es cuando a raíz de eso, empiezas a escucharte demasiado y tiendes a valorar ciertos síntomas de manera errónea.

El Cervino (Foto: Kim Ruiz)

Traspasé la valla que marca el inicio de la arista de la Aiguille Du Midi y lo que hasta entonces habían sido sensaciones, empezaron a convertirse en experiencias reales. 86


La arista es famosa por lo escarpado de su filo y por el abismo que hay a ambos lados. No se puede dar un paso en falso. Aun así, me encontraba cómodo, concentrado en seguir un camino de no más de dos pies de ancho con los crampones puestos utilizando el piolet como apoyo. El día era espectacular. Un cielo claro y de un azul intensísimo, una temperatura agradable, teniendo en cuenta la altitud a la que nos encontrábamos y, prácticamente sin nubes que taparan la vista Desde el Montblanc hasta el Cervino pasando por Mont Maudit, Montblanc de Tacul, Grand Capucin, Dent de Geant y las Grandes Jorasses se alzaban majestuosamente mostrando todo su esplendor.

La Aiguille du Midi y el teleférico desde la parte inicial de la arista (Foto: Joan Solé)

Al poco de iniciar el descenso nos encontramos con un guía cuyo cliente estaba demasiado impresionado por el vacío a ambos lados de la 87


arista y bajaba con las rodillas genuflexionadas. Era evidente que nos iba a retrasar mucho pero tampoco había espacio para adelantar así que nos resignamos hasta que llegamos a un pequeño plateau donde el terreno se ensanchaba. Joan me dijo que les pasara. Se trataba de un comentario banal, nada importante, pero que me sirvió para confirmar la confianza que Joan tenía en mí. Porque el lugar para adelantar, no era precisamente un gran espacio.

De camino a la cabaña Simond con el Montblanc de Tacul de fondo (Foto: Joan Solé) 88


Hasta ese momento la relación con Joan se limitaba a una salida previa para comprobar que mi nivel era el adecuado para planificar la aventura, al viaje en avión y el primer día en Chamonix. El entorno en el que habíamos empezado a movernos era más arriesgado. Era el momento de la verdad, a partir de ahora era fundamental ver cómo iba evolucionando la relación entre ambos. El resto del descenso hasta la base de la Aiguille Du Midi lo hicimos bastante rápido y aquí empezaron las sensaciones erróneas. Uno de los síntomas de una mala aclimatación es sufrir dolor de cabeza. Un síntoma que también aparece cuando desciendes rápidamente un gran desnivel. Habíamos subido de Chamonix con dos teleféricos para empezar a descender a un ritmo alto. El dolor de cabeza empezaba a manifestarse y la inquietud también. Caminamos sobre la nieve entre el Macizo del Montblanc y la Arête des Cosmiques, nuestra vía de aclimatación. El camino era sencillo y con un ligero desnivel por lo que mantuvimos el ritmo alto de progresión, o al menos a mí me lo parecía. Eso sí, nuestro objetivo no era ni mucho menos ir lo más rápido que pudiéramos, más bien al contrario, se trataba de pasar el máximo tiempo posible en altura. Por eso, no tuvimos problemas en pararnos a hacer fotos e inmortalizar el momento. Bueno, además de las fotos también tuvimos que buscar algún rincón para cumplir con urgencia ciertas necesidades fisiológicas de orden mayor. Al final del camino había una ligera subida hasta la cabaña Simond, punto de partida de la Arête des Cosmiques. Un pequeño repechón de entre 15 y 20 metros de desnivel cuyo ascenso motivó que además del dolor de cabeza, que no había remitido, tuviera un ligero mareo al inicio de la ruta. Otro leve síntoma del mal de altura. Leves, pero ya eran dos. Al principio no comenté nada a la espera que desaparecieran, pero llegó un momento que la inquietud se convirtió en preocupación y no me quedó más remedio que comentárselo a Joan.

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Inicio de la Arista de Cosmiques (Foto: Joan Solé)

Una vez más, su reacción me sorprendió por su control de la situación. Me dijo que me sentara y bebiera un poco de agua, pero no habían pasado ni 30 segundos desde que acabé de beber hasta que me indicó que debíamos seguir. No sé por qué, pero yo contaba con descansar un rato a ver si se me pasaba. Al ver mi cara de sorpresa, me explicó que, si había sido por la combinación de un exceso de nervios y una progresión a un ritmo tal vez un poco excesivo, tanto el mareo como el dolor de cabeza desaparecerían una vez me activara (una palabra que en ese momento desconocía el protagonismo que iba a tener en los próximos días). Si iba a

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más pararíamos y si era necesario regresaríamos por el camino que habíamos realizado.

Progresando por la arista (Foto: Joan Solé)

Dicho y hecho, fue empezar la escalada, concentrarme en progresar adecuadamente, olvidar las inquietudes y desaparecer todos los males. La Arête des Cosmiques no es complicada técnicamente. El buen tiempo y el estado de la ruta permitía hacerla sin dificultades, pero nuestro segundo objetivo, además de la aclimatación, era coger soltura progresando con crampones y guantes, y así lo hicimos. Joan iba primero y me indicaba los sitios concretos donde alguien había habilitado la pared para poder apoyarse con los crampones. De esta manera llegamos hasta una placa semi-inclinada con un paso de IV grado. Era el paso clave. Después de escuchar a Joan sobre cómo

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afrontarlo y mirármelo con detenimiento, lo superé sin mayores problemas. La confianza en mí mismo iba ganando enteros.

Estudiando cómo afrontar el paso clave (Foto: Joan Solé)

Poco después nos encontramos con uno de los dos rapels que tiene la vía y con ellos llegaron los atascos. Un grupo de voluntarios de la federación de montaña francesa bastante numeroso estaba haciendo prácticas y teníamos que esperar nuestro turno. Mientras nos tocaba, entablamos conversación y pudimos averiguar que no pertenecían a ninguna organización pública ni administración pero que estaban a su disposición por si su ayuda era necesaria en algún momento. No tenían ningún ingreso ni ayuda económica de ningún tipo. Lo hacían por su amor a la montaña. Superado el rapel nos dejaron pasar no sin antes interesarse por la labor que realizan los Bomberos del GRAE a los que pertenece Joan. Seguíamos progresando a un ritmo considerable. Había pasado de las malas sensaciones iniciales a las buenas vibraciones. El ambiente alpino se hacía notar y las vistas eran cada vez más espectaculares.

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Superando el paso clave (Fotos: Joan SolĂŠ)

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Llegando a la reunión (Foto: Joan Solé)

En seguida llegamos hasta el segundo rapel, donde vivimos una de las experiencias más divertidas de toda la aventura. Coincidimos con otro grupo de alpinistas. Estos estaban haciendo la vía por placer. No tenían ninguna prisa y se tomaban la salida con mucho humor. Al igual que los voluntarios franceses nos dejaron pasar después del rapel. Nos separamos una cierta distancia, pero aún estábamos a la vista cuando empezaron a bromear con nosotros. Nos preguntaban: - ¡Eh señores! ¿cómo está la vía? ¡Señores! ¿de dónde son ustedes? ¡Señores! ¿cómo se llaman? Al principio nos hacía gracia y les respondíamos, pero llego un momento que tanto ¡señores, señores! se hicieron un poco pesados y dejamos de hacerles caso. No llegó a convertirse en una situación que nos molestara, al contrario, nos hacía gracia la juerga que llevaban y lo bien que se lo estaban pasando. 94


Grandes Jorasses y Dent du Geant (Foto: Joan Solé)

Llevábamos un buen rato progresando por la ruta y cada vez la Aiguille du Midi estaba más cerca. La parte final de la ruta no tiene prácticamente ninguna dificultad, pero sí un par de atractivos muy especiales. El primero de todos es pasar al lado de una roca que a simple vista parece completamente lisa, pero en la cual se encuentra la vía de escalada extrema más alta de Europa. La vía en concreto se llama Digital Crack y tiene una dificultad de 8a. Una auténtica experiencia reservada a pocos escaladores. El segundo aliciente lo encuentras en el momento en el que te paras, te das la vuelta y ves el pico más alto de los Alpes en todo su esplendor. El

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Montblanc de 4810 metros se alza majestuoso por encima del Montblanc de Tacul y el Mont Maudit.

Digital Crack, la vía de dificultad extrema más alta de Europa (Foto: Joan Solé)

La arista acaba en una escalera metálica que te lleva a la terraza del complejo creado alrededor de la Aiguille du Midi. Una situación que llama la atención de los turistas curiosos que visitan por primera vez el lugar. Objetivo conseguido, habíamos pasado más de 4 horas por encima de los 3.500 metros y una vez activado no me había resentido en absoluto de la altitud. Los temores empezaban a desaparecer, aunque fuera momentáneamente. 96


Después de disfrutar de la espectacular vista del entorno durante un tiempo, visitamos el museo antes de dirigirnos de nuevo al teleférico que nos había de llevar de regreso a Chamonix.

Mont Blanc de Tacul, Mont Maudit y MontBlanc (Foto: Kim Ruiz)

La aclimatación había acabado con éxito, pero el día todavía nos iba a deparar muchas sorpresas. La bajada hasta Chamonix con el teleférico es vertiginosa. El descenso a toda velocidad y el balanceo que se genera cuando las cabinas del teleférico pasan por encima de los pilares que sostienen las poleas produce una sensación de vértigo a los viajeros que genera ciertos chillidos de espanto. Joan me había advertido de la situación y fue divertido ver cómo 97


algunos pasajeros dejaban escapar algún que otro pequeño grito de espanto. Una vez en Chamonix decidimos ir a comer algo para reponer fuerzas y es entonces cuando se produce otra de esas situaciones curiosas. Chamonix estaba vacío.

Los tres cuatromiles desde la terraza de la Aiguille du Midi (Foto: Kim Ruiz)

No se trata de una metáfora sino de una afirmación. Era un lugar desierto. No había nadie por la calle. Habían desaparecido todas las personas que lo habitaban, al menos en la zona donde nos encontrábamos. Las tiendas estaban abiertas, pero en su interior únicamente se veía a los dependientes. Deambulábamos por las calles con dirección al centro, cuando de repente escuchamos una música épica. Decidimos seguir la música para averiguar qué estaba pasando. En seguida reconocí la canción que sonaba repetidamente por los altavoces, era el tema de la película del Último 98


Mohicano. Una canción que se utiliza mucho en las competiciones de trail running. Unas vallas metálicas y el sonido de la música cada vez más alto nos indicaba hacia dónde debíamos ir, pero seguíamos sin ver a nadie circular por las calles. Hasta que, al doblar una esquina, de repente, apareció una multitud enorme de gente formando una gran línea. La música estaba muy alta, la multitud gritaba entusiasmada, algo estaba pasando y nosotros todavía no sabíamos el qué. Encontramos un pequeño espacio y nos acercamos a la valla para descubrir que justo en ese mismo momento estaba llegando el ganador de la UTMB. Se trataba de Xavier Thévenard, un joven corredor francés (lo que explicaba la emoción que se vivía en Chamonix) de 27 años que ganaba la prueba más importante de Ultra Trail Running por segundo año (ya la ganó en 2013, en su primera participación). Thévenard invirtió 21 horas y 9 minutos en recorrer los 170 km de distancia con más de 10.000 metros de desnivel positivo. Luis Alberto Hernando fue el segundo clasificado con un tiempo de 21 horas y 52 minutos, casi una hora más tarde. Poco después nos enteraríamos de que Núria Picas tuvo que abandonar alrededor del kilómetro 30 por problemas físicos. Para un corredor aficionado de carreras por montaña, aunque de menor distancia y desnivel, haber vivido en primera persona el ambiente de la salida y el de la llegada del vencedor de la Ultra Trail du Mont Blanc significaba añadir un extra a la ya de por si magnífica aventura que estaba viviendo. De todas maneras, alguna otra sorpresa todavía estaba por llegar. La vorágine de la UTMB nos había hecho olvidar por un momento que todavía no habíamos comido. Joan conocía un sitio en el que servían unas hamburguesas espectaculares que además estaban buenísimas combinadas con una jarra de cerveza bien fría. Aunque probablemente, el hambre que teníamos también tuvo mucho que ver. Mientras estábamos disfrutando de la comida en la terraza de la hamburguesería vimos aparecer una figura que me era familiar. 99


Cuando estaba cerca nuestro se acercó a saludarnos. La persona en cuestión era Jordi Corominas, montañero y guía profesional que gozaba de cierta fama cuando los tres éramos más jóvenes. Jordi cuenta en su haber con la única repetición a la cima de la segunda montaña más alta de la tierra, el K2, por la difícil Magic Line, que además realizó en solitario. Más recientemente, también se ha dado a conocer por ser el guía que ayuda a Killian Jornet a preparar sus actividades alpinas. Jordi identificó a Joan, a quien conocía y por eso vino a saludarnos. Después de intercambiar algunos comentarios habituales entre montañeros que se encuentran en la ciudad donde se inició el alpinismo como deporte en el siglo XX, nos preguntó qué teníamos previsto hacer. Le explicamos que habíamos hecho la Arista de Cosmiques y, que en cuanto acabáramos de comer, nos dirigiríamos a Randa para pasar la noche antes de subir a Zermatt e intentar la ascensión al Cervino por la Arista Hörnli al día siguiente. Jordi nos comentó que en los próximos días él también saldría hacia Zermatt porque Killian tenía previsto estar por la zona los mismos días que nosotros. Lo que no nos explicó es si iban a hacer alguna ascensión y en qué fechas. Su discreción me pareció más que justificada. Al despedirnos, Joan dijo: - Bueno, pues a ver si coincidimos. Más por encontrarse de nuevo con un colega que por cualquier otra cosa. La montaña no es un lugar al que uno vaya con la intención de encontrarse con personajes famosos, pero en poco tiempo había estado con Simón Elías en Chamonix, había visto a Núria Picas y a Luis Alberto Hernando en la UTMB y ahora cabía la posibilidad de coincidir con Killian Jornet en Zermatt. ¿Se habían alineado los astros a mi favor o era una broma del destino? La verdad es que no soy supersticioso y no suelo preguntarme el porqué de las cosas, simplemente las acepto como vienen e intento disfrutarlas al máximo cuando llegan. Si al final me encontraba con Killian, genial y si no, yo a lo mío, a disfrutar intensamente de mi particular conquista del Cervino. 100


C A P Í T U LO 13

NOCHE DE ROCK EN RANDA

Nos quedaban por delante los 140 kilómetros que separan Chamonix de Randa, nuestro destino en Suiza, y empezamos el viaje sin demora. La ruta sube en dirección norte por el valle de Chamonix hasta la frontera. Rodeada de un ambiente alpino, la carretera serpentea la falda del majestuoso macizo del Montblanc. A lo largo del camino pasamos por varios pueblecitos de gran belleza y nos encontramos en varias ocasiones con tramos de la UTMB por los que pasaban corredores a los que todavía les quedaban más de 50 kilómetros para llegar a la meta. En cualquier deporte, la gloria, la fama y la admiración se la llevan los primeros clasificados, pero son la enorme multitud, tanto de deportistas amateurs como de simples aficionados que lo practican, los que verdaderamente hacen grande un deporte. Por su particularidad, en el mundo de las carreras por montaña, la situación todavía es más determinante. Independientemente de la modali101


dad (Speed, Marathon, Trail o UltraTrail) todos los corredores no profesionales comparten un mismo objetivo. Ya sea por cumplir un reto como medio de superación personal, o simplemente porque disfrutan haciendo ejercicio, el objetivo de estos héroes anónimos no es otro que convertirse en finishers, es decir, finalizar en las mejores condiciones posibles en la mayoría de los casos compitiendo únicamente contra sí mismos. A ellos y ellas es a quienes, tanto la organización como los patrocinadores, deberían prestar su máxima atención porque únicamente con los corredores profesionales estas carreras no existirían. A lo largo de una carrera de varias horas de duración, recibir ánimos del público y sentirse atendido por la organización es, sin duda alguna, uno de los mayores estímulos que puede recibir un corredor amateur para seguir adelante. Tal como había podido experimentar tanto en la Maratón de Barcelona como en la MTBCN y en la Olla de Núria. Después de poco más de una hora y media de viaje en coche la carretera dejaba de ser ancha y bien asfaltada para convertirse cada vez más en estrecha y sinuosa. Habíamos dejado Francia atrás, entrábamos en Suiza y nos acercábamos a Randa. Randa es un pueblecito de Suiza de 390 habitantes. El pueblo en sí no tiene grandes atractivos turísticos, salvo que es el último punto al que se puede llegar con vehículo propio. Nos dirigimos al camping Attermenzen y, a diferencia del de Chamonix, no nos asignaron ninguna plaza en concreto. El lugar es tan grande que puedes escoger el sitio que más te guste y plantar tu tienda siempre y cuando dejes una cierta distancia respecto a la del vecino y así lo hicimos. Plantada la tienda era tiempo de tomar una ducha y preparar la mochila para, al día siguiente, iniciar el camino hacia el Hörnlihütte. El refugio situado a 3.260 metros de altitud en el que pasaríamos la noche previa a la ascensión. Fue en ese momento en el que se produjo uno de los momentos más divertidos de toda la aventura. Sea porque de joven hice muchas mochilas, por mi mentalidad de ingeniero o porque estuve tres años viajando por todo el mundo a nivel pro102


fesional haciendo y deshaciendo maletas varias veces por semana, por una cosa o por otra, o bien por un poco de todo, siempre se me ha dado bien hacer la mochila, pero ese día estaba negado. Ya era la tercera vez que ponía en el maletero del coche todo lo que debía ir dentro de la mochila, empezaba a ubicar las cosas de manera ordenada intentando aprovechar todos los huecos posibles y no tenía espacio suficiente. Desesperado, lancé un exabrupto que llegó hasta Joan que estaba haciendo su mochila. Al oírlo vino hasta donde yo estaba y me preguntó cuál era el problema: No lo entiendo, no me cabe en la mochila todo lo que he de llevar – le dije. Yo soy de carácter nervioso, Joan todo lo contrario, afronta las situaciones con intensidad, pero con una calma y tranquilidad contagiosas. Juntos empezamos a descartar algún que otro por si acaso, para quedarnos con lo verdaderamente imprescindible. Todo iba bien hasta que llegamos a la sábana para dormir. Antes de salir de Barcelona, Joan me había comentado que para dormir en el refugio no necesitaríamos el saco, me dijo que con una sabanita era suficiente. Por lo que yo, ni corto ni perezoso, me llevé una sábana para una cama de 90x180. Aunque era fina, ocupaba bastante espacio y pesaba lo suyo. En realidad, no ocupaba mucho menos espacio que el propio saco, pero algo es algo. Al verla Joan me preguntó: - ¿Qué es esto? A lo que yo le contesté: - Pues la sábana para dormir - Para dormir ¿dónde? - Pues en el refugio ¿dónde va a ser sino? ¿No me dijiste que para dormir en el refugio trajera una sábana? ¿Una sábana? No, te dije un saco tipo sábana. Es como una funda de saco pero está hecha de seda. Espera que te enseño la mía.

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Joan se dirigió a su mochila y me enseñó un paquetito que ocupaba poco más de 15 centímetros de largo por 2 de ancho que no pesaba nada y me dejó ir: - ¿Dónde demonios vas con una sábana como esa? Ambos nos miramos y después de unos segundos sin decir nada empezamos a reír. Que si es un refugio no un hotel, que si tú me dijiste una sábana, que si ya hace tiempo que en la mayoría de los refugios con el saco de sábana es suficiente, que si yo no tenía ni idea, que si cuando yo era joven esto no existía, que si te has de reciclar. Cada uno esgrimía sus argumentos sin parar de reír. Como se suele decir, nos echamos unas buenas risas a costa de la sabanita. La buena sintonía entre ambos era evidente. Ni que decir tiene que al no incluir la sabanita en la mochila desaparecieron los problemas de espacio y cupo todo lo que debía llevar. Hecha la mochila, nos fuimos a cenar. Encontramos una pizzería y como no podía ser de otra manera, la portada de la carta era la de la imagen más característica del país, el Cervino visto desde Zermatt. Mientras esperábamos a que trajeran la cena nos conectamos a la wifi, que previamente nos habíamos asegurado que hubiera y, una vez más, vía whatsapp me puse a chatear con la familia. Después de repasar los temas habituales del día a día, la conversación derivó hacia temas más relacionados con la ascensión. Ilusión por mi parte, prudencia por la de la familia y la sensación de que podría ser el último contacto con los seres queridos antes de regresar a Zermatt tres días después, lo cual no dejaba de generar cierta inquietud sobre todo en los que estaban en casa. El refugio había estado cerrado el último año porque lo habían remodelado y no sabíamos si ni tan solo habría cobertura de móvil. Acabada la conversación, revisé el correo electrónico, es lo que tiene ser autónomo (o freelance en su versión más internacional). A pesar de ser agosto quería estar tranquilo y comprobar que no había surgido ningún tema urgente. Todo estaba bien, no había ningún fuego que apagar, pero sí una muy buena noticia. Me había llegado la confirmación de un nuevo proyecto en el que me hacía mucha ilusión colaborar.

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Se trataba de Squeasy el proyecto de dos hermanos emprendedores de Viladecans, Miquel y Mariona, que tienen la distribución en exclusiva de una botella flexible libre de tóxicos que se puede personalizar con un nombre o logo y reutilizar tantas veces como se desee. Al regresar de la aventura trabajaríamos juntos para ver cómo les podía ayudar a aumentar las ventas a través de su plataforma de comercio electrónico. Después de una primera noche en la que no había podido descansar mucho y de la jornada tan larga e intensa que habíamos tenido en la Arête des Cosmiques, necesitaba descansar. Sabía que al día siguiente en el refugio iba a dormir poco. La noche antes de la ascensión seguro que los nervios harían acto de presencia y, por eso, era fundamental meternos en el saco cuanto antes. El segundo día de la gran aventura también había sido muy especial y estaba llegando el momento en el que tocaba a su fin. O al menos, eso era lo que pensaba mientras me acababa la pizza. Al llegar a la tienda descubrimos que en el terreno anexo al del camping habían organizado una fiesta con una banda que tocaba música en directo. La banda tocaba canciones de rock de nuestra época, de cuando ambos éramos jóvenes. Las conocíamos todas y al principio nos hizo cierta gracia. Pero en seguida vimos que el concierto no acabaría temprano. Lo que no intuíamos ninguno de los dos es que la fiesta seguiría hasta las 4 de la madrugada. Habíamos puesto el despertador a las 6 de la mañana y a esa hora sonó impasible. Resignados y con una gran cantidad de sueño encima aceptamos que, una vez más, no habíamos descansado lo que debíamos.

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ZERMATT, EL CERVINO Y EL HÖRNLIHÜTTE “Escala si quieres, pero recuerda que el coraje y la fuerza no son nada sin la prudencia y que un descuido momentáneo puede destruir la felicidad de toda una vida.” Edward Whymper El día amaneció algo gris y enturbiado igual que nuestra cabeza. Hubiera preferido no conocer ninguna de las canciones que tocaba la banda, así no hubiera estado tarareándolas y tal vez hubiera podido conciliar el sueño antes. En fin, ya no podíamos hacer nada. Habíamos maldormido unas tres horas, necesitábamos un café doble muy largo y nos lo tomamos mientras esperábamos el minibús que nos llevaría a Zermatt. Zermatt es una villa ubicada, al igual que Randa, en el cantón suizo del Valais. En ella se reunían los alpinistas que a finales del siglo XIX intentaban ascender la que entonces todavía era la última montaña de los Alpes que no había sido escalada, el Matterhorn. El punto de encuentro de los alpinistas era el Hotel Monte Rosa que toma su nombre de la cadena montañosa situada en la zona meridional del valle. Para llegar a Zermatt debemos coger el tren o utilizar un servicio de minibús que nos deja a la entrada de la población. Habíamos reservado el 106


viaje de ida y el de vuelta en minibús en el mismo camping de Randa. Fuimos al punto de encuentro y puntualmente llegó el minibús. La verdad es que para ser Suiza y una zona donde se concentra una parte de la población con las rentas más altas, el minibús era un poco antiguo, por calificarlo de alguna manera. Sin embargo, lo más curioso no era el vehículo, sino el conductor. Era un tipo alto y rudo, con las facciones típicas de alguien que lleva muchos años viviendo en la montaña. Tenía más aspecto de campesino o de guía de montaña que de conductor de un minibús de línea regular. Uno no espera que sea el colmo de la simpatía, pero su rostro era serio. Dejaba entrever una acritud poco habitual en la gente de montaña. Me pregunté si él también había pasado mala noche por culpa del concierto de rock y ese era el motivo por el que tenía cara de pocos amigos. En cualquier caso, un poco más de alegría no hubiera estado mal. Conocía la carretera como la palma de su mano. Teniendo en cuenta el tipo de vehículo que llevaba y el terreno por el que nos movíamos, circulaba a una velocidad que por momentos se me hacía excesiva, pero su manera de conducir inspiraba seguridad. No daba la sensación que en algún momento pudiéramos tener algún percance, aunque durante buena parte del trayecto me pregunté si aquella era una carretera de un solo sentido. Más tarde descubrí que era la misma de subida que de bajada. Antes de partir de Randa, en una parada posterior a la nuestra subió al autobús un guía vasco con dos clientes. Joan no le conocía y eso despertó su curiosidad. Ambos se habían reconocido por la chapa que les identifica como guías y empezaron a hablar. Nos explicó que, aunque llevaba cierto tiempo viviendo en la zona, hacía poco que tenía el título de guía y Joan le preguntó hacia dónde se dirigían. Nos comentó que, a diferencia de nosotros, su objetivo no era el Cervino. Sus clientes ya lo habían subido un par de años atrás y esta vez dejaron que fuera el propio guía quien les recomendara dónde ir. El guía había escogido dos picos de más de 4.000 metros no tan conocidos pero cuyas ascensiones eran de una gran belleza. El Zinalrothorn de 4.221m y el Ober Gabelhorn de 4.063m a los

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cuales se llega desde el Refugio Rothorn (Rothornhütte). En función de cómo estuviera la ruta y la climatología decidirían por cuál empezar. Llegamos a Zermatt y el Cervino todavía no se había dejado ver. Parecía que todo estuviera dispuesto para darle un poco más de emoción a la situación. Bajamos del autobús, recogimos las mochilas y nos pusimos a caminar. Conscientemente me quedé un poco más retrasado. Sabía que en cualquier momento el Cervino aparecería frente a mis ojos y quería vivir tranquilamente ese instante especial sin tener que compartirlo con nadie. Y así fue, nada más salir del parking, se alzaba majestuosa delante de mí la montaña con la que había soñado tanto tiempo. Habían pasado 35 años desde que vi el mismo perfil en la portada del libro de Georges Sonnier.

El Cervino desde Zermatt (Foto: Kim Ruiz) 108


La diferencia es que en ese momento la imagen que estaba viendo era pura realidad. Habían desaparecido las nubes de Randa, el día era radiante, el sol brillaba y el cielo tenía un azul intenso. La montaña surgía de entre las casas de Zermatt mostrando todo su esplendor y la arista Hörnli trazaba una línea perfecta hacia la cima. Era el mejor escenario posible para mi primer encuentro con el Cervino. 2015 fue el año en el que se celebró el 150 aniversario de la primera ascensión y se notaba esta efeméride tan especial. No podíamos dedicar mucho tiempo a visitar Zermatt, debíamos empezar la ascensión hacia el refugio lo antes posible. Aun así, de camino hacia la estación donde cogeríamos el teleférico tuvimos tiempo de ir viendo algunos de los lugares más representativos. En la plaza principal es donde se encuentra el Museo Matterhorn y el Grand Hotel Zermatterhof, justo delante del cual había un telescopio que enfocaba hacia el Cervino. Nos acercamos y apareció una amable asistente del hotel que nos dijo que desde el telescopio se veía la cumbre. He de decir que ambos éramos un poco escépticos a creernos que desde Zermatt se pudiera ver lo que estaba pasando en la cima del Cervino. La asistente nos invitó a comprobarlo y al mirar me quedé atónito. Vi con absoluta nitidez tanto la cima como las personas que estaban moviéndose por la arista somital. Algo sencillamente espectacular. Después de comprobar nuestra sorpresa, la asistente nos dijo si queríamos que nos hiciera una foto junto al telescopio a lo que accedí agradecido. De camino a la estación del teleférico descubrí que Zermatt es el paraíso de las bicicletas de montaña eléctricas. Existe tanta diversidad de modelos nuevos y antiguos que sería fácil hacer un museo. Es una villa de montaña en la que hay muchos desniveles difíciles de superar en bicicleta, sobre todo en invierno, y los vehículos con motores de combustión no están permitidos por lo que la BTT eléctrica es la mejor alternativa posible.

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Telescopio enfocando la cumbre del Cervino (Foto: Joan Solé)

Al llegar al teleférico entendí lo que significa ir a esquiar a Suiza, únicamente había que echar un vistazo al mapa de pistas para darse cuenta de la magnitud del entorno esquiable. Si hubiéramos cogido el teleférico del Klein Matterhon nos habría llevado hasta una altura de 3.883m, donde empiezan las pistas de esquí. Más tarde, conversando con gente de la zona me confesaron que hay años en los que se puede ir a esquiar en pleno mes de Julio. Pero nuestro destino era otro. Nos dirigimos a las cabinas que nos llevarían hasta Schwarzsee, el punto desde el que iniciaríamos la ascensión al Hörnlihütte. El trayecto duró unos minutos, momento en el que aprovechamos para comentar la belleza del paisaje alpino suizo. Desde Schwarzsee hasta el refugio son menos de dos horas por un camino bien marcado que, tras un

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inicio con un leve descenso y unos metros llanos, empieza a ganar altura suavemente para ir empinándose cada vez más. La ruta está habilitada para que la puedan hacer personas habituadas a caminar por la montaña y en su parte intermedia, transita por un paraje rocoso en el que se han instalado unas escaleras metálicas. A medida que ganábamos altura el cansancio por el trayecto, por el peso de la mochila, por la noche de rock duro y por la disminución de oxígeno empezaba a dejarse sentir. Durante todo el camino, el Cervino juega al escondite. Visible al inicio, desaparece por momentos para volver a aparecer cada vez más imponente. Y es así hasta que la ruta cambia de valle y se sitúa en la vertiente norte de la montaña. Es entonces cuando el Cervino aparece para quedarse, inmenso, desafiante, rasgando el cielo, sin nada alrededor que le pueda restar protagonismo. Es en ese momento en el que uno se da cuenta que intentar el ascenso por la arista Hörnli es tarea seria. Es entonces cuando surgen las primeras dudas sobre si se está preparado siquiera para intentarlo. Pero es también en ese momento en el que lo ves claro. Tal vez el reto es mayor de lo que pensabas, pero eso no hace más que engrandecer el sueño de llegar a la cima y regresar de nuevo sano y salvo. Porque el éxito no radica en llegar al punto más alto de la montaña. El éxito está en poder disfrutar durante muchos años de la experiencia vivida. Compartirlo con los seres queridos, con los amigos y con todos aquellos a los que les guste la montaña y estén dispuestos a escucharte. Pensar en la ruta y las dificultades que comporta la ascensión es importante pero no olvidar en ningún momento lo que implica retornar al refugio es vital. La mayoría de los accidentes en montaña se producen durante el descenso cuando el, a priori, éxito de la llegada a la cumbre provoca la falta de concentración necesaria para garantizar un descenso sin complicaciones. Todo y que ambos éramos plenamente conscientes de ello, el día siguiente nos depararía alguna situación inesperada que la experiencia y profesionalidad de Joan ayudaron a resolver sin mayores consecuencias.

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De camino al Hörnlihütte (Foto: Kim Ruiz)

A medida que avanzábamos, la proximidad del refugio se hacía cada vez más evidente. El tiempo que había transcurrido desde que salimos de Schwarzsee, la metamorfosis experimentada por el camino dejando de ser un sendero para irse convirtiendo paulatinamente en un recorrido cada vez más alpino, y los ánimos de las personas con las que nos cruzábamos no dejaban lugar a dudas. Lo intuía, estaba ahí, sabía que quedaba poco, hasta que de repente aparece. Un último giro a la derecha y ya veo el refugio. Un primer sentimiento de alegría empieza a aflorar. El Hörnlihütte siempre había sido el punto de partida, el lugar desde el que empezaba mi sueño, el inicio de la aventura en su máxima plenitud 112


y ahora, estaba ahí frente a mí. Al igual que con la primera visión del Cervino, lo que veía no era fruto de mi imaginación ni las imágenes de algún vídeo. El Hörnlihütte estaba esperándome, renovado, pero manteniendo el espíritu clásico. Las sensaciones empezaban a dejar paso a los sentimientos.

El Hörnlihütte con el Cervino al fondo (Foto: Kim Ruiz)

Me hubiera gustado compartir ese momento con muchas personas, algunas de las cuales ya no están entre nosotros. Tal vez fuera porque eso no era posible, porque la complicidad con Joan ya era total, porque era consciente que a partir de ese momento mi sueño empezaba ahora sí a hacerse realidad o por un poco de todo, la cuestión es que nos dimos un abrazo. Después de hacerles una fotografía a unas chicas inglesas que ha113


bían llegado justo antes que nosotros, les pedimos si podían devolvernos el favor de inmortalizar ese momento tan especial también para nosotros. Al enviar la foto a la familia, el comentario fue unánime. Se me veía contento, irradiaba felicidad. Una felicidad momentánea que no tenía en cuenta lo que todavía estaba por llegar, porque de eso se trata, de disfrutar al máximo cada uno de los momentos que la vida nos ofrece, sin pensar demasiado en el futuro. El Hörnlihütte es más parecido a un hotel de cuatro estrellas que a un refugio de alta montaña. Además de reformar las habitaciones han habilitado un comedor anexo desde el que se tiene una privilegiada vista de las vertientes norte y este del Cervino, separadas por la majestuosa arista Hörnli, nuestra ruta de ascenso. Tener una visión tan próxima del objetivo y de la ruta generaba en mí una sensación ambivalente. Por un lado, quería empezar ya, tenía ganas de que pasara el tiempo y empezáramos la ascensión, pero por otro me daba respeto, mucho respeto. Una cosa es ver vídeos en Youtube y otra muy diferente tener frente a uno mismo la arista Hörnli. Después de confirmar la reserva y saldar lo que quedaba pendiente nos pusimos a comer lo que habíamos subido de Zermatt, todavía nos quedaba agua en las cantimploras como para no tener que comprar bebidas, pero Joan se presentó con un regalo. Un par de latas de cerveza fresca. La ocasión bien merecía una pequeña celebración. Y bien que se la valía porque por cada cerveza pagó más de 5€. Es en estos momentos en los que uno se da cuenta de que el precio es relativo. En realidad, el precio no es más que el valor cuantitativo que damos a algo en un momento y contexto determinado. Muy pocas veces, por no decir nunca antes en la vida, había tenido la ocasión de estar en un comedor con unas vistas tan espectaculares. Si a eso le añadimos el ambiente alpino que se respiraba en el refugio y la conversación distendida y hasta divertida sobre la montaña y el hombre, que mantuvimos con Joan durante la comida, cualquiera se puede hacer a la idea de lo especial del momento.

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Aun así, quedaban muchas historias y experiencias por vivir, incluso antes de que acabara la jornada. Una de las muchas cosas en las que coincidimos con Joan es nuestra inquietud por hacer cosas. A ambos nos cuesta estar sin hacer nada. Por eso, justo después de reponer fuerzas, Joan quiso ir a inspeccionar cómo estaba el inicio de la ruta y los primeros metros de la arista. Y yo no estaba por la labor de quedarme a esperar en el refugio. Dicho y hecho. Dejamos las cosas en las habitaciones (los guías duermen en una habitación separada de los clientes) y nos dirigimos hacia el punto en el que comienza la ascensión.

Un comedor con vistas (Foto: Kim Ruiz)

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Pasados unos pocos minutos, llegamos a un pequeño muro de piedra equipado con unas maromas (unas cuerdas grandes ancladas a la pared) y unos pequeños escalones hechos con hierros forjados. Es el lugar donde empieza la arista Hörnli. Subimos los primeros 10 ó 15 metros hasta unas pequeñas repisas. La ascensión era fácil, pero íbamos sin cuerdas y Joan me recomendó regresar.

Inicio de la arista Hörnli (Foto: Kim Ruiz)

Él seguiría hasta un poco más arriba para reconocer el terreno y ver las condiciones. En ese momento, no era consciente de la importancia que tendría esa decisión al día siguiente. Me comentó que no tardaría

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más de una hora en regresar al refugio por lo que decidí esperarle en la base de la pared, en el lugar donde empezaría la aventura. La temperatura era agradable, aunque a la sombra la altura se dejaba notar y el ambiente era algo fresco. Estuve un buen rato sentado frente al inicio de la ruta que mucho tiempo atrás había elegido como el camino hacia mi sueño. Fueron momentos de reflexión, de tomar consciencia de la importancia que para mí tenía todo lo que estaba pasando. De la dificultad de la ruta, de lo vital que sería no cuestionar las decisiones de Joan, de la inquietud sobre cómo me afectaría la altura, de que el sueño no acababa en la cima sino en el lugar en el que me encontraba en ese momento. Eran los momentos previos al gran acontecimiento, cuando ya no queda nada por hacer, pero el instante justo en el que todo empieza todavía no ha llegado.

Libro de anotaciones del Hörnlihutte (Foto: Kim Ruiz)

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El tiempo pasaba y el sol ya no alumbraba la zona donde estaba. El frío era cada vez más intenso. Habían pasado cerca de 45 minutos y, aunque Joan no había regresado, decidí volver al refugio. En el refugio revisé el material, todo estaba en orden. Puse a cargar el móvil y el reloj GPS, dejé una nota en el libro del refugio y me senté a esperar a Joan. Hacía rato que la hora que me comentó que tardaría en regresar ya había finalizado. Empecé a preocuparme, a dar vueltas por el refugio, volví al muro donde se inicia la arista. Ni rastro, mi inquietud aumentaba. Volví al refugio. No tenía ninguna duda sobre la capacidad de Joan para ascender y descender por aquel terreno sencillo para él, pero la espera me estaba desgastando emocionalmente. Como suele pasar en estos casos, cuando mi mente estaba ocupada con otros pensamientos, Joan entró por la puerta del refugio. No le transmití la inquietud que había experimentado. Hacerlo únicamente hubiera maltrecho la buena sintonía entre ambos, algo innecesario e inoportuno a las vísperas del gran acontecimiento. Nada más entrar me explicó que la vía estaba mejor de lo que esperaba y que eso facilitaría tanto el ascenso como sobre todo la parte final del descenso. Durante la inspección del terreno había coincidido con un montañero de Castellón que era el más experimentado de un grupo de cuatro amigos que al día siguiente también intentarían el mismo itinerario que nosotros. Por eso se había entretenido algo más de lo que pensaba. Empezamos a hablar sobre la vía, los horarios, la previsión meteorológica, cuando de repente Joan se alzó de la banqueta donde estaba sentado y me dijo: - ¡Salgamos! ¡Rápido que nos lo vamos a perder! Seguí sus pasos sin saber bien a qué se estaba refiriendo y al llegar a la terraza del refugio lo vi. El sol estaba empezando a descender y su luz se reflejaba sobre las montañas que teníamos justo enfrente. La tonalidad que adquiere el macizo del Monte Rosa con el ocaso del día es impresionante. Las siluetas de 118


sus picos adquieren una tonalidad rosácea que convierte, sin lugar a dudas, el paisaje en uno de los mejores espectáculos de luz y color de los Alpes. Únicamente por ello ya vale la pena subir al Hörnlihütte. Después de un rato disfrutando de las vistas, entramos de nuevo al refugio y repasamos los últimos preparativos antes de la cena. El despertador a las 3:30h, la ropa y el material de inicio que debíamos ponernos, lo que íbamos a dejar en el refugio, la hora de salida prevista y el lugar donde nos encontraríamos.

El ocaso del día en el macizo del Monte Rosa (Foto: Kim Ruiz)

A las 19:00h se servía la cena. Nos sentamos junto al grupo de montañeros de Castellón y esperamos nuestro turno. Nos explicaron que tenían relación con Shedmarks, una tienda especializada en la venta de material de montaña que yo conocía por su versión online. Tuvimos una conversación agradable en la que comentamos nuestras experiencias, las diferen119


tes maneras que teníamos de disfrutar la montaña y los motivos de cada uno para intentar la ascensión. La cena fue abundante y muy buena. Al día siguiente no iríamos sobrados de comida y era cuestión de aprovechar todo lo que nos servían. Había que cargar las pilas a tope sin que ello nos provocara una digestión pesada. Íbamos a dormir muy pocas horas y necesitábamos asegurar el descanso. A las 20:00h se hizo el silencio. Nadie deambulaba ya por el refugio, cada uno en su litera intentaba conciliar el sueño, lidiando como podía con los nervios y con la falta de costumbre por irse a dormir tan temprano. Una última comprobación para verificar que el despertador está puesto y a intentar dormir. El día siguiente sería largo e intenso, pero de eso se trataba, ¿no?

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C A P Í T U LO 15

PREPARADOS, LISTOS, YA

No hizo falta que sonara el despertador. Cinco minutos antes de las 03:30h ya estaba empezando a vestirme. Nunca dejará de sorprenderme del reloj biológico. Contrariamente a lo que pensaba había dormido bien unas cuantas horas y, a pesar del madrugón, la sensación era de haber descansado lo suficiente. Compartía habitación con una japonesa que todavía no se había levantado por lo que intenté hacer el menor ruido posible y, a la que estuve medianamente preparado, salí de la habitación. El pasillo estaba lleno de gente, todos con prisa, parecía que la montaña se escapara. En ese momento no acababa de entender el porqué de las prisas. Luego lo averiguaría. Bajé al lugar donde se deja el material pesado y las cajas con todo lo que no nos íbamos a llevar a la ascensión. Era el punto en el que había121


mos acordado con Joan que nos encontraríamos. Él ya hacía unos minutos que había llegado y empezó a apremiarme. Todo y haber descansado, no estaba yo a esas horas para que me achucharan a hacer las cosas rápido. Además, todavía teníamos que desayunar antes de salir. Seguía sin comprender cuál era el motivo de tanta urgencia. Fuimos al comedor, no tenía hambre, pero tenía que comer alguna cosa. Me costó comerme una rebanada de pan con dos lonchas de queso y jamón y una tostada pequeña con mantequilla y mermelada de melocotón. Lo que sí me entró de maravilla fue el tazón de café. Mientras desayunaba me di cuenta que un par de mesas más allá de donde estaba sentado había un chico que tenía aspecto de no haber cumplido los 15 años. Estaba con un adulto, que todo indicaba que era su padre, y con otro montañero con aspecto de guía suizo. Sentí una gran admiración hacia el chico y, por qué no decirlo, algo de envidia. Desconozco si escalar el Cervino era su sueño o tal vez era el de su padre, pero ahí estaba, a punto de intentarlo. A su edad yo vi por primera vez una foto del Cervino en la portada de un libro y me prometí a mí mismo que un día subiría esa montaña. Él estaba justo a los pies de la misma montaña, a pocos metros del lugar donde empezaba la vía, listo para probar suerte. En realidad, ambos estábamos dispuestos a intentarlo, aunque con una diferencia de edad de 35 años. De alguna manera me vi reflejado en él. Ver a ese joven me hizo reflexionar y fue entonces cuando comprendí que los sueños, los verdaderos sueños, no se abandonan, que únicamente hay que esperar a encontrar el momento adecuado para intentar hacerlos realidad y que mi momento había llegado. Minutos antes de las 04:00h de la mañana ya estábamos listos, pero no podíamos salir del refugio. Siguiendo la famosa puntualidad suiza, hasta que el reloj de la entrada no marcara la hora señalada, no se abriría la puerta. Empezaba a entender lo de las prisas. Había que conseguir una buena posición de salida. Nadie dijo lo de preparados, listos, ¡ya! pero la sensación fue la misma. A las 04:00h en punto se abrieron las puertas y la gente empezó a salir corriendo como si perdiera el autobús. El paralelismo con la situación 122


que se produce en los grandes almacenes al abrir las puertas en épocas de rebajas era total. Me pregunté cómo personas tan diferentes, en un entorno que nada tiene que ver y con unos objetivos tan distantes, eran capaces de comportarse de igual manera. Tal vez sea porque en realidad no somos tan distintos unos de otros. El camino hacia el lugar de inicio de la vía se convirtió en una especie de sprint por ver quién llegaba antes. Aunque me gustan las carreras por montaña, en ese momento no estaba dispuesto a jugar a ese juego. De repente la carrera finalizó, nos detuvimos. Todavía estábamos lejos del inicio de la arista, pero no podíamos avanzar más. Miré hacia adelante y vi una larga fila de montañeros esperando su turno para empezar. En ese momento entendí el porqué de tanta rapidez. Las escaleras de hierro y las maromas ralentizaban el inicio y, aunque teníamos muchas horas por delante, optimizar el tiempo era vital, tal como descubriría más adelante. Era de noche y veíamos poco más allá de lo que alcanzaba a iluminar nuestro frontal, pero en la pared se distinguía una línea de puntos blancos que indicaba por donde transcurrían los primeros metros de la arista. Parecía que la vía estaba marcada con hitos luminosos, pero tan solo eran las luces de los frontales de los primeros ascensionistas del día. O lo que es lo mismo, una mezcla entre los mejor posicionados en la puerta del refugio y los más rápidos en llegar al inicio de la ruta. La fila no avanzaba, llevábamos ya unos minutos prácticamente parados y todavía no habíamos ni tan siquiera empezado a ascender. Aunque la temperatura era agradable teniendo en cuenta la altura y la hora del día, al estar parados el frío empezaba a dejarse notar. La situación impacientaba a Joan que en un momento dado decidió que nos saltábamos la cola para ir a buscar una alternativa al punto de partida tradicional. Había montañeros intentándolo y parecía que era posible, así que hacia allí nos dirigimos. Al llegar vimos que la alternativa no era tan fácil y que estaban sufriendo por seguir adelante. En definitiva, estaban parados a media vía. No había sido una buena idea. El plan B había salido mal y no podíamos 123


regresar al plan A. Habíamos perdido la posición en la cola. La situación me empezaba a estresar. Y una vez más Joan hizo gala de una combinación de temple y experiencia. Nos dirigimos hacia el punto de inicio de la vía original y al llegar explicó la situación a la persona que esperaba su turno. Se trataba de un guía francés que no sé si entendió muy bien lo que Joan le intentaba explicar, pero no tuvo reparo en dejarnos pasar al comprobar que Joan también era guía internacional.

Esperando turno para llegar al inicio de la vía. Los puntos blancos del fondo son las luces de los que ya estaban ascendiendo (Foto: Kim Ruiz)

Ahora sí. Estábamos a pie de vía justo en el lugar en el que comienza la Hörnligrat, la arista Hörnli en su acepción suiza, listos para empezar la ascensión. Fue entonces cuando recordé que no había visto a nuestros 124


amigos de Castellón ni en el desayuno ni en el sprint inicial hasta la salida. Me pregunté si habían desistido por algún motivo o si preferían salir algo más tarde para evitarse el arranque de las rebajas.

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C A P Í T U LO 16

LA ARISTA HÖRNLI “En la escalada el cerebro es el músculo más importante” Wolfgang Güllich

Empezamos la ascensión por la arista utilizando los hierros forjados en forma de escalón para superar el primer muro de piedra. A partir de ahí unas gruesas cuerdas fijas, denominadas maromas en el argot montañero, facilitaban que el ritmo durante los primeros veinte metros fuera ágil. Sin dejar la parte izquierda de la arista, progresamos por terreno fácil (II grado) hasta alcanzar el denominado Erstes Coulouir, que una vez superado nos dejó al pie de una chimenea que no presentaba dificultad. Seguimos subiendo, manteniendo siempre la tendencia a la parte izquierda de la arista, hasta llegar al Zweites Couloir. Lo cruzamos y nos alejamos un poco del filo para encontrar las segundas cuerdas fijas que nos conducen hasta la torre de piedra conocida como Auf dem Grat. Superada la torre por su derecha y evitando la tentación de saltar al lado este de la arista, atravesamos el Drittes Couloir para ascender de 126


nuevo por unas lajas de un color entre amarillento y marrón que nos condujeron a una repisa donde empezaba una parte bastante descompuesta, conocida como Steinschlag, que literalmente significa caída de piedras.

Al inicio de la arista junto a las maromas (Foto: Joan Solé)

La facilidad de la vía hasta el momento, junto con el hecho de que había bastantes guías locales a los que seguir y que este primer tramo se realiza de noche, hace importante ir tomando referencias para el descenso; puesto que nos encontramos en la parte en la que es más fácil perderse durante la bajada. Habíamos recorrido un tercio del total. Intentaba concentrarme en seguir a Joan lo más rápidamente posible, pero empezaba a notar que no progresaba al ritmo que quería. Me preguntaba si sería por los nervios o por la altura, pero en cualquier caso la situación no era preocupante.

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Nunca antes había escalado de noche. La sensación era completamente diferente a lo que estaba habituado, pero me gustaba. Estaba disfrutando el momento. Desde Steinschlag nos dirigimos hacia el pequeño espolón denominado Eseltritte, que a través de unos fáciles pasos de I grado nos llevaron hasta una característica roca situada en medio de una pedrera.

Empezando el Steinchslag (Foto: Joan Solé)

Unos metros más de ascensión por una pared con buenos agarres nos sirven para alcanzar el Alte Hütte (Refugio antiguo) donde paramos a desayunar.

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Los primeros rayos del sol empiezan a aparecer. Poco a poco el crepúsculo se hace presente y todo cobra más sentido. La roca deja su aspecto sobrio y frío para convertirse en cálida dando la sensación de tener vida propia. Paramos el tiempo justo para tomar unas barritas de cereales, algún complemento energético y ver la salida del sol. Un espectáculo único capaz de emocionar a cualquier persona. Minutos después reanudamos el camino abordando las placas de Faules Eck, desde donde ya se empieza a ver el Refugio Solvay, para encontrarnos con las anillas que nos indican el inicio de la placa Moseley Inferior (Unterer Moseley Slab).

Espolón Eseltritte (Foto: Joan Solé)

De dificultad superior a su hermana posterior, cuenta con unas cuerdas fijas que facilitan un ascenso que sin ser muy complicado (III inf) no debe tomarse en vano. 129


Desayunando con los primeros rayos de sol. Al fondo, el HĂśrnlihutte (Foto: Kim Ruiz)

Abordando la placas de Faules Eck (Foto: Joan SolĂŠ) 130


Nos encontramos próximos a los 4.000 metros de altura y sus efectos empiezan a ser cada vez más evidentes. Sé lo que he de hacer y lo hago sin mayores problemas salvo que parezco un astronauta. Me muevo muy lentamente, como si todo estuviera ocurriendo a cámara lenta. Intento ir más rápido pero no puedo.

Las anillas que marcan el inicio de la placa Moseley inferior al final de la cual se puede apreciar el Refugio Solvay (Foto: Kim Ruiz)

No es un tema de cansancio. No estoy tan cansado. Es una cuestión de adaptación. El cuerpo es inteligente, mucho más de lo que pensamos, y optimiza los recursos que tiene. A medida que el oxígeno en el aire disminuye, el cerebro ralentiza nuestra capacidad de acción para minimizar 131


el consumo. Es mi propio cuerpo el que se autoregula y no me deja gastar más energía de la que toca. Se ha activado el modo Economy. Justo cuando estoy a mitad de la placa me encuentro con uno de nuestros compañeros de cena. Está sentado sobre una pequeña repisa situada en el lateral de la placa. Solo y sin cuerda que lo una a sus compañeros. Se le ve tranquilo y da la sensación de sentirse muy cómodo progresando por la vía. Nos saludamos y me anima a agilizar el ritmo de la escalada. Ya me gustaría hacerlo, pero el modo Economy sigue en on. Le pregunto por sus compañeros y me dice que están más abajo, parece ser que uno de ellos tiene problemas de aclimatación y va muy lento, el otro compañero se ha quedado con el que se encuentra mal mientras él inspecciona la ruta, ya que no la conocen. Es entonces cuando me doy cuenta que en algún momento debe haberme adelantado sin que yo lo viera, probablemente mientras estábamos parados reponiendo fuerzas. Superada la placa Moseley inferior, llegamos a uno de los puntos más icónicos de toda la ruta, el refugio Solvay. Además de estar construido en medio de una arista tan escarpada como la Hörnli, el refugio Solvay tiene otra particularidad que lo hace especial. Está situado justo en la franja de los 4.000 metros de altura. Llegar hasta él fue un momento especial por ser la primera vez que superaba esa altura. Una de las cosas que me llamaron la atención del refugio fue encontrarme con el nombre de Barcelona escrito en la placa que hay en el exterior. El refugio se construyó gracias Ernest Solvay un industrial químico belga, fundador del grupo de empresas que lleva su nombre, enamorado de Barcelona, vaya, como Joan Gamper el fundador del Barça. Solvay también era alpinista y escalador, y financió la construcción del refugio como forma de devolver parte de las satisfacciones que la montaña le había proporcionado a su carácter y espíritu aventurero. La placa, escrita en catalán, francés y alemán, es el homenaje que la ciudad de Barcelona hacía a Ernest Solvay en el 80 aniversario de la construcción del refugio.

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Construido en 1915, 50 años después de la primera ascensión, la cabaña de madera que le da forma, tiene capacidad para diez personas, dispone de mantas y colchones y un radioteléfono y está pensado para ser utilizado únicamente en casos de emergencia o como abrigo si las condiciones climatológicas son muy adversas.

El Refugio Solvay marca la llegada a los 4.000 metros de altura (Foto: Joan Solé)

Me hubiera gustado quedarme más tiempo admirando las espectaculares vistas que hay desde el refugio. La especial claridad del amanecer, con sus juegos de luces y contrastes de colores, daba una sensación de majestuosidad al entorno, en el que destacaban claramente las siluetas de las montañas que forman el macizo del Monte Rosa que habíamos visto desde el Hörnlihütte la tarde anterior. Pero noté a Joan inquieto. Me apremiaba. 133


- ¿Qué hora es? - pregunto No sé cuánto tiempo ha pasado desde que salimos del refugio y aunque ya hemos superado más de la mitad de los 1.300 metros de desnivel total, los casi 500 que nos quedan son los más complicados y exigentes. Vamos justos de tiempo y a Joan le empieza a preocupar el descenso. Teníamos previsto coger el último teleférico de Schwarzsee a Zermatt para evitar tener que descender durante más de 2 horas el trayecto, que el teleférico tarda menos de 20 minutos. Le digo que no se preocupe, que si hace falta dormiremos de nuevo en el Hörnlihütte y mañana ya descenderemos a Zermatt. Al fin y al cabo, era el día que teníamos de comodín para cubrir algún posible imprevisto.

Encima del lugar en el que se indica el nombre y altura del refugio es donde se encuentra la placa homenaje de la ciudad de Barcelona a Ernest Solvay (Foto: Kim Ruiz)

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Superamos sin apenas dificultades la placa Moseley superior ayudándonos una vez más de las cuerdas fijas instaladas para tal fin. Enfilamos la arista propiamente dicha, manteniéndonos en la izquierda, para descubrir que esta es una de las partes más aéreas de todo el recorrido. El gran abismo que hay a ambos lados de por donde nos vamos moviendo hace que éste sea un terreno no apto para personas con vértigo. La roca también es diferente, mucho más compacta y de mayor calidad. Permite progresar con mayor confianza pero manteniendo la prudencia, ya que la combinación de la altura con el perfil cada vez más afilado de la arista no deja lugar al más mínimo error. De repente Joan empieza a toser. Es una tos seca y profunda que no da la sensación de ser pasajera. Le pregunto si se encuentra bien y me dice que sí que es algo que le pasa a veces, que es debido a la altura. No sé si es así o si lo dice para que no me preocupe, pero no me quedo tranquilo del todo. Tengo claro que es Joan el que dictamina lo que hay que hacer y si en cualquier momento. Ya sea porque no lo ve claro, porque vamos muy mal de tiempo o porque no se encuentra bien, si Joan decide que hay que dar media vuelta y empezar el descenso, no voy a dudar ni lo más mínimo en hacerle caso, independientemente de lo que pueda pasar por mi cabeza en ese momento. Seguimos progresando y unos metros más arriba alcanzamos una torre de piedra (Unterer Roter Turm) que superamos, una vez más, por el lado izquierdo, sin necesidad de utilizar las cuerdas fijas instaladas más para facilitar el descenso que no el ascenso, pero asegurándonos en las clavijas metálicas. Nos encontramos ya a punto de iniciar la parte final de la arista. Nos quedan algo más de 200 metros de desnivel para alcanzar la cima cuando llegamos a la pendiente nevada de cuarenta grados de inclinación que nos conducirá a otro de los puntos icónicos de la ruta. Fácilmente identificable en el perfil de la arista, el Schulter (Hombro) marca el inicio del último tercio de la ascensión. Aunque no lo hemos comentado, desde hace unos cuantos metros Joan ha dejado de toser y eso me deja más tranquilo. 135


Escogemos una pequeña plataforma justo antes del inicio de la pala de nieve para ponernos los crampones. Haber podido subir hasta aquí sin necesidad de utilizarlos nos ha facilitado la ascensión. Ascender por nieve siempre se me ha dado bien y por unos instantes tengo la sensación de progresar más rápidamente de lo que lo estaba haciendo, pero al alcanzar la segunda torre de piedra (Oberer Roter Turm) el efecto astronauta reaparece y me doy cuenta de que he cometido un error. Cada vez noto más el no estar habituado a la menor cantidad de oxígeno que hay en el aire. La respiración es lenta y algo entrecortada, y el sobreesfuerzo realizado por la sensación de encontrarme en un entorno más cómodo para mí, como es la nieve, no dejará de tener consecuencias posteriores.

Poniéndome los crampones antes de llegar al Hombro (Foto: Joan Solé) 136


Superada la torre superior, la vía se desplaza hacia la vertiente norte y el entorno cambia radicalmente. El sol todavía no calienta esta parte de la montaña y por primera vez durante toda la ascensión, el frío se hace notar. La escalada se vuelve más alpina y transcurre por un terreno mixto de nieve y roca en el que de no ser por las maromas, algunas de las cuales recubiertas de nieve, la dificultad sería grande. Se trata, sin duda, del tramo más complicado de toda la ascensión. Estamos muy cerca de la cima, las fuerzas empiezan a estar justas y todavía nos queda por afrontar el paso más técnico de la ruta. Un muro vertical de roca de unos 5 metros de altura (Dach) equipado con cuerdas fijas y una escalera metálica. Joan lo supera sin problemas y monta la reunión en una de las clavijas metálicas que hay justo al final del muro. Es mi turno. Me noto muy cansado para realizar un paso tan atlético. El sobreesfuerzo de la nieve me pasa factura y necesito dos intentos para superar el Dach, pero lo consigo.

El Hombro (Foto: Kim Ruiz) 137


Desde la reunión todavía no se vislumbra la arista cimera, pero se intuye que el final de la ascensión está cerca. Aun así, todavía quedan un par de largos por terreno mixto de roca y nieve y no podemos bajar la guardia. Después de realizar el primero de los dos largos y mientras aseguraba a Joan, vi a un par de alpinistas que descendían de la cima. Eran un guía suizo y su cliente. Al llegar a mi altura el guía indicó a su cliente que siguiera bajando a la vez que él lo aseguraba de la misma reunión en la que yo estaba. Mientras el cliente descendía el guía se puso a hablar conmigo. Lo primero que me dijo es que tan solo quedaban unos 50 metros para alcanzar la cima (en realidad quedaba algo más como luego puede comprobar) y me felicitó por el éxito ya que según él ya lo había conseguido. Era una manera de darme ánimos que, dada la situación y las circunstancias, valoré enormemente. Me preguntó de dónde era y me explicó que había estado en Barcelona, según él, una ciudad muy cosmopolita. Por mi parte, le pregunté de dónde era él y me dijo el nombre de un lugar que nunca llegué a entender. Se dio cuenta de ello y me indicó que era un pueblecito suizo. Me preguntó si dormiríamos en el Hörnlihütte y, aunque no era la intención inicial, en aquel momento ya le dije que sí directamente. Me contestó: - ¡Genial! Entonces nos veremos a las 19:00h en la fiesta del Matterhorn que se celebra en el refugio en honor a todos los que hoy han alcanzado la cima. No tenía ni idea de lo que me estaba hablando. El día anterior no había habido ninguna fiesta o al menos no que yo identificara. Tampoco sabía si se trataba de una broma suiza, pero consiguió lo que imagino que buscaba al hacer el comentario. Pese al cansancio esbocé una sonrisa. Justo antes de marchar me volvió a dar ánimos, pero esta vez no para llegar a la cima sino para afrontar la bajada. Cuando el guía, al que no se me ocurrió preguntarle el nombre, se fue, me quedé solo en la reunión. Entonces pensé en las cordadas que ve-

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nían tras nosotros. Miré hacia abajo y no había nadie. Éramos los últimos. Recordé que no había vuelto a ver a ninguno de nuestros amigos castellonenses desde hacía ya unas horas en la placa Moseley y me pregunté por qué se habrían retirado, no únicamente ellos sino todas las cordadas que venían por detrás.

Las maromas de la cara norte (Foto: Kim Ruiz)

Por unos instantes la inquietud se apoderó de mí. Estaba a punto de mirar la hora para saber si realmente estábamos yendo demasiado lentos cuando de repente oí a Joan que me indicaba que ya podía empezar a subir. Deshice la reunión e inicié la ascensión tan pronto como Joan me avisó que ya podía hacerlo. El terreno era más de nieve que de roca y la difi-

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cultad disminuía considerablemente, aun así, mi respiración era cada vez más profunda y marcaba rítmicamente el nivel de fatiga. Dar un simple paso adelante me costaba una eternidad, pero una sola idea pasaba por mi cabeza. Quedaba muy poco. Había que seguir. Cada paso que daba estaba más cerca de cumplir ese sueño que tuve 35 años atrás. Pensé en el momento en el que, postrado en la cama, frustrado por no poder hacer lo que más me gustaba, vi la foto del Cervino en la portada del libro de Georges Sonner y me prometí a mí mismo que un día lo intentaría. Miré hacia arriba y vi el sol. Estaba radiante. Hoy es el día. No puedo fallar. Absorto en mis pensamientos, iba avanzando. Lento, cansado, pero sin parar, sin detenerme para coger aire. Hasta que casi sin darme cuenta vi a Joan a pocos metros de donde me encontraba. Estaba al principio de la espectacular arista de nieve que conduce a la cima.

Llegando a la Madonna (Foto: Joan Solé)

Joan señaló a mi derecha. Ahí estaba la escultura de la Madonna que marcaba el final del ascenso. La veo. Es más grande de lo que imaginaba. 140


Tiene un color negro azabache brillante que resalta su gran belleza. Me pregunto ¿cómo la han subido hasta aquí? Poco antes de llegar a la reunión Joan me dice que me pare, que me espere, es un momento muy especial y hay que inmortalizarlo como se merece. Una foto y un pequeño vídeo de los últimos metros de ascensión. Al acabar, Joan guarda la máquina y deja ir una frase tan sencilla como contundente. Una de esas frases que refleja la manera de ser de una persona. Directo, sin rodeos, sin subterfugios. Una frase que expresa alegría sin excesos emocionales. Se alegra más por mí que por él mismo. Es la empatía de aquellas personas que deciden compartir una aventura juntos: - Bien, esto ya está. ¡Enhorabuena!

Al final de la ascensión, justo antes de iniciar la arista final hacia la cima (Foto: Joan Solé)

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C A P Í T U LO 17

UN SUEÑO HECHO REALIDAD “En montaña ni se vence ni se pierde. Se vive una gran pasión” Hervé Barmasse

Alzo la vista y ahí está, la cima del Cervino. Tan solo falta por recorrer la afilada arista final. Antes de seguir saco el móvil del bolsillo de la chaqueta y hago una foto muy especial. Es una foto de Joan en la arista que conduce a la cima. Es la foto de ese momento previo al final en el que ya sabes que lo vas a conseguir. Una sensación similar a la que tiene el corredor de maratón cuando enfila los últimos metros de la recta final. Ese momento en el que empiezas a ser consciente que los sueños también se hacen realidad; que no hay que abandonarlos; que nunca se debe dejar de intentar, de buscar el momento ideal, de ir a por ellos. Dejar de soñar es dejar de vivir la vida con intensidad, con ilusión, con alegría, con pasión. Llego hasta Joan y recorremos juntos los últimos metros hasta la cima. Es el mismo camino que tantas veces he visto en multitud de vídeos de YouTube. La diferencia, la gran diferencia, es que en esta ocasión el 142


protagonista soy yo, y no lo estoy viendo a través de una pantalla, sino que estoy allí viviendo el momento intensamente.

Joan al inicio de la arista cimera (Foto: Kim Ruiz)

De repente Joan se para, alza la vista, se gira, me mira y con esa expresión tan característica suya me dice: - Hemos llegado, ¡estamos en la cima! Abre los brazos. Me acerco. Nos fundimos en un abrazo. Un abrazo largo que transmite esa empatía característica de Joan. La emoción es tan grande que me cuesta articular las palabras, pero me esfuerzo por darle las gracias: 143


- Gracias, gracias por todo, gracias por ayudarme a hacer realidad mi sueño – le digo Joan no dice nada. Simplemente sonríe. No es la sonrisa de un guía de montaña profesional. Es la sonrisa cómplice del compañero de aventuras, del alpinista que comparte su pasión. De aquel que comprende mis sentimientos porque en algún momento él también hizo realidad alguno de sus sueños.

Con Joan en la cima del Cervino (Foto: Kim Ruiz)

Son las 11:42h del 31 de agosto de 2015 y estamos solos en la cima del Monte Cervino. Muchas cosas pasan por mi cabeza. Me hubiera gustado compartir este momento con tantas personas. Me acuerdo de los que me han ayudado a llegar aquí, de los que ya no están y de lo felices que serían al saber que 144


he sido capaz de cumplir aquel sueño de juventud. De todos aquellos a los que, al explicarles la aventura del Cervino, me animaron a seguir adelante, y también de aquellos que me decían que lo dejara, que me quedara en casa porque ya no tenía edad para hacer este tipo de locuras. Grabo un vídeo, hago (muchas) fotos, solo, con Joan, de la cima, de la arista, del paisaje. No quiero que se escape nada. Joan también hace lo mismo. Ambos recordaremos siempre este momento. El día es perfecto. Si lo hubiéramos podido escoger no habría sido mejor. No hace prácticamente viento. La temperatura es agradable. Hay muy pocas nubes y el espectáculo que tenemos frente a nosotros es impresionante. La piramidal forma del Cervino facilita una visión nítida y clara de todo lo que le rodea.

En la cima suiza. Al fondo, la cruz de la cima italiana (Foto: Joan Solé)

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Zermatt, Schwarzsee, Dent d’Herens, Dent Blanche, Weisshorn, Nordend, Dufourspitze, Breithorns, Lyskamms, Castor, Pollux y el resto de cimas que forman el macizo del Monte Rosa, se alzan majestuosos mostrando todo su esplendor.

Un sueño hecho realidad (Foto: Kim Ruiz)

Joan me propone ir a la cima italiana. El Cervino es una montaña con dos cimas. La de la vertiente suiza más alta y la de la vertiente italiana. Descendemos hasta el pequeño cuello que separa ambas cimas y nos volvemos. El cansancio empieza a hacerse muy evidente y no me veo con

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ánimos de remontar los escasos diez metros que hay hasta la gran cruz metálica que identifica la cumbre italiana. Días más tarde, revisando tranquilamente las fotos y los vídeos que habrían de servir para hacer el vídeo de la ascensión, me doy cuenta que hay una imagen que destaca por encima del resto. Es el selfie que me hice con el móvil en el que se ven las dos cimas del Cervino. La foto refleja la viva expresión de alguien inmensamente feliz. La imagen de quien acaba de hacer realidad un sueño, su sueño, mi sueño. No es únicamente emoción, alegría o felicidad. Es todo eso y mucho más. Un sentimiento difícil de explicar con palabras. Un momento único. Pasados unos minutos, llega la hora de volver a la realidad. Hay que empezar el descenso cuanto antes. Hemos tardado algo más de siete horas en ascender. No es un mal tiempo, pero queda toda la bajada y tenemos por delante unas cuantas horas antes de poder celebrar el final feliz de la aventura. En aquel momento ninguno de los dos éramos conscientes de todas las peripecias que nos iba a deparar el largo y tortuoso camino hasta el refugio. De haberlo sabido, tal vez no hubiéramos estado tan contentos.

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C A P Í T U LO 18

EL DESCENSO “La cima es la mitad del camino” Ed Visteurs

No recuerdo cuánto tiempo estuvimos en la cima, pero me pareció poco. Me hubiera quedado bastante más. Era mi momento y no quería que se acabara. Quería disfrutarlo, vivirlo. Simplemente, era feliz. Empezar el descenso fue uno de esos instantes en los que la razón se impone a la emoción y afortunadamente fue así. Los primeros metros de la bajada consistían en deshacer el último tramo de nieve desde la arista cimera hasta la reunión. No es una parte difícil técnicamente hablando. El principal riesgo en el descenso está en resbalar y arrastrar al compañero al vacío. El cansancio, el estado de la nieve, cada vez más deshecha, y la pendiente hacían necesario extremar las precauciones. Joan me aseguraba y esperaría a que llegara a la reunión para empezar a descender. Y así fue. Joan se movía rápido y seguro y enseguida llegó hasta donde yo estaba. Teníamos frente a nosotros el tramo más técnico del ascenso. El Dach. Lo lógico hubiera sido montar un rapel y descen148


der uno detrás de otro, pero Joan tomó una decisión más prudente considerando la situación y el momento. Un rapel requiere mucha concentración y dominio de la técnica. En la salida de preparación que hicimos en el Serrat de les Eres tuve ocasión de comprobar que uno de los principales avances en material de montaña estaba relacionado con el descensor. El rapelador, en argot técnico, que se utilizaba para asegurar y descender en mi época de juventud, conocido como el ocho, había dejado de utilizarse hacía ya unos cuantos años y se había sustituido por otro dispositivo mucho más seguro, que además no dañaba tanto las cuerdas. En el rapel que hicimos durante la preparación Joan me enseñó cómo funcionaba el reverso. Al llegar a Chamonix compré uno para actualizar mi material, pero sobre todo por si lo necesitábamos utilizar durante el ascenso o descenso. El problema es que, aunque es muy fácil de utilizar, no tuve tiempo de interiorizar el mecanismo de funcionamiento. En una situación como la que teníamos frente a nosotros, montar un rapel para que yo descendiera podía ser arriesgado y hubiera requerido una segunda cuerda con la que Joan me pudiera asegurar. En el camino al Hörnlihütte habíamos hablado del tema y la propuesta de Joan me pareció mucho más sensata y práctica. Llegados a un punto como en el que nos encontrábamos, Joan me iría bajando asegurado a la reunión para después montar un rapel y bajar por él. Tanto en el Dach como en los tramos de la vía que transcurrían por la cara Norte lo hicimos así. Siempre que podíamos descender por nuestros propios medios lo hacíamos primero uno y luego el otro asegurándonos mutuamente. En un cierto momento vimos dos alpinistas que subían por la arista. No estaban muy lejos y llevaban un buen ritmo. Pocos minutos después nos cruzamos y nos dijeron que iban hacia la cumbre. Mi primera impresión fue que era algo tarde para no dar marcha atrás. Les deseamos suerte, la agradecieron y nos emplazaron a vernos de vuelta en el refugio, por la tarde. Al ascender nunca pensamos en cómo será descender por el mismo lugar. Cuando nos encontramos ante tal situación, tan solo el cambio de 149


perspectiva hace que, lo que durante el ascenso es una escarpada arista con un vertiginoso vacío, se convierta en el filo de una navaja con un impresionante abismo a derecha e izquierda. Llevábamos varias horas bajando cuando en la lejanía vimos otra cordada que descendía. No parecían tener problemas, pero excepto los alpinistas con los que nos habíamos cruzado anteriormente no había subido nadie detrás nuestro. Eso quería decir que o bien habían llegado antes o bien se habían retirado. En cualquier caso, me alegré. Quién me iba a decir a las 04:30h de la mañana cuando estábamos haciendo cola para empezar la ascensión que habría un momento a lo largo del día en el que me alegraría de ver a alguien más en la vía. Hacía un buen rato que habíamos pasado la plataforma donde nos pusimos los crampones. Durante la subida llegamos hasta ese punto sin necesidad de utilizarlos, pero el estado de la nieve invitaba a seguir con ellos puestos, lo que todavía nos ralentizaba más. Después de horas de descenso todavía no se veía el Refugio Solvay. La conclusión era evidente, estábamos tardando más en bajar que en subir. Un cálculo rápido me produjo un escalofrío. Teniendo en cuenta que habíamos hecho cumbre a las 11:42h y el tiempo que habíamos pasado en ella, supuse que habríamos empezado a bajar sobre las 12:00h. Si habíamos invertido 7:30h en la subida y el descenso estaba siendo más lento, no llegaríamos antes de las 20:30h al refugio. Tanto Joan como yo sabíamos que, en estas latitudes, a pesar de estar en verano el crepúsculo empieza un poco antes de esa hora. Lo teníamos complicado para llegar antes de que cayera la noche y estaba claro que me iba a perder la fiesta que supuestamente montaba mi amigo el guía suizo. La situación no invitaba al optimismo y todavía menos cuando nos dimos cuenta que hacía tiempo que habíamos perdido de vista la cordada que estaba por debajo nuestro. Por si fuera poco, al rato oímos unas voces por encima. Se trataba de los alpinistas que nos habíamos cruzado al inicio del descenso. Estaban bajando y se encontraban cerca. No tardaron mucho en alcanzarnos, pasarnos y desaparecer de nuestra vista unos cuantos metros más abajo. 150


A la ya de por si complicada situación había que añadir el bajón emocional que suponía asumir la realidad. Daba la sensación que todo se había vuelto en nuestra contra. En honor a la verdad hay que decir que contábamos con una gran suerte. El tiempo atmosférico se mantenía estable. No hacía viento y la temperatura era agradable para estar todavía por encima de los 4.000 metros. Iba dándole vueltas al tema y buscando aspectos positivos que me ayudaran a superar la situación, cuando apareció la silueta del Solvay. ¡Por fin! Ya empezaba a pensar que nos habíamos equivocado de ruta y que no lo íbamos a encontrar. Estaba muy cerca. No nos habíamos desviado en ningún momento de la vía. Joan conocía muy bien el terreno y sabía perfectamente por donde estábamos descendiendo. Si no lo veíamos desde más arriba, era simplemente porque la forma de la propia montaña no deja que se vea. Descendí por la placa Moseley superior asegurado por Joan. Mientras él descendía, entré a inspeccionar el refugio. No había nadie. Estaba igual que cuando habíamos subido. Cuando llegó, viendo lo avanzado del día le pregunté si quería que nos quedáramos a dormir en el refugio para evitar tener que hacer parte del descenso de noche. Su respuesta fue la que tocaba. Una de esas decisiones que se toman desde la experiencia con pleno conocimiento de las circunstancias. Todavía nos quedaban fuerzas para seguir. El tiempo atmosférico acompañaba de momento, pero podía cambiar durante la noche. - Prefiero llegar de noche al refugio hoy, que arriesgarnos a descender mañana por la mañana sin saber cómo estará la vía. Seguimos bajando – dijo No había discusión. De hecho, no la había habido nunca ni la iba a haber ahora. Tenía muy claro que en estas circunstancias era Joan quien tomaba las decisiones y yo le seguía donde y como él propusiera. En el Refugio Solvay aprovechamos para comer algo, saborear los últimos tragos del agua que nos quedaba y quitarnos los crampones. Sin perder más tiempo, encaramos el descenso de la placa Moseley inferior con la sensación que sin crampones íbamos a ir más rápidos. Y 151


aunque intentábamos ser todo lo ágiles que podíamos, el hecho de tener que hacer dos maniobras, descuelge más rapel, en los tramos más verticales, junto con la fatiga que cada vez se hacía más presente en mí, hacía que inevitablemente el ritmo de descenso fuera muy lento. El tiempo pasaba y no estábamos progresando al ritmo que debíamos. Las horas pasaban y la cabeza empezaba a dar vueltas, demasiadas vueltas. Los pensamientos se suceden y la angustia se hace notar. Cada vez quedan menos horas de luz y el Hörnlihutte todavía ni se ve. Rocas, rocas y más rocas. Sigo bajando intentando dedicar el menor tiempo posible a cada paso. Me cuesta encontrar el camino. Si de subida es muy fácil desviarse del camino, de bajada es todavía mucho más complicado acertar. Busco las clavijas, algo metálico que me indique la presencia de un seguro y el lugar correcto hacia el que dirigirme. Hasta Joan duda en algunos momentos, pero en su caso, la duda se desvanece rápidamente. En medio de este ambiente se produjo lo inevitable. La tensión cada vez era mayor y, de repente, oigo a Joan que en un tono fuerte me dice: - ¡Venga va, baja más rápido que este trozo no es tan difícil! Si ya en condiciones normales que me levanten la voz es algo que no consiento, en ese momento todavía me sentó peor, no fue tanto el comentario como el tono. Me paré, me giré hacia donde estaba Joan y en el mismo tono le dije: - Si no voy más rápido es porque no puedo. Estoy agotado y bajo todo lo deprisa que puedo Joan se percató y optó por rebajar la tensión y calmar los ánimos de ambos. - Vale, vale, venga vamos a intentar ir todo lo rápido que podamos, que no nos queda mucho camino por recorrer. Cuando al día siguiente, ya de bajada hacia Zermatt, hablamos del momento Joan me explicó que lanzar una frase en un tono más alto de lo habitual es una técnica que a veces utiliza para ver la reacción de la otra persona. El objetivo es comprobar si la otra persona está empezando a relajarse y, de ser así, provocar que se active para evitar que entre en un es152


tado de apatía muy peligroso en la situación en la que estábamos. No era mi caso, a pesar de todo, seguía activado, todo lo activado que el cansancio me dejaba. Por mi reacción, Joan lo notó en seguida. La noche empezaba a abrazarnos y el refugio seguía sin verse. Hacía un buen rato que nos habíamos quedado sin agua y la boca empezaba a estar reseca. Daba la sensación que la bajada nunca se acabaría. Me preguntaba cómo durante la subida no había tomado consciencia de lo largo que sería el descenso. Entre que esta era la parte que habíamos hecho antes de amanecer y la ilusión de estar empezando a cumplir mi sueño, en los primeros metros de la ascensión únicamente pensaba en lo que me quedaba hasta la cima. En cualquier caso, había que seguir bajando sin cometer ningún error, escogiendo bien cada paso que daba para evitar cualquier posible fatalidad, pero sin perder más tiempo del necesario. Después de más de quince horas de actividad física muy exigente, una parte importante de la cual con menor cantidad de oxígeno de lo habitual, encontrar el punto justo de concentración para mantener el equilibrio entre fatiga física, desgaste psicológico y velocidad y destreza, únicamente se consigue a través de la experiencia o de la fortaleza mental. Como no contaba con suficiente experiencia en situaciones similares, no me quedaba más remedio que mantener el nivel de entereza mental que me había acompañado hasta ese momento. Y así lo hice. Pocos minutos después, la noche había caído. Empezamos la ascensión con la luz del frontal y la acabaríamos de nuevo con el frontal en funcionamiento. En un momento de la bajada me di cuenta que había cometido un gran error que iba a añadir más tensión a la situación. Antes de salir de casa se me ocurrió comentar con la familia los tiempos previstos para la ascensión y el descenso. El de ascensión lo habíamos cumplido, aunque en casa no lo sabían, pero el de descenso no lo íbamos a cumplir. Si no daba señales de vida empezarían a preocuparse, sabían que en el refugio

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hay wifi, si no me comunicaba pronto pensarían que algo nos había pasado. Abrí el bolsillo de la chaqueta, saqué el móvil y lo activé (por la mañana antes de salir del refugio lo había puesto en modo avión para que no gastara batería). No había cobertura. Lo guardé de nuevo. Tal vez más abajo. Estábamos en una zona donde con luz del día es difícil encontrar el camino, con la noche encima a veces parecía una misión imposible. Es entonces cuando recordé la salida de Joan el día anterior para hacer un reconocimiento de la primera parte. En realidad, no pretendía inspeccionar cómo estaba el terreno, sino que su objetivo era memorizar por dónde transcurría la vía de descenso en este tramo. Aun así, hubo momentos en los que dudó si debíamos tomar el camino hacia la derecha o a la izquierda, aunque las dudas tan solo duraban unos segundos. En seguida marcaba el rumbo y me aseguraba mientras seguía descendiendo hasta un punto en el que era yo quien le aseguraba a él. La misma maniobra que llevábamos realizando desde que iniciamos el descenso unas cuantas horas antes. Seguimos progresando. No nos detuvimos. Éramos conscientes de que por cada minuto que pasaba, el cansancio se hacía más presente. El tiempo atmosférico se mantenía, seguía sin hacer frío, pero la situación podía cambiar a medida que la noche avanzara y no descartábamos que el cambio pudiera ser repentino. Durante uno de los instantes en los que Joan buscaba por dónde debíamos ir que recordé que había de comunicarme con casa. Saqué de nuevo el móvil del bolsillo y ahora sí que tenía cobertura de un operador italiano, muy poca, apenas la mitad de lo habitual y sin conexión de datos. No podía enviar un whatsapp, tendría que llamar, pero no podíamos perder tiempo haciendo una llamada. De repente, se me ocurrió una idea, enviar un SMS. La cotidianidad de la mensajería inmediata a través de las conexiones de datos hacen que no tengamos presentes otras opciones, salvo cuando se convierten en la única que tenemos. Rápidamente escribí un mensaje: “Estamos de cami154


no al refugio. Vamos más lentos de lo previsto. Todo bien. Llegaremos en dos horas”. Intuía que estábamos cerca del refugio y que no tardaríamos dos horas, pero eso me daba también un margen de tiempo. Transcurrido cierto tiempo desde que envié el mensaje, Joan me indicó que empezara a buscar las maromas. - ¿Maromas? ¿qué maromas? No recuerdo maromas en esta zona. - le dije. A lo que él me respondió: - Las de inicio de la vía. Ya tendríamos que estar cerca de ellas. Eso me animo. Significaba que estábamos llegando al final. Sin dejar de estar atento al terreno que estaba bastante descompuesto, las busqué con el frontal. No las veía. Bajé un poco más y de nuevo me puse a buscar. Seguían sin aparecer. Pensé que Joan se habría equivocado o que nos habíamos perdido. Ninguna de las dos cosas parecía nada probable, pero era una opción. Unos metros más abajo, de repente las vi. Me paré, me giré hacia Joan y le dije: - ¡Están aquí, están aquí! ¡Ya las veo! Después de tantas horas de tensión y angustia, la aventura llegaba a su fin. Y esta vez sí que era el final de verdad, aquel que nos devolvía sanos y salvos al punto de partida. Me acerqué a las maromas y esperé a que llegará Joan. Casi sin mediar palabra, cuando estuvo a mi altura me agarré a la primera maroma y empecé el flanqueo lateral que me llevó a la segunda, que servía para descender hasta las escaleras metálicas del inicio de la vía. Una, dos, tres escaleras, un salto y tierra firme. Minutos después Joan llegaba al mismo punto. Nos miramos y de nuevo nos abrazamos. El comentario fue unánime: - Uf, vaya con la bajada. Un momento para un par de fotos y empezamos a recoger el material y la cuerda. El camino hasta el refugio era plácido, pero había que llegar y ver si estaba abierto.

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Joan al inicio de la vía después de la bajada (Foto: Kim Ruiz)

La mayoría de los refugios de montaña tienen una parte de acceso libre a la que se puede acceder en caso de que el principal esté cerrado. El antiguo Hörnlihütte tenía un acceso libre, pero desconocíamos si después de la reforma lo habían mantenido. No sé si fue porque la noche ya estaba bastante avanzada o por el descanso emocional que suponía haber llegado al final, pero de repente empecé a notar frío. El camino se me hizo más largo de lo que esperaba, pero finalmente llegamos a las escaleras que conducen a la puerta principal del refugio. Nos acercamos a la entrada principal. Las puertas eran de vidrio y estaban cerradas, pero igual que las de una tienda comercial del centro de Barcelona, al acercarnos, se abrieron. Estábamos a salvo. 156


Ahora sí, el sueño ya era una realidad (Foto: Kim Ruiz)

Nada más entrar Joan me dijo que iba a ver si había alguna habitación libre. Eran las 23:15 horas y reinaba un silencio absoluto. Le contesté que tenía que avisar en casa de que estaba bien y me fui al comedor. Al conectarme a la wifi empezaron a entrarme una gran cantidad de mensajes. La gran mayoría eran los que me habían estado enviando la familia. No podía contestarlos a todos y aunque podía enviar un mensaje a casa, era plenamente consciente que debía llamar. Era necesario que oyeran mi voz para quedarse tranquilas y que pudieran hacer llegar ese mensaje de tranquilidad al resto de la familia. Marqué el número. El teléfono sonaba y parecía que nadie iba a contestar al otro lado, pero sí, Núria contestó con voz de preocupación. Hablamos, me explicó lo mal que lo habían pasado. Estaba hasta cierto pun157


to enfadada y tenía razón. La comprendía perfectamente. Si la situación hubiera sido a la inversa mi reacción probablemente hubiera sido peor. Aun así, cuando le expliqué los motivos por los que no había podido llamar antes, los entendió y la conversación derivó hacia otros temas. El cansancio, cómo estaba, qué tal la experiencia. Intenté transmitir tranquilidad y optimismo y lo conseguí porque al poco de estar hablando me felicitó por haber sido capaz de cumplir mi sueño de juventud. Quería explicarle muchas cosas, pero tampoco podíamos dedicar demasiado tiempo a la conversación. Joan había bajado al comedor para decirme que en el primer piso no había sitio que iba a mirar en el segundo. No me lo había pedido, pero yo también debía ir a buscar si había alguna cama dónde pudiéramos descansar. Lo comenté con Núria y quedamos en seguir hablando más tranquilamente al día siguiente. Cuando me disponía a subir a las habitaciones a ayudar a Joan ocurrió algo muy curioso. De repente, en medio del comedor del refugio apareció un misterioso personaje como surgido de la nada, que me iba a entretener durante bastante tiempo.

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C A P Í T U LO 19

LA NOCHE EN EL HÖRNLIHÜTTE

El personaje en cuestión era un joven de unos 25 años aproximadamente, que vestía camiseta y pantalones cortos. Me dio un susto terrible. No esperaba nadie despierto a esas horas. Me saludó en inglés y me preguntó si bajábamos de la cima. Le dije que sí y empezó un aluvión de felicitaciones y frases de tipo emocional que no acabé de entender muy bien. Me comentó que como no podía dormir había bajado al comedor hacía un buen rato y se puso a mirar el Cervino. Le llamó la atención ver dos puntos de luz moviéndose por la arista Hörnli. Estuvo observando cómo progresábamos durante cierto tiempo, hasta que decidió intentar conciliar el sueño de nuevo. Justo antes de que llegáramos al refugio había subido a su habitación y al oír ruido decidió bajar de nuevo. Me dijo que cuando llegó al co-

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medor me encontró hablando por teléfono y esperó a que acabara porque quería “preguntarme muchas cosas”. Quería saber cómo había sido la experiencia, si la ascensión era difícil, de dónde éramos, si había ido con un guía o con un amigo y cuánto cobraba un guía por una ascensión de ese estilo. Me explicó que era americano que, al igual que a la mayoría de los que allí estábamos, se había sentido fascinado por la majestuosidad del Cervino y había decidido ir hasta el refugio para ver si podía subir, él solo. No tenía experiencia en alta montaña. Nunca había estado por encima de los 4.000 metros y no pensaba que fuera necesario aclimatarse. Le faltaba experiencia y preparación. Por no tener, no tenía ni el material adecuado. En un momento dado me preguntó si podía contratar a Joan para que le llevara a la cima al día siguiente. Le dije que eso no era posible e intenté convencerle para que no intentara la ascensión sin, al menos, haber contratado un guía. No sabía cómo deshacerme de él sin parecer maleducado hasta que apareció Joan de nuevo para decirme que había encontrado una habitación con dos camas y que debíamos subir enseguida. Una vez más Joan me ayudó a solventar una situación comprometida, esta vez sin saberlo, y aunque no tuviera nada que ver con la montaña. Entramos en la habitación y el silencio era absorbente, todos los allí presentes dormían para estar lo más descansados posibles al día siguiente. Unos para afrontar el reto que yo acababa de hacer realidad, otros recuperando fuerzas para el descenso y algunos tal vez para realizar ascensiones en la zona que no tuvieran nada que ver con el Cervino. Seguramente también había quien después de ver el afilado perfil de la arista había decidido no intentarlo o simplemente había subido al refugio para disfrutar de las incomparables vistas de los Alpes Suizos. Lo de menos era el motivo por el cual todos dormían, o al menos lo intentaban, lo principal era conciliar el sueño cuanto antes y descansar el máximo posible. La noche para la gran mayoría de los allí presentes iba a ser muy corta y había que aprovecharla. 160


A tientas, con la luz de los frontales apagada, Joan me indicó dónde estaban las dos literas libres. Mi cama era la inferior y estaba junto a una ventana que en aquel momento no aprecié. Joan utilizaría la que había encima de la mía. Dejé las cosas sobre la cama y fui al lavabo a refrescarme la cara y humedecerme los labios. Llevábamos muchas horas sin beber agua y la sensación de sequedad en la boca era insoportable. Sabía que en el lavabo había un cartel de agua no potable. Lo que desconocía era si el aviso del cartel era cierto o simplemente pretendía disuadirnos a beber agua del grifo para comprar las botellas que vendían en el refugio al módico precio de 8€ el litro y medio. La cuestión es que no pude resistirme a beber un par de tragos de agua. No me atreví a más por miedo a padecer algún problema gastrointestinal durante la noche o al día siguiente en la bajada, pero al menos mitigué la desagradable sensación de sequedad. De nuevo en el dormitorio me notaba muy cansado. Me costó quitarme la ropa antes de estirarme y taparme con el edredón. No había pasado frío en todo el día. Únicamente al inicio de la ascensión, o mejor dicho, mientras esperábamos nuestro turno para comenzar. Aun así, la comodidad de la cama y la calidez que me ofrecía el edredón me hicieron sentir muy bien. Estirado cara arriba notaba como mi cuerpo poco a poco se iba relajando, aunque no conseguía conciliar el sueño. Enseguida me di cuenta que esa noche me costaría dormir. Lo que no imaginaba era el motivo por el cual eso iba a ocurrir. Justo cuando empezaba a entrar en ese estado de somnolencia previo al sueño cambié de postura, me puse de lado para estar más cómodo y ahí empezó todo. De repente mi cuerpo empezó a temblar. Unos temblores cada vez más intensos que no parecían tener fin. Eran el mismo tipo de temblores que uno tiene cuando está tiritando de frío. Nada más lejos de la realidad. La temperatura en el refugio era agradable y dentro de la cama tapado con el edredón todavía era más cálida. Necesitaba descansar y le estaba dando a mi cuerpo todo lo necesario para que así fuera. ¿Por qué reaccionaba de tal manera? ¿Qué estaba pasando? ¿A qué se debían los temblores tan fuertes? ¿Sería por falta de agua? ¿Acabarían pronto? 161


En ese momento no tenía ni idea de cuáles podían ser las respuestas a todas estas cuestiones. Mientras intentaba encontrar respuestas noté que los temblores empezaban a remitir. Pensé que se había tratado de una situación transitoria y sin dar más vueltas a las posibles causas, me concentré de nuevo en conciliar el sueño. La situación había vuelto a la normalidad, los temblores habían desaparecido, poco a poco mi cuerpo se relajaba y el estado de somnolencia empezaba a aparecer. Y así fue hasta que intenté de nuevo cambiar de postura. Nada más empezar a moverme, el cuerpo empezó a tiritar otra vez. Fue una reacción inmediata. No entendía nada. ¿Por qué mi cuerpo se revelaba en contra del descanso? Si no me movía los temblores disminuían hasta desaparecer del todo, pero en cuanto hacía el más mínimo movimiento, la situación se repetía. A medida que pasaban las horas la duración y la intensidad de los temblores era cada vez menor, hasta que llegó un momento en que eran casi imperceptibles. Seguía sin poder conciliar el sueño y, para colmo, tenía la boca totalmente seca. Los tragos de agua a riesgo de gastroenteritis no habían servido de nada. Desconocía cuánto tiempo había transcurrido desde que nos habíamos metido en la cama. Intuía que al menos debían haber pasado un par de horas y, no tan solo no podía dormir, sino que lo peor de todo, era que no tenía ni la más remota idea de lo que me estaba ocurriendo. El reloj marcaba cerca de las 02:00h de la madrugada cuando la negociación desigual con mi cuerpo todavía continuaba. En un momento en el que los temblores casi habían desaparecido, oí el característico ruido que hacen las gotas de lluvia al estrellarse contra un cristal. Es entonces cuando me di cuenta que justo encima de la cama había una ventana. Miré hacia la ventana y confirmé que estaba lloviendo. No era una lluvia torrencial pero sí lo suficientemente intensa como para habernos complicado mucho el descenso si todavía hubiéramos estado en la montaña.

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La noche pasaba y yo todavía no había podido dormir tranquilamente unas horas cuando, casi sin darme cuenta, la negociación terminó y conseguí conciliar el sueño, aunque fue por poco tiempo. Miré de nuevo el reloj, eran las 03:45h, el movimiento en el refugio había comenzado y aunque todos los que se preparaban intentaban hacerlo sin ruido, me había despertado. Decidí levantarme y bajar a comprar agua. No importaba lo que costara. Necesitaba beber. Bajé las escaleras con lo puesto, sin vestirme y me dirigí al bar. Cuando pedí una botella de agua, el guarda del refugio me miró con cara rara. A esa hora de la mañana y con esa pinta pidiendo agua solo podía ser alguien que había llegado por la noche cuando el refugio ya estaba cerrado. La cuestión es que después de preguntarme si lo que quería era una botella de litro y medio y de decirle que sí de nuevo, me la dio y cobró rápidamente. Era la hora del desayuno y no tenía tiempo para hacer averiguaciones. Probablemente pensó que, más tarde, por la mañana, cuando me viera por el refugio ya me preguntaría de dónde había salido. Sin perder mucho tiempo me fui de nuevo para la habitación, bebiendo agua por el camino. Sorprendentemente tuve suficiente con mucha menos de la que pensaba. Al llegar a la habitación oí a Joan respirar de forma pausada y relajada. Estaba descansando, me alegré por él y sentí cierta envidia sana, pero envidia, al fin y al cabo. Aun así, le desperté para ofrecerle agua. Se sorprendió tanto como se alegró. Me preguntó si al comprarla no me habían dicho nada. Le dije que no, que me la habían vendido sin problemas pero que tampoco había estado más tiempo del necesario. Dicho esto, se bebió toda el agua que quedaba y nos pusimos a dormir de nuevo. En mi caso debería decir prácticamente por primera vez en toda la noche porque así fue. Hacía poco que se habían acabado los temblores y había podido recuperar algo de la hidratación que me faltaba. Me estiré de nuevo y esta vez sí que noté como no pasó mucho tiempo hasta empezar a entrar en el estado de somnolencia previo al sueño. Finalmente, me dormí. Fuera seguía lloviendo. Sobre las 07:30h de la mañana, Joan me despertó. Había amanecido y debíamos iniciar el descenso a Zermatt. Miré por la ventana y no se veía 163


nada. La niebla era tan espesa que lo cubría todo. Nos vestimos rápidamente y bajamos a recoger lo que habíamos dejado en la sala de material. Urgía empezar a bajar cuanto antes y evitar en lo posible cruzarnos con el guarda del refugio para tener que dar explicaciones. Después de revisar que lleváramos todo lo que habíamos subido y justo cuando nos dirigíamos hacia la salida me crucé de nuevo con Jordi Tosas, el guía que acompaña a Kilian Jornet durante su preparación. No hubo tiempo de saludarle ni de comentarlo con Joan. Al salir por la puerta del refugio me di cuenta de lo que había cambiado el tiempo. El día tenía una tonalidad oscura que contrastaba con la luminosidad y brillantez de los días anteriores. No llovía y la niebla todavía no cubría el camino de descenso, pero al girar la vista y mirar hacia arriba la sorpresa fue mayúscula. El Cervino había desaparecido. En su lugar solo había densas nubes de un color gris muy intenso. Unas nubes que no hacían presagiar nada bueno. Pensé en todas las personas que estaban intentando progresar por la arista. La lluvia de la noche anterior se habría convertido en nieve en la parte alta de la montaña. Nieve recién caída que dificultaría la ascensión y aumentaba el riesgo de accidentes. Debían extremar las precauciones al máximo y ser capaces de renunciar a la cumbre antes de que la situación se complicara. Es fácil pensarlo después de haber llegado a la cumbre y haber gozado de una ventana de tiempo tan espectacular como la que habíamos tenido, pero por más dolorosa que sea la decisión, siempre hay que tener presente que el principal objetivo de cualquier ascensión es regresar sanos y salvos al punto de partida, en este caso al refugio. No podemos dejar que la fiebre de la cumbre se apodere de nosotros. Iniciamos el camino de regreso a Schwarszee sin mediar palabra. Necesitábamos ganar el máximo tiempo posible para evitar que la niebla nos atrapara si decidía desplazarse hacia abajo. Aunque el camino es sencillo, debía cuidar mis pasos. No había descansado prácticamente nada y

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me dolía la cabeza con lo que la probabilidad de un tropiezo era mucho mayor. A medio camino, Joan me pidió que me parara un momento quería hacer una foto en el mismo lugar en el que la habíamos hecho al subir. Esta vez, detrás de mí, en vez del majestuoso perfil del Matterhörn, tan solo había nubes. Aunque el refugio no se veía no daba la impresión que la niebla siguiera descendiendo, hecho que nos tranquilizó y permitió que a partir de ahí la bajada fuera más distendida. Empezamos a hablar, a comentar la suerte que habíamos tenido con el tiempo, la alegría de conquistar la cumbre, la lentitud del descenso, los momentos de tensión y la situación que yo había vivido durante la noche.

La niebla oculta el Cervino (Foto: Joan Solé) 165


Joan me explicó que era una reacción del cuerpo al estrés físico al que lo había sometido. En principio no me pareció un argumento muy sólido, aunque al menos era una explicación, pero unos días después de regresar, al comentarlo con personas expertas en rendimiento deportivo, me ratificaron que Joan tenía razón. Durante más de dieciocho horas seguidas había sometido mi cuerpo a un esfuerzo muy superior a lo que en mí es habitual. La preparación física y mental hizo posible que pudiera llevarlo a cabo, pero el hecho de ser algo excepcional activó durante el descanso un mecanismo de protección en forma de temblores que hacía que mi cuerpo reaccionara ante cualquier pequeño movimiento por mi parte. Era como si interpretara esos mínimos movimientos como una señal de que iba a someterlo de nuevo a un estrés físico extremo y se quejara diciendo: “¡Ah, no! ¡Ahora que estaba relajándome quieres volver a las andadas! Ni hablar. No te voy a dejar”. El paso de los minutos sin otra actividad física que el cambio de postura convencía a mi cuerpo que lentamente desactivaba el mecanismo de protección. Pero en cuanto me movía, el mecanismo se activaba de nuevo. La única manera de convencerlo definitivamente era pasar reiteradamente por dicha situación. Aunque en aquel momento, desconocía absolutamente que esa era la solución. Casi sin darnos cuenta llegamos al teleférico. Una última mirada antes de subir a la cabina nos confirmaba que el día en la montaña no mejoraba ni daba la sensación que fuera a cambiar. Deseé fervientemente que mi amigo americano me hubiera hecho caso y hubiera renunciado a intentar el ascenso solo. Ese día, probablemente ningún guía le habría acompañado. Abajo en el valle los verdes prados y las casas rústicas de Zermatt nos esperaban. Habíamos decidido que pasaríamos la mañana visitando la villa y el Matterhörn Museum, lo que no sabíamos es que una vez más, el destino nos deparaba una sorpresa que ninguno de los dos imaginaba.

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Zermatt (Foto: Kim Ruiz)

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C A P Í T U LO 20

WHYMPER, CARREL, CROZ Y EL CERVINO “Nada habría podido suceder si alguien no lo hubiera imaginado” Reinhold Messner

Todavía era temprano y la mayoría de los establecimientos estaban cerrados. El museo no abría hasta las 10:00h. Teníamos tiempo de desayunar y dar una vuelta para conocer mejor los rincones ocultos de Zermatt. Buscamos una cafetería que tuviera wifi y pedimos un par de cafés largos. Después de la noche en el Hörnlihutte el café me estaba sentando de maravilla. El efecto de la cafeína se dejaba notar y la sensación de bienestar aumentaba. Aprovechamos para seguir comentando todo lo acontecido el día anterior y revisar las fotos de uno y de otro. Fue entonces cuando empecé a tomar consciencia de la magnitud de lo realizado. Ascender una de las vías clásicas de mayor dificultad de los Alpes recorriendo el mismo camino que utilizaron los primeros ascensionistas 150 años atrás. Superar por primera vez los 4.000 metros de altitud y escalar en una zona mixta de roca y nieve con menos oxígeno del 168


que mi cuerpo estaba acostumbrado. Admirar la espectacular belleza del entorno al amanecer. Disfrutar del magnífico ambiente alpino de la arista Hörnli. Ser consciente de estar a punto de culminar un sueño. Llegar a la cumbre, estar solos, vivir el momento. Iniciar un descenso que nunca acaba. Salir de noche y regresar de noche. Los buenos momentos, las tensiones, la alegría de estar por fin de nuevo en el refugio. El embrujo del Cervino. La aventura se había convertido en una de las mejores experiencias de mi vida hasta la fecha, pero la sensación que tenía era que no sería la última vez. En ese momento tenía claro que vendrían otras, que, aunque tal vez no serían tan intensas, serían igual de espectaculares. Todavía no era consciente de ello, pero el virus del alpinismo se había instalado de nuevo en mi interior y había venido para quedarse. A pesar de tener wifi decidí llamar a casa. Se lo debía. Era lo mínimo después de haberles tenido en vilo durante tantas horas el día anterior. Quería compartir mi alegría con Núria, decirle de viva voz lo contento que estaba y lo bien que había ido todo. Al recibir la llamada, se sorprendió porque no esperaba que la llamara de nuevo. A medida que la conversación avanzaba Núria percibía que estaba contento y relajado. La inquietud frente a la situación vivida el día anterior y el temor a que hubiera pasado algo y no lo se lo hubiera explicado se convertían primero en tranquilidad y luego en alegría. La conversación fue más breve de lo que me hubiera gustado, no recordaba que en Barcelona era un día laborable. Habíamos acabado los cafés, la revisión de las fotos y la llamada y el museo todavía seguía cerrado. Joan propuso ir a comprar algo para desayunar en una panadería que conocía. El local era pequeño pero arreglado. Fue difícil decidirse porque todo lo que había en el mostrador tenía una pinta espectacular. Compramos un par de pasteles salados y nos dirigimos a la plaza donde se encuentra el Museo, el mismo lugar en el que habíamos podido ver la cumbre del Cervino y las personas que la alcanzaban gracias al telescopio situado frente al Grand Hotel Zermatterhof. 169


El telescopio no estaba y no era lo único que faltaba. El Cervino había desaparecido. En el mismo lugar donde dos días antes su estilizada figura destacaba altiva sobre un cielo azul, ahora únicamente había niebla. La montaña más icónica de los Alpes había cedido todo su protagonismo a un cúmulo de nubes que no dejaban ni tan solo intuir lo que se escondía bajo su manto gris y espeso. Una estampa triste que contemplábamos mientras desayunábamos tranquilamente a la espera que llegara la hora en la que el museo abriera sus puertas. Una situación que repentinamente se vio alterada cuando el destino quiso de nuevo volver a tener su cuota de protagonismo. Dos figuras destacaban entre la tranquilidad con la que se movían los habitantes y los turistas de Zermatt, no corrían, pero tampoco caminaban. Llamaban la atención aunque no lo pretendían. Parecía que llegaban tarde a algún sitio, aunque no era así, o tal vez sí. Al verlos uno se daba cuenta que simplemente era su manera de moverse de un sitio a otro. Uno de ellos era Kilian Jornet y el que le acompañaba Jordi Tosas. Quise hacerles una foto y a pesar de que llevaba el móvil en un bolsillo del pantalón de fácil acceso, no me dio tiempo. Cuando conseguí hacerme con el teléfono ya habían pasado por delante nuestro. Recordé que nos habíamos cruzado con Jordi Tosas por la mañana en el Hörnlihutte y lo comenté con Joan. Ambos estuvimos de acuerdo en que seguramente esa noche, sin saberlo habíamos coincidido con Kilian Jornet en el refugio. Días después Joan averiguó que el mismo día en el que nosotros ascendimos por la arista Hörnli, Kilian había realizado tres ascensiones en la zona incluyendo el mismísimo Cervino. Estaba claro que no descendió por la misma ruta que nosotros o, si lo hizo, fue tan rápido que no lo vimos. Entre una cosa y otra había llegado la hora en la que el Matterhörn Museum abría sus puertas. Al comprar las entradas preguntamos si había algún sitio donde pudiéramos dejar las mochilas mientras visitábamos el museo. Nos miraron con cara de sorpresa: - Of course - nos respondieron

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Fue entonces cuando nos dimos cuenta que la pregunta no tenía sentido. Al fin y al cabo, es el museo de una montaña y está ubicado en medio de los Alpes Suizos. No éramos ni los primeros ni los últimos que llevaríamos mochila. El edificio del museo tiene una cúpula de vidrio que simula la silueta del propio Cervino, aunque el recinto propiamente dicho está en una planta inferior. No deja de ser cuanto menos sorprendente que el museo de una montaña de casi 4.500 metros de altura se encuentre por debajo del nivel del suelo.

El Matterhorn Museum con la característica cúpula de vidrio que representa al Cervino (Foto: Kim Ruiz)

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Una vez en su interior vimos que había varias exposiciones. La más importante era la dedicada al 150 aniversario de la primera ascensión. Recordé el capítulo del libro de Georges Sonnier dedicado al Cervino que tantas veces había leído y releído. Bajo el título Whymper, Carrel y el Cervino, el libro relata la convulsa relación entre el primer alpinista que llegó a la cima, el inglés Edward Whymper, y el guía Jean-Antoine Carrel, que consiguió la primera ascensión desde su Italia natal dos días después de Whymper. Ambos compartieron intentos previos juntos y por separado hasta que una controvertida situación los convirtiera en rivales. Aun así, Whymper siempre mostró mucho respeto por Carrel, tal como lo demuestra en el apartado dedicado al Cervino de su libro Scrambles Amongst the Alps: “Carrel era el mejor escalador en roca que yo jamás haya visto en acción. Fue el único que rechazó obstinadamente aceptar la derrota, el único que continuó creyendo, pese a todas las adversidades, que la gran montaña no era en realidad inaccesible y que sería posible escalarla por la vertiente de su valle natal”. La exposición contaba con material de las diferentes épocas en las que se habían ido realizando ascensiones, además de libros y documentales que analizaban el papel del guía francés Michel Croz durante la primera ascensión. Aunque en ningún momento se restaba mérito a la importancia de Whymper en la consecución del éxito, sí que se pretendía resaltar la importancia de Croz en la histórica conquista del último problema de los Alpes. Con motivo del aniversario, figuras relevantes de la comunidad alpina se preguntaban si no fue el experimentado guía francés el primero en hollar la cima, pero sobre todo reflexionaban sobre si a lo largo de estos 150 años se había sido justo con el guía francés. La versión de Whymper nunca se pudo poner en cuestión dado que quienes podrían haberlo hecho perecieron durante el descenso. Hasta la fecha, el papel de Michel

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Croz siempre se había visto relegado a ser el que Edward Whymper, muy respetuoso con Croz al igual que con Carrel, había dicho que era. Avatares de la vida hicieron que, a principios de julio de 1865, coincidieran en Zermatt un grupo de alpinistas y guías con el mismo objetivo: intentar el asalto definitivo al Cervino. A los ya mencionados Edward Whymper y Michel Croz, se unían los dos guías locales, Peter Taugwalder padre e hijo, el reverendo Charles Hudson, su amigo Douglas Hadow y el aristócrata Lord Francis Douglas. Juntos decidieron afrontar el reto que hasta ese día nadie había sido capaz de conseguir.

Piolet y cuerda utilizados por Edward Whymper durante la primera ascensión (Foto: Kim Ruiz)

El 18 de julio, después de una ascensión complicada y no exenta de problemas, los siete coronaban por primera vez la cima del Monte Cervino. 173


La determinación por conseguir su objetivo les había llevado a lo más alto. La relajación mental por haberlo conseguido junto al cansancio y la falta de destreza de algunos de sus miembros, fueron probablemente los causantes del fatal desenlace posterior. Al poco de iniciar el descenso, Hadow resbaló en una placa de hielo, llevándose por delante a Michel Croz y arrastrando durante su caída al reverendo Charles Hudson y a Lord Francis Douglas. La delgada cuerda que les unía a la otra cordada formada por los guías Taugwalder y a Edward Whymper no pudo soportar el peso de los primeros y se rompió. El guía francés y los tres alpinistas se precipitaron al vacío dejando a Whymper y a los Taugwalder en estado de shock.

Restos de la delgada cuerda que unía las dos cordadas durante el descenso (Foto: Kim Ruiz) 174


Al llegar a Zermatt, la controversia estaba servida. Las dudas sobre si la cuerda la había seccionado un saliente rocoso o si la había cortado alguno de los guías suizos, la responsabilidad sobre lo ocurrido y si se podría haber evitado, persiguieron a los tres supervivientes durante muchos años, pero en especial a los Taugwalder que ya no volvieron a ejercer de guías. Únicamente el descubrimiento en años posteriores de la cuerda rota, unida al cuerpo del reverendo Hudson, hizo que la larga sombra de la sospecha que se cernía sobre los guías suizos desapareciera. Desgraciadamente, el mal hecho ya no pudo repararse. Después de haber subido por la misma ruta, ver con mis propios ojos el material que utilizaron los primeros ascensionistas hizo que todavía valorara más la hazaña de aquellos pioneros. Los podía imaginar recorriendo la arista. Siendo capaces de superar, sin las ayudas suplementarias que hoy en día están instaladas, cada uno de los pasos que los acercaba a su destino. No contaban con la ayuda de las maromas, ni con la posibilidad de refugiarse en la cabaña Solvay en caso de mal tiempo, no disponían de predicciones meteorológicas ni tampoco contaban con la posibilidad de llamar al servicio de rescate suizo en caso de accidente. Pero aun así seguían ascendiendo por sus propios medios. Una auténtica proeza digna de admiración, respeto y recuerdo que de forma permanente les tributa el Matterhörn Museum.

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C A P Í T U LO 21

GITE D’ETAPE: LA MONTAGNE

Después de visitar el museo, iniciamos el viaje de regreso no sin antes echar una última mirada hacia donde debía estar el Cervino. Sabíamos que estaba ahí porque lo habíamos visto dos días antes y porque lo habíamos subido, pero seguía sin verse. Era como si la montaña nos quisiera decir algo, como si nos mostrara que ella es la que manda, la que decide quién sube y quién no. Era como si supiera de la importancia que tenía para mí esa ascensión y nos estuviera diciendo que había sido benevolente con nosotros. Nos había dado su permiso para ser los últimos en subir. Y nos había dejado regresar sanos y salvos al refugio antes de decidir cerrar su acceso durante unos días. Mientras esperábamos el autobús que nos tenía que llevar a Randa, de otro autobús descendió Pere Vilarasau con un cliente. Se dirigían al Hörnlihutte para ascender al Cervino y nos preguntaron qué tal nos había ido. 176


No resultó nada fácil contener la alegría y no mostrar excesiva euforia ante todo lo positivo que había rodeado nuestra ascensión. Debíamos ser conscientes que en su caso la situación sería muy diferente y no me parecía correcto no tenerlo presente. Días después, ya de regreso en Barcelona, Joan me envió un email en el que me confirmaba que la nieve recién caída la noche anterior hizo que ni tan siquiera les fuera posible llegar al refugio Solvay. Por unos momentos imaginé la decepción del cliente de Pere. Meses, tal vez años, preparando la aventura, planificando el viaje, entrenando fuerte para ni tan solo poder ver el Cervino en todo su esplendor. Me sentí muy afortunado y una vez más, ahora desde la distancia, agradecí al Matterhorn que nos hubiera abierto las puertas de su casa para hacer realidad un sueño. De camino a Chamonix, un pequeño castillo medieval llamó la atención de Joan al verlo desde la carretera. Se había fijado durante el viaje de ida y ahora que no teníamos prisa, puesto que el objetivo del día no era otro que llegar con el tiempo suficiente para encontrar una Gite d’Etape donde pasar la noche, decidimos desviarnos y visitar el castillo. La visita resultó ser menos interesante de lo que pensábamos. El castillo había estado remodelado por dentro para albergar convenciones e incluso bodas y banquetes y no tenía mucho atractivo. Al acabar la visita, el inesperado acompañante local que nos había enseñado el castillo y que se sumó a nosotros sin que se lo pidiéramos, nos hizo saber muy amablemente que el servicio de guía tenía un coste, algo que no nos pareció bien, no tanto por el importe que no era considerable como por lo inesperado. Fuera porque iba incluido en el precio o porque nos vio la cara de pocos amigos que pusimos al pagar, insistió en que no nos fuéramos del pueblo sin antes visitar la iglesia. Yo no estaba nada convencido. En realidad, estaba molesto y no atendía mucho a razones, pero Joan me dijo que por probar no perdíamos nada, igual hasta nos sorprendíamos y encontrábamos algo que diera sentido a la visita al pueblo. Y así fue. A simple vista la iglesia no parecía tener nada especial. Era bonita sí, pero como muchas otras de pueblos similares. 177


Nos acercamos a la puerta y aunque estaba cerrada, Joan empujó la puerta y se abrió. Al entrar vimos que había un oratorio justo frente a la entrada y una capilla pequeña a la derecha. Seguíamos sin encontrar nada especial hasta que una vez dentro, nos dimos cuenta que las paredes del oratorio estaban cubiertas de cráneos humanos. No eran meros objetos decorativos, sino que las cubrían completamente. Parecía como si las paredes estuvieran hechas de calaveras en vez de piedras. Era una sensación muy extraña. El guía del castillo nos dijo que la iglesia nos sorprendería, pero nunca imaginamos lo que íbamos a encontrar en su interior.

El oratorio con las paredes de calaveras (Foto: Kim Ruiz)

Con la impresión de la visita a la iglesia todavía presente, proseguimos el viaje a Chamonix. 178


El día había dejado de ser nublado para directamente ponerse a llover y decidimos pasar la noche en una Gite d’etape. Una Gite d’etape es parecido a un hostal donde las habitaciones y los baños son compartidos entre varias personas. Nos habíamos ganado a pulso una buena ducha y una cama cómoda en la que descansar. La primera opción era La Tapia pero nos encontramos con que la dueña no estaba y aunque Joan intentó ponerse en contacto con ella a través del teléfono, no fue posible y no pudimos reservar para pasar la noche. Cuando ya marchábamos en busca de una segunda opción, nos encontramos con uno de los amigos de Joan con los que habíamos estado antes de salir hacia Suiza. Nos preguntó qué tal y cuando Joan le comentó que habíamos conseguido subir, nos felicitó. Se le veía sincero, mostraba una expresión que iba entre la sorpresa y la alegría. Se dirigió a mí y me dijo que era una ascensión muy difícil, que tenía que estar muy contento. Le dije que así era. Lo que él no podía imaginar es que mi alegría iba más allá de la de haber conseguido realizar una gran ascensión alpina. Era la de ver cumplido un sueño. Algo que un día fui capaz de imaginar pero que durante muchos años había abandonado porque no me creía capaz ni tan siquiera de intentarlo. Finalmente encontramos sitio en la gite d’etape La Montagne que no tiene nada que ver con la casa de los guías de Chamonix. Se trata de una casa grande con varios dormitorios en la que, curiosamente, no había nadie salvo los dueños. La señora de la casa nos dijo que podíamos utilizar uno de los dormitorios y escoger la cama que quisiéramos. Más que la cama, en ese momento lo que nos apetecía era una buena ducha. La última que habíamos tomado fue la del camping de Randa, la noche del concierto de rock duro. Tras ducharnos y cambiarnos de ropa, decidimos ir a Chamonix a dar una vuelta antes de cenar. Al salir de la casa, Joan me hizo ver que en el jardín de la casa había una escultura muy rara. Era como un motor destrozado sobre un gran tronco de madera con un cartel encima.

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Gite d’etape La Montagne (Foto: Kim Ruiz)

A medida que nos acercábamos fui dándome cuenta que la primera impresión era correcta. La pregunta era evidente “¿qué hace un motor destrozado en medio de un jardín?” y no solo esa sino “¿por qué alguien pondría una pieza como esa en un sitio así?” Joan me comentó que el dueño de la casa había sido un guía de renombre que durante una ascensión al Montblanc encontró el motor de un avión que años atrás había sufrido un accidente. Lo dejó a bien recaudo, recordó el lugar donde estaba y días después fue a recogerlo para trasladarlo hasta el jardín de su casa con el fin que actuara como reclamo para atraer turistas o alpinistas de paso como nosotros. Un cartel sobre los restos del motor explicaba la historia, indicando que el famoso guía Fernand Audibert (del cual recordaba haber leído alguna noticia en mi época de juventud) había recuperado, en 1990 en el Glaciar de Bossons, el motor de un avión de Air India estrellado en el Montblanc cuarenta años antes. Obviamente, nosotros no habíamos llegado allí atraídos por la curiosa escultura sino porque Joan ya había estado anteriormente y sabía que el lugar era agradable y acogedor. 180


Restos del motor de Air India encontrados por Fernand Audibert en el Montblanc (Foto: Kim Ruiz)

Al llegar a Chamonix Joan recibió una llamada. El guía que nos habíamos encontrado en la puerta de la primera gite d’etape le decía que esa noche habían quedado varios guías para reunirse en casa de Simon Elías. Lo curioso del caso es que la invitación no era únicamente para Joan sino para los dos. Me sentí halagado. Los compañeros guías de montaña de Joan se reunían en casa de uno de los mejores para pasar un rato y comentar sus cosas. Yno tenían inconveniente en que yo les acompañará. Aun así, le dije a Joan que fuera él. Joan me dijo que no, no quería ir si no íbamos los dos, pero yo le insistí. Era su ambiente, sus amigos, sus 181


compañeros, era obvio, estaría más relajado y disfrutaría más si iba él únicamente. Yo estaba cansado y también me vendría bien pasar tiempo solo. Todavía no había tenido tiempo de pensar en lo que había hecho, lo que había conseguido, las sensaciones que había experimentado. Me apetecía reflexionar sobre todo lo vivido. Finalmente le convencí. Fuimos a comprar algo para que yo pudiera cenar tranquilamente en el dormitorio de la gite. Joan por su parte compró una botella de vino y unos platos preparados de comida peruana para llevarlo a casa de Simón. Me dejó en La Montagne y se fue a disfrutar de una agradable cena entre amigos. Se lo tenía bien merecido. Había cumplido ampliamente su papel de guía. Después de cenar abrí el whatsapp y envié un mensaje a Núria. No sabía si contestaría o no, pero sí lo hizo y fue entonces cuando ocurrió algo excepcional. Empezamos a intercambiar los típicos mensajes para saber cómo estaba el uno y el otro y cómo había ido el día, hasta que, sin saber muy bien por qué, la conversación empezó a tomar otro aire muy distinto. Núria me pregunto cómo me sentía, si estaba contento y empecé a exteriorizar todos los sentimientos que habían estado guardados en mi interior. La sensación era extraña porque fue entonces cuando empecé a ser consciente del valor que tenían para mí las experiencias de esos días. Una gran cantidad de vivencias, de sensaciones, de momentos especiales, que iban mucho más allá del hecho de alcanzar la cima, estaban saliendo de mi interior. Más de una vez, tuve que parar de escribir. No podía seguir, la emoción era enorme, tenía los ojos vidriosos y las lágrimas no tardaron en hacer su aparición. Iniciamos la conversación en hasta tres ocasiones. Necesitaba algo de tiempo entre conversación y conversación para rehacerme un poco. No recuerdo el tiempo exacto que estuvimos intercambiando mensajes. No hay duda de que, junto con la llegada a la cumbre del Cervino, fue uno de los dos momentos más emotivos de toda la aventura.

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Finalmente, el cansancio empezó a hacer mella en mí y me puse a dormir. Estaba rendido pero aun así no conseguía conciliar el sueño. El estado emocional en el que me encontraba me lo impedía. Al cabo de un rato oí llegar a Joan. Esperaba que, aunque fuera de manera diferente yen compañía de sus amigos, él también hubiera disfrutado de la noche como yo. Había sido un día muy intenso. Un día que empezó temprano en el Hörnlihutte y que acababa en la gite d’etape La Montagne después de haber pasado por el Museo del Matterhörn para recordar la hazaña de los primeros ascensionistas, coincidir con Kilian Jornet en Zermatt y compartir con Núria las emociones de los últimos días. Era el día después de la ascensión. El día, a partir del cual, uno empieza a darse cuenta del valor que tiene para sí mismo lo que significa haber sido capaz de hacer realidad su propio sueño.

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C A P Í T U LO 22

¿Y AHORA QUÉ? “La vida no se cuenta en años sino en experiencias” Núria Picas

El último día en Chamonix, antes de emprender viaje por la tarde hacia Ginebra para coger el avión de vuelta a casa, amaneció gris y lluvioso. El tiempo seguía sin mejorar y, a diferencia de cuando llegamos, el Montblanc estaba tapado por la niebla. Desayunamos en una cafetería y pregunté a Joan sobre la cena. Al explicarme como fue entendí que había disfrutado compartiendo historias, anécdotas y risas con otros montañeros como él y me alegré. En un momento dado, me comentó que el guía que nos habíamos encontrado el día anterior le había preguntado cómo había ido nuestra ascensión y si se había tenido que esforzar mucho para conseguir llevarme a la cima del Cervino. Joan le dijo que, aunque el ascenso y, sobre todo, el descenso había sido más lento de lo que él tenía previsto, no había habido ninguna situación complicada y que en todo momento tuvo buenas sensaciones, más

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allá de la inquietud de que se nos echara encima la noche antes de llegar al refugio. Al hacer este comentario, el guía le dijo: - Pues ya puedes darle la enhorabuena de mi parte, que no todos los que suben lo pueden hacer así de bien. Al principio pensé que Joan se había inventado la conversación para hacerme sentir bien, pero Joan no es de los que se inventan este tipo de cosas, además no había ningún motivo para que fuera así. El comentario me llenó de satisfacción. Es difícil expresar la importancia que tiene para mí que alguien tan respetado dentro del mundo de los montañeros, como es un guía de montaña de Chamonix, le transmitiera a Joan que me diera su enhorabuena. Me sentía orgulloso de mi mismo. Antes de salir hacia Ginebra nos dedicamos a las compras que nos quedaban por realizar. Quería algo que pudiera servirme para mantener vivo el recuerdo de los días pasados. Busqué una camiseta. Era el 150 aniversario de la primera ascensión al Cervino. Seguro que encontraría alguna conmemorativa. Y así fue, encontré una en una tienda de ropa técnica de alpinismo que además de ser muy cara, no me gustaba nada. Me quedé un poco decepcionado hasta que pensé que, si una ascensión no acaba hasta que vuelves al punto de partida, con una aventura pasaba lo mismo y mi aventura al Cervino había empezado en Chamonix. Lo tenía claro, la camiseta del Cervino sería una camiseta de Chamonix. Encontré una diferente. Un modelo original en la que además del nombre se incluían la latitud y longitud de Chamonix. Dos parámetros muy habituales del mundo náutico y no tanto del montañero, algo que me pareció muy original. Me recordaba un cierto pasado marinero no muy lejano, sin olvidar que la ciudad que me ha visto nacer y crecer es una ciudad abierta al mar. Había dos modelos uno con el nombre y ubicación de Chamonix y otro con el nombre y ubicación del Montblanc. Joan me preguntó por qué no cogía la del Montblanc y mi respuesta fue clara:

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- No voy a llevar una camiseta de una montaña a la que todavía no he subido. Tal vez otro año, más adelante. ¿Quién sabe? - respondí También buscaba cosas para la familia, pero no acababa de encontrar nada que me gustara. Después de dar ciertas vueltas sin decidirme, tuvimos que correr para llegar a alguna tienda antes de que cerraran, momento en el que la pierna izquierda decidió que ya había suficiente y que debía recordarme la lesión que me había hecho poco más de dos meses antes. Dejé de correr, pero el dolor seguía incluso cuando caminaba. Era algo cuanto menos curioso. El dolor en la rodilla no había hecho acto de presencia hasta ese momento en el que mentalmente ya empezaba a relajarme. Ese momento en el que la fortaleza mental no es importante para llevar a cabo la labor que estás realizando. Justo ese momento cuando la parte física adquiría mayor protagonismo fue cuando mi cuerpo recordó las heridas que habían estado a punto de dejarme en casa por miedo a no poder seguir adelante. Un miedo que fui capaz de gestionar adecuadamente. Una angustia que superé anteponiendo la ilusión y las ganas de vivir al dolor físico que me provocaba la lesión en la rodilla izquierda. Entre una cosa y otra el viaje a Ginebra fue más largo de lo que pensábamos. Estuvimos un buen rato en un gran almacén de ropa de montaña y esquí y llegamos al aeropuerto justos de tiempo. Aun así, todo fue rodado. Encontramos bien el camino hasta el lugar donde debíamos dejar el coche de alquiler, la cola para facturar no era muy larga y, inusualmente, había poca gente en el control de seguridad. Todavía tuvimos algunos minutos para pasear por el aeropuerto y curiosear por las tiendas. Y fue allí, sin buscarlo, como a veces suele pasar, que encontré una foto del Cervino que resumía todo lo vivido junto a Joan. La foto muestra un Cervino majestuoso, cuya silueta destaca sobre un cielo iluminado con luz de media tarde. Un Cervino que me recordaba que la noche se nos había echado encima durante la bajada. Un Cervino con la nieve justa para recordar que había estado ascensión alpina. Un Cervino en medio del cual, destaca con arrogancia la arista Hörnli como el camino más lógico para ascender a la cima. Un Cervino muy parecido 186


al que había sido mi Cervino. No lo dudé ni un instante y compré la foto. Una foto que hoy ocupa un lugar importante en mi hogar. Ya en el avión, después de haber despegado puntualmente, vino de nuevo a mí un pensamiento que me venía rondando por la cabeza desde que me había despertado ese mismo día por la mañana. Lo mejor era salir de dudas y compartirlo con Joan. Sin pensarlo más le pregunté: - Ahora que he hecho el Cervino por la arista Hörnli, ¿qué otros cuatromiles podría hacer por la ruta clásica? Joan me miró con cara de sorprendido y con esa media sonrisa habitual en él me dijo: - ¿Por la ruta clásica? Cualquiera ¡Has empezado por el más difícil! En ese momento lo vi claro. El Cervino había sido mi primer cuatromil pero no sería el último. El virus del alpinismo había vuelto a renacer en mi interior. Aunque hubo una época en la que me lo pareciera, la pasión por la montaña nunca había muerto del todo en mi interior. Tan solo estaba esperando pacientemente a que ocurriera algo que la activara de nuevo. Lejos quedaba el momento en el que mis padres me apuntaron a un centro de montaña para ver si el deporte me ayudaba a superar mis problemas físicos de crecimiento. Habían pasado muchos años desde que postrado en cama por culpa de una larga enfermedad vi por primera vez una foto del Cervino y leí la historia de su conquista en La montaña y el hombre de Georges Sonnier. El momento y las circunstancias actuales son muy diferentes pero el efecto del virus sigue siendo el mismo. Justo en el mismo momento en que esos pensamientos transcurrían por mi cabeza, por la ventanilla al otro lado de donde estábamos sentados, se dejaba ver el macizo del Montblanc con toda su grandeza y esplendor. Por encima de las nubes que cubrían Chamonix de color gris, destacaba una montaña blanca imponente. La más alta de los Alpes. Lo tenía claro, había conseguido cumplir un sueño, alcanzar la cima del Cervino,

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pero en ese mismo momento empezaba otro nuevo. El Montblanc con sus 4.810 metros de altitud me esperaba.

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Un aĂąo mĂĄs tarde, el 4 de agosto de 2016, coronaba la cima del Montblanc, de nuevo junto a Joan. La aventura continua.

En la cima del Montblanc (Foto Kim Ruiz)

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ANEXOS

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ANEXO 1

BIBLIOGRAFÍA La montaña y el hombre Georges Sonnier Ed. RM La conquista del Cervino Edward Whymper Ed. Ediciones Desnivel Especial Cervino 150 Aniversario de su primera ascensión Revista Desnivel nº 349 Julio/Agosto 2015 Ed. Desnivel 4000m Peaks of the Alps Marco Romelli, Valentino Cividini Ed. rock&ice Cuatromiles de los Alpes por Rutas Normales Richard Goedeke Ed. Ediciones Desnivel Alpinismo fácil en el macizo del MontBlanc Jean-Louis Laroche, Florence LeLong Ed. Ediciones Desnivel El macizo de MontBlanc. Las 100 mejores ascensiones Gaston Rébuffat Ed. Ediciones Desnivel

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Córrer per ser lliure Núria Picas Ed. Columna Córrer o morir Kilian Jornet Ed. ara llibres Ni tan alt ni tan difícil Araceli Segarra Ed. La Galera Catorce veces ochomil Edurne Pasabán Ed. Planeta La montaña es mi reino Gaston Rebuffat Ed. Ediciones Desnivel K2 el nudo infinito Kurt Diemberger Ed. Desnivel La montaña dentro Hervé Barmasse Ed. Ediciones Desnivel Reinhold Messner. Vida de un superviviente Reinhold Messner Ed. Ediciones Desnivel

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El primer de la cordada Roger Firson-Roche Ed. Rodes Edicions Más cerca de mi padre Jamling Tenzing Norgay Ed. RBA libros Alpinismo bisexual y otros escritos de altura Simón Elías Ed. Pepitas de Calabaza Más allá de la montaña Steve House Ed. Desnivel

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ANEXO 2

CARTOGRAFÍA 5006 Matterhorn-Mischabel Confédération suisse Escala 1:50.000 108 Cervino Matterhorn Breuil Cervinia Istituto Geografico Centrale Escala 1:25.000 1347 Matterhorn Monte Cervino Office Federal de Topographie Escala 1:25.000 3630 OT Chamonix Massif du Mont Blanc Institut Geographique National Escala 1:25.000

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ANEXO 3

ENLACES DE INTERÉS Matterhorn 2015 – Kim Ruiz https://vimeo.com/150419298 The Matterhorn Mountain, Switzerland - Airpano http://www.airpano.com/360Degree-VirtualTour.php?3D=Matterhorn-Swit zerland Climbing Matterhorn, Hornli Ridge – Roy Lachica https://www.youtube.com/watch?v=rGcyfyAfxfM Movie Matterhorn Climb 2013 - Werner van Ingelgem https://www.youtube.com/watch?v=cSP8JGJj-ac Movie Matterhorn Climb 2013 - Werner van Ingelgem (Part 2) https://www.youtube.com/watch?v=JCtQ5mO5whg Movie Matterhorn Climb 2013 - Werner van Ingelgem (Part 3) https://www.youtube.com/watch?v=9uaaeCGczpA Planeta Calleja: Programa 4 Santi Millán – dailymotion http://www.dailymotion.com/video/x1viscy Cervino – Wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Cervino Matterhorn – World Summits http://worldsummits.net/POI/Matterhorn?Id=a88af65f-3513-4de0-ae00-e5 e485aa726d

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Matterhorn – Monte Cervino – Summitpost http://www.summitpost.org/matterhorn-monte-cervino/150235 Matterhorn conqueror cleared over fatal falls – James Cusick http://www.independent.co.uk/news/matterhorn-conqueror-cleared-over-fa tal-falls-1248170.html El Cervino, una montaña, una cuerda – Un reportaje de swissinfo http://www.swissinfo.ch/spa/longform/cervino-zermatt-150-aniversario#/a ccident_scene/ The Night The Matterhorn Bled https://www.youtube.com/watch?v=UW7g9MX-Mns Longterm Zermatt forecast – AccuWeather https://www.accuweather.com/en/ch/zermatt/315560/weather-forecast/31 5560 Weather in Zermatt – meteo centrale http://www.meteocentrale.ch/en/europe/switzerland/weather-zermatt/deta ils/S067480/#trend Edward Whymper - La conquista del Matterhorn – documania https://www.youtube.com/watch?v=L4jaiJJhMm4 Al filo de lo imposible – Cervino-Matterhorn. La pirámide de bellas aristas http://www.rtve.es/alacarta/videos/al-filo-de-lo-imposible/filo-imposible-c ervino-matterhorn-piramide-bellas-aristas/2232523/ La montaña de Simón Elías https://www.youtube.com/watch?v=NxFvzyoEmnA Jordi Corominas, el K2 más difícil http://desnivel.com/personajes/jordi-corominas-el-k2-mas-dificil 197


Arête des Cosmiques Aiguille du Midi Chamonix Alpinisme Millet Base Camp https://www.youtube.com/watch?v=Hyga1OGWD4M Edu Marin Smashes Chamonix’s Digital Crack In A Single Pitch https://www.youtube.com/watch?v=xfDiHswUMyg UTMB Stars - Xavier Thévenard https://www.youtube.com/watch?v=vha2QvzPsMM #trinxat, presa 22 amb Òscar Cadiach http://www.trinxat.cat/20-12-2012-trinxat-presa-22-amb-scar-cadiach/ Millet – Chamonix - Base Camp – Aiguille du Midi – Arête des Cosmiques http://www.tvmountain.com/video/alpinisme/10530-millet-chamonix-base -camp-aiguilles-du-midi-arete-des-cosmiques-chamonix-mont-blanc.html Peguera – Wikipedia https://ca.wikipedia.org/wiki/Peguera_(F%C3%ADgols) El pueblo abandonado de Peguera vuelve a estar en venta – La Vanguardia http://www.lavanguardia.com/local/bergueda/20151201/30520674549/pue blo-abandonado-peguera-venta.html

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La historia de un sueño - Kim Ruiz  

El libro relata una historia que se inicia en el momento en el que el autor, postrado en cama por culpa de una larga enfermedad, sueña con a...

La historia de un sueño - Kim Ruiz  

El libro relata una historia que se inicia en el momento en el que el autor, postrado en cama por culpa de una larga enfermedad, sueña con a...

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