Page 1

HASTA CUANDO

MIGUEL DIAZ ROMERO 2012

1


HASTA CUÁNDO MIGUEL DÍAZ ROMERO © 2012 MI QUERIDA ESPAÑA Mi querida España. Esta España mía, esta España nuestra. De tu santa siesta ahora te despiertan versos de poetas. ¿Dónde están tus ojos? ¿Dónde están tus manos? ¿Dónde tu cabeza? Mi querida España. Esta España mía, esta España nuestra. (bis) De las aras quietas, De las vendas negras Sobre carne abierta ¿Quién pasó tu hambre? ¿Quién bebió tu sangre cuando estabas seca? Mi querida España. Esta España mía, esta España nuestra. (bis) Pueblo de palabra y de piel amarga. Dulce tu promesa, quiero ser tu tierra, quiero ser tu hierba cuando yo me muera Mi querida España. Esta España mía, esta España nuestra. (bis) Cecilia, cantautora española. 1948-1976.

2


El Pueblo, 17 de Julio de 2009.1 Hola, soy Enrique y esta es la historia que mi abuelo le contó a mi padre el 25 de Abril de 1976, y mi padre me contó a mí el 21 de Febrero de 2000. Y yo espero poder contarle a mi hija, que acaba de nacer, cuando sea capaz de comprenderla… 1940-1953 El Pueblo, 24 de Octubre de 1940. “…en el día de ayer, el General Francisco Franco, Caudillo de España, se reunió con el General del Imperio Alemán, Adolf Hitler, en la ciudad francesa de Hendaya…” - Apaga eso. – Dijo Albertos a Julia, su mujer, refiriéndose a la radio que reinaba, solitaria, sobre la encimera de madera estrecha que orlaba la cocina baja de lo que podría llamarse salón. Julia obedeció sin decir nada y regresó a su sitio: frente a Albertos, en la mesa de madera negra que ahora ocupaban una botella de vino tinto y un vasito de cristal vacío frente a él, y un juego de dedales metálicos y otros aparejos de costura y calcetines rotos frente a ella. Era tarde y las dos niñas dormían. Mañana tenía colegio la mayor y les tocaba andar como tres kilómetros de camino de tierra y piedra bien temprano, cuando todavía casi no había despuntado el amanecer, y su retorno. A pesar de que el matrimonio no hablaba, la casa no estaba en silencio. Por un lado el chisporroteo constante, casi entrañable, de la buena hoguera en la chimenea llenaba de su sónico calor la amplia estancia; por otro, el viento arreciaba acariciando la falda de la Sierra y peinando allí los olivos y el almendro, y los pinos y las encinas más arriba. Albertos rellenó el vasito hasta la mitad y lo bebió de dos sorbos rápidos y consecutivos. Estaba pensando en el pasado, se decía que últimamente lo hacía demasiado a menudo… - No te acuestes muy tarde… - dijo a su esposa mientras se levantaba para darle un beso de buenas noches en los labios, quedo y seco como la tierra en la que se situaba la casa – que mañana vamos a tener trajín si quiero llegar pronto donde el Amancio con la leche. - Termino estos pares, - respondió Julia sin levantarse y dirigiendo su vista de color azul cielo al algodón raído y a la aguja brillante – y te acompaño… buenas noches. - Buenas noches. Los peldaños que conducían a la primera planta eran toscos e irregulares: uno más alto, el otro menos ancho, y algunos habían perdido el revestimiento del enlucido en las aristas. La casa en realidad no era suya, sino del “señorito” dueño de las tierras aledañas. Se la vendió el padre de Albertos a un valenciano, médico y falangista, poco antes de que terminara la guerra a precio de risa a cambio también del silencio y, sin poner la mano en el fuego las habladurías, hasta de la propia vida. El padre de Albertos, Raimundo, era republicano y lo iba a seguir siendo por mucho que la última victoria de la Guerra Civil la hubiera cantado Franco. Podría haber 1

Los municipios y lugares, todo topónimo en general, que aparecen en esta novela hacen referencia a lugares fantásticos e irreales que jamás han existido. Por lo tanto, cualquier coincidencia nominal o descriptiva será fruto de la mera casualidad de forma absoluta y tajante.

3


emigrado; o haberse escondido en los montes; pero pensó en sus hijos, y en los hijos de sus hijos, y “regalar” la finca al pie del monte, con ovejas y machicos incluidos, significaba la diferencia entre el paredón y el hambre, y el trabajo y el futuro. La vida, al fin y al cabo, seguía siendo más importante que los ideales. Albertos se había quedado trabajando las tierras y cuidando el ganado como arrendatario del valenciano; Juan, su hermano mayor, había conseguido trabajo en la almazara del pueblo; y la Carmen, la pequeña, se había casado con el hijo de Tristán… Raimundo, viudo desde la juventud, ahora se pasaba cuatro meses al año en casa de cada uno de sus hijos turnando su residencia ya “jubilado”. Julia se fue a dormir apagando antes las brasas. Albertos continuaba despierto aunque cerró los ojos y se hizo el dormido para no preocupar a su mujer: el insomnio, pese al cansancio provocado por el duro trabajo de sus largas jornadas, se había hecho con el comienzo de sus noches, tiritando frío en sus entrañas. La cambra se dividía en tres estancias por medio de biombos de cañizo con cortinas de tela: la habitación principal era para almacenar el grano, la oliva y la almendra, y secar en sus paredes encaladas pimientos, ajos y chorizos; después estaba el dormitorio de la pareja cuyo lecho era de heno y contaba con una mesa para el jarro de agua y un taburete a juego de madera de haya; y por último, el lugar más caliente pues una ventana siempre abierta oreaba el interior desde el extremo opuesto de la casa, estaba el dormitorio de Engracia y Genoveva: de cinco y tres años respectivamente, ambas nacieron, más o menos, en plena guerra. En el treinta y cinco, en mayo, cuando Julia dio a luz a Engracia, contaba con sólo dieciséis años y acababa de casarse, ya encinta, con Albertos el invierno anterior. Éste acababa de cumplir los dieciocho cuando sostuvo en brazos por primera vez a su hermosa primogénita. A la pequeña Genoveva la engendraron en un permiso de éste desde el frente (estuvo en San Sebastián primero, y en el Ebro después), y la conoció cuando la niña ya había cumplido los dos meses, pues su nacimiento le cogió aislado en algún punto inexacto y perdido entre Castellón y Teruel. Julia se asomó tras la barrera de cañizo, con una cortina de hilo de cáñamo teñida de azul cobalto que hacía de la estancia un lugar casi elegante, y sonrió para sí misma contemplando, a duras penas por la opaca oscuridad, el dormir plácido y lento de sus tranquilos retoños. Se acostó junto a su amado marido y abrazó su cuerpo semidesnudo. Él se hizo el remolón, en su papel de durmiente, y sin delatarse, la abrazó con torpeza sintiendo cómo ella se dormía casi en el acto golpeándole su cálida respiración en el pecho, haciendo erizar su vello y proporcionándole una seguridad inenarrable que, de haber creído en Dios, a éste hubiese agradecido. Abrió los ojos y su brillo verde de albahaca y de trigo reflejó el poder de la Luna. Selene se filtraba por el vano que aireaba la paja. El viento hizo una pausa en su sinfonía de cañerías de uralita y tejas de barro sobre varas. La noche era un templo de quietud y el sueño una meta del alma. Engracia se quedó a regañadientes en el colegio tras el silbido del pito de Doña Carmen, la maestra. Genoveva, por su parte, con cara de estar más dormida que despierta, le preguntó a Julia que por qué no podía quedarse ella también con su tata. - Todavía eres muy pequeña… y además, te necesito en casa cuidando de la Adela… La Adela era la última ovejita, blanca como un amanecer níveo en la cresta pétrea de la sierra, que les hubo nacido en el rebaño, y la mascota oficial de la niña. Quien no se quedó muy convencida con la respuesta.

4


De regreso a casa desde la escuela, Julia tuvo que aupar a Genoveva, que casi se duerme de nuevo a su espalda. Cuando llegaron, Albertos se afanaba en preparar el carro y los bidones de acero para cargar la leche en él… Geno fue corriendo a fundirse en un enternecedor abrazo con la Adela, de su misma altura cuando daba pequeños saltitos sobre las patas traseras, y Julia fue adonde los machicos dormitaban en el establo, aguardando a ser uncidos para el largo paseo hasta la fábrica de quesos del Amancio, pasado el pueblo por la carretera de Valencia. El establo se situaba a la derecha de la casa; la espalda de ésta daba a la montaña mientras la fachada daba al pueblo; de los cuatro machicos que tenían, Julia eligió lo dos más viejos, a los que ya les quedaba poco trote según el experto criterio de su marido. Los uncieron y entre los dos, mientras la pequeña Geno seguía jugando con la Adela frente a la casa, llenaron el carro con los pesados bidones metálicos repletos del alimento líquido con el que el Amancio haría su preciado queso manchego. La carreta se alejó por el camino que ya recorrió dos veces Julia y ésta se afanó a poner la olla y recoger la ropa blanca. Fue con su hija al lavadero, no el municipal sino a uno cercano a la casa, que algunos llamaban “La Rocha”, del mismo nombre que la casa de Albertos, donde iban las lavanderas de las casonas y las fincas de la falda de la sierra que miraban al sureste. Mirando al cielo, éste se despejaba conforme caminaba con la cesta de mimbre ancha y las sábanas y la ropa interior, “si no hay una ponientá hará bueno por lo menos dos días…”, pensó sabiendo leer con perfección laboriosa los designios de la meteorología en la bóveda azul celeste. Para que no se les escapara, Genoveva hubo de encerrar a la Adela y, como podía, trataba de seguir el paso de su madre. Desde la vereda en continuo descenso ya se oían las voces de las mujeres quienes, con la misma clarividencia que Julia, habían bajado al lavadero par aprovechar el par de días de cielos despejados que auguraban. El campo estaba fresco por la lluvia de la noche, y olía a barro y a caracoles. La Pepa, lavandera y criada de los García-Robles, una finca grande que bordeaba la sierra por el sur y contenía los caminos que unían por allí El Pueblo con La Aldea, alzó su mano y la batió en alto saludando a Julia. Las otras dos eran conocidas, pero Julia no tenía trato con ellas más del simple saludo porque, según la Pepa, sus maridos les habían prohibido “hablar con rojos”. Pero eso a Julia le daba igual… a veces había hablado de política con Albertos, pero normalmente el resultado era que su esposo se entristecía y acababa sino enfadado, sí melancólico de algo que, también de hecho y para ser realistas, nunca existió… y por eso preferían, en las tertulias sobre cualquier cosa, cuando todo estaba hecho y la bombilla amarilla del salón se encendía gracias al novísimo tendido eléctrico a pie de sierra, dejar de lado temas “escabrosos” y hablar de cosas más “terrenales” como la siega, el leñado, la sonrisa divina de sus hijas y la esquila. - Mira qué guapa ella… - dijo la Pepa dejando remojar la prenda que tenía entre manos dirigiéndose a la orgullosa Genoveva – si parece una princesa. - Dale las gracias a la Pepa, hija. - Grasias. – Dijo la pequeña resuelta y abrazó a la Pepa, cuyos brazos gruesos y fuertes la envolvieron y alzaron, provocando que la niña soltara la más sincera y alegre de las risas. - Tienes brazos de molinera… hija, ¡qué grande está! - Va a ser fuerte como su padre, en cambio la Engracia no me come ná… - Como la madre, que te vas a quedar como un fantasma un día de éstos y te tendremos que mirar dos veces pá verte.

5


La charla fue en dos direcciones mientras las otras dos trabajaban en absoluto silencio. Se dirigían miradas, incluso compartían el jabón si tenían más a mano en ese momento el de la otra sin que supusiera ello un conflicto, pero ni mú: no se hablaban. Por la tarde, después de comer y llevar de nuevo a Engracia al colegio para la sesión de tarde que duraba dos horas, Julia ayudó a Albertos a bajar forraje, mientras Geno dormía en su camita la siesta. Iba a llevárselo, bien temprano al día siguiente, porque ya la noche se les echaría encima a esas alturas del año sobre las seis de la tarde, a Miguel el Largo, que le había pedido para los caballos y quien mejor se lo pagaba en el pueblo. Como les sobró tiempo, y Albertos no tenía más que hacer ya que la carreta la había arreglado la semana anterior, decidió acompañar a su mujer a buscar a Engracia tras un baño en la palangana con agua calentada a fuego y dar un breve paseo, si las sombras no lo impedían, por el parque conocido como El Pasillo. A Albertos no le gustaba mucho ir por el pueblo así como así, por lo que Julia se alegró mucho de que tomara esa decisión y se acicaló lo que le dejaba su perfume de ajonjolí y su peineta de hueso para la insólita ocasión. - Eres más guapa que el sol… - le susurró desde la puerta del lavabo, al fondo de la planta baja en el otro extremo de la chimenea, cuando se terminó él de vestir y ella se miraba frente al espejo rectangular desprovisto de marco. Se volvió hacia su marido y le dedicó una sonrisa por la que él hubiera matado. Anduvo los cuatro pasos cortos que les separaban y se dieron uno de esos besos que de ser de película hubiera sido censurado. Él le metió mano al trasero y ella, riendo, le dio una palmada y le dijo: - ¡Quita de ahí esas manos, qué van al pan! - Si esto fuera pan, quién tuviera eternamente hambre… - Zalamero. En seguida Geno apareció riendo y se tiró a los brazos de su papi, quien la recogió en sus brazos ejecutando una volanda y exclamando: - ¡Ay hija… cuánto pesas! La niña le dio un beso en la frente, cuyas entradas ya empezaban a prever que se quedaría calvo en los próximos años, y regresó al suelo. - Venga vamos, - apremió finalmente Julia yendo a la entrada – que ya son casi las cinco y a Doña Carmen no le gusta esperar… - …es una vieja gruñona… - comentó Albertos de manera jocosa. - No digas eso delante de la niña que luego la reñirás si te lo dice a ti, y no tendrás razones para hacerlo… Engracia se alegró, puede que más que su madre, de que su padre fuera a recogerla al colegio. Una vez en El Pasillo, como las familias rojas eran pocas y se conocían todas tendían a juntarse también en los pocos momentos de asueto que aquellos hombres y mujeres tenían en esos primeros meses de la delicada y dura posguerra. Como no podían hablar de otra cosa; que aquel año se reiniciara el campeonato de liga de fútbol y se jugara por primera vez la Copa del Generalísimo, significó el germen auténtico de la conversión de ese deporte inglés en el deporte nacional. Albertos, como muchos de su quinta y de su condición social era, por descontado, del Atlético de Bilbao (que no podía llamarse Athletic porque los extranjerismos también estaban prohibidos). Y Zarra era su estrella.

6


- Qué Albertos… ¿vas a oír el partido de mañana? – le dijo Juan Ignacio, el herradero, apretándole con fuerza la mano cuando Albertos y los suyos se acercaron a él debajo de una farola que, con el atardecer como telón de fondo, ya lucía encendida. - ¿A qué hora es? - A las cuatro lo dará la radio nacional… juegan contra el Aviación. - Dicen que puede ganar el Aviación la liga este año… - Pero si acaba de empezar, además… con Zarra, el chaval ese, vamos a hacer historia… jeje… ¡hombre! – El herradero era conocido por todo el pueblo y parte de la comarca por ser muy hablador, bonachón y dado al juego, - pero si son la Engracia y la Geno, ¿cómo estáis bonicas? - Bien señor. – Respondió Engracia con una sonrisa y la educación de aquellos tiempos. - Bien señó. – Le imitó Geno, riéndose mostrando la totalidad de sus dientes y arrugando el entrecejo. - Qué guapas las tienes Julia, qué Dios te las cuide por mucho tiempo… - Gracias Juan Ignacio, ¿dónde está la Fortu? – le preguntaba por Fortunata, su mujer. - En casa se ha quedao… que le duele la espalda horrores… tiene reuma y eso es cosa mu mala. - Dile que se cuide, y a ver si el domingo después de misa puedo pasarme por tu casa… - Yo se lo diré, gracias por preguntar Julia… bueno familia, ¡me voy! Que mañana a primera hora el Largo me ha dicho que tiene que herrar no sé cuántos caballos y ése es de los que madruga pá estar más tiempo sin hacer ná. - Yo le llevo mañana el forraje a la finca… - Pues mira, puede que hasta nos encontremos. Hasta luego. - Hasta luego. Las miradas de la gente; aparte de los conocidos de toda la vida a quienes el signo político no les importaba en absoluto aun cuando toda la nación estaba pendiente de esos asuntos, y de los que lo compartían en secreto a voces con Albertos aun sin poder ejercerlo; eran en su mayoría esquivas y recelosas. La Ley de Represión, formulada y publicada ese mismo año, perseguía la masonería y el comunismo… y estos segundos tenían muy crudo dejarse entender como tales o amigos de tales por aquella época. Por lo que muchos, bien por miedo bien porque creían en realidad en los ideales del nacional-catolicismo, hacían notar su distanciamiento con gente como Albertos, declarado abiertamente durante la guerra que libró y a la que sobrevivió comunista como su padre lo hubiera sido. Tratando de hacer caso omiso, más por el bien de las niñas para evitar que sintiesen ese atisbo de menosprecio o rechazo que por ellos mismos, abandonaron El Pasillo y, cuando las últimas luces brillaban naranjas y rojas por poniente encima de la cresta izquierda de la montaña, llegaron a La Rocha dispuestos a cenar y relajarse en torno a la radio, si su programación lo lograba, hasta la hora de irse a dormir. Después de cenar, cuando ya las niñas no podían con sus almas, y Julia bajó de acostarlas, el matrimonio se quedó, como cada noche, solo en el salón frente a la hoguera, dulce y cálida hoguera, imperial en la chimenea. - Mañana, después de llevarle el forraje al Largo, iré con las ovejas y el Rulo (así se llamaba su pastor del pirineo enano de pelo negro) a pastar y estaré aquí a la hora de comer, ¿ya tienes pensado qué vas a hacer? - Lo mismo, como es sábado y me toca arreglar la casa, preparo una gachamiga poco antes que tú vengas y nos apañamos: hay longanizas y me queda un trozo tocino… - Muy rica… ¿te importa si voy ya a acostarme? Me duele horrores la espalda…

7


- Espera, y te doy una friega antes… - Julia se levantó de su silla junto a la gran mesa del salón y fue a la alacena de la amplia cocina separada del comedor por una cortina a por el tarro de alcohol de romero… cuando regresaba con éste en la mano y Albertos ya se había quitado camisa y camiseta, sintiendo esa mixtura hogareña de frío y calor propia de calefacciones y casas como esa, un estruendo, como un gran trueno o explosión, asustó a Julia por la intensidad y la cercanía y provocó que el frasco cayera haciéndose el cristal añicos y desparramando el alcohol de romero sobre los irregulares manises de arcilla horneada. - ¡¿Qué habrá sido eso?! – Casi gritó ella, recordando su corazón los horrores de la cercana guerra. - Tranquila… voy a ver: tú ve a comprobar si las niñas se han despertado y recoge eso… no creo que sea nada. - No… no salgas… - el miedo de Julia se reflejaba en su voz y en su aterrada y azul mirada. - Descuida amor, - trató de aquietarla – seguro que no es nada… - se levantó y Julia corrió a interponerse entre él y la puerta. - No quiero perderte. – Rompió en llanto creyendo que los fantasmas de la guerra se habían levantado de su sepulcro aquella fría noche de otoño. En ese instante también empezó a llorar Geno, arriba, despertada tal vez por el ruido de afuera y los ladridos del inquieto Rulo en el corral. - Venga, ve a calmar a la niña. – La abrazó, la besó en los labios y le secó las lágrimas de los párpados con sus dedos pulgares grandes y robustos. - Lleva cuidado. – Dijo ella tragándose el llanto y yendo hacia las escaleras. Sobre la camisa, Albertos se colocó su gruesa zamarra de piel con borrego beige por dentro y salió a la intemperie con el farolillo de petróleo, que siempre estaba junto a la puerta, encendido. Nada más salir, echando un vistazo panorámico a cuanto tenía delante, pudo ver el pequeño resplandor de una hoguera y su humo a media distancia… “lo que sea está después de los almendros”, se dijo emprendiendo la marcha movido tanto por la curiosidad como por el deseo de mantener la seguridad en sus tierras, “en el barranco”. Atravesó a paso rápido, solamente molestado por un vientecillo que afortunadamente no era ventisca, el campo de almendros y, conforme se acercaba, podía ir distinguiendo con mayor precisión de qué se trataba: “Odo”, exclamó para sus adentros, “un avión…” A dos metros del barranco, alumbrado por los rescoldos de la hoguera que provocó el accidente, Albertos descubrió una avioneta en llamas y destrozada en el fondo del serpenteante y abrupto barranco que el siglo pasado fue río y en primavera hoy sólo era arroyo. Atónito ante el extrañísimo encuentro, del asombro lo rescató la voz de quien yaciera entre el amasijo de hierros en que se había convertido la avioneta, de cuyas alas sólo había quedado totalmente intacto el emblema del ala izquierda: sobre un círculo rojo brillaban cruzados un martillo y una hoz en amarillo. Albertos bajó derrapando con los pies en lateral el par de metros verticales del cortado, y sin que el candil derramara ni una sola gota de óleo alumbró al hueco oscuro de donde provenía la cada vez menos audible voz. En ruso el piloto, de mostacho blanco y abundante y ojos grises y apagados, trataba de decirle algo que Albertos no podía entender…

8


- No le entiendo… ¿quiere que le saque de aquí? – Preguntó el labrador tras dejar el candil en la tierra, haciéndole gestos que ilustraran lo que quería decir. El piloto, malherido, del que Albertos sólo podía ver la cabeza, parte del torso y el brazo derecho sobre el destrozado sillín de espuma, pareció entenderle y negó con la cabeza; aspiró profundamente y, suponiendo que con un lenguaje gestual podría hacerse entender por el nativo, indicó con su bazo libre y sangrante lo que deseaba de él… una caja plateada de metal reflejó el pequeño fulgor del candil de nuevo en la mano de Albertos… - ¿Esto? ¿Quiere que coja esto? El piloto asintió con el mentón y dijo en ruso mientras el labrador se hacía con el pequeño y pesado objeto: - Qué no lo cojan ellos, qué no lo cojan...2 - su voz se convirtió en un susurro y, cuando su mirada se cruzó con la de Albertos, le sonrió sabiendo salvo aquello que era su deber proteger, y expiró. Albertos comprobó que tras el desvanecimiento el piloto no respiraba y, movido por los miedos del pasado, huyó con la caja metálica que tenía un asa revestida de cuero marrón en uno de sus laterales a la guarida de su casa. Julia le esperaba en la puerta; había apaciguado a Geno y las dos niñas dormían ajenas a cuanto estuviera ocurriendo. - ¿Qué es? ¿Qué ha pasado? – Preguntó echando un vistazo a la caja reluciente. - Una avioneta soviética, - respondió azorado, la fatiga le impedía pronunciar con normalidad – el piloto ha muerto y me ha dicho con señas, - entraron y cerraron la puerta mientras hablaba – que cogiera esto que no sé qué es… - A ver si es peligroso… una bomba o algo así… - No creo… ayúdame a escoger un lugar donde esconderlo… cuando la Guardia Civil encuentre el aparato, seguro que nos preguntan que qué hemos hecho o dónde hemos estado… - Entonces… - Dime. - ¿No sería mejor que mientras yo guardo eso tú te acercaras al pueblo y les avisaras? Así no levantarás sospechas… - Tienes razón mi amor. – A Albertos no le sorprendió el razonamiento de su esposa en absoluto: siempre supo que ella era más inteligente que él. – Busca un buen sitio, ya me lo dirás cuando estemos a solas… - la besó y fue a ensillar a Cacho, su percherón, el único caballo con el que contaba la finca. Se ató la manta alrededor del cuello sobre la espalda y se adentró, candil tintineante contra el cuello de Cacho, en las tinieblas de la oscura noche otoñal manchega… serían, no obstante, los tres kilómetros y pico más largos que jamás hubo recorrido el bueno de Albertos. *** Matías, el primo hermano de Albertos, era uno de los guardias del pequeño cuartelillo con el que contaba el pueblo serrano. Fue a él al primero que avisó, por si los otros, los más radicales, la tomaban con él encima que daba la voz de alarma… casi una hora después de presentarse en la puerta de Matías toda la Guardia Civil del municipio 2

Evidentemente el piloto lo dice en ruso, y Albertos no lo entiende.

9


se había presentado en torno a la avioneta rusa estrellada. Ya no había ni una brasa y los hierros se habían enfriado. - ¿Qué coño hace un avión rojo sobrevolando nuestro cielo…? – preguntó de forma casi retórica el Sargento, máximo cargo del destacamento de El Pueblo. - Jodernos la noche por el momento, mi Sargento… - respondió Matías; junto a él Albertos asentía con la cabeza y no decía nada. No podía fiarse de que cualquier palabra que saliera de su boca, fuera excusa para los representantes del orden para ponerse en su contra… todos, obviamente, sabían cuál era su signo político a pesar de que no tomaran represalias contra él… no obstante, con la Ley de Represión, su situación podía cambiar radicalmente de la noche a la mañana… - No creas Matías, esto puede ayudarnos más que otra cosa… Albertos… - Dígame Sargento. - ¿No habrás cogío nada del aparato, verdad? - No mi Sargento, no se me ocurriría… - Eres sensato, tó el mundo sabe que eres un hombre prudente, espero que no me mientas porque sabes que no está la cosa pá irnos mintiendo… - lo miró a los ojos y Albertos le aguantó la mirada con bravura, por dentro estaba totalmente acongojado pero no podía dejar que eso se notara en su mirada. – Vete a dormir, que mañana sé que has quedao con el Largo… - Sí mi Sargento. Buenas noches Matías… y gracias. - Gracias a ti por avisarnos Albertos… anda, ve y descansa que nosotros ya nos ocupamos del desaguisao… Albertos recorrió de nuevo el tramo que separaba el barranco de su casa y dejó a los guardias allí… a la mañana siguiente, siendo avisado Albertos cuando iba con la carreta cargada con las gavillas de paja que no dijera ni mú a nadie de lo sucedido de madrugada, de la avioneta no quedaba más que una mancha parduzca en la piedra caliza del arroyuelo. Nadie en el pueblo volvió jamás, por desconocimiento o porque sabían que no debían hablar de ello, a mencionar el singular y extraordinario suceso. El trigo se siembra después del día de todos los santos, el uno de noviembre, y Albertos tenía que hacerse con un par de ayudantes o peones que le echaran una mano en la siembra porque tanto Juan, su hermano, como el hijo del Tristán, su cuñado, estaban atareados con sus respectivos trabajos en la almazara y en el taller de zapatos y no podían ir a sembrar el cereal ese año. Pero Albertos, a pesar de la premura de tener que conseguirse una cuadrilla en menos de una semana, tenía otra preocupación pastoreando las ovejas con el Rulo por la falda de la sierra. De hecho, llegó antes de tiempo adrede, sabiendo además que no tenían que ir a por la nena al colegio, para averiguar si la soledad se lo permitía qué contenía la maleta que le legó el piloto muerto. Julia acababa de echar la harina en la sartén honda gachamiguera cuando Albertos entró en la casa después de dejar encerradas las ovejas en la nave que la finca tenía medio kilómetro más arriba. La planta baja de la casa contaba con un sistema calefactor muy antiguo, consistente en un pequeño túnel que recorría el rodapié de las paredes exteriores desde los laterales internos de la chimenea formando un circuito cerrado abrazando la casa. En un punto inconcreto, donde empezaba más o menos lo que podía llamarse cocina, el tunelillo tenía una piedra suelta que encajaba perfectamente con el dibujo de la cal en la pared, ni gris ni blanca, donde Julia ocultó la caja rusa la noche anterior. Albertos la

10


levantó y, mirando en derredor con nerviosismo a pesar de que sólo estaban el matrimonio y las niñas allí, cogió la caja y la colocó encima de la mesa del comedor, mientras Julia le servía un vasito de vino tinto y regresaba a la gachamiga en el fuego. - Es una maleta… - dijo en voz alta; Julia asintió sin apartar la mirada de la ancha sartén, - a ver… Con los dos pulgares accionó los cierres cuyas hebillas cromadas saltaron y con un crujido la caja se abrió. Albertos sentía que la cabeza le iba a explotar debido al sonido fortísimo de su palpitar en las sienes. Apuró de un único trago el chato y se dispuso a levantar la tapa del maletín. Julia vio con el rabillo del ojo izquierdo lo que se desplegó instantáneamente frente a la curiosa y desconcertada mirada de su marido, quien no tenía la menor idea de qué podría tratarse aquello que estaba ante sí. De derecha a izquierda y de arriba hacia abajo, el “lo que fuera” estaba constituido por: una vara larga que terminaba en una punta roma de metal; un cristal vertical de forma rectangular de color negro con cables como los de la luz y un tubo por detrás; un interruptor extraño, como un botón de camisa engarzado en un círculo de cuero negro; una tapa cromada con dos agujeros en al parte de abajo que reflejaba el negror de la pantalla de arriba; y dos cables, como los de atrás de ésta, con dos pitorros: uno rojo y otro amarillo. - ¿Qué es? – Preguntó Julia levantando la gachamiga y llevándola a la mesa, donde ya hubo colocado una estera de esparto circular para apoyarla sin quemar la madera. - No tengo ni idea… ¿tú habías visto algo parecido alguna vez? - Jamás… - ¿Qué es eso padre? – Preguntó Engracia, acercando sus deditos a la maleta desde su posición de pie a la derecha de su padre. - Un aparato Engracia… pero no lo toques… no sea que dé rampa. - ¿Y para qué sirve? – Volvió a inquirir la niña con extrema curiosidad… - Pues hija mía… no lo sé. Aquella noche el insomnio de Albertos fue a peor… si hubiera vivido en los noventa, hubiese visto todas las horas pasar en su despertador digital sobre la mesita de noche. Había cerrado la caja y metido de nuevo en el hueco del tunelillo calefactor. No había habido ponientá, tal y como predijeron las lavanderas, y la luna se filtraba por el vano siempre abierto de la cambra con su esplendor de azul y de plata, tintando las paredes de un fulgor tenebroso y limpio. Qué podía ser aquel objeto… era como si hubiesen abierto una radio por la mitad y la hubieran dispuesto en una maleta. “¿Estará roto…? No, no lo creo… no se llevó ningún golpe y, de habérselo llevado cuando la avioneta se estrelló, el maletín estaría abollado… y no, no lo está. ¿Será un arma… un nuevo arma secreto que los soviéticos no quieren que alguien descubriese en Occidente…? Y… ¿estarán buscándolo si alguien sabe que existe y que la avioneta se ha estrellado por aquí? No… me hubieran detenido después de desarmar el cachivache y abandonar el barranco… me hubieran interrogado… o hubieran registrado esta casa de arriba abajo… Nadie sabe que lo tengo yo, nadie puede saberlo…” Un ruido afuera, seguido inmediatamente de los ladridos vehementes del Rulo desde la puerta de su caseta, entre el establo y la casa, provocó que Albertos abriera los ojos como platos y se retrotrajera a la realidad abandonando los devaneos acerca del maletín. Sintió el leve respirar de Julia junto a él y supo que dormía profunda y plácidamente. Apartó el brazo derecho de su mujer, que lo abrazaba, y se puso en pie calzándose las botas y atándose una manta, de las que tenían apiladas junto al lecho de

11


heno, a la espalda como solía hacerse cuando hacía frío… afinó sus oídos y escuchó sólo el silencio por debajo de los persistentes ladridos del Rulo. “Han venido a por el maletín… si se han enterado de que viajaba con el piloto, saben que soy el único que pudo hablar con él antes de que muriera en el accidente…”, pensó y asió con fuerza la empuñadura de su navaja, la hizo él mismo durante la guerra y consistía en un trozo de madera extraído de una rama de olivo gorda y una hoja de acero afilada y curva que se introducía en la rama para guardarla. Echó un último vistazo a Julia y luego a las niñas… pensó en el pasado y en el futuro; en cuánto las quería, cuánto las amaba; y cuánto las echaría de menos en el lugar a donde fuera tras defender el secreto del piloto… no era sólo el secreto del piloto lo que Albertos quería defender navaja en mano, insomne y friolero, aquella madrugada deambulando a tientas por la oscuridad de su casa: con esa artesanal navaja en alto Albertos quería defender su derecho a pensar diferente; rajar de abajo arriba la sombra sonrojada de su vergonzosa derrota ante los nacionales un año atrás; gritar con la sangre de su imaginario por el momento enemigo que les vencieron pero no les convencieron; expresar en forma de agresión con arma blanca que corta chorizo y queso curado la rabia contenida, aislada en sus entrañas, cabalgando eterna en sus arterias, asida al nudo que quedó, inconmensurable, tras el fracaso de la República en su garganta. No era una navaja lo que Albertos sostuvo al bajar las escaleras y escuchar el segundo ruido venir de afuera y a la derecha: era el peso de la venganza, la venda que tapa los ojos de la estatua de la justicia, era la lechuza de Atenea y el llanto de todos los muertos de los vencedores y los vencidos olvidados en fosas comunes, embarradas y utópicas, de los dos bandos. Apretó todavía más fuerte la rama de olivo con su callosa y trabajadora mano y se dijo, murmurando para recordar que aún tenía voz y sabía cómo utilizarla: - Por la República y la libertad Albertos, qué no te cojan vivo… Dio una patada a la puerta de entrada tras despasar el cimbel con cuidado del grueso cerrojo, y la hoja tosca de madera llegó a golpear el muro por fuera. Salió de un salto y se encontró solo, enfurecido y rojo de rabia, en mitad del camino frente a su callada morada. Se fijó en las vasijas que antaño le sirvieron para recoger agua de lluvia, de varios tamaños, que dormían a la derecha de la puerta: las pequeñas de más arriba habían caído y yacían rotas… siguió con la vista el muro de piedra viva hasta la esquina opuesta a la del establo y, apretando los dientes para evitar que el corazón se le saliese por la boca, comenzó a andar hasta ese punto ciego donde terminaba el edificio. Cada paso era también una reafirmación de la súbita debacle que crepitaba en su mente… tres, dos, uno… y… - ¡pfffffffff! El bufido de un gato pardo, de ojos brillantes y afilados colmillos como agujas blancas le regresó a la noche de otoño, bajándole de las quimeras que habían hecho volver, durante esos interminables minutos de furia y tensión, los ecos de la guerra al prado y al corazón. Albertos respiró hondo y se tranquilizó durante su rápido regreso a la cama, donde el calor de Julia logró hacerle dormir sin impedir, no obstante, que le castañetearan bruxistas los dientes. *** El Pueblo, 27 de Mayo de 1941.

12


El señorito se fue la semana anterior. Ese viaje sólo se quedó tres días, pero bastaron para desbaratar lo suficiente la rutina tranquila y mecánica de la labor en la casa de La Rocha. Aquella templada mañana en la serranía manchega, por donde hubo pasado quizá Rocinante llevando a un tácito Quijote en sus lomos de hueso, no fue quieta en alta mar… al alba en el Atlántico Norte, el Acorazado Bismarck era torpedeado por dos buques de la Armada Británica y hundido sin que sus marinos pudieran hacer cosa alguna por impedirlo. Algunos supervivientes serían los primeros prisioneros de guerra nazis que lograban hacer los Aliados; convirtiéndose de cualquier modo en el primer varapalo auténtico y de cierto valor que se llevara el Ejército Alemán en esa ya no tan ganada Segunda Guerra Mundial… en cualquier caso, la noticia no llegaría a España hasta décadas después, y Albertos seguía sin saber qué hacer con el cachivache ruso. - El valenciano ha puesto teléfono en casa porque quiere que le avise cuando terminemos de esquilar, que va a venir un camión a por al lana y se la llevan a Alzira… - comentaba Albertos a Sancho, uno de los mozos de caballerizas que tenía a sueldo El Largo cuando Albertos fue a llevarle el poco forraje que le quedaba hasta la siega de trigo a finales del mes siguiente. - Eso es pá controlarte… ahora te puede telefonear en cualquier momento sin previo aviso, pá saber qué haces y qué no haces… - Cierto, dile a Don Miguel que ya no me queda más hasta la primera semana de julio en adelante. - Vale… dice el Benancio que el rollizo se l’ha comío toda la cebada… - Sí… pues a mí este año creo que me va a salir más tizón del que quiero… y el valenciano ha llegao a un acuerdo con el Ministerio, y se van a llevar también el grano porque va a ser uno de los proveedores de harina pá las cartas de racionamiento… - Por lo menos nosotros tenemos pá comer, pero en las ciudades; y allí donde la guerra s’ha cebao con el ganao y el campo; lo tienen más crudo que un jamón después de la matanza. Albertos asintió pensando un segundo en aquella gente que, sin recursos ni trabajo ni propiedades, dependía de las cartas de racionamiento del Ministerio para echarse algo que comer al gaznate y alimentar a sus familias en esos duros meses de la recién estrenada postguerra. Y, pensando también en sí mismo y en El Pueblo en general, donde no había pobres de verdad realmente, se dijo que podía considerarse un hombre afortunado quien, si bien había perdido la propiedad de La Rocha, el porcentaje de beneficios pactado con el valenciano y la manutención rutinaria de la que le proveía el trabajo agrícola le eran suficientes para no pasar hambre ni que le faltaran unos zapatos a la Engracia a estrenar cada verano para ir a misa. - Bueno Sancho, me voy que… - siguió dirigiéndose a la carga que había llevado debajo de la paja y le aguardaba en la carreta tirada por los machos jóvenes – ahora la leche me aguanta sólo dos días fresca en el nevero y si no la llevo pronto al Amancio, habrá que tirarla… - Y no está pá tirar la cosa. – Sancho se despidió de Albertos y el labrador atizó a los mulos para proseguir su marcha a la fábrica de quesos. En invierno la leche, en un nevero que tenía la finca detrás del establo consistente en un falso pozo de piedra silícea por dentro que Albertos iba llenando de nieve que recogía de la sierra, le duraba hasta tres y cuatro días antes de bajarla; pero en primavera y verano, aunque ordeñaba cada día y el nevero continuaba fresco aun sin nieve adentro, estaba obligado a bajar día sí día no a la fábrica para que no se echara a perder el que era el ingreso principal de la finca.

13


No había recorrido veinte metros por el camino que se cruzó con el coche de Don Miguel, El Largo, y el chofer le hizo el alto bajando el señorito su ventanilla para saludarle… El Hispano Suiza J12, un vehículo de lujo fabricado en Francia por la mítica marca española en el treinta y cinco, frenó junto a la carreta. Aunque ya lo había visto antes, Albertos solía quedarse maravillado admirando las líneas y la figura de aquel espléndido coche; al estilo inglés, llevaba el volante en la derecha, dos ruedas a cada lado del capó sobre el reposapiés que iba de una rueda a otra por los laterales, y tapicería de piel marrón. Hacía mucho ruido por los caminos, pero por las dos calles de adoquines con las que contaba el pueblo, parecía deslizarse en vez de rodar. - Albertos, ¿ya has traído eso? - Sí Don Miguel, lo ha descargado Sancho… - Don Lucinio – refiriéndose al valenciano, el nuevo dueño de La Rocha – me habló de que se iban a llevar el grano y la lana a Alzira y que tú debías avisarle cuando tuvieras ambas cosas, ¿no es así? - Sí Don Miguel. - Bien, avísame a mí también, que quiero enviarle unas cosas y las pueden llevar en el camión con la lana… díselo a Sancho, que le ves más a menudo, ¿me harás el favor? - Por supuesto Don Miguel, descuide… - Gracias… - y dirigiéndose de nuevo al chofer, que mantenía en marcha el motor de ese fantástico coche: - adelante, mete el automóvil en la cochera. Por la tarde, como hacía bueno y la esquila estaba ya cerca, Albertos fue a la taberna del Chato, en la carretera de Valencia, a “contratar” a los esquiladores. Allí se encontró, después de que le sirvieran un vino, con Juan Ignacio que se le acercó de inmediato con chismes calientes… - Hombre Albertos, ¿qué tal? - Aquí Juan… que necesito a un par de hombres para que me ayuden con la esquila… - Y qué, ¿mucha lana? - Y tanta… me han criao bien a pesar de los fríos, que este invierno parecía no terminarse nunca. - ¿Has estao esta mañana donde El Largo? - Sí, ¿por qué lo dices? - Le han traído, dicen, un aparato de televisión de Inglaterra… y eso que allí están en guerra… un amigo suyo que tiene contactos en el gobierno… - ¿De televisión… eso qué? – Albertos, como todos, había oído hablar de los televisores pero no había visto nunca uno pues la radio era el único aparato de tele información con el que contaba el país, ya que Televisión Española no comenzaría a emitir hasta 1956, y las televisiones se considerarían un artículo de lujo hasta años más tarde… pero sentía curiosidad ante la verbigracia de Juan Ignacio, por si le decía algo que en realidad le pudiera ser de utilidad. - Odo… el cachivache ese que sirve pá ver a larga distancia lo que están grabando… pero no le sirve de ná, porque aunque estén grabando en Londres, como va por ondas… - ¿Por ondas? - Sí, como las de la radio pero que llevan imágenes en lugar de voces… parece mentira, ¿verdad?... pues eso, que las ondas desde Londres como que no llegan tan lejos como para poder verse aquí… - Le servirá cuando empiecen pues a emitir de un lugar más cercano… ¿no? – Lo dijo sin pensar, pues su imaginación fue directa a la caja rusa… puede que esa antena que

14


llevaba, esa vara larga al lado del cristal, funcionara con ondas… como las del televisor del Largo… - Puede ser… Chato, - Dime. – El camarero y dueño de la taberna se les acercó cuando lo llamó el herradero parlanchín. - Pon dos vasicos más… y cóbrate… - Gracias Juan… - De nada Albertos… y qué, ¿a dónde se llevan la lana…? *** Los hombres habían terminado de cargar el camión el primer domingo de junio, después de tres días esquilando porque una de las tijeras se les rompió el primer día y sólo tuvieron dos para ir cortando la lana… La Rocha contaba con pocas ovejas desde un punto de vista estrictamente productivo: setenta adultas, que criaban gracias a cuatro carneros sementales durante todo el año aunque muchos de los corderitos no alcanzaban el año de edad por las malas condiciones higiénicas y meteorológicas de la época, y en ese junio de 1941 se le sumaban veinte corderas y dos machos que serían los próximos carneros para la cría. Esquilar con tijeras, por muy ducho que uno fuera en ese arte, a setenta cabezas de ganado podía dejarte la mano derecha hecha un cisco, y los finísimos guantes de cuero rebujado tampoco eran la panacea contra la típica herida en el metacarpo del dedo índice con callo enorme incluido. Albertos pagó lo acordado a los muchachos y avisó al camionero de que entrara con él en la casa, se asearían e irían a donde El Largo, quien le dijo que quería que el camión le enviase “unas cosas” a Don Lucinio con la lana. Adentro, Julia había llegado con Engracia de recogerla de la escuela y la pequeña Genoveva jugaba con su muñeca de trapo frente a la chimenea indistintamente encendida. - ¿Dónde está la jarra de agua? – Preguntó a Julia yendo a la cocina… - Debajo de la bancada, a la derecha… pero, ¿vas a coger agua de la acequia? – Preguntó algo extrañada. - Sí, baja llena… - ¡Pero si está helada! ¡Vais a coger una pulmonía si os aseáis en ella! - Bah… - se adelantó el camionero, leyendo los pensamientos de Albertos y haciéndolos propios – con el calor que hemos pasao llevando la lana p’aquí y p’allá, - hablaba con un fuerte acento valenciano – cuanto más fresca mejor, mujer. - Mojaos de poco a poco de todas formas, ¿de acuerdo? - De acuerdo, - respondió ya su marido con la jarra alta de porcelana blanca decorada con flores amarillas y azules – la dejo al lao de la motica, que bajo directamente con Antonio a recoger las cosas que El Largo quiere mandarle a Don Lucinio… - ¿Tardarás? - No creo, hasta luego. - Hasta luego; adiós Antonio. - A más ver señora. – Y los dos hombres desaparecieron en el núcleo blanco que era la luz de la tarde primaveral contrastando con la frescura y la sombra del interior de la casa.

15


Cuando llegaron a la casona de Don Miguel éste no estaba, pero había dejado a Sancho las cosas que quería enviar y el mozo se las mostró tanto a Antonio, el encargado del viaje y conductor del quejicoso Ebro, como a Albertos. - ¡Anda, la tele! – se le escapó al labrador, recordando la conversación con Juan Ignacio en casa del Chato. - Menudo invento… - bufó Sancho, - ¡no vale pá ná si no hay alguien grabando! - Hombre, algún día tendrá que tener España televisión como la tienen los ingleses… - Y los americanos. – Apuntilló Antonio, curioso ante el innovador objeto. - ¿Y ese cable…? – Albertos se acuclilló junto al televisor fijándose que se atrás salían tres cables que le sonaban de la caja rusa, eran parecidos a los que llevaban los pitorros amarillo y rojo y el que conectaba el tubo de cristal con la antena. - Son el enchufe que va a la luz y el que va a la antena, como las radios, porque funciona por… - Ondas. – Interrumpió a Sancho sin querer, maquinando y pensando en cómo hacer funcionar el artilugio ruso, ya casi olvidado en el hueco de siempre en el tunelillo de la calefacción. - ¿Y tú cómo sabes tanto? - La curiosidad, que te hace preguntar… - …la misma que mató al gato; - concluyó el camionero – vamos a cargar todos estos trastos al camión que no quiero que me coja la noche… - Vamos. Cuando el camión se alejó dirección Valencia, Albertos emprendió su camino a pie de vuelta a casa… era la temporada del año que más trabajo tenía junto con la recogida de la almendra en septiembre y la siembra invernal del trigo; porque además de la esquila, estaba la cosecha del cereal y tenía que tener bien terminada la poda de la olivera para esas ya avanzadas fechas de primavera. Como aquel año hizo tanto frío, había retrasado la poda en el olivar para que no se le helara, y todo se le había juntado más de lo que a Albertos le hubiese gustado. “Y encima tienes que arreglar la puerta de la nave…”. Se dijo viajando con su imaginación a la anquilosada bisagra de hierro enrobinado que se hubo partido el día anterior de metálica senectud. Las niñas en su dormitorio, navegando entre los nubosos brazos de Morfeo. La noche caída, con su sudario fresco de estrellas de junio, alumbrando la Vía Láctea las copas de los almendros. La chimenea encendida, y su calor de olor a olivo en su nana de crepitar y chisporroteo. El chato de vino; la botella quieta y templada; Julia más guapa que ayer pero menos que mañana. Tres besos. Hacer el amor en silencio para que nadie lo oiga… ni el Rulo. Y con dos sonrisas en las mejillas sonrosadas por el sexo y el vino, cortar cables de la radio para, sin tener la menor idea de lo que sesenta años después llamarían “electrodomésticos” o “aparatos de consumo”, tratar que aquel misterio de cristal, metal y cables, se solucionara ante sus asombrados y neófitos ojos. - A ver si te va a dar rampa… - dijo Julia, quien no solía beber, y con los dos vasitos que se hubo tomado, tenía los pómulos colorados como tomates. - Calla, que esto es más difícil de lo que parece… ¿si pongo el que no es, me refiero, si cruzo los cables, qué crees tú que pasará? – Preguntó sin levantar la vista de la caja rusa mientras pelaba los cables del enchufe de la radio cortados para introducirlos, si es que lo lograba, en los pitorros de colores. - No sé… - Ya… llevan además del color cada uno una letra, pero no parece español, sino ruso. – En efecto, el creador de “lo que fuera” había impreso una pequeña letrita en cirílico para determinar cuál cable era el de fase y cuál el de neutro. Si Albertos los ponía al revés, y

16


enchufaba a la novísima corriente eléctrica de La Rocha el “lo que fuera”, crearía un posible cortocircuito dejándolo inservible y oscureciendo toda respuesta al en noches de insomnio desesperante misterio. – A ver qué pasa. Albertos, sin cautela por desconocimiento, introdujo los cables pelados y los enroscó por dentro a los conectores. Una de las pocas tomas de corriente con las que contaba la casa se situaba a la derecha de la chimenea, cerca del muro que daba a la fachada y a media altura. El matrimonio contuvo al tiempo la respiración y, después de un segundo estando la caja rusa sobre una mesita y conectada a la luz, la tapa de metal de la parte de abajo se abrió de forma automática, asustando a ambos que dieron un leve respingo hacia atrás, y dejando ver un micrófono circular al lado de un altavoz pequeño y cuadrado, los dos protegidos por una negra rejilla de diminutos hexágonos. Un segundo más tarde, el susto terminó con el encendido del tubo de rayos catódicos y el alumbrado posterior de la pequeña y brillante pantalla. - ¿Y ese ruido? - Viene del altavoz, como el de la radio… - el aparato emitía un ruido de interferencia, un “ssssshhhhh” constante y cacofónico. - Tal vez esté estropeado… - ¡Mira! Odo… Los dos abrieron bien los ojos y afinaron su vista; de la “nieve” gris del comienzo, empezó a distinguirse una silueta en la pantalla, y el desagradable ruido cesó pasando al silencio por medio de un breve pitido. - Es una cara… - a los pocos segundos, empezaron a oír una voz salir del altavoz, sin ninguna nitidez; al tiempo que pudieron ver el rostro de un militar. Sabían que así lo era debido a que llevaba una gorra abrazada por una cinta sobre la visera, y en el centro de ésta… - ¡Es un comunista! – Una estrella de cinco puntas que albergaba la cruz de hoz y de martillo. La sorpresa se vio quizá entorpecida por otro espectáculo tecnológico más; el último de la noche pero el primero de una larga secuencia en el futuro: una placa cuadrada, entre la tapa ya descubierta y el pie de la antena, se abrió repentinamente y de los adentros infinitos del pesado maletín surgió una esfera negra de vidrio sujeta por un grueso cilindro de metal, en su centro parecía brillar un puntito rojo que parpadeaba sin frecuencia definida o regular. *** El ingeniero de comunicaciones moscovita no salía de su asombro. En cuestión de pocos minutos, se vio rodeado de todos sus superiores mirando la pantalla de su prototipo de video-teléfono. Al otro lado, Albertos y Julia callaban sin entender ni papa de lo que les gritaba, con extremado júbilo en la voz, aquel soldado soviético al que sólo le faltó llorar para añadir más emoción a su efusivo e ininteligible monólogo. - ¿Qué dice? – Preguntó Julia, quien acusaba el cansancio de todo el día zurriendo y a quien ya se le estaban cerrando los párpados. - Es ruso… no tengo ni idea… anda, vete a acostar, que yo te sigo en seguida… que no sé yo si averiguaré cómo funciona esto hoy, o tendremos que dejarlo pá otro día… - Lo único que espero, - dijo bostezando ella y enfilando las escaleras candil en mano, es que el cacharro este no nos traiga problemas… - Descuida…

17


- ¿Ispansi? – Dijo el ingeniero desde Moscú al averiguar al fin qué idioma hablaban Julia y Albertos. - … ispansi… ¡sí, ispansi! - ¿Noche? – Preguntó con ese brutal acento que tienen los rusos y los identifica donde quiera que van. - Sí, sí… dah, dah… Después el ingeniero habló en ruso con uno de los otros militares que tenía alrededor, y expresó a Albertos como bien pudo: - Mañana noche – Albertos asentía mientras el otro dibujaba círculos con sus dedos, apoyando la comunicación con el siempre universal útil lenguaje de los gestos – hablar español – Aguardó unos segundos como pensando qué decir y desplegó nueve dedos ante sí tras que el mismo con quien habló antes le dijera algo en ruso – nueve hora España, ¿dah? - Dah, dah… - dijo Albertos asintiendo vehementemente con la cabeza dándole la razón al otro de que eran las nueve cuando establecieron esa primera conexión. - Mañana nueve hablar español. - ¿Que mañana a las nueve hablamos en español? - Dah! – Sonrió el otro comprobando con extremo alivio que el español le había comprendido. - Sí… mañana hablamos… Aquel día de junio de 1942 se daría pues, la segunda conversación internacional por video-teléfono de la Historia. Albertos bajó la leche donde el Amancio. La Engracia fue al cole y Geno no paró de jugar con el Alfredo, el último corderito no sacrificado del rebaño. Julia hizo gazpacho con palomo para almorzar, guardando un plato para la cena. Albertos habló con Simplicio, el pastor de los García-Robles, en el monte de cómo habían engordado aquel año las cabras de su señorito. Y el Rulo había cazado, mostrándolo con majestuosidad canina a su dueño paseándose en torno a él con la cabeza bien alta, un erizo de grotescas dimensiones sin desatender su noble y difícil tarea de perro pastor. Y a las nueve menos cinco en el reloj del campanario de la iglesia de Santa Catalina, en la zona vieja del pueblo (si es que no lo eran todas), enchufó a solas con Julia; esta vez bien acomodados en las sillas del comedor frente a la pantalla; el artilugio ruso para ver qué era lo que sucedía… - Buenas noches… - Saludó con acento catalán el militar que apareció, tras los mismos ruidos que la noche anterior, en blanco y negro en la pantalla. - Buenas noches. – Dijeron al unísono Julia y Albertos, cogidos de la mano y sonrientes. - Antes de presentarme, debo saber quiénes son ustedes y dónde residen – El catalán cogió papel y lápiz y aguardó la instantánea respuesta; sin miedo porque Albertos consideró desde siempre que cualquier comunista era “de los suyos”. - Albertos Díaz Doménech y Julia Leal Juan, de El Pueblo, Albacete. - Gracias – Dio el papel a alguien que aparecía borroso en la pantalla y prosiguió: - Yo soy José Martorell, era soldado de la República y logré llegar a Rusia con un grupo de exiliados catalanes y pasar a formar parte del glorioso ejército de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; encantado de conocerles Don Albertos y Doña Julia. - Es la primera vez que alguien me llama de “doña”, mira. – Dijo con total naturalidad Julia; y el soldado Martorell no pudo evitar esbozar una sonrisa. - Se estarán preguntando qué es lo que tienen delante aunque es evidente para qué sirve… no obstante, para que comprendan la importancia de esta muy esperada comunicación por parte de mis superiores, debo preguntarles antes un par de cosas y

18


luego, si procede, explicarles el sentido de todo este asunto… ¿están de acuerdo con responder? – Su seriedad intimidó un poco a Albertos, pero éste se sentía deseoso de ayudar, colaborar o lo que fuera, con el ejército soviético, al que sin duda hubiese pertenecido de haber tenido la oportunidad. - Sí, por supuesto. - Estando ustedes bajo la represión fascista del gobierno ilegítimo del general Francisco Franco, tenemos la obligación de ser cautos y saber de qué bando luchó, si lo hizo usted Albertos, en la Guerra Civil y cuál es su implicación, si la tiene, en los posibles asuntos políticos de la situación actual del Estado español. Albertos se esforzó por comprender con exactitud la pregunta de Martorell y, tras reflexionar para que sus palabras fueran las más adecuadas de cuantas contaba su limitado vocabulario, habló: - Luché, como todos mis hermanos defensores de la República y camaradas comunistas, contra el bando nacional de los golpistas de Franco; estuve en Madrid y en los últimos días de la defensa de Alicante… - Martorell asentía entre orgulloso y complacido; y Julia apretaba con fuerza, otorgándole la fortaleza que su esposo necesitaba, su mano sobre su propio mandil de cuadrados blancos y azules, - y no tengo nada que ver hoy, ni tendré nunca, le doy mi palabra de honor como soldado republicano, con el régimen fascista que corta las alas de la libertad con las que ayer volaba mi amada patria. – Una lágrima templada, de nudos de garganta y gritos ahogados de rabia, se desparramó libertaria e hiriente por el filo de su mejilla. - Está bien. – Martorell había anotado todo cuanto Albertos había dicho en un papel, y pasaba ahora éste al mismo a quien hubo cedido antes sus nombres. – Ahora me toca a mí explicarle; puesto que creo en su palabra… debiera ser usted un gran comediante para sonar tan convincente si mintiera, y veo que es usted un hombre cabal y sincero; de qué se trata este aparato y la importancia que tiene para nosotros y para el desarrollo de la tecnología mundial ahora y en el futuro. El matrimonio se agarró a sus incómodas sillas de haya con el asiento de cordel trenzado, y escucharon el discurso de Martorell como dos adolescentes del futuro en el estreno de Titanic de James Cameron. - El aparato, en castellano sería llamado algo así como receptor-emisor de videotelefonía; y es un prototipo. Es decir, sólo existe éste que tenemos aquí, en Moscú, y el que tienen ustedes ahora en su comedor. Fue creado hace un par de años por uno de nuestros mejores científicos, pero lo hizo bajo el más riguroso de los secretos… tanto fue así, que no dejó notas ni esquemas de cómo reproducirlo o fabricar otros iguales a éste. El científico en cuestión resultó ser, para su propio mal al fin y al cabo, un traidor a la Madre Patria, y huyó de la Unión Soviética con el aparato portátil, el suyo, siendo hallado gracias a nuestro servicio internacional de espionaje antes de vender el aparato y la forma de fabricarlo al enemigo fascista en el sur de Francia, cerca de Marsella, por el piloto… de quien no sabíamos nada desde la última comunicación informando que se había hecho con el aparato y eliminado al elemento traidor… ¿saben ustedes qué sucedió con él? - Murió señor… - respondió Albertos recordando el momento en el barranco medio año atrás, - su avioneta se estrelló en mi bancal de almendros y me dijo por señas que cogiese el maletín antes de morir… - Entiendo… - Asintió - ¿Sabe qué ocurrió con la avioneta y con el cuerpo? - La Guardia Civil me ordenó que me fuera a dormir, y a la mañana siguiente de todo ello no quedó más que una mancha negra al fondo del barranco… ahora pasa un riachuelo por allí señor.

19


- No se preocupe… ya lo habíamos supuesto, y es una gran alegría para nosotros que el prototipo no cayera en manos de esos guardias sino en las suyas Albertos. – Tragó saliva, anotó y continuó: - Debía regresar con el aparato pero, al no poder sobrevolar el continente europeo de vuelta pues el enemigo ya sospechaba de su presencia en Francia; hubo de marcar una ruta alternativa por el norte de África repostando en nuestros sitios secretos del Mediterráneo; por ello pasó por el desprotegido cielo español al girar hacia el sur y allí tuvo el accidente. En fin, como le he dicho: se trata de un prototipo único en el mundo que desgraciadamente, y aunque en estos casi dos años sin él lo hemos intentado con perseverancia, no podemos reproducir sin el portátil ya que sus componentes son diferentes a éste a través del cual yo me comunico, por lo que es perentorio que lo recuperemos… - ¿Quiere decir que necesitan éste, el que tengo yo…? - Afirmativo. Se hizo un silencio de ceños fruncidos pensando en cómos, cuándos y dóndes. - Albertos… - Dígame. - En próximas comunicaciones, le informaremos de cuándo iremos a por él. Los ojos de Albertos se abrieron como platos al escuchar aquello. Las pupilas se le dilataron hasta copar la totalidad de su globo ocular. El corazón se le detuvo por y para siempre. El tiempo mismo se constriñó al tamaño de una aceituna. Los titanes colapsaron la entrada al Olimpo. Y el mar se hizo sobre la tierra, y la tierra sobre el mar… y vio que llovía azufre del Cielo. Todos los relojes de arena se derramarían desde ese instante en que Martorell terminase de pronunciar aquella frase a través del video-teléfono, sin cese hasta el onírico momento en las quimeras de Albertos cuando entregase el aparato a su utópico y fantástico correo. *** Los días de verano, de cosecha y harinado, de empacado del forraje y de labrado, se convirtieron en atardeceres de otoño. Del otoño de pan en septiembre, de corderos, de la siembra tras el Día de los Muertos. Que dio paso a la nieve en la sierra, y a la Navidad sin tiempo, nació la tercera: Josefa, en enero. Don Lucinio y sus excentricidades los días que aparecía. La almazara haciendo aceite de la oliva recogida al principio del año. El invierno duró lo que tardó en llegar otra vez la primavera, primavera de pañales de tela, de llanto nocturno, de zapatitos nuevos y jóvenes españoles de voluntarios en el Frente Oriental con la División Azul muriéndose y matando. De chato de tinto. De conversaciones sin ton ni son con Martorell: de Cataluña, de El Pueblo, de las chambergas y sobretodo del tiempo… del tiempo. Año de tontuna, de espera, de resaca. Año de párroco nuevo en El Pueblo y de calor estival en ese nuevo mayo… …espera hasta, como siempre a las nueve en punto, que los rusos pusieran fecha al regreso de su avión sobrevolando platónica la cresta verde y fresca, limpia y colorida, de la sierra. Albertos enchufó por enésima vez (lo hacían sólo una vez por semana, normalmente los miércoles, para que de abuso no les pillaran) el video-teléfono y saludó

20


sin ganas después de su dura jornada de trabajo en la finca a la ya familiar cara del soldado catalán: - Buenas noches José… - Buenas noches Albertos – saludó el otro con una amplia sonrisa que lo delataba – ya han decidido, por seguridad, cuándo viajará un avión a España para recoger el maletín… y, como ya nos has solicitado varias veces, a ti y a tu familia también. Albertos se quedó mudo, y dos lágrimas calientes resultaron el prolegómeno de un llanto emocionante que duraría mucho tiempo… se le hizo un nudo en la garganta al escuchar la cercana fecha y fue, como pudo, a avisar a su mujer. Dos días después México declararía la guerra a la Alemania de Hitler tras que el submarino alemán U-106 hundiera el petrolero mexicano “Faja de Oro” y murieran nueve americanos en el ataque. Pero a Albertos le importaba un pimiento aquel veinte de mayo de 1942 la Gran Guerra. Ahora, abrazado a su mujer ante la divertida mirada, aunque muy bien disimulada para no contrariar a sus superiores, de Martorell a través de la pantalla en blanco y negro del artilugio casi mágico, Albertos sólo podía pensar en la libertad que le esperaba al otro lado del todavía por dibujar telón de acero. Debían hacer pensar a la gente que nada había cambiado en sus corazones, que todo seguía igual en La Rocha… pero les resultaba difícil. Albertos o Julia, indistintamente, se sorprendían a sí mismos con una sonrisa bobalicona dibujada en la cara soñando con aquel dos de febrero del año siguiente. Martorell les hablaba de lo bonito de la capital moscovita: de sus plazas y sus edificios monumentales, de la estatua de Lenin, de la alegría del vodka a raudales, de su potencial industrial y agrícola, de su ejército solemne y glorioso que le estaba dando zumba tumba en las fronteras a las tropas nazis que llegaban del oeste… y al labrador se le hacía la boca agua pensando en que aquella Rusia era la imagen arquetípica de lo que leyó en el manifiesto de Marx y Engels, de los relatos de su padre, Raimundo, sobre la sociedad perfecta que los españoles no supieron alcanzar… y la figura de un tal Iosif Stalin, del que se negaron los asesinatos a los reaccionarios durante décadas, y de la que los comunistas solamente ensalzaron su victoria contra el capitalismo y el nazismo en la otra Europa. Ensimismado en su futuro, después de acordar un precio por el jornal del los esquiladores contratados para ese año, pasó un mal trago aquella mañana soleada de junio paseando, despreocupado y sin más que hacer por esa tarde dominical, por las calles del centro del pueblo… - ¿Qué haces hablando solo, Albertos? – la voz de Matías, su primo y Guardia, le sacó de la babia absoluta a la que se había abandonado un rato, con las manos en los bolsillos y mirando la tierra de la calle durante su infinito paseo. El gesto de Albertos, de sorpresa primero y de algo parecido al miedo después, fue totalmente captado por su primo quien, afortunadamente para el labrador, iba solo. - Te he hecho una pregunta… ¿qué estabas balbuciendo? - Na… nada primo. ¿Por qué? – Trató de pensar rápidamente si estaba enumerando en voz alta sus pensamientos, o lo suficiente como para que alguien le hubiera oído hablar de Moscú, de Stalin, o incluso del video-teléfono… “Qué has hecho Albertos… qué has hecho…”, le decía su cabeza, pasada en esos momentos de revoluciones, antes de que comenzara a hablarle levantando un poco la voz Matías: - ¿Cómo que nada? – En su seriedad que rozaba el enfado Albertos llegó a ver el fin de todos y cada uno de sus pueriles y estériles, atesorados y anhelados, sueños – Te he oído

21


decir perfectamente que… me da miedo hasta repetirlo yo Albertos; que “lo primero que harás cuando pongas un pie en Moscú será besar la tierra de la madre patria…” - ¿Yo he dicho eso? – “Cómo te defiendes ahora, cómo…” - Joder, claro… ¿en qué coño estabas pensando diciendo eso en voz alta? ¿No ves que te puede oír alguien que no sea yo…? “Un momento, no sospecha nada…” - Está bien que los rojos soñéis con lo que os salga de los santísimos cojones, - entonces bajó de nuevo la voz y agarró fuertemente del brazo derecho a su primo, entre el susto en descenso y el desconcierto – pero no lo soñéis en voz alta, por la Madre de Dios, qué te buscas la ruina primo… - apretaba los dientes y los labios mientras hablaba, como el padre que le suelta una buena regañina a su hijo porque ha hecho algo realmente malo. - Perdona primo, me habrá traicionao la cabeza… - Ni perdona ni hostias. Estás en España y en España vas a morir Albertos, y Franco va a vivir doscientos años si hace falta pá quitaros a todos los rojos esas majaderías de la cabeza, ¿entendido? - Entendido. - Y que no te vuelva a pillar cacareando de Moscú, que te meto dos hostias por muy primos que seamos, - “Uffff… de la que m’he librao…” - ¡Viva Franco y viva España! – aprovechó para hacer ver a quien, cotilla, estuviera cerca o al otro lado de una cortina traslúcida, que todo seguía el curso natural de las cosas… y además, con un gesto de “o lo repites o te reviento la cabeza”, confirmar que a su primo no se le había ido del todo la olla. - ¡Viva Franco y viva España! – Se quedaron ambos un segundo eterno mirándose a los ojos sin descubrir nada más… con la mano derecha en alto con el brazo bien extendido expresando abiertamente el saludo fascista. Cuando el corazón regresó a su ritmo normal, Albertos decidió por mayoría absoluta de los congresistas de su mente, no volver a dar paseos vespertinos ni matinales por las calles de El Pueblo. *** Un tiro en la cabeza, después de que el soldado vestido con un abrigo tupido y gris suplicara una clemencia que no halló entre frías, gélidas lágrimas, acabó con el último nazi en Stalingrado aquella tarde de febrero. Los alemanes se batieron en retirada hacia el oeste y el sur, y los soviéticos habían ganado su primera gran batalla. Todavía hoy, en San Petersburgo, si te paras un segundo y te dejas llevar por el frío viento que sopla entre sus novísimas calles de lujo capitalista, puedes oír los gritos de terror de los que murieron, a decenas de miles, en los dos bandos. … y dicen también que el fantasma de Napoleón aparece, en las noches de invierno, susurrando himnos de batalla a los borrachos… Albertos no pudo ocultar la mirada de dicha infinita que le regaló a Julia, en silencio, mientras recogían las esteras al terminar por ese día de coger la oliva en el bancal. Les quedaba mucha por cosechar, casi la mitad, pero no les importaba en absoluto… como si querían arder todas las oliveras con las que contaba la fría Rocha. Los jornaleros recibieron su sueldo por el día de trabajo que ese dos de febrero acabaría a eso de las cuatro de la tarde y quedaron con Albertos en regresar mañana al amanecer. Si se daban prisa, pensaban los que creían que el trabajo iba a continuar, lo tendrían

22


todo cosechado en una semana y tendrían que buscarse la vida de nuevo en los recodos de los caminos por si algún propietario los quería contratar. Montaron las telas enrolladas en la carreta y, como uno de los machos viejos había muerto, atizaron a los dos jóvenes que la llevaban para guardarlo todo como si ese día no fuera el más importante de sus vidas en el establo. Engracia era una niña muy, pero que muy, responsable, y cuando Julia entró mientras Albertos terminaba de desuncir a los mulos, ya le había cambiado de pañal a la pequeña Josefa, quien ya comía sólido y le había dejado de mamar, y puesto a ablandar unas judías para el caldo fuerte de la noche… no fuera a ser que el frío les helara las entrañas. - Gracias mi amor. – Le felicitó Julia y le dio un buen beso en la mejilla sonrosada. - De nada madre. - ¿Cómo se ha portao la Geno? - Bien… está arriba, durmiendo la siesta. - Anda, ve a despertarla, que nos tenéis que ayudar a padre y a mí con los hatos… - ¿Los hatos, qué a dónde vamos madre? - A un sitio muy chulo… anda, ve a despertar a tu hermana, y no hagas más preguntas. – Le sonrió con esa complicidad que otorga a los niños la suficiente intriga como para que les emocione lo que todavía no saben que les espera detrás. Hicieron las maletas, que en realidad eran sábanas formando bolsas con la ropa adentro, en el más absoluto de los silencios. Solamente las miradas hablaban por sí mismas: esperanza, alivio, felicidad, sosiego, calma, templanza; y sus respirares lentos, apaciguando sus emocionados corazones ante la expectativa de una vida mejor fuera de la España franquista que tanto les arrebató. Martorell les había dicho que no pusieran nada pesado en los hatos, sólo la maleta con el video-teléfono; que utilizaron la noche anterior por última vez para confirmar la recogida; y la ropa que fueran a necesitar, pues el sistema comunista de Stalin les otorgaría una casa para su familia y un trabajo para ambos. “Aquí la mujer es tan estimada como el hombre Julia…”; había dicho en más de una ocasión el soldado catalán; “aquí nadie pasa hambre porque todos tenemos el mismo salario… aquí no hay Dios al que adorar ni Iglesia ante la que arrodillarse, pues adoramos al ser humano y vivimos y morimos en pie… aquí todos, hombres y mujeres, militares y obreros, somos iguales y caminamos en libertad.” - Ya está todo. – Avisó Albertos enderezando su maltrecha espalda antes de sentarse a la mesa: Julia había provisto la tabla con un buen plato de judías con patata, pan de hogaza, vino tinto y queso curado al romero para el último banquete de su familia en La Rocha. - ¿A qué hora dijo que tendríamos que estar en la vereda? – Preguntó Julia, quien todavía no podía creer que fuera a vivir en Rusia, y se sentía algo abrumada por el devenir de los acontecimientos. - A medianoche: no detendrá los motores del avión… aterrizará, nos montaremos rápido y reanudará el vuelo para salir rumbo a Argelia… Julia asintió con la cabeza y cenaron en silencio. Engracia, quien era la que más se enteraba del estado de ánimo de sus padres, puesto que Genoveva no hacía más que gastar bromas y reír, supo que algo gordo estaba pasando, pero no se atrevió a preguntar nada porque, se decía a sí misma, podría estropear esa gran sorpresa que sus padres les estaban reservando… Desató al Rulo, acariciándole con fuerza el pelaje de la cabeza y de atrás de las orejas…

23


- Te voy a echar de menos… - le dijo y el perro que, por algún resorte que tienen los canes cuando saben que hay un cambio en sus dueños, comenzó a aullar de manera lastimera, tumbado sobre sus patas sin moverse de la puerta. Julia salió en ese momento y cerró con llave. Había puesto sus más gruesas y mejores chaquetas a las dos niñas, y tenía en brazos, como bien podía, a Josefa envuelta en una cálida y tupida manta de color canela. Albertos se echó los dos hatos a los hombros y, ayudado de una cuerda blanca casi nueva, se los enredó al pecho sobre el abrigo para evitar que se le cayeran por el camino. - A Rusia. – Dijo en voz alta, sonriendo abiertamente, a su esposa. Quien le respondió devolviéndole su agradable y siempre bella sonrisa: - A Rusia. - ¿A Rusia? – Preguntó Engracia, quien por primera vez fue consciente de que la sorpresa que tenían preparada sus progenitores era un viaje a un país que ella sólo conocía por ser “enemigo de España”. – Pero si esos son los malos, ¿no? - Jaja… - Albertos soltó una carcajada y la instó a seguir la marcha hasta la ancha vereda que dicen de Las Suertes, y que conecta El Pueblo con la montaña – Anda… ya te lo explicaré por el camino… ¿has pensao alguna vez en subirte en avión, Engracia? - Pues la verdad que no padre… pero sí me gustaría… Albertos suspiró, con la mente a medio camino entre la conversación atípica y jovial con su hija y las formas y colores de la avioneta que les sacaría de España, y comentó antes de que se hiciera el silencio en la compaña: - Pues hoy vas a comprobar si te gusta o no, hija mía. – La despeinó y se adentraron, candil en alto, en la oscuridad de las nocturnas y más que aprendidas sendas. Les quedaba menos de un kilómetro para llegar a la vereda cuando vieron el avión, un carguero de pequeñas dimensiones, acercarse al camino ancho para aterrizar con sus luces naranjas encendidas. - ¡Ahí está Julia! – Exclamó Albertos dirigiendo al aparato la mirada. - ¡Vamos, a correr… qué no podemos tardar mucho en despegar de nuevo! – Y todos, aun Julia con la pesada niña enmantada en brazos, se echaron a la carrera por la senda en dirección a donde parecía que aterrizaría el vehículo alado. ¡BAUM!

Detenerse en seco, y un segundo de silencio antes del… ¡SSSSSSHHHHHHHHHHHHHIIIIIIIIIIIIUUUUUUUUUUUUUGH! ¡CRASH!

Un mortero, de esos que utilizaron republicanos y nacionales en la Guerra Civil, había alcanzado el aparato, volviéndolo nube de llamas y provocando que se estrellase en algún punto inconcreto entre los manzanos de los García-Robles. - Albertos… - dijo Julia pues su marido era incapaz de hablar… - mira, la Guardia Civil… En efecto, se encendieron las luces del único coche de la Guardia Civil del pueblo, que arrancó y fue en dirección a donde se habría estrellado el avión. - Vámonos… nos volvemos, ¡rápido! – Albertos apagó el candil de aceite y emprendieron la carrera de vuelta a casa a la misma velocidad que minutos antes la habían emprendido en dirección a la libertad. Desde el cuartel de Valencia, habían avisado a todos los cuarteles por radio del sur de la provincia, del este de la provincia de Albacete, y del norte de las de Alicante y Murcia, que un avión enemigo había invadido el cielo español sin autorización, y dado la consecuente orden de derribarlo a la menor ocasión que se tuviera… lógicamente, los únicos que habían tenido dicha ocasión habían sido los guardias de El Pueblo pues allí

24


iba a aterrizar. Y habían acertado a la primera desplazando las armas guardadas después de la Guerra Civil en su cuartelillo a los caminos más anchos que bordeaban el pueblo, suponiendo que, de aterrizar, lo haría en uno de ellos… éste fue el Camino de Las Suertes, la vereda pactada con Albertos por el piloto y Martorell… y las suertes, los hados, el destino, habían querido que fuera derribado allí. Afortunadamente, si se me permite, para el labrador y su familia, de la avioneta no había quedado más que chatarra humeante y ni una pista que les condujera a ellos… sólo la incertidumbre del Sargento, quien no dejó de preguntarse desde esa noche y hasta su muerte años después por qué las avionetas comunistas tenían tanto empeño en dejarse caer por allí… Al cerrar la puerta tras de sí, con el Rulo dentro dando saltos de alegría al ver que su amo había regresado, el matrimonio volvió de súbito y sin anestesia a la cruda realidad. Albertos se quedó de rodillas, desprovisto de los hatos pero sin quitarse la gruesa zamarra, llorando en el suelo del comedor frente a la cocina baja apagada. Lo abrazó corriendo Julia, quien dejó a Josefa en el suelo, quien al despertar rompió en llanto sobre las mantas pues todavía no decía más que “madre” y “agua” a pesar de haber sobrepasado el primer año ya. Y al llanto familiar se le unió el de Engracia y el de Genoveva, quienes abrazaban con ternura y tristeza a sus padres sin entender en realidad por qué lloraban tan amargamente éstos. Presas del mayor de los desconsuelos, no se calmarían hasta mucho después, sin decir nada pues nada tenían ya que decir, cuando las tres niñas se durmieron en los regazos de Albertos y Julia, sentados todavía en el suelo del comedor, arrebujados e insomnes bajo las sábanas y mantas que habían decidido llevar. Albertos sintió que se le rompía el corazón en tantos cachos que supo que jamás sería capaz de hallarlos y recogerlos todos. Julia sólo le pedía a Dios, pues ella sí creía en el Todopoderoso del que hablaba Don Paco, el párroco, que su marido fuera el de siempre a pesar de todo, de la honda tristeza que le supondría hacerse a la idea que ya no tendría otra oportunidad para escapar… - Y si… - terminó diciendo ella – si necesitan tanto el aparato, ¿quién nos dice que no pueden enviar otro avión a por él en el futuro? Albertos asintió: no quería resignarse a perder la esperanza. - Voy a enchufarlo… a informar a José y a ver si se puede… Al sacar el maletín, y enchufarlo, un quejido que no había hecho antes el videoteléfono mosqueó a Albertos… después su desconocimiento se volvió desesperación… con la carrera de ida y vuelta, quizá, se había terminado de romper… y el prototipo del primer video-teléfono diseñado por el Hombre no funcionó nunca más. - ¿No va? – Preguntó Julia, aspirando el aire por la nariz con ojeras de llanto bajo sus preciosos ojos azules. - No cariño… no va. – Respondió su esposo suspirando… y dijo al fin: - Vamos a acostarnos, que al amanecer vienen los jornaleros a recoger la oliva y hay que estar. Cerró el maletín y lo guardó en el hueco de siempre: en el tunelillo de la calefacción. Cogió en brazos a la Engracia y la subió; Julia subió a Josefa; e hizo un segundo viaje para llevar a la Geno a la cama también… Si de la caja de Pandora en la Antigua Grecia salieron todos los males y sólo esperanza quedó. En la caja rusa que guardaba Albertos, ni si quiera la esperanza se salvó de huir flotando en el aire gélido del invierno manchego aquel febrero triste del cuarenta y tres… ni los goles de Zarra alegrarían ya el semblante del bolchevique.

25


Cuántas noches, desde entonces, Albertos despertaría entre fríos sudores provocados por la pesadilla, recordando las drásticas imágenes del derribo del último avión: la carrera con sus hijas y su mujer, lleno de felicidad el corazón; el sonido del mortero y la explosión lumínica en el aire; el estruendo del estrépito y el estallido final donde no se distinguía de negror el horizonte; el coche de los guardias, las palabras de Julia, el llanto de Josefa al regresar; y el silencio de la caja rusa, el silencio de un sueño muerto antes de empezar. *** 27 de Julio de 1953. Un grupo de oficiales del Ejército, después de que el Rey Faruk firmara su abdicación al trono de Egipto, declararon la República esa mañana estival, calurosa y festiva, de julio en El Cairo. Al mismo tiempo, en una casa de El Pueblo pues Albertos había dejado de trabajar en La Rocha un par de años atrás, Julia daba a luz a su quinto y único hijo varón: Enrique Díaz Leal. Pesó tres kilos doscientos y midió cincuenta y un centímetros. Nada más nacer, la Pepa, la lavandera de los García-Robles, que ayudó a Julia junto con la comadrona en el parto, dijo que era la viva imagen de su abuelo Raimundo, fallecido tiempo atrás. ***

26


Fig. 1. Encuentro en Hendaya de Franco y Hitler.

Fig 2. La Batalla del Ebro.

Fig. 3. Vista de Caudete, Albacete.

27


Fig. 4. Zarra.

Fig. 5. Dibujo de un Airacobra soviĂŠtico.

28


Fig. 6. Nevero.

Fig. 7. Hispano Suiza J12.

29


Fig. 8. Televisi贸n antigua.

Fig. 9. Soldados de la Divisi贸n Azul leyendo el Marca.

Fig. 10. Submarino U-106. 30


Fig. 11. Soldados soviéticos en Stalingrado.

Fig. 12. Bandera de la República de Egipto.

Fig. 13. Citroën GS.

31


Fig. 14. ABBA.

Fig. 15. Modernizaci贸n urban铆stica.

Fig. 16. Cecilia (autora de la canci贸n de entrada de la novela).

32


Fig. 16. Vidal Sassoon.

Fig. 17. Escena de “La semilla del Diablo�, de Polanski.

Fig. 18. Multicopista vietnamita.

33


Fig. 19. Amparo Muñoz.

Fig. 20. “El Lute”.

34


Fig. 21. Homenaje a los muertos en “La Masacre de Rosales� en El Salvador.

Fig. 22. Fidel Castro.

35


Fig. 23. Caja de puros habanos “Cohiba”.

Fig. 24. Muerte de Francisco Franco.

Fig. 25. Coronación del Rey Juan Carlos I de Borbón.

36


Fig. 26. Celebración del “Sábado de Gloria”.

Fig. 27. Santiago Carrillo.

Fig. 28. “Las Madres de la Plaza de Mayo”.

37


Fig. 29. Manifestaci贸n frente a El Kremlin.

Fig. 30. Tejero en el Congreso de los Diputados.

Fig. 31. Estaci贸n espacial MIR.

38


Fig. 32. Atentados del 11-S contra las Torres Gemelas de New York.

Fig. 33. Retrato de Benjamin Franklin.

39


Fig. 34. Saddam Hussein.

Fig. 35. Manifestaci贸n contra la Guerra de Irak.

Fig. 36. Reincidentes.

40


Fig. 37. Botas de hooligan.

Fig. 38. Ford Focus.

41


Fig. 39. Manowar.

Fig. 40. SimbologĂ­a neonazi.

Fig. 41. Grabado retrato de Nikolai Tesla. 42


Fig. 42. Opel Astra.

Fig. 43. Africanos en España.

Fig. 44. El último ke zierre.3

3

Fuente de las imágenes: última página.

43


1974-1982 …y ésta es la historia que mi padre añadió a la de mi abuelo, y a la que yo mi propia historia, cuando la cuente, habré de añadir. La Ciudad, 6 de Abril de 1974. El Negresco era el bar de moda en La Ciudad. Todos los jóvenes de la ciudad recientemente industrializada y que bullía de vida por todos sus rincones se daban cita los fines de semana en El Negresco para tomar una cerveza y empezar a… eso nuevo que sus padres no habían podido hacer… ligar. Pero aquel día seis de abril era un miércoles cualquiera y en El Negresco a las cinco de la tarde sólo estaban los camareros, preparando todo para a partir de las seis, cuando la gente salía de las incontables fábricas de zapatos a tomarse la primera cerveza del día antes de irse a cenar. Uno de aquellos jóvenes, que había terminado de cursar el año anterior Formación Profesional en mando intermedio, era Enrique. Salió de la fábrica con Evaristo y Anastasio, dos de sus compañeros, a las seis y media y fueron los tres en el Citroën GS gris de Enrique directos al Negresco para refrescarse y quitarse el olor a cemen o cola, piel curtida y tintes para el cuero. Los tres eran cortadores, y se pasaban las diez horas y pico de curro con el fleje en la mano moldeando los pares de piel. Como el trío trabajaba en un taller dentro de la ciudad, y no en el polígono en continua expansión, fueron de los primeros en ir llenando el bar, que contaba con una barra a la izquierda de cristal de color oscuro con ribete de madera, taburetes de escai gris y varias mesas redondas con sillas también de escai y dos grandes mesas cuadradas, a la derecha y al fondo antes de los aseos, con sofás de polipiel negra que crujían cuando alguien se sentaba o levantaba. Pidieron tres cañas y se sentaron en una de esas primeras mesas frente a la barra. En seguida apareció, cortando una conversación banal equis, la Juani – una dependienta de fábrica de bolsos y cinturones a la que le había echado el ojo Enrique y viceversa. Enrique se levantó, fue hacia ella y la invitó a sentarse con los otros dos una vez cogió su propia cerveza. - ¿Qué tal, cómo ha ido el día? – Preguntó la Juani después de tomar asiento. - Bien… como ayer… - dijo Anastasio. - Y como mañana. – Apuntó Evaristo. – Todos los días en el taller son dramáticamente iguales. - Y que lo digas… ¿vais a ver el festival de Eurovisión esta noche? Dicen que sale un grupo de Suecia o por ahí muy bueno… - Ah, ABBA… - era Anastasio el único de los hombres que había oído hablar de ellos – pero hacen una música muy rara… Enrique se encogió de hombros y admitió: - A mí me sacas del flamenco… y me pierdo. - Hay que abrirse a otras cosas Enrique, - le aconsejó la Juani, dándole un golpecito con el codo en el hombro, - muy progre para algunas cosas pero tradicional hasta la médula. - No se puede tener todo, ¿no? - Pues yo lo quiero todo, mira… - respondió la otra y compartieron una sonrisa de complicidad mutua que los otros dos captaron al momento.

44


- Bueno, - dijo Evaristo apurando la caña de un trago, - nos vamos que tenemos que pasarnos por donde el Braulio antes de cenar… - Llevad cuidado. – Aconsejó Enrique, que sabía que el Braulio era uno de los pocos que pasaban heroína en la ciudad, que ya había llegado a España y, aunque no se dijera abiertamente hasta un par de años después, ya empezaba a enganchar a muchos jóvenes de la última etapa de la Dictadura. - Descuida: sabemos lo que nos hacemos… paga tú Enrique, que yo lo hice ayer y al Tasio le toca mañana; adiós Juani guapa. – Le dio dos besos en las mejillas a la muchacha y enfiló la puerta. - Adiós Enrique… adiós Juani. – Se despidió, sin los dos besos debido a su timidez, Anastasio y siguió a su compañero de trabajo y de fatigas. - ¿Qué… enganchaos? – Dijo la Juani sabiendo que el sonido del gentío que ya llenaba El Negresco camuflaría sus palabras. - No sé hasta qué punto; pero sí. – Respondió Enrique con una sequedad impropia en él. – Bueno, ¿nos vamos? La Juani asintió sonriendo con la cabeza. Enrique pagó las cuatro cañas, y salieron a la calle, que se atestaba de gente yendo de aquí para allá terminada la jornada de trabajo en talleres y fábricas. La ciudad estaba sufriendo, como muchas otras en Alicante, una explosión demográfica y económica en los últimos años gracias a la ingente industria de la zapatería y la marroquinería. El Citroën, de asientos bajísimos e incómodos, se deslizó por la avenida como un cubito de hielo sobre una encimera de mármol. Perfiló el centésimo parque de la ciudad por la derecha y cogió uno de esos caminos que no llegan a ninguna parte vera al río, cada vez más seco. En un ensanche protegido por una hueste de sauces llorones de gran magnitud, Enrique detuvo el motor y se aseguraron de que no había potenciales mirones en los abruptos y florales alrededores… La Juani llevaba el pelo corto, Vidal Sasoon lo pondría de moda gracias a la peli de Roman Polanski: “La semilla del Diablo”, y lo tenía negro como el tizón y brillante como el azabache de los ojos de Platero. Sus pechos, pequeños y de una redondez geométrica quedaron al descubierto tras el primer arrebato, que también despasó la camisa de algodón blanco de Enrique. Abatieron el asiento del copiloto al mismo tiempo que se desnudaban lo justo para que sus ojos ardieran en deseos de poseer al otro hasta las entrañas. Él se sentó y recostó cuanto la tapicería de piel artificial le permitió para que ella, a horcajadas con sus delgadas y firmes piernas de piel blanca como la nieve mojada por la luz del sol lo atrapara para siempre. Se llenó de vaho, con el incipiente frescor del atardecer primaveral vera al río de juncalejos y bambúes, la parte interior de los cristales. Se encendieron un cigarrillo como quien quiere mantener la llama del sexo con amor acaecido por más tiempo que el orgasmo dure. Sonrieron y no dijeron nada. En el cassette Cecilia cantaba a España con su extraña voz y esa pronunciación tan castiza de la ese. El humo salió por la rendija abierta de las ventanillas con aquellas manivelas en las puertas, que uno tenía que haber hecho pesas para moverlas. Enrique supo que la amaría por toda la eternidad y… por primera vez en su relación de lo que los jóvenes de entonces llamarían, horteras como la década siguiente, esporádicos “kikis”, lo dijo en voz alta y sin miedo a cualquier otra respuesta: - Juani… te quiero. La Juani sonrió. Mejor dicho, se le iluminó la cara… - Creía que no me lo dirías nunca… y yo a ti, tontorrón.

45


Se besaron en los labios, sorteando ese bigote tan en boga que llevaba Enrique recortado sobre la boca, y el beso se hizo tan eterno como el chico deseaba que fuera su amor por ella. Después de cenar, y como ya el televisor se había convertido en el centro de entretenimiento de la mayoría de los hogares, toda España se quedó, en sus salitas, mirando la caja tonta para ver cómo un cuarteto sueco de melenas cardadas y vestimentas pseudo-futuristas, arrasaba en Eurovisión con su incombustible tema “Waterloo”… catapultándolo al éxito internacional que duraría décadas. A las dos de la mañana, los golpes en la puerta de la casa de planta baja que Albertos hubo comprado al llegar a La Ciudad a finales de los sesenta, le despertaron a él y a Julia, su esposa. Al ver a los secretas frente a la puerta ya abierta de su casa, Albertos pensó en la caja rusa; pero cuando uno de los agentes le preguntó por Enrique, el labrador sintió una extraña mezcla de sentimientos entre el alivio por constatar que éstos no sabían nada del video-teléfono que todavía guardaba y la preocupación de no saber qué pretendían para con su hijo, quien todavía dormía en su habitación, la del fondo al otro lado del pequeño patio de luces con el que contaba la vivienda. - Esperen, voy a avisarle… - dijo Albertos, dándose la vuelta y dejando la puerta abierta. - Preferiríamos despertarle nosotros, caballero. Y así lo hicieron. - ¿Enrique, el Vicente? – Escuchó el durmiente después de que se encendiera la luz. Sin entender su situación y aún en la frontera con el reino de los sueños balbució al contestar: - ¿Có… cómo saben mi nombre? - Queda detenido por asociación ilícita y práctica de actividades subversivas contra la Patria. Debe acompañarnos de inmediato. Le permitieron que se vistiera. En los ojos de sus padres había tristeza, obvia preocupación y evidente nerviosismo; pero también orgullo y una chispa ingeniosa e inapreciable por los desconocidos de ánimo y de fuerza. Una fuerza indestructible que los grilletes puestos a Enrique a la espalda nunca podrían retener. Engracia y Geno vivían con sus respectivos maridos en El Pueblo; por lo que sólo Josefa y Dolores, la cuarta, pudieron ver cómo los guardias de paisano metían a su hermano menor en “la lechera” camino al juzgado de La Ciudad, en el casco antiguo, cerca del castillo andalusí del Siglo XII. Enrique no durmió esa noche. Los periódicos provinciales hablarían de detención de un grupo de personas, con nombres y apellidos y procedencia para que todos los vecinos supieran quiénes eran, por actividades subversivas en contra de esa Patria que, en realidad, era tanto de Franco como los de esa célula o cúpula del clandestino Partido Comunista de España en la provincia de Alicante. El juicio se celebró rápido: la multicopista vietnamita y las incontables pruebas de impresión hallados en una oficina franca escondida en el taller de zapatería donde Mateo, uno de los camaradas de Enrique, había sido descubierto gracias al chivatazo de un taxista demasiado audaz y cotilla copiando el último número de “Vientos del Pueblo”, revista política comunista prohibida por el régimen franquista, eran pruebas determinantes y tajantes. Albertos, Julia, incluso la Juani, aguardaron en la calle de los

46


juzgados de Alicante, a ver cómo – al menos – llevaban a su hijo y novio al coche, furgoneta en este caso, que llevaría sus huesos a la sombra. Todos, todos, sabían de antemano que serían irremediablemente declarados culpables. Poca gente había allí salvo, como digo, los familiares o allegados a los cuatro detenidos: Mateo, Pablo, Roberto y Enrique. Afortunadamente para ellos, no acudió ningún seguidor de la doctrina ultraderechista para increpar, como lo hubieran hecho tantas veces en el pasado, a los detenidos por rojos. Las miradas de la Juani y Enrique se cruzaron el segundo más largo; los otros dos del podio de cruces fueron para su madre y su padre; y restallaron en el aire provocando una invisible explosión de fuegos artificiales azules, verdes y amarillos, pero sobretodo rojos. Rojos como la sangre. Dos meses después, la única Miss Universo española de la Historia se ponía la tiara que la acreditaba como la mujer más bella del mundo, se llamaba Amparo Muñoz, y nunca sabría que dos de los detenidos en abril en La Ciudad serían trasladados a la cárcel de Murcia. A la Juani no le gustó nada el traslado: una cosa era Alicante, a donde los días en que se le permitía a Enrique recibir visitas ella podía trasladarse sin problemas aun a riesgo de perder horas de trabajo, que le restaban del sueldo semanal, una tarde por semana. Pero a Murcia era diferente: no había autobuses de línea directos y ella no tenía carné ni coche, por lo que o bien tendría que bajar en autobús a Alicante y después coger trasbordo a Murcia, o bien pedir a alguien que le hiciera el favor de llevarla haciéndose ella cargo del gasto en gasolina. Y como Albertos había conseguido trabajo como transportista de material de obra, casi no tendría ocasiones de viajar junto a ella en el propio GS de Enrique. Al menos, se dijeron, tendrían las cartas… Murcia, 2 de Septiembre de 1974. Querida Juani, Te quiero y te echo de menos cada instante. Pienso mucho en ti, constantemente, para evitar pensar que me retienen estas cuatro paredes. Esta mañana hemos sabido, pues todavía no le hemos visto, que han trasladado aquí al Lute… el preso más famoso de España. La verdad es que me gustaría charlar con él: dicen que es un personaje inteligente. Ha aprendido no sólo a leer y escribir en sus largos tiempos entre rejas sino que además, por lo que dicen los rumores sobre él, está estudiando derecho. Sabes cuánto me gusta conocer historias como la suya: de superación y perseverancia. La comida es un asco, y creo que se me está cayendo el pelo más de lo que debiera… aunque mi padre sea una bola de billar. En fin, trato de mantenerme en forma dando largos paseos por el patio: odio quedarme sentado en esos bancos… si te contara, ¿recuerdas que te hablé del Ojos, un carterista? Ayer íbamos charlando de tonterías cuando me pidió hora: te aseguro que él iba andando a mi derecha y yo llevaba el reloj bien atado a mi muñeca izquierda; y cuando fui a dársela me di cuenta de que no llevaba el peluco donde me lo puse al despertar; y le dije: ¡Mierda, se me ha caído el reloj! Poniéndome a buscarlo por la arena fina que cubre el cemento gris del patio como un idiota… cuando el Ojos va y se pone a reír como frenético… el muy cabrón llevaba puesto mi reloj y yo no me había dado ni cuenta de que me lo había sisado de mi propia maldita muñeca! Espero que esta historia, por muy idiota que parezca, te arranque una sonrisa…

47


Te amo con todo mi corazón… cuando todo esto acabe, cuando salga, empezaremos tú y yo, solos en cualquier parte, de nuevo. Enrique. *** Murcia, 30 de julio de 1975. Aquel miércoles, a unos diez mil kilómetros de la cárcel donde Enrique se estaba quedando irremediablemente calvo debido a la mala nutrición y al par de paquetes de tabaco que se ventilaba diariamente, un grupo de jóvenes salvadoreños salieron de la Facultad de Humanidades de la Universidad de El Salvador para protestar contra la opresión del gobierno de Carlos Humberto Romero. La manifestación iba viento en popa hasta que, a eso de las cuatro de la tarde, cuando los estudiantes pasaron por delante del Hospital Rosales, fueron sorprendidos por el ejército que les lanzó bombas de gas lacrimógeno y les disparó… cuando fueron a huir, algunas tanquetas los arrollaron, matando a trece de ellos (aunque todavía hoy no se sabe cuánta gente murió en realidad pues también causaron heridos entre la gente que simplemente pasaba por allí) y limpiando con agua y jabón las calles aledañas rápidamente para que no quedase constancia de lo sucedido. Las clases existen desde que los estamentos medievales abandonaran el contexto social europeo. Don Rufino, terrateniente y propietario de la fábrica de zapatos más grande de La Ciudad, abofeteó con dureza la mejilla izquierda de su hijo, el Rufi, cuando éste se dio a la fuga tras dejar malherido a un transeúnte al atropellarlo una noche de borrachera en las calles de la ciudad. Debía pagar por ello y le cayó una pena pequeña pero le cayó al fin y al cabo. Pero Don Rufino tenía amigos: buenos e importantes amigos… Llamaron a Enrique, a Pablo (quien fuera detenido con él más de un año atrás) y a los tres presos políticos de la comarca que compartían corredor con ellos aquella mañana para presentarse en la sala de jueces, donde se veían con las visitas que pudieran tener. Los muchachos se preguntaron qué estaba ocurriendo… no era normal, y se temían lo peor: “Seguro que es un traslado: nos mandan a Caravanchel o más lejos todavía…”, se dijo una y cien veces Enrique, “o, como somos todos comunistas, quieren que les contemos si hay algo más… mierda, puede que se estén planteando una ‘caza de brujas’ afuera y nos interroguen de nuevo para hallar más posibles células del Partido… espero que no…” Resultaba obvio a priori pensar que, sabiendo de buena mano que el estado de salud del Dictador no era muy bueno, y que ya tendría pensado algún sucesor para perpetuar su idea de España, la policía se estuviera planteando terminar de erradicar los elementos subversivos, traidores, comunistas y anarquistas para, tal vez y según esta teoría, empezar la segunda etapa del Régimen con cuantos menos enemigos sociales mejor. Pero todos los argumentos de las vacilaciones del grupo de rojos que fue conducido en estricto silencio hasta la sala de visitas cayeron en saco roto al ver a Don Rufino, conocido por todos en La Ciudad debido a su privilegiada posición económica, y al Rufi, su hijo, allí. Y acompañados, para mayor desconcierto, del Director de la prisión. Éste fue, no obstante, el único que habló: - Veréis… - dijo en un tono amistoso, como si fuera un colega del barrio o algo así, - el señor Conejero me ha pedido el favor de que, ya que su hijo va a pasar una temporada en nuestra institución – “en el trullo”, pensó Enrique y sonrió, - por motivos que no son

48


mi incumbencia mencionar hoy, se encuentre acompañado de presos políticos como vosotros la mayor parte del tiempo… ya que, evidentemente, vosotros no sois como la escoria de otros corredores… ya me entendéis a qué quiero referirme, - “sí, que somos inocentes de todo salvo de creer en la libertad, so cabrón…” – y de la misma ciudad que él, ¿eh, Pablo y Enrique? – “Asiente Enrique, asiente… que no merece la pena armarla aquí…”. Los dos, en efecto, asintieron con los mentones a la vez. – Por ello va a ser de inmediato trasladado a la celda 311, contigo Pérez – Pérez era un militante del Partido Comunista de La Playa, una ciudad portuaria cercana a Alicante que empezaba a sentir la explosión demográfica que, años después, desembocaría en el auge del turismo internacional de las playas soleadas de nuestro querido Levante, - con que confío en que le tratéis correctamente y le apoyéis frente al resto de reclusos como si fuera uno de los vuestros… “Nunca podrá ser uno de los nuestros aquél que no ha ganado una sola peseta sin sudar ni pensar… nunca podrá ser uno de los nuestros alguien a quien se le otorguen privilegios que a otros les son negados por el parné de su padre… nunca podrá ser uno de los nuestros el que ni tiene conciencia social ni desea tenerla porque cree que no le tocará él ser el oprimido el día después… nunca podrá ser uno de los nuestros aquél que cuando ve una injusticia, aparta su rostro y trata de olvidar…” Y así fue como el Rufi, un niño de papá de los setenta, pasó a formar parte del corrillo de rojos que se reunía todos los días, con más libertad en ocasiones que estando en verdadera libertad fuera de los altos muros, en el patio bajo el sol justiciero del verano murciano… Aunque ese mes sólo pudo recibir una vez la visita de la Juani, otro evento alegró un poco el día a día, rutinario y pesado como cien millones de lápidas de granito negro, de Enrique; y también de todos los militantes encerrados del Partido… un mensajero del consulado de Cuba en Murcia les hizo llegar, acompañadas de una breve nota de ánimo que los guardias civiles de la cárcel ni se molestaron en mirar porque, de haber sido así, la habrían retirado y eliminado, unas cajas de puros habanos llegados directamente de la lejana y exótica capital caribeña. El mismo Fidel Castro firmaba las notas que, sabiendo ellos que podrían ser un agravante en sus largas condenas impuestas por el juez, todos memorizaron y se apresuraron en destruir. “Camaradas españoles, - a Enrique incluso le gustaba imaginar de vez en cuanto la voz del Dictador socialista cubano pronunciando esas mudas palabras mecanografiadas en papel amarillo – son ustedes un ejemplo para los socialistas y comunistas de todo el mundo. No se dejen amedrentar por la represión fascista y piensen que su labor no es, ni será jamás, en vano. Con mucho honor, F. Castro, Comandante y Presidente de la República de Cuba.” Y, sin que el tiempo fuera eterno, llegó el otoño que cambiaría al vida de todos los españoles… el 20 de Noviembre de 1975, Francisco Franco Bahamonde moría, y a Enrique lo despertaron las salvas nocturnas que disparó el Ejército en la capital murciana… contó doce, y luego otras doce más… “las de un Jefe de Estado…”, pensó en la duermevela, y aventuró en voz alta, sin querer: - ¿Las de un Jefe de Estado…? – Minutos después todos los presos del corredor estaban despiertos y murmuraban acerca de lo escuchado… aunque lo desearan, no podían creerlo…

49


Afortunadamente, la sospecha fue confirmada al día siguiente, en el comedor que contaba con televisión, cuando repitieron la noticia en los telediarios. Ante el gesto grave y serio de los funcionarios; o de su mayoría, porque no todos compartían la misma simpatía por el Régimen a decir verdad; los presos como Enrique, sentados todavía frente a las bandejas con el rancho, no supieron cómo reaccionar… es decir, cómo expresar u omitir la exteriorización de los sentimientos que afloraron en sus corazones y espíritus ante la noticia, el notición, del fallecimiento del Jefe de un Estado que los había condenado y encarcelado por considerarlos traidores, enemigos de España, y un peligro real para el resto de la sociedad. Un silencio de sepulcro, por lo tanto, reinó en el comedor de paredes blancas iluminado por plafones rectangulares que emitían luz también blanca, de lo fantasmagórico de los hospitales… de voladores sobre nidos de cucos… de canciones de héroes sobre duendes malditos. El viento, gélido en noviembre en la capital del sureste, pudo oírse incluso más que las palabras – a las que ya nadie atendía pensando en las primeras pronunciadas – de la figura en blanco y negro en el centro de la pantalla del televisor. Era, como suele decirse, una procesión de ángeles lo que recorrió el aire blanco, frío y silencioso, de aquella sala. Fue uno de los funcionarios, un guardia civil retirado, quien rompió el hielo ordenando secamente a los presos, expectantes e hirviéndoles en secreto la sangre por un nerviosismo atroz y un torrente mágico de sentimientos, lo siguiente: - ¡Venga, todos a sus celdas! Enrique tuvo unas ganas terribles de replicar un estentóreo “¿Por qué?”; pero su prudencia le ató la lengua y le hizo retroceder. - ¿Somos libres, Enrique? – Le preguntó, incrédulo y emocionado, Pablo desde el camastro inferior de la litera en la celda que compartían. - Hasta que no estemos en la calle, corriendo sobre el asfalto, no me lo creeré. Y las luces del corredor, a pesar de que el crepúsculo no teñía aún de rojo el cielo, se apagaron. Dando lugar a las quimeras de libertad que esos presos políticos de España a finales de la Dictadura tantas y tantas veces hubieron recreado. Una semana después de ese apagón en el corredor, mediante la Misa del Espíritu Santo, sería coronado Rey de España Juan Carlos I, tenía treinta y ocho años, ya estaba casado con Doña Sofía de Grecia, y sería el mayor impulsor de la democracia en nuestra extraña España… treinta y siete años después, quién le iba a decir al respetado y querido monarca incluso por los republicanos como el mismo Enrique, una cacería de elefantes en Bostwana pondría en entredicho el papel de su reinado en la siempre controvertida sociedad hispana. El invierno más largo para Enrique y sus camaradas terminó cuando llegó la primavera. En casa de Albertos, un treinta y uno de marzo, la conversación entre la Juani y sus suegros se centró, con unos buenos platos de paella de conejo encima de la mesa, en el día después: el de la liberación definitiva de su hijo y novio… - …a ver, que todavía no lo he entendido… ¿qué es eso del indulto o como se llame? – preguntó otra vez la Juani. - Si al Enrique, - le respondió Albertos despejándose la garganta con un trago largo de tinto tibio – le condenaron a cinco años… y ya ha pasado dos en la cárcel, el indulto dice que se le han de perdonar los años que le quedan por cumplir, que son tres, y salir libre y sin cargos…

50


- O sea que sale libre, pero no inocente…. – apuntó Julia. - El caso es que mañana sale y ya no vuelve a entrar… - la Juani se sentía eufórica. Había estado soñando esos setecientos y pico días con el momento en que, sin rejas ni paredes blanquecinas y espectrales; sin oídos cotillas de guaridas ni funcionarios; los dos se abrazaran, besaran, salieran a dar una vuelta, tomar un par de cañas y fumarse un canuto de maría… después de echar un buen polvo en el sonoro y pegajoso, aunque anhelado como lo que más, asiento de copiloto del GS. El día en que se fundó, en Estados Unidos, la compañía informática Apple, con diez kilos de menos que cuando entró, el bigote hecho un cisco y unas entradas demasiado pronunciadas para su edad, Enrique se puso los vaqueros nuevos, las zapatillas Paredes blancas y una camisa de Galerías Preciados para ver la luz del sol por primera vez como hombre libre después de dos años soñando con ese final. Las zapatillas eran su única visión. No deseaba mirar a otra parte. Quería contar cada paso, cada baldosa de gres sin brillo ni color definido, que separaban el olvido y la sombra de la vida bajo la cálida luz de un sol que por fin era suyo. Sentía su palpitar querer salir de su pecho: escuchar el tam tam de su corazón retumbar en el corredor, rebotando en esas blancas y perfectamente lisas paredes. Pensaba en muchas cosas y en ninguna al mismo tiempo: en el abrazo sensual de la Juani; en el beso en la mejilla de su madre; en la sonrisa amplia en la cara morena de su padre; en la legalización del Partido; en la celebración de elecciones en su amado país después de más de cuarenta años; en… - Aquí tiene sus efectos personales, - le devolvió la voz del funcionario a la realidad inmediata… - es usted un hombre libre. - Gracias. No echó en absoluto de menos que el tipo no se despidiera con el ya obsoleto “arriba España”, o el siempre recurrente “viva Franco”, de los que en verdad no quería volver a oír hablar en su vida. Cogió la cajita de cartón blanco y ni si quiera la abrió; asiéndola bajo su brazo izquierdo – fumaba con la mano derecha un Goya – hasta llegar a la última frontera con el mundo democrático, la valla de salida junto la garita del puesto de guardia para los centinelas. En la avenida, haciendo un paréntesis el planeta en su movimiento rotatorio y conteniendo el aliento cada molécula que componía el Universo, le esperaban su padre y la Juani apoyados en el Citroën gris al otro lado de la calzada. Una dicha indescriptible hizo aparecer lágrimas en sus ojos, y atar fuertemente un nudo en la garganta, al fundirse en un ansiado y enternecedor abrazo con sus dos seres más queridos junto con su madre, quien no había podido ir y aguardaba, como si Enrique todavía tuviese cuatro años, el beso de su hijito en casa. El abrazo duró, en silencio y todos derramando las más sinceras y emotivas lágrimas de su Historia, varios minutos… hasta que, con gritos libertarios incluidos; que se propagaron como pólvora encendida en la luenga fila de vehículos allí… … también les aguardaban periodistas, del Información de Alicante de La Verdad de Murcia, para cubrir la noticia. Afortunadamente para sus famélicos estómagos (no les habían dado desayuno) los reporteros les invitaron a desayunar en un bar cercano y los libertos tuvieron a bien responder cuántas preguntas les hicieron. *** La Ciudad, 9 de Abril de 1977.

51


Enrique estaba de rebaje: lo había pedido él, del servicio militar ese fin de semana. Los spray de pintura acababan de hacer su llegada al país, y lo que en el futuro se convertiría en un instrumento de libertad artística para varias generaciones de jóvenes grafiteros españoles, ese apodado Sábado de Gloria sirvió para que otro tipo de jóvenes expresara su júbilo infinito, como el que el propio Enrique, la Juani, y Albertos y Julia, sentían… iba a ser legalizado el Partido Comunista de España. Pero no fue todo dicha cuando Santiago Carrillo firmó el auto de legalidad del partido del cual era candidato y venía presidiendo desde el sesenta… a pesar de que en casa de Albertos hubo fiesta hasta bien entrada la madrugada: de marisco y vino blanco, de costillas asadas a la brasa en el patio interior, y de güisqui con refresco de cola y cigarrillos de madrugada, con todas sus hijas y yernos, y nietos reunidos, a los comunistas de raza, españoles que habían seguido con sus actividades parapolíticas bajo la temible sombra de la dictadura franquista, se les quedaría esos días posteriores ante las apariciones públicas de la nueva cúpula del Partido un sabor agridulce en el paladar… - …camaradas, - expresó Carrillo – los nuevos tiempos precisan de nuevas formas…4 para poder integrar nuestra ideología en el concepto actual de Estado español, debemos adaptarnos y olvidar, así aparece en nuestros estatutos, el regreso a la República, aceptando así la monarquía parlamentaria de cuyo congreso formaremos amplia parte y así serán escuchadas nuestras propuestas de forma democrática y… - ¿Qué está diciendo…? – Preguntó abiertamente Enrique, quien no podía creer que el secretario general del Partido Comunista de España estuviese aceptando la monarquía parlamentaria y, en consecuencia, la democracia burguesa y el capitalismo sin más. - Se han moderado, - acertó a responder Albertos – están mucho tiempo fuera de España: se han hecho… cómo dijo El Rojo en el bar el otro día… ah, sí: eurocomunistas… - Pues sí que la hemos hecho buena… después de todo lo que hemos luchado los que nos quedamos aquí, esperándoles para darles el poder… - En fin, tal vez Don Santiago tenga razón… y haya que aceptar ciertas cosas para que acepten ciertas cosas nuestras… A Enrique esa valoración no le hacía nada de gracia, pero la aceptó dando un nuevo trago al vino, y siguieron la comparecencia en la Casa de Campo de Madrid de los nuevos dirigentes de ese Partido por los que muchos dieron su vida, o parte de ella como el propio Enrique encarcelado casi tres años por defender su “causa”. Veintiún días después, las Madres de la Plaza de Mayo iniciarían su primera marcha frente a la Casa Rosada de la República de Argentina… y en un callejón de La Ciudad ocurriría un suceso que poco importaría al entonces presidente argentino, Jorge Rafael Videla… El Braulio había aceptado ese “bisnes” a pesar de que no le agradaba demasiado, por no decir nada, la pinta de su nuevo proveedor… pero le pasaba la mandanga más barata que el anterior, y podía pillar más cacho. Lo que significaba, a grandes rasgos, que podía meterse él más de forma gratuita. Evaristo y Anastasio fueron a pillarle el día anterior, notaron algo extraño en el camello, pero acuciados por el mono creciente no le dieron importancia…

4

Este texto es totalmente ficticio, ideado por el autor y nunca fue realmente pronunciado por Santiago Carrillo.

52


Solían, ya que se habían ido a vivir juntos a un piso de alquiler del centro de La Ciudad, chutarse a solas en la intimidad de su salón para que nadie les molestara. Un par de horas después de hacerlo, Evaristo se levantó aturdido… - …menudo colocón… - las palabras se le atrancaron y la habitación le daba vueltas: contaba con un armario grande lleno de libros con la tele en el centro, una mesa de cristal en medio de una alfombra de pelo gris y dos sillones… - Anastasio, - le dijo dirigiéndose a tientas al sillón donde el otro todavía se hallaba tirado – el Braulio éste nos la ha jugao… esto no vale una mierda… Anastasio no respondió, seguía sin moverse; y Evaristo se acercó más, hasta estar rostro frente a rostro. La cara de Anastasio no se movía un ápice, y sus ojos… conforme se iban aclarando los de Evaristo para verle mejor… parecían abiertos… - ¡Anastasio! – Le gritó asustado al comprobar que, efectivamente, los ojos del chico estaban abiertos y sin luz… - ¡No me asustes, coño! Lo zarandeó, creyendo que lo haría regresar de un limbo utópico en el que estaba atrapado. Pero lo único que consiguió al hacerlo fue que el cadáver le lanzara un esputo blanco y muy espeso, manchándole la sudada camisa de cuadros blanquinegros. - An… Anastasio… - dijo convirtiendo el nombre de su difunto mejor amigo en un hilo lamentable y quejicoso. El cuerpo, sentado ahora Evaristo junto a él en la alfombra de pelo gris, se desplomó cayendo del sillón, como un muñeco roto, exento de todo vestigio de vida. El mismo día en que Elvis Presley era hallado muerto por un ataque cardíaco provocado por el abuso de drogas, el dieciséis de agosto de ese año, un totalmente rehabilitado Evaristo se marchaba a Ciudad de México con promesas de una vida mejor al otro lado le charco, y en casa de Albertos recibirían una inesperada, aunque increíblemente grata, visita… A la puerta llamaban tres hombres: dos altos, rubios y de claras miradas tras sendas gafas de cristales ahumados; el de en medio era de la estatura de Albertos, y su cara… conocida. - ¿Albertos… eres tú? – Preguntó sin poder esconder a pesar de los años transcurridos su deje catalán. - ¿Ma… Martorell? En efecto, el joven soldado republicano con quien tantas veces habló Albertos a través del todavía no comercializado (y ni inventado para la opinión pública) videoteléfono, se había convertido en un funcionario destacado del régimen soviético… y había aprovechado un viaje oficial a Madrid para conocer en persona a su viejo amigo y, como resultaba evidente, interesarse por hasta ese día bien escondido cachivache. Enrique y la Juani llegaron cuando ya los tres bolcheviques estaban “instalados”, y el catalán y su padre hablaban alegres y distendidos sobre todo lo acaecido en el periodo de tiempo en que no supieron el uno del otro. El video-teléfono, cerrado en su maletín, presidía la pequeña mesa camilla donde Julia, que también se contentó mucho de tener allí a Martorell, había dispuesto una cafetera y una tímida bandejita de galletas variadas. - Ah… pasa Enrique, - le dijo su padre cuando éste asomó desde el pasillo, - éste es mi hijo, el que estuvo en la cárcel… Enrique, es Martorell: el soldado con el que tu madre y yo hablábamos cuando el aparato éste funcionaba… - ¡Vaya! – Se sorprendió gratamente Enrique. – Mi padre me ha hablado mucho de usted: me ha contado mil veces la historia de la avioneta estrellada…

53


- Sí… encantado Enrique… y… - le dio la mano al chico y se interesó por quien le acompañaba. - Juani. - Encantado Juani. ¿Ella también está al corriente? – Preguntó después de estrecharle la mano a la chica y sentarse nuevamente en su silla. - Sí, descuida… - respondió el que fue labrador – es de la familia, y tan comunista como cualquiera de nosotros… Martorell sonrió aunque ninguno de los presentes sabría jamás si realmente se fiaba tanto de ellos como lo aparentaba. - Es un honor, - comenzó refiriéndose a Enrique, - estar con un camarada que, tan joven como lo eras cuando te encarcelaron, se haya jugado la libertad y el tipo por defender la causa y rebelarse contra la autoridad nacional-católica. - Muchas gracias: es un halago viniendo de usted. - El gusto es mío, te lo aseguro… me gustaría quedarme más tiempo, pero me temo que no puedo. – Se levantó, y en el acto lo hicieron tanto los dos gorilas como Julia y su marido. - ¿En serio? ¿No os quedáis a cenar? – Inquirió Julia. - No Julia; pero infinitas gracias por tu invitación… es maravilloso saber que estáis bien, y que seguís igual de firmes que hace treinta años… Todo eran halagos, cumplidos y sonrisas. Martorell y Albertos se abrazaron y aguardaron, sosteniéndose las miradas reconociendo el honor en la del otro, y unos segundos antes de despedirse definitivamente: - Tengo una sorpresa más para ti, Albertos… - el padre de Enrique lo miró extrañado cuando el catalán sacó un sobre coloreado de papel del bolsillo interior de su chaqueta – son dos billetes de avión a Moscú de ida y vuelta. - ¡¿Cómo?! - Me ha costado convencer a mis superiores de hacer este gasto extraordinario: pero he conseguido unas vacaciones, con todo pagado, de una semana en Moscú para ti y para Julia como invitados del Kremlin. Nos veremos dentro de un mes e iré personalmente a recogeros al aeropuerto. Desde que el coche oficial cedido por la embajada soviética doblara la esquina hasta el momento de viajar a Madrid para coger aquel avión (ambos viajarían, además, por primera vez en ese todavía asombroso para muchos españoles medio) que les llevara a la capital moscovita; la pareja no tendría otra cosa más que ese soñado viaje rondándoles la cabeza. Lo que ocurriría, no obstante, con el prototipo y su futura aplicación del homólogo sin nombre del ARPANET soviético, todavía hoy, cuarenta años después de que Martorell lo regresara a Rusia, continua siendo para el mundo un enigma. 15 de Septiembre de 1977. Cuando el ruido de los motores del avión cesó, Albertos sintió el mayor de los alivios que jamás había sentido: si hubiera tenido un dios, le hubiese rezado todos los rosarios en el tiempo que aquel gigantesco cacharro estuvo en el aire. Al bajar del aparato, notaron de inmediato el drástico cambio climático: tanto de temperatura como de humedad, que se les caló en los huesos para no ser arrebatada esa sensación de frío interno hasta dos días después, cuando sus cuerpos se aclimataron a la meteorología moscovita.

54


Martorell, como prometió, les esperaba en el inmenso aeropuerto. Tras los saludos y la cortesía, el catalán los llevó a su hotel; muy cerca del Kremlin y la Plaza Roja, donde solían hospedarse los primeros turistas como tales que iba recibiendo, con los Juegos Olímpicos del 80 a la vuelta de la esquina, la insólita y hermética Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Como Martorell tenía mucho trabajo, un guía del hotel que chapurreaba algo de español les ayudaría a conseguir cuanto desearan; si estaba a su alcance; en su breve estancia en la Ciudad de San Jorge. Éste se llamaba Iván, tenía las pupilas azules como el cielo en verano y, pese a su juventud… veintipocos… era muy educado y su gesto sereno y actitud calmada le hacían parecer mayor. Debido al ‘jet-lag’ aquel primer día el matrimonio decidió no salir y descansar. Ninguno de los dos había pegado ojo durante el viaje, y se sentían extraña y sorprendentemente agotados “aunque no hemos trabajado”. El segundo día, cuando el amanecer despuntaba en el este, bajaron a la cafetería del hotel a desayunar, y salieron junto con Iván para visitar, cómo no, los edificios que rodean la enigmática y carismática Plaza Roja de Moscú. Julia gastó, nada más salir, todo el carrete de veinticuatro fotografías de su Canon comprada exclusivamente para el viaje en imágenes de las cuatro cúpulas y la techumbre central del pintoresco tejado del Kremlin: fue la residencia de los zares en la capital hasta que ésta se trasladó a San Petersburgo y, al término de la revolución bolchevique de Lenin, se quedó como edificio gubernamental perdurando así hasta nuestros días. - …parece una postal, ¿eh Albertos? – Preguntó a su marido, maravillada por el colorido del palacio y sus extravagantes formas. - Ninguna de las torres es igual a otra… en las fotos ya se apreciaba pero desde aquí, se habían situado en el centro de la plaza – se ve perfectamente que cada una tiene una altura y tamaño diferentes… - …sí… es precioso… y mira: el sol ilumina la estrella roja de la punta… - Está hecho adrede. – Dijo, sorprendiendo a los otros y con un marcadísimo acento ruso, Iván. En efecto, a esas horas tempranas de la mañana, la luz del este hacía brillar fulgurante la estrella metálica pintada de rojo que coronaba el Kremlin como una tiara de diamantes la testa de una princesa. Después de descubrir todas las maravillas cuantas Iván tenía permitido mostrarles; y como ya no volvieron a ver a Martorell salvo en la cena de despedida que ocurriría más tarde; al cuarto día en la ciudad, Julia y Albertos no sabían qué hacer más que bajar al bar, que contaba con una sala con una gran cristalera que daba a la avenida, y entretenerse viendo el ir y venir de la gente por la estrecha acera plantada de abetos y cedros que dividía ambas direcciones. Albertos ya había notado su presencia antes, pero no había podido concretar si era real o no hasta esa gris tarde del diecinueve de septiembre. Era un muchacho: tendría poco más que la edad de Enrique, y se dedicaba a barrer el borde de la calzada de una punta a otra de la larga avenida para regresar por el sentido contrario, y comenzar de nuevo su dura y repetitiva tarea. El chico iba vestido con un uniforme muy parecido al de los militares que habían visto ensayar sus desfiles para el tercer verano después de ése, pero de una tonalidad más oscura, y desprovisto de gorra… - Iván… - dijo Albertos sin retirar la vista del barrendero justo cuando un policía urbano se le acercaba, le decía algo mientras el muchacho asentía con la cabeza, y se marchaba

55


casi sin haberse detenido - ¿qué hace ese chico, barriendo la calzada, si ya está limpia, hora tras hora y día tras día? - Es un reaccionario… - dijo Iván con su inconfundible acento, - ha sido condenado… a barrer la calle. - ¿Sabes qué ha hecho exactamente? – Se interesó Albertos… una idea macabra le rondaba la mente; nunca dejó de mirar al chico. - Seguramente esté siendo reeducado… en la ideología del Partido, ¿me hago entender? – Iván no quería decir abiertamente, aunque el matrimonio español fuera un invitado directo del Gobierno comunista, que aquel muchacho había sido condenado a un trabajo forzado sin sentido por no seguir el comunismo… por pensar de forma diferente a la autoridad establecida. - Entiendo… - dijo en un susurro y asintiendo con la cabeza. Acto seguido miró a Julia, quien el devolvió la mirada sabiendo lo que su marido estaba pensando: “como Enrique, que fue encarcelado por actividades subversivas contra el régimen franquista…” Quizá el barrendero era un liberal, incluso un demócrata o un librepensador de derechas… - Al fin y al cabo, - dijo Albertos a Julia cuando estuvieron amparados por la soledad de su habitación después de cenar en el restaurante del hotel – el autoritarismo no entiende ni de izquierdas ni de derechas… - ¿No te has dado cuenta de la cara de la mayoría de la gente, Albertos…? Muchos parecen normales y felices sí… pero otros tantos… es como si se les hubiese arrebatado el alma… - Respondió Julia. - Siempre has sido más inteligente que yo. – Le dijo y la cogió de los antebrazos, se sonrieron comprendiéndose y se besaron de manera tímida, como si se acabaran de conocer. – Creo que hay una palabra para eso… “autómatas”… - ¿De dónde la has sacado? – Preguntó Julia, extrañada y divertida. - De ese escritor ruso de ciencia ficción… Isaac Asimov… - Cariño, - sonrió – Isaac Asimov es estadounidense. El viaje de regreso, muy temprano al séptimo día, fue muy diferente que el de ida. Albertos no le hizo el menor caso a los ruidos del aparato ni a las turbulencias. “Sin libertad, nada sirve de nada”; se dijo y repitió mil veces… “la Unión Soviética no es comunista”; escribió Julia en una libreta que nadie leería salvo yo años más tarde, antes de relatar su historia, “sí existen las clases: sólo el reloj de Martorell ya valía más que los dos televisores de la sala de descanso del hotel… en el comunismo todos son iguales, y en el Moscú que yo he conocido no trataban igual a Iván, nuestro acompañante que eso sí: se ha portado con nosotros estupendamente, que al director del edificio, a quien todos supe que hacían la pelota aun haciéndolo en ruso. El comunismo no debe ser impuesto, sino una elección personal basada en que todos disfrutemos de la misma vida de riqueza, repartida equitativamente por igual ésta entre la totalidad de unos ciudadanos que se quieran como verdaderos hermanos… y la imagen de aquel barrendero era el vivo reflejo de mi Enrique paseando por el patio de la cárcel de Murcia. En Moscú, el único comunismo que he visto ha sido el de los uniformes de los militares ejercitándose en la Plaza Roja; y en las risas, escasas, de las trabajadoras de una factoría textil cotilleando al salir de la misma una vez acabado el jornal de la mañana. Repito, para que de ello si a alguien le vale en el futuro quede fehaciente constancia: Rusia, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, puede ser muchas cosas, pero jamás la consideraría comunista”.

56


Nada volvería a ser igual, ya no brillarían con esa intensa y nítida, entusiasta luz, los ojos de Albertos cuando hablara de la lejana Madre Patria. *** 23 de Febrero de 1981. El cámara de Televisión Española Pedro Francisco Martín que engañó al guardia civil en el Congreso dejando aparentemente en negro la pantalla está considerado, todavía hoy, una especie de héroe. Enrique y la Juani se habían casado el verano anterior y vivían en un ático del barrio nuevo de La Ciudad, un poco más al este de la casa donde continuaban viviendo Albertos y Julia… Enrique había conseguido reunir el dinero suficiente como para montar su propio taller de corte y confección de patrones para el calzado y, como jefe, había cerrado a cal y canto el local antes de hora en cuanto saltó la noticia del asalto de Tejero a la cámara de los Diputados. Habían dicho que los tanques estaban recorriendo las cales de Valencia y eso no molaba nada… - ¡Vamos! – Casi ordenó a la Juani después de recogerla, sacarla a rastras mejor dicho, del trabajo y llegar los dos a su recién estrenada casa – Hagamos las maletas… si el Golpe de Estado no fracasa, los primeros en caer seremos los militantes comunistas. La Juani hizo las maletas y pensó en si sería mejor ir a Francia con sus tíos o a México con Evaristo. Y Enrique cerró todas las ventanas y persianas del ático; armó y cargó la escopeta que había sido de su padre; y se sentó frente al televisor con el arma entre las manos y la Juani a su lado en el sofá hasta que sucediese lo que tuviese que suceder. Los minutos se convirtieron en horas. El ocaso afuera dio paso a una noche clara de invierno con una luna llena, amarilla redonda e inusualmente gigante, que parecía que se estrellaría de un momento a otro contra las azoteas de La Ciudad, ensartándose en las antenas. En la televisión, la carta de ajuste con música variada de fondo, el mundo para los españoles se había detenido; congelándose de manera tenebrosa e incluso escalofriante por un tiempo desconcertante e indefinido. No cenaron: no les entraría nada y… cuando la Juani ya dormía en el regazo de Enrique con el cañón de la escopeta haciéndole cosquillas en la punta de la nariz, la carta de ajuste mutó y una imagen borrosa emergió de la nieve en la luminosa y convexa pantalla de aquel puntero Radiola. - Mi amor… - despertó a la Juani, - es el Rey. La Juani se quitó el sueño pasándose los nudillos por los párpados y se incorporó… A las siete de la mañana, en el conocido por todos los zapateros del polígono viejo como el Bar de la Rubia, Enrique y sus compañeros celebraban el golpe de autoridad del monarca en pro de la Democracia a pesar de ser republicanos. Como los maestros zen que crearon la tesis filosófica de la armonía, representándola en el mandala antiguo del yin-yang, el principio activo-masculino depende del pasivo-femenino y viceversa; o, como dicen los revolucionarios de fin de semana o neohippies de este siglo XXI: en lo malo siempre hay algo bueno y algo malo en lo bueno, simplificando de forma patética siglos de sabiduría oriental… aquellos comunistas pro-republicanos confesos, que enarbolaban todavía la hoz y el martillo a pesar de que muchos moderarían poco después su discurso uniéndose a la todavía

57


inimaginable Izquierda Unida, en esa mañana del ochenta y uno se convirtieron en uno de los gremios, de forma extraordinaria y puntual, que más apoyaran la figura de Don Juan Carlos I como verdadero artífice de la Democracia. *** La Ciudad, 21 de febrero de 1982. Tres días después de que comenzara el juicio contra los implicados en el Golpe de Estado en España de 1981; dos días después de que la Unión Soviética enviara al espacio la estación MIR; y el mismo día que Manuel Fraga, ex ministro del gobierno franquista encargado de la cartera de turismo, fuera reelegido presidente de Alianza Popular… nací yo. ***

58


2001-2009 Y, por último, esta es mi propia historia y… quién sabe, tal vez esté totalmente equivocado en cada una de mis razones – de igual modo, viéndolo desde aquí, tampoco me importa si estoy o no en lo cierto o si la certeza en sí existe -, el motivo de haber plasmado la breve pero intensa historia; este cuento sin hadas que cualquier familia española ha podido vivir; de los míos… de mi linaje, de mi corazón a la izquierda, del rojo de mi sangre. La Capital. 20 de Septiembre de 2001. Nueve días; sólo nueve días; habían transcurrido desde el mayor ataque contra Estados Unidos en su territorio de toda la Historia. Dos aviones secuestrados por terroristas del extremismo islamista, cumpliendo órdenes de un todavía por aquel entonces desconocido Bin Laden, se estrellaba cada uno en una de las Torres Gemelas, o en inglés el World Trade Centre. Murieron más de seis mil personas en tan sólo unas pocas horas y está considerado el peor ataque terrorista ocurrido hasta el día de hoy. Pero en La Capital era el primer día de clase para los estudiantes de primero en la Universidad Nacional, y Enrique II era uno de ellos. Había pertenecido a la última quinta que cumpliera con el servicio militar en España y pese a que todo el mundo le aconsejó que pidiera prórroga por estudios para librarse, él decidió ir por voluntad propia… y así ser adiestrado, aunque fuera mínimamente, en el uso de armas. A las diez de la mañana, ciento veinticuatro desconocidos entraban en tropa en un aula grotesca, con el suelo inclinado hacía un atrio ancho en el que daría su clase magistral un profesor que todavía no había llegado, y una pizarra cuádruple en la pared. Al principio ninguno destacaba, pero los que se sentaron a ambos lados de Enrique II en seguida percibieron su notable presencia: a su metro ochenta y cinco de altura y noventa kilos de músculo, se le unían la chupa de cuero abarrotada de insignias comunistas, los pantalones vaqueros elásticos con las botas inglesas de hooligan marrones por fuera, y la cabeza rapada con una estrecha y corta cresta tintada de rojo sangre en el centro de esa bola de billar. Aquella clase de “Metodología e Historiografía” sería la primera de cientos de otras. Enrique II pensó, desde esos primeros garabatos sobre el papel que parecían apuntes, que había sido todo un acierto escoger estudiar la Licenciatura de Historia en la prestigiosa universidad pública de La Capital. Como todavía no se sabía la ubicación de todas las aulas de la inmensa facultad, decidió – y lo hicieron muchos primerizos o novatos como él – comer en la cafetería de la planta baja y esperar allí a que se hicieran las cuatro para las clases de la tarde. Se sentó solo; pero como las mesas eran para ocho, pronto se le unieron, aparentemente de forma aleatoria aunque en seguida Enrique II descubriría que no era así, tres muchachos con pintas de lo que entonces solían llamar los demás “alternativos”. Desde ese momento, Enrique II aun sin saberlo sus nuevos compañeros tuvo en el pensamiento “convencerles” de lo en que él ya era todo un experto pese a su corta edad… Las conversaciones, esos primeros meses de carrera en al cafetería de la facultad, irían radicalizándose más y más conforme Enrique II, a quien ya todos allí llamaban Kike, ampliaba los argumentos de sus interminables pero contundentes disertaciones políticas; tronando como solos de batería de razonamientos en llamas en

59


las mentes más impresionables que la suya, y que había ido logrando que estuvieran a merced de su implacable y serena voz… - …si la gente quiere ser guiada, como ovejas al matadero, por los gobiernos; da igual que los sociatas o los peperos sean quien estén en el poder porque son la misma cosa; qué les den… allá ellos: creen que tienen el poder, o parte de él, porque viven en una democracia occidental, y no pueden estar más equivocados: el pensamiento único del capitalismo se reduce, si te abstraes y lo miras tanto en profundidad como con una perspectiva más amplia al mismo tiempo, en pensamiento cero. ¿No os dais cuenta? Mientras los politicuchos se lían a discutir sobre vanidades en el Congreso, nos van amaestrando… domesticando como a animalitos de compañía… - Sí… - los otros sonreían: Alex, estudiante de Historia venido de un pueblo perdido en un lugar de la Mancha cuyos ojos, negros igual que su pelo rizado, brillaban imaginando lo que Kike relataba de su particular “utopía”; Fercho, nativo de La Capital que cursaba primero de Historia del Arte, obsesionado con la pintura ultrarrealista de regímenes pseudo-comunistas y fascistas como el de Pyongyang; y Joan, un punkarra estudiante de Filosofía, que se había convertido en la mano derecha de Kike en casi todo cuanto éste hacía, que medía casi dos metros pero estaba tan delgado que le sobresalían las rodillas en esos sarmientos a los que llamaba piernas entubados en sus mayas rojas de tela elástica; entre otros, que iban y venían… - Es como dicen los de la Unión Comunista5: hay que hacer frente al pensamiento único porque, como lo era antes la religión, hoy el consumismo y la imitación del modelo yanqui tienen al pueblo enajenado y sin pensar en lo verdaderamente importante para su bienestar social… - apuntó Fercho. - Ya… pero la Unión Comunista sólo hace que hablar, parlotear, sin mover un dedo por lo que predican… se llenan de lo que ellos llaman “filosofía o pensamiento Mao Tsetung” la boca pero, ¿qué han hecho por la publicidad de la misma? ¿y por su aplicación práctica? – Rebatió Kike, alzando la voz para otorgar de mayor autoridad a su retórica - ¡Nada! Han admitido, no de forma declarada claro está, - sonrió irónico – las reglas burguesas aunque las critican constantemente; pero si les hablas de la lucha, ¿qué hacen? Balbucear y agachar las orejas. No creen en una revolución real… - ¿Te refieres a una rebelión armada? – Inquirió Fercho. - Por supuesto. – Kike cambió su semblante por uno más serio y severo. – Cada día que pasa; cada minuto que muere sobre el cadáver del minuto anterior; este puto país, nuestra jodida Patria que nos fue arrebatada en el golpe franquista, se hunde más y más en la mierda capitalista que unos traidores, uniéndose a la ‘jet’ burguesa y monárquica, firmaron como democracia… ¡y una mierda democracia! ¿Sabéis quién fue Benjamin Franklin? - Uno de los firmantes de la Carta Magna estadounidense… - Exacto… y uno de los políticos más inteligentes que ha dado la Historia Contemporánea… pues bien, ese Franklin capitalista que nos intentan vender sus herederos no existió como tal… el tipo sabía que el sistema, por venir todavía entonces y que se estaba germinando a finales del siglo XVIII, sufriría un colapso de forma inevitable, describiendo lo que ocurre hoy en Europa admitiendo, visionario y genial, que cuando los bancos y los mercados privados internacionales… esto es, la globalización, - todos asentían, expectantes para oír el deseado final de esa disertación magistral – se apropiaran de la gestión del dinero de los Estados, la dependencia de éstos de los mercados convertidos en reales disponedores del capital del pueblo sería tan brutal que las naciones dejarían de ser las dueñas de sus arcas, supeditados sus intereses 5

Partido ficticio creado para la redacción de este relato.

60


nacionales, sociales y populares, a los intereses económicos y mercantiles de las sociedades bancarias. - …joder… - Sí… ¿dónde está pues el poder del pueblo? ¿…dónde está entonces la democracia? Se hizo el silencio y, después de chocar los cuatro botellines de tercio en el centro de la mesa, los apuraron de un único trago. *** La Capital. 15 de Febrero de 2003. Hacía frío. Unas gotas repicando en el último recodo de la tubería que descendía desde el tejado a la calle indicaban que había estado lloviendo copiosamente hasta hacía pocos minutos. La noche, en invierno, caía muy pronto sobre los tejados y las antenas de la gran ciudad. No hacía ni pizca de viento, y el sonido del agua corriendo al lado de las aceras y vertiéndose, por decalitros, en las rejillas de las cloacas de la Gran Avenida era lo único que se oía en ese tramo de asfalto. Habían cortado la ancha y larga arteria de la circulación para que la macro-manifestación discurriera, lúdica y pacífica ‘a priori’, por ella de punta a punta. Ah, y el latido exactamente acompasado de los corazones de los antidisturbios rodeando las lecheras. Todavía ni un solo estadounidense, de uniforme claro, había pisado territorio irakí. Pero todo el mundo se olía que el ejército de los Estados Unidos irrumpiría en el país donde nació la Civilización – Mesopotamia – y se vivía, dictador Hussein incluido, más o menos bien y con tranquilidad elaborando alfombras persas entre otros menesteres. Por esa amenaza, tan inminente como un nacimiento a la cuadragésima semana de una gestación, miles de ciudadanos de todo el mundo se manifestaban contra tal ilegítima intervención. En La Capital no sería distinto que en Madrid, Barcelona, Londres. Chicago o Seúl… y un río, que era un mar de cabezas visto desde arriba, ya torcía la última esquina extendiéndose cual agua derramada en el barro por la Gran Avenida que aguardaba quieta, silenciosa, expectante… …aquel gato, romano de rayas naranjas pintando su lomo ocre, fue el último ser vivo que pasó por delante de la ‘tête de la course’ de la manifestación antes que las cámaras de las distintas cadenas de televisión filmaran la marcha. Los antidisturbios, aguardando un porcentaje en el final del trayecto: la Plaza del Ayuntamiento; y otro custodiando las aceras en los puntos por sus superiores elegidos e indicados; por el momento estaban tranquilos… pensando quizá que todo iría bien; que los manifestantes se irían cada cual para su lado; y que estarían pronto de nuevo en la comisaría quitándose esos pesados uniformes y concretando el bar al que irse a tomar unas birras, como cualquier ser humano, después del curro… pero los más realistas, quizá también, sabían que siempre, en un grupo de gente que únicamente desea expresar su opinión de forma conjunta y pública se infiltran, odiosos y traicioneros, los radicales… Tras una batukada en la plaza, y cuando ya muchos iban abandonándola, los antidisturbios fueron avisados… Kike y Alex se apretaron bien las palestinas y ajustaron las gorras rojas con el símbolo del Partido Comunista en las viseras; aprovecharon que un grupo ingente, de unas doscientas personas tal vez, pasaba por en frente de la fachada del Banco Central para encender, sin que los manifestantes pacíficos se cercioraran, los cócteles molotov que hubieron preparado antes. Los cristales se rompieron y la gasolina comenzó a arder

61


en la antesala donde se hallaban los cajeros. Simultáneamente; sincronizados previamente los relojes; Fercho y Joan, también camuflados entre otro grupo de gente y con idénticas gorras y palestinas blanquinegras, hacían lo propio en el amplio ‘hall’ de unos grandes almacenes. Antes de correr, con presteza y precisión estudiadas y mil veces ensayadas, las pintadas “ABAJO EL CAPITALISMO” en los grandes almacenes, y “NO A LA DICTADURA MERCANTIL” en el banco… con spray rojo incluyendo la hoz y el martillo. Algunos se dejaron llevar por el caos: corriendo de aquí para allá mientras los antidisturbios trataban de localizar a los vándalos, y otros alimentando el odio y la polémica imitaron a los autores al final de la calle prendiendo un contenedor y rompiendo cuantos retrovisores de coche se iban encontrando… Otros increparon “a los de la gorra roja: han sido ellos…”, indicando a los agentes especiales de la policía por dónde habían huido los frenéticos culpables. Habían concretado salir corriendo cada uno hacia una dirección diferente, y así lo hicieron, deshaciéndose de la gorra y la palestina tirándolas a la primera papelera o contenedor que encontraran “seguro” y guardándose los guantes de lana que ocultaron sus huellas en algún recoveco de su grueso ropaje invernal. Kike deceleró y continuó andando; se había dejado el pelo largo para no ser identificado como ‘redskin’ tras el atentado; cuando supo que ya no le seguían y, con fortuna, cogió el primer bus nocturno que le devolvería a la seguridad del barrio donde vivía en un piso compartido. Minutos después, y quitándose todos un gran peso de encima, celebrarían los cuatro en un ‘after’ que no cerraba hasta las diez de la mañana, su “victoria” con infinitas y heladas a pesar del gélido aire de afuera jarras de cerveza. La Capital. 23 de Marzo de 2003. Se había estado fijando en ella durante todo ese mes… habían terminado al fin los exámenes del primer cuatrimestre de tercero y la cosa le había ido francamente bien. Otro par de sobresalientes, una matrícula de honor y un aprobado raspado… la paleografía no era lo suyo, no señor. Ella se llamaba Estrella, y era argentina. Y tenía, para la opinión de Kike, los ojos más imponentes que jamás hubieran traspasado, como lo hicieron, el gélido corazón del muchacho. Suspiró profundamente y, dejando que Alex siguiera hablando de lo que fuera con Fercho y Joan, pasando totalmente de ellos ante el ceño fruncido del primero, se levantó de la mesa donde la cerveza de celebración por las notas se estaba calentando y fue hacia donde Estrella estaba, charlando a su vez con un par compañeras cuyos nombres, por indiferencia, Kike desconocía… - Estrella, perdona si te interrumpo… - Decime Kike. – Le sonrió, se conocían de clase y habían intercambiado apuntes en más de una ocasión aunque el sentimiento que devoraba ahora las entrañas de Kike no había aparecido, como digo, hasta hacía poco más de un mes. - ¿Irás a la mani esta noche? - Sí… tenía pensado ir con Karen y Azu… - se refería a las otras dos… Kike pensó que ese acento argentino, de Buenos Aires exactamente, le mataría uno de esos días… - ¿por qué?

62


- Ohm… - tragó saliva y se hizo el valiente: aquello era más difícil que “las cacerías” en las que se enfrentaban hordas de ‘redskins’ contra las huestes ‘skinhead’ de la ciudad – nada, era por si tomábamos una cerveza antes de ir tú y… tú y yo… je… - sonrió con timidez y Estrella, sorprendentemente, le devolvió la cómplice sonrisa – solos. - Claro… - Kike creyó despegar en ese momento, estaba levitando. - ¿Dónde querés que quedemos? - ¿A las nueve en La Jarra… te parece bien? - Allí estaré. - Vale. Estrella asintió, mirándole con una ternura novedosa incluso para Kike que le ensanchó el corazón hasta límites todavía insospechados. Se había liado con alguna que otra tía a pesar de no haber tenido novia nunca… pero la mayoría eran punkis que sólo querían, como él, echar un buen polvo y dejarse de chorradas románticas. Pero con Estrella, con Estrella era diferente… Frente al espejo, a eso de las ocho, Kike ya se había duchado y afeitado. Ya no llevaba el pelo rapado ni cresta porque tenía a la poli detrás todo el rato… y sabía que le iban siguiendo la pista en los bares de la Plaza Ágora, el lugar de ocio nocturno para los “alternativos” de La Capital. En lugar de encasquetarse la chupa con las insignias comunistas, eligió la cazadora de piel marrón que le regaló su madre años atrás; y en lugar de unas mayas o unos elásticos, se puso unos vaqueros azules casi nuevos… eso sí, debajo de la sudadera con el logotipo del grupo de rock “Reincidentes” llevaba su impertérrita camiseta roja con la hoz, el martillo, y las siglas “CCCP”… “Por si las cosas se ponen chungas”, solía decir, “y hay que sacar la bandera…”; y, también obvio, se calzó las botas de hooligan con la punta de acero porque “una mani es una mani”. Bajó a las nueve menos cuarto a La Jarra; un garito donde ponían heavy metal bajito para que la peña pudiera hablar en las mesas que rodeaban, como bien podían, los dos futbolines centrales; que se situaba en la zona de arriba de la Plaza Ágora. Se pidió un tercio y un chupito de tequila y se sentó en una de las banquetas de la barra, de madera y redondas, coja como todas las demás allí. Poco después Estrella entró con esa mirada verde como la marihuana en septiembre y la hierbabuena en junio, y el pelo suelto, castaño claro, cayendo a ambos lados de su cara perfecta bajo una cinta ancha de color marrón. Y esas caderas un poco pronunciadas, dejando ver que era una mujer y no un esqueleto lo que había debajo de esa ropa ancha, casi hippie, pero elegante a la vez. Kike creyó morir, y resucitar, todas las veces que pasos anduvo la argentina hasta llegar a él. - Estás guapísima, acabas de iluminar este antro, que no te merece, con tu presencia. – Le dijo saliéndole el verso de lo más íntimo del alma. - Es precioso lo que acabás de decir, - le sonrió ampliamente, - vos también estás muy guapo, ¿te afeitaste? - Sí… - ¿Por mí? – bromeó aunque lo decía en serio. - Sí… - Sos encantador, ¿lo sabés? - Vas a conseguir que me ruborice… - Ya lo hice. – Y volvió a sonreír, dejando ver esa dentadura latinoamericana perfecta, blanca y alineada cuyo sabor Kike se moría por descubrir…

63


Y se perdió en el limbo del tiempo la conversación hasta que, sin saber ninguno de los dos por qué, estaban cogidos de la mano por debajo de una de esas mugrientas mesas de madera granate, besándose los labios como si fuera lo primero que hicieran al renacer. De la mano se presentaron donde todo el mundo. Atestados autobuses y metros, por pasar un poco de esa presión que uno siente cuando está rodeado de cientos de desconocidos, cogieron un taxi que le llevó al centro… bueno, hasta donde se pudo en el centro, pues ese día, como hacía un mes pero más a lo bestia, se daba la mayor concentración de personas en denuncia por la intervención del país persa, Irak, por los ejércitos estadounidense, británico y… como mosca en leche, español. La Capital vibró, para cualquier opinión que recuerde esos días de trueno, de un modo colosal y violento ante esa invasión que, para cualquier opinión que recuerde esos días de trueno, seguirá siendo ilegítima y vergonzosa hasta el mismísimo final de los tiempos. Pero en lo que a Kike, y a Estrella a partir de ese primer beso de transbordadores espaciales atravesando la estratosfera, respecta… un problema más inminente que la muerte de soldados españoles, inocentes que cumplían órdenes, en el desierto de un país lejano se les presentó en un callejón adyacente a la Gran Avenida, testigo omnipresente y mudo de los gritos y las consignas pacifistas del pueblo… … dos tipos, de cabeza rapada y bomber negra pasaron muy cerca de Kike y Estrella, que se encontraban entre un grupo más grande de manifestantes con pancartas y esas cosas… los dos tipos, pensando que no habría nadie como el estudiante de Historia entre los presentes, increparon al grupo haciéndose los valientes con insultos políticos y luego le dedicaron un par de “¡Viva España! ¡Viva Franco! ¡Sieg Hail!” que no tenían nada que ver con una guerra imperialista del capitalismo montada en un territorio oriental rico en petróleo… pero que desencadenarían un absceso de ira en Kike, quien no se pudo retener pese a que Estrella tiró de su brazo con todas sus fuerzas en un par de ocasiones. Todavía uno reía la gracia de su camarada con la palma de la mano derecha extendida en alto cuando Kike apareció de entre la multitud y asestó una patada en el estómago del que reía… incapaces de reaccionar gracias a la presteza y la agresividad del estudiante, recibieron cada uno un puñetazo, directos a la cara, que los dejó atontados. Después, cogió al que tenía más cerca… a todo esto se oían más que los golpes los gritos de Estrella rogándole que por favor se detuviera… y le estampó la cabeza contra la valla metálica de una tienda de ultramarinos noqueándolo; al otro, cuando sacó un puño americano para golpear con más fuerza a Kike, le practicó una de esas luxaciones aprendidas en hapkido arrebatándole el arma y le dio dos codazos en la mandíbula que lo dejaron inconsciente… no contento con eso, los golpeó a los dos mientras estaban en el suelo con esas duras puntas de acero de sus botas marrones… - ¡Dejálos ya! ¡¿Sos un animal o qué?! – Le dijo Estrella, con lágrimas desbordándole los párpados inferiores ante la imagen de un Kike que ella no reconocía - ¡¿Estás loco?! Kike no sabía qué responder, sentía hervir la sangre dentro de sus arterias… y el odio, el magnífico y embriagador odio, apoderándose de toda su persona convirtiéndolo en un semidios invencible. Ante el silencio y la falta de reacción de quien todavía no era su chico, Estrella salió corriendo… Kike recordaba haberla llamado un par de veces durante esa carrera, pero no pudo moverse… no hasta que se fijó en las caras de miedo, de auténtico terror, de los presentes, mirándole con repulsión. - Joder… - acertó a musitar, y salió corriendo… no tardarían mucho en aparecer un par de polis preguntando a la gente qué había sucedido...

64


Casi una hora después, lo que se tarda en ir andando desde la Gran Avenida al portal de la finca donde se alojaba Estrella, Kike llamaba a su timbre… tenía una extraña sensación que no había sentido antes nunca… y, maldita sea, sabía cómo se llamaba: “culpabilidad”. - ¿Quién es? - Soy yo… - ¿Qué querés? - Hablar contigo… si me lo permites. Estrella pensó, desde que cogió el taxi de regreso, rota en llanto al contemplar la brutalidad de la que era capaz Kike, hasta ese momento, millones de veces en no volver a dirigirle la palabra pero… pero ella no podía negar lo que ya había empezado a sentir por él mucho antes de que Kike le pidiera esa cita. Y después de respirar profundamente, cerrar los ojos y dejarse llevar… durando todo ese proceso de reflexión silenciosa con el auricular pegado a la oreja cinco largos, sempiternos, minutos… musitó haciendo audible lo que le dictaminaba, por mucho que la mente no lo desease, el corazón: - Sube. Estrella se durmió entre los brazos de Kike, los dos acurrucados en la pequeña cama de un solo cuerpo de ella, y él pudo sentir la respiración pausada y el ritmo calmado del corazón de quien amaba junto a sí. Él, en cambio, no podía pegar ojo. Estrella se los había abierto de par en par con su sola tierna palabra. Siempre creyó en esa confeccionada y estudiada demagogia que repitió hasta la saciedad: la lucha armada; el todo para todos; el espíritu antisocial contra el sistema establecido. Un discurso radical y ultra-violento lleno de odio, de ideas erróneas o mal interpretadas, que con el tiempo y la reiteración se habían convertido en su modo de vida. Despacio y en el más estricto silencio, Kike se levantó y fue al balcón… a pesar de que hacía bastante frío, se encendió un cigarrillo sin apetecerle en realidad para quedarse un rato ahí, en calzoncillos y camiseta de manga corta, para reflexionar sobre cada argumento que le dio Estrella. “No puedes seguir así,” se dijo, “si quieres ser un ser humano, un hombre, y dejar de ser lo que eres: una bestia, un animal…”. “Ella tiene razón, pronto serás un historiador o un profesor… darás clase a críos, a adolescentes… qué dirán de ti si saben que debajo de la camisa y el pelo recién peinado hay un extremista, un violento radical…” - Ha ocurrido tan paulatinamente, - dijo en voz alta exhalando el humo blanco de la última calada – que no me había mirado en ningún espejo para saber que me he convertido en un fanático. Y en su cabeza escuchó su propia voz preguntar: “¿Qué diría el yayo Albertos si supiera la que vas armando por ahí…?” Regresó a la cama. Los ojos despiertos, verdes e inmensamente preciosos de Estrella lo analizaron desde el nido de sábanas. - ¿Cómo te encontrás? – Le preguntó con voz queda, incorporándose. - Mejor… Kike se sentó junto a ella, que cogió una flor de marihuana de un cenicero ornamental con la bandera de Jamaica como recipiente, y los dos permanecieron en silencio mientras la chica liaba un canuto largo y estrecho. - No tengás miedo de cambiar, si sabés que será a mejor. – Sentenció sonriendo con una elegante mixtura de ternura y comprensión; encendió el porro y se lo pasó a Kike. - ¿Me vas a ayudar?

65


- Es mi destino. *** El Pueblo, 12 de Noviembre de 2005. Aquel día de aquel crudo invierno (los otoños ya habían dejado de existir por aquel entonces) la Real Academia de la Lengua Española y la Asociación de Academias de la Lengua efectuaron la presentación del “Diccionario Panhispánico de Dudas”… y Kike se presentó en casa de su padre, que se había hecho una casica de campo a mediados de los noventa, con Estrella para presentarla, oficialmente, como su novia. Después de trabajar en distintos talleres, tanto de su propiedad como para otros, la crisis económica de los ochenta había resultado con Enrique, el hijo de Albertos, probando suerte de albañil… y así, con el anhelo de regresar al Pueblo desde el primer día en que se marchó, consiguió fin de semana a fin de semana levantar una casa con primera planta, cobertizo y cochera en un terrenico que compró a las afueras… Hacía tiempo ya que La Rocha estaba abandonada, y sólo pasaban por el camino de enfrente algunos ciclistas haciendo ruta y los corredores de quad en el Campeonato Provincial de Cross cada siete de septiembre. Julia los vio entrar en la casa, por la puerta del jardín, la de la marquesina que daba a las cuarenta y pico oliveras que Enrique había plantado allí, y se los quedó mirando como si no los conociera de nada… Sus ojos brillaban con una luz que, desgraciadamente, tenía nombre de un doctor alemán, y que si se pronunciaba evocaba el miedo: tenía alzheimer, y su vida y su memoria se disipaban día a día en la niebla que provocaba esa enfermedad. - ¿Qué tal yaya? – Se sentó a su lado Kike y le cogió la mano derecha, su piel era suave como un pañuelo de seda sin estrenar. - ¿Quién eres? – Le preguntó la anciana, sonriendo. - El Kike yaya, el Kike. - Ah, mi nieto. – Afirmó alegrándose por la visita sin saber realmente si estaba alegre… - ¿Y ella? – Se dirigió a Estrella, repasando con sus ojillos entrecerrados el rostro de la chica. - Ella es Estrella yaya, mi novia. - Es muy guapa. - Gracias señora. – Respondió Estrella. – Mucho gusto en conocerla… Cuando la cena estuvo preparada, la Juani dio primero de cenar una papilla especial a Julia, quien se durmió acto seguido en el sillón reclinable de la esquina del salón, y luego dispuso la mesa con la ayuda de Enrique, Estrella y el mismo Kike. - ¿Iván no va a venir? – Preguntó Kike por su hermano menor, se llevaban cuatro años. - No… ha quedado con los amigos, - respondió su madre, - suele cenar en la guarida casi a diario mientras ven una película o juegan a la ‘play’… - Sí que deja la obra, ¿no? – Bromeó Kike. Su hermano había decidido no estudiar y continuar con el trabajo de su padre; Enrique era maestro de obra e Iván su mano derecha en el pequeño pero próspero negocio familiar. - Por si la burbuja estalla, que lo hará… - comentó entonces Enrique – le he abierto un plan de ahorro y, como soy el que le paga, le retengo parte del sueldo todos los meses… si por él fuera, se lo fundía todo en el mismo momento en que se lo doy… - Haces bien… porque todo tiene su fin, y esta buena racha no durará eternamente…

66


Se sentaron y la Juani tomó la palabra; Enrique y ella trataron de comportarse con la mayor normalidad posible ante la primera visita y toma de contacto con su nuera, se sentían casi eufóricos con su presencia, ya que eran plenamente conscientes de que Estrella había supuesto una auténtica revolución en la vida de su hijo. Un cambio a mejor que, en ese par de años conviviendo en La Capital, había convertido al Kike prepotente, agresivo e impulsivo en un chico callado, comedido y… quién se lo iba a decir, agradable. - ¿Y qué, os quedáis toda la semana? - Sí, - respondió Kike, - no hay ninguna clase importante estos días. Y este curso tenemos los exámenes del primer cuatrimestre más tarde… por lo que hay mucho tiempo por delante… - Acabaremos los dos en julio… - comentó Estrella, queriendo entrar en la conversación y no quedarse a un lado. - ¿Luego tendréis que hacer el CAP, no? – preguntó la Juani. - Sí… los dos queremos ser profesores… La conversación en casa de Enrique tocó muchos temas; todos excepto el de la muerte de Albertos. Kike se lo nombraba a Estrella a menudo; sin embargo, le sorprendió muchísimo que nadie se refiriera al abuelo durante al cena y la breve velada viendo la tele tras ella. Por ello, basándose en la sólida confianza que habían logrado construir ambos en su relación, cuando se fueron a acostar en la antigua cama de Kike, en su dormitorio de la primera planta, ella preguntó: - Oí Kike… perdoná, ¿qué le pasó a tu abuelo? Nunca me lo contaste… - Tranquila, es por mi padre… siempre acaba llorando cuando hablamos de cómo murió porque se querían mucho… - se abrazaron y dieron un beso bajo la manta; a oscuras, prosiguió: - Albertos siempre tuvo una salud de hierro… apenas fumaba y en los últimos años si bebía, era un chato de vino con la comida o la cena cuando lo hacía; no obstante, dicen que empezó a sentir un fuerte dolor en el pecho, y que cuando fue a hacerse las pruebas le detectaron un tumor maligno en los pulmones… después de una primera operación, meses después de la detección, se dieron cuenta de que sería imposible retrotraer el cáncer; y murió casi un año más tarde… por lo que fue un proceso lento y doloroso que, por eso, a mis padres no les gusta rememorar… se ve que lo pasaron muy mal. - ¿Qué edad tenías…? - Como seis años… murió el otoño del ochenta y ocho. - Qué lastima… - Sí, ah… ¿sabías que fue el primer hombre, junto con un soldado catalán de la Unión Soviética, en hablar por videoteléfono de la Historia? - No me tomes el pelo… - Eh, qué es en serio… un día tenemos que pedirle a mi padre que nos cuente esa historia… es genial… Aquella semana en El Pueblo le sirvió a Kike, habiendo pasado en Londres todo el último verano con Estrella, de reencuentro con el pasado. No se juntaba ya con el trío calavera, ni si quiera con sus colegas de antes de que cada uno volara a vivir su vida después del instituto. No obstante, y como Fercho conocía a gente de El Pueblo, éste le había llamado para quedar a tomar unas cervezas el sábado por la noche “en el garito de siempre”. Gracias a que Kike y los muchachos nunca pertenecieron a una macroorganización ‘redskin’, no le fue difícil en absoluto dejar ese mundillo extremo y “reconvertirse”… si bien al principio el trío no vio con buenos ojos que Kike se pirara y

67


los dejase en la estacada, con el tiempo lo comprendieron y había entre ellos una relación cordial a pesar de no ser íntima. De cualquier modo, el fin de semana en que, ese lunes, se cumplía el aniversario de la muerte de Francisco Franco, allí estaba Fercho: en el portal del garito de siempre, saludando con el puño izquierdo en alto y una amplia sonrisa, cuando Kike aparcó su Focus justo en frente. Estrella, sin rencor por nadie, debía obviar cada vez que los viejos amigos quedaban el evidente hecho de que echaran la culpa a la chica de la marcha de Kike del grupo. Así lo hizo y saludó amablemente a Fercho, quien le devolvió los dos besos en las mejillas. Al entrar, un epiléptico “Black wing of fire” de Manowar les dio la bienvenida junto con el calor de la peña haciendo air-guitar, bebiendo kalimotxo y reventando los dos futbolines de la izquierda. Después de éstos y la barra sin ángulos, había un pilar forrado de cartón piedra que emulaba un árbol, la cabina del disk-jockey y, tras un espacio diáfano con bancos de madera alrededor, el acceso a los baños del fondo. - ¿Y eso… qué haces por El Pueblo? – Preguntó a Fercho cuando los tres ya tenían su tercio y se sentaron en los bancos de madera. - ¿Te acuerdas de los Bandera Roja? - ¿El grupo de oi? - Sí… pues he venido de su parte para hablar con el dueño del garito pá ver si quiere que toquen en diciembre un viernes… - …son un poco fuertes para este sitio, ¿no? - Ya hemos quedado en que toquen sólo versiones punk de toda la vida… nada de música radical… - Mola… En solamente una hora el garito de siempre se abarrotó hasta los topes. De tal modo que los chicos tuvieron que abandonar su cómodo asiento de madera y ahora, con otro tercio en la mano, se encontraban apoyados en el lado interno del árbol de cartón… nadie lo vio entrar, o tal vez sí pero no le dieron la merecida importancia, pero Barbi, un cabezarrapada de poca monta conocido de El Pueblo, entró a saco en el garito y, al primer cogote que vio, atizó con su puño americano de acero con todas sus fuerzas… para salir corriendo como alma que, evidentemente un poco después, perseguiría el Diablo. La mala pata no fue eso, sino que el cogote fue el de Fercho, cuyo viejo amigo Kike vio desvanecerse sin saber qué estaba ocurriendo hasta que, el minuto después, se mancharía la mano derecha del chorro de sangre del cráneo de Fercho al intentar enderezarlo… La música cesó. El dueño del garito cerró las puertas y llamó a la Guardia Civil. Y el Barbi se fue en el Opel equis de sus colegas… había pasado la prueba; de esas que se suelen hacer cerca del aniversario del ex Generalísimo; para entrar en un grupo fascista o neonazi de ámbito nacional con todos los esperpénticos y dudosos honores. *** Estrella y Kike fueron juntos al hospital a ver al pobre Fercho. Estaba inconsciente, sedado debido a las múltiples drogas que debían administrarle para mantenerlo “estable”. Sus padres, entre llantos, les habían confirmado algo que Fercho no sabría hasta despertar y que, por tanto, él mismo no podía hacer enchufado a todos esos aparatejos médicos incomprensibles: el golpe le había movido una cervical, dejando inservibles las conexiones nerviosas que pasaban por la misma, y dejando al

68


muchacho de veintitrés años paralítico de sus extremidades tanto superiores como inferiores. - Este hijo de puta nos la va a pagar… - le dijo al yaciente Kike cogiéndole de la mano – voy a vengar lo que te ha hecho, lo juro… Kike estaba tan dolido, ahondando en los odios del ayer, que no se percató del gesto de Estrella al oírle pronunciar ese dramático juramento. La chica, su amada, pensó en que ese hecho podría devolverles al antiguo Kike: al matón ultra-comunista que no distinguía entre el Bien y el Mal, y era capaz de, como el bárbaro que había hecho aquello a Fercho, dejar paralítica a una persona defendiendo unos tácitos, erróneos y por supuesto obsoletos y equívocos ideales. La suposición, desafortunada y tristemente, de Estrella se convirtió en hecho cuando, al salir por el quicio de la habitación de Fercho, ella trató de acariciar la espalda de su chico recibiendo, egoísta y vengativo, algo muy parecido al estufido de un felino… - Kike… - le susurró tratando de suavizar el ambiente. - Ni Kike ni nada, Estrella… cariño, - se dio la vuelta, tragó saliva y, con los ojos hundidos en lágrimas que se había jurado que no saldrían de allí, sentenció: - hay momentos en que un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer… - se giró y la dejó ahí, en la soledad blanca del pasillo oliendo a inocuo gel. “Pero vos ya no sos un hombre… otra vez”; pensó sin pronunciar palabra y, haciendo de tripas corazón o algo similar, le siguió lentamente hasta encontrarlo en el coche, esperándola. No se dijeron nada. Quizá no había nada qué decir… Estrella sabía perfectamente que Kike, en esos momentos de rabia e impotencia tras acabar de ver a su amigo postrado en cama, no atendería a razones; y lo mejor era dejar que pasara el tiempo y rezar, rezar muchísimo, porque la policía encontrara a ese Barbi antes que él. Kike, por su parte, sólo podía pensar en una cosa… y no eran los exámenes del primer cuatrimestre de cuarto de Historia precisamente… sino en la cara de Barbi y su propio puño americano, puesto en los nudillos de Kike, atizándole una y otra vez como una maza de acero negro partiendo una roca de yeso en una cantera de los años treinta. Hasta convertir esa faz de neonazi en un mapa de sangre, mocos, y músculos y huesos destrozados que se pareciera más a una pizza de pepperoni, carne picada y salsa de tomate estrellada contra el suelo, que a un ser humano. Estrella habló con la Juani, y ésta con su hijo. Pero no consiguieron hacerle entrar en razón. Había resuelto vengarse y, si su novia y su madre le conocían, por mucho que ellas no quisieran que fuera así, sabían que consumaría su vendetta sí o sí… - Ten paciencia Estrella, por favor, - le rogó la Juani la última vez que hablaron, a espaldas de Kike, en persona las dos – si al final él no hace nada, te necesitará más que nunca para desahogar toda la frustración que ahora siente… parece rabioso, tú lo conoces, pero en realidad no siente furia en su corazón… sino una tristeza que sólo los más sensibles, por duros que quieran parecer, son capaces de sentir… ten paciencia Estrella, te lo suplico, porque sé que te va a necesitar más que a nadie en este mundo, más que a sí mismo quizá… *** La Capital, 4 de Enero de 2006.

69


Al principio del año de Nikolai Tesla; celebrando el 150º aniversario del nacimiento del célebre croata, inventor y descubridor de los campos magnéticos; el día en que falleció la primera víctima de gripe aviar en Turquía, la relación de Estrella y Kike, aunque no había terminado oficialmente, se hallaba más fría que un témpano de hielo colgando del techo de un iglú en el círculo polar ártico. No lo habían dejado en realidad, pero como si lo hubieran hecho… Estrella llegó a hartarse, por mucha paciencia que tuvo y que su suegra le había suplicado tener, del mal humor constante de Kike buscando infructuosamente al Barbi ese de los cojones que nadie sabía dónde se había metido… Nadie excepto un chivato. El día anterior, el tercero del primer año de crisis económica en Occidente, llegó a oídos de Kike el paradero o escondrijo de Barbi. Acto seguido Kike llamó a un antiguo colega, perteneciente a los ‘redskins’ desde casi que éstos existían en La Capital, y le pilló un arma… pasó la noche en vela planeando el ataque y, exactamente a las diez de la mañana y sin decir ni pío a sus padres o a Estrella de lo que iba a hacer exceptuando una escueta nota del lugar y el cómo en su mesita de noche, se presentó en el punto A que le llevaría, inexorablemente, al punto B… El frío sol de invierno le vio aparcar el Focus perla metalizado a dos calles del objetivo. El barrio no era ni el mejor ni el peor de la ciudad, pero a Kike le extrañó que un ‘skinhead’ se ocultara en una barriada con alto número de inmigrantes aunque trató de restarle importancia. Dos nigerianos charlaban en un inglés imposible incluso para los británicos de sus cosas en la esquina. La calle era estrecha, con coches aparcados a ambos lados con los retrovisores laterales plegados, de ese asfalto gris claro por el desgaste, con un par de bocas de alcantarilla que, indistintamente, soltaban un vaho maloliente. En la peluquería china, en la puerta, un asiático con gafas anchas de sol hablaba por teléfono a gritos… seguramente de las tríadas, dando la orden de ejecución de algún compatriota en la lejana y bulliciosa Shangai. No había nubes, pero aquella fachada amarilla y ocre se situaba en la umbría, por lo que se notaba más el frío allí que al otro lado del asfalto, donde ya daba el sol y los vecinos habían abierto las ventanas para que su luz calentara, lo que le fuera posible al Astro Rey, el adentro de aquellos viejos apartamentos de techos altos. Frente a la puerta que le indicó el chivato, de madera gruesa tosca y pintada de un granate anticuado, había un Opel Astra de color blanco sin metalizar aparcado… “a estos tipos les encantan los coches alemanes…”, pensó casi susurrando y pisó la colilla del cigarrillo, bálsamo de intranquilidad en sus entrañas, que había venido fumando. Sus actividades ilícitas del pasado habían conllevado ciertas praxis, entre las mismas, el saber abrir las puertas sin disponer de sus correspondientes llaves. Así, sacó unas ganzúas y llavecitas que tenía asidas a un aro de aluminio y, tras probar un par de veces mirando a los nigerianos que parecían no percatarse de su actividad, logró abrir el portón granate y entrar en el submundo de aquel vestíbulo de paredes encaladas y manises grises y desgastados. Una vez allí, sacó el arma: un revólver cromado semiautomático, y se dispuso a bajar los escalones que le separaban del sótano. A cada peldaño su corazón parecía sintonizarse con sus pasos, bombeando al tiempo que descendía, transformando el camino en una sintonía lenta, pesada, pero rítmica y serena al mismo tiempo. “Aquí es”, se dijo al estar frente a la última puerta: pintada de blanco con estrías que hacían ver el color original marrón de la madera de haya.

70


- Sin ganzúas ni mierdas tío, - dijo en voz alta para convencerse del paso que iba a dar ¡a saco! Y violentamente empujó con el hombro la hoja cuyas bisagras se abrieron, entrando arma en volandas en el pasillo estrecho del apartamento que antaño sirvió al portero, cuando aquel barrio era digno de señoras y caballeros. - ¡Barbi, sal de donde estés, alimaña cobarde! Barbi, en gayumbos y adormilado, salió con un bate de béisbol de aluminio de su dormitorio, la segunda puerta a la derecha en el pasillo donde Kike se hallaba. - ¿¡Quién coño… - acertó a decir antes de ver la pipa ante sí, y a Kike sosteniéndola, y dejar el bate en el suelo, sabiendo que aquello iba en serio y que, solo, no tenía escapatoria. – Tran… tranquilo tío… - Ni tranquilo ni hostias. – Cerró tras de sí sin dejar de apuntar a Barbi y, calmándose para que todo saliera según lo planeado, ordenó con voz que deseó ser serena: - Vamos, ve al salón… y no intentes nada extraño. Barbi obedeció. Sintiendo verdadero temor sabiendo que, tras dejar a su colega en silla de ruedas, Kike sería más que capaz de pegarle dos tiros y darse al piro; sólo pudo hacer que llorar de forma lastimera sin pronunciar una única palabra durante el macabro proceso. Kike lo ató a una silla y se hizo con un cojín para que le sirviera de silenciador cuando le disparara a la cara, a bocajarro, haciendo del crimen un hecho limpio. A un par de kilómetros y medio de allí, Estrella leía la nota y, con el alma en la garganta, bajaba las escaleras de su finca de dos en dos, y de dos en tres, con el billete de metro en la mano. Kike puso el cojín en el rostro de Barbi. Éste no dijo nada. Sólo tragó saliva imaginando quizá que no volvería a tragar nada nunca más. Sintió el paño de algodón sudoroso en su piel, y el hedor de su propio descanso se le metió en las entrañas por la nariz y la boca. Kike colocó entonces el cañón del revólver al otro lado del cojín y respiró profundamente… - Quieres hacerlo, vas a hacerlo… - dijo en voz alta. Barbi se meó en los calzoncillos al oír aquello. Y… Kike bajó el arma y tiró el cojín al suelo. La mirada de Barbi, aterrorizada hasta los cimientos de su espíritu se topó con la suya, ebria de impotencia, de rabia, de… cualquier cosa menos de furia asesina. - Eres un hijo de puta. Pero no voy a matarte… has conseguido darme pena… - le dijo tratando de hacerse el fuerte aunque realmente estaba igual de roto que Barbi por dentro. Cogió su móvil y llamó al cero sesenta y cinco… - ¿La Guardia Civil…? (…) Sí… tengo aquí a un tipo en busca y captura desde hace un par de meses por agresión… (…) sí… su nombre completo es… *** Le restaban veinte metros para llegar a su coche y darse el piro antes de que los mismos agentes a quien hubo avisado le hallaran en el apartamento del neonazi. Había guardado el revólver en su escondite: debajo de la gruesa sudadera de El Último Ke Zierre, y dos lágrimas gélidas como la mañana de enero en la fachada de la umbría de la gran ciudad se congelaban en sus mejillas sonrosadas. Cuando levantó la mirada, alguien corría hacia él acera abajo…

71


La muchacha se detuvo frente a él aunque se moría por abrazarle. El corazón le latía a mil por hora por lo que sentía y por la carrera que se había pegado desde la estación de metro más cercana hasta allí. Y le preguntó con la mirada, llorando a lágrima encendida… Kike negó con la cabeza y dibujó mentiroso o no media sonrisa en su cara desencajada. Estrella tragó saliva y sonrió ampliamente, mordiendo acto seguido su labio inferior… eran demasiadas sensaciones, demasiados sentimientos como para disponerlos a la vez en un solo alma. Se abrazaron. Subieron al coche sin decir nada. Y ella le mantuvo cogida la mano derecha, a expensas de ir cambiando de marcha cuando era necesario, todo el trayecto de regreso a casa. *** La Ciudad, 16 de Julio de 2009. Había prometido dejar de fumar, pero todavía no lo había conseguido por aquel entonces. Sólo fuimos Estrella y yo al Hospital, porque no queríamos que se presentaran allí mi madre, mi padre y bueno… hasta el gato si por ellos hubiese sido. A eso de las doce del mediodía entramos por urgencias, nos subieron a planta casi de inmediato… pero no bajamos a dilatación hasta las once de la noche… y una vez allí, con un estricto régimen de cortados de máquina asquerosos y cigarrillos liados, que estaban más baratos que los otros, aguardé entrando y saliendo, poniéndome y quitándome esa bata ridícula y las calcetas esterilizadas, hasta las seis menos cuarto; cuando, de dos empujones y tras que yo no llorase (me lo pasé demasiado bien como para terminar llorando) Estrella tuviese lo que tanto anheló todos sus años de carrera en brazos. La pequeña Calíope pesó tres kilos trescientos, y midió cincuenta y un centímetros. Recuerdo que nos dimos un beso, que aseguramos que fue uno de los días más felices de nuestras vidas. Kike salió al pasillo junto con su padre por la tarde; después de mal dormir en la cama que era para Estrella pero que ella, por los dolores en las piernas a pesar del efecto prolongado de la epidural, había desechado a cambio de repetitivos paseos en el dormitorio; para tomar un café en el bar de la planta baja del hospital y… digamos que relajarse. La pequeña Calíope estaba perfecta y no tenía, nadie, por qué preocuparse. En el mostrador de atención al paciente, un señor mayor que trataba que le hicieran caso a no sabían Enrique y Kike santo de qué empezó a increpar a la azafata, y los dos rojos, y todos los que estaban en el amplio vestíbulo del edificio, le oyeron gritar: - ¡Esto con Franco no pasaba! Una vez sentados ambos a cada lado de la mesa en la cafetería, Kike le confesó a su padre: - Estoy harto papá… - ¿De qué hijo? - De rojos y fachas.

72


Dos meses después, Estrella, Kike y Calíope cogían un avión sólo de ida a Buenos Aires desde Barajas. Iban a ser profesores de Historia en Argentina… lejos de suposiciones sobre la bandera borbónica, lejos de una franja inferior morada, lejos de videoteléfonos soviéticos y agresiones fascistas. FIN Caudete, 10 de Julio de 2012. Miguel Díaz Romero © Dedicada ‘in memoriam’ a Miguel Díaz Doménech y a Guillermo Romero Orgilés, ambos soldados del bando republicano en la Guerra Civil Española. Dedicada a Miguel Díaz López, alias el Enrique, y a sus compañeros del Partido Comunista de España en la clandestinidad allá por los setenta. Dedicada a todos los nietos de soldados tanto nacionales como republicanos que están hartos de tanta farsa. Y dedicado a Zara y a Santiago, mis hijos, para que aprendan la verdadera Historia y no sus patrañas. Han colaborado como asesores del ámbito rural e historia de los setenta Vicente Sanchís Montes y Miguel Díaz López. Corrección de 20 de septiembre de 2012.

73


Fuente de cada imagen por orden: Es.paperblog.com Batallasdeguerra.blogspot.com Caudete.es Centros2.pntic.mec.es Elgrancapitan.org Objetivomalaga.diariosur.es Foro.pieldetoro.net Modernidad-de-la-antigĂźedad-domĂŠstica.blogspot.com Batallasdeguerra.blogspot.com Ww2diario.blogspot.com Segundaguerramundial.wikispaces.com Comex-scapau.org 8000vueltas.com Cinesyrosas.blogspot.com Urbanity.es Ifitshipitshere.blogspot.com Fandipandi.blogspot.com Javiermusica.blogspot.com todocoleccion.net anglinews.blogspot.com interviĂş.es pelusaradical.blogspot.com suvi999.blogspot.com tusanuncios,com jcalbolote.blogspot.com rtve.es lacomunidad.cadenaser.com redi.um.es debateabierto.com.ar cubadebate.cu izaping.com airvoila.com nodo50.org lahistoriadelapublicidad.com z3.invision.free.com elpais.com lastfm.es barrio-obrero.com fotocommunity.es en.wikipedia.org antoniosaz.blogspot.com taringa.net biografiasyvidas.com coches21.com Elmundo.es Lastfm.es

74

HASTA CUÁNDO (Una reflexión para España)  

“Hasta cuándo” es una novela corta y directa donde se evalúa, desde una perspectiva que pretende ser histórica, el porqué más violento y arr...

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you