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Cuéntamelo KOOBE BOOKS E D I T O R I A L D I G I TA L


ste libro digital de cuentos, contiene diecisiete historias llenas de diversión y entretenimiento para los amantes de la lectura y nuevas aventuras. Sus autores forman parte de la Comunidad Académica de la Universidad de Medellín, profesores y alumnos, algunos conocidos, otros no tanto, pero todos ellos con grandes destrezas para la escritura que seguramente cautivarán a todo aquel que lea sus escritos. Las narraciones contienen humor trágico, hechos urbanos, situaciones amorosas, una suma de perspectivas y valores a diferentes ritmos.

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Es una propuesta virtual que intenta ampliar el mundo de la cultura haciéndola de forma divertida e interactiva, el cual contiene una diversidad de estilos y géneros además de su amplio vocabulario debido a los tiempos y contextos en los que éstos fueron creados. Es así, como el objetivo s e c o n v i e r t e e n c re a r s i t i o s d e participación y expresión, tanto para escritores y lectores, como para quienes buscan incursionar en el mundo del negocio virtual, según el rítmo que marcan las nuevas tendencias tecnológicas. La imaginación como el más importante ingrediente que hizo posible crear un espacio editorial digital, gracias a la participación de todos los autores y personajes que permitieron visualizar el mundo de manera diferente. 2


CAPÍTULO I

ran las 4 de la tarde cuando… me levante cubierta de mocos y con la falda hasta la espalda, que guayabo tan hp. Una de esas noches que uno no olvida pero realmente la pase fatal, a las 7 am me encontraba en el baño porque el trago que bebí me cayó muy mal!! Pues era pirata Ohh me siento ciego, pero sueño en colores, veo que los árboles se me vienen encima, me subo a mi barco y empiezo a remar, sale el sol siempre sale el sol, en altamar ¡hay que risa! El barco se me está inundando, me estoy mojando que hare? Me estaba orinando que locura! Rápidamente me levante del piso y busque en las ollas de la cocina haber que comida había para pasar este amargo momento.

Pero como vivo solo nunca hay nada de comida, solo cerveza y empezó de nuevo la fiesta, y ahora sí! Llego el que era… llego el cura con una garrafa de guaro bajo la sotana, pero solo no tenía guaro era tequila sal y limón ¡que viva México cabrón! Y le dije al cura: órale güerito, la neta del planeta la estamos pasando rebien y le dije, venga guey, brindemos antes de despertar!

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CAPÍTULO II

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Una siesta l despertar recordó sus sueños. Qué distinto era recordar a vivir. Ahora y con la tranquilidad que le hacia sentir el saber que lo que había vivido no era real; una sonrisa se esbozaba en su rostro. Figuras lejanas de las que sólo conservaba una intensidad se perdían en el olvido. Otras, más nítidas, le determinaban a permanecer en cama. Sin embargo no podría hacer tal cosa. Pronto comenzaría ahí afuera el murmullo que iría tomando cuerpo, que iría nutriéndose de voces, lamentos, ruidos de cocina, pasos que se alejan y se acercan. Quizás levantarse fuese lo mejor después de todo; no se sentía capaz de soportar aquel murmullo sórdido, no en esta mañana. Prefería ayunar a simular cordialidad frente a la dueña de la casa y los demás inquilinos, de modo que salió pronto, evitando los encuentros, por un corredor intransitado que le condujo a la calle ruidosa del frente de la pensión. De camino al café que había allí cerca, sintió con evidencia que era 5


necesario que estableciese un corte entre la huida reciente y el día que le esperaba. Comenzó entonces a caminar con una prisa fingida e innecesaria. Pero no siempre debía huir. En ocasiones disfrutaba de las conversaciones con la dueña de la casa, de las confidencias e incluso de los atrevimientos de su vecina inmediata. Algunas veces incluso se decidía a aceptar un cigarrillo al anciano de arriba. Pero eso no era frecuente y surgía de un ánimo tan involuntario como azaroso; no podía fingirlo y cuando sucedía realmente lo disfrutaba. Quizás tales ocasiones estuviesen determinadas por una traza de su vida pasada, cada vez más esporádica, algo de lo que seguramente también tendría que despedirse. Ya estaba cansado de todo esto y sin embargo, era tan joven…Pero era posible que aquellas ocasiones pudiesen repetirse, aunque también era del todo probable que la última hubiese sido la última. Sintió terror al pensar esto ¿cómo había sucedido las últimas veces? Percibía en el ánimo que lo llevaba a tal camaradería con la gente de la pensión cierta mórbida similitud con aquellos días en que decidía hojear alguna revistica vulgar, o rayar ociosamente un papel hasta llegar a sentirse hastiado de sí mismo. Pero se trataba de eso, de una simple similitud. No comprendía el abismo que le separaba de los momentos que trataba de explicarse, que quizás fuesen a repetirse. Pensaba en aquellas noches en que encontraba a Clara (que así se llamaba la dueña de la pensión) extasiada, sin advertir siquiera su llegada, profundamente arrobada frente a la imagen televisada de una mujer que pronunciaba un discurso insoportable, que sin 6


embargo él percibía como dando cuenta de una vida que tal vez no debió abandonar. Sucedía en una de esas noches precedidas por penosas luchas interiores, lecturas exhaustivas, largas caminatas destinadas a arrojar una luz sobre un terreno quizás condenado a permanecer en tinieblas. Hacía ya seis meses que habitaba esta pensión y aunque nunca quiso trabar relación con ninguno de los inquilinos tales relaciones varias veces se habían impuesto a su deseo: encuentros forzosos con personas tan joviales como intimidadoras. Y no era que no estuviese interesado en acercarse a otras personas. De hecho hubiese querido conocer a alguien, querer a alguien. Pero quizás esas cosas no hubiesen sido hechas para él, o él para ellas… Si tan sólo no lo deseara tanto, no lo sufriera tanto… Pero descubrió este corredor solitario por el que podía escurrirse en las mañanas, mientras desayunaban; o aquel otro, en las tardes, o todas las posibilidades que a este efecto se presentaban en las noches, ya muy tarde, cuando doña Clara veía la telenovela y los demás dormían. ¿Habría acaso comenzado a inquietarles su actitud, sus huidas recurrentes, su extraño aparecer jovial en una mañana cualquiera? ¿Le habría inquietado a Clara? Quizás no fuese así. Paradójicamente su deseo por resultar imperceptible iba acompañado de la impresión de tener sobre sí la mirada inquisidora de los otros. Del suelo subía un vapor de suciedad y lluvia, el café se distinguía ya cerca. No tenía hambre, fue su sensación al entrar, pero no 7


habría sabido qué hacer si hubiese admitido la inutilidad de su primera acción del día. Caminaría, si, igual lo haría tras salir del café, pero era agradable creer que un efímero orden se mantenía aún, que sus actos no eran del todo azarosos. Recordó, mientras bebía a sorbos lentos un café negro, su cita de la tarde; qué incómodo le parecía todo aquello que pudiese sacarlo de la rutina en la que era sin embargo tan infeliz. Sabía en el fondo que ninguna salida de la rutina le traería algo bueno, sólo le incomodaría, le obligaría a hablar con las personas… De conseguir el empleo se le obligarían otros encuentros, otras relaciones. Pero bueno, soy un ser humano y los seres humanos se relacionan entre sí… quizás deba intentarlo, pensaba. Mas, que poca influencia tenían sobre su ánimo estas palabras. Sin embargo era necesario que asistiera a dicha cita. No hubiese querido conseguir un empleo, pero era necesario que lo hiciera, debía pagar a doña Clara dos meses vencidos y quería continuar sus estudios o al menos eso creía. Qué pronto había cambiado su vida, qué poco preparado estaba para los cambios que ahora no se detenían, todo en movimiento, en inaudito movimiento. Tantas elaboraciones sobre la marcha, tal vez equivocadas. ¿Dichos cambios habrían tenido origen al marcharse de su casa, o habría sido aquel el primero de ellos? En ocasiones le atormentaba pensar que quizás fuese él el culpable de su situación actual. En otras pensaba, quizás con más acierto, que los cambios se hubiesen sucedido de todos modos, y que quizás fuesen necesarios. Era una constante, sin embargo, la sensación de cansancio, la conciencia de la inutilidad de tanto dolor. Inexplicablemente su vida le parecía del todo ajena, ajena e inferior a la que abandonaba, algo así como su prolongación deteriorada, y en ocasiones prometedora, una vida que 8


trataba de apropiarse porque, a pesar de todo, era su vida y quizás él no fuese tan inocente … Con el dinero que quedaba del que había enviado su tío hacía unos días, pensaba comprarse un traje. Su tío había enviado además una carta llena de información sobre la vida que, según él, allí le seguía esperando. No era tan sencillo, después de todo el tío había sido siempre un ingenuo. ¡Qué clara brillaba hoy para él esta verdad! Pensar en la admiración que ese tío había suscitado en el de hacía unos años, pensar que si ahora era su sobrino preferido (posición que distaba de ser privilegiada) esto se debía justamente a que siempre había sido complaciente con su tío y, por qué no decirlo, hasta servil. Vaya, se decía mirando el pocillo vacío; es esta vida, es lo que vivo ahora, me aleja de todo lo que pude haber sido, de aquello que tal vez pude haber querido. El tío enviaba además la dirección de un amigo suyo, propietario de un almacén de paños que estaría al tanto de su visita y le daría un trato especial, y quizás, porque no, un descuento. De este modo podría comprar un traje mejor que aquel que podría comprar con el resto del dinero que aún conservaba. Eran poco más o menos las once de la mañana cuando llego al almacén de paños. Su tío no había exagerado nada, era un almacén enorme. Sus recias luces de Neón y las paredes que se elevaban cercándolo le hicieron perder el equilibrio. ¿Quién sería el amigo, el que le daría un trato preferencial en medio de tantos otros que parecían venir por lo mismo y parecían más autorizados que él? Por 9


lo que podía ver en este almacén no vendían trajes, los confeccionaban y él lo necesitaba para la tarde. Se sintió acongojado. Sólo veía arrumes de telas en grises y azules, polvo, rostros… Una mujer muy bella se acercó a él sin hablar. Volviendo de su turbación la miró diciendo: *Busco a … Un momento debo tener por aquí la carta en donde está su nombre* Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta temiendo por no hallarla. *Se llama Ernesto * *Sí, ¿Quién lo busca?* *Vengo de parte de mi tío, que digo, de Fernando * *¿Y quién es él?* *Es un amigo del propietario de este almacén, me dijo en su carta que viniera* La mujer se retiró; era imposible saber si buscaría al propietario o si simplemente se había malhumorado con la pregunta. Después de un tiempo la vio volver y tras ella a un hombrecillo finamente vestido, cubierto por los paños que vendía. El hombre se acercó a él esbozando una sonrisa aprendida en la larga carrera que le había llevado a convertirse en quien ahora era. *Soy el sobrino de Ernesto * Dijo, depositando en dicho nombre una incierta esperanza. El hombrecillo le miró con gesto dubitativo, *Mire me envío esta carta* El propietario la tomó en sus manos y comenzó a leerla mientras el muchacho se sentía un poco violentado: era su carta y sin embargo, él mismo la había puesto en sus manos; bueno, era de su tío… Pero era su carta, él no debía leerla. *Ahora lo recuerdo ¿Que paño desea?* *En realidad necesitaba un traje que estuviese listo, ya que lo usaré está tarde* *¿Viene usted a 10


pedirme que confeccione un traje en unas horas? Podría enseñarme la carta?* *No, es mi carta* *Sólo miraré la fecha*, dijo, mientras se la arrebataba en un gesto de gran superioridad *Debió usted venir hace mas de quince días, ya me decía su tío que no prestaba usted atención ni daba importancia a nada ¿Qué puedo hacer ahora? * *Nada, ni deseo que lo haga, hace mucho supe que usted no podría ayudarme.* Tomó su chaqueta volviéndose hacía la puerta; sin embargo una voz severa le detuvo: *¿Cual es su nombre?*, *Bástele con saber que soy el sobrino del amigo suyo que tan malas referencias sobre mí le ha dado. No entiendo porque tendría usted que saber algo sobre mi vida sólo porque puede venderme un traje cuando podría hacerlo cualquier otro.* *Es saber mucho de su vida preguntar cual es su talla?* Dijo el propietario con socarronería *Tengo unos trajes que pueden servirle* El muchacho no contaba con tales dificultades. *Sígame* Dijo en tono imperativo. De seguro querrá venderme los trajes que nadie ha reclamado o han rechazado, sin embargo podrían ser más baratos e incluso podría regalármelos, con que no sean muy deformes…Se dijo, tratando de dar justificación a aun acto tan ajeno a su deseo como era seguirlo. Tras su última solicitud aquel hombre había perdido frente a él su presunta superioridad, de hecho era posible que le debiera algún favor al tío, con lo que la balanza podría estar a punto de inclinarse a su favor. De cualquier modo no tengo tiempo para visitar otro almacén cuya ubicación ignoro, estoy dispuesto a aceptar cualquier traje si dicha aceptación me permite marcharme pronto de aquí. Estás ideas pasaban por su mente mientras subía por unas escaleras oscuras. Llegaron a un cuarto en penumbra en el que había máquinas de coser arruinadas, retazos anudados violentamente, 11


cajas y un perchero del que colgaban tres trajes polvorientos. Serían aquellos los que debería probarse? *Si desea siéntese ahí*. Dijo displicentemente el propietario mientras señalaba una caja que estaba en el suelo, luego salió por otra puerta que estaba a su derecha cerrándola tras él. La oscuridad hubiese sido casi absoluta de no ser por una claraboya situada en la techumbre, oscurecida por el declive. Debía esperar: ya el polvo comenzaba a molestarle; sin embargo, qué bien se estaba allí, en tanto silencio, rodeado de artefactos inservibles y retazos de colores. Qué bueno sería dormir un poco. Se recostó a la pared estirando todo su cuerpo. Esta caja era más cómoda de lo que pudo imaginar en un principio. Cerró los ojos mientras esperaba alguna señal proveniente de la puerta por la que hacía unos instantes había salido su protector, sonreía al concebir esta palabra. ¿De qué trato especial le había hablado su tío? Quizás si hubiese ido a otro almacén… Hubiese podido averiguar en la pensión. Pero se hallaba tan cómodamente tendido que ya no pensaba en salir de allí y hasta la perspectiva de la entrevista le mortificaba. Debía medirse un traje, hablar con este señor para saber donde quedaba el sitio de la entrevista, por no decir que era del todo probable que allí no encontrara ningún traje decente. Quizás, y esta idea le animó a continuar allí tendido, pudiese encontrar un empleo justo aquí. El trato preferencial del que había hablado su tío debía servirle de algo en este caso. El sobrino favorito podría telefonear al tío ingenuo y pedirle este último favor. Por otra parte, este almacén estaba cerca de la pensión y tenía allí un amigo, un protector. La mujer que le había atendido en el mostrador entró de repente levantando el polvo del suelo, él fingió que dormía entrecerrando los ojos para observarla a 12


hurtadillas. En una de sus manos llevaba una jaula cubierta por una gruesa manta de paño y la colgó de un gancho que parecía hecho justamente para ese fin. En el suelo pudo observar entonces el contorno de excrementos y semillas como un todo con la jaula ahora oscilante que habría de detenerse en un momento. La mujer tomó uno de los trajes del perchero sacudiéndolo ligeramente, él casi pensó que simulaba sacudirlo, del mismo modo que quizás simulaba no haberlo visto. Pero, ¿por qué haría algo así? Desde luego no lo había visto. Tras detallar el traje un momento la mujer salió con una prisa inconsecuente sin que al abrir la puerta entrará la acostumbrada luz. Sintió cierta inquietud, se levantó para dar una vuelta por su celda descubriendo una ventana en uno de los costados. A través de ella pudo advertir las bodegas en que se levantaban imponentes grandes arrumes de paño organizados y rotulados. Ya estaba decidido, solicitaría un empleo aquí mismo. Podría rotular paños, confeccionar, vender, cuidar al pájaro… Levantó un poco la manta que le cubría y pudo verlo, dormía. Volvió a tenderse sobre las cajas lanzando sobre sí una manta a cuadros, hacía frío. ¿Por qué el pájaro dormía ya? Lo habrían cubierto anulando su precaria noción de la diferencia entre el día y la noche. Pero ¿Para que lo habrían cubierto? De estas y de otras cosas podría enterarse cuando trabajara en este sitio. Acomodándose sobre las cajas descubrió en su brazo una profunda talladura que no pudo explicarse. Trató de buscar la posición que la produjera pero no pudo hallarla por más modificaciones que operara de su posición inicial. ¿Cuánto tiempo 13


llevaba allí? Sabía que había dormido un momento, pero ¿por qué este hombre no volvía? Ahora esta talladura en su brazo daba cuenta de un tiempo que no podía calcular. ¿Era poco? ¿Era mucho tiempo? ¿Qué hora era? Y ese pájaro durmiendo a su lado ¿poseería acaso un saber de la vida mayor que el que él poseía ya que sabía al menos que era de noche y por tanto dormía? De ser así aquella mujer que lo condujo hasta allí, y fingía, sabía también que era de noche y no se lo había dicho. Se levantó intentando abrir la puerta por la que se habían marchado las apariciones, que sólo podían ser eso, pero no le fue posible; intentó luego abrir aquella por la que ascendiera ¿Hacía cuanto tiempo? En medio de la oscuridad descendió dificultosamente las escaleras en tinieblas llegando al almacén que se encontraba desierto. Una penumbra gris y polvorienta se levantaba sobre los mostradores y los maniquíes que parecían observarle. Era de noche, había perdido su cita, la posibilidad de comprarse un traje, de volver a la pensión y por qué no, hoy lo hubiese deseado, de ver la telenovela junto a Clara.

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Un ingeniero de vías pesar de haberse acostado casi a la madrugada, Emilio, el ingeniero de vías, estuvo desde temprano en pie. Había conversado hasta muy tarde con su amigo Roberto, quien aún dormía, mientras hacían las maletas y tomaban unos vinos. El vehículo que habría de recogerlo estaría en su casa a eso de las 10:30 a.m. Ya todo estaba dispuesto. Se había despedido de todos sus conocidos y de algunos amores del pasado. Con el amor del presente, sin embargo, no se había atrevido a hablar. Hacía un par de meses, tras una alegre y amorosa tarde, que ella había roto toda posibilidad de encuentro. No valieron los esfuerzos de Emilio por enterarse de los motivos de dicha determinación. Ella decía estar enojada, decía que iba a estar enojada toda la vida, pero no decía por qué. La angustia de Emilio le hacía recorrer vicariamente su pasado reciente. Quizá la causa del enojo de Amalia tuviese que ver con cierto desliz, casi insignificante, que había cometido algunos meses atrás. Quizá haber accedido a tomar unas cervezas con la compañera de taller de Amalia, haberla acompañado hasta su casa y haber pasado allí la noche, fuese la causa. Pero eso no parecía probable. 12 15


A su compañera, menos que a Emilio, le convendría haber hecho tal confesión a Amalia y nadie más sabía del furtivo encuentro. Ese desliz, por otra parte, estaba tan determinado por la ambigüedad e indecisión de Amalia, que parecía más un modo de estar junto a ella, que de traicionarla: “acercarse a quien no nos ama acercándose a quien le es cercano...” Pero había que reconocer que era ésta una extraña justificación. Finalmente, Amalia le había causado mucho sufrimiento con su confusión matrimonial. Lo que en principio había parecido una promesa de alegría, se había convertido con los días en un cúmulo de angustias, malentendidos y desdenes sin sentido. Amalia se había alejado muchas veces sin razón y también sin razón había regresado un día cualquiera, con una flor en la mano, con una botella de vino, con una palabra cálida, con un abrazo que justificaba la larga espera. Esta vez decía estar enojada, y considerar los motivos de su enojo había consumido largas noches y días de la vida de Emilio. Un ingeniero de vías, por el azar del destino, había conocido a una mujer que era una promesa de sufrimiento, oculta tras una voz apaciguante, unas bellas pinturas y una mirada tranquila. Debió ser el mismo azar el que hizo que, concluido su contrato en el túnel, el último año hubiese trabajado como auxiliar en la funeraria de un conocido suyo. Era peor nada, como con Amalia. Lo cierto es que, aunque no era pesimista, no podía dejar de considerar que un revés de fortuna había sido el último producto del azar. Un trabajo y un amor de los que se derivaba tanta desdicha, unidos a una difícil situación económica, habían sido el escenario de los últimos meses. En la última conversación con Amalia, al filo del final definitivo, Emilio le había dicho que si no accedía al menos a comunicarle la causa de su 16


enojo, iba a morirse. Amalia se limitó a responder: “Pues muérase pero no vuelva a llamarme.” Roberto atravesó el corredor un poco desubicado. Se alegró al saber que aún faltaba una hora para la partida de su amigo. Todavía podían tomar un café y conversar un poco. -Hasta hace dos días la vida se extendía sombría e invariable ante mis ojos. Dijo Emilio. -Y ahora estás a una hora de comenzar una nueva vida: en otra ciudad, fuera de la funeraria y... La frase de Roberto fue convirtiéndose en un murmullo: -Lejos de Amalia. -Sí, lejos de Amalia y lejos de la funeraria. Lejos de la funeraria. Del amor frío, del silencio inexplicable de la muerte, indiferente ante las súplicas. Lejos de quien no puede volver, soy yo ahora quien no podrá hacerlo por un buen tiempo. -Es bueno que cambien los papeles. Eso es lo bueno de la vida -Y lo malo de la muerte. De hecho, lo único y definitivamente malo de la muerte. El papel sepulcral es papel sagrado e inmodificable. En cambio, la vida que me espera... El viento helado entró por la reja del patio y los amigos sonrieron. Roberto, aliviado por el golpe de la brisa, añadió: -Ya estamos del lado de allá. O al menos tú. Yo aún estoy en la funeraria. 17


La madre de Emilio saludó mientras buscaba afanosamente una aguja y un hilo para incluir en el equipaje de su hijo. Luego entró en la habitación desde donde preguntaba por cada una de las cosas que eventualmente Emilio habría podido olvidar. El contestaba pacientemente que ya estaban todas empacadas y no hacía falta nada. Ella salió de la habitación con una bufanda y una chaqueta que Emilio debía ponerse para el ascenso al páramo tras el que, sin embargo, vendría el calor excesivo que haría parte de su nueva vida y al que, por lo tanto, tendría que acostumbrarse. -Siempre acabamos por acostumbrarnos, a todo. Exclamó Emilio -Ser animales de costumbres es, como dice Dostoyevsky, nuestra mayor virtud. Eso le pasa a un personaje suyo que se acostumbra a llamar cielo al cachito de azul que alcanza a ver desde su celda. -Pero hay que hacerle resistencia a la costumbre, por ejemplo, de vivir en la funeraria. El matiz tenebroso tiene su atractivo pero... -Creo que esperaré un golpe de suerte, una llamada que me cambie la vida. -Lo del trabajo mejorará seguramente. Pero ¿qué vas a hacer con Sara? -El mismo golpe de suerte tiene que incluir planes para ella. -Eso espero. La madre de Emilio trajo el teléfono. Era una llamada para él. Por su cambio de semblante supo Roberto que quien llamaba era Amalia. 18


-Me voy de la ciudad. Dijo Emilio. -Por mucho tiempo -En diez minutos. -Lo supe anteayer. -Porque supuse que colgarías el teléfono, como las últimas veces. -Ya nos habíamos despedido, hace mucho. -¿Lo habías olvidado? Yo, en cambio, tuve tu enojo presente durante todo este tiempo. No como un recuerdo sino como una presencia irrenunciable. Pero ahora me despido. El autobús ha llegado a recogerme. En medio de la lluvia Emilio abrazó a su madre y a su amigo, quienes permanecieron frente a la puerta hasta que el autobús se hizo invisible.

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SECTION 3

El encierro

“Los escondrijos son innumerables, la liberación única; pero, en cambio, Hay tantas posibilidades de liberación como de escondrijos” Franz Kafka

odría hacerse la historia de mi vida a partir de medidas concretas. El tiempo de la juventud, y aún más, el de la niñez, son confusos para mí: les veo a través de una cortina de olvidos que ha roto la continuidad de los días. El de la niñez fue el tiempo de lo inconmensurable, el tiempo en el que las fronteras de mi mundo se confundían con el horizonte. Fue en la adolescencia cuando sentí por primera vez la presencia de algo opresor. No era algo muy bien definido, lo cierto es que una incomodidad con que no contaba se instaló en mi modo de ver el mundo. Mi vida transcurría entre el colegio, la casa, y el trayecto que les separaba. Fue entonces cuando comencé a darme cuenta de que el espacio que me bastaba para vivir era bastante 20


estrecho, ¿qué tan estrecho? Me pregunté. Pedí a mi padre que me enseñara los planos de la casa en que vivíamos; tuve que insistir mucho porque mi padre siempre olvida lo que para mi es fundamental. Sé que de decirle esto se enfurecería conmigo. Pero quien se enfurece al recordar la larga y angustiosa espera a que me sometió soy yo. Estos son otros tiempos, ya no queda espacio siquiera para el enojo. Una noche mi padre me entregó por fin los anhelados planos que eran sólo el primer eslabón de la pesquisa que pretendía llevar a cabo. “Me alegra que comiences a definir tus intereses académicos, me alegra además que, como yo, hayas optado por la arquitectura.” Dijo cerrando la puerta de mi habitación, y sus palabras se perdieron en el vacío. Tomé los planos y recorrí en abstracto la casa que me era tan familiar y que allí parecía tan extraña. El mismo cuarto en que me encontraba, el cuarto que tanto me agradaba, era en el papel un simple rectángulo con una convención. El patio que ahora no visitaba nunca pero que en la infancia había sido mi universo, era otro rectángulo con triangulitos que representaban la hierba. Mi madre había hecho que lo pavimentaran y pusieran sobre él unas tejas para reunirse con sus amigas a tejer. Eso iba en contradicción con los designios de los planos, allí debería haber hierba que representara los triangulitos. En la parte inferior encontré los datos que necesitaba: mi casa medía doscientos diez metros cuadrados. No era una casa pequeña. Daba mucha pereza despertar con sed en las noches y bajar las escaleras para ir a la

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cocina. No era entonces tan pequeño mi mundo, todavía faltaban los datos del colegio, del trayecto… Estaba entusiasmado, tal vez mi inquietud no tenía justificación y podría seguir viviendo tranquilamente. Pero recordé que había zonas de la casa que no transitaba nunca, estaba por ejemplo ese patio que fue tan grande y que ahora era un ámbito enrarecido por la luz verde de tejas translúcidas. Ese patio medía diez metros cuadrados que habría que restar al espacio de mi mundo, esta resta en la memoria dejaría un vacío inmenso. Estaba el cuarto de mis padres al que sólo entraba hasta la puerta, el garaje… Habría que hacer un promedio de los lugares que sí recorría y restar aquellos como el sótano, al que no iba nunca, porque era un sitio olvidado de la casa y por tanto lleno de ratas. Mi cuarto medía ocho punto cinco metros cuadrados, a esta cifra debía sumar el área del baño, el corredor en línea recta, el comedor, la sala… Decidí dejar de lado estos cálculos porque me di cuenta de que no todos podían ser especificados en términos de área, además, ya estaba rehuyendo invitaciones por no modificar las cuentas. Determiné sin embargo el radio de mi mundo que medía, eso si lo recuerdo muy bien, veinticinco kilómetros. Comparé esta distancia con el radio de la tierra y me sumí en una gran tristeza. Un día mi padre me dijo “Tu mundo no es el único pequeño, soy mayor que tú y tengo un mundo menor que el tuyo. Mi mundo es la 22


oficina y el cuarto de tu madre”. El mundo de los demás era también pequeño, no había de qué preocuparse. Mi padre me había sacado de un gran embrollo, no habría podido continuar mi vida de no haber sido por esas palabras tranquilizadoras. La sensación opresora no volvió a manifestarse, la olvidé por completo en la juventud en medio de los amigos y los amores. Hubo una mujer blanca de ojos vivaces a la que amé profundamente. Mucho se ensanchó mi mundo en ese amor por ella, volví a contemplar los horizontes de la niñez, me perdí en su cuerpo como en una exploración sin retorno, cada gesto suyo evocaba miles de auroras olvidadas. Pero como el mundo de la niñez también el amor por ella fue haciéndose pequeño, estaba habituado a ella pero de nuevo no era el universo sino el patio. No había modo posible de medirla, de medir el amor que aún me restaba. Una tarde le hablé, dije que me sentía encerrado en ella, que de nuevo el mundo se había hecho pequeño. Dijo que era mejor que fuera un mundo pequeño, que así estaríamos más cerca. Recordé las palabras de mi padre, su mundo era más pequeño que el mío y la alcoba era de mi madre. Su mundo era más pequeño de lo que él imaginaba, su mundo era sólo la oficina. Sentí en el cuerpo las murallas opresoras del mundo de mi amada. El mundo sería cada vez más pequeño junto a ella. Ya había vivido con la certeza de las restricciones físicas en mi primera juventud, pero no quería compartir los encierros con nadie. Si antes sentí que mi mundo era estrecho ahora sentía que era necesario estrecharlo a tal punto que sólo yo tuviera cabida en él. Si otros entraban en mi mundo éste se parecería en principio al de la infancia, pero luego vendría de nuevo a oprimirme la estrechez de sus límites que además debería compartir. No, nadie debía 23


compartir mi espacio, ese era un riesgo que debía evitar a toda costa. Conseguí un apartamento en el centro de la ciudad. Al fin tendría un mundo pequeño pero sólo mío. Mucho entristeció a mi madre tal determinación, mi padre quiso incluso que pidiera ayuda, pero ¿qué tipo de ayuda podía recomendar alguien que compartía con tal indiferencia lo estrecho de su mundo? Las murallas en torno mío eran tan cercanas que casi me ahogaban, y sin embargo, sólo un vistazo hacia afuera era suficiente para horrorizarme. Ya no era la casa de los doscientos diez metros, sin embargo un sencillo cálculo fue suficiente para descubrir que allí gozaba de veinte metros más. No debía establecer relaciones con los hombres, el espacio de mi alma era tan reducido que otro era suficiente para asfixiarme. Alguna vez me asaltó la idea de viajar, pensé que si visitaba países lejanos mi mundo se ampliaría. Mucho tiempo estuve dedicado a analizar los argumentos a favor y en contra de tal posibilidad y finalmente decidí que era mejor permanecer encerrado. A esa edad, ya me acercaba a los treinta, me aterrorizaba la idea de haber estado tan cerca de cometer un error fatal, porque haberme casado hubiese sido, ciertamente, el fin de todo. Aún era necesario bloquear todas las ventanas a través de las cuales el exterior pretendía robarme el espacio que tan arduamente había ganado. No habían tardado aquellos que pretendían ser mis amigos, pero cuyo secreto propósito conocía yo muy bien, en tratar de acercarse a mi, en pretender, valiéndose de toda suerte de 24


artimañas, robarme ese aire que era sólo mío. Cómo se esforzaban, cómo planeaban estrategias que yo cogía al vuelo. De modo que destruí el teléfono, sellé las ventanas y escribí una carta a mi arrendatario, con quien mi relación se reducía al acto furtivo de lanzar bajo su puerta un sobre con el valor mensual del alquiler, pidiéndole gentilmente, no debía revelarle mediante un celo excesivo que sobre su cuarto miserable guardaba yo un tesoro, que dijera a todo aquel que por mi preguntara que yo había abandonado su residencia tomando un rumbo desconocido. Así estuve tranquilo, gozando de mi opulencia durante un tiempo, sintiendo con certeza que otra felicidad no era posible en esta tierra. Pero pronto comencé a dudar de esa felicidad. Por supuesto no era yo quién dudaba, no me hubiese permitido tal cosa. La duda se instaló en mi pequeño mundo. Casi recuerdo el día en que hizo su primera aparición esa intrusa e irremediable presencia ante la que los cerrojos y las oscuridades nada podían. Al principio era una simple insinuación, un no sé qué disfrazado de esperanza al que lograba rehuir sacudiendo levemente la cabeza. Pero su presencia fue haciéndose cada vez más impertinente. Ya no era la insinuación molesta que podía rehuirse: su etéreo cuerpo adquiría densidad con los días, era un visitante imposible de desterrar. Dios ¡con qué indecible horror recuerdo mi infelicidad de esos días! Traté de perseverar en la fe de que toda presencia foránea era un riesgo, escribí largas páginas llenas de exhortaciones que en principio ayudaban y que luego se convertían en extraña y 25


sospechosa palabrería. Sin embargo en mi fuero interno, muy lejos de mi, persistía la certeza, adquirida hacía ya mucho tiempo, de que la esperanza de que me hablaba la duda era una farsa que me conduciría a la perdición. Yo mismo me convertí en un campo de batalla en el que la mejor fundada de mis certezas, aquella según la cual me había conducido durante casi toda mi vida, se enfrentaba a diario, en penoso y violento duelo, con la duda pertinaz. Las páginas de mi diario eran el itinerario de esa guerra en la que casi siempre creía ser yo la certeza y la duda el adversario. Casi siempre… La lucha comenzó a favorecer a la duda temible. Creí poseer aún la libertad de hacer una tregua pero también estaba engañándome en este deseo. Lo que equivocadamente llamaba, decidir una tregua, era en realidad el imperio de la duda sobre mí. Comencé a concebir ideas descabelladas producto de ese imperio, la idea de buscar a mis antiguos amigos, e incluso, la idea de buscar a Laura. En esas ocasiones mi corazón latía con tanta fuerza que la sangre se agolpaba en mi pecho causándome un dolor que lograba sustraerme por un instante de mi angustioso estado. Cómo amaba ese dolor que, efímeramente, me devolvía la sensatez perdida. Era un justo precio, un recurso físico que desvanecía las ideas descabelladas y me permitía ver, aunque fuera de lejos, la imagen huidiza de esa felicidad que, siendo tan mía, estaba siendo confiscada por la duda. El dolor físico cesaba y, de nuevo me veía abandonado, abatido, apaleado por los fantasmas.

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No recuerdo muy bien cuánto tiempo soporté este tormento que casi llegó a hacerme pensar que había perdido la razón. Muchas noches y días en los que, con el espíritu abatido y la voluntad prisionera, daba vueltas por mi encierro hasta desfallecer de cansancio en algún rincón de mi guarida. ¿Cómo encerrarme en un sitio al margen de la duda? ¿qué imposibles cerrojos habré de inventar? Eran las preguntas que me formulaba y que daban cuenta de que aún gozaba de alguna suerte de libertad. Una mañana decidí enfrentar por fin a mi enemigo mortal. Planee una cena en la que escucharía sus argumentos y trataría de llegar a un acuerdo que nos favoreciera a ambos. Porque, eso sí, no iba a rendirme sin reparos a sus requerimientos, no iba a echar todo por la borda para morir asfixiado una mañana cualquiera, en la lobreguez de un lecho compartido. Estaba entusiasmado. Con trazos temblorosos elaboré una lista de las cosas que me harían falta y corrí por la calle con el rostro cubierto. Ya era cotidiano ese modo mío de hacer las compras, el rostro cubierto y la mano enguantada que ponía un papel arrugado en manos del tendero. Me percaté con asombro de que muchos días llevaba sin realizar esta penosa diligencia. Tal vez el hambre era la causa de mi estado. ¿Cuántos años tenía? Eso lo averiguaría luego. Volví a casa cerrando la puerta con alivio, qué feliz me sentía ahora ante la perspectiva de una cena compartida en la que mi invitado ya no sería más un intruso y estaría aquí porque yo así lo había decidido. De seguro llegaría en la noche como solía hacerlo. Me tendí en el sofá para esperarlo, en cualquier momento aparecería, cualquier idea melancólica lo traería 27


de vuelta. Largas horas esperé sin embargo y no hizo presencia. Quizás demasiado pronto comencé a inquietarme. Recorrí la estrechas murallas de mi mundo e incluso me atreví a echar un vistazo por la ventana. Pero mi invitado no aparecía, la cena se echaba a perder ante la interminable espera y mis nervios comenzaban a perturbarse. ¿Habría olvidado el trayecto? ¿estaría esperándome en algún lugar? Me tendí de nuevo en el sofá esperando un imposible sosiego que tampoco, bien lo sabía, habría de llegar. Poseído por un miedo del que no conocía el objeto me levanté de repente con furia inmensa. Iría a buscar a mi invitado a donde fuese necesario y lo traería de vuelta. Salí de nuevo al amparo de las sombras, corrí como poseído por la locura, asfixiándome, gritando. La lluvia golpeaba con fuerza mi rostro inundando mi alma como una maldición que iba perdiéndome en un laberinto indescifrable, en el que la necesidad de encontrar a esa duda tantas veces aborrecida era tan inmensa como la imposibilidad de recobrarla. Finalmente rodé muchos metros por un abismo inexplicable en el que fui aplastado por las tinieblas… De espaldas en el camastro de mi celda, observando esa grieta en el techo que cada día es más profunda, he tratado de reproducir ese horrible tormento. Sé que no soy fiel al recuerdo, pero es que tampoco él me ha sido nunca fiel. Pródigo al recordar la infancia, mezquino al acercarse a mi edad actual que, ¿cuál es? Ya no llega a mi ningún eco del mundo, el sueño artificial borra los fantasmas y me sume en una vigilia caliginosa en la que quizás ya no quede siquiera espacio para la muerte. 28


CAPÍTULO III

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Domingo refundido

gnacio no entendía cómo la gente disfrutaba del canto de los pájaros al amanecer, del histérico chillar de esas malditas urracas, de loros encrespados que gritan al lado de su ventana cada domingo por la mañana. Es como si a la gente no el importara dormir, cuando les debería importar más que a él, que no tiene que madrugar. Entre el ruido incesante y el violento sol chuzándole la retina, solo pensaba en construir una cauchera gigante para matar los pajarracos y de paso darle al sol, apagarlo aunque sea un ratico. O tener un control remoto con el que pudiera controlar el sonido ambiente y la temperatura del clima, un audio-termostato. Pensó también que debió haberse dedicado a ser inventor, que se le ocurrían aparatos y mecanismos ingeniosos para solucionar pequeños problemas que la gente soportaba resignada. Pero no, esa era una idea muy romántica, ser inventor en estos días implicaba ser ingeniero subordinado de una empresa en la que tardaría años en ascender. Y en una vida así, seguramente odiaría el triple a los pajarracos que le quitan horas de amado sueño. De

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todas formas, no podría patentar su cauchera gigante, pues tendría unos cuantos problemas con los defensores de animales y ambientalistas. Sin forma alguna de volver a conciliar el sueño, se levantó con la boca sec, buscando a tientas el pocillo que suele dejar al lado de su cama. Toma un trago de agua trasnochada y se levanta sin saber muy bien qué hacer. Igual… un domingo no se hace nada, pero le costaba decidirse entre hacerse desayuno, ir al baño, poner música o llamar a Elena. Sin darse cuenta ni pensar en lo que hacía caminó hasta el sofá, se puso la chaqueta, los tenis sucios de siempre y cogió las llaves. Cuando cobró conciencia, estaba parado en la puerta de vidrio del edificio, mirando el horrendo sol que en realidad no dejaba ver nada. No sabía si valía la pena salir a quemarse el pelo durante poco más de dos cuadras por una simple cajetilla de cigarrillos, pero tampoco creía que valía la pena devolverse cinco pisos de tediosas escaleras solo por unos minutos de sol. Después de hesitar, levantó los hombros en un gesto de indiferencia y cruzó la puerta. La calle lo golpeó con su calor y ruido, se sentía abrumado. Todavía un poco confundido comenzó a caminar torpemente por el camino habitual hacia la tienda. Como lo predijo, el sol azotaba su cabeza, calentándolo más de la cuenta. Maldijo haberse puesto esa condenada chaqueta, aunque siguió caminando con la mirada al 31


piso y ella puesta. ¿Por qué había tanta gente en la calle si era domingo? De pronto se equivocó de día y era lunes, no se explicaba cómo alguien podía decidir hacer un trasteo la mañana de ese día. Igual… los lunes él tampoco hacía nada. Una de las futuras vecinas lo saludó con una sonrisa en la cara: ¿Qué más vecino? ¡Ya dentro de poco terminamos! ¿A él qué le importaba? ¿Qué hacía esa gente cargando muebles con este clima? De pronto ellos se preguntaban lo mismo de su chaqueta. Sin cambiar su ceño arrugado y gesto de fastidio pasó mirando a la familia sin decir palabra. Sólo necesitaba terminar rápido su recorrido. Al llegar a la tienda, pidió una cajetilla de Gauloises, el tendero lo miró confuso mientras le señalaba el estante lleno de Kent y Piel Roja, era preferible ir a la tienda de la otra cuadra. Al salir, Ignacio pensó en lo tonto que era aferrarse a una marca de cigarrillos, no había mucha diferencia aparte de ser mentolados, de canela o normales. Cuando apenas comenzó a fumar, le era indiferente la marca que le dieran, no sabría distinguir entre sus sofisticados Gauloises o cualquier Montana comprado en el carrito en la esquina de la plazoleta. Ahora tenía que soportar una cuadra más bajo el sol. Sólo hasta que estuvo al frente de la tienda, con la puerta cerrada y la reja extendida, recordó que hacía dos semanas se habían mudado de barrio, y la próxima tienda quedaba lejos. Como por inercia, Ignacio siguió caminando, pasando al lado de la licorera en la que siempre encontraba lo que fuera, pero un domingo a esa hora no hay licorera abierta conocida. 32


Si se hubiera quedado, en realidad no habría tenido que escoger nada, estaría hablando con Elena, escuchándola decir las bobadas que le pasaron en el día, el reporte del morado enorme que no sabe cómo se hizo, pero que posiblemente fue en clase de baile, de cómo su profesora le vive corrigiendo la postura y le hace caer en cuenta de cuan lejos está de pasar de nivel. Después discutirían porque Elena cree que Ignacio no quiere escucharla, él tratando de apaciguarla mientras disimuladamente iba desayunando un sánduche hecho sin cuidado. Después, él la invitaría al apartamento, con lo que ella se contentaría, él podría colgar e ir al baño, ver televisión un rato y tratar de dormir. Sin embargo, seguía caminando, cada vez entre calles menos conocidas, más alejado de su edificio y en un barrio más escombroso. La gente que encontraba era desagradable, se sentía estúpido al sentir eso, pero todos esos rostros feos, pobres y grasosos le daban miedo, como si la gente fea fuera peligrosa. Quizás él era otro feo, sino que en vez de estar bronceado y tener barriga protuberante, era desgarbado y blancuzco. Parecía que estuviera entre otra raza esculpida bajo el sol infernal. Le preguntó a una viejita que parecía confiable, por dónde podría conseguir cigarros, la viejita sin decir nada señaló insistentemente con la mano hacia su derecha. Después de tres cuadras, encontró una tienda en la que no tenía la más mínima esperanza, sin embargo preguntó por sus Galuoises, después de un rato del tendero haberse agachado tras el mostrador, vio en sus manos una caja con varias pacas sin siquiera empezar. Abrió una, y por la alegría, Ignacio le 33


pidió tres cajetillas, aunque le costaron unas monedas más de lo acostumbrado, salió con una sonrisa indestructible, sobre la que el sol, los rostros feos y las condenadas chaquetas no incidirían. Ya podía volver a su apartamento, llamar a Elena y contarle su pequeña travesía. Pasó por las mismas calles agradecido con la gente, sonriendo a todos, despidiéndose del otro tendero y deseándoles buen día a los vecinos que continuaban en su trasteo. Subió las escaleras con un cosquilleo en el pecho. Al entrar, se despojó de la chaqueta no sin antes sacar el encendedor del bolsillo. Al abrir la cajetilla, en el preciso momento que desempacó el cigarrillo, este se deshizo en sus manos como si estuviera hecho de arena. Cada uno de los cigarrillos de las tres cajetillas compradas por Ignacio, terminaron en polvo con sólo tocarlos.

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CAPÍTULO IV

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Diez mil veces, uno

eliz, ¿es esa la sensación que tengo? Eso creo; pero a la vez me siento… consciente, lúcido, cosa qué, déjenme decirles, es… inadmisible, por lo menos en un no-lugar como el que moro, pero sobretodo imposible para alguien como yo. Y eso, ella lo notó. Se encuentra a unos sesenta metros del riel donde me alimento del miedo y el morbo de los asistentes; justo en frente del primer vagón del tren en donde está una recién nacida con la que al parecer habla. En tanto, como pocas veces en este mundo de sombras, yo me sigo haciendo más feliz. Me lanza otra mirada fija e inquietante a la que por reflejo huyo. La recién nacida, a la que nunca vi el rostro porque el ángulo no me lo permite, al notar que ella le extiende una mano, la toma y simplemente, desde arriba, algo la succiona. Los gusanos de mis pies caminan nerviosos pierna arriba anticipando la sensación inquietante de confusión que me 36


violenta. Adiós felicidad, adiós lucidez. En un parpadeo el tren se mueve hacia atrás y mientras rescatan lo que queda de una mujer que se arrojó en su camino, ella emerge ante mí. Sin hablar, me pide que la siga y me extiende la mano. ¡Horror! Un paso atrás. Un huracán que con un ruido ensordecedor lo destruye todo. Un dolor en un lugar que no tiene sitio en mí pero que me cubre por completo. Otro espacio. Descanso y mis cuencas vacías llenas de nuevo. La velocidad de los vehículos que pasan a mi lado amenaza con desbaratar el bulto de huesos que me conforman. Las hilachas de mi ropa con cada sacudida se hacen más largas y se baten orondas como banderas del no-espacio que habito. Entonces en un guiño aparece ella entre destellos borrosos y tarda un poco en recuperar la nitidez. Como hacía tanto tiempo que no hablaba, al abrir la boca dejo en libertad una nube de moscas que se queda revoloteando a nuestro alrededor, haciendo antesala a las primeras palabras que pronuncio en mucho tiempo. —¿Cómo lograste seguirme hasta aquí?

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No sé si fue la expresión inescrutable en su rostro, o el autobús que nos golpeó a gran velocidad lo que me sobresaltó; pero en un suspiro sorbí todas las moscas que volaban nerviosas sin aventurarse a escapar lejos de mí. Ella ni siquiera pestañeó. Escasamente las mil alas de anisóptero que cubren su espalda se encresparon en remolinos en la dirección del bus que se alejaba. A mí, en cambio, atravesar objetos siempre me ha causado una sensación de helado vacio y me deja extenuado, como si me robaran el brío necesario para no-existir. Esto me adormeció y me acerqué flotando a la orilla de la carretera donde me tendí. Hasta allí me siguió. —No me has contestado— le dije con la cabeza colgando como una pera de boxeo. –¿En verdad no lo recuerdas? —Me preguntó entornando los ojos tratando de escrutarme en lo más profundo—. —¿Recordar?, ¿No es ese acaso un lujo que sólo se dan los vivos? —No, eso es soñar —me respondió tendiéndome la mano para ayudarme a levantar—. De nuevo, terror, confusión y caos. Esta vez las cientos de polillas que se daban un banquete con los hilvanes de mi camisa, volaron como locas llenando el ambiente con sus revoloteos vacilantes. Un auto en la autopista zigzaguea sin control a alta velocidad, invade el carril contrario enfrentándose a un tractocamión qué, al frenar marca la cinta asfáltica como tachando el destino en una lista 38


macabra. El auto lo esquiva por poco pero se sale de la autopista, hace rampa en un montículo de arena, vuela, y cae dando vueltas hasta detenerse a centímetros de donde nos encontramos. Con dificultad, un hombre sale arrastrándose por lo que queda del parabrisas y se derrumba justo donde me encuentro. Nuevamente me siento feliz aunque no lúcido. Aun no veo al recién nacido, pero sé que pronto lo haré pues nadie puede salvarse de un accidente tan salvaje. Me levanto por mis propios medios y ahí está ella. —Ha llegado la hora… ¿por fin? —Su mirada de nuevo me inquieta—. Siento algo entre los zapatos, al quitarme uno veo como unos gusanos comienzan a comerse la carne de mis pies, mientras que unas pocas polillas comienzan a deshilacharme las ropas y dos o tres moscas me hacen cosquillas en los labios tratando de entrar a mi boca. —¿A qué te refieres? —Le contesto confundido—. Ahora me mira con ojos de compasión, incluso desilusión. —Justo hoy se cumplen diez mil veces, uno. Justo hoy, con ésta, te he invitado diez mil veces a que sigas tu camino y te has negado nueve mil novecientas noventa y nueve. —No entiendo, si apenas hasta hoy te vengo a conocer. —No. Me has visto siempre y siempre empieza de igual manera en la estación del tren. —Mi mandíbula ante la sorpresa se desencaja y algunas moscas quedan en libertad nuevamente; pero esta vez no revolotean a mí alrededor, sino que van a cubrir con avidez el cuerpo del hombre que yace en la carretera—. 39


—Tal vez tengas razón, tu rostro me recuerda a alguien. Meneando la cabeza ella observa el cuerpo tendido, ahora a medio devorar por cientos de moscas y de gusanos. Batiendo sus mil alas de anisóptero se eleva unos pocos centímetros del suelo. De forma solemne mira hacia arriba y con una voz que no es suya comienza a hablar sin mover los labios. —Desde que el hombre se ganó ese nombre ha tenido que concluir sus ciclos, uno a la vez y cada uno diferente, con el fin de avanzar lo suficiente como para merecer llegar al lugar al que pertenece. Sin embargo, él mismo y sólo él es quien toma la decisión de ascender al siguiente. Hoy, como siempre, vuelvo a invitarte para que superes el último y pases al próximo, ¿vienes? —Sin más me ofrece de nuevo su mano—. —¿Por eso te recuerdo, porque te he visto varias veces? —No, no me recuerdas a mí. Este no es mi rostro, es el que tú me pones cada vez que me ves. Estas palabras me elevan en un bucle violento y desgarrador de recuerdos. Una mujer. Su rostro… ese rostro. Una gran historia de amor. Un beso en la iglesia. Un bebé que nos alegra. La muerte inesperada de un ángel. Ella que enferma de locura. Un tren que la destroza para liberarla. Mi desespero por no volver a verla. El

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alcohol como remedio. Un auto da vueltas en la carretera y luego, vuelvo a verla, a ella. ¡Oscuridad! Nuevamente estoy en una estación del tren, y noto que estoy feliz y lúcido, cosa qué, déjenme decirles, es… inadmisible, por lo menos en un no-lugar como el que moro, pero sobretodo imposible para alguien como yo.

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CAPÍTULO V

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Desambiguación

25 de Diciembre l árbol de Navidad triplicaba su estatura, estaba lleno de hermosas lucesitas que pintorreaban su pálida piel, se precipitaba a tocarlas cuando el azul índigo predominaba entre ellas. La casa olía dulcemente. La mesa estaba servida con diferentes platos. Este año aumentaron sillas al comedor que siempre contaba con sólo cuatro, de las cuales solo usaban con frecuencia dos, ya que los señores de la casa permanecían fuera siempre, y su hija era cuidada por una nana. Danielle cumplía esa noche nueve años. Su cuarto azul cielo estaba repleto de regalos, de todo tipo de regalos. La casa estaba dispuesta a tener su rostro colgado en todas las paredes; delicadamente puesto en cada mesa, iluminado con las luces de las lámparas o de la chimenea. La familia comenzó a llegar, siendo siempre ella el centro de atención. Su abuela la sentaba en sus piernas y acariciaba su hermosa cabellera dorada; le daba el amor que sus padres no pretendían nunca darle, y los demás apenas superficialmente. Tenía pocos primos, pero siempre ella era la preferida, puesto que contaba 43


con varias habilidades, y ella; ella caminaba por encima de todos, era una actriz de primera, con su aptitud y talento lograba todo cuanto se proponía haciendo los mejores shows y espectáculos para su bienestar. Luego de la espectacular cena, un delicioso pastel y la adulación por parte de quienes la acompañaban, hicieron que sintiera, como siempre, la emoción de la egolatría. Sus padres le entregaron otro aparatoso y por supuesto, costoso regalo, pero antes de abrirlo, le pidieron a la familia que escucharan la gran noticia que iban a decirles: La madre sonriendo, informó que se encontraba en embarazo, que tenía ya cuatros meses, pero que el bebé se encontraba con problemas en la matriz, así que necesitaba cuidados intensivos. La sombra de la desesperación recayó sobre el pequeño ángel; fue apartada para que su hermano fuera adulado y protegido por todos los que se encontraban en la sala. Atormentada anunció en llanto que se acostaría a dormir y al ver que nadie lo tomaba con mayor importancia se esfumo de la sala agobiaba hacía su cuarto, cuando entró en el mismo comenzó a tirar todo y a llorar fuertemente, quedándose dormida en el tapete que cubría el suelo de su habitación. El pequeño reloj rodeado de zafiros marcaba las tres de la mañana: ella se levantó del suelo, cansada y con sus pequeñas mejillas rojas, el glóbulo ocular resaltaba más el iris azul de sus ojos, ya que 44


estaba rodeado de unas pequeñas líneas rojas. Caminó hacía la habitación de sus padres; notando la ausencia de su padre y verificando que su madre estuviera completamente dormida apuñaló varias veces el estómago de la misma, ignorando sus gritos, dando así muerte a su hermano y por igual a su madre. Se encaminó hacía su habitación, pero antes se aseguró de mirarse en el espejo que se encontraba en el pasillo, rodeando el rostro que se veía en el reflejo, hacia la silueta con la sangre que sus manitas tenía impregnada; por último beso el espejo, sintiendose esta vez por fin amada. 26 de Diciembre Era un amanecer. Una cabaña cerca de la playa, a través del vidrio vi sus manos erizar otra piel, desnudar un torso, besar lentamente su espalda, tocar sus pasiones, penetrar sus deseos. Grité y golpeé el ventanal, pero caí en un bosque, ahora era de noche. Una cálida ventisca, una fogata iluminaba el sudor que resbala por su espalda, por ambas espaldas, mientras los gemidos se bañaban de sabores que desprendía la noche. Lloré, grité y nadé en un callejón anegado en lágrimas matutinas. Contra una pared de ladrillos está besando unos labios con sabores, tamaño y entrega diferente a los míos, recorría con delirio su mano por entre sus suspiros. Desperté a su lado, degustando las lágrimas que recorrían mi rostro mojado por el sudor del miedo, grité y lo golpeé fuertemente, él se limitó a 45


voltearse hacía el otro lado. Empaqué y me fui, antes él lo había hecho, solo me había dejado una nota: “Te odio”, dejándome por semanas; también destrozó unas cuantas fotografías de los dos, y dejó su anillo colgando de un hilo amarrado a un tornillo; según me enteré me había visto en el reflejo de un espejo de una tienda con otro hombre jurándole amor, entre mis piernas. Volví horas después, pensando que todo estaría en orden. Comenzó a tirarme vasos, todos explotaban contra la pared, y yo, yo me le lancé, y empecé a morderlo sin temor, de mi boca chorreaban cántaros de sangre. Le odiaba terriblemente. Él se levantó y me tiró contra el mueble, pero reboté y caí pegándome muy fuerte contra el piso. Cerró la puerta con llave y robó la mía. -Hierve de ira, pero terminaré evaporándote- me levanté y le tiré el florero; le cayó en toda la cabeza quebrándose y esparciéndole el agua por todo el cuerpo, se demoró en despertar pero, sin dolor alguno, comenzó a ahorcarme; recuerdo ver sus venas brotando en sus brazos, sien y manos, cerré los ojos, ya sin aire y sentí que caía en algo suave. Desperté en la bañera con agua caliente, él limpiaba mi cuerpo con suavidad, había música de fondo. El reflejo del vidrio me mostraba dos personas consecuentemente consumidas. 27 de Diciembre El terrible invernal atardecer iluminaba opacamente los pequeños moretones sobre la pálida piel. El fuerte viento que entraba por la 46


ventana abierta, congelaba gota a gota las lágrimas que rodaban por las mejillas rojizas, lavando por igual el vómito que, ya seco, cubría gran parte de la cama. Su débil cuerpo bañado de dolor se sentó en el borde de una cama que olía a sufrimiento. La habitación le dolía hasta en los huesos. El suelo tenía fotografías de una joven con el sol en la sonrisa, una mirada bañada de verano y el cabello pintado de chocolate. Un suspiro olor a cigarrillo le quemó los pulmones. Caminó sobre lo que había expulsado, lo que conocía con tanta claridad. Él, hombre de mirada pérdida, mirada triste; llena de sufrimiento. Su posada habitual para sosegar las ansias, la encontraba tras empaques de diferentes comidas que, luego con suma desesperación lograba expulsar por donde minutos antes había entrado. La había perdido. Las marcas trazadas con sonrisas, ahora se habían esfumado tras la mirada del engaño. Ella se posó sobre el deseo ardiente hecho pecado. Sus manos conservaban aun residuos color vino tinto, igual que la ropa que había usado luego de la espectacular escena. … Conmovido por el acto que estaba presenciando, se resguardó silenciosamente entre el closet de la habitación de su desdicha: Honey se encaminó desnuda al baño, mientras que su amante descansaba en la cama. Jacob conservó su excepcional silencio y su 47


demencia le permitió descuartizar a quien había saciado el deseo de su amada, devorando así todo cuanto poseía la ambición de la burla. Lleno de júbilo por lograr su cometido, abandonó el lugar, vomitando hasta el último retaso de piel que prendió la llama de la seducción. Llorando, Honey estaba parada en el marco de la puerta, vestía un corto vestido y su cuerpo aún conservaba pequeñas gotas de agua. Ella poseída por el pánico, comenzó a llorar y a pedir perdón, luego salió corriendo y lanzó su delicado cuerpo entre el violento viento de una decena de apartamentos. Apartó el suceso de su memoria, deformó su rostro, apagó la luz que emitía su sonrisa, borró sus manos y exfolió sus caricias. Lamentando el dolor que por sus poros surgía, encendió el abrasador fuego que consumiría el desasosiego de un alma bañada en pena. 28 de Diciembre El frío colaba en mis huesos, entraba como latigazos por las cobijas; golpeaba en mi piel, me lastimaban las heridas, ya podridas por el descuido de estás. El ruñir de las ratas desvelaban mis constante pesadillas, pesadillas que recordaban lo inútil e inservible que soy. La inmundicia de la comida podrida se jactaba con la podredumbre de mi piel, de mi cuerpo en descomposición. 48


… Sus pequeños rizos color atardecer hacían ver más pálida bajo sus ojos miel. Sus manitas pasaban rápidamente por el bordeado de la letra en el papel; sobre el libro que lograría la recuperación económica, luego de la muerte de mi esposa, la cual me dejo en una depresión psicológica y con trastornos. Siete años después y decidí escribir mi biografía. Después de llevar el libro a la editorial, endulce los últimos suspiros que quedaban en la vida de Violett. Su vestido blanco tenía una peculiar mancha provocada por el helado de chocolate, pero su pecho había cesado la marcha, ya sus manitas no sostenían el helado; ni por sus ojos rodaban más lágrimas. La mancha en su pecho se hizo más grande y se torno color vino tinto, su cabello se mancho y lo único que pude hacer fue acostarme en su pecho para sentir lo último cálido que sabría jamás volvería a sentir… Las paredes tenían visitantes con variedad de patas en ellas, el suelo contaba con gruesas capas de polvo recordándome la suciedad en la que vivía y viviría. Mi cuerpo se desarmaba bajo la tormenta que había ocasionado la culpa, la insolencia de la pereza había carcomido la piel que ahora se desmoronaba de forma repugnante.

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En el reflejo de una fotografía que colgaba de la pared, distinguía el fantasma de un hombre que jamás vivió; puesto que la sombra de la pereza se inyecto en su cuerpo tal cual la tinta lo haría en el papel. 29 de Diciembre El café que había ordenado unos minutos antes tenía un sabor asqueroso, pero la taza en la que se había servido lo hacía ver demasiado llamativo y delicioso; así mintiera. Esperó por unos minutos más. Arthur Williamson el hombre al cual esperaba llegó acompañado de su hermosa esposa; era el dueño de una prestigiosa empresa extranjera con quien estaba próximo a cerrar un contrato que traería grandes beneficios a su cartera. William Canterville contaba con una gran empresa, una casa espectacular cerca de una playa privada, una gran cantidad de títulos, demasiados automóviles. Era físicamente muy atractivo: ojos azules, cabello ya canoso, de estatura promedio, con un físico mantenido, dientes cuidadosamente blancos y pulidos; hablaba varios idiomas, no había país que el espectacular hombre no conociera, había estado con mujeres bellísimas y comido en los mejores restaurantes del mundo, pero aun así no se conformaba con lo que tenía. Su motivo estaba allí, frente al célebre autor de sus próximas riquezas; manteniendo una sonrisa espléndidamente hipócrita. Pidieron de cenar, mientras conversaban sobre el próximo negocio que harían y la rentabilidad del mismo. William no pudo dejar de observar lo hermosa que era la señora Williamson, tenía una cara perfectamente pulida, labios delgados con una tonalidad rosa, su cabello era 50


castaño y no más largo de los hombros, ojos verde oliva y su cuerpo sugestionaba, indisponía, enfermaba, obsesionaba. 
 Luego de terminar la cena, el señor Williamson propuso que concluyeran la firma del contrato en su casa. 
 Al llegar, ésta se encontraba solo con su mayordomo, puesto que el personal se había ido de vacaciones. Fueron atendidos plácidamente, sirvieron el mejor vino en copas de oro que el señor Canterville deseaba consigo en su mansión, su éxtasis y deseo por todo cuanto tenía el señor Williamson, incrementaba notablemente entre más se adentraba en la casa. 
 Sentados en una de las salas de la mansión, disponían de una hermosa chimenea en medio del invierno; una gran variedad de la mejor literatura, pinturas esplendidas, para delirio de Canterville una hermosa escultura cubierta en oro, diamantes y las más maravillosas joyas formaban un hermoso lobo de un metro. Sin dudarlo se levantó, caminó hacia él y comenzó a acariciarlo. Su cuerpo se encontraba bajo el efecto del alcohol; neurótico y obsesivo, observó en el reflejo de los ojos del lobo a la señora Williamson. Ella estaba sentaba desabrochándose un poco la camisa, en ese momento entró Arthur acomodándose sus gafas, ella se levantó y se despidió, disculpándose y aclarando que el alcohol ya había hecho efecto y contaba con mucho sueño y migraña.

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Luego de irse, un deseo inundó a Canterville, ya habían firmado el contrato, ya no había vuelta atrás; tomó una pequeña porcelana que había en medio de la mesa de cristal y esperó hasta que Williamson se acomodara en su sillón, para comenzarlo a golpear, hasta que su camisa se bañara en sangre y su rostro no estuviera completamente deformado no estuvo a gusto. Escupió en su cara, tiró la porcelana en la chimenea, y salió de la cómoda sala; en el pasillo, el mayordomo se encontraba acomodando unos cuadros, William se acercó por detrás y comenzó a ahorcarlo sin piedad, luego subió hasta la habitación de los Williamson y para su sorpresa la señora no se encontraba en la cama como supuso debía estar, escuchó del baño una melodía suave y aguda y la encontró en la lujosa bañera; con sumo cuidado se desnudó y entró en la bañera, ella comenzó a gritar pero no había nadie en casa que pudiera escucharla, no había nadie con vida que pudiera socorrerla; luego de su cometido optó por recoger los tres cuerpos y quemarlos. 
 Disfrutó la estadía en la hermosa mansión por unos días, tomando todo lo que sentía que le pertenecía, desapareciendo luego entre la niebla reflejándose en los ojos del lobo que cautivó su avaricia. 30 de Diciembre Sus gritos se amortiguaban con los fuertes truenos. Los nudillos estaban rojos y manchados de sangre, igual que las paredes del pequeño y oscuro cuarto. Las campanas de la iglesia más próxima 52


indicaron que había pasado una hora más. El día estaba nublado, hacía muchísimo frío y llovía inmoderadamente. Se levantó del suelo y prendió la luz, todo estaba hecho un desastre; el suelo estaba lleno de pequeños pedazos de vidrios, unas cuantas fotografías rotas, gotas de sangre y retazos de papel. Caminó hacia el espejo que estaba ubicado en medio de la habitación, odiaba su reflejo, despreciaba a su semejanza, la sangre que corría por sus venas; despreciaba su cabello claro, los ojos azules inyectados de odio, la barba corta, los labios manchados de sangre, sus manos hinchadas y lastimadas; se burlaba de eso, y de cada mínima curva de su cuerpo, puesto que verse era verlo. Mirarlo era mirarse. Tomó un taxi y llegó al teatro, como lo hacía siete meses atrás. Corrió hacía la puerta trasera y al entrar todo estaba apagado, era el primero en llegar, se tomó una ducha y comenzó a vestirse, estaba próximo a ser sombra: como siempre. Se vistió y releyó el corto diálogo que debía decir. Caminó por el teatro, sentando en diferentes sillas, proyectando como se vería en un futuro cuando triunfara, cuando él fuera la persona más especial y espectacular del lugar. Cuando brillara. Del suelo tomó un recorte del periódico de esa semana donde había una foto de un joven alto, aproximadamente un metro con ochenta y cinco de estatura, ojos azules, piel blanca, cabello claro y corto, breve barba, labios delgados, contextura fuerte y físicamente muy atractivo; conmocionado se distinguió en la fotografía que ocupaba un cuarto

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de la página, pero para su desgracia no era él, su hermano volvía a despedazar sus sueños, sus ilusiones. Abrieron la puerta. Nathaniel entró y Danniel se apresuró a esconderse bajo la silla pero sin dejar de observar lo que hacía su hermano. Nathaniel tenía brillantina pegada en su chaqueta, y venía con varias bolsas de regalo en sus manos, dejó todo sobre el escenario y se perdió tras las cortinas carmesí del mismo. Las lágrimas comenzaron a brotar de nuevo, sus manos temblaban y sus pies tropezaban con las sillas cercanas; bajó con dificultad pero llegó a la primera fila. Tomó las bolsas y revisó cada una, la tortura magullo el desconsuelo de Danniel afirmando ser la sombra de Nathaniel. Danniel era la acongojada voz que camina hacía un precipicio sin fin. 
 Exaltado corrió hacía los camerinos. Él cantaba fuertemente, con la vida que le había robado a Danniel, con la luz con la que hacía la sombra del desdichado. Danniel temblaba, lloraba, se quemaba internamente, no soportaba recordar la ausencia, la angustia, lo enfermo e indispuesto que siempre había estado, lo nervioso y ausente, tenía su vida encarcelada en un antiguo baúl, enterrado bajo la mirada de su hermano. Tomó una cuerda de la utilería y rodeó el cuello de sus desgracias; sin ya casi aire, Nathaniel observaba a Danniel, implorando perdón. – Siente la presión en el pecho, el dolor de vivir anexado a tus poros, a tu vida, siente que es sentirte, odiarte, ve en mi lo que desprecio de ti, somos un circulo 54


vicioso, y lo peor es que tendré que conservarte de por vida; reflejarme es reflejarte, sentir tu lastimero recuerdo tatuado en mi piel, gritando lo mucho que siempre me odiaré. – Tomé su cuerpo mojado y sin vida, procuré ocultarlo con sumo cuidado en un antiguo baúl del teatro, luego de un fuerte esfuerzo lo llevé hacía un terreno baldío en medio de la lluvia y lo enterré, bajo la mirada de un árbol muerto, tan muerto como lo estaba yo en ese momento. Volví al teatro, vivo, con fuerza, grande. Todos esperando a su estrella se alegraron de verme, dijeron que no era necesario la actuación de Danniel esta noche, que con Nathaniel tenían. Ahora era la sombra del reflejo, en este momento era la luz intermitente del engaño, tenía envidia de quien pronto sería, de quién anhele y tenía su máscara oculta en mi sangre. 31 de Diciembre Observaba frente al espejo cómo mi cabello mojado caía sobre mis pechos; tapándolos, escondiendo las cicatrices de mis pezones que clientes habían dejado. Las lágrimas dispersaban el maquillaje de mis ojos, no recordaba con claridad su voz. En ocasiones, en algunos sueños me llegaban sus gritos y hacían que me levantara en medio de la terrible oscuridad a llorar arrinconada en mi sucia cama donde conservaba aún vacío el espacio que él dejó, aquel donde además se conservaba el placer, el amor y el consuelo que me daba cada noche antes de dormir. Quedaron sus abrazos, sus besos, sus 55


caricias y sus palabras; palabras que se esfumaron en ese puente mientras el caía hacía el pavimento que destrozó todo lo que amaba, todo lo que tenía. 
 Las diferentes luces de colores que pintaban la lluvia que se posaba sobre mi ventana me remitió un año atrás, cuando conmocionada le conté en medio del bullicio del año nuevo que esperaba un hijo de él. También recordé lo afligido que estuvo cuando caí, en un pequeño descuido perdiendo lo único que nos mantenía unidos.
 
 Era tarde, continué mirando por el reflejo del espejo una mujer delgada y consumida, una habitación vacía, una cama que esperaba el fantasma de su amado, una mesa servida con la comida que horas atrás había trasbocado; siendo ya costumbre, puesto que a los clientes del bar donde trabajaba les gustaba más las mujeres delgadas. Una habitación con cuadros empolvados, cubiertos de pintura, cartas, envuelta con el sabor de la lujuria que por igual, recorría y se expulsaba por los poros de la mujer con ojos sabor café. Ya nadie vendría, estaría sola una noche más. 
 La mujer del espejo, no se reconocía, no me reconocía, tenía cicatrices, golpes, tenía el dolor sobre la piel, en sus ojos, labios, dedos, nadaba en su saliva y quemaba su mirada. La lujuria era el único bienestar que penetraba sus sentidos, la única droga que revestía su soledad.

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CAPÍTULO VI

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Él escribía, mientras ella tejía l escribía, mientras ella tejía, a cada letra y a cada hilada cada uno. Distantes, observaban sus propias acciones como la marcha atrás del reloj incesante de la vejez. A sus 76 años, no antes, Ricardo comprendió que a cada paso de su caminar pausado se descontaban los segundos de su ya precaria vida, y lo comprendió más aun, con la muerte, de la que fue su esposa durante 43 años. En la mañana en que despertó junto a su esposa, descubrió sin siquiera mirarla, su repentina ausencia, al ver que aún conservaba la belleza que se encuentra en la inocencia de los años acumulados y en la lozanía de su juventud, que aún se solapaba en la mirada del escritor. Comprendió cuanto echaría de menos la compañía silenciosa de su esposa mientras ella tejía y el escribía. El escritor pareciera estar trazando su propia historia. 58


El escribía, mientras ella tejía y el alucinaba en su delirante meditación literaria con el sonido de la fricción de los hilos, con el seseo de su rosario y la reconfortante espera del llegar de la noche. Ricardo era un cinéfilo habitual, aunque solo veía, junto a su esposa, las mismas películas en blanco y negro una y otra vez, las que les recordaban su juventud. Solía decir, “el arte crea mundos para escapar de la realidad”, tal vez por eso torno su caligrafía rápida y meditabunda después de la muerte de su es- posa. En su mano izquierda mantenía el rosario de su esposa con el afecto y sutileza de quien acaricia una mano, mientras escribía su siguiente capítulo. El escribía, mientras ella tejía, sumergiéndose en la tinta que se desprendía de su pluma, embebido en la creación que fue redactando, amparado en las letras para aliviar su soledad. A tientas, adelantando las manos en la oscuridad recorre su sa- lón, bailando un tango pausado con la sombra del recuerdo de su mujer, aun con la pluma en la mano, delirante con la felici- dad nostálgica de su reencuentro. 
 El escritor derrama la tinta mientras baila, escribiendo en el su-elo el vals de su alucinación. 59


El escribía, mientras ella tejía. Sonreía garabateando su cali- grafía indescifrable en un orden incoherente, absorto entre lo existente, lo ilusorio y lo real, con la presencia latente y el silen- cio estridente de la presencia de su esposa. Agotado después de 6 meses de delirios felices, la razón le otorgo un momento de lucidez, noto la ausencia de su esposa y el dejo de escribir y ella dejo de tejer.

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CAPÍTULO VII

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Soy yo. Ana

oy yo Ana, de trece años de edad, sí con trece y estoy aquí en este lugar. Un lugar pútrido y corrompido, ensolvado con hu- mo de cigarrillo y olor a licor, un lugar moribundo, empolvado y a punto de caer, donde los viejos miran y miran donde no de- ben mirar. Otto y Trina. Ahí en esa mesa roja, en la de siempre, y como es costumbre peleando y vomitando palabras raras que se escu- chan de esquina a esquina. Como siempre, terminan en el par- queadero, ese parqueadero que con su luz verde y amarilla pa- rece un rin de pelea. Ambos ebrios, mi madre golpeada y mi pa- dre igual, luego él me intenta llevar a casa pero ella lo impide, llega mi tío a controlar, pero solo termina llevándome a casa. Era lunes en la mañana, me levanto y me dirijo al baño, abro la tina y miro como sale de ella el agua, como lentamente se lle- na la bañera, entro en ella y siento como mi cuerpo 62


descansa y se queda inmóvil. Eran las doce del mediodía y estaba en la pe- queña sala de mi casa dibujando cómo sería si estuviera ahí en la ducha, sale mi padre de la habitación se sirve un vaso de agua y me mira fijamente, luego me pregunta que si estoy bien y yo solo le respondo con una mirada. Él, somnoliento coge sus cosas y sale de casa. Luego de un rato sale mamá adolori- da y despeinada, apenas siento que puede recordar lo que le sucedió anoche, ella sí no menciona ninguna palabra, solo sa- le, desayuna y entra de nuevo a su habitación. Mirándome al espejo pienso que estoy cansada de estar aquí, cansada de sentirme como uno de esos candelabros viejos que tiene mamá, al mirarme sólo me imaginaba yo con un arma apuntándoles y... ¡Pam!, ¡Pam!, ¡Pam! Luego me siento en enorme sillón desparramado. Ana tu eres capaz, tu puedes sola, me decía, hasta que decidí irme y llegar hasta donde lograra llegar. Caminé hasta las escaleras y conté cada uno de los escalones mientras los subía, u-nooo, dooos, treees, cu-aaa-tro, ciiin-cooo, seiiis, hasta quince. Estiré mi ma- no lo más lento posible hasta alcanzar la cerradura de la puer- ta, de esa puerta que sabe todo de mí, la que me ahuyenta de los gritos y cuida mis llantos. Pero bueno, ya estaba ahí con la mochila abierta lista para empacar. Un short, una blusa, una chaqueta, dinero, bla, bla, bla... ¡Ah! Y como olvidar el revólver de mi padre, ese revólver que me va a cuidar durante mi viaje. Al terminar bajé a la sala y empecé a preparar el mapa, de aquí a allá, de allá a otro lugar. 63


Martes en la mañana, estoy sentada en esta enorme carretera, en el pasto verde que se ve hasta lo lejos, aquí sentada espe- rando que pase alguien que esté dispuesto a llevarme... Once de la mañana y no pasaba nadie, yo solo cuento uno, dos, tres, cuatro. Una hora después veo a lo lejos un carro, o bueno algo parecido a eso, puse la mano pero sigue su recorrido, más ade- lante para y retrocede. Nos miramos fijamente, está guapo, pen- sé. Me preguntó hasta donde iba y yo le respondí que hasta la ciudad del juego, me monté en el carro y él arranco. Habían pasado dos horas, solo sabía mi nombre y mi edad. Paramos en una estación de gasolina, al bajarse noté que él esta- ba cojo. Al entrar al carro le pregunté su nombre y me respon- dió con un FER –NAN – DO. No me aguanté y le dije: ¿te pue- do hacer una pregunta?, él me responde que sí, yo le pregunto: ¿por qué razón está cojo? y me responde que fue un simple ac- cidente. Ya van cinco horas de viaje y siguen los silencios incómodos entre él y yo, pero los oculta poniendo música con alto volu- men. De repente siento cómo postra su mano sobre mi pierna, se va sobre mí, me intenta besar mientras me toca, me lo quité de encima y le dije: Eres un malparido, ¡no ves que tan sólo ten- go trece años!, depravado. ¡Cojo de mierda! Al escuchar esta frase, me advierte que jamás le volviera a decir cojo. Minutos después no me aguanté y le volví a gritar ¡Cojo de mierda! Pa- ró el carro en seco y me hizo bajar, yo solo obedecí. Al estar fuera del carro, él arranco y

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sentí que se iba mi oportunidad, por lo que volví a gritar ¡Cojo hijo de puta! Estaba ahí mirando hacia la nada, sólo pensaba: es un hijo de puta, ¿cómo me deja aquí en este mísero puente donde solo se ven montañas y más montañas, donde no había más colo- res que el verde?. Miércoles, ocho de la mañana, dormida al lado del puente, casi debajo de él, solo sentía que me caía un chorro caliente en mis pies, al mirar hacia arriba, ví una mujer con su vestido alzado y sus calzones abajo, me estaba orinando, sólo le grito.. ¡qué ha- ces!, ella sonrojada se arregla rápidamente, sólo me pide discul- pas y me pregunta porque estoy ahí, yo le respondo que me es- capé de casa y quiero ir a jugar. Ella era toda una diva, en su carro había lujos y más lujos, se pintaba su boca cada tres segundos y hablaba algo sensual, como típica mujer de traficante. Solo le prometí que no tendría ningún problema por llevarme. Ya era de noche, fingía estar dormida, ví cómo Sandra sacaba de su cartera un estuche con un polvo blanco y lo introduce por su naríz, ella nota que no estaba dormida y me dice que no es nada malo, que es algo que te hace ver las cosas de otra for- ma, me pregunta que si

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quiero y yo le recibo un poco, al recibir siento que me sube hasta el cerebro y me congela cada una de las partes de mi cuerpo. Jueves en la tarde, llegamos a una casa y entramos. En la sala sólo había un mueble y un florero artificial, entramos a otro cuarto, él estaba ahí, nos miramos fijamente, bajé la mirada y le dije a Sandra que él era el chico del que le hablé, ella me res- pondió: tranquila, él solo me sigue a mí. Salió Marco de la parte de atrás de la casa, le dió un beso a Sandra y me dejaron sola con él. Marco le ordenó a Fernando que me diera un paseo. Salí con mi mochila y con él, me monté en su carro y sólo me pidió disculpas por lo ocurrido. Paramos al frente de un bar, el tan sólo me dijo que esperara ahí que no se demoraba. Mien- tras lo esperaba conté u-nooo, dooos, treees, cu-aaa-tro, ciiin- cooo, seiiis. Había pasado más de una hora, decidí entrar al bar. Allí recordé todos esos días de asco con mis padres, ví que estaba jugando billar y estaba muy ebrio. Nos fuimos del lugar. Me llevó a un lugar extraño, eran dos pisos y solo había mu- chas puertas, entramos en una de ellas, estaba llena de espe- jos era algo raro, pero me gustaba. Al cerrar la puerta él me amordaza y me amarra las manos y los pies con cada una de las esquinas de la cama. Yo sólo lloro.

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Él me mira, yo lo miro con los ojos húmedos. Sale de la habitación y me deja ahí aterrorizada por lo que pueda suceder. Me- dia hora después siento que abren la puerta pero es Sandra, me ve ahí postrada y comienza a llorar. Mientras intenta desa- marrarme me cuenta que Fernando le hizo lo mismo a ella cuando estaba pequeña. Llega él de prisa y solo me había de- satado las manos, empiezan a discutir. Fernando saca su ar- ma. Sandra se pone nerviosa y le dice que la guarde. Él se po- ne furioso y empieza a disparar diciendo Zorra, no está carga- da y de repente yo escucho un ¡Pam! Miro al suelo y Sandra estaba desparramada y muerta, Fernando se tira encima de ella y llora. Alcanzo mi mochila, saco el revólver. Le apunto a Fer – nan – do. Sólo pienso e imagino. Me miro al espejo y di- go ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!

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CAPÍTULO VIII

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La verdad

staba sentada otra vez con la misma ansiedad, con las manos sudorosas y un leve temblor en la pierna derecha, esta vez quería ser sincera y tener la satisfacción de que se lo había contado todo, aunque eso significara perder tanto, tal vez todo, en tan poco tiempo. Miró el reloj y estaba retrasado diez minutos, pensó en que era una señal para salir corriendo y no tener que contarle nada, quería evitarlo a toda costa como quien evita una cita en el dentista, incluso después de haberla pedido. Sus impulsos de valentía y decisión no le habían durado mucho, tal vez era más fácil seguir actuando como si nada, no había tenido mayor problema en hacerlo. Se secó el sudor de la frente con la manga de su camisa y temblando se puso una de sus manos en el corazón para tratar de calmarse y evitar que se saliera de su pecho. Apenas podía respirar y en ese momento comenzó a toser insistentemente sin saber si la razón eran los nervios o el polvo que emanaba de los arreglos que hacían en la cafetería. 69


—Cuando hacen remodelaciones deberían cerrar cualquier sitio, en especial una cafetería, típico de esta universidad— dijo Pedro sin saludar— puso su mejilla al lado de la de Lucrecia, casi sin rozarla, dando un beso al aire y apoyándose sobre su hombro. — ¿Y qué tal tu postre lleno de polvo y tu café con este ruido insoportable? —Dijo viendo el plato casi vacío encima de la mesa. —Pues, digamos que no tan mal como lo hiciste sonar— Se aterrorizó de lo bien que le habían salido las primeras palabras de la conversación, teniendo en cuenta sus nervios incontrolables, los mismos que ya tenía un poco más acoplados, extrañamente después de haber visto a Pedro. —No entiendo para qué tanta parafernalia, que no podías contármelo por teléfono, tú siempre tan dramática y exagerada— dijo Pedro de forma burlona con los ojos fijos en las manos de Lucrecia mientras espantaba con las suyas el polvo — ¿Tú estás temblando? –preguntó. —Es una historia larga— dijo Lucrecia con una sonrisa falsa que más bien quería ser llanto, evadiendo por completo la pregunta que le hizo Pedro. —Por larga que sea en algo tiene que acabar, tú me conoces Lucre y sabes que odio los detalles, es mejor que no te tardes, tengo clase en veinte minutos y mil cosas por hacer-dijo señalando un libro que había puesto sobre la mesa al llegar. —Si lo que quieres es que te ayude con alguna materia con gusto, pero eso sí la semana que viene— Pedro recostó su espalda en la poltrona y miró al techo, 70


volvió sus ojos a Lucrecia y sonrió para restarle un poco de dureza a lo que había dicho y parecer así más amable. Lucrecia aclaró su garganta para comenzar a hablar y se balanceó para quedar más cerca de él. —Bueno, ya el semestre se va a terminar y hay algo que quiero que sepas— entrelazó sus manos como si fuera a rezar o suplicar, se las llevo nuevamente al pecho y puso su mentón sobre ellas dejando ver el pánico que tenía. -Antes que nada quiero que sepas que no soy una mala persona, tú me conoces y sabes que no haría nada en contra de nadie ¿verdad? —Yo sé, susurró Pedro tratando de sonar tranquilo para calmarla mientras jugaba con el seguro de su reloj—Por favor, se me está acabando la paciencia, la cara que tienes y este ruido no hacen muy buena combinación, cuéntame de una vez qué es lo que pasa— dijo Pedro enérgico. —No, no te lo puedo contar aquí, aquí no por favor, Lucrecia sonaba cada vez más irritada, tomó la mano de Pedro sin sentir vergüenza de empaparlo con su sudor frío, cerró los ojos con fuerza y se incorporó tomando su mochila y soltando las manos de Pedro. —¡Por Dios! Explícame de qué se trata todo este misterio – replicó Pedro mientras ponía las yemas de sus dedos en las sienes y levantaba la cabeza para mirarla, se quedó allí sentado para hacerle saber a ella que no iría a ninguna parte.

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—No me acompañes entonces- dijo Lucrecia con toda la intención — sintió que hizo lo que su humanidad le permitía para saldar las deudas con su conciencia. Pedro agachó la cabeza, apoyó sus manos en las rodillas y vencido se levantó—Vamos— dijo resignado. Salieron de la cafetería pasando a través de la cortina de polvo, ruido y trabajadores y Lucrecia comenzó a toser nuevamente, — ¿Puedo saber por lo menos a dónde vamos? — Preguntó Pedro, esperando que Lucrecia evadiera nuevamente su pregunta. —No— contestó ella. El tráfico estaba muy denso ese día y había sobre ellos un sol insufrible, era apenas medio día y ya no quedaba nada de la frescura de la mañana. De pronto Lucrecia sintió un alivio inexplicable al salir de la universidad y ver más gente, más caras, más historias, al saber que la vida seguía incluso después de confesarlo todo, por un segundo sintió volver la fuerza y el ímpetu que la habían abandonado hace tanto. — ¿Tomemos un taxi al frente de la calle, sí? —dijo— Dio tres pasos llenos de determinación mirando esta vez hacia adelante, ensimismada totalmente por la sensación repentina de ánimo y consuelo. ⎯ ¡Lucre!—gritó Pedro como nunca se lo hubieran permitido su inexpresividad y rigidez.

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Pero su advertencia, al igual que él esa mañana a la cita en la cafetería había llegado tarde. El auto blanco que venía hacia Lucrecia la elevó por el aire, arrojándola a unos metros de distancia y dejando también a Pedro inmóvil y perplejo al ver toda la escena. Su cerebro quería correr hasta ella, pero sus piernas sólo podían caminar lentamente, cuando se acercó después de abrirse paso entre la multitud aglutinada la vió perfecta, no tenía un sólo rasguño, ni una raspadura, estaba desplomada en el piso, como dormida, se veía tranquila y apacible, todo lo contrario de como estaba minutos antes en la cafetería de la universidad, incluso, aunque para los demás pueda parecer extraño. Pedro pudo ver en ella cierto gesto de gozo y descanso, el mismo gesto que él, incluso ahora al pensar en Lucrecia y en ese día, el día de su muerte, no puede todavía explicarse con mucha claridad

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CAPÍTULO IX

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Pericles

l campo amarillo estaba desértico. Lo único notorio eran los gigantescos arboles morados y los camaleones que en ellos vivían. Allí llegó Pericles, hombre nostálgico y desterrado. Había caminado mucho tiempo, perdida tenía la cuenta. Sus pies desnudos y su pecho al viento lo hacían parecer un mendigo. Se acercó a uno de los arboles para obtener sombra, y notó que lo miraban, muchos ojos salían del árbol: camaleones. No le dio mucha importancia y se tumbó a dormir. Despertó sobresaltado y se vio rodeado de camaleones ojones que dejaban sus lenguas al aire enroscadas y gruesas. Pericles logró calmarse y optó por desafiarlos. Su mirada ofensiva se cruzaba con la de los camaleones. Se dio cuenta que la postura que había adoptado era inútil: los camaleones le inspiraban compasión. Pero era lo contrario, él daba lástima a los camaleones y los animales lo encontraban enternecedor. Uno de ellos se acercó muy despacio hasta Pericles. Éste se encogió hasta pegarse al tronco, ya no podía moverse más. El camaleón de ojos saltones trepó por su cuerpo y se detuvo en sus rodillas 75


recogidas, a la altura de su cara. Un viento estridente levantó las hojas caídas del campo, armando una espiral. Al llegar al árbol, que le daba sombra, Pericles observó cómo el espiral, a su paso, iba deshaciendo el camaleón de sus rodillas, deshaciéndolo de la cabeza a los pies, como quien borra en un tablero mágico. Cuando el animal desapareció por completo, un destello de luz cegó a Pericles, todo quedó blanco, un blanco fastidioso y perturbador. Aquel hombre nostálgico y desterrado sintió miedo otra vez: vienen por mí, pensó. Cuando todo recobró su color ya no había camaleones y en sus rodillas, ya no estaba aquel animal con ojos desorbitados. En su reemplazo había una pequeña caja de colores insinuadora. Pericles no quiso abrirla. Sintió hambre. Se puso en pie para recorrer el campo y encontrar algo que comer. No encontró mas que arboles morados, hojas caídas y camaleones con mirada clandestina ocultos en los arboles. Añoranza, llanto y hambre… Pericles se derrumbó de nuevo. Ahora la rabia lo consumía, se rendía una vez más. Se sintió morir al recordar a su mujer y a su hijo, la insistencia de ella en que se largaran de aquel lugar maldito y su negación y terquedad obtusa de hacerlo. Cerró los ojos por un instante, alcanzó la paz; al abrirlos varios camaleones estaban mordiendo las hojas caídas: debía aceptarlo, se veían provocativas aquellas moradas hojas. No pudo soportar el hambre, le consumía las entrañas. Visceral. Se puso en cuclillas y agarró un puñado de hojas. Vaciló. Las llevo a su boca y masticó despacio, inseguro. Sonrió. Las hojas moradas sabían a kiwi, la fruta favorita de su pequeño hijo. Volvió a llorar, a sentir rabia. Una inestabilidad execrable que no soportaba. Se había olvidado de la caja de colores. Miró a su alrededor: la buscaba con la mirada. Cuando la vio, 76


caminó hasta ella, la recogió con sus dos manos y movido por un impulso la abrió. La caja se tragó todo el campo amarillo, los arboles morados, los camaleones, las hojas caídas, a él… todo. Se encontró en casa. Ruido, fuego, llanto, gritos. Su mujer corría desesperada por toda la casa tratando de empacar unas cuantas cosas para poder huir, antes de que llegaran por ellos. Pericles se agarraba la cabeza desesperado: era el culpable. Su pequeño hijo lo perseguía con una pequeña caja de colores en las manos. - Ábrela papá y ya no estaremos más aquí. Pericles le ignoraba y de vez en cuanto lo apartaba con violencia para que lo dejara en paz. Frustración en el rostro de su hijo. Llegaron por ellos. Agarraron a su mujer y a su hijo arbitrariamente, y a él lo exiliaron. Caminaba por la calle sin consuelo y el espiral de viento apareció nuevamente. Se encontraba otra vez en el campo amarillo. Gritó fuertemente. Extrañaba a su familia. Se dio cuenta que su hijo por alguna extraña razón había estado en aquel lugar y sabía que la caja de colores era su boleto a la realidad. Era su boleto para volver al pasado y arreglar su situación. Así que se dispuso a encontrar de nuevo la caja. Caminó por todos lados, zigzagueaba entre los arboles morados, revolcaba las hojas caídas, miraba intrigado a los camaleones… pero no la halló. 77


Cuando empezaba a fatigarse, en la lejanía vio algo cuadrado: era la caja, sin duda. Corrió apresurado para tomarla en sus manos. Un largo suspiro le infló el pecho. Cuando la tuvo en frente, la abrió con manos temblorosas y nuevamente todo comenzó a condensarse en aquella caja. Despertó. Miró a su lado derecho y su mujer dormía. Su pequeño hijo abrió la puerta de la habitación, lo saludó efusivamente como todas las mañanas. Pericles lloró emocionado, lo besó en la frente y en un abrazo infinito le dijo cuánto lo amaba. Se apresuró a despertar a su mujer: - Hoy nos vamos de aquí- le dijo. Y presuroso entró en la habitación de su hijo, tal y como esperaba, la cajita de colores se encontraba en su mesa de noche, la tomó con delicadeza, cerró la puerta y volvió con su mujer y su hijo.

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CAPÍTULO X

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Una profunda inmensidad azul e pie frente al espejo examinó detalladamente sus nudillos. El anular de la mano derecha era el más atrofiado de todos, producto del uso; no por nada el cruzado era su golpe más diestro. Le seguían el índice y el meñique izquierdos, luego el corazón derecho. Pobres dedos. Ejecutando un viejo ritual les dio las gracias antes de pedirles disculpas: otra vez iba a machacarlos, no era justo con ellos, pero así iba la cosa. Mientras aplicaba una capa de Vick Vaporub sobre sus manos y muñecas descubrió, alarmado, que en esta ocasión no sentía el menor deseo de pelear. Había visto antes el desempeño de su rival, ese al que le decían “el Alemán”, y no encontraba nada que reprochar a su técnica, ningún vacío que aprovechar a su favor. Llevaba suficiente tiempo en el negocio para entender que estaba condenado, en pocos minutos treparía al ring a enfrentarse a un luchador mejor que él: era la cruda verdad. Sabía, por supuesto, que en el deporte no todo es una técnica perfecta, el espíritu y el deseo ponen cuotas iguales en el resultado; 80


más justo ahora descubría que tanto su entereza mental como sus ganas de ganar no habían acudido a la cita. Tuvo miedo y unas ganas terribles de echarse a llorar. -Nadie pelea tres años sin quebrarse -dijo a su reflejo-, tarde o temprano nos tenía que sonar la campana, sinceramente creo que ya era hora. Porque durante tres años nunca había sido derrotado. Su mandíbula se había partido en tres ocasiones, la nariz en seis, tuvo una luxación de hombro y había perdido la cuenta de a cuántas curaciones se sometieron sus nudillos. Pero jamás estuvo diez segundos sobre la lona. Incluso en los peores golpes, cuando el calambre se extendía desde el dedo meñique hasta el cerebro y ponía todo negro, encontraba el modo de salir de la inconsciencia con el espacio justo para ponerse en pie de nuevo. No tenía ningún secreto, ninguna preparación en particular, alguna vez confesó en una rueda de prensa que todo se lo debía a una voz, a una suave voz de mujer que le instaba a levantarse. Se preguntaba si también ese día ella vendría, cuando su preparador físico entró al camerino para anunciarle el primer timbre: un minuto para comenzar. Se cruzaron en la puerta, el viejo lo miró de arriba a abajo y asintió, contento con lo que veía -No podrías estar mejor -sentenció. 81


-No, hoy voy a pelear mejor que nunca, y perderé No sabía por que lo había dicho, pero apenas las palabras salieron de sus labios sintió hervir su espíritu de competencia. Sí, seguía sintiendo que el resultado inevitable era su derrota, pero el antiguo guerrero que se apropiaba de sus músculos cada vez que tenía un enfrentamiento por fin daba señales de vida. Caería luchando, no por nada era conocido como “el Espartano”. Perdería como un campeón. No dió tiempo a que el viejo preparador le respondiera nada, con una sonrisa en el rostro entró en la arena, brillante bajo las luces artificiales que iluminaban el camino de los púgiles. Sentado en su esquina, mientras los asistentes le anudaban los guantes, miró con calma a su rival, sabía que apenas iniciara la pelea no podría hacerlo, no así. El Alemán era un nudo compacto de músculos, al rostro blanco lo atravesaba una cicatriz en la mejilla izquierda y aún estando sentado se evidenciaba el largo de sus piernas. Sería difícil alcanzarlo con sus golpes pues fácilmente podía retroceder sin levantar los pies de la lona para esquivarlo. Pero la cicatriz era testimonio de una antigua fractura, y él también era una armadura de músculos dispuestos al combate. La gente hablará de esta noche por trescientos años -dijo a su entrenador cuando éste se acercó a ponerle el protector bucal, el 82


entrenador sonrió, confundiendo con optimismo las palabras de un hombre que decide dejar de reñir con lo inevitable. Los entusiastas de boxeo no dejan de aplaudir y emocionarse cada minuto durante doce rounds. Los amantes del boxeo, en cambio, saben que los doce rounds no importan para nada: lo esencial son dos o tres instantes durante todo el combate que lo definen todo. Estos amantes, sentados por supuesto en las primeras filas, se levantaron de su asiento por primera vez a la mitad del cuarto asalto. El Alemán había salido al ataque, y luego de una serie de golpes cortos, feroces en apariencia pero destinados a nada más que medir y cansar a su oponente, encontró una pequeña falla en la guardia derecha: por sólo un segundo el guante bajó. La potencia del golpe recto comprobaba todo lo que él había supuesto, estaba frente a un rival gigante e iba camino a la derrota. De inmediato sintió el hormigueo que antecede al desmayo y dedicó todas sus fuerzas a acomodar su cuerpo para caer bien, sabía que la mayor cantidad de veces ocasiona más daño una mala caída que cualquier golpe. Consiguió girar y meter la cabeza entre los brazos, luego se desplomó, con el ruido sordo de los cuerpos que pierden el control de sí mismos. Cuando abrió los ojos escuchó la cuenta de cuatro y esperó hasta el último segundo para ponerse en pie.

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La segunda oportunidad que tuvieron los amantes del boxeo para levantarse llegó tres asaltos más tarde. De nuevo la zurda del Alemán demostró su potencia, esta vez con un gancho que le impactó de lleno en las costillas. Pero pese al dolor y al aire que se escapaba no perdió la oportunidad del contraataque. Allí estaba, descubierta, completamente expuesta, la mejilla izquierda. Todo su cuerpo giró; la cintura, la espalda, la punta del pie derecho taladrando la lona y su diestra avanzando segura en un golpe cruzado que dio de lleno en el blanco. Disparado por el impacto, el Alemán giró un par de veces antes de caer al piso. Pero él no lo vio. Había puesto toda su fuerza en ese golpe que era su firma, su mejor arma, y al ejecutarlo pudo sentir claramente como de nuevo el nudillo anular se hacía pedazos. Cuando le quitaran el guante descubrirían las vendas ensangrentadas, la hinchazón, los fragmentos de hueso asomados convertidos en un puré espeso. Se alejó del cuerpo caído de su contrincante, bajó los brazos, tomó aire y cerró los ojos para reponerse de su propio dolor. Sentía palpitar su corazón en el nudillo quebrado, lo sentía latir siendo más suyo que nunca. Lloró tímidamente al darse cuenta de que había sacrificado a su mejor aliado por última vez. El Alemán se levantó a la cuenta de nueve. Ninguno se puso en guardia los segundos que faltaban para concluir el round.

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Al resto del combate acudió fuera de sí. Su cuerpo peleó solo y lo hizo mejor que nunca, resistiendo más allá de los límites del cansancio y comportándose como un verdadero experto en sus funciones. El Alemán combatía igual de bien y la multitud, enloquecida por el espectáculo, apoyaba indistintamente a uno y a otro, abandonada al disfrute de ver a dos colosos superar nuestra frágil condición de huesos y carne. Fue el deseo de victoria, presente en su oponente y ausente en él, quien dio el golpe final: un gancho de derecha que le abrió un profundo surco en la barbilla. Todo ocurrió tan lentamente... Vió los ojos del Alemán, fijos en él, brillando por dentro con ese fuego que no sabe de raza, edad o posición social; admiró su musculatura brillante de sudor, las definidas líneas de los bíceps; quiso desearle la mejor de las suertes, abrazarlo con fuerza, decirle cuánto lo quería. Entonces sintió el impacto y el conocido calambre, pero esta vez no cayó un fondo negro sobre sus ojos. Era azul. Un azul tan intenso como el mar en las playas de Tolú. Un azul profundo e inabarcable. Un azul que contenía todos los azules que había visto en vida. Escuchó la voz, había venido después de todo, aunque no lo instaba a levantarse; lo llamaba, lo invitaba a ir con ella. Pensó que estaba bien así y se dejó llevar. No se preocupó por meter la cabeza entre los brazos para amortiguar la caída.

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CAPÍTULO XI

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Viaje a pie

e viajado de distintas formas, me refiero a la manera en que me he desplazado de un lugar a otro, ya sea en bus, en carro, en avión, en moto, en camión, o a 23pie… Mis viajes han sido incomparables y maravillosas aventuras, en distintas épocas con diversos propósitos; me encanta viajar, me encanta conocer y apreciar lo que éste mundo me tiene por ofrecer, lo que se me ha dado fortuitamente para disfrutar como propio, si es que la sociedad me lo permite, me apropiare con cariño de los valles, las montañas y los ríos que he conocido, porque cuando los he disfrutado han sido momentáneamente un idilio existencial que con frecuencia satisfacen mi vida. Lo bonito de viajar, es que continuamente estamos aprendiendo a vivir y sobrevivir, yo soy de las “chicas” que por fortuna crecieron en un hogar estable de padre y madre profesionales que supieron darme en su tiempo todo lo que me hizo falta para mi formación, debo reconocer y no es que 87


me sienta muy orgullosa, que soy la consentida de la casa y la sobreprotección que me han brindado desde pequeña muchas veces, a impedido que yo aprenda cosas que irremediablemente tengo que aprender; tengo que hacer este preámbulo porque lo que ahora voy a contar no lo sabe nadie de mi familia y mucho menos mis papás. Cuando viajaba con mis padres para la finca veíamos en el camino a muchachos caminando en pareja o en grupo estirando el dedo pulgar, a la orilla de la carretera, en mi curiosidad de niña, les pregunte a mis padres, -¿quiénes son ellos? Y solo me respondieron – eso son muchachos que quieren que los lleven a algún lado; estando sola en la parte de atrás del carro les pregunte,y ¿por qué no llevarlos?, dijo mi papá: -no sabemos qué clase de personas son… Hoy casi 7 años después de esa primera mirada que les cree a los “caminantes”, no puedo compartir los preceptos que mis padres quisieron impartir en mi, al momento de juzgar sin conocer a esas personas que sin saber su vida, mal valore o satanice su existencia. Hoy podría pensar que más allá del “desconocer” que tipo de personas “son” llego a reflexionar por el tipo de situación por la que pueden estar pasando, con que ansiedad estarán anhelando una gota de agua, un buen baño, una cama o una cómoda silla para relajarse y descansar. Una mañana después de instalada del todo en mi nueva casa acá en Medellín, matriculada en la universidad, lejos de la sobre protección de mi mis padres y rodeada de lo que mi mamá llamaría unas “muy malas juntas” me embarque en un viaje a un pueblo al que ya conocía, pero al que quería volver, porque la 88


magia de este pueblo hace que se cree la conexión de la que anteriormente les hable ese “idilio existencial”… y tengo que comenzar por lo que regularmente uno pagaría, si viajara en bus a: (llamémoslo) “Pueblo Viejo”; vale $19.000 pero esta jovencita, de sueldo de estudiante solo contaba con escasos pero suficientes $15.000 y eso que solo era el pasaje de ida, no tenía idea alguna de donde iba a sacar el pasaje devuelta, lo único que me importaba era viajar y volver a ese lugar de ensueño que me había brindado alegrías y muy buenos momentos, (me estoy extendiendo y aún no he salido de la casa…) empaque con apuro lo que estaba a la mano, tres camisetas, un pantalón, ropa interior, desodorante, jabón de baño, cepillo de dientes y crema dental, quizá fueron más cosas pero no son relevantes narrar para lo que me disponía a hacer… Me encontré con Pablo en a la salida de mi casa, en Robledo; por la 80 con la 80. La idea era NO gastar plata, juntos reuníamos $40.000, por si la llegásemos a necesitar, recurriríamos a ellos, solo en extremo caso de emergencia. Entonces, caminamos hacia la utopista del río, caminamos mucho hasta que paramos un bus para Caldas, y le pedimos al señor que nos hiciera el favor de llevar en $2.000, nos miro feo, pero nos dejo subir, yo llevaba el corazón en la boca, me apenaba pagar tan poquito hasta tan lejos, pero de vergüenza no se logra lo que se quiere lograr, gracias a la valentía que me afloraba en pequeñas dosis en el transcurso de este viaje se nos dieron los momentos para aprovecharlos; llena de expectativa nos embarcamos con la idea clara de salir, por ahora… de Medellín.

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Llegamos a Caldas y caminamos hasta la autopista que sale del pueblo y viéndome como uno de esos muchachos a la orilla de la carretera, levante mi asustada y temblorosa mano a la altura de la cabeza, con el dedo pulgar levantado, inmediatamente un jeep nos paro, un señor robusto con bata azul engrasada y otros dos señores también engrasados, con ropas viejas nos preguntaron: -¿para donde van?; le respondimos que nos dirigíamos al departamento de Caldas, que donde pudiera dejarnos nos serviría, con una cálida son risa y un espacio entre sus dientes nos dijo que sí, y yo me empezaba a emocionar por contar con tan buena fortuna que a la primera levantada de dedo me funcionase, ilusionada ya me daba por empacada hasta “pueblo viejo” Caldas, claro… tengo que precisar que este viaje requería salir de Antioquia, aquí es donde se eleva el grado de dificultad, pero ese era el reto, y ya lo había asumido desde el momento en que había dicho que “quería ir a ese pueblo” ahora puedo asumir con determinación esa palabra que muchos dicen sin sentido, ¡Querer es Poder!, claro que lo es, sin dinero ya me estaba embarcando en mi destino, el señor nos arrimo, hasta la bomba “los lagos” nos comento que muchos camioneros se parqueaban ahí y “jalaban a mucho pelao” era literal… estábamos “pelaos” habían muchos camiones y Pablo se arrimo a varios a preguntar si nos podían acercar a dicho sitio, pero todos lo rechazaron y yo ya estaba por perder la fe, aunque yo ya llevaba un buen rato viendo dar vueltas a un señor alrededor de un camión, hablando por celular y pensé en preguntarle yo misma, porque mi amigo ya estaba desilusionado y bastante achantado ante tanta negativa, pero no llevábamos 15 minutos en esa estación de servicio, cuando me le acerque al conductor y le salude, muy 90


cordialmente el me respondió al saludo y nos pregunto: ¿para donde van? Inmediatamente Pablo y yo le sonreímos y le dijimos que hasta donde nos pudiera llevar que quedara cerca a pueblo viejo Caldas, y su sonrisa nos respondió, el se monto y desde adentro nos abrió la puerta de su MULA, el escalón de subida era otro viaje, nos pidió el favor de quitarnos los zapatos, y como no obedecer si nos estaban invitando a seguir a una mansión… este vehículo de carga era una casa como las que uno sueña cuando está construyendo “la casita en el árbol” si… tenia televisor, nevera, cama, camarote y una cabina de mando para manejar, lo que para esa época nos gustaba que eran las naves espaciales; pues si, tal cual era el sitio de cualquier niño en sus sueño, pero modernizado y con acabados de industria, y para la industria, era este el lugar favorito de don Fernando, quien nos regalo un espacio en su mansión, para el viaje que queríamos emprender… nos hablo de su vida, y todo lo que había hecho para llegar donde estaba ahora, este tipo de conversación son muy enriquecedores porque nos da un punto de vista de la vida de un viajero, por conveniencia, pero viajero al fin y al cabo. Nos dio tiempo de hablar de la expectativa que les generaba el TLC con el asunto del transporte de mercancía, por Colombia, y de sus veintitantas historias de vida amorosa, que le había dejado de regalo 2 maravillosos hijos, a los que veía reflejado en nosotros, la simpatía de este señor era deslumbrante, habiendo estudiado hasta 3 primaria, tenía una lucidez de lo que realmente es importante en la vida, ¡VIVIR! sin dejar pasar los detalles, que siempre venían cargados de sorpresas, viajamos lento… pero me daba el espacio suficiente para apreciar la belleza perpetua del

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paisaje, el implacable olor puro de pino fresco la arquitectura colonial, y colorida que me hacen sentir Colombia. La hospitalidad y atención del señor, nos hizo sentir mejor atendidos, que en cualquier bus al que le hubiéramos pagado, nos invito almorzar, e incluso a la gaseosa, en el camino, hablo con al menos 4 mujeres diferentes sin incluir la llamada de la mamá, a todas las llamaba “amor” y después de que colgaba nos decía de donde eran las “novias”, una de un peaje, otra de un restaurante, otra de un puesto de control, y otra que era mujer del mejor amigo, sus historias nos llenaron de alegría además de ideas para cortometrajes. Nos despidió en la Felisa después del peaje de Supía en la “Y” porque su destino era diferente al nuestro, sin embargo nos sentíamos inmensamente agradecidos, y continuamos caminando ya solo hacía falta pasar por 2 pueblos, de 4 que ya habíamos atravesado, se hacía de noche y el frio emanaba de la espesa selva de nuestro alrededor, además de la brisa que se sentía en el aire, del río Cauca, vi pasar muchos carros particulares, que me evocaban el momento en el que yo preguntaba por esos jóvenes de la orilla de la carretera y sentía irme en el carro, pero pasaban rápido, sin la más remota intensión de parar, cuando de pronto vemos venir un camión al que le sacamos el dedo y nos paro, este venia ya de Manizales y se dirigía al pueblo de nuestro destino, era el camión de la basura, que por el camino recogió un par de desechos cansados de andar, no tuvimos mucho tiempo para conversar de su vida, pero esa mirada se me parecía a la de mi papá, preocupado por nosotros, o solo por mí y sentí deseos de llamarlo y 92


contarle por lo que estaba pasando, y lo feliz que me sentía de vivir esa experiencia, pero al tiempo, pensaba en lo enojado que se pondría, de saber que estoy haciendo “lo indebido” y el doble de preocupado que lo pondría, entonces, preferí callar.

Habiendo llegado con lo que nos habíamos ahorrado, ya teníamos el dinero exacto para devolvernos, hicimos y deshicimos conociendo veredas, gente, historias, nos hicimos amigos del camino y nos gusto la experiencia, tanto así… que prefiero este viaje, que el de avión o el de bus… ya no tiene sentido pagar para que me priven de lo enriquecedor que es conocer y aprender del camino. Quisiera algún día poder contarles a mi papás por lo que pasé, pero eso solo sería posible si les gustara este trabajo, obvio les aclararía que el requisito de éste, era crear un relato de un viaje… y que solo es “ficción”.

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CAPÍTULO XII

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El rostro del sepulturero

a noche caía. El sol en sus últimos esfuerzos de guerra lanzaba rayos que tenían el manto blanco de las nubes con un toque de sangre anaranjada. Los rayos penetraban débilmente a través de los árboles del cementerio para dar un último adiós al llorar de aquel día. La necrópolis adquiría nuevos adjetivos, dejando tranquilo, callado y triste para adjetivos como noche, oscuro y aterrador. La reina de la noche hizo su aparición y desfiló lentamente por el manto negro y estrellado. El sol ya había perdido la batalla que se repite día tras día. Lo que llamamos crepúsculo no es más que una guerra sin fin. La pálida luz de la dama nocturna se derramaba por lápidas y cruces. Allí estaba yo inerte, boca abajo como un niño desconsolado, ajeno al espectáculo de belleza. Mi único pensamiento era el dolor por la muerte de mi hermano. Eché un vistazo a la lápida y releí: Lo que soy, serás. Jaime Santofimio 95


09/06/1988 -12/08/2012 Ese fue el epitafio que eligió en una lista de internet. "Lo que soy, serás." Me repetía a mí mismo. "Lo que soy, serás." La tierra blanda y revuelta manchaba los pantalones y el traje que había comprado para su funeral. No me importaba. Los recuerdos de mi hermano mantenían mi mente ocupada. Continué de bruces. Mi cuerpo estaba cansado. La idea de dormir fue rechazada porque no podría dormir sobre los restos de mi hermano. La sombra derramada por la señora de la noche desapareció. Me quedé boca abajo. Poco tiempo después gotas frías mojaban y se dispersaban por mi espalda. Quería levantarme, irme a casa y entregar mi cuerpo a la intoxicación etílica, pero prometí que no lo abandonaría en aquella primera noche. Continué boca abajo perdido en el pasado. La lluvia continuó durante un amplio espacio de tiempo. El gel diluido por el agua abandonó mis cabellos y se deslizó regándose por mi rostro. Sentí escozor en mis ojos por causa de aquella composición líquida. Cerré los ojos mientras olvidaba el contar el tiempo. La tierra blanda iba cediendo ante mi peso. La lluvia continuó fuerte, poco a poco me fui dando cuenta que el barro cedía más rápidamente. Me di cuenta de esto cuando ya era demasiado tarde. La presión pegajosa del barro se extendía hasta los muslos. En mi 96


desconsideración de tiempo, demoré para concluir que algo andaba mal. Me puse de pie en un movimiento rápido manteniendo los ojos cerrados. Mi cuerpo se hundió más en el suelo pegajoso. La curiosidad me venció. Al abrir los ojos confirmé que el barro escondía mis piernas y parte del tronco. Mi estado de terror me dejó inmóvil. El lodo cubría mi pecho. Miré a mi alrededor. La sorpresa me obligó a olvidar las condiciones en las que estaba. La lápida era mi única compañera en medio de un manto negro en que la oscuridad tomaba vida y salía al ataque. "Lo que soy, serás", leí. Moví mi cuerpo como un loco, pero no pasó nada. Estaba perdido. Me entregué en manos del destino. La oscuridad que se aproximaba, desapareció. Mi cuerpo estaba completamente sumergido. Teniendo en cuenta que debería estar muriendo por asfixia, me di cuenta que extrañamente podía respirar. Me seguí hundiendo. Mis pies tocaron algo sólido, instintivamente pensé en el ataúd de mi hermano. La presión desapareció de repente. Mi cuerpo estaba seco y con libertad de movimiento. Algo me decía que debía correr, pero no me atreví a desafiar la oscuridad que invadía el lugar. Oscuridad que no era la misma que me perseguía en el cementerio. Esta era una dama cruel esperando el mínimo paso en falso para atacar. El tiempo pasaba como en un sueño. Me quedé de pie, cobarde, incapaz de arriesgar un paso en la oscuridad desconocida. El clamor 97


de pasos llegó a mis oídos. Estos deambulaban por los pasillos. La intensificación sonora me decía que los pasos se acercaban. Los sonidos se detuvieron durante unos segundos. Los sonidos que se reanudaron me proporcionaron una imagen perfecta de la escena que se estaba formando: Una mano intentó tres veces poner la llave en la cerradura, después de completar la tarea la mano giró la llave. La puerta se abrió. - Ven. - Escuché una voz fría e inexpresiva. Continuaba ciego. Antes de que pudiese reaccionar inteligentemente una mano apretó mi brazo. Seguí a mi guía por los pasillos hasta que llegué a algo que más tarde se descubriría ser una antesala. Una brecha que permitía el paso de la luz, me devolvió lo que la naturaleza privó al poeta Homero. Vi una habitación vacía y un hombre que apuntaba a la grieta en la pared. Asentí con la cabeza y me acerqué. La luz provenía de un desperfecto entre una puerta y la pared. Llevé la mano a la cerradura. Después de parodiar con mi cobardía decidí abrir. La puerta era la entrada de un tribunal. Al abrir la puerta un hombre vestido de negro me ofreció un asiento frente a un escritorio. Acepté con una inclinación. - ¿Señor Jaime Santofimio? - Escuché el nombre de mi hermano ser pronunciado. La voz era fría pero al mismo tiempo suave. Busqué a 98


mi hermano por el tribunal, pero el tribunal contenía tres personas: el juez, el hombre que me señaló el asiento y yo. - ¿Señor Jaime Santofimio? - Escuché de nuevo. Esta vez la voz se mostró un poco alterada. "La puerta", pensé. Mi mirada se posó en la puerta por la que había entrado. Esperé a ver a mi hermano, pero mi expectativa se diluyó al escuchar de nuevo la pregunta: - ¿Señor Jaime Santofimio? - La voz estaba irritada. Giré mi cuerpo hacia la voz y me encontré cara a cara con el hombre vestido de negro. Un estremecimiento pasó por mis miembros al contemplar los ojos negros y las pupilas sobrenaturalmente dilatadas en aquel rostro mortalmente pálido. El choque se disipó. Incliné la cabeza para desviar su mirada para ver que las manos del hombre estaban ardiendo en llamas clavadas con fuerza en mi escritorio. - Contrólese, señor Negro. – sentenció la poderosa voz del juez. El temblor desapareció. - ¡Señor Jaime Santofimio!, - continuó la voz. – haga el favor de escuchar lo que el Señor Negro tiene para decir. Ellos me tomaban en lugar de mi hermano. Este juicio era de él y no el mío. Intenté explicar el malentendido, pero sentí que mis cuerdas vocales eran presionadas con una fuerza brutal. - Querido, Jaime Santofimio – comenzó, el Señor Negro con la misma sonrisa hipócrita. - Por favor, disculpe mi ira. – esta sonrisa me inspiraba terror. - Mi presencia en este tribunal tiene la función

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de acusarlo. Voy a ser amable, porque yo también pasé por acusado por un delito bastante infantil. - ¿Quemó el escritorio de su padre? - susurré al contemplar las huellas dejadas en el escritorio. - No, Jaime - se disculpó - Yo sólo quería ser Dios. - Su voz era tan persuasiva que me hizo sentir pena por él, más que indignación contra el juez. - Jaime, - continuó el Señor Negro sacando de su bolsillo un rollo de pergamino. - Esta es una lista de sus crímenes. - Leyó la larga lista de pecados describiendo con tal perfección el tiempo, lugar y acción que quedé con la boca abierta, aunque los delitos no eran míos…Después de terminar la letanía de pecados, el Señor Negro me preguntó con violencia canina: - ¿Sabes lo que significa esto? ¿no? - me invadió la tristeza al no ser capaz de responder afirmativamente a esa voz. - Esto significa…su voz tornándose siseante. - Tu alma es mía. - Mi cuerpo se convirtió en un maniquí incapaz de cualquier actividad. Las lágrimas de dolor se negaron a aparecer sin apiadarse de mis súplicas. Perdí la noción de mis sentidos. Una sombra oscura cubrió mi alma. Condenado. Un escalofrío se apoderó de mi cuerpo. Memorias aparecerían delante de mí para desaparecer en un torbellino de llamas. La duda se apoderó de mí. Repetía mi nombre para no olvidar que yo no era mi hermano, que estaba siendo condenado por los pecados que cometió. Los recuerdos eran compañeros que se reían 100


de mi desgracia. Condenado. Las carcajadas cada vez menos humanas del Señor Negro resonaban en huracán de mi confusión. La locura tocaba a mi puerta cuando escuché la voz poderosa del juez exclamar en tono de reproche: -¡Lucifer! - La sombra que me envolvía desapareció inmediatamente. - ¿La sentencia? ¿la sentencia? - preguntó él, hambriento. - Estoy en lo cierto, ¿verdad? Miré al juez en tono de súplica. Intercambiamos miradas. La esperanza se reavivó. El Señor Negro, o como quieras llamarle, repitió la pregunta. El juez me miró con tristeza y asintió con la cabeza. Entre los gritos de euforia del Señor Negro, la esperanza se desvaneció y murió. Estaba condenado. Una mano se posó en mi hombro derecho. Cerré los ojos con miedo. La mano parecía transportarme sobrenaturalmente por un túnel de frío. Temía contemplar las puertas de lo que llaman infierno. Las carcajadas del Señor Negro morían a causa de la distancia. La mano me sacudía adivinando la somnolencia que sentía. Abrí los ojos y leí algo familiar: "Lo que soy, serás." El hermano de la muerte, más gentil que su hermana, me sostenía retardando mis sentidos. Mi cabeza se volvió instintivamente hacia la mano que 101


a煤n me sacud铆a. La somnolencia me abandon贸 cuando el entendimiento contempl贸 el rostro de sepulturero.

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CAPÍTULO XIII

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Trauma trama

os dos hermanos de Fabio sumergieron su cara dentro de un recipiente lleno de ácido. El público aplaudió por más de 20 minutos. En las noches, la señora entraba a su habitación para comprobar que todavía estuviera vivo. Se despertaba con el chillido de la puerta y con el ruido de los pasos bruscos sobre la madera, encendía la lámpara y quitaba la cobija que lo cubría. Uno de los hermanos de Fabio, sacó su cara del ácido, miró al público y dijo: ¡Ha sido ácido! La cacofonía sólo causó unas cuantas risas en los espectadores, este hermano nunca había sido bueno para la comedia. El otro hermano también dirigió su mirada al público, prefería el silencio, él era disléxico, afortunadamente también era bizco, así que todo andaba en orden. Fabio sentado en una silla de madera, porque curiosamente todo estaba hecho de madera, se dispuso a contar su historia. 104


La tristeza se me convirtió en un vicio cruel y doloroso, pero ese dolor era necesario para mí, tenía que experimentarlo para ser feliz. Comprendí que la única manera de acabar con esto que me atormentaba era el suicidio, por eso decidí esa noche caminar por la calle oscura y húmeda que conduce al edificio en donde están los pararrayos, estaba dispuesto a subir hasta el último piso y lanzarme al vacío lleno de desespero. ¿Que quién tenía el desespero? Yo, el vacío estaba vacío. Fue ahí donde caí en cuenta de que el vacío estaba en mí, y de repente creí en Dios, o con d minúscula, pero creí. Miré hacia el cielo, mentira, en realidad miré hacia los pararrayos y me cagué del susto, pero miré hacia arriba como hacen los santos y pedí a mi gran Señor que me enviara una señal, que me ayudara a encontrar el sentido de la vida. En ese mismo instante un pajarito bajó desde el cielo y se posó sobre mi hombro derecho, aquel pajarito se dirigió a mi oído y me susurró el sentido de la vida. Yo no lo podía creer, estaba realmente anonadado. !Pero mierda, ahora quién me va a creer que el sentido de la vida me lo contó un pajarito! Aplicó la técnica de los juglares, ni un sólo texto intervino en su historia, todo fue prendido de memoria. El público estalló a carcajadas y la ovación no se hizo esperar. La señora se encontraba muy preocupada por los hermanos de Fabio, decidió pararse e irse, no soportaba más la incomodidad.

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Llovía muy fuerte, el piso estaba resbaloso y la ciudad fría, La señora llevaba una gran sombrilla y un traje elegante, caminaba hacia el edificio de los pararrayos pues cerca estaba su casa. Empezó a tronar y a relampaguear cada vez con más intensidad, se iluminaba el techo con destellos y los trapos estaban húmedos. La señora trató de mantener el equilibrio que sus tacones impidieron y resbaló. Su cráneo golpeó la madera y ésta abrió una grieta por la que brotaba gran cantidad de sangre, su pelo se tiñó de rojo y ahora se veía mucho más joven. Los espectadores estaban sorprendidos con lo sucedido, no se explicaban de qué forma habían hecho tal efecto, la sangre parecía muy real. La piel de la cara de los hermanos empezó a caer por tajos, los pedazos carmesí oscuro combinaban estéticamente con el amarillo de la madera, el hermano con la cara más destrozada era el foco de atención. Ambos eran poco modestos, hacían muecas para atraer a los espectadores pues sus caras en ácido habían pasado a un segundo plano. Uno de los hermanos empezó a presumir su humildad, "yo soy la persona más humilde en el mundo" decía. Su cuerpo estaba erguido, su cadera hacia adelante y su mentón hacia arriba, "El existencialismo es la corriente con más probabilidades de electrocutarme" repetía para sí mismo y en voz alta. Realmente era 106


un fracaso, pero los espectadores estaban a punto de observar los huesos que le conformaban la cara, se encontraban en un estado de curiosidad intensa lo cual mantenía la tensión. La intervención del disléxico con media cara deformada fue de sólo un balbuceo que le generó ternura al público. Los hermanos no eran fenómenos, sólo hombres que buscaban la manera de sobrevivir, y era matándose lentamente y deformando su cuerpo la mejor alternativa, La señora también era empírica, no sabía de técnicas pero era conocedora de aberrantes formas de entretener. El público aplaudía cada vez que sucedía alguna acción, esa era la marcación de su acto, pero los espectadores no, su humor era más fino, más elocuente, no tan vulgar y grotesco, aun así asistieron. Era de noche y Fabio estaba ya en su casa con sus hermanos, ambos tenían empapada su cara de crema para evitar infecciones futuras, la señora los acompañó a cada uno a sus habitaciones y ellos sumisos se acostaron en sus camas e inmediatamente el menor se quedó dormido, estaba muy cansado del agotador día. El otro hermano empezó a temblar, su cuerpo manifestaba una crisis nerviosa, no podía dormir. La señora entró a su habitación varias veces para comprobar que todavía estuviera vivo. Se despertaba con el chillido

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de la puerta y con el ruido de los pasos bruscos sobre la madera, encendía la lámpara y quitaba la cobija que le cubría. Los espectadores ocultaban sus risas bajo las palmas de sus manos, el público debía llorar en ese momento. No pertenezco a ningún tiempo ni espacio, ambos son la catarsis, vivo en el éxtasis, en el clímax de la nada. Palabras sabias escritas por el dramaturgo para un personaje tan débil como el del hermano disléxico. Los espectadores por primera vez aplaudían con tanto entusiasmo, resultaba increíble lo que el dramaturgo podía hacer con sólo una línea de diálogo, línea reflexiva y sin sentido que resumió en ovación el performance. Al finalizar, los actores se pusieron de pie ante el público que aplaudió hasta que las palmas de sus manos se pusieran coloradas, y al mismo tiempo los espectadores aplaudieron a los actores y al público también actor. Los tres hermanos y la señora aplaudieron a los espectadores dirigiendo su mirada al público. Fabio es un excelente lector, un mal escritor y un pésimo hablador, lo último se debe quizás a sus labios que parecen leporinos, pero que en verdad están deformes. No fue culpa de la naturaleza, fue gracias al ácido. Fabio padece también de una extraño suceso psicológico, todo lo que lee se le olvida. No es amnesia ni nada neurológico, es negación a recordar. Fabio soy yo, bueno en verdad 108


eres tú. Bueno, la verdad es que yo soy tu alter ego o tal vez tú seas el mío, en fin, soy el lado realista de ti, el que prefiere las cosas claras y no usa el método obsesivo de lo fantástico para recrear mitomanías e imágenes de la infancia inexistentes, fui yo quien escribió la obra y fuiste tú quien la interpretó. Tal vez sientas que ya leíste esto antes, pero en verdad es la primera vez que lo lees, siempre es la primera vez. Aquí es donde te confundes y empiezas a investigar dentro de ti, pero sabes perfectamente quien eres. ¡Recuerda estúpido! sólo olvidas lo que lees, desde pequeño te pasaba. Tus hermanos los más divertidos de la familia arruinaron tu cara, era una broma dijeron, pero corrieron y gritaron cuando vieron mis cejas carcomidas y tu nariz casi en fosas. Los dos hermanos de Fabio sumergieron su cara dentro de un recipiente lleno de ácido. Sé que lo recuerdas pero te lo hago saber porque así yo me desahogo y te confieso a ti lo mucho que los odio. Ellos dos perfectos, viajando por todo el mundo con su cara rellena de piel, con un buen trabajo, esposa, hijos y recordando lo que leen. Fui muy malo para la comedia, pero mis hermanos demasiado buenos, cuando llegué al comedor mis tíos rieron y mi madre aplaudió, mi cara les pareció un acto realmente cómico. Punto a favor para mis hermanos. Y tú, frente al espejo con la cara deforme, sin poder salir de tu habitación para no aguantar las risitas del público, imaginándote todos los días las caras de tus hermanos llena de ácido, inventando mil historias como la que acabas de leer, pensando en que algún día 109


pudiste ser un gran actor pero que tu belleza es demasiado fenomenal, de fenómeno. Deja este texto sobre la mesa de noche, la de madera, como te puedas dar cuenta, todo es de madera aquí. A veces te trato como alguien con problemas mentales y psicológicos, olvido que tu único déficit es olvidar lo que lees, pero quiero que te sientas como yo me siento cada vez que ese tal Fabio habla de mí, refiriéndote a ti. Pero a mí no me cuestiones ni me creas, soy un total mitómano. Ahora que sabes la verdad, la puedes olvidar. Yo ya lo hice. PD: Ahora que la confusión ha llegado a su punto extremo que casi que te excita, no intentes suicidarte, la Señora todas las noches entra a tu habitación para comprobar que estás vivo. Mañana debes ir al teatro, Fabio y tu otro hermano te esperan.

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CAPÍTULO XIV

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Alma vagabunda

reo albergar en el alma un impulso hacia la soledad. Fácilmente me canso de todo, incluso de los buenos momentos: los familiares, los momentos con mis amistades y hasta los lazos más íntimos. No digo que no me divierta ni que no ame a los que me rodean. A veces me hacen gracias las ocurrencias de mi sobrina, quien la última vez me ponía quejas porque su abuela le había impuesto querer a Dios. Haciendo pucheros corrió hasta mi habitación, y me dió la impresión en ese momento de que Maria del Mar, sabía de mi posición ante los dogmas. Había hecho parte de uno por 5 o 6 años y en principio creí conocer el verdadero amor en la fé a través de esta ortodoxa corriente cristiana, pero los que se dicen descendientes de el Rey Salomón y la Reina de Shaba, los que creen en la reencarnación de Jesús como un Rey negro, los custodios del arca de la alianza, los adoradores de Haile Selassie, emperador de Etiopía y quien manchó sus manos de sangre con cientos de muertes de aquellos súbditos que se atrevían a mirarlo directamente a los ojos y quien luego calló bajo el azote de Mussolini (la primera vez, porque la segunda tras derrotar a Mussolini con alguna ayuda europea y reinar por 112


unos años, fue su hijo quién lo traicionó y entregó al enemigo), habían acabado por enseñarme que nada tienen que ver la espiritualidad y la religión. La Princesita rompió la regla estricta de no entrar sin llamar antes a la puerta y se abalanzó en mi pecho contándome entre sollozos la situación. Luego de que le sugerí creer en lo que sintiera correcto, reímos toda la tarde entre Cartoon Network y Nickelodeon y compramos todos los dulces que se le antojaron. Es muy divertido además, ver cómo se deleita con los trululú que traen ositos de colores; antes de metérselos a la boca, los contempla un instante, quién sabe que busca en los ositos esos. Con mis amigos más cercanos he obviado algunas pocas veces el desazón intempestivo que me invade sin razón aparente. Cierto 24 de Diciembre decidí aventurarme en compañía de Sebastián y Daniel, dos de mis mejores amigos, a hacer compras al Palacio Nacional. (!Estúpida decisión adentrarse al centro de Medellín un 24 de Diciembre¡). A estos dos personajes lo único que se les ocurrió en medio del calor sofocante, y el bullicio de provocado por los venteros que gritan con el ánimo de publicitar la mercancía de contrabando, mientras intentan meterte con un empujoncitos y triquiñuelas disimuladas a sus locales, fue hacerse un nudo en la parte inferior trasera de las camisetas, descaderarse las pantalonetas hasta el borde donde terminaba la espalda y luego agarrarse de las manos y desfilar por entre los pasillos del palacio, mientras preguntaban de la forma más afeminada y exagerada posible por lo que les provocara de cada almacén que veían. Creo que nunca me he reído tanto en público, la gaseosa que me refrescaba en el 113


momento terminó saliéndome en propulsión a chorro por la naríz, mientras procuraba poder respirar para no ahogarme de risa. Me gustan además las discusiones que llevan al aprendizaje, disfruto de es momentos donde siento que nutro el espíritu habido de conocimiento, pero en general me canso rápido y pierdo el entusiasmo en cualquier situación imaginable. Traté de corregir esta conducta de diversas formas, pero acabe aceptando esta condición intrínseca a mi espíritu. Creo en la teoría de que nuestro proceso como seres de este universo es cíclico, y que se repite cuantas veces sea necesario en pro de alcanzar la perfección del alma. Casualmente he corroborado esta teoría en mi pero no con juicio propio, pues ya más de una persona me ha dicho que mi alma es anciana, que se nota cuando hablo. Una mujer de esas que miran fijo y esculcan en el alma sin que les vacile el gesto, me dijo que mi mirada era cansada, que parecía haber visto muchas cosas, que ya no podía ver más, porque ya saben, todas las cosas dan fastidio. Nadie puede decir que no se cansa el ojo de ver ni el oído de oír. Pero dentro de todo lo que supongo ha vivido esta alma vieja y cansada, algo estoy seguro no ha experimentado: el amor. Y de algo estoy casi seguro, y es de que hay almas destinadas a no experimentar este sentimiento. Una y otra vez he creído encontrarlo en ésta y aquella mujer, y no es que idealice y luego me desencante, !no¡ Me desencanto de lo real. Y no es que me desencante por los defectos, me desencanto incluso de la ternura, de los mimos, del apego, de la entrega y de todo lo que me intenten brindar. Ahora que lo pienso bien ni siquiera es desencanto, es algo así como una especie de fastidio, de hastío.

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Mi hermana fue quién me presento a la última mujer que creí había despertado el utópico sentimiento. Se llamaba Samantha y era la menor de tres hermanas a las que a decir verdad, ya les había echado un ojo también. Ese Sábado Andrea mi hermana, insistió como lo venía haciendo hace tres fines de semana, en que la acompañara a visitar a las primas de su novio el caleño. Yo le había sacado el cuerpo varias veces con distintas excusas, pero esa vez no tuve más remedio que ir. Las "primas" vivían en Itagüí, cerca a la zona rosa. Cuando llegamos, nos atendieron en su sala. En Principio conocí solamente a Mercedes y a Lia. Mientras Andrea me presentaba a aquellas hermanas que parecían amazonas por sus grandes proporciones. Yo las miraba fijamente pronunciando mi nombre y a la vez maquinaba cual podría ser la más adecuada para una relación. (siempre que conozco una mujer, me empiezo imaginar que puede ser ella la próxima). Estuvimos charlando un rato, pero yo en realidad fingía poner atención a la conversación, mientras analizaba cada gesto, cada ademán y los sabrosos cuerpos de aquellas dos negras gigantes. Mientras estaba en esas, asomó Samantha, la menor y mas hermosa de las tres. Sin duda la genética había logrado reunir en ella las mejores características de sus hermanas mayores, era algo así como la versión mejorada de las otras dos amazonas, y además con la particularidad de ser pelirroja y con pecas. Esto lo había heredado de su padre, y vaya que es una particularidad, pues los pelirrojos están genéticamente predispuestos a desaparecer, y

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encontrarse una negra pelirroja con semejante belleza y exotismo solo me animaba a perpetuar con ella tan escasa particularidad. Me costó mucho trabajo conquistar a Samantha. Manifestó un gusto por mi desde el principio, pero era de aquellas que no querían compromisos, en cambio, yo la quería como mía solamente. Después de casi un año logré que fuera mi novia, y me hice la promesa de llegar a amarla, pero obvio había empezado mal, pues el amor no funciona en base a cálculos. De esa planeación lo único que logré fue exasperarme. ¿por qué aún no me dice te quiero? ¿una mujer tan bonita si querría estar conmigo? ¿por qué no me llama? ¿se va a cansar rápido de mi? Todas estas preguntas me atacaban a diario, y no dejaron de hacerlo si no hasta cuando nos acostamos la primera vez. Aquella nenita de 19 años pero sabía más cosas que cualquier otra mujer mayor con la que hubiese estado. Luego de haberlo hecho no sé cuantas veces, creí estar empezando a quererla. Sexo oral mutuo como premisa, el kamasutra reescrito varias veces, la alegría de ver el disfrute en la cara del otro. Estaba confundiendo placer con querer. Ella se hizo más tierna, más comprensiva y mas cariñosa con el tiempo. Siempre tenía algún detalle, estaba pendiente a que comiera bien; pensaba que como vegetariano no me alimentaba como se debía. Llamadas, celos ocasionales, mimos y demás, estaban mostrando que en la relación había quién estaba queriendo en realidad. Yo por otro lado sentía algo que ya había sentido antes: la insoportable sensación de no soportar a nadie. Y este sentimiento empezó a manifestarse primero en nimiedades: no me gusta que me 116


llames con esa palabra, no me toques ahí, ¿por qué me miras así? No te pongas eso... Todo, hasta el más mínimo detalle me fastidiaba, sin embargo, Samantha estaba tan convencida de su sentimiento hacía mi, que se aguantaba y callaba ante mis reclamos. Cuando las cosas se tornaban muy pesadas lo único que hacía ella era alejarse y callar, esperando a que se me pasaran las rabietas. Pero había algo que aún no me hartaba: el sexo. Seguía siendo el mejor, y cuando se llegaba la hora, el hastío desaparecía, para hacer su entrada cuando el climax había culminado, porque cuando ya había saciado mis ganas, el ese sentimiento volvía con más fuerza y se intensificaba aún mas, cuando Samantha intentaba besarme la espalda mientras expresaba nunca haber querido tanto a alguien. El sentimiento de culpa y el fastidio extremo, terminaron por hacer que dejará a Samantha. La cobardía solo me impulso a hacerlo de la manera más vil, pues a pesar de ser yo el culpable, esperé la oportunidad más vana para que la culpa recayera en ella. Las primeras semanas estuve bien, creyendo haber tomado la decisión correcta y con la tranquilidad de un insensible, pero luego de un mes, me encontré rogándole que volviéramos. Lo hizo, volvió conmigo, pero al poco tiempo se dió cuenta de que sólo era objeto de deseo, tal y como lo habían reclamado sus congéneres en los 60'. Pero no quería ella eso, quería sentirse amada y respetada por ser una mujer íntegra, pues cualquiera que conociere encontrará en ella una buena compañía.

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La negra amazonas pelirroja, terminó por alejarse, y yo acabé por corroborar lo que sabía desde el principio. En esta vida tampoco superaré el hastío ni conoceré el amor. He leído a todos los románticos, escuchado canciones de amor en todos los idiomas, ritmos y compases. He preguntado por él a poetas, cantantes y escritores. He buscado en la filosofía más profunda de los sufis, y aún así no entiendo ese sentimiento que dicen tan poderoso e infinito. Creo sinceramente que de no encontrarlo, mi alma vagará eternamente sin llegar a conocer la plenitud a la que debe llegar.

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CAPÍTULO XV

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Caminando entre quimeras autenticas. En homenaje a la novela juvenil “Soy en número cuatro”, escrita por James frey y Jubie Hughes bajo el seudónimo de Pittacus Lore

olemos llamarlas huellas cuando aun son excavaciones, queremos culminar con la raza humana cuando aun es un aprendiz de su propia creación. Considerar entonces un mundo pequeño donde solo hay cabida para lo que nos conviene o lo que percibimos a simple vista ¿Será una oportuna solución y un paso para salvación propia y la de nuestro planeta tierra?" -autoríaContando de uno en uno descubrí el poder de los números, y mencionando letra por letra halle el sentido de las palabras; y fue así como en el ir y venir del tiempo mi obsesión por 120


descubrir aquello que era invisible a los ojos, pero manifiesto para mi corazón, se hizo cada vez más grande y la necesidad de encontrar la magia que alimenta el alma, el silencio que camufla el ruido, la luz que zanja la oscuridad, seres maravillosos que solemos llamarlos "irreales" pero solo buscan sitios donde vivir, el viento que zumba en mis oídos, la esperanza que alguna vez fue robada y la explicación ante aquello que nadie ha encontrado una respuesta, se tornaba inaccesible. Ahora bien, situémonos en la actualidad, vas en una nave de colores llamativos, música a todo volumen y sin visión del futuro, ves lo que cotidianamente observas cuando das un vistazo a tu alrededor y no te das por enterado que son más las campañas publicitarias, las vallas, los anuncios de radio y televisión, la gente clamando por medio de marchas sobre el cuidado ambiental, pero ¿esto de qué sirve cuando la humanidad cada día se ve envuelta en una realidad donde la indiferencia es la principal imponente de una historia que a través del tiempo se escribe con dolor y que hoy por hoy no es más que el resultado de la falta de trabajo en equipo y el individualismo que acecha a nuestra sociedad? Me han llamado loca, lunática, demente e incluso maniática cuando doy razones de lo que sucede en el instante en el que ausentamos nuestra visión, en cada circunstancia en la que todos se dejan manipular por carteles que rodean las calles de nuestro sector en donde vivimos, de la sociedad en la que habitamos , del país en el que residimos, del planeta en el cual nos encontramos pero que 121


ignoramos por completo su desarrollo y progreso y desconocemos voluntariamente que nuestra tierra se está poblando de seres generalmente Mogadorianos que andan en busca de la dominación universal, y que ya dieron fin a su planeta y están en busca de culminar el nuestro. "Ellos me hablaron y me señalaban aquello que deseaban, ante todo lo que realizaban quedé anonadada, y ellos desconcertados, viendo mis gestos de estupor y confusión, anunciaron: *No somos juguetes ni robots, somos extraterrestres en busca de un sitio donde vivir* y comenzamos a entablar una corta pero sustanciosa conversación en donde me enteré que gracias a ellos poseemos tormentas y por ellos se construyeron las pirámides de Egipto y que la tierra está desde su creación etiquetada con una fecha de vencimiento que anuncia: `consumir antes de`."Fue absurdo oír dichas palabras puesto que ¿quién se comería la tierra? ¿A caso nuestro planeta no podría tener una renovación?, a demás ¿quién quisiera un planeta como el nuestro?. Dar respuesta a dichos cuestionamientos me indujeron a citar a Mr. Nobody el cual dice " Por qué el humo del cigarrillo nunca vuelve al cigarrillo? ¿Por qué se separan las moléculas entre sí? ¿Por qué una gota de tinta nunca se recompone? ", yo también me pregunto ¿por qué no hacemos uso de nuestra razón, para darle un nuevo sentido al mundo? ¿ cuánto más nos falta para construir una muralla que evite la torpeza humana y que impida la salida de aquellos que nunca dejan de soñar e imaginar una vida ideal y perfecta?¿ qué es lo que espera el hombre en medio de su existencia?, es decir, andar en una playa sin mar, en un laberinto sin 122


atajos, en un castillo sin princesas, en medio de un carnaval sin alegría y folclor, en una noche sin estrellas; es como renunciar a nuestra vida, despreciar nuestros regalos, descubrir que poseemos lo mejor del universo y es envidiado y anhelado por seres, cuya existencia hemos negado. Si fuera un extraterrestre aclararía la perfección de nuestra raza y juzgaría al hombre por no proteger el mayor tesoro que poseemos, me reiría de mis propios chistes y no desaparecería a aquellos que luchan por mantener su ecosistema, y a su vez les agradecería puesto que gracias a ellos, lo poco que queda del planeta tierra puede ser consumido por nuestra raza mogadorian. Utilicemos un pretexto para escapar por un instante de mi " tan extraña realidad" y regresemos al actual mundo, allí encontramos a los patéticos e ignorantes egoístas cuando dicen que la culpa de que el planeta tierra sufra varias catástrofes no es nuestra, que la causa es de los cambios climáticos y que Dios es el único responsable de acabar con tan inmensa barbaridad. El problema radica en que no estamos mirando lo que hacemos a diario, pasamos por alto esos pequeños actos que dándoles valor, serían la enormidad de un gran resultado como lo es reciclar, plantar un árbol, ahorrar agua y energía e infinidad de ayudas que si fuera posible tendrían como consecuencia un mínimo respiro para el planeta, pero tristemente el escaso que hay, está siendo absorbido por otras civilizaciones que poco a poco buscan destruirnos.

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Me atrevo a resaltar un prefacio indio que anuncia “Solo después de que el último árbol sea cortado, solo después de que el último río sea envenenado, solo después de que el último pez sea apresado. Solo entonces sabrás que el dinero no se puede comer”, y con esto resaltar mi deseo por cambiar el mundo, por usar súper poderes y actuar en contra de los que quieren apoderase de él, la ilusión de hallar mis legados en un lapso de tiempo considerable y actuar en silencio, sin que el planeta y las personas que allí habiten a excepción de mis compañeros, se enteren del beneficio y la protección tan requerida que les brindemos. Allí estoy de nuevo, contando de uno en uno hasta llegar al nueve, me di cuenta que en el subconsciente éramos similares, solo que a gran escala, éramos una proyección de lo que personas idealistas y soñadoras querían llegar a ser algo más de lo que son y lo que le aportan a su vida, entre esas estoy yo, solo que esto, era una simple pretensión de mi mente. “Anduve por las calles y los alrededores de mi país, luego me monte en avión y comencé a recorrer el mundo, haciendo uso de trenes, cruceros, autobuses e incluso motocicletas, algo en mi mente me anunciaba que aunque no supiera el objetivo de dicho recorrido, hacía falta un lugar donde ir. Luego de algunos años decidí comprar un tiquete a la luna, situación difícil y un poco costosa, pero necesitaba satisfacer esa 124


necesidad de viajar y ser una viajante feliz, aunque dicha felicidad parecía ficticia. Así fue pues, en cuanto emprendí mi viaje con tres pasajeros mas, el sudor en las manos era cada vez más intenso y los nervios consumían mi ser, en la radio satelital nos anunciaron que el despegue fue exitoso, pero minutos después, cuando nos encontrábamos en el espacio, hubo un desvío de nuestra ruta, hacia un lugar desconocido, pensamos que sería nuestro fin. La nave se poso sobre una superficie, parecía un planeta algo extraño, ya que estaba fuera de las órbitas satelitales, daba la impresión de que no sustentara vida y estaba deshabitado. conduje mi mirada hacia una pequeña bandera que se encontraba algo desgastada, la tome y leí lo que allí se encontraba “si observas para abajo, te darás cuenta de nuestro segundo hogar, de nuestro refugio, de aquello que confundirán con el nombre de Lorien, aunque no nos pertenezca”, esto nos dio a entender que sí existían mas planetas fuera del nuestro y que por fin mi grandiosa pero incomprensible idea de que los lorienses habitaban nuestro planeta, lo protegían, pero a su vez atraían a los mogadorianos, era totalmente verídica. Los números del uno al nueve, se fueron desvaneciendo y desperté de un sueño un poco raro, sentado dentro de un automóvil, en una congestión vehicular, que según veo llevo aquí estacionada cuatro horas."

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Historias como la anterior por contar, momentos por vivir, un planeta al que salvar, una misión a la cual todos debemos acudir, si tan solo de eso viviéramos los seres humanos, considero que sería magnífico y si encimándole aquella fantasía que cada infante debe tener, sería aun más gratificante, y no quiero pasar por alto aquello que hace hoy de este escrito un arma de manifestación pasiva, pero poderosa, que motiva y persuade al convencimiento de que nuestro planeta no es solo un lugar donde habitamos o donde desarrollamos trabajos, o donde conocemos personas, e incluso donde simplemente existimos, ni las diferentes culturas, ni las razas que aun ignoramos, ni aquello invisible a nuestros ojos, aquello que solo lo observan quienes aman su vida y se interesan por salir de la ignorancia, es ese planeta que tal vez no le hemos hallado significado pero que constituye esa definición, aquello que no contemplamos, pero que muchos otros lo toman como ejemplo, es en otras palabras esa base en la que el hombre se toma la tarea y el compromiso de luchar y laborar para destruirlo y hacer de él un conflicto, un desastre, rechazando que es la fuente de vida de la humanidad y es por el cual sobrevive esta era. Es todo el reflejo de lo que Pittacus lore, plasmó en su obra “soy el número cuatro” y con ello conmovió mi forma de pensar, confirmó la manera en que puedo ver el mundo y me permite decir que ante la magnitud de catástrofes que provocan los hombres en el medio ambiente, deseé con toda mi alma que nuestro planeta no hubiera conocido jamás al ser humano, y que la superficie de la tierra permaneciera cubierta de bosques y nieves perpetuas. Sin embargo no pensé en la soledad de los dioses, ni en el poder de la mente y con ella la imaginación.

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Les incitaría a perpetrar por segunda vez el ciclópeo error de la creación. Extraje del libro utopía un fragmento que anuncia que “El mundo ideal para la humanidad no será un mundo racional, ni un mundo perfecto en sentido alguno, sino un mundo en que se perciban con certeza las imperfecciones y se resuelvan razonablemente las disputas”, serán un mundo como dice Henry-Louis Mencken en donde "El amor será el triunfo de la imaginación sobre la inteligencia" y todo aquello sobre lo cual queremos triunfar, será entonces concedido. “¿Tú piensas que no es magia lo que te mantiene con vida? Solo porque entiendes la mecánica de como algo funciona, eso no lo hace nada menos que un milagro, esta es sola otra palabra para magia. Todos nos mantenemos con vida, con magia. Mi magia es solo un poco diferente a la tuya, eso es todo.” -Charlaine Harris –

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CAPÍTULO XVI

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El santo grial

odo empezó en la fiesta de quince años de mi hermana. Yo tenía 14 años, estaba ahí con mi primo Emanuel mirándonos fijamente sin hablar. Acostada en la enorme cama, vi ese cuadro. Un cuadro con un hombre de cabello largo y ondulado, con una sensual barba y como siempre sus ojos azules que me mataban. Lo más particular de él es que en la mayoría de sus retratos tiene un corazón en la mitad de su pecho, pero no un corazón normal, es un corazón rodeado de espinas. Era grande, sí, el pene de mi primo era grande. Empezó a bajarse la cremallera y sacó su protuberante miembro, me sorprendí pero no demostré ninguna emoción. Yo no lo deseaba, pero cuando miré el cuadro no sé qué me pasó que me entraron unas ganas de poder sentir ese enorme pene dentro de mí… Al terminar bajamos a la fiesta como si no hubiera pasado nada.

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• Pero bueno, como les iba contando así empezó esto. Ahora estoy aquí en la iglesia de Jardín Antioquía, prestando mis servicios. • Luego de que me sucediera eso con el cuadro, pasaron seis meses. Era domingo de misa, o más bien el domingo obligatorio de misa, Fuimos a la iglesia y ví de nuevo su rostro con sus hermosos ojos azules y esa barba. Pasó lo mismo, mi cuerpo de nuevo se invadió de esas ganas de poder sentir un placer sexual. Inmediatamente le dije a mi madre que me debía ir a casa pues me sentía un poco mal, prácticamente corrí. Al llegar a casa no lo pude contener y empecé el ritual, bajé mis calzones e introduje mis dedos en mi vagina... sólo pensaba en él, hasta que ¡bam! llegó a mi esa explosión de placer sexual que recorría todas las partes erógenas de mi cuerpo. • Si usted piensa que yo soy lo peor que ha parido este mundo, pues qué pesar de usted que no ha vivido lo que yo he podido y no ha disfrutado lo que yo he podido disfrutar. • Así habían pasado ya dos años y como cualquier persona que le sucede o disfruta de algo que no es común, empecé a investigar por qué me pasaba esto. Nunca nadie me dio una respuesta, entonces decidí vivir y disfrutar de lo que yo sentía al ver ese rostro. Tenía su rostro en todas las formas y colores, cuadros, porcelanas, estampitas de cartón y de pasta. Un cofre lleno de escapularios y 130


camándulas. Robar agua bendita de la iglesia para poder tenerla en mi habitación. Todo esto me llevó a darme cuenta de que mi obsesión se había incrementado, pero no me importaba, pues al final siempre disfrutaba de todo. Íbamos de paseo, y lo primero que empaqué fue una estampita de él y un tarro de agua bendita. Era un día caluroso y estaba con mi tío Bernardo en la parte de atrás del carro. Sí, a eso que le llamamos el “volco”. Sentía mi piel algo pegajosa y mi cara estaba un poco grasosa. Luego de bajarnos en un estadero subimos de nuevo al carro y no lo contuve, me le monte encima a mi tío y lo empecé a besar y a estimular, luego de unos segundos paré, me tiré al lado de él y dije: ¡NO! Que putas estoy haciendo. Pero él me dijo que no importaba. Me besó. Nos quitamos la ropa. Sentía su piel con mi piel. Guié su pene a mi vagina y lo introdujo. Y ya saben ustedes en que terminó. ¡Ah! Para los que no se han dado cuenta, amo a Jesús. Quiero estar con él. Luego de todos estos acontecimientos, me di cuenta que no quería estar con ningún otro hombre, que solo quería a uno, lo quería a él, sí a Jesús. Al darme cuenta de esto, decidí entrar a la Casa Pegetiere, un convento. Le conté a mi familia. Mi mamá me apoyó, aunque un poco deprimida. Mi tío algo aburrido porque ya no me iba a tener. 131


Emprendí mi viaje a Carolina del Príncipe. Al llegar camine hasta el parque, ahí estaba el convento en frente de la iglesia y diagonal a la casa más bella del pueblo. Un cuadrado perfecto, un poco oscuro y con humedades en las paredes, pero me agradaba. Mi habitación quedaba en el segundo nivel. Era un día frio. Una leve brisa invadía el pueblo, al entrar en la habitación sólo había una cama blanca, un guardarropa y un altar con su butaco ¡ah! Y como olvidar el “Privilegio” de tener la ventana que da al parque. Durante casi treinta minutos me quedé sentada en la cama, ida y un poco onírica, hasta que entendí que ahora estaba más cerca de él, podría ir a su casa y hacer con él lo que me viniera en gana. Luego de dos meses ya mi armario tenía en cada una de sus divisiones botellas llenas de agua bendita y lo más particular es que en este pueblo la guardan en frascos en forma de su madre. Como todos los días, me levantaba, simulaba rezar y lo único que hacía era pensar en ti, confundir tu sonrisa con la razón y la piel, pensar en esa difícil mezcla que hay entre el amor que te tengo y confundir esas caricias que me provocas con algo mucho más fuerte. Como cuando uno quiere saciar su sed y el agua bendita está lejana. Miraba por la ventana, me dí cuenta que ya había hecho las paces con mis sentimientos, debía estar contigo, no quería olvidarte, quería poder tocarte, sentirte, que me toques y me hagas tuya 132


• A ustedes les voy a contar un secreto, yo me robaba el agua bendita para bañarme con ella, no sé porque, pero me gustaba. • Casi un año aquí y había encontrado un cuarto que nadie usaba y de cuya existencia casi nadie sabía. Ya era mío. La pared derecha llena de frascos de agua bendita, la izquierda llena de escapularios entrelazados que no dejaban ver el color de la pared y en frente de la puerta esta su rostro, o bueno su rostro multiplicado por veinte tres. Ese era mi lugar, el que me conocía, mi lugar sexual. Mi lugar. Mi lugar. Mi lugar. • Les digo que en pocos días me iba a encontrar con él, en el cielo, en el infierno, en la nada, donde fuera porque así lo decidí.
 • Era martes a medio día. Llevaba cinco días sin pensar en él, no lo contuve y rápidamente fui hacia mi cuarto. Al entrar vi su rostro y de nuevo sentía como todos mis nervios se alteraban y mis músculos se empezaban a contraer. Empecé el ritual, rápidamente me desnudé, hábito, manto, medias y zapatos a la mierda, bajé mi brazo e introduje los dedos en mi vagina, sentí que entraron hasta la matriz, sentí como cada una de mis fibras se estremecía, como el ardor me invadía. Al final sentí como todas esas sensaciones se

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fijaban en mí sístole – diástole, sístole – diástole, sístole – diástole y ahí en el preciso instante sentí mi último palpito. • Y ahora estoy aquí. No sé si en el infierno, o en el cielo, o en la nada. El problema es que yo quería estar con él, el del cuadro, el de la barba, el de los ojos, sí Jesús. Y ese Jesús aún no ha llegado.

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CUÉNTAMELO Concurso de cuentos Ganadores: Claudia Maria Maya Nohelia Figueredo Uribe Andrés Felipe Toro Karen Melissa Botero Roberto Alvarez Silva Mario Esteban Quintero Maria Camila Calad Carolina Bolivar Hoyos Lucas Vargas Sierra Lyda Xiomara C. Rincón Cristian Jaramillo Javier Monsalve Cifuentes Silvio Steven Hinestrosa Higuita Carolina Mesa Trujillo Publicado por: Koobe Books Editorial Digital Primera edición Medellín- Colombia Email: koobebooks@gmail.com www.webbly.koobebooks.com Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida en ninguna forma sin permiso escrito del autor.

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