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TORMENTA

Este fin de semana he tenido la oportunidad de disfrutar tanto en sábado como en domingo de una sensación que siempre me ha gustado y que me hace sentir si no especial, sí al menos diferente. Como siempre, sentado en mis escaleras. Esta sensación es la de la soledad en un lugar en el que hace tan sólo unas semanas era prácticamente imposible encontrar un sitio donde mantener una conversación tranquila por las voces de una multitud que lo abarrotaba. Estos días en cambio, puedes estar completamente solo en la zona conocida como “Borreguiles”, centro neurálgico donde confluyen un gran número de remontes en la estación de esquí de Sierra Nevada, y situada a 2.700 metros de altitud. En realidad toda la estación de esquí se encuentra en este estado de “espera”. En la zona de apartamentos es difícil encontrar más de 20 personas que normalmente se juntan en uno de los dos o tres bares restaurantes que están abiertos. Aparcar el coche en la plaza principal de la estación, colocarte la mochila, abrir los bastones y comenzar a correr en solitario por unas pistas de esquí que dos meses atrás veían deslizarse por ellas a miles de esquiadores, es una sensación única. Por el camino es posible, aunque no frecuente, cruzarte con algún otro corredor o montañero que también se dirige al Veleta o a alguna de las bellas lagunas que en estos días alcanzan su máximo esplendor. Cuando esto ocurre, ambos sabemos que estamos viviendo una sensación única.

Llegar a una de las cumbres y dejarte maravillar por una cordillera salvaje y solitaria es un espectáculo sublime. Cuesta decir adiós e iniciar el descenso. Pero también merece la pena. Senderos y pistas esperan. Parecen hechos exclusivamente para mí en un trazado que va desde los 3.400 metros que se alcanzan en la cumbre del Veleta a los 2.150 donde espera mi coche. Pero antes, hago la parada obligatoria en “Borreguiles”. Allí hay unas escaleras de acceso a uno de los restaurantes donde no cabe un alma cualquier fin de semana de invierno. Es el sitio que siempre elijo para sentarme. Solo. Me quito la mochila, y mientras tomo un gel y bebo algo de agua para afrontar los veinte minutos que aún quedan de bajada, escucho el silencio, únicamente roto, y no siempre, por el sonido de la brisa. Contemplo el espectáculo de un valle majestuoso de suaves inclinaciones al principio que van en aumento conforme se acercan a los tres mil metros. Desde allí veo el pico del Veleta, los Tajos de la Virgen o Elorrieta. Es momento de continuar. Por detrás de ellos aparecen a gran velocidad nubes oscuras que presagian tormenta. Me gustaría quedarme. Ojalá tuviera las llaves de uno de los restaurantes o escuelas de esquí para poder pasar la noche. Ojalá.

REVISTA DE MONTAÑA

KISSTHEMOUNTAIN

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Kissthemountain #17. Tormenta  

Revista digital de montaña.

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