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MANUEL MEJĂ?A

El Parque del Retiro no es para todos


“El Parque del Retiro no es para todos” relata los sinsabores de John Vladimir Contreras Mejía, quien por pintorescas situaciones pasa de ser un simple teniente oficinista de ciudad intermedia en un país suramericano no identificado pero fácilmente ubicable, a terminar regentando un singular hostal en Madrid. El sarcasmo y la ironía, la media sonrisa permanente, el final abierto, el ágil intercambio con el lector y el buen manejo del idioma, pueden ser elementos que identifican la literatura de Manuel Mejía y en esta novela en particular logra hacer un ácido y despiadado retrato de una concreta realidad. De la obra de Manuel Mejía la crítica ha resaltado: Revista Cambio, Bogotá, septiembre 2004 “Nada se salva de la afilada pluma del bogotano” Revista de libros, Madrid, octubre 2009 “Con humor y amenas intervenciones de un narrador caprichoso, Manuel Mejía trama una sátira sobre la democracia colombiana. Serpentinas tricolores juega a hacer bolas de papel “con la buena imagen del país” y constituye así un relato paródico contra el Estado corrupto (de las cosas) dedicado a la buena gente de las ONG” Diario El Universal, Cartagena de Indias, septiembre 2004 “Una novela mediática que refleja los aspectos más particulares de la sociedad colombiana y hace una aguda crítica a la tragedia del país y la idiotez generalizada de los medios de comunicación”. Revista Al Margen, Bogotá. diciembre 2004 “El autor produce una ágil novela de lenguaje, de recuperación de las formas del habla colombiana y la española, con sus múltiples variaciones de léxico. Y no volvió es una novela que se inspira en los mejores caminos de nuestra literatura colombiana y en las más clásicas tradiciones españolas”. Diario El Espacio, Bogotá, septiembre 2004 “...narrada en un lenguaje sencillo, cómodo para cualquier lector, sin tantos remitentes,

pies de páginas ni arabescos, y con un contagioso sentido del humor”. Blog Arte Fénix , enero 2011 El ingenio de Manuel Mejía es indiscutible. El lector se ve pronto sumergido en un hilo de fina ironía que recorre el texto en un lenguaje ameno que lo atrapa en totalidad. Suplemento Babelia - El País, Madrid, septiembre 2009 “La novela se sigue bien, si, con una media sonrisa todo el rato”. “Mejía acierta más con los dos pilares del tinglado que son como aquellos actores de carácter que aparecían en las farsas de antaño y que se comían el escenario. Blog “Lecturas de África Lorente Castillo”, diciembre 2010 “…una obra llena de sarcasmo y humor, próxima al realismo sucio, con la que se disfruta a la vez que nos llenamos de perplejidad” . Revista Aló, El Tiempo, Bogotá, septiembre 2004 “Las primeras páginas tienen una difícil mezcla de acentos y entonaciones que pronto fluyen haciendo reír a carcajada limpia. Vale la pena”.


El Parque del Retiro no es para todos


MANUEL MEJĂ?A

El Parque del Retiro no es para todos


© 2011, Editorial Escarabajo Ltda. Calle 87 No. 12 – 08 Apt 501 Bogotá Colombia www.escarabajoeditorial.com escarabajoeditorial@gmail.com ©Manuel Mejía García de los rios manuelmejiag@gmail.com Bogotá, Colombia

Algunos derechos reservados, del Flickr® de gaelx. Foto de portada: gaelxxxx@gmail.com Foto de solapa: Archivo del autor. Diagramación y Diseño Ernesto Herrera www.ernestoherrera.info

Impreso en Colombia - Printed in Colombia D’Vinni Ltda. ISBN :978-958-97998-5-7 Queda hecho el depósito que prevé la ley Primera edición en Colombia, Editorial Escarabajo Ltda, mayo 2011. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida de forma total o parcial , ni registrada o transmitida en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor o la editorial.


…y, puesto que la porción vivida había sido mala, sin duda la que quedaba por consumir sería mejor. “Madame Bovary”, Gustave Flaubert

Por toda su especificidad, no sabría comparar Colombia con ningún otro país. Pero si me viese obligado a señalar uno igual de desesperadamente desgarrado, me inclinaría por Sudán, tal vez también por el Congo, cuyo estado de desintegración –unido a un enfrentamiento continuo y sangriento y a la destrucción del Estado y del entramado social- se asemeja a lo que hace poco he tenido la ocasión de observar en Colombia. “El mundo de hoy”, Ryszard Kapuscinski

Qué puta sidosa más caliente es la realidad ¿no cree usted? “2666”, Roberto Bolaño

A Ana Manuela y Sebastián, mis bellos hijos. a Nelsy e Irene, Alberto y Simón con mi gratitud y amistad. y a Maria Teresa, por ser como es.


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Uno VIDAS PARALELAS

El teniente John Vladimir Contreras Mejía, con cincuenta años ya cumplidos, recibió por carta certificada su baja en el servicio. Firmó el documento en señal de recibo, de entendimiento, de eventual aceptación, y le dio al mensajero portador de la misiva un muchas gracias joven mientras miraba el sobre, un muchas gracias joven dado a un subalterno suyo, uno más, un soldado con funciones de mandadero lleva papeles, dejando ver cierta intriga por conocer el contenido de aquel extraño documento. Una vez el soldado salió de su despacho, leyó la carta con interés, frase por frase, creyendo saber desde un principio de qué se trataba, la tantas veces ansiada y esperada invitación especial para visitar la ciudad de Las Vegas, la ciudad de las luces y el juego, del desenfreno y las mujeres bomba, suponía, en Estados Unidos. Una invitación merecida, para gozarla por gente tan importante como él. Ya le habían dicho que lo iban a invitar y sólo faltaba esperar la invitación. Fue necesario leer la carta tres veces para comprender su magnitud y para que entendiera medianamente bien que ésta no hablaba de Las Vegas, ni de reserva de asientos en primera clase, ni preguntaba si llevaría acompañante, cosa que siempre dudó, sino que el mismo ministro de defensa nacional, su inmediato superior jerárquico, con su firma de puño y letra, en sólo dos densos y claros párrafos, le estaba informando que desde el día de hoy estaba despedido. Así de simple, despedido de forma fulminante y con justa causa. Reunido con su mujer Luz Ángela ese mismo día, cuando ya había agotado todas las posibilidades que pensó factibles para solucionar todos los problemas que se le vinieron de frente, de una y sin previo

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aviso, el estar cara a cara con no saber qué hacer, le explicó con claridad absoluta las razones reales de la determinación adoptada por sus superiores. -Porque sí-, le dijo, -me botaron porque sí-. No sabía que razones había, no sabía porqué, de repente, se había quedado sin trabajo, y no se explicó cómo nadie le había dicho nada el día anterior, ni los días anteriores, ni aquella misma mañana, algo corto que cualquiera entiende, algo escueto que quiera decir que todo acabó, ni una llamada en donde alguien se queje de su trabajo y lo encomiende a mejorar, que si no lo botan, diría el de la llamada. Si avisan, duele menos, siempre había pensado. Su mujer tampoco entendió las inconexas argumentaciones que daba su marido, que no decían nada y nada clarificaban. Cuando no hubo más que decir, una vez terminó su extraño relato carente de claridad, lo único que quedó claro es que se había quedado sin trabajo. John Vladimir, con todo el aplomo necesario, se levantó de su sillón y miró a los ojos a su mujer. - Pero, no pongas esa cara, Angelita, que yo consigo qué hacer, le dijo para tranquilizarla. Tenía cincuenta años recién cumplidos y lo único que le preocupó de esa edad es que El Quijote, el viejo Quijote, el anciano y encorvado personaje de Cervantes, tiene, como él, cincuenta años. Cincuenta años es medio siglo. Nunca leyó El Quijote, no era hombre de letras o lecturas, que quitan el tiempo, dice con claridad. De El Quijote, el cual nunca leyó, se insiste, siempre dijo que estaba escrito en otro idioma que no se entiende, como si fuera japonés o chino. Pero, como todos, tal vez en los años escolares, ha leído por encima la primera página de El Quijote en ediciones reducidas, y memorizado el arranque de la novela, esas primeras líneas tan repetidas y conocidas, aquel comienzo que dice en un lugar de La Mancha etecé y etecé. Ya, en la primera página, después de aquel párrafo tan universal, se dice de El Quijote que tiene cincuenta años. Y cincuenta años es medio siglo.

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Como militar, y sabiendo, como todo el mundo sabe, que Cervantes también lo fue, sabía cosas varias del escritor, lo de que era manco, pero no era manco, de su cautiverio en Argel, así como generalidades de su vida y de su obra. Cuando cumplió cincuenta años se le vino a la cabeza aquel personaje, de complexión recia, seco de carnes y enjuto de rostro, como recuerda de memoria de aquella primera página, personaje que precisamente tiene su edad, cincuenta años, pero que tal como describirían todos los dibujos e ilustraciones, de la época o modernos, la figura de El Quijote es la de un anciano, simplemente un anciano. ¡A los cincuenta, y ya era un anciano! El Quijote era un viejo. Y John Vladimir tenía cincuenta años. Y cincuenta años es medio siglo. Pero John Vladimir también sabía de cualquier lectura ligera, como todo el mundo sabe, que Cervantes escribió su Quijote a los cincuenta y siete años, y la segunda parte la publica a los sesenta y siete años, nada menos. Todo son dudas al tener cincuenta años. Y mas dudas hay al constatar que cincuenta años es medio siglo. No supo si era una buena o mala edad para recibir una carta de despido, porque a pesar de estar muy bien físicamente, de no tener achaques y mantenerse firme, no tenía claridad sobre lo que es tener cincuenta años. Sin embargo, lo que sí sabía es que no sabía qué iba a hacer. Había hecho toda su vida profesional en las fuerzas armadas, desde soldado raso, y no había tenido suerte. Si hubiera tenido suerte, hoy sería general de cinco estrellas y con tres jubilaciones a cargo. No tuvo suerte, y por lo que le dijeron con claridad jurisprudencial en el departamento de jurídica, el porvenir no auguraba muchos frutos ya que, tal como textualmente le fue informado, “le faltan muchos años para servir si piensa jubilarse con las fuerzas armadas y, aquí, usted no va a trabajar nunca más”.

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Y tampoco tuvo suerte antes. Estuvo mal que lo hubieran ascendido, que le hubieran dado ese súper cargo, subía como palma y caía como coco. Él estaba muy bien antes, como un teniente olvidado, uno más cuyo nombre nadie sabe o recuerda, y que sólo llega a la memoria de la gente cuando están a medio metro de distancia y se ve el apellido impreso en una telita que está cosida a su uniforme: Contreras, en letra negra cursiva, con fondo beige. Estaba muy bien ganando un sueldo que justo le llegaba a fin de mes, pero sin tener gastos mayores que lo obligaran a alargarlo. Luz Ángela, su mujer, sabía muy bien alargar el sueldo. El sueldo llegaba y se iba, pero cuando se iba comenzaba un nuevo mes en el cual llegaría el nuevo sueldo. Estaba bien. Vivía en la misma brigada donde trabajaba, cuando sin ton ni son fue designado director jefe del departamento de antinarcóticos de la brigada central del ejército. Así, sin ton ni son, sin llamadas previas, sin felicitaciones dadas con antelación, sin saberlo nerviosamente días antes su mujer, Luz Ángela, ni los conocidos, nadie, nadie lo sabe hasta que simplemente es nombrado sin ton ni son director jefe del departamento de antinarcóticos de la brigada central del ejército, un cargo que desconoce, pero importantísimo. Así, director jefe del departamento de antinarcóticos de la brigada central del ejército, sin ton si son. Le contó a su mujer cómo fue todo, la verdad de su despido, ya que, por muy educada y gentil que le pareciera la carta que recibió, no era más que un despido. Actuó en su inesperado empleo siete u ocho meses, y no entiende ahora, como no entendió entonces, como no entenderá jamás, cómo es que le dieron semejante cargo tan importante después de haber pasado su vida militar casi de incógnito, archivando copias de documentos, estampando sellos en terceras copias. Sin el casi, totalmente de incógnito. Y sin razón de nada lo despiden.

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Su mujer no entendía eso de que lo habían dado de baja del servicio, eso de dejar la buena vida, eso de no ser más la señora, la esposa del director jefe del departamento de antinarcóticos de la brigada central del ejército. Ni siquiera era ahora la esposa del teniente. Ella no entendió nada. El primer impactó que tuvo con su nuevo cargo fue el respeto inmediato de todos sus colegas, de todos, hasta los más cercanos, todos, sus compañeros de estudios en la academia, sus conocidos de siempre, tanto los que seguían en la misma ciudad, como él, una ciudad de provincia que estaba muy bien, para qué más, una ciudad de provincia que muchos confundían con pueblo grande, así como los que habían tenido que viajar a cualquier parte del país, designados y resignados, ya que en un país en guerra el soldado debe acudir presto a donde le ordenen, sin preguntar ni chistar, la patria primero, después lo que sea. Todos supieron de su designación, cómo no, porque el mundo es un pañuelo y la gente muy habladora. Pero pronto supo que el respeto que le tenían ahora no era tanto por su llamativo cargo, que era llamativo y con creces, ni por las funciones que a su cargo se desarrollarían, innumerables e importantísimas, de primera plana muchas de ellas, ni por el inmenso caudal de millones que todos imaginaron ahora ingresarían a su cuenta corriente, no solo por la nómina como tal, de por si jugosa y llena de ceros a la derecha, sino por todo lo que entra por la puerta de atrás, que todos sabemos que es así, tampoco hay que ponerse recelosos o tiquismiquis, se entiende, ni tampoco por la vida lujuriosa que le iba pronto a deparar, en grandes casas de barrios residenciales con guardianes vigilantes y perros salvavidas, y con amantes en cada esquina, amantes buenas como el pan que lo dejarían de querer y adorar cuando él dijera que no quiere que lo quieran y adoren más, diciéndolo con un chasquido hecho con los dedos, amantes que a la mañana siguiente, tendría el placer de no volver a ver. No. Por eso no le miraban y trababan ahora con tanto respeto

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y lejanía. El respeto se lo tenían porque todos sus compañeros de armas supieron en ese momento que el teniente John Vladimir Contreras Mejía, aquel que todos pensaron que nada prometía, que hasta ahí había llegado, un bueno para nada, para ser escuetos, pensando algunos que con su grado de teniente realmente había escalado más peldaños de los que real y lógicamente le correspondían, tenía en su haber una palanca tremendamente grande, debería tener vínculos hasta en la presidencia de la república, ser amigo de senadores y políticos, un conocido del embajador americano, o gente de la televisión, quién sabe quién está detrás de todo esto, porque ese cargo, pensaban todos, no se lo dan a cualquiera porque sí, no se lo dan al primer chisgarabís que se aparece en una esquina. Así, de buenas a primeras, sin ton ni son. -Y tan guardado que se lo tenía-, pensaron todos. Pero el teniente John Vladimir Contreras Mejía no tenía palancas, ni recomendaciones, ni amigos ni enchufes, ni altos conocidos en los altos mundos. No sabría siquiera dónde quedan los altos mundos, que ve a veces en películas de la televisión. Un tío suyo, por el lado Mejía, fue por lo que comentaban en la familia, secretario en una gobernación, hace tiempo de eso, por allá en épocas decimonónicas, secretario no se acuerda de qué, dicen que de educación, o secretario del interior, de la política. Eso es todo. Y el tío ya se murió, para peor y por supuesto. Él fue el primer impactado cuando recibió una carta de la comandancia general, de la capital. Nunca en su vida había recibido una carta de la comandancia general, y todo su parco y escueto historial militar fue llevado por correspondencia interna. Tampoco, en su vida, había recibido una carta remitida desde la capital. La había abierto con agradable intriga. La emoción inicial fue grande, ya que el papel de la carta estaba lleno de estrellas y águilas y cóndores, banderas patrias diagonales, con sellos a relieve y firma original, firma impuesta con tinta líquida nada más ni nada menos que de parte del propio

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secretario general del Ministerio de Defensa, nada menos que él, un tipo con muchos apellidos compuestos, en donde decía, felicitándole con antelación y tratándole tal vez con demasiada cercanía y grandilocuencia, que había sido designado director jefe del departamento de antinarcóticos de la brigada central del ejército. Solo eso decía la carta. Y le apremiaban a tomar posesión del cargo en el término de la distancia, sin entender bien qué significaba bien eso del término de la distancia. Tardó varios días en acostumbrarse a la idea, releyendo la carta una y otra vez, en voz baja y en voz alta, palpando los relieves con la yema de los dedos y echándole un poco de vaho con su boca muy abierta a la tinta de la firma para constatar que es de verdad, que no todo es una broma, un chiste tonto de un payaso, un amargado que quiere hacerle pasar un mal rato, y mucho trabajo le costó aprenderse de memoria, de corrido y correctamente su nuevo cargo, que contenía exactamente, porque las había contado, doce palabras. Y debía ir a la capital a tomar posesión. E iba a trabajar en la capital, se entiende. Costaba creerlo, pero parecía que era así. Luz Ángela no se lo podía creer. Bueno, siendo cautos en los hechos, debe aclararse que Luz Ángela no se lo pudo creer los primeros cinco minutos. Una vez vio la carta, una vez comprobó su veracidad y autenticidad, ahí lo creyó. Sin entender nada, lo creyó todo. Tal vez sería eso lo que llaman la intuición femenina. Pronto intuyó con tres llamadas telefónicas a amigos conocidos sobre el sueldo que recibiría su marido de ahora en adelante, una barbaridad, pensó cuando se lo tantearon, una enormidad, dijeron terceros alarmados, una cifra brutal supo el beneficiado directo cuando sumó de aquí y de allá, recordando partidas, que él sabe de eso, los beneficios del terror, la prima por aquello y el provecho por lo demás,

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el plus por estar en guerra, en guerra contra las guerrillas, aunque la guerra lleve en el país cincuenta años, tristemente acomodada, terriblemente asentada en su sillón, violentándolo cada día más, el plus por trabajar para la erradicación del narcotráfico, sabiendo que el narcotráfico tomó al mismo país por sus raíces hace treinta años, consintiéndolo, amamantándolo, azotándolo, el plus cuando vaya a zonas de conflicto, recordando que a zonas de conflicto no van sino los soldados que no reciben primas y que las zonas de conflicto es un poco menos de la mitad de su país, que tiene un área ligeramente superior al millón de kilómetros cuadrados, aunque tal vez no está en conflicto, sino en una normalidad inquieta, rara y eterna, con zonas tal vez no ocupadas sino que simplemente pertenecen al otro, o a ninguno, donde no manda capitán ni marinero, pero en unas cosas manda el capitán, cuando en otras es clara la injerencia y el poderío del marinero. Empero, supo con certeza absoluta, por lo que le dijeron algunos y corroboraron todos, que además tiene, con seguridad total, un automóvil con chofer, un automóvil importado, se sabe, un Mercedes, seguramente, o si no un be eme, de los blindados, aquellos donde las puertas pesan un quintal. De los grandes, y con dos automóviles de escolta, uno adelante y otro atrás. Luz Ángela pensó que, mientras su marido estuviera trabajando, ella podía hacer uso del automóvil y su chofer. Y tal vez de los escoltas. Y le preguntó: -Cari, ¿y yo podré irme en el carro con el chofer cuando tú estés trabajando?, de compras, quiero decir. El teniente John Vladimir Contreras Mejía miró a su mujer sin entender nada, y le dijo con una inocencia descomunal que creía que sí, que tal vez si podía coger el carro para hacer el mercado. -Y también podré llevar y recoger a los niños del cole, ¿verdad cari? Su marido la miró sin seguir entendiendo, y le dijo que sí moviendo la cabeza de arriba hacia abajo, como un péndulo.

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***** Antes era simplemente teniente Contreras. Lo de teniente lo sabe la gente que esté en el ejército. Debe saberse, al menos. De lo primero que se aprende es eso, quién es soldado, quién cabo y quién general. Lo de Contreras, porque ese primer apellido está impreso en una tela cosida al uniforme. Pero su nombre completo no aparece en parte alguna, y pocos, muy pocos, saben que se llama John Vladimir Contreras Mejía. Tal vez nadie lo sabe. Desde que tomó posesión como director, todos saben sus dos nombres, John Vladimir, y sus dos apellidos, Contreras Mejía. Al verlo de lejos todo el mundo lo distingue, y todos saben, perfectamente bien, quién es él. ***** El aseo de los apartamentos que las dependencias del ejército otorgan en usufructo a sus militares, o casas espaciadas y con jardín y entrada con terraza para los militares de alto rango, es compartido entre la señora de la casa y una empleada cuyo sueldo paga las mismas dependencias del ejército. En realidad, la empleada estaba a cargo de limpiar y mantener aseadas las zonas comunes, la entrada de cada bloque comunal, las escaleras de piedra blanca, el cuarto de basuras y los pequeños escalones que dan acceso a las instalaciones de las bombonas de gas que, extrañamente y sin que nadie supiera la razón, mantenían siempre embarrados, como que si alguien hubiera adoptado como deporte el pasar todas las mañanas por aquellos escalones con los zapatos llenos de barro. La empleada a cargo del aseo comunal se cuadraba el sueldo, en sus propias palabras, con la ayuda que le daban algunas señoras de bien a cambio de un poco de cooperación. Luz Ángela era una de esas señoras. Los días miércoles o jueves, la señora que trabaja en la limpieza de las áreas comunes, ayudaba a las señoras de casa en la limpieza de sus propios

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apartamentos o casas, y el que fuera un día u otro dependía a su vez del día de recogida de las basuras, que a su vez estaba supeditado a las horas de la izada de la bandera nacional, que era izada aleatoriamente y sin previo aviso, los días miércoles o los días jueves, dependiendo de quién sabe qué, ya que unos días la bandera era izada los días miércoles, como si fuera común izarla todos los miércoles, para la semana siguiente pasar el día miércoles como si nada, y ser izada la bandera al siguiente día. Alguien se inventó que después de izarse la bandera, no se debería trabajar, al ser una afrenta con la patria, y ese argumento lo tomó la señora encargada de la limpieza para ofrecer ese mismo día sus servicios particulares a las esposas de los militares. Tenían preferencias las señoras que tenían casas, pagaban mejor, y sus esposos eran más importantes, pero siempre quedaba un huequito para los apartamentos. Cuando le tocaba en suerte a Luz Ángela, le cooperaba en el aseo una hora y media o dos, y se ponía a veces en cuatro patas a trapear el piso o con una escobilla y guantes plásticos a limpiar inodoros. No le hacía ascos a nada y casi siempre hablaba como una cotorra, sin parar, de hombres y de lo hijueputas que eran los hombres, malparidos preñadores de profesión, les definía, unas alimañas a quienes lo único que interesa es meterla. -Todos los hombres-, afirmaba categórica, -prometen para meter, pero una vez metida no cumplen lo prometido. Después de metida, se sacuden como las gallinas mojadas y se desentienden, buscando a quién más le echan el cuento-, decía, -a quién le echan otro polvito-, decía ya a carcajada limpia, y nunca le quiso responder a Luz Ángela la pregunta inocente de saber cuántos hijos tiene, o si es casada o su marido en qué trabaja. Sólo se sabía que vivía en el pueblo contiguo a las instalaciones del ejército, y que tenía una pata toda chueca a causa de un accidente automovilístico, supuestamente, una pata con el tobillo volteado que hace que la cadera se acostumbre a su accionar indebido e irregular, ocasionando que se voltee todo el eje del cuerpo, y haciendo su

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caminar incómodo el mirar de la gente. Pero limpiaba como los dioses, según asentían las señoras que compartían los tiempos libres, a causa de la izada de bandera, de la mujer que estaba a cargo de la limpieza en las instalaciones del ejército, limpiaba con tesón e interés, y esa hora larga de los días miércoles o jueves la agradecía Luz Ángela con un poco de pesos que daba a cambio. Ella pagaba bien, no tan bien como las señoras que tenían casas, pero en cierta forma ella piensa que pagaba bien. El apartamento aguantaba hasta el día miércoles o jueves, Luz Ángela barría y limpiaba, sin matarse, mantenía la cocina limpia, pero cuando finalmente cerraba la puerta tras la visita semanal de la mujer encargada del aseo comunal, daba las gracias a Dios por ser tan grande. Todo le quedaba reluciente. Todo quedaba como un espejo. Un día la señora de la pata chueca pidió unas cortas vacaciones, otros decían que la internaron para hacerle otra enésima operación de cadera, o que le iban a colocar unas placas en la columna vertebral, que le iban a hacer un implante con un material parecido al zinc o al manganeso, no lograban precisarlo, y el implante iba a reemplazar en utilidad al marchito tobillo. Su ausencia duró algo cerca de dos meses, tal vez un poco más, y en su reemplazo designaron a una muchacha joven y muy bonita, en opinión del mayor a cargo. La muchacha se limitó a hacer su trabajo, limpiar y asear las zonas comunes, y nunca entendió la propuesta formulada por Luz Ángela y otras amas de casa en el sentido de decirle que se iría a ganar unos pocos pesos de más si colaboraba en la limpieza de las casas y apartamentos los días de izada de bandera, ya cayera en día miércoles o en día jueves. -Que ella no hacía esas cosas, fue lo que dio como respuesta a cualquier reclamo o sugerencia. La ausencia de la mujer coja en la limpieza fue notablemente echada de menos. De eso se hablaba en todas las tertulias y Luz Ángela no daba abasto en la limpieza de la casa. Eso dice ella, que sin la menor cooperación de su marido y con los niños tirándolo todo al piso, no hay quien mantenga la casa

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limpia y en orden. Amarinta se presentó para trabajar con la señora Luz Ángela. No tenía quince años, y como mucho tendría dieciséis. Tenía los senos muy pequeños, aplanados, y no tenía cintura, y una trenza escuálida y negra atravesaba su espalda. Venía recomendada y sin referencias. Como esposa del nuevo director jefe, Luz Ángela pensó, acertadamente, que iba a requerir de mucha ayuda para mantener su nuevo apartamento de trescientos y pico de metros cuadrados en perfecto estado. Que una, la ama de llaves, debe dirigir a las demás, le decían y recomendaban sus nuevas amigas. La primera que se presentó fue Amarinta, con su cuerpo flaco y su cara bonita, dientes pequeños y frente amplia. Quedó feliz porque su nueva patrona, la señora Luz Ángela, le dijo dos cosas que irían a cambiar su forma de mirar la vida. Iba a ganar más de lo que había pensado, e iba a ganar más de lo que había pensado porque iba a ser jefe. Iba a estar por encima de tres muchachas más a las cuales iba a dirigir y ordenar, y tendría además, le dijo, las llaves de la casa. E iba a participar con ella en la entrevista para recibir a las nuevas empleadas. En la primera entrevista no supo qué preguntar y no fue de ninguna ayuda para la señora Luz Ángela. Miraba a la entrevistada con susto e intimidación. La entrevistada, una mujer de edad media y medianamente robusta que aspiraba a ser contratada para la cocina, una mujer de pocas palabras, fue contratada a pesar de Amarinta no haber dicho nada. Amarinta y las tres nuevas muchachas vestían con un vestido amplio que les llegaba más debajo de las rodillas, blanco y con botones blancos. Un delantal verde pistacho con un bronceado de flores colgaba de la cintura. Todas llevaban guantes blancos y cofia igualmente blanca. Y medias veladas, blancas. Luz Ángela era la señora y John Vladimir el doctor. Amarinta nunca comprendió sus funciones de ama de llaves. Nunca le dieron llaves, no estaba en la cocina, no lavaba la vajilla ni los cubiertos, no aseaba los baños, no hacía las camas. Sólo abría la puerta

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cuando sonaba el timbre y si llegaba a ser alguien desconocido decía espere un momentito doctor que ya llamo a los señores, y ajustaba la puerta sin cerrar no permitiendo el ingreso del visitante. Ella, con la cocinera, Maria Ligia, dormían en la casa, cada cual en un cuarto contiguo a la cocina, y tenía salida libre únicamente los domingos después del almuerzo. A veces, los domingos, iba a cine. Decía que le gustaban las películas de acción. Por las mañanas aprendían las cuatro muchachas maneras y buen comportamiento de parte de la señora Luz Ángela, en clases dadas en la sala, Luz Ángela sentada, dictando, Amarinta separada de sus compañeras, como si ya supiera la lección y aportando a veces opiniones y comentarios varios, y aprendían a retirar los platos sucios por la derecha y a colocarlos con comida nueva por la izquierda, a identificar el vaso del agua y el vaso del vino, uno más grande que el otro, más estilizado, el cuchillo de la carne y la paleta del pescado, la segunda barrigona, y a decirle a todo el mundo doctor, o señora, o señorita si se les ve caras y ademanes de señoritas, con deferencia y respeto, guardando las distancias, y en no meter los dedos en el plato cuando se sirve la comida. Lo de no meter los dedos en el plato cuando se sirve la comida fue una sugerencia de Amarinta, quien dijo que vio no se acuerda qué día a Jenny con los dedos dentro de un plato y empujando su contenido para que no se saliera. A los pocos días, la señora Luz Ángela tocó su campanilla y pronto apareció Amarinta para saber qué quiere la señora. Le dijo que llamara a Jenny. Jenny, que estaba en el cuarto de los niños, se apareció apenas pudo. La señora Luz Ángela le recitó su mal proceder, le recordó lo de los dedos metidos en un plato de comida, y consultó con su ama de llaves si todo eso tenía justificación. Amarinta opinó que no. Al día siguiente, Amarinta entrevistó ella sola a cerca de diez muchachas y finalmente escogió a una. Luz Ángela dijo estar con dolores de cabeza o algo parecido y delegó con plenos poderes a Amarinta en esas labores. -Es parte del oficio propio de un ama

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de llaves-, le aclararon días después sus nuevas amigas y ella quedó mucho más tranquila. ***** Antes, para llegar donde él, en caso de que alguien quisiera verlo, cosa que nunca ocurrió, había que preguntar por aquí y por allá por el teniente Contreras, y nadie hubiera sabido que el teniente Contreras era uno de esos varios escribientes del piso cuarto de la segunda comandancia. -Contreras debe de ser uno de ellos, usted pregunte-. Contreras, simplemente Contreras, ni siquiera era el teniente Contreras. Y, ya cerca de su escritorio de trabajo, si se llegaba a preguntar por Contreras o por el teniente Contreras, tampoco era fácil que dieran razón de él. Ahora, con solo llegar a la imponente recepción del ministerio de defensa nacional, a quien se pregunte, militar o secretaria, sea quien sea, sabrá dónde se ubica el despacho del director jefe del departamento de antinarcóticos de la brigada central del ejército. No hay pierde, porque indicarán el piso exacto y el número de oficina. O si no, hay en la entreplanta del edificio un gigantesco panel en donde se indica quién queda dónde, de los importantes, se entiende, y aparece dónde están ubicadas las oficinas del ministro, del vice ministro, del secretario general, del contralor, de los muchos directores de departamento y, por supuesto, aparece bien visible su despacho con todas sus doce palabras. Y al acercarse cualquier persona por el piso que indicó la secretaria o el transeúnte que había, verá sin dificultad alguna una puerta doble y grande sobre la cual está grabado contra una plancha de cobre el siguiente mensaje: Departamento de antinarcóticos - Brigada central del ejército. Y quien llegue a abrir la puerta doble y grande, verá no menos de diez secretarias trabajando con cartas y faxes, negando por teléfono y diciendo doctor un momentito doctor por favor, y al fondo otra puerta grande, con cristal

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esmerilado en la parte superior y en donde, en letra plateada adherida a la parte lisa del cristal, se puede leer: Director jefe. Y si llegamos a atravesar esa puerta, veremos un gran despacho, con una amplia sala recepción a la entrada, a la derecha, con una mesa de madera de nogal sin ceniceros y dos grandes sofás de cuero negro a su alrededor, con un revistero con algunas revistas, sobrio y adecuado para recibir más cómodamente a las grandes personalidades que lleguen, pudiendo cuando se quiera llamar, alzando un poco la voz, a cualquiera de las varias secretarias para que ordenen, si hay solamente un invitado, traer dos tintitos, o dos aguas, o dos whiskys, depende de la hora, porque ya en la tarde ya se puede tomar un whisky, y las secretarias, sea la hora que sea, esperarán a que el director jefe salga de la oficina con sus visitantes, nunca saldrán antes, así sean las cuatro de la mañana. Pasada la pequeña sala de recepción, veremos una gran mesa ejecutiva, con no menos de diez cajones que no se ven, que se siente de su existencia por lo grande e imponente de todo, porque así debe ser, de al menos tres metros de largo por uno y medio a lo ancho, alta, de madera que parece vieja, con un tinte oscuro, de rojo oscuro, serio y formal, y sobre la mesa, centrada, en la parte de afuera, bien visible para quien llegue, aparece un llamativo objeto que parece ser sólido, tan largo como una mano extendida, con dedos y todo, y tan alto como la misma mano, sin contar el dedo gordo, el pulgar, objeto que cualquiera diría que es de marfil, de un color rosáceo, o algo parecido, y grabado su nombre en negro: John Vladimir Contreras Mejía, su nombre entero, todo, con el segundo apellido incluido, el Mejía, tan de poco uso por estas tierras, el de usar el segundo apellido. De este objeto, de su parte posterior, sale un mástil negro, alto en proporción, ya que medirá algo así como una mano extendida en un saludo especial, pulgar arriba y meñique abajo, y del mástil se desprende una bandera tricolor, amarillo ancho arriba, del doble de cada uno de los otros dos colores, y que todo niño o militar sabe desde siempre que

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ese color representa el oro que fue usurpado por los chapetones y llevado al viejo mundo, oro que era nuestro y hoy no tenemos, dicen, sólo nos quedan pequeñas piezas que mostramos en llamativos museos a nuestros turistas cuando vienen de turismo, si es que vienen, azul más abajo del ancho amarillo, que representa los grandes mares que bordea el país, dos mares a la vez, toma, como pocos hay en el mundo, al norte, el océano atlántico confundiéndose con el Caribe, al oeste el Pacífico que identifica más a América del Sur, olvidándonos, porque para olvidar somos la mar de buenos, de los ríos que hemos sabido hacer desaparecer en el curso de la historia, contaminados o secos, y por último el color rojo, como casi toda bandera que tiene rojo, hasta la de la pacífica Suiza, rojo color rojo, significando con ese significativo color a la sangre que derramaron nuestros libertadores para habernos dado la libertad que hoy gozamos, de forma valiente y desinteresada, todo por la libertad, Oh, Gloria inmarcesible, Oh, júbilo inmortal, cantará nuestro himno, recordando aquellos entrañables momentos de lucha para sacar de nuestras tierras a quienes se habían llevado el oro y la dignidad. El único elemento que daría a pensar que la bandera que está sobre la mesa no es una bandera como tal, que es un simulacro de bandera, es que no ondea, no se mueve, si se sopla sobre ella, seguirá estática, y está hecha del mismo material, ahora pintado con cada color, con que estaba fabricada la figurita donde está impreso el nombre del teniente John Vladimir Contreras Mejía. Una bandera de porcelana o de marfil o de mármol. O pensándolo bien, todo el cacharrito de la bandera y el mástil y el nombre del teniente, perfectamente puede ser de plástico, de plástico made in China. Claro que, también, pensándolo bien, si la bandera es de porcelana o de marfil o de mármol, también debe ser made in China. O made in Korea, en la Corea del Sur, se quiere decir.

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El Parque del Retiro no es para todos

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El Parque del Retiro no es para todos

Uno Vidas paralelas 1 Dos Cuesta abajo 68 Tres Cambios de identidad 83 Cuatro Decisiones familiares 94 Cinco Los rechazados 111 Seis Home, sweet home 155 Siete La suma de todos 163 Ocho Costumbres 194 Nueve L´HumanitÊ 204 Diez El final 245

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El parque el retiro