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Libertad pirata ¿Quién desea esa libertad que siempre ha soñado, esa libertad gloriosa, enternecedora, brillante?. Más personas de las que creemos lo han conseguido, como Bartholomew Roberts, capitán pirata. Roberts era un hombre alto de pelo oscuro, cortés y sofisticado, de familia rica. La vida de Roberts era agradable, rodeado de gente ilustre, y de casas de gran valor. Pero su monótona vida le hizo soñar con un mundo de fantasías mil, donde libertad constante se viviría sin ningún temor. Entonces se vio inspirado de forma delirante por el misterioso e imponente mar, donde decidió sumergirse hasta los postreros días de la vida. El punto del retorno imposible, él se preguntó: << ¿Cómo encontrar un barco que me acepte? Sí, mi padre tiene muchos nombres de capitanes de barco, pero quiero renovar esta vida, sin que nada me recuerde mi pasado y ser libre de mi memoria. >> Entonces se puso a buscar por el muelle, de apariencia hostil y cruel, lugar dejado de la mano de Dios y de pecado perpetuo; las caras de los piratas y los marineros, sin cesar, ebrios, con atroz mirada inspirada en su mundo de locura, en el infierno de dolor, ajeno a toda luz resplandeciente; el gran corazón del hombre se había transformado en grito de angustia sombría. Estos seres extraños, vagaban por el muelle. Más de uno, muerto, y otros sumidos en peleas sin sentido donde casi siempre moría alguien. Aquel muelle, en niebla sumergido, era sinónimo de locura, mas, a Roberts, no le temblaron las piernas y se adentró en un mundo del que nunca saldría, con apenas 17 años. Ése modo de vida era uno de los más peligrosos en aquella época, 1699, marinero de por vida. Habían muchos riesgos dentro de la bella profesión de marinero. Muchos ejemplos de ellos hay en la Odisea, de Homero, pues todo mito se basa en algo real y la realidad de ese libro era el temor de hombre al majestuoso, imponente, solitario mar desde la prehistoria recordado. Roberts, contento de su lugar en el barco mercantil, fue progresando en sus humildes labores: fregar cubierta, ayudar al cocinero, y al capitán, etc. Y aprendía poco a poco navegar con un barco y con ímpetu y esfuerzo pasional, consiguió el puesto de capitán del barco Princesa de Londres gracias a sus dotes de navegante. Lo que más admiraba de ese estilo de vida eran los paisajes, y lo expresó escribiendo en su diario de bitácora personal: <<Loco estuve de quedarme tanto tiempo en mi hogar, yo mirando tras la cortina, veía el mar mas solo soñaba, no actuaba. Pero ahora que disfruto de estas vistas donde las nubes que han amurallado el Sol dejan pasa por una humilde ventana un rayo de luz deslumbrante que corta las velas cual sable divino que separa el reflejo de Dios y el arcoíris derrotado y desparecido en el cielo. El barco, cuando, de forma aparentemente permanente, ese encuentra en una tormenta imponente, rompe las olas con todo su poderío empujado por el viento airado del sur, y las olas quiebran con gran gemido y se defienden echando del barco a los feroces marineros que se socorren en el barco, nuestro castillo, cuando se cierne una gran tempestad. Pero como hoy día de calma y sol, todo recibe un encanto inusual. >> No obstante de la presencia de esta paz, Roberts no se percató de que esa era la típica calma antes de la tempestad feroz; calma, sin sentido humano capaz de vivir dentro de aquella tranquilidad inmutable, inmóvil e infinita en su existencia poderosamente frágil.


De repente, resquebrajando la dulzura perpetua de la paz, surgió un barco pirata por la popa. Barco de normales características, pero se olía el hedor de cada siniestro corazón que tripuló alguna vez aquella nave sumergida en dolor y crueldad, con sus cañones de banda en banda enfilados, preparados para una despiadada guerra sin sentido, con tripulantes armados hasta los dientes, sin escrúpulo viviente en esos ruines cuerpos, pues en esa embarcación ni el más joven se había salvado de tener la cruel herida de la guerra. Y aquel abyecto capitán, que infundía respeto solo por el pudor de su piel, de su corazón y de esa extraña cobardía; ya que elegía los barcos más débiles del mar caribe, aquellos míseros barcos que se dedicaban a trasladar mercancías para conseguir dinero honrado y digno. Y acaeció que el vil canalla, Edward England, capitán del barco pirata, les persiguió sin minuto de descanso. Finalmente, y después de haber arrancado el sudor de la frente de los marineros, que con nostalgia veían su humilde hogar, con familia famélica y con añoranza de su señor. Ellos, esta imagen compuesta con las visiones de sus hijos tornándose maduros y fuertes, los hacía derramar una triste lágrima solitaria que caía de sus ojos diciendo adiós a su amada familia, pues el obscuro destino le había encontrado sin una ínfima piedad. Era la hora para los malévolos guerreros de matar la vida. Invadieron el barco mercante, que sin defensa adyacente en existencia, se resistió inútilmente al feroz ataque pirata. En medio del lamento, el canalla, viendo que dos de los tripulantes eran grandes navegantes, uno de los cuales era Bartholomew Roberts, a edad de 37 años, y Howell Davis el cual era su ayudante, les hizo prisioneros y les obligó a enrolarse en la piratería. Así es como ocurrió: -Rufianes! No matéis a esos dos, llevadlos al castillo de popa y bien encadenados!- Dijo England en plena batalla a grito exagerado-. De suerte, dos de sus inconscientes le oyeron y, aprovechando la cuantía de sus compañeros alrededor de aquellos dos sudados hombres, dieron un golpe certero a cada uno a su siniestra que los tumbaron como piedra en el agua. Al terminar la batalla, que acabó en masacre, había cadáveres por doquier, do la mayoría destripados o con la garganta abierta. Sangre, huesos, espanto, horror, sufrimiento, ira, súplica, sorpresa y negación son unas de las pocas sensaciones escalofriantes y rompedoras que se descubrían al mundo en la pálida faz de los valientes difuntos. La presencia de las lágrimas era ausente en el suelo de cubierta, la maza de la visión del cementerio hacía que el corazón palpitante se detuviese de un golpe de rayo. Aún se escuchaban los gritos de los muertos tronar despiadadamente en el eco del cosmos, era la gran huracán que tenía que quitar las vísceras expuestas hacia el cielo. El Capitán Edward England acababa de conseguir un barco más. Entonces, los piratas, llenos de sangre de la encarnizada batalla, cogieron Roberts y a Howell, previamente atados y amordazados, hasta el castillo mayor de popa, en donde se aloja el Capitan Edward England. Seguidamente Edward, de cara a la ventana, preguntó: -¿Dolos? -Capitán, aquí tenemos a los hombres que nos pedió.-Con voz ruda dijo un pirata-. -Hacedles pasar, dijo Edward con sonrisa desafiadora. Y el pirata, con espada en mano, les hizo pasar dentro del castillo de popa. -Bien, señores,-con cruel mirada y con leve risa les dijo- he aquí mi trato,- afirmó desenvainado suavemente su espada y colocando el temible filo en el fuerte cuello de Robertsvosotros decidís: la muerte o ser un pirata bajo mi yugo.


Y al contrario de muchos otros que aceptaron, dijeron Roberts y Howell: -De acuerdo, pues deseosos estábamos de libertad absoluta y de un acrecentamiento de emoción. Y pasaron dos meses, los dos trepidantes ya eran parte de la ruin tripulación, liderados por un sin conciencia. Un buen día, de pronto apareció algo que hasta los piratas temen: la flota HMS, la marina real inglesa, la flota más temida de todos los piratas, la flota más poderosa del mar caribe, con más de 200 barcos por todo el mar distribuidos. Orgullosos están de su poderío, en los barcos de tres filas en cada costado colocados cañones pesados duermen a la espera de su detonación rabiosa y ciega. Hacen gran honor a la palabra pesado, de la cual están exageradamente orgullosos. Pero suerte tiene el barco pirata de que sea solo un barco de la manada perdido, sin embargo es el más rápido construido en estos mares de soledad. Aquel barco, el HMS Agamemnon, no tuvo ningún problema en alcanzar al Cadogan, ya que el mundialmente reconocido como uno de los más magnánimos capitanes dirigía aquel navío con ferocidad implacable y cruel astucia, el capitán Horatio Nelson. Una vez puestos en paralelo entre sí, el infame baile de la sombría guerra comenzó. Los dos barcos se atacaron mutuamente con gran ferocidad. El sonido de los cañones retumbaban en las olas de ceniza iluminada, la oscuridad de una niebla oscura se echó sobre ellos, impidiendo mostrar a los ojos no más que leves fuegos artificiales de los cañones de los temidos. Y el hermoso rifle adornado con oro y gravados del capitán Nelson. Con luz en una mano, solo se le distinguía una leve sombra e insólitos tintineos de plata y dorado de la cual salió un fuego extraño. Pareció que la batalla se había pausado, los sables se detuvieron en su cruel labor, las pistolas y trabucos detuvieron su fuego rojo e humeante, ya que todos los tripulantes del gran Cadogan giraron su vista incrédula para ver la caída del gran Capitan Edward England, que al contrario que su asesino, se hallaba luchando en medio de la cubierta, no como ratón asustado, sino cual león hambriento; arriesgando su vida para que la labor de sus tiburones fuera más leve y menos dañina. Nelson orgulloso de ese disparo certero, por motivos inciertos y con piedad, se fue suavemente por el horizonte infinito, dejando a la mitad de los tripulantes piratas, huir. Hundidos en moral pero, flotando en su barco, y un tanto alegres por su aún existente mísera vida. Con decenas de muertos, todos con las caras desechas, con túnica de oscuro rojo vestidos, se reorganizaron y eligieron capitán por sus dotes de navegación a Bartholomew Roberts, el hombre de honor y de Dios.

Libertad pirata  

Texto de Alan Staub. Primer capitulo de lo que pretende ser una novela de aventuras basadas en hechos reales.

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